Mostrando entradas con la etiqueta análisis cinematográfico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta análisis cinematográfico. Mostrar todas las entradas

sábado, marzo 05, 2016

Experiencia y moral

La experiencia es un grado. De hecho sin ella andaríamos a 4 patas. Y la experiencia no es más que ese plus que confiere el paso del tiempo estrechamente ligado a la acción. Sin acción no hay experiencia, y entiéndase el término acción desde su aspecto menos deportivo. Acción sería de igual forma preparar una ensalada que leer un libro. Por eso: sin experiencia no hay desarrollo evolutivo del conocimiento. Y por eso: la experiencia es un grado. Todo con independencia de la siempre particular forma de aprovechar la experiencia que tiene cada sujeto.

En la elaboración de todo argumento hay, siempre e inevitablemente, una o varias premisas que inevitablemente son preceptivas. Elabore quien elabore el argumento no hay forma de huir de afirmaciones que son usadas a modo de premisa. A veces éstas se encuentran implícitas en su desarrollo y a veces aparecen de forma explícita. A veces se encuentran en el comienzo del argumento porque precisamente es eso lo que desarrolla el mismo y a veces se muestran en su conclusión, lo que no impide que en el desarrollo del mismo hayan, a su vez, múltiples afirmaciones que no son otra cosa que premisas. Son, por tanto afirmaciones que siendo enunciadas desde la subjetividad del sujeto adquieren sin embargo estatuto de verdad objetiva. Por ejemplo, si yo comienzo un artículo diciendo la experiencia es un grado lo que hago es comenzar con una afirmación categórica que condicionará todo el argumento, entre otras cosas, porque se muestra en tanto que verdad objetiva.

Si admitimos que la experiencia es un grado sin necesidad de andar divagando acerca de sus excepciones, excepciones que no contradirían la mayor sino que la harían fuerte, podemos afirmar que la la niñez, la adolescencia y la juventud no son más que momentos del desarrollo del ser humano que se superan, precisamente, con el objetivo, no siempre explícito, de acceder a un plano superior. ¡No distinto!, como diría un quisiquilloso (educado en la corrección política). Aunque, eso sí, ¡distinto, pero no sólo distinto!, que no es lo mismo. Así, ¿distinto? Claro. ¿Sólo distinto? En absoluto.

En tanto que ser, un sujeto aprende de lo aprendido y aprehendido durante el transcurso de su existencia (experiencia) con el fin de ir accediendo a planos superiores (madurez, sabiduría). Otra cosa muy distinta es es lo que pueda hacer cada uno con todo ese bagaje personal y otra cosa es, también, lo que cada uno piense de todo ello.

Ahora otra afirmación, esta vez derivada de la primera: La experiencia de quien la tiene debe servir fundamentalmente para dos cosas: para mejorar en su desarrollo personal y para servir de ejemplo y guía a esas otras generaciones que aún no la tienen. Esto exige, por parte de los primeros una cierta responsabilidad y por parte de los segundos una cierta sumisión. Un niño debe someterse a sus padres de la misma forma que un estudiante debe someterse a su maestro, porque lo que está en juego es, precisamente, eso que sólo puede ofrecer la experiencia. De otra forma, veríamos normal que un niño de 9 años diera lecciones a sus padres, o que un joven construyera un puente sin haber estudiado ingeniería, o que un estudiante de medicina aprendiera su oficio como si fuera Leonardo da Vinci, o sea, ignorando los avances de 500 años de perfeccionamiento científico. Y tendríamos que valorar de igual forma el dibujo de un niño y un dibujo de Ingres.

En cualquier caso sí hay una clave en el éxito de la empresa, la de la transmisión del conocimiento: la confianza. La necesaria sumisión de quien se admite carente debe ser asumida y asimilada en base a la confianza que deposita en quien debe mostrar su sentido de la responsabilidad. Con una madurez adquirida en base a la experiencia.

En un anterior post hacía una afirmación como mínimo problemática: decía que los los personajes del cine (y de las series) actual se caracterizan por un nuevo paradigma: “la ambigüedad moral, esa, al parecer, con la que se identifican tantos millones de espectadores contemporáneos”. ¿Convendrán conmigo en que resulta, cuanto menos, turbadora?

¿Acaso no resulta turbador que las nuevas generaciones tengan de patrón o modelo a un ser a veces despreciable cuando no directamente a un malvado?

Reapasemos las definiciones de 3 conceptos según Léxico de Filosofía:

Idealismo. Actitud que consiste en creer en un ideal y subordinal a él los actos.
Modelo. Lo que sirve de original, aquello a partir de lo cual se puede reproducir alguna cosa.
Moral. Conjunto de reglas de conducta que se consideran universal e incondicionalmente válidas.

La ambigüedad moral, pues, como consecuencia de una elección tan personal como voluntaria (por muy colectiva que sea la “moda”). Una elección que viene determinada por la atracción que produce un modelo que, precisamente, carece de moral. Podríamos decir que esa atracción hacia el lado oscuro es la consecuencia de un deseo que nace de una sociedad que ha renunciado a todo tipo de idealismo. Y que se ha configurado a partir de la inculcación de un individualismo feroz, ese individualismo que renuncia a la moral por pura comodidad y por puro interés. Un individualismo que carece de escrúpulos porque sólo se nutre del interés propio, el que conduce, a ese ser amoral, a priorizar una estrategia egoísta por encima de cualquier cosa.

Y para acabar, las definiciones de otros dos conceptos:

Escrúpulo. Guijarro pequeño y puntiagudo. Apreciación enormemente rigurosa que una conciencia incisiva, sutil y delicada hace de su propia conducta prestando especial atención a las más pequeñas imperfecciones que de allí resultan.
Estrategia. Conjunto de acciones destinadas a producir un resultado determinado, a eliminar al adversario, etc.; arte y habilidad para dirigir un asunto.

¡Eliminar al adversario!... sin guijarros que frenen esa estrategia...

sábado, febrero 20, 2016

Desmesura o proporción

Desmesura o proporción
Breaking bad o Le petit quinquin

No sería yo quien negara a las series televisivas su papel hegemónico en el panorama de la narración audiovisual. Sobre todo si tenemos en cuenta que las generaciones más jóvenes prácticamente sólo ven eso salvo rarísimas excepciones y blockbusters aparte.

Pero, ¿qué tienen las serie que las convierte en un nuevo paradigma narrativo? Pues tienen la posibilidad de crear personajes casi reales, algo que el cine convencional no se ha podido permitir nunca del todo (?) por una simple cuestión de tiempo. Al menos si entramos en terreno comparativo y los vemos desde los éxitos de la contemporaneidad. Ahora nos parece que en dos horas no da tiempo más que para generar un boceto de personaje mejor o peor definido en función de la calidad de guionistas y directores.

En cualquier caso sabemos que la historia nos ha dejado grandes películas que se podían alabar, precisamente, por su habilidad a la hora de caracterizar con precisión ciertos personajes, a veces con unas pequeñas secuencias o incluso con unos simples planos. Un ejercicio que requería inteligencia, sensibilidad y conocimeinto del medio. Así que no está del todo claro que la contención y la síntesis puedan observarse como elementos deficitarios. Otra cosa sería entrar en las ventajas del maximalismo. Que las tiene. Y si no en las ventajas sí al menos en sus potencialidades expresivas.

En una serie pueden configurarse personajes que evolucionen casi al ritmo en que lo hacen los propios espectadores, y eso dota a esos personajes de un realismo inaudito. Debido a los condicionantes impuestos por la comercialidad de las películas cinematográficas los personajes pueden cambiar -en dos horas- su personalidad sólo a base de elipsis que a veces distancian de la credibilidad. Eran otros tiempos. No así en las series, que por su carácter distendido pueden jugar a la imprevisibilidad y sobre todo, al giro. Sí, al giro.

Así que volvamos a la pregunta, ¿qué tienen las series televisivas que las convierte en un nuevo exitoso paradigma narrativo? Pues eso, que se pueden permitir en la caracterización de los personajes algo que antes sólo estaba destinado a muy pocos personajes del cine: la ambigüedad; o diría más: la ambigüedad moral, esa, al parecer, con la que se identifican tantos millones de espectadores contemporáneos.

En las narraciones clásicas, salvo muy raras excepciones, los personajes o eran buenos o eran malos. De hecho en eso se basaba el cine ya no clásico sino (ya) tradicional. Ahora, y ante la necesidad de estirar una idea narrativa audiovisual en 20, 30 o 40 horas, surge la necesidad de que los personajes no aburran al espectador. Y para ello nada mejor, al parecer, que dotarlos de una ambigüedad que los humanice. Porque, en efecto, es esa ambigüedad la que consigue esa credibilidad que necesitan los espectadores que buscan rasgos identificatorios en los personajes, supongo que para sentirse m´as apoyados. Los seres humanos, lo vemos diariamente a nuestro alrededor, no son buenos o malos; de hecho, lo vemos en los telediarios, hasta los malos tienen su corazoncito, no hay más que recordar la entrevista al panadero donde ese secuestrador de niños compraba el pan todos los días. Así la panadera, “era un tipo encantador que siempre tenía una palabra amable con nosotras”, o el de la vecina de escalera, “era un tipo algo tímido pero sumamente cortés… y muy pendiente de ayudar en lo que pudiera”. No haría falta acudir al límite -del asesinato, etc.- para hacernos entender, bastaría sólo con que un personaje fuera capaz de alternar las buenas acciones con las malas. Ahí ya podríamos tener la base de una serie con posibilidades de éxito. La doble moral está de moda, lo siento.

Pues bien, ahí radica el éxito de tantas series: los personajes no se desarrollan atendiendo a modos maniqueos, sino que lo hacen en función de unos intereses personales de los personajes que se imponen a costa de lo que sea, como tantas veces pasa en la realidad. O por decirlo de forma simple: los personajes son buenos y malos al mismo tiempo; esto es, buenos pero malos, o malos pero buenos. Sirva de ejemplo el personaje principal de la extraordinaria Breaking bad, pero podríamos hacerlo extensivo a muchas de las mejores series de los últimos años. Incluído Lester, ese personaje apocado y bonachón de Fargo que llegado el momento puede llegar a ser más malo que el mismo malvado.

Pero ¿realmente son necesarios tantos capítulos, tantas temporadas, tantas horas de metraje? O mejor, ¿realmente son necesarias tantas horas de narración (40 o 50) para que funcione esa potencialidad expresiva descrita o después de todo responde a una simple cuestión comercial? Bajo mi punto de vista se trata más bien de lo segundo. Acepto sin problemas que la virtud de una buena serie se encuentra en eso que aporta a esa otra forma de narración ya algo periclitada: la profundidad del personaje y la full inmersion a la que te conduce ver 10 horas de forma más o menos consecutiva. Pero también creo que la multiplicación de temporadas no es sino una muestra de desmesura cuyo único fin no puede ser otro que el económico.

Quizá por eso, y después de todo, las mejores fórmulas quizá sean las que son capaces de concentrar todo en, a lo sumo, dos temporadas. O incluso menos. Como Fargo, cuyas temporadas son relativamente independientes, o True detective, o Carnivale. Todo el resto, aún admitiendo sus posibles valores, me parece excesivo y desmesurado. Breaking bad, Mad men, o incluso Los soprano y Louie (dos de las mejores) pudieron mejorar, en tanto que narraciones, con menos capítulos, con menos horas.

Si atendemos a lo visto durante el año pasado mi conclusión sería clara, y no tanto respecto a las series como al cine en general, pues no dejan de ser todo narraciones audiovisuales de mayor o menor duración: lo mejor de 2015 es una serie francesa de 4 capítulos, Le petit quinquin un prodigio de serie que le da un baño a tantas series inglesas y americanas realizadas con presupuestos millonarios.  

Nota. Para ver este mismo texto pero ilustradito ver
http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/

domingo, febrero 14, 2016

Vejez

En principio nada hay más alejado de la muerte que los jóvenes. Pero si esta afirmación puede dar lugar a dudas, que siempre hay quisquillosos apardalados que se ponen nerviosos ante las generalizaciones, la que sin embargo no parece discutible es esta otra: en principio nada hay más cercano a los viejos que la muerte.

Hay gente que teme a la muerte sin importarle demasiado el asunto del envejecimiento y gente a la que le da más miedo el envejecimiento que la propia muerte. Y gente que no teme a nada. Siendo incapaz de pertenecer a este último grupo sería yo de los que pertenece al primero. Creo firmemente que hay una dignidad en el envejecimiento que permite la serenidad que te niegan los impulsos que se fían al futuro. A pesar de todo. Otra cosa sería desaparecer.

Sin embargo observo que cada vez más gente pertenece al segundo grupo. Gente a la que le deprimen las arrugas, por ejemplo. No tanto las pastillas o las canas cuanto las arrugas. Así, gente que es capaz de cualquier cosa para restringirlas. De cualquier cosa.

La pregunta sería, ¿cuándo puede a una persona empezar a considerársele viejo? Las respuestas admiten variables, pero parecería razonable afirmar que cuando la piel adquiere esa textura que sólo otorga generosamente la propia vejez. O cuando se pierde un centímetro de estatura. O cuando se necesitan 3 pares de gafas con las que no se acaba de ver bien nunca.

Sin duda que Michael Caine y Hervey Keitel son dos viejos en la película que hábilmente ha sido llamada Juventud. Dos viejos que se toman ese estadio de sus vidas de forma distinta. En cualquier caso, ambos con suma dignidad. Porque si algo se infiere de los personajes es lo que podŕiamos aprender de ellos con independencia de innecesarias identificaciones.

Dos viejos que rinden culto a la amistad y se enfrentan a su destino con desiguales actitudes. Juventud es una película sobre los estadios del tiempo del ser y en especial del último. Los protagonistas son dos viejos, pero también está ahí el niño que quiere ser violinista, la adolescente que se comunica con las manos, el joven actor descreído y el matrimonio “mudo”. Aportando, todos ellos, el matiz que los contempla igualmente como futuros viejos, como mortales en definitiva.

Caine no quiere volver a trabajar y se siente liberado por no tener que hacerlo pero, quizá por ello, el tiempo se ralentiza para él de forma poco grata, sin embargo Keitel no puede dejar de trabajar por lo que, quizá por ello, el tiempo pasa por él a gran velocidad, a pesar suyo. Las consecuencias que en ellos producirá su personalidad determinará su futuro, ese futuro que un viejo es siempre anecdótico, minúsculo.

Addenda. No tenía previsto ver esta película en el cine, pero una amigo me la recomendó. Mi desinterés provenía de los prejuicios en mí generados por la última película del director, que me pareció extraordinariamente mala por mucho que obtuviera éxitos bastante consensuados. Para mí La gran belleza era una película fatua, pretenciosa y formalmente casi obscena. Mala, en definitiva.

Por otra parte se encontraban las críticas profesionales que Juventud había tenido desde sus inicios, que aunque no eran determinantes en mi decisión, sí que algo sumaban a mis prejuicios. El caso es que la crítica, digamos más intelectual, la había machacado; la misma crítica que curiosamente ensalzó a La gran belleza. Y cuando digo machacado posiblemente me haya quedado corto respecto a lo que fue. Corto al menos en lo que pueda sobre-entender el lector de este texto. La calificación que le puso la revista Caimán, por ejemplo, la situaba como la peor película del año, teniendo por delante incluso muchas intrascendentes películas de acción. Así que sólo hacía falta la llamada de un amigo para que las cosas me cuadraran y emergiera, así, mi deseo de ver Juventud.

Juventud no es una obra maestra, desde luego. Ganaría mucho con unos 40 minutos menos de metraje y le sobra sofisticación, así como escenas demasiado video-cliperas, o escenas fellinianas innecesarias por forzadas. Pero la película es, de todas formas y a pesar de todo, una película inteligente por mesurada, precisa y elegante en todo ese metraje que nos queda. Contiene secuencias memorables y lo que para mí no cabe duda es que sus logros, pocos o muchos (según quién), son muy superiores a cientos de películas que reciben críticas tibias o incluso buenas. Una película que transmite sosiego aun a pesar de los asuntos  peliagudos que trata, con unos actores extraordinarios, incluída, cómo no, la soberbia interpretación de Jane Fonda en su papel secundario.

sábado, enero 23, 2016

miércoles, enero 20, 2016

sábado, septiembre 05, 2015

El caballo de Turín (Béla Tarr)

El caballo de Turín (Béla Tarr)

Un caballo viejo y famélico arrastra al paso un carruaje a través de un camino polvoriento y árido. Lo guía un hombre mayor que debe hacerlo luchando con unas adversas condiciones meteorológicas de frío y viento.

Estos son los únicos ingredientes del largo plano secuencia que da comienzo a The Turin Horse. Toda una declaración de intenciones que sitúa al espectador en su justo lugar, que no podrá ser otro que aquel que lo ha predispuesto a aceptar unas concretas formas narrativas. Así, y después de esa larga secuencia, no habrá espectador desprevenido, ni habrá espectador situado en el lugar equivocado.

Viento y frío como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pero, ¿es en realidad posible un fin sin finalidad? ¿O precisamente se trata de la única posibilidad con sentido? ¿Tiene acaso sentido "nuestra" existencia? ¿Qué relación de sentido vincula la existencia con una finalidad? ¿Qué puede tener que ver con todo esto la predestinación, sobre todo si admitimos, ya que la Ciencia lo dice, que nada es eterno?

Pocas películas conducen al espectador con tanta claridad por vericuetos mayéuticos tan productivos y sobre todo emocionantes. Y si para ello deben incumplirse las normas básicas que dicta la "buena" escritura cinematográfica, pues se incumplen. Todo son preguntas sin respuestas en esta película donde parece no pasar nada mientras va pasando de todo. Precisamente porque la táctica consiste, como en el mejor cine de los últimos tiempos, en depositar sobre la mente del espectador la responsabilidad última de la misma creación de la película.

Dos son los personajes que llevan el absoluto peso interpretativo de unas secuencias sin apenas trama y diálogo alguno. Dos personajes de los que nada sabemos (caracterizados sólo por sus gestos), ni falta que hace, porque como digo deberán ser construidos por el espectador en un ejercicio de creación voluntarioso y constante. En este caso un hombre manco y su hija conviviendo en una casa en medio de la ruidosa nada.

No sabemos de qué viven, no sabemos lo que piensan, no sabemos lo que sienten, sólo sabemos lo que vemos que hacen. ¡No lo que hacen!, sino lo que vemos que hacen. Pero, ¿por qué? Ésa es la pregunta que uno se hace de forma implícita durante todo el visionado. ¿Quienes son? ¿Qué son? ¿Cuál es la finalidad de esos personajes? ¿Cuál su sentido dentro de lo que serían sus propias experiencias vitales? No lo sabemos porque nada sabemos de ellos más allá de lo que podamos deducir de sus gestos. Sólo nos es dado conocer a los espectadores la causa que ha impulsado a su director a realizar esta parsimoniosa película de trama indefinida y extremadamente triste.

Esa causa que nos es contada en off  al comienzo mismo de la película justo antes de la esa secuencia inicial mencionada: Cuentan que paseando Nietzsche un día por su ciudad se cruzó con un carruaje parado en medio de la calle debido a la determinante negación del caballo a avanzar. Vió entonces cómo su dueño y guía comenzaba a atizarle fuertemente con una fusta y no pudo soportarlo; se abalanzó sobre el caballo y lo abrazó entre sollozos incontenibles. Volvió a su casa y se mantuvo ensimismado el periodo de tiempo que precedió a su conocida enajenación.

También es ese famélico caballo que da comienzo a la película quien muestra los primeros signos de la debacle universal que a la humanidad le espera. Una debacle que "se ve venir". Es el caballo que se niega a seguir arrastrando el carro el segundo día de los cinco en que se divide la narración del film. Ese caballo famélico y cansado que viene cumpliendo con su misión día tras día desde hace hace tantos y tantos años. Tantos y tantos años en los que un hombre y su hija llevan repitiendo los mismos gestos. Gestos como hábitos. Hábitos automatizados que sólo expresan supervivencia.

El caballo de Turin es, en este sentido, un conjunto de variaciones que se corresponden con el hábito de sobrevivir. No existe la posibilidad de un hábito que pueda ser anecdótico y por tanto prescindible en una vida que se rige por lo esencial. Ni siquiera esa necesidad de sentarse ante la ventana para mirar a un exterior árido e inhóspito deja de ser un hábito necesario, esencial. Como lo es el rito de sentarse a comer sin cubiertos, aunque sean unas simples patatas hervidas. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Como lo es la necesidad de vestirse con todas aquellas capas de ropa que son necesarias para combatir el frío desolador y el viento apocalíptico. Como lo es la necesidad de alimentar el fuego con con una madera cada vez más escasa. Como lo es la necesidad de acopiar agua para la cocina y la higiene. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Todos los días siempre lo mismo y sólo eso.

Hábitos rutinarios que nos son mostrados con la distancia que adopta una mirada que huye de fáciles complicidades y que rechaza cualquier posibilidad empática. Parece claro que Tarr cree firmemente en el porvenir de lo terrible, como bien queda claro en las premonitorias palabras de ese extraño personaje cuya incontinencia verbal contrasta con la apatía nihilista de los dos protagonistas. Tampoco sabemos nada del significado de esa intromisión apabullante e histriónica, pero el discurso de ese tercer personaje no ofrece duda alguna: el mundo es incapaz de sostenerse por más tiempo. Si orden es disposición racional coforme a razón, el caos es indisposición absoluta conforme a la más pura irracionalidad. El camino más "vivo" hacia la nada. Y no se puede polemizar con la nada. En realidad nada se puede hacer con la nada. El caballo lo sabe y por eso a partir del segundo día decide no comer.

Cuando la mujer descubre que ya no tienen agua -porque el pozo se ha quedado seco de un día para otro- el hombre sabe que sólo les queda una opción de supervivencia: huir, "Trae la carretilla", le dice a su hija. Así que por primera vez en la película observamos gestos en los protagonistas que sabemos son nuevos para ellos. Empaquetan sus enseres, los calzan sobre la carretilla, atan por detrás al famélico caballo (que decidió ya que jamás tiraría de ninguna carreta o carretilla) y avanzan con dificultad arrastrando ambos esa carretilla/casa entre el polvo y la hojarasca producida por un persistente viento desolador.

Viento y frío -decíamos- como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pues bien: viento y frío como síntomas del fin del mundo. No habrá alivio en la invención verbal. No hay solución: de la misma forma en la que cargaron la carretilla ahora tienen que descargarla. En esa misma casa en la que no quedaba agua. Marchitos y exangües no pueden reaccionar frente a la fatalidad.

Si todas las películas tienen un fin ésta lo tiene en el doble sentido del término. Si todas tienen un final (Fin) y una finalidad (fin), la finalidad de The Turin horse es contarnos el mismo Fin. El Fin de verdad. "¿Qué es esta oscuridad?" le dice la mujer a su padre. Pero ya no hay nada que hacer, a los candiles no les basta el aceite para cumplir su función, también ellos han decidido no seguir iluminando nada. Para que la nada sea real, para que lo real se quede en NADA. Una película de una tristeza infinita, una película de una belleza sobrecogedora y conmovedora. El Fin, el final. Como decía Cioran "la muerte es demasiado exacta, todas las razones están de su lado". Una de las mejores películas de los últimos tiempos junto con Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan). Pero mis lectores lo saben: no las recomiendo.

miércoles, mayo 13, 2015

Whiplash



Whiplash

Este post también pudo llamarse El Espíritu de nuestro tiempo, pero en un momento dado me pareció excesivo.
También pudo llamarse Las casualidades no existen, que aunque me gustaba, posiblemente se tratara de un título demasiado abstracto y además ya usado en otro post reciente.
También pensé que podía llamarse La crueldad del hoy. Demasiado agresivo y genérico.
O El misterio de la voluntad perdida. Demasiado literario, sobre todo porque en realidad no hay ningún misterio.
Sí en cambio La voluntad perdida, no hubiera estado mal.
O Sin compasión. Quizá esta hubiera sido la mejor opción, pero al final preferí llamarlo con el mismo nombre de la película que suscitó todas estas reflexiones: Whiplash.

Cine

El éxito de una película depende muchas veces del boca a boca. Pero sabemos que el éxito no siempre va parejo con la calidad. Grave discusión sería ahora la que dirimiera acerca de la calidad en el cine. No es el momento ni el lugar. Sabemos, eso sí, que en el juicio estético emitido sobre el producto cinematográfico se encuentra bastante consensuado. Más allá de las tendencias hacia la que nos dirigen nuestros inevitables gustos personales sabemos que existe un criterio relativamente universal por el que somos capaces de señalar el buen cine, ya sea comercial o de autor, blockbuster o independiente. O por plantearlo de otra forma: si preguntáramos a 100 profesionales del análisis cinematográfico seguro que habría entre ellos muchos más puntos en común que discrepancias. Y las discrepancias responderían, exclusivamente, a causas difícilmente comunicables por estar vinculadas a lo extremadamente individual. O sea, que hay un cierto consenso entre los que entienden de cine, es decir, entre quienes entienden el cine desde el análisis y la reflexión, y no tanto entre quienes lo entienden sólo desde el entretenimiento.

Ese consenso deviene, pues, de la naturaleza misma del cine, que en su aspecto narrativo/descriptivo obliga en su ejecución a un adecuado uso de los dispositivos que pretenden comunicarse con el espectador. Las normas y las reglas son en este sentido tan necesarias como en sí mismas constitutivas de la creatividad del hecho cinematográfico. Porque si el cine se caracteriza por algo, al menos en lo que a su relación con el espectador se refiere, es por esa necesaria deslocalización que hace posible que los espectadores se cuenten por cientos de miles -y no por puñados. Espectadores que además pagan por su experiencia artística. Por ejemplo, un cuadro que habita la casa de "su" coleccionista está "ahí" para el uso y disfrute exclusivo de su propietario. Sin embargo, una película está "por ahí" para uso y disfrute de un indefinido pero cuantioso número de espectadores -que además pueden disfrutar simultáneamente. O sea, el producto cinematográfico está hecho para ser consumido masivamente y eso es, paradójicamente, lo que le confiere una dignidad incuestionable.

Crueldad y goce

Pero parece que ya nos hemos ido por las ramas, así que volvamos al principio: El éxito de una película depende muchas veces del boca a boca. Pero sabemos que el éxito no siempre va parejo con la calidad, sobre todo cuando el éxito es claramente popular. Más bien puede afirmarse que muchos de los éxitos de cada momento histórico se deben a las coyunturas que los hacen posibles, muchas veces vinculados a las modas de ese momento. Así entiendo yo el éxito de Whiplash. Entonces, ¿son los posibles factores coyunturales -actuales- los que explicarían ese éxito? Yo diría que sí, sin duda. Y ¿cuál sería después de todo esa coyuntura? Ésa sería la cuestión, porque pienso que sólo la coyuntura es capaz de explicar el éxito de una película efectista y preciosista, pero mala.

La película no es más que lo que una sinopsis breve podría describir. Es decir, en ella "no sucede" nada más que aquello que pudiera quedar descrito en una simple sinopsis: un muchacho que quiere triunfar en el mundo del jazz se enfrenta a la dura y peculiar metodología de un profesor. Pero, si apenas sucede poco más, ¿dónde podría situarse el éxito obtenido? Para contestar no podemos evitar el spoiler. Es más, si hubiéramos querido ser más estrictos en la sinopsis ya nos habríamos dado de bruces con la clave del éxito. Sería esta otra: un muchacho que quiere triunfar en el mundo del jazz se enfrenta a la peculiar metodología de un profesor indiscutiblemente cabronazo.

Sin duda es en esa extraordinaria dureza del profesor donde se encontraría la explicación del éxito de la película y lo que yo relaciono con una coyuntura, un profesor cuya dureza parece quedar justificada ante el alto índice de éxito conseguido por los que son sus alumnos. Así, estamos en condiciones de spoilear un poco más la trama: un muchacho que quiere triunfar en el mundo del jazz se enfrenta a la peculiar metodología de un profesor indiscutiblemente cabronazo, pero que es capaz de echar una lagrimita en el momento adecuado (sic).

En una película donde poco más sucede -aunque también: chico conoce chica; chico y chica viven su primer desencuentro amoroso (?)- la clave del éxito sólo puede situarse en la relación del alumno con el profesor. El alumno es un chaval bonachón, voluntarioso y trabajador y el profesor no muestra ninguna compasión cuando de lo que se trata es de que los alumnos aprendan. Y esto es, en definitiva, lo que ha cautivado al público. ¿Les suena? ¿No es esto lo que vemos en Tv todos los días? ¿No es cierto que los programas/concurso de máxima audiencia se caracterizan, todos ellos, por la dureza con la que son tratados los concursantes? Es decir, ¿no es cierto que los índices de audiencia han ido subiendo en función de la dureza con la que han ido siendo tratados los concursantes (ya sean dueños de hoteles, de restaurantes, de negocios cutres, de aspirantes a cantantes, a chefs...)? Lo que ha quedado claro a lo largo de los últimos años es que las desgracias de los concursantes es, en los realities, garantía de éxito de audiencia. Así, dada la poca chicha de Whiplash (más allá de una estética manierista pero muy eficaz) no encuentro otra explicación a su éxito que ésta: a una cantidad importante de espectadores les pone cachondos dos cosas que se encuentran estrechamente conectadas, una, la crueldad que inflige alguien sobre un "inferior" o un "necesitado" y dos, la desgracia de quien la sufre.
Pero, ¿cuál sería la causa real del disfrute ante tales circunstancias, que podríamos calificar de inhumanas?

La respuesta se encuentra en las mismas características del sujeto del hoy, un sujeto forjado en las condiciones impuestas por la Corrección Política. Un post no da lo da lo suficiente como para clarificar lo que esta afirmación significa y conlleva (si bien es cierto que este blog lo lleva haciendo desde hace 8 años), pero en realidad ya casi nadie pone en duda que llevamos 35 años siendo educados en un individualismo extremo. Y alguna de sus consecuencias es por todos conocida: la de vivir en una sociedad que rechaza categóricamente todos aquellos conceptos que supongan una carga supuestamente desestabilizadora en la educación de lo pobrecitos infantes. Términos como disciplina, esfuerzo y sacrificio se encuentran absolutamente anatemizados y despreciados por las nuevas generaciones de padres desde hace varias generaciones. Términos que han sido rechazados con conciencia individual, desde luego, pero también con la complicidad proporcionada por la ideología buenista (esa que asocia los conceptos de esfuerzo y sacrificio con fascismo). Y así nos ha ido.

Esquizofrenia

¿Entonces?, se preguntará más de uno. ¿Cómo es posible que por una parte se rechace la exigencia de disciplina y sacrificio cuando se trata del propio entorno, y por otra proporcione tanto goce cuando éstas se exigen al otro con crueldad y falta de compasión?

La respuesta se encuentra en las mismas características que ha implantado la Corrección Política. O mejor, emerge como una consecuencia de la misma. Y podríamos definirla en torno a una carencia, la de la voluntad. En efecto, es la voluntad lo que ha desaparecido del sujeto crecido en el esquizofrénico mundo de la queja y el victimismo propiciado por la Corrección Política. Una extraña laxitud y una cómoda dejación se ha impuesto en el sujeto del hoy, que se ha dejado llevar por una práctica proteccionista absolutamente inmadura por egoísta.

La cuestión es que el sujeto del hoy carece de voluntad, pero no conformándose con algo ya de por sí negativo incrementa su desgracia añadiendo a esa carencia un deseo que se expresa de forma perversa. Ante su reconocida falta de voluntad los adultos no exigen un correctivo, sino que se mantienen ante su derecho de no tenerla... pero ¡además gozan! ante el espectáculo que humilla a quienes públicamente la reclaman. Y cuando digo reconocida digo reconocida; ahí está para corroborarlo la emergencia de los personal trainning, personal shopping, couchers y todo tipo de personajes que son la extensión última de los ineficaces best sellers de autoayuda que llevan leyéndose masivamente desde hace 30 años.

El problema, como ustedes habrán podido deducir, es que cuando hablamos de voluntad sucede lo mismo que cuando hablábamos de sacrificio o de disciplina: que la gente se espanta. Como si la voluntad sólo pudiera ser la voluntad de  El triunfo de la voluntad (Leni Riefesnstahl). Hay que ser muy corto de miras para eso, o muy ignorante... y muy pero que muy vago. Indecentemente vago. Irresponsable: inmaduro.

Previsibilidad y compasión

Volvemos al cine, esta vez sobre una de esas pocas películas que, en contra de lo que decíamos más arriba, no han conseguido consenso en cuanto a su calidad se refiere. Una excepción, pues, que ha llevado a generar opiniones muy contrapuestas entre los mismos profesionales del análisis cinematográfico. Una excepción, una rareza en la historia de la crítica: El árbol de la vida del controvertido Terrence Malick.

La película trata del impacto que supone en una familia la pérdida de un hijo cuando aún es un chaval, pero en contra de lo que afirmábamos de Whiplash en ésta lo que sucede apenas tiene que ver con eso, con la sinopsis, o lo hace tangencialmente, de forma implícita. La película se encuentra plagada de escenas entre místicas y metafísicas en las que muchos críticos se han perdido debido, entre otras cosas, a su absoluta imprevisibilidad. No voy a entrar aquí en la pertinencia de esas escenas ni en lo que ellas afectan a la película como conjunto, pero sí voy a comentar una escena que me parece fundamental aún a pesar de su aparente innecesariedad. Una escena de la que a nadie he oído decir nada, quizá porque la han entendido de forma distinta a como yo lo he hecho.

En una película que trata problemas estrictamente contemporáneos hay una escena de dinosaurios. Sí, de dinosaurios. Puede pasar desapercibido lo que en ella realmente sucede, de hecho y con independencia de lo que se piense de la película, se trata de una escena que podría pasar por una incomprensible y caprichosa escena más de rollo new age. Pero no, lo que en ella sucede alcanza un nivel metafórico de los más sutiles y sensibles que haya podido experimentar yo en los últimos tiempos en el campo de la estética. Para que el lector pueda comprobar hasta qué punto esa escena le ha pasado o no desapercibida, o la ha entendido como metaforica y no como un capricho místico, no tiene más que preguntarse qué es lo que sucede en esa escena. A ver qué se contesta.

Tenemos que recordar que la escena nos sitúa en el mundo agresivo y salvaje de nuestra prehistoria, un mundo habitado por ese espíritu de supervivencia -la ley del más fuerte- que nos han mostrado siempre los libros y documentales escritos por geólogos, arqueólogos, historiadores y biólogos. Una escena de dinosaurios ¡en una película que trata de la extraordinaria amargura que les produce a los padres la muerte de un hijo! Aquí la escena: un dinosaurio débil y moribundo se tambalea sin fuerzas hasta caer en la ribera de un río. Al momento llega otro más grande que con gesto agresivo se acerca sigilosamente. Cuando llega a su altura y comprueba la debilidad de su adversario coloca ferozmente una pata sobre su cabeza. Con respiración agitada lo olisquea y observa un rato mientras, ya digo, inmoviliza la cabeza de su víctima. Pero de repente algo sucede. ¿Qué? No lo sabemos con exactitud, la cuestión es que el dinosaurio depredador decide dejar vivir al dinosaurio malherido. Es decir, decide dejarlo morir con dignidad. O mejor aún: emerge en él la compasión. Así: nace la compasión.

Como bien dice Shakespeare en una de sus siempre contemporáneas obras, la compasión no se tiene, se desprende.

jueves, diciembre 25, 2014

Locke (film de Steven Knight, 2013)



Segunda parte

Podría ser un género ese que proviene de titular una película o una novela con el nombre propio del protagonista. Pero no lo es; nadie, que yo sepa, ha establecido las pautas por las que entender Laura o Gilda como películas de género por el mero hecho de nombrar la película con el nombre propio de la protagonista. Lo que no impide que estas obras dirijan al espectador hacia un terreno tan poco abstracto como reductivo.

Así, Locke, contiene, desde luego, unas premisas reductivas por cuanto le hace saber al espectador que va a ver una película cuyo tema central es el personaje mismo, Locke. En este caso se trataría de Ivan Locke, un ingeniero que en el mismo inicio de la película decide dar sentido a la palabra. A la palabra en su doble acepción; la palabra en tanto que signo lingüístico a través del cual nos comunicamos -todo es palabra en una película que sucede dentro de un coche- y a la palabra en tanto que promesa. Locke es pues un personaje que no saldrá de campo en toda la película y que se servirá de su palabra para validar sus actos, esos de los que sabremos, precisamente, a través de sus propias palabras. Locke es la película de un hombre, Locke, que se ve impelido a realizar un trayecto nocturno para ajustar cuentas consigo mismo. Hay otros personajes, desde luego, pero aparecen sólo en forma de voz, o mejor, en forma de palabras pronunciadas fuera de campo.

O dicho de otra forma: Ivan Locke es un tipo que a mitad de su jornada laboral decide hacer un largo viaje nocturno para resolver un asunto del que se siente responsable y será su "manos libres" lo que le permita dar las necesarias explicaciones a quienes de él algo demandan. Explicaciones en un caso e instrucciones en otro, porque el cometido del viaje es, precisamente y en contra de toda apariencia, no abandonar su deber; no eludir el cumplimiento de su deber. Su mujer y su hijo se han quedado esperándolo para cenar y ver el partido en televisión, y además abandona el trabajo justo cuando en su empresa están acometiendo un proyecto que requiere de sus especializados conocimientos de ingeniero. Sin embargo, insistimos, el único cometido de Locke abandonando momentáneamente a su mujer, su hijo y su trabajo es, paradójicamente, su decisión irrevocable de cumplir con su deber.

Pero ¿cuál es su deber? Pues es aquí cuando el asunto se complica; sobre todo en un tiempo donde el concepto de verdad ha perdido todo sentido debido a una suerte de corrección que le confiere sesgos reaccionarios. En cualquier caso el deber sería, desde el punto de vista kantiano, la obediencia a una ley moral universal que nosotros mismos construimos. ¿Y quién si no?, me pregunto yo, ¿quién, sino nosotros mismos, podría construir una ley moral que pudiera ser universal? ¿Quiénes, sino nosotros mismos, somos quienes debemos obedecer a una ley moral universal? Así surge en Ivan Locke la decisión de abordar su deber. La decisión en tanto que fase última de una deliberación que contiene su propia conclusión. El deber, pues, vinculado a otro concepto que se encuentra en franca decadencia, la moral, ese relativo al ideal y a las reglas éticas que se aplican a la conducta. ¿Reglas dices?, ¿reglas? ¿Reglas, moral, deber, verdad? ¿A quien le interesan estos conceptos en la época de la corrección política? Moral: conjunto de reglas de conducta que se consideran universal e incondicionalmente válidas.

Locke inicia su viaje con el fin de cumplir con su deber, que no es otro que decir la verdad. Así, cumplir su deber en tanto que ser moral. Y "La mayor violación del deber del hombre para consigo mismo, considerado únicamente como ser moral (la humanidad en su persona), es lo contrario de la veracidad: la mentira." (Kant en Metafísica de las costumbres). La verdad, pues, en tanto que adecuación o concordancia entre la realidad (los hechos) y la palabra que configura la individualidad del sujeto.

Y si es la palabra quien configura la individualidad del sujeto sólo sabremos de la verdad y de la mentira a través de ella. Locke no quiere vivir en una mentira y por eso ha tomado la para él necesaria decisión de decir la verdad con independencia del alto precio que tenga que pagar por ello. Que en el peor de los casos asumirá con la conciencia tranquila (¿Conciencia?, ¿Conciencia has dicho?). Y lo hace a través de la palabra en su doble acepción: la palabra en tanto que signo lingüístico que le sirve para comunicarse con su colega, con su jefe, con su mujer, con su ex-compañera y con su hijo, y la palabra en tanto que promesa ("te doy mi palabra") que inexorablemente vincula el momento presente de la misma promesa -que en este caso es pasado: cuando se comprometió con su mujer- con el futuro -que en la película es presente- donde esa promesa debe cumplirse. Locke siente que con la mentira falta a la promesa que en su momento le hizo a su mujer y ello le obliga a decir la verdad aun cuando esa verdad pase por aceptar el incumplimiento de la promesa. Habrá que ver la película para entenderlo plenamente.

En cualquier caso toda promesa se encuentra inexorablemente ligada al plano de la enunciación y la enunciación no es más que el conjunto de palabras que comprometen al sujeto que promete. La verdad de Ivan Locke no es, desde luego, universal, pero no deja de ser la única verdad que conoce: aquella por la que se comprometió a través de la palabra. "Las palabras -dice Jesús González Requena- se dan y se reciben. Es decir, si el régimen de registro semiótico es el del intercambio, el del simbólico es el de la donación. El plano, por eso mismo, en el que tiene lugar la fundación simbólica del sujeto". El sujeto es, pues, en tanto que ser de palabra -dada-.

Locke dio su palabra y faltó a ella. Ahora sólo le queda recuperar la dignidad que supone haber faltado a la palabra; algo que sólo puede hacerse a través de la palabra misma. Cito de nuevo a González Requena, ahora in-extenso:

"Ser: fiel a su promesa
Pues el ser no es lo que es.
El ser es, por el contrario, la palabra encarnada que resiste en -y a- lo real.
¿Existe entonces la verdad?
Existe, desde luego, pero sólo en la medida en que el que la enuncia la desee con suficiente intensidad. Quiero decir: con la intensidad suficiente para ser fiel a su promesa.
Pues en ello le va el ser. Es decir: en ello reside el ser: en la palabra que es verdadera porque resiste y hace frente al caos de lo real"

Así es como Ivan Locke se convierte, con un simple gesto formalizado a través de la palabra, en un héroe; un héroe que lo es, también, debido a la resignación con la que es capaz de aceptar las tremendas pérdidas que le suponen ser un hombre de palabra. En definitiva, Locke, una de las películas más bellas de los últimos tiempos. Una película en la que el texto principal se ve complementado con un texto secundario que funciona como perfecta metáfora de la complejidad que funda toda relación amorosa. Una bella película de amor. Locke: una bella película de amor que probablemente aburrirá a los amantes de la acción y del pensamiento académico.