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jueves, enero 11, 2018

Autopista a la Maldad

Se ha apuntado mas de una vez en este blog. La maldad avanza con paciencia y sin freno.

Uno perdió toda esperanza cuando vio el uso que, después de todo, se hacía de Internet. 

Antes de que se impusiera como forma de comunicación total y bastante antes de que las redes sociales se impusieran como forma de vida absoluta uno creía, en toda su ingenuidad, que Internet serviría para impedir que grandes grupos (mediáticos, financieros, políticos, empresariales) nos siguieran humillando y aplastando sin piedad. Uno creía, en toda su imperdonable ingenuidad, que una vez fuera posible la comunicación total y a tiempo real entre TODOS, no habría nada ni nadie que pudiera humillarnos a TODOS. ¡Cuán estúpida ingenuidad la mía! No sólo siguen haciéndolo sino que además lo hacen a cuerpo de rey, es decir con el beneplácito de TODOS, ya mucho más preocupados por sus Insta que por la humillación a la que les someten de forma persistente todas las compañías de telecomunicaciones. Y las de distribución de energía.

Acaba uno de cambiarse de compañía una vez más, con todo lo ello lleva de diálogos surrealistas y de trámites kafkianos. Y por tanto de pérdida de tiempo y dinero. No había forma de hacerse entender ante ninguno de los interlocutores que preguntaban acerca del motivo por el que uno quería cambiar de compañía. Uno les decía de forma concisa, reiterativa e imperturbable: “no puedo soportar ni consentir que se premie la infidelidad”. “Cómo... qué... no entiendo”, contestaban todos los sabios que tienen contratados de mortecinos tele-comunicadores. Así uno sin concesiones ante la ignorancia ética y ontológica: “No puedo entender que después de años como cliente fiel de esta Compañía uno esté pagando más que cualquiera de los que entra de nuevo, me parece una política contranatura por perfectamente injusta, además de poco agradecida”.

Algo huele mucho a podrido. Y mucho se teme uno que las Compañía de Telecomunicaciones no son las únicas responsables de sus actos y decisiones. 


Post Scriptum. Llevan años diciéndonos, tanto desde Tráfico como desde todos los Medios de Comunicación, que la inmensa mayoría de accidentes mortales se producen en carreteras secundarias. Seguramente por eso, una de las decisiones más anunciadas a principio de este nuevo año ha sido el incremento sustancial del peaje en las autopistas. PURA MALDAD. Y mientras los internautas comiendo pipas. 

jueves, noviembre 30, 2017

Sobre la igualdad II ¿Hipocresía, ignorancia o maldad?

O sobre La Manada

El post anterior se fundamentaba en sendas frases de mis dos sobrinos mellizos; la de ella, “La verdad es que las chicas y los chicos somos muy diferentes... y además eso lo sabemos todas”, y la de él, “Eso es verdad, nosotros también lo sabemos todos, es que salta a la vista”. Y yo afirmaba que ellos demostraban saber aquello que no sabían los adultos (?) embriagados por los beneficios sociales y económicos de la Corrección Política. Pero va y resulta que la lectura que hacen los menores es puramente materialista, es decir, basada en lo que para ellos es irrefutable por estar ahí: “salta a la vista”. Y, en efecto, si hay algo que salta a la vista ya para un niño primero y para un adolescente después es que los hombres y las mujeres NO son iguales. O, por darle un giro a la frase de mi sobrino y sin abandonar ni un ápice su significado: (cuando digo que) NO somos iguales (lo digo) debido a aquello “que salta a la vista”.

No se trata de negar todo aquello que, en tanto que seres humanos, nos iguala a ambos sexos, que es mucho más que aquello que nos diferencia, pero eso no quita para que las diferencias, evidentes ya en el propio físico, sean condicionantes determinantes, como lo es aquella que resulta más que determinante definitiva: la capacidad de engendrar hijos en el propio cuerpo. Ellos estaban hablando, sólo, de sexualidad y de predisposición hacia el otro en tanto que posible partenaire; de deseo, del tipo de deseo y de la forma de gestionar ese deseo. Y así, mientras él se mata a pajas porque su índice de testosterona le exige explotar de forma constante (la plenitud sexual de un varón se encuentra en los 19 años), ella se acuesta todos los días con la mirada perdida (la plenitud sexual de una mujer se da a los 35 años). Y eso sin contar lo que hacen con “el otro”, que daría para otro enfoque textual.


En cualquier caso ambos llevan cerca de 8 años pudiendo ver, que es lo mismo que decir “viendo”, todo tipo de vídeos a través de sus teléfonos móviles, smartphones. ¿Y qué es eso que llevan viendo desde que tenían 10 años? Pues todas esas cosas de las que por tradición les habían protegido los adultos responsables. ¿Y de qué les protegían en antaño esos adultos responsables a esos niños sus hijos? Pues de todo aquello que pudiera perturbarles hasta el punto de generarles ideas equivocadas, cuando no monstruosas, sobre algo que resulta clave en el desarrollo de un ser humano civilizado: la sexualidad; de todo aquello que pudiera generarles un trauma que podría quedar oculto en el consciente pero no así en un perturbado inconsciente. ¿Pero qué es entonces eso que desde los 10 años ven con “naturalidad” los niños con sus tierna y frágiles mentes? Pues yo se lo diré: ante todo mucha sexualidad donde prevalece la violencia ejercida en todos los sentidos y direcciones. O por decirlo de forma que ustedes, padres responsables y reivindicadores sociales de la igualdad, puedan entender mejor: lo que ven sus pequeños, gracias al dispositivo que ustedes le regalaron a los 10 años, es eso que incluso a ustedes les costaría digerir y asimilar; no pornografía al uso, no, no se engañen porque eso no es compartible entre amiguitos debido a su vulgaridad; no, lo que ven sus pequeños es a una mujer siendo follada por pongamos 8 hombres que la manejan como un trapo, forzándola, follándosela simultáneamente por el coño y por el culo mientras se la tiene que chupar a 2 o 3 más que se la meten en la boca hasta que a ella se le corre el rimel de las pestañas; así sucesivamente y alternándose ellos mientras ella tiene que superar, sonriendo, las arcadas que le producen las pollas en la garganta. Usted, claro, como padre/madre responsable de su adorado/a hijito/hijita no sabe lo ve su adorado/a hijito/hijita en el dispositivo maravillo que le regalaron a los 9 años, un montón de vídeos con protagonistas guapos, musculosos y con pollas grandes que usan la violencia sobre chicas que parecen disfrutar a lo bestia de tanta bestialidad, con estrangulamientos, felaciones profundas, escupitajos, bofetadas, etc. Usted, claro, que es un padre/una madre actualizado/a y feminista/o defensor de la igualdad no le importa que eso que eduque a sus maravillosos hijitos/hijitas en materia de sexualidad sea aquello que pueda provocar daños irreversibles; por ejemplo, ver a una tierna joven sobre la que de forma continuada y consecutiva se corren en su cara 20 o 25 hombres de todo tamaño, aspecto y condición que se encuentran alrededor de ella pajeándose durante la media hora que dura ese simpático vídeo en el que ella sonríe constantemente. Pero sepan ustedes que ellos/ellas, sus adorables hijitos/hijitas, saben perfectamente lo que es una Gang Bang y lo que es un Bukkake... a los 10 años. Y después se sorprenden, como gente de bien que son ustedes, por supuesto, de lo que ha pasado con La Manada.

viernes, noviembre 24, 2017

Carta abierta a la sociedad actual y escatología

No me quedé con las cifras reales que el locutor pronunciaba ayer en la radio, pero lo que sí me quedaron claras fueron las proporciones, que según los datos (tomados a varios miles de personas) eran de once a uno. La encuesta a la que hacía referencia pretendía averiguar las preocupaciones ciudadanas respecto a su relación con la calle y los espacios públicos a base de propuestas de los propios ciudadanos; pues bien, el segundo asunto más votado habría sido el de generar refugios para gatos abandonados, con una cifra apabullante, tan apabullante que era 11 veces mayor que esa otra cifra que representaba a quienes habían propuesto la creación de espacios de atención a vagabundos y gente sin hogar.

Cambio de tercio (creo). A bombo y platillo se hacían cargo ayer todos los medios -tanto escritos como audiovisuales- en sus respectivas secciones de que casi 4 millones de personas estuvieron pegados a su televisor el día de la final de Master Chef Celebrity. Un share espectacular. Muy probablemente otros dos millones más estuvieran viendo los avatares (nunca mejor dicho) de Gran Hermano. A saber qué veían los que veían La Sexta, o Antena 3 o incluso La Primera.

Dice la noticia “9,8 es la media de edad en la que los niños reciben su primer teléfono... el 80% de ellos entra todos los días en internet y en sus redes durante una media de dos horas”. La noticia es dada de forma neutra, aséptica, sin opinión. Sin embargo dos meses antes apareció esta otra noticia en el mismo periódico;: titular: “El amor eterno ya es un mito a los doce años”; subtitular: “Una aplicación del móvil consigue que los adolescentes dejen de lado una visión del amor guiada por mitos -como 'el amor lo puede todo'”. Y después dicen que el pescado es caro.

Así que emulando al gran Fernán Gómez yo digo “¡se va usted a la mierda, sociedad actual!”... esa sociedad de la que por supuesto formo parte.

Menos mal que hoy empieza el Black Fridey... de mierda!

lunes, mayo 01, 2017

De niños, adolescentes y adultos

 Ahí están ellos tecleando sus aparatitos con sus veloces y asquerosos deditos. Sentados todos ellos en el banco del parque, concretamente en el situado más cerca de la salida, tecleando sus aparatitos con una compulsión poco propia de seres de su edad. Así, sentados en el banco de forma desordenada pero nada casual, teclean todos ellos sus respectivos aparatitos cogidos con firmeza, con ambas manos diría, y moviendo los dedos a la velocidad de la luz, como si les fuera la vida en ellos, que les va, como puede observarse por la velocidad a la que mueven sus veloces y asquerosos deditos. No se hablan entre sí esos niños que se encuentran en el banco del parque sentados con sus aparatitos, esos aparatitos que miran fijamente como si les fuera la vida en ello, que les va. No hablan, no se hablan, sólo miran hacia sus brillantes aparatitos moviendo sobre ellos sus veloces y asquerosos deditos mientras llega un grupo de adolescentes que decide sentarse en el banco de enfrente. Tras unos instantes de risas los adolescentes toman posición definitiva del banco. Sentados de forma desordenada y sin que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido dar una orden de salida se ponen todos a teclear sus aparatitos con sus dedos asquerosos, dedos que no son ni de niño ni de adulto; dedos que no son como los dedos de esos niños que se encuentran en el banco de enfrente tecleando de forma asquerosamente compulsiva sus aparatitos brillantes; dedos que no son como esos gruesos dedos de adultos que tienen su padres. Resulta francamente repugnante ver a esos niños olvidarse de su infancia mientras se concentran en la luz que despiden sus respectivos cacharros, diría yo. Niños que se han olvidado de sí mismos debido a esos aparatitos que toquetean con sus asquerosos deditos veloces, aparatitos que pronto serán cacharros con bordes descascarillados que irán a parar a la basura después de una vida intensa si es que pudiera hablarse de vida cuando se habla de aparatitos. Resulta francamente repugnante ver a esos adolescentes actuando exactamente igual que los niños que tienen sentados en el banco de enfrente, ese banco que se encuentra junto al Frankfurt que se encuentra a la salida del parque. Adolescentes que se han olvidado de ser adolescentes después de haberse olvidado de haber sido niños mientras toqueteaban unos aparatitos brillantes que manejaban con ambas manos simultáneamente. Repugnante por desolador resulta ver a esos adolescentes toqueteando enfermizamente unos cacharritos mientras se le va la vida en ellos, por ellos a través de ellos, que se les va. Como desolador por repugnante resulta ver a esos niños que hacen lo mismo que esos adolescentes a quienes se les va la vida toqueteando compulsivamente sus cacharritos. No hablan entre ellos, sólo manosean de forma enfermiza por compulsiva esos aparatitos que pronto serán cacharros, diría. Así, mientras no hacen otra cosa, lo que hacen esos adolescentes es mover sus asquerosos dedos a toda velocidad sobre esos aparatitos brillantes que les fascinan. Así, mientras esos adolescentes no hacen otra cosa que mover a toda velocidad sus asquerosos dedos mientras se les va la vida en ello, que se les va, los niños del banco de enfrente no hacen otra cosa que mover sus asquerosos y veloces deditos sobre esos aparatitos brillantes por los que se les va la vida, que se les va. Allí están, junto a la salida del parque, sentados de forma desordenada y nada casual, un puñado de adolescentes que no hacen otra cosa que lo que les apetece, que es precisamente lo mismo que hacen esos niños que se encuentran sentados en el banco de enfrente que se encuentra situado a la salida del parque junto al Frankfurt. Niños que no hacen otra cosa que lo que les apetece: mover sus asquerosos deditos compulsivamente sobre unos aparatitos brillantes sumamente parecidos, si no iguales, a los que poseen sus padres, quienes habitualmente mueven sus dedos veloces, pero no tanto, pero sí más gruesos y por ello más asquerosos, sobre unos aparatitos brillantes, diría, que recargan todas las noches junto a la cama, en la mesita de noche. Así, esos niños que se olvidan de ser niños mientras hacen lo que hacen sus padres -siendo niños que no hacen otra cosa que manosear esos cacharritos como lo hacen sus padres, que recargan esos cacharritos todas las noches junto a su cama-, esos niños, digo,  no hacen otra cosa que lo que hacen sus padres, padres que con sus gruesos y patéticos dedos no hacen otra cosa que manosear sus aparatitos brillantes cogidos firmemente con las dos manos. Moviendo sus gruesos y asquerosos dedos a toda velocidad, que es una velocidad patética, como si les fuera la vida en ello, que les va, mientras se les va la vida en ello, que se les va. Y así Ad libitum.


miércoles, abril 18, 2012

Contraseña y contabilidad

(Que en realidad es un post scriptum)

1.Siento de veras asignar responsabilidades a los jóvenes ante lo que acaece, y siento de veras exigirles un activismo con tintes sacrificiales. “Es lo que hay”, que dirían ellos. Pero la verdad es que no pueden exigir cambios radicales en el Sistema sin renunciar a los beneficios que graciosamente fueron por ellos aceptados sin (querer) reparar en que era el propio Sistema quien le proporcionaba los beneficios a los que ahora no quieren renunciar. Nada hay más fácil que aceptar dádivas y caricias, y nada hay más fácil que ignorar lo que las dádivas y las caricias llevan implícitas en un mundo capitalista que tan bien sirve a los personales intereses INMEDIATOS de todos aquellos que después se hacen los despistados. Así, es cierto aunque sólo de alguna manera, los jóvenes son responsables de lo que les acaece.

2. A aquellos que tengan una mañana libre les recomiendo que acudan a una tienda de telefonía móvil céntrica. Les recomiendo que cojan número de expendeduría y que se queden en la tienda todo el tiempo que sean capaces de aguantar. Deberán ignorar su turno (si es que hiciera falta) e intentar quedarse un buen rato. Una hora bastaría para hacerse una idea cabal. Verá entonces pasar ante su ojos personas variopintas en toda la extensión de la palabra y podrá distinguir a los que van a adquirir una línea y los que van a formalizar una queja. Podrá observar, ante el primer caso de cliente, la falsa ingenuidad de quien debe conservar algún tipo de esperanza y podrá comprobar, también, la profesionalidad de unos jóvenes dependientes que deben, ante todo, poner aspecto de new deal. Y podrá observar, si es capaz de aguantarlo, todo el cúmulo de quejas desesperadas de clientes que llegarán allí con el único fin de solventar la indefensión que les ha conducido al desamparo; un desamparo que ahoga su vitalidad y su cuenta corriente. Y podrá observar, también, la poca profesionalidad de unos dependientes que no sabrán qué hacer ante argumentos incontestables y cotejados. Con cara de póker.

3.Abro en el ordenador mis conexiones a internet. Busco en conexiones inalámbricas. Hay doce “lugares” en mi entorno. Los doce con su particular e infranqueable contraseña. Todos, pues, pagando su “vía de conexión”. Nadie, pues, compartiendo su “vía de conexión”. Todos pagando su individualidad. Todos pagando su individualismo. Nadie, por tanto, compartiendo gastos. Nadie, por tanto, buscando “vías sostenibles”. Nadie, por tanto, luchando verdaderamente contra el Sistema, que sólo es un ente maligno cuando es entendido desde la abstracción. También para los antisistema los criterios de juicio son los criterios de la contabilidad. También los antisistema son sistemistas. También los antisitema actúan con criterios económicos “globales”. También los antisitema juzgan con criterios contables. No con criterios incontables. Es la marca del individualismo y es el precio que hay que pagar por estar cómodamente comunicado a tiempo real paseando por la calle. Mientras los sucesivos gobiernos españoles permitan el latrocionio no habrá nada que hacer. Mientras permitamos que nuestros sucesivos gobiernos amparen el latrocinio España seguirá hacia su autodestrucción total. Hay que comenzar a utilizar criterios incontables.

sábado, marzo 31, 2012

Indignados+teléfonos móviles=?

Para empezar cuatro afirmaciones irrefutables a modo de premisas, que al final ya vendrá la conclusión:

1.Las compañías de telecomunicaciones son la auténtica personificación del mal
2.Cuando se muera se lo comerán los gusanos
3.Todos sus amigos dicen de él que es una buena persona
4.Por cierto…

Respecto a la primera: Cuando hablo de personificación sé muy bien de lo que hablo. Y no tanto por hablar desde la particularidad, sino por entender que el mal que infligen no es un mal indirecto y mucho menos abstracto; se trata de un mal radicalmente directo e indiscriminado. El Mal. Como TODOS saben no hay compañía de telecomunicaciones que no haya mostrado un auténtico desprecio por el usuario, por todos los usuarios. Es más, el mal que puedan infligir los políticos (tan denostados de un tiempo a esta parte, y con razón) a los ciudadanos es un mal menor al lado del verdadero mal, el que nos infligen quienes controlan la comunicación en el mundo. Lo apuntaba en otro post cuando transcribía las conversaciones mantenidas con mis alumnos: ni uno solo podía hablar bien de ninguna de las compañías y más de uno había con contenciosos en marcha. Ésta y no otra es, por cierto, la razón por la que entiendo el activismo como única posibilidad de confrontación respecto a las humillaciones sufridas por los ciudadanos. Puestos a carecer de recursos intelectuales (y en este sentido ¡hay que joderse!), hay que volcarse en “la acción”. Y “la acción” no es quemar contenedores, sino ¡teléfonos móviles! Creo que podría decirse de otra forma siguiendo los resultados de las Elecciones Andaluzas: mientras los ciudadanos andaluces mostraban su lado cainita (que no es otro que aquel al que se les induce y del que al parecer no quieren escapar) las compañías telefónicas se lucraban de forma tan desproporcionada como monstruosa. Nada más y nada menos que 350.000 euros era (ES) la cantidad que la Junta de Andalucía pagaba (PAGA) al mes en facturas de telefonía móvil oficial. Con 38.000 terminales con gastos a cuenta de la Junta. En fin, que no hay NADIE, NADIE; que no haya sufrido en sus carnes las humillaciones que con asertividad nos infligen las compañías de telecomunicaciones. Nos han cobrado verdaderas fortunas cuando las vacas gordas; nos han dificultado hasta la extenuación las bajas solicitadas; nos han hecho perder tiempos infinitos e irrecuperables colgados del teléfono hablando con máquinas ineptas; nos han atendido cientos de sudamericanos desconcertados y mal pagados que decían no poder hacer nada; nos han cobrado facturas fantasmas por las que nadie respondía; -conseguida la baja- nos ha llamado una especie de directiva muy circunspecta hablando, ahora sí, en perfecto español, para regalarnos algo a cambio de continuar; nos han cobrado suplementos extraños de los que nadie se responsabilizaba; nos han mandado mensajes que no habíamos solicitado; y a veces hasta nos los han cobrado; nos han cobrado más a los que llevábamos años de fidelidad a nuestra respectiva compañía que a los nuevos clientes, etc. No nos gobiernan los políticos, nos gobiernan las compañías de telecomunicaciones.

Respecto a la segunda: Es cierto, cuando se muera se lo comerán los gusanos. Y si no, se lo comerá el gran amigo de Prometeo. En cualquier caso será devorado. Como cualquier otro, pero él también. Aunque ahora sea el hombre más rico del mundo, de la Tierra. El supermagnate de las telecomunicaciones. Cuando Carlos Slim muera… habrá desaparecido totalmente. Se habrá quedado sin casas, sin coches, sin empresas y sin relojes de plástico; se habrá quedado sin NADA.

Respecto a la tercera: De todos es sabido que el poder tiene eso: que atrae y gusta. Los muy poderosos siempre tienen satélites a su alrededor dispuestos a alabar y elogiar la persona por encima del cargo (de político o de supermagnate). Lo saben Ustedes mejor que nadie: ante las lógicas dudas que emergen del ejercicio del Poder siempre hay alguien allegado al poderoso dispuesto a cantar alabanzas. Alabanzas que con toda seguridad serán el producto de la sinceridad. El poder tiene eso: que atrae y gusta. Estoy absolutamente seguro que quien tiene la confianza de, pongamos Chaves (o Ahmadineyad, o Slim, que son poderosos, que ostentan poder), y por ello cena con él (cualquiera de ellos) a la luz de las velas de vez en cuando, es absolutamente sincero en sus cantos gregorianos. No debería sorprendernos, por tanto, que los calificativos sobre su amigo fueran eufóricos. No debemos olvidar que tanto los dictadores como los padrinos tienen siempre al lado gente que cree, no sólo en la humanidad del personaje, sino en su misma bondad. Siempre ha sido así, es así y así será. Por eso, una de las estrategias de todos los poderosos posmodernos ha sido obtener la máxima cantidad de gente posible que pueda responder como si de un amigo se tratara (“viva el twitter”). La obsesión de los poderosos posmodernos es que haya mucha gente que los alabe y elogie como personas, no como seres poderosos e influyentes. Muchos son tan hábiles que hasta lo consiguen. El caso de Carlos Slim es ejemplar. Muchas de las noticias que sobre él aparecen hacen referencia implícita a su “bondad”. En El País, sin ir más lejos, apareció esta noticia: “Quienes tienen la fortuna de conocerlo se empeñan en decir que es un tipo corriente, campechano, que a veces usa reloj de plástico, detesta la ostentación que representan los aviones privados y las mansiones de lujo y sigue usando una libreta para apuntar con pulcritud de tendero los ingresos y los gastos. Que disfruta con cosas tan mundanas como el béisbol -es forofo de los Yankees de Nueva York- y las reuniones familiares”. Puede que todo eso sea cierto y por ello es absolutamente creíble que sus amigos digan de él que es una gran persona. Y porque además dona unos cuantos millones de dólares a programas de apoyo a la niñez.

Respecto a la cuarta. Por cierto, y aunque lo diga simplemente a modo de anécdota: yo conozco a un forofo, no de los Yankees sino del Valencia Club de Fútbol que es un violento maltratador de mujeres; y también a un enamorado de su familia que es un sádico con las putas que paga la empresa los días de "reunión"; y a un asesino en serie que suele vestir un Casio.
Por cierto, uno de los mejores amigos de Carlos Slim es Felipe González.

Conclusión. Muchos jóvenes están indignados ante la corrupción. Con toda la razón del mundo. Están cansados de los tejemanejes de los políticos, de sus componendas, de las comisiones, de las connivencias, de las prebendas, de las prevaricaciones, de los “regalitos”, de los sobornos, de los tráficos de influencias. Esto es, están hartos de que TODO TENGA UN PRECIO. Y con razón. Por eso, lo que a mí me indigna (no voy a ser menos) es que haya tantos jóvenes indignados que no quieran darse cuenta que la maldad se expresa a través de quienes ¡les han comprado, y además por un simple plato de lentejas! No deja de ser tan curioso como significativo que se indignen con quienes quieren comprarles, ¡pero no con quienes ya les han comprado!

Como vengo diciendo de un tiempo a esta parte, la solución no se encuentra en el pancarteo ni en la mani, sino en una suerte de activismo que incluya esfuerzo y renuncias. Los políticos son seres de Walt Dysney al lado de los supermagnates de las telecomunicaciones, pero a los jóvenes indignados no les interesa darse cuenta de ello. Entre otras cosas porque se han dejado comprar por ellos. La única solución con reales posibilidades de éxito sería quemar masivamente los móviles en la Plaza Mayor, pero ¡ay!, resulta que todos ellos tiene que soportar su particular contrato de permanencia, el que firmaron para que se les “regalara” el dispositivo de última generación. Ni siquiera, pues, por un plato de lentejas, sino por un puto dispositivo.
Indignados+teléfonos móviles=¡qué risa marialuisa!

jueves, marzo 22, 2012

Homo ludens… y distraído

Valencia acaba de salir de sus fiestas patronales, la Gran Fiesta. Se calcula que ha tenido más de un millón de visitantes ebrios de entretenimiento. Así son las fiestas patronales de todas las ciudades, de todos los municipios por pequeños que parezcan: una magnificación del entretenimiento. Cada municipio a su manera y en su proporción. Da igual el carácter que originariamente tuvieran las fiestas patronales, la cuestión es que ahora son siempre la excusa para salirse del propio cuerpo y vivir ajeno a uno mismo y a su circunstancia. Toda fiesta es, ahora, un carnaval. Digámoslo sin ambages: dos millones de personas paseando por Valencia en fallas y divirtiéndose son un exponente; un exponente de la verdadera Realidad; una muestra y una explicación de la peculiaridad de la crisis española. La que nos sitúa en la cola de la cola europea.

Mutatis mutandi. Tan solo hace 20 días –es decir cinco días antes del comienzo de sus fiestas patronales- Valencia era la pura representación de la insatisfacción juvenil. Valencia era un hervidero de manifestaciones que se sucedían con la voluptuosidad y la frecuencia que exigen ciertas circunstancias insoportables. La insatisfacción de los jóvenes valencianos se hacía evidente, precisamente, ante la necesidad de que sus muestras de malestar fueran frecuentes.

Por circunstancias que no vienen al caso me adherí a una de esas multitudinarias y reiterativas manifestaciones que casi a diario se producían hace ahora 20 días. Por supuesto que no pude evitar fijarme en los manifestantes (y no necesariamente en su calzado; ver post anterior). Mi conclusión no fue muy esperanzadora respecto a los logros que con ella se pretendían. Con independencia de sus intenciones, siempre nobles, yo no veía en ellos ninguna posibilidad real de éxito; el éxito que espera obtener todo manifestante cuando necesita expresar pública y pertinazmente sus quejas ante el Poder que le humilla. Observando sus actos y escuchando sus consignas yo veía a unos sujetos que no querían realmente obtener ningún éxito, quizá por no saber en qué consiste verdaderamente el éxito. Cosas del relativismo del que tan bien se nutren cuando les interesa, dicho sea de paso. O de la ignorancia. O quizá por tenerle pánico al éxito, después de todo. Porque, es cierto, existen ciertas personas con “aparentemente reales” ganas de tener éxito que son, en el fondo, unos amantes encubiertos del fracaso, de ese fracaso que “necesitan”. Y quien dice personas dice colectivos. Me acuerdo, sin ir más lejos, del extraordinario diálogo que mantienen George C. Scott y Paul Newman en El buscavidas. En ese diálogo queda perfectamente explicada la posibilidad que en un sujeto coexistan las potencialidades reales del éxito (debido a la posesión de una excelencia y un poder real en potencia) y por otro la extraña y perversa atracción hacia el fracaso. Todo, claro, con un “aparentemente real” deseo de éxito. Veamos: la conversación tiene lugar después de que el Gordo de Minnesota desplumara a Eddie Felson (Newman) en una partida de billar de 48 horas en la que Felson comenzó ganando.

Bert Gordon: […]Lo que tú no necesitas es un pretexto para perder. […] No hay un mejor jugador de billar que tú si juegas como la otra noche. Tienes talento.
Eddie Felson: Pues si tengo talento, ¿qué me hizo perder?
Bert Gordon: Tu carácter
Eddie Felson: ¡Qué tontería!
Bert Gordon: Sabes que digo la verdad, todos tenemos talento ¿Crees que el Gordo de Minnesota tiene fama de ser el mejor por su talento? El Gordo de Minnesota tiene más temperamento en un dedo que tú en todo tu cuerpo. ¿Puedo hacerte una observación personal?
Eddie Felson: ¿Más de las que me ha hecho?
Bert Gordon: Eddy, has nacido para perder.
Eddie Felson: ¿Qué he nacido para perder?
Bert Gordon: Por primera vez en 10 años vi al Gordo de Minnesota hundido, acorralado… pero le dejaste escapar. Tenías el mejor pretexto del mundo para perder. No importa perder con una buena excusa, pero ganar… resulta a veces como una carga, pesa mucho, Perder es un fardo del que puedes deshacerte con una excusa; lo único que tienes que hacer es compadecerte a ti mismo. Es uno de los mejores deportes, sentir compasión de uno mismo, es un deporte que gusta a todos, especialmente a los fracasados.

En cualquier caso la cuestión es que fijando mi atención en los manifestantes yo sabía que llegadas las fiestas patronales todos ellos se iban a abandonar a su propia carne e iban a olvidarse del gravísimo problema que, además de acuciarles, les inducía a manifestarse con frecuencia lógicamente desaforada. Sabía, por tanto, que se iban a integrar perfectamente en la fiesta: que iban a tirar petardos por la calle, que iban a visitar las fallas de la sección especial, que iban a tomar buñuelos con el típico blusón valenciano, que iban a acudir puntualmente a la mascletà diaria, que iban a tomar el chocolate del consabido resopón de madrugada, que iban a bailar Paquito el Chocolatero; en definiva, sabía que iban a olvidarse de la presión monstruosa que verdaderamente nos inflige este deplorable e incompetente Estado Español. Mucha gente los disculpa por considerarlos sólo víctimas. Mi teoría es que, como Paul Newman en esa primera instancia en la que le inculpan de ser responsable de su propio fracaso, nadie de la manifestación aceptaría que su inconsciente le estaba traicionando justo allá donde precisamente se situaba su primer objetivo.

Como en todas las manifestaciones, gritaban consignas sobre aquello que no querían, pero sin saber qué es aquello a lo que deberían renunciar si quisieran de verdad hacer efectivas ciertas aboliciones. Porque si algo ha quedado claro en los últimos tiempos es que los jóvenes no quieren renunciar a todos aquellos beneficios que les ha proporcionado un Sistema que en el fondo les ha condenado. En este sentido, sólo serán eficaces las respuestas novedosas y no las respuestas que se caractericen por ser iguales a las de otros tiempos ya periclitados; los presupuestos de la era digital nada tienen que ver con los presupuestos de la era analógica. Ahora ya no sirve pasearse en grupo por la calle con pancartas y cantando consignas, ni siquiera sirve de nada quemar contenedores. Hoy sólo servirá a los jóvenes producir acciones que les exculpen de complicidad y connivencia con el mal, y eso sólo será posible haciendo renuncias, grandes y costosas renuncias (lo siento). Si en vez de protestar a la (ya) vieja usanza hicieran por ejemplo una hoguera con sus teléfonos móviles en la Plaza Mayor otro gallo cantaría. Con sólo dos millones de jóvenes que quemaran en público los teléfonos móviles (que pagan sus padres) bastaría para abrir una vía de esperanza. No hay que gritar, sólo hay que acometer actos que necesariamente incluyan una esforzada pero significativa renuncia. Actos, entonces, que dejarían KAO a quienes verdaderamente siguen infligiéndonos humillaciones mientras de ello se benefician.

Pero el sujeto del hoy es un sujeto distraído en la doble acepción del término (sabemos que cuando se ha producido un robo se habla muchas veces de distracción: “se han distraído 5 kilos de marihuana en…”) Así, el sujeto del hoy vive despistado además de distraído de sí mismo en la práctica del entretenimiento. Y después quiere arreglarlo todo con pancartas. La verdad es que la Cultura de la Queja ha hecho estragos.

Post Scriptum. Han sido éstas las fiestas más exitosas de la historia de Valencia. Más gente que nunca y más gasto que nunca. Viendo Valencia en fallas este año nada habría hecho pensar en la crisis. El exceso ha sido total y se ha tomado la calle como nunca. Jamás había yo visto tantas carpas, tanteas calles cortadas, tantos puestos ambulantes de comida, tantos mercaditos de artesanía organizados, tanto bullicio, tanto movimiento, tanta grasa en el ambiente. Tal ha sido el éxito que los comerciantes han pedido a la Administración que en el futuro las fiestas duren un mes en vez de una semana (Titular de portada de periódico). Me temo que con independencia de decisiones políticas muchos se mostrarán de acuerdo ante la petición de los comerciantes. Los estudiantes (¿jóvenes?) los primeros. Esta semana, sin ir más lejos, han aparecido por mi clase la mitad de los alumnos. La resaca, supongo. Es cierto que durante la semana previa a las fiestas ya hubo alumnos que faltaron con la excusa de la semana partida. Y en estas dos siguientes semanas faltarán de nuevo porque están encima las fiestas de Pascua, que también empiezan en una semana partida. Una especie de gran puente, supongo. Después vendrá la primavera, que la sangre altera y después los exámenes (y el calor, la playa, los bañadores) que les impedirán acudir con normalidad a las clases. Mientras tanto es probable que se manifiesten las veces que haga falta entre recorte y recorte. En fin: NADA. Y después 3 a 4 meses de vacaciones. Y twitter a manta.

martes, febrero 28, 2012

No habrá nada que hacer mientras reine la maldad (pásalo)

Por eso habrá que repetirse.

Así, mientras no sean los “chavales” quienes paguen las facturas del consumo de sus iPhones no habrá nada que hacer; mientras no sea el irrefrenable deseo de independencia y la angustiosa necesidad de plancharse su propia ropa lo que mueva a los “chavales” a manifestarse (y no la falta de calefacción en el instituto) no habrá nada que hacer; mientras crean que la libertad de expresión consiste en decir cualquier cosa y de cualquier manera no habrá nada que hacer; mientras no se planteen fustigar hasta la extenuación a las empresas de telecomunicaciones, por ejemplo, no habrá nada que hacer; mientras sigan conformándose con frases ingeniosas (twitter/muro) y se queden por tanto con lo fácil y dinámico antes que con lo costoso y lo esforzado no habrá nada que hacer; mientras los “chavales” dirijan sus quejas hacia un determinado partido político y no hacia nuestro corrupto y putrefacto sistema bipartidista –anegado de intereses espurios- no habrá nada que hacer.

Y ¿por qué, en el fondo, prefieren comunicarse a través de simples fraseos ingeniosos antes que a través de pensamientos colegidos de razonamientos más o menos sistemáticos o al menos elaborados? Porque les encanta y les excita el “a tiempo real”. O sea, porque en el fondo –y en la superficie- les encanta y excita la irrealidad, valga la paradoja. La irrealidad construida por el vertiginoso “tiempo real”. Cosas de la era digital, que se caracteriza por la incomunicación que produce la indigestión de comunicados. Es precisamente la bulimia comunicacional la que ha configurado una realidad anoréxica, en contra de lo que tiende a creerse. Se trata de la perversión que mantiene más viva que nunca la llama de la maldad. ¿Qué no?

Hay motivos más que suficientes para que los “chavales” se manifiesten hasta la extenuación; motivos de sobra para levantar barricadas, motivos innumerables para intentar cortar de un tajo un sistema que diariamente se demuestra tan ineficaz como humillante. Sin embargo, más allá de indignarse puntualmente por “cuatro” cosas indignantes pero nimias, la verdad es que después nunca se produce la verdadera rebelión. Pero, ¿cuál sería en última instancia la causa que impide la revuelta verdadera? Mi personal respuesta es ésta: porque la maldad se ha instalado definitivamente. Y la maldad se manifiesta, las más de las veces, sibilinamente. Como bien se demuestra en No habrá paz para los malvados (Urbizu). La maldad es lo único que nos queda en este mundo, un mundo que se ha configurado, y esto lo digo yo, fractalmente; esto es: configurando lo pequeño (el individuo, el grupo, la tribu) con las mismas formas con las que se ha configurado lo grande (los gobiernos, las multinacionales). Algo que, es cierto, fue propuesto por lo grande, pero con la aceptación y la connivencia interesada de lo pequeño. Cosas de la Corrección Política. En las instancias que rigen el mundo sólo queda la maldad.

En la película se ve como el bien intenta hacer su camino por los cauces legales del policía (bueno) y la jueza (buena y justa), pero es la maldad –el poli corrupto y degenerado- la que acaba por atajar el inevitable fin al que estamos tarde o temprano abocados, el generado por la maldad en estado puro. La jueza ama a su hija y ama las vías nobles que ofrece la Institución, pero si no fuera por el despreciable Santos Trinidad el desastre habría sido aún mayor. Maldad sobre maldad mientras los buenos, o confunden la Ley con la Justicia (o la Justicia con la Libertad) o juegan al corro de la patata con sus hijos en los días festivos. Es la propia maldad la que ataja el mal, y lo hace por casualidad, claro. Y no hay otra. O sí: la de que la maldad sobre maldad acabe produciendo la maldad arrasadora, the big one. Esta vez ha habido suerte. Gracias a Santos el Santo.

Así, amar la irrealidad sólo puede ser un singo de maldad. Desde luego que los “chavales” no son culpables de aquello que han heredado, pero no dejan de formar parte de un estupendo y sofisticado fractal que en el fondo les proporciona lo que, como puede comprobarse, les abandona al inmovilismo. Un fractal que les proporciona un móvil y un coche antes de haber demostrado un interés real por plancharse su propia ropa. Y que nadie me salga con la típica defensa del chaval que quiere pero no puede, porque nada tiene que ver el no poder, con el irrefrenable deseo de no querer pagar la factura de un móvil, el deseo que justificaría una manifestación tan inevitable como inmisericorde. Un deseo que no demuestran tener. Sería precisamente ese deseo irrefrenable el que les haría encontrar argumentos para una revuelta real, esa en la que las porras harían cosquillas. ¡Porque, por haberlos, hay argumentos para parar un barco! ¡Tantos y de tanto peso que resultaría patético que alguien se manifestara por carecer de calefacción en el instituto!, ¡o incluso por las posibles consecuencias de una reforma fiscal! Sé que resulta paradójico, tan paradójico como increíble, pero la verdad es que mientras la comunicación padezca de bulimia no podrá ser efectiva. Y no habrá nada que hacer.

Addenda. Hace unos días apareció en el mercado editorial un libro llamado Aprenda de la mafia. Ya es un éxito. Ha sido escrito por un ex mafioso, Ferrante, que durante su estancia en la cárcel estudió el mundo de las finanzas y la economía (llegó a leer 16 horas al día durante varios años) para llegar a la conclusión de que las “formas” de la mafia son ideales para hacer negocios y para conducir las empresas. Así es como el tal Ferrante, ex mafioso del famoso y cruel Clan de los Gambinos, demuestra que las empresas que utilizan las “formas” de la mafia son más productivas y rentables. No seré yo quien lo ponga en duda (no vaya a ser que me despierte junto a una cabeza de caballo en la cama). En cualquier caso, no habría más que ver otra película, esta vez la extraordinaria Inside job (Ferguson), para comprobar cuánta razón lleva el ex delincuente "reformado". En ella se confirma que los personajes que provocaron el derrumbe de la economía mundial no sólo permanecen impunes, sino que además aún tienen, a pesar de todo, un peso enorme en el devenir de la humanidad. Se trata de los principales asesores de Obama y cobran sueldos millonarios, claro. Aquí en España los sueldos millonarios los cobran, de modo vitalicio, los que destrozaron el sistema financiero a través de la gestión de las Cajas. Y Tedy Bautista, ex director de una SGAE definitivamente sospechosa, cobrará de por vida 23.000 € al mes. También están los cientos de sueldos vitalicios de políticos demostradamente incompetentes… y los de cientos de liberados sindicales… y las financiaciones turbias de los partidos políticos., y el misterioso incremento patrimonial de tantos políticos biendicientes ¡La calefacción!

lunes, enero 30, 2012

El 15M y el Pensamiento Tuit

Tenían las circunstancias a su favor y contaban con las mejores de las condiciones posibles.

La hecatombe del país era tan grosera que no se comprende cómo tardó tanto en manifestarse una queja masiva. Quizá valga la pena preguntárselo varias veces antes de continuar leyendo. El caso es que con el 15M se dieron las condiciones más favorables para una revuelta. Así que quizás también valga la pena preguntarse por qué fracasó.

Porque, en efecto, la hecatombe sobre la que estábamos viviendo en España no era el producto de una mala gestión, que también, sino el producto de un clima… moral. El Pensamiento Académico llevaba años conculcando un individualismo desalmado, la Clase Política inoculando la mentira como una forma de verdad y las Narraciones Audiovisuales Televisivas glorificando la maldad. Un individualismo que vino muy bien a todos los que preferían quejarse antes que asumir responsabilidades; unas mentiras que el individuo aceptó para poder justificar las suyas; y una maldad que resultaba ser rentable además de decorativa. Así pues, las condiciones para que triunfara una revuelta masiva se encontraba lastrada por el mismo mal que había configurado la hecatombe. O por decirlo de otra forma, la hecatombe había sido configurada con “nuestro” beneplácito; o con nuestra connivencia. Cuando yo decía que “los políticos somos nosotros” (y se me enfadaban muchos por ello) es porque estoy absolutamente convencido de que la hecatombe de nuestro país se debe a que los políticos somos nosotros. Un Libre Mercado sin control cenital de ningún tipo es una cosa, pero un Libre Mercado carente de principios éticos a línea de tierra es otra. Los sindicalistas compran en los chinos y a los ecologistas más radicales no les falta ni el coche ni el aire acondicionado. Las Universidades ya hace años que renunciaron al desarrollo del Pensamiento, entre otras cosas porque descubrieron las ventajas económicas que proporcionaba un “pensamiento neoliberal”, esto es, un pensamiento al servicio del bolsillo de doctores y catedráticos.

En estas circunstancias, un movimiento como el 15M se hacía necesario, pero a su vez resultaba difícil de imaginar. Entre otras cosas porque para imaginarlo había que esperar, primero algún tipo de pensamiento profundo, y segundo, y más importante, un pensamiento que siendo profundo pudiera ser estructurado, organizado y difundido. Ante esta afirmación habrá más de uno que se pregunte, ¿pero qué es eso del pensamiento profundo? Y habrá más de otro que diga con mueca de desprecio, ¿pero quién se ha creído éste para determinar qué es o no profundo; o siquiera para calificar de débil a “nuestro” pensamiento? La respuesta se encuentra en la misma incapacidad manifiesta de propagación del movimiento, que fracasó aún teniendo a su favor el arma más poderosa de las posibles: internet, la posibilidad de la comunicación TOTAL.

Habría que matizar que el fracaso ha sido fundamentalmente un fracaso de la juventud. El 15M fue una respuesta masiva y variopinta, es cierto, pero es sólo en la juventud donde pudo depositarse la verdadera esperanza, primero porque son ellos los representantes del futuro (que es más suyo que de los otros) y segundo porque son ellos los que se mueven por el espacio virtual con plena y absoluta naturalidad. Los verdaderos motivos del fracaso apenas son analizados en esta España cainita que es la cuarta potencia del mundo en el consumo de videojuegos. A nadie le interesa analizarlos, no vaya a ser que las conclusiones exigieran, como primera medida real y no pancartera, una lucha sin piedad contra, por ejemplo, las compañías de teléfonos móviles en particular y de telecomunicaciones en general. Cualquier cosa antes que prescindir del teléfono; es decir, cualquier cosa antes que comenzar prescindiendo del teléfono. Así, podrá parecer una tontería, pero mientras los jóvenes tengan padres que se hagan cargo de sus facturas de telefonía no habrá nada que hacer.

Por otra parte se ha conculcado a los jóvenes un espíritu de exigencia para con los demás que no cuadra con la dejadez que muestran de sí mismos (el hecho de que carezcan de fundamentos para argumentar no les impide ser categóricos en sus afirmaciones). Por acudir a una nomenclatura decimonónica pero eficaz: se les insta a exigir sus derechos pero no se les exige deber alguno. De ahí que, en su época de “aprendizaje”, esa época que caracteriza a todo estudiante por ser un ignorante predispuesto a dejar de serlo, se les haya dejado elegir las asignaturas que conforman su conocimiento; un conocimiento, pues, elaborado “desde” el desconocimiento; un conocimiento que además deberá inevitablemente enfocarse al inflexible mercado laboral; un mercado laboral envenenado por las comodidades que comporta un sistema configurado a partir de un individualismo desalmado que acepta la mentira como forma de verdad y que tiene a los malvados como ejemplos de comportamiento.

Hace 5 años esos jóvenes (universitarios o no) eran adolescentes a los que se les consentía escribir haciendo un uso laxo de la gramática y con innumerables faltas de ortografía. Y hace 10 años eran niños cuya formación humanística se saldaba con la expresión corporal y el conocimiento del medio. Es cierto que esos niños-jóvenes son víctimas de un sistema ajeno a ellos, pero es precisamente por ello por lo que deberían tomarse en serio la rebelión y las barricadas. Y olvidarse de tanta descarga, de tanto "muro" y de tanto Pensamiento Tuit.

domingo, noviembre 13, 2011

Indefensión y desamparo (o elecciones V)

Si hay alguna cualidad –virtud- que debiera ser prioritaria para determinar la pertinencia de un prójimo a nuestro personal círculo de afines ésa sería, probablemente, la sensatez. Digo yo. Pero si hay alguna cualidad que deberíamos exigir a nuestros gobernantes, a todos, esa sería, sin duda, la SENSATEZ. Lástima entonces que la sensatez pueda definirse como aquello que todas las personas creen poseer. Algo que todo se ha de decir nos ha conculcado, como decíamos hace unos días, la cultura de la queja y el victimismo impuesto por la fatídica corrección política basada en un relativismo melifluo e irresponsabilizador. Es cierto que resulta despreciable el número de personas que serían capaces de desaconsejarse a sí mismas debido a su autoconsciente y admitida insensatez. Así, el hecho de que prácticamente nadie se considere un insensato es, precisamente, unos de los hechos más peligrosos y aterradores a los que se encuentra abocado el ser social. O dicho de otra forma, si el sujeto está condenado a alguna amenaza permanente y sumamente peligrosa ésa es sin duda la insensatez de un “cercano”. Si el “cercano” tiene cierto poder la cosa puede complicarse. Si la insensatez llega a formar parte del carácter de toda una clase al completo la cosa se agrava, pero si la clase es la clase política la cosa puede ser devastadora. Era poco probable que toda una clase fuera abducida por la insensatez, pero España ha demostrado una vez más que es different. Y lo ha demostrado a lo grande: con los mismos gobernantes (los que han conseguido que España se incluya en lo que los internautas europeos llaman países “pig”).

En el post anterior hacía referencia al desamparo hacia el que nos abocaban los poderes fácticos cuando permitían la total indefensión del ciudadano. Sobre todo porque la proporción de perjudicados/beneficiados con esa táctica mencionada es metafísicamente incomprensible; por incomprensiblemente maléfica. No puede caber más maldad que la de aquel (la compañía telefónica y el político que consiente) que mancilla, humilla y abandona a millones de ciudadanos a costa de la fortuna de unos pocos. Y un Estado que deja al ciudadano abandonado, no a su suerte, sino a la malograda suerte por el mismo Estado programada en connivencia con los magnates sin escrúpulos, es un Estado putrefacto; un Estado agusanado. Y su poder se sustenta, más que en la contrapartida económica que recibe a cambio (por los entes empresariales monstruosamente abstractos para el ciudadano y perfectamente concretos para el político: Moviestar, Vodafone, Orange, etc.), en el ejercicio de esa misma autoridad capaz de humillar a tantos millones de personas sin que esto no produzca graves consecuencias. O sea, se sustenta en la misma pura maldad.

Esta vez han sido las compañías de telefonía y de telecomunicaciones las que nos han señalado la vejación que a diario sufrimos los ciudadanos con pleno consentimiento de todo el Estado. Pero hay muchas otras vejaciones que vienen de otros sitios y que son el resultado de esta misma indignante forma de actuar carente de toda ética. El post anterior comenzaba con lo que parecía un caso personal, que después no lo era en la medida en que era extensible a la casi totalidad de usuarios. La putrefacción del Estado consiste en hacer que todos esos casos parezcan, sólo, personales. Sin ir más lejos, y por volver al terreno personal (extensible), en este año me he visto envuelto en dos casos en los que debía intervenir el seguro que en teoría me debía proteger de ciertos daños causados sobre mis pertenencias. En los dos se hizo el requerido peritaje y en los dos el seguro se desentendió del pago que por ley le correspondía asumir. En los dos casos tuve que acudir a los servicios de un abogado. La sola presencia de un abogado en la contienda hizo que las compañías abonaran inmediatamente el pago que se me había estado negando en innumerables y costosas llamadas telefónicas. Es decir, pagaron cuando les salió de las narices que es, después de todo, cuando la retribución que me correspondía por los daños causados se evaporaba en los costes del mismo abogado. Tan claro estaba el informe pericial que ante la carta de mi abogado me hicieron el ingreso en dos días. Pero lo peor del caso viene siempre cuando comento estos infortunios a mis allegados. Todos me dicen lo mismo, “claro, ¿qué no sabes lo que se ahorran las compañías aseguradores por todas aquellos afectados que renuncian a la contratación de un abogado?”. Así, con esta estrategia maléfica, son perjudicados los usuarios afectados que no llegan a contratar un abogado pero también perjudicados los usuarios que sí lo hacen. En fin, todos. Desamparados e indefensos todos y siempre, mientras los políticos cruzan la calle en un Audi de ventanillas ahumadas y comen a diario en estrellas michelín. Porque como ya he dicho en otras ocasiones les importamos una higa. Allá donde la insensatez de los gestores de este país no llega, llega la maldad. Si votamos a los menos malos tendremos lo que nos merezcamos.

domingo, noviembre 06, 2011

Carta a los indignados (o elecciones IV)

No es que quiera hacer extensivos mis problemas, pero me he acordado de aquellos artículos que con cíclica frecuencia solía escribir el insobornable y estupendo Javier Marías contra Telefónica. Me identificaba y solidarizaba con sus argumentos y quejas de forma absoluta. Eran épocas de monopolios y Marías esperaba el fin del monopolio de Telefónica como agua de Mayo. Como yo. Y por eso me faltó tiempo para cambiarme de compañía cuando tuve la primera oportunidad. ¿Qué pasó después? Pues que me tuve que cambiar de la nueva compañía debido a irregularidades evidentes con las que trataba a sus clientes. […] Y después a otra… Y después a otra…

¿Y ahora? Ahora estoy en trámites de abandonar la que me ha estado engañando durante estos últimos tiempos. Y cada vez resulta más difícil darse de baja. No existe un contacto directo con bajas, debes hablar primero con unas cuantas incompetentes máquinas que no entienden la voz humana, debes teclear números que tampoco entiende nunca el burdo sensor de la compañía, debes hablar con varios sudamericanos (lo siento) que te hablan de tú y dicen (algunos) entender tu problema, el que dicen que no pueden solucionar, debes escuchar musiquillas infames durante los interminables minutos de espera, debes resignarte a que nadie pueda solucionarte el problema y, lo peor, debes sosegar tus instintos asesinos cuando después de 20 minutos en esas circunstancias se corta la conversación de manera tan sospechosa como indefectible. Y vuelta a empezar.

Todos conocemos casos de usuarios que han sido víctimas de alguna compañía telefónica. Y si somos todos los que conocemos casos particulares de estafa en nuestro pequeño entorno es porque el modus operandi de las compañías es con toda probabilidad absolutamente fraudulento y con toda seguridad ajeno a toda posible ética empresarial. El viernes pasado me dio por preguntar a mis alumnos. Todos habían tenido problemas, y serios, con las compañías a las que habían pertenecido, o con aquellas a las que seguían perteneciendo. Una alumna en concreto se encuentra a la espera de juicio y dos más han tenido que recurrir a abogados. A mí me toca pagar por un servicio que no se me ha dado durante dos meses y he de pagarlo so pena de complicar muchísimo más las cosas. Y saben que si quisiera recuperar lo pagado por mi no servicio durante esos dos meses tendría que contratar a un abogado que me costaría diez veces más de lo que vale mi deuda.

¿Se trata todo esto de una desviación digamos que previsible del sistema capitalista o de una política liberal? En absoluto. Se trata de una circunstancia que nos habla, y con claridad, del tipo de gobernantes que tenemos en esta España de mis huevos. Habrá quien no quiera elevar a categoría lo que parecen simples anécdotas de los casos particulares. Pero es de ahí, de la pusilanimidad del individuo, de donde las compañías beben la sangre que refresca sus gigantescas arterias. Decía en otros posts que los políticos españoles son malvados (sin paliativos y si excepciones) porque no saben nada acerca del ciudadano de la calle. Y en efecto, son malvados porque el Estado que consiente estas aberraciones es el Estado de un país irremediablemente putrefacto. Mientras la clase política deje que estas cosas vayan pasando el país que representa jamás podrá levantar la cabeza. Un país donde el ciudadano se encuentra vendido es un país sin libertad y sin justicia. Y un país sin libertad y justicia es un país asqueroso.

viernes, agosto 12, 2011

Histeria, esquizofrenia y blackberrys

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. No hay cadena que no cuente con su particular programa de reportaje callejero, y no hay reportaje que evite el estilo que al parecer demanda el público del presente: un periodista sin rostro que con una cámara al hombro se dirige a los personajes que persigue y filma. Y todos encantados de ser filmados.

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. Miles de jóvenes enloquecidos en lo que podríamos denominar vida nocturna. Todos los jóvenes están deseando que lleguen los fines de semana o las mismas vacaciones para enloquecer rodeados de sudor, alcohol, drogas y mucho sexo. Todos los días en cualquier cadena podemos comprobar la cantidad de jóvenes que disfrutan la noche disipándose a base de música ensordecedora y arrítmica y a base de pastillas y alcohol. Pones la televisión y ahí está uno con la corbata atada a la frente y gritando “Marcha a tooooope” con cientos de personas detrás de él yendo a la suya, que es la de todos. Cambias de canal y ahí está el otro enseñando el cubata a la cámara y gritando “mola mogollón, esto es la hostia”, mientras su amigo le coge por el hombro y le saca la lengua a la cámara. Y cambias de canal y ahí está ella, enseñando las bragas y expresando con claridad su sentir, “yeh, yehhhhhhhh”. Cambias de canal y aparece un chico formal que desde su puesto de trabajo comenta su ritmo de vida. Nos enteramos que detrás de esa formalidad se encuentra su pasión, la “marcha” de los fines de semana. La cámara le sigue durante el fin de semana, pero sólo puede mostrar lo que puede verse, que es sólo la punta del iceberg. Desenfreno. EL chaval ha perdido su humanidad desde el viernes por la noche y ahora parece un cavernícola; grita groserías, bebe dirigiéndose a sus padres con un saludo cínico y se sube a bailar encima de un coche que tiene al lado. Una de las chicas que le acompaña no tiene reparos en soltar un par de intimidades en absoluto estado ebrio. Cambias de canal y aparecen una docena de chicas con las tetas operadas bailando en el trampolín de una piscina y cambias de canal y te encuentras las confesiones de una pandilla de chavales que han ido a veranear a Benidorm y se encuentran en un club en el que trabajan dos mujeres (madre e hija) que tienen un espectáculo que consiste en meterse cosas por el coño. Cambias de canal y aparece un reportaje de una fiesta gay que se celebra cerca de Barcelona y dura una semana. Música continua, alcohol, espectáculos y una piscina en la que caben 5.000 personas chapuzando. Diran, son cosa de la televisión, que ya se sabe. Y yo diré, sí.

TODOS esos jóvenes no parecen necesitar gran cosa. Sólo quieren divertirse. Y por eso TODOS aparecen eufóricos ante las cámaras. TODOS están muy contentos y, sobre todo, TODOS tiene su blackberry en el bolsillo, aunque las cámaras sean incapaces de captarlo. TODOS, ya sea del 54 % de los jóvenes que trabaja o ya sea del 46 % que está en el paro. TODOS. De lo único que no hay duda es que TODOS esos miles de jóvenes que salen de marcha nocturna tienen su blackberry en el bolsillo. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.

Los vimos en todas las cadenas de televisión hace unos meses; en la periferia de París incendiando coches, ahora los vemos en varios lugares de Inglaterra incendiando casas y saqueando negocios, según ellos porque les falta para comer. Pero TODOS con el móvil en el bolsillo, incluso los menores de edad. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.