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sábado, enero 11, 2025

Las cosas como son (las mujeres y los perros)

 Es una mujer, como tantas otras, resuelta. Siempre lo ha sido pero tuvo que serlo más después de su separación, la que se produjo por voluntad propia. Hasta entonces fue la mujer resuelta de un matrimonio en el que era él, el hombre, quien aportaba la seguridad de la empresa. Ella buscaba sus particulares formas de independencia, claro, fundamentalmente buscadas a través de lo laboral, pero lo que sin duda no podía faltar para que el proyecto familiar avanzara sin penurias era la seguridad que él proveía con su trabajo.

Sus innegables formas resolutivas de ahora tienen más que ver con la necesidad que le sobrevino después de la separación, la que se produjo por voluntad propia y que la condujo, como a tantas otras, a introducirse en la más previsible maraña de odio dirigido a su ex-marido en particular y los hombres todos en general. Con absoluta independencia de que esa maraña de odio pudiera ser compatible con la existencia de un amante que hubiera podido o no haber desatado la separación.

Ese odio, como el de tantas otras mujeres, se ha ido manifestando desde entonces hasta hoy de forma pertinaz en prácticamente todas las conversaciones pandilleras mantenidas con regularidad espasmódica por mujeres igual de… separadas. Todas unidas por una extraña amistad coyuntural, o mejor todas unidas por ese lazo que coyunturalmente, pero con frecuencia casi inaudita, las convocaba: el lazo que contenía la maraña del odio. Una amistad, pues, hilvanada. Una maraña de odio que contaba con el incondicional apoyo de una ideología que lleva imponiéndose al mundo civilizado, de forma especialmente intensa, desde hace 40 años.

Así, sus innegables formas resolutivas de ahora se encuentran caracterizadas, como sucede en tantas mujeres, por una suerte de simbiosis que alterna el empoderamiento y el desprecio. Sí, desprecio porque el empoderamiento contiene inevitablemente un cierto componente de superioridad, una superioridad que lleva más de 40 años siendo inoculada en todas las mujeres a través de libros, colegios, universidades, políticas y medios de comunicación. Un desprecio que sienten, tanto por los machos egoístas que se parecen a quienes les infligieron tanto daño, como a los machos blandos que se encuentran por debajo de su empoderamiento. O sea, un desprecio que no tiene otro posible final que un nihilismo autodestructivo.

Ese desprecio hacia los hombres que ejercen tantas mujeres no sólo se expresa ahora en conversaciones pandilleras, sino que también se expresa y se ejerce, aunque parezca mentira, hacia –contra- los nuevos compañeros sentimentales de esas tantas mujeres separadas, ya surgieran los amantes inmediatamente después de la separación o tardaran en irrumpir.

En cualquier caso su odio, ese odio entendido como una fuerza poderosa que enmaraña la mente de forma inevitable, el odio de esa mujer resuelta, resolutiva, asertiva e independiente, digo, lleva muchos años siendo compensado, como les sucede a tantas mujeres, con el amor incondicional a su perro. Al amante lo pueden querer, acaso coyunturalmente, pero al que quieren de verdad es a su perro. Siempre al margen de hijos y familiares, porque aquí nos ocupa ese otro amor, ese que resulta necesario para que no se extinga la humanidad.

Esa mujer resuelta, como tantas otras, encontró en su perro la forma de proyectar el maravilloso don del amor. Un amor perseverante y, ahora sí, incondicional. Tanto que, como en tantas mujeres con perro, sería ese amor, ese irrefrenable amor, el que mostraría al mundo lo que puede hacer por “otro” una mujer amorosa. Un amor, el de esa mujer resuelta que, como el de tantas otras, le haría, ahora sí, hacer cosas que no habría hecho antes por nadie. Un amor que debido a su incondicionalidad, claro, acabaría condicionando incluso esa libertad por la que tanto luchó cuando consideró que estaba subyugada por quien nunca la entendió.  

Así, ahora, ella, y debido al amor, no tiene ni la posibilidad de tomar decisiones –en nombre de la ansiada libertad hasta ahora no conocida- que no tenga en cuenta las necesidades de ese su verdadero amor, el perro. Hasta el hecho de llegar tarde un día normal a casa le atormenta a esa mujer resuelta porque sabe que su perro tienen unos hábitos que ella no quiere cambiar, pobrecito. Los fines de semana los tiene que planificar con antelación para saber a qué incauto le puede colocar a su amor. Y si el fin de semana romántico con su pareja sentimental –amante circunstancial- acaba el domingo lo mejor será que acabe pronto para que su amor pueda regresar cuanto antes a su verdadero hogar. Y las vacaciones… uy, las vacaciones hay que programarlas con tiempo.

Es tan profundo el amor que siente esa mujer resuelta por su perro que, en efecto, no la hace consciente –como en todas las personas enamoradas- de las cosas que hace por él, cosas que no hizo nunca por aquel –maldito- hombre que le arrebató todas las posibilidades de libertad.  Condiciona su estar o no en su vivienda ante el hecho de que su amor mee y cague oportunamente por los alrededores urbanos de su hábitat dómestico, ese hábitat compartido sólo con él, su perro. Es decir, dejará de hacer ciertas cosas que le apetecen si a ella, la mujer resuelta, le resulta necesario pasear a su amor, su perro, mientras éste se para cada vez que olisquea algo, obligando a ella a las mismas pausas. Cada vez. Durante todo el recorrido.

Como toda mujer resuelta no habría permitido que un hombre ensuciara su cuarto de baño con unas gotitas de orín, qué asco, pero esa misma mujer resuelta recoge con amor la mierda de su perro con una bolsita que tiene que transportar hasta el contenedor más cercano. Mierda compacta, blanda, olorosa, Como mujer resuelta que es no permitiría jamás que un hombre ensuciara su sofá pero permite que ese perro recién meado y cagado que ha olfateado todos los desperdicios y pisado todas las inmundicias suba al sofá e incluso se restriegue por toda su extensión. Que ya llegarán después las lamidas de manos y a veces incluso los lengüetazos en la cara. Y lo que no hizo nunca con su pareja sentimental lo hace ahora con la naturalidad propia del amor profundo, que por eso es capaz, esa mujer resuelta de ver una película entera sin dejar de acariciar a su amor, su perro, ese amor al que la misma mujer resuelta llama cariño. O incluso mi amor.

domingo, septiembre 01, 2019

Y aún dicen que el pescado es caro


O: mujer es

Hay veces que las cuestiones personales, o mejor, las historias que uno vive en su entorno, adquieren un tinte universal. O no.

Hace ahora 19 años y después de pagar todas las tasas pertinentes correspondientes a dos años de cursos de doctorado, así como después de desarrollar la correspondiente tesis doctoral (durante ese mismo periodo de dos años), mi mismo director de tesis se negó a dejarme presentar la tesis ante el tribunal correspondiente. Y lo hizo a una semana de su lectura programada y con el tribunal elegido. Su argumentos fueron inevitablemente estúpidos, pues tuvo dos años para avisarme de ellos y sin embargo esperó a hacerlo exactamente una semana antes de la lectura de la tesis. Maldad, es mi teoría. Lo llamaremos X, un profesor/catedrático con fama de depredador sexual. De hecho son muchas las personas con las que me he cruzado desde hace esos 19 años que prácticamente sólo me han hablado de eso respecto a su actividad docente, de su afición a las alumnas.

Mutatis mutandi
Hace un tiempo una buena amiga se explayó hablándome de su entrenadora física, su monitora de gimnasia. Se trata de una mujer separada oficialmente desde hace años y con un novio actual 10 años menor que ella, concretamente un cubano que, según la misma monitora la quiere con locura. La cuestión es que ella no se siente tan enamorada de él como al parecer su musculoso y joven novio cubano de ella. Según la misma monitora éste se porta de maravilla en todos los sentidos, es trabajador, bueno y además se preocupa mucho por ella y por su hijo, un chaval de 17 años. Pero ella... cómo decirlo... conoció a un tipo hace algún tiempo en Córdoba del que ni su cabeza ni su cuerpo logran desprenderse, como según ella misma cuenta. Tal y como me traslada mi amiga en animada conversación, su profesora de estiramientos siente una inevitable y fatal atracción por aquel tipo cordobés con el que, aún y aisladamente, mantiene intensas relaciones sexuales. Es más, aprovecha cualquier excusa para ir a Córdoba con las más variopintas explicaciones. Su pareja, el apañado cubano 10 años menor que ella, se queda con el hijo de ella y le hace la comida todos los días. La explicación que le da a mi amiga es que ese tipo cordobés es un tipo “extremadamente pervertido que le pone de una forma impresionante” y que tiene con él unas “relaciones sexuales absolutamente adictivas”.

Hace menos tiempo, es decir, un año después, mi amiga me ha contado que el hijo de su monitora aeróbica, de (ya) 18 años, se encuentra manteniendo una relación sexual con su profesora de Lengua que casi le triplica la edad y que se encuentra casada (emparejada). Y que debido a la cortedad mental de su hijo es ella misma, la propia monitora, la que escribe los mensajes telefónicos de ese su hijo cuando éste tiene algo romántico que decirle a su profesora de Lengua. Me lo cuenta mi amiga un tanto desconcertada, pues, como yo, no entiende que una madre se inmiscuya en esas cosas y de forma tan directa. Así, una mujer con pareja estable pero atraída fatalmemte por un pervertido -con el que mantiene esporádicas y necesarias relaciones sexuales- le escribe a su inepto -pero espabilado- hijo los mensajes de amor destinados a una mujer casada pero 25 años mayor que él.

Da capo
La profesora de Lengua que se folla al hijo de la monitora aeróbica es la mujer del profesor/catedrático que me la jugó hace 19 años. Le pregunto a mi amiga cómo es posible que una mujer adulta y culta mantenga relaciones sexuales con un chaval más bien cortito. Su respuesta es rápida y contundente porque la conoce, se lo ha contado su propia monitora: “porque mi hijo le pega 5 polvos seguidos”.

Y después dicen que el pescado es caro.

O: mujer es.

viernes, noviembre 24, 2017

Carta abierta a la sociedad actual y escatología

No me quedé con las cifras reales que el locutor pronunciaba ayer en la radio, pero lo que sí me quedaron claras fueron las proporciones, que según los datos (tomados a varios miles de personas) eran de once a uno. La encuesta a la que hacía referencia pretendía averiguar las preocupaciones ciudadanas respecto a su relación con la calle y los espacios públicos a base de propuestas de los propios ciudadanos; pues bien, el segundo asunto más votado habría sido el de generar refugios para gatos abandonados, con una cifra apabullante, tan apabullante que era 11 veces mayor que esa otra cifra que representaba a quienes habían propuesto la creación de espacios de atención a vagabundos y gente sin hogar.

Cambio de tercio (creo). A bombo y platillo se hacían cargo ayer todos los medios -tanto escritos como audiovisuales- en sus respectivas secciones de que casi 4 millones de personas estuvieron pegados a su televisor el día de la final de Master Chef Celebrity. Un share espectacular. Muy probablemente otros dos millones más estuvieran viendo los avatares (nunca mejor dicho) de Gran Hermano. A saber qué veían los que veían La Sexta, o Antena 3 o incluso La Primera.

Dice la noticia “9,8 es la media de edad en la que los niños reciben su primer teléfono... el 80% de ellos entra todos los días en internet y en sus redes durante una media de dos horas”. La noticia es dada de forma neutra, aséptica, sin opinión. Sin embargo dos meses antes apareció esta otra noticia en el mismo periódico;: titular: “El amor eterno ya es un mito a los doce años”; subtitular: “Una aplicación del móvil consigue que los adolescentes dejen de lado una visión del amor guiada por mitos -como 'el amor lo puede todo'”. Y después dicen que el pescado es caro.

Así que emulando al gran Fernán Gómez yo digo “¡se va usted a la mierda, sociedad actual!”... esa sociedad de la que por supuesto formo parte.

Menos mal que hoy empieza el Black Fridey... de mierda!

miércoles, noviembre 22, 2017

Micromundo fractal

(O a quien pueda no interesar II)

Ayer recibí una llamada verdaderamente extraña justo después de cenar. La de la ex-mujer del que en su tiempo fue un buen amigo. Una mujer que no veía desde hace aproximadamente 8 o 9 años, de hecho tengo su rostro desdibujado. Me llamó, ya digo, ayer, para mantener un extensísimo y desconcertante monólogo que me mantuvo mudo y colgado a mi auricular cerca de media hora.

Su incontinencia verbal se encontraba focalizada, de forma exclusiva, a explicarme el poco tiempo que quedaba a ella para serle infiel a su actual marido, “un aburrido, Alberto, un aburrido”. Mi perplejidad me impedía articular palabra porque no entendía en absoluto esa llamada, “lo quiero mucho, de verdad, pero es que estoy tan cansada...”. En todo caso yo articulaba monosílabos que pudiera aparentar un cierto interés, “ya”, “caray”, “joder” y cosas así. “Estoy harta de verlo tumbado en el sofá y ya sabes Alberto que yo soy de otra pasta”... Así yo: “ya”. “Está claro que es un buen amante, y tiene un cuerpo impresionante, la verdad; es un buen amante, pero eso ya no es suficiente, yo necesito otra cosa”... “Fíjate”. “Y yo, la verdad, es que me siento guapa, ¡estoy guapa! Y tú ya sabes que cuando quiero soy muy canalla”... “Sí, eso es verdad”. “Voy a hacer una fiesta con mucha gente en la que me gustaría que estuvieras, me voy a poner fantástica y va a haber un antes y un después de esta fiesta”... “Caramba”. “Así que sí, que ya toca, Paco es un buen amante pero me tiene cansada, ahí siempre en el sofá”... “Pues sí”. “Yo necesito volver al mundo Alberto, me voy a comprar ropa nueva y voy a volver al mundo”.

Así, la ex-mujer del que fue un buen amigo mío a la que no veía hace cerca de 9 años me llamó ayer para contarme que quiere volver al mundo y que en breve va a cuernear a su actual marido (que no conozco de nada) al que muy probablemente, aunque algo más adelante, va a mandar a freír espárragos, porque también eso lo dejó claro en su incontinente discurso, “no tengo ganas de estirar esta relación, Alberto, es un buen amante, porque eso es así, es bueno, y tiene un cuerpazo, pero es que está ahí siempre, en el sofá”... “Ya”.

También ayer, pero por la mañana, tuve la ocasión de charlar con una amiga que conservo de mis estudios universitarios. Me cuenta que su profesora de yoga y estiramientos padece con ella una cierta incontinencia verbal que le impulsa a hablarle de su vida personal. La experta en estiramientos vive con un hombre que es 10 años menor que ella y que tiene, según ella misma cuenta, un cuerpazo. El problema de esta experta en estiramientos es que está algo confusa, o mejor, bastante confusa. Al parecer ese hombre 10 años menor que ella, además de ser joven y estar plagado de abdominales, es una buena persona.

“¡Vaya! -le digo- ¿Entonces, cuál es el problema?”. “Pues que tiene un amante sevillano hace años por el que está obsesionada y que no puede quitarse de la cabeza, por eso siempre encuentra una excusa para ir a verlo”, dice mi amiga, y poco después añade que la clave de esa obsesiva relación que convierte en infeliz (confusión, obsesión, depresión...) a su experta en estiramientos se encuentra en lo que la misma experta en estiramientos piensa de su amante sevillano: que “es un auténtico canalla”. Y matiza reduciendo los motivos de su enganche a dos: “el sexo con él es apoteósico, me hace cosas que a Carlos jamás se le ocurriría hacerme, es bestial, y por otra parte después pasa de mí olímpicamente; cuando nos distanciamos no muestra ningún interés por mí. No entiendo muy bien por qué estoy tan enganchada pero la verdad es que convierte mi relación estable en anodina”.


También ayer (vaya día... ¡que parecido a tantos otros!) tuve una comida familiar en la que coincidí con mi hermano, el único soltero empedernido que conozco que es, además, buena persona. Me cuenta lo que a su vez le ha contado la mujer con la que ha compartido una pequeña relación llamémosla sentimental. Así esa mujer: “La verdad es que ya todas las relaciones sexuales que tengo, más allá de ser satisfactorias en mayor o menor medida, se me quedan cortas al lado de la única que verdaderamente ha sido importante y determinante en mi vida. De hecho contigo lo he pasado muy bien -le asegura a mi hermano-, de verdad, pero es que aquella relación que mantuve durante casi un año condicionó definitivamente mi existencia, desde entonces noto que me resulta difícil si no inviable enamorarme porque nadie está a la altura de aquellas circunstancias y nadie me proporciona el placer que obtenía yo de aquellos encuentros hoteleros, porque siempre nos veíamos en hoteles, él estaba casado y yo también”. “¿Y en qué consistían esos encuentros si puede saberse”, preguntó mi lacónico hermano. “Pues me maltrataba de forma maravillosa, me ataba, me humillaba, me pegaba cuando sabía que podía hacerlo y donde sabía que debía hacerlo, incluso se meaba encima de mí; en fin, maravilloso, insuperable”.

miércoles, noviembre 08, 2017

Yo, el amante del amor

Yo, el amante del amor. O la regla
(no apto para mentes sensibles)

Nadie, y cuando digo nadie lo que queremos decir es... nadie, le ha dado la importancia que se merece al hecho en cuestión. Así que cuando digo nadie lo que queremos decir es exactamente eso, nadie. Nadie ha querido la importancia que se merece a la cuestión, pero la verdad es que el carácter de las mujeres, además de depender de los factores externos -o internos- que actúan igualmente sobre personas con otro sexo, también depende, y mucho, de su ovulación y en definitiva de la existencia de su periodo, de su regla. Poco tengo que decir sobre ello, paradójicamente, en la medida en la que sé que lo sabe al menos la mitad de la población mundial por experiencia propia, aunque, insisto, nadie hable de ello porque al parecer a nadie le gusta (?) hablar de ello. Aún a pesar de lo sumamente decisivo y determinante que resulta sobre el entorno de las mujeres una actitud que es voluble de forma continuada y cíclica por naturaleza.

Nadie quiere darle importancia, pues, al hecho de que el carácter de las mujeres sea variable de forma cíclica durante 12 (24) veces al año, y nadie lo hace aun a pesar de todos los desencuentros (¿menores?) que genera en la Humanidad esa variabilidad contumaz en lo que respecta a las relaciones sociales en general y las sentimentales y privadas en particular (y atención que hablo de desencuentros, no de otra cosa). ¿Por qué? No lo sé, pero algo intuyo. Porque cuando decimos variable o voluble para calificar un carácter que se manifiesta dispar o inconsecuente (sinónimos de voluble según la RAE) siempre de forma regularmente cíclica nos olvidamos de asignar la importancia que pudiera tener en las relaciones humanas. Porque lo que hacemos ignorando la cuestión no es otra cosa que desplazar cualquier intención de analizar las consecuencias. Que esas sí las conocemos de sobra. Y más ahora, donde el nihilismo sentimental se ha instalado en nuestra sociedad, no por otra cosa sino debido a una conculcación ideológica a la que nos ha sometido la Cultura de la Queja, tan Políticamente Correcta ella, tan displicente con el varón, criminalizado, con los varones todos, pues. Una ideología conculcada que tiene por fundamento (entre otros) un absoluto desprecio hacia el amor romántico.

En Las razones del deseo dice Sharon Moalem, “Es como si las mujeres buscaran aparearse cuando están ovulando, pero buscaran pareja cuando no lo están”. Y poco después apunta, en un estudio realizado en la misma universidad y publicado en Evolution and Human Behavior, que “era más probable que las mujeres fantasearan con otros hombres cuando su fecundidad estaba en su punto más alto”. Por otra parte la doctora Haselton dice “Hemos descubierto que las mujeres se sienten atraídas por hombres distintos a su pareja principal sobre todo cuando están en la fase de mayor fecundidad de su ciclo menstrual. Es decir el día de la ovulación y varios días antes”. En otros libros se hila más fino y se añade algo respecto al punto hacia donde se dirige esa volubilidad. Al parecer, lo que atrae a las mujeres en esos días de menor fecundidad es hombres amorosos, cariñosos, blanditos, ingeniosos, graciosos, colaboradores, etc., y lo que les atrae esos días de máxima fecundidad es tipos duros, varoniles, egoístas, decididos o incluso chulos. ¡En fin!


El otro día me encontré con una mujer a la que no veía de hace muchos años. Después de cierta conversación típica de reencuentro se adentró, con evidente ímpetu y ganas (?), en el asunto que en estos momentos le preocupaba hasta generarle un alto grado de ansiedad: su hija adolescente de 13 años con la que convive a solas. Por no alargarme iré directamente a su conclusión; así ella: “desde luego que a lo que no voy a estar dispuesta en ninguno de los casos es a admitirle esos cambios de estados de ánimo y esas salidas de tono que no son otra cosa que constantes confrontaciones directas sobre mi persona. Sólo hace 3 meses que tiene la regla y desde entonces nuestra relación se ha convertido en una montaña rusa. No, definitivamente conmigo que no cuente para usarlo de excusa o para que yo la excuse”.


No sé, de repente me he acordado de aquella otra mujer que un día me dijo recientemente: “la verdad es que no entiendo a los hombres, con lo fácil que resulta amar a una mujer”.

Nota. Este texto también pudo llamarse, por qué no, dado su carácter personal: Yo, el amante del amor. O la regla (que mil veces me he comido, literalmente hablando, y lo siento por las mentes sensibles).

sábado, junio 03, 2017

Amor

Venía yo de unos esos eventos en los que corresponde felicitar al protagonista te guste o no su producto exhibido mientras todo el mundo sonríe con una copa en la mano. Y cuando digo todo el mundo me refiero, en este caso, a los asistentes de ese particular evento, que como todos los de su especie, tanto propician a todo el mundo, digo, a sonreír con una copa en la mano. Algarabía y mucha aparente alegría, aunque no sé por qué digo lo de aparente. Venía yo de allí, decía, de la inauguración de una exposición de arte, cuando observé de lejos una extraña forma estática que no se correspondía con una figura humana, diría. Estaba lo suficientemente lejos como para no saber de qué se trataba pero lo suficientemente sobrio para intuir qué es lo que podía ser, pero sin verlo claro.

Debido al horario en el que todo esto sucedía no había mucha gente en la calle, no sé, quizá estuvieran cenando, me dije. O quizá sí la había, la gente, en la calle, pero yo no la veía. O quizá se trataba de una percepción provocada por el contraste, quiero pensar, porque podría jurar que la calle se encontraba realmente vacía; y digo contraste porque, como creo haber dicho, la galería de arte se encontraba repleta de gente que sonreía con una copa en la mano. Posiblemente había yo saludado a demasiada gente con una copa en la mano, sonriendo. A gente que con una copa en la mano sonreía.

Así, no sé si la calle estaba vacía o no, aunque creo que sí, al menos eso sentía volviendo de ese evento a una hora en la que todo el mundo debía estar cenando. Así, repito, fue volviendo de ese risueño evento cuando vi a lo lejos esa extraña silueta que no se parecía a la de un ser humano; aunque a lo mejor no sea apropiado hablar de ser humano para hablar de las dudas que tal impávida forma, humana pero no tanto, me provocaba. Porque ¿qué podía ser si no? Era extraña pero no tanto, repito. Era extraña sí, pero a lo mejor no se trataba tanto debido a su forma, que de alguna forma también, cuanto debido a su inmovilidad, a su absoluta inmovilidad.

Había salido de un evento que podría calificar de barroco, de hiperbólico, podría llegar a decir, por lo apabullante de las sonrisas y los saludos histriónicos, cuando, quizá por todo ello, me topara con esa extraña –así me lo pareció- forma que por lo menos me lo parecía de lejos. Extrañeza que seguramente provenía, con toda seguridad, digo yo, de haber vivido hasta hacía unos pocos minutos una experiencia de esas que podría calificar de barroca, si no de hiperbólica. La cuestión es que la calle estaba vacía, creo, y aquella extraña forma a la que me aproximaba me parecía extraña por dos cosas, por lo lejana que estaba en el espacio, el espacio que mediaba entre esa forma y yo mismo, quién si no, y por lo cercana que se encontraba de mi experiencia reciente, la que se había caracterizado por su exceso, por su aceleración, diría.

Cuando me aproximé lo suficiente se despajaron todas mis dudas, pero la calle seguía vacía y no sólo vacía sino incluso silenciosa, podría llegar a decir. Extremadamente silenciosa. Ya lo había avanzado antes cuando decía que estaba lo suficientemente lejos como para no saber de qué se trataba pero lo suficientemente sobrio para intuir qué es lo que podía ser. Y en efecto, algo de eso había, quiero decir, que aún no sabiendo a qué respondía aquella extraña forma, que al menos a mí me lo había parecido, no resultaba en el fondo difícil asociarlo a algo previsible, aunque vagamente. Al fin y al cabo estaba en una calle y no en un desierto. Así que cuando me aproximé lo suficiente descubrí que no se trataba de un espejismo, como podría haber sucedido si en vez de en una calle hubiera estado en un desierto y que se trataba de algo que el fondo era previsible, que lo era, aún cuando mi estado no me lo hubiera permitido admitir hacía un momento. El estado, claro, provocado por una experiencia acelerada, hiperbólica, la que precisamente confiere sentido a hablar de dudas, desconciertos, extrañezas y espejismos.

A unos metros –del bulto- se despejaron todas mis dudas, decía, y aquello que tan extraño me había parecido hacía un momento no era otra cosa que dos personas abrazadas, absolutamente inmóviles. Me fui acercando a ellos mientras ellos permanecían tan inmóviles como lo habían estado desde que me había yo fijado en ellos sin saber que se trataba de ellos, es decir de una pareja de amantes que se encontraban abrazados, amarrados, inmóviles y con los ojos cerrados. El tiempo se había detenido para ellos, de eso no hay duda. El instante para ellos carecía tiempo y de espacio, podría decirse. No estaban allí porque no estaban ni aquí ni allí, que es una forma de estar en el universo cagándose en la muerte.

Pasé junto a ellos mientras permanecían estáticos, extáticamente inmóviles. Los sobrepasé y me volví para comprobar lo que además de previsible era inevitable, diría. Allí seguían abrazados, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte. Llegué a mi casa, me acosté y me dormí. Y allí seguían ellos abrazados, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte.


Así que a unos metros –del bulto-, decía, se despejaron todas mis dudas, y aquello que tan extraño me había parecido hacía un momento era algo verdaderamente extraño: dos personas abrazadas, absolutamente inmóviles, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte.

lunes, mayo 09, 2016

De la bondad (Virgin Mountain)

De la bondad (Virgin Mountain)

¿Cuánta bondad cabe en una persona?

Pero antes, ¿qué es ser una buena persona? Sí, esa sería la verdadera primera pregunta. Porque siempre habrá un allegado del gánster que asegure que su jefe, o su hermano o su padrino, o sea, el gánster, es una buena persona. ¿Qué no era Vito Corleone para su mujer y todos sus beneficiados sino una buena persona? Y por no ponernos dramáticos ni cuentistas: seguro que los altos ejecutivos de Vodafone/Ono y Moviestar/Telefónica son buenas personas para muchos de sus allegados. Aún cuando todos sepamos que nada hay tan maléfico como engañar y maltratar al que previamente se ha dejado indefenso y desamparado. Como lo está todo usuario de una telefonía móvil.

Seguro que muchos allegados de Carlos Slim lo describirían como una buena persona, quizá por ser campechano, o por llevar relojes de plástico. ¿Podemos decir, entonces, que buena persona es ese que saluda al panadero todos los días con una sonrisa y recoge la mierda de su perro con una bolsita de plástico?

¿Cuándo podemos decir de una persona que es buena? No, desde luego, cuando sólo podemos decir de esa persona que parece feliz. Por muy saludable y recomendable que pudiera ser una actitud social positiva. Como la que por cierto se conoce de esos asesinos cuando son descubiertos por la policía. Así sus desconcertados vecinos de escalera después de la detención: “era una persona muy normal e incluso atento, siempre tenía una palabra amable cuando subíamos en el ascensor”.

Pero sí, sí se puede saber cuándo una persona es buena: simplemente cuando esa persona se esfuerza en realizar el bien al otro. Así de fácil resulta saber de la calidad humana de una persona. Sobre todo cuando quien ejerce ese bien sobre el otro no repara en gastos propios, ya físicos, económicos, emocionales, sociales o neuronales.

Es desde este punto de vista que podemos decir que Fúsi, el protagonista de la película Virgin Mountain (Dagur Kári), es una buena persona. O mejor, una persona que exuda bondad, una persona buena. Y sólo por ver a un personaje de estas características en el cine contemporáneo ya merece la pena ver esta película. Un cine, este contemporáneo, que se regodea en la ambigüedad moral de unos protagonistas con quienes gustan de identificarse los espectadores.

Virgin Mountain es, pues, una película protagonizada por un personaje, Fúsi, en el que cabe toda la bondad posible. Su anodina vida responde a la inadapatación social que sufre debido a una personalidad que se ha forjado en ese mismo fracaso social; un bucle que aflora por lo laboral, lo familiar y lo sentimental. Con la inestimable ayuda, claro, de un aspecto físico que se encuentra en las antípodas del actual modelo vigoréxico.

Pero nada detiene a Fúsi si lo que quiere es repartir generosamente lo que su tremendo y desgarbado cuerpo le pide: amor. Y si algo impide a los demás estar a su altura moral es, precisamente, esa mirada limpia que sólo la verdadera bondad puede poseer. Por eso Fúsi no podrá ser feliz nunca, porque su bondad se enfrentará, siempre, a eso que a los demás impide estar a su altura.

¿Y de qué le sirve a Fúsi ser tan buena persona? De poco. ¿O no? ¿Acaba bien la película Virgin Mountain (Corazón gigante)? ¿Puede acabar bien una película que señala una sonrojante imposibilidad material? ¿Es posible la felicidad sin egoísmo?  

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/05/de-la-bondad-virgin-mountain.html

martes, abril 05, 2016

Tarde de cine: dos películas

Hacía tiempo que la había comprado pero no había encontrado el momento idóneo para verla, como tantas otras películas también compradas que me queda por ver, porque todo el cine que veo en mi casa o es comprado o es alquilado. Así que éste era el día para ver Irreversible, una película de la que había oído hablar bastante y que se me resistía, quizás, por lo que de ella presuponía.

Y no me equivocaba, la famosa película de Gaspar Noé es sin duda en todo excesiva además de frenética. No se priva de nada que pudiera relajar al espectador, así que incluye escenas de violencia extrema, como una violación anal filmada a plano fijo y a tiempo real y escenas de sexo explícito. Todo barnizado de una violencia, como digo, que sin duda se encuentra reforzada por un frenético ritmo narrativo. Ver Irreversible es como comerse un ramillete de retama a palo seco.

¿Que poder decir de ella entonces? Poca cosa más; que está muy bien resuelta, que es original, que los actores están estupendos y que todo tiene cierta coherencia, incluso el manifiesto virtuosismo técnico que tan molesto resulta la mayoría de las veces en el cine (porque suele ocultar algunas carencias).

¿Poca cosa más, entonces? ¿O eso es mucho?

No sé si es mucho o poco; ni si es bueno o malo, lo que sí sé es que no es bueno el sabor de boca que me ha dejado. Demasiado frenética para mí, demasiado cruel, demasiado explícita y demasiado violenta. ¿Pero son esos demasiados suficientes para rechazar la película? Quizá no. Quizá incluso esos demasiados sean los que puedan servir para elogiar una película que es excesiva porque lo que pretendía era precisamente eso, ser excesiva.

¿Pero es que acaso las películas están hechas para dejar buen sabor de boca? En absoluto. No van por ahí los tiros. De hecho Haneke y Trier son dos maestros del cine contemporáneo y para mí ver sus películas es como masticar arena.

Además, si dejar mal sabor de boca fuera suficiente para hacer buen cine, cualquiera podría ser un genio.

¿Entonces?

La cuestión es que en Irreversible no hay mucho más de lo que muestra. Y eso sí que me parece una buena forma de aproximarnos a un juicio válido. O por decirlo de otra forma: lo que en Irreversible predomina es el virtuosismo y lo que la pelicula cuenta -narra- es lo que vemos. Sólamente. Así pues, una película que se asienta sobre una doble complacencia: la del autor, que se sabe original en la medida en que eso es lo que fundamentalmente desea, y la de los espectadores, que gustan en su mayoría de este tipo de cine, como demuestra un estudio de taquilla. Una complacencia que eximirá a los espectadores -y a su director- de tener que encontrar en la película algo más de lo que en ella se ve.

Así, y a pesar de la violencia extrema, Irreversible es una película que gustará fundamentalmente a los que dicen ir al cine para entretenerse. ¿Pero acaso hay otra forma de ir al cine que no tenga por causa el deseo de entretenimiento? No, no hay otra forma, pero ustedes me entienden. Seguro que sí.

De todas formas, no estaba yo hoy dispuesto a quedarme con mal sabor de boca. Y eso a pesar de que, efectivamente, me había entretenido viéndola. Como también me habría podido entretener, todo se ha de decir, el haberme curado una herida en la rodilla.

Así que ni corto ni perezoso acudí a mi vidioteca con el fin de resarcirme. Eché una ojeada en el correspondiente sector de uno de mis géneros favoritos y extraje Siete novias para siete hermanos.

Mi estado de ánimo cambió en pocos minutos. De la conmoción sospechosa a la emoción placentera. Sinceramente: es ver la cabaña de Pontipee con esos decorados pintados al óleo y ponerme cachondo, porque en efecto se trata casi de una cuestión sexual. Me ponen más cachondo los volantes blancos de los vestidos que porta Jane Powel que las bragas tanga de Monica Bellucci. Qué le vamos a hacer.

Sólo se puede hablar desde la emoción particular. Me resultan enormemente placenteros, cada vez que veo la película, todos los números musicales de esta película incluídos los más cursis, pero sobre todo me abduce ese en el que los hermanos Pontipee se encuentran trabajando en el bosque sumidos en un profundo estado melancólico. La coreografía resulta perfecta para transmitir, desde la danza, ese estado de ánimo que conoce todo aquel que no obtiene respuesta de la persona que ama.

Siete novias para siete hermanos me sirve. Esa es la mejor descripción que puedo hacer de lo que en mí consigue una película cuando es usada de forma terapéutica. Y yo uso el cine como me da la gana dependiendo de lo que en cada momento me pide el cuerpo. Ver cine no necesariamente exige una sola forma de hacerlo. Yo me acerco al cine de la misma forma que me acerco, por ejemplo, a la gastronomía. Puede que mañana vuelva a ver El caballo de Turin, una de las películas más tristes que he visto. ¿Y qué? Si la película contiene una verdad, una verdad que sólo puede ser subjetiva, me servirá. Yo quiero que las cosas me sirvan. Otra cosa es que todo pueda ser interesante y otra cosa es que todo lo que resulta interesante pueda servir para algo. Ustedes ya me entienden.

Nota. Para quien prefiera ver los textos ilustraditos que acuda a mi blog de cine.

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/04/irreversible-y-siete-novias-para-siete.html

domingo, enero 24, 2016

Ansiedad y ansiolíticos

“Todos los hombres sois iguales”. Lo llevo escuchando toda mi vida. Y después el matiz, “siempre estáis pensando en lo mismo”. Vale.

Ahora la pregunta podría ser: ¿Es posible que en los avances del feminismo estuviera previsto que todas las mujeres fueran iguales? Ahora bien, ¿iguales a quién, a los hombres? ¡Pues claro! ¿A quién si no, si lo que dicen querer es la igualdad total? Pero ¿a los hombres malos? O mejor, ¿a los hombres que no pueden ser otra cosa sino malos, según cuentan los telediarios, los periódicos, las revistas, los libros, los grupos de presión, los profesores universitarios, los políticos, las tertulianos...? ¿Iguales, pues, a esos seres a los que se está despreciando en genérico desde hace tantos años?

Centrémonos exclusivamente en los asuntos del deseo, los sentimientos y la gestión de pareja en las sociedades civilizadas, ya que se encuentra directamente vinculado a eso que hace -ya que dicen- que los hombres se encuentren siempre pensando en lo mismo. Se supone que de forma primitiva y zafia, de otro modo no habría tenido sentido la machacona queja. De hecho, ese “pensar siempre en lo mismo” se ha usado, también siempre, para señalar una degeneración, una patología. La del hombre zafio, burdo, primitivo: machista.

Así que volvamos a las preguntas: ¿Es posible que en los avances del feminismo estuviera previsto que todas las mujeres fueran iguales? ¿Iguales a los hombres que no pueden ser otra cosa sino malos (burdos, simples, zafios, primitivos…), al decir de la sociedad que se expresa desde la Opinión Pública?

¿Será cierto que, gracias a los avances del feminismo, las mujeres se encuentran ya siempre, también, pensando en lo mismo? ¿Todas? Respuesta: A tenor de lo que vemos que sucede, sí, definitivamente ellas ya siempre están pensando en lo mismo, en lo mismo que piensan reiteradamente los hombres (burdos, zafios, etc.).

Y cuando digo “todas” le doy el mismo valor que siempre le han dado las mujeres a el “todos”.

Pero, ¿hemos ganado algo con esta igualación en las sociedades civilizadas? Sí, un alarmante descenso de la natalidad. Y... algo más.

La cuestión es que cada vez hay más mujeres que parecen hombres y cada vez más hombres que parecen mujeres. Y esta igualación tan idílica para tantos dificultará, aún más si cabe, el entendimiento entre las partes (y digo partes porque eso es lo que se deduce ante el discurso que machaconamente habla de hombres usando el genérico), cada vez más iguales, esto es, menos complementarias. Y la dificultará porque, además, esa simbiosis se ha llevado de la peor de las formas posibles: igualando por debajo, es decir, copiando y tomando del otro sexo lo peor.

Insatisfacción y ansiedad, esas son las consecuencias más evidentes. Es decir, fármacos por un tubo, múltiples viajecitos low cost, redes sociales y yoga a manta. Todo para tapar. Y además, barnizado de rencor, odio y resentimiento. El que se trasluce en los medios y el que se trasluce en las conversaciones pandilleras. A eso me refería cuando hablaba de “algo más”. 

¿Quiere decir todo esto que estábamos mejor antes? ¡En absoluto!!!!!; sólo quiere decir lo que dice.*

*Aclaración pertinente en una época en la que se nos ha acostumbrado a oír sólo lo que los medios permiten expresar.

sábado, enero 23, 2016

miércoles, enero 20, 2016

sábado, enero 02, 2016

Belleza y X

Eso de la “belleza interior” lo llevo escuchando toda mi vida, pero qué quieren que les diga, me resulta empalagoso. Más que eso: baboso. Me da a mí que quien hace referencia a ese concepto, claro está por oposición al de belleza, se encuentra en superficie resbaladiza. Y en plano inclinado.

O no. O simplemente se trata de un idiota.

“La belleza del alma”... ¡hay que ser idiota!

La belleza es una primera instancia que nos aborda y nos desborda. Y tal instancia sólo puede ser inmediata. Y percibida por los sentidos.

“Belleza exterior y belleza interior”... ¡definitivamente idiota!

La belleza atrae por su luz propia. Podría decirse que la belleza es luz pura. Y el interior de eso que irradia luz pura es, por definición, oscuro, por mucha “bondad” que pueda contener. Ya hagamos referencia a un valle, una escultura o una persona. El término oscuridad no contendría en este caso ningún aspecto peyorativo y debería entenderse como la otra necesaria y complementaria cara de la dualidad. La belleza es una aparición y sólo remite a la propia belleza en tanto que virtud. Que para eso están las otras, verdad y bondad. El interior de las montañas que conforman un valle es tan oscuro como el subfondo del mismo valle. Y el interior de esa bella actriz está compuesto de vísceras que viven en viscosa oscuridad.

La belleza de un esclavo de Miguel Ángel me desborda y empequeñece al tiempo que me inunda y me eleva. Sólo un papanatas hablaría de belleza interior. Y ya puedes mirarlo una y mil veces que su belleza permanecerá intacta, irradiando la misma luz.
Las personas, en tanto cosas opuestas a las obras de arte, son otro mundo. Su belleza sólo puede ser, a lo sumo, anecdótica. Por lo que puede ser a su vez engañosa. O fatua. Pero hablar de belleza interior es, sobre todo, una cursilada.

Por eso estoy más de acuerdo con Marsilio Ficino que con Ovidio. Y no es más que una cuestión de nomenclatura. No hay dos tipos de belleza, interna y externa, pero sí dos tipos de perfección, la interna y la externa, la bondad y la belleza. Aunque pienso que se trata, al fin y al cabo, de una simple forma de hablar.

Me gustaría saber por qué tanto pensador se emperra en confundir bondad y belleza; conocer las causas de ese empeño en llamar belleza interior a la bondad. Qué metáfora tan facilona, ¿no? ¡Y tan poco propia de aquel cuyo principal cometido es pensar!, ¡y ceñir los conceptos!

¿Qué tiene que ver el amor con un esclavo de Miguel Ángel? Yo se lo diré: nada. ¿Y la bondad? Nada. Sin embargo, en una persona buena el amor se irradia. Hacia afuera, claro. Así, esa bondad no es interior ni exterior, esa bondad se encuentra en los actos, en la acción. En aquello que existe en la medida que repercute.

En cualquier caso, y para acabar: es cierto que siempre me ha fascinado la belleza; o mejor; siempre me dejado fascinar por la belleza, pero si he de ser sincero y conforme pasa el tiempo (años y años), ya cada vez me interesa menos. Incluso por mucho que, ya sin pasión, la disfrute a diario. Lo que verdaderamente me emociona y conmociona es conocer a una buena persona. Eso, eso sí que me produce un inmenso placer. X

domingo, noviembre 08, 2015

Gran Hermano y Forges



Gran Hermano y Forges



Mientras les llenan la cabeza de slogans y de ideología barata los jóvenes siguen con fruición Gran Hermano y Hombres y Mujeres y Viceversa, dos de sus programas favoritos de la parrilla televisiva. Y lo hacen dejando claro cómo son y de qué van todos ellos, personajes y espectadores. Así, mientras los políticos, los periodistas y los profesores inculcan al mundo civilizado la idea de que los varones son sospechosos por naturaleza (?), los jóvenes van a la suya, la que les resulta inevitable. Tanto si son hembras como si son machos. O por decirlo de otra forma: los jóvenes son como son con independencia de lo que se diga de ellos e incluso de lo que ellos crean ser. ¿Y qué conclusión podría extraerse de las 16 ediciones de Gran Hermano, y más concretamente de esta última, tan instructiva? Pues que definitivamente hay muchas mujeres con carácter y que además todas ellas están educadas (desde los poderes fácticos, desde la trama social y lo que resulta más importante, desde su más tierna infancia) en la absoluta independencia de su sexo y su autonomía respecto al opuesto. ¿Qué otras conclusiones cabrían? Pues que los varones más chulos y proactivos son los que más éxito obtienen con esas mujeres tan independientes y liberadas. Y como es sabido (y quien no lo sepa peor para “él”) los más chulos son, casi siempre, los que además llevan ciertas cualidades asociadas, como agresividad, orangutanismo, egoísmo, crueldad, despotismo, vanidad, insensibilidad… Pero ahí están ellas, las jóvenes, tan liberadas, tan independientes, con tanto carácter, con tantos slogans feministas marcados a fuego en su mente… perdiendo la dignidad ante los más chulos de la pandilla. Como siempre. Humillándose ante quienes admiten su escasa capacidad para amar y la mucha que tienen para follar…



Veamos ahora una de las últimas viñetas de Forges para El País. 




Si yo tuviera que describir la viñeta lo haría de la siguiente forma:  Una anciana enlutada corre con una pancarta en las manos que contiene un texto y una imagen; el texto dice “Pacto de Estado ¡ya! Contra el machismo” y la imagen es la cabeza de un hombre tachada con una cruz roja. Una lágrima enorme discurre por la mejilla de la anciana.



¿Alguna objeción? De lo que no cabe duda es de lo que la cruz, con todo su rojo, significa en su superposición sobre la cabeza del hombre: que es él quien sobra. O que hay que acabar con él y por eso lo tachamos. O que el problema es el hombre con independencia de que para acabar con él tengan que hacerse unas cosas u otras: pactos, Institutos, Ministerios, leyes, lobbies… El que se encuentre representada la imagen de un hombre en la pancarta no puede responder a ninguna ingenuidad, de otra forma habría bastado con el slogan.



¿Es eso lo que vemos o no? ¿O quizá deberíamos hablar de interpretaciones en base a algún matiz? ¿Podrían las posibles interpretaciones no ser en realidad más que proyecciones de significación derivadas de un discurso previsible por oficial? ¿Qué nos haría pensar que lo que sobra son sólo algunos tipos de hombres? Bajo mi punto de vista poca cosa, pues no hay motivo para pensar que los hombres de aspecto rudo o adusto son machistas. ¿Entonces? ¿Por qué entonces debemos suponer que son sólo unos cuantos hombres los que deben ser tachados? ¿Qué nos obliga a deducir de la esa imagen que sólo sobran algunos hombres y no todos? Nada. La imagen que se tacha es la de un hombre que tiene acentuadas las características específicas de su sexo: mandíbulas anchas, barba de 4 días (esa que tanto gusta ahora) y cejas pobladas. Es más, si quitamos el rictus de la boca podríamos incluso hablar de lo que siempre se ha asociado a un hombre noble, con sus gafas incluídas. Hagan la prueba y lo verán. En cualquier caso los rasgos que indican seriedad o mal humor tampoco son sintomáticos de machismo. Más bien al revés, como hemos comprobado en los dos programas citados.



La conclusión es que a la imagen no le ha hecho falta ser más objetiva para ser eficaz. A Forges no le ha hecho falta ser más explícito a la hora de describir la maldad del hombre que hay que tachar para conseguir que que todo el mundo acepte la viñeta sin restricciones. O por decirlo de otra forma: no ha hecho falta que el hombre tuviera un cuchillo en la mano para que todo el mundo supiera que el varón es la causa del problema con el que hay que acabar. No hay que acabar con los tipos duros ni con los chulos, de hecho hemos visto que siguen siendo ellos quienes más favores obtienen de las liberadas hembras, hay que acabar con el mismo varón, ese varón que más bien podría ser el marido de esa anciana que llora al tiempo que viste de luto en un país que estadísticamente se encuentra a la cola de los que padecen violencia derivada de cuestiones pasionales. Tampoco importa demasiado saber en qué puede consistir ese Pacto de Estado, precisamente porque lo importante ya haya quedado claro y la misión cumplida con la misma viñeta.


Coda. Hay dos tipos de personas, aquellas a las que les gusta generalizar y aquellas que reniegan ferozmente de toda posible generalización. Pero dentro de cada grupo existen además dos tipos de personas, aquellas a los que no les gusta generalizar y aquellas que no pueden evitar el hacerlo.