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lunes, enero 27, 2020

Premios Goya. O: Heterodoxia del Hoy


Entendidas en términos generales (no religiosos o económicos) ni la ortodoxia ni la heterodoxia son en sí mismas actitudes encomiables o positivas, y por tanto no existe superioridad de una sobre la otra. Tales actitudes son, pues, las que coexisten y conviven en cualquier estado o momento histórico. Y dadas las respectivas definiciones de ambos términos, el quid del asunto se encuentra, siempre y sólo, en las proporciones que definen la antinomia, de forma tal que la heterodoxia sólo pueda corresponderse con una parte pequeña de la totalidad. Así, todo momento histórico quedará ineluctablemente configurado por un número extraordinariamente elevado de ortodoxos y por un número casi despreciable de heterodoxos

No existe superioridad de una actitud sobre la otra, decimos, pero sí existen grandes diferencias entre la actitud de quienes pertenecen a un grupo o a otro. Hay algo en los representantes que conforman el siempre más reducido grupo de los heterodoxos que los define: el valor. Los heterodoxos son, por definición, individuos que se encuentran enfrentados a la mayoría, lo que siempre y en cualquiera de los casos conlleva un alto coste. El coste real que supone nadar contracorriente, valga la metáfora. Y digo enfrentados, y digo bien, y hablo de coste, y de coste real, porque nadie duda de las dificultades que entraña el hecho de no pertenecer a tu tiempo. Descartada la superioridad de una actitud frente a la otra sólo cabría analizar el sentido último que pueda tener nadar en contra de la corriente. Pero esto sería otro tema.

En cualquier caso, lo que fundamentalmente diferencia a un heterodoxo de un ortodoxo es la mayor y más intensa consciencia de la propia vitalidad del primero, pues sufrirá en sus carnes y de forma continuada ese coste que entraña el ir con la lengua fuera. Mientras que el segundo podrá ir de aquí para allá con su cinturón de seguridad y sin despeinarse. O por decirlo de otra forma: si un heterodoxo no posee una buena complexión y una buena genética muy probablemente viva 5 años menos que un ortodoxo (más allá de la complejidad de parámetros que rige la longevidad de los individuos).

Y es que si tuviéramos que hablar de libertad asociada a la antinomia, la conclusión no albergaría ninguna duda: sólo pueden saborear verdaderamente las mieles de la libertad aquellos cuya actitud no genera fácil reconocimiento social. El heterodoxo es más libre que el ortodoxo porque siendo consciente de los perjuicios que le genera su actitud no acepta complacencias tentadoras y con ello demuestra que verdaderamente hace lo que le da la gana. Nada que ver, por cierto, ni con la obstinación ni con el masoquismo, más bien al contrario lo que hace el heterodoxo con el ejercicio de su libertad es mostrar la alienación de los ortodoxos. Habrá muchos ortodoxos que se empeñen en decir que ellos también hacen lo que les da la gana pero eso sólo podrán decirlo a la defensiva y desde el río que les lleva.

Desde que Winkelmann y Baumgarten inventaran el “Inventario Sagrado” se instaló la creencia de que los artistas son los personajes que mejor representan a lo heterodoxo. Pero esto sería más que discutible, sobre todo en la actualidad de el hoy, donde el arte es entendido mayoritariamente como una herramienta de comunicación -y no poética-, tal y como demuestra la cada vez más alta injerencia del Estado en los procesos productivos artísticos de todo tipo. Por eso resulta preocupante -a la vez que desternillante, valga la paradoja- que mucha gente siga creyendo que los artistas (plásticos, teatrales, cinematográficos) son los adalides de la libertad, pues no hay mayor Gremio que mejor le coma la polla a Papá Estado (que pronto será Mamá y habrá que comerle otra cosa) y además con tanta naturalidad.

Pedro Almodóvar lo dejó claro ayer en los Premios Goya pidiendo al Estado mucho más dinero, es decir, mucha más injerencia, para la industria cinematográfica española, gastando ese gentilicio tan desasosegante cuando se habla de otras industrias, el de lo español. En un alarde de intelectualidad que Almodóvar sólo puede desarrollar cuando son los suyos quienes gobiernan distinguió entre Gobierno y Estado para poder clarificar que es el Estado quien debe poner pasta gansa en la industria cinematográfica española.

Pero si hablamos de industria todo el mundo sabe es que quien paga manda, como también sabe que existen mil y un trucos para aparentar lo contrario. Y es aquí donde los artistas, esos seres puros y libres (sic), aprenden a hacer sus misteriosos requiebros, los que consisten en adecuar sus proyectos a lo que el Estado DESEA, que no puede ser otra cosa que afianzar y agrandar sus fauces para zampar feligreses adocenados. Requiebros: ajustes que permitan conseguir la subvención; requiebros y ajustes que nunca sobrepasarán lo que sus sensibles almas libres estarían dispuestos a soportar sin contravenir esa su esencia pura y libre (sic). Así, los requiebros justos para no “ver” su pacto con Mefistófeles, ese personaje en el que dicen no creer. Resulta curioso ver la facilidad que tienen los creadores, en teoría tan puros como libres, para hacer, casualmente, los ajustes que les permitirán aprovechar las prebendas necesarias para expresar tanta sinceridad.

Que los artistas de el hoy son la pura heterodoxia quedó demostrado -también- en Radio Clásica el día anterior a la entrega de los Premios cuando en el programa Sinfonía de la Mañana Martín Llade entrevistó a los 3 directores (Garaño, Goenaga y Arregi) de la película En la trinchera, con 16 nominaciones. Pues bien, con la complacencia de quien como Almodóvar elabora análisis adolescentes el presentador del programa les dice a los directores respecto al haber rodado en Euskera, “Habéis roto un tabú [haciendo] algo que resulta más complicado” y concluye su elogio asociando esa decisión con el quijotismo, o sea con la ingenuidad más tierna e inocente. Y eso se lo dice a unos autores/directores cuya película tiene ¡16 nominaciones a los Premios Goya! “Quijotismo”, qué bueno.

Queda claro que tanto el presentador como los artistas pertenecen a su época, ésta, la de la Corrección Política; pertenecen a nuestro tiempo, el que se encuentra trufado de quejicas, víctimas y ofendidos. Los cuatro pertenecen a éste nuestro tiempo, tiempo donde los nacionalismos medran y no sólo a costa de la la izquierda tribal -no internacionalista-, no podemos olvidar que la derecha lleva años poniendo puentes de plata a todas esas comunidades con lengua propia. Los cuatro pertenecen a nuestro tiempo, ese en el que los lacayos del Poder se sienten revolucionarios haciendo, exactamente, lo que el Poder les reclama. Por eso, uno de esos directores, también ebrio de autocomplacencia, dice respecto al asunto de la lengua, “vamos camino hacia la normalización... se está volviendo cada vez más heterodoxo”.

¿Heterodoxo rodar en Euskera en nuestro tiempo? ¿Es la normalización propia de la heterodoxia? ¿Puede la heterodoxia considerarse normativa? ¿Qué hay de quijotismo en hacer lo que todas las Altas Instancias Políticas promueven? ¿O acaso ninguno de los cuatro sabe que lo que toca hoy es hacer cine el “lengua comunitaria”? ¿Ninguno sabe que lo que más cachondas pone a las Altas Instancias Políticas es hacerlo todo en “lengua comunitaria”? ¿Que donde más dinero ponen las Altas Instancias Políticas Comunitarias es es todo aquello que se haga en “lengua comunitaria”?

Para un verdadero heterodoxo pertenecer a su tiempo es una de las mayores humillaciones que puede infligirle la existencia.

viernes, agosto 09, 2019

Cuando hay verdad


Cuando hay verdad

En estos últimos años de bulimia cultural con fondo anoréxico aparecen, de vez en cuando, eventos culturales que redimen a la Instituciones Programadoras de su estulticia ideologizada y cansina.

Nada asegura que un proyecto cultural vaya a funcionar, pero lo que ha quedado claro es que todo depende generalmente del personaje que se lo inventa, de sus conocimientos y de su capacidad de trabajo. Podría parecer esta afirmación una perogrullada innecesaria, y casi lo sería si no fuera porque resulta del todo necesario reivindicar los proyectos realizados por verdaderos expertos. Cabe la pregunta, ¿qué sería un verdadero experto? Pues aquel que no sólo está bien informado. Y también aquel cuya independencia “natural” le ha mantenido lejos de los poderes fácticos, o al menos a la distancia justa. Un estudioso, un ratón de biblioteca, un apasionado, un conocedor y un trabajador impenitente. De alguna forma y a su manera (la de cada cual) un sabio que aleja de sus conocimientos toda esa deriva “revolucionaria” que, paradójicamente demandan las Instituciones. Todo lo contrario, pues, a un “intelectual orgánico”, por naturaleza mediocre. Si no directamente incompetente.

Cuando se dan estas cualidades a un experto sólo le queda explosionar. Cosa que hará sólo y exclusivamente cuando alguien se lo permita con una simple contratación basada en la confianza. Acaba de pasar aquí, en Valencia. El Centro Cultural del Carmen ha contratado a Dani Gascó para hacer un ciclo de cine en los claustros del Museo. La propuesta ha sido -y es- excelente debido a una doble imprevisibilidad: 1. la contratación de un experto de verdad, Dani Gascó, que no era previsible en un mundo tan burocratizado e ideologizado como el valenciano (decir cultura valenciana podría ser un perfecto oxímoron), y 2. la extraña y excelente selección de películas que el propio Dani Gascó se ha encargado en ocasiones de traducir y subtitular -en un empeño generoso y atrevido. Un recorrido por la comedia europea desde el punto de vista de un conocedor independiente. Y conviene insistir en esto último.

Así, la propuesta de Dani en el Cármen ha sido posible cuando ciertos planetas se han alineado de una forma en la que no suelen hacerlo y el resultado, casi azaroso por ello, ha sido un evento cultural valenciano del todo original, culto y popular, ameno y culturizante, imprevisible y por ello necesario. Espero que en ediciones venideras no me valencianicen al bueno de Dani y lo dejen así, independiente y ciudadano del mundo.

Dicen que las comparaciones son odiosas. No es exacto: son buenas, al menos, cuando el dinero público está por en medio.

domingo, agosto 05, 2018

Ideología y estupidez


Ideología y estupidez

O ¿Por qué a todos los artistas les pone tan cahondos ideologizar su discurso?

Resulta curiosa la facilidad con la que los artistas -de la farándula- se empeñan en politizarlo todo en sus declaraciones públicas; resulta curiosa la urgencia con la que los artistas, todos, necesitan posicionarse ideológicamente cuando expresan su opinión públicamente. Hablen de lo que hablen en las entrevistas (o en la recogida de premios en Festivales de Cine) lo que siempre parece apremiarles es la necesidad de dejar clara la nobleza de su corazón, la pureza de su ser de luz. Así, siempre que un artista es entrevistado o conminado a hablar para un medio público acaba siempre por derivar su discurso hacia la reivindicación con un compromiso social, la lucha contra la desigualdad (sic)... Y cuando el partido que gobierna no es de izquierdas entonces su discurso acaba incluyendo el éxtasis verborreico que provoca el puro goce e el entrevistado o del declarador.

Pero ¿por qué a todos los artistas les pone tan cachondos ideologizar su discurso? Pues fundamentalmente porque son imbéciles. O estúpidos, no sé muy bien. Tampoco sé muy bien si esto les pasa sólo a los artistas, pero el caso es que a todos ellos les pasa. O quizá se deba al periodismo del hoy, tan corrupto y ponzoñoso. Podría en todo caso haber dos tipos de artistas: los que acaban ideologizando su discurso porque saben que eso es lo que se espera de ellos en los medios y en los receptores de esos medios, y los que se creen verdaderamente seres de luz. No sé aún cuál de los dos tipos es más imbécil. Lo que sin embargo sí está claro es que la Segunda Ley de Las Leyes fundamentales de la Estupidez Humana (Cipolla) es la Ley favorita de los artistas, que son esos seres que pueden acometer el ejercicio de su profesión con auténtica sensibilidad y maestría siendo, al mismo tiempo, unos perfectos estúpidos. Al menos la gran mayoría de los que hacen declaraciones públicas.

Hace poco la comparsa del Gran Wyoming Sandra Sabatés entrevistaba a Itziar Castro, la actriz que estuvo nominada este último año a la mejor actriz revelación y a la que desde hace un tiempo a esta parte no le hace falta trabajo.

Pregunta la circunspecta Sandra Sabatés a la oronda Itziar, ¿Tener una XXL te ha limitado en una profesión que vive de la imagen?

Aquí ya sabemos por dónde quiere ir la Sabatés, que no es otro sitio que por la bronca, la queja, la reivindicación, la lucha, la opresión, el victimismo, el machismo, el patriarcalismo, etc., ya saben ustedes. ¿Y todo esto -se podría argüir en mi contra- lo sabes ya a partir de una pregunta tan inocua o tan elemental? Por supuesto; no hace falta ni un ápice de susceptibilidad para saber por dónde va el periodismo de hoy en día, tan vinculado a la Corrección Política y sus derivados. Nada en el periodismo de hoy es ni ingenuo ni casual ni inocuo. Y todo va encaminado hacia lo mismo. De hecho la pregunta es ciertamente improcedente, si no imbécil, cuando a quien está entrevistando no es a una gorda que reclama lo que le es negado por gorda, sino a una triunfadora. En cualquier caso, ya digo, en la pregunta ya venía implícita una cierta intención pues resulta a todas luces falso que una profesión -en este caso la del cine- viva de la imagen, e igual de falso que los representantes de esa profesión lo hagan. La lista de actores y actrices poco agraciados físicamente y con éxito (debido a los personajes o las mismas extraordinarias interpretaciones) es ilimitada. Es más, son precisamente quienes se empeñan en hacer distinciones entre guapos y feos, para hablar de discriminación, los que verdaderamente acaban generando un problema (de discriminación) donde no lo había. Son cosas de la Corrección Política, que con lo que se pone cachonda de verdad es con la existencia de problemas. Por eso su esfuerzo va siempre encaminado o a generarlos donde no los hay o a no permitir que se solucionen nunca. Lo que les pone cachondos a los resentidos es la lucha, sólo la lucha. O sea, la existencia del problema.

Las respuesta de Itziar es, en cualquier caso, tan fantástica como clarificadora... ¡a pesar de las intenciones de ambas!

“Es como un pez que se muerde la cola o un arma de doble filo; es cierto que hay más personajes a los que no puedo acceder porque si en el guión no pone gorda no me suelen llamar, pero también he tenido suerte porque por el hecho de que pusiera gorda me han llamado a mí porque hay menos actrices de mi perfil y entonces he accedido a papeles diferentes, a películas de terror , a películas dramáticas, como Blancanieves, y he trabajado con Peter Greeneway y he hecho una versatilidad o un abanico de posibilidades diferentes, pero sí que es cierto que si no pone gorda es muy probable que no me llamen”.

[Aquí he de hacer un pequeño paréntesis porque hay algo en este final de respuesta que si no se ve en el audiovisual no se llega a percibir. El tono con el que hace su última afirmación casi que podría ser el que se correspondiera con una queja absoluta: la de fíjate hasta qué punto es canalla (hijo de puta) el sistema que si no llego a estar gorda no me llaman. Sé, sé que carece de sentido este tono de queja en esta afirmación por la contradicción profunda que conlleva, pero la cosa es así. Tienen tanta ganas de quejarse que se les va la olla y muestran su verdadera cara, la del odio, la del rencor, la de la violencia, en definitiva la de su goce, porque en eso está la mujer del hoy: en el puro goce delirante que le viene ante la exigencia de un empoderamiento necesario. De ahí que se haga un verdadero lío cuando intenta responder a una pregunta que asocia la obesidad a lo nada saludable. La pobre Itziar no sabe por dónde salir y acaba diciendo que de momento va a posponer cualquier tipo de dieta. Aquí podemos observar el porqué hoy en día resulta más más rentable ser "diferente" que "normal", de hecho la buena de Itziar no quiere adelgazar, eso es al menos lo que dice, y que por eso aplaza cualquier tipo de dieta. Pero sin dejar de quejarse por su doble discriminación (mujer y gorda), de hecho en todas sus entrevistas aprovecha para hablar de "gordofobia" cuando en realidad todos sabemos que siempre habrá trols y haters en la red pero que no dejan de ser una pandilla escuálida que resulta despreciable a lado de lo que piensan sus compañeros de profesión y la mayoría de espectadores sensatos, que son los únicos que al fin y al cabo importan. Por 4 desgraciados, alguien encuentra necesario, una vez más, llenarse la boca de desprecios que incluye a todos los varones, pues son los varones los que en última instancia aparecen como responsables y culpables de una sociedad corrompida por el heteropatriarcalismo machista]

Voy a intercalar ahora mis pensamientos entre los suspiros quejumbrosos de quien, por estar en el ajo, no puede dar puntada sin hilo, aún cuando los hechos se encuentren en contra ("arma de doble filo") de sus previsibles argumentos ideologizados. Responde, pues, Itziar con mucha seguridad:

“Es como un pez que se muerde la cola o un arma de doble filo...

¿Qué?, ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Te ha limitado, sí o no?

...es cierto que hay más personajes a los que no puedo acceder...

Claro, como cualquier actor o actriz que no cumple los requisitos del personaje, por no hablar de quienes no pueden acceder a ninguno porque están en al paro desde que acabaron la carrera de Arte Dramático. O bien porque no tienen contactos o bien por lo que sea. O sí los cumple pero no ha contado con la suerte, tu suerte, amiga.

...porque si en el guión no pone gorda no me suelen llamar...

Como tampoco llaman a un actor adolescente para hacer de jubilado. ¡Y aún que te llaman (“no me suelen llamar”)!, que a muchas actrices guapas no las llaman ni para hacer de guapas.

...pero también he tenido suerte porque por el hecho de que pusiera gorda me han llamado a mí porque hay menos actrices de mi perfil...

Así que te han llamado por lo que eres, que es lo que pones en tu perfil. ¿Cuál sería la queja entonces? Por lo menos te han llamado, algo que no pueden decir, las pelirrojas (en paro y esperando castings), las guapas (en paro...), las bajitas (en paro...) o las colombianas (en paro...), que no estaban gordas cuando se requería un papel de gorda.

...y entonces he accedido a papeles diferentes, a películas de terror , a películas dramáticas, como Blancanieves, y he trabajado con Peter Greeneway y he hecho una versatilidad o un abanico de posibilidades diferentes, pero sí que es cierto que si no pone gorda es muy probable que no me llamen”.

Es decir, todo se lo debe al hecho de estar gorda. Si hubiera sido esbelta, guapa y políglota no la habrían llamado. Y en efecto, hay muchas mujeres perjudicadas cuando las necesidades del ciertos guiones requieren una gorda, muchas; esbeltas, guapas, políglotas... Algo que en el fondo disturba a la periodista que no parece hacerle mucha gracia que Itziar muestre tanto agradecimiento a su estado y se le escape, casi sin querer, tanta alegre vitalidad. De hecho hace oídos sordos y continúa con aquello para lo que ha sido adiestrada, que es gozar (y hacer gozar) con la queja victimista (que en última instancia se legitima ante la opresión machista heteropatriarcal) y por ello no se dirige a la Itziar actriz y prefiere dirigirse a Itziar la gorda: “En algún momento te has planteado dejarlo y dedicarte a algo que no dependa de la imagen?

Que no imbécil, que no, que no te has enterado de nada; que Itziar está viviendo su momento de gloria, que no le falta trabajo y que ya no sabe por dónde tirar en tu entrevista oscura y malediciente. Lo que no quita para que Itziar también se encuentre en el ajo debido a los dividendos que produce a todos los niveles. Resulta muy guay, muy cool y muy rentable ser mujer y muy víctima. Aún cuando te vaya muy bien.

De hecho la comprometida Sabatés pregunta ¿Qué es lo más fuerte, lo más duro que has tenido que escuchar por tu físico?”. Ante lo que la dispuesta pero algo consternada (no se esperaba una pregunta tan innecesaria y estúpida) Itziar responde “Lo más duro fue, yendo con mi hijastra, tener que escuchar a un vecino conduciendo decir ¡gorda, cómete un no sé qué!, cómete unos donuts...”, y acto seguido cuenta que su hijastra se quedó sorprendida ante el insulto hasta el punto de preguntarle, y que ella tuvo que explicárselo: me insultan por “ser diferente”. Así, eso es lo más fuerte y lo más duro que ha tenido que escuchar por ser gorda: y vino de ¡un vecino... que estaba conduciendo!

A punto de acabar la entrevista la Sabatés vuelve a la carga: “las actrices denunciáis la brecha salarial respecto a los actores que muchas veces obtienen los mejores papeles, los protagonistas acaban siendo para los hombres o que incluso a medida que vais envejeciendo cada vez os llaman menos”.

Que no Sabatés, que no, que los emolumentos de cada actor y de cada actriz los marca el mercado. Carmen Machi (¿es guapa o fea? porque lo que sí es, es una gran actriz) cobra más que una actriz jovencita advenediza aún cuando el papel de Machi pudiera ser más exiguo, pero lo que en última instancia cobra Carmen Machi es lo que una productora está dispuesta a pagar en función de sus presupuestos y sus expectativas. Y punto. Y puede que lo que cobre Carmen Machi por un papel protagonista en una determinada película sea mucho más que lo que podrían cobrar el varón protagonista de otra. Porque todo depende de muchos factores. Y lo de que los varones se llevan los mejores papeles, nada, monada. ¿O es que no ves ni cine ni series?

Tampoco Itziar deja de aprovechar las circunstancias políticamente correctas para sacarles partido. De hecho éste fue el titular y subtitular de un artículo/entrevista publicado en el periódico El Mundo y la respuesta a una de las preguntas. Recorto y pego:

Itziar Castro, nominada a un Goya, alerta sobre la 'gordofobia' en el cine

En su encuentro con LOC, la actriz de 'Pieles' también hace una llamada de atención a la industria audiovisual para que cambie "la perspectiva".

¿Nota esta 'gordofobia' a la hora de conseguir un papel en un casting?

En este país aún nos queda mucho por hacer. Faltan muchas series o proyectos a nivel audiovisual donde se vean mujeres diferentes, como pasa, por ejemplo, en 'American Horror Story'... Aquí pasa en 'Vis a Vis', pero más allá... - Es una cuestión de intentar cambiar la perspectiva.

Definitivamente aquí nadie ve ni cine ni series; ni los periodistas ni los propios actores: merluzos de idea fija. Ignorantes o resentidos. ¿Industria audiovisual? ¿Quienes son los responsables canallas de esa industria a la que hay que cambiarle la perspectiva? ¿Como hacerlo? ¿Obligando a los guionistas a introducir mujeres “diferentes”? Hay que joderse.

sábado, febrero 11, 2017

Premios Goya y la mujer

Un tal Jesús Mota (que no José Mota) decía hoy en El País que el IVA no era un problema relevante para la industria cinematográfica española. Lo explicaba muy bien en la misma página del editorial. Con una reducción del IVA al 10% en vez de al 21% no se solucionaba el problema que la industria dice tener, que no es otro que la falta de espectadores, esto es, la falta de ingreso por taquilla, esto es, la falta de dinero con la que poder financiar otras películas, la falta de músculo en una industria en la que pocos quieren invertir.


De hecho, en los Premios Goya de este año se ha pasado de puntillas sobre el asunto. Quizá porque, como bien se hizo saber en su retrasmisión, éste ha sido un buen año para el cine español: más estrenos, más espectadores, más dinero. La cuestión es que pudiendo haber incidido en el asunto del IVA como objeto de crítica y reivindicación no se ha hecho. Y el gremio sabrá por qué, pero no deja de ser algo desconcertante. Sobre todo si sabemos lo que el gremio disfruta regodeándose en la denuncia y en la reivindicación activista.


¡Y tampoco hay ninguna Guerra contra la que “luchar”! [O sí, pero fuera de España, lo que al parecer la hace irrelevante para los cómicos españoles. "No a la guerra" sólo si está en ella involucrada Españita].


Así, ¿qué hacer en los Premios Goya este año?, ¿qué hacer para no abandonar ese espíritu crítico, reivindicativo y activista que tan cachondos les pone a los del gremio? Pues fácil, buscar un asunto que les permitiera seguir con la queja, la denuncia y la reivindicación; y nada mejor (a falta de otro más coyuntural) que el asunto de la mujer y su discriminación(?). Que ese nunca falla.


Y por ese lado se escoró este año la “necesaria” carga ideológica que al parecer debe contener la anual entrega de premios. 


[Por cierto, desde que escribí el último post ](http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2017/01/mujeres-y-arte.html) a ahora se ha publicado en MAKMA otro artículo sobre el asunto (http://www.makma.net/el-arte-de-vender-arte/). Habla la Asociación de Galerías de Arte de la Comunidad Valenciana, compuesta por 18 galerías de las cuales 16 se encuentran dirigidas… ¡por mujeres! ¿Y qué se dice en el reportaje escrito por la infatigable reivindicadora Bel Carrasco? Pues que se necesita más presencia de la mujer en el mundo del arte.


Pero ¿acaso es que su presencia es realmente poca?* Desde luego que, dada la cantidad de mujeres que dirige y representa el sector comercial de ese mundo vinculado a la sensibilidad, podría decirse que NO, que su presencia es incluso abrumadoramente mayoritaria. Sin embargo siguen quejándose de la poca presencia de artistas-mujeres en las galerías de arte (?), exponiendo en galerías de arte.


Seguro que a estas alturas del post ya hay gente que cree tener la respuesta a ese desfase señalado por las mujeres a modo de denuncia. Seguro que hay gente que piensa que todo el mal (que se significa en esa diferencia cuantitativa respecto al hecho expositivo) proviene, cómo no y una vez más, de las estructuras patriarcales tradicionales y machistas que impiden a las féminas estudiar carreras como la de Bellas Artes.


Pero resulta que NO: que tal y como en los dos artículos se deja bien claro (tanto en el publicado en El Mundo y comentado en anterior post como en el recientemente aparecido en MAKMA), ya hace años en los que el porcentaje de mujeres que estudian Bellas Artes supera con creces al de los hombres; ellas mismas lo dicen: un 70% de mujeres respecto a un 30 % de hombres.


¿Entonces, qué es lo que quieren las galeristas cuando en los medios exigen más visibilidad para las de su género?


¿Pero no son ellas las “dueñas” del arte que se exhibe? ¿No son ellas quienes programan su exposiciones y quienes eligen a los artistas?


¿Entonces, qué es lo que quieren esas mujeres -que controlan la faceta expositiva de ese sensible mundo del arte- que según ellas mismas discrimina a las mujeres artistas?


Volviendo a los Goya:


¿Que quiere Ana Belén cuando en los Goya pide -toda seria y circunspecta- más presencia de la mujer en el cine? ¿Que haya más actrices? No lo creo, las hay a montones (con o sin trabajo). ¿Que las actrices se planteen dirigir? Tampoco lo creo. Nadie tiene por que hacer aquello que no le apetece, como bien sabe la propia Ana Belén ¿Que haya más protagonistas femeninas? No creo que sea eso lo que pidiese, ya que con esa reivindicación sólo estaría haciendo alarde de una tremenda incultura (véanse programaciones). ¿Que haya más directoras? Bueno, pero ¿salidas desde qué grupo de mujeres estudiantes (o no) que no muestran interés por la dirección cinematográfica?¿O acaso es que hay grandes directoras discriminadas y humilladas por la industria sólo por el hecho de ser mujeres? ¿Entonces? ¿Y por qué más directoras y no, por ejemplo, más sonidistas? ¿Será que hay más sonidistas hombres que mujeres porque el sonido les interesa más a los hombres que a las mujeres? ¿Qué tiene la dirección que no tenga el sonido para que resulte más glamourosa su reivindicación? ¿Quién quiere ser sonidista? 
¿Por qué entonces se ponen tan cachondos los del gremio cuando Dani Rovira o Ana Belén (y otros) reivindican más presencia de la mujer en el cine si no es porque lo que les pone cachondos es sólo el hecho de reivindicar -lo que sea- con la queja, el lamento y el enfado por en medio?


[Pero volvamos al artículo de MAKMA (sobre mujeres galeristas)].


Para la peridista del artículo “El arte de vender el arte”, la tarea de vender arte es “Una tarea que exige combinar cualidades diversas: espíritu empresarial, visión comercial y, sobre todo, sensibilidad artística para detectar nuevas firmas que reflejen las tendencias de cada momento. Además, sutileza psicológica para lidiar con los creadores y los clientes, con sus respectivas manías y exigencias. Este cúmulo de factores imprime un fuerte carácter vocacional y hace que la venta de una obra de arte pueda considerarse, en cierta manera, también una forma de arte. Un arte para el que parecen mejor dotadas las mujeres como demuestra su creciente presencia en este mundo”.


Así pues, ya lo sabemos: hay cosas para las que están más dotadas las mujeres que los hombres.


Y conviene recordar que:


Después del mandarinato de Juana Mordó en España, el mundo real del arte estuvo desde finales de los setenta muchos años en manos de Juana de Aiizpuru, María Corral, Cármen Jiménez, Helga de Alvear, Soledad Lorenzo, Elba Benítez, Elvira González, Oliva Arauna, las Moriarty, Oliva María, Rosa Martínez, Estrella de Diego, Evelyn Botella, Rosa Olivares, Pilar Parra, Marta Cervera, Elena Ochoa, Ana María Guasch... Ellas lo controlaban TODO, ellas configuraron el panorama que representaba el arte español y foráneo en nuestro territorio. Y diseñaron la estrategia de expansión. Ellas impusieron su criterio, algo contra lo que no hay nada que objetar, digo yo. ¿O sí?

lunes, mayo 09, 2016

De la bondad (Virgin Mountain)

De la bondad (Virgin Mountain)

¿Cuánta bondad cabe en una persona?

Pero antes, ¿qué es ser una buena persona? Sí, esa sería la verdadera primera pregunta. Porque siempre habrá un allegado del gánster que asegure que su jefe, o su hermano o su padrino, o sea, el gánster, es una buena persona. ¿Qué no era Vito Corleone para su mujer y todos sus beneficiados sino una buena persona? Y por no ponernos dramáticos ni cuentistas: seguro que los altos ejecutivos de Vodafone/Ono y Moviestar/Telefónica son buenas personas para muchos de sus allegados. Aún cuando todos sepamos que nada hay tan maléfico como engañar y maltratar al que previamente se ha dejado indefenso y desamparado. Como lo está todo usuario de una telefonía móvil.

Seguro que muchos allegados de Carlos Slim lo describirían como una buena persona, quizá por ser campechano, o por llevar relojes de plástico. ¿Podemos decir, entonces, que buena persona es ese que saluda al panadero todos los días con una sonrisa y recoge la mierda de su perro con una bolsita de plástico?

¿Cuándo podemos decir de una persona que es buena? No, desde luego, cuando sólo podemos decir de esa persona que parece feliz. Por muy saludable y recomendable que pudiera ser una actitud social positiva. Como la que por cierto se conoce de esos asesinos cuando son descubiertos por la policía. Así sus desconcertados vecinos de escalera después de la detención: “era una persona muy normal e incluso atento, siempre tenía una palabra amable cuando subíamos en el ascensor”.

Pero sí, sí se puede saber cuándo una persona es buena: simplemente cuando esa persona se esfuerza en realizar el bien al otro. Así de fácil resulta saber de la calidad humana de una persona. Sobre todo cuando quien ejerce ese bien sobre el otro no repara en gastos propios, ya físicos, económicos, emocionales, sociales o neuronales.

Es desde este punto de vista que podemos decir que Fúsi, el protagonista de la película Virgin Mountain (Dagur Kári), es una buena persona. O mejor, una persona que exuda bondad, una persona buena. Y sólo por ver a un personaje de estas características en el cine contemporáneo ya merece la pena ver esta película. Un cine, este contemporáneo, que se regodea en la ambigüedad moral de unos protagonistas con quienes gustan de identificarse los espectadores.

Virgin Mountain es, pues, una película protagonizada por un personaje, Fúsi, en el que cabe toda la bondad posible. Su anodina vida responde a la inadapatación social que sufre debido a una personalidad que se ha forjado en ese mismo fracaso social; un bucle que aflora por lo laboral, lo familiar y lo sentimental. Con la inestimable ayuda, claro, de un aspecto físico que se encuentra en las antípodas del actual modelo vigoréxico.

Pero nada detiene a Fúsi si lo que quiere es repartir generosamente lo que su tremendo y desgarbado cuerpo le pide: amor. Y si algo impide a los demás estar a su altura moral es, precisamente, esa mirada limpia que sólo la verdadera bondad puede poseer. Por eso Fúsi no podrá ser feliz nunca, porque su bondad se enfrentará, siempre, a eso que a los demás impide estar a su altura.

¿Y de qué le sirve a Fúsi ser tan buena persona? De poco. ¿O no? ¿Acaba bien la película Virgin Mountain (Corazón gigante)? ¿Puede acabar bien una película que señala una sonrojante imposibilidad material? ¿Es posible la felicidad sin egoísmo?  

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/05/de-la-bondad-virgin-mountain.html

martes, abril 05, 2016

Tarde de cine: dos películas

Hacía tiempo que la había comprado pero no había encontrado el momento idóneo para verla, como tantas otras películas también compradas que me queda por ver, porque todo el cine que veo en mi casa o es comprado o es alquilado. Así que éste era el día para ver Irreversible, una película de la que había oído hablar bastante y que se me resistía, quizás, por lo que de ella presuponía.

Y no me equivocaba, la famosa película de Gaspar Noé es sin duda en todo excesiva además de frenética. No se priva de nada que pudiera relajar al espectador, así que incluye escenas de violencia extrema, como una violación anal filmada a plano fijo y a tiempo real y escenas de sexo explícito. Todo barnizado de una violencia, como digo, que sin duda se encuentra reforzada por un frenético ritmo narrativo. Ver Irreversible es como comerse un ramillete de retama a palo seco.

¿Que poder decir de ella entonces? Poca cosa más; que está muy bien resuelta, que es original, que los actores están estupendos y que todo tiene cierta coherencia, incluso el manifiesto virtuosismo técnico que tan molesto resulta la mayoría de las veces en el cine (porque suele ocultar algunas carencias).

¿Poca cosa más, entonces? ¿O eso es mucho?

No sé si es mucho o poco; ni si es bueno o malo, lo que sí sé es que no es bueno el sabor de boca que me ha dejado. Demasiado frenética para mí, demasiado cruel, demasiado explícita y demasiado violenta. ¿Pero son esos demasiados suficientes para rechazar la película? Quizá no. Quizá incluso esos demasiados sean los que puedan servir para elogiar una película que es excesiva porque lo que pretendía era precisamente eso, ser excesiva.

¿Pero es que acaso las películas están hechas para dejar buen sabor de boca? En absoluto. No van por ahí los tiros. De hecho Haneke y Trier son dos maestros del cine contemporáneo y para mí ver sus películas es como masticar arena.

Además, si dejar mal sabor de boca fuera suficiente para hacer buen cine, cualquiera podría ser un genio.

¿Entonces?

La cuestión es que en Irreversible no hay mucho más de lo que muestra. Y eso sí que me parece una buena forma de aproximarnos a un juicio válido. O por decirlo de otra forma: lo que en Irreversible predomina es el virtuosismo y lo que la pelicula cuenta -narra- es lo que vemos. Sólamente. Así pues, una película que se asienta sobre una doble complacencia: la del autor, que se sabe original en la medida en que eso es lo que fundamentalmente desea, y la de los espectadores, que gustan en su mayoría de este tipo de cine, como demuestra un estudio de taquilla. Una complacencia que eximirá a los espectadores -y a su director- de tener que encontrar en la película algo más de lo que en ella se ve.

Así, y a pesar de la violencia extrema, Irreversible es una película que gustará fundamentalmente a los que dicen ir al cine para entretenerse. ¿Pero acaso hay otra forma de ir al cine que no tenga por causa el deseo de entretenimiento? No, no hay otra forma, pero ustedes me entienden. Seguro que sí.

De todas formas, no estaba yo hoy dispuesto a quedarme con mal sabor de boca. Y eso a pesar de que, efectivamente, me había entretenido viéndola. Como también me habría podido entretener, todo se ha de decir, el haberme curado una herida en la rodilla.

Así que ni corto ni perezoso acudí a mi vidioteca con el fin de resarcirme. Eché una ojeada en el correspondiente sector de uno de mis géneros favoritos y extraje Siete novias para siete hermanos.

Mi estado de ánimo cambió en pocos minutos. De la conmoción sospechosa a la emoción placentera. Sinceramente: es ver la cabaña de Pontipee con esos decorados pintados al óleo y ponerme cachondo, porque en efecto se trata casi de una cuestión sexual. Me ponen más cachondo los volantes blancos de los vestidos que porta Jane Powel que las bragas tanga de Monica Bellucci. Qué le vamos a hacer.

Sólo se puede hablar desde la emoción particular. Me resultan enormemente placenteros, cada vez que veo la película, todos los números musicales de esta película incluídos los más cursis, pero sobre todo me abduce ese en el que los hermanos Pontipee se encuentran trabajando en el bosque sumidos en un profundo estado melancólico. La coreografía resulta perfecta para transmitir, desde la danza, ese estado de ánimo que conoce todo aquel que no obtiene respuesta de la persona que ama.

Siete novias para siete hermanos me sirve. Esa es la mejor descripción que puedo hacer de lo que en mí consigue una película cuando es usada de forma terapéutica. Y yo uso el cine como me da la gana dependiendo de lo que en cada momento me pide el cuerpo. Ver cine no necesariamente exige una sola forma de hacerlo. Yo me acerco al cine de la misma forma que me acerco, por ejemplo, a la gastronomía. Puede que mañana vuelva a ver El caballo de Turin, una de las películas más tristes que he visto. ¿Y qué? Si la película contiene una verdad, una verdad que sólo puede ser subjetiva, me servirá. Yo quiero que las cosas me sirvan. Otra cosa es que todo pueda ser interesante y otra cosa es que todo lo que resulta interesante pueda servir para algo. Ustedes ya me entienden.

Nota. Para quien prefiera ver los textos ilustraditos que acuda a mi blog de cine.

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/04/irreversible-y-siete-novias-para-siete.html

lunes, abril 04, 2016

Penetración: cuestión de puertas

 Análisis cinematográfico de las películas Perros de paja (Sam Peckinpah) y Corazón salvaje (David Lynch) publicado en la web de Trama y Fondo (que es el lugar donde se encuentra el enlace real):

 Penetración: Cuestión de puertas

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/04/analisis-cinematografico-de-las.html




sábado, marzo 05, 2016

Experiencia y moral

La experiencia es un grado. De hecho sin ella andaríamos a 4 patas. Y la experiencia no es más que ese plus que confiere el paso del tiempo estrechamente ligado a la acción. Sin acción no hay experiencia, y entiéndase el término acción desde su aspecto menos deportivo. Acción sería de igual forma preparar una ensalada que leer un libro. Por eso: sin experiencia no hay desarrollo evolutivo del conocimiento. Y por eso: la experiencia es un grado. Todo con independencia de la siempre particular forma de aprovechar la experiencia que tiene cada sujeto.

En la elaboración de todo argumento hay, siempre e inevitablemente, una o varias premisas que inevitablemente son preceptivas. Elabore quien elabore el argumento no hay forma de huir de afirmaciones que son usadas a modo de premisa. A veces éstas se encuentran implícitas en su desarrollo y a veces aparecen de forma explícita. A veces se encuentran en el comienzo del argumento porque precisamente es eso lo que desarrolla el mismo y a veces se muestran en su conclusión, lo que no impide que en el desarrollo del mismo hayan, a su vez, múltiples afirmaciones que no son otra cosa que premisas. Son, por tanto afirmaciones que siendo enunciadas desde la subjetividad del sujeto adquieren sin embargo estatuto de verdad objetiva. Por ejemplo, si yo comienzo un artículo diciendo la experiencia es un grado lo que hago es comenzar con una afirmación categórica que condicionará todo el argumento, entre otras cosas, porque se muestra en tanto que verdad objetiva.

Si admitimos que la experiencia es un grado sin necesidad de andar divagando acerca de sus excepciones, excepciones que no contradirían la mayor sino que la harían fuerte, podemos afirmar que la la niñez, la adolescencia y la juventud no son más que momentos del desarrollo del ser humano que se superan, precisamente, con el objetivo, no siempre explícito, de acceder a un plano superior. ¡No distinto!, como diría un quisiquilloso (educado en la corrección política). Aunque, eso sí, ¡distinto, pero no sólo distinto!, que no es lo mismo. Así, ¿distinto? Claro. ¿Sólo distinto? En absoluto.

En tanto que ser, un sujeto aprende de lo aprendido y aprehendido durante el transcurso de su existencia (experiencia) con el fin de ir accediendo a planos superiores (madurez, sabiduría). Otra cosa muy distinta es es lo que pueda hacer cada uno con todo ese bagaje personal y otra cosa es, también, lo que cada uno piense de todo ello.

Ahora otra afirmación, esta vez derivada de la primera: La experiencia de quien la tiene debe servir fundamentalmente para dos cosas: para mejorar en su desarrollo personal y para servir de ejemplo y guía a esas otras generaciones que aún no la tienen. Esto exige, por parte de los primeros una cierta responsabilidad y por parte de los segundos una cierta sumisión. Un niño debe someterse a sus padres de la misma forma que un estudiante debe someterse a su maestro, porque lo que está en juego es, precisamente, eso que sólo puede ofrecer la experiencia. De otra forma, veríamos normal que un niño de 9 años diera lecciones a sus padres, o que un joven construyera un puente sin haber estudiado ingeniería, o que un estudiante de medicina aprendiera su oficio como si fuera Leonardo da Vinci, o sea, ignorando los avances de 500 años de perfeccionamiento científico. Y tendríamos que valorar de igual forma el dibujo de un niño y un dibujo de Ingres.

En cualquier caso sí hay una clave en el éxito de la empresa, la de la transmisión del conocimiento: la confianza. La necesaria sumisión de quien se admite carente debe ser asumida y asimilada en base a la confianza que deposita en quien debe mostrar su sentido de la responsabilidad. Con una madurez adquirida en base a la experiencia.

En un anterior post hacía una afirmación como mínimo problemática: decía que los los personajes del cine (y de las series) actual se caracterizan por un nuevo paradigma: “la ambigüedad moral, esa, al parecer, con la que se identifican tantos millones de espectadores contemporáneos”. ¿Convendrán conmigo en que resulta, cuanto menos, turbadora?

¿Acaso no resulta turbador que las nuevas generaciones tengan de patrón o modelo a un ser a veces despreciable cuando no directamente a un malvado?

Reapasemos las definiciones de 3 conceptos según Léxico de Filosofía:

Idealismo. Actitud que consiste en creer en un ideal y subordinal a él los actos.
Modelo. Lo que sirve de original, aquello a partir de lo cual se puede reproducir alguna cosa.
Moral. Conjunto de reglas de conducta que se consideran universal e incondicionalmente válidas.

La ambigüedad moral, pues, como consecuencia de una elección tan personal como voluntaria (por muy colectiva que sea la “moda”). Una elección que viene determinada por la atracción que produce un modelo que, precisamente, carece de moral. Podríamos decir que esa atracción hacia el lado oscuro es la consecuencia de un deseo que nace de una sociedad que ha renunciado a todo tipo de idealismo. Y que se ha configurado a partir de la inculcación de un individualismo feroz, ese individualismo que renuncia a la moral por pura comodidad y por puro interés. Un individualismo que carece de escrúpulos porque sólo se nutre del interés propio, el que conduce, a ese ser amoral, a priorizar una estrategia egoísta por encima de cualquier cosa.

Y para acabar, las definiciones de otros dos conceptos:

Escrúpulo. Guijarro pequeño y puntiagudo. Apreciación enormemente rigurosa que una conciencia incisiva, sutil y delicada hace de su propia conducta prestando especial atención a las más pequeñas imperfecciones que de allí resultan.
Estrategia. Conjunto de acciones destinadas a producir un resultado determinado, a eliminar al adversario, etc.; arte y habilidad para dirigir un asunto.

¡Eliminar al adversario!... sin guijarros que frenen esa estrategia...

sábado, febrero 20, 2016

Desmesura o proporción

Desmesura o proporción
Breaking bad o Le petit quinquin

No sería yo quien negara a las series televisivas su papel hegemónico en el panorama de la narración audiovisual. Sobre todo si tenemos en cuenta que las generaciones más jóvenes prácticamente sólo ven eso salvo rarísimas excepciones y blockbusters aparte.

Pero, ¿qué tienen las serie que las convierte en un nuevo paradigma narrativo? Pues tienen la posibilidad de crear personajes casi reales, algo que el cine convencional no se ha podido permitir nunca del todo (?) por una simple cuestión de tiempo. Al menos si entramos en terreno comparativo y los vemos desde los éxitos de la contemporaneidad. Ahora nos parece que en dos horas no da tiempo más que para generar un boceto de personaje mejor o peor definido en función de la calidad de guionistas y directores.

En cualquier caso sabemos que la historia nos ha dejado grandes películas que se podían alabar, precisamente, por su habilidad a la hora de caracterizar con precisión ciertos personajes, a veces con unas pequeñas secuencias o incluso con unos simples planos. Un ejercicio que requería inteligencia, sensibilidad y conocimeinto del medio. Así que no está del todo claro que la contención y la síntesis puedan observarse como elementos deficitarios. Otra cosa sería entrar en las ventajas del maximalismo. Que las tiene. Y si no en las ventajas sí al menos en sus potencialidades expresivas.

En una serie pueden configurarse personajes que evolucionen casi al ritmo en que lo hacen los propios espectadores, y eso dota a esos personajes de un realismo inaudito. Debido a los condicionantes impuestos por la comercialidad de las películas cinematográficas los personajes pueden cambiar -en dos horas- su personalidad sólo a base de elipsis que a veces distancian de la credibilidad. Eran otros tiempos. No así en las series, que por su carácter distendido pueden jugar a la imprevisibilidad y sobre todo, al giro. Sí, al giro.

Así que volvamos a la pregunta, ¿qué tienen las series televisivas que las convierte en un nuevo exitoso paradigma narrativo? Pues eso, que se pueden permitir en la caracterización de los personajes algo que antes sólo estaba destinado a muy pocos personajes del cine: la ambigüedad; o diría más: la ambigüedad moral, esa, al parecer, con la que se identifican tantos millones de espectadores contemporáneos.

En las narraciones clásicas, salvo muy raras excepciones, los personajes o eran buenos o eran malos. De hecho en eso se basaba el cine ya no clásico sino (ya) tradicional. Ahora, y ante la necesidad de estirar una idea narrativa audiovisual en 20, 30 o 40 horas, surge la necesidad de que los personajes no aburran al espectador. Y para ello nada mejor, al parecer, que dotarlos de una ambigüedad que los humanice. Porque, en efecto, es esa ambigüedad la que consigue esa credibilidad que necesitan los espectadores que buscan rasgos identificatorios en los personajes, supongo que para sentirse m´as apoyados. Los seres humanos, lo vemos diariamente a nuestro alrededor, no son buenos o malos; de hecho, lo vemos en los telediarios, hasta los malos tienen su corazoncito, no hay más que recordar la entrevista al panadero donde ese secuestrador de niños compraba el pan todos los días. Así la panadera, “era un tipo encantador que siempre tenía una palabra amable con nosotras”, o el de la vecina de escalera, “era un tipo algo tímido pero sumamente cortés… y muy pendiente de ayudar en lo que pudiera”. No haría falta acudir al límite -del asesinato, etc.- para hacernos entender, bastaría sólo con que un personaje fuera capaz de alternar las buenas acciones con las malas. Ahí ya podríamos tener la base de una serie con posibilidades de éxito. La doble moral está de moda, lo siento.

Pues bien, ahí radica el éxito de tantas series: los personajes no se desarrollan atendiendo a modos maniqueos, sino que lo hacen en función de unos intereses personales de los personajes que se imponen a costa de lo que sea, como tantas veces pasa en la realidad. O por decirlo de forma simple: los personajes son buenos y malos al mismo tiempo; esto es, buenos pero malos, o malos pero buenos. Sirva de ejemplo el personaje principal de la extraordinaria Breaking bad, pero podríamos hacerlo extensivo a muchas de las mejores series de los últimos años. Incluído Lester, ese personaje apocado y bonachón de Fargo que llegado el momento puede llegar a ser más malo que el mismo malvado.

Pero ¿realmente son necesarios tantos capítulos, tantas temporadas, tantas horas de metraje? O mejor, ¿realmente son necesarias tantas horas de narración (40 o 50) para que funcione esa potencialidad expresiva descrita o después de todo responde a una simple cuestión comercial? Bajo mi punto de vista se trata más bien de lo segundo. Acepto sin problemas que la virtud de una buena serie se encuentra en eso que aporta a esa otra forma de narración ya algo periclitada: la profundidad del personaje y la full inmersion a la que te conduce ver 10 horas de forma más o menos consecutiva. Pero también creo que la multiplicación de temporadas no es sino una muestra de desmesura cuyo único fin no puede ser otro que el económico.

Quizá por eso, y después de todo, las mejores fórmulas quizá sean las que son capaces de concentrar todo en, a lo sumo, dos temporadas. O incluso menos. Como Fargo, cuyas temporadas son relativamente independientes, o True detective, o Carnivale. Todo el resto, aún admitiendo sus posibles valores, me parece excesivo y desmesurado. Breaking bad, Mad men, o incluso Los soprano y Louie (dos de las mejores) pudieron mejorar, en tanto que narraciones, con menos capítulos, con menos horas.

Si atendemos a lo visto durante el año pasado mi conclusión sería clara, y no tanto respecto a las series como al cine en general, pues no dejan de ser todo narraciones audiovisuales de mayor o menor duración: lo mejor de 2015 es una serie francesa de 4 capítulos, Le petit quinquin un prodigio de serie que le da un baño a tantas series inglesas y americanas realizadas con presupuestos millonarios.  

Nota. Para ver este mismo texto pero ilustradito ver
http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/

domingo, febrero 14, 2016

Vejez

En principio nada hay más alejado de la muerte que los jóvenes. Pero si esta afirmación puede dar lugar a dudas, que siempre hay quisquillosos apardalados que se ponen nerviosos ante las generalizaciones, la que sin embargo no parece discutible es esta otra: en principio nada hay más cercano a los viejos que la muerte.

Hay gente que teme a la muerte sin importarle demasiado el asunto del envejecimiento y gente a la que le da más miedo el envejecimiento que la propia muerte. Y gente que no teme a nada. Siendo incapaz de pertenecer a este último grupo sería yo de los que pertenece al primero. Creo firmemente que hay una dignidad en el envejecimiento que permite la serenidad que te niegan los impulsos que se fían al futuro. A pesar de todo. Otra cosa sería desaparecer.

Sin embargo observo que cada vez más gente pertenece al segundo grupo. Gente a la que le deprimen las arrugas, por ejemplo. No tanto las pastillas o las canas cuanto las arrugas. Así, gente que es capaz de cualquier cosa para restringirlas. De cualquier cosa.

La pregunta sería, ¿cuándo puede a una persona empezar a considerársele viejo? Las respuestas admiten variables, pero parecería razonable afirmar que cuando la piel adquiere esa textura que sólo otorga generosamente la propia vejez. O cuando se pierde un centímetro de estatura. O cuando se necesitan 3 pares de gafas con las que no se acaba de ver bien nunca.

Sin duda que Michael Caine y Hervey Keitel son dos viejos en la película que hábilmente ha sido llamada Juventud. Dos viejos que se toman ese estadio de sus vidas de forma distinta. En cualquier caso, ambos con suma dignidad. Porque si algo se infiere de los personajes es lo que podŕiamos aprender de ellos con independencia de innecesarias identificaciones.

Dos viejos que rinden culto a la amistad y se enfrentan a su destino con desiguales actitudes. Juventud es una película sobre los estadios del tiempo del ser y en especial del último. Los protagonistas son dos viejos, pero también está ahí el niño que quiere ser violinista, la adolescente que se comunica con las manos, el joven actor descreído y el matrimonio “mudo”. Aportando, todos ellos, el matiz que los contempla igualmente como futuros viejos, como mortales en definitiva.

Caine no quiere volver a trabajar y se siente liberado por no tener que hacerlo pero, quizá por ello, el tiempo se ralentiza para él de forma poco grata, sin embargo Keitel no puede dejar de trabajar por lo que, quizá por ello, el tiempo pasa por él a gran velocidad, a pesar suyo. Las consecuencias que en ellos producirá su personalidad determinará su futuro, ese futuro que un viejo es siempre anecdótico, minúsculo.

Addenda. No tenía previsto ver esta película en el cine, pero una amigo me la recomendó. Mi desinterés provenía de los prejuicios en mí generados por la última película del director, que me pareció extraordinariamente mala por mucho que obtuviera éxitos bastante consensuados. Para mí La gran belleza era una película fatua, pretenciosa y formalmente casi obscena. Mala, en definitiva.

Por otra parte se encontraban las críticas profesionales que Juventud había tenido desde sus inicios, que aunque no eran determinantes en mi decisión, sí que algo sumaban a mis prejuicios. El caso es que la crítica, digamos más intelectual, la había machacado; la misma crítica que curiosamente ensalzó a La gran belleza. Y cuando digo machacado posiblemente me haya quedado corto respecto a lo que fue. Corto al menos en lo que pueda sobre-entender el lector de este texto. La calificación que le puso la revista Caimán, por ejemplo, la situaba como la peor película del año, teniendo por delante incluso muchas intrascendentes películas de acción. Así que sólo hacía falta la llamada de un amigo para que las cosas me cuadraran y emergiera, así, mi deseo de ver Juventud.

Juventud no es una obra maestra, desde luego. Ganaría mucho con unos 40 minutos menos de metraje y le sobra sofisticación, así como escenas demasiado video-cliperas, o escenas fellinianas innecesarias por forzadas. Pero la película es, de todas formas y a pesar de todo, una película inteligente por mesurada, precisa y elegante en todo ese metraje que nos queda. Contiene secuencias memorables y lo que para mí no cabe duda es que sus logros, pocos o muchos (según quién), son muy superiores a cientos de películas que reciben críticas tibias o incluso buenas. Una película que transmite sosiego aun a pesar de los asuntos  peliagudos que trata, con unos actores extraordinarios, incluída, cómo no, la soberbia interpretación de Jane Fonda en su papel secundario.

domingo, febrero 07, 2016

Premios Goya

Lo decía en un post reciente, el sentimiento es algo que se tiene, algo que ante la percepción adviene de una determinada manera. Sentimiento al que podemos poner nombre si queremos. Yo se lo podría poner al que me produjo ayer el visionado de los Premios Goya.

Visto así, en global, tres son los aspectos que por evidentes mejor sirven para identificar el espíritu del espectáculo, que no es otro que ese que ya se ha instalado como el único posible; a saber: el humor -lo cómico- , la exaltación de lo propio y el activismo político. Los Goya parecen no poder renunciar a ninguno de estos tres aspectos tan, cómo decirlo, tan… “originales”. Porque ¿qué sería hoy de un espectáculo -parecen preguntarse los creadores del mismo- cuyo ritmo no viniera inscrito en el autobombo, en la trepidancia, en los chistes y en la complacencia pandillera? Lo saben: nada, al menos nada a nivel masivo, que parece ser el único nivel posible. Así que no hagan mucho caso a lo que sigue, si hay alguien equivocado en esta discrepancia con el statu quo soy yo.

Son ya demasiados años con la obsesión de pretender una gala musical y graciosa, a la americana. Las consecuencias las vimos ayer: no sólo el presentador hablaba como si estuviera en el Club de la Comedia, sino que también lo hacían muchos de los galardonados. Al parecer se ha instalado esa forma de hablar que consiste en decir una parida que no lo parece y hacer un pequeño silencio para rematar la ocurrencia con una frase que despierte las risas y arranque los aplausos. Con el gestito adecuado, por supuesto.

Se podrá argüir en mi contra lo que se quiera, pero la cuestión es que el año pasado tuve la oportunidad de ver la entrega de Premios del Festival de San Sebastián y me pareció absolutamente deliciosa en su sobriedad, con dos presentadores neutros que engrandecían a todos los premiados dándoles un verdadero protagonismo. Además es en esas circunstancias donde ciertos discursos pueden tocar verdaderamente la fibra del público espectador. Vivir en en el permanente estado del chiste impide muchas veces localizar ese momento en que las cosas pueden ir en serio.

Pero la seriedad se encuentra menospreciada. Hoy todo el mundo quiere divertirse. Y aplaudir extemporáneamente. Porque esa es otra cosa que se ha puesto de moda, no se aplaude ya sólo al final de un acto, o ante la entrega del premio, o ante el homenaje, sino que también se aplaude en todos esos momentos en los que alguien hace gala de su buenismo, es decir, de su supuesta bondad manifestada en público. Alguien dice por ejemplo, “no podemos consentir que haya más pobres” y todo el mundo se arranca en aplausos. Algunos hasta lloran. ¡Cuánto actor!¡O cuánto imbécil!

Escuché atentamente a todos y cada uno de los galardonados y,de nuevo, comprobé hasta qué punto lleva razón Cipolla en su libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, sobre todo cuando afirma que alguien puede ser un perfecto estúpido con independencia del correcto saber hacer llevado a cabo en su faceta profesional. Aquí yo no llegaría a llamar estúpido a nadie -o sí, no sé-, pero lo cierto es que la carencia de inteligencia en los discursitos ha sido más que evidente, confundiendo, del modo más pueril, sensibilidad con sensiblería. Con alguna excepción por pequeña despreciable.

Pero que lo sepan la Academia y los expertos en marketing que organizan los Goya: así, entre chistecitos fáciles, histrionismos (in)controlados y lágrimas de botellín, no habrá nunca forma de conseguir que alguna alta instancia -política- pueda tomar conciencia de la verdadera necesidad de invertir en cultura. Más bien al contrario, se sumará a la fiesta, ya sea desde el teatro o desde su casa. Para divertirse. Sólo tendrán que aguantar las embestidas aquellos que poseyendo algún cargo político se encuentren presentes en el teatro. Total: después, todo el mundo lo sabe, nunca pasa nada. Otra cosa sería que todas esas justificadas quejas se formularan desde un ámbito distendido pero sobrio y elegante. Algo que exigiría inteligencia, cualidad de la que se carece. Porque talento hay mucho -vendido- pero inteligencia poca. Y del valor ni hablo, pues el gremio se encuentra atenazado por la Corrección Política. Y sus militantes adocenados. No hay más que ver la temática dominante de las películas nominadas.Parecen haberse ideado a fuego de campamento.

Es como si la tesitura sólo pudiera consistir o en divertirse o en morirse. Algo, por cierto y haciendo un pequeño paréntesis, que lleva inscrito en su ADN el nativo digital, y de lo que se han contagiado los “mayores” a fuerza de querer vivir una eterna juventud. Ya todo tiene que ser diversión o muerte. Ahora bien, si lo que se elige es muerte, algo que queda bien de vez en cuando, hay que hacerlo atornillado a lo políticamente correcto porque eso asegura abrazos y aplausos. O sea, hay que morirse de mentirijillas, como si de un personaje se tratara. No hay más que ver el teatro que desde hace años se escribe y representa: 90 % de risas (supuestamente) y 10 % de muerte (de supuesto compromiso panfletario).

Como en su ADN llevan los nativos digitales el hecho de acceder a su deseo sin preocupación alguna por la legalidad del acto que le permite ese acceso. Porque no nos engañemos, a los nativos digitales, esto es, a los jóvenes (hablando en plata), les importa un carajo la propiedad intelectual y sus derechos. Estando la mayoría de ellos, lo sabemos, muy preocupados con el cambio climático. Se lo descargan todo porque saben que, precisamente en España, NO hay Justicia. Porque NO la hay. Sabemos que los más canallas se la pasan por los fondillos y no pasa nada. Así: no la hay.

Pero después está la desmesurada exaltación de lo propio, el otro gran aspecto al que nadie quiere renunciar en la gala. Que si “viva el cine español”, que si “el cine español es lo mejor”, que si “tenemos que seguir apoyando el cine español”, etc. Entiendo que la gala es una fiesta del cine español, de eso no hay duda, pero por eso mismo debería ser el propio cine el que hablara por sí mismo y dejar de una lado todas esas consignas tan propias del sentimiento de exaltación de lo propio, siempre tan sospechoso.

En cualquier caso la forma se ha adecuado, una vez más, al fondo, y en ese sentido no deja de haber una cierta coherencia. El nivel de las películas nominadas deja mucho que desear, algo que no debe sorprendernos si tal y como decían en la gala todas ellas han sido producidas (en alguna medida) por las televisiones. La televisión no es la plataforma adecuada para películas realizadas en verdadera libertad. Podrían citarse de carrerilla los mejores 20 directores de la actualidad y comprobaríamos que ninguno de ellos tiene sitio en la parrilla televisiba, salvo, de nuevo, raras excepciones que vuelven a ser despreciables desde el punto de vista cuantitativo.
Un buen ejemplo de lo que la gala es para el espectador digital la dio en una entrevista la ganadora del Premio a la Mejor Actriz Principal. Ante la pregunta “¿Qué sientes ante este reconocimiento de la Academia?” contesta “no lo sé, es todo muy… estoy deseando llegar a casa para verlo en el vídeo”. Entre la diversión o la muerte, la actriz eligió muerte, en directo (el teatro), sobreexcitada, aturdida y histérica, para después divertirse en diferido (su casa). Ya nadie es nada sin su existencia grabada. Por otra parte, ahí estaba en el público un Vargas Llosa que parecía haber ido a remolque y en las tablas un Serrat que desafinó como nunca, supongo que para hacer honor al espectáculo.

Lo único que me pareció interesante fue ver cómo cortaban los discursitos a los galardonados cuando estos se iban por las ramas diciendo memeces. Algo, por cierto, de lo que se quejaba el ganador al Mejor Actor Principal (que decía no gustar del dudoso criterio de cortar los discursos con música), perfecto representante de ese tipo de “buenas personas” que sólo entiende de límites cuando alguien traspasa los por él impuestos. O los de su "clan".

Nota. La que sin duda se fue a su casa con el esfínter bien limpito fue Manuela Carmena.