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sábado, marzo 14, 2020

La sociedad de la opulencia


...y de su forma curiosa de actuar

¿Por qué no salió ayer en los medios Irene Montero para hablarnos del techo de cristal?, ¿Por qué no salió anteayer para señalarnos los signos machistas que afloran cuando un padre le compra una pelota a su hijo? ¿Por que no va a salir hoy para relatarnos una nueva fantasía policial? ¿Por qué no veo a nadie en ningún lugar hablando de las pocas mujeres ingenieras que hay? ¿Por qué en los periódicos no aparecen noticias sobre el empoderamiento de la mujer; ni sobre su poca visibilidad (sic)? ¿Por qué desde hace 3 días no oigo a nadie diciendo que los varones estamos confabulados de forma organizada para fastidiar a las mujeres? ¿Por qué ahora sólo oigo hablar de infectadOs?

*Tercer día de pánico producido por el Coronavirus

sábado, febrero 11, 2017

Premios Goya y la mujer

Un tal Jesús Mota (que no José Mota) decía hoy en El País que el IVA no era un problema relevante para la industria cinematográfica española. Lo explicaba muy bien en la misma página del editorial. Con una reducción del IVA al 10% en vez de al 21% no se solucionaba el problema que la industria dice tener, que no es otro que la falta de espectadores, esto es, la falta de ingreso por taquilla, esto es, la falta de dinero con la que poder financiar otras películas, la falta de músculo en una industria en la que pocos quieren invertir.


De hecho, en los Premios Goya de este año se ha pasado de puntillas sobre el asunto. Quizá porque, como bien se hizo saber en su retrasmisión, éste ha sido un buen año para el cine español: más estrenos, más espectadores, más dinero. La cuestión es que pudiendo haber incidido en el asunto del IVA como objeto de crítica y reivindicación no se ha hecho. Y el gremio sabrá por qué, pero no deja de ser algo desconcertante. Sobre todo si sabemos lo que el gremio disfruta regodeándose en la denuncia y en la reivindicación activista.


¡Y tampoco hay ninguna Guerra contra la que “luchar”! [O sí, pero fuera de España, lo que al parecer la hace irrelevante para los cómicos españoles. "No a la guerra" sólo si está en ella involucrada Españita].


Así, ¿qué hacer en los Premios Goya este año?, ¿qué hacer para no abandonar ese espíritu crítico, reivindicativo y activista que tan cachondos les pone a los del gremio? Pues fácil, buscar un asunto que les permitiera seguir con la queja, la denuncia y la reivindicación; y nada mejor (a falta de otro más coyuntural) que el asunto de la mujer y su discriminación(?). Que ese nunca falla.


Y por ese lado se escoró este año la “necesaria” carga ideológica que al parecer debe contener la anual entrega de premios. 


[Por cierto, desde que escribí el último post ](http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2017/01/mujeres-y-arte.html) a ahora se ha publicado en MAKMA otro artículo sobre el asunto (http://www.makma.net/el-arte-de-vender-arte/). Habla la Asociación de Galerías de Arte de la Comunidad Valenciana, compuesta por 18 galerías de las cuales 16 se encuentran dirigidas… ¡por mujeres! ¿Y qué se dice en el reportaje escrito por la infatigable reivindicadora Bel Carrasco? Pues que se necesita más presencia de la mujer en el mundo del arte.


Pero ¿acaso es que su presencia es realmente poca?* Desde luego que, dada la cantidad de mujeres que dirige y representa el sector comercial de ese mundo vinculado a la sensibilidad, podría decirse que NO, que su presencia es incluso abrumadoramente mayoritaria. Sin embargo siguen quejándose de la poca presencia de artistas-mujeres en las galerías de arte (?), exponiendo en galerías de arte.


Seguro que a estas alturas del post ya hay gente que cree tener la respuesta a ese desfase señalado por las mujeres a modo de denuncia. Seguro que hay gente que piensa que todo el mal (que se significa en esa diferencia cuantitativa respecto al hecho expositivo) proviene, cómo no y una vez más, de las estructuras patriarcales tradicionales y machistas que impiden a las féminas estudiar carreras como la de Bellas Artes.


Pero resulta que NO: que tal y como en los dos artículos se deja bien claro (tanto en el publicado en El Mundo y comentado en anterior post como en el recientemente aparecido en MAKMA), ya hace años en los que el porcentaje de mujeres que estudian Bellas Artes supera con creces al de los hombres; ellas mismas lo dicen: un 70% de mujeres respecto a un 30 % de hombres.


¿Entonces, qué es lo que quieren las galeristas cuando en los medios exigen más visibilidad para las de su género?


¿Pero no son ellas las “dueñas” del arte que se exhibe? ¿No son ellas quienes programan su exposiciones y quienes eligen a los artistas?


¿Entonces, qué es lo que quieren esas mujeres -que controlan la faceta expositiva de ese sensible mundo del arte- que según ellas mismas discrimina a las mujeres artistas?


Volviendo a los Goya:


¿Que quiere Ana Belén cuando en los Goya pide -toda seria y circunspecta- más presencia de la mujer en el cine? ¿Que haya más actrices? No lo creo, las hay a montones (con o sin trabajo). ¿Que las actrices se planteen dirigir? Tampoco lo creo. Nadie tiene por que hacer aquello que no le apetece, como bien sabe la propia Ana Belén ¿Que haya más protagonistas femeninas? No creo que sea eso lo que pidiese, ya que con esa reivindicación sólo estaría haciendo alarde de una tremenda incultura (véanse programaciones). ¿Que haya más directoras? Bueno, pero ¿salidas desde qué grupo de mujeres estudiantes (o no) que no muestran interés por la dirección cinematográfica?¿O acaso es que hay grandes directoras discriminadas y humilladas por la industria sólo por el hecho de ser mujeres? ¿Entonces? ¿Y por qué más directoras y no, por ejemplo, más sonidistas? ¿Será que hay más sonidistas hombres que mujeres porque el sonido les interesa más a los hombres que a las mujeres? ¿Qué tiene la dirección que no tenga el sonido para que resulte más glamourosa su reivindicación? ¿Quién quiere ser sonidista? 
¿Por qué entonces se ponen tan cachondos los del gremio cuando Dani Rovira o Ana Belén (y otros) reivindican más presencia de la mujer en el cine si no es porque lo que les pone cachondos es sólo el hecho de reivindicar -lo que sea- con la queja, el lamento y el enfado por en medio?


[Pero volvamos al artículo de MAKMA (sobre mujeres galeristas)].


Para la peridista del artículo “El arte de vender el arte”, la tarea de vender arte es “Una tarea que exige combinar cualidades diversas: espíritu empresarial, visión comercial y, sobre todo, sensibilidad artística para detectar nuevas firmas que reflejen las tendencias de cada momento. Además, sutileza psicológica para lidiar con los creadores y los clientes, con sus respectivas manías y exigencias. Este cúmulo de factores imprime un fuerte carácter vocacional y hace que la venta de una obra de arte pueda considerarse, en cierta manera, también una forma de arte. Un arte para el que parecen mejor dotadas las mujeres como demuestra su creciente presencia en este mundo”.


Así pues, ya lo sabemos: hay cosas para las que están más dotadas las mujeres que los hombres.


Y conviene recordar que:


Después del mandarinato de Juana Mordó en España, el mundo real del arte estuvo desde finales de los setenta muchos años en manos de Juana de Aiizpuru, María Corral, Cármen Jiménez, Helga de Alvear, Soledad Lorenzo, Elba Benítez, Elvira González, Oliva Arauna, las Moriarty, Oliva María, Rosa Martínez, Estrella de Diego, Evelyn Botella, Rosa Olivares, Pilar Parra, Marta Cervera, Elena Ochoa, Ana María Guasch... Ellas lo controlaban TODO, ellas configuraron el panorama que representaba el arte español y foráneo en nuestro territorio. Y diseñaron la estrategia de expansión. Ellas impusieron su criterio, algo contra lo que no hay nada que objetar, digo yo. ¿O sí?

lunes, junio 20, 2016

Niños predestinados

Niños predestinados a no dejar de ser niños

Queriéndose ingenioso y gustándose a sí mismo Serrat ha declarado en una reciente entrevista: “He llegado a viejo sin haber sido adulto”.

Dicen que hace falta una cierta distancia para ver las cosas con claridad. Del todo incierto. La clarividencia se tiene o no se tiene, otra cosa es que se tenga siempre y para todo. Yo ya pude ver en su momento, en el de su pleno éxito y apogeo, que Serrat estaba crudo.

En su momento tuve que enfrentarme a demasiada gente cuando me atrevía a decir que Serrat era un letrista ingenioso, un cantante mediocre y un poeta pésimo. Eran épocas en las que la ideología se camuflaba de supuesta expresión artística y en donde las banderas eran buenas sólo si las portaban gente con sandalias. Yo nunca tuve oído musical para las letras, valga la paradoja, y por eso prefería Black and Blue o Potato Head Blues a Bandoler, del otro catalán cansino. ¡Y eso que Serrat -todo se ha de decir- era de los mejores, si no el mejor, de todos los cantautores setenteros!

En cualquier caso, no sé por qué la gente sobrevaloran tanto la infancia y la adolescencia, esos estadios del ser en los que aún se está crudo y por lógica matemática se carece de cultura, de mesura, de contención, de responsabilidad, y en definitiva… de madurez, eso que al parecer se ha saltado orgullosamente Serrat.

Pero, en efecto, a la gente, así en general, le gusta hablar de ese niño que nunca muere y que aún lleva dentro como si se tratara de una virtud. Y así nos va. Miren si no la campaña política que nos están infligiendo políticos, periodistas, tertulianos y moscas de bar. Jugando todo el día con encuestas que dicen rechazar pero que les exigen diatribas interminables. Todas sin duda discursivamente mal expresadas y repletas de latiguillos modales propios, cómo no, de adolescentes crudos.

Seguro que muchos de esos aparentes adultos son padres que acuden al colegio de sus hijos para exigir un poquito más de comprensión hacia ellos. Para que no maduren, para que les cueste ser adultos. Como ellos.

Entonces, sólo entonces, los 4 candidatos que aspiran gobernar España deciden ponerse en manos de una periodista recauchutada y hábilmente engafada para dejarse entrevistar por mocosos de entre 5 y 12 años en uno de los espectáculos más patéticos que pueda darse ante nuestros ojos ya habituados a la basura.

Y mientras, en otro canal, una periodista muy progre (?) habla del interesante y mono culito de uno de los aspirantes a gobernar España. Y las feministas calladas como putas.

martes, junio 14, 2016

Fútbol



No hay duda de que las mujeres odian el fútbol. Lo sé porque a mí no me gusta; o mejor, lo sé porque muchas veces me he servido de ese saber con fines impronunciables y me ha funcionado siempre.

Otra cosa sería analizar los porqués de ese odio. En ningún caso me serviría de explicación el argumento que incidiese sobre la dejación de responsabilidades por parte del aficionado. Sería como despreciar la honorable costumbre que tienen algunas personas por visitar la peluquería con una frecuencia tan inusitada como a veces inverosímil. O la de despreciar a quien gustara de las series televisivas, o del mismo tenis.

¿Qué le pasa pues al fútbol? ¿Por qué convoca tanto odio por parte del género femenino? Sería digno de estudio serio.

A mí, ya digo, no me gusta nada el fútbol, pero en mi rechazo no hay rechazo extensivo al género al que se le asocia. Aunque pueda éste no gustarme por otros motivos. Nada hay en mi rechazo de rencor ni de resentimiento ni de celos. No me gusta el fútbol como no me gustan las verduras pero no tengo nada en contra de aquellos a quienes sí les gustan, ni de aquellos que prácticamente sólo se nutren de ellas. No me gusta el fútbol porque me aburre, pero no me importa que las calles se queden vacías cuando se juega un partido importante (?). Porque ahí estaré yo tomándome una horchata. Más bien al contrario, me gusta que la gente tenga aficiones distintas de las mías.

Entiendo, pues, a quienes no gustan del fútbol, pero sólo si debe a la propia especificidad del deporte o a su excesiva presencia en los telediarios, y no tanto a quienes lo desprecian por otras razones.

Pero hagamos la pregunta al revés ¿cuáles podrían ser las razones que llevaran a una mujer a gustar del fútbol?

¿El amor? ¿La política?

Veamos esta foto de abajo y preguntémonos por qué estas mujeres muestran tanta pasión por el fútbol. Que por algo será.


Se trata de las Ministras Fátima Báñez y Ana Pastor

martes, marzo 15, 2016

Gamificación

Gamificación

Hace unos días fui invitado por la Universidad de Murcia para dar una conferencia que surgió a partir del último de mis libros publicados, De otro(s) mundo(s). Una aproximación al paisaje sintético. Lo había leído el profesor Borja Morgado, profesor de Fotografía, y consideraba que había motivos más que suficientes para interesar a una buena parte del alumnado de la Facultad de Bellas Artes; no sólo a sus alumnos de curso, sino a otros a los que por afinidad temática podían también sentirse atraídos por el tema; muchos de ellos alumnos que se encontraban realizando cursos de posgrado. Y por eso buscó la fecha y la hora que permitiera venir a la máxima gente posible.

 

Llegué con media hora de antelación lo que nos permitió a Borja y a mí tomarnos una cerveza. Él aprovechó para prevenirme: “no sabemos cuánta gente va a venir… últimamente los alumnos no parecen tener demasiado interés… ya sabes”. En efecto: sé. Miren si sé que sé que no hay nadie en mi escuela que haya leído el libro en cuestión, siendo su tema -las imágenes realizadas en ordenador- uno de los temas capitales de la enseñanaza impartida. No podemos olvidar que mí escuela fue la primera en impartir seriamente la carrera de Videojuegos y que los alumnos se pasan trabajando 4 años con imágenes sintéticas.

Y es cierto, la gente no quiere saber nada de conferencias y mucho menos de libros. O sea, no quiere saber nada de teoría y en definitiva de conocimiento humanístico. Si acaso de vídeos o tutoriales. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, los alumnos se pasan trabajando 4 años con imágenes sintéticas, pero en su aplicación al producto final, así, desde su dimensión práctica; y no les interesa nada el análisis de dimensión teórica.

Por hacer un pequeño parénteisis: cada año acudo a las magníficas jornadas de análisis de cine que organiza Salva Torres con invitados excepcionales y cada año me sorprende comprobar que somos una quincena los que acudimos a ellas. Pero volvamos al tema.

La conferencia da comienzo y, en efecto, vienen 35 personas. Les hablo pero no sé qué pensar de ellas. Como tampoco sé qué pensar cuando les hablo a mis alumnos presuponiendo cierto interés en ellos; o incluso ciertos conocimientos, esos que supuestamente han ido adquiriendo en función de su interés en la materia de la que quieren vivir. Es decir, no sé qué piensan unos alumnos de tercer curso, por ejemplo, cuando les suelto un discurso que requiere de ciertos conocimientos no prácticos para poder ser seguido. Conocimientos no prácticos, insisto.

El cartel dejaba bien claro el tema de conferencia: Imagen y Futuro. Configuración de otro(s) mundo(s). Así, un tema nuclear de los estudios de Bellas Artes, al menos desde la expectación que genera el título en sí mismo.

Acaba la conferencia y dada la disposición del salón de actos los asistentes deben pasar delante de mí, rozando con sus caderas la mesa donde he dispuesto un monton de mis libros. Alguno estira el cuello para ver la portada y sólo una persona lo coje entre sus manos. Una voluntariosa amiga que me acompaña le dice que está a la venta, pero lo único que consigue es que lo suelte antes. Como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

Salimos al bar y comentamos lo ocurrido. Me cuenta que he tenido suerte (?) con más de 30 asistentes; que hacía poco había estado Manuel Borja Villel, posiblemente uno de los personajes más influyentes del panorama del arte español como todos ustedes saben (ha dirigido la Fundación Tapies, el MACBA y actualmente el Reina Sofía) y que habían acudido 15 personas. “Con lo que me costó lograr que viniera después de haber hablado docenas de veces con su secretaria para que pudiera cuadrar la ponencia en su apretada agenda”, me dice el profesor Morgado. Y añade en tono lánguido “pero peor fue lo de Isidoro Valcárcel Medina, Premio Nacional de Arte, que vinieron 9”. ¡Valcárcel Medina!, uno de los pocos artistas inteligentes que quedan en España y con un sentido del humor nada frecuente en el mundo del arte. Sin embargo ¡después pagan por ver a un monologuista con flequillo y se tronchan con los youtubers más estrafalarios! Eso sí, salen muy preparados para el mundo empresarial, que es ese mundo para el que se han preparado, porque además de pragmáticos son altamente resolutivos. 


sábado, febrero 27, 2016

ARCO

Han pasado 4 días desde la inauguración de ARCO y desde mi crónica sobre el día de la inauguración. No sé qué es lo que habrá pasado en la Feria durante este tiempo, sólo sé que todo lo que he podido leer al respecto se encuentra imbuido de una suerte de voluntariosa y obstinada esperanza. Una esperanza, todo se ha de decir, que más bien parece el resultado de una autoimposición surgida tras la lectura de un libro de autoayuda. Todo muy auto, muy autista.

Al parecer todos quieren creer en el futuro del arte, pero no se dan cuenta que ya ni el futuro es lo que era.

El arte ha prometido demasiado y después no ha sabido estar a la altura de tanta promesa. Se nos vendió como futuro y resultó ser, sólo, una forma de pasado.

Los artículos y entrevistas que estos días se han publicado sobre esta edición ignoran la cuestión fundamental: que no es el arte lo que no existe, sino el futuro; es el futuro lo que ya no existe. La afición psicótica por la tecnología ha acabado con la necesidad de toda creencia. Creer en el futuro es algo que sólo se pueden permitir los niños. El futuro es ayer, y como mucho hoy. Nada más. Y sin futuro no hay promesa que valga.

Pero el arte se empeña en seguir con esa estrategia ya obsoleta de prometer y prometer. Y sigue vendiendo su producto como si Lehman Brothers siguiera existiendo. Y como si fuera Nivea la única crema hidratante del mercado

Productos artísticos hay por todos sitios (no sólo en las ferias o en los museos), lo que no hay es necesidad de otorgarles cualidades sagradas (en ferias y en museos), que para eso están ya los dispositivos tecnológicos. Y la realidad virtual.

Dicen “buscamos nuevos coleccionistas” pero lo que buscan es, sólo, despistados.

jueves, febrero 25, 2016

ARCO: 5 aproximaciones

ARCO: 5 aproximaciones

1. Muy probablemente no sea éste el mejor momento para tener hijos, algo de lo que al parecer saben mucho quienes están en disposición de tenerlos y no los tienen. Motivo por el cual las sociedades de los países civilizados están envejeciendo a velocidades ultrasónicas. Por otra parte no es precisamente el amor lo que se predica en esas sociedades civilizadas, más orientadas a la inculcación de individualismos suspicaces y defensivos. Y por otra está el tema de la reorganización del mercado laboral que han impuesto las nuevas tecnologías. Algo que tiene una consecuencia decisiva en el modus vivendi del joven actual, que no es otro que el nativo digital. ¿Qué consecuencia? Pues que los jóvenes ya no tienen como prioridad, tal y como venía siendo habitual en las recientes sociedades tradicionales (sedentarias), el comprarse una casa. Sus trabajos son tan inestables como su parejas. Sus viviendas son, en todo caso, puro tránsito. O por decirlo de otra forma: sin casa -propia- ¡no hay paredes -propias-! O mejor: no hay “espacio” -propio-.

2. Nunca había visto tanta gente el día de la inauguración. Habré visitado 30 de las 35 ediciones de ARCO y la mayoría de las veces durante los dos primeros días, es decir, los días que suelen reunir a los profesionales. Y sé lo que digo cuando afirmo que no había visto tanta gente el día de la inauguración. Pero ¿quiénes son esos profesionales? Pues galeristas, artistas, directores de museos, comisarios y sobre todo, pues no podemos olvidar que se trata de una Feria de Arte, coleccionistas. Así que no deja de tener su enjundia que, precisamente en este momento en que el sector (Arte) padece un descalabro muy relacionado con el mercado, hubiera tanta gente elegante pululando por los pabellones. ¿Pero qué decir de esa congregación? ¿Compradores? Puede, pero no lo creo. Baste decir, en todo caso, que quedé impactado cuando en un stand me encontré, cara a cara y sin esperármelo, a un chaval que podría tener 20 0 21 años. Quiero decir, que habiéndoseme acostumbrado la vista a las facciones que me había estado cruzando durante dos horas de trasiego me acabó sorprendiendo el hecho de encontrarme con un joven en edad universitaria. Sin duda podríamos usar, a modo descriptivo, aquel título de una película de los hermanos Cohen pero dándole la vuelta. Es este un país para viejos. Y sustituir país por feria. Yo llegué a contar 4 sillas de ruedas pilotadas, muy probablemente, por coleccionistas voluntariosos e inasequibles al desaliento. Mucha gente, pues, pero quizá demasiado cercana a la muerte. Posiblemente, además, los más coleccionistas.

3. Han pasado ya 35 años desde el primer ARCO y el mundo ha sufrido durante esos años transformaciones colosales. Es más, el mundo de ahora ya prácticamente nada tiene que ver con aquel en el que se produjo la caída del muro y la movida de Madrid. O por decirlo de forma cruda: los nativos digitales comenzaron a nacer 20 años después del estreno de la película ET de Steven Spielberg. Las transformaciones han obligado a muchos sectores a re-adaptarse. De hecho, durante todos los años de este milenio la máxima de actuación ha tenido que ser para muchos esa, la de re-adaptarse o morir. Y desde luego no todos lo hemos hecho con las mismas ganas. Así que dirán lo que dirán, pero la impresión que uno extrae cuando se pasea por los pasillos de ARCO es que el tiempo no ha pasado durante esos 35 años. Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que pueda haber expuestas más o menos cosas tecnológicas etc., no. Tiene que ver con la apariencia de la totalidad, con la distribución de espacios y con la obsesión por la objetuaria, una objetuaria, todo se ha de decir, que nada tiene que ver con los intereses de esos nativos digitales que ni tienen casa, ni la quieren, ni quieren CDs, ni DVDs, ni libros, ni cosas que, en general, pesen o almacenen polvo. Y menos aún si hay que trasladarlas de un lugar a otro o meterlas en un guardamuebles. Una Feria, por tanto, con aires gerontofílicos.

4. Pero ¿de qué tenemos que hablar cuando hablamos de ARCO, de arte o de mercado? Si hablamos de arte ya sabemos por dónde van los tiros, lo hemos avanzado: ARCO se encuentra en las antípodas de lo que la gente joven está haciendo, entre otras cosas, porque su mundo está en la red y ya prácticamente sólo en ella. Y por tanto la creatividad la entienden bajo unos preceptos que nada tienen que ver con los que durante 250 años generó un sentido hegeliano de la Historia. Para ellos, no hay evolución lineal que pretenda “el despliegue del Espíritu”. Para ellos, en definitiva, no hay Historia. Hay presente y virtualidad. Hasta el punto en que sus centros de interés se encuentran focalizados en cosas que carecen de corporeidad. Y si hablamos de mercado poco queda por decir que no quede explicitado en la continuas quejas de todos aquellos que aún conforman el mundo del arte. Un mundo del arte, todo se ha de decir, periclitado. Los galeristas se quejan de sus inexistentes ventas y los artistas del mal trato recibido desde las instituciones (que tampoco se han enterado que el Arte se ha quedado sin Historia y de que el mundo es digital. Además, claro, de estar corrompidas por lo que los propios artistas les dejaron hacer en la época de las vacas gordas).

5. ¿Pero está bien o mal ARCO ( y me refiero al contenido, no a la feria en sí misma)? Pero yo insisto: eso es lo de menos. Es la pregunta más irrelevante y por lo tanto menos apropiada. Más que nunca una exposición -o un cúmulo de obras de arte- no es otra cosa que algo de lo que gustar o disgustar dependiendo de las particularidades del gusto y de la cantidad de “objetos” que gustan o disgustan respecto a la particularidad de cada uno. La celebración del 35 aniversario (cifra incelebrable) no es más que un signo de desesperación, como lo es el hecho de invitar a 18 galerías jóvenes con menos de 8 años de experiencia. En cualquier caso las posibles ventas, en caso de haberlas, no desmentirían el argumento aquí expuesto. Primero porque uno de los gastos fijos de cualquier feria de arte que se precie es pagar viaje y alojamiento a los mejores coleccionistas del mundo, todos aproximadamente octogenarios, y segundo porque si algo tiene una historia de más de 250  años (la historia de la Historia del Arte) es eso, inercia. Y todo con independencia de esa otra cosa que el fin de esa historia provoca en algunos, nostalgia. Ah, y para acabar, que nadie piense que JustMa es distinta por más juvenil. Una feria de arte es una feria de arte por mucho que cambie el aspecto de la objetuaria, de los cachivaches.
Para leer más respecto al tema recomiendo pinchar este enlace:

domingo, febrero 07, 2016

Premios Goya

Lo decía en un post reciente, el sentimiento es algo que se tiene, algo que ante la percepción adviene de una determinada manera. Sentimiento al que podemos poner nombre si queremos. Yo se lo podría poner al que me produjo ayer el visionado de los Premios Goya.

Visto así, en global, tres son los aspectos que por evidentes mejor sirven para identificar el espíritu del espectáculo, que no es otro que ese que ya se ha instalado como el único posible; a saber: el humor -lo cómico- , la exaltación de lo propio y el activismo político. Los Goya parecen no poder renunciar a ninguno de estos tres aspectos tan, cómo decirlo, tan… “originales”. Porque ¿qué sería hoy de un espectáculo -parecen preguntarse los creadores del mismo- cuyo ritmo no viniera inscrito en el autobombo, en la trepidancia, en los chistes y en la complacencia pandillera? Lo saben: nada, al menos nada a nivel masivo, que parece ser el único nivel posible. Así que no hagan mucho caso a lo que sigue, si hay alguien equivocado en esta discrepancia con el statu quo soy yo.

Son ya demasiados años con la obsesión de pretender una gala musical y graciosa, a la americana. Las consecuencias las vimos ayer: no sólo el presentador hablaba como si estuviera en el Club de la Comedia, sino que también lo hacían muchos de los galardonados. Al parecer se ha instalado esa forma de hablar que consiste en decir una parida que no lo parece y hacer un pequeño silencio para rematar la ocurrencia con una frase que despierte las risas y arranque los aplausos. Con el gestito adecuado, por supuesto.

Se podrá argüir en mi contra lo que se quiera, pero la cuestión es que el año pasado tuve la oportunidad de ver la entrega de Premios del Festival de San Sebastián y me pareció absolutamente deliciosa en su sobriedad, con dos presentadores neutros que engrandecían a todos los premiados dándoles un verdadero protagonismo. Además es en esas circunstancias donde ciertos discursos pueden tocar verdaderamente la fibra del público espectador. Vivir en en el permanente estado del chiste impide muchas veces localizar ese momento en que las cosas pueden ir en serio.

Pero la seriedad se encuentra menospreciada. Hoy todo el mundo quiere divertirse. Y aplaudir extemporáneamente. Porque esa es otra cosa que se ha puesto de moda, no se aplaude ya sólo al final de un acto, o ante la entrega del premio, o ante el homenaje, sino que también se aplaude en todos esos momentos en los que alguien hace gala de su buenismo, es decir, de su supuesta bondad manifestada en público. Alguien dice por ejemplo, “no podemos consentir que haya más pobres” y todo el mundo se arranca en aplausos. Algunos hasta lloran. ¡Cuánto actor!¡O cuánto imbécil!

Escuché atentamente a todos y cada uno de los galardonados y,de nuevo, comprobé hasta qué punto lleva razón Cipolla en su libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, sobre todo cuando afirma que alguien puede ser un perfecto estúpido con independencia del correcto saber hacer llevado a cabo en su faceta profesional. Aquí yo no llegaría a llamar estúpido a nadie -o sí, no sé-, pero lo cierto es que la carencia de inteligencia en los discursitos ha sido más que evidente, confundiendo, del modo más pueril, sensibilidad con sensiblería. Con alguna excepción por pequeña despreciable.

Pero que lo sepan la Academia y los expertos en marketing que organizan los Goya: así, entre chistecitos fáciles, histrionismos (in)controlados y lágrimas de botellín, no habrá nunca forma de conseguir que alguna alta instancia -política- pueda tomar conciencia de la verdadera necesidad de invertir en cultura. Más bien al contrario, se sumará a la fiesta, ya sea desde el teatro o desde su casa. Para divertirse. Sólo tendrán que aguantar las embestidas aquellos que poseyendo algún cargo político se encuentren presentes en el teatro. Total: después, todo el mundo lo sabe, nunca pasa nada. Otra cosa sería que todas esas justificadas quejas se formularan desde un ámbito distendido pero sobrio y elegante. Algo que exigiría inteligencia, cualidad de la que se carece. Porque talento hay mucho -vendido- pero inteligencia poca. Y del valor ni hablo, pues el gremio se encuentra atenazado por la Corrección Política. Y sus militantes adocenados. No hay más que ver la temática dominante de las películas nominadas.Parecen haberse ideado a fuego de campamento.

Es como si la tesitura sólo pudiera consistir o en divertirse o en morirse. Algo, por cierto y haciendo un pequeño paréntesis, que lleva inscrito en su ADN el nativo digital, y de lo que se han contagiado los “mayores” a fuerza de querer vivir una eterna juventud. Ya todo tiene que ser diversión o muerte. Ahora bien, si lo que se elige es muerte, algo que queda bien de vez en cuando, hay que hacerlo atornillado a lo políticamente correcto porque eso asegura abrazos y aplausos. O sea, hay que morirse de mentirijillas, como si de un personaje se tratara. No hay más que ver el teatro que desde hace años se escribe y representa: 90 % de risas (supuestamente) y 10 % de muerte (de supuesto compromiso panfletario).

Como en su ADN llevan los nativos digitales el hecho de acceder a su deseo sin preocupación alguna por la legalidad del acto que le permite ese acceso. Porque no nos engañemos, a los nativos digitales, esto es, a los jóvenes (hablando en plata), les importa un carajo la propiedad intelectual y sus derechos. Estando la mayoría de ellos, lo sabemos, muy preocupados con el cambio climático. Se lo descargan todo porque saben que, precisamente en España, NO hay Justicia. Porque NO la hay. Sabemos que los más canallas se la pasan por los fondillos y no pasa nada. Así: no la hay.

Pero después está la desmesurada exaltación de lo propio, el otro gran aspecto al que nadie quiere renunciar en la gala. Que si “viva el cine español”, que si “el cine español es lo mejor”, que si “tenemos que seguir apoyando el cine español”, etc. Entiendo que la gala es una fiesta del cine español, de eso no hay duda, pero por eso mismo debería ser el propio cine el que hablara por sí mismo y dejar de una lado todas esas consignas tan propias del sentimiento de exaltación de lo propio, siempre tan sospechoso.

En cualquier caso la forma se ha adecuado, una vez más, al fondo, y en ese sentido no deja de haber una cierta coherencia. El nivel de las películas nominadas deja mucho que desear, algo que no debe sorprendernos si tal y como decían en la gala todas ellas han sido producidas (en alguna medida) por las televisiones. La televisión no es la plataforma adecuada para películas realizadas en verdadera libertad. Podrían citarse de carrerilla los mejores 20 directores de la actualidad y comprobaríamos que ninguno de ellos tiene sitio en la parrilla televisiba, salvo, de nuevo, raras excepciones que vuelven a ser despreciables desde el punto de vista cuantitativo.
Un buen ejemplo de lo que la gala es para el espectador digital la dio en una entrevista la ganadora del Premio a la Mejor Actriz Principal. Ante la pregunta “¿Qué sientes ante este reconocimiento de la Academia?” contesta “no lo sé, es todo muy… estoy deseando llegar a casa para verlo en el vídeo”. Entre la diversión o la muerte, la actriz eligió muerte, en directo (el teatro), sobreexcitada, aturdida y histérica, para después divertirse en diferido (su casa). Ya nadie es nada sin su existencia grabada. Por otra parte, ahí estaba en el público un Vargas Llosa que parecía haber ido a remolque y en las tablas un Serrat que desafinó como nunca, supongo que para hacer honor al espectáculo.

Lo único que me pareció interesante fue ver cómo cortaban los discursitos a los galardonados cuando estos se iban por las ramas diciendo memeces. Algo, por cierto, de lo que se quejaba el ganador al Mejor Actor Principal (que decía no gustar del dudoso criterio de cortar los discursos con música), perfecto representante de ese tipo de “buenas personas” que sólo entiende de límites cuando alguien traspasa los por él impuestos. O los de su "clan".

Nota. La que sin duda se fue a su casa con el esfínter bien limpito fue Manuela Carmena.

domingo, enero 10, 2016

Belén Esteban

No voy a entrar en detalles porque sería perdernos por vericuetos irrelevantes. Además las casualidades tienen eso, que aparecen y desconciertan durante unos minutos, pero sólo los justos para que, después y pasado cierto tiempo, podamos comprobar que no había tanto de casual en esas casualidades.

Ayer por la tarde conocí personalmente a Belén Esteban y pasé algo más de un par de horas con ella. Me encontraba en Madrid con un amigo que trabaja de guionista para una productora que colabora con varios canales de televisión. Por una de esas (no) casualidades coincidimos ambos en la entrada del mismo restaurante. Ella iba acompañada con dos amigos, Gema y Gustavo, que también salen en televisión.

Fue ella, Belén, la que de inmediato sugirió a nuestro común amigo que nos sentáramos en la misma mesa. Y fue así que nos dispusieron en la mesa que a ella le suelen tener reservada, una mesa situada en la parte más discreta del restaurante. Yo me senté, como suelo hacer por cortesía cuando voy en grupo, cara a la pared. Y Belén se apresuró a sentarse junto a mí, pero no sin apuntarme a la oreja con su inigualable caída de ojos, “no veas si me coloco de frente a las mesas; es una locura; y por aquí pasan todos lo que se mean; la verdad es que podían haber puesto los váters en otro sitio”.

He de decir por ser sincero que ya me gustó esa entradilla. No sé, quizá por el desparpajo con el que se me dirigió, o quizá porque después de todo fue ella la que se empeñó en que compartiéramos mesa.

Los inicios de la comida, es cierto, empezaron un pelín tensos y la conversación un tanto dispar, pero sólo hasta que Belén le dio la gana. Así, en un momento en el que todos los comensales estábamos hablando de cosas tan variopintas como intrascendentes, ella tomó aire (textualmente) y en un tono más alto que el de todos nosotros dijo “¿Sabes lo que te digo?, Que me gustan tus gafas”. Lo dijo torciendo levemente la cabeza hacia abajo y mientras masticaba una aceituna.

No lo parecía pero se estaba refiriendo a mí y a mis gafas. Todos se habían dado cuenta menos yo, así que tardé en reaccionar. La mesa se quedó en silencio esperando mi respuesta, que la di: “me van muy bien, no puedo vivir sin ellas, incluso el cine y el teatro lo veo con ellas y si me las quito un momento lo veo todo mortecino; para las distancias largas necesito la dominante amarilla”. Belén interrumpió “hay que joderse, con la dominante, ¡por eso las lleva en la frente! Eres un crack”.

Fuimos tomando la palabra todos sin protagonismo de ningún tipo, pero no deja de ser cierto que era Belén la de la última palabra. En una par de ocasiones las circunstancias permitieron dos conversaciones paralelas en la mesa, así que tuve la posibilidad de mantener un par de charlas algo más personales con Belén.  

La primera salió, como era de prever, de su interés por saber a qué me dedicaba. He de decir que cuando me hacen esa pregunta lo paso mal porque no sé que decir, no sé qué debo decir, y cada vez digo una cosa. Aquí vi oportuno hablar de mi faceta de fotógrafo, algo que pareció hacerle gracia. Me preguntó por el tipo de fotografías que hacía y yo le dije que por mucho que le explicara no se haría una idea ni aproximada de la realidad. “Pero hombre -me dijo-, no será tan dificil: o haces paisajes, o haces personas, o no sé; ¿no serás de esos que hace cosas raras?”.

Yo intenté cambiar suavemente la conversación porque me di cuenta que no tenía salida, aunque ella insistía “¿pero vendes?”. Le conté la verdad y entonces ella me dijo “¿Quieres que te diga una cosa? Yo no entiendo nada de fotografía pero me gusta mucho. En mi teléfono tengo almacenadas cerca de 7.000 fotografías, casi todas de Andreíta, y si algo he aprendido todos estos años es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra. Si te dedicas a la fotografía no puedes almacenar 7.000 fotografías; lo que tienes que hacer es venderlas. Y sólo las venderás si haces lo que la gente quiere. No seas tonto”.

La verdad es que me encantó porque en su tono había una mezcla de ingenuidad y soberbia que la hacían precisamente eso, encantadora. Se notaba en ella un cierto mecanismo defensivo, pero que aún así y con todo, su expresión contenía un cierto punto de ternura. Se apuntaba a todas las conversaciones y en todas ellas terminaba por apostillar frases que no tenían nada que envidiar a los aforismos de Nietzsche o los pecios de Ferlosio, pero pasados por el filtro del club de la comedia.

Cuando en uno de esos momentos en los que nos quedamos solos en la conversación le pregunté por la relación que mantenía con sus compañeros de trabajo, ella me contestó “perdona Alberto, pero es que de las cosas personales no hablo en la intimidad, ¿sabes? Y no te lo tomes a mal”. Yo inmediatamente le quité hierro al asunto y distendí la conversación llevándola por otros derroteros menos “íntimos”. Pero tuve que ir al lavabo, donde me entró un ataque de risa del que aún estoy recuperándome 24 horas después. Estuve al menos 5 minutos metido dentro de un excusado, de pie y llorando de risa; no sé qué me pasó, pero el caso es que sufrí un ataque de incontinencia lacrimal. Salí con los ojos vidriosos y ocupé mi lugar en la mesa. Belén me dijo, “oye eso de las gafas me ha molado, pero a tus ojos no les van bien”.

Otro día quizá cuente lo que dijo cuando hablamos de política.

viernes, noviembre 20, 2015

Conocimiento de juguete

Cuando digo que la Guerra está perdida… quiero decir, sólo, esto.

En la cola de embarque del viaje de vuelta se coloca justo detrás de mí un hombre adherido a su teléfono. Tendrá entre 35 y 40 años, viste informal pero atildado, su tono de voz es suave tirando a bondadoso y mantiene una seria pero pausada conversación con uno de sus empleados:

“Es que la cosa está pasando de castaño oscuro. No puedes llegar tarde a la oficina todos los día, las cosas no son así. Si en la empresa marcamos un horario no es por capricho y lo que no puede ser es que alguien se tome ese horario a cachondeo, en este caso tú. Además, estás dando mal ejemplo a otros técnicos que puede generarnos problemas. Sé que eres un buen técnico pero eso no te da derecho a hacer lo que te dé la gana, de hecho sabemos de tu capacidad y por eso te hemos puesto un sueldo superior al habitual [...] No deberías enfadarte. Lo único que estoy haciendo es prevenir males mayores. Todos entramos a la misma hora y no sé por qué tú tienes que ser distinto, no creo que haya mucho más que discutir. Estás bien pagado y si piensas que este trabajo se queda corto para tus espectativas yo lo entenderé, la puerta de salida está igual de abierta que la de entrada. Si tienes algún problema no tienes más que decírmelo y lo hablamos. Nosotros te queremos con nosotros, sólo depende de ti el que continúes y lo único que queremos es que cumplas con nuestras normas”.

Esto es, de forma resumida, lo que le viene a decir a su empleado ese desconocido que ha coincidido conmigo en la cola de acceso al avión. Y digo de forma resumida porque, en efecto, su discurso ha sido todo lo repetitivo que al parecer le exigía un empleado díscolo y con demasiado amor propio. En cualquier caso su discurso se ha desarrollado  con muy buenos modos, muy buenas palabras y mucha paciencia.

Toca subir al avión. Nos hemos repartido de forma aleatoria en el autobús de embarque, así que enseguida pierdo de vista al joven y correcto empresario. Subo de los primeros por la puerta delantera y me sitúo en el asiento que marca mi billete. Con el avión medio lleno lo veo venir de lejos y me digo a mí mismo “sería mucha casualidad que este tipo fuera mi compañero de asiento”. E inmediatamente yo mismo me contesto “no, no puede ser, sería demasiada casualidad que de entre 150 viajeros posibles me tocara, justo, ese personaje con el que he compartido la cola de embarque”. Pues sí, sí puede ser. Como de hecho ha sido. Y en efecto, su asiento es el contiguo al mío. 

Después de estar hora y media fijando su mirada en la bandeja del asiento delantero el empresario bonachón saca su teléfono y se pone a jugar el resto del viaje a Assassin’s Creed, un juego que exige rapidez en los pulgares. Qué destreza a la hora de torpedear barcos. 

sábado, octubre 24, 2015

Lo que nos perdemos (El invernadero)

Lo que nos perdemos (El invernadero)

En realidad no sabe uno nunca lo que se pierde. Nuestras vidas no dan más que para saber qué es lo que ganamos, que muchas veces no es poco. Pero sí infinitamente inferior a lo que nos perdemos. No se trata, en el fondo, más que una cuestión directamente ligada a las limitaciones del tiempo.

Valencia es un ciudad muy precaria en cuanto a la oferta cultural se refiere y eso me genera malestar. Precisamente por eso, porque los que en ella vivimos nos perdemos tantas cosas…

Hace unos meses fui a Madrid para poder encontrarme (¿casualmente?) con lo que no había que perderse. Tal era ese al menos mi sentir, pues casi nada sabía yo de la obra de teatro que me atrajo -desde la Guía del ocio- por dos motivos fundamentales: el autor era Harold Pinter, su traductor Eduardo Mendoza y su director Mario Gas. El caso es que mi provincianismo me impidió prever una realidad tan distinta de la que ofrece una verdadera ciudad. Y es que Valencia no es Madrid. En definitiva: todo un largo paseo por las frías calles de Madrid para encontrarnos, finalmente, con el “no hay entradas” pegado en los vidrios de la taquilla del teatro. De la ilusión del espectador expectante a la frustración del que siente que algo se ha perdido.

Ayer, unos ocho meses después de mi viaje a Madrid, tuve la oportunidad de ver la obra en Valencia. ¿Cómo podría calificar la experiencia? La primer palabra que viene a mi cabeza es... placer; placentera, pues. ¿Ver El invernadero, entonces? No, más que ver yo más bien hablaría de vivir la experiencia, la experiencia que conjuga la estética con el factor humano del directo. Con un texto que resulta difícil porque prepondera en todo momento el asunto -más abstracto- sobre el tema -más concreto-. Tanto, además, que después de ver la obra compruebo que resultaría incluso complicado hacer una sinopsis a alguien que la pudiera demandar, algo que potencialmente ya elimina el público joven.

Así, El Invernadero se encuentra en las antípodas de esos miles de espectáculos que triunfan en las ciudades donde la oferta cultural resulta tan exigua. Otra cosa es Madrid, repito, donde yo no pude verla por “exceso” de espectadores interesados en ella, y donde la oferta cultural permite tranquilizar las conciencias de quienes pudieran sufrir por ese sentimiento de pérdida.

En las antípodas, digo, porque si por algo se caracterizan la producciones más exitosas (tanto de teatro como de televisión) de la actualidad, que por ello son las más difundidas, es por estar conformadas a partir de fundamentos claramente caracterizados por su simplismo. Un simplismo pueril en donde el asunto, que sería aquello de lo que una obra pretende hablar en última instancia, el deseo, la alienación, la muerte, el amor, el recuerdo, etc., acaba siendo menoscabado por un burdo tratamiento del tema, que sería aquello que podríamos definir fácilmente con una sinopsis. Un asunto menoscabado por una ineficacia artística que curiosamente devendría del exacerbado interés puesto en la supuesta grandeza del mismo asunto.

O por decirlo de otra forma; El invernadero se encuentra en las antípodas de un tipo de producción -actual y exitosa- que se configura con unos previos en donde, o prima el humor de telecomedia, o lo que es peor, la ambición de un compromiso social expresado con una zafiedad infantil. No hay peor combinación posible en un autor que la buena intención y la falta de cultura sobre medio en uso (sea teatral, artístico, televisivo o literario).

En El invernadero casi no hay trama, hay en todo caso un cúmulo de diálogos que engarzan situaciones concomitantes. Situaciones absurdas debido a su extremo realismo, un realismo abstracto si me permiten la figura retórica. Diálogos que conducen a un desenlace que carece de importancia, o que la tiene de forma testimonial, pues es en la especifidad de los propios diálogos donde radican todos los matices de excelencia que pudieran otorgársele a la obra en su totalidad. Un cúmulo de diálogos, pues, que se agrupan en un extraño invernadero para que pueda germinar con normalidad la irracionalidad más humana.

En cualquier caso habría otro motivo para no perderse esta obra, también, cómo no, relacionado con la excelencia: la soberbia interpretación de los actores y especialmente la de Gonzalo de Castro. Sólo por eso valdría la pena venir desde, pongamos Albacete, para verla. Que ya está bien de actores o graciosos y de actores que susurran.

Lo que en Madrid perdí, lo he ganado en Valencia ahora. No sé si ese lapsus de tiempo me ha hecho ver las cosas de otra forma, eso nunca se sabe. De momento me voy al teatro de nuevo; tengo otra obra que ver a las 8 de la tarde.

sábado, septiembre 26, 2015

Peri´odicos: Suplementos Culturales

Hace aproximadamente 4 años que no compraba un periódico, pero por las circunstancias espaciales en las que el otro día me encontraba decidí comprar dos, no importa cuáles, pero por los suplementos culturales que llevan adjuntos, claro. Así fue que después de 4 años me reencontré con la sensación que produce leer la actualidad cultural: últimos libros publicados, lo último en teatro, cine, música y artículos sobre algo que resulta de interés coyuntural por muy genérico que pudiera parecer.

El reencuentro fue simplemente descorazonador, pero sin dramatizar. Y no tanto por la calidad de lo publicado, que no es el caso, sino por la sensación que me deja el leer acerca de lo que en principio es mostrado desde la perspectiva de "lo interesante" actual. No se trata de decir, como aquél, que "ya nada me apasiona". Al revés, se trata de decir que ya sólo me apasiona lo que no resulta actual. En este sentido, las publicaciones culturales adscritas a la prensa diaria me parecen, todas, guías del ocio. Y no tanto debido a una voluntad como debido a una inevitabilidad. Es decir, todo está bien en estos suplementos que sostengo en mis manos, pero nada hay en ellos que justifique el tiempo que requiere su atención. Otra cosa es que uno se viera recompensado con los textos de algún colaborador valioso. Entonces... entonces tendría uno que valorar hasta qué punto compensa tragarse toda esa otra información culturizante y supuestamente culturizadora.

Lo cierto es que echaba mucho de menos leer los artículos de Stefano Russomanno, ese gran analista musical que semanalmente se ocupa, no tanto de escribir acerca de lo último, como de escribir bellos textos. Porque una cosa son los textos que se escriben para hacer referencia a algo y otra los que, con independencia de lo que pretenden se transforman en pura literatura. La mayoría de la prensa escrita se ha decantado por ofrecer a sus lectores lo primero. Ellos sabrán. Supongo que todo será la consecuencia de un estudio de mercado y por eso los periódicos de ahora son cada vez más anodinos. Ya no quedan escritores de prensa a lo Joaquín Vidal, que eran capaces de trascender sus crónicas a partir de su estilo.

Los informadores de lo cotidiano, es decir, los periódicos han elegido preponderar, definitivamente, el contenido sobre la forma. Y por ello han consolidado un tipo de producto que puede resultar interesante. Sólo eso. Pero por ello sórdido. Se podrá alegar en mi contra que es por eso por lo que se caracteriza precisamente el género periodístico y yo les contestaré: claro, pero es por eso por lo que a mí, ahora,  ya no me interesa la prensa, una prensa hecha a la manera de otros tiempos. Y habrá que pensar a cuántos más, sobre todo si nos atenemos a sus quejas, a las quejas de todos los diarios cuando hacen referencia a las caídas en ventas. Además, lo interesante es la categoría estética del siglo XX, no la del XXI. Quizá, como en todo, convendría reflexionar acerca de seguir haciendo las cosas de cierta manera por inercia, porque es posible que esa reflexión nos deparara sorpresas. Lo que pasa es que ya nadie está para la reflexión. Nadie tiene tiempo.

viernes, septiembre 11, 2015

Lo que verdaderamente pasa con el Arte

El Arte del hoy

En este post se abordará la cuestión desde la simplicidad de los hechos empíricos y en otro posterior se hará desde la farragosidad de la Teoría. Si bien es cierto que ya todo quedó apuntado en mi artículo publicado en Jot down, que aconsejo leer para encontrarle sentido a éste, "El hoy del arte":



La cuestión es que uno hace un esfuerzo denodado por argumentar su tesis -expuesta el “El hoy del Arte”- entre gente del sector (artistas, galeristas, asesores culturales, técnicos culturales, directores de medios culturales, críticos de arte y aficionados al arte en general), pero la respuesta de toda esa gente viene siendo siempre le invariablemente la misma: una mirada entre perdida y airada, y una suerte de asentimiento cuasi forzoso. Por lo que a veces acaba creyendo uno que le dan la razón como a los locos. Si bien es cierto que esa mirada perdida también denota en muchas ocasiones un principio de entendimiento comunicativo, o un amago de entendimiento que mis interlocutores intentan al mismo tiempo disipar por la cuenta que parece traerles. Algo, por otra parte, que no carece de sentido, pues mi teoría consiste básicamente en señalarles la inoperatividad de toda acción que siga contemplando el Arte como se contemplaba hace 10 años, por decir una cifra.  

La cuestión es, en cualquier caso, que toda esa gente que se me dirige para comentarme su situación profesional dentro de ese mundo del Arte lo hace, sólamente, para quejarse. No hay quien renuncie a narrarme con precisión cirujana las tremendas penurias, calamidades y desafueros que sufre diariamente en un mundo, el suyo, el del Arte, que tal y como ellos mismos aseguran no funciona en absoluto. Desde hace aproximadamente 10 años.

Pero vayamos a la historia, la que acaba de sucederme. Hace un par de días me llamó por teléfono una galerista que  no veía hace años manifestando interés en hablar conmigo, así que concertamos una una cita a media tarde de ese mismo día. O sea, ayer. Acudo a la cita y como son muchos los años en que no nos vemos comenzamos poniéndonos al día sobre nuestras actuales circunstancias. Sus palabras no ofrecen dudas ya desde el principio. Como galerista ha tirado la toalla, no tanto porque haya dejado de ejercer cuanto porque ya no espera nada de esa profesión. Su desmedida pasión por el arte la hace continuar aun cuando carezca de beneficios. Sus quejas son definitivamente irrevocables porque se encuentran fundamentadas por unas circunstancias que empíricamente son indiscutibles. Las hace extensibles también a varios colegas de la profesión que ambos conocemos (y lleva razón, como he podido comprobar a lo largo de estos últimos años). Pero hay algo que resulta muy revelador en esa queja masiva: ya ninguno de ellos asocia esa total inoperatividad actual del Arte a la crisis económica. De hecho, lo fácil en un sector como éste hubiera sido recurrir a la crisis para justificar este descalabro (de hecho, se hizo sólo en los aparatosos inicios de la crisis), pero no, insisto, ya nadie recurre al argumento de la crisis para explicar esta inoperatividad total del Arte.

Y así es como me encuentro enfrentado, con bastante frecuencia, a quien admitiendo un fracaso, el suyo particular dentro del integral del sistema, no sabe hacer otra cosa que quejarse. Si acaso puede uno encontrarse con la figura de aquel que lucha con la -absurda- creencia de que las cosas volverán a ser como en antaño (como hace 10 años aprox.). ¡”Reiventándose”! como muchos de ellos dirían. Algo que generalmente acaba traduciéndose en el uso de tácticas algo diferentes de las que en su momento funcionaron, pero con estrategias aferradas a ese mismo paradigma que lleva 10 años (?) mostrándose ¡obsoleto!

Pasada una media hora de conversación trufada de quejas y lamentos sobre el actual momento del Arte, la galerista se decide a abordar el motivo de su interés en hablar conmigo. La cuestión es que en los años de bonanza económica (hasta 2006) surgían, como es bien sabido, coleccionistas allá donde existieran galerías de Arte dispuestas a suministrar artefactos que contuvieran "futuro" y/o que proporcionaran "clase". Y en estas circunstancias, quede claro, no hay estafadores ni víctimas (como muchos quieren ver), lo que hay es una concreta realidad que nace bajo unas determinadas condiciones favorables. La construcción inmobiliaria favoreció el surgimiento de una clase social con un alto poder adquisitivo. Y con muchas ganas de figurar.

Uno de ellos fue un ampuloso y conocido notario de la Comunidad Valenciana, un tipo de esos que se toca los gemelos de la camisa mientras estira el cuello para desahogarse de su corbata de Valentino. Lo compraba casi todo, al menos casi todo aquello cuyo precio pudiera indicarle que no se equivocaba. Se decía de él que era un gran coleccionista, un hombre de cultura. De hecho ese ha sido siempre el objetivo principal de los "importantes" coleccionistas de Arte: el de conseguir ser tildados de grandes coleccionistas, esto es, el de ser señalados como personas cultas. De ahí que -sólo- compraran -en su momento- aquello cuyo precio pudiera indicarles que no se equivocaban. He aquí la clave del funcionamiento del Arte: en los momentos de bonanza económica -que es cuando surgen coleccionistas como hongos- sólo puede ser "bueno" lo que cuesta mucho dinero, esto es, aquello cuya posesión pueda conferir prestigio. Las cosas valen, lo sabemos, lo que uno está dispuesto a pagar por ellas.

Pues bien, sigamos con la trama: según me cuenta la galerista amiga -profesional y honesta como pocas- este notario acaba de vender su chalet situado en una privilegiada primera línea de playa. Pero lo ha hecho, y esto es lo bueno, !con una gran parte de su colección de Arte dentro!, hecho que no ha sido utilizado para incrementar el precio de venta. Una colección de Arte, y esto es igual de bueno, que en contra de toda previsión dictada por la lógica (?) sólo ha conseguido enfurruñar al nuevo propietario, un extranjero que se ha encontrado esa extraña herencia sin comerlo ni beberlo. Es decir, que se la ha encontrado por castigo. Tanto es así que lo primero que ha hecho es ponerse en contacto con la galería de Arte más cercana, la de mi amiga, para pedirle ayuda. ¡Ayuda!, sí, porque bajo ningún concepto quiere quedarse con todos esos cuadros adquiridos en su momento por su antiguo propietario, el gran coleccionista y hombre de cultura. Le pregunto entonces a mi amiga acerca de los cuadros en cuestión, esperando sin duda que el patrimonio estuviera compuesto por esas obras menores que suelen ser el producto de compras comprometidas o precipitadas. Pero no, y esto sigue siendo igual de bueno, se trata de obras mayores de artistas que continúan luchando por mantenerse en ese mercado del Arte del que todo el mundo se queja. No sabe nadie por qué el ínclito notario las ha dejado allí pero la cosa es que quien de repente se ha encontrado con ellas por cojones está enfurruñado. Le ha pedido a mi amiga galerista, en tanto que profesional de la compra-venta de Arte, que por favor le eche una mano y que le ayude a deshacerse de todos esos enormes cuadros diciéndole que si no lo hace los acabará tirando al contenedor. Por eso su propuesta, y esto es lo verdaderamente bueno, ha sido muy clara: "véndelos por lo que te den, lo que sea, y de lo que saquemos a medias y punto. ¿No decís todos que se trata de obras de arte tan buenas? Pues entonces no te resultará difícil venderlas a precios sumamente inferiores a los del actual mercado, ¿no?".

Me disculpo por no poder ayudarla, pero la curiosidad me puede y le pregunto de qué precios estamos hablando. Su contestación hay que situarla, precisamente, en el contexto del actual mercado (?), pues estamos hablando de obras concretas que hace 8 años costaban (y puede que cuesten aún en alguna galería) entre 3.000 y 15.000 euros. El nuevo propietario no ha dudado un ápice en poner precio a esos cachivaches incómodos "200, 300 euros, lo que sea, véndelos por lo que te den".

Post posterior y complementario
http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2015/11/lo-que-verdaderamente-pasa-con-el-arte-2.html