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viernes, agosto 09, 2019

Cuando hay verdad


Cuando hay verdad

En estos últimos años de bulimia cultural con fondo anoréxico aparecen, de vez en cuando, eventos culturales que redimen a la Instituciones Programadoras de su estulticia ideologizada y cansina.

Nada asegura que un proyecto cultural vaya a funcionar, pero lo que ha quedado claro es que todo depende generalmente del personaje que se lo inventa, de sus conocimientos y de su capacidad de trabajo. Podría parecer esta afirmación una perogrullada innecesaria, y casi lo sería si no fuera porque resulta del todo necesario reivindicar los proyectos realizados por verdaderos expertos. Cabe la pregunta, ¿qué sería un verdadero experto? Pues aquel que no sólo está bien informado. Y también aquel cuya independencia “natural” le ha mantenido lejos de los poderes fácticos, o al menos a la distancia justa. Un estudioso, un ratón de biblioteca, un apasionado, un conocedor y un trabajador impenitente. De alguna forma y a su manera (la de cada cual) un sabio que aleja de sus conocimientos toda esa deriva “revolucionaria” que, paradójicamente demandan las Instituciones. Todo lo contrario, pues, a un “intelectual orgánico”, por naturaleza mediocre. Si no directamente incompetente.

Cuando se dan estas cualidades a un experto sólo le queda explosionar. Cosa que hará sólo y exclusivamente cuando alguien se lo permita con una simple contratación basada en la confianza. Acaba de pasar aquí, en Valencia. El Centro Cultural del Carmen ha contratado a Dani Gascó para hacer un ciclo de cine en los claustros del Museo. La propuesta ha sido -y es- excelente debido a una doble imprevisibilidad: 1. la contratación de un experto de verdad, Dani Gascó, que no era previsible en un mundo tan burocratizado e ideologizado como el valenciano (decir cultura valenciana podría ser un perfecto oxímoron), y 2. la extraña y excelente selección de películas que el propio Dani Gascó se ha encargado en ocasiones de traducir y subtitular -en un empeño generoso y atrevido. Un recorrido por la comedia europea desde el punto de vista de un conocedor independiente. Y conviene insistir en esto último.

Así, la propuesta de Dani en el Cármen ha sido posible cuando ciertos planetas se han alineado de una forma en la que no suelen hacerlo y el resultado, casi azaroso por ello, ha sido un evento cultural valenciano del todo original, culto y popular, ameno y culturizante, imprevisible y por ello necesario. Espero que en ediciones venideras no me valencianicen al bueno de Dani y lo dejen así, independiente y ciudadano del mundo.

Dicen que las comparaciones son odiosas. No es exacto: son buenas, al menos, cuando el dinero público está por en medio.

domingo, julio 08, 2018

De la Ideología y el arte: política


El mundo de los Museos de Arte Contemporáneo, quiero decir, el de la necesidad de su existencia y el de su gestión, es complejo asunto. Tanto es así que los medios de comunicación sólo se hacen eco de lo que en esa materia dicen los -considerados- expertos en arte.

Y si ha habido algún experto en arte que en su momento mantuviera una vehemente y clara ofensiva en contra de ellos, los Museos de Arte Contemporáneo, ese es sin duda el actual director del IVAM. En efecto, resulta difícil encontrar alegatos/panfletos que de forma tan elocuente como categórica mostraran un claro rechazo hacia dos aspectos nada menores de ese mundo del que se nos presenta como experto; dos: el del Museo, los Museos de Arte Contemporáneo, en tanto que contenedores ideologizados y alienadores, y el de los Patrocinadores Privados de Arte.

Efectivamente, en su artículo “Significación ideológica del mezenazgo y de los museos de arte contemporáneo” (en Reflexiones sobre la crítica de arte, Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana), nuestro actual director del IVAM no hacía otra cosa que dejar negro sobre blanco lo que en su vida de intelectual activista proponía fervientemente a principios de los noventa. Al menos sobre esos dos asuntos.

Para nuestro actual director del IVAM los Museos no son más que dispositivos fuertemente ideologizados para inculcar una alienadora -y falsa- idea del arte; así, templos sacrosantos mitificadores y mistificadores cuyas formas de actuación sólo tienen un objetivo, perpetuar esa alienadora -y falsa- idea del arte... desligada, claro está, de la verdadera experiencia humana, la que se encuentra en la calle, y si no exactamente en la calle sí en cualquier otro sitio que precisamente no sea un Museo de Arte Contemporáneo. El arte no es algo sagrado, por lo que no admite bajo ningún concepto un espacio/contenedor (para él ya fuertemente ideologizado desde la estética arquitectónica) que muestre, ni las obras que se imponen desde la Institución que los rige (siempre al servicio de la ideología dominante), ni por supuesto esas que se hacen para identificar el arte con la vida. Para nuestro ínclito director, todo arte emanado desde el (un) Museo en tanto que Institución no puede ser otra cosa que una forma de legitimación que ayuda a perpetuar el mismo discurso que justifica esa producción que nos ofrece. En fin, el demoni.

Por eso está tan de acuerdo con Gertrude Stein cuando decía “Ningún museo puede ser moderno”, y por eso se hacía estas preguntas en el citado texto: “¿Por qué construir un edificio (separado, único, exclusivo) para contener las obras de arte? ¿no habrá otros medios de comunicación y relación espectador-obra de arte más adecuados y más relacionados con el entorno físico y cultural del lugar geográfico específico? ¿Cómo hacer para que cada obra sea particular, individual y se inserte en su especificidad contextual?”. Y por eso continúa: “Si nos fijamos, el Museo está basado en una idea, procedente del siglo XIX (época en la cual nacieron los museos), idealista del arte, dado que su principal función: conservar, considera el arte como algo eterno”.

Así, el autor rechaza las museos: “El museo conmemora, sacraliza, celebra la memoria o el genio. Se propone como templo del arte y del conocimiento. Produciendo el conocimiento del arte el museo tiende a valorizarse a sí mismo: él se crea sobre y a través del conocimiento que él mismo a contribuido a crear”. Antes de continuar un dato: justo en esa época de pleno activismo revolucionario le ofrecieron la dirección del Museo de Arte Contemporáneo de Castellón. Seguramente para no verse muy traicionado ni por su conciencia ni por sus enérgicos alegatos lo aceptó, pero cambiando el nombre de Museo por el de Espacio. Ay la conciencia...

Después está el asunto de los mecenas o patrocinadores. Ahí, el bueno de nuestro director es tanto o más radical que en el asunto anterior. Toda inversión en arte realizada por de las grandes empresas, viene a decir, no es sino una forma de perversión que conduce al arte, en última instancia, a la autocensura (“con la implicación de grandes compañías en el mundo del arte se está generalizando una amplia autocensura”). No carece de lógica su argumento, pues como todos sabemos quien paga manda. El citado texto está plagado de datos que demuestran cómo las grandes empresas inversoras en arte lo son, en principio y fundamentalmente, a beneficio propio (sic). “Parece evidente -apunta- que el mercado se ha convertido en el principal organizador de la vida artística” (sic).

Por todo ello resulta como mínimo curiosa, ahora (?), la actitud del actual director de uno de los más prestigiosos Museos de Arte Contemporáneo del Mundo. En su reciente entrevista aparecida en la revista de papel MAKMA parece amar a los coleccionistas/mecenas/patrocinadores/inversores, pero no igual a todos. Ama mucho más a los que más ponen. En y para su proyecto, claro, el proyecto de dirigir un Museo de Arte Contemporáneo clara e inevitablemente ideologizado, ¿no?

Ante la pregunta del entrevistador Salva Torres “¿El IVAM, como museo público, se enfrenta al auge (sic) de la iniciativa privada por dejadez de las instituciones públicas en relación con la cultura?”, nuestro asertivo director responde “Que quede claro, si alguien se gasta dinero en comprar arte, muchísimo mejor que si se lo gasta en un yate” (sic). Siendo ese Coleccionista Privado potencial -o fáctico- quien después, ya con una gran colección, será bien visto por él, el Director del Museo, sí y sólo sí, cede su obra al Museo o aporta grandes sumas de dinero al mismo: “De manera que yo amor al arte, todo, pero soy del amor al arte de Soledad Lorenzo, que cede su obra al Reina Sofía, de Martínez Guerricabetia, que cede su obra a la Universidad de valencia, de los coleccionistas americanos que dan 200 millones de dólares [y lo repite], 200 millones de dólares, para la ampliación del MoMA. Yo soy de esos”. Pocos ascos, pues a los Coleccionistas Privados (Grandes Empresarios) con independencia de cuál sea el lugar de procedencia de las fortunas que les han permitido ser coleccionistas. Y no me refiero a los por él citados, por supuesto, sino a los que debido a una iluminación cambien su fea costumbre de comprar yates por la humanitaria de ponerse al servicio de la ideología dominante. Poniendo, pues y en cualquier caso, que es lo que verdaderamente importa.

Curioso, insisto, porque no tengo nada en contra de quienes cambian de opinión, pero algo me resulta sospechoso cuando en la “nueva opinión” de alguien hay algo que niega contundentemente  todo un pasado de activismo revolucionario basado, precisamente, en la confrontación con lo que ahora acepta no sólo con normalidad sino con ansiosa satisfacción. Es como si un político en ciernes dijera que sólo pueden gobernar políticos que vivan en barrios periféricos y que acudan en metro al centro, y una vez consolidado como político se comprara un chaletazo en una urbanización de ricos con una piscina que pareciera salida de un cuento de Los Pitufos. Lo mismo.

No sé, pero el caso es que quien hace unos días despotricaba de los museos y su inevitable ideologización -devastadora y alienadora- ahora pide más espacio contenedor y por eso propone una ampliación, “porque el IVAM necesita otros espacios”.

Notas. 1.Para más información puede revisarse el folleto publicado por el IVAM “Hazte amiga hazte amigo del IVAM”, en donde se distinguen tres categorías jerárquicamente de menor a mayor (por aportación económica): Amig@s del IVAM, Miembros de honor y Patrocinadores del IVAM. 2.Resulta que ahora la mejor parte de la Colección del IVAM es, para todo el mundo (incluso para quien entonces se declaraba anti-formalista puro), la que se acometió con el Director más formalista de todos los que han pasado por el Museo: José Manuel Bonet. No deja de tener su gracia.




domingo, abril 02, 2017

La retórica de Eloy

En retórica oratoria pueden distinguirse dos corrientes de filiación (y de actuación) con sus respectivos grados, como ya se advirtiera en el tratado Sobre lo sublime (de pseudo-Longino) que tanto éxito tuvo en el siglo XVIII: por una parte se encontraría la representada por los seguidores de Apolodoro, que sostendría que en el arte de la oratoria se podían fijar principios de valor científico, tales como la persuasión ejercida por medio de la palabra, que debía ser usada de la forma más racional posible, con el apoyo de los hechos y apartándose de toda posible ilusión o sugestión que pudiera propiciar el embelesamiento, la exaltación y el éxtasis. Y por otra estarían los seguidores de Teodoro, que asignarían un papel predominante a la pasión, a la parte afectiva e irracional del alma humana, al sentimiento que irrumpe al margen de toda razón que ya no se conforma con la persuasión y pretende el éxtasis.

Puede que uno de los filósofos vivos más importantes del mundo sea actualmente Antonio Escohotado, un perfecto representante del pensamiento que se forja sobre el uso del verbo y el sustantivo como instancias de conocimiento en su sabia conjunción, evitando en la medida de lo posible toda adjetivación y reduciendo al mínimo la adverbiación. De la misma forma, o por ello mismo, su oratoria sería una perfecta muestra de retórica a la manera de Apolodoro. Sobriedad, elegancia, empirismo y racionalidad llevados a un tipo de argumentación que no hurga en las emociones del espectador, sino que más bien al contrario le insta a esa misma sobriedad y racionalidad.

Respecto a su faceta de orador, que es la que aquí nos ocupa y no otra (que daría para largo), puede decirse lo que puede comprobarse en muchos de los vídeos colgados en la plataforma youtube. Yo he tenido la paciencia de verlos/escucharlos todos, lo que sin duda ha servido, entre otras cosas, para potenciar -en perfecta avenencia con la memoria- mis conocimientos adquiridos en la lectura de sus libros. Los he visto todos aun cuando una de las dos facetas de Escohotado como pensador me interese mucho menos que la otra, porque en efecto son dos las vías de análisis/investigación/pensamiento por las que el filósofo/historiador se ha instalado en la elite del pensamiento mundial. Salvo alguna veleidad científica y asumiendo el reduccionismo que todo resúmen conlleva estas dos vías serían, por una parte el asunto de las drogas y por otra el del comunismo como forma opuesta del liberalismo económico. (En este sentido los que a mí me han parecido más interesantes con diferencia son los que hacen referencia a su obra magna, Los enemigos del comercio: https://youtu.be/bU04v-RBXAw).

En cualquier caso revisitar alguno de esos vídeos (que no son más que conferencias en las que se le ha requerido para hablar de esos dos asuntos sobre los que es un auténtico especialista) resulta sumamente instructivo en la medida en la que eluden la síntesis consuetudinaria para ofrecer al espectador una síntesis creativa, es decir, una síntesis que aun teniendo de referencia el asunto por el que ha sido requerido Escohotado acaba organizando una charla con un cierto nivel de autonomía temática. Escohotado sabe, como buen orador, que la gracia no puede estar en el resumir 14 años de investigación, sino en las distintas formas de contar el asunto, de expresarlo.

Pero por volver al asunto inicial: si podemos afirmar que Antonio Escohotado es, desde luego, un orador inspirado por Apolodoro, podemos también afirmar que su compañera de mesa -en ése otro vídeo sobre el tema de las drogas: https://youtu.be/x5ys77hquMM-, Fernanda de la Figuera, es una oradora inspirada por Teodoro. El primero usando la contención, la mesura y la precisión en el uso de datos, y la segunda usando la exaltación para apelar a las emociones y los afectos.

¿El resultado? Pues dependerá de para quién. Como siempre. A mi juicio Escohotado logra transmitir una credibilidad absoluta con independencia de que se pueda estar o no de acuerdo con lo que en última instancia podrían ser considerados juicios personales (que se encontrarían en otra dimensión de los argumentos más vinculados al empirismo de los hechos, que por otra parte llevan el peso del discurso), pero de lo que nadie puede dudar es de la ingente cantidad de conocimientos que posee, los que precisamente le permiten expresarse con esa serenidad que relega los adjetivos y con los que evita la exaltación.

Fernanda de la Figuera, sin embargo, no hace otra cosa que apelar a los afectos y la emociones. Su discurso es un grito y su argumento la queja y el lamento, e incluso el insulto. De tal forma que su oratoria acaba produciendo, a mi juicio, (y como yo no soy Escohotado y sí gusto de los adjetivos) un discurso vacío, hueco, inconsistente, pueril e incluso burdo y en definitiva zafio, histérico, grosero. Así es como ver este vídeo, que contiene intervenciones de ambos ponentes, puede resultar instructivo para todo aquel que quisiera ver con claridad la diferencia entre los dos tipos de oratoria, la inspirada en la razón y la inspirada en las pasiones.

Pero como decía más arriba estas conclusiones son, sólo (?), el producto de mi juicio particular, que no tiene por qué coincidir con el de otros espectadores. Es más que posible que quien decidiera ver los vídeos aquí comentados -y linkeados- pueda llegar a otro tipo de conclusiones, algo que no me sorprendería demasiado a tenor de la respuesta que en vivo y en directo recibieron dichos ponentes a lo largo de sus intervenciones. La respuesta del público ante las intervenciones de Escohotado fue el silencio casi sepulcral, sin embargo ese mismo público interrumpió a Fernanda con vítores y aplausos en varias ocasiones.

¿Qué puede querer decir esto? Lo que en principio se me ocurre no es más que lo que la evidencia señala: que a los espectadores de esas ponencias les ponía cachondos la exaltación de Fernanda aunque la base de su burdo discurso (más allá de la vehemente defensa de un amigo suyo injustamente condenado por la Justicia) fuera extremadamente… populista. O precisamente por eso, por tratarse de un discurso netamente populista su entidad y su forma no pudo ser más que burda.

De tal forma se manifestaba la catadura intelectual de ese público asistente (público eminentemente joven). Un público que se quedaba aplatanado ante el exhaustivo y explícito Conocimiento que ni poseen ni desean poseer (porque en todo caso no lo necesitan para quejarse) y que sin embargo empatizaba con un discurso fundamentado en los gritos histéricos de una mujer que carecía de argumentos (porque tampoco los necesitaba para seducir a los ya de por sí tendentes a la exaltación debido precisamente a su falta de Conocimiento).

Post Scriptum. Por cierto, es precisamente Escohotado quien en su magna Los enemigos del comercio (3 tomos) hace un preciso análisis del concepto Comunismo y por extensión también del Populismo. Como también lo hace José Luis Pardo en su Estudios del malestar, uno de los mejores ensayos publicado en estos últimos años. No apto, por supuesto, para amantes de la queja y la adrenalina.

lunes, junio 27, 2011

¡Malditos!

El insulto es una afrenta que deviene de la necesidad de humillar al otro, de ofenderlo, de rebajarlo. Contiene dos variables que condicionan su eficacia respecto a las intenciones: las circunstancias (el contexto) y la importancia que el destinatario le da al ente proferidor. Motivo por el cual puede concluirse con que el insulto sólo acaba ofendiendo a quien se deja. Podríamos decir que hay dos grandes tipos de insultos, los que pretende ser directamente ofensivos y los que son más constatativos; no es lo mismo decirle a alguien “eres un mierda” que decirle “eres un canalla”. Por ejemplo, si en referencia a cierta actitud social yo me dirigiera a un colectivo para pronunciar la expresión “malditos canallas”, sólo serían posibles dos respuestas: la de que quienes minimizaran su sensación de ofensa debido a la posible reivindicación de la actitud que ha generado el insulto y la de quienes se sintieran ofendidos debido al calificativo “malditos”. Es claro que ante el primer tipo de personas no se habrían dado los resultados que exige todo insulto desde quien lo profiere. A mi particularmente, si alguien me llamara hijo de puta desde la ventanilla de un coche yo me sentiría contrariado pero no ofendido.

Hace ahora 17 años vi por televisión las imágenes que más me han impactado en todo mi vida. Las vi en un telediario mientras comía y retornan a mi memoria con una frecuencia pertinaz y nada previsible. Fueron imágenes desgarradoras que se volcaron a los espectadores con la típica aquiescencia informativa de muchos noticiarios y se les otorgó, en aquel momento, la misma importancia que se les otorgaba a los fallecimientos de motociclista que colisionan con una medianera. Fue en parte por eso por lo que el impacto producido en mí fue mayor. Las imágenes extremadamente violentas venían comentadas, cómo decirlo, como con la naturalidad propia de quien viene a mostrar y corroborar lo que se espera del día a día en un mundo ya habituado al desastre. Sin aspavientos, pues, con una mezcla de sorpresa y conformismo. Y sobre todo, como si la cosa no fuera tan grave como lo que las imágenes parecían indicar. Y sobre todo, como si no fuera con ellos, es decir, con nosotros.

Sucedió, como digo, en 1994 y me refiero a esas imágenes en las que aparecían un grupo numeroso de hutus persiguiendo a machetazos a un puñado de tutsis. Los primeros eran negros de Ruanda, armaban unos machetes tremendos y sus rostros mostraban un grado de ira indescriptible, los segundos eran negros de Ruanda y corrían con la cara desencajada mientras recibían unos machetazos que les iban abriendo las carnes en varias partes de su cuerpo. Los negros tutsis intentaban escapar de esa muerte salvaje pero no lo conseguían. Las cámaras de televisión se encargaron de mostrárnoslo con toda la claridad y crudeza posibles: en la despiadada carrera persecutoria los hutus siempre llegaban a los tutsis y los masacraban abriéndoles las carnes de los brazos, de la espalda, de la cabeza, de las piernas y del abdomen. Y eso lo vimos porque las cámaras estaban allí, pero lo que no fueron capaces de mostrarnos fue lo que no vimos, el otro lado de la luna: las cientos de miles de violaciones cometidas contra las mujeres tutsis.

He de añadir que mi conmoción no se produjo tanto debido a las imágenes, que desde luego también, cuanto por el carácter rutinario con el que fue siendo dada la noticia de lo sucedido en Ruanda durante varias semanas. Nadie de la Comunidad Europea alzó la voz demasiado fuerte. La ONU se rascaba la coronilla y los progres, esos mismos pogres que después se manifestarían en tromba por la guerra en Irak, estaban en las Maldivas con un mojito entre las manos y debajo de una sombrilla. O acariciando una foca.

Titular de hoy (25 de Junio de 2011) en El País: “La justicia de la ONU condena a la primera mujer por genocidio”. Una vez más la Historia se repite y comprobamos con estupefacción cómo la ceguera de un presente continuo no es más que el producto de una mirada aviesa y pervertida, valga la paradoja (como sucedió con la invasión nazi. Vista aviesa, vista gorda: ceguera). Internacional y políticamente nadie pareció conmoverse demasiado ante un problema demasiado ajeno y complicado. Ahora, Pauline Nyramasuhuko, de 65 años, de la etnia hutu y antigua ministra ruandesa de Familia, “es la primera mujer condenada a cadena perpetua por genocidio. El Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Tanzania, la señaló ayer como responsable de haber organizado el secuestro y la violación de mujeres y niñas tutsis”. ¡AYER!

Dice además, y esto es lo significativo: el gobierno hutu “dejó en 1994, según la ONU, unos 800.000 muertos. Hasta 500.000 mujeres fueron violadas y acabaron infectadas con el virus de del sida. Para conservar su influencia en África y el acceso a las materias primas, la comunidad internacional no reaccionó a tiempo. Tampoco usó al principio el término genocidio, que le hubiera obligado a intervenir”. ¡AL PRINCIPIO!

¿Dónde están ahora esos malditos progres que veranearon todo el 1994 en las Maldivas? ¿Dónde están ahora esos malditos progres que enarbolan una pancarta que dice “¡Abajo el capital!” mientras a diario mueren decenas de civiles en Afganistán y en Libia? Ya digo: si alguien me llamara hijo de puta (o reaccionario) desde la ventanilla de un coche (o desde detrás de una masa parecida a la que persigue a Rosa Díez o a Albert Rivera) yo me sentiría contrariado pero no ofendido. Lo siento, pero no puedo con quienes creen fervientemente en su superioridad moral.