Cuánto amor ha mostrado siempre Goytisolo por África en
general y por el norte de África en particular; cuánto amor mostrado hacia el
norte de África en general y hacia Marrakech y Tánger en particular; cuánto. Cuánto
amor ha destilado siempre Goytisolo hacia la cultura islámica en general y
hacia sus amigos islámicos en particular, todos ellos amigos de buena fe,
amigos con buena fe. Cuánto amor ha demostrado tener siempre Goytisolo hacia “un
lugar”, el norte de África, ese lugar adonde se trasladó a vivir allá por
principios de los ochenta; amor inversamente proporcional al que sentía por
cierta parte de España, que no por toda ella, aunque también. De hecho, multiplicando el
amor que sentía hacia Marrakech por cualquier número Goytisolo dividía por el
mismo número el amor que sentía hacia buena parte de España, que no de toda,
pero sí hacia aquella a la que consideraba “retrasada”. Cuánto amaba a todo el
norte de África y cuanto rencor sentía hacia buena parte de España el bueno de
Goytisolo. Cuánto amaba Goytisolo el norte de África y cuánto amaba su cultura
que tanto defendió, aunque fuera a costa de que naciera en él cierto desprecio
hacia la parte “ignorante” y por ello “retrasada” del país que le vio nacer. Pero
el pobre Goytisolo ha muerto. Al parecer tenía pocas últimas voluntades, pero una de ellas la había dejado clara a sus
amigos, esos vecinos, amigos y compadres con los que departía a diario allí en esas fantásticas ciudades en las que vivió
y que tanto amó... en el norte de África. Sí, pocas cosas había dejado tan
claras a sus amigos, vecinos y compadres como la de que no quería ser enterrado sino
incinerado. Así, ser incinerado era una de sus últimas voluntades, quizá la
verdaderamente última. Por eso, sus amigos, vecinos y compadres se han pasado
su última voluntad por el arco de triunfo y lo han enterrado. Con el mismo ímpetu
que Goytisolo dejó claro que quería ser incinerado sus amigos, vecinos y
compadres lo han enterrado debido a las creencias de ese país en el que le
sobrevino la muerte y de donde son esos amigos, vecinos y compadres que se han
pasado por el forro su última voluntad, quizá debido a las creencias de esas ciudades africanas que tanto amaba Goytisolo. Sí, las creencias.
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miércoles, junio 07, 2017
lunes, agosto 22, 2016
Libertad II
O la cobardía de Eloy
Con Freud aprendimos a distinguir entre miedo real, entendido como reacción natural hacia un peligro real y miedo neurótico que se expresa a partir de temores más o menos infundados.
Entendemos tal diferenciación porque hacemos un esfuerzo empático hacia la taxonomía de Freud. Quizá mejor hubiera sido decir que con Freud supimos de la diferencia, aunque ello no nos enseñara a saber distinguir con demasiada claridad entre un miedo y otro, sobre todo cuando el miedo emerge y es a uno al que le afecta.
Miedo real, pues, cuando el peligro es real y miedo neurótico cuando no es real, o lo que es lo mismo, cuando es imaginado. En cualquier caso sabemos, por otra parte, que la imaginación es una de las formas más eficaces de conocer el mundo. Y una de las más productivas.
Así, el problema no se encuentra entre lo real o lo imaginario porque lo imaginado es, para quien imagina, real, tan real como lo real mismo. Que por eso tiene miedo. Y por eso mismo no es infundado. Es falso pero no infundado. Las persecuciones que sufre el paranoico no pueden ser para él más reales, por mucho que para su vecino sean infundadas. Otra cosa sería dilucidar hasta qué punto el falso miedo es una creación (in)consciente del propio sujeto.
Y pongo (in) entre paréntesis porque es ahí donde se encuentra la clave del asunto, ya que hemos empezado por Freud. Si el miedo proviene de eso que sólo se encuentra en lo más recóndito de nuestra mente, entonces además de real ese miedo es fundado y “comprensible”. Podríamos decir que también admisible, valga la excentricidad.
Otra cosa bien distinta es que eso que llamamos miedo neurótico no tenga como causa algo desconocido que se encuentra en el interior de nuestra mente sino algo que nos ha inoculado un sistema de convivencia supuestamente civilizado. Entonces, sólo entonces, el miedo es perfecta y absolutamente despreciable. Ya no sé si se podrá calificar de neurótico pero sí sé que se puede hacerlo de cobarde; miedo cobarde.
Y el miedo cobarde ante un miedo real, que recordemos era el causado por un peligro real, es tan comprensible como justificable, en la medida en que responde ante la integridad de nuestras vidas (naufragar el alta mar por ejemplo). Pero el miedo que impide a una persona decir lo que piensa o incluso le lleva a decir lo que no piensa, sólo debido a unas pautas de vida inculcadas por un sistema paternalista/administrativo que sólo quiere súbditos obedientes y dóciles, es un miedo rastrero, cobarde.
Lo decía en un post reciente, hay pocas personas realmente libres y todo debido a que de forma consciente -o no- han preferido el miedo antes que la libertad. Y son precisamente estos individuos acobardados por el miedo -miedo a la libertad entre otros- los que después resultan más proclives a quejarse de todo. Hay que joderse.
Con demasiada facilidad la Corrección Política ha hecho del sujeto civilizado un ser cobarde y rastrero que sólo actúa generando estrategias con las que enfrentarse a un mundo del que, después, dice no gustar. Así es el cobarde de el hoy, un ser que sólo dice lo que debe y que no da un paso sin que forme parte de una estrategia embadurnada de hipocresía. Y el sujeto posmoderno de la era tecnológica es un ser al que le han inoculado la proclividad a la cobardía. Muy pocos se libran de ella porque en realidad son muy pocos los que realmente quieren ser libres. Lo decíamos, ser libre no sólo resulta dificultoso porque no concibe estrategias amorales, sino porque además exige sacrificios. Los sacrificios que por otra parte acaban transmutándose en goce con el tiempo. De la misma forma que tanta estrategia -exenta de principios- acaba transmutándose en decrepitud y miseria
Post Scriptum. Sólo surge un problema ante este panfleto: que después de todo y aún a pesar de que los efectos de la Correccción Política son mesurables y evidentes muy pocos son los que se aceptarían como cobardes. Y sin embargo hay más cobardes que botellines, todos ellos con sus múltiples estrategias a cuestas generadas para engañarse a sí mismos. La “culpa” la tienen, entre otros, las definiciones y las simplificaciones en general. Muy poca gente se creerá al margen de la definición que plantea Montesquieu: la libertad “es poder hacer aquello que nuestro corazón y nuestra mente plantean como deber en cada momento”. Pero la definición de la cosa no es la cosa misma y la cuestión es que la cosa no es tan fácil como dan a entender las simplificaciones. No es lo mismo leer la definición de Montesquieu en un azucarillo que en un ensayo de mil páginas. Y tampoco es lo mismo creer que uno se refleja en esa definición que hacerlo de verdad. Muchos podrán creerse incautos, débiles o incluso pusilánimes, pero pocos se calificarían as sí mismos de despreciables por albergar una cobardía electiva y voluntaria.
Post Scriptum II. Urge la implantación de la filosofía en los estudios que aproximen el pensamiento, el análisis y la ética a los estudiantes. La libertad produce vértigo, y el vértigo de la libertad conduce a la angustia, como bien sabía Kierkegaard. Pues bien, es aprender a gestionar esa angustia lo que en principio nos convierte en adultos responsables y nos ofrece las armas para luchar contra el miedo.
Pero la gente, en general, prefiere vivir con miedo. De ahí que haya cuajado tan perfectamente en las sociedades civilizadas la forma de control más severa posible después de las dictaduras; la Corrección Política, que sin otorgar consciencia de ello genera seres amorales capaces de adapatarse a eso que desprecian a base de contínuas microestrategias basadas en la hipocresía y la mentira. Porque ese es el peligro real de esta froma de control: que nadie se cree abducido por ella aún cuando la practique con tanta insistencia como complacencia.
Y lo único que libra al individuo civilizado de la Corrección Política y por ende de esa extraña querencia al miedo que a su vez es restrictiva de la libertad es el conocimiento, el amor al conocimiento. Y al conocimiento se accede, tal y como dice Escohotado, “buscando algo desconocido o buscando lo desconocido de algo”, que viene a ser lo contrario de aceptar los lugares comunes por comodidad y holgazanería. Que la cobardía ya llegará.
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domingo, agosto 07, 2016
La juventud de Eloy
Por una parte se encontraría el Conocimiento y por otra el Sujeto.
El Conocimiento sería, pues, eso que NO todo Sujeto desea poseer.
¿Y qué desea poseer ese Sujeto que carece de interés por el Conocimiento? No lo sé, ni me importa, supongo que tiempo para jugar (CandyCrash), bailar, chatear, hacer senderismo, running, ultramaratones. Que en su derecho están, digo yo, sobre todo si son jóvenes, o no.
En verdad sólo me ocupan los que, en principio, desean obtener algún tipo de Conocimiento en sentido abstracto, no especializado. Pero ¿quienes son, si es que se caracterizan por alguna particularidad que los hace reconocibles? ¿Y qué entienden por Conocimiento?
La cuestión es que al Conocimiento sólo se accede a través del ansia. Y aquí no valen distinciones entre analógicos y digitales. Sólo es posible el Conocimiento poseyendo un ansia previa y dedicando después un ulterior esfuerzo. Lo demás es pura palabrería bienintencionada.
¿Y cómo podría definirse el ansia de conocimiento en la juventud de esta era digital? Seguramente como peculiar, entre otras cosas debido a la inmanencia a la que son arrastrados por un ritmo de vida que rechaza radicalmente la parsimonia, el adaggio. Única forma posible, al menos desde el punto de vista analógico, de acercarse a cualquier posibilidad real de Conocimiento.
¿Generalizar? Por supuesto, pues los jóvenes son quienes son y hacen lo que hacen, y no quienes podrían haber sido, o quienes les gustaría ser, o quienes nos gustaría que fueran. Entonces, insisto, ¿quienes son esos jóvenes que supuestamente desean obtener Conocimiento? ¿Qué tipo de Conocimiento? Y sobre todo ¿en qué forma desean obtenerlo? ¿De qué forma esperan acceder a él?
De una forma o de otra yo estoy en contacto con ellos todos los días desde hace años, así que me veo capacitado para ensayar una respuesta, no tanto en base a opiniones deducidas de mi experiencia docente, cuanto en base a mi propia experiencia vital personal, que tampoco puede dejar de ser la que es.
- Hace unos pocos meses (ya lo conté aquí en otro post) fui invitado a dar una conferencia sobre el tema de mi último libro, titulado De otros mundos. Una aproximación al paisaje sintético, en la Universidad de Bellas Artes de Murcia. A pesar de los esfuerzos del programador -del ciclo de ponencias- sólo consiguió reunir a unas 30 personas en el salón de actos. La sensación era ciertamente desoladora si tenemos en cuenta al menos dos circunstancias: que el tema era en principio un tema directamente vinculado a los jóvenes y a sus estudios, que son a quienes hace referencia el libro cuando habla de creación digital; y que además la ponencia se daba en “sus” instalaciones tan cercanas a los estudiantes de 3 cursos y masters varios. Avergonzado por la ausencia de público quien ha contratado mi presencia me dice “Aún has tenido suerte, con Valcárcel Medina (Premio Nacional de Arte) fueron 9 los asistentes y con Borja Villel (Director del Reina Sofía), una de las personas más inflyentes en el mundo del arte contemporáneo, no llegaron a una quincena”.
- Y ya que estoy: el libro De otros mundos ha sido escrito a partir de una exhaustiva investigación que pretende aproximarse a un mundo, el de la creación digital figurativa, sobre el que aún nadie ha reflexionado seriamente (creación de personajes y sobre todo entornos digitales figurativos). Y lo he hecho por encontrarme en la, posiblemente, mejor escuela universitaria de videojuegos que hay en el estado español. Así, en una escuela en la que las imágenes sintéticas (digitales) forman parte intrínseca y primordial de su formación más especializada. Pues bien, y por no extenderme, puedo decir sin faltar a la verdad que absolutamente NADIE ha leído el libro. Nadie. Y hay cerca de 300 alumnos y 60 profesores que de forma directa se encuentran vinculados a la creación artística en general y más concretamente a la creación artística relacionada con las imágenes sintéticas figurativas en muchos casos particulares. Pues nadie.
- Todos los años espero, como quien espera el maná, la llegada del estupendo ciclo de conferencias que organizada el periodista Salva Torres en Valencia. Y todo debido a la presencia del para mí mejor pensador vivo actual, Jesús González Requena, uno de los pocos pensadores españoles, si no el único, con un personal corpus teórico perfectamente sistematizado que constantemente queda corroborado desde su apabullante fecundidad. Presenciar una conferencia de Requena acaba convirtiéndose siempre en una experiencia extática para quienes como yo no se conforman con las ideas ingeniosas y buscan, precisamente, aproximación al Conocimiento real. Ya son varios años acudiendo aquí en Valencia a las ponencias en las que interviene González Requena. Pues bien y por ir al grano, la media de asistentes a sus charlas podría cifrarse en la veintena, de los que habría que descontar la docena que van obligados por una profesora que se lo exige a sus alumnos. Así, entre 6 y 10 espectadores tirando por lo alto.
- Este año debo haber ido al teatro pongamos que unas 20 veces, 15 de las cuales ha sido en salas alternativas donde por lo general se hace un teatro más digno que las salas “major”. Salvo raras excepciones, se trata de compañías semiprofesionales que suelen representar buenos textos y que me han otorgado muy buenos momentos (de goce y conocimiento). Pues bien, hay veces en las que he sentido verdadera vergüenza debido a la escuálida asistencia que han convocado algunas de esas obras. Recuerdo una en concreto en la que el número de actores (de una compañía venida para los efectos desde Mallorca) era aproximadamente el de los espectadores: 6 actores para 9 espectadores. Y yo me preguntaba cada vez ¿dónde están quienes no se encuentran? ¿Quiénes son? ¿Dónde están, por ejemplo, los estudiantes de Arte Dramático de las 3 escuelas que a ello se dedican en Valencia (dos privadas y una pública)? ¿Dónde están los estudiantes de interpretación que se encuentran ahora cursando el primer curso… y los de segundo… y los de tercero… y los de los másters? ¿Dónde los licenciados de hace un año, de dos años, de tres? ¿Dónde los que quieren estudiar Arte Dramático? ¿Dónde los que lo estudiaron hace 5, 6 o 7 años? Yo conozco a muchos de esos estudiantes y jamás me he cruzado con ninguno en ninguna ocasión. Y no debemos olvidar que Valencia cuenta con más de un millon y medio de ciudadanos.
- Cinema Jove es el Festival de Cine de Valencia por antonomasia y por derecho propio. Este año se esforzó por complementar complementó la programación con una sección que estuviera más cerca de los nuevos intereses de los jóvenes, una sección dedicada a las webseries, esas series realizadas para ser deglutidas por internet, que a su vez es eso a lo que los jóvenes se encuentran adheridos varias horas al día. Para indagar acerca de esos intereses y de las dificultades que llevaba intrínsecas esta nueva y juvenil forma de expresión audiovisual se programaron dos mesas redondas, en una de las cuales yo participaba. ¿Número de asistentes? Respuesta: 8. Es decir, en toda la Comunidad Valenciana hay en principio sólo 8 personas a las que les interesa reflexionar acerca de los intereses y gustos de un sector de la población, la juventud, respecto a un formato narrativo audiovisual incipiente e inventado por ellos mismos. Y digo en principio porque 6 de esos 8 asistentes eran amigos de los ponentes. Así, 2. UN Festival con 20 años de existencia programa una mesa redonda para abordar un asunto que atiende a intereses puramente juveniles -pero de forma “profesional” y buscando un análisis que pueda ayudar a solventar los problemas que todos los creadores admiten tener- y es capaz de convocar a ¡2 personas!
Sin embargo, lo veo en los telediarios, el éxito de Arenal Sound (Festival de Música en la playa) es apabullante incluso a pesar de los inonvenientes surgidos este año. Y éste es sólo uno de los numerosos festivales de música estivales.
Antes hacía referencia a la poca o nula necesidad que sienten los estudiantes por leer un concreto libro que, esta vez, se encontraba estrechamente vinculado al producto que les tendría absorvidos durante al menos 4 años de sus vidas. Podría parecer que el tono de lamento viniera por tratarse de un libro escrito por mí. Nada más lejos. Pero no dejaba de ser un libro que parecía haber sido escrito para esa gente y no otra. Y la cuestión fue que un libro que indagaba y reflexionaba entorno a los fundamentos de la creación de un producto al que los estudiantes pensaban dedicar su vida no obtuvo ni un solo lector.
Por decirlo a las bravas, y a ver si nos dejamos de dar rodeos y de marear la perdiz: los jóvenes de el hoy no leen nada; o mejor, leen algo si el protagonista de la historieta tiene los pies peludos o porta una varita mágica, pero NADA sobre, por ejemplo, los fundamentos de aquello a lo que van a dedicar su vida entera (por no decir NADA sobre asuntos que les conciernen pero desde un punto de vista más filosófico). Me resulta impensble que mis alumnos pudieran leer libros sobre los fundamentos de su futura profesión, tal y como hicimos todos los que estudiamos años ha. Impensable por imposible que dedicaran su maravilloso tiempo ¿libre? a leer lo que todos leímos a las 18 años: Munari, Dorlfles, Arnheim, Panofsky, Dondis, Zunzunegui, Francastel...
Es cierto, de todas formas, que no debemos esperar de los jóvenes lo que no a todos los jóvenes tiene por qué interesar. Así, la cuestión no es criticar a ese porcentaje de gente al que jamás interesó el Conocimiento, sino de sorprendernos ante ese cada vez más exiguo porcentaje de jóvenes al que sí les interesó en otros tiempos. Porque incluso los jóvenes más avispados y competentes de el hoy son NO lectores empedernidos. Y quien dice no lectores dice en negativo todo lo que afecta a una cultura sensible; así: no espectadores de teatro, no espectadores de cine clásico o alternativo, no amantes de la Historia, en definitiva, del Conocimiento más abstracto y conceptual que se adquiere de múltiples y variadas formas, todas ellas imbricadas. Sí, ese Conocimiento que según muchos no sirve para nada, que por algo han quitado la filosofía de los nuevos planes de estudios. Así, mientras los magnates y los políticos engordan sus estómagos y sus arcas dejándonos indefensos ante las compañías de telecomunicaciones, por ejemplo, los demás, los ciudadanos de a pie, nos iremos haciendo cada vez más ciegos, o más gilipollas, por ir aceptando, con absoluta indulgencia, o incluso diría que en perfecta connivencia con ellos, todas esas dádivas -envenenadas- que nos hacen parecer más libres. ¿Que por qué? Pues debido a la indefensión y el desamparo en los que sume a un sujeto su propia ignorancia. Podemos ir con chanclas y bañador a las clases universitarias pero carecemos de argumentos y por tanto de Fuerza.
Nota. En cualquier caso, y por hacer honor a la verdad, debo decir que he regalado mi libro De otros mundos a bastante gente y la conclusión es que no lo ha leído nadie, al menos nadie me ha hecho jamás un comentario al respecto. Y ya no estamos hablando de jóvenes. Bueno miento; uno sí me hizo saber que lo había leído y me hizo algún comentario al respecto, Félix de Azúa. Ningún otro.
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jueves, agosto 04, 2016
La vulgaridad de Eloy
Cuando uno dice que el mundo es cada vez más vulgar lo que hace es afirmar lo que, de seguro y después de todo, quiere escuchar “todo el mundo”, pues nada hay más popular y por tanto menos clasista en sus fundamentos que un mundo igualado, aunque sea por debajo. Pocas afirmaciones podrían, entonces, suscitar más entusiasmo y complicidad que ésta: el mundo es cada vez más vulgar.
Al fin y al cabo ése y no otro ha sido siempre el objetivo de las masas (y no uso el término de forma despectiva sino descriptiva): desalienarse, liberarse de los corsés que toda norma impone desde una supuesta unilateralidad restrictiva y discriminatoria. Así pues, en contra de las normas (restrictivas) y sin límites (discriminatorios y cuartadores). “Al fin libres” piensa “todo el mundo” cuando cree hacer lo que le da la gana allá donde antes había una norma más o menos implícita que le subyugaba y alienaba. Normas impuestas, claro, desde un poder tan abstracto como maléfico.
Y el mundo es, en efecto, cada vez más vulgar porque se encuentra configurado de acuerdo con los gustos e intereses de una inmensa mayoría; esto es, de “todo el mundo”. Afirmación que, insisto, sólo puede llenar de regocijo a “todo el mundo”, pues es “todo el mundo” quien ha reivindicado poder ir en bañador y chanclas al teatro o a la universidad, por ejemplo.
El que aún existan algunos resistentes a la vulgaridad -en extinción sin duda- ya sólo le sirve al vulgo/masa para acrecentar y reivindicar su vulgaridad. Esa en la que se regocija debido al componente vengativo que posee. “¿Qué es eso de que me tengan que decir cómo tengo que vestir para ir a clase?” se dicen los jóvenes a sí mismos, a quién si no. Porque en la vulgaridad también siempre hay algo de autocomplacencia. De hecho esos seres exquisitos a los que aún les preocupan las formas no son sino tipos ridículos para la gente vulgar. Y por eso se encuentran cada vez más desclasados en una sociedad sin clases, valga la paradoja. Una sociedad en donde cualquiera puede hacer turismo enológico y en donde cualquiera coje el avión 6 veces al año. Y cuando digo que no hay clases es, precisamente, porque la vulgaridad las ha eliminado haciéndose cargo de todos.
La cuestión podría ser ¿no será acaso esa vulgaridad más que una simple moda?, ¿no será en el fondo más que la manifestación de la última gran moda? Si aceptamos que una moda se sirve del mimetismo para imponer sus preceptos entre gente predispuesta a aceptarlos podemos especular acerca de esta posibilidad, pues antes de la existencia de Facebook y Twiter nadie usaba dibujitos predeterminados -emoticones- para expresar sus emociones compulsivamente y a tiempo real.
La clave se encuentra, de todas formas, en el detalle “gente predispuesta a aceptarlos” porque, ¿qué sería de una moda que no fuera masiva, que no se hiciera cargo de la expresión “todo el mundo”? Nada, de hecho usaríamos el concepto moda con la boca pequeña. Y es que para que una moda sea importante, epocal, lo que hace falta antes que nada es mucha gente predispuesta a aceptar sus premisas con todo lo que ello implica a nivel social, estético e ideológico.
¿Y qué puede haber más vulgar que gestionar la comunicación con impulsos primarios? “Fulanita ha cambiado su foto de perfil” anuncia Facebook. Y ante la original noticia le aparecen a la usuaria y en pocos minutos 70 respuestas simplificadas y 5 algo más complejas. Las simplificadas -con dibujitos- se reparten entre los “me gusta”, los “me encanta” y los “me sorprende”; y las complejas, por escritas, se mueven entre el “waaapa” y el “lo que daría por ser el gatito”. Después todos rien: “je je je”.
El problema surge cuando la vulgaridad puede definirse como una perfecta simbiosis de incultura y aburrimiento. Como bien explica Chuck Klostermans: “Como internet está obsesionada con su versión del capitalismo no monetario, recompensa el volumen de respuestas muy por encima del mérito que pueda tener aquello ante lo que la gente está respondiendo”.
Esta época de sociabilidad virtual no es, para uno, una época para hacer amigos, más bien al contrario, pero eso se encuentra en las antípodas de lo que está de moda. De moda está, además de los amigables “me gusta”, el ciscarse en la cumbre de la pirámide social; atacando a los políticos, empresarios, directores, gestores etc., pero eso, como ya ha quedado demostrado en estos últimos años, no sirve para nada, si acaso para que todo permanezca igual en el mejor de los casos, o que nos haga más ciegos en el peor de ellos.
No, la cosa no está en apuntar arriba, sino en apuntar a las bases, que es desde donde se “soporta” el peso que la misma base ha ido depositando encima de ella. La vulgaridad no se mide auscultando a un político sino auscultando al votante, sobre todo cuando el votado se ha demostrado reiteradamente incompetente y corrupto. Es cierto que apuntar a las bases implica estigmatizar a gente inocente, sana y trabajadora, pero se trata de la única forma de afrontar la insidiosa vulgaridad con alguna posibilidad de éxito.
“Todo el mundo” es todo el mundo porque los amantes de las formas conforman una escuálida minoría que además se encuentra en extinción. Ahora no hay confrontación entre pobres y ricos porque todos forman parte del mismo vulgar equipo, con sus “me gusta”, sus “je je” y sus chanclas. Ahora la confrontación se encuentra entre los amantes de las formas y los que se regocijan en su método desalienante.
El último éxito de Nintendo lo conoce todo el mundo, primero porque todo el mundo tiene un amigo cazador de Pokémons y segundo porque la noticia de su éxito ha salido en todos los telediarios de todo el mundo. Ya ven: siempre “todo el mundo”. Pues bien ante una de esas noticias dadas en los telediarios entrevistaron a una mujer que se encontraba con su familia haciendo turismo rural en Cabárceno, extraordinario parque natural de Cantabria. El inicio de su respuesta, aun siendo el perfecto reflejo del problema que aquí señalo me hace albergar una cierta esperanza. En tono de queja y lamento dice respecto a la actitud que su hijo lleva teniendo en el viaje “mi hijo no ve animales, ni paisaje, ni nada, sólo ve Pokémons…”. Así, la cosa promete, la mujer parece sorprendida ante la actitud de un hijo que ante la bella naturaleza no es ni capaz de verla. Pero la frase continúa, “ (sólo ve Pokémons)...tanto es así que me han entrado ganas…”. Yo hago mis conjeturas en esa fracción de segundo y me digo a mí mismo, a quién si no, vale, por fin alguien va decir algo sensato. Pero no, la mujer prosigue, “tanto es así que me han entrado ganas de iniciarme a mí también”.
No hay nada que hacer, ni siquiera se ha sorprendido el director del telediario ante tan insensata declaración.
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miércoles, julio 20, 2016
Praga I
De vuelta de Praga, ¿qué decir?
De momento lo mismo que se podría decir de una buena cantidad de ciudades contemporáneas, ya sean orientales u occidentales: que en toda ciudad supuestamente importante cohabitan simultáneamente dos ciudades, la ciudad “Dragón Khan”* y la ciudad “Giorgio de Chirico”. Son antagónicas pero cohabitan. No insitu, pero cohabitan en la medida en que se encuentran ambas dentro del mismo perímetro en el que se circunscribe lo que desde el Ayuntamiento se considera la ciudad. Juntas, pues, pero separadas por un enorme y claramente invisible muro concéntrico que se encuentra siempre a una distancia x del epicentro.
Antes de proseguir debo decir que uno no conoce los sitios cuando lo desea sino cuando lo hace. Yo siempre quise conocer Praga pero sólo las circunstancias actuales han propiciado un viaje que debí hacer cuando no pude hacerlo. Por eso quizá lo más oportuno fuera volver atrás y reiniciar el texto con otra pregunta antes de continuar con mi ambigua digresión.
¿Qué Praga es la que tenía que haber visto?
Así pues, no tanto qué decir de Praga, sino más bien ¿qué no poder decir de ella a tenor de lo que invariablemente se me dijo antes de partir? Porque si de algo no había duda es de la invariabilidad de la opinión de todos cuantos ya la habían visitado, que me la expresaban con un entusiasmo desaforado. Invariable, ya digo: “maravillosa”, “bellísima”, “increíble”, “preciosa”, “extraordinaria”, etc., y los más jóvenes “espectacular”, “guapísima”, “genial” y “brutal”.
Así, ¿de qué Praga debo hablar, de la que he vivido o de la que debí ver? No resulta fácil optar por el único enfoque que no parece insensato, créanme, porque hablar desde uno -y no desde el común (predeterminado)- me genera cada vez más, respecto a una sociedad perfectamente consensuada, un muro tan enorme y tan invisible como el anteriormente aludido. No resulta fácil, pues, pero no queda más remedio. Otra cosa sería analizar cómo se traducen todas esas particulares percepciones en el personal estado de ánimo que uno vive en el viaje día a día.
Pero sí, dos ciudades cohabitan en toda ciudad contemporánea, llámese como se llame: la ciudad “Dragón Khan” es la ciudad de las hordas humanas y de la venta de imanes para neveras y la otra, la ciudad “Giorgio di Chirico”. En la primera no sólo no hay tregua, sino que tampoco hay espacio. Ni tiempo, lo que resulta mucho más inquietante que lo anterior. Las hordas circulan como habitualmente lo han hecho durante la historia, avasallando. Tiene uno que esquivarlas con dificultosos juegos de cintura para los que no todo el mundo está preparado, y no es broma, vi caer a una anciana que quedó estampada contra el suelo haciendo un cristo tan perfectamente estático como extático. No tuvo tiempo de esquivar a 3 jóvenes orientales que quisieron hacerse un selfie delante de una tienda de donuts sin haber reparado en su presencia. El peligro de estas hordas se acrecienta sin duda cuando conjuga varios grupos de diversa procedencia, pues cada uno de ellos se debe al paraguas que inflexiblemente los guía, pero sin dejar de atender al móvil con el que pretenden fotografiarlo todo. Peligrosas, pues, en la medida en la que se desplazan sin ver.
En resumen: la Praga “Dragón Khan” resulta imposible, pero no tanto porque la tapen los turistas, que sin duda lo hacen, cuanto porque dejó de existir desde el momento en que se convirtió en un juguete, como tantas otras ciudades (París, Roma, Florencia, Venecia, Barcelona, etc., y todas la que están de camino). De hecho nadie vive en la Praga “Dragón Khan”. Fíjense si la visitan próximamente, miren hacia arriba cuando paseen si la multitud les deja. Entonces verán que se trata sólo un escenario sintético, un escenario que representa perfectamente las fantasías de lo que los viajantes profesionales esperan encontrarse. No hay apenas luces encendidas en esos enormes edificios que tan perfectamente decoran todo el centro.
Pero sí, dos ciudades cohabitan simultáneamente en toda ciudad contemporánea, llámese como se llame: si por una parte se encuentra la ciudad “Dragón Khan”, que es la ciudad juguete, por otra se encuentra la ciudad “Giorgio di Chirico”, que es la ciudad metafísica. Lógicamente se encuentra ubicada, aunque dentro del perímetro estipulado por el correspondiente Ayuntamiento, en las partes más alejadas del epicentro.
Pasear por la ciudad metafísica de una ciudad es exactamente eso: pasear. Algo que no puede ocurrir cuando esquivas a miles de personas que desplazándose zómbicamente sólo se paran para comprarse una camiseta o para posar delante ante una omnipresente cámara fotográfica. Sin embargo, apenas se cruza uno con nadie en la ciudad metafísica de una ciudad y desde luego muy rara vez con turistas, por lo que uno se encuentra mucho más cercano a su propia consciencia. Lo que, como sabemos y ha quedado claro, es algo que no desean los viajantes profesionales, que son esas personas a las constantemente les gusta dejar claro sus aficiones: “me encanta viajar”, o en el peor de los casos, “lo que más me gusta es viajar”, algo que dicen cada vez que pueden venga o no a cuento.
Son zonas, las de la ciudad metafísica de una ciudad, que los turistas rehúsan con especial decisión porque no sólo les aleja del epicentro que mentalmente tanto tranquiliza, sino porque les aleja también de su objetivo primordial, que no es otro que el de constatar lo que ya sabían; en este caso que Praga es una ciudad maravillosa, bellísima, preciosa, extraordinaria, divina, espectacular y brutal.
Pero pasear por la ciudad metafísica de una ciudad es pasear por lugares sin apenas tiendas, sin apenas cafeterías y sin apenas gente, rodeado de olores verdaderamente idiosincrásicos y de un silencio atronador, valga la expresión, que te conduce a una suerte de trance extático conectado a tu consciencia. En fin, es pasear en unas condiciones que sin duda acrecientan la experiencia perceptiva que sólo podrá ser densa por ausencia de “ruido”. O por decirlo de otra forma: en contra de lo que pudiera parecer, la percepción sensorial se incrementa proporcionalmente a la disminución del “ruido”.
Pero ¿quién quiere después de todo una experiencia perceptiva densa? Y esa sí sería la verdadera pregunta, la pregunta que convierte en innecesaria o inútil mi disertación, la pregunta que convierte este texto en el producto de un excéntrico. Porque la verdad verdadera es que una ingente mayoría de gente gusta de las ciudades “Dragon Khan” y del cine blockbuster y una minoría cada vez más escuálida de las ciudades “Giorgio di Chirico” y del cine de Bilge Ceilan o Kiarostami, por poner un par de ejemplos.
Y no hay motivos para pensar que tanta gente pueda estar equivocada.
Aunque, y ésta sí sería ahora una buena pregunta de cierre: ¿qué resulta en realidad más kafkiano, desplazarse por la Praga “Dragón Khan” o pasear por la Praga “Giorgio di Chirico”?
Sin duda alguna que desplazarte por la Praga “Dragón Khan”. Lo que no sé es eso qué quiere decir. No sé a quién da la razón, si a las personas que en su viaje creen haber conocido Praga o a las que saben que eso no es forma de conocer una ciudad.
En cualquier caso Praga no es lo que dicen que es sino lo que se deja ver. No es lo que es teniéndola que imaginar sino lo que vemos cuando la miramos y vivimos en directo. Y lo que vemos es absoluta e indiscutiblemente kafkiano.
sábado, enero 23, 2016
Reseña cineatográfica de la película Locke de Steve Knight
http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/01/locke-steven-knight.html
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