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sábado, septiembre 05, 2015

El caballo de Turín (Béla Tarr)

El caballo de Turín (Béla Tarr)

Un caballo viejo y famélico arrastra al paso un carruaje a través de un camino polvoriento y árido. Lo guía un hombre mayor que debe hacerlo luchando con unas adversas condiciones meteorológicas de frío y viento.

Estos son los únicos ingredientes del largo plano secuencia que da comienzo a The Turin Horse. Toda una declaración de intenciones que sitúa al espectador en su justo lugar, que no podrá ser otro que aquel que lo ha predispuesto a aceptar unas concretas formas narrativas. Así, y después de esa larga secuencia, no habrá espectador desprevenido, ni habrá espectador situado en el lugar equivocado.

Viento y frío como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pero, ¿es en realidad posible un fin sin finalidad? ¿O precisamente se trata de la única posibilidad con sentido? ¿Tiene acaso sentido "nuestra" existencia? ¿Qué relación de sentido vincula la existencia con una finalidad? ¿Qué puede tener que ver con todo esto la predestinación, sobre todo si admitimos, ya que la Ciencia lo dice, que nada es eterno?

Pocas películas conducen al espectador con tanta claridad por vericuetos mayéuticos tan productivos y sobre todo emocionantes. Y si para ello deben incumplirse las normas básicas que dicta la "buena" escritura cinematográfica, pues se incumplen. Todo son preguntas sin respuestas en esta película donde parece no pasar nada mientras va pasando de todo. Precisamente porque la táctica consiste, como en el mejor cine de los últimos tiempos, en depositar sobre la mente del espectador la responsabilidad última de la misma creación de la película.

Dos son los personajes que llevan el absoluto peso interpretativo de unas secuencias sin apenas trama y diálogo alguno. Dos personajes de los que nada sabemos (caracterizados sólo por sus gestos), ni falta que hace, porque como digo deberán ser construidos por el espectador en un ejercicio de creación voluntarioso y constante. En este caso un hombre manco y su hija conviviendo en una casa en medio de la ruidosa nada.

No sabemos de qué viven, no sabemos lo que piensan, no sabemos lo que sienten, sólo sabemos lo que vemos que hacen. ¡No lo que hacen!, sino lo que vemos que hacen. Pero, ¿por qué? Ésa es la pregunta que uno se hace de forma implícita durante todo el visionado. ¿Quienes son? ¿Qué son? ¿Cuál es la finalidad de esos personajes? ¿Cuál su sentido dentro de lo que serían sus propias experiencias vitales? No lo sabemos porque nada sabemos de ellos más allá de lo que podamos deducir de sus gestos. Sólo nos es dado conocer a los espectadores la causa que ha impulsado a su director a realizar esta parsimoniosa película de trama indefinida y extremadamente triste.

Esa causa que nos es contada en off  al comienzo mismo de la película justo antes de la esa secuencia inicial mencionada: Cuentan que paseando Nietzsche un día por su ciudad se cruzó con un carruaje parado en medio de la calle debido a la determinante negación del caballo a avanzar. Vió entonces cómo su dueño y guía comenzaba a atizarle fuertemente con una fusta y no pudo soportarlo; se abalanzó sobre el caballo y lo abrazó entre sollozos incontenibles. Volvió a su casa y se mantuvo ensimismado el periodo de tiempo que precedió a su conocida enajenación.

También es ese famélico caballo que da comienzo a la película quien muestra los primeros signos de la debacle universal que a la humanidad le espera. Una debacle que "se ve venir". Es el caballo que se niega a seguir arrastrando el carro el segundo día de los cinco en que se divide la narración del film. Ese caballo famélico y cansado que viene cumpliendo con su misión día tras día desde hace hace tantos y tantos años. Tantos y tantos años en los que un hombre y su hija llevan repitiendo los mismos gestos. Gestos como hábitos. Hábitos automatizados que sólo expresan supervivencia.

El caballo de Turin es, en este sentido, un conjunto de variaciones que se corresponden con el hábito de sobrevivir. No existe la posibilidad de un hábito que pueda ser anecdótico y por tanto prescindible en una vida que se rige por lo esencial. Ni siquiera esa necesidad de sentarse ante la ventana para mirar a un exterior árido e inhóspito deja de ser un hábito necesario, esencial. Como lo es el rito de sentarse a comer sin cubiertos, aunque sean unas simples patatas hervidas. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Como lo es la necesidad de vestirse con todas aquellas capas de ropa que son necesarias para combatir el frío desolador y el viento apocalíptico. Como lo es la necesidad de alimentar el fuego con con una madera cada vez más escasa. Como lo es la necesidad de acopiar agua para la cocina y la higiene. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Todos los días siempre lo mismo y sólo eso.

Hábitos rutinarios que nos son mostrados con la distancia que adopta una mirada que huye de fáciles complicidades y que rechaza cualquier posibilidad empática. Parece claro que Tarr cree firmemente en el porvenir de lo terrible, como bien queda claro en las premonitorias palabras de ese extraño personaje cuya incontinencia verbal contrasta con la apatía nihilista de los dos protagonistas. Tampoco sabemos nada del significado de esa intromisión apabullante e histriónica, pero el discurso de ese tercer personaje no ofrece duda alguna: el mundo es incapaz de sostenerse por más tiempo. Si orden es disposición racional coforme a razón, el caos es indisposición absoluta conforme a la más pura irracionalidad. El camino más "vivo" hacia la nada. Y no se puede polemizar con la nada. En realidad nada se puede hacer con la nada. El caballo lo sabe y por eso a partir del segundo día decide no comer.

Cuando la mujer descubre que ya no tienen agua -porque el pozo se ha quedado seco de un día para otro- el hombre sabe que sólo les queda una opción de supervivencia: huir, "Trae la carretilla", le dice a su hija. Así que por primera vez en la película observamos gestos en los protagonistas que sabemos son nuevos para ellos. Empaquetan sus enseres, los calzan sobre la carretilla, atan por detrás al famélico caballo (que decidió ya que jamás tiraría de ninguna carreta o carretilla) y avanzan con dificultad arrastrando ambos esa carretilla/casa entre el polvo y la hojarasca producida por un persistente viento desolador.

Viento y frío -decíamos- como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pues bien: viento y frío como síntomas del fin del mundo. No habrá alivio en la invención verbal. No hay solución: de la misma forma en la que cargaron la carretilla ahora tienen que descargarla. En esa misma casa en la que no quedaba agua. Marchitos y exangües no pueden reaccionar frente a la fatalidad.

Si todas las películas tienen un fin ésta lo tiene en el doble sentido del término. Si todas tienen un final (Fin) y una finalidad (fin), la finalidad de The Turin horse es contarnos el mismo Fin. El Fin de verdad. "¿Qué es esta oscuridad?" le dice la mujer a su padre. Pero ya no hay nada que hacer, a los candiles no les basta el aceite para cumplir su función, también ellos han decidido no seguir iluminando nada. Para que la nada sea real, para que lo real se quede en NADA. Una película de una tristeza infinita, una película de una belleza sobrecogedora y conmovedora. El Fin, el final. Como decía Cioran "la muerte es demasiado exacta, todas las razones están de su lado". Una de las mejores películas de los últimos tiempos junto con Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan). Pero mis lectores lo saben: no las recomiendo.

domingo, junio 12, 2011

Decadencia

Si en general no es nada fácil interpretar los hechos acaecidos -consumados- aun cuando sean recientes, imagínese el lector lo difícil que resulta interpretar meros signos… que aún no han conformado ningún Hecho… al que se pueda siquiera nombrar debido al carácter esencialmente especulativo de toda conjetura. ¿Cómo interpretar entonces los signos actuales de un Hecho aún indefinible? ¿De qué signos se trata; respecto a qué hecho? Se preguntará más de uno. En efecto, y ahí se entiende la elección del adjetivo difícil, que es usado no tanto para negar la posibilidad de interpretación cuanto para otorgar un mérito a quienes sean capaces de ella.

Los signos no son, en definitiva, más que microhechos traslúcidos. Un militar en combate no sabe nada de la enjundia histórica de su momento y sin embargo puede ser perfecto intérprete -conocedor- de los signos que acabarán definiendo ese momento histórico. O por decirlo de otra manera: son muchas las lecturas que pueden hacerse de los signos o de un hecho (y si no muchas, sí algunas), pero de lo que no hay duda (¿o sí?) es de que habrá respecto a dichos signos y hechos interpretaciones mejores y peores, mejores en la medida en que serán más precisas, más cotejables, más lúcidas, más verificables. Así, lo que verdaderamente resulta difícil no es tanto interpretar los signos como hacerlo acertadamente.

Cuando ante un acontecimiento emergen este tipo de interpretaciones lúcidas todas las demás quedan perfectamente desvaídas y a veces obsoletas. La diferencia no tendría por qué medirse a partir de una gran tesis central; la diferencia podría encontrarse en una simple cuestión de matices. Para excusar su incompetencia hermenéutica muchos exegetas profesionales (o no) se escudan en la necesidad de una perspectiva histórica que remite a la imposibilidad de juzgar el acontecimiento reciente. ¡Pamplinas!, vivir el momento es vivir el momento histórico por mucho que éste carezca de denominación. Narrar con lucidez y precisión la experiencia de actuar como un jacobino en una época convulsa no impide al jacobino saber nada acerca de La Revolución Francesa.

Escuchemos ahora con atención este texto que se expresa acerca de la vida urbana: “[…], esta organización colosal de la vida moderna, este funcionamiento perfecto e indestructible de sus servicios, esta continuidad inalterable de su actividad que desafía todas las amenazas exteriores y da seguridad y confianza al ciudadano, es totalmente ajena e independiente de las funciones superiores del Estado y aun de la vida misma de éste. El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen un minuto ni los periódicos dejen de publicar una sola edición”.

Bien podría este texto ser el producto del análisis de unos signos cercanos y evidentes; bien podría ser un pensamiento deducido a partir unos hechos concretos y próximos. Porque, en cualquier caso, los signos no son sino hechos en miniatura. Bien podría, por tanto, ser este texto un aviso para navegantes contemporáneos. Que NO lo es: se trata de un fragmento de La agonía de Francia en la que Chaves Nogales describe magistralmente cómo se rinde una gran ciudad. En 1940 y a base de interpretaciones, precisas, lúcidas, verificables. Las tesis del periodista es, en contra de creencia común, que la causa del desmoronamiento francés, no se encontraba tanto en una debilitación de la democrcia como en una suerte de decadencia; y no tanto una decadencia intelectual como una decadencia espiritual que se daba, además, no tanto en el gobierno y los poderes fácticos como en el mismo ciudadano de a pie.

No todo el mundo tiene la misma capacidad para interpretar los acontecimientos. Ni todo el mundo tiene la misma capacidad para “leer”, en la cotempraneidad, los signos que presagian un estadio (que será histórico) que aún carece de denominación.
Y a Spengler se le sigue considerando un agorero.