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miércoles, agosto 28, 2019

Mamá Estado y su Prole


Mamá Estado y su Prole

Lleva uno todo el año barruntando acerca del estado de las cosas en lo que respecta a la programación teatral en la ciudad de Valencia. Al principio sólo haciéndose uno preguntas, pues se trataba de una programación que se cerraría al final de la temporada. Pero con las ideas cada vez más claras conforme se iba acercando ese cierre, sobre todo conociendo los precedentes de años inmediatamente anteriores.

¿Y cuál sería la conclusión? Que la Programación de teatro en la ciudad de Valencia lleva 3 años empeorando de forma evidente y extraordinariamente progresiva. O por decirlo de otra forma: el teatro que uno ha estado viendo durante estos 3 últimos años ha ido siendo progresivamente más malo. Con obras mayoritariamente zafias, groseras y basadas en textos infantiles y eminentemente propagandísticos, escritos por gente con cultura epidérmica e hilvanada. Así, malo y progresivo en ésta su cualidad.

Echa uno de menos la irregularidad que existía hace tan solo 3 años y anteriores, cuando uno iba al teatro y tenía ciertas posibilidades de encontrarse con algunas buenas obras. Pero desde hace ese tiempo a esta parte uno ha ido observando como las programaciones teatrales en general (obras financiadas con dinero público) y las de las Salas (supuestamente) Alternativas privadas (sic) en particular iban a peor, pero con un pequeño matiz que hacer respecto a estas últimas. Recuerda uno, porque se acuerda, que digamos hace 10, 9, 8 o 4 años en los halls de los teatros alternativos, con el ticket en la mano y antes de dejar entrar al público a sus aposentos, se nos soltaba un discurso sobre lo difícil que se hacía la subsistencia de ese espacio teatral, así como el todos los similares. Se insistía en que no ganaban dinero con el negocio porque estaban totalmente abandonados por las altas instancias culturales (sic), que subsistían por amor al teatro y voluntarismo cultural, que el precio de las entradas sólo servía para pagar impuestos (sic), bla bla bla, y que por favor apagáramos los teléfonos móviles. Y es cierto, ya para acabar, que desde unos años a esta parte ya no sólo no existe el discursito previo, sino que además le cortan a uno el ticket con una sonrisa que va de oreja a oreja.


Hoy ha visto uno la explicación negro sobre blanco de ese deterioro en la calidad de las propuestas teatrales que se viene dando desde unos años a esta parte (y de la sonrisa de los propietarios de Salas Alternativas). A partir de hoy ya podemos conocer la causa de ese deterioro; causa, todo se ha de decir, que uno ya conocía, pero que sólo ahora puede servir como argumento incuestionable. Dice hoy El Levante en grandes titulares:

“La Generalitat ha triplicado desde 2015 las ayudas al teatro, la danza y el circo”. Y con el siguiente subtitular: “El Institut Valencià de Cultura destina este año 3,2 millones al fomento de las artes escénicas y ha incrementado a 192 el número de beneficiarios”.

No hará falta que diga que entre esos beneficiarios están todas esas pocas Salas Alternativas cuya programación ya no necesita de beneficios en función de la entrada para poder sobrevivir.

martes, mayo 21, 2019

La estupidez del arte


La estupidez del arte

1.Había una cierta dignidad en aquellos artistas antiguos que fueron despazados por los modernos allá por el siglo XVIII. Pero los modernos llegaron con su espíritu libertario y rompieron sus lazos con el tirano y restrictivo Poder, ese que les imponía los asuntos que debían pintar y además con la adecuada forma de representarlos. Así, llegó el siglo XIX y los artistas se liberaron definitivamente de los despóticos Reyes y de los malditos Arzobispos. Y aceptaron las consecuencias, quedar expuestos y estar sujetos a una demanda mucho más inestable y abstracta: el mercado. Como todos ustedes saben Van Gogh sería un perfecto representante del artista moderno; la libertad de poder hacer lo que le viniera en gana fue el precio que tuvo que pagar para no comerse un rosca. Había una cierta dignidad en aquellos artistas modernos que desplazaron a los antiguos aún cuando esto les supusiera comer raspas de sardina (en nombre de la libertad, claro).

2.Ahora los artistas son otra cosa, carecen de dignidad. Y sus prescriptores también, pero vayamos primero con los artistas. Criados en su propia autosuficiencia -la que deviene de ser más resolutivos y acomodaticios que sus mayores- los artistas del hoy nadan sin guardar la ropa y por eso están permanentemente humedecidos. Se valen de la tecnologización globalizadora para ser hippies con sus perfiles y sus followers, pero sueñan con que un matrimonio maduro les pague las cervezas y las nikes; son relativistas de libro pero necesitan tranquilizantes cuando alguien no entiende sus pesadillas. Dicen rechazar el mercado por sus vinculaciones a la economía liberal, pero en realidad todos son unas doñas ineses que se mueren por el abrazo de un cínico protector; les gusta ir de escépticos pero cuando la Consejería de Cultura de turno les llaman para cubrir un espacio con su contenido político/social, estos entran en trance místico. Se dicen comprometidos pero en realidad les gusta levitar.

3.Noticia (10 de mayo): “La artista vasca Itziar Okariz, que representa a España en la Bienal de Venecia, “mea en diferentes espacios públicos del mundo”; en un proyecto comisariado por el periodista también vasco Pelo Aguirre que se presenta como una iniciativa que “perfora y vacía” el espacio físico, a través del sonido, imagen escultura y arquitectura. Aguirre ha explicado que “es un pabellón en el que el cuerpo aparece representado y esta idea de perforación asociada al cuerpo me parece una metáfora importante y potente en esta edición”.

La verdad es que no sé quién es más tonto, si la artista (que se cree libre) o el prescriptor (que se cree poeta). Lo de menos es la acción de mear, que sin duda es tan inocua e inofensiva como cualquier otra mientras se haga en el nombre del arte*. Tampoco resulta relevante el hecho de si es o no arte la acción mientras la institución sea la que como tal lo señale. Como siempre**. No, lo que verdaderamente resulta hilarante es que se tomen en serio su supuesta influencia sobre la sociedad; lo que resulta desternillante es que crean estar cuestionando las convenciones sociales; que crean estar luchando contra el conservadurismo mientras son subvencionados por la misma Institución político/artística; que se crean provocadores defendiendo además su mismo discurso; y que se crean libres en su perfecta pose genuflexa. Ahora los artistas son, como decía, otra cosa, carecen de dignidad. No tienen mercado (porque el mercado no los quiere y ellos dicen odiarlo) y además son los lacayos de un Poder que sólo les ofrece unas migajas de basura, las que sirven para comprarlos. El que se mea soy yo.

4.El problema de los tontos es que nunca paran de trabajar, que nunca descansan. Noticia (17 de mayo): titular, “A golpes contra el patriarcado”; subtitular, “Cristina Lucas y Eulalia Valldosera critican en el Carme la tradición artística dominada por el hombre” Y en las fotos que ilustran el artículo vemos a Cristina Lucas destrozando con una maza una réplica del Moisés de Miguel Ángel. Todo muy original e imprevisible como puede verse. Pero por si alguien no se había dado cuenta de la originalidad del concepto y del riesgo que comporta el discurso respecto a la Institución llega su prescriptor, el director del Museo y dice que “se trata de una apuesta por visibilizar la falta de mujeres en colecciones públicas” y alaba esta exposición por situarse en contra “del relato oficial” en el arte, donde “la mujer queda relegada a un segundo plano”. Respecto a lo de estar en contra “del relato oficial” insto a los no perezosos a investigar en las hemerotecas (físicas y digitales, para que contabilicen y analicen los impactos mediáticos, así como la cantidad de eventos “En Femenino”). Respecto a la segunda les aconsejo que lean este post: https://albertoadsuara.blogspot.com/search?q=arte+mujeres (El texto del post es un exabrupto sin gracia estilística pero deja claras las cosas)

5.Había una cierta dignidad en aquellos artistas antiguos que fueron desplazados por los modernos allá por el siglo XVIII. Y también la había en aquellos artistas modernos que pagaron un alto precio por aceptar la libertad de no tener amos. Ya digo, los artistas del hoy, unas doñas ineses en búsqueda de un Don Juan adulador pero canalla.


*Así que los que siempre centran el problema en la tesitura de si es o no arte una bravuconada mejor que se callen, porque su ignorancia es tan grande como la de quienes se llevan las manos a la cabeza porque no entienden nada. La cuestión nunca ha sido dilucidar si es o no arte un “montón de ladrillos” o una “lata de mierda” mientras hayan sido señalados por la Institución; la cuestión es saber cuánto han aportado -humanísticamente- a la Humanidad aún con toda su carga teórica.
**Lo que resulta verdaderamente provocador, transgresor e intranquilizador es ver a todas esas niñas que mean en público en plena calle, durante la farra y sin vergüenza alguna. A ver si os enteráis, pardillos, todo lo hecho en nombre del arte queda desactivado por el mismo hecho de hacerse en nombre de la institución. De hecho, nada hecho en el nombre del arte puede ser eficaz, -en tanto que transgresión comprometida-, porque no puede ser otra cosa que espectáculo manierista y patético.

jueves, junio 21, 2018

Una fotografía tan significativa como definitoria


Aún hay gente que cree que la realidad es algo distinto de aquello a lo que nos confrontamos de forma directa. Y por tanto son muchos, pero muchos, los que creen que la realidad es eso sobre lo que -ellos mismos- proyectan su deseo. O dicho de otra forma, son muchos los que ignoran que la realidad son los textos que nos definen y configuran en tanto que seres humanos; muchos los que ignoran que no somos sino puro texto. El ser humano se narra -a sí mismo- en su inevitable angustia ante el fatídico hecho de la muerte. Así, los textos no son otra cosa que aquello que configura nuestro anclaje en un mundo sin sentido; son los textos (las narraciones, las fotos, los acontecimientos, las novelas, las películas, los objetos e incluso los mismos sujetos en tanto que figuraciones “construidas”) lo único con lo que contamos para explicarnos a nosotros mismos, lo único que hay y por tanto lo único que “sirve” para conferirnos un cierto sentido. Es a los textos a lo único que podemos recurrir para saber algo de nosotros.

Pero son muchos, pero muchos, los que creen que la realidad es eso sobre lo que -ellos mismos- proyectan su deseo, de tal forma que asignan a la realidad unas cualidades puramente fantasiosas. Y por ello viven en una realidad límbica, ilusoria.

Así, por ejemplo y tal como apuntábamos en el post anterior, son muchos, pero muchos, los que elaboran productos en nombre del Arte sin haberse percatado de que ya hace muchos años que no hay tal cosa, Arte. No es una cuestión de empeño personal (lo digo para quien no haya leído más que un puñado de artículos), sino de pura evidencia textual. Todos, absolutamente todos los signos que se producen en torno a noticias que pretenden hablar de Arte no hacen más que desmentir su existencia si nos atenemos, eso sí, a lo que creen sus propios protagonistas (que son todos los que conforman el mundo del arte: artistas, coleccionistas, galeristas, comisarios, periodistas, consultores, concejales, artistas, alcaldes, ministros...) Y aquí se encuentra la clave del asunto. Son los propios protagonistas los que a pesar de las evidencias textuales que se les ofrecen a diario siguen pensando en el Arte como el producto de la Imaginación Libre que es configurado por personas de extremada complejidad y sensibilidad que se expresan libremente desde su propia autenticidad muchas veces insuficientemente comprendida. Es decir, siguen pensando igual que se pensaba antes de la caída de Lehman Brothers y del invento de las redes sociales.

Aquí una fotografía aparecida ayer en el periódico. Obsérvese quiénes son los protagonistas del “hecho artístico”. Esto hace un puñado de años habría sido impensable. Y conste que no hay ni un ápice de nostalgia en mis argumentos. Lo que hay es, sólo, un atenerse al signo (texto) que demuestra mis tesis: hay mucha, pero mucha gente, que cree que la realidad es aquello que proyectan desde su deseo.

[Pie de foto: Ricard Silvestre (comisario de la exposición) con Vicent Marzá, Carmen Amoraga y José Luis Pérez Pont ante una de las obras]

A propósito de la inauguración de una exposición colectiva de 33 artistas cuya obra ha sido adquirida por la Generalitat Valenciana en 2017. Y después te encuentras -por ahí- a los dirigentes y políticos y te dicen que en realidad no les gusta salir en las fotos.



domingo, abril 24, 2016

Lo pequeño y lo grande

(El gran arco y Parsifal)

Los excesos están para momentos ocasionales y muy puntuales. Pueden ser apasionantes y enriquecedores, pero ya en el mismo concepto nos viene implícita una cierta carga de negatividad. Uno no puede vivir en permanente estado de euforia.

En tanto que categoría estética lo excesivo se encontraría en las antípodas de lo que generalmente uno espera de toda expresión artística. Puede que se encuentre conectado a la edad de uno, pero el caso es que a uno cada vez le gustan más los textos artísticos -cine, teatro, literatura- sobrios y austeros; aquellos en los que, precisamente, emerge la profundidad a partir de una depuración que se serviría antes de la retórica que de la escenografía.

Cierto es que no son incompatibles las categorías contrapuestas pero creo que lo excesivo puede asociarse más a un gesto y un gusto juvenil y lo austero a una cierta maduración. Lo he comentado en más de una ocasión: un joven puede recoger cachivaches por la calle porque tiene todo el futuro por delante para ver qué hace con ellos, pero nada hay más patético que un viejo con el Síndrome de Diógenes.

Ayer estuve viendo una emocionante obra de teatro, una pequeña obra de teatro; una obra que era pequeña, no tanto por su dimensión como por sus circunstancias: dos actores, una mesa, dos sillas y un gran biombo en un pequeño teatro de esos que ha sido pintado por los propios propietarios. En fin: una de esas obras mínimas que ves en pequeños teatros que apenas congregan a 40 personas por sesión.

Obras que, cuando como ésta funcionan, me reconcilian con una humanidad que ya en sí misma me resulta cada vez más excesiva. Tampoco es que haya nada novedoso en las formas, de hecho los propios autores reconocen haberse inspirado en el teatro del absurdo, y más concretamente en Beket y Ionesco.

Eso fue ayer, hoy he visto un documental sobre Calixto Bieito, ese director teatral que triunfa en el mundo entero y que todo el mundo conoce por sus espectaculares y controvertidos montajes. Mis sensaciones ante su trabajo son paradójicas. Quizá sólo porque no he tenido la oportunidad de ver nada suyo en directo. Y como los documentales, ya se sabe, son hagiográficos, pues eso, que no me pasan desapercibidas todas las entrevistas en las que los invitados califican de inolvidables sus experiencias ante las obras dirigidas por el maestro.

Ver una obra dirigida por Bieito es como montarse en el Dragón Khan durante 3 horas. Algo que al parecer entusiasma a tanta gente en todo el mundo. Su puestas en escena son inmensas, grandilocuentes, provocadoras y claro está espectaculares, todo eso que al parecer entusiasma a tanta gente por todo el mundo. Enormes proyecciones sobre todo tipo de superficies, andamios gigantescos y móviles, estrucuras mecanizadas y, en fin, todo tipo de esos ingenios apabullantes que al parecer gustan tanto a tanta gente en todo el mundo.

Ver una obra de Bieito es, con toda probabilidad, poder ver a una monja peinada con una cresta skin, o poder ver a unos coros que se masturban detrás de Tristán e Isolda, o poder ver una proyección de porno duro detrás de un Parsifal vestido como un ángel del infierno.

Y no se trata tanto de cuestionar la actualización de las obras clásicas como de sospechar de la grandiosidad paroxística que al parecer resulta necesaria en estos tiempos frenéticos y asincopados. Respecto a lo primero me consideraría resultadista, si bien es cierto que posiblemente preferiría, en un 90 % de las veces, obras que ajustan su estética al mismo pasado en el que suceden los hechos. Al fin y al cabo pienso que los buenos textos se sostienen a sí mismos sin necesidad de grandes alardes formales porque son universales y atemporales.

La cuestión no sería, pues, dudar acerca de esa necesidad de actualizar las obras para, según cuentan los empresarios que las producen, atraer a un nuevo público. No, la cuestión sería saber cuáles son los motivos reales de ese entusiasmo sobre lo espectacular que se explica, según cuentan los propios espectadores, acudiendo a la emoción de la experiencia. La pregunta sería ¿experiencia respecto a qué?, ¿a la misma obra o a los elementos que la hacen digerible, entretenida?

¿Haría falta el concreto texto de Parsifal, e incluso su música, para provocar una emoción tan parecida a la que se experimentaba viendo a La fura dels bous? Es decir, ¿es la sabia adecuación de texto y escenografía lo que tanto emociona a los agradecidos espectadores de las obras dirigidas por Bieito? ¿Acaso los espectadores que acuden a ver Parsifal (por decir algo) entienden todos el alemán cantado de un texto basado en los difíciles poemas de Wolfram Von Eschenbach?

Yo por mi parte no rechazaría jamás ver una obra dirigida por Calixto Bieito si se me diera la oportunidad porque creo que, en efecto, sería acceder a la posibilidad de tener una experiencia privilegiada. Además, pocas veces he visto un documental hagiográfico sobre un creador en el que el creador me cayera tan bien. Cosa rara. Un tipo magnífico este Bieito.

Pero la cuestión de fondo es otra. La cuestión es si toda esa espectacularidad que tanto gusta en todo el mundo aporta algo a unas obras que se sustentarían en sí mismas sin necesidad de ella. Más allá, claro, de aportar eso que al parecer gusta a todo el mundo: leña visual. La pregunta sería pues ¿qué puede implicar esa necesidad de añadir leña a eso que funciona perfectamente con las ascuas?

Lo cierto es que no me gustaría ver un Willy Loman de La muerte de un viajante (Arthur Miller) interpretado por una prostituta decrépita. Otra cosa es que la viera y pudiera considerarla interesante, o por distinta o por controvertida o por perspicaz o por original. Pero ya se sabe; la categoría de lo interesante se inventó cuando se impuso un relativismo que consideraba desafortunado decir que las cosas se podían hacer mejor o peor, bien o mal. Y ya se sabe también, todo es interesante salvo para un idiota.

La cosa es que ayer vi una pequeña obra de teatro realizada con cuatro chavos en un teatro donde las paredes se desconchan. Y logró emocionarme además de entretenerme. Por 10 euros. Me gustaría creer que el montaje de la obra sería el mismo aún cuando el presupuesto de la compañía se multiplicara por diez debido a las razones que fueran. Y me gustaría pensar que de aquí a unos años Bieito iba a renunciar categóricamente al estilo que le ha otorgado la fama para concentrarse en un estilo sobrio y austero. Aunque para eso hiciera falta espectadores sin gran poder adquisitivo. Y teatros cuyo principal objetivo no fuera la rentabilidad. Un imposible.

viernes, marzo 23, 2012

Que ¿por qué?

Quizá tenga una explicación ese sibilino y perverso miedo al éxito.

Nos encontramos en un gran anfiteatro desde el que vemos la función estupendamente, pero además, y precisamente por encontrarnos todos “reunidos” en el mismo “espacio”, estamos perfectamente observados por quien detrás de bambalinas nos vigila, atendiendo a todos y cada uno de nuestros movimientos. De hecho, la función (obra representada) es siempre el producto de las conclusiones extraídas del análisis de nuestros gestos, los de los espectadores. Tal es su nivel di vigilancia y análisis que las funciones terminan siempre por ser modelos de lo que se espera de los espectadores. Pero nosotros, los espectadores, parecemos encantados con la función. Es más, parece gustarnos tanto la función -que nos entretiene- que no estamos dispuestos a que surjan aguafiestas. Y por eso nos convertimos en vigilantes de nuestros compañeros de anfiteatro. Algo que hacemos, sólo, porque nos libra de mosquearnos con quienes nos vigilan, que es más engorroso y sobre todo más comprometedor. Mientras la función continúa.

Debord maridado con Focault: el espectáculo aliado con la vigilancia. La perversión en estado puro. La risa entremezclada con el miedo. El Club de la comedia visto desde la cárcel.

miércoles, junio 15, 2011

Del rito desmitologizado: “¡No hay banda!”

Podría distinguirse entre el Saber que se nos transmite a través de los libros y el que se transmite a través de los centros docentes universitarios. Distinción que vendría dada por el nivel de implicación, asumido o no, respecto a la Corrección Política. Por decirlo en términos que no por provocativos dejan de ser realistas: el Pensamiento transferido a través de la Universidad es un Pensamiento Débil en la medida en que se encuentra coaccionado y cohibido por la Corrección Política. La Cultura de la Queja se ha introducido en el pensamiento universitario para conculcar la defensa de un Saber frágil que se fundamenta en el desprecio por la Verdad. Se impone y conculca, de esta manera, a veces de forma explícita a veces de forma subrepticia, una carencia de verdades que nos trasladan a la imposibilidad del Saber. No hay, pues, un Saber; hay sólo contingencia y coyunturalidad. Para gran parte de ese pensamiento académico la misma realidad no deja de ser un constructo lingüístico y los acontecimientos (los hechos) no dejan de ser sino el producto de lo noticiado (en telediarios y periódicos). Para el Pensamiento Académico (subvencionado) no hay Saber, no hay Verdad, no hay Amor y no hay Realidad. Y todo ha llegado, precisamente, en el momento en el que el Arte ha dejado de ser lo que durante cientos de años hemos entendido como Arte (y éste será el asunto de otro capítulo).

Es decir, nos encontramos en un momento que conjuga de forma ingeniosa el relativismo más pragmático con el buenismo resultante de la implantación que de una Cultura de la Queja sumamente rentable para los poderes fácticos. Y no se trata de afirmar desde el catastrofismo reaccionario sino de describir los signos de un presente (que ya dura 30 años) que representa la realidad con la que contamos. Así, lo dicho en el primer párrafo no será otra cosa que la mera descripción de un estado de las cosas que no sería cuestionable en la medida en la que sería confirmado por quienes habiendo sido los artífices de dicho estado se sienten apoyados por quienes no fueron oponiendo objeción alguna al nuevo “orden”. O dicho de otra forma: nos encontramos ante un estado de las cosas que no deja de ser el producto de una imposición vertical y de una connivencia horizontal. La Corrección Política se ha demostrado como la más perversa forma de Poder, pues ha atado de pies y manos a todo aquel que quiera medrar, sea liberal o sea progresista en cualquiera de su grados. Nadie con aspiraciones reales de desarrollo “profesional” se libra de la obligación de ser políticamente correcto. Nadie se libra: nadie será libre.

Pero, ¿con qué se correspondería exactamente el término buenismo? Una buena respuesta sería que buenismo no es más que una actitud que se identifica con el famoso aserto que representa el comienzo de ese presente que ya dura 30 años; a saber: “todos somos artistas” (Beuys dixit). Así, buenismo sería, en arte, una actitud que infringiera sobre el espectador NO experto la mayor de las humillaciones posibles. Sobre todo si tenemos en cuenta que se produce, justo y exactamente, en ese momento histórico en el que toda afirmación es la imposición derivada de un relativismo mesiánico. La afirmación “todos somos artistas” sólo puede esgrimirse desde la demiúrgia. Algo que, por otra parte, sólo puede agrandar la distancia que separa a los iniciados de los profanos (a lo sagrado de lo profano). Nada hay peor que decirle a un pobre que es rico. Sobre todo cuando es un rico quien se lo dice y cuando el pobre quiere comer y no puede. Nada hay peor que suspender a un alumno al que se le ha conculcado que nada es Verdad y que todo Saber es coyuntural.

Por tanto, el problema no deviene tanto de la esencia de un determinado estado de las cosas, el que se deriva de vivir un mundo conformado por un relativismo buenista, cuanto de vivir en un mundo en el que el sujeto se da constantemente de bruces con lo real debido, precisamente, a la experiencia atroz de habitar en una paradoja insalvable que constantemente demuestra que ni todo es tan relativo como se dice ni nadie es tan bueno como dice ser. Una paradoja (maligna) de la que todos serían culpables habida cuenta de que ha brá sido aceptada por puro egoísmo (indiviualismo atroz). No es el buenismo (Corrección Política) lo que le ata de pies y manos al sujeto del hoy, sino la imposibilidad de renunciar a él una vez lo ha aceptado el mismo sujeto que se sujeta a lo social a través de un Estado hipócritamente paternalista.

Addenda. “¡No hay banda!”, decía un personaje de Moholland Drive (David Lynch) para demostrarnos que detrás de una cantante que nos conmueve no hay realmente nada. La mujer que canta y que con su canción logra emocionar a las protagonistas se desmaya a mitad canción y sin embargo la música y la voz continúan. Detrás de la cantante se encontraba, pues, lo que sostenía el simulacro, un simulacro del que ella era partícipe. Sólo un play back que no hacía otra cosa que sustituir a una Realidad desprestigiada por su obsolescencia anunciada. Pero ¡No hay banda! no significa que no haya realmente NADA, sino simplemente que es la banda lo que falta. Y faltando la banda falta la esencia que verdaderamente podría otorgar un sentido a la emocionante experiencia del directo y por tanto que ese sentido pudiera considerarse causa noble de un sentimiento profundo, el que a ellas les une. Lo que queda sin la banda es, precisamente, nada, porque nada es lo que sustenta, ya, la emoción provocada al principio, cuando la razón se encontraba unida a la lógica y a la emoción; porque nada es lo que queda cuando se descubre la mentira, la NO Verdad. No era la mujer quien cantaba con ese sentimiento que provocaba la emoción de las protagonistas.

Las mujeres se emocionan viendo y escuchando la sentida actuación de la cantante. Sienten profundamente que su experiencia las une y por eso lloran de emoción, abrazadas. Pero, de repente, la cantante se desmaya y la voz y la música continúan. ¿Qué hacer?, ¿cómo responder ante la extraña nada que les queda?, ¿cómo reaccionar con la emoción sentida a través de una mentira? Esa es la cuestión: qué hacer. ¿Puede sostenerse el sentimiento profundo? O mejor, ¿puede ser profundo el sentimiento una vez descubierta la falsedad de lo que lo ha provocado? O yendo más lejos aún, ¿puede haber ya distinción entre causas nobles y causas subsidiarias cuando hablamos de sentimientos? ¿Son las subsidiarias menos legítimas? Suponiendo que no se trate de una cuestión de legitimidad, ¿podrían denominarse y entenderse como emociones de segundo grado aquellas que provinieran de cierta virtualidad (simulacro)? ¿Acaso no existe un componente frustrante en despertar de un sueño en el que estábamos viviendo una experiencia Ideal?

Si la cantante se desmaya carece de sentido seguir viendo y escuchando… nada, pues era la asociación de Realidad y Verdad lo que provocaba el sentimiento profundo. Nada hay que sentir. Porque, en verdad, es nada lo que queda si el efecto –en ellas producido- YA NO se corresponde con una causa coherente; nada es lo que puede sustentar ya el sentimiento profundo –por ellas expresado-, pues fue provocado por un simulacro. No es la carencia de causa, es la carencia de coherencia entre causa y efecto lo que confunde, lo que desconcierta. Y recordemos ¡No hay banda!, como enérgica interjección, como con el cierto enfado necesario que constata aquello que todo el mundo debería saber: que “¡No hay banda!” les dice a los espectadores el maestro de ceremonias con un tono de advertencia, pero también amonestador. Así, la interjección imperativa se convierte en una riña a los incautos (que confunden la realidad con el sueño) y a los prepotentes (que aseguran que la realidad es sólo un constructo lingüístico).

En efecto: a los incautos les dice que no hay banda, que la realidad les engaña con uno de sus múltiples trucos, el simulacro, ese truco que consiste en renegar del concepto de verdad con el fin de igualar toda experiencia. Y el maestro de ceremonias lleva razón, pues la confusión que produce la indiferenciación de realidades (verdadera/virtual) es la que lleva a la protagonista al desastre. Y a los prepotentes les dice que no hay banda, esto es, que lo que NO hay es, sólo, una banda. Y el maestro de ceremonias lleva razón porque el hecho de no haber banda no impide a la realidad real imponerse (siempre). La realidad podrá ser un constructo lingüístico, pero si no mides bien las distancias puedes abrirte la cabeza con un saliente. En realidad no hay más ciego que el que no quiere ver, viene a decir el maestro de ceremonias. Así, nada, en cursiva.

¿Qué hacer, entonces? De hecho, la emergencia de lo real –imprevisible- cortorcircuita el estado emocional de las protagonistas y aboca a una de ellas al suicidio. Decía más arriba ¿podrían denominarse y entenderse como emociones de segundo grado aquellas que provinieran de cierta virtualidad (simulacro)? ¿Acaso no existe un componente frustrante en despertar de un sueño en el que estábamos viviendo una experiencia Ideal? ¿No es la frustración un estado inconveniente?

(Este texto se corresponde con el capítulo 8 de un libro –inédito- que se llama Aprendizaje del desapego. 18 razones para abandonar la práctica artística. Un libro que se encuentra en busca de editor)