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domingo, septiembre 09, 2018

Sin Arte II


Al hilo del último post

y al hilo de otros otros posts también recientes:

En algunos de los últimos posts ha intentado uno describir la situación en la que se encuentra “eso” (esa actividad, esa disciplina) que aún tantos se empeñan en seguir llamando arte. Vano empeño (de uno), el de convencer a alguien de la futilidad de su actitud si no está dispuesto a escuchar nada que le pueda contravenir. Porque cuando uno habla de la inexistencia del arte no habla uno ni de creadores ni de su producto, que de esos y eso cada vez hay más, lógicamente. Así, no habla uno de lo que los demás sobre-entienden (no sé por qué), sino de la inexistencia del arte por la inevitable imposibilidad de su existencia.

De hecho, cuando hago referencia a la inexistencia del arte ¡no me refiero nunca ni a los creadores ni al producto que generan! (que ahí están ellos en tanto que artistas y ahí está el producto mostrado en nombre del arte, insisto), cuanto a una situación, la actual, que resulta perfectamente incompatible con la idea del arte que paradójicamente defienden tanto esos mismos creadores como los intermediarios que pretenden hacer negocio con ellos -galeristas y comisarios. Una idea del arte que devenida del final del XVIII se encuentra ahora perfectamente periclitada por una FUERZA MAYOR, el “simple” paso del tiempo. En este caso además con el aliño de un cambio de ERA, de la Analógica a la Digital. Y repito: Harald Szeeman dio el pistoletazo de salida, Lehman Brothers el gran empujón y la Redes Sociales la estocada definitiva.

Harald Szeeman mostrando un Sistema que ya no contemplaba la linealidad histórica y mostrando por tanto la imposibilidad de historiar el producto/arte, que no es sino una forma de negar la posibilidad de la Historia del Arte ante el arte actual; una forma de negar la posibilidad de aplicar la Historia a las nuevas formas de entender y organizar ese producto/arte. El caso Lehman Brothers desvinculando de forma brutal el concepto arte del concepto futuro; fue la caída de Lehman Brotehers en tanto que provocadores privilegiados de la la Gran Crisis Mundial la que le extirpó al producto/arte esa condición sagrada que venía sostenida por un mercado absolutamente disparatado y mostrenco (2007). Y las Redes Sociales haciendo real la verdadera democratización del arte, algo en lo que el arte venía fracasando desde hacía más de 100 años; fueron las Redes Sociales las que realmente hicieron posible y verdadera esa ecuación que tanto excitaba a los elitistas “artistas”, que eran todos: Arte=Vida.

Una de las consecuencias más patéticas que se dan en esta desconcertante coyuntura es, lo hemos comentado en otras ocasiones, el apasionado AMOR que ha unido a los artistas y a las Instituciones. Un AMOR tan apasionado como inquebrantable. Así, los artistas hacen -crean- exactamente lo que a esas Instituciones les interesa. Y son felices todos comiendo perdices: ellos, los artistas, creyéndose libres pero trabajando duramente para el “único mercado” que verdaderamente les hace caso, el ideológico, y ellas, las Instituciones, usando a los artistas para limpiar sus trapos sucios y mostrar de paso una imagen comprometida. Porque no nos engañemos, no hay nada que ponga más cachondo a las Instituciones del hoy que mostrarse comprometidas y, ¡oh casualidad! nada hay que ponga más cachondos a los artistas del hoy que saberse comprometidos. El AMOR, pues. Otra cosa es ver qué pasa cuando entra en acción el interés de un artista por ganar dinero con su trabajo y otra cosa es también ver qué pasa cuando entran en acción (en el “otro mercado”) los brokers del arte y reivindican su tajada. Otra cosa porque es entonces cuando todo el mundo habla del poco interés que hay en la sociedad por el arte, y es cuando ya nadie habla de visitantes en las galerías y museos, sino de compradores, coleccionistas e inversores. La QUEJA.

En el último post hacía uno referencia al Festival Abierto Valencia, un evento creado por los galeristas profesionales con dos fines: revitalizar (sic) las ventas y culturizar (sic) al pueblo valenciano. Veamos lo que el El Cultural del ABC decían ayer 4 jóvenes galeristas con motivo de su Apertura, un evento creado en Madrid con las mismas intenciones que el de Valencia. Ante la pregunta “¿Cómo van a hacer sus presentaciones oficiales en este Apertura?” contestaban esto (y cito textual e íntegramente):

-P.C.:Presentaremos a Gabriela Bettini, artista de la galería desde sus inicios. Su Primavera silenciosa habla de diversidad, de ecología, de feminismo, con un componente político.
-N.M.: Nuestra apuesta será Cristina Ferrández. Campos de utopía se centra en los casquetes polares y habla de la fragilidad del paisaje.
-L.M.: Aquí desplegaremos el trabajo de Lecuona y Hernández, colectivo canario con el que comenzamos a trabajar. La exposición se llama Cuestiones vivas y se centra en lo identitario.
-C.D.: Barbara Hammer, histórica y pionera del cine experimental feminista. Será una muestra poco comercial.

La originalidad que emana de las propuestas artísticas es apabullante debido a su poca previsibilidad que se desprende de los temas elegidos. En cualquier caso si los artistas no vendieran siempre les quedará la Institución que sin duda los acogerá con las piernas abiertas. Y si las galerías no vendieran siempre les quedará la queja... y sus reuniones con las Instituciones... para ver si pillan algo.

Post Scriptum. Para entendernos no hay más remedio que llamar arte a eso que todos siguen llamando arte aún cuando la tesis sea que ya “no hay Arte” desde que éste se democratizara realmente a través de la existencia de las Redes Sociales.

lunes, enero 15, 2018

Es que me muero de risa con el mundillo del arte II

Hace unos días aparecía esta noticia a toda página en la contraportada de El País:

“Una exposición repleta de falsos 'modigliani'”

La contundencia de la noticia se vale por sí misma, ya no tanto por lo que dice cuanto por lo que significa. Decir repleta no es decir cualquier cosa, es decir, repleta. Tal y como el mismo subtitular reza con un tipo de letra intermedia:

“Un informe policial asegura que un tercio de los cuadros exhibidos en Génova la pasada primavera no eran auténticos”

Lo cierto es que el Arte Moderno y Contemporáneo tienen sus cosillas. De hecho, son las cosillas que envuelven a ese Arte Moderno que comenzó a imponerse a finales del XVIII las que de forma previsible nos condujeron a su inevitable acabamiento. Y así le ha ido al Gran Relato que fue la Historia del Arte: que ha desaparecido en los bajos fondos de la Revolución Tecnológica. Aunque haya tanta gente que se muestre reacia a percatarse de esa desaparición, bien por inercia, bien por melancolía, bien por intereses económicos.

Así que el Arte fue un sueño -de la razón- que transcurrió entre Revoluciones, la Francesa y la Tecnológica. Ese periodo de tiempo en el que el Arte se imponía a dedo... ya no por Reyes, como en el Antiguo Régimen, sino por Expertos; críticos, exegetas, historiadores, marchantes, políticos y narcotraficantes. No hay persona mínimamente informada que no sepa que el Arte Moderno surge, precisamente, cuando la maestría y la excelencia (de un arte al servicio del Poder) fueron sustituidas por la sinceridad y la autenticidad de unos seres (artistas) que justificaban su presencia en el hilo narrativo de la Historia a partir de un relato hiper-racionalizado, valga la paradoja y en contra de las apariencias.


El caso es que ¡“Un tercio de los cuadros exhibidos en Génova la pasada primavera no eran auténticos”!, dice la noticia […]. Perdón por la pausa, pero es que me da la risa y me cuesta escribir, se me emborrona la tinta con los lagrimones que se me escapan involuntariamente. Sobre todo cuando pienso en los más de 100.00 visitantes que salieron del Palacio Ducal cachondos por la ingesta de Alta Cultura. Si verdaderamente fueran dignos de tanta cultura exquisita exigirían la devolución del dinero de la entrada, y los padres y profesores pedirían compensación por los daños y perjuicios causados por la pérdida de autoridad ante hijos y alumnos. Me meo. Perdón, pero es que me imagino a esos profesores de instituto intentando culturizar a los amantes de Netflix señalando la genialidad de lo que habían hecho unos cuantos mindundis... y me meo. Perdón de nuevo, pero es que leo las conclusiones de la experta (Isabella Quatttrocchi) que ha analizado las obras expuestas, “están vulgarmente falsificadas” y es que no lo puedo evitar, me meo. Y perdón.

Para completar información:
https://albertoadsuara.blogspot.com.es/2017/08/es-que-me-muero-de-risa-con-el-mundillo.html

domingo, julio 30, 2017

Hegel y el progreso

O Hegel y el progresismo


Para la común y más extendida forma de historiar el Arte y la Cultura los periodos históricos no son sino esos lapsos de tiempo en los que un determinado Espíritu se ha manifestado de una concreta forma aun con todas sus pequeñas variables y excepciones. Esto es, se ha manifestado de forma colectiva, en las formas supraindividuales de las naciones o de los periodos. De tal forma que es el espíritu de Hegel el espíritu más reencarnado del mundo… y por tanto de la Historia Universal. Así es como cierto entendimiento de la Cultura y de las Civilizaciones ha logrado imponerse durante más de 200 años: considerando que cada época se manifiesta de una determinada manera evidente… a través del producto que resulta más representativo. Nadie (¿) ha podido evitar el influjo poderoso de Hegel ni aun toda la obsesiva determinación por distanciarse de él, como le pasó al bueno de Burkhardt, el padre de la Historia Cultural, que no pudo apartarse de Hegel ni un minuto. Todas las críticas, las apostillas, las correcciones, las refutaciones, los remedos, las aportaciones de filósofos historiadores y antropólogos a las tesis de Hegel no han servido, al fin a la postre, más que para perfeccionar la necesidad de entender las épocas a partir de las entidades supraindividuales. Y de entender la Historia como despliegue de la mente divina que cobra sentido en la inevitable autorrealización del Espíritu. Es Hegel quien nos presenta el desarrollo de las artes como un proceso lógico que acompaña y regula el desarrollo del Espíritu y él, por tanto, quien implanta un Sistema que no ha podido ser orillado por todo el pensamiento que durante más de 200 años se ha ido considerando a sí mismo progresista. En efecto, así fue como durante esos más de 200 años “TODOS” los expertos en Arte y en Historia se abandonaron a esta religión del Progreso con fines de Autorrealización del Espíritu y configuraron esa Historia del Arte que es UNA y sólo UNA. Y quien conserve alguna duda respecto a esa unicidad tan radical que intente hacer un listado de artistas ordenados cronológicamente de los siglos XIX y XX, por ejemplo. A ver si le sale un lista distinta de la que todos conocemos.

Así, la “voluntad artística” de Riegl y el matiz al respecto de Worringer, la dualidad de conceptos de Wölfflin, el psicologismo historicista de Burchardt, el método iconológico de Warburg, el enfoque personalista de Morelli, el idealista de Croce, el biocéntrico de Huyghe, el psicoanalítico de Kris, el sociológico de Francastel, los revisionismos de conservadores como Rene Clair, y sobre todo las variaciones marxistas de Hauser, Plejanov, Lukacs, Antal y Argan, no son más que pequeñas variaciones que confirman que la Historia es UNA y que el Arte, gracias a esa Historia ha superado sus pueriles jugueteos con la Belleza para pasar a ser la “expresión y realización del Espíritu”.  

La semiótica, el estructuralismo, la fenomenología, el existencialismo, el postestructuralismo, la hermenéutica, la lingüística, el psicoanálisis, etc., no consiguieron ser otra cosa (en su aproximación al mundo del Arte) que disciplinas excéntricas del saber puestas al servicio esa Historia que sólo puede ser UNA. Rosalind Krauss, por ejemplo, hizo un esfuerzo colosal por revisar el arte desde el punto de vista del psicoanálisis y lo que le salió es una interpretación excéntrica de los artistas que conforman… esa Historia del Arte que es UNA. Barthes, por su parte, se empeñó en hablar del grado cero del autor pero  a poco que se descuidaba recurría a Avedon y Stieglitz para explicar la fotografía. Aportaciones interesantes, pues, para la Historiografía que no varían un ápice la Historia UNA.

Por eso vale la pena insistir: si alguien quisiera comprobar hasta qué punto la Historia del Arte es UNA no tendría más que citar cronológicamente los nombres de los artistas que conforman una historia lineal del Arte. El resultado no podría que ser otro que el configurado por esa única historia elaborada desde ese pensamiento que se piensa a sí mismo como progresista. (Otra cosa sería hablar de lo que pasa una vez la Historia del Arte ha quedado cerrada, esto es, muerta y por ello es sólo una cuestión de pasado).

De hecho Hegel nos presenta el desarrollo de las artes como un proceso lógico que acompaña y regula el desarrollo del Espíritu. En su Sistema, Todo Arte –así como Toda Cultura- existe por derecho propio. Todo lo producido (en pasado, da igual si se trata de un cuadro o una guerra) representa una etapa hacia la realización del Espíritu, con lo que todo fenómeno histórico queda legitimado desde su misma existencia. No existiendo, además, la posibilidad de que la Historia hubiera podido equivocarse. El progreso, por tanto, como proceso de una evolución del Espíritu (divino) que se piensa a sí mismo en un proceso de ascenso que conducen a la plena autoconsciencia.

Así es como Hegel pudo engatusar no ya tanto a tantos expertos en Arte y configuradores de esa Historia del Arte que es UNA, sino, también, a todos aquellos que se pudieran ver reflejados en esa tesis justificativa de los acontecimientos –pasados- en tanto que producto de las determinaciones de esos personajes que el propio Hegel llamó “individuos histórico mundiales”.

Porque en efecto, si algo de Hegel ha llegado más lejos que su influencia en expertos del Arte y su Historia, ha sido sin duda la Filosofía de la Historia, que desarrolló con esa concepción de los hechos/acontecimientos entendidos como procesos inevitables del progreso. De ahí su admiración por los soberanos, esos seres que tomaban las riendas de la Historia para conseguir que el Espíritu se desplegara firme –y adecuadamente- hacia su plena autoconsciencia. Los soberanos, que no son otros que los verdaderos filósofos/poetas de la Historia (de esa Historia que es Filosofía de la Historia como todo Arte es Filosofía del Arte), los inoculadores de la Razón (astuta) en la Historia, en fin, los “individuos histórico mundiales”, en definitiva los líderes mundiales que de alguna forma dirigen el decurso de la Historia con sus siempre sabias decisiones y determinaciones, ya sean esos soberanos Generales, Jefes de Estado o Iluminados.

Sabemos lo que Hegel pensaba de Napoleón de la misma forma que sabemos lo que de Hegel pensaban Marx, Stalin, Lenin, así como, y salvando las distancias, los influyentes pensadores de la Teoría Crítica, o los de la Escuela de Francfurt, todos followers de Hegel, si bien con distintas intenciones en la aplicación de los mismos principios sistémicos. En cualquier caso se trataba de entender el proceso como un ascenso de categorías lógicas que desde lo dialéctico (como forma de superación de las contradicciones) conducen al despliegue del Espíritu, a su plena autoconsciencia.

El contenido fundamental de la empresa hegeliana, totalizadora y sintética, es la Idea, que siendo sustancia misma de lo que es, se despliega a través de la dialéctica, que a su vez no es otra cosa que la superación de las contradicciones. Y esto es, valga la pena el anticipo, lo que siempre puso cachondos a los pensadores que se pensaban a sí mismos progresistas, y sobre todo a quienes tocados por la Razón Divina (“individuos histórico mundiales”) decidieran imponer la superación de las contradicciones de un único modo.  Así, someter la Historia a la luz de la Razón y a la impronta de la Idea (proyecto propuesto por Hegel cuyo éxito ha ido configurando la Historia Universal de la Humanidad) no era otra cosa que poder decir respecto a la invención de las armas de fuego: “la humanidad las precisaba y, de repente, helas ahí, al alcance de sus manos”, para poder asignar a la Guerra un plano abstracto, esto es, elevado, para poderla considerar un instrumento del Espíritu.

O por decirlo de otra forma, gracias a la superación de contradicciones, y a través del ejercicio dialéctico, para Hegel todo lo negado no es relegación sino integración; no hay pues aniquilamiento de lo negado sino incorporación al Todo. Y para aclararlo recurre a ese capullo que se convierte en flor; el capullo es negado por la flor pero no aniquilándolo, sino conservándolo. La superación de contradicciones, por tanto, como acción de suprimir y negar conservando, sin aniquilar: lo negado es integrado en una síntesis que unifica los momentos antitéticos. De esta forma lo negativo cobra un papel importante en su Sistema en tanto que destruye, mantiene y también conserva. Así que ya sabemos cuál es el momento exacto por el que Hegel ha puesto tan cachondos siempre a los pensadores que se han creído a sí mismos progresistas: ese en el que aceptamos que la construcción de sentido mediante la acción política (siempre guiada por las astucias de la Razón) tienen inevitablemente un coste. Tal y como puede serlo, por ejemplo, el de la Guerra. Un coste que mida como se mida siempre será el inevitable en la consecución del objetivo, que no puede ser otro que el que el Espíritu se realice.

Así que ahora ya estamos en condiciones de entender mejor esa afirmación que hacíamos más arriba, la de entender el progreso como un ascenso de categorías lógicas que desde lo dialéctico conducen al despliegue del Espíritu, a su plena autoconsciencia, para poder justificar a los soberanos en la toma de decisiones tales como la de provocar una guerra. La Guerra no deja de ser para Hegel una simple síntesis que unifica los momentos antitéticos; un ejercicio de integración relativa que tiene unos costes siempre inferiores a los beneficios que proporciona encaminarse adecuadamente hacia el despliegue del Espíritu. Los soberanos, es decir los “individuos histórico mundiales” no tenían que conocer la Historia sólo tenían que orientarla, como dice José Luis Pardo en su excelente Estudios del malestar. Y la Historia nunca se equivoca, que por algo está confeccionada por individuos –seguro que histórico mundiales- que ineluctablemente han acertado en sus decisiones valorando adecuadamente los costes.

O dicho aún de otra manera; entender el progreso como un proceso en ascenso de categorías lógicas que desde lo dialéctico –y su consecuente superación de contradicciones- conducen al despliegue del Espíritu, a su plena autoconsciencia, no es sino una forma peculiar de poder decir, entre otras cosas, “viva la Guerra en su inevitabilidad”. Algo que vino muy bien a todos aquellos que se creían progresistas, ya digo, hablando de derecho pero despreciando la libertad. Fe ciega, por tanto (la de quienes se creen progresistas), en los soberanos, los verdaderos poetas/filósofos de la Historia. O lo que es lo mismo, fe ciega en ese soberano que representa al Estado, “esa instancia social que ha alcanzado la plena consciencia de sí misma” en palabras del mismo Hegel.

Es una forma peculiar de ver la Vida (la Historia Universal en tanto que autorrealización del Espíritu) ésta de asignarle pleno valor (en su doble acepción) a las decisivas determinaciones de esos soberanos que –gracias a las astucias de la Razón- nunca se equivocaban en sus declaraciones de Guerra. Una peculiar forma de ver la Vida ésta, la de considerar que la Guerra es un instrumento del Espíritu; tan peculiar como la de todos esos followers de Hegel a los que les pone tan cachondos esa justificación de la invención de las armas y la pólvora basada en el proceso dialéctico; una forma peculiar de ver la Vida ésta, la de atribuirle a la Guerra lo que no se le quiere atribuir a la búsqueda de condiciones para la Paz. ¿Acaso no resulta tan peculiar como coherente que las tesis de Hegel pongan cachondos a quienes se creen progresistas? A Hegel le ponía cachondo Napoleón y a sus followers les pone cachondos ese Hegel al que le poneía cachondo Napoleon. Todo cuadra. A Hegel le ponía más cachondo Napoleon que los comerciantes anónimos de la misma forma que a los followers de Hegel les pone más cachondos Hegel que los comerciantes anónimos, sobre todo si estos acababan siendo empresarios. Entre otras cosas porque los followers de Hegel han realizado con las tesis de Hegel una pirueta retórica cogiendo de ellas la parte (que les interesa) sin dejar de asignar a esa parte el valor del todo. Pero también porque el pensamiento progresista de los followers de Hegel (que no solo son historiadores al estilo Hobsbawn o Hauser, ni pensadores al estilo Marcuse o Adorno, sino soberanos amparados por la legitimidad de (alg)ún Estado) prefiere creer en lo épico/sagrado antes que en lo puramente profano. Resulta más épica una Guerra que un cúmulo de libre-comerciantes generando ciertas posibles condiciones de Paz. Hegel creía más en la pólvora que en los gremios de artesanos y sus comerciantes. Y los actuales followers de Hegel, que tan progresistas se creen defendiendo la redistribución de bienes, se pirran por esos soberanos que defienden los intereses de “su” pueblo con independencia de los costes que pudiera tener que soportar ese “su” pueblo.

Si uno mira atentamente el Guernica de Picasso sabe por qué su reproducción colgaba en las paredes de todos aquellos que se consideraban progresistas en los años 50, 60 y 70: no tanto por su rechazo a aquella guerra concreta como por la fascinación que provocaban unas imágenes indudablemente cruentas, es decir, no tanto por representar Guernica cuanto por representar la Guerra, que les fascinaba (si no, no hay otra forma de entender el hecho de tener presentes esas imágenes cruentas constantemente en tu propio hogar). Lo que no podían permitir aquellos que se consideraban progresistas –y por ello colgaban el cartel del Guernica en sus casas- es que no hubieran ganado los buenos, solamente eso.


En Los ángeles que llevamos dentro el psicólogo evolucionista Steven Pinker sostiene, por el contrario, que el comercio “elimina el incentivo del adversario a atacar, ya que se beneficia de intercambios pacíficos de igual modo […] Una vez la gente entre en relaciones de intercambio voluntarias se ve incentivada a tomar las perspectivas del otro para hacer el mejor negocio, lo que a su vez puede llevarlos a una consideración respetuosa del interés del otro”. Y añade poco más adelante: “Las élites intelectuales y culturales siempre se han sentido superiores a la gente de negocios y no se les ocurre atribuirles a los comerciantes algo tan noble como la paz”. Donde pone “élites intelectuales y culturales” podemos poner aquellos que se consideran progresistas, dando lo mismo que con ello se haga referencia a soberanos, historiadores, filósofos o concejales de cultura. Porque todos ellos creen en el plan de la Historia, o mejor, que la Historia tiene UN plan, que no es otro que aquel que le permita desarrollarse hasta la consecución de la realización del Espíritu. Algo que sólo será posible si se hace, lógicamente, desde el intervencionismo, con el Estado como máxima expresión de la voluntad divina. Así, si algo queda realmente aniquilado en este esquema es la libertad como concepto, pues el plan implica obediencia al patrón supuestamente encarnado en el Estado (a través del soberano, que puede ser un General, un Jefe de Estado o un Iluminado). 

miércoles, marzo 07, 2007

Barthes/Baudrillard

Lo he comentado en alguna que otra ocasión: decir de algo que es interesante es decir de ese algo más bien poco. Todo es interesante salvo para un cretino. Así que decir del libro de Barthes que es interesante no es decir demasiado, si bien es cierto que es interesante por varios motivos. Decir del mismo libro que es nocivo no deja de ser una bravuconada, si bien es cierto que responde a un sentir personal. Tan personal que resultaría difícil no titubear si tuviera que explicarlo con argumentos. Las cosas se dicen, no tanto porque se piensen, sino porque se saben. Y aunque muchas veces sabemos menos de lo que creemos otras veces sabemos más.

El libro de Barthes es nocivo en base a lo que ha producido su supuesto. Es decir, en base, no tanto a sus interpretaciones como a las aplicaciones de esas interpretaciones. A veces, cuando la teoría se alía con el mundo ordinario y doméstico, surgen desvaríos que viene de perlas a los especuladores, que no de ideas, sino de dinero contante y sonante. Así el librito de Barthes. Un libro interesante a partir del cual la Fotografía logró integrarse en el extraordinario mundo de las Bellas Artes. Todos los deseos de la Fotografía desde su mismo advenimiento se hicieron realidad a partir de las interpretaciones de La cámara lúcida. La teoría era, entonces más que nunca, la única capaz de sacralizar lo ordinario, y las fotografías no habían sido, hasta ese entonces, más que inevitables productos vulgares. Y además carecían de “cuerpo teórico”. O por eso mismo. Hasta que llegaron los exegetas de Barthes primero... y los buitres leonados inmediatamente después.

Nocivo en la medida en que sería nocivo Hegel, el Hegel inventor del Arte tal y como ahora lo entendemos. Nocivo en la medida en que alumbró una criatura nonata. En efecto, el Arte, tal y como lo inventó Hegel, nació con su misma imposibilidad. Y no hay más que ver la forma cómica en la que se ha ido desarrollando desde entonces. El Arte es, de esta forma, un juego macabro. Por muy cómica que sea su Historia.
De ahí que piense que maldita falta le hacía a la Fotografía entrar en los reinos del Arte. Y de ahí que me parezca tan nocivo el librito de Barthes. Responsable, por tanto. No culpable. Como Hegel con sus ocurrencias.

Ayer se murió Baudrillard. Otro tanto de lo mismo. Interesante pero nocivo. No para todos, pero sí para casi todos (los ciudadanos del mundo, claro). Decía hoy un columnista algo así como que el filósofo (cito de memoria) no tardó en denunciar todas aquellas perspectivas que se basaban en la realidad. Lleva razón el comentarista funerario, si algo obsesionó a Baudrillard fue ese original tema de la Realidad. Sus teorías acerca de lo simulácrico no pretendían otra cosa que cuestionar la cama donde nos derrumbamos cada noche. No tanto porque no fuera cama cuanto porque fuera falsa. Todo cimentado sobre una también original y combativa crítica a la sociedad de consumo. Interesante. Interesante en la medida en la que el bueno de Baudrillard era fotógrafo aficionado con ínfulas de ¿profesional?, ¿artista? Sus exposiciones iban, en cualquier caso, dando la vuelta al mundo en busca de algún comprador. Mientras la realidad nos engañaba, claro. El problema para el filósofo no se encontraba en la confusión entre medio y mensaje, sino en que el fin que se disfrazaba de medio. Nocivo, pues, no tanto en la medida de que dijera cosas interesantes cuanto en la medida en la que las Universidades se las creyeron y las conculcaron a toda una generación que ahora nos gobierna sin piedad.