De un espectador cansado
Perdónenme pero acabo de presenciar algo en la calle que me ha afectado tremendamente. No lo podía creer pero estaba sucediendo delante de mis ojos y mis oídos.
Y esta vez no lo pienso contar, me siento bastante cansado de contar cosas que a nadie interesan. No se trata de una queja, nada más faltaba, pero la cosa es que no tengo ningunas ganas de contárselo a ustedes, no sólo a los pocos lectores que me siguen, sino a todos los demás. Son diez años escribiendo textos que combinan el análisis, el pensamiento y las experiencias vitales propias. Y lo único que puedo decir es que cada vez tengo menos lectores. Lo cual no deja de ser una contingencia que siempre fue previsible aun cuando en el fondo existiera un deseo impronunciable fundamentado en la necesaria autoestima.
Me ha parecido tan atroz lo que acabo de presenciar que me ha dado fuerza para decir todo lo que quiero decir. Y lo que quiero decir es que me tienen ustedes harto, y no me refiero a los pocos de ustedes que me siguen, aunque también, sino a todos los demás.
Lo sucedido se encuentra relacionado, cómo no, con los efectos de la corrección política, precisamente el asunto por el que hace 10 años me decidí a abrir un blog y a escribir, fundamentalmente, para encontrar argumentos que me permitieran seguir siendo libre en mis opiniones. En cualquier caso la única explicación que puede darse a esa pérdida de lectores producida con perseverante cadencia sólo puede encontrarse, cómo no, en mi incompetencia. O a la poca capacidad de decir cosas interesantes, que viene a ser lo mismo. No hay otra.
Así que perdóneme pero pueden ir ustedes a tomar por culo. Y no me refiero sólo a los pocos que me leen, sino fundamentalmente a todos los demás. Especialmente a los que, además, fuman.
Eso sí, seguiré escribiendo a pesar de ustedes, los que no me leen. Porque si ustedes los que no me leen me leyeran dejaría de escribir inmediatamente.