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martes, febrero 27, 2018

Carta abierta al varón (sobre todo si es blanco y heterosexual), sólo a él



“Estimado” varón cobarde:

Cualquier excusa es buena para echarle la culpa al varón, sobre todo si es blanco y heterosexual. ¿La culpa de qué? Se preguntará algún ser ingenuo.

Respuesta mía y sólo mía (al parecer y por lo que veo, oigo y leo): si de lo que hablamos es de estigmas y de las repercusiones de esos estigmas -cada sexo tiene los suyos como iremos viendo-, y si de lo que hablamos es también de querer saber de qué son culpables los varones la respuesta sólo podrá encontrarse en el análisis de la Opinión Pública y la Opinión Publicada. No hay otra. Si ese ser ingenuo hiciera el necesario análisis podría comprobar, de forma inmediata e indubitable, que no quedan ya mujeres ingenuas y que el varón, o mejor, los varones TODOS, son culpables... de TODO. TODOS de TODO. O dicho en plata (y recordemos que se trata de la única conclusión a la que puede llegarse si uno analiza atentamente las Opiniones Pública y Publicada): que los varones, todos, son unos cabrones... y las mujeres unas Santas Laicas, reprimidas y oprimidas claro por los cabrones varones. Y si alguien cree que exagero, que abandone ahora la lectura de esta misiva. Y que siga ensimismado con su red social de contactos o lo que sea.

Plena actualidad

En la revista Mujer de Hoy del Grupo Vocento viene un artículo de opinión sobre Margaret Atwood y el éxito de su serie El cuento de la criada y posteriormente de su libro. El artículo se llama “¿Escritora o profeta?” y viene firmado por Nere Basabe, que dice “los totalitarismos de Europa del Este, el miedo a la guerra nuclear y el regreso a los valores más conservadores y puritanos en el Oeste inspiraron entonces (1985) esta fábula de la Guerra Fría”. Para más adelante apuntar, “aquella distopía política en la que Norteamérica se convertía en una opresiva dictadura teológica donde las mujeres eran reducidas a meras esclavas reproductoras sigue de plena actualidad”.

Así, de plena actualidad sigue ese relato imaginario (futurible) distópico escrito desde el Berlín Occidental de los ochenta en donde las mujeres serían meras esclavas.

Por otra parte dice Isabel Coixet en su exitosa conferencia pronunciada en el Museo Centre del carmen de Valencia hace unos días (después de haber ganado el Goya), “Las mujeres tenemos que repetir mucho las cosas para que se nos oiga. Siento que todavía tengo que probar una y otra vez que valgo para lo que hago”.

Quizá por eso, directores como Enrique Urbizu o Víctor Erice no consiguen que nadie produzca sus propuestas cinematográficas desde hace años y sin embargo la Coixet sea una de las pocas personas que desde 1996 ha podido conseguir financiación para más de 30 películas.

Así, en efecto, es de plena actualidad. Tanto que ya se miden por miles los artículos que diariamente aparecen en periódicos en los que una mitad de la población es tratada como piltrafa. Por ser, así en genérico, culpable del mal que al parecer sufre la otra mitad, así en genérico.

La cosa es que la agresiva metodología de la Corrección Política -que tan cachondos pone a los periodistas y políticos... y a los nenes de la farándula- ha llegado a su punto más álgido. Y ha llegado a su límite con la más absoluta normalidad, y lo que resulta más significativo, con el beneplácito y el consentimiento de todos, ahora sí, varones y hembras.

Plena actualidad: la Corrección Política ha hecho creer a la humanidad, o mejor, ha impuesto el ideologema de que en la sociedad (la civilizada, por supuesto, que es la que tiene Opinión Pública y Publicada) la cosa... ¡va de mitades! Así, quienes hace apenas unas horas rehusaban hablar de Guerra de Sexos -por considerar el término excesiva e innecesariamente bélico, además de falso- ahora sólo hablan de ganarla. Pero ¿quién afirma -y reivindica- ya sin pudor la existencia de una Guerra y qué significa ganarla? Pues está claro: la Guerra se encuentra confirmada por los poderes fácticos ebrios de CP y ganarla sólo puede significar una cosa. No hay mas que ver lo que hacen lo medios de comunicación a diario. Así la pregunta es ¿qué significa ganar esa Guerra que reivindican a diario?

Fácil respuesta si somos analistas materialistas: así, si aceptamos (porque las hembras lo dicen, y los media y políticos lo corroboran) que se trata de una Guerra y que se trata de ganarla, el ganarla sólo puede significar una cosa: la destrucción del varón. Y en ello están.

Así que vosotros, hombres cobardes, o despistados, lo que queráis, ya sabréis lo que hacéis. La gente sólo habla de libertad de expresión cuando un tontaina, en una decisión tan contingente como estúpida, decide retirar una obrilla de arte en una Feria de Arte, pero no habla de ella cuando a diario se tiene que morder la lengua por miedo. Y ahora me dirijo a los periodistas varones, que son los que acceden a la Opinión Publicada: ¿Dónde están vuestras opiniones en que os mostráis ofendidos por ser juzgados, todos, como un conjunto de cabrones estúpidos insensibles egoístas?

Hace poco la columnista Elizabeth López Caballero y a propósito de un anuncio en el que dos actrices anunciaban el jabón Fairy decía:

“¿Se imaginan qué maravilla ver a dos hombres de pelo en pecho, machos alfa, fregando loza? No, verdad, no se lo imaginan. Porque mientras salgan emitiendo este tipo de anuncios -queriendo sin querer- seguiremos normalizando lo que ya no es normal. Que no tenemos que ser siempre nosotras las ratitas presumidas que barren y cocinan y se ocupan de los niños. Que nosotras también podemos ser soldados y ganar más de una guerra, aunque en esta, de la igualdad, vayamos perdiendo”.

Analizad esto, hombres cobardes: la tal Elizabeth ya sabe que, en efecto, no somos capaces de imaginar a dos hombres de verdad (macho alfa, pelo en pecho) fregando loza. En los motivos se encuentra la clave de esta afirmación; para la periodista (cuyo lapsus consiste en hablar de un macho alfa con pelo en pecho) los motivos de que no seamos capaces de imaginarlo se encuentran en una publicidad machista, pero en mi opinión se encuentran en el cómo desea VER una mujer a UN macho (no sé si al suyo o a todos, nunca se sabe). De hecho, y vosotros los sabéis de sobra, hombres cobardes, los que más follan son siempre los más chulos (con lo que eso significa en cuanto al deseo de la mujer), los que nunca friegan loza, los que no se comprometen con nadie y los que engañan todo lo que pueden a todas las que pueden, los machos alfa, los que somos incapaces de imaginar fregando loza; los otros los menos chulos son precisamente los que viven el constructo cultural y habitan en él con la aceptación de un compromiso -que es la máxima representación del constructo cultural que las mujeres desprecian por ser el causante de todos los machismos- de la procreación de descendencia compartida. Es a esos, sólo a esos, a los que curiosamente se les exige fregar loza, y es así, claro, porque... ¡son los únicos imaginables!, lo cual no carece de lógica, al menos de la suya. Otra cosa, ya digo, es con quien follan, o de quien se enamoran verdaderamente (si queremos ser finos), esas mujeres que son incapaces de imaginar a un hombre de verdad fregando loza.

¿Quiero decir con esto que el hombre no debe fregar loza, o que son las mujeres la que deben hacerlo? En ABSOLUTO, bajo ningún concepto, pero sé de sobra que eso es lo que querrá entender quien no sepa leer. Y como podéis ver, está también ahí el tema de la igualdad entendido de manera perversa: nada hay de casual y espontáneo en las palabras de Elizabeth; no reivindica la posibilidad de que las mujeres pueda ser unas buenas cirujanas plásticas, reivindica el derecho a que puedan ser soldados, es decir, a que puedan usar la fuerza sin argumentos, la fuerza bruta, la que algunos hombre usan para humillar a algunas mujeres. Y también la necesidad de ganar una guerra, la Guerra.

Vosotros sabréis hombres cobardes.


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martes, agosto 16, 2016

Sexo y Adolescencia

Adolescencia y Sexo

Decir que las diferencias entre sexos son el producto de un constructo sociocultural sería una perogrullada, pues llevamos varios miles de años movilizándonos en tanto que seres humanos y por tanto somos inevitablemente lo que hemos ido forjando en sociabilidad. Ahora bien, decir que la diferencia entre sexos sólo se debe a la insistencia de ese constructo sociocultural sólo puede ser una idiotez, una idiotez devenida de la ignorancia, a su vez derivada de la vagueza intelectual. Muy poca gente tiene opinión sobre le asunto de las partículas elementales porque es consciente de su ignorancia respecto a la física cuántica pero todo dios cree saberlo todo acerca de lo que para ellos no es más que una simple condición. Confundiendo de esta forma el derecho a opinar -legítimo- con el valor de la opinión -domésticamente intuitivo.

En cualquier caso ambas afirmaciones han tenido que coincidir en la mayor para llegar a discrepar en las conclusiones; ambas han tenido que aceptar la existencia de tales diferencias. Cosa que niegan rotundamente quienes desde los lugares comunes de la Corrección se desgañitan reclamando y exigiendo la igualdad de los sexos, la igualdad entre hombres y mujeres. Así pues, hay que comenzar por aceptar lo que en principio niega la Opinión Pública: así, no hay igualdad en la medida en que las diferencias son permanentemente constatables. (Insisto por enésima vez: aquí sólo se habla de diferencias de sexos respecto a seres sociales que cuentan con su cuerpo y su deseo para gestionar sus sentimientos más o menos vinculados a la reproducción)

Pero ¿son las diferencias producto de una adaptación biológica o son sólo resultado de un proyecto cultural machista? ¿Por qué las mujeres “siempre” tienen más frío? ¿Por qué son siempre ellas las que se quejan del aire acondicionado del vagón del tren o del restaurante o de la habitación o de la oficina? ¿Por qué ellas pueden dormir a pierna suelta en verano mientras los hombres buscan el fresco para pegar un ojo? ¿Por qué ellas califican de agradable brisa lo que para ellos no es sino un soplo de aire infernal que no alivia ni a las chicharras?

Aunque la pregunta sería más bien ¿es esa diferencia una diferencia suficiente? ¿Que nos dice tal diferencia? Desde luego que no somos iguales y que la diferencia que nos distingue debe tener su explicación. ¿Es por pequeña tal diferencia menos diferencia? ¿Acaso el desajuste de comportamientos que provoca en una pareja las diferentes sensaciones térmicas no es suficiente para hablar de diferencias en alto grado? ¿Obligar a una pareja que se ama a dormir en estancias separadas no es suficiente para aceptar el gran alcance de la diferencia? Yo diría que sí. Como también afirmaría que esa diferencia de grado se da en los sexos ante multitud de situaciones.

Y quien habla de frío habla de dolor, ¿no es cierto que las mujeres soportan el dolor mejor que los hombres? ¿O ahora que hablamos en positivo sí somos capaces de aceptar la existencia de diferencias? ¿No tendría esa diferencia una explicación NO cultural? Calificar esas diferencias de “menores” no sería más que otro grave error devenido de la indulgencia. No hay diferencia, por pequeña que sea, que no otorgue un matiz diferencial a los sexos respecto a ella. Y hay una que es tan definitoria como definitiva: un hombre y una mujer no pueden ser iguales mientras sea la mujer quien engendre y dé a luz a los hijos. Tal es la magnitud de esa diferencia que todas las demás se quedarían en anecdóticas a la hora de demostrar la imposibilidad de igualdad.    

¿Acaso también son todas esas diferencias el producto de un proyecto machista?

He tenido la suerte de convivir unos días con mis sobrinos de 16 años, mellizos de ambos sexos, y de observarlos en su pandilla. La conclusión es que el comportamiento de ellas es absolutamente diferente al de ellos y viceversa. Absoluta y radicalmente diferente. Pero ¿son verdaderamente esas diferencias producto del constructo sociocultural, es decir, impuestas por el desarrollo de una sociedad ancestral y persistentemente machista? Aunque la pregunta debería ser ¿son esas diferencias acogidas en buen grado por ellos, por los adolescentes? Mi respuesta no puede ser sino paradójica y sólo controvertida para los holgazanes; la daré en forma de hipótesis: si decidiéramos eliminar esas diferencias por las cuales se habla de sociedad machista las primeras que se negarían a aceptar el cambio serían ellas, las chicas, que son las que al fin y al cabo van por delante. Porque mientras ellas van de princesas (o de lo contrario) a ellos sólo les cabe jugar a la pelota y matarse a pajas.

Si decidiéramos imponer a los adolescentes esa supuesta igualdad -en nombre del derecho- que quieren imponer los lobbies y por ende toda la sociedad alienada por ellos -que es prácticamente toda-, lo único que obtendríamos es una negativa radical por parte de ¡ellas, las chicas, las supuestas víctimas!, esas mismas que después calificarán a la sociedad de sexista y machista instigadas y apoyadas por una ideología que criminaliza al varón de todo sin pestañear.

Son ellas las primeras y únicas que no aceptarían cambio alguno por mucho que eso supusiera la supuesta igualdad, reivindicando así vivir su rol tal y como lo viven actualmente. Y así sería aún a pesar de que ellas, las adolescentes, hubieran sido educadas desde niñas con todos esos miles de slogans feministas que sin duda abdujeron sus tiernas y manipulables mentes. El caso es que son ellas las que reclamarían quedarse igual que están (en una sociedad que sigue siendo calificada de machista), y no tanto por conformismo cuanto por pura vocación. Son ellas las que dejarían las cosas como están a pesar del lavado de cerebro al que invariablemente han sido sometidas. Observen si no a una pandilla de adolescentes.

Da capo. Decir que las diferencias entre sexos son el producto de un constructo sociocultural sería una perogrullada, pues llevamos varios miles de años movilizándonos en tanto que seres humanos y por tanto somos inevitablemente lo que hemos ido forjando en sociabilidad. Ahora bien, decir que la diferencia entre sexos sólo se debe a la insistencia de ese constructo sociocultural sólo puede ser una idiotez. “Varios miles de años” no dejan de ser una porquería de años a lado de los millones en que fuimos bestias... 

lunes, abril 04, 2016

Penetración: cuestión de puertas

 Análisis cinematográfico de las películas Perros de paja (Sam Peckinpah) y Corazón salvaje (David Lynch) publicado en la web de Trama y Fondo (que es el lugar donde se encuentra el enlace real):

 Penetración: Cuestión de puertas

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/04/analisis-cinematografico-de-las.html




sábado, marzo 19, 2016

Vídeo de la ponencia impartida en la Universidad Complutense con motivo del Congreso titulado LAS DIOSAS.
https://vimeo.com/128777646




miércoles, enero 20, 2016

domingo, agosto 16, 2015

Del deseo

Hay frases que se te meten en el cuerpo y no hay forma de desprenderse de ellas. Así son los efectos mágicos propios de la buena literatura, que actúan a modo de inoculación. Quién me iba a decir a mí que esta mañana me iba a encontrar con uno de esos milagros que suceden con la baja frecuencia que los hace soportables. De otra forma, no habría forma de hacer algo que no fuera el pensar ensimismado.

Dice el autor: "Cuanto mayor es el deseo de cabalgar, tanto menos numerosos pueden ser los rasgos que bastan para un caballo". Lo sé, para un lector desprevenido haría falta un determinado contexto que pudiera colaborar en la apreciación, si bien es cierto que sin él me sigue pareciendo una bella frase, o mejor, una buena forma de expresar una idea a partir de una frase. Cuando una frase logra ese efecto de inoculación espontánea es, precisamente, porque trasciende la misma idea que adquiere sentido en su contexto. En este caso la expresa Gombrich en su famoso ensayo cuyo título ya nos ofrece unas pistas, Meditaciones sobre un caballo de juguete.

Ya tenemos, pues, una frase y un título. Una frase que adquiere su pleno sentido en las reflexiones que a Gombrich le provocan un caballo de juguete, o mejor, la imagen de un caballo de juguete. La verdad es que dicho así, y sin reparar aún en contexto alguno, todavía me parece más estupenda la frase: "Cuanto mayor es el deseo de cabalgar, tanto menos numerosos pueden ser los rasgos que bastan para un caballo". Así sería en sentido abstracto: el sentido cuantitativo positivo relacionado con el deseo produce un efecto cuantitativo negativo respecto a alguno de los efectos derivados de ese deseo. O dicho de otra forma, a mayor deseo disminución de rasgos necesarios; cuanto mayor es el deseo de cabalgar menos serán los rasgos que hacen falta para "tener" un caballo. Y pongo "tener" entrecomillado porque es precisamente la imaginación lo que está en juego. Cuando no hay un caballo real.

La frase, digo, es producto de la deducción que hace Gombrich después de la atenta observación de una imagen en la que un niño juega con un palo -entre las piernas- en cuyo extremo hay una pequeña talla que representa la cabeza de un caballo. Ya tenemos, pues, el  contexto. El historiador se pregunta cuál es la imagen mínima que sirve para sustituir a un caballo de verdad, y es cierto que el deseo juega un papel importante a la hora de determinar ese minimalismo de la imagen. Y como decíamos más arriba: a mayor deseo disminución de rasgos necesarios. Un palo con una especie de cabeza de caballo en el extremo sirve para que el niño cabalgue feliz. Y ¿qué sería lo que en última instancia ha permitido esa sustitución tan minimalista pero al fin y al cabo satisfactoria? Pues la imaginación instigada por el deseo. Cuanto mayor es el deseo menores son las condiciones que hacen falta para satisfacerlo... si uno se conforma con el producto de la imaginación, claro.

sábado, agosto 15, 2015

Blanco y/o Negro

En el famoso relato de la antigüedad Teseo y su padre, Egeo, diseñan un código para entenderse a la vuelta de la expedición marítima organizada para acabar con el Minutauro. Egeo estará atento y con la mirada puesta en el horizonte marino; si viera acercarse la nave con la vela blanca entendería que la empresa ha sido un éxito; si la viera acercarse con una vela negra sabría del fracaso de su hijo. Estaba todo "controlado" a través del pacto resuelto con un código. Así fue que un día se encontraba Egeo oteando el horizonte cuando vio acercarse la nave que tripulaba su hijo. No vio bandera alguna que le indicara nada acerca del desenlace de la expedición y se suicidó.

Es cierto que a Egeo pudo faltarle paciencia, pero la cuestión es que al no ver bandera alguna fue incapaz de dominar su desazón y decidió quitarse la vida. En el código pactado nadie habló del significado que podía colegirse de la ausencia de bandera, por lo tanto podemos pensar que quizá Egeo se precipitara debido a un carácter propenso a la tragedia. La cuestión es que su hijo Teseo había efectivamente acabado con el Minotauro, pero a costa de perder a Ariadna en Naxos. La tristeza de Teseo provocada por la muerte de Ariadna fue más fuerte que la euforia derivada de haber vencido al Minotauro. Y este estado melancólico que vivía Teseo en el regreso fue la causa de que se le olvidara de izar bandera alguna.

Pero, ¿es que acaso era todo tan sencillo como para pactar un simple código binario: blanco/éxito, negro/fracaso? Valdría la pena que el lector hiciera el esfuerzo con contestarse antes de continuar con la lectura. Yo, antes de contestar voy a atender a una posibilidad que muy probablemente resulte del agrado de muchos. Si los signos que me ofrece la realidad no me engañan lo cierto es que habrá mucha gente que piense en la pobreza del pacto. Y crea de alguna manera que pudo pactarse un código algo más complejo, al fin y al cabo fue una circunstancia distinta de las (dos) previstas la que condujo la historia al desastre.

Teseo vence al Minotauro, lo que además de ser una señal de éxito lo es de euforia, pero como contrapartida pierde a Ariadna, lo que además de ser una señal de tristeza lo es también de fracaso. Así, el regreso de Teseo podría haber previsto otro tipo de resultados posibles, menos radicales (blanco/éxito o negro/fracaso), más "grises", como por ejemplo el de un éxito triste, o el de un éxito relativo, o el de un éxito disminuido, o el un estado de ánimo, orgulloso, melancólico, confuso. ¿No es eso lo propio de los que afirman que las cosas no son sólo blancas o negras? ¿No es eso lo que se corresponde con el pensamiento de los que machaconamente nos dicen que las cosas están llenas de matices y que no necesariamente son blancas o negras? Así, por ejemplo: una bandera blanca con un penacho negro habría significado éxito relativo. Pero ¿habría un código más complejo evitado la tragedia? En absoluto, porque la causa de que el padre se suicidara es el simple despiste del hijo. Un hijo que sabe cumplir con su tarea de héroe pero que después no puede ni siquiera con su propia melancolía.

Así de nuevo, ¿es que acaso era todo tan sencillo como para pactar un simple código binario? Yo diría que sí. Pero otro. Porque al fin y al cabo el fatal desenlace nada tiene que ver con el tipo de bandera enarbolada. No podemos dejar de lado dos aspectos significativos del relato: primero que en el pacto tiene más importancia lo implícito que lo explícito, al menos en Egeo: en vista de lo acaecido lo que a éste le importaba no era tanto que Teseo venciera al Minotaro cuanto que Teseo regresara sano y salvo de la expedición, por lo que no se explica bien el tipo de código elegido; hubiera bastado uno que diera prioridad a la superviviencia de Teseo y no tanto al éxito de la empresa. Y segundo que la tragedia del suicidio no se deriva, después de todo, del tipo de bandera sino más bien de la no-bandera; la verdadera causa no es otra que la del "despiste" de un tipo obnubilado por su melancolía. Egeo pudo haber aceptado la decepción de una bandera negra porque era una de las dos posibilidades pactadas con su hijo, aunque ello hubiera supuesto el fracaso de la expedición. Pero por razones obvias que radican en el mismo pacto, lo único que desde luego no habría sido fácil de aceptar a Egeo era la no-bandera, la carencia de bandera, porque se trataba de la única señal fatal.  

Conclusión. Hay veces que los relatos míticos de la antigüedad no acaban de funcionar ni siquiera como patrones conceptuales concebidos para guiar al sujeto en su viaje iniciático. Y tal cosa sucede, como en las malas películas, cuando sus personajes carecen de un cierto sentido común. A un héroe -de la mitología clásica- sólo le está permitido carecer de sentido común cuando de él se requiere un valor sobrehumano. Sólamente. Por lo demás no puede ser un imbécil. Si lo que más importaba a Egeo era su hijo, lo cierto es que su código era realmente estúpido. Le hubiera bastado con inventar uno acorde a sus verdaderos intereses. ¡Y qué decir de Teseo, el héroe al que le es encomendada la tarea de vencer al Minotauro! Un auténtico gilipollas cuya obnubilación melancólica le impide recordar el pacto acordado con su padre.

domingo, agosto 31, 2014

De felaciones oníricas

De felaciones oníricas

Una buena película puede definirse por su final. No es posible una gran película si su final no aporta algún matiz a todo el desarrollo del film. Tanto es así que uno de los trucos mejor usados por directores o guionistas espabilados es el de inventar un buen final (con un giro sorprendente, que se dice) para una película mediocre. En cualquier caso una película nunca es sólo su final. A pesar de que sean muchos los “expertos” que caen en esa trampa a la hora de valorar una película que nunca podrá ser sólo una trama con ingenioso desenlace. En las buenas películas el final no puede ser otra cosa que el inicio incierto de otra trama.

Y como este post no pretende ser una crítica cinematográfica sino un simple comentario, lo que me gustaría es reflexionar sobre el final de una película, El sabor de la sandía. Así, no me interesaría tanto la curiosa película como su final, tan enigmático como significativo, valga la paradoja. Un final que no es tanto un desenlace como la expresión de una idea. Una idea que toma cuerpo en mi mente con absoluta independencia del desarrollo de la trama, difusa por otra parte. Un final que aun pudiendo ser analizado como el desenlace de su propia trama, admitiría indudablemente una interpretación dislocada de ella. Algo nada descabellado por otra parte dado el carácter eminentemente surrealista de la película.

El final de El sabor de la sandía es un plano que, como muchos de los planos de la película, se caracteriza por su inusual larga duración. Porque, en efecto, se trata de una película muy alejada de esos blockbusters americanos que necesitan quintuplicar los planos de una secuencia consuetudinaria para que el espectador al que va dirigido -teenager en su aplastante mayoría- no se aburra, pobrecito. Así, los planos duran el tiempo que los hace inusuales y además sin movimiento de cámara.

El final: en un primer plano aparece el perfil del rostro de una mujer que tiene toda la polla de un hombre metida en su boca; sabemos que el hombre acaba de correrse en ella; al cabo de unos instantes le resbalan dos lágrimas por la mejilla. Y si bien es cierto que no hace falta conocer la totalidad de la trama para poder confrontarnos con ese plano no es menos cierto que sí resulta oportuno saber qué es lo que ha sucedido inmediatamente antes.

De todas formas podríamos resumir antes vagamente la trama: ella es una mujer joven que vive sola y que padece un evidente spleen: el propietario de la polla es un actor porno que tampoco parece feliz en un trabajo que ejecuta sin convicción y de forma mecánica. Ambos deambulan por la ciudad en busca del bien más preciado de una China con problemas de abastecimiento privado de agua. Aunque viven en el mismo edificio se conocen casi al final de la película sin saberse vecinos y sufren un extraño enamoramiento.

Escena previa al plano final: el actor porno está rodando una escena en la que por motivos desconocidos tiene que mantener relaciones sexuales con una actriz inerte, no se sabe si está drogada o borracha pero el caso es que se encuentra desmayada y totalmente flácida (la actriz que hace el personaje de actriz porno es la misma en toda la película). Los rodajes porno, tal y como se ha ido mostrando en secuencias anteriores, son rodajes precarios realizados entre dos operadores desapasionados que esta vez tienen que sujetar a la actriz –e ir cambiándola de posición- mientras el actor hace esfuerzos denodados por hacer su faena. En esas aparece la protagonista que observa la situación a través de una ventana con rejas pero sin cristal. Se queda anonadada ante el espectáculo pues ante ella se encuentra el chico que acaba de conocer y del que se ha enamorado, y además rodando un film porno con una protagonista que es manipulada como una marioneta por dos operadores de cámara groseros y chapuceros. Pero poco a poco lo que ha empezado siendo perplejidad va tornándose en excitación. De hecho sus gemidos sustituyen a los de una actriz absolutamente ausente. Él se percata y continúa con su extenuante labor, pero ahora ya pendiente de ella, cuya excitación aumenta ante esa mirada mutua. Cuando ella se acerca a la ventana él salta de la escena se encarama al quicio y le introduce toda la polla en la boca.

Repitamos ahora la escena final: en un primer plano aparece el perfil del rostro de una mujer que tiene toda la polla de un hombre metida en su boca; sabemos que el hombre acaba de correrse en ella; al cabo de unos instantes le resbalan dos lágrimas por la mejilla.

Y a partir de este plano emerge lo que más arriba he llamado una idea por llamarlo de alguna forma. Una idea que contiene todas las diatribas que la corrección política lleva inoculando en la sociedad para incrementar la rentable guerra de sexos.


Así, esta es la escena final de la historia de dos personajes que se han conocido después de dar muestras, durante toda la película, de vivir su anodina vida con absoluta independencia. La felación del último plano no es, desde luego, una felación normal, es una felación absolutamente imprevisible, además de grotesca. No sé, parece que toda la extraña película estaba preparándonos para ese final. O mejor, que ese final, esa imagen, es lo que confiere sentido a una película ininteligible. Así, un final como comienzo de otra incierta historia, la que esta vez podría ser la historia misma de El sabor de la sandía. 

sábado, abril 21, 2012

Un cuento ensayado (o sobre la igualdad)

Tiene sólo 17 años y padece la típica incertidumbre de los chicos de su edad, que en eso no han cambiado mucho las cosas respecto a épocas pretéritas. Se lleva bien con sus padres y relativamente bien con su hermana, que sólo tiene dos años más que él. Estudia en el instituto y no sabe todavía qué es lo que quiere ser de mayor. Bueno, la verdad es que todavía no sabe con exactitud nada de nada. Por cierto, he utilizado la palabra “sólo” para referirme a su edad para recalcar lo que, ahora sí, nos diferencia de épocas anteriores. Carlos (nombre lógicamente falseado) no puede evitar saber que el tiempo ya vivido con sus padres es como mínimo el mismo que le queda de vivir con ellos si su caso sigue el curso de la normalidad. Si tuviera que definir esa familia yo diría que se trata de una familia actual, es decir, una familia que está convencida del cambio de paradigma. Los padres han sido educados por las consignas de la corrección política y por ello han educado a sus hijos con el ejemplo. En fin, que todos y cada uno de los miembros son muy respetuosos con el espacio vital del resto.
Quizá Carlos sea el que de los cuatro esté pasando el peor momento. No sólo vive con la típica incertidumbre de los de su edad, sino que vive el agravio que le produce las frustraciones tremendas que afloran ante su fracaso con las mujeres, a las que desea de forma tan irremediable como abrumadora. ¡Como les sucede a tantos adolescentes varones a cierta comprometida edad, qué le vamos a hacer!, pero la verdad es que no por típica deja de ser desconsoladora esa inactividad sexual que sufren, justo, en el momento de la plenitud sexual. Es más, sólo unos años más allá comenzará su decadencia sexual, que así funciona la sexualidad de los varones. Los chavales, ya se sabe, ven en la televisión a Brad Pitt dándole un beso a Angelina y se les pone dura. Y cuando logran fornicar por primera vez comienza su declive sexual, que así son los tempos que la sexualidad marca en los varones.
Su hermana sólo tiene dos años más que él pero puede decirse que ha vivido, en comparación con Carlos, dos o tres vidas. Ha tenido varios novios y lleva una vida muy independiente gracias, precisamente, a la educación liberal de los padres. Los fines de semana se ausenta de casa sin dar explicaciones y sin que nadie le inquiera acerca de su destino. Carlos no comprende de dónde saca el dinero su hermana para poder llevar esa vida tan independiente y alegre. Sabe de la paga de los padres y las cuentas no le cuadran. Uno de sus novios duplicaba su edad, algo que disturbó a Carlos durante mucho tiempo aunque nunca se atrevió a decir nada. Carlos ha tenido que convivir con alguna que otra depresión de su hermana Carla (nombre lógicamente falseado), la que en su momento le produjo el haberse enamorado justo del hombre que no mostraba interés por ella, o la que en su momento le produjo el haberse enamorado del hombre equivocado. Y mientras, Carlos, con la tienda de campaña puesta, esperando que cualquier mujer viniera a aliviarle el pesar de tanta frustración acumulada, de tanta incomprensible producción de semen. Cualquier mujer.
Lleva razón el Premio Anagrama de 2010 Eloy Fernández Porta cuando dice “Una adolescente de 2012 vive en seis meses más experiencias amorosas, más complejas y más adultas, que las que vivió su madre durante toda su juventud”. Algo que a Carlos no hace falta explicarle y que sólo contribuye a aumentar su confusión, pues sabe que definitivamente no existe igualdad alguna entre él y su hermana; o mejor: sabe que no existe igualdad alguna entre sus amigos y las hermanas de todos sus amigos. Él se embadurna la cara con pomada todas las noches y se agarra fuertemente a su almohada, mientras su hermana se toma un tranquimazín antes de acostarse.
Carlos es perfectamente consciente de las consignas progresistas que ya educaron a sus padres. Es más, las tiene asimiladas con absoluta naturalidad. Por eso no acaba de entender muy bien por qué hay tanta diferencia entre el desconcierto que vive él y el desconcierto que pueda estar viviendo su hermana. El siente un dolor profundo por no poder evacuar sus flujos por la vía del contacto físico a través casi de cualquier mujer, mientras su hermana vive, en todo caso, una cierta aflicción que proviene de poner el deseo en el lugar equivocado. O sea, él usa antiacné y ella toma ansiolíticos. Él obtendrá su plenitud sexual a los 19 años (sin apenas haber practicado sexo) y su hermana la obtendrá a los 35 (cuando probablemente ya haya procreado).
Carlos ya no sabe qué hacer para evitar el desconsuelo que le produce su inactividad sexual. Ha intentado casi de todo para acabar con ella, pero nada, no sabe qué hacer para satisfacer su irrefrenable deseo. Sabedor como es de las consignas de la corrección política ha llegado incluso a probar la táctica de la feminidad, intentando ser más femenino de lo que es habitual en los chicos de su edad, pero el resultado sólo incrementó su pesar: no sólo le siguió persiguiendo el fracaso, sino que además comenzó a ser despreciado por las chicas más sensibles y dulces de las varias pandillas que entonces frecuentó. No tengo ni idea de cómo acabará la cosa, pero es muy probable que este fracaso producido por un irrefrenable deseo no satisfecho le marque de por vida, sobre todo si tenemos en cuenta que después de su primer coito comenzará su declive sexual. Por otra parte sabe que su hermana tendrá muchísimas más posibilidades de liberarse de casa de sus padres que él, pues cabe como posibilidad el que ella se deje llevar (convencer, querer) por un hombre con posibles. Mientras que él deberá demostrar toda su vida aquello de lo que es capaz. Algo que, además, se le exigirá hacer por cojones.