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domingo, mayo 27, 2018

El Barómetro Juvenil III

(Leer por orden I, II y III)
No he tenido tiempo de continuar mi texto en Barcelona, así que lo retomo en el viaje de vuelta. El tren va lleno y me encuentro sentado en pasillo junto a una mujer que lee un libro de autoayuda llamado Un Milagro en 90 días. Leo en la página que tiene abierta una de las múltiples frases escritas en negrita, una que además se encuentra escrita en mayúsculas, “Cásate con tus sueños”. Intento leer algo más de reojo pero ella ya ha cerrado el libro, ha cruzado sus brazos y se ha puesto a mirar por la ventanilla. Su lectura ha debido durar aproximadamente 20 segundos.

Junto a mí, al otro lado del pasillo una mujer de mediana edad, diría que de unos 45 o 50 años se ha hecho dos selfies nada más instalarse en su asiento y lleva manoseando su móvil desde entonces, han pasado exactamente 20 minutos. Lo juro. ¡Cómo se va la vida tan callando, Dios! Echo una ojeada disimulada hacia atrás: dos jóvenes de barómetro tienen cogidos firmemente sendos móviles con ambas manos como si les fuera la vida en ellos, que les va, no se hablan porque los dos están conectados al dispositivo mediante auriculares, los dos llevan gorra a lo Spielberg calada hacia atrás.

El silencio del vagón es tan sepulcral como inaudito. La mujer de mi derecha parece una estatua y la de la izquierda ha dejado el teléfono sobre su barriga. Perdón, lo retoma con ímpetu, debe haberle vibrado el ombligo. Leo en la contraportada del libro de mi vecina más directa: “Consigue YA la SAGA de 'La voz de tu Alma'” y observo las 6 fotos de las portadas de los 6 libros de la SAGA.

Ya digo, se respira una tranquilidad casi sospechosa. Miro hacia el suelo y veo como la moqueta comienza a supurar un extraño líquido parduzco. Nadie se apercibe de ello. O sí, pero nadie se mueve. Todo permanece en un silencio ensordecedor. El líquido no para de surgir del suelo a velocidad constante. Y ya no es sólo su presencia, evidente por otra parte, sino el hedor que desprende lo que ya es un charco. Ahora sin duda más amarillento. Todos los pasajeros parecen encontrarse en estado semivegetativo, nadie habla con nadie, nadie dice nada. Sólo una chica que se encuentra delante de mí en diagonal teclea su ordenador con la misma cadencia que la mía. Puede que ella de aperciba de la salida de ese líquido viscoso que ya ocupa todo el vagón. Me digo a mí mismo, a quién si no.

La mujer de mediana edad se vuelve a hacer otro selfie, algo que escapa totalmente a los límites de mi comprensión. Ha hecho exactamente el mismo gesto de antes. Por otra parte cuesta reconocer el color original de la moqueta, que creo recordar era verde. Ya no es un charco lo que hay a nuestros pies, es algo más. El agua, por llamarla de alguna forma, el agua cenagosa, eso sí, y sucia, la tenemos ya a la altura de los tobillos y los viajeros siguen sin darse por enterados. Yo he decidido levantar los pies y apoyarlos sobre el asiento delantero, pero los demás, todos, se encuentran con los pies enfangados. Mi vecina más directa sigue absorta mirando por la ventanilla y su libro sigue enseñando la contraportada, con las fotos de los 6 libros de la SAGA y con la foto de su autor, un joven barbilampiño se sonrisa atractiva y dientes muy blancos. El agua es cada vez más sucia. Me agacho para verla de cerca y descubro incluso algunos insectos propios de agua estancada. A estas altura parece agua sulfurosa y desprende una suerte de vapores de doble capa.

Cuando llegamos a Tarragona el agua supera el nivel de nuestras rodillas, pero la gente sigue en estado contemplativo. Los chavales de atrás se ríen al unísono de lo que al parecer ven en sus respectivos dispositivos, ¿estarán viendo lo mismo? El caso es que ríen, pero no emiten sonido alguno. Mi vecina de pasillo suspira ante su teléfono sin percatarse, al parecer, de que el agua turbia nos está alcanzando ya al cuello. En cualquier caso ella teclea como si le fuera la vida en ello, que le va, sacando los brazos por encima del agua. Los vapores que emana esta ciénaga viajera me impiden ver con claridad más allá de dos asientos. El olor resulta insoportable y los bichos campan a sus anchas por todo el vagón.

Cuando comienzo a darlo todo por perdido veo acercarse flotando una casa. Sí, una casa; no parece la maqueta de una casa sino una verdadera casa. Con dos tejados a dos aguas cruzados y como fabricada de madera, con sus puertas y sus ventanas, todas abiertas. Flota perfectamente entre las cabezas que emergen de esta ciénaga insalubre y mortal. Parece que vive alguien dentro de ella pero no alcanzo a saber quién y eso me descompone. Todo el vagón es una ciénaga de cabezas flotantes que son incapaces de reaccionar. Intento encontrar las claves en la casa pero se me resisten, seguramente debido al esfuerzo que hago por sobrevivir. El que enturbia mi aliento y humedece mis ojos. Ya no sé cuánto tiempo hace que hemos pasado Tarragona, puede que semanas. O meses. Renacuajos, culebras y orugas. Mantengo los ojos abiertos a duras penas mientra se escucha la llamada de un teléfono que se debe haber quedado arriba dentro de alguna maleta. Tengo el cuerpo totalmente entumecido y no sé qué me resulta más difícil de soportar, si el hedor insoportable o la exhalación de los vapores. Sé que la clave está en la casa pero no acierto a dar con ella.

sábado, mayo 26, 2018

El Barómetro Juvenil II

(Leer por orden I, II y III)
Pero, ¿son reales los datos que nos ofrece ese Barómetro Juvenil cuando dice que “el 21,6 por ciento de los jóvenes sufre depresión moderada o grave” y el 19, 3 por ciento padece ansiedad y tiene sentimiento de fracaso? Yo diría que reales no, que se quedan cortos. Ayer mismo estuve con una mujer que mostraba preocupación por el presente de su hijo porque había acabado el bachillerato y tenía que tomar decisiones respecto a sus estudios, esto es, respecto a su futuro. Me contaba que su hijo de 17 años quería ser diseñador de zapatillas deportivas. Tratándose de un campo muy cercano al mío por doble partida (profesional y pedagójico) me interesé por ello y le hice algunas preguntas que me parecían pertinentes para conocer más a fondo las inquietudes de su hijo y así poderla ayudar. Le pregunté por ejemplo, “¿por qué zapatillas?”, a lo que me contestó: “ah, porque le gustan”. “Pero ¿acaso le gusta el diseño?, le dije. Contestación: “no, lo que le gustan son las zapatillas deportivas. Así yo, “entonces quiere estudiar diseño? Así ella: “no, lo que quieres es diseñar zapatillas deportivas”. “Bueno, pero para diseñar zapatillas deportivas tendrá que empezar por aprender diseño, ya sea en general o industrial en particular”. A lo que la madre preocupada por el presente de su hijo contestó: “lo que quiere mi hijo es crear una empresa de zapatillas en la que él sea el propio diseñador”. Así que ya hemos llegado al núcleo de la verdad: lo que quiere su hijo es ser emprendedor primero y acto seguido, pero muy seguido, un diseñador de éxito.

Ante tal cúmulo de despropósitos, y dado el cariño que tengo por esa mujer-madre, le hablo de las escuelas en las que se imparten los estudios de diseño y le doy información de primera mano y privilegiada dada mi condición de profesor de una de las más prestigiosas de la actualidad (e incluso le informo de las jornadas de puertas abiertas en las que puede recibir información sobre el terreno de la mismas carreras). También le hablo de documentales con los que el chaval puede disfrutar a demás de hacerse una idea cabal de lo que cuesta triunfar en cualquier terreno, ya sea creativo o no. No toma nota de nada.

Mutatis mutandi. Me encuentro escribiendo este texto en el tren camino de Barcelona; es aquí precisamente donde he leído la noticia de lo del Barómetro Juvenil (26 de mayo). Llevo cerca de una hora y media larga en él, que es el mismo tiempo que llevamos todos los que hemos salido desde Valencia. La chica que se encuentra junto a mí al otro lado del pasillo se ha hecho unos cuantos selfies nada más tomar asiento, desde entonces no ha hecho otra cosa que repasar una y otra vez todos ellos con el fin de determinar, supongo, en cuál de ellos aparecía más mona. No exagero, la necesidad de volver a ellos una y otra vez, y de ampliarlos y repasarlos con el fin de determinar en cuál salía más favorecida le habrá llevado más de una hora. Lo que ha venido después, es decir, lo que ha hecho hasta cubrir esta media hora larga que llevamos en el tren, ha consistido en elegir a quién le mandaba es selfie vencedor para indicarle que ya estaba en el tren camino de Barcelona.


Así que volvemos a la pregunta: ¿son reales los datos que nos ofrece ese Barómetro Juvenil cuando dice que “el 21,6 por ciento de los jóvenes sufre depresión moderada o grave” y el 19, 3 por ciento padece ansiedad y tiene sentimiento de fracaso? Desde luego que no. Lo hemos visto: a la madre le preocupa el presente de su hijo por el futuro que pueda esperarle, pero no está dispuesta a torcer nada. Y al hijo le preocupa su presente en función de unas expectativas que tienen más que ver con la imaginación y la fantasía que con la realidad más cruda. Y es que precisamente, si por algo se definen los milleniums es por eso, por querer vivir no tanto con ilusión sino en la ilusión misma. Son unos ilusos porque viven más cerca del mundo virtual, que es tanto el de sus videojuegos como el que proyectan los media, que del real. Lo que quieren no es tanto hacer algo bien, porque saben de sobra que eso exige mucho tiempo de dedicación, cuanto el triunfar y tener éxito. Quizá descubrieron demasiado pronto que el éxito no se encuentra claramente vinculado a la excelencia. Y por eso, lo que quiere el hijo de mi amiga es ser emprendedor primero y acto seguido, pero muy seguido, un diseñador de éxito. ¿Ansiedad? ¿Sentimiento de fracaso?

Los padres del hoy, lo decíamos hace un momento, pueden hacer cualquier cosa menos todo aquello que, al pensar de sus hijos, a los que temen, les convierta en entrometidos. Olvidando de esta forma que ellos mismos son, precisamente y por definición, los preceptores que por amor y madurez, están obligados a preservar a sus hijos de errores fatales. La madre considera que argumentar a la contra de la disparatada idea de su hijo es alejarlo de su ilusión, sin apercibirse de que no es más que la ilusión de un iluso, un iluso que entre cosas lo es por encontrarse, aún, en estado crudo. En cualquier caso la madre no quiere intervenir demasiado. Y por eso ha incorporado un mantra a su discurso: “el caso es que mi hijo es tan buen chico...”. Mantra que en realidad sólo le sirve para justificar su indolencia y su inoperancia.  

Así que en realidad el porcentaje del que habla el Barómetro Juvenil tiene muchas posibilidades de ser falso porque seguro que no contempla casos como el descrito.¿De qué es entonces carne de cañón este chaval? ¿De ansiedad? ¿De sentimiento de fracaso?

Lo que en cualquier caso está más que claro es que este chaval, como todos los chavales de 17 años tiene, desde los 12, un teléfono de altas prestaciones que le ha permitido ver imágenes que harían vomitar a un adulto. Algo que por lo que veo nadie incluye en los diagnósticos cuando el llamado Barómetro digital se hace cargo de unas estadísticas desoladoras. Y por cierto: no hay padre "en el mundo" que se haga cargo de la desestabilización que provoca el ver ciertas cosas a edades impropias, aún sabiendo todos ellos que una de las funciones de los padres amorosos ha sido SIEMPRE la de preservar a su hijitos de todo aquello que pudiera afectarles y traumatizarles. ¿Que por qué? Por que todos ellos, "todos los padres del mundo" que ponen ese arma nuclear en manos de sus hijitas de 12 años, o hacen la vista gorda o mantienen la firme convicción de que sus hijitas no hacen ese perverso uso del teléfono (porque son buenas chicas). Y es aquí, justo aquí, donde a mí me da el ataque de risa. 

Mutatis mutandi II. Continúo en el viaje. Entra un chaval que rondará los 20 años y se sitúa en mi diagonal cruzando el pasillo, así que puedo ver sus movimientos perfectamente aún queriéndolo evitar. Mide cerca de 2 metros, viste pantalones cortos deportivos y camiseta de algodón estampada. Nada más llegar se atusa un poco el pelo saca el móvil y se hace un selfie, acto seguido le veo usar el móvil con el fin de mandar su imagen a alguien. Todo muy rápido, parece que tiene necesidad de descansar, así que estira el asiento y se dispone a dormir cerrando los ojos. No han pasado ni dos minutos cuando le veo sacar el móvil para revisar su actualidad, lo mira y lo devuelve al bolsillo. No han pasado ni 3 minutos que el chaval vuelve a sacar el móvil de su bolsillo para conocer el estado de sus comunicaciones. Lo dejo, parece que le va a ser imposible descansar, de hecho ahora está con él tecleando a la velocidad del rayo. Juro que todo acaba de suceder tal y como lo he descrito: el chaval parecía querer descansar pero al mismo tiempo no quería dejar de estar conectado. Lo que no sé es si sacaba el teléfono del bolsillo por necesidad compulsiva de saber (?) o porque le vibraba en la entrepierna.


Nota. Este texto está siendo publicado sobre la marcha. Desde el tren. Escribiendo y publicando, pero se acaba el viaje, así que lo terminaré en destino, en el hotel de Barcelona.

El Barómetro Juvenil I


Tenemos nuevos datos sobre los jóvenes, lo hemos visto en los periódicos estos últimos días. Así: tenemos nuevas noticias sobre datos aparecidos con motivo de los últimos estudios realizados sobre los jóvenes. En realidad no tan jóvenes, porque muchos de los datos interesantes que aparecen ene esas noticias hacen referencia a preadolescentes, esto es, a niños.

El barómetro es un instrumento que sirve para medir la presión atmosférica.
¿Cuál podría ser el motivo para que alguien decidiera usar ese aparatito como metáfora para medir el estado e las cosas? ¿Y cuál podría ser el motivo por el que, por eso mismo, podía servir para ponerle calificativos que redujeran el espectro de medición (Barómetro... Juvenil, que así viene escrito, con mayúsculas)? Desde luego es el uso metafórico del concepto lo que le resta gracia a la expresión -que en sí misma posee- y además la deja ante una expectación que debería hacernos contener la respiración. Es más, tal es la expectación que genera un asunto como éste, que no cabría otorgarle un lugar que no fuera la portada, la primera plana.

Una sociedad es tanto más civilizada cuanto más cuida a los ancianos y más se preocupa por el devenir de los niños. O dicho a la inversa: una sociedad es tanto menos civilizada cuanto mayor es el grado de indigencia de los adultos, que son, en definitiva, esos seres de edad intermedia que controlan el mundo y que por tanto deciden sobre la educación de los niños y el cuidado de los ancianos.

En cualquier caso, en esas estamos ahora, en la plena indigencia moral y/o ética, si de lo que hablamos es de (supuestas) sociedades civilizadas. No podemos olvidar que es ahora cuando se dan las condiciones para evitar esa indigencia porque es ahora y sólo ahora cuando la tecnología nos facilita la posibilidad de orillarla y rechazarla. Como bien sabemos. Aunque si bien es cierto que esa misma tecnología es la causante de que los habitantes de las sociedades civilizadas seamos más indignos que nunca. Como en breve veremos.

jueves, enero 11, 2018

Autopista a la Maldad

Se ha apuntado mas de una vez en este blog. La maldad avanza con paciencia y sin freno.

Uno perdió toda esperanza cuando vio el uso que, después de todo, se hacía de Internet. 

Antes de que se impusiera como forma de comunicación total y bastante antes de que las redes sociales se impusieran como forma de vida absoluta uno creía, en toda su ingenuidad, que Internet serviría para impedir que grandes grupos (mediáticos, financieros, políticos, empresariales) nos siguieran humillando y aplastando sin piedad. Uno creía, en toda su imperdonable ingenuidad, que una vez fuera posible la comunicación total y a tiempo real entre TODOS, no habría nada ni nadie que pudiera humillarnos a TODOS. ¡Cuán estúpida ingenuidad la mía! No sólo siguen haciéndolo sino que además lo hacen a cuerpo de rey, es decir con el beneplácito de TODOS, ya mucho más preocupados por sus Insta que por la humillación a la que les someten de forma persistente todas las compañías de telecomunicaciones. Y las de distribución de energía.

Acaba uno de cambiarse de compañía una vez más, con todo lo ello lleva de diálogos surrealistas y de trámites kafkianos. Y por tanto de pérdida de tiempo y dinero. No había forma de hacerse entender ante ninguno de los interlocutores que preguntaban acerca del motivo por el que uno quería cambiar de compañía. Uno les decía de forma concisa, reiterativa e imperturbable: “no puedo soportar ni consentir que se premie la infidelidad”. “Cómo... qué... no entiendo”, contestaban todos los sabios que tienen contratados de mortecinos tele-comunicadores. Así uno sin concesiones ante la ignorancia ética y ontológica: “No puedo entender que después de años como cliente fiel de esta Compañía uno esté pagando más que cualquiera de los que entra de nuevo, me parece una política contranatura por perfectamente injusta, además de poco agradecida”.

Algo huele mucho a podrido. Y mucho se teme uno que las Compañía de Telecomunicaciones no son las únicas responsables de sus actos y decisiones. 


Post Scriptum. Llevan años diciéndonos, tanto desde Tráfico como desde todos los Medios de Comunicación, que la inmensa mayoría de accidentes mortales se producen en carreteras secundarias. Seguramente por eso, una de las decisiones más anunciadas a principio de este nuevo año ha sido el incremento sustancial del peaje en las autopistas. PURA MALDAD. Y mientras los internautas comiendo pipas. 

lunes, mayo 01, 2017

De niños, adolescentes y adultos

 Ahí están ellos tecleando sus aparatitos con sus veloces y asquerosos deditos. Sentados todos ellos en el banco del parque, concretamente en el situado más cerca de la salida, tecleando sus aparatitos con una compulsión poco propia de seres de su edad. Así, sentados en el banco de forma desordenada pero nada casual, teclean todos ellos sus respectivos aparatitos cogidos con firmeza, con ambas manos diría, y moviendo los dedos a la velocidad de la luz, como si les fuera la vida en ellos, que les va, como puede observarse por la velocidad a la que mueven sus veloces y asquerosos deditos. No se hablan entre sí esos niños que se encuentran en el banco del parque sentados con sus aparatitos, esos aparatitos que miran fijamente como si les fuera la vida en ello, que les va. No hablan, no se hablan, sólo miran hacia sus brillantes aparatitos moviendo sobre ellos sus veloces y asquerosos deditos mientras llega un grupo de adolescentes que decide sentarse en el banco de enfrente. Tras unos instantes de risas los adolescentes toman posición definitiva del banco. Sentados de forma desordenada y sin que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido dar una orden de salida se ponen todos a teclear sus aparatitos con sus dedos asquerosos, dedos que no son ni de niño ni de adulto; dedos que no son como los dedos de esos niños que se encuentran en el banco de enfrente tecleando de forma asquerosamente compulsiva sus aparatitos brillantes; dedos que no son como esos gruesos dedos de adultos que tienen su padres. Resulta francamente repugnante ver a esos niños olvidarse de su infancia mientras se concentran en la luz que despiden sus respectivos cacharros, diría yo. Niños que se han olvidado de sí mismos debido a esos aparatitos que toquetean con sus asquerosos deditos veloces, aparatitos que pronto serán cacharros con bordes descascarillados que irán a parar a la basura después de una vida intensa si es que pudiera hablarse de vida cuando se habla de aparatitos. Resulta francamente repugnante ver a esos adolescentes actuando exactamente igual que los niños que tienen sentados en el banco de enfrente, ese banco que se encuentra junto al Frankfurt que se encuentra a la salida del parque. Adolescentes que se han olvidado de ser adolescentes después de haberse olvidado de haber sido niños mientras toqueteaban unos aparatitos brillantes que manejaban con ambas manos simultáneamente. Repugnante por desolador resulta ver a esos adolescentes toqueteando enfermizamente unos cacharritos mientras se le va la vida en ellos, por ellos a través de ellos, que se les va. Como desolador por repugnante resulta ver a esos niños que hacen lo mismo que esos adolescentes a quienes se les va la vida toqueteando compulsivamente sus cacharritos. No hablan entre ellos, sólo manosean de forma enfermiza por compulsiva esos aparatitos que pronto serán cacharros, diría. Así, mientras no hacen otra cosa, lo que hacen esos adolescentes es mover sus asquerosos dedos a toda velocidad sobre esos aparatitos brillantes que les fascinan. Así, mientras esos adolescentes no hacen otra cosa que mover a toda velocidad sus asquerosos dedos mientras se les va la vida en ello, que se les va, los niños del banco de enfrente no hacen otra cosa que mover sus asquerosos y veloces deditos sobre esos aparatitos brillantes por los que se les va la vida, que se les va. Allí están, junto a la salida del parque, sentados de forma desordenada y nada casual, un puñado de adolescentes que no hacen otra cosa que lo que les apetece, que es precisamente lo mismo que hacen esos niños que se encuentran sentados en el banco de enfrente que se encuentra situado a la salida del parque junto al Frankfurt. Niños que no hacen otra cosa que lo que les apetece: mover sus asquerosos deditos compulsivamente sobre unos aparatitos brillantes sumamente parecidos, si no iguales, a los que poseen sus padres, quienes habitualmente mueven sus dedos veloces, pero no tanto, pero sí más gruesos y por ello más asquerosos, sobre unos aparatitos brillantes, diría, que recargan todas las noches junto a la cama, en la mesita de noche. Así, esos niños que se olvidan de ser niños mientras hacen lo que hacen sus padres -siendo niños que no hacen otra cosa que manosear esos cacharritos como lo hacen sus padres, que recargan esos cacharritos todas las noches junto a su cama-, esos niños, digo,  no hacen otra cosa que lo que hacen sus padres, padres que con sus gruesos y patéticos dedos no hacen otra cosa que manosear sus aparatitos brillantes cogidos firmemente con las dos manos. Moviendo sus gruesos y asquerosos dedos a toda velocidad, que es una velocidad patética, como si les fuera la vida en ello, que les va, mientras se les va la vida en ello, que se les va. Y así Ad libitum.


domingo, noviembre 22, 2015

Lo que verdaderamente pasa con el Arte 2

Para leer este texto recomendaría primero acceder a estos enlaces:




Resulta fácil entender la afirmación que hace hoy (22-11-15 Levante) Tomás Lloréns en una entrevista a doble página en la que asegura que la gestión del arte debe dirigirse “a los ciudadanos y no a grupos de profesionales que viven de la cultura”. Porque, en efecto, una de las perversiones más habituales que se derivan de las actuales formas de política es sin duda la corrupción. No hay partido político gobernante que no ceda a la tentación de convertir la cultura en aquello que más les interesa y para ello no dudará en usar los mecanismo que se han demostrado eficaces políticamente, cediendo favores a ciertos grupos especializados en vivir del cuento. A veces no son ni siquiera amigos o avenidos, simplemente lo hacen porque a ellos, los gobernantes, les resulta más cómodo dejar la cultura en manos de técnicos mediocres (“profesionales que viven de la cultura”) conocedores de los límites y cómplices del nepotismo tácitamente aceptado, que dejarlo en manos de quien por independencia pudiera generar problemas. Otra cosa sería aceptar que la gestión del arte debiera ir dirigida a los ciudadanos. He aquí, pues, el gran dilema no resuelto: nadie sabe qué significa que la gestión del arte tenga en cuenta a los ciudadanos.

Dilema que no resuelve el gran experto Tomás Lloréns, como demuestra en toda la segunda parte de la entrevista. Más bien al contrario, lo que hace es mostrar la incapacidad que sufre hoy en día la Institución para explicar su caótica existencia actual. Después de una afirmación que sin duda proviene de la indignación (la gestión del arte no debe ir dirigida a grupos de profesionales que viven de la cultura*) el experto, uno de los más reconocidos internacionalmente, se pasa media entrevista pidiendo que la gestión de la cultura se deje en manos de profesionales independientes, es decir de profesionales no vinculados a ningún partido político. Pero, ¿pueden convivir las dos afirmaciones simultáneamente? Sin duda, no. Esta esquizofrenia es típica y comprensible de quien ha vivido la Era del Arte (analógica) y se resiste a las nuevas pautas que marca la Era Digital. Recordemos que la Era del Arte no fue más que el producto del hacer de unos profesionales que jamás pudieron ser cuestionados “desde fuera”, lo que decían y hacían era incuestionable. Y eso por no hablar de la (im)posibilidad actual de desligar los grandes eventos culturales de los presupuestos del Estado, que ese es otro tema

De hecho, resulta muy significativa la contradicción de Lloréns: por una parte niega la autoridad a “grupos de profesionales que viven de la cultura” y por otra exige que la gestión cultural sea llevada a cabo… por profesionales. Significativa por cuanto delata las debilidades -o los miedos o las perversas nostalgias- que afloran en quienes han perdido el monopolio de la opinión y por tanto de la configuración del sistema Arte. Para eso debemos aceptar que el experto -antes crítico/historiador/director/galerista- lleva ya muchos años fuera de servicio y su poder es casi nulo en la configuración del sistema. Aunque no así la del comisario, figura por la que ha sido sustituido y que, como bien sabemos, es una figura meliflua y adaptativa que genera proyectos para los que son necesarias unas muy buenas relaciones con las altas instancias políticas.

Pero es en la explicación que da Lloréns a este desafuero que ya nadie discute donde se encuentra el fatal error, ese error que sólo podrá mantener vivo el propio desafuero. Y todo porque tal explicación nace de un entendimiento del arte absolutamente periclitado, desfasado, es decir justificado con argumentos excesivamente “analógicos” (pertenecientes a la Era del Arte, no a la Digital). Para Lloréns ese desafuero en la gestión del arte se debe a los propios mecanismos utilizados en la misma gestión, que se rigen por lo él que llama “innovación destructiva”. En efecto, para el experto todo este desorden que habita la gestión del arte contemporáneo se debe a la necesidad de actuar como lo hace el mercado tecnológico: proponiendo ciclos destructivos que se fundamentan en la promoción constante de lo novedoso. Para él toda la culpa se encuentra en esta perpetua necesidad de renovación. Así, es cierto,la causa se encontraría en la propia Era Digital, pero el pensamiento con el que se analiza esa causa es puramente analógico y no atiende realmente a las condiciones mismas del presente.

Pero de lo que no se da cuenta Lloréns es que la cuestión podría ser mucho más fácil de entender -y de explicar- a poco que observemos atentamente el actual estado de las cosas:

En la Era Digital coexisten dos tipo de personas: los antiguos amantes del arte (seres más analógicos, antiguos compradores, galeristas, críticos) y los nuevos consumidores de internet. Los primeros YA no compran porque se sienten estafados debido a los precios que tuvieron que pagar por lo que hoy no vale NADA. Y los segundos están directamente en otra onda; no quieren saber nada que ocupe las paredes y almacene polvo. Paredes de casa que no tienen porque su única casa es la nube. Además en esa nube lo tienen todo y su afinidad electiva jamás se verá contaminada por la opinión de alguien (experto) que intente imponer ciertas jerarquías ya sólo justificadas por caprichos personales. Por eso insisto: Damien Hirst y Jeff Koons son los últimos artistas de la Era del Arte, una era periclitada. Todo lo que ha venido después no sé lo que es, pero desde luego que no pertenece a la Era del Arte porque esa era ya no existe más allá de los vestigios testimoniales que haya podido generar una inercia sentimental y especulativa.

*Frase que viene precedida de un titular que corrobora el enfado que envuelve la entrevista del experto: “La situación del San Pío V es una total vergüenza”.

Post posterior y complementario
http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2015/11/lo-que-verdaderamente-pasa-con-el-arte-3.html

viernes, noviembre 20, 2015

Conocimiento de juguete

Cuando digo que la Guerra está perdida… quiero decir, sólo, esto.

En la cola de embarque del viaje de vuelta se coloca justo detrás de mí un hombre adherido a su teléfono. Tendrá entre 35 y 40 años, viste informal pero atildado, su tono de voz es suave tirando a bondadoso y mantiene una seria pero pausada conversación con uno de sus empleados:

“Es que la cosa está pasando de castaño oscuro. No puedes llegar tarde a la oficina todos los día, las cosas no son así. Si en la empresa marcamos un horario no es por capricho y lo que no puede ser es que alguien se tome ese horario a cachondeo, en este caso tú. Además, estás dando mal ejemplo a otros técnicos que puede generarnos problemas. Sé que eres un buen técnico pero eso no te da derecho a hacer lo que te dé la gana, de hecho sabemos de tu capacidad y por eso te hemos puesto un sueldo superior al habitual [...] No deberías enfadarte. Lo único que estoy haciendo es prevenir males mayores. Todos entramos a la misma hora y no sé por qué tú tienes que ser distinto, no creo que haya mucho más que discutir. Estás bien pagado y si piensas que este trabajo se queda corto para tus espectativas yo lo entenderé, la puerta de salida está igual de abierta que la de entrada. Si tienes algún problema no tienes más que decírmelo y lo hablamos. Nosotros te queremos con nosotros, sólo depende de ti el que continúes y lo único que queremos es que cumplas con nuestras normas”.

Esto es, de forma resumida, lo que le viene a decir a su empleado ese desconocido que ha coincidido conmigo en la cola de acceso al avión. Y digo de forma resumida porque, en efecto, su discurso ha sido todo lo repetitivo que al parecer le exigía un empleado díscolo y con demasiado amor propio. En cualquier caso su discurso se ha desarrollado  con muy buenos modos, muy buenas palabras y mucha paciencia.

Toca subir al avión. Nos hemos repartido de forma aleatoria en el autobús de embarque, así que enseguida pierdo de vista al joven y correcto empresario. Subo de los primeros por la puerta delantera y me sitúo en el asiento que marca mi billete. Con el avión medio lleno lo veo venir de lejos y me digo a mí mismo “sería mucha casualidad que este tipo fuera mi compañero de asiento”. E inmediatamente yo mismo me contesto “no, no puede ser, sería demasiada casualidad que de entre 150 viajeros posibles me tocara, justo, ese personaje con el que he compartido la cola de embarque”. Pues sí, sí puede ser. Como de hecho ha sido. Y en efecto, su asiento es el contiguo al mío. 

Después de estar hora y media fijando su mirada en la bandeja del asiento delantero el empresario bonachón saca su teléfono y se pone a jugar el resto del viaje a Assassin’s Creed, un juego que exige rapidez en los pulgares. Qué destreza a la hora de torpedear barcos. 

lunes, noviembre 16, 2015

La Guerra está perdida

Hay que estar al menos dos horas antes por lo que pueda pasar, dicen, así que con ese margen de tiempo llego yo al aeropuerto. Aunque he tenido que salir de casa hora y media antes porque no sé muy bien cómo funciona el metro de mi ciudad y no he querido jugármela. Así, tres horas y media antes de la hora de partida prevista.

Cuando llego a ese mal llamado -por los intelectuales cursis- “no lugar” ya desespero un poco en la cola donde suministran la tarjeta de embarque, pero nada que ver con la desesperación que me produce la inmensa cola que tengo que padecer antes de pasar semidesnudo (sin reloj, ni teléfono, ni cartera, ni cinturón, ni zapatos, ni dignidad) por el arco de triunfo, ese arco que separa el mundo terrenal del mundo celeste.

Subo al avión en donde supuestamente tengo que pasar tres horas y media. Me siento en una especie de silla donde quedo encajado por las lumbares y las rodillas, que quedan ipso-facto inmovilizadas. Haciendo una pequeña contorsión logro desplegar una revista que me veo obligado a leer en perspectiva pues no consigo de otra forma la distancia focal necesaria para hacerlo correctamente. Afortunadamente llevo conmigo un libro de pequeñas dimensiones que sí puedo leer de forma más o menos confortable, pero sin poder variar la posición de mi cuerpo durante las tres horas y media que dura el vuelo -salvo la leve distensión muscular que me proporciona una visita al excusado.

El pasajero de mi izquierda se toma con calma un zumo de tomate que bebe a ruidosos pequeños tragos. El de mi derecha no para de dar saltos en una moto virtual que lleva en su teléfono, y su novia se pasa todo el viaje recibiendo y mandando mensajes moviendo compulsivamente sus veloces pulgares. Lo llamarán casualidad, pero tanto de detrás de mí como delante tengo dos bebés de 8 y 9 meses. ¿Que cómo lo sé? Porque se lo han preguntado a ambas madres 5 o 6 veces durante el trayecto. El de atrás me cose todo el viaje a patadas y el de alante sólo duerme si le accionas una especie de carraca. Dos filas más allá hay otro al que nada parece consolarle. Nadie en todo el avión lee un libro, me lo han permitido comprobar mis necesidades biológicas.

Sé que me lo voy a pasar muy bien en destino, pero también sé que la Guerra está perdida.

Addenda. Una vez más no voy a recomendar el libro que me ha dado tiempo de leer íntegramente durante el trayecto, entre otras cosas porque me exigiría dar muchas explicaciones. Lo que sí me gustaría es transcribir un estupendo párrafo entre los muchos que contiene: “La felicidad radica en sentir que lo que se hace tiene un significado eterno, pero, incapaz de traspasar el ámbito de lo instantáneo, la mentalidad moderna lo degrada en diversión o placer, adulteración especiosa de la alegría que, pasada por el rodillo de la inmediatez, se convierte en valor social y objetivo vital”. También el libro contiene una maravillosa cita que viene firmada por Frithjof Schuon: “Entre la mujer y el hombre existe, en el aspecto espiritual, superioridad recíproca. En el amor cada uno asume respecto del otro una función divina”.

miércoles, noviembre 04, 2015

Tecnología y Ética

Iba diciendo que la actualidad tiene su punto, por supuesto, pero si tuviera que vivir sólo de ella no encontraría muchos motivos para soportarla.

Habrá mucha gente a la que no le diga nada el nombre de Colt Thornton, y aunque me apena lo entiendo. No son tiempos buenos para predicar nobleza. Y sin embargo para mí nada hay cualidad mejor a la que aspirar. Entre otras cosas porque viene inevitablemente asociada a otras.

Como cada año lo he vuelto a hacer. Se trata de una práctica habitual en mí la de sentarme tranquilamente a ver dos películas: Río Bravo y El Dorado. Y es aquí donde sale a relucir el nombre de Colt Thornton, el pistolero insobornable cuyos principios atienden a esa cualidad tan inusualmente propiciada por una educación más bien enfocada al “sálvese quien pueda”. Colt Thornton del El Dorado o Chance de Río Bravo, que tanto monta (John Wayne, en cualquier caso). Porque con sus diferencias configuran un tipo de héroe tan distinto a los héroes del hoy, que es fundamentalmente un ESTRATEGA.

De lo que se trata es de pensar que la nobleza no es cualidad que nos venga dada en tanto que seres humanos, sino más bien algo que uno se propone y que se trabaja. Pero tampoco es noble aquel que quiere sino aquel que lo consigue. En cualquier caso la nobleza exige atención porque a la que nos descuidemos encontramos excusas para escamotearnos a nosotros mismos.

Visionar tranquilamente, decía. Única forma de que la esencia del film -de cualquier buen film- penetre en las entrañas del espectador.

Así, podemos decir que recomendar el visionado de estas películas ya contiene dos handicaps (sobre todo para la gente joven, que son los que no saben nada de este tipo de héroes), los que imprimen las exigencias: la de querer ver las películas y las de dedicarles el tiempo necesario. ¿A qué parece una perogrullada? Pues no lo es. Querer significa tener voluntad y es posible que muy poca gente la tenga para ver algo tan “antiguo”. Y después está lo del tiempo, tan íntimamente ligado a lo del espacio. Sabemos que nadie -absolutamente nadie- tiene tiempo para hacer algo que le viene sugerido o aconsejado si su voluntad es ajena a ello. O por decirlo de forma directa: sentar a unos adolescentes ante Río Bravo puede llegar a resultar una empresa suicida. Sobre todo si les quitas el teléfono. Y mi conclusión no sería que ellos se lo pierden sino que nos lo perdemos todos. En unos tiempos donde se proclama que ya “no necesitamos héroes” (como decía el slogan de aquella imbécil artista posmoderna) resulta fácil introducir confusión en la enseñanza de valores éticos.

Si después de todo existen aún buenas personas desde luego que será a pesar de ese todo.

Coda. Es ciertamente triste ver el tiempo que los niños y adolescentes dedican a sus teléfonos móviles, sobre todo y fundamentalmente porque no extraen de ello nada positivo. Pero lo que resulta patético además de desolador es ver a adultos dedicados en cuerpo y alma a estos dispositivos -o a las redes sociales.

domingo, noviembre 01, 2015

Tecnología

Es lo que hay

Hace ya cerca de 3 meses se me ocurrió comentar en familia mi intención de cambiar de teléfono móvil. Especifiqué que no se trataba de un capricho sino de una necesidad que se debía a su pura disfuncionalidad del dispositivo. La respuesta no se hizo esperar, tanto por parte de mi hermano como por parte de mis sobrinos, dos mellizos de 15 años, todos ellos grandes usuarios de estos apabullantes artefactos tecnológicos. Cuando vi hacia dónde se dirigían sus consejos no tuve más remedio que interrumpirles para señalar, con toda precisión, cuáles eran mis verdaderas necesidades de uso. Más bien mínimas.

Pues bien, su forma de ignorar mis precisiones fue tan sorprendente como significativa. Yo había dejado claras mis bajas pretensiones respecto al uso, pero ellos discutían sobre modelos que, por lo que contaban, superaban innecesariamente mis necesidades. Tras un periodo de escucha en el que ellos se intercambiaban marcas y siglas como si fueran trabajadores de la NASA me vi obligado a tomar la palabra para insistir en mis intenciones, pero esta vez desde otro ańgulo: “no quiero gastarme más de 100 euros y si el modelo es pequeño mejor que mejor”.

Al unísono los tres: “¡Pero eso es imposible! Además un teléfono pequeño no sirve para nada. Es más, ya no hay teléfonos pequeños, pero si alguno quedara por ahí desde luego que a ti no te serviría para nada”. ¿Lo ven ustedes? De nada había servido que describiera con precisión y con cierto laconismo que yo sólo quería un teléfono para llamar y mandar mensajes. No dejaban de hablar de capacidad, de almacenaje, de velocidad, de multifuncionalidad y sobre todo de núcleos. He de reconocer que lo de los núcleos me dejó fuera de combate, pero disimulé como mejor pude y dejé que mi voz se expresara por intuición: “es que a mí lo de los núcleos no me afecta demasiado, lo único que me interesa es que mi teléfono se comporte, lo mejor que pueda, como un teléfono”.

Por la complicidad de su miradas comprendía que había hecho el ridículo, pero me recompuse: “No es que no me importe la velocidad, lo que pasa es que tanto núcleo no creo que yo que…”. Mi sobrino me interrumpió: “Sí Alberto, no se trata de lo que necesitas sino lo que las novedades tecnológicas ponen en el mercado, novedades que anulan todo lo anterior. Así que si no quieres volver a tener problemas de aquí a unos meses no deberías comprar algo que está ya casi obsoleto”.

Esto, como digo, sucedió hace unos tres meses. Hace un par de semanas tuvimos la oportunidad de retomar el tema en un paseo por la ciudad de Alicante, ahora ya sólo con mi hermano y mi sobrino, quien sin duda muestra un interés especial por ayudarme a sustituir mi disfuncional teléfono. Su bondadoso carácter imprime al problema un halo de tragedia y por eso pone mucho interés en solucionarlo; no entiende cómo puedo ir por la vida con un teléfono tan birrioso. O por decirlo de otra forma, sufre verdaderamente por verme con esa antigualla que tiene una vida tan propia que ignora la mía. Y por eso no ceja en la búsqueda del modelo apropiado. Nos metimos en una tienda de telefonía y me señaló los más apropiados para mí, pero no sin poder evitar el señalarme sus discrepancias respecto a todos ellos. Me leía sus especificaciones -dispuestas en las cartelas-, con el aire de un catedrático cansado e inmediatamente me decía: “Éste te podría ir bien, desde luego, pero por un poco más yo me llevaría ese otro que…”

“He encontrado el teléfono que buscas”, me dijo ayer con toda la buena voluntad que cabe en el mundo. Cuando me especificó sus características me vi obligado a preguntarle si recordaba cuáles eran mis necesidades. Sí las recordaba y además perfectamente, pero en su elección había pesado mucho más algo que a cualquier nativo digital le resulta imposible ignorar: las novedades del mercado en materia tecnológica. “Es demasiado para mí”, le dije después de agradecer su interés, “yo preferiría algo más sencillo”. Pero él seguía sufriendo por una posible decisión errónea por mi parte: “Es que lo que tú quieres ya no sirve para nada, no podrás hacer nada con él, además ya no hay teléfonos pequeños”. Yo le interrumpí, “es que no lo quiero para nada; sólo lo quiero para llamar y mandar mensajes”. “Vale -me contestó-, ¡pero es que ni siquiera podrás jugar a tu propio videojuego!”. Y llevaba razón en esto, porque mi última creación “artística” es un videojuego que saldrá al mercado por Navidades. Y es absolutamente cierto que no podré jugar a Vulcano si no tengo un teléfono con la suficiente capacidad. Algo que por supuesto me importa una higa. Aunque adore a mi sobrino.

La verdad es que tiene toda la razón Félix de Azúa cuando se “descojona” de todas esas disquisiciones acerca de si la religión debe estar o no presente en la educación escolar. Sobre todo si tenemos en cuenta que nadie tiene en cuenta los efectos de la verdadera religión de los nativos digitales.  

Previo. La actualidad tiene su punto, por supuesto, pero si tuviera que vivir sólo de ella no encontraría muchos motivos para soportarla.

lunes, agosto 17, 2015

Soy un mequetrefe

Como expliqué en este blog hace ahora un año exactamente me vi obligado a desprenderme de una buena parte de mi biblioteca, de unos 3.000 ejemplares aproximadamente. No es que fuera una gran biblioteca, pero era la mía, la que fue configurándose poco a poco a lo largo de toda mi vida. Fue un momento triste, como ya apunté en su momento, que aún no termino de superar. Me quedé con el número de ejemplares que me permitía mi nueva casa. Cerca de 5.000, una miseria si la comparas con las verdaderas buenas bibliotecas. O al menos con la que me hubiera gustado tener.

A pesar de todo cada vez que alguien entra en mi casa queda pasmado del culto al libro que en ella se respira. Y siempre hay algún lelo que pregunta si me los he leído todos.

La verdad es que sin mis libros sería menos yo. O sea, un Alberto disminuido. Casi inútil. O por lo menos acobardado. Es cierto, además de ofrecerme compañía los libros me ofrecen seguridad. Y sé que como ángeles custodios velan por mí de forma absolutamente desinteresada. Curan igual la euforia que la melancolía. Su posesión resulta importante pero tanto como su misma presencia. No soy capaz de entender a quienes no abarcan con la vista todos sus libros (aunque sea en diversas estancias), además bien dispuestos en sus correspondientes bateas. Hay libros para leer, libros para ver, libros para consultar, libros para releer y libros para tener. Pero deben estar siempre a mano todos.

Elegir el libro apropiado para un viaje o una estancia es trabajo difícil, pero hay que hacerlo a menudo. Puedo dejar la maleta para el último momento previo al viaje, pero los libros tienen que haber quedado clarificados al menos con un día de antelación. Y aún así uno se ha equivocado tantas veces. Lo ideal es llevarse los seleccionados más dos de reserva si se trata de una estancia, y uno más uno si se trata de un simple viaje.

Tres han sido los seleccionados para esta corta estancia que acaba. Esta vez el error no ha radicado en la elección, que algo de eso también ha habido, sino en el cálculo del tiempo. Me he pulido los tres demasiado rápido. Ante mi desconcierto MJ me habla de su I-Book y de sus ventajas. Como toda aquella persona integrada en asuntos tecnológicos hace un esfuerzo por convertirme. Yo me hago el estrecho pero ella insiste en que lo pruebe arguyendo que no tengo nada que perder. No me cabe otra que aceptar una pequeña demostración porque aquí no hay librerías y necesito seguir leyendo. Con el dispositivo en sus manos me va explicando su funcionamiento y la verdad es que se lee bien en él, es decir, se lee bien en él. Poco más. Uno le explica las desventajas de leer en pantallita (que no son nada comparadas con las desventajas reales) con toda la parsimonia de la que uno es capaz, pero ella no las entiende, entre otras cosas porque hay dos grandes ventajas que le resultan indiscutibles. Tan indiscutibles que no se muestra dispuesta a réplica alguna: su capacidad de almacenamiento y su precio. En efecto, su capacidad de almacenamiento porque tiene 14.000 ejemplares en su haber y su competitivo precio porque esos 14.000 ejemplares le han costado cero euros.

Me acuerdo entonces de aquel soldado romano que en un volúmen de Asterix, concretamente en el de Asterix legionario,se estaba preparando para las Olimpiadas de atletismo. Pasa el atleta-soldado corriendo junto a los dos soberanos protagonistas de todas las historietas, Asterix y Obelix. Por razones que no recuerdo bien estos se ven obligados a decirle algo al atleta romano que acaba de pasar delante de ellos a toda velocidad y no se les ocurre otra cosa que correr hacia él. El soldado queda perplejo ante tal situación, pues ha sido fácilmente adelantado por un viejo y un gordo. Sin embargo el soldado no se arredra y en un gesto entre cabreado y chulesco arranca un arbolito y lo usa de jabalina con el propósito de demostrar su fuerza y habilidad. Entonces Obelix, con esa ingenuidad que tanto le caracteriza, lanza su menhir -de media tonelada- a más distancia que el atleta, y lo hace incluso alcanzando a un romano del poblado vecino. En la viñeta que sigue a los acontecimientos descritos aparece el corpulento atleta romano con las rodillas dobladas y mirando al lector/espectador dice "soy un mequetrefe".

viernes, agosto 12, 2011

Histeria, esquizofrenia y blackberrys

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. No hay cadena que no cuente con su particular programa de reportaje callejero, y no hay reportaje que evite el estilo que al parecer demanda el público del presente: un periodista sin rostro que con una cámara al hombro se dirige a los personajes que persigue y filma. Y todos encantados de ser filmados.

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. Miles de jóvenes enloquecidos en lo que podríamos denominar vida nocturna. Todos los jóvenes están deseando que lleguen los fines de semana o las mismas vacaciones para enloquecer rodeados de sudor, alcohol, drogas y mucho sexo. Todos los días en cualquier cadena podemos comprobar la cantidad de jóvenes que disfrutan la noche disipándose a base de música ensordecedora y arrítmica y a base de pastillas y alcohol. Pones la televisión y ahí está uno con la corbata atada a la frente y gritando “Marcha a tooooope” con cientos de personas detrás de él yendo a la suya, que es la de todos. Cambias de canal y ahí está el otro enseñando el cubata a la cámara y gritando “mola mogollón, esto es la hostia”, mientras su amigo le coge por el hombro y le saca la lengua a la cámara. Y cambias de canal y ahí está ella, enseñando las bragas y expresando con claridad su sentir, “yeh, yehhhhhhhh”. Cambias de canal y aparece un chico formal que desde su puesto de trabajo comenta su ritmo de vida. Nos enteramos que detrás de esa formalidad se encuentra su pasión, la “marcha” de los fines de semana. La cámara le sigue durante el fin de semana, pero sólo puede mostrar lo que puede verse, que es sólo la punta del iceberg. Desenfreno. EL chaval ha perdido su humanidad desde el viernes por la noche y ahora parece un cavernícola; grita groserías, bebe dirigiéndose a sus padres con un saludo cínico y se sube a bailar encima de un coche que tiene al lado. Una de las chicas que le acompaña no tiene reparos en soltar un par de intimidades en absoluto estado ebrio. Cambias de canal y aparecen una docena de chicas con las tetas operadas bailando en el trampolín de una piscina y cambias de canal y te encuentras las confesiones de una pandilla de chavales que han ido a veranear a Benidorm y se encuentran en un club en el que trabajan dos mujeres (madre e hija) que tienen un espectáculo que consiste en meterse cosas por el coño. Cambias de canal y aparece un reportaje de una fiesta gay que se celebra cerca de Barcelona y dura una semana. Música continua, alcohol, espectáculos y una piscina en la que caben 5.000 personas chapuzando. Diran, son cosa de la televisión, que ya se sabe. Y yo diré, sí.

TODOS esos jóvenes no parecen necesitar gran cosa. Sólo quieren divertirse. Y por eso TODOS aparecen eufóricos ante las cámaras. TODOS están muy contentos y, sobre todo, TODOS tiene su blackberry en el bolsillo, aunque las cámaras sean incapaces de captarlo. TODOS, ya sea del 54 % de los jóvenes que trabaja o ya sea del 46 % que está en el paro. TODOS. De lo único que no hay duda es que TODOS esos miles de jóvenes que salen de marcha nocturna tienen su blackberry en el bolsillo. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.

Los vimos en todas las cadenas de televisión hace unos meses; en la periferia de París incendiando coches, ahora los vemos en varios lugares de Inglaterra incendiando casas y saqueando negocios, según ellos porque les falta para comer. Pero TODOS con el móvil en el bolsillo, incluso los menores de edad. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.