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domingo, abril 12, 2020

Carta abierta al artista del hoy



Premisa I. ¿Qué sería la Libertad? Según Hobbes “un hombre libre es quien en las cosas que por su fuerza o ingenio puede hacer no se ve estorbado en realizar su voluntad”. Y Bergson dice que “somos libres cuando nuestros actos emanan de nuestra personalidad entera, cuando la expresan, cuando tienen con ella la indefinible semejanza que se encuentra a veces entre la obra y el artista”. La Libertad es, tal y como apuntaba Sartre, la capacidad permanente de decir sí o no. Para la Filosofía el sentido primero del concepto Libertad dice “estado de la persona que no se encuentra en una situación de esclavitud, de servidumbre, etc.”

Otra cosa sería dilucidar acerca de cuántos son los que verdaderamente desean ser libres.

Premisa II. ¿De quién es la Cultura? Porque la Cultura es algo, y si es algo es de alguien. No hay otra; la Cultura sólo puede ser una abstracción desde la filosofía, la sociología, la lexicografía, etc., pero más allá de definiciones la Cultura no puede ser otra cosa que “las producciones” que nos llegan en nombre de la Cultura, del concepto Cultura. Y en este sentido la Cultura es, desde hace ya un tiempo, de quien la paga, de quien la hace posible, de quien paga esas producciones que configuran lo que determina el concepto Cultura. De quien las paga; o mejor: o de quien facilita la emergencia de todas esas producciones de las que podrá considerarse su benefactor. O pagando la totalidad o aportando las subvenciones que haga falta.

Conclusión. Todo aquel que reclame un amo debe saber que con tal reclamo lo que hace es renunciar a su libertad (aunque esto ya lo sabían todos los artistas antes de la Pandemia). Por tanto todo aquel que por necesitar un Amo trabaje para él sólo podrá ser un esclavo, su esclavo. Lo que no quita que ese esclavo pueda y deba reclamar, al mismo tiempo, las condiciones mínimas que el Amo le ha estado prometiendo desde hace años, más allá de que la renuncia a la Libertad sea, como decimos, el precio que necesariamente deba seguir pagando. Así que: adelante con los apagones y con las quejas y con las demandas.

Lo único que simultáneamente habría que también exigirles a los artistas es que ya no vayan más de libres y necesarios. No se puede ser libre si se está al servicio de quien te paga, no se puede ser libre si por depender de tu Amo no puedes ser otra cosa que su lacayo.

Ah, y también deberán renunciar a creerse influyentes además de necesarios, porque por ser lacayos de sus Amos sólo podrán decir lo que sus Amos les dejen. Hay quienes creen que es a la casualidad a quien debemos que el discurso de los artistas se parezca tanto al de las Instituciones que los financian y subvencionan. En fin. Ahora bien, si os ponéis al servicio de vuestro Amo no vengáis después diciendo que el mercado no os quiere.

Así que tal y como decía, otra sería dilucidar acerca de cuántos son los que verdaderamente desean ser libres.

miércoles, agosto 28, 2019

Mamá Estado y su Prole


Mamá Estado y su Prole

Lleva uno todo el año barruntando acerca del estado de las cosas en lo que respecta a la programación teatral en la ciudad de Valencia. Al principio sólo haciéndose uno preguntas, pues se trataba de una programación que se cerraría al final de la temporada. Pero con las ideas cada vez más claras conforme se iba acercando ese cierre, sobre todo conociendo los precedentes de años inmediatamente anteriores.

¿Y cuál sería la conclusión? Que la Programación de teatro en la ciudad de Valencia lleva 3 años empeorando de forma evidente y extraordinariamente progresiva. O por decirlo de otra forma: el teatro que uno ha estado viendo durante estos 3 últimos años ha ido siendo progresivamente más malo. Con obras mayoritariamente zafias, groseras y basadas en textos infantiles y eminentemente propagandísticos, escritos por gente con cultura epidérmica e hilvanada. Así, malo y progresivo en ésta su cualidad.

Echa uno de menos la irregularidad que existía hace tan solo 3 años y anteriores, cuando uno iba al teatro y tenía ciertas posibilidades de encontrarse con algunas buenas obras. Pero desde hace ese tiempo a esta parte uno ha ido observando como las programaciones teatrales en general (obras financiadas con dinero público) y las de las Salas (supuestamente) Alternativas privadas (sic) en particular iban a peor, pero con un pequeño matiz que hacer respecto a estas últimas. Recuerda uno, porque se acuerda, que digamos hace 10, 9, 8 o 4 años en los halls de los teatros alternativos, con el ticket en la mano y antes de dejar entrar al público a sus aposentos, se nos soltaba un discurso sobre lo difícil que se hacía la subsistencia de ese espacio teatral, así como el todos los similares. Se insistía en que no ganaban dinero con el negocio porque estaban totalmente abandonados por las altas instancias culturales (sic), que subsistían por amor al teatro y voluntarismo cultural, que el precio de las entradas sólo servía para pagar impuestos (sic), bla bla bla, y que por favor apagáramos los teléfonos móviles. Y es cierto, ya para acabar, que desde unos años a esta parte ya no sólo no existe el discursito previo, sino que además le cortan a uno el ticket con una sonrisa que va de oreja a oreja.


Hoy ha visto uno la explicación negro sobre blanco de ese deterioro en la calidad de las propuestas teatrales que se viene dando desde unos años a esta parte (y de la sonrisa de los propietarios de Salas Alternativas). A partir de hoy ya podemos conocer la causa de ese deterioro; causa, todo se ha de decir, que uno ya conocía, pero que sólo ahora puede servir como argumento incuestionable. Dice hoy El Levante en grandes titulares:

“La Generalitat ha triplicado desde 2015 las ayudas al teatro, la danza y el circo”. Y con el siguiente subtitular: “El Institut Valencià de Cultura destina este año 3,2 millones al fomento de las artes escénicas y ha incrementado a 192 el número de beneficiarios”.

No hará falta que diga que entre esos beneficiarios están todas esas pocas Salas Alternativas cuya programación ya no necesita de beneficios en función de la entrada para poder sobrevivir.

viernes, agosto 09, 2019

Cuando hay verdad


Cuando hay verdad

En estos últimos años de bulimia cultural con fondo anoréxico aparecen, de vez en cuando, eventos culturales que redimen a la Instituciones Programadoras de su estulticia ideologizada y cansina.

Nada asegura que un proyecto cultural vaya a funcionar, pero lo que ha quedado claro es que todo depende generalmente del personaje que se lo inventa, de sus conocimientos y de su capacidad de trabajo. Podría parecer esta afirmación una perogrullada innecesaria, y casi lo sería si no fuera porque resulta del todo necesario reivindicar los proyectos realizados por verdaderos expertos. Cabe la pregunta, ¿qué sería un verdadero experto? Pues aquel que no sólo está bien informado. Y también aquel cuya independencia “natural” le ha mantenido lejos de los poderes fácticos, o al menos a la distancia justa. Un estudioso, un ratón de biblioteca, un apasionado, un conocedor y un trabajador impenitente. De alguna forma y a su manera (la de cada cual) un sabio que aleja de sus conocimientos toda esa deriva “revolucionaria” que, paradójicamente demandan las Instituciones. Todo lo contrario, pues, a un “intelectual orgánico”, por naturaleza mediocre. Si no directamente incompetente.

Cuando se dan estas cualidades a un experto sólo le queda explosionar. Cosa que hará sólo y exclusivamente cuando alguien se lo permita con una simple contratación basada en la confianza. Acaba de pasar aquí, en Valencia. El Centro Cultural del Carmen ha contratado a Dani Gascó para hacer un ciclo de cine en los claustros del Museo. La propuesta ha sido -y es- excelente debido a una doble imprevisibilidad: 1. la contratación de un experto de verdad, Dani Gascó, que no era previsible en un mundo tan burocratizado e ideologizado como el valenciano (decir cultura valenciana podría ser un perfecto oxímoron), y 2. la extraña y excelente selección de películas que el propio Dani Gascó se ha encargado en ocasiones de traducir y subtitular -en un empeño generoso y atrevido. Un recorrido por la comedia europea desde el punto de vista de un conocedor independiente. Y conviene insistir en esto último.

Así, la propuesta de Dani en el Cármen ha sido posible cuando ciertos planetas se han alineado de una forma en la que no suelen hacerlo y el resultado, casi azaroso por ello, ha sido un evento cultural valenciano del todo original, culto y popular, ameno y culturizante, imprevisible y por ello necesario. Espero que en ediciones venideras no me valencianicen al bueno de Dani y lo dejen así, independiente y ciudadano del mundo.

Dicen que las comparaciones son odiosas. No es exacto: son buenas, al menos, cuando el dinero público está por en medio.

martes, mayo 21, 2019

La estupidez del arte


La estupidez del arte

1.Había una cierta dignidad en aquellos artistas antiguos que fueron despazados por los modernos allá por el siglo XVIII. Pero los modernos llegaron con su espíritu libertario y rompieron sus lazos con el tirano y restrictivo Poder, ese que les imponía los asuntos que debían pintar y además con la adecuada forma de representarlos. Así, llegó el siglo XIX y los artistas se liberaron definitivamente de los despóticos Reyes y de los malditos Arzobispos. Y aceptaron las consecuencias, quedar expuestos y estar sujetos a una demanda mucho más inestable y abstracta: el mercado. Como todos ustedes saben Van Gogh sería un perfecto representante del artista moderno; la libertad de poder hacer lo que le viniera en gana fue el precio que tuvo que pagar para no comerse un rosca. Había una cierta dignidad en aquellos artistas modernos que desplazaron a los antiguos aún cuando esto les supusiera comer raspas de sardina (en nombre de la libertad, claro).

2.Ahora los artistas son otra cosa, carecen de dignidad. Y sus prescriptores también, pero vayamos primero con los artistas. Criados en su propia autosuficiencia -la que deviene de ser más resolutivos y acomodaticios que sus mayores- los artistas del hoy nadan sin guardar la ropa y por eso están permanentemente humedecidos. Se valen de la tecnologización globalizadora para ser hippies con sus perfiles y sus followers, pero sueñan con que un matrimonio maduro les pague las cervezas y las nikes; son relativistas de libro pero necesitan tranquilizantes cuando alguien no entiende sus pesadillas. Dicen rechazar el mercado por sus vinculaciones a la economía liberal, pero en realidad todos son unas doñas ineses que se mueren por el abrazo de un cínico protector; les gusta ir de escépticos pero cuando la Consejería de Cultura de turno les llaman para cubrir un espacio con su contenido político/social, estos entran en trance místico. Se dicen comprometidos pero en realidad les gusta levitar.

3.Noticia (10 de mayo): “La artista vasca Itziar Okariz, que representa a España en la Bienal de Venecia, “mea en diferentes espacios públicos del mundo”; en un proyecto comisariado por el periodista también vasco Pelo Aguirre que se presenta como una iniciativa que “perfora y vacía” el espacio físico, a través del sonido, imagen escultura y arquitectura. Aguirre ha explicado que “es un pabellón en el que el cuerpo aparece representado y esta idea de perforación asociada al cuerpo me parece una metáfora importante y potente en esta edición”.

La verdad es que no sé quién es más tonto, si la artista (que se cree libre) o el prescriptor (que se cree poeta). Lo de menos es la acción de mear, que sin duda es tan inocua e inofensiva como cualquier otra mientras se haga en el nombre del arte*. Tampoco resulta relevante el hecho de si es o no arte la acción mientras la institución sea la que como tal lo señale. Como siempre**. No, lo que verdaderamente resulta hilarante es que se tomen en serio su supuesta influencia sobre la sociedad; lo que resulta desternillante es que crean estar cuestionando las convenciones sociales; que crean estar luchando contra el conservadurismo mientras son subvencionados por la misma Institución político/artística; que se crean provocadores defendiendo además su mismo discurso; y que se crean libres en su perfecta pose genuflexa. Ahora los artistas son, como decía, otra cosa, carecen de dignidad. No tienen mercado (porque el mercado no los quiere y ellos dicen odiarlo) y además son los lacayos de un Poder que sólo les ofrece unas migajas de basura, las que sirven para comprarlos. El que se mea soy yo.

4.El problema de los tontos es que nunca paran de trabajar, que nunca descansan. Noticia (17 de mayo): titular, “A golpes contra el patriarcado”; subtitular, “Cristina Lucas y Eulalia Valldosera critican en el Carme la tradición artística dominada por el hombre” Y en las fotos que ilustran el artículo vemos a Cristina Lucas destrozando con una maza una réplica del Moisés de Miguel Ángel. Todo muy original e imprevisible como puede verse. Pero por si alguien no se había dado cuenta de la originalidad del concepto y del riesgo que comporta el discurso respecto a la Institución llega su prescriptor, el director del Museo y dice que “se trata de una apuesta por visibilizar la falta de mujeres en colecciones públicas” y alaba esta exposición por situarse en contra “del relato oficial” en el arte, donde “la mujer queda relegada a un segundo plano”. Respecto a lo de estar en contra “del relato oficial” insto a los no perezosos a investigar en las hemerotecas (físicas y digitales, para que contabilicen y analicen los impactos mediáticos, así como la cantidad de eventos “En Femenino”). Respecto a la segunda les aconsejo que lean este post: https://albertoadsuara.blogspot.com/search?q=arte+mujeres (El texto del post es un exabrupto sin gracia estilística pero deja claras las cosas)

5.Había una cierta dignidad en aquellos artistas antiguos que fueron desplazados por los modernos allá por el siglo XVIII. Y también la había en aquellos artistas modernos que pagaron un alto precio por aceptar la libertad de no tener amos. Ya digo, los artistas del hoy, unas doñas ineses en búsqueda de un Don Juan adulador pero canalla.


*Así que los que siempre centran el problema en la tesitura de si es o no arte una bravuconada mejor que se callen, porque su ignorancia es tan grande como la de quienes se llevan las manos a la cabeza porque no entienden nada. La cuestión nunca ha sido dilucidar si es o no arte un “montón de ladrillos” o una “lata de mierda” mientras hayan sido señalados por la Institución; la cuestión es saber cuánto han aportado -humanísticamente- a la Humanidad aún con toda su carga teórica.
**Lo que resulta verdaderamente provocador, transgresor e intranquilizador es ver a todas esas niñas que mean en público en plena calle, durante la farra y sin vergüenza alguna. A ver si os enteráis, pardillos, todo lo hecho en nombre del arte queda desactivado por el mismo hecho de hacerse en nombre de la institución. De hecho, nada hecho en el nombre del arte puede ser eficaz, -en tanto que transgresión comprometida-, porque no puede ser otra cosa que espectáculo manierista y patético.

martes, diciembre 18, 2018

Jóvenes (y) psicóticos


Por cuestiones profesionales tuve que asistir, con mi amigo y compañero Antonio, a la Gala de los Premios Gráffica que este año se celebraban en Murcia. Son galas de larga duración que comienzan con la comida a la altura del esófago -algo que yo particularmente agradezco porque me gusta que las cosas sucedan siempre antes de la cena. En cualquier caso la larga duración del evento tiene una explicación que se encuentra perfectamente justificada y que además demuestra verdadero respeto a los premiados: a todos ellos se les otorga la palabra durante 15 minutos para decir lo que estimen oportuno. Así, se nos insta a llegar sobre las 15,30 con el fin de que la Gala pueda dar comienzo a las 16 h. Y para que pueda finalizar a las 20,30. Después habrá una cena convocada ya sólo para una parte restringida de los asistentes, promotores, premiados, esponsors, etc. Cuento todo esto porque resulta de suma importancia en la historia que les voy a relatar.

Llegamos al auditorio a las 15,30, claro que no por casualidad, sino más bien por haber organizado nuestros tiempos en función de ese solicitado horario. Somos 4 gatos, por lo que tenemos la oportunidad de charlar de forma más o menos tranquila con los organizadores, que en el fondo se les ve algo nerviosos ante un evento anual que se toman muy en serio. Nos cuentan que los ensayos y las pruebas (luces, intervenciones, presentador, orden, tiempos, proyecciones, ordenadores...) han salido perfectamente. La mayoría del público, eminentemente joven, va llegando sobre las 16 h., por lo que la gala comienza a las las 16,15.

Son 10 los premios que se van a otorgar y los premiados van a recibirlos de manos de alguien que previamente explicará al público los motivos por los que el jurado ha considerado adecuado otorgarles este importante Premio. Así, suben al escenario los tres componentes del grupo que has sido premiado por su “buen diseño y una excelente dirección de fotografía e ilustración que ayudan a comunicar historias íntimas y genuinas”. Tres jóvenes diseñadores que en 2008 emprendieron su proyecto empresarial que se tradujo en una revista.

Comienzan hablando de sus orígenes, sin duda no muy lejanos por motivos tan lógicos como inevitables. Sin embargo se estiran; parecen tener mucho que decir. Se turnan los tres con cierta parsimonia en discurso preparado. Parecen admirarse. Se gustan. A los 5 minutos del comienzo de su discurso -aproximadamente- comienzan lo que ellos señalan como el verdadero speech, que es el de explicar su trayectoria (?) a partir del abecedario. Así, comienzan por la A asignándole un concepto que de alguna forma les describe y que desarrollarán con proyección de imágenes. Al cabo de un rato pasan a la B. Cuando ya habían sobrepasado su tiempo en casi 5 minutos la organización les lanza sutiles señales para que vayan acortando (los personajes que se encuentran en el escenario tienen un monitor discreta y estratégicamente situado), pero ellos hacen caso omiso y siguen con su abecedario; van por la H y casi llevan 20 minutos. La organización decide cambiar de estrategia y les hacen luces que ya todo el público puede ver. Ni caso, continúan como si nada, serios, circunspectos, convencidos, orgullosos de su trabajo y de sus logros. Cuando unos minutos más tarde van por la L la organización se ve obligada a lanzar al maestro de ceremonias al escenario y expulsarlos con el mejor tono y las mejores palabras; e incluso pidiendo disculpas. No les hace ninguna gracia y bajan cariacontecidos, serios y casi malhumorados. Es claro que han ignorado perfectamente la consigna que se les ha dado y que contempla la entrega de 10 premios en cuatro horas y media. Digo ignorado por decirlo finamente.

La Gala continúa y salen otros 5 premiados que recogen su premio y desarrollan sus respectivos discursos en el tiempo que la organización ha pactado claramente con todos. Así, esos 5 discursos duran 15 minutos porque 15 son los minutos que la organización dio a los premiados para elaborar sus discursos. Fácil. Mientras tanto se ha producido un descanso de 20 minutos; de hecho el último de esos 5 es el primero de la segunda parte. La cuestión es que el citado grupo de tres premiados en la primera parte ha desaparecido de sus butacas y ya no se encuentra en la Gala. Delante de nosotros se encuentra la fila de premiados (la primera) con las vacantes, pues, de quienes ya no se encuentran. O por decirlo de otra forma, han recogido su premio y se han largado.

El maestro de ceremonias nos anuncia un nuevo premio; sale otro grupo de tres personas; tres jóvenes que han sido premiados porque “han entendido el valor de crear marca y de abordar distintos ámbitos del proyecto generando una estética y un lenguaje propios”. También se nos dice que llevan tres años en la profesión. La forma de subir al escenario, es cierto, provoca ya unas ciertas risas empáticas en el público. Sin embargo a Antonio y a mí esa formas nos parecen pájaro de mal agüero, qué le vamos a hacer, llevamos demasiados años en contacto con jóvenes y sabemos calarlos.

El aspecto de los chicos es desgarbado (¿casual?) y desde luego el comienzo de su discurso deslabazado y ciertamente inconexo; parecen estar hablando de cachondeo haciendo de sus lapsus de memoria chistes de club de la comedia. No recuerdan nombres ni fechas pero ellos mismos le quitan importancia con gestos de pasotismo cachondo. Se quitan la palabra unos a otros para hacer la gracia de turno, gracia sin gracia que sin embargo engancha con una buena parte del público, que como ya he apuntado es mayoritariamente joven. Después de la intro nos anuncian la proyección de un vídeo, concretamente el primer vídeo que hicieron antes de ese éxito en el que viven inmersos. El vídeo, feo y malo sin paliativos (y afirmo esto sin las dudas que suele generar un entendimiento mostrenco del relativismo estético/populista) dura ya más de 5 minutos. Son ellos los que han elegido ponerlo y está claro que no han querido renunciar a él. Cuando acaba su proyección piden jocosamente que a ellos no les corten el discurso porque tienen muchas cosas que decir y continúan diciéndolas con el desparpajo (impostado) que tanta gracia parece hacer al respetable (?). Bien pasados los 15 minutos de rigor comienzan a pedir que no les corten alegando que eso no tendría gracia (?). La organización parece cederles un margen, pero ellos, en vez de agradecer la generosidad deciden seguir siendo graciosos (?) y lo que es peor... pesados. Aunque fuera por respeto a los otros premiados (los que faltan por subir y los que cumplieron con los requerimientos internos; en unos tiempos estrictamente programados por la organización). No les importa que les hagan luces desde control, de hecho juegan verbalmente con ello, no les importa lo que el monitor (que sólo ellos ven) les dice, de hecho lo lee uno de ellos mientras otro va a la suya, que es seguir explicando cómo hicieron tal o cual vídeo. Parecen niños suplicando a sus padres que les den más margen de tiempo en el retorno a casa. Patético. La gente ríe (?), pero el maestro de ceremonias tiene que volver a salir para instarles amablemente a retirarse. Ellos aún continúan hablando rápido como si les faltara por decir lo más importante del discurso ya interrumpido... y salen del escenario haciendo gracias (?), que el público les ríe. Bajan y no se sientan, se van del auditorio. Je, je.

Excepto una de las premiadas, todos los demás ya no son tan jóvenes (algunos incluso bastante mayores). Todos han hecho discursos, primero agradecidos y luego generosos. Todos sin excepción han hablado del honor que les supone estar al lado de los otros premiados, gente con curriculums intachables y meritorios. Todos sin excepción se han ajustado al tiempo que se les ha otorgado; por seriedad y por respeto. Y todos los que han venido han permanecido durante el transcurso de la Gala. Sin embargo nuestros dos grupos de jóvenes empresarios/diseñadores premiados no sólo han ignorado a sus colegas premiados, todos con muchos más méritos que ellos aunque sólo fuera por su inmenso trabajo y méritos incuestionables (cosa que aún no puede decirse ellos), sino que se han permitido el lujo de abandonar el propio auditorio con excusas baratas (como después pudo verse). Cuatro horas y media es demasiado tiempo para gente que sobrepone su libertad, entendida como forma de satisfacción inmediata, a los límites que se encuentran marcados por la aceptación de normas. Porque en efecto la educación y la cortesía no son necesarias cuando alguien hace prevalecer la transgresión más creativa (?) y libre (?) sobre la disciplina, la responsabilidad y el respeto. Son, estos transgresores creativos y libres, quienes precisamente no se han enterado aún que el más alto grado de libertad se da en quienes previamente ponen en marcha el concepto de responsabilidad.

El caso es que acabada la Gala los hechos aludidos se convierten en la comidilla del grupo con el que nos encontramos hablando Antonio y yo, todos de una generación digamos que menos joven. Alguien dice incluso, “espero que no tengan la desfachatez de presentarse a la cena después de haberse ido del auditorio y haber demostrado tan poco respeto a los organizadores y sobre todo a sus colegas”. Muchos asienten, uno en concreto añade “igual se han tenido que ir por motivos de trabajo; como son de fuera...”. Pero otro dice “pues viendo lo visto no me extrañaría que aparecieran, a estos tipos les importa todo una higa, sólo saben de sus ombligos”. Allí estaban en el restaurante poco después, claro, perfectamente arremangados para engullir gambas y solomillos. Ah, otra cosa, fueron los últimos en llegar a la cena.

domingo, septiembre 09, 2018

Sin Arte II


Al hilo del último post

y al hilo de otros otros posts también recientes:

En algunos de los últimos posts ha intentado uno describir la situación en la que se encuentra “eso” (esa actividad, esa disciplina) que aún tantos se empeñan en seguir llamando arte. Vano empeño (de uno), el de convencer a alguien de la futilidad de su actitud si no está dispuesto a escuchar nada que le pueda contravenir. Porque cuando uno habla de la inexistencia del arte no habla uno ni de creadores ni de su producto, que de esos y eso cada vez hay más, lógicamente. Así, no habla uno de lo que los demás sobre-entienden (no sé por qué), sino de la inexistencia del arte por la inevitable imposibilidad de su existencia.

De hecho, cuando hago referencia a la inexistencia del arte ¡no me refiero nunca ni a los creadores ni al producto que generan! (que ahí están ellos en tanto que artistas y ahí está el producto mostrado en nombre del arte, insisto), cuanto a una situación, la actual, que resulta perfectamente incompatible con la idea del arte que paradójicamente defienden tanto esos mismos creadores como los intermediarios que pretenden hacer negocio con ellos -galeristas y comisarios. Una idea del arte que devenida del final del XVIII se encuentra ahora perfectamente periclitada por una FUERZA MAYOR, el “simple” paso del tiempo. En este caso además con el aliño de un cambio de ERA, de la Analógica a la Digital. Y repito: Harald Szeeman dio el pistoletazo de salida, Lehman Brothers el gran empujón y la Redes Sociales la estocada definitiva.

Harald Szeeman mostrando un Sistema que ya no contemplaba la linealidad histórica y mostrando por tanto la imposibilidad de historiar el producto/arte, que no es sino una forma de negar la posibilidad de la Historia del Arte ante el arte actual; una forma de negar la posibilidad de aplicar la Historia a las nuevas formas de entender y organizar ese producto/arte. El caso Lehman Brothers desvinculando de forma brutal el concepto arte del concepto futuro; fue la caída de Lehman Brotehers en tanto que provocadores privilegiados de la la Gran Crisis Mundial la que le extirpó al producto/arte esa condición sagrada que venía sostenida por un mercado absolutamente disparatado y mostrenco (2007). Y las Redes Sociales haciendo real la verdadera democratización del arte, algo en lo que el arte venía fracasando desde hacía más de 100 años; fueron las Redes Sociales las que realmente hicieron posible y verdadera esa ecuación que tanto excitaba a los elitistas “artistas”, que eran todos: Arte=Vida.

Una de las consecuencias más patéticas que se dan en esta desconcertante coyuntura es, lo hemos comentado en otras ocasiones, el apasionado AMOR que ha unido a los artistas y a las Instituciones. Un AMOR tan apasionado como inquebrantable. Así, los artistas hacen -crean- exactamente lo que a esas Instituciones les interesa. Y son felices todos comiendo perdices: ellos, los artistas, creyéndose libres pero trabajando duramente para el “único mercado” que verdaderamente les hace caso, el ideológico, y ellas, las Instituciones, usando a los artistas para limpiar sus trapos sucios y mostrar de paso una imagen comprometida. Porque no nos engañemos, no hay nada que ponga más cachondo a las Instituciones del hoy que mostrarse comprometidas y, ¡oh casualidad! nada hay que ponga más cachondos a los artistas del hoy que saberse comprometidos. El AMOR, pues. Otra cosa es ver qué pasa cuando entra en acción el interés de un artista por ganar dinero con su trabajo y otra cosa es también ver qué pasa cuando entran en acción (en el “otro mercado”) los brokers del arte y reivindican su tajada. Otra cosa porque es entonces cuando todo el mundo habla del poco interés que hay en la sociedad por el arte, y es cuando ya nadie habla de visitantes en las galerías y museos, sino de compradores, coleccionistas e inversores. La QUEJA.

En el último post hacía uno referencia al Festival Abierto Valencia, un evento creado por los galeristas profesionales con dos fines: revitalizar (sic) las ventas y culturizar (sic) al pueblo valenciano. Veamos lo que el El Cultural del ABC decían ayer 4 jóvenes galeristas con motivo de su Apertura, un evento creado en Madrid con las mismas intenciones que el de Valencia. Ante la pregunta “¿Cómo van a hacer sus presentaciones oficiales en este Apertura?” contestaban esto (y cito textual e íntegramente):

-P.C.:Presentaremos a Gabriela Bettini, artista de la galería desde sus inicios. Su Primavera silenciosa habla de diversidad, de ecología, de feminismo, con un componente político.
-N.M.: Nuestra apuesta será Cristina Ferrández. Campos de utopía se centra en los casquetes polares y habla de la fragilidad del paisaje.
-L.M.: Aquí desplegaremos el trabajo de Lecuona y Hernández, colectivo canario con el que comenzamos a trabajar. La exposición se llama Cuestiones vivas y se centra en lo identitario.
-C.D.: Barbara Hammer, histórica y pionera del cine experimental feminista. Será una muestra poco comercial.

La originalidad que emana de las propuestas artísticas es apabullante debido a su poca previsibilidad que se desprende de los temas elegidos. En cualquier caso si los artistas no vendieran siempre les quedará la Institución que sin duda los acogerá con las piernas abiertas. Y si las galerías no vendieran siempre les quedará la queja... y sus reuniones con las Instituciones... para ver si pillan algo.

Post Scriptum. Para entendernos no hay más remedio que llamar arte a eso que todos siguen llamando arte aún cuando la tesis sea que ya “no hay Arte” desde que éste se democratizara realmente a través de la existencia de las Redes Sociales.

viernes, agosto 10, 2018

Sin Arte


Se acerca la Gran Fiesta del Arte Valenciano. A falta de Feria, Fiesta: Abierto Valencia 2018, Fiesta inaugural de temporada de las galerías de arte valencianas. ¿Qué pensar de todo ello?

Todo el Arte de los dos últimos siglos hasta aproximadamente 2007 ha evolucionado y se ha desarrollado en base a los argumentos, a las teorías y a los discursos. Desde Hegel todo Producto Arte ha devenido, guste ahora o no, de una Teoría legitimadora que siempre ha tomado forma ideológica y absolutista: el Zeitgeist. O el progreso. Una Gran Teoría donde se han ido acurrucando pequeñas teorías subsidiarias: Adorno, Lukács, Plejánov, Antal, Hauser, Francastel, Panofsky y tantos otros... incluido el mismo Danto.

Lo que ha sucedido de unos años a esta parte (2007) es que esa forma de entendimiento del arte ha desaparecido. Harald Szeemann dio el pistoletazo de salida, Lehman Brothers el gran empujón y las redes sociales la estocada. El problema surge, pues, cuando no existiendo las condiciones para seguir siendo hegeliano hay quien se empeña en seguir siéndolo. Con las consiguientes previsibles y lógicas consecuencias, y la consiguiente inoportuna queja de todos: artistas, galeristas, directores de museos, comisarios... De todos, menos de los políticos, que son los grandes beneficiarios de los errores cometidos por tanta falta de conocimiento objetivo sobre el actual estado de las cosas. Y sobre el pasado. 

Para que pudiera irles bien -a los galeristas- en aquello de lo que se quejan deberían de ser conscientes al menos de que no existiendo las condiciones para seguir siendo hegeliano lo mejor es abandonar la idea. O mejor la Idea. Deberían, para empezar, dejar de cometer errores que además de garrafales resultan contraproducentes para todos (menos para los políticos, con los que, por cierto, les gusta tontear); así deberían aceptar y asumir:

-1. Que lo suyo se trata de un negocio y NO se un Servicio Cultural.
-2. Y que el producto que venden ya no representa ni siquiera el Espíritu de nuestra Época.

No aceptarlo es, precisamente, lo que les convierte primero en anacrónicos y segundo en obsoletos, al menos tal y como están planteados esos negocios.

Lo que resulta de alguna forma patético es que en un mundo donde ya hay muchos más nativos digitales que coleccionistas aún sigan publicitando el evento, su evento, con este espíritu benefactor decadente:

“ABIERTO VALÈNCIA tiene como objetivo fundamental acercar el arte contemporáneo a la ciudadanía con una apuesta firme por la difusión de la cultura de una forma abierta y sencilla” (MAKMA)*. O la justificación de la propuesta ARCO Gallery Walk (hay que ser hortera): “el objetivo de hacer accesible la cultura para la ciudadanía”.

Y con el habitual aire grandilocuente:

“Abierto Valencia convierte a València en la capital del arte contemporáneo y en cita ineludible para coleccionistas nacionales e internacionales”.

Ya será menos. Lo siento por los asociados de LaVAL pero creo que no son conscientes del paso del tiempo (como una anciana que se resiste a envejecer y se pintarrajea como un loro) ni parecen ser sabedores del cambio que se ha producido en la humanidad desde hace una década.

Podrían empezar a concienciarse de que hemos cambiado no de época sino de era; hemos pasado de una era hegeliana (marxista) a una era liberal (pero políticamente correcta); de una era fundamentalista (Una Historia) a una era relativista (historias múltiples); de una era analógica (galerías) a una era digital (red); de una era politizada a una era ideologizada; de una era de expertos (elitista) a una era de redes sociales (democrática); de una era literaria (expertos y letra escrita) a una era numérica y cuantitativa (likes); de una era inestable (política) a una era controlada (big data); de una era metafísica (a pesar de su empirismo racionalista) a una era nihilista (a pesar de su fe en la tecnología); de la era del Art in America a la era del Instagram; de la era del Arte (la Idea) a la era del arte (las artes).

Así: ¡ya no hay posibilidad de usar el concepto FUTURO en las ventas!, argumento favorito de la era pretérita y que tantos fraudes ha permitido. Eso es algo que ha quedado exclusivamente adscrito a la tecnología. Y además, los argumento de las ventas sólo pueden estar fundamentados en trivialidades (como el gusto o algo similar). Se siente. Ya no queda otra en un mundo realmente democratizado en lo que concierne a la imagen. Si lo que en última instancia (y en primera) quieren los galeristas es revitalizar (sic) las ventas lo mejor que pueden hacer es abandonar la Idea y sustituirla por nuevas estrategias.

¡Claro que seguirá habiendo galerías de arte que funcionen bien económicamente, pero ahora más que nunca serán solo aquellas que trabajen con coleccionistas superpoderosos, o con narcotraficantes, o con traficantes de armas de alto nivel, o con brokers desalmados, etc., tal y como lo hacen las mejores galerías del mundo, que por algo se mantienen y son las mejores! ¡Y claro que seguirá habiendo Grandes Ferias “Basel”, pero para dar servicio sólo a los -galeristas- que son capaces de llegar a ellas! El resto, en un mundo sin Arte pero con mucho arte, se tendrá que conformar con migajas. No hay otra si lo que quieren los galeristas es dinero y además estatus. Si lo que quieren es sólo dinero aún están a tiempo de inventarse algo.

Anécdota: El bueno de Manolo Escobar de hecho no sólo perdió su carro, sino mucho dinero “gracias” al arte, pobrecillo y que en paz descanse. Cuando quiso vender el 90 % de una colección que había sido adquirida comprando a galeristas que le aseguraban la inversión (futuro) no encontró a nadie, no ya que le diera lo que se gastó, sino que le diera siquiera algo. Nada es exactamente lo que le daban por el 90 % de su colección. El otro 10 % de obra coleccionada que no quiso vender el bueno de Manolo se correspondió, en mayor o menor medida, con un cierto éxito de las compras en tanto que inversión, pero ni en el caso de que las hubiera conseguido vender (cosa improbable por extremadamente difícil) habría ganado dinero, pues habría que descontar los costes del fracaso del 90 %. Y eso en los tiempos donde aún tenía cierto sentido coleccionar, pues la gente tenía casas y por tanto... ¡paredes! Ahora no hay nativo digital que no sea plenamente consciente de su circunstancialidad laboral, sexual, económica y en definitiva vital. 

*Todos los entrecomillados están extraídos de una artículo publicado en MAKMA, pero yo estoy hecho un lío con el nuevo periodismo; ya no sé si los textos firmados por la propia revista los ha escrito un colaborador de la misma o son textos realizados por los mismos “anunciantes”. En cualquier caso es igual para los efectos.

domingo, julio 08, 2018

De la Ideología y el arte: política


El mundo de los Museos de Arte Contemporáneo, quiero decir, el de la necesidad de su existencia y el de su gestión, es complejo asunto. Tanto es así que los medios de comunicación sólo se hacen eco de lo que en esa materia dicen los -considerados- expertos en arte.

Y si ha habido algún experto en arte que en su momento mantuviera una vehemente y clara ofensiva en contra de ellos, los Museos de Arte Contemporáneo, ese es sin duda el actual director del IVAM. En efecto, resulta difícil encontrar alegatos/panfletos que de forma tan elocuente como categórica mostraran un claro rechazo hacia dos aspectos nada menores de ese mundo del que se nos presenta como experto; dos: el del Museo, los Museos de Arte Contemporáneo, en tanto que contenedores ideologizados y alienadores, y el de los Patrocinadores Privados de Arte.

Efectivamente, en su artículo “Significación ideológica del mezenazgo y de los museos de arte contemporáneo” (en Reflexiones sobre la crítica de arte, Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana), nuestro actual director del IVAM no hacía otra cosa que dejar negro sobre blanco lo que en su vida de intelectual activista proponía fervientemente a principios de los noventa. Al menos sobre esos dos asuntos.

Para nuestro actual director del IVAM los Museos no son más que dispositivos fuertemente ideologizados para inculcar una alienadora -y falsa- idea del arte; así, templos sacrosantos mitificadores y mistificadores cuyas formas de actuación sólo tienen un objetivo, perpetuar esa alienadora -y falsa- idea del arte... desligada, claro está, de la verdadera experiencia humana, la que se encuentra en la calle, y si no exactamente en la calle sí en cualquier otro sitio que precisamente no sea un Museo de Arte Contemporáneo. El arte no es algo sagrado, por lo que no admite bajo ningún concepto un espacio/contenedor (para él ya fuertemente ideologizado desde la estética arquitectónica) que muestre, ni las obras que se imponen desde la Institución que los rige (siempre al servicio de la ideología dominante), ni por supuesto esas que se hacen para identificar el arte con la vida. Para nuestro ínclito director, todo arte emanado desde el (un) Museo en tanto que Institución no puede ser otra cosa que una forma de legitimación que ayuda a perpetuar el mismo discurso que justifica esa producción que nos ofrece. En fin, el demoni.

Por eso está tan de acuerdo con Gertrude Stein cuando decía “Ningún museo puede ser moderno”, y por eso se hacía estas preguntas en el citado texto: “¿Por qué construir un edificio (separado, único, exclusivo) para contener las obras de arte? ¿no habrá otros medios de comunicación y relación espectador-obra de arte más adecuados y más relacionados con el entorno físico y cultural del lugar geográfico específico? ¿Cómo hacer para que cada obra sea particular, individual y se inserte en su especificidad contextual?”. Y por eso continúa: “Si nos fijamos, el Museo está basado en una idea, procedente del siglo XIX (época en la cual nacieron los museos), idealista del arte, dado que su principal función: conservar, considera el arte como algo eterno”.

Así, el autor rechaza las museos: “El museo conmemora, sacraliza, celebra la memoria o el genio. Se propone como templo del arte y del conocimiento. Produciendo el conocimiento del arte el museo tiende a valorizarse a sí mismo: él se crea sobre y a través del conocimiento que él mismo a contribuido a crear”. Antes de continuar un dato: justo en esa época de pleno activismo revolucionario le ofrecieron la dirección del Museo de Arte Contemporáneo de Castellón. Seguramente para no verse muy traicionado ni por su conciencia ni por sus enérgicos alegatos lo aceptó, pero cambiando el nombre de Museo por el de Espacio. Ay la conciencia...

Después está el asunto de los mecenas o patrocinadores. Ahí, el bueno de nuestro director es tanto o más radical que en el asunto anterior. Toda inversión en arte realizada por de las grandes empresas, viene a decir, no es sino una forma de perversión que conduce al arte, en última instancia, a la autocensura (“con la implicación de grandes compañías en el mundo del arte se está generalizando una amplia autocensura”). No carece de lógica su argumento, pues como todos sabemos quien paga manda. El citado texto está plagado de datos que demuestran cómo las grandes empresas inversoras en arte lo son, en principio y fundamentalmente, a beneficio propio (sic). “Parece evidente -apunta- que el mercado se ha convertido en el principal organizador de la vida artística” (sic).

Por todo ello resulta como mínimo curiosa, ahora (?), la actitud del actual director de uno de los más prestigiosos Museos de Arte Contemporáneo del Mundo. En su reciente entrevista aparecida en la revista de papel MAKMA parece amar a los coleccionistas/mecenas/patrocinadores/inversores, pero no igual a todos. Ama mucho más a los que más ponen. En y para su proyecto, claro, el proyecto de dirigir un Museo de Arte Contemporáneo clara e inevitablemente ideologizado, ¿no?

Ante la pregunta del entrevistador Salva Torres “¿El IVAM, como museo público, se enfrenta al auge (sic) de la iniciativa privada por dejadez de las instituciones públicas en relación con la cultura?”, nuestro asertivo director responde “Que quede claro, si alguien se gasta dinero en comprar arte, muchísimo mejor que si se lo gasta en un yate” (sic). Siendo ese Coleccionista Privado potencial -o fáctico- quien después, ya con una gran colección, será bien visto por él, el Director del Museo, sí y sólo sí, cede su obra al Museo o aporta grandes sumas de dinero al mismo: “De manera que yo amor al arte, todo, pero soy del amor al arte de Soledad Lorenzo, que cede su obra al Reina Sofía, de Martínez Guerricabetia, que cede su obra a la Universidad de valencia, de los coleccionistas americanos que dan 200 millones de dólares [y lo repite], 200 millones de dólares, para la ampliación del MoMA. Yo soy de esos”. Pocos ascos, pues a los Coleccionistas Privados (Grandes Empresarios) con independencia de cuál sea el lugar de procedencia de las fortunas que les han permitido ser coleccionistas. Y no me refiero a los por él citados, por supuesto, sino a los que debido a una iluminación cambien su fea costumbre de comprar yates por la humanitaria de ponerse al servicio de la ideología dominante. Poniendo, pues y en cualquier caso, que es lo que verdaderamente importa.

Curioso, insisto, porque no tengo nada en contra de quienes cambian de opinión, pero algo me resulta sospechoso cuando en la “nueva opinión” de alguien hay algo que niega contundentemente  todo un pasado de activismo revolucionario basado, precisamente, en la confrontación con lo que ahora acepta no sólo con normalidad sino con ansiosa satisfacción. Es como si un político en ciernes dijera que sólo pueden gobernar políticos que vivan en barrios periféricos y que acudan en metro al centro, y una vez consolidado como político se comprara un chaletazo en una urbanización de ricos con una piscina que pareciera salida de un cuento de Los Pitufos. Lo mismo.

No sé, pero el caso es que quien hace unos días despotricaba de los museos y su inevitable ideologización -devastadora y alienadora- ahora pide más espacio contenedor y por eso propone una ampliación, “porque el IVAM necesita otros espacios”.

Notas. 1.Para más información puede revisarse el folleto publicado por el IVAM “Hazte amiga hazte amigo del IVAM”, en donde se distinguen tres categorías jerárquicamente de menor a mayor (por aportación económica): Amig@s del IVAM, Miembros de honor y Patrocinadores del IVAM. 2.Resulta que ahora la mejor parte de la Colección del IVAM es, para todo el mundo (incluso para quien entonces se declaraba anti-formalista puro), la que se acometió con el Director más formalista de todos los que han pasado por el Museo: José Manuel Bonet. No deja de tener su gracia.




martes, julio 03, 2018

Aclaración al post anterior



Un par de personas me han dicho que no han entendido muy bien el post anterior. Tiene su lógica si presuponemos que no se sabe quiénes son los personajes protagonistas de la fotografía. Una fotografía que habría sido absolutamente impensable hace unos pocos años. A nadie, digo, a nadie, se le habría ocurrido que para informar de una exposición de arte se podía poner en prensa una fotografía con 4 políticos. Hace unos pocos años les habría parecido, a todos los artistas (implicados o no en la exposición), una autentica aberración el que los políticos ocuparan la fotografía que informaba de una exposición colectiva. Pero ahí están ellos, orgullosos... con sus medallas dentífricas, dejando claro que detrás de ellos hay una de esa obras realizada por un artista/súbdito, casi anónimo.

Nota. Cuando digo 4 políticos no se me escapa que habrá quien sólo vea 2 y que, quizá alguien un poco más avispado vea sólo 3. Pero la realidad es que todo director de un Museo es, en este mundo hiperideologizado y configurado por los poderes fácticos coyunturales, un político puro. Como lo es todo comisario desde que el arte perdió su mayúscula, es decir, desde que el arte fuera definitivamente fagocitado por la Institucion.
Para más información ver siguiente post.

lunes, enero 15, 2018

Es que me muero de risa con el mundillo del arte II

Hace unos días aparecía esta noticia a toda página en la contraportada de El País:

“Una exposición repleta de falsos 'modigliani'”

La contundencia de la noticia se vale por sí misma, ya no tanto por lo que dice cuanto por lo que significa. Decir repleta no es decir cualquier cosa, es decir, repleta. Tal y como el mismo subtitular reza con un tipo de letra intermedia:

“Un informe policial asegura que un tercio de los cuadros exhibidos en Génova la pasada primavera no eran auténticos”

Lo cierto es que el Arte Moderno y Contemporáneo tienen sus cosillas. De hecho, son las cosillas que envuelven a ese Arte Moderno que comenzó a imponerse a finales del XVIII las que de forma previsible nos condujeron a su inevitable acabamiento. Y así le ha ido al Gran Relato que fue la Historia del Arte: que ha desaparecido en los bajos fondos de la Revolución Tecnológica. Aunque haya tanta gente que se muestre reacia a percatarse de esa desaparición, bien por inercia, bien por melancolía, bien por intereses económicos.

Así que el Arte fue un sueño -de la razón- que transcurrió entre Revoluciones, la Francesa y la Tecnológica. Ese periodo de tiempo en el que el Arte se imponía a dedo... ya no por Reyes, como en el Antiguo Régimen, sino por Expertos; críticos, exegetas, historiadores, marchantes, políticos y narcotraficantes. No hay persona mínimamente informada que no sepa que el Arte Moderno surge, precisamente, cuando la maestría y la excelencia (de un arte al servicio del Poder) fueron sustituidas por la sinceridad y la autenticidad de unos seres (artistas) que justificaban su presencia en el hilo narrativo de la Historia a partir de un relato hiper-racionalizado, valga la paradoja y en contra de las apariencias.


El caso es que ¡“Un tercio de los cuadros exhibidos en Génova la pasada primavera no eran auténticos”!, dice la noticia […]. Perdón por la pausa, pero es que me da la risa y me cuesta escribir, se me emborrona la tinta con los lagrimones que se me escapan involuntariamente. Sobre todo cuando pienso en los más de 100.00 visitantes que salieron del Palacio Ducal cachondos por la ingesta de Alta Cultura. Si verdaderamente fueran dignos de tanta cultura exquisita exigirían la devolución del dinero de la entrada, y los padres y profesores pedirían compensación por los daños y perjuicios causados por la pérdida de autoridad ante hijos y alumnos. Me meo. Perdón, pero es que me imagino a esos profesores de instituto intentando culturizar a los amantes de Netflix señalando la genialidad de lo que habían hecho unos cuantos mindundis... y me meo. Perdón de nuevo, pero es que leo las conclusiones de la experta (Isabella Quatttrocchi) que ha analizado las obras expuestas, “están vulgarmente falsificadas” y es que no lo puedo evitar, me meo. Y perdón.

Para completar información:
https://albertoadsuara.blogspot.com.es/2017/08/es-que-me-muero-de-risa-con-el-mundillo.html

domingo, abril 24, 2016

Lo pequeño y lo grande

(El gran arco y Parsifal)

Los excesos están para momentos ocasionales y muy puntuales. Pueden ser apasionantes y enriquecedores, pero ya en el mismo concepto nos viene implícita una cierta carga de negatividad. Uno no puede vivir en permanente estado de euforia.

En tanto que categoría estética lo excesivo se encontraría en las antípodas de lo que generalmente uno espera de toda expresión artística. Puede que se encuentre conectado a la edad de uno, pero el caso es que a uno cada vez le gustan más los textos artísticos -cine, teatro, literatura- sobrios y austeros; aquellos en los que, precisamente, emerge la profundidad a partir de una depuración que se serviría antes de la retórica que de la escenografía.

Cierto es que no son incompatibles las categorías contrapuestas pero creo que lo excesivo puede asociarse más a un gesto y un gusto juvenil y lo austero a una cierta maduración. Lo he comentado en más de una ocasión: un joven puede recoger cachivaches por la calle porque tiene todo el futuro por delante para ver qué hace con ellos, pero nada hay más patético que un viejo con el Síndrome de Diógenes.

Ayer estuve viendo una emocionante obra de teatro, una pequeña obra de teatro; una obra que era pequeña, no tanto por su dimensión como por sus circunstancias: dos actores, una mesa, dos sillas y un gran biombo en un pequeño teatro de esos que ha sido pintado por los propios propietarios. En fin: una de esas obras mínimas que ves en pequeños teatros que apenas congregan a 40 personas por sesión.

Obras que, cuando como ésta funcionan, me reconcilian con una humanidad que ya en sí misma me resulta cada vez más excesiva. Tampoco es que haya nada novedoso en las formas, de hecho los propios autores reconocen haberse inspirado en el teatro del absurdo, y más concretamente en Beket y Ionesco.

Eso fue ayer, hoy he visto un documental sobre Calixto Bieito, ese director teatral que triunfa en el mundo entero y que todo el mundo conoce por sus espectaculares y controvertidos montajes. Mis sensaciones ante su trabajo son paradójicas. Quizá sólo porque no he tenido la oportunidad de ver nada suyo en directo. Y como los documentales, ya se sabe, son hagiográficos, pues eso, que no me pasan desapercibidas todas las entrevistas en las que los invitados califican de inolvidables sus experiencias ante las obras dirigidas por el maestro.

Ver una obra dirigida por Bieito es como montarse en el Dragón Khan durante 3 horas. Algo que al parecer entusiasma a tanta gente en todo el mundo. Su puestas en escena son inmensas, grandilocuentes, provocadoras y claro está espectaculares, todo eso que al parecer entusiasma a tanta gente por todo el mundo. Enormes proyecciones sobre todo tipo de superficies, andamios gigantescos y móviles, estrucuras mecanizadas y, en fin, todo tipo de esos ingenios apabullantes que al parecer gustan tanto a tanta gente en todo el mundo.

Ver una obra de Bieito es, con toda probabilidad, poder ver a una monja peinada con una cresta skin, o poder ver a unos coros que se masturban detrás de Tristán e Isolda, o poder ver una proyección de porno duro detrás de un Parsifal vestido como un ángel del infierno.

Y no se trata tanto de cuestionar la actualización de las obras clásicas como de sospechar de la grandiosidad paroxística que al parecer resulta necesaria en estos tiempos frenéticos y asincopados. Respecto a lo primero me consideraría resultadista, si bien es cierto que posiblemente preferiría, en un 90 % de las veces, obras que ajustan su estética al mismo pasado en el que suceden los hechos. Al fin y al cabo pienso que los buenos textos se sostienen a sí mismos sin necesidad de grandes alardes formales porque son universales y atemporales.

La cuestión no sería, pues, dudar acerca de esa necesidad de actualizar las obras para, según cuentan los empresarios que las producen, atraer a un nuevo público. No, la cuestión sería saber cuáles son los motivos reales de ese entusiasmo sobre lo espectacular que se explica, según cuentan los propios espectadores, acudiendo a la emoción de la experiencia. La pregunta sería ¿experiencia respecto a qué?, ¿a la misma obra o a los elementos que la hacen digerible, entretenida?

¿Haría falta el concreto texto de Parsifal, e incluso su música, para provocar una emoción tan parecida a la que se experimentaba viendo a La fura dels bous? Es decir, ¿es la sabia adecuación de texto y escenografía lo que tanto emociona a los agradecidos espectadores de las obras dirigidas por Bieito? ¿Acaso los espectadores que acuden a ver Parsifal (por decir algo) entienden todos el alemán cantado de un texto basado en los difíciles poemas de Wolfram Von Eschenbach?

Yo por mi parte no rechazaría jamás ver una obra dirigida por Calixto Bieito si se me diera la oportunidad porque creo que, en efecto, sería acceder a la posibilidad de tener una experiencia privilegiada. Además, pocas veces he visto un documental hagiográfico sobre un creador en el que el creador me cayera tan bien. Cosa rara. Un tipo magnífico este Bieito.

Pero la cuestión de fondo es otra. La cuestión es si toda esa espectacularidad que tanto gusta en todo el mundo aporta algo a unas obras que se sustentarían en sí mismas sin necesidad de ella. Más allá, claro, de aportar eso que al parecer gusta a todo el mundo: leña visual. La pregunta sería pues ¿qué puede implicar esa necesidad de añadir leña a eso que funciona perfectamente con las ascuas?

Lo cierto es que no me gustaría ver un Willy Loman de La muerte de un viajante (Arthur Miller) interpretado por una prostituta decrépita. Otra cosa es que la viera y pudiera considerarla interesante, o por distinta o por controvertida o por perspicaz o por original. Pero ya se sabe; la categoría de lo interesante se inventó cuando se impuso un relativismo que consideraba desafortunado decir que las cosas se podían hacer mejor o peor, bien o mal. Y ya se sabe también, todo es interesante salvo para un idiota.

La cosa es que ayer vi una pequeña obra de teatro realizada con cuatro chavos en un teatro donde las paredes se desconchan. Y logró emocionarme además de entretenerme. Por 10 euros. Me gustaría creer que el montaje de la obra sería el mismo aún cuando el presupuesto de la compañía se multiplicara por diez debido a las razones que fueran. Y me gustaría pensar que de aquí a unos años Bieito iba a renunciar categóricamente al estilo que le ha otorgado la fama para concentrarse en un estilo sobrio y austero. Aunque para eso hiciera falta espectadores sin gran poder adquisitivo. Y teatros cuyo principal objetivo no fuera la rentabilidad. Un imposible.

domingo, enero 10, 2016

Belén Esteban

No voy a entrar en detalles porque sería perdernos por vericuetos irrelevantes. Además las casualidades tienen eso, que aparecen y desconciertan durante unos minutos, pero sólo los justos para que, después y pasado cierto tiempo, podamos comprobar que no había tanto de casual en esas casualidades.

Ayer por la tarde conocí personalmente a Belén Esteban y pasé algo más de un par de horas con ella. Me encontraba en Madrid con un amigo que trabaja de guionista para una productora que colabora con varios canales de televisión. Por una de esas (no) casualidades coincidimos ambos en la entrada del mismo restaurante. Ella iba acompañada con dos amigos, Gema y Gustavo, que también salen en televisión.

Fue ella, Belén, la que de inmediato sugirió a nuestro común amigo que nos sentáramos en la misma mesa. Y fue así que nos dispusieron en la mesa que a ella le suelen tener reservada, una mesa situada en la parte más discreta del restaurante. Yo me senté, como suelo hacer por cortesía cuando voy en grupo, cara a la pared. Y Belén se apresuró a sentarse junto a mí, pero no sin apuntarme a la oreja con su inigualable caída de ojos, “no veas si me coloco de frente a las mesas; es una locura; y por aquí pasan todos lo que se mean; la verdad es que podían haber puesto los váters en otro sitio”.

He de decir por ser sincero que ya me gustó esa entradilla. No sé, quizá por el desparpajo con el que se me dirigió, o quizá porque después de todo fue ella la que se empeñó en que compartiéramos mesa.

Los inicios de la comida, es cierto, empezaron un pelín tensos y la conversación un tanto dispar, pero sólo hasta que Belén le dio la gana. Así, en un momento en el que todos los comensales estábamos hablando de cosas tan variopintas como intrascendentes, ella tomó aire (textualmente) y en un tono más alto que el de todos nosotros dijo “¿Sabes lo que te digo?, Que me gustan tus gafas”. Lo dijo torciendo levemente la cabeza hacia abajo y mientras masticaba una aceituna.

No lo parecía pero se estaba refiriendo a mí y a mis gafas. Todos se habían dado cuenta menos yo, así que tardé en reaccionar. La mesa se quedó en silencio esperando mi respuesta, que la di: “me van muy bien, no puedo vivir sin ellas, incluso el cine y el teatro lo veo con ellas y si me las quito un momento lo veo todo mortecino; para las distancias largas necesito la dominante amarilla”. Belén interrumpió “hay que joderse, con la dominante, ¡por eso las lleva en la frente! Eres un crack”.

Fuimos tomando la palabra todos sin protagonismo de ningún tipo, pero no deja de ser cierto que era Belén la de la última palabra. En una par de ocasiones las circunstancias permitieron dos conversaciones paralelas en la mesa, así que tuve la posibilidad de mantener un par de charlas algo más personales con Belén.  

La primera salió, como era de prever, de su interés por saber a qué me dedicaba. He de decir que cuando me hacen esa pregunta lo paso mal porque no sé que decir, no sé qué debo decir, y cada vez digo una cosa. Aquí vi oportuno hablar de mi faceta de fotógrafo, algo que pareció hacerle gracia. Me preguntó por el tipo de fotografías que hacía y yo le dije que por mucho que le explicara no se haría una idea ni aproximada de la realidad. “Pero hombre -me dijo-, no será tan dificil: o haces paisajes, o haces personas, o no sé; ¿no serás de esos que hace cosas raras?”.

Yo intenté cambiar suavemente la conversación porque me di cuenta que no tenía salida, aunque ella insistía “¿pero vendes?”. Le conté la verdad y entonces ella me dijo “¿Quieres que te diga una cosa? Yo no entiendo nada de fotografía pero me gusta mucho. En mi teléfono tengo almacenadas cerca de 7.000 fotografías, casi todas de Andreíta, y si algo he aprendido todos estos años es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra. Si te dedicas a la fotografía no puedes almacenar 7.000 fotografías; lo que tienes que hacer es venderlas. Y sólo las venderás si haces lo que la gente quiere. No seas tonto”.

La verdad es que me encantó porque en su tono había una mezcla de ingenuidad y soberbia que la hacían precisamente eso, encantadora. Se notaba en ella un cierto mecanismo defensivo, pero que aún así y con todo, su expresión contenía un cierto punto de ternura. Se apuntaba a todas las conversaciones y en todas ellas terminaba por apostillar frases que no tenían nada que envidiar a los aforismos de Nietzsche o los pecios de Ferlosio, pero pasados por el filtro del club de la comedia.

Cuando en uno de esos momentos en los que nos quedamos solos en la conversación le pregunté por la relación que mantenía con sus compañeros de trabajo, ella me contestó “perdona Alberto, pero es que de las cosas personales no hablo en la intimidad, ¿sabes? Y no te lo tomes a mal”. Yo inmediatamente le quité hierro al asunto y distendí la conversación llevándola por otros derroteros menos “íntimos”. Pero tuve que ir al lavabo, donde me entró un ataque de risa del que aún estoy recuperándome 24 horas después. Estuve al menos 5 minutos metido dentro de un excusado, de pie y llorando de risa; no sé qué me pasó, pero el caso es que sufrí un ataque de incontinencia lacrimal. Salí con los ojos vidriosos y ocupé mi lugar en la mesa. Belén me dijo, “oye eso de las gafas me ha molado, pero a tus ojos no les van bien”.

Otro día quizá cuente lo que dijo cuando hablamos de política.

sábado, septiembre 26, 2015

Peri´odicos: Suplementos Culturales

Hace aproximadamente 4 años que no compraba un periódico, pero por las circunstancias espaciales en las que el otro día me encontraba decidí comprar dos, no importa cuáles, pero por los suplementos culturales que llevan adjuntos, claro. Así fue que después de 4 años me reencontré con la sensación que produce leer la actualidad cultural: últimos libros publicados, lo último en teatro, cine, música y artículos sobre algo que resulta de interés coyuntural por muy genérico que pudiera parecer.

El reencuentro fue simplemente descorazonador, pero sin dramatizar. Y no tanto por la calidad de lo publicado, que no es el caso, sino por la sensación que me deja el leer acerca de lo que en principio es mostrado desde la perspectiva de "lo interesante" actual. No se trata de decir, como aquél, que "ya nada me apasiona". Al revés, se trata de decir que ya sólo me apasiona lo que no resulta actual. En este sentido, las publicaciones culturales adscritas a la prensa diaria me parecen, todas, guías del ocio. Y no tanto debido a una voluntad como debido a una inevitabilidad. Es decir, todo está bien en estos suplementos que sostengo en mis manos, pero nada hay en ellos que justifique el tiempo que requiere su atención. Otra cosa es que uno se viera recompensado con los textos de algún colaborador valioso. Entonces... entonces tendría uno que valorar hasta qué punto compensa tragarse toda esa otra información culturizante y supuestamente culturizadora.

Lo cierto es que echaba mucho de menos leer los artículos de Stefano Russomanno, ese gran analista musical que semanalmente se ocupa, no tanto de escribir acerca de lo último, como de escribir bellos textos. Porque una cosa son los textos que se escriben para hacer referencia a algo y otra los que, con independencia de lo que pretenden se transforman en pura literatura. La mayoría de la prensa escrita se ha decantado por ofrecer a sus lectores lo primero. Ellos sabrán. Supongo que todo será la consecuencia de un estudio de mercado y por eso los periódicos de ahora son cada vez más anodinos. Ya no quedan escritores de prensa a lo Joaquín Vidal, que eran capaces de trascender sus crónicas a partir de su estilo.

Los informadores de lo cotidiano, es decir, los periódicos han elegido preponderar, definitivamente, el contenido sobre la forma. Y por ello han consolidado un tipo de producto que puede resultar interesante. Sólo eso. Pero por ello sórdido. Se podrá alegar en mi contra que es por eso por lo que se caracteriza precisamente el género periodístico y yo les contestaré: claro, pero es por eso por lo que a mí, ahora,  ya no me interesa la prensa, una prensa hecha a la manera de otros tiempos. Y habrá que pensar a cuántos más, sobre todo si nos atenemos a sus quejas, a las quejas de todos los diarios cuando hacen referencia a las caídas en ventas. Además, lo interesante es la categoría estética del siglo XX, no la del XXI. Quizá, como en todo, convendría reflexionar acerca de seguir haciendo las cosas de cierta manera por inercia, porque es posible que esa reflexión nos deparara sorpresas. Lo que pasa es que ya nadie está para la reflexión. Nadie tiene tiempo.

viernes, septiembre 11, 2015

Lo que verdaderamente pasa con el Arte

El Arte del hoy

En este post se abordará la cuestión desde la simplicidad de los hechos empíricos y en otro posterior se hará desde la farragosidad de la Teoría. Si bien es cierto que ya todo quedó apuntado en mi artículo publicado en Jot down, que aconsejo leer para encontrarle sentido a éste, "El hoy del arte":



La cuestión es que uno hace un esfuerzo denodado por argumentar su tesis -expuesta el “El hoy del Arte”- entre gente del sector (artistas, galeristas, asesores culturales, técnicos culturales, directores de medios culturales, críticos de arte y aficionados al arte en general), pero la respuesta de toda esa gente viene siendo siempre le invariablemente la misma: una mirada entre perdida y airada, y una suerte de asentimiento cuasi forzoso. Por lo que a veces acaba creyendo uno que le dan la razón como a los locos. Si bien es cierto que esa mirada perdida también denota en muchas ocasiones un principio de entendimiento comunicativo, o un amago de entendimiento que mis interlocutores intentan al mismo tiempo disipar por la cuenta que parece traerles. Algo, por otra parte, que no carece de sentido, pues mi teoría consiste básicamente en señalarles la inoperatividad de toda acción que siga contemplando el Arte como se contemplaba hace 10 años, por decir una cifra.  

La cuestión es, en cualquier caso, que toda esa gente que se me dirige para comentarme su situación profesional dentro de ese mundo del Arte lo hace, sólamente, para quejarse. No hay quien renuncie a narrarme con precisión cirujana las tremendas penurias, calamidades y desafueros que sufre diariamente en un mundo, el suyo, el del Arte, que tal y como ellos mismos aseguran no funciona en absoluto. Desde hace aproximadamente 10 años.

Pero vayamos a la historia, la que acaba de sucederme. Hace un par de días me llamó por teléfono una galerista que  no veía hace años manifestando interés en hablar conmigo, así que concertamos una una cita a media tarde de ese mismo día. O sea, ayer. Acudo a la cita y como son muchos los años en que no nos vemos comenzamos poniéndonos al día sobre nuestras actuales circunstancias. Sus palabras no ofrecen dudas ya desde el principio. Como galerista ha tirado la toalla, no tanto porque haya dejado de ejercer cuanto porque ya no espera nada de esa profesión. Su desmedida pasión por el arte la hace continuar aun cuando carezca de beneficios. Sus quejas son definitivamente irrevocables porque se encuentran fundamentadas por unas circunstancias que empíricamente son indiscutibles. Las hace extensibles también a varios colegas de la profesión que ambos conocemos (y lleva razón, como he podido comprobar a lo largo de estos últimos años). Pero hay algo que resulta muy revelador en esa queja masiva: ya ninguno de ellos asocia esa total inoperatividad actual del Arte a la crisis económica. De hecho, lo fácil en un sector como éste hubiera sido recurrir a la crisis para justificar este descalabro (de hecho, se hizo sólo en los aparatosos inicios de la crisis), pero no, insisto, ya nadie recurre al argumento de la crisis para explicar esta inoperatividad total del Arte.

Y así es como me encuentro enfrentado, con bastante frecuencia, a quien admitiendo un fracaso, el suyo particular dentro del integral del sistema, no sabe hacer otra cosa que quejarse. Si acaso puede uno encontrarse con la figura de aquel que lucha con la -absurda- creencia de que las cosas volverán a ser como en antaño (como hace 10 años aprox.). ¡”Reiventándose”! como muchos de ellos dirían. Algo que generalmente acaba traduciéndose en el uso de tácticas algo diferentes de las que en su momento funcionaron, pero con estrategias aferradas a ese mismo paradigma que lleva 10 años (?) mostrándose ¡obsoleto!

Pasada una media hora de conversación trufada de quejas y lamentos sobre el actual momento del Arte, la galerista se decide a abordar el motivo de su interés en hablar conmigo. La cuestión es que en los años de bonanza económica (hasta 2006) surgían, como es bien sabido, coleccionistas allá donde existieran galerías de Arte dispuestas a suministrar artefactos que contuvieran "futuro" y/o que proporcionaran "clase". Y en estas circunstancias, quede claro, no hay estafadores ni víctimas (como muchos quieren ver), lo que hay es una concreta realidad que nace bajo unas determinadas condiciones favorables. La construcción inmobiliaria favoreció el surgimiento de una clase social con un alto poder adquisitivo. Y con muchas ganas de figurar.

Uno de ellos fue un ampuloso y conocido notario de la Comunidad Valenciana, un tipo de esos que se toca los gemelos de la camisa mientras estira el cuello para desahogarse de su corbata de Valentino. Lo compraba casi todo, al menos casi todo aquello cuyo precio pudiera indicarle que no se equivocaba. Se decía de él que era un gran coleccionista, un hombre de cultura. De hecho ese ha sido siempre el objetivo principal de los "importantes" coleccionistas de Arte: el de conseguir ser tildados de grandes coleccionistas, esto es, el de ser señalados como personas cultas. De ahí que -sólo- compraran -en su momento- aquello cuyo precio pudiera indicarles que no se equivocaban. He aquí la clave del funcionamiento del Arte: en los momentos de bonanza económica -que es cuando surgen coleccionistas como hongos- sólo puede ser "bueno" lo que cuesta mucho dinero, esto es, aquello cuya posesión pueda conferir prestigio. Las cosas valen, lo sabemos, lo que uno está dispuesto a pagar por ellas.

Pues bien, sigamos con la trama: según me cuenta la galerista amiga -profesional y honesta como pocas- este notario acaba de vender su chalet situado en una privilegiada primera línea de playa. Pero lo ha hecho, y esto es lo bueno, !con una gran parte de su colección de Arte dentro!, hecho que no ha sido utilizado para incrementar el precio de venta. Una colección de Arte, y esto es igual de bueno, que en contra de toda previsión dictada por la lógica (?) sólo ha conseguido enfurruñar al nuevo propietario, un extranjero que se ha encontrado esa extraña herencia sin comerlo ni beberlo. Es decir, que se la ha encontrado por castigo. Tanto es así que lo primero que ha hecho es ponerse en contacto con la galería de Arte más cercana, la de mi amiga, para pedirle ayuda. ¡Ayuda!, sí, porque bajo ningún concepto quiere quedarse con todos esos cuadros adquiridos en su momento por su antiguo propietario, el gran coleccionista y hombre de cultura. Le pregunto entonces a mi amiga acerca de los cuadros en cuestión, esperando sin duda que el patrimonio estuviera compuesto por esas obras menores que suelen ser el producto de compras comprometidas o precipitadas. Pero no, y esto sigue siendo igual de bueno, se trata de obras mayores de artistas que continúan luchando por mantenerse en ese mercado del Arte del que todo el mundo se queja. No sabe nadie por qué el ínclito notario las ha dejado allí pero la cosa es que quien de repente se ha encontrado con ellas por cojones está enfurruñado. Le ha pedido a mi amiga galerista, en tanto que profesional de la compra-venta de Arte, que por favor le eche una mano y que le ayude a deshacerse de todos esos enormes cuadros diciéndole que si no lo hace los acabará tirando al contenedor. Por eso su propuesta, y esto es lo verdaderamente bueno, ha sido muy clara: "véndelos por lo que te den, lo que sea, y de lo que saquemos a medias y punto. ¿No decís todos que se trata de obras de arte tan buenas? Pues entonces no te resultará difícil venderlas a precios sumamente inferiores a los del actual mercado, ¿no?".

Me disculpo por no poder ayudarla, pero la curiosidad me puede y le pregunto de qué precios estamos hablando. Su contestación hay que situarla, precisamente, en el contexto del actual mercado (?), pues estamos hablando de obras concretas que hace 8 años costaban (y puede que cuesten aún en alguna galería) entre 3.000 y 15.000 euros. El nuevo propietario no ha dudado un ápice en poner precio a esos cachivaches incómodos "200, 300 euros, lo que sea, véndelos por lo que te den".

Post posterior y complementario
http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2015/11/lo-que-verdaderamente-pasa-con-el-arte-2.html