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lunes, mayo 14, 2018

Teatro en domingo


¿Qué cosa es el público? ¿El público de qué? O mejor, ¿dónde está cuando no está donde debe?

Llevaba años esperando esperando -sin Godot- que algún espectáculo dramatúrgico me sacara de su estado letárgico. Y mientras esperaba me aburría o me indignaba precisamente por no cejar en esa esperanza. Esperanza en la espera activa, pues. Casi casi basura ha sido todo lo que a uno se le ha venido encima en los teatros a los que he ido acudiendo estos últimos años. No exagero. Basura aplaudida con ímpetu sin duda por un público ignorante por ideologizado o infantilizado. Años acudiendo al teatro, casi cada semana, con la esperanza de que, como en antaño, alguna obra me conmoviera. Alguna. De vez en cuando siquiera. No por una cuestión de innecesaria nostalgia, sino de pragmática necesidad. Cada vez más necesito creer en algo.

Ayer se cambió la dinámica. Tuve la suerte y el privilegio de ver un montaje teatral de primer orden. Como era de esperar, de prever y de suponer no éramos más de 30 personas las que en un domingo por la tarde tuvimos esa suerte y ese privilegio. La obra: 1789, en un universo paralelo, de Hadi Kurich.

Pero ¿por qué cree uno que había tan poca gente? Pues por varios motivos, los mismos motivos por los que, ya de entrada, se me hace difícil comprender la existencia de esta obra en los teatros valencianos: NO es una comedia, NO se trata de una compañía valenciana (subvencionada) y por último se trata de una obra exigente en la medida en que pudiendo ser entendida por la universalidad del texto, la verdad es que sólo una persona medianamente culta puede disfrutarla en plenitud. Así, pues, obra condenada al fracaso, el fracaso por el que hoy en día se mide todo. Sin embargo su indudable éxito se encuentra en la obra en sí misma, un prodigio de montaje para un texto milimétricamente preciso. El éxito de esta obra no era probable, pero ya se sabe: hoy en día, en estos tiempos de corrección política y de ideología agresiva, el éxito, cualquier éxito no puede ser otra cosa más que una forma de sofisticado fracaso. Y viceversa: muchos fracasos no pueden ser más que un signo de éxito. Así pues, 1789 un éxito (30 espectadores en domingo). Las cosas excelentes necesitan fracasar en alguna medida para poder ser excelentes. En alguna medida, repito, en alguna medida. 

El título ya avisa para que nadie se lleve a engaños. Un título disuasorio -y por tanto valiente- para todos aquellos que no le pongan cara a esa fecha, que son tantos... De hecho mi acompañante no sabía nada acerca de la fecha, ni reconocía los nombres de los personajes ni de lo que supusieron en la historia real. De tal forma que se tuvo que conformar con dejarse llevar por unos diálogos que no le referenciaban ni remitían a hechos concretos del pasado -del que salía este texto ficcional-, pero no por ello dejó de disfrutar por el sentido de universalidad que se desprende de la elaboración de un texto bello y preciso al que se añade la sobriedad de las interpretaciones. ¡Qué raro ya es encontrarse en el teatro algo de inteligente sobriedad!

Un espectáculo... ¡sobrio!, qué extraña paradoja y ¡qué bienvenida!: un espectáculo que utiliza la creatividad escenográfica para generar las sutiles metáforas que le permitirán evitar esa espectacularidad digital que tanto necesitan los ignorantes (al menos cuando no hay risas). Ignorantes, sí, los ignorantes que ha ido generando una Opinión Publicada absolutamente alineada, alienada y cobarde, que dejó de hacer verdadera Crítica de Teatro para que toda obra pudiera tener el mismo éxito merecido. Igualdad: todo es maravilloso y nadie es menos que nadie en el producto artístico. En la era de la corrección política no cabe ya la verdadera Crítica; ya no cabe el derecho al pataleo debido a una suerte del relativismo cultural que se nos ha impuesto por la vía de un buenismo populista; un buenismo cuya principal función es velar por la salud mental de los mediocres. No está hecha la miel para la boca des asno. ¿Éramos 30 personas en el teatro? Pues eso.



domingo, marzo 11, 2012

Poderes

Las cosas suceden con independencia del nivel de escepticismo que pueda contener la humanidad entera.

Jamás pensé que pudiera sucederme a mí, pero una realidad ajena a mis deseos y a mi voluntad se impuso; o mejor dicho, se me impuso. Seré claro y directo: no sé muy bien por qué pero la cuestión es que de un día para otro he adquirido, digamos que ciertos poderes. Y lo digo yo que siempre me consideré un escéptico radical. En efecto, como si de una venganza se tratara la cuestión es que mi ya pretérito alto grado de escepticismo se ha visto pisoteado por la cruda realidad, en este caso la realidad experimentada en mis propias carnes. Y debió ser de alguna forma previsible, pues como apuntaba el infalible Hegel en su Fenomenología, no se puede ser siempre escéptico en todo y a toda hora.

Así, y por ir al grano: de un día para otro he adquirido ciertos poderes; o por decirlo de forma más concreta: desde hace unas semanas me he convertido en vidente. Me arroba decirlo así, pero la afirmación se corresponde con una verdad tan categórica que tengo claro que se trata de la forma más honesta de decirlo. Soy vidente; es decir, tengo la facultad paranormal de ver el futuro. Al principio no fue más que una sensación de preclaridad, pero con el tiempo fui viendo que se trataba de algo más. De hecho intenté no contarlo a nadie, pero al final emergía de tal forma mi videncia que no pude evitar hacer uso de ella en mi entorno.

No sé cuál es la causa de todo esto, pero la verdad es que soy capaz de prever ciertas “cosas” que todavía se encuentran por acaecer. Soy capaz de ver más allá, eso es todo. Tal es la capacidad que ya recibo peticiones de amigos de amigos que pretenden una cita conmigo. Bueno, para ser sincero, debo decir que se trata, más bien, de amigas de amigos, ya que las peticiones de citas vienen del lado femenino de forma abrumadora (sólo dos hombres me han solicitado cita). La cuestión es que me ha pillado todo por sorpresa, así que, aunque sólo sea por lo novedoso del asunto y sobre todo por lo increíble del mismo, he cedido a la tentación de confirmar mis poderes. Y he accedido a verme con ellas habiendo primero aclarado mi anti-profesionalidad. Lo curioso del asunto es que cuando, quizá por pudor, me he visto obligado a dudar de mí mismo debido a mi pasado escéptico, el interés ha siempre aumentado.

Mi metodología es, lógicamente (¿) intuitiva, pero la hay. Es extraña y heterodoxa pero no por ello deja de ser metodología. Todavía no se la he contado a nadie, pero me atrevo a contarla aquí porque he comprobado, a lo largo de los 4 años que llevo escribiendo este blog, que la gente de mi entorno (entre ellos mis propios amigos) no me lee. Que yo sepa sólo me lee uno, “Chiqui” Peiró (con el que me he cruzado 3 o 4 veces en la vida), y sé que me lee porque me lo cuenta su hermano, que es verdaderamente mi amigo y no me lee. Así pues, puedo contarlo sin que ello me cree un perjuicio de over-booking. Allá va: para “conocer” el futuro de la persona que sale a mi encuentro sólo tengo que fijarme en su calzado. Sí, en su calzado. Resulta sorprendente, pero no por ello menos cierto: basta una simple mirada de soslayo al calzado de alguien para entrever las grandes líneas maestras de su futuro. Veo el calzado de alguien y “veo” su futuro. Veo calzados y me advienen unas imágenes que, al menos en principio, no tienen una conexión clara con el lenguaje verbal. Así, creo que con independencia del poder que sin duda poseo, hace falta cierta cualificación para traducir al lenguaje lo que no son más que inconexas imágenes oníricas. Quizá ese sea el verdadero poder: el de saber traducir lo que todo el mundo “ve” sin verlo.

Hasta ahora no he fallado con ninguno de los que me han solicitado audiencia para mi videncia. Pero no se vaya a creer el lector que esta facultad la poseo sólo con los allegados. ¡En absoluto! La poseo respecto a todos los seres humanos con los que me cruzo, estén donde estén; es decir, estemos donde estemos. De ahí que pueda conocer, no ya sólo el futuro de ciertas personas, sino también, y por extensión, el de ciudades y el de países. Es decir, si me dedico a pasear por Valencia, mi ciudad, soy capaz, a poco que me lo tome en serio, de saber qué destino le espera a esta ciudad. Si el paseo lo extendiera por varias ciudades españolas podría conocer el futuro que le espera a España. Y así sucesivamente. ¡Y sólo con observar el calzado de la gente! El margen de error que pudiera darse en mis predicciones se debería, sólo, al hecho de no haber paseado lo suficiente, pero ya se sabe: hoy en día no existe la clase media. Lo que facilita las cosas enormemente.

Coda. Como le sucede a todo converso yo también he sido alcanzado por un estigma. El proceso en el que fui descubriendo mis poderes se desarrolló paralelamente a una transformación peculiar de mi voz. Así, hubo un signo exterior que iba ratificando la transformación. Mi tono de voz, mi modulación, la entonación y la cadencia de las frases estaba cambiando de forma ostensible. O por decirlo para que Ustedes me entiendan: he acabado hablando como James Stewart, como el James Stewart español, se entiende. Ya no sé hablar como antes, ahora ya sólo puedo hablar como Scottie. ¡Qué bello es vivir!