sábado, junio 24, 2017

Carta abierta a los padres de niños

Carta abierta a los padres de niños

En efecto esto es una misiva, no un panfleto, y lo es dirigida exclusivamente a ustedes, padres de esos seres que, precisamente por edad (y por definición) se encuentran conformando; padres de seres crudos, pues, seres que se encuentran conformando mientras se hacen, valga la redundancia, porque eso es precisamente lo que es un niño, un ser por hacer que se va haciendo. De ahí que siempre le hayamos dado la importancia que se merece a todo aquello que le sucede a un niño; a todo aquello, lo sabemos, que por sucederle en estado crudo condicionará su ser de forma determinante, para lo bueno y para lo malo. No por otro motivo, lo sabemos también, los (buenos) padres son aquellos a los que le preocupa soberanamente las experiencias que pueden tener sus hijos cuando son niños, esto es, cuando son seres crudos a los que les afectará toda experiencia, para bien o para mal. Y por ello unos buenos padres son, entre otras pocas cosas, los que preservan a sus hijos de experiencias nocivas, es decir, de experiencias nada propias ni adecuadas para unos seres a los que podrían afectarle de forma fatal y muchas veces de forma irreversible (y no hace falta remitirnos al psicoanálisis para admitir la verdad de esta afirmación). Por otra parte, yo sólo puedo hablarles a ustedes (y utilizo esta fórmula anticuada de trato con toda la intención) en nombre propio y sólo puedo hablarles desde mi condición, no hay otra. Y como no hay otra sólo puedo ser sincero. Sincero y claro aunque siempre haya tenido dudas acerca de la eficacia de entender lo primero como un principio inmutable y recomendable y lo segundo como una cualidad personal. Pero este es el momento, el kairos, que diría un griego de hace 2600 años, el momento oportuno.

Así, y después de esta necesaria introducción iré al grano; ya me encuentro en condiciones de decirles lo que les quería decir, que no es otra cosa que lo que ha motivado esta misiva. Iré por tanto al grano: son todos ustedes unos canallas, o lo que sería lo mismo, unos hijos de puta. Todos (¿). También podría haber usado otro adjetivo, pero habría sido con toda seguridad menos efectivo. Así, podría haberles llamado malvados. Pero ¿a quien puede importarle hoy en día que se le llame malvado?

O mejor: todos aquellos padres que cierran los ojos ante la tenencia y uso de un teléfono móvil con datos por parte de su hijo/niño son unos hijos de puta. Ahora sí, aunque no creo que haya diferido mucho esta afirmación de la más genérica pronunciada más arriba.

Hoy me han vuelto a pasar, un “amigo” me ha mandado por teléfono vía mensaje y a “modo de gracia”, quede claro, un pequeño vídeo de contenido sexual que me ha dado nauseas; un vídeo que ha afectado mi estado de ánimo de forma considerable. Un vídeo que se encuentra en el limbo de la red y al que todo el mundo tiene acceso. De hecho, un vídeo que por estar en la red "móvil" es de más acceso público; un vídeo que por ser público está a la vista de todos; un vídeo que por estar a la vista de todos no está a la vista de quien voluntariamente pueda decidir verlo, sino de aquel al que “le llega”, que le llega tarde o temprano, tenga la edad que tenga. Un video que precisamente “llega” a más gente debido a la perversa afición de tantos a compartir su alienada promiscuidad. Hoy he tenido que pedir a mi “amigo” que no me vuelva a mandar jamás un vídeo, sea de la calaña que sea.

Pero antes de continuar una aclaración: quienes siguen mi blog (nacido en 2006) y mis textos en general saben de lo inaudito que resulta el uso del insulto en ellos. Pero es que dadas las circunstancias ya no podía ser de otra forma. De hecho pienso que no hay otra forma posible de decir lo que pienso respecto a este tema. Por lo que no puedo pedir disculpas, no me veo ni con ganas ni con fuerzas. Y quizá otra aclaración: quien esto dice y suscribe (lo de que los padres con hijos/niños son unos hijos de puta) soy yo, una persona caracterizada por su manifiesta liberalidad (y como esto es una misiva más o menos afectuosa y no un panfleto me permito instar al lector a analizar mi curriculum para comprobarlo) y absoluto defensor de la libertad en su sentido más racional e ilustrado.

Así que sigo. Todo aquel padre que haga la vista gorda a la tenencia de un teléfono móvil por parte de su hijo/niño porque le resulte más fácil no hacer gorda esa vista es un hijo de puta. Porque el teléfono móvil con datos es un portador potencial, esto es, factual, de atrocidades como la que hoy mismo he visto hasta que me han entrado las arcadas. Un vídeo tan cruel como innecesario que se ha repetido en mi mente durante demasiados momentos a lo largo del día de hoy. Yo lo he abierto porque no sabía lo que iba a ver y porque me lo mandaba un “amigo”. Un vídeo monstruoso sí, pero no casualmente monstruoso, porque lo que le confiere la “gracia” que lo hace compartible es, precisamente, su anormalidad, su monstruosidad. Así, el vídeo no es monstruoso por mostrar sexualidad, no ni mucho menos. No es la sexualidad que nos muestra ese vídeo lo que lo convierte en monstruoso, sino el tipo de sexualidad brutal que en él aparece.

Todos aquellos padres que se hagan los despistados ante la tenencia de un teléfono móvil por parte de su hijo/niño buscando excusas para justificar esa tenencia no es más que un hijo de puta, porque ha puesto en manos de ese su hijo/niño, es decir ante sus ojos, la posibilidad de ver toda la barbarie humana, todo lo peor del ser humano, haciéndolo además cuando su hijo/niño está crudo, cuando su ser se encuentra conformando, cuando no tiene capacidad de discriminación ni de discernimiento, cuando, como bien sabemos, es susceptible de ser afectado por ver aquello para lo que su mente no está preparada, una afección que podrá determinar, en el mejor de los casos, un trauma del que posiblemente nunca sea consciente. Y quien de ustedes crea que exagero… que se vaya a la mierda. Porque no existe ninguna casualidad en el hecho de que los vídeos elegidos para circular masivamente por la red representen la cara más sádica y perversa de algo tan natural como puede ser la misma sexualidad. Esos millones de vídeos cruentos, crueles y obscenos que circulan con perfecta naturalidad al alcance de cualquiera son, precisamente, la cara opuesta de la naturalidad. Y por ello son los elegidos para hacer “la gracia” que deba compartirse. Porque son esos y no otros los que han de verse si el niño quiere estar al día, algo por cierto que resulta clave en la relación de la viralización y la sociabilidad.

En cualquier caso tampoco incidiría yo ya demasiado en esos vídeos obscenos que nos llegan sin querer, porque desde cualquier móvil se puede acceder a todo tipo de manifestaciones sexuales (o expresiones obscenas de la violencia) que tengo para mí resultan absolutamente inapropiadas, cuando no indiscutiblemente perniciosas, para las mentes de esos seres que se están conformando. Y no me quiero alargar porque sé que no hay peor ciego que el que no quiere ver.


Así y para acabar: todos aquellos padres que dicen preocuparse por las compañías de sus hijos, todos aquellos padres que se dicen preocupados por ese bullying que puedan estar sufriendo sus hijos, todos aquellos padres que se preocupan por los horarios de llegada de sus hijos a casita, y sobre todo, todos aquellos padres que critican la (potencial) violencia machista de tantos hombres, todos aquellos padres, digo, que dicen querer a sus hijos/niños dándoles abrazos y buena educación pero que les ponen en sus manos esa arma nuclear que es un teléfono móvil conectado a todas las imágenes posibles del mundo son unos hijos de puta.

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