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miércoles, noviembre 22, 2017

Micromundo fractal

(O a quien pueda no interesar II)

Ayer recibí una llamada verdaderamente extraña justo después de cenar. La de la ex-mujer del que en su tiempo fue un buen amigo. Una mujer que no veía desde hace aproximadamente 8 o 9 años, de hecho tengo su rostro desdibujado. Me llamó, ya digo, ayer, para mantener un extensísimo y desconcertante monólogo que me mantuvo mudo y colgado a mi auricular cerca de media hora.

Su incontinencia verbal se encontraba focalizada, de forma exclusiva, a explicarme el poco tiempo que quedaba a ella para serle infiel a su actual marido, “un aburrido, Alberto, un aburrido”. Mi perplejidad me impedía articular palabra porque no entendía en absoluto esa llamada, “lo quiero mucho, de verdad, pero es que estoy tan cansada...”. En todo caso yo articulaba monosílabos que pudiera aparentar un cierto interés, “ya”, “caray”, “joder” y cosas así. “Estoy harta de verlo tumbado en el sofá y ya sabes Alberto que yo soy de otra pasta”... Así yo: “ya”. “Está claro que es un buen amante, y tiene un cuerpo impresionante, la verdad; es un buen amante, pero eso ya no es suficiente, yo necesito otra cosa”... “Fíjate”. “Y yo, la verdad, es que me siento guapa, ¡estoy guapa! Y tú ya sabes que cuando quiero soy muy canalla”... “Sí, eso es verdad”. “Voy a hacer una fiesta con mucha gente en la que me gustaría que estuvieras, me voy a poner fantástica y va a haber un antes y un después de esta fiesta”... “Caramba”. “Así que sí, que ya toca, Paco es un buen amante pero me tiene cansada, ahí siempre en el sofá”... “Pues sí”. “Yo necesito volver al mundo Alberto, me voy a comprar ropa nueva y voy a volver al mundo”.

Así, la ex-mujer del que fue un buen amigo mío a la que no veía hace cerca de 9 años me llamó ayer para contarme que quiere volver al mundo y que en breve va a cuernear a su actual marido (que no conozco de nada) al que muy probablemente, aunque algo más adelante, va a mandar a freír espárragos, porque también eso lo dejó claro en su incontinente discurso, “no tengo ganas de estirar esta relación, Alberto, es un buen amante, porque eso es así, es bueno, y tiene un cuerpazo, pero es que está ahí siempre, en el sofá”... “Ya”.

También ayer, pero por la mañana, tuve la ocasión de charlar con una amiga que conservo de mis estudios universitarios. Me cuenta que su profesora de yoga y estiramientos padece con ella una cierta incontinencia verbal que le impulsa a hablarle de su vida personal. La experta en estiramientos vive con un hombre que es 10 años menor que ella y que tiene, según ella misma cuenta, un cuerpazo. El problema de esta experta en estiramientos es que está algo confusa, o mejor, bastante confusa. Al parecer ese hombre 10 años menor que ella, además de ser joven y estar plagado de abdominales, es una buena persona.

“¡Vaya! -le digo- ¿Entonces, cuál es el problema?”. “Pues que tiene un amante sevillano hace años por el que está obsesionada y que no puede quitarse de la cabeza, por eso siempre encuentra una excusa para ir a verlo”, dice mi amiga, y poco después añade que la clave de esa obsesiva relación que convierte en infeliz (confusión, obsesión, depresión...) a su experta en estiramientos se encuentra en lo que la misma experta en estiramientos piensa de su amante sevillano: que “es un auténtico canalla”. Y matiza reduciendo los motivos de su enganche a dos: “el sexo con él es apoteósico, me hace cosas que a Carlos jamás se le ocurriría hacerme, es bestial, y por otra parte después pasa de mí olímpicamente; cuando nos distanciamos no muestra ningún interés por mí. No entiendo muy bien por qué estoy tan enganchada pero la verdad es que convierte mi relación estable en anodina”.


También ayer (vaya día... ¡que parecido a tantos otros!) tuve una comida familiar en la que coincidí con mi hermano, el único soltero empedernido que conozco que es, además, buena persona. Me cuenta lo que a su vez le ha contado la mujer con la que ha compartido una pequeña relación llamémosla sentimental. Así esa mujer: “La verdad es que ya todas las relaciones sexuales que tengo, más allá de ser satisfactorias en mayor o menor medida, se me quedan cortas al lado de la única que verdaderamente ha sido importante y determinante en mi vida. De hecho contigo lo he pasado muy bien -le asegura a mi hermano-, de verdad, pero es que aquella relación que mantuve durante casi un año condicionó definitivamente mi existencia, desde entonces noto que me resulta difícil si no inviable enamorarme porque nadie está a la altura de aquellas circunstancias y nadie me proporciona el placer que obtenía yo de aquellos encuentros hoteleros, porque siempre nos veíamos en hoteles, él estaba casado y yo también”. “¿Y en qué consistían esos encuentros si puede saberse”, preguntó mi lacónico hermano. “Pues me maltrataba de forma maravillosa, me ataba, me humillaba, me pegaba cuando sabía que podía hacerlo y donde sabía que debía hacerlo, incluso se meaba encima de mí; en fin, maravilloso, insuperable”.

miércoles, agosto 30, 2017

Periodismo basura (que es prácticamente todo)

(Aclaración: periodismo basura como podríamos decir televisión basura porque lo es en su práctica totalidad, así que periodismo basura no tanto para hablar de ese periodismo que es basura cuanto para decir que el periodismo de hoy es basura –en su práctica totalidad)

No hay ninguna duda: todo aquello que haga referencia al asunto de los géneros y sexos y tenga que ser tratado a través de la Opinión Pública deberá ser políticamente correcto. ¿Y en que consiste esa Corrección Política? Pues entre otras pocas cosas en tener que hablar partiendo siempre, de forma explícita o implícita, de Igualdad, de la Igualdad en tanto que concepto indiscutible, porque esa es la máxima del discurso feminista reivindicador cuyo activismo es descomunal.

¿Y cómo se hace efectiva esa Corrección Política que siempre parte de la Igualdad en tanto que concepto (previo) indiscutible? Pues muy fácil: primero culpabilizando, si no criminalizando al varón de todos los males –entre ellos la carencia de Igualdad, aún presente, entendida como una lacra-, segundo señalando las carencias, ineptitudes, minusvalías, incapacidades y sobre todo defectos de los hombres, y tercero poniendo de relevancia todas las virtudes de las mujeres que más que muchas van a ser infinitas. Así, degradación del hombre y ensalzamiento de la mujer. No hay otra, y es aquí cuando toma pleno sentido el inicio del post: “no hay ninguna duda…”.

[A modo de paréntesis, así se expresaba el gran Javier Cercas hace unos días describiendo a los hombres en El País Semanal (13-8-2017):

“En lo esencial, una panda de descerebrados borrachos de testosterona y únicamente ocupados por beber cerveza y averiguar quién es más macho mientras provocamos catástrofes”]

Así pues, en la Opinión Pública (que más bien sería Opinión Publicada) el precepto previo y fundamental y por tanto indiscutible es la Igualdad, pero después esa misma Opinión señala, de forma perfectamente psicópática, las enormes diferencias que existen entre un género/sexo digamos que estupendo y un género/sexo digamos que inferior y maléfico (y quien dude de este aserto tan excesivo como real que haga el esfuerzo de investigar seriamente y si no lo hace que calle para siempre).

[“Desengañémonos: los hombres de mi generación somos machistas por defecto. Los de mi generación y los de la anterior y los de la anterior a la anterior, y así hasta el infinito… No sé cómo serán los chicos de ahora… a juzgar por las estadísticas, iguales o peores. Por una vez seguro que tienen razón las estadísticas” Javier Cercas].

De esta forma no podrá haber noticia que respecto al asunto que nos ocupa –el de los géneros/sexos y su Igualdad- que no acabe cumpliendo esos tres preceptos señalados. Se toque el tema desde el prisma que se toque y, sobre todo, haga falta o no, toda Opinión Publicada contendrá inevitablemente esos tres componentes ideologizados  ad-nauseam:

1. Sobreentender, cara al lector y de forma previa, (los escritores tiene un pánico desmedido a caer en cualquier pequeño atisbo de incorrección) la Igualdad al tiempo que se la reivindica (por ejemplo, si el artículo va a hablar de deseo, del deseo, el escritor debe partir con el previo de la absoluta igualdad respecto a él por parte de ambos sexos; nunca podrá presuponer que hombres y mujeres puedan desear de forma distinta)
2. Señalar ciertas “diferencias” que impiden la necesaria y requerida Igualdad culpabilizando al varón de las mismas, “diferencias”, eso sí, que siempre son el resultado de su carácter despótico y autoritario (es decir, que si a pesar de todo resulta que aún existen diferencias en la forma de entender el deseo por parte de los géneros eso se debe, sin duda, al carácter déspota, patriarcal y machista del varón que no ha entendido aún que ¡somos iguales!), y
3. Señalar esas grandes cualidades/virtudes sólo propias de la mujer que nos muestran esa Gran Diferencia entre el género masculino y el femenino (esto es, que el varón déspota, patriarcal y machista sigue sin entender que somos iguales… pero siendo las mujeres más sensibles, empáticas, imaginativas, generosas, comprensivas, contemporizadoras, etc.).

En esta ocasión el artículo de investigación trataba de las relaciones sexuales rápidas con el original título “Aquí te pillo…” y con el explicativo subtítulo “Si breve, ¿dos veces bueno? Sube la fiebre por el sexo rápido aupada por las apps de contactos”. Todo el texto plagado de referencias entrecomilladas extraídas de expertos psicólogos analistas del concreto tema, como las del libro de Joel Block El arte del sexo rápido: “muy inspirador –según el firmante del artículo- para conseguir el clímax en un tiempo récord”.

Así que ya conocemos la primera intención del artículo de investigación (¿): la de dar por saludable, bueno y normal un tipo de sexo que siempre fue puesto en entredicho por… ¡todas esas millones de mujeres que siempre se quejaron de la rapidez con la que sus novios o maridos intentaban cumplir! sin éxito, por supuesto. No había más que leer el enorme Informe Hite (cosa que yo hice para escribir mi libro El lacónico, un hombre de cine) para comprobar que el nivel de insatisfacción de la práctica totalidad de las miles de mujeres encuestadas provenía del poco tiempo que sus partenaires dedicaban a la relación sexual.

Pero no es este el asunto que me mueve a escribir, que daría para otro estudio, sino el de las formas con las que estos periodistas de investigación estructuran sus artículos divulgativos: titular supuestamente ingenioso, subtitular explicativo pero con un toque de cultismo, referencias entrecomilladas de expertos respecto al tema, referencia a un libro best seller (generalmente de tapa repujada), fotos horteras ad hoc y, cómo no, una comparativa por género/sexo. Pero cumpliendo, eso desde luego, con los tres preceptos citados.

¿Y cuál podría ser el resultado de esa comparativa* en el asunto del “aquí te pillo…”? ¿Cuál creen ustedes que podría ser, lectores míos? Piensen, piensen, antes de continuar leyendo: ¿cuál podría ser el resultado en la comparativa si tenemos en cuenta que estamos hablando de relaciones sexuales de 3 minutos de duración?** Sí, 3 minutos, que de eso es de lo que estamos hablando según el artículo de la revista, de sexo rápido, eso que está de moda “aupado por las apps de contactos”. Y esto resulta importante dejarlo claro, porque si hablamos de sexo rápido (“aquí te pillo…”) hablamos de un sexo que no puede requerir ni de prolegómenos ni de calentamientos. Tan claro como tener que aceptar como indiscutible, tal y como hace el artículo en cuestión, que ambos sexos se enfrentan al sexo rápido en las mismas condiciones de deseo y con el mismo interés por él (¿). ¿Cuál podría ser, entonces, el resultado de esa comparativa que lógicamente trata de constatar o encontrar… diferencias?

Muy, muy fácil:

  1. “Sucede muy a menudo que cada uno, y más él, tiene la atención más centrada en satisfacer su propio placer en un tiempo record”.
  2. “La mujer disfruta más del sexo rápido, dado que su cerebro, el órgano más poderoso de la sexualidad, consigue de antemano que el encuentro resulte excitante”.

Y tal y como puede verse, y con independencia de lo que pudiéramos aceptar como Verdad (que si fuera verdadera nos eximiría hablar tanto de Igualdad), la mujer es siempre más y mejor aun a pesar de la manifiesta incompetencia (por egoísmo ¿innato”?) del varón, que siempre es el malo en todo.

Y como también puede verse la cosa va, ya como en todo, de récords… y de amor, mucho amor.

[En su artículo, el gran Javier Cercas dice en negrita:

“No entiendo que después de siglos de maltratos y explotación despiadados, las mujeres sigan aguantándonos, queriéndonos y cuidándonos”

Ante su manifiesta ignorancia respecto al conocimiento de la mujer, yo le contesto:

*Comparativa que resultaría innecesaria en caso de que se creyera verdaderamente en la Igualdad.


**Sí, 3 minutos, que de eso es de lo que estamos hablando, según el artículo de la revista: de sexo rápido, eso que está de moda “aupado por las apps de contactos”. 3 minutos es el tiempo considerado para hablar de sexo rápido por comparación al que los expertos determinan que es el habitual de una relación sexual normal, que según ellos es de entre 7 y 13 minutos. Lo que sin duda daría para otro análisis.

martes, agosto 16, 2016

Sexo y Adolescencia

Adolescencia y Sexo

Decir que las diferencias entre sexos son el producto de un constructo sociocultural sería una perogrullada, pues llevamos varios miles de años movilizándonos en tanto que seres humanos y por tanto somos inevitablemente lo que hemos ido forjando en sociabilidad. Ahora bien, decir que la diferencia entre sexos sólo se debe a la insistencia de ese constructo sociocultural sólo puede ser una idiotez, una idiotez devenida de la ignorancia, a su vez derivada de la vagueza intelectual. Muy poca gente tiene opinión sobre le asunto de las partículas elementales porque es consciente de su ignorancia respecto a la física cuántica pero todo dios cree saberlo todo acerca de lo que para ellos no es más que una simple condición. Confundiendo de esta forma el derecho a opinar -legítimo- con el valor de la opinión -domésticamente intuitivo.

En cualquier caso ambas afirmaciones han tenido que coincidir en la mayor para llegar a discrepar en las conclusiones; ambas han tenido que aceptar la existencia de tales diferencias. Cosa que niegan rotundamente quienes desde los lugares comunes de la Corrección se desgañitan reclamando y exigiendo la igualdad de los sexos, la igualdad entre hombres y mujeres. Así pues, hay que comenzar por aceptar lo que en principio niega la Opinión Pública: así, no hay igualdad en la medida en que las diferencias son permanentemente constatables. (Insisto por enésima vez: aquí sólo se habla de diferencias de sexos respecto a seres sociales que cuentan con su cuerpo y su deseo para gestionar sus sentimientos más o menos vinculados a la reproducción)

Pero ¿son las diferencias producto de una adaptación biológica o son sólo resultado de un proyecto cultural machista? ¿Por qué las mujeres “siempre” tienen más frío? ¿Por qué son siempre ellas las que se quejan del aire acondicionado del vagón del tren o del restaurante o de la habitación o de la oficina? ¿Por qué ellas pueden dormir a pierna suelta en verano mientras los hombres buscan el fresco para pegar un ojo? ¿Por qué ellas califican de agradable brisa lo que para ellos no es sino un soplo de aire infernal que no alivia ni a las chicharras?

Aunque la pregunta sería más bien ¿es esa diferencia una diferencia suficiente? ¿Que nos dice tal diferencia? Desde luego que no somos iguales y que la diferencia que nos distingue debe tener su explicación. ¿Es por pequeña tal diferencia menos diferencia? ¿Acaso el desajuste de comportamientos que provoca en una pareja las diferentes sensaciones térmicas no es suficiente para hablar de diferencias en alto grado? ¿Obligar a una pareja que se ama a dormir en estancias separadas no es suficiente para aceptar el gran alcance de la diferencia? Yo diría que sí. Como también afirmaría que esa diferencia de grado se da en los sexos ante multitud de situaciones.

Y quien habla de frío habla de dolor, ¿no es cierto que las mujeres soportan el dolor mejor que los hombres? ¿O ahora que hablamos en positivo sí somos capaces de aceptar la existencia de diferencias? ¿No tendría esa diferencia una explicación NO cultural? Calificar esas diferencias de “menores” no sería más que otro grave error devenido de la indulgencia. No hay diferencia, por pequeña que sea, que no otorgue un matiz diferencial a los sexos respecto a ella. Y hay una que es tan definitoria como definitiva: un hombre y una mujer no pueden ser iguales mientras sea la mujer quien engendre y dé a luz a los hijos. Tal es la magnitud de esa diferencia que todas las demás se quedarían en anecdóticas a la hora de demostrar la imposibilidad de igualdad.    

¿Acaso también son todas esas diferencias el producto de un proyecto machista?

He tenido la suerte de convivir unos días con mis sobrinos de 16 años, mellizos de ambos sexos, y de observarlos en su pandilla. La conclusión es que el comportamiento de ellas es absolutamente diferente al de ellos y viceversa. Absoluta y radicalmente diferente. Pero ¿son verdaderamente esas diferencias producto del constructo sociocultural, es decir, impuestas por el desarrollo de una sociedad ancestral y persistentemente machista? Aunque la pregunta debería ser ¿son esas diferencias acogidas en buen grado por ellos, por los adolescentes? Mi respuesta no puede ser sino paradójica y sólo controvertida para los holgazanes; la daré en forma de hipótesis: si decidiéramos eliminar esas diferencias por las cuales se habla de sociedad machista las primeras que se negarían a aceptar el cambio serían ellas, las chicas, que son las que al fin y al cabo van por delante. Porque mientras ellas van de princesas (o de lo contrario) a ellos sólo les cabe jugar a la pelota y matarse a pajas.

Si decidiéramos imponer a los adolescentes esa supuesta igualdad -en nombre del derecho- que quieren imponer los lobbies y por ende toda la sociedad alienada por ellos -que es prácticamente toda-, lo único que obtendríamos es una negativa radical por parte de ¡ellas, las chicas, las supuestas víctimas!, esas mismas que después calificarán a la sociedad de sexista y machista instigadas y apoyadas por una ideología que criminaliza al varón de todo sin pestañear.

Son ellas las primeras y únicas que no aceptarían cambio alguno por mucho que eso supusiera la supuesta igualdad, reivindicando así vivir su rol tal y como lo viven actualmente. Y así sería aún a pesar de que ellas, las adolescentes, hubieran sido educadas desde niñas con todos esos miles de slogans feministas que sin duda abdujeron sus tiernas y manipulables mentes. El caso es que son ellas las que reclamarían quedarse igual que están (en una sociedad que sigue siendo calificada de machista), y no tanto por conformismo cuanto por pura vocación. Son ellas las que dejarían las cosas como están a pesar del lavado de cerebro al que invariablemente han sido sometidas. Observen si no a una pandilla de adolescentes.

Da capo. Decir que las diferencias entre sexos son el producto de un constructo sociocultural sería una perogrullada, pues llevamos varios miles de años movilizándonos en tanto que seres humanos y por tanto somos inevitablemente lo que hemos ido forjando en sociabilidad. Ahora bien, decir que la diferencia entre sexos sólo se debe a la insistencia de ese constructo sociocultural sólo puede ser una idiotez. “Varios miles de años” no dejan de ser una porquería de años a lado de los millones en que fuimos bestias... 

domingo, enero 24, 2016

Ansiedad y ansiolíticos

“Todos los hombres sois iguales”. Lo llevo escuchando toda mi vida. Y después el matiz, “siempre estáis pensando en lo mismo”. Vale.

Ahora la pregunta podría ser: ¿Es posible que en los avances del feminismo estuviera previsto que todas las mujeres fueran iguales? Ahora bien, ¿iguales a quién, a los hombres? ¡Pues claro! ¿A quién si no, si lo que dicen querer es la igualdad total? Pero ¿a los hombres malos? O mejor, ¿a los hombres que no pueden ser otra cosa sino malos, según cuentan los telediarios, los periódicos, las revistas, los libros, los grupos de presión, los profesores universitarios, los políticos, las tertulianos...? ¿Iguales, pues, a esos seres a los que se está despreciando en genérico desde hace tantos años?

Centrémonos exclusivamente en los asuntos del deseo, los sentimientos y la gestión de pareja en las sociedades civilizadas, ya que se encuentra directamente vinculado a eso que hace -ya que dicen- que los hombres se encuentren siempre pensando en lo mismo. Se supone que de forma primitiva y zafia, de otro modo no habría tenido sentido la machacona queja. De hecho, ese “pensar siempre en lo mismo” se ha usado, también siempre, para señalar una degeneración, una patología. La del hombre zafio, burdo, primitivo: machista.

Así que volvamos a las preguntas: ¿Es posible que en los avances del feminismo estuviera previsto que todas las mujeres fueran iguales? ¿Iguales a los hombres que no pueden ser otra cosa sino malos (burdos, simples, zafios, primitivos…), al decir de la sociedad que se expresa desde la Opinión Pública?

¿Será cierto que, gracias a los avances del feminismo, las mujeres se encuentran ya siempre, también, pensando en lo mismo? ¿Todas? Respuesta: A tenor de lo que vemos que sucede, sí, definitivamente ellas ya siempre están pensando en lo mismo, en lo mismo que piensan reiteradamente los hombres (burdos, zafios, etc.).

Y cuando digo “todas” le doy el mismo valor que siempre le han dado las mujeres a el “todos”.

Pero, ¿hemos ganado algo con esta igualación en las sociedades civilizadas? Sí, un alarmante descenso de la natalidad. Y... algo más.

La cuestión es que cada vez hay más mujeres que parecen hombres y cada vez más hombres que parecen mujeres. Y esta igualación tan idílica para tantos dificultará, aún más si cabe, el entendimiento entre las partes (y digo partes porque eso es lo que se deduce ante el discurso que machaconamente habla de hombres usando el genérico), cada vez más iguales, esto es, menos complementarias. Y la dificultará porque, además, esa simbiosis se ha llevado de la peor de las formas posibles: igualando por debajo, es decir, copiando y tomando del otro sexo lo peor.

Insatisfacción y ansiedad, esas son las consecuencias más evidentes. Es decir, fármacos por un tubo, múltiples viajecitos low cost, redes sociales y yoga a manta. Todo para tapar. Y además, barnizado de rencor, odio y resentimiento. El que se trasluce en los medios y el que se trasluce en las conversaciones pandilleras. A eso me refería cuando hablaba de “algo más”. 

¿Quiere decir todo esto que estábamos mejor antes? ¡En absoluto!!!!!; sólo quiere decir lo que dice.*

*Aclaración pertinente en una época en la que se nos ha acostumbrado a oír sólo lo que los medios permiten expresar.

sábado, abril 21, 2012

Un cuento ensayado (o sobre la igualdad)

Tiene sólo 17 años y padece la típica incertidumbre de los chicos de su edad, que en eso no han cambiado mucho las cosas respecto a épocas pretéritas. Se lleva bien con sus padres y relativamente bien con su hermana, que sólo tiene dos años más que él. Estudia en el instituto y no sabe todavía qué es lo que quiere ser de mayor. Bueno, la verdad es que todavía no sabe con exactitud nada de nada. Por cierto, he utilizado la palabra “sólo” para referirme a su edad para recalcar lo que, ahora sí, nos diferencia de épocas anteriores. Carlos (nombre lógicamente falseado) no puede evitar saber que el tiempo ya vivido con sus padres es como mínimo el mismo que le queda de vivir con ellos si su caso sigue el curso de la normalidad. Si tuviera que definir esa familia yo diría que se trata de una familia actual, es decir, una familia que está convencida del cambio de paradigma. Los padres han sido educados por las consignas de la corrección política y por ello han educado a sus hijos con el ejemplo. En fin, que todos y cada uno de los miembros son muy respetuosos con el espacio vital del resto.
Quizá Carlos sea el que de los cuatro esté pasando el peor momento. No sólo vive con la típica incertidumbre de los de su edad, sino que vive el agravio que le produce las frustraciones tremendas que afloran ante su fracaso con las mujeres, a las que desea de forma tan irremediable como abrumadora. ¡Como les sucede a tantos adolescentes varones a cierta comprometida edad, qué le vamos a hacer!, pero la verdad es que no por típica deja de ser desconsoladora esa inactividad sexual que sufren, justo, en el momento de la plenitud sexual. Es más, sólo unos años más allá comenzará su decadencia sexual, que así funciona la sexualidad de los varones. Los chavales, ya se sabe, ven en la televisión a Brad Pitt dándole un beso a Angelina y se les pone dura. Y cuando logran fornicar por primera vez comienza su declive sexual, que así son los tempos que la sexualidad marca en los varones.
Su hermana sólo tiene dos años más que él pero puede decirse que ha vivido, en comparación con Carlos, dos o tres vidas. Ha tenido varios novios y lleva una vida muy independiente gracias, precisamente, a la educación liberal de los padres. Los fines de semana se ausenta de casa sin dar explicaciones y sin que nadie le inquiera acerca de su destino. Carlos no comprende de dónde saca el dinero su hermana para poder llevar esa vida tan independiente y alegre. Sabe de la paga de los padres y las cuentas no le cuadran. Uno de sus novios duplicaba su edad, algo que disturbó a Carlos durante mucho tiempo aunque nunca se atrevió a decir nada. Carlos ha tenido que convivir con alguna que otra depresión de su hermana Carla (nombre lógicamente falseado), la que en su momento le produjo el haberse enamorado justo del hombre que no mostraba interés por ella, o la que en su momento le produjo el haberse enamorado del hombre equivocado. Y mientras, Carlos, con la tienda de campaña puesta, esperando que cualquier mujer viniera a aliviarle el pesar de tanta frustración acumulada, de tanta incomprensible producción de semen. Cualquier mujer.
Lleva razón el Premio Anagrama de 2010 Eloy Fernández Porta cuando dice “Una adolescente de 2012 vive en seis meses más experiencias amorosas, más complejas y más adultas, que las que vivió su madre durante toda su juventud”. Algo que a Carlos no hace falta explicarle y que sólo contribuye a aumentar su confusión, pues sabe que definitivamente no existe igualdad alguna entre él y su hermana; o mejor: sabe que no existe igualdad alguna entre sus amigos y las hermanas de todos sus amigos. Él se embadurna la cara con pomada todas las noches y se agarra fuertemente a su almohada, mientras su hermana se toma un tranquimazín antes de acostarse.
Carlos es perfectamente consciente de las consignas progresistas que ya educaron a sus padres. Es más, las tiene asimiladas con absoluta naturalidad. Por eso no acaba de entender muy bien por qué hay tanta diferencia entre el desconcierto que vive él y el desconcierto que pueda estar viviendo su hermana. El siente un dolor profundo por no poder evacuar sus flujos por la vía del contacto físico a través casi de cualquier mujer, mientras su hermana vive, en todo caso, una cierta aflicción que proviene de poner el deseo en el lugar equivocado. O sea, él usa antiacné y ella toma ansiolíticos. Él obtendrá su plenitud sexual a los 19 años (sin apenas haber practicado sexo) y su hermana la obtendrá a los 35 (cuando probablemente ya haya procreado).
Carlos ya no sabe qué hacer para evitar el desconsuelo que le produce su inactividad sexual. Ha intentado casi de todo para acabar con ella, pero nada, no sabe qué hacer para satisfacer su irrefrenable deseo. Sabedor como es de las consignas de la corrección política ha llegado incluso a probar la táctica de la feminidad, intentando ser más femenino de lo que es habitual en los chicos de su edad, pero el resultado sólo incrementó su pesar: no sólo le siguió persiguiendo el fracaso, sino que además comenzó a ser despreciado por las chicas más sensibles y dulces de las varias pandillas que entonces frecuentó. No tengo ni idea de cómo acabará la cosa, pero es muy probable que este fracaso producido por un irrefrenable deseo no satisfecho le marque de por vida, sobre todo si tenemos en cuenta que después de su primer coito comenzará su declive sexual. Por otra parte sabe que su hermana tendrá muchísimas más posibilidades de liberarse de casa de sus padres que él, pues cabe como posibilidad el que ella se deje llevar (convencer, querer) por un hombre con posibles. Mientras que él deberá demostrar toda su vida aquello de lo que es capaz. Algo que, además, se le exigirá hacer por cojones.