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miércoles, julio 26, 2017

Lucifer

Lucifer

Estaba sentado en la barra como de costumbre, tomándome un vino como de costumbre y a la hora de siempre si es que pudiera haber algo parecido a un siempre más allá del sentimiento puro, que lo dudo. Pero, sí, allí estaba yo en el mismo lugar de siempre, que no siempre es el mismo, aunque sí, y a la misma hora de siempre tomándome un vino, en la barra y sentado en esa parte de la barra que me permite ver bien prácticamente todo el en derredor.

Estaba yo sentado en la barra donde suelo hacerlo habitualmente, esto es, donde suelo hacerlo siempre, cuando se acercó un tipo que se sentó a mi derecha. No sé, hubo un algo que me dijo que no se había sentado junto a mí casualmente. Se le veía algo inquieto y sin saber dónde mirar. ¿Cómo puede no saberse dónde mirar? me dije a mí mismo, a quién si no. Se situó en paralelo a mí, mirando hacia afuera y en perfil tres cuartos respecto a la barra que quedaba detrás. Así, en principio, los dos debíamos ver lo mismo, otra cosa era lo que pudiéramos mirar. De vez en cuando rectificaba su posición y se giraba hacia mi lado, en principio sin mirarme pero con la clara intención de dejarse ver por mí pues en ese lado apenas había nada que ver, bueno sí, las camareras; detrás de mí se encontraba el lugar donde las camareras recogían las comandas de los clientes; y también una televisión de gran formato retransmitiendo deporte ininterrumpidamente, fuere cual fuere, en ese mismo momento, cricket. Hubo un momento en que me miró de reojo, lo que me hizo girar la cabeza en dirección opuesta y alzar la vista hacia un punto absurdo.

Al momento me llamaron por teléfono; se trataba un amigo que solicitaba conversación acerca de nuestra empresa común, un negocio que estábamos comenzando juntos. Me di la vuelta e hinqué los codos sobre la barra, de forma que pudiera aislarme de la gente lo máximo posible. Estoy seguro de que mi vecino no podía escuchar lo que yo decía debido a mi posición y al ruido de fondo. En cualquier caso nada más colgué ese tipo se dirigió a mí con estas palabras, “hay que ver cómo es la gente”. Yo no sabía qué responder, de hecho no lo hice, había en sus palabras algo siniestro. Hay que ver cómo es la gente, no sé, no le entendí muy bien pero sé que algo quería decirme y que además no se trataba de nada bueno. Lo había dicho mirándome de soslayo y esperando cierta complicidad por mi parte. Yo lo ignoré con un levantamiento de hombros pero no podía evitar sentir la presencia de quien, seguro, se había puesto a mi lado porque quería algo de mí. Que así era.

“Antes me fiaría del camarero –se detuvo unos instantes y continuó- y espero que nadie se ofenda por lo que digo”, dijo en uno de esos momentos en los que la casualidad, provocada por la necesidad de moverse en una banqueta no demasiado cómoda, hizo que nuestras miradas se cruzaran siquiera levemente. No lo pude evitar, ¿nadie?, pensé en voz alta. “Sí, nadie”, contestó con seguridad pero con una sonrisa ladeada.

Yo estaba incómodo por muchas razones pero se trataba de mi vino de siempre en el sitio de siempre y en la banqueta de siempre, así que lo único que tenía que hacer era, simplemente, ignorarlo. Nadie me iba a aguar la fiesta, nadie. Pensé entonces que había escuchado la conversación telefónica con mi amigo y por eso me había dicho aquello, si bien es cierto que no dejaban de rondarme por la cabeza esas frases… Hay que ver cómo es la gente; hay que ver, ¿ver?, ¿ver del verbo ver?, ¿qué gente, mi amigo? ¿de quién se fiaría tan poco hasta preferir fiarse antes del camarero?, ¿de mi amigo o de algo que él había visto y a mí se me había escapado? Me miró sonriente, estiró la mano y me dijo “me llamo Fernando, te he visto otros días por aquí”. Sin embargo a mí no me sonaba de nada, y eso que en ese bar de siempre lo único que hago, además de beber, es observar, diría que con cierto nivel obsesivo.

Aturdido por las dudas no la vi venir hasta que la tuve encima, una rubia de siluetas generosas que se sentó en la banqueta de mi izquierda. Yo estaba en paralelo a ella así que pude verla de reojo con bastante claridad. Llamó al camarero con el brazo y le pidió un Trending Topic. Era la primera vez que oía ese nombre en un bar, así que esperé a ver la reacción del camarero, que no la hubo, más bien le dijo con toda naturalidad “en seguida” mientras le levantaba el pulgar.

“Es sólo una forma de hablar”, me dijo el tal Fernando mientras yo pretendía no perder ojo a las acciones del camarero, necesitaba saber lo que era un Trending Topic, pero hubo un momento en que me perdí, demasiados ingredientes en la coctelera que desconocía. Además Fernando presionando por mi derecha y la rubia con toda su presencia por mi derecha. Demasiado.

El camarero vierte entonces el contenido de la coctelera en una copa pequeña, que la rubia coge con sutileza pero con cierta ansia, acerca sus carnosos labios y realiza una pequeña absorción ruidosa. Con una mirada entre natural y libidionosa, si es que esa combinación pudiera existir, me dice “hay que ver lo bueno que está esto”. Miro al camarero que a dos metros de mí se encuentra secando vasos y me lanza lo que sin duda es una sonrisa cómplice. Hay que ver, ¡de nuevo!  ¿Qué es lo que hay que ver?, me digo a mí mismo, a quién si no. Sé que podría tratarse de una frase hecha, pero no en este caso. Y tampoco creo en las casualidades.

Me encuentro como en una encrucijada, ahora el que no sabe a dónde mirar soy yo. No tengo ganas de darle conversación al tal Fernando y la rubia me tiene mosqueado, hay algo en ella que, no sé, no veo claro. El tal Fernando la mira, pero atravesándome, no hay otra porque me interpongo entre ella y él. Noto que tiene ganas de decir algo. Así él en unos segundos: “tempus fugit, amigo, tempus fugit”. ¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! Un desconocido, con una pinta algo más que discutible ¡estaba sentenciado en latín! Yo ya no me hacía preguntas respecto a lo que pretendía el tal Fernando, que en realidad no me importaba tanto, sólo me hacía preguntas respecto a lo que yo tenía que hacer con todo aquello.

La cosa es que de forma espontánea me sale contestarle: “la verdad es que ciertamente no puedes fiarte de tus percepciones inmediatas y que hay que dejarse llevar por la intuición… y yo, pues prefiero fiarme de la gente”. El tal Fernando me miró durante unos segundos en silencio, ladeó ligeramente la cabeza y me dijo “nada es lo que parece pero todo es lo que ves”. Caramba, me dije a mí mismo para mis adentros, a quién si no, este tipo no es un cualquiera, seguro que con dos frases más se destapa y me intenta vender algo, lo que sea, una colonia, un dolor, una duda o un discurso. Pero antes de que me diera tiempo a reaccionar la rubia se dirige a nosotros sin mirarnos a los ojos y con la copa en la mano dice, “algo de eso hay”. Esto sí que ya era demasiado para mí. Los dos personajes me tenían acorralado y se había establecido entre los tres una conversación de lo más críptica. Sugerente, sin duda, pero inquietante.


Algo de eso hay… se repetía en el interior de mi cabeza acordándome de mi tía Josefina, que también ella repetía esa frase sin cesar, viniera o no viniera a cuento, sin bien ella lo hacía hacia el exterior de la suya, de su cabeza. ¿Ago de eso hay… de qué? ¿De que nada es lo que parece? ¿De que todo es lo que vemos? ¿De que lo que vemos es siempre el todo? ¿De que el tiempo pasa volando? ¿De que por eso hay que aprovechar el momento? ¿Cómo podría aprovechar yo el momento, ese momento? Así me encontraba yo aturdido ante tanta duda cuando la rubia dijo “Fer, creo que esta vez nos hemos equivocado, este tipo no es de los nuestros…”. ¡Hostia!, me dije a mi mismo, a quién si no, ¡estos tipos ya se conocen! Y antes de que pudiera seguir elucubrando posibles reacciones ante tan extraña situación ella remató su sentencia “…no va a hacer nada con nosotros, ya te digo, no es de los nuestros”. “Tienes toda la razón Luciana, por esta vez nos hemos equivocado, la lástima es que tú habías puesto mucho interés en él, lo siento por ti” contesto el tal Fer como si yo no estuviera. Sin mediar más palabra la tal Luciana pidió la cuenta al camarero, éste le devolvió el cambio con una sonrisa pícara mientras le decía “siempre es un placer volverte a ver Luci”. Había pagado su Trending Topic y el vino del tal Fer, que por cierto había desaparecido sin más. Mientras se alejaba, la tal Luci murmuró, “hay que ver cómo están cambiando las cosas… o es que últimamente estamos teniendo mala suerte, no sé, un desastre”. Yo me quedé pensativo, dejé de mirar a mí alrededor porque en esos momentos no existía alrededor alguno, me encontraba realmente desconcertado… Fernando y Luciana, Fer y Luci… o lo que es lo mismo Luci… y Fer.

domingo, septiembre 18, 2016

Como un torrente

Decisión proviene del latín decisio y así lo define el diccionario: acción de zanjar una cuestión discutida, solución.

Resulta muchas veces curioso el uso que de las comas hacen los diccionarios. ¡Quién me lo iba a decir a mí! El término decisión perfectamente asociado al de solución. Así, para tomar una decisión tenemos primero que considerar la existencia no tanto de una duda como de un problema, pues supuestamente se ha discutido una cuestión. La pregunta que me inquieta es, ¿Puede entonces tomarse una decisión que no haya pasado por una previa discusión? O mejor, ¿puede existir en la inacción -de la inexistente discusión- algún tipo de decisión sensata posible?

Elección, del latín electio: Decisión por la que se muestra preferencia o se toma partido por una cosa, eligiéndola en detrimento de otra.

Aquí resulta más claro; la elección es una decisión a la que lo le hace falta discusión alguna. Uno elige porque le da la gana y lo hace sabiendo aquello a lo que reniega. Así la la elección tiene un valor soberano para el sujeto activo, dejando que lo elegido pueda permitirse el lujo de ser todo lo neutro que quiera. Elegir es una apuesta y como tal contiene siempre un punto de riesgo.

Decepción. Es un sentimiento de insatisfacción que surge cuando no se cumplen las expectativas sobre un deseo. Se forma en unir dos emociones primarias, la sorpresa y la pena.

En efecto, la definición de decepción no me habría sido válida sin la inclusión del término sorpresa, porque lo de la pena se daba más que por supuesto. Yo añadiría que la sensación que padece una persona decepcionada es la de permanecer sorprendida e inmóvil, digamos que atado, ante un torrente, digamos que de agua, que no le permite ni abrir la boca, so pena de ahogarse por querer respirar. Pena, eso sí, ligada al dolor y el sufrimiento que son ajenos a toda decisión.

Post Scriptum. Hemos dedicado 3 post a hablar de Richard Rorty y su concepción populista de la filosofía. Pues bien, una de esas reivindicaciones de las que el filósofo alardea tanto y que tanto gusta a sus acólitos bienintencionados es la que consiste en preferir disolver los problemas antes que resolverlos. Yo, de nuevo, estaría en franco desacuerdo con él. Pero hay muchos más rortyanos de los que nos creemos. Y al parecer no les va mal porque no hay mejor forma de disolver un problema que ignorándolo. No deja de ser una elección. Rajoy lo lleva haciendo hace muchos años y le funciona perfectamente. Despreciable.

domingo, junio 12, 2016

Salirse de uno

Salirse de uno


Una semana consta de tan sólo 7 días. Por eso la vida sucede tan deprisa. En verdad resulta difícil visualizarla mentalmente sin su estructura bipolar, dialéctica. Son 5 contra dos. Quizá no para todo el mundo pero sí para la gran mayoría. En principio: 5 días de castigo divino y dos días de supuesta compensación. Aunque, como siempre, la “norma” existe para que ciertos excéntricos la perviertan de forma más o menos voluntaria. No es mi caso.
En este sentido uno se considera un auténtico concéntrico, un vulgar ortodoxo. Los fines de semana para mí serían, por seguir con la terminología que les confirió sentido, una bendición. Pero no tanto por considerar un castigo los 5 días laborales cuanto por lo que esos otros dos días me ofrecen: recogimiento. ¡Eso!, eso es exactamente lo que confiere esplendor al par de días que adquieren sentido en su confrontación a los otros cinco, el hecho de que me sirvan de desapego. Vivir desapegado de mi casa y mis cosas, vivir sin comida en la casa, con demasiado frío en invierno y demasiado calor en verano, sin libros, sin internet y sin apenas música.


Cuando se acerca el mediodía de los viernes me invade una picazón que no cesa hasta que la ciudad me escupe fuera de ella. Cruzar los 20 kms. de arrozales al atardecer es el perfecto prólogo de una experiencia que, no por mucho que se repita, deja de parecerme onírica. Porque, en efecto, si hay alguna forma de describir las sensaciones por mí experimentadas todos los fines de semana es la que los vincula a lo surreal. La llegada inexorable de los lunes no impide que uno sienta y perciba el recientemente acabado fin de semana como una experiencia lejana en el tiempo, borrosa y al mismo tiempo esplendorosa. Extraña: perfecta.


No sé si existe algún término que pudiera entenderse como opuesto al de adrenalina, esa hormona que en la actualidad tanta gente adora, con su ansiada aceleración cardíaca y su pertinente contracción de los vasos sanguíneos. Recogerme en mi cabaña sería como una forma de salirme de mí para estar más dentro de mí, tal es la paradoja. Y sus efectos podrían describirse como exactamente los contrarios al denominado subidón. Más bien se trataría, como digo, casi de lo contrario: un sosegado spleen que me aclara la vista y me sensibiliza el olfato. Lo veo todo como con un gran angular y mis movimientos en vez de realizarlos a 25 fotogramas por segundo los realizo a unos 40 o 45.


Nada en mi cabeza se cuece allí (aquí) de la misma manera que en mi habitat doméstico-laboral. O por decirlo a la inversa: todo lo que se cuece en mi casa, en mi hábitat laboral y en mis relaciones sociales es casi vulgar al lado de lo que se cuece delante de un horizonte líquido o de unos aromas que no pueden dejar de ser exóticos por mucho que los huela regularmente.

Alguien hace poco me preguntaba cuáles eran mis aficiones. Ante tan original pregunta me aturullé y contesté “salirme de mí”. Claro, no he vuelto a ver esa persona. En todo caso, debo decir que ella me hab´ia confesado las suyas poco antes: bailar y viajar.

domingo, julio 12, 2015

Slow Blues

Slow Blues

No es que lo aconseje, pero no estaría mal que le echaran una ojeada. Está en youtube, como ya casi todo, pero, ya digo, no es que lo aconseje.

Como en todo, la música sirve muy bien para definir caracteres y personalidades. Al menos por cuanto a su gustar se refiere. El blues sería un género que gusta, casi exclusivamente, a quienes disfrutan de los ritmos basados en las variaciones. No hay entendimiento del blues sin un sentido melancólico de la existencia. Y la melancolía es un estado de ánimo que depende de la inevitable necesidad de repetir lo mismo con ligeras variaciones. Así, un género que se opone a la cada vez más extendida forma de vida que necesita reinventarse (palabreja, por cierto, muy de moda estos últimos años) permanentemente.

No es que lo aconseje, pero no estaría mal que le echaran una ojeada al vídeo musical de James Cotton. Está en youtube, como ya casi todo, pero no es que lo aconseje.

El blues es un género musical que se fundamenta sobre un patrón repetitivo a partir de una estructura de 12 compases. El resultado se encuentra impregnado de eso que pretende, de tristeza, de melancolía. Pero de una melancolía luminosa, emocionante, vivificadora en contra de lo que pudiera parecer. Dentro de este género musical tan peculiar existe un subgénero que incrementa eso que es propio de su esencia, y por ello se puede con él alcanzar lo sublime. Por intensificación de la esencia: el slow blues.

Así que no es que lo aconseje, pero no estaría mal que echaran una ojeada a un vídeo musical que se obtiene colocando en búsqueda las palabras James Cotton-Slow Blues (Angel of Mercy-Blues in my sleep)

James Cotton es un maestro de la armónica, ese instrumentito que no alcanza ni a tener el tamaño de la palma de una mano. Pero un sentimiento inevitable es un sentimiento caracterizado por eso, por ser inevitable, y nada hay en la interpretación de esta pieza que no sea la expresión de ese sentimiento excesivo. Los primeros fraseos dejan claro un estado de ánimo; el que desgarra sentimientos que se regeneran cuando parecen estar a punto de desvanecer. Una tristeza existencial que se resiste y recompone al final de cada frase. Cotton comienza sus fraseos slow con las formas propias de la tristeza (blues) y poco a poco va incrementando su sentimiento hasta convertirlos en un grito amargo. Pero cuando todo parece acabar con ese cénit de grito desesperado típico de los crescendo del blues Cotton da entonces un giro a su fraseos y los estira -inesperadamente- hasta convertirlos, de nuevo, en sollozos, pero esta vez cargados de esperanza, ilusión y alegría. Y por eso Cotton se ríe; se ríe porque ha asumido el blues. Un blues, ya, que contendrá gritos, susurros, risas y silencios repartidos por un estado de ánimo que se recrea en la autoconsciencia de la inevitable melancolía. Una obra maestra del slow blues al que podrían ustedes echarle una ojeada. Aunque yo no me atrevería a aconsejarlo.

miércoles, diciembre 19, 2012

Melancolía

Melancolía
Antes que nada, dos premisas (de los tratados a los manifiestos):
+Uno de los objetivos del Renacimiento fue dotar de un discurso filosófico y cientificista a ciertas disciplinas hasta entonces consideras mecánicas. Ciertos artistas idearon los tratados como forma otorgar enjundia a algunas profesiones gremiales infravaloradas. Se convirtieron en seguida en una forma adecuada de transmisión del conocimiento, sobre todo por lo que hacía referencia a la escultura, la pintura y la arquitectura. En ellos se recogía información proveniente de un conjunto variado de disciplinas, como podían ser, la retórica, la filosofía, la matemática, la anatomía, la botánica, etc. Desde que Leon Battista Alberti escribiera el revolucionario Sobre la pintura (De pictura) comenzaron a prodigarse esos tratados que, además de proporcionarnos información acerca del cómo son y cómo se perciben las cosas, servían perfectamente para transmitir el conocimiento a futuros artistas y arquitectos. En la era de los tratados los artistas eran gente que se aproximaba a la creación desde la curiosidad que suscitaba tanto lo desconocido como lo por-conocer. No se trataba tanto de saber cómo representar la realidad, que también, cuanto de conocer la realidad representable; es decir, no se trataba tanto de una cuestión de Arte como de una cuestión de Conocimiento.
+Uno de los objetivos, si no “el Objetivo”, de todos los movimientos modernos fue acabar con el propio Arte; acabar con la idea de eso que hasta entonces había sido caracterizado como Arte. Así, la Modernidad caracterizó a sus artistas por una suerte de necesidad extravagante que consistía en asesinar aquello que tenía que volver a nacer a través de su megalómano genio. Algo que llevaron a cabo, no tanto con la propia obra artística cuanto con su obra verbal a través de lo que se denominaron manifiestos. Los manifiestos no fueron sino obras literarias creadas con el fin de justificar esa extravagante necesidad (propiamente moderna) que consistía en entender el Arte como algo que debe estar muriendo permanentemente… pero salvado en última instancia, claro, por el espíritu moderno de unos creadores con una desproporcionada fe en sí mismos. Leídos ahora, los manifiestos (del surrealismo, del dadaísmo, del suprematismo, del neoplasticismo, del orfismo, etc.) sirven, “sólo” para justificar esa tendencia necrófila de los abajo firmantes; es decir, sirven “sólo” para comprobar la eficacia de esa extendida forma hegeliana de entender la Historia del Arte. Así, en la Modernidad no se trataba tanto de elaborar cosas originales, que también, cuanto de configurar un sentido del Arte ineluctablemente vinculado a la Historia. La Historia sería lo que justificaría esos manifiestos al tiempo que legitimaría el producto nacido -supuestamente- a partir de ellos.
Es en la Ilustración comienza la excéntrica sobrevaloración de lo nuevo. Y después la Modernidad de las Vanguardias fijará lo nuevo como categoría obligatoria. Así, la Modernidad abre una era que se define a sí misma por “oposición a”, o sea, por contraposición. Pero no por contraposición a algo, sino por contraposición a todo[1]. La Modernidad se define a partir de su exigencia de tabula rasa respecto a todo pasado y exige sincronismo con el presente continuo; esto es: “cualquier cosa” siempre y cuando la cosa no tenga nada que ver con el pasado. O mejor aún: “cualquier cosa” siempre y cuando con ella pueda negarse el pasado.
En efecto, la tradición de toda vanguardia dictaba que el principio motor de la verdadera creación debía consistir en barrer la misma tradición; debía consistir en reinventar el concepto Arte en el presente de cada particular momento histórico; debía consistir en hacer tabula rasa respecto al pasado y partir de cero en un viaje hacia el futuro como único garante de compromiso y autenticidad[2].
La Modernidad, con su palabra, esto es, con sus “manifiestos” no sólo se desentendió de todo pasado sino que además se significó a sí misma como futuro. Y exigió posicionarse en la querella[3]: los modernos serían los liberadores salvadores mientras que los ancienes serían los reaccionarios condenadores. Así, el Arte de la Modernidad se legitimó por su condición de confrontación, de lucha vinculada a una promesa: la de un futuro mejor. Mientras los antiguos buscaban ejemplaridad los modernos construían utopías. Si en los primeros primaba el conocimiento en base a múltiples categorías, en los segundos lo nuevo se imponía como única categoría posible.
De esta forma, durante más de 200 años hemos convivido con una idea del Arte fundamentada en el rechazo hacia lo que el mismo concepto significaba. De hecho, los artistas han tenido que vivir durante casi todo ese periodo con la angustiosa creencia de que todo posible éxito social sólo podría entenderse como una especie de fracaso artístico[4]. Porque en efecto, lo nuevo y lo moderno, entendidos como categorías que debían oponerse a lo tradicional y a lo antiguo, ha sido la forma de entender el Arte durante esos 200 años, una forma de entendimiento que sólo podía basarse en el desprecio y el rechazo de lo que hasta entonces iba significando el propio concepto.
Mutatis mutandi. Es de sobra conocido el tema de la película Melancolía (Lars Von Trier). Un planeta llamado Melancolía se dirige hacia la Tierra. No está clara su trayectoria, pero todo apunta que va a colisionar contra la Tierra ocasionando su total destrucción. La película consta de dos partes claramente diferenciadas: la primera de ellas nos muestra la boda de Justine en un entorno aristocrático y bello. La segunda se centra en la inquietud generada por la aproximación del planeta Melancolía.
Justine se encuentra sumida en un estado depresivo que vemos aflorar al ritmo mismo del proceso que conlleva el rito de la boda. En ese proceso “destructivo” que lleva a Justine hasta la misma inmovilidad hay una secuencia que merece atención en la medida en que, siendo enigmática, parece ser poseedora de un gran sentido. Después de una reprimenda de su hermana Claire respecto a su comportamiento en la boda, Justine se queda sola en una habitación rodeada de libros de arte que, abiertos en determinadas páginas, se encuentran colocados a modo de exposición. De repente, y como si se encontrara poseída, Justine se dirige a ellos con el fin de eliminar de su vista las imágenes que muestran esos libros abiertos y sustituirlas por otras imágenes que, suponemos, sí desea ver. La violencia feroz con la que ejecuta este acto resulta sumamente desconcertante por cuanto su comportamiento se dirige, lo sabemos, hacia la “inmovilidad” de la depresión. Además ejecuta este acto con mucha más convicción que aquel otro llevado a cabo con quien no es ni siquiera capaz de ser un personaje secundario.
¿Qué imágenes son esas que han “despertado” a Justine, siquiera momentáneamente, del letargo en el que toda depresión sume? ¿Qué imágenes son esas que ofenden tanto a esa mujer que se encuentra a punto de entrar en estado de shock? ¿Qué imágenes son esas que incitan al rechazo violento de Justine? La respuesta, como ya hemos apuntado, se encuentra en el ámbito del arte. Son imágenes de cuadros, pero no de cualesquiera cuadros, sino de esos que provocan la furia de Justine. Se trata, concretamente, de cuadros suprematistas. Así, libros abiertos y expuestos que muestran unas concretas obras de arte que están ahí no tanto en función de un capricho críptico como en función de su representatividad paradigmática. Serían imágenes/cuadros que representan un paradigma: el del arte moderno. De hecho, si hay algo que representa a la perfección la esencia del arte moderno es, precisamente, esa suerte de movimientos identificados con una abstracción primaria: suprematismo, constructivismo, neoplasticismo, orfismo, etc. En este sentido, la inmovilidad de Justine sería la contrapartida de tanto movimiento superfluo.
La Modernidad está construida sobre manifiestos y los manifiestos, leídos ahora, sirven –de[5]cíamos-, “sólo” para justificar esa tendencia necrófila de los abajo firmantes; es decir, sirven “sólo” para comprobar la eficacia de esa extendida forma hegeliana de entender la Historia del Arte[6]. Por decirlo de otra forma: llegado su momento de la verdad a Justine le parecen patéticas esas imágenes que “sólo” son el producto de una megalomanía pretenciosa y despectiva[7]. Llegado el momento de la verdad, ese momento que siempre termina por llegar, a Justine le parecen indecentes las imágenes que sólo se explican a sí mismas. El momento de la verdad es para Justine ese momento en que el fin se hace presente a través de un nihilismo autodestructivo. Y la autodestrucción individual de la primera parte del film es sólo el anticipo de la destrucción total de la segunda. O mejor, su metáfora. Porque el fin de cada sujeto contiene el fin de la Humanidad. Futuro es, precisamente, lo que no hay en el momento de la verdad. Futuro es lo único que no hay en el fin último.
Ante la amenaza del fin, de su fin (su momento de la verdad) Justine no quiere saber nada de promesas[8]. Promesas como las que nos deparó todo el arte moderno; no quiere saber nada de unas imágenes que representan promesas incumplidas, promesas que además se fundaron en el rechazo y el desprecio de todo pasado; promesas que se sustentaban en una obscena superioridad moral[9]. En la desesperación Justine no quiere imágenes que se expliquen “sólo” a sí mismas, no quiere abstracciones de forma y color, ni líneas ni colores primarios[10], quiere imágenes con las que poder especular, quiere imágenes que le ayuden a entender, quiere imágenes que le anclen a la tierra.
La furia con la que Justine sustituye las imágenes suprematistas se encuentra justificada en una doble decepción: la que las asocia al fracaso de las utopías modernas y la que las vincula a la negación de todo pasado. Doble decepción de la Modernidad en un sujeto, Justine, que vive en sus carnes el descreimiento de una posmodernidad autodestructiva. Por eso a Justine le cuesta cada vez más moverse, y si lo hace lo hace en dirección contraria, de derecha a izquierda, esto es, del presente al pasado.  Allá donde no hay futuro (como en el mundo de Justine) resultan patéticas las manifestaciones que encuentran su sentido sólo en él.


[1] “El arte moderno rechaza, en general, la mayoría de los medios de gustar puestos en práctica por los grandes artistas de épocas anteriores”. (Apollinaire. Los pintores cubistas, 1913).
[2] “1. Repudiamos en la pintura el color como elemento pictórico… 2. Rechazamos en la línea su valor gráfico… 3. Negamos el volumen como forma plástica del espacio…”  (Pevsner y Gabo. Extracto del Manifiesto realista, 1920).
[3] Querelle des Ancienes et des Modernes.
[4] La idea de lo nuevo y la de partir de cero presidía el comportamiento moderno. No era sino una forma de rechazo hacia todo lo anterior. Respecto al artista nacido al amparo de esta ideología dicen Charles Rosen y Henri Zerner en su libro Romanticismo y Realismo: “Aunque los artistas nunca llegaron a perder la esperanza de un éxito postrero, no cabe duda de que muchos de ellos buscaron voluntariamente el fracaso inmediato, o, si no el fracaso, sí el desaliento y el sobresalto continuo”.
[5] Tal afirmación puede resultar excesiva cuando no inaudita, pero la verdad es que los manifiestos de los movimientos modernos son, leídos ahora, de una ingenuidad casi insoportable. Y lo que resulta más significativo: su significancia se encuentra casi exclusivamente vinculada a su valor documental, no a su valor estético. O dicho de otra forma, sirven “sólo” para demostrar que la Historia del Arte no se equivocaba al elegir a los artistas que la debían representar.
[6] Tal afirmación puede resultar excesiva cuando no inaudita, pero la verdad es que los manifiestos de los movimientos modernos son, leídos ahora, de una ingenuidad casi insoportable. Y lo que resulta más significativo: su significancia se encuentra casi exclusivamente vinculada a su valor documental, no a su valor estético. O dicho de otra forma, sirven “sólo” para demostrar que la Historia del Arte no se equivocaba al elegir a los artistas que la debían representar.
[7]  “Existe creación solamente en los cuadros cuyas formas no toman nada de lo que ha sido creado en la naturaleza, sino que son originadas por masas pictóricas, sin repetir y sin modificar las formas primitivas de los objetos de la naturaleza…” (Malevich. Del cubismo al suprematismo, 1915)
[8] Para Justine, que se encuentra viviendo su particular momento de la verdad, no está del todo claro que el arte pueda ser cualquier cosa por mucho que se presente en nombre de Una Gran Idea, ni tampoco que cualquier cosa sirva para justificar una idea de proceso histórico que nos llevará al Saber Absoluto.
[9] El arte moderno se impone y sustenta fundamentalmente por sus cualidades morales. Resulta curioso pensar, en este sentido, que en realidad todo alarde de moralidad debe ser considerado obsceno. 
[10] “La nueva plástica… debe encontrar su expresión en la abstracción de toda forma y color, es decir, en la línea recta y en el color primario netamente definido”. (Piet Mondrian. De Stijl nº 1)

viernes, marzo 02, 2012

Serenidad, sosiego y amor

La serenata es una forma musical curiosa que alcanzó su pleno apogeo en el siglo XVIII. Su peculiaridad consistió, en sus orígenes, en que la creación de esa música debía tener en cuenta el específico momento de la audición para el que estaba destinada. Debía ser escuchada al atardecer, cuando el sol se esconde para dejar paso al misterio de la luna. Las serenatas no eran, en principio, piezas musicales escritas para teatros o auditorios sino para jardines con templete. La otra característica de la serenata sí tenía que ver con una naturaleza concreta de forma musical: debía poderse relacionar con la serenidad, con la calma, con el reposo; en definitiva, debía ser emocionalmente acorde con el momento feliz del día.

No sé si todo esto lo tuvo en cuenta Glenn Miller cuando escribió su pieza Moonlight Serenade pero desde luego el resultado no defrauda ninguna de las expectativas que pudiera generar el título. Se trata de una de las melodías más hermosas y serenas que se han compuesto en nombre de la música interpretada por bandas. El único reproche que puede hacérsele al sonido Glenn Miller es el de la influencia que ejerció sobre tantas otras bandas que sólo consiguieron torpes pero comerciales imitaciones. Moonlight Serenade es la perfecta representación de la melodía que atempera cualquier estado de ánimo. Escucharla al anochecer y en penumbra es siempre una experiencia emocionante que te reconcilia con la humanidad.

En un mundo regido por la velocidad y los gritos resulta necesario encontrar experiencias que sirvan para alimentar el espíritu en circunstancias de escasa luz. O dicho de otra manera: en un mundo regido por la inmediatez resulta reconfortante encontrar aún experiencias que alimenten el espíritu sin necesidad de que intervenga la voluntad. Escuchar Moonlight Serenade al anochecer y en penumbra es una especie de experiencia mística que yo siento muy vinculada al sentimiento del amor. Porque es el amor lo que definitivamente puede reconciliar al individuo con la humanidad. Todo lo demás es acrobacia y decrepitud. No tengo jardín ni templete, pero basta que sienta avecinarse de soslayo la sempiterna melancolía para que yo apague las luces, ponga Moonlight Serenade y elocubre con la posibilidad de morir abrazado a mi amor. Soy un cursi, pero no lo quiero evitar.

Addenda. Ayer hizo 108 años que nació Glenn Miller, cuya peor fortuna consistió en que Hollywood quisiera homenajearle con una película, la peor que interpretó James Stewart en toda su vida.

jueves, noviembre 03, 2011

No habrá paz para los malvados

La parsimonia es una cualidad cinematográfica que, después de todo, no es apropiada para ser aplicada a cualquier idea. Recrearse en los puntos muertos con secuencias aparentemente innecesarias o lentas requiere de una genialidad para la que no todos los directores están preparados. La parsimonia requiere oficio, sensibilidad y sobre todo inteligencia. Hay mucho cine bienintencionado al que sólo le sobra un poco de parsimonia. Mucho cine (auto)considerado independiente o alternativo (en América indie) necesitaría revisar el concepto para no confundir la falta de ideas con la supuesta pureza que parece emanar de cierto entendimiento ensimismado de la parsimonia. Y desde luego no se trata de una cuestión de géneros, no hay por qué asociar la parsimonia al cine intimista. Puede haber cine de gansters o incluso westerns realizados con estilo parsimonioso. Y hay películas pretendidamente intimistas (o comprometidas) que habrían ganado con cierta agilidad narrativa o con algún matiz deslumbrante. Cuando la parsimonia se da en su justa medida el cine crece como forma de conocimiento.

La parsimonia en el cine no consiste en decir poco, sino en saber exactamente qué es lo que no hay que decir. Pero sobre todo, cuándo y cómo no hay que decirlo. Es decir, la parsimonia no puede ser un estilo sino una forma de abordar determinadas secuencias narrativas. La parsimonia funciona cuando los silencios, las pausas y los recreos extáticos se encuentran milimétricamente calculados y cuando la contención es la adecuada para cada secuencia. No se trata de dejar que el espectador complete la información no dada en el juego del silencio y la elipsis, sino de dar la información precisa de la forma más adecuada respecto a la trama. Tanto si se trata de la descripción de un personaje como si se trata de una escena dialogada. Toda escena tiene un tempo adecuado, por lo que diremos que una película es buena cuando su ritmo interno responde a tempos adecuados, con independencia de si estos son lánguidos o vivaces. Es en este sentido que la lentitud deja de considerarse un defecto. Hay de todas formas muchos farsantes entre los influenciados por Antonioni y Angelopoulos.

No habrá paz para los malvados es una de las mejores películas españolas de los últimos tiempos, pero no resulta fácil recomendarla. Para los amantes de la acción resultará decepcionante y para los amantes de los sentimientos resultará frustrante. Así, no resulta fácil recomendarla porque se trata de una película contenida y sombría. En cualquier caso es una película necesaria porque, además de todo, representa a nuestra querida España, esta España nuestra del hoy. O por decirlo de otra forma, si el cine de Víctor Erice tuvo su momento y ese fue sin duda el mejor cine posible de ese momento, ahora le toca al cine de nuestro presente, el gansteril. Porque eso es exactamente lo que necesita este país que ha vuelto a la charanga y la pandereta (así nos ven desde fuera), pero con altas dosis de corrupción. Necesitamos sobriedad a capazos.

Sobriedad, contención y austeridad narrativa en una trama sin solución de continuidad es lo que hay en No habrá paz para los malvados. De alguna forma se tenía que compensar al ciudadano español hastiado de los shares televisivos y de los rancios panes oscuros y las sofisticadas pieles deshabitadas. Urbizu lo hace con esta película y nos salva de la quema mostrándonos nuestro propio infierno.

En No habrá paz para los malvados sólo tienen cabida los malvados, que son los que hacen y deshacen España. Todo(s) lo(s) demás es(son) puro relleno, puro ornamento, puro cartón piedra. Sólo prima la maldad y son los malvados los únicos protagonistas. Todo lo demás es secundario, subsidiario: grotesco. Es en todos los demás personajes donde habitan las buenas intenciones, pero son los malvados los que tienen siempre la última palabra. Estamos en manos de los malvados, para los que nunca habrá paz, los demás somos, como mucho, simples espectadores desconcertados, atontados.

Post Scriptum. No hace mucho mi amigo Juan me dijo que buscara en Internet el blog de Carlos Carnicero y que leyera todos los artículos que salieran poniendo en “búsqueda” las palabras clave, Zapatero, Pedrojota y Barroso. Supongo que los conocerán ustedes. El ejercicio requiere de un tiempo, pero les aseguro que vale la pena leer todos los artículos que aparecen en esa búsqueda. La trama gansteril española que Carnicero describe con precisión (de periodista independiente) deja a las historias de Vito Corleone en un cuento de Disney. Pero como decía Bardem, aquí nunca pasa nada.

lunes, septiembre 19, 2011

Olor a muerte

Podría empezar este post diciendo que me he pasado toda la noche soñando con mi padre. Hablaba con él como si aún existiera. La conversación era agria y su actitud respondía a la que fue su actitud en vida. Una conversación que no tenía visos de llegar a ningún sitio. Su mirada decía lo contrario de lo que expresaban sus palabras. Una mirada triste que me desasosegaba hasta el punto de que mi cuerpo ha necesitado despertarse dos veces. De hecho, cada vez que me he despertado me he levantado con la esperanza de perder el sueño y de poder intercambiarlo por otro menos destructivo. Pero nada, mi padre venía a mí una y otra vez con esa mirada mezcla de solicitud y tristeza, la tristeza con la que me miró en su último suspiro. Cuando esto escribo ya no hay recuerdo de detalle alguno de la ensoñación, pero aún siento la presencia angustiante de su mirada amarilla.

Pude haber comenzado este post diciendo que, como siempre, me he levantado a las seis de la mañana para ir a desayunar al bar donde lo hago todos los días. Un bar pintoresco al que jamás entraría de encontrármelo en una ciudad desconocida; un bar situado en una zona donde no hay otro; un bar en el que el aún hay una letrina en vez de un banco; un bar en donde no aparecemos más de 5 personas entre las seis y media y las nueve, hora en la que lo abandono; un bar, en donde, hasta hace poco, había un individuo que siempre se encontraba apostado en la misma esquina y sobre la misma banqueta. Hasta hace poco: hasta que, de repente, se murió el individuo. Así, de un día para otro. Como lo hizo mi padre.

Hubiera comenzado como hubiera comenzado este post, el caso que estaba yo hoy en el bar de buena mañana, como todos los días. Con un libro y un lápiz, como siempre. Leyendo esta vez acerca de la diferencia entre ilusión e ilusionismo. En la mesa del fondo, lejos de la entrada por la que entra el panadero todos los días a las siete y media. Con el café descafeinado que el médico me permite tomar. Allí estaba yo esta mañana, como todas las mañanas del mundo. Y como aún no es invierno, junto a la ventana. Pues bien, ha bastado un “descuido” para que, por esa ventana que me refresca a diario el cogote, entrara el olor de la colonia que usaba mi padre. Ha entrado justo en el momento en el que intentaba comprender la diferencia entre lo que es universal y lo que es una práctica cultural. El olor que ha entrado con violencia ha inundado el bar anulando a todas las tortillas y a todo el embutido. Tal era su potencia. Ha entrado a saco y se ha incrustado en mi cuerpo.