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miércoles, julio 26, 2017

Lucifer

Lucifer

Estaba sentado en la barra como de costumbre, tomándome un vino como de costumbre y a la hora de siempre si es que pudiera haber algo parecido a un siempre más allá del sentimiento puro, que lo dudo. Pero, sí, allí estaba yo en el mismo lugar de siempre, que no siempre es el mismo, aunque sí, y a la misma hora de siempre tomándome un vino, en la barra y sentado en esa parte de la barra que me permite ver bien prácticamente todo el en derredor.

Estaba yo sentado en la barra donde suelo hacerlo habitualmente, esto es, donde suelo hacerlo siempre, cuando se acercó un tipo que se sentó a mi derecha. No sé, hubo un algo que me dijo que no se había sentado junto a mí casualmente. Se le veía algo inquieto y sin saber dónde mirar. ¿Cómo puede no saberse dónde mirar? me dije a mí mismo, a quién si no. Se situó en paralelo a mí, mirando hacia afuera y en perfil tres cuartos respecto a la barra que quedaba detrás. Así, en principio, los dos debíamos ver lo mismo, otra cosa era lo que pudiéramos mirar. De vez en cuando rectificaba su posición y se giraba hacia mi lado, en principio sin mirarme pero con la clara intención de dejarse ver por mí pues en ese lado apenas había nada que ver, bueno sí, las camareras; detrás de mí se encontraba el lugar donde las camareras recogían las comandas de los clientes; y también una televisión de gran formato retransmitiendo deporte ininterrumpidamente, fuere cual fuere, en ese mismo momento, cricket. Hubo un momento en que me miró de reojo, lo que me hizo girar la cabeza en dirección opuesta y alzar la vista hacia un punto absurdo.

Al momento me llamaron por teléfono; se trataba un amigo que solicitaba conversación acerca de nuestra empresa común, un negocio que estábamos comenzando juntos. Me di la vuelta e hinqué los codos sobre la barra, de forma que pudiera aislarme de la gente lo máximo posible. Estoy seguro de que mi vecino no podía escuchar lo que yo decía debido a mi posición y al ruido de fondo. En cualquier caso nada más colgué ese tipo se dirigió a mí con estas palabras, “hay que ver cómo es la gente”. Yo no sabía qué responder, de hecho no lo hice, había en sus palabras algo siniestro. Hay que ver cómo es la gente, no sé, no le entendí muy bien pero sé que algo quería decirme y que además no se trataba de nada bueno. Lo había dicho mirándome de soslayo y esperando cierta complicidad por mi parte. Yo lo ignoré con un levantamiento de hombros pero no podía evitar sentir la presencia de quien, seguro, se había puesto a mi lado porque quería algo de mí. Que así era.

“Antes me fiaría del camarero –se detuvo unos instantes y continuó- y espero que nadie se ofenda por lo que digo”, dijo en uno de esos momentos en los que la casualidad, provocada por la necesidad de moverse en una banqueta no demasiado cómoda, hizo que nuestras miradas se cruzaran siquiera levemente. No lo pude evitar, ¿nadie?, pensé en voz alta. “Sí, nadie”, contestó con seguridad pero con una sonrisa ladeada.

Yo estaba incómodo por muchas razones pero se trataba de mi vino de siempre en el sitio de siempre y en la banqueta de siempre, así que lo único que tenía que hacer era, simplemente, ignorarlo. Nadie me iba a aguar la fiesta, nadie. Pensé entonces que había escuchado la conversación telefónica con mi amigo y por eso me había dicho aquello, si bien es cierto que no dejaban de rondarme por la cabeza esas frases… Hay que ver cómo es la gente; hay que ver, ¿ver?, ¿ver del verbo ver?, ¿qué gente, mi amigo? ¿de quién se fiaría tan poco hasta preferir fiarse antes del camarero?, ¿de mi amigo o de algo que él había visto y a mí se me había escapado? Me miró sonriente, estiró la mano y me dijo “me llamo Fernando, te he visto otros días por aquí”. Sin embargo a mí no me sonaba de nada, y eso que en ese bar de siempre lo único que hago, además de beber, es observar, diría que con cierto nivel obsesivo.

Aturdido por las dudas no la vi venir hasta que la tuve encima, una rubia de siluetas generosas que se sentó en la banqueta de mi izquierda. Yo estaba en paralelo a ella así que pude verla de reojo con bastante claridad. Llamó al camarero con el brazo y le pidió un Trending Topic. Era la primera vez que oía ese nombre en un bar, así que esperé a ver la reacción del camarero, que no la hubo, más bien le dijo con toda naturalidad “en seguida” mientras le levantaba el pulgar.

“Es sólo una forma de hablar”, me dijo el tal Fernando mientras yo pretendía no perder ojo a las acciones del camarero, necesitaba saber lo que era un Trending Topic, pero hubo un momento en que me perdí, demasiados ingredientes en la coctelera que desconocía. Además Fernando presionando por mi derecha y la rubia con toda su presencia por mi derecha. Demasiado.

El camarero vierte entonces el contenido de la coctelera en una copa pequeña, que la rubia coge con sutileza pero con cierta ansia, acerca sus carnosos labios y realiza una pequeña absorción ruidosa. Con una mirada entre natural y libidionosa, si es que esa combinación pudiera existir, me dice “hay que ver lo bueno que está esto”. Miro al camarero que a dos metros de mí se encuentra secando vasos y me lanza lo que sin duda es una sonrisa cómplice. Hay que ver, ¡de nuevo!  ¿Qué es lo que hay que ver?, me digo a mí mismo, a quién si no. Sé que podría tratarse de una frase hecha, pero no en este caso. Y tampoco creo en las casualidades.

Me encuentro como en una encrucijada, ahora el que no sabe a dónde mirar soy yo. No tengo ganas de darle conversación al tal Fernando y la rubia me tiene mosqueado, hay algo en ella que, no sé, no veo claro. El tal Fernando la mira, pero atravesándome, no hay otra porque me interpongo entre ella y él. Noto que tiene ganas de decir algo. Así él en unos segundos: “tempus fugit, amigo, tempus fugit”. ¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! Un desconocido, con una pinta algo más que discutible ¡estaba sentenciado en latín! Yo ya no me hacía preguntas respecto a lo que pretendía el tal Fernando, que en realidad no me importaba tanto, sólo me hacía preguntas respecto a lo que yo tenía que hacer con todo aquello.

La cosa es que de forma espontánea me sale contestarle: “la verdad es que ciertamente no puedes fiarte de tus percepciones inmediatas y que hay que dejarse llevar por la intuición… y yo, pues prefiero fiarme de la gente”. El tal Fernando me miró durante unos segundos en silencio, ladeó ligeramente la cabeza y me dijo “nada es lo que parece pero todo es lo que ves”. Caramba, me dije a mí mismo para mis adentros, a quién si no, este tipo no es un cualquiera, seguro que con dos frases más se destapa y me intenta vender algo, lo que sea, una colonia, un dolor, una duda o un discurso. Pero antes de que me diera tiempo a reaccionar la rubia se dirige a nosotros sin mirarnos a los ojos y con la copa en la mano dice, “algo de eso hay”. Esto sí que ya era demasiado para mí. Los dos personajes me tenían acorralado y se había establecido entre los tres una conversación de lo más críptica. Sugerente, sin duda, pero inquietante.


Algo de eso hay… se repetía en el interior de mi cabeza acordándome de mi tía Josefina, que también ella repetía esa frase sin cesar, viniera o no viniera a cuento, sin bien ella lo hacía hacia el exterior de la suya, de su cabeza. ¿Ago de eso hay… de qué? ¿De que nada es lo que parece? ¿De que todo es lo que vemos? ¿De que lo que vemos es siempre el todo? ¿De que el tiempo pasa volando? ¿De que por eso hay que aprovechar el momento? ¿Cómo podría aprovechar yo el momento, ese momento? Así me encontraba yo aturdido ante tanta duda cuando la rubia dijo “Fer, creo que esta vez nos hemos equivocado, este tipo no es de los nuestros…”. ¡Hostia!, me dije a mi mismo, a quién si no, ¡estos tipos ya se conocen! Y antes de que pudiera seguir elucubrando posibles reacciones ante tan extraña situación ella remató su sentencia “…no va a hacer nada con nosotros, ya te digo, no es de los nuestros”. “Tienes toda la razón Luciana, por esta vez nos hemos equivocado, la lástima es que tú habías puesto mucho interés en él, lo siento por ti” contesto el tal Fer como si yo no estuviera. Sin mediar más palabra la tal Luciana pidió la cuenta al camarero, éste le devolvió el cambio con una sonrisa pícara mientras le decía “siempre es un placer volverte a ver Luci”. Había pagado su Trending Topic y el vino del tal Fer, que por cierto había desaparecido sin más. Mientras se alejaba, la tal Luci murmuró, “hay que ver cómo están cambiando las cosas… o es que últimamente estamos teniendo mala suerte, no sé, un desastre”. Yo me quedé pensativo, dejé de mirar a mí alrededor porque en esos momentos no existía alrededor alguno, me encontraba realmente desconcertado… Fernando y Luciana, Fer y Luci… o lo que es lo mismo Luci… y Fer.

domingo, septiembre 18, 2016

Como un torrente

Decisión proviene del latín decisio y así lo define el diccionario: acción de zanjar una cuestión discutida, solución.

Resulta muchas veces curioso el uso que de las comas hacen los diccionarios. ¡Quién me lo iba a decir a mí! El término decisión perfectamente asociado al de solución. Así, para tomar una decisión tenemos primero que considerar la existencia no tanto de una duda como de un problema, pues supuestamente se ha discutido una cuestión. La pregunta que me inquieta es, ¿Puede entonces tomarse una decisión que no haya pasado por una previa discusión? O mejor, ¿puede existir en la inacción -de la inexistente discusión- algún tipo de decisión sensata posible?

Elección, del latín electio: Decisión por la que se muestra preferencia o se toma partido por una cosa, eligiéndola en detrimento de otra.

Aquí resulta más claro; la elección es una decisión a la que lo le hace falta discusión alguna. Uno elige porque le da la gana y lo hace sabiendo aquello a lo que reniega. Así la la elección tiene un valor soberano para el sujeto activo, dejando que lo elegido pueda permitirse el lujo de ser todo lo neutro que quiera. Elegir es una apuesta y como tal contiene siempre un punto de riesgo.

Decepción. Es un sentimiento de insatisfacción que surge cuando no se cumplen las expectativas sobre un deseo. Se forma en unir dos emociones primarias, la sorpresa y la pena.

En efecto, la definición de decepción no me habría sido válida sin la inclusión del término sorpresa, porque lo de la pena se daba más que por supuesto. Yo añadiría que la sensación que padece una persona decepcionada es la de permanecer sorprendida e inmóvil, digamos que atado, ante un torrente, digamos que de agua, que no le permite ni abrir la boca, so pena de ahogarse por querer respirar. Pena, eso sí, ligada al dolor y el sufrimiento que son ajenos a toda decisión.

Post Scriptum. Hemos dedicado 3 post a hablar de Richard Rorty y su concepción populista de la filosofía. Pues bien, una de esas reivindicaciones de las que el filósofo alardea tanto y que tanto gusta a sus acólitos bienintencionados es la que consiste en preferir disolver los problemas antes que resolverlos. Yo, de nuevo, estaría en franco desacuerdo con él. Pero hay muchos más rortyanos de los que nos creemos. Y al parecer no les va mal porque no hay mejor forma de disolver un problema que ignorándolo. No deja de ser una elección. Rajoy lo lleva haciendo hace muchos años y le funciona perfectamente. Despreciable.

martes, abril 05, 2016

Tarde de cine: dos películas

Hacía tiempo que la había comprado pero no había encontrado el momento idóneo para verla, como tantas otras películas también compradas que me queda por ver, porque todo el cine que veo en mi casa o es comprado o es alquilado. Así que éste era el día para ver Irreversible, una película de la que había oído hablar bastante y que se me resistía, quizás, por lo que de ella presuponía.

Y no me equivocaba, la famosa película de Gaspar Noé es sin duda en todo excesiva además de frenética. No se priva de nada que pudiera relajar al espectador, así que incluye escenas de violencia extrema, como una violación anal filmada a plano fijo y a tiempo real y escenas de sexo explícito. Todo barnizado de una violencia, como digo, que sin duda se encuentra reforzada por un frenético ritmo narrativo. Ver Irreversible es como comerse un ramillete de retama a palo seco.

¿Que poder decir de ella entonces? Poca cosa más; que está muy bien resuelta, que es original, que los actores están estupendos y que todo tiene cierta coherencia, incluso el manifiesto virtuosismo técnico que tan molesto resulta la mayoría de las veces en el cine (porque suele ocultar algunas carencias).

¿Poca cosa más, entonces? ¿O eso es mucho?

No sé si es mucho o poco; ni si es bueno o malo, lo que sí sé es que no es bueno el sabor de boca que me ha dejado. Demasiado frenética para mí, demasiado cruel, demasiado explícita y demasiado violenta. ¿Pero son esos demasiados suficientes para rechazar la película? Quizá no. Quizá incluso esos demasiados sean los que puedan servir para elogiar una película que es excesiva porque lo que pretendía era precisamente eso, ser excesiva.

¿Pero es que acaso las películas están hechas para dejar buen sabor de boca? En absoluto. No van por ahí los tiros. De hecho Haneke y Trier son dos maestros del cine contemporáneo y para mí ver sus películas es como masticar arena.

Además, si dejar mal sabor de boca fuera suficiente para hacer buen cine, cualquiera podría ser un genio.

¿Entonces?

La cuestión es que en Irreversible no hay mucho más de lo que muestra. Y eso sí que me parece una buena forma de aproximarnos a un juicio válido. O por decirlo de otra forma: lo que en Irreversible predomina es el virtuosismo y lo que la pelicula cuenta -narra- es lo que vemos. Sólamente. Así pues, una película que se asienta sobre una doble complacencia: la del autor, que se sabe original en la medida en que eso es lo que fundamentalmente desea, y la de los espectadores, que gustan en su mayoría de este tipo de cine, como demuestra un estudio de taquilla. Una complacencia que eximirá a los espectadores -y a su director- de tener que encontrar en la película algo más de lo que en ella se ve.

Así, y a pesar de la violencia extrema, Irreversible es una película que gustará fundamentalmente a los que dicen ir al cine para entretenerse. ¿Pero acaso hay otra forma de ir al cine que no tenga por causa el deseo de entretenimiento? No, no hay otra forma, pero ustedes me entienden. Seguro que sí.

De todas formas, no estaba yo hoy dispuesto a quedarme con mal sabor de boca. Y eso a pesar de que, efectivamente, me había entretenido viéndola. Como también me habría podido entretener, todo se ha de decir, el haberme curado una herida en la rodilla.

Así que ni corto ni perezoso acudí a mi vidioteca con el fin de resarcirme. Eché una ojeada en el correspondiente sector de uno de mis géneros favoritos y extraje Siete novias para siete hermanos.

Mi estado de ánimo cambió en pocos minutos. De la conmoción sospechosa a la emoción placentera. Sinceramente: es ver la cabaña de Pontipee con esos decorados pintados al óleo y ponerme cachondo, porque en efecto se trata casi de una cuestión sexual. Me ponen más cachondo los volantes blancos de los vestidos que porta Jane Powel que las bragas tanga de Monica Bellucci. Qué le vamos a hacer.

Sólo se puede hablar desde la emoción particular. Me resultan enormemente placenteros, cada vez que veo la película, todos los números musicales de esta película incluídos los más cursis, pero sobre todo me abduce ese en el que los hermanos Pontipee se encuentran trabajando en el bosque sumidos en un profundo estado melancólico. La coreografía resulta perfecta para transmitir, desde la danza, ese estado de ánimo que conoce todo aquel que no obtiene respuesta de la persona que ama.

Siete novias para siete hermanos me sirve. Esa es la mejor descripción que puedo hacer de lo que en mí consigue una película cuando es usada de forma terapéutica. Y yo uso el cine como me da la gana dependiendo de lo que en cada momento me pide el cuerpo. Ver cine no necesariamente exige una sola forma de hacerlo. Yo me acerco al cine de la misma forma que me acerco, por ejemplo, a la gastronomía. Puede que mañana vuelva a ver El caballo de Turin, una de las películas más tristes que he visto. ¿Y qué? Si la película contiene una verdad, una verdad que sólo puede ser subjetiva, me servirá. Yo quiero que las cosas me sirvan. Otra cosa es que todo pueda ser interesante y otra cosa es que todo lo que resulta interesante pueda servir para algo. Ustedes ya me entienden.

Nota. Para quien prefiera ver los textos ilustraditos que acuda a mi blog de cine.

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/04/irreversible-y-siete-novias-para-siete.html

sábado, septiembre 05, 2015

El caballo de Turín (Béla Tarr)

El caballo de Turín (Béla Tarr)

Un caballo viejo y famélico arrastra al paso un carruaje a través de un camino polvoriento y árido. Lo guía un hombre mayor que debe hacerlo luchando con unas adversas condiciones meteorológicas de frío y viento.

Estos son los únicos ingredientes del largo plano secuencia que da comienzo a The Turin Horse. Toda una declaración de intenciones que sitúa al espectador en su justo lugar, que no podrá ser otro que aquel que lo ha predispuesto a aceptar unas concretas formas narrativas. Así, y después de esa larga secuencia, no habrá espectador desprevenido, ni habrá espectador situado en el lugar equivocado.

Viento y frío como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pero, ¿es en realidad posible un fin sin finalidad? ¿O precisamente se trata de la única posibilidad con sentido? ¿Tiene acaso sentido "nuestra" existencia? ¿Qué relación de sentido vincula la existencia con una finalidad? ¿Qué puede tener que ver con todo esto la predestinación, sobre todo si admitimos, ya que la Ciencia lo dice, que nada es eterno?

Pocas películas conducen al espectador con tanta claridad por vericuetos mayéuticos tan productivos y sobre todo emocionantes. Y si para ello deben incumplirse las normas básicas que dicta la "buena" escritura cinematográfica, pues se incumplen. Todo son preguntas sin respuestas en esta película donde parece no pasar nada mientras va pasando de todo. Precisamente porque la táctica consiste, como en el mejor cine de los últimos tiempos, en depositar sobre la mente del espectador la responsabilidad última de la misma creación de la película.

Dos son los personajes que llevan el absoluto peso interpretativo de unas secuencias sin apenas trama y diálogo alguno. Dos personajes de los que nada sabemos (caracterizados sólo por sus gestos), ni falta que hace, porque como digo deberán ser construidos por el espectador en un ejercicio de creación voluntarioso y constante. En este caso un hombre manco y su hija conviviendo en una casa en medio de la ruidosa nada.

No sabemos de qué viven, no sabemos lo que piensan, no sabemos lo que sienten, sólo sabemos lo que vemos que hacen. ¡No lo que hacen!, sino lo que vemos que hacen. Pero, ¿por qué? Ésa es la pregunta que uno se hace de forma implícita durante todo el visionado. ¿Quienes son? ¿Qué son? ¿Cuál es la finalidad de esos personajes? ¿Cuál su sentido dentro de lo que serían sus propias experiencias vitales? No lo sabemos porque nada sabemos de ellos más allá de lo que podamos deducir de sus gestos. Sólo nos es dado conocer a los espectadores la causa que ha impulsado a su director a realizar esta parsimoniosa película de trama indefinida y extremadamente triste.

Esa causa que nos es contada en off  al comienzo mismo de la película justo antes de la esa secuencia inicial mencionada: Cuentan que paseando Nietzsche un día por su ciudad se cruzó con un carruaje parado en medio de la calle debido a la determinante negación del caballo a avanzar. Vió entonces cómo su dueño y guía comenzaba a atizarle fuertemente con una fusta y no pudo soportarlo; se abalanzó sobre el caballo y lo abrazó entre sollozos incontenibles. Volvió a su casa y se mantuvo ensimismado el periodo de tiempo que precedió a su conocida enajenación.

También es ese famélico caballo que da comienzo a la película quien muestra los primeros signos de la debacle universal que a la humanidad le espera. Una debacle que "se ve venir". Es el caballo que se niega a seguir arrastrando el carro el segundo día de los cinco en que se divide la narración del film. Ese caballo famélico y cansado que viene cumpliendo con su misión día tras día desde hace hace tantos y tantos años. Tantos y tantos años en los que un hombre y su hija llevan repitiendo los mismos gestos. Gestos como hábitos. Hábitos automatizados que sólo expresan supervivencia.

El caballo de Turin es, en este sentido, un conjunto de variaciones que se corresponden con el hábito de sobrevivir. No existe la posibilidad de un hábito que pueda ser anecdótico y por tanto prescindible en una vida que se rige por lo esencial. Ni siquiera esa necesidad de sentarse ante la ventana para mirar a un exterior árido e inhóspito deja de ser un hábito necesario, esencial. Como lo es el rito de sentarse a comer sin cubiertos, aunque sean unas simples patatas hervidas. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Como lo es la necesidad de vestirse con todas aquellas capas de ropa que son necesarias para combatir el frío desolador y el viento apocalíptico. Como lo es la necesidad de alimentar el fuego con con una madera cada vez más escasa. Como lo es la necesidad de acopiar agua para la cocina y la higiene. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Todos los días siempre lo mismo y sólo eso.

Hábitos rutinarios que nos son mostrados con la distancia que adopta una mirada que huye de fáciles complicidades y que rechaza cualquier posibilidad empática. Parece claro que Tarr cree firmemente en el porvenir de lo terrible, como bien queda claro en las premonitorias palabras de ese extraño personaje cuya incontinencia verbal contrasta con la apatía nihilista de los dos protagonistas. Tampoco sabemos nada del significado de esa intromisión apabullante e histriónica, pero el discurso de ese tercer personaje no ofrece duda alguna: el mundo es incapaz de sostenerse por más tiempo. Si orden es disposición racional coforme a razón, el caos es indisposición absoluta conforme a la más pura irracionalidad. El camino más "vivo" hacia la nada. Y no se puede polemizar con la nada. En realidad nada se puede hacer con la nada. El caballo lo sabe y por eso a partir del segundo día decide no comer.

Cuando la mujer descubre que ya no tienen agua -porque el pozo se ha quedado seco de un día para otro- el hombre sabe que sólo les queda una opción de supervivencia: huir, "Trae la carretilla", le dice a su hija. Así que por primera vez en la película observamos gestos en los protagonistas que sabemos son nuevos para ellos. Empaquetan sus enseres, los calzan sobre la carretilla, atan por detrás al famélico caballo (que decidió ya que jamás tiraría de ninguna carreta o carretilla) y avanzan con dificultad arrastrando ambos esa carretilla/casa entre el polvo y la hojarasca producida por un persistente viento desolador.

Viento y frío -decíamos- como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pues bien: viento y frío como síntomas del fin del mundo. No habrá alivio en la invención verbal. No hay solución: de la misma forma en la que cargaron la carretilla ahora tienen que descargarla. En esa misma casa en la que no quedaba agua. Marchitos y exangües no pueden reaccionar frente a la fatalidad.

Si todas las películas tienen un fin ésta lo tiene en el doble sentido del término. Si todas tienen un final (Fin) y una finalidad (fin), la finalidad de The Turin horse es contarnos el mismo Fin. El Fin de verdad. "¿Qué es esta oscuridad?" le dice la mujer a su padre. Pero ya no hay nada que hacer, a los candiles no les basta el aceite para cumplir su función, también ellos han decidido no seguir iluminando nada. Para que la nada sea real, para que lo real se quede en NADA. Una película de una tristeza infinita, una película de una belleza sobrecogedora y conmovedora. El Fin, el final. Como decía Cioran "la muerte es demasiado exacta, todas las razones están de su lado". Una de las mejores películas de los últimos tiempos junto con Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan). Pero mis lectores lo saben: no las recomiendo.