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lunes, enero 15, 2018

Es que me muero de risa con el mundillo del arte II

Hace unos días aparecía esta noticia a toda página en la contraportada de El País:

“Una exposición repleta de falsos 'modigliani'”

La contundencia de la noticia se vale por sí misma, ya no tanto por lo que dice cuanto por lo que significa. Decir repleta no es decir cualquier cosa, es decir, repleta. Tal y como el mismo subtitular reza con un tipo de letra intermedia:

“Un informe policial asegura que un tercio de los cuadros exhibidos en Génova la pasada primavera no eran auténticos”

Lo cierto es que el Arte Moderno y Contemporáneo tienen sus cosillas. De hecho, son las cosillas que envuelven a ese Arte Moderno que comenzó a imponerse a finales del XVIII las que de forma previsible nos condujeron a su inevitable acabamiento. Y así le ha ido al Gran Relato que fue la Historia del Arte: que ha desaparecido en los bajos fondos de la Revolución Tecnológica. Aunque haya tanta gente que se muestre reacia a percatarse de esa desaparición, bien por inercia, bien por melancolía, bien por intereses económicos.

Así que el Arte fue un sueño -de la razón- que transcurrió entre Revoluciones, la Francesa y la Tecnológica. Ese periodo de tiempo en el que el Arte se imponía a dedo... ya no por Reyes, como en el Antiguo Régimen, sino por Expertos; críticos, exegetas, historiadores, marchantes, políticos y narcotraficantes. No hay persona mínimamente informada que no sepa que el Arte Moderno surge, precisamente, cuando la maestría y la excelencia (de un arte al servicio del Poder) fueron sustituidas por la sinceridad y la autenticidad de unos seres (artistas) que justificaban su presencia en el hilo narrativo de la Historia a partir de un relato hiper-racionalizado, valga la paradoja y en contra de las apariencias.


El caso es que ¡“Un tercio de los cuadros exhibidos en Génova la pasada primavera no eran auténticos”!, dice la noticia […]. Perdón por la pausa, pero es que me da la risa y me cuesta escribir, se me emborrona la tinta con los lagrimones que se me escapan involuntariamente. Sobre todo cuando pienso en los más de 100.00 visitantes que salieron del Palacio Ducal cachondos por la ingesta de Alta Cultura. Si verdaderamente fueran dignos de tanta cultura exquisita exigirían la devolución del dinero de la entrada, y los padres y profesores pedirían compensación por los daños y perjuicios causados por la pérdida de autoridad ante hijos y alumnos. Me meo. Perdón, pero es que me imagino a esos profesores de instituto intentando culturizar a los amantes de Netflix señalando la genialidad de lo que habían hecho unos cuantos mindundis... y me meo. Perdón de nuevo, pero es que leo las conclusiones de la experta (Isabella Quatttrocchi) que ha analizado las obras expuestas, “están vulgarmente falsificadas” y es que no lo puedo evitar, me meo. Y perdón.

Para completar información:
https://albertoadsuara.blogspot.com.es/2017/08/es-que-me-muero-de-risa-con-el-mundillo.html

jueves, diciembre 14, 2017

Reír o llorar

Fotografía y enseñanza

Hoy empieza uno, como todos los años por estas fechas, a impartir las clases de Fotografía en la Universidad. Siempre hay un primer día en la enseñanza de cualquier materia, siempre hay un primer día en que el profesor se confronta a los que, después, van a ser alumnos de su asignatura durante un tiempo. No hay otra, ni para uno ni para ellos: uno llega al aula el primer día de clase y se encuentra delante de los que van a ser alumnos de su asignatura; ellos llegan a esa desconocida aula por primera vez y se encuentran delante al profesor que les va a impartir la concreta asignatura. Mirando a uno casi sin parpadear se encuentran todos esos alumnos que no están ahí para otra cosa que para aprender la materia de la asignatura concreta, la que uno imparte desde hace 13 años (al menos en este lugar). Expectantes y algo atemorizados, sólo algo, pero algo. No tanto por la asignatura en sí, cuanto por lo que pueda esperarse de quien les va a enseñar fotografía.

Por eso intenta uno siempre hacer un discurso lo más “naturalista” posible en ese primer día, pero sin dejar de apuntar los objetivos de la asignatura. Así, intenta uno ser afable sin dejar de concretar cuáles son los conocimientos que resulta imprescindible adquirir. Y uno les cuenta, entre otras cosas, que Fotografía es una de las asignaturas más difíciles de impartir porque así como de otras materias no saben nada y ellos lo reconocen (diseño editorial, tipografía, after efects, etc.) todos creen, sin embargo, saber de fotografía en la medida en la que llevan años haciendo miles de fotografías y subiéndolas a sus redes sociales. Y cuenta uno estas cosas mientras le miran todos casi sin parpadear, al aparecer expectantes y posiblemente, aunque sólo algo, atemorizados. O eso al menos cree uno cuando ve los rostros de esos jóvenes en su primer día de clase. Rostros que miran a uno de forma impertérrita, casi paranormal en la medida en que apenas parpadean. Y es entonces cuando uno, tal y como sucede todos los años, no sabe qué pensar. Porque siempre e inevitablemente uno no sabe qué pensar cuando un nuevo grupo de jóvenes le mira aparentando un interés, insisto, casi sobrehumano. Dudas, las de uno, razonables, pues aunque todos los años pasa lo mismo uno siempre cree que las cosas pueden ser distintas cada vez. Y que por tanto esta vez, hoy, los alumnos estarán verdaderamente interesados en el discurso de uno. Eso al menos piensa uno hoy: que quizá hoy las cosas van a ser distintas.

Así que uno les explica a los primerizos, entre otras cosas y en ese primer día, las diferencias que existen entre aprender (de) fotografía a través de internet y aprender (de) fotografía a través de los libros. Y se explaya uno entonces en ofrecer detalles que demuestran tales diferencias, pero no sin antes haber dejado claras ¡las maravillosas virtudes de poder informarse de todo a golpe de click!, cosa que hay que hacer fundamentalmente para que no tomen a uno por gilipollas ya desde el primer día de clase. Les cuenta uno, digo, lo que es un libro de fotografía(s), o un fotolibro en tanto que variante del primero, más genérico. Y esto de explicarles qué es un libro, en este caso de fotografías, hay que entenderlo de forma textual: hay que explicarles lo que es un libro, primero porque en realidad no lo saben y segundo para que puedan entender a continuación las diferencias que median entre aprender (de) fotografía a través de internet o hacerlo a través de los libros. Y en este punto se acuerda uno de la frase de aquel alumno que hace un par de años respondió “desengáñate Alberto, ya hace tiempo que las nuevas generaciones no leemos” a mi afirmación “ya no os doy a leer el libro de Susan Sontag porque ya sé que no lo vais a leer, como he podido comprobar de forma progresiva desde hace unos años”. Y cuando hablaba de lectura -hace ese par de años- hablaba de lectura, no de miradas fragmentarias, inconexas, lábiles, fugaces, ocasionales y raudas; hablaba no de otra cosa que de leer libros.

“De entrada un libro de fotografía, de fotografías -les cuenta uno-, así como un fotolibro, como este libro de fotografías del fotógrafo Robert Frank que tengo en mis manos (y es entonces cuando alzo el libro para que lo puedan ver todos: The americans) es antes que nada el producto de una negociación, de la negociación entre el autor y su editor. Así que observemos: Un libro tiene antes que nada un formato, unas proporciones, no es lo mismo un formato cuadrado que uno rectangular y no es lo mismo abrir en horizontal que abrir en vertical. Por no hablar del tamaño, tan vinculado al formato y claro está a la idea, a la idea de libro que se pretende. A los amantes de los libros -les señala uno-, no les suelen gustar los formatos horizontales si no se encuentran claramente justificados. Pero eso es sólo el principio, como también es previo a ese principio la concreta selección de las imágenes que van a formar parte de ese libro. Toda publicación que pretenda cierta excelencia es necesariamente el producto de una edición concienzuda, es decir, el producto de una selección muy concreta de entre todas las fotos posibles del autor. Después se encuentra ese otro tema capital de la edición de un libro, el de la estructura, que se organiza en función de una determinada secuencia narrativa; y en este sentido conviene saber el uso que se hace de la distribución de imágenes teniendo en cuenta, ya no sólo el orden, que también, sino la distinta importancia que puedan tener ciertas imágenes dependiendo de si se encuentran en las páginas pares o impares. Hay libros -les dice uno-, como éste, que decidió, con acierto indiscutible, reproducir las fotografías sólo en las páginas impares. En un libro de fotografía(s) las partes y el todo se encuentran estrechamente condicionadas entre sí. Por otra parte se encuentra el tamaño de las fotografías (la mancha, que se llama) respecto del formato del libro, si ocupan mucho o poco en ese blanco de la página, a lo que se añade la dificultad de decidir qué se hace con respecto a las diferencias de tamaño que, en un libro vertical, pueden darse entre fotos verticales (grandes en una página vertical) y muy pequeñas (en una página vertical). Por no hablar de cómo situarlas en esa página, si a sangre toda ella, o a sangre por uno de sus lados, o centrada... Un fotolibro -les acaba diciendo uno-, es puro pensamiento visual, así que resulta necesario saber elegir las imágenes adecuadas para hilar de la forma más adecuada una narración concreta, algo que encontrará su máxima excelencia si se tienen en cuenta todos esos factores. Y para acabar: un libro es un objeto con un peso específico que de alguna forma hay que tocar; las reproducciones son extremadamente parecidas a las fotografías originales, parten del mismo principio, el de ser/estar impresas sobre papel; en fin, todo en la experiencia de ver/tocar/ver un conjunto ordenado de fotografías invoca al conocimiento, al conocimiento que es pensamiento visual.”

Todo eso les cuenta uno a sus primerizos alumnos -los que siguen mirando a uno casi sin parpadear- explicándoles inmediatamente después qué tipo de conocimiento puede adquirirse a través de internet: “Sin embargo -sigue uno- cuando pincháis el nombre de un fotógrafo en Google, como por ejemplo este de Robert Frank, aunque podríamos acudir a cualquier otro ejemplo -y es entonces cuando alzo con las manos otros 3 libros de otros autores que uno se ha tomado la molestia de traer a clase- lo que os vais a encontrar es, inevitablemente, un magma de fotografías sin orden ni concierto. Un magma caótico en el que aparecen fotos de forma aleatoria y que se visualizan en formato muy pequeño y en una visión de conjunto. En pequeño, sí, porque carecen de resolución suficiente para poder ser vistas con una mínima dignidad, y en ¡vaya conjunto!, porque son muchas, pero colocadas al tun tun debido a algoritmos fantasmas, siempre muy comerciales; una o varias de ellas pueden repetirse ad-nausean pero pareciendo distintas debido al color, que en unas es verde, en otras rojo o violeta aunque la foto sea en blanco y negro. Y lo peor de todo: ni siquiera todas las fotos que nos muestra la búsqueda de imágenes son del mismo autor, lo que sin duda confundirá definitivamente a quien quiere informarse con el fin de aprender algo del autor/fotógrafo”.

Y continúa uno dirigiéndose a esos primerizos alumnos que apenas parpadean: “Fijaos qué curioso, el año pasado, les conté todo esto mismo que os acabo de contar a vuestros predecesores, los que ahora están en segundo, les traje estos mismos libros que deposité sobre esta misma mesa tal y como he hecho hoy, habiéndoles señalado que aquí estaban -traídos a propósito- para que pudieran echarles una ojeada y corroborar el discurso, no sin antes habiéndoles hecho un pequeño comentario acerca de todos ellos. ¿Sabéis qué pasó cuando llegó la hora del almuerzo, que todo se ha de decir no fue inmediatamente después de ese discurso sino media hora más tarde? Pues yo os lo digo: que se levantaron, salieron del aula y cruzaron al horno a comprarse la empanadilla de turno”. Los libros se quedaron ahí, huérfanos de tacto y mirada. Y yo con un palmo de narices; “no hicieron a los libros ni puto caso”, eso fue lo que les dije.


Todo esto les ha contado uno a los alumnos primerizos aproximadamente media hora antes de que llegara la hora del almuerzo esta mañana, esta misma mañana, primer día de clase. ¿Y saben ustedes, lectores míos, qué ha pasado cuando he anunciado la hora del recreo, esto es, la del almuerzo? ¿A que sí? En efecto: que han salido disparados hacia el horno. Reír preferiría, pero sólo tengo ganas de llorar. Son ya varios palmos de narices.

lunes, mayo 01, 2017

De niños, adolescentes y adultos

 Ahí están ellos tecleando sus aparatitos con sus veloces y asquerosos deditos. Sentados todos ellos en el banco del parque, concretamente en el situado más cerca de la salida, tecleando sus aparatitos con una compulsión poco propia de seres de su edad. Así, sentados en el banco de forma desordenada pero nada casual, teclean todos ellos sus respectivos aparatitos cogidos con firmeza, con ambas manos diría, y moviendo los dedos a la velocidad de la luz, como si les fuera la vida en ellos, que les va, como puede observarse por la velocidad a la que mueven sus veloces y asquerosos deditos. No se hablan entre sí esos niños que se encuentran en el banco del parque sentados con sus aparatitos, esos aparatitos que miran fijamente como si les fuera la vida en ello, que les va. No hablan, no se hablan, sólo miran hacia sus brillantes aparatitos moviendo sobre ellos sus veloces y asquerosos deditos mientras llega un grupo de adolescentes que decide sentarse en el banco de enfrente. Tras unos instantes de risas los adolescentes toman posición definitiva del banco. Sentados de forma desordenada y sin que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido dar una orden de salida se ponen todos a teclear sus aparatitos con sus dedos asquerosos, dedos que no son ni de niño ni de adulto; dedos que no son como los dedos de esos niños que se encuentran en el banco de enfrente tecleando de forma asquerosamente compulsiva sus aparatitos brillantes; dedos que no son como esos gruesos dedos de adultos que tienen su padres. Resulta francamente repugnante ver a esos niños olvidarse de su infancia mientras se concentran en la luz que despiden sus respectivos cacharros, diría yo. Niños que se han olvidado de sí mismos debido a esos aparatitos que toquetean con sus asquerosos deditos veloces, aparatitos que pronto serán cacharros con bordes descascarillados que irán a parar a la basura después de una vida intensa si es que pudiera hablarse de vida cuando se habla de aparatitos. Resulta francamente repugnante ver a esos adolescentes actuando exactamente igual que los niños que tienen sentados en el banco de enfrente, ese banco que se encuentra junto al Frankfurt que se encuentra a la salida del parque. Adolescentes que se han olvidado de ser adolescentes después de haberse olvidado de haber sido niños mientras toqueteaban unos aparatitos brillantes que manejaban con ambas manos simultáneamente. Repugnante por desolador resulta ver a esos adolescentes toqueteando enfermizamente unos cacharritos mientras se le va la vida en ellos, por ellos a través de ellos, que se les va. Como desolador por repugnante resulta ver a esos niños que hacen lo mismo que esos adolescentes a quienes se les va la vida toqueteando compulsivamente sus cacharritos. No hablan entre ellos, sólo manosean de forma enfermiza por compulsiva esos aparatitos que pronto serán cacharros, diría. Así, mientras no hacen otra cosa, lo que hacen esos adolescentes es mover sus asquerosos dedos a toda velocidad sobre esos aparatitos brillantes que les fascinan. Así, mientras esos adolescentes no hacen otra cosa que mover a toda velocidad sus asquerosos dedos mientras se les va la vida en ello, que se les va, los niños del banco de enfrente no hacen otra cosa que mover sus asquerosos y veloces deditos sobre esos aparatitos brillantes por los que se les va la vida, que se les va. Allí están, junto a la salida del parque, sentados de forma desordenada y nada casual, un puñado de adolescentes que no hacen otra cosa que lo que les apetece, que es precisamente lo mismo que hacen esos niños que se encuentran sentados en el banco de enfrente que se encuentra situado a la salida del parque junto al Frankfurt. Niños que no hacen otra cosa que lo que les apetece: mover sus asquerosos deditos compulsivamente sobre unos aparatitos brillantes sumamente parecidos, si no iguales, a los que poseen sus padres, quienes habitualmente mueven sus dedos veloces, pero no tanto, pero sí más gruesos y por ello más asquerosos, sobre unos aparatitos brillantes, diría, que recargan todas las noches junto a la cama, en la mesita de noche. Así, esos niños que se olvidan de ser niños mientras hacen lo que hacen sus padres -siendo niños que no hacen otra cosa que manosear esos cacharritos como lo hacen sus padres, que recargan esos cacharritos todas las noches junto a su cama-, esos niños, digo,  no hacen otra cosa que lo que hacen sus padres, padres que con sus gruesos y patéticos dedos no hacen otra cosa que manosear sus aparatitos brillantes cogidos firmemente con las dos manos. Moviendo sus gruesos y asquerosos dedos a toda velocidad, que es una velocidad patética, como si les fuera la vida en ello, que les va, mientras se les va la vida en ello, que se les va. Y así Ad libitum.


martes, abril 09, 2013

El futuro y el Gozo Intelectual


El futuro del Gozo Intelectual
No hace mucho se armó la gorda cuando fueron filtradas a los medios las patéticas respuestas que varios aspirantes a profesores habían dado en sus exámenes de acceso. Fueron tres días de noticias, chanzas y escarnios. Tres días. Después, todo ha vuelto a la normalidad, una normalidad hispánica.

Los que venimos señalando la progresiva y profunda regresión que opera en los educandos desde hace 30 años solemos ser calificados de tremendistas y agoreros. Pero las citadas filtraciones demuestran que, efectivamente, tenemos aquí en España uno de los peores sistemas educativos del mundo civilizado, como bien atestiguan todos los Informes PISA elaborados desde hace años. El sistema eliminó progresivamente las humanidades para sustituirlas por cosas como Conocimiento del medio, pero después de unos años de pereza intelectual (propiciada por un sistema que premiaba a los canallas y a los mediocres) los aspirantes a profesores, y tal vez los mismos profesores, no sólo no saben ordenar frases en un argumento escrito, sino que además creen que el Miño pasa por Sevilla.

El bienintencionado ensayista Jorge Wagensber habla de Gozo Intelectual como aquello que sirve para empujar el proceso general de la adquisición de conocimientos. Yo estaría plenamente de acuerdo con la denominación y también con el significado que le asigna. Y añadiría además que se trata de uno de los gozos más satisfactorios que un sujeto puede experimentar. Pero ¿así piensan también las nuevas generaciones que se han ido forjando en los últimos años? ¿Disfrutan del gozo intelectual?

Para contestar con cierta propiedad habría primero que aclarar qué entendemos por conocimiento, porque si de algo no hay duda es que todos los jóvenes que estudian lo hacen porque; uno, quieren obtener los conocimientos propios de la materia por ellos elegida y dos, mientras estudian creen estar obteniéndolos. Pero ¿de qué conocimientos?, porque lo que tampoco queda claro es quién elige los conocimientos que hay que impartir a esos educandos, pues como sabemos los que nos dedicamos a la enseñanza, es estrictamente cierto que cada vez más son los propios alumnos quienes exigen/imponen unas determinadas materias arreglo a sus intereses. Además de tener grandes facilidades para configurar su carrera en base a esos mismos intereses personales (los famosos créditos).

Es cierto que para una mente de reminiscencias analógicas el conocimiento es una cosa bien distinta al de una mente con tintes digitales. Y lo que queda claro en los jóvenes estudiantes del hoy es que su demanda se centra en los conocimientos técnicos y pragmáticos. Es decir en los conocimientos desligados de la teoría. No quieren saber nada de la teoría.

Por eso, cuando Wagensberg habla de gozo intelectual lo hace desde unos parámetros metodológicos difíciles de aceptar por un joven educando del hoy. Para Wagensberg es de suma importancia la Teoría en lo que respecta a las posteriores deducciones extraídas de la práctica. Es decir, para el científico ensayista sólo un buen fundamento previo es capaz de dar vida a la ulterior experimentación y por consiguiente a la posterior reflexión. Y es precisamente el conocimiento de ese fundamento previo, el de la teoría, el que rechazan los nuevos educandos. Se trata para ellos de una carga que les impide ir a la velocidad que marcan las nuevas tecnologías, que por otra parte son las perfectas representantes del saber pragmático. O por decirlo de otra forma, hasta hace poco a los jóvenes los libros se les caían de las manos, ahora ni siquiera estiran la mano para alcanzarlos. Todo es, si acaso, lectura en pantalla, lectura apresurada, fragmentada, dislocada y arrítmica. Ansiedad y Wikipedia en un frenesí de recorta y pega.

Un conocimiento por tanto eficaz en la consecución de unos objetivos tan ilusos como ilusorios, posiblemente eficaces en la obtención de dinero, pero que no conlleva a reflexión alguna. ¿Puede haber gozo intelectual en ese conocimiento que, en definitiva, se obtiene en un bis a bis virtual de objetivos inmediatos y pragmáticos? O dicho de otra forma, ¿puede haber conocimiento sin teoría y por tanto sin reflexión? ¿Puede darse el gozo intelectual ante este tipo de conocimiento?

En la era digital, es cierto, la pereza derivada del descreimiento es la pauta de todo aprendizaje (¿), pero no tanto debido a una suerte de escepticismo nihilista cuanto debido a una cuestión de marketing y de rentabilidad. La reflexión conceptual para los jóvenes descreídos es sólo una forma de perder el tiempo que en realidad quieren dedicar a los videojuegos o a las redes sociales. La verdadera democratización del pensamiento se ha producido cuando el estar se ha impuesto sobre el ser. Si no se está en las redes sociales no se es. Sin ellas apenas queda ser. ¿Quién se va a preocupar por el gozo intelectual (su ser) si su prioridad vital es estar?

sábado, febrero 09, 2013

# españademishuevos


# españademishuevos

Antes que nada dos premisas:
1.Spain is different.
2.Los políticos somos nosotros

Pero, para empezar, ¿qué es Spain? Pues Spain es una especie de país en donde los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial son detentados por un solo partido gobernante en ciclos de 8 años aproximadamente. Un partido que sólo puede ser ¡uno de dos! Porque Spain tiene una Ley de Partidos que permite repartir el Poder sólo entre dos grupos ya inevitablemente mafiosos. Mafiosos, todo ha de decirse, porque los spaniards llevan demasiados años empeñándose en darles el Poder a esos dos grupos en perversa alternancia. Un Poder que no atiende a la separación de Poderes. Unos spaniards que, desde luego, llevan años aceptando esa práctica nefanda y haciendo oídos sordos, entre otras cosas, a los anuales Informes Pisa sobre el nivel de aprendizaje de sus jóvenes educandos. Unos informes que nos señalan como el país (o especie de país) que peor prepara a sus jóvenes estudiantes en toda Europa. Unos estudiantes que, después, formarán parte de las peores universidades de los países civilizados, las españolas. Unas universidades, eso sí, caracterizadas por haber inculcado, durante 30 años, un relativismo cachondo a unos jóvenes excesivamente protegidos por una Cultura de la Queja ejercida de forma paranormal. Un relativismo propugnado desde el buenismo, pero cuyo fin último era i-rresponsabilizar a los spaniards. Algo que se consiguió con el inestimable apoyo de los propios spaniards y de una clase política que sólo pretendía el Poder para o lucrarse o derrotar a su fantasmático enemigo ancestral (el otro). Un Poder que podría ser accesible cada 8 años aproximadamente debido a que los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial estarían detentados, gracias a un empeño general (del que nadie se libra), por “la misma entidad”. “Una entidad” que, subvencionada por TODOS los spaniards, será inevitablemente mafiosa en la medida en que se sabrá inevitable (aunque sea de forma temporal y cíclica) y vulgarmente aceptada. O manda el PSOE de CAÍN o manda el PP de CAÍN. Pero financiados por los spaniards. 

Dudar acerca de la veracidad de la segunda premisa no será posible si; a partir de las aclaraciones dadas, se está de acuerdo con la primera. Así, Spain is different por voluntad expresa de los spaniards y gracias, más que a su ambición, a su soberana incultura.

Y más allá de las premisas, ¿cuáles serían entonces las conclusiones?

Pues muy sencillo, se encontrarían contenidas en la suma de las mismas dos premisas.

domingo, diciembre 02, 2012

Del desprestigio de la palabra

(Inmunizarse ante los efectos producidos en la emergencia de lo real es una forma de deshumanización. Decadencia).
Decíamos en el anterior post que la realidad tiene grados en cuanto su nivel de aprehensión. No se aprehende la realidad de la misma forma delante de un síntoma que delante de un signo. Ni se impone de la misma forma experimentada en la “cercanía” de un acontecimiento (en el cuerpo a cuerpo) que en la “lejanía” (a través de una representación). Por eso decíamos también que los grados de realidad se encontraban vinculados de alguna forma a la retórica, aunque pudo decirse también que los grados de realidad se experimentan en función de su aproximación a lo real entendido como aquello que en su inefabilidad nos confronta con el inexplicable vacío. Sólo la palabra, es decir, lo netamente humano, puede acudir a nosotros para salvarnos de la emergencia de lo real.
Sin embargo, lo sabemos, la palabra no tiene ya casi poder comunicativo en estos tiempos. No sirve para casi nada. El ejemplo del telediario lo demuestra: del texto de aquella noticia -que era en sí misma impactante sólo debido a las imágenes- ya casi nadie se acuerda. Hoy, último día del mes, una mujer ha mostrado su angustia ante las cámaras de televisión por no poder hacer frente a una deuda de 13.000 euros. Mientras el chino barbilampiño (Gao Pin), ex dueño de todos aquellos fajos de dinero robados, ha sido puesto en libertad por un defecto de forma del que nadie se responsabiliza. Las palabras de la noticia aquella han sido barridas por el tiempo como son barridas todas las palabras pronunciadas en una era, la digital, que sólo atiende a las imágenes, unas imágenes que ya sin sentido -el sentido que otorga la palabra-, sólo pueden ser obscenas. La palabra es la gran perdedora de la era digital. Lo que importan son las imágenes, y cuanto más conectadas con lo real mejor: sólo se busca el espectáculo; espectáculo puro y duro; espectáculo amorfo; espectáculo sin sentido; sin un sentido que pueda humanizar el vacío y el caos de lo real. Alejados de la palabra pues, y por tanto inmersos en el espectáculo deshumanizado de las imágenes no sostenidas, de las imágenes no ancladas.
Son las consecuencias de un pensamiento relativista inculcado con tesón por el mundo académico. Ese pensamiento que les ha venido de perlas a los políticos que no dejan de mentir amparándose en que no hay palabra capaz de decir la verdad. Mientras el espectador queda atrapado por cientos de imágenes potentes en su presentación pero carentes de poder de conciliación. El espectáculo por el espectáculo es el verdadero opio del pueblo. Los poderes fácticos han conseguido conculcar en la sociedad la estúpida idea de que una imagen vale más que mil palabras. Pero no hay pensamiento abstracto allá donde no hay palabra. No puede haberlo, sólo se puede acceder al pensamiento abstracto a través de la palabra. Las imágenes no bastan para desarrollar el pensamiento abstracto que caracteriza al ser humano. Las operaciones concretas son propias de la infancia y las formales del ser adulto, como demuestra el hecho de que lo libros infantiles requieren de imágenes y los libros universitarios no. Un signo de madurez es precisamente el que permite a la persona elaborar unas operaciones, las formales, que son de rango superior a las operaciones concretas, más propias de mentes más precarias.  
Sin embargo sabemos que, cada vez más, prepondera la imagen sobre la palabra. El pensamiento visual, propio del estadio iniciático se ha impuesto sobre el pensamiento razonado, propio de un estadio desarrollado, maduro. El pensamiento visual como única forma de confrontación a la realidad resultaría característico del autismo. En efecto, el pensamiento visual como método primario de procesamiento de información es característico de los niños autistas. Se supone que el proceso lógico de desarrollo del ser humano es aquel que, como decíamos, le conduce de métodos primarios (visuales, concretos) de procesamiento a métodos más complejos (formales, abstractos).

La era digital no quiere saber nada que vaya más allá de la imagen. Pero un mundo sin palabra es un mundo brutal; un mundo donde rige el gruñido, manda la economía y se renuncia a la ética. Por eso ya nadie utiliza aquella vieja expresión que nuestros padres nos obligaban a usar con prudencia y conocimiento. Ya nadie dice “te doy mi palabra” para acreditar su verdad porque la palabra no vale nada allá donde nadie quiere verdades, sólo dinero. Una sociedad sin palabra es una sociedad autista. En un mundo brutal. Decadencia. 

lunes, octubre 29, 2012

Soy un mequetrefe

(Gamificación y lastre cero)
Uno de los asuntos recurrentes de este blog ha sido, desde sus inicios, el de la educación de los jóvenes. Otro, el de las consecuencias de haber educado a los jóvenes de una cierta manera. No hay nada que hacer: es más cierto que nunca que los nativos digitales son extraordinariamente distintos a los criados entre libros. Y si algo he descubierto en estos últimos meses es lo inútil que resulta introducir en los alumnos nativos cualquier metodología analógica en la adquisición de conocimientos. O mejor, si algo he aprendido últimamente es lo patético que puede resultar cualquier enseñante que quiera inculcar en los estudiantes un aprendizaje que tenga como fundamento la cultura. Para los nativos digitales el conocimiento nada tiene que ver ni con la cultura ni con el razonamiento. Saben que todo ello es una pérdida de tiempo en la medida en la que los despista de la inmediatez. En mundo que ya sólo puede ser veloz no caben los cultos, sólo los listos. Hasta ayer aún creía yo que era posible alternar sus tintineantes paseos por la red con las esforzadas incursiones en la letra impresa. No hay nada que hacer, soy un mequetrefe. A los jóvenes nativos, educados además en una posmodernidad militantemente relativista, no les interesa nada que no puedan rentabilizar de forma inmediata. Entre otras cosas porque han comprobado que aquellos que han realizado un esfuerzo extra haciendo por ejemplo dos (o tres) carreras universitarias simultáneamente son, también, camareros. Si hay algo que aprender nada mejor para un nativo que el Google y la Wikipedia. Todo lo demás son formas de perder el tiempo que sólo sirven para que llegue el listo de turno y les levante la camiseta a los desfasados esforzados.
La principal y más definitoria diferencia entre analógicos y nativos digitales es la del contenido de sus “mochilas”. Si los primeros necesitaban rellenarla para su confrontación con el mundo, los segundos necesitan aligerarla con el fin de que no estorbe. Los digitales son seres caracterizados por acarrear un lastre cero, que es por otra parte el lastre que han considerado como el más rentable de los posibles. Que lo es. Así pues, un lastre limpio de contaminaciones y repleto de ideología sin ideas. O con ideas sostenidas sobre hilos mal enhebrados, pero suficientes. No quieren renunciar a la opinión, su opinión, ¡nada más faltaba!, aún cuando ésta sólo pueda ser el producto de una intuición prepotente. Pero lo bueno del caso es, ciertamente, que su forma de actuar se ha demostrado como la más eficaz en un mundo que ya es irreversiblemente digital. No cabe duda, en este sentido, de que soy un mequetrefe: resulta verdaderamente patético intentar conculcar formas de actuación que se han demostrado poco rentables. Moverse por las redes sociales es infinitamente más eficaz (rentable) que construirse una biblioteca o conocer el pasado. Entre otras cosas porque lo primero es divertido. Y a mí lo que me gusta es disfrutar.
Si hay algo a lo que ya ningún joven quiere renunciar es a la diversión. Y no es que se les haya conculcado un cierto espíritu lúdico de la experiencia, por otra parte tan legítimo como necesario, sino que se les ha exigido la diversión. Se lo han exigido desde pequeñitos: nada de esfuerzos que puedan marcar la frágil infancia. ¡Se debe aprender jugando, para poder pasar el resto del tiempo… jugando! La cosa se estira hasta la adolescencia, en la que cambian el juego “en pequeño” por el juego “a lo grande”: adultescente. Y cuando llegan a la Universidad son ellos los que deciden las asignaturas que quieren estudiar. Un sistema, el de créditos, que permiten a los estudiantes ser independientes del tiránico poder que siempre emana del pensamiento institucional. Aprender como juego, ya que LO IMPORTANTE no es otra cosa que estar “bien conectado” y con un lastre cero que le permita, precisamente, partir de cero ante un posible negocio cuyo futuro depende de haber eliminado las ideas preconcebidas y los prejuicios.
Hace poco salía hicieron un reportaje en televisión que aludía al aprendizaje serio a través del juego. Los mismos militares explicaban cómo se pegaban barrigazos virtuales alrededor de un caserón para poder salvar a un hipotético secuestrado. El terrorista que se estrelló contra las Torres Gemelas había aprendido a volar en aparatos de simulación. Y el chaval que se sentaba detrás de mí en el tren estuvo jugando a fútbol todo el viaje, con el añadido de que narraba el partido como un comentarista radiofónico de lo más profesional. Después llegan a la Universidad y juegan al Wikipedia y al Facebook durante 4 años, y cuando verdaderamente alcanzan el lastre cero, entonces, sólo entonces, tienen posibilidades de entrar en una empresa que los adiestrará con juegos elaborados para los efectos. A esto se le llama gamificación, que no es otra cosa que “el empleo de mecánicas de juego en entornos y aplicaciones no lúdicas” (definición extraída de un reportaje sobre la gamificación que aparecía en las páginas salmón de El País). Así pues, juego en aplicaciones no lúdicas. La hostia, tú.

lunes, septiembre 10, 2012

La Realidad (y la fórmula)


Hay quienes afirman que el Conocimiento se adquiere a través de una democrática fórmula que consiste en hacerse preguntas permanentemente. Son gente que afirma que toda Verdad lo es de su contexto, y por ello también afirman que la creatividad genuina (filosófica, artística…) consiste en pasarse la vida formulándose preguntas. Pero curiosamente son esos mismos, y no otros, los que después nunca se conforman con la duda y resuelven de forma más categórica. Afirmando, como digo. Su afirmación favorita, la que más cachondos les pone, es esa que considera la Realidad un constructo. Un constructo lingüístico… “¡y punto!”. De hecho es esa gente, y no otra, la que de forma casi exclusiva lleva más de 30 años imponiendo esa (supuesta) democrática fórmula pedagógica, una fórmula que ni ellos mismos cumplen: o mejor, que fundamentalmente ellos incumplen. Al menos cada vez que examinan a sus alumnos exigiendo de ellos un Saber adquirido y no intuitivo. En realidad sólo se hacen preguntas cuando sueñan. O sea, en la Irrealidad.

Sólo aceptaría, pero sin mucha ilusión, que un semiólogo o un conductista me hablaran de constructo cuando hiciera referencia a la Realidad, por aquello de otorgarle un voto de confianza a sus áridas investigaciones. Pero si fueran un médico o un periodista quienes lo hicieran me tiraría a su yugular. Porque al fin y al cabo, y como decía Vázquez Montalván, “la realidad es la realidad como el fútbol es el fútbol”. Y lo decía quien sufrió en sus carnes la angustia que proporcionaba gustar de unos “lujos” que entraban en contradicción con la Teoría. Que por eso sabía que “la realidad es la realidad”. La cuestión es que, guste o no, la Realidad siempre se encuentra, después de todo, más aquí que, por ejemplo, las teorías de Baudrillard, Rorty, Putnam o Derrida.

La Realidad está entre nosotros. Lo que sucede es que tantos años negándola (no por los filósofos sino por los mitómanos profesorcillos universitarios y politicuchos ambiciosos) han hecho su efecto. Y ahora el sujeto generado por tanto estudio cultural progresistamente descreído anda desconcertado y desorientado teniendo que situar su deseo en un lugar con aristas de verdad. Y no en una fantasía. De todas formas, y aunque sólo sea por la inercia, el pensamiento académico sigue en sus trece, afirmando que lo local es el paraíso (victimismo relativista) y que Shakespeare era negro (relativismo victimista).

Addenda. Nada todo lo dicho le impide a la Realidad poder ser turbia, inestable, opaca, incomprensible, engañosa… Realidad sería, por ejemplo, lo que le hace decir a un Gobierno “Vota SÍ por el bien de España” después de haber proclamado en las campañas electorales “De entrada NO a la OTAN”. Es precisamente desde ese momento que los políticos, apoyados subliminalmente por el pensamiento académico/correcto, han estado toreando a los ciudadanos (con su consentimiento, claro) jugueteando con la fórmula. Por eso cuando llega un político y habla de Realidad se genera un murmullo.

martes, septiembre 04, 2012

La educación: Savater, Arteta y Spengler


Tengo un amigo que se autoexilió hace 3 años y no le he vuelto a ver desde entonces. Se fue, pues, antes de que comenzaran a hacerlo los jóvenes más sensatos. Para señalar la incompetencia de España y su incapacidad de salir del bache utilizaba una frase entre retórica y críptica: “nada se puede esperar de un país –decía- en el que los camareros no saben que son camareros”. Él lo decía así, pero su ulterior explicación despejaba las dudas: para mi amigo, España no saldría adelante mientras sus ciudadanos creyeran que la única forma de ser alguien es no siendo menos que nadie; no saldría adelante mientras todos confiaran su futuro al pelotazo; no levantaría cabeza mientras se siguieran considerando denigrantes (poco sociales) ciertos trabajos en un país donde sólo cabía la posibilidad de vivir como los ricos; mientras nadie quisiera aceptar su destino de “sirviente”, de “súbdito”. “Allá donde voy los camareros saben que son camareros –decía-, y por eso son profesionales del servicio; se esmeran en hacer bien su trabajo y lo hacen bien porque lo hacen sin complejos. Allí los camareros non creen necesariamente que su trabajo sea circunstancial, pero si lo creen no por ello dejan de realizarlo con esmero; porque son gente que en absoluto desprecia a sus clientes debido a ciertos complejos devenidos de algún tipo de frustración”. Así, mi amigo se cambiaba de país porque necesitaba habitar una sociedad en la que teniendo que haber de todo, como en todas, hubiera gente para todo. Entre otras cosas porque no puede ser de otra forma. Y como sabrán ustedes, hasta hace bien poco nadie quería ser camarero (por ejemplo) aquí en España, fundamentalmente por las falsas expectativas que iba generando por una parte, un entendimiento de lo laboral basado en el pelotazo y, por otra, la conculcación en el educando de un mal entendido sentimiento de autoestima. Nadie quería ser camarero porque no cuadraba con las expectativas generadas por una educación individualista de tintes agresivos. Educación, por cierto, potenciada por un Sistema Bolonia que en España ha sido colado con la vaselina de las metodologías universitarias autóctonas, discretas pero eficazmente destructivas.

Lo decía en un post reciente, la peculiaridad de la crisis española consiste en haber sido más papista que el Papa, en haber aplicado la corrección política de forma más fanática que sus propios inventores anglosajones. Todo lo que no tuviera tintes políticamente correctos ha ido siendo rechazado plenamente, y durante más de 30 años, por todas las instituciones estatales (los media, las universidades, los colegios, los políticos, las familias, los centros culturales, el pensamiento oficial…). Y así se ha eliminado el principal factor de compensación contra la estulticia que poco a poco, pero mayoritariamente, fue siendo aceptada como forma de vida (en la medida en que parecía eliminar fronteras, categorías, niveles… y parecía imponer la igualdad): la sensatez. Así, en efecto, nadie quería ser camarero porque no confería la imagen apropiada ante una sociedad que sólo veía bien a los consumidores. Nadie ha querido servir en un mundo, el nuestro, en el que alguien para ser no podía ser menos que nadie. Y obsérvese que mi amigo decía “mientras los camareros no sepan que son camareros…”, ¡se trata de una cuestión de “saber”!, no de aceptar, porque en absoluto se trata de tener que asumir cierto servilismo sino, más bien, de asimilar los datos que permitan situarse en el mundo con dignidad y sin rencor. Es decir, no se trata de aceptar sino de conocer.

De hecho la afirmación de mi amigo es una afirmación políticamente incorrecta de la que casi nadie gustaría. Y la verdad es que nunca gustaron este tipo de afirmaciones que acreditan una desigualdad que más que justa e injusta resulta inevitable. El gran experto en decadencias Oswald Spengler, pensador casi siempre incomprendido en sus controvertidas tesis, decía “la empresa dirigida por el lenguaje da de sí la distinción entre las actividades del pensamiento y las de la mano. En toda empresa cabe distinguir entre el pensamiento y la ejecución, y a partir de este momento la actividad del pensamiento práctico es la primera y más importante. Hay un trabajo de dirección y un trabajo de ejecución: y para todos los tiempos venideros constituye ésta la forma técnica fundamental de toda la vida humana”. Para Spengler la existencia de dos tipos de técnicas implica la existencia de dos tipos de hombres, lo que él llama una diferencia de rango: “En toda empresa existe una técnica de la dirección y otra de la ejecución […], los dirigentes y los dirigidos”.

Las Universidades españolas llevan 30 años conculcando a los jóvenes la ingeniosa (pero alienadora) idea de que no hay Saber Verdadero y que la Verdad es un constructo político elaborado para humillar a los desfavorecidos. Así las cosas, se fue imponiendo una educación que para el estudiante consistía en tener que aprobar estudiando cosas que NO contenían Saber alguno, por lo que el fin último no podía encontrarse en el Conocimiento sino en cosas más pragmáticas, como el medre o el lucro. Las humanidades fueron barridas con el aliento connivente del alumnado, que ya sólo se debía preocupar de buscarse la vida en un mundo sin amor por la excelencia y con pasión por los cuchillos afilados.

Una forma de afrontar este desaguisado sólo podría provenir de la renovada y reciclada implantación de las humanidades. Algo a todas luces poco previsible. El bueno de Fernando Savater lo sigue intentando con sus indagaciones y sus publicaciones sobre la ética y la juventud. Ahora: Ética de urgencia. Estas intentonas son siempre de agradecer pero me gustaría conocer la influencia que verdaderamente puede tener el filósofo más popular de España sobre unas juventudes, las actuales, que son muy pero que muy distintas a las de “su Amador” de antaño. Me he leído el libro debido a múltiples factores y mi conclusión es que, una vez más, Savater da muestras de una mesura y una sensatez poco propias en los divulgadores de opinión. El libro es suave y de una transparencia poco frecuente, por lo que entra con eficaz inmediatez. Supongo que tanta suavidad se justifica con la edad de los chavales a quienes va dirigido, de otra forma la suavidad y la “cortedad” deberían ser entendidas como cualidades más bien negativas. De hecho ha sido en este punto de donde ha surgido un pensamiento que me resulta tan desconcertante como turbador. Tengo motivos para creer que Savater ha escrito un libro para chavales de 15 años, los que tenía su hijo cuando escribió su pretérito y merecido éxito de ventas. Si es así, el texto me parece más que oportuno y su eficacia se encuentra, bajo mi punto de vista, asegurada. Eso es lo que creo después de una lectura en la que me he hecho pasar por un adolescente. Ahora bien, y he aquí el motivo de desconcierto y turbación: si en vez de hacerme pasar por adolescente me hacía pasar por joven las chispas saltaban en todas las conexiones de mi cerebro. Pero no tanto porque me pareciera inadecuado por cuanto me pareciera inoperante. La pregunta que me provocaba esa lectura esquizofrénica era ¿debe un libro, y más concretamente un libro sobre ética, “servir” de igual forma al público al que va dirigido (el de los 15 años) que a un público más genérico? Puede que no, pero me desconcierta ese desajuste.

Si me ponía en la piel de los quinceañeros veía el texto muy instructivo, aleccionador e incluso emocionante, pero si me ponía en la piel de los jóvenes de 19 años (a los que conozco bastante bien) lo veía desfasado y aburrido. Savater, que hace un tremendo esfuerzo por estar actualizado, cae en las mismas trampas que denuncia mostrando una forma de pensar excesivamente analógica (y hace demasiado esfuerzo por “caer bien”). El momento de Ética para Amador era esencialmente distinto al de ahora: era un momento en el que para informarse y culturizarse había que o comprar libros o ir a una biblioteca. No es mi intención desprestigiar su libro, más bien al contrario pienso que lo deberían leer todos los quinceañeros. Así que no se me malinterprete, lo que creo es que el joven se aburriría súbito ante ese texto debido, precisamente, a su experiencia vital  vivida en esos 3 o 4 años de margen. Es cierto que me resulta monstruoso, pero no por ello dejo de pensar que un joven educado “desde” internet rechazaría frontalmente todo ejercicio mental que no se encontrara directamente vinculado a un beneficio inmediato. Descarto el placer de la lectura en ellos (los libros se les resbalan), así que sólo cabría esperar ese beneficio en forma de placer intelectual derivado de esas ideas transcritas, cosa poco probable en unos sujetos que durante esos tres años han disfrutado viendo en su ordenador la saga completa de Saw, las palizas de unos niños a otros grabadas en móvil, las excéntricas  torturas de animales con fines de divertimento, la pornografía más salvaje (sólo antes destinada a los más viciosos) y, sobre todo, después de haber asimilado la cultura del pelotazo y los cuchillos afilados. Así, más que pensar que el libro no serviría para los jóvenes lo que pienso es que sería rechazado frontalmente por ellos; por aburrido. Es algo difícil de entender si se piensa con mente analógica, pero creo que desgraciadamente no hay otra.

La pregunta es ahora: ¿hay algún libro que pueda ser efectivo en los jóvenes en la misma medida en la que Ética de emergencia puede serlo en los adolescentes? Y habría que decir que sí, pero con un matiz condicionante  añadido; a saber: que sólo podría ser eficaz si su lectura se impusiera, esto es, si su lectura se hiciera obligatoria. No creo que Ética de emergencia funcionara por obligación (debido al público al que se encuentra dirigido), sin embargo pienso que Tantos tontos tópicos de Aurelio Arteta sólo funcionaría en su intento de educar si su lectura fuera obligada en TODOS los centros educativos. Y con examen, por supuesto. Desde luego que hay muchos libros que podrían ser adecuados en el intento de formar ciudadanos, pero el de Arteta es además el que mejor serviría actualmente a unos intereses forjados en la necesidad de formar sujetos sociales. No sólo trata sólo de analizar en profundidad todos los tópicos del lenguaje pseudofilosófico y moral sino que además los sitúa en una inoperante sociedad apalancada en el más estúpido de los buenismos. Porque, más que sólo tontos los tópicos son en realidad un arma mortífera en manos de los ignorantes, de los estúpidos, gente extremadamente peligrosa por cuanto no han superado su etapa infantil. Yo recomendaría, en cualquier caso, complementar el estudio con otro libro, esta vez un libro sin ninguna cualidad literaria o filosófica, pero con una información necesaria respecto a lo sucedido en España durante estos últimos 30 años: La casta autonómica. La lectura de ambos libros y la obligación de aprendérselos nos acercaría a esa luz que estando al final del túnel todavía no se vislumbra.