Mostrando entradas con la etiqueta belleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta belleza. Mostrar todas las entradas

lunes, noviembre 05, 2018

Teatro


Chucho, una experiencia estética en un domingo de teatro

Pocas veces obtiene uno la satisfacción que todas las propuestas estéticas al fin y al cabo pretenden, porque eso es lo que pretenden todos los creadores de propuestas estéticas: que el espectador sienta, durante la percepción misma de la obra (teatro, pintura, cine, danza), una satisfacción que deviene, no tanto del placer (más o menos equívoco) en sí mismo cuanto de sentir lo que sólo puede ser proporcionado por la expresión coherente de una verdad. En cualquier caso soy consciente de que se trata ésta de una afirmación difícil en la medida en que el relativismo ha hecho del lenguaje un revolutum que, precisamente le ha venido de perlas a la Ideología Dominante del hoy.

Primero: el término satisfacción puede encontrarse relacionado con el placer pero también con el displacer, es decir, la satisfacción no necesariamente implica disfrute continuado (aunque podría haberlo y en mi caso lo hubo), sino una suerte de sensaciones contradictorias que son satisfactorias en la medida en la que responden a una verdad coherentemente expresada desde la propuesta estética. En realidad a esa coherencia le hemos llamado siempre Belleza, pero como bien sabemos este término es uno de los que lleva tiempo discriminado por sospechoso. Como el de verdad, inscrito en la misma frase inmediatamente anterior. Yo reivindico aquí, en la obra de teatro Chucho (vista ayer en un teatro alternativo y pequeño que suelo frecuentar), una belleza que se encontraría en la misma propuesta escénica y que responde a una verdad que siendo inevitablemente subjetiva ha sabido trascender esa nimiedad que es al fin y al cabo la subjetividad. Para eso ha estado siempre el arte, ¿no?, ¿para que a través de expresiones inevitablemente subjetivas se alcance una verdad trascendida por la belleza, que para uno no es sino una forma de llamar a la adecuación oportuna entre el texto o contenido (voluntad) y su adecuación (forma) en la propuesta.

Así, Chucho le ha proporcionado a uno una verdadera experiencia estética; la que se obtiene cuando todo cuadra: un texto inteligente, un tono interpretativo adecuado, un control de los tiempos mesurado, una escenografía casi inexistente (por innecesaria) y un montaje, en definitiva, en el que se ha hecho prevalecer una cierta sensatez. ¿Sensatez? Sí, sensatez, eso de lo que carecen la práctica totalidad de las barrocas propuestas estéticas que nos rodean por doquier desde hace ya unos años. Y no se trata de una defensa del minimalismo (Vs. Barroquismo), no, lo que en uno hay es más bien un rechazo contundente hacia todas esas producciones que se constituyen, organizan y proyectan para ideologizar al espectador, cada vez más adocenado precisamente por haber caído en la trampa del barroquismo ideologizador bienpensante.

Chucho se encuentra en otra dimensión debido, pues, a la verdad que hay en ella con independencia de su autoconsciencia, como sucede con toda verdadera obra de arte. Su sencillez no debe despistarnos y debemos agradecer el tono elegido en la interpretación que oscila hábilmente entre lo humorístico, lo cómico y lo dramático, pero sin abandonar nunca el aspecto humano que los personajes necesitan para poder suministrar pequeñas (las justas) identificaciones. Muchas de las obras de teatro que uno ha visto en los últimos años son insoportables por equivocar el tono de las interpretaciones respecto al texto concreto al que remiten, más allá de los propios textos que, en general, suelen adolecer de ingenuismos panfletarios. El auténtico mal del hoy, el de la ideologización sin arte ninguno.

sábado, enero 02, 2016

Belleza y X

Eso de la “belleza interior” lo llevo escuchando toda mi vida, pero qué quieren que les diga, me resulta empalagoso. Más que eso: baboso. Me da a mí que quien hace referencia a ese concepto, claro está por oposición al de belleza, se encuentra en superficie resbaladiza. Y en plano inclinado.

O no. O simplemente se trata de un idiota.

“La belleza del alma”... ¡hay que ser idiota!

La belleza es una primera instancia que nos aborda y nos desborda. Y tal instancia sólo puede ser inmediata. Y percibida por los sentidos.

“Belleza exterior y belleza interior”... ¡definitivamente idiota!

La belleza atrae por su luz propia. Podría decirse que la belleza es luz pura. Y el interior de eso que irradia luz pura es, por definición, oscuro, por mucha “bondad” que pueda contener. Ya hagamos referencia a un valle, una escultura o una persona. El término oscuridad no contendría en este caso ningún aspecto peyorativo y debería entenderse como la otra necesaria y complementaria cara de la dualidad. La belleza es una aparición y sólo remite a la propia belleza en tanto que virtud. Que para eso están las otras, verdad y bondad. El interior de las montañas que conforman un valle es tan oscuro como el subfondo del mismo valle. Y el interior de esa bella actriz está compuesto de vísceras que viven en viscosa oscuridad.

La belleza de un esclavo de Miguel Ángel me desborda y empequeñece al tiempo que me inunda y me eleva. Sólo un papanatas hablaría de belleza interior. Y ya puedes mirarlo una y mil veces que su belleza permanecerá intacta, irradiando la misma luz.
Las personas, en tanto cosas opuestas a las obras de arte, son otro mundo. Su belleza sólo puede ser, a lo sumo, anecdótica. Por lo que puede ser a su vez engañosa. O fatua. Pero hablar de belleza interior es, sobre todo, una cursilada.

Por eso estoy más de acuerdo con Marsilio Ficino que con Ovidio. Y no es más que una cuestión de nomenclatura. No hay dos tipos de belleza, interna y externa, pero sí dos tipos de perfección, la interna y la externa, la bondad y la belleza. Aunque pienso que se trata, al fin y al cabo, de una simple forma de hablar.

Me gustaría saber por qué tanto pensador se emperra en confundir bondad y belleza; conocer las causas de ese empeño en llamar belleza interior a la bondad. Qué metáfora tan facilona, ¿no? ¡Y tan poco propia de aquel cuyo principal cometido es pensar!, ¡y ceñir los conceptos!

¿Qué tiene que ver el amor con un esclavo de Miguel Ángel? Yo se lo diré: nada. ¿Y la bondad? Nada. Sin embargo, en una persona buena el amor se irradia. Hacia afuera, claro. Así, esa bondad no es interior ni exterior, esa bondad se encuentra en los actos, en la acción. En aquello que existe en la medida que repercute.

En cualquier caso, y para acabar: es cierto que siempre me ha fascinado la belleza; o mejor; siempre me dejado fascinar por la belleza, pero si he de ser sincero y conforme pasa el tiempo (años y años), ya cada vez me interesa menos. Incluso por mucho que, ya sin pasión, la disfrute a diario. Lo que verdaderamente me emociona y conmociona es conocer a una buena persona. Eso, eso sí que me produce un inmenso placer. X

sábado, septiembre 05, 2015

El caballo de Turín (Béla Tarr)

El caballo de Turín (Béla Tarr)

Un caballo viejo y famélico arrastra al paso un carruaje a través de un camino polvoriento y árido. Lo guía un hombre mayor que debe hacerlo luchando con unas adversas condiciones meteorológicas de frío y viento.

Estos son los únicos ingredientes del largo plano secuencia que da comienzo a The Turin Horse. Toda una declaración de intenciones que sitúa al espectador en su justo lugar, que no podrá ser otro que aquel que lo ha predispuesto a aceptar unas concretas formas narrativas. Así, y después de esa larga secuencia, no habrá espectador desprevenido, ni habrá espectador situado en el lugar equivocado.

Viento y frío como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pero, ¿es en realidad posible un fin sin finalidad? ¿O precisamente se trata de la única posibilidad con sentido? ¿Tiene acaso sentido "nuestra" existencia? ¿Qué relación de sentido vincula la existencia con una finalidad? ¿Qué puede tener que ver con todo esto la predestinación, sobre todo si admitimos, ya que la Ciencia lo dice, que nada es eterno?

Pocas películas conducen al espectador con tanta claridad por vericuetos mayéuticos tan productivos y sobre todo emocionantes. Y si para ello deben incumplirse las normas básicas que dicta la "buena" escritura cinematográfica, pues se incumplen. Todo son preguntas sin respuestas en esta película donde parece no pasar nada mientras va pasando de todo. Precisamente porque la táctica consiste, como en el mejor cine de los últimos tiempos, en depositar sobre la mente del espectador la responsabilidad última de la misma creación de la película.

Dos son los personajes que llevan el absoluto peso interpretativo de unas secuencias sin apenas trama y diálogo alguno. Dos personajes de los que nada sabemos (caracterizados sólo por sus gestos), ni falta que hace, porque como digo deberán ser construidos por el espectador en un ejercicio de creación voluntarioso y constante. En este caso un hombre manco y su hija conviviendo en una casa en medio de la ruidosa nada.

No sabemos de qué viven, no sabemos lo que piensan, no sabemos lo que sienten, sólo sabemos lo que vemos que hacen. ¡No lo que hacen!, sino lo que vemos que hacen. Pero, ¿por qué? Ésa es la pregunta que uno se hace de forma implícita durante todo el visionado. ¿Quienes son? ¿Qué son? ¿Cuál es la finalidad de esos personajes? ¿Cuál su sentido dentro de lo que serían sus propias experiencias vitales? No lo sabemos porque nada sabemos de ellos más allá de lo que podamos deducir de sus gestos. Sólo nos es dado conocer a los espectadores la causa que ha impulsado a su director a realizar esta parsimoniosa película de trama indefinida y extremadamente triste.

Esa causa que nos es contada en off  al comienzo mismo de la película justo antes de la esa secuencia inicial mencionada: Cuentan que paseando Nietzsche un día por su ciudad se cruzó con un carruaje parado en medio de la calle debido a la determinante negación del caballo a avanzar. Vió entonces cómo su dueño y guía comenzaba a atizarle fuertemente con una fusta y no pudo soportarlo; se abalanzó sobre el caballo y lo abrazó entre sollozos incontenibles. Volvió a su casa y se mantuvo ensimismado el periodo de tiempo que precedió a su conocida enajenación.

También es ese famélico caballo que da comienzo a la película quien muestra los primeros signos de la debacle universal que a la humanidad le espera. Una debacle que "se ve venir". Es el caballo que se niega a seguir arrastrando el carro el segundo día de los cinco en que se divide la narración del film. Ese caballo famélico y cansado que viene cumpliendo con su misión día tras día desde hace hace tantos y tantos años. Tantos y tantos años en los que un hombre y su hija llevan repitiendo los mismos gestos. Gestos como hábitos. Hábitos automatizados que sólo expresan supervivencia.

El caballo de Turin es, en este sentido, un conjunto de variaciones que se corresponden con el hábito de sobrevivir. No existe la posibilidad de un hábito que pueda ser anecdótico y por tanto prescindible en una vida que se rige por lo esencial. Ni siquiera esa necesidad de sentarse ante la ventana para mirar a un exterior árido e inhóspito deja de ser un hábito necesario, esencial. Como lo es el rito de sentarse a comer sin cubiertos, aunque sean unas simples patatas hervidas. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Como lo es la necesidad de vestirse con todas aquellas capas de ropa que son necesarias para combatir el frío desolador y el viento apocalíptico. Como lo es la necesidad de alimentar el fuego con con una madera cada vez más escasa. Como lo es la necesidad de acopiar agua para la cocina y la higiene. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Todos los días siempre lo mismo y sólo eso.

Hábitos rutinarios que nos son mostrados con la distancia que adopta una mirada que huye de fáciles complicidades y que rechaza cualquier posibilidad empática. Parece claro que Tarr cree firmemente en el porvenir de lo terrible, como bien queda claro en las premonitorias palabras de ese extraño personaje cuya incontinencia verbal contrasta con la apatía nihilista de los dos protagonistas. Tampoco sabemos nada del significado de esa intromisión apabullante e histriónica, pero el discurso de ese tercer personaje no ofrece duda alguna: el mundo es incapaz de sostenerse por más tiempo. Si orden es disposición racional coforme a razón, el caos es indisposición absoluta conforme a la más pura irracionalidad. El camino más "vivo" hacia la nada. Y no se puede polemizar con la nada. En realidad nada se puede hacer con la nada. El caballo lo sabe y por eso a partir del segundo día decide no comer.

Cuando la mujer descubre que ya no tienen agua -porque el pozo se ha quedado seco de un día para otro- el hombre sabe que sólo les queda una opción de supervivencia: huir, "Trae la carretilla", le dice a su hija. Así que por primera vez en la película observamos gestos en los protagonistas que sabemos son nuevos para ellos. Empaquetan sus enseres, los calzan sobre la carretilla, atan por detrás al famélico caballo (que decidió ya que jamás tiraría de ninguna carreta o carretilla) y avanzan con dificultad arrastrando ambos esa carretilla/casa entre el polvo y la hojarasca producida por un persistente viento desolador.

Viento y frío -decíamos- como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pues bien: viento y frío como síntomas del fin del mundo. No habrá alivio en la invención verbal. No hay solución: de la misma forma en la que cargaron la carretilla ahora tienen que descargarla. En esa misma casa en la que no quedaba agua. Marchitos y exangües no pueden reaccionar frente a la fatalidad.

Si todas las películas tienen un fin ésta lo tiene en el doble sentido del término. Si todas tienen un final (Fin) y una finalidad (fin), la finalidad de The Turin horse es contarnos el mismo Fin. El Fin de verdad. "¿Qué es esta oscuridad?" le dice la mujer a su padre. Pero ya no hay nada que hacer, a los candiles no les basta el aceite para cumplir su función, también ellos han decidido no seguir iluminando nada. Para que la nada sea real, para que lo real se quede en NADA. Una película de una tristeza infinita, una película de una belleza sobrecogedora y conmovedora. El Fin, el final. Como decía Cioran "la muerte es demasiado exacta, todas las razones están de su lado". Una de las mejores películas de los últimos tiempos junto con Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan). Pero mis lectores lo saben: no las recomiendo.