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martes, agosto 07, 2018

Vendrán más años y nos harán más ciegos


O: Y aún dicen que el pescado es caro


Llegamos sobre la hora prevista y pactada. Se trataba de llegar a la cena con un poco de margen de tiempo por delante para poder charlar con tranquilidad antes de la misma, y por qué no, porque tampoco ninguno de nosotros (?) somos demasiado nocturnos. Acudíamos mi pareja y yo al chaletito de un matrimonio con una hija de 7 años. Él es amigo mío desde hace exactamente 31 años y a su mujer la conozco desde hace 13, los años que hace que se casó. No los veía desde hacía casi un año y mi pareja no los conocía.

Como era de prever la niña acapara una cierta atención de mi pareja. Algo de alguna manera lógico en la medida en que mi pareja tiene una hija que no hace tanto tenía la misma edad de la hija de mis amigos.

Nos sentamos en la mesa a cenar los cinco, y la niña sigue siendo el centro de atención de 4 adultos que en principio tienen muchas cosas que decirse, muchas cosas que descubrirse. Creo. Ahora, pues, entiendo menos la exagerada atención a la niña. Toda conversación se intenta hacer extensiva a la niña, pobrecita. Ella se siente bien, claro, es la protagonista de unas conversaciones que a veces entiende y otras, la mayoría, no, pero siempre es consultada, siempre atendida, pobrecita. Se hacen apartes entre nosotros pero late en toda la cena la necesidad de mostrarle a la niña interés por su presencia ¡y hasta por su pensamiento!, pobrecita. Pero a la niña le resulta insuficiente. Lógico por otra parte. Y razonable. Y es entonces cuando le pide al padre su teléfono para jugar con él en la mesa. El padre le dice que no, que su teléfono no, pero la niña hace oídos sordos y se levante de la mesa. El padre le insiste, "con mi teléfono no". La niña regresa con él, lo toquetea y pide la clave para entrar. La madre se lo coge de la mano para intentar abrirlo, pero la niña dice “no, sólo lo puede abrir el papá”. El padre, que se encuentra en plena conversación conmigo coge el teléfono como un autómata e introduce la clave, la niña se lo arranca de las manos y se queja de no tener los juegos que le apetecen. Así la niña: “voy a descargarme un juego papi”. Así el padre: “no, P, no que el papá no quiere aplicaciones en el teléfono”. La niña se lo descarga. Empieza a jugar a un ruidoso juego y los padres le llaman la atención. La niña hace caso omiso; incluso llega a decir que no sabe bajar el volumen. Al final hay que ponerse serio. Es igual, ya se ha cansado y lo ha soltado. Ahora quiere desatar a los perros, que han sido atados precisamente para que no nos dieran la cena, son perros agrestes que viven en el campo y no están muy educados. Los padres se lo niegan... durante unos... segundos, pero la madre le dice “vale, ve y desátalos”. La niña sale disparada y contenta mientras la madre dice “pobrecita, es que le gustan mucho los animales y sufre si están atados”. Llegan los perros en una estampida. Comienzan los gritos de mis amigos para intentar mantenerlos a raya. Imposible Se acercan, babean, lengüetean, se arriman y demandan comida. Imposible. La niña, pobrecita, se abalanza sobre ellos y los abraza; los acaricia y los vuelve a abrazar. “Pobrecita”. El padre le dice que ahora tendrá que lavarse las manos si quiere volver a sentarse. Ella ni lo mira. Mi pareja le da conversación, los perros están al acecho, de repente uno de ellos se impulsa contra la mesa supletoria engancha unas viandas y sale escapado. La mujer de mi amigo sale tras él cagándose en sus muertos y al rato llega con una esterilla de comida destrozada por las mandíbulas del animal. Cuando la cosa parecía haber llegado al límite y con el goce de la niña en su punto de clímax exclama “me aburro”. A los tres adultos que me acompañan parece afectarles la frase de la niña, pobrecita. Claro, pobrecita, una niña entre 4 adultos... Yo, sin embargo me digo a mí mismo para mis adentros “¿que te aburres... desde cuándo?”. “Pues podrías bañarte en la piscina” dice el ocurrente padre. Pensado y hecho, la madre le pone el bañador y ale. Pero la niña no contaba con que dentro de la piscina no sería la reina de la noche, así que en unos minutos estaba envuelta en la toalla. Al cabo de un rato mi pareja y yo nos despedimos de elllos y nos vamos. Ya en el coche me hace dos observaciones, una en forma de afirmación y otra en forma de pregunta; afirmación: “qué bien me ha caído la niña, es estupenda, desde que la he conocido me he dado cuenta de que es especial; hemos conectado enseguida”. Pregunta: “¿Has estado bien esta noche?, es que te he visto poco hablador.

Mutatis mutandi. Me encuentro de veraneo en una apartamento con mis sobrinos de 18 año. Uno de ellos se tira en la cama después de la comida, 3,30 h., con el teléfono firmemente agarrado por ambas manos. Yo me pongo a leer y a escribir. Me levanto varias veces, unas para beber, otras para evacuar y otras por simple curiosidad. Dan la 8, 30 h. y mi sobrino permanece con el teléfono empotrado en su pecho y a dos palmos de su cara, como una estatua de sal. Mientras me arreglo para salir le pregunto si quiere venirse conmigo a tomar algo, pero me dice que no, que ha quedado con un amigo; de hecho se baja en el ascensor conmigo para encontrase con él. A mi regreso me lo encuentro en la cama en la misma posición en la que ha estado 5 horas seguidas abrazado a su artefacto. Con el artefacto, claro.

domingo, mayo 27, 2018

El Barómetro Juvenil III

(Leer por orden I, II y III)
No he tenido tiempo de continuar mi texto en Barcelona, así que lo retomo en el viaje de vuelta. El tren va lleno y me encuentro sentado en pasillo junto a una mujer que lee un libro de autoayuda llamado Un Milagro en 90 días. Leo en la página que tiene abierta una de las múltiples frases escritas en negrita, una que además se encuentra escrita en mayúsculas, “Cásate con tus sueños”. Intento leer algo más de reojo pero ella ya ha cerrado el libro, ha cruzado sus brazos y se ha puesto a mirar por la ventanilla. Su lectura ha debido durar aproximadamente 20 segundos.

Junto a mí, al otro lado del pasillo una mujer de mediana edad, diría que de unos 45 o 50 años se ha hecho dos selfies nada más instalarse en su asiento y lleva manoseando su móvil desde entonces, han pasado exactamente 20 minutos. Lo juro. ¡Cómo se va la vida tan callando, Dios! Echo una ojeada disimulada hacia atrás: dos jóvenes de barómetro tienen cogidos firmemente sendos móviles con ambas manos como si les fuera la vida en ellos, que les va, no se hablan porque los dos están conectados al dispositivo mediante auriculares, los dos llevan gorra a lo Spielberg calada hacia atrás.

El silencio del vagón es tan sepulcral como inaudito. La mujer de mi derecha parece una estatua y la de la izquierda ha dejado el teléfono sobre su barriga. Perdón, lo retoma con ímpetu, debe haberle vibrado el ombligo. Leo en la contraportada del libro de mi vecina más directa: “Consigue YA la SAGA de 'La voz de tu Alma'” y observo las 6 fotos de las portadas de los 6 libros de la SAGA.

Ya digo, se respira una tranquilidad casi sospechosa. Miro hacia el suelo y veo como la moqueta comienza a supurar un extraño líquido parduzco. Nadie se apercibe de ello. O sí, pero nadie se mueve. Todo permanece en un silencio ensordecedor. El líquido no para de surgir del suelo a velocidad constante. Y ya no es sólo su presencia, evidente por otra parte, sino el hedor que desprende lo que ya es un charco. Ahora sin duda más amarillento. Todos los pasajeros parecen encontrarse en estado semivegetativo, nadie habla con nadie, nadie dice nada. Sólo una chica que se encuentra delante de mí en diagonal teclea su ordenador con la misma cadencia que la mía. Puede que ella de aperciba de la salida de ese líquido viscoso que ya ocupa todo el vagón. Me digo a mí mismo, a quién si no.

La mujer de mediana edad se vuelve a hacer otro selfie, algo que escapa totalmente a los límites de mi comprensión. Ha hecho exactamente el mismo gesto de antes. Por otra parte cuesta reconocer el color original de la moqueta, que creo recordar era verde. Ya no es un charco lo que hay a nuestros pies, es algo más. El agua, por llamarla de alguna forma, el agua cenagosa, eso sí, y sucia, la tenemos ya a la altura de los tobillos y los viajeros siguen sin darse por enterados. Yo he decidido levantar los pies y apoyarlos sobre el asiento delantero, pero los demás, todos, se encuentran con los pies enfangados. Mi vecina más directa sigue absorta mirando por la ventanilla y su libro sigue enseñando la contraportada, con las fotos de los 6 libros de la SAGA y con la foto de su autor, un joven barbilampiño se sonrisa atractiva y dientes muy blancos. El agua es cada vez más sucia. Me agacho para verla de cerca y descubro incluso algunos insectos propios de agua estancada. A estas altura parece agua sulfurosa y desprende una suerte de vapores de doble capa.

Cuando llegamos a Tarragona el agua supera el nivel de nuestras rodillas, pero la gente sigue en estado contemplativo. Los chavales de atrás se ríen al unísono de lo que al parecer ven en sus respectivos dispositivos, ¿estarán viendo lo mismo? El caso es que ríen, pero no emiten sonido alguno. Mi vecina de pasillo suspira ante su teléfono sin percatarse, al parecer, de que el agua turbia nos está alcanzando ya al cuello. En cualquier caso ella teclea como si le fuera la vida en ello, que le va, sacando los brazos por encima del agua. Los vapores que emana esta ciénaga viajera me impiden ver con claridad más allá de dos asientos. El olor resulta insoportable y los bichos campan a sus anchas por todo el vagón.

Cuando comienzo a darlo todo por perdido veo acercarse flotando una casa. Sí, una casa; no parece la maqueta de una casa sino una verdadera casa. Con dos tejados a dos aguas cruzados y como fabricada de madera, con sus puertas y sus ventanas, todas abiertas. Flota perfectamente entre las cabezas que emergen de esta ciénaga insalubre y mortal. Parece que vive alguien dentro de ella pero no alcanzo a saber quién y eso me descompone. Todo el vagón es una ciénaga de cabezas flotantes que son incapaces de reaccionar. Intento encontrar las claves en la casa pero se me resisten, seguramente debido al esfuerzo que hago por sobrevivir. El que enturbia mi aliento y humedece mis ojos. Ya no sé cuánto tiempo hace que hemos pasado Tarragona, puede que semanas. O meses. Renacuajos, culebras y orugas. Mantengo los ojos abiertos a duras penas mientra se escucha la llamada de un teléfono que se debe haber quedado arriba dentro de alguna maleta. Tengo el cuerpo totalmente entumecido y no sé qué me resulta más difícil de soportar, si el hedor insoportable o la exhalación de los vapores. Sé que la clave está en la casa pero no acierto a dar con ella.

sábado, mayo 26, 2018

El Barómetro Juvenil II

(Leer por orden I, II y III)
Pero, ¿son reales los datos que nos ofrece ese Barómetro Juvenil cuando dice que “el 21,6 por ciento de los jóvenes sufre depresión moderada o grave” y el 19, 3 por ciento padece ansiedad y tiene sentimiento de fracaso? Yo diría que reales no, que se quedan cortos. Ayer mismo estuve con una mujer que mostraba preocupación por el presente de su hijo porque había acabado el bachillerato y tenía que tomar decisiones respecto a sus estudios, esto es, respecto a su futuro. Me contaba que su hijo de 17 años quería ser diseñador de zapatillas deportivas. Tratándose de un campo muy cercano al mío por doble partida (profesional y pedagójico) me interesé por ello y le hice algunas preguntas que me parecían pertinentes para conocer más a fondo las inquietudes de su hijo y así poderla ayudar. Le pregunté por ejemplo, “¿por qué zapatillas?”, a lo que me contestó: “ah, porque le gustan”. “Pero ¿acaso le gusta el diseño?, le dije. Contestación: “no, lo que le gustan son las zapatillas deportivas. Así yo, “entonces quiere estudiar diseño? Así ella: “no, lo que quieres es diseñar zapatillas deportivas”. “Bueno, pero para diseñar zapatillas deportivas tendrá que empezar por aprender diseño, ya sea en general o industrial en particular”. A lo que la madre preocupada por el presente de su hijo contestó: “lo que quiere mi hijo es crear una empresa de zapatillas en la que él sea el propio diseñador”. Así que ya hemos llegado al núcleo de la verdad: lo que quiere su hijo es ser emprendedor primero y acto seguido, pero muy seguido, un diseñador de éxito.

Ante tal cúmulo de despropósitos, y dado el cariño que tengo por esa mujer-madre, le hablo de las escuelas en las que se imparten los estudios de diseño y le doy información de primera mano y privilegiada dada mi condición de profesor de una de las más prestigiosas de la actualidad (e incluso le informo de las jornadas de puertas abiertas en las que puede recibir información sobre el terreno de la mismas carreras). También le hablo de documentales con los que el chaval puede disfrutar a demás de hacerse una idea cabal de lo que cuesta triunfar en cualquier terreno, ya sea creativo o no. No toma nota de nada.

Mutatis mutandi. Me encuentro escribiendo este texto en el tren camino de Barcelona; es aquí precisamente donde he leído la noticia de lo del Barómetro Juvenil (26 de mayo). Llevo cerca de una hora y media larga en él, que es el mismo tiempo que llevamos todos los que hemos salido desde Valencia. La chica que se encuentra junto a mí al otro lado del pasillo se ha hecho unos cuantos selfies nada más tomar asiento, desde entonces no ha hecho otra cosa que repasar una y otra vez todos ellos con el fin de determinar, supongo, en cuál de ellos aparecía más mona. No exagero, la necesidad de volver a ellos una y otra vez, y de ampliarlos y repasarlos con el fin de determinar en cuál salía más favorecida le habrá llevado más de una hora. Lo que ha venido después, es decir, lo que ha hecho hasta cubrir esta media hora larga que llevamos en el tren, ha consistido en elegir a quién le mandaba es selfie vencedor para indicarle que ya estaba en el tren camino de Barcelona.


Así que volvemos a la pregunta: ¿son reales los datos que nos ofrece ese Barómetro Juvenil cuando dice que “el 21,6 por ciento de los jóvenes sufre depresión moderada o grave” y el 19, 3 por ciento padece ansiedad y tiene sentimiento de fracaso? Desde luego que no. Lo hemos visto: a la madre le preocupa el presente de su hijo por el futuro que pueda esperarle, pero no está dispuesta a torcer nada. Y al hijo le preocupa su presente en función de unas expectativas que tienen más que ver con la imaginación y la fantasía que con la realidad más cruda. Y es que precisamente, si por algo se definen los milleniums es por eso, por querer vivir no tanto con ilusión sino en la ilusión misma. Son unos ilusos porque viven más cerca del mundo virtual, que es tanto el de sus videojuegos como el que proyectan los media, que del real. Lo que quieren no es tanto hacer algo bien, porque saben de sobra que eso exige mucho tiempo de dedicación, cuanto el triunfar y tener éxito. Quizá descubrieron demasiado pronto que el éxito no se encuentra claramente vinculado a la excelencia. Y por eso, lo que quiere el hijo de mi amiga es ser emprendedor primero y acto seguido, pero muy seguido, un diseñador de éxito. ¿Ansiedad? ¿Sentimiento de fracaso?

Los padres del hoy, lo decíamos hace un momento, pueden hacer cualquier cosa menos todo aquello que, al pensar de sus hijos, a los que temen, les convierta en entrometidos. Olvidando de esta forma que ellos mismos son, precisamente y por definición, los preceptores que por amor y madurez, están obligados a preservar a sus hijos de errores fatales. La madre considera que argumentar a la contra de la disparatada idea de su hijo es alejarlo de su ilusión, sin apercibirse de que no es más que la ilusión de un iluso, un iluso que entre cosas lo es por encontrarse, aún, en estado crudo. En cualquier caso la madre no quiere intervenir demasiado. Y por eso ha incorporado un mantra a su discurso: “el caso es que mi hijo es tan buen chico...”. Mantra que en realidad sólo le sirve para justificar su indolencia y su inoperancia.  

Así que en realidad el porcentaje del que habla el Barómetro Juvenil tiene muchas posibilidades de ser falso porque seguro que no contempla casos como el descrito.¿De qué es entonces carne de cañón este chaval? ¿De ansiedad? ¿De sentimiento de fracaso?

Lo que en cualquier caso está más que claro es que este chaval, como todos los chavales de 17 años tiene, desde los 12, un teléfono de altas prestaciones que le ha permitido ver imágenes que harían vomitar a un adulto. Algo que por lo que veo nadie incluye en los diagnósticos cuando el llamado Barómetro digital se hace cargo de unas estadísticas desoladoras. Y por cierto: no hay padre "en el mundo" que se haga cargo de la desestabilización que provoca el ver ciertas cosas a edades impropias, aún sabiendo todos ellos que una de las funciones de los padres amorosos ha sido SIEMPRE la de preservar a su hijitos de todo aquello que pudiera afectarles y traumatizarles. ¿Que por qué? Por que todos ellos, "todos los padres del mundo" que ponen ese arma nuclear en manos de sus hijitas de 12 años, o hacen la vista gorda o mantienen la firme convicción de que sus hijitas no hacen ese perverso uso del teléfono (porque son buenas chicas). Y es aquí, justo aquí, donde a mí me da el ataque de risa. 

Mutatis mutandi II. Continúo en el viaje. Entra un chaval que rondará los 20 años y se sitúa en mi diagonal cruzando el pasillo, así que puedo ver sus movimientos perfectamente aún queriéndolo evitar. Mide cerca de 2 metros, viste pantalones cortos deportivos y camiseta de algodón estampada. Nada más llegar se atusa un poco el pelo saca el móvil y se hace un selfie, acto seguido le veo usar el móvil con el fin de mandar su imagen a alguien. Todo muy rápido, parece que tiene necesidad de descansar, así que estira el asiento y se dispone a dormir cerrando los ojos. No han pasado ni dos minutos cuando le veo sacar el móvil para revisar su actualidad, lo mira y lo devuelve al bolsillo. No han pasado ni 3 minutos que el chaval vuelve a sacar el móvil de su bolsillo para conocer el estado de sus comunicaciones. Lo dejo, parece que le va a ser imposible descansar, de hecho ahora está con él tecleando a la velocidad del rayo. Juro que todo acaba de suceder tal y como lo he descrito: el chaval parecía querer descansar pero al mismo tiempo no quería dejar de estar conectado. Lo que no sé es si sacaba el teléfono del bolsillo por necesidad compulsiva de saber (?) o porque le vibraba en la entrepierna.


Nota. Este texto está siendo publicado sobre la marcha. Desde el tren. Escribiendo y publicando, pero se acaba el viaje, así que lo terminaré en destino, en el hotel de Barcelona.

El Barómetro Juvenil I


Tenemos nuevos datos sobre los jóvenes, lo hemos visto en los periódicos estos últimos días. Así: tenemos nuevas noticias sobre datos aparecidos con motivo de los últimos estudios realizados sobre los jóvenes. En realidad no tan jóvenes, porque muchos de los datos interesantes que aparecen ene esas noticias hacen referencia a preadolescentes, esto es, a niños.

El barómetro es un instrumento que sirve para medir la presión atmosférica.
¿Cuál podría ser el motivo para que alguien decidiera usar ese aparatito como metáfora para medir el estado e las cosas? ¿Y cuál podría ser el motivo por el que, por eso mismo, podía servir para ponerle calificativos que redujeran el espectro de medición (Barómetro... Juvenil, que así viene escrito, con mayúsculas)? Desde luego es el uso metafórico del concepto lo que le resta gracia a la expresión -que en sí misma posee- y además la deja ante una expectación que debería hacernos contener la respiración. Es más, tal es la expectación que genera un asunto como éste, que no cabría otorgarle un lugar que no fuera la portada, la primera plana.

Una sociedad es tanto más civilizada cuanto más cuida a los ancianos y más se preocupa por el devenir de los niños. O dicho a la inversa: una sociedad es tanto menos civilizada cuanto mayor es el grado de indigencia de los adultos, que son, en definitiva, esos seres de edad intermedia que controlan el mundo y que por tanto deciden sobre la educación de los niños y el cuidado de los ancianos.

En cualquier caso, en esas estamos ahora, en la plena indigencia moral y/o ética, si de lo que hablamos es de (supuestas) sociedades civilizadas. No podemos olvidar que es ahora cuando se dan las condiciones para evitar esa indigencia porque es ahora y sólo ahora cuando la tecnología nos facilita la posibilidad de orillarla y rechazarla. Como bien sabemos. Aunque si bien es cierto que esa misma tecnología es la causante de que los habitantes de las sociedades civilizadas seamos más indignos que nunca. Como en breve veremos.

lunes, enero 22, 2018

Es que me muero de risa con el mundillo del arte III




En Valencia, es sabido, tenemos un Consorci de Museus, que vendría a ser algo así como un... Consorcio de Museos... pero netamente propio, decididamente nuestro, necesariamente autóctono. Y por tanto y por eso más dispuesto a ayudar a (uno de) “los nuestros” en sus políticas culturales y a hacerlo, claro, en una lengua algo menos internacional que la que usa el 90 % de los ciudadanos valencianos y algo menos internacional que la que usan TODOS lo turistas extranjeros. Así pues, un consorcio que, entre otras cosas, entona un reivindicativo Vixca Valencia en su ambiciosa programación. Al menos lo entona en relación en un porcentaje muy importante de lo exhibido.

La última del Consorci es una actividad llamada Transversalia, y cuyo objetivo se cifra según ellos mismos en “la educación por el arte”. Según leo “un proyecto educativo realizado en colaboración con CEFIRE, que pretende introducir las prácticas contemporáneas en el ámbito educativo ofreciendo herramientas pedagógicas al profesorado sobre el arte actual como la forma de implementarlo en su labor educativa con los jóvenes”. Ante lo que yo me pregunto, ¿qué es una práctica contemporánea? No lo sé, no lo sé. Pero para despejar la duda quizá sirva, al menos como pista, la foto que los mismos organizadores dan a la prensa para ilustrar la propuesta. En ella se ve a un grupo de mujeres (?) (entre 15 y 20) sentadas con fotos, cartulinas, tijeras y pegamento de barra. (De todas formas yo antes me preguntaría al más puro estilo pujoliano “¿qué coño es eso del CEFIRE?)

El director del Consorci de Museos se explica, “Tansversalia busca potenciar y generar un alcance mayor en las transformaciones que se están realizando en el ámbito de la educación artística, tanto mejorando el conocimiento que tiene el profesorado sobre el arte actual como la forma de implementarlo en su labor educativa con los jóvenes”. Ahora la pregunta puede ser ¿cuando hablamos de jóvenes de qué estamos hablando: de esos que van del Netflix al Instagram y del Instagram al Arenal Sound? ¿De esos que saben de “arte actual” más que sus profesores en la medida en la que saben lo que les gusta (“me gusta”) ante un maremágnum de casi infinitas posibilidades que le ofrece una ventana al mundo con la que interactúan más de 2 horas al día? ¿De esos que por tanto se descojonan de cualquier Institución que les intente inculcar una idea fija, que es la que al fin y al cabo propone un (cualquier) Centro Oficial o la que propone un (Gran) Relato Oficial por muy ecléctico que pretenda ser? Porque sólo un inútil creería que por ofrecer cosas variopintas no existe un claro común denominador en todo lo exhibido desde un Centro de Arte Contemporáneo, siempre perfectamente ideologizado, precisamente desde que Internet sustituyera al Gran Relato y las Consejerías de Cultura tuvieran más poder que los mismos comerciantes de productos supuestamente artísticos y muy comprometidos (con el problema de la identidad, del lenguaje, del acoso, del poder, del género, de la alienación, de la realidad, comprometidos en definitiva con “nuestro tiempo”); común denominador que por tanto es previo y mandatado, o sea, común denominador que en la experiencia estética hace prevalecer la presencia colosal del continente por encima de la nimia, anecdótica y coyuntural del contenido.

Lo que hicieron los artistas modernos fue precisamente reivindicar la Libertad en la creación frente al Poder autoritario que suponía el Antiguo Régimen (repleto de Reyes, aristócratas y otro déspotas). Y los contemporáneos fueron (son) quienes en teoría deben reivindicar esa Libertad (ya) Plena frente a las instancias del Poder, siempre necesariamente contaminadas de ideología cuando no de pura putrefacción, ¿no? Pues bien, no he visto nunca tanto artista (y ahora me remito a Tarantino) comiéndole la polla a los poderes fácticos de forma tan descarada, y dejándose comprar por un miserable plato de lentejas. Precisamente, ya digo, mientras se presentan como los abanderados de la denuncia y el activismo. Y mientras se creen luchadores éticamente comprometido por causas justas. En fin, que una vez más me da la risa. Soy un flojo, qué le vamos a hacer.


Post Scriptum. Tengo un amigo fotógrafo que ha renunciado a exponer en la mejor sala expositiva del Centro del Carmen, renunciando por tanto y entre otras cosas al dinero que le reportaría y a los beneficios que le proporcionaría tener un montón de obra producida gratuitamente. Y lo ha hecho precisamente porque no se cree nada de este asunto del Arte Contemporáneo. Nunca nadie lo sabrá salvo él y yo. Mi genuflexión ante él.

jueves, diciembre 14, 2017

Reír o llorar

Fotografía y enseñanza

Hoy empieza uno, como todos los años por estas fechas, a impartir las clases de Fotografía en la Universidad. Siempre hay un primer día en la enseñanza de cualquier materia, siempre hay un primer día en que el profesor se confronta a los que, después, van a ser alumnos de su asignatura durante un tiempo. No hay otra, ni para uno ni para ellos: uno llega al aula el primer día de clase y se encuentra delante de los que van a ser alumnos de su asignatura; ellos llegan a esa desconocida aula por primera vez y se encuentran delante al profesor que les va a impartir la concreta asignatura. Mirando a uno casi sin parpadear se encuentran todos esos alumnos que no están ahí para otra cosa que para aprender la materia de la asignatura concreta, la que uno imparte desde hace 13 años (al menos en este lugar). Expectantes y algo atemorizados, sólo algo, pero algo. No tanto por la asignatura en sí, cuanto por lo que pueda esperarse de quien les va a enseñar fotografía.

Por eso intenta uno siempre hacer un discurso lo más “naturalista” posible en ese primer día, pero sin dejar de apuntar los objetivos de la asignatura. Así, intenta uno ser afable sin dejar de concretar cuáles son los conocimientos que resulta imprescindible adquirir. Y uno les cuenta, entre otras cosas, que Fotografía es una de las asignaturas más difíciles de impartir porque así como de otras materias no saben nada y ellos lo reconocen (diseño editorial, tipografía, after efects, etc.) todos creen, sin embargo, saber de fotografía en la medida en la que llevan años haciendo miles de fotografías y subiéndolas a sus redes sociales. Y cuenta uno estas cosas mientras le miran todos casi sin parpadear, al aparecer expectantes y posiblemente, aunque sólo algo, atemorizados. O eso al menos cree uno cuando ve los rostros de esos jóvenes en su primer día de clase. Rostros que miran a uno de forma impertérrita, casi paranormal en la medida en que apenas parpadean. Y es entonces cuando uno, tal y como sucede todos los años, no sabe qué pensar. Porque siempre e inevitablemente uno no sabe qué pensar cuando un nuevo grupo de jóvenes le mira aparentando un interés, insisto, casi sobrehumano. Dudas, las de uno, razonables, pues aunque todos los años pasa lo mismo uno siempre cree que las cosas pueden ser distintas cada vez. Y que por tanto esta vez, hoy, los alumnos estarán verdaderamente interesados en el discurso de uno. Eso al menos piensa uno hoy: que quizá hoy las cosas van a ser distintas.

Así que uno les explica a los primerizos, entre otras cosas y en ese primer día, las diferencias que existen entre aprender (de) fotografía a través de internet y aprender (de) fotografía a través de los libros. Y se explaya uno entonces en ofrecer detalles que demuestran tales diferencias, pero no sin antes haber dejado claras ¡las maravillosas virtudes de poder informarse de todo a golpe de click!, cosa que hay que hacer fundamentalmente para que no tomen a uno por gilipollas ya desde el primer día de clase. Les cuenta uno, digo, lo que es un libro de fotografía(s), o un fotolibro en tanto que variante del primero, más genérico. Y esto de explicarles qué es un libro, en este caso de fotografías, hay que entenderlo de forma textual: hay que explicarles lo que es un libro, primero porque en realidad no lo saben y segundo para que puedan entender a continuación las diferencias que median entre aprender (de) fotografía a través de internet o hacerlo a través de los libros. Y en este punto se acuerda uno de la frase de aquel alumno que hace un par de años respondió “desengáñate Alberto, ya hace tiempo que las nuevas generaciones no leemos” a mi afirmación “ya no os doy a leer el libro de Susan Sontag porque ya sé que no lo vais a leer, como he podido comprobar de forma progresiva desde hace unos años”. Y cuando hablaba de lectura -hace ese par de años- hablaba de lectura, no de miradas fragmentarias, inconexas, lábiles, fugaces, ocasionales y raudas; hablaba no de otra cosa que de leer libros.

“De entrada un libro de fotografía, de fotografías -les cuenta uno-, así como un fotolibro, como este libro de fotografías del fotógrafo Robert Frank que tengo en mis manos (y es entonces cuando alzo el libro para que lo puedan ver todos: The americans) es antes que nada el producto de una negociación, de la negociación entre el autor y su editor. Así que observemos: Un libro tiene antes que nada un formato, unas proporciones, no es lo mismo un formato cuadrado que uno rectangular y no es lo mismo abrir en horizontal que abrir en vertical. Por no hablar del tamaño, tan vinculado al formato y claro está a la idea, a la idea de libro que se pretende. A los amantes de los libros -les señala uno-, no les suelen gustar los formatos horizontales si no se encuentran claramente justificados. Pero eso es sólo el principio, como también es previo a ese principio la concreta selección de las imágenes que van a formar parte de ese libro. Toda publicación que pretenda cierta excelencia es necesariamente el producto de una edición concienzuda, es decir, el producto de una selección muy concreta de entre todas las fotos posibles del autor. Después se encuentra ese otro tema capital de la edición de un libro, el de la estructura, que se organiza en función de una determinada secuencia narrativa; y en este sentido conviene saber el uso que se hace de la distribución de imágenes teniendo en cuenta, ya no sólo el orden, que también, sino la distinta importancia que puedan tener ciertas imágenes dependiendo de si se encuentran en las páginas pares o impares. Hay libros -les dice uno-, como éste, que decidió, con acierto indiscutible, reproducir las fotografías sólo en las páginas impares. En un libro de fotografía(s) las partes y el todo se encuentran estrechamente condicionadas entre sí. Por otra parte se encuentra el tamaño de las fotografías (la mancha, que se llama) respecto del formato del libro, si ocupan mucho o poco en ese blanco de la página, a lo que se añade la dificultad de decidir qué se hace con respecto a las diferencias de tamaño que, en un libro vertical, pueden darse entre fotos verticales (grandes en una página vertical) y muy pequeñas (en una página vertical). Por no hablar de cómo situarlas en esa página, si a sangre toda ella, o a sangre por uno de sus lados, o centrada... Un fotolibro -les acaba diciendo uno-, es puro pensamiento visual, así que resulta necesario saber elegir las imágenes adecuadas para hilar de la forma más adecuada una narración concreta, algo que encontrará su máxima excelencia si se tienen en cuenta todos esos factores. Y para acabar: un libro es un objeto con un peso específico que de alguna forma hay que tocar; las reproducciones son extremadamente parecidas a las fotografías originales, parten del mismo principio, el de ser/estar impresas sobre papel; en fin, todo en la experiencia de ver/tocar/ver un conjunto ordenado de fotografías invoca al conocimiento, al conocimiento que es pensamiento visual.”

Todo eso les cuenta uno a sus primerizos alumnos -los que siguen mirando a uno casi sin parpadear- explicándoles inmediatamente después qué tipo de conocimiento puede adquirirse a través de internet: “Sin embargo -sigue uno- cuando pincháis el nombre de un fotógrafo en Google, como por ejemplo este de Robert Frank, aunque podríamos acudir a cualquier otro ejemplo -y es entonces cuando alzo con las manos otros 3 libros de otros autores que uno se ha tomado la molestia de traer a clase- lo que os vais a encontrar es, inevitablemente, un magma de fotografías sin orden ni concierto. Un magma caótico en el que aparecen fotos de forma aleatoria y que se visualizan en formato muy pequeño y en una visión de conjunto. En pequeño, sí, porque carecen de resolución suficiente para poder ser vistas con una mínima dignidad, y en ¡vaya conjunto!, porque son muchas, pero colocadas al tun tun debido a algoritmos fantasmas, siempre muy comerciales; una o varias de ellas pueden repetirse ad-nausean pero pareciendo distintas debido al color, que en unas es verde, en otras rojo o violeta aunque la foto sea en blanco y negro. Y lo peor de todo: ni siquiera todas las fotos que nos muestra la búsqueda de imágenes son del mismo autor, lo que sin duda confundirá definitivamente a quien quiere informarse con el fin de aprender algo del autor/fotógrafo”.

Y continúa uno dirigiéndose a esos primerizos alumnos que apenas parpadean: “Fijaos qué curioso, el año pasado, les conté todo esto mismo que os acabo de contar a vuestros predecesores, los que ahora están en segundo, les traje estos mismos libros que deposité sobre esta misma mesa tal y como he hecho hoy, habiéndoles señalado que aquí estaban -traídos a propósito- para que pudieran echarles una ojeada y corroborar el discurso, no sin antes habiéndoles hecho un pequeño comentario acerca de todos ellos. ¿Sabéis qué pasó cuando llegó la hora del almuerzo, que todo se ha de decir no fue inmediatamente después de ese discurso sino media hora más tarde? Pues yo os lo digo: que se levantaron, salieron del aula y cruzaron al horno a comprarse la empanadilla de turno”. Los libros se quedaron ahí, huérfanos de tacto y mirada. Y yo con un palmo de narices; “no hicieron a los libros ni puto caso”, eso fue lo que les dije.


Todo esto les ha contado uno a los alumnos primerizos aproximadamente media hora antes de que llegara la hora del almuerzo esta mañana, esta misma mañana, primer día de clase. ¿Y saben ustedes, lectores míos, qué ha pasado cuando he anunciado la hora del recreo, esto es, la del almuerzo? ¿A que sí? En efecto: que han salido disparados hacia el horno. Reír preferiría, pero sólo tengo ganas de llorar. Son ya varios palmos de narices.

viernes, noviembre 24, 2017

Carta abierta a la sociedad actual y escatología

No me quedé con las cifras reales que el locutor pronunciaba ayer en la radio, pero lo que sí me quedaron claras fueron las proporciones, que según los datos (tomados a varios miles de personas) eran de once a uno. La encuesta a la que hacía referencia pretendía averiguar las preocupaciones ciudadanas respecto a su relación con la calle y los espacios públicos a base de propuestas de los propios ciudadanos; pues bien, el segundo asunto más votado habría sido el de generar refugios para gatos abandonados, con una cifra apabullante, tan apabullante que era 11 veces mayor que esa otra cifra que representaba a quienes habían propuesto la creación de espacios de atención a vagabundos y gente sin hogar.

Cambio de tercio (creo). A bombo y platillo se hacían cargo ayer todos los medios -tanto escritos como audiovisuales- en sus respectivas secciones de que casi 4 millones de personas estuvieron pegados a su televisor el día de la final de Master Chef Celebrity. Un share espectacular. Muy probablemente otros dos millones más estuvieran viendo los avatares (nunca mejor dicho) de Gran Hermano. A saber qué veían los que veían La Sexta, o Antena 3 o incluso La Primera.

Dice la noticia “9,8 es la media de edad en la que los niños reciben su primer teléfono... el 80% de ellos entra todos los días en internet y en sus redes durante una media de dos horas”. La noticia es dada de forma neutra, aséptica, sin opinión. Sin embargo dos meses antes apareció esta otra noticia en el mismo periódico;: titular: “El amor eterno ya es un mito a los doce años”; subtitular: “Una aplicación del móvil consigue que los adolescentes dejen de lado una visión del amor guiada por mitos -como 'el amor lo puede todo'”. Y después dicen que el pescado es caro.

Así que emulando al gran Fernán Gómez yo digo “¡se va usted a la mierda, sociedad actual!”... esa sociedad de la que por supuesto formo parte.

Menos mal que hoy empieza el Black Fridey... de mierda!

miércoles, noviembre 01, 2017

Rito sin mito

Rito sin mito

Allí estaban ellos todos, correteando por la calle peatonal pintarrajeados de forma grotesca. Gritando de forma desaforada y blandiendo en su manitas, la mayor parte de ellos, extrañas armas. Así es, todos los niños del barrio estaban en esa calle, mi calle, que va y resulta que es peatonal. Todos los niños del barrio todos. Todos los niños del barrio y sus amiguitos, quizá de otros barrios, quizás, gritando disfrazados de algo y pintarrajeados de forma grotesca en mi calle peatonal que contiene 5 terrazas gigantes que se corresponden con los 5 bares que las regentan. Todos los niños gritando enloquecidos con sus caritas pintarrajeadas de forma grotesca mientras sus padres cenaban en las terrazas también disfrazados y pintarrajeados de forma grotesca. No todos pero si casi todos. De todas formas allí estaban todos, correteando o cenando en mi calle peatonal disfrazados de forma grotesca; lo que aún no sé es quién gritaba más, si los niños excitados con sus espadas láser o los padres, crecidos, con sus maquillajes de zombie. Todos gritando y enloquecidos -crecidos- sobremanera debido a la facultad que les proporcionaban, precisamente, los disfraces y maquillajes. Todos los niños correteando y gritando excitados, esos niños y esos no tan niños que disfrutaban de una fiesta que sólo es fiesta. Sólo eso,:puro rito, además en este caso importado. Y todos esos padres atiborrándose de patatas bravas entre gracia y gracia, las que gritaban supongo que con el fin de hacerse entender. O de hacerse querer. Todos, niños y padres, celebrando una fiesta que les exige, como cualquier fiesta, divertirse, gritar. Los niños correteando pintarrajeados y gritando frases verdaderamente grotescas si no inverosímiles. Todos los niños todos acercándose a los viandantes y otros padres diciendo “¿truco o trato?”. Mientras todos los padres todos gritaban con estruendosas carcajadas las gracias de todos, las gracias de sus niños y las de los niños de otros y las de los otros padres y las de ellos mismos. Así todos excitados, disfrazados y pintarrajeados de forma grotesca, gritando chistes y preguntas inverosímiles. Ocupando la calle, toda la calle, estaban los niños, todos los niños de mi barrio, haciendo extrañas preguntas con sus caritas pintarrajeadas de payaso asesino. Ocupando toda la calle estaban todos los niños de mi barrio, así como los padres de esos niños que enseñaban a esos niños, sus hijos, cómo comportarse, perdón divertirse, en público en la noche de difuntos, esa noche en las que los muertos no llaman a la puerta sino que se filtran por las paredes. Gritando desaforados se encontraban en mi calle todos los padres de aquellos niños que ocupaban toda la calle peatonal corriendo por ella como si les fuera la vida en ello que les iba a tenor de sus gritos y de sus armas. Mientras sus padres gritaban sentados para darle sentido a la noche, la noche divertida, la noche de difuntos, la noche de Halloween, la noche que exige el rito sin mito. Menos mal que tenemos cerca el Black Fridey, ¿no?

Pos Scriptum. O dicho sin tanta literatura. Los mismos padres que no saben qué hacer con sus niñitos ante una fiesta que celebra todo el mundo aun sin saber por qué, son los mismos padres que le ponen a sus niñitos un teléfono en las manos sin saber por qué a los 10 años. Y todo por un miedo que no saben controlar en toda su adultez: miedo a que sus niñitos les desprecien en tanto que padres frikis, que lo serían por no hacer lo de “todo el mundo” (aunque ese miedo suponga convertir a esos padres en seres impersonales y sin verdadera preceptividad sobre sus hijos), y miedo a que sus niñitos puedan convertirse en los frikis -para sus amiguitos canallas y encanallados por el consumismo- si no les OBLIGAN a tener lo que “todo el mundo tiene”, un teléfono con internet: así, pintarrajearse como un payaso asesino el día de difuntos y tener un móvil con internet a los 10 años.  

domingo, abril 02, 2017

La retórica de Eloy

En retórica oratoria pueden distinguirse dos corrientes de filiación (y de actuación) con sus respectivos grados, como ya se advirtiera en el tratado Sobre lo sublime (de pseudo-Longino) que tanto éxito tuvo en el siglo XVIII: por una parte se encontraría la representada por los seguidores de Apolodoro, que sostendría que en el arte de la oratoria se podían fijar principios de valor científico, tales como la persuasión ejercida por medio de la palabra, que debía ser usada de la forma más racional posible, con el apoyo de los hechos y apartándose de toda posible ilusión o sugestión que pudiera propiciar el embelesamiento, la exaltación y el éxtasis. Y por otra estarían los seguidores de Teodoro, que asignarían un papel predominante a la pasión, a la parte afectiva e irracional del alma humana, al sentimiento que irrumpe al margen de toda razón que ya no se conforma con la persuasión y pretende el éxtasis.

Puede que uno de los filósofos vivos más importantes del mundo sea actualmente Antonio Escohotado, un perfecto representante del pensamiento que se forja sobre el uso del verbo y el sustantivo como instancias de conocimiento en su sabia conjunción, evitando en la medida de lo posible toda adjetivación y reduciendo al mínimo la adverbiación. De la misma forma, o por ello mismo, su oratoria sería una perfecta muestra de retórica a la manera de Apolodoro. Sobriedad, elegancia, empirismo y racionalidad llevados a un tipo de argumentación que no hurga en las emociones del espectador, sino que más bien al contrario le insta a esa misma sobriedad y racionalidad.

Respecto a su faceta de orador, que es la que aquí nos ocupa y no otra (que daría para largo), puede decirse lo que puede comprobarse en muchos de los vídeos colgados en la plataforma youtube. Yo he tenido la paciencia de verlos/escucharlos todos, lo que sin duda ha servido, entre otras cosas, para potenciar -en perfecta avenencia con la memoria- mis conocimientos adquiridos en la lectura de sus libros. Los he visto todos aun cuando una de las dos facetas de Escohotado como pensador me interese mucho menos que la otra, porque en efecto son dos las vías de análisis/investigación/pensamiento por las que el filósofo/historiador se ha instalado en la elite del pensamiento mundial. Salvo alguna veleidad científica y asumiendo el reduccionismo que todo resúmen conlleva estas dos vías serían, por una parte el asunto de las drogas y por otra el del comunismo como forma opuesta del liberalismo económico. (En este sentido los que a mí me han parecido más interesantes con diferencia son los que hacen referencia a su obra magna, Los enemigos del comercio: https://youtu.be/bU04v-RBXAw).

En cualquier caso revisitar alguno de esos vídeos (que no son más que conferencias en las que se le ha requerido para hablar de esos dos asuntos sobre los que es un auténtico especialista) resulta sumamente instructivo en la medida en la que eluden la síntesis consuetudinaria para ofrecer al espectador una síntesis creativa, es decir, una síntesis que aun teniendo de referencia el asunto por el que ha sido requerido Escohotado acaba organizando una charla con un cierto nivel de autonomía temática. Escohotado sabe, como buen orador, que la gracia no puede estar en el resumir 14 años de investigación, sino en las distintas formas de contar el asunto, de expresarlo.

Pero por volver al asunto inicial: si podemos afirmar que Antonio Escohotado es, desde luego, un orador inspirado por Apolodoro, podemos también afirmar que su compañera de mesa -en ése otro vídeo sobre el tema de las drogas: https://youtu.be/x5ys77hquMM-, Fernanda de la Figuera, es una oradora inspirada por Teodoro. El primero usando la contención, la mesura y la precisión en el uso de datos, y la segunda usando la exaltación para apelar a las emociones y los afectos.

¿El resultado? Pues dependerá de para quién. Como siempre. A mi juicio Escohotado logra transmitir una credibilidad absoluta con independencia de que se pueda estar o no de acuerdo con lo que en última instancia podrían ser considerados juicios personales (que se encontrarían en otra dimensión de los argumentos más vinculados al empirismo de los hechos, que por otra parte llevan el peso del discurso), pero de lo que nadie puede dudar es de la ingente cantidad de conocimientos que posee, los que precisamente le permiten expresarse con esa serenidad que relega los adjetivos y con los que evita la exaltación.

Fernanda de la Figuera, sin embargo, no hace otra cosa que apelar a los afectos y la emociones. Su discurso es un grito y su argumento la queja y el lamento, e incluso el insulto. De tal forma que su oratoria acaba produciendo, a mi juicio, (y como yo no soy Escohotado y sí gusto de los adjetivos) un discurso vacío, hueco, inconsistente, pueril e incluso burdo y en definitiva zafio, histérico, grosero. Así es como ver este vídeo, que contiene intervenciones de ambos ponentes, puede resultar instructivo para todo aquel que quisiera ver con claridad la diferencia entre los dos tipos de oratoria, la inspirada en la razón y la inspirada en las pasiones.

Pero como decía más arriba estas conclusiones son, sólo (?), el producto de mi juicio particular, que no tiene por qué coincidir con el de otros espectadores. Es más que posible que quien decidiera ver los vídeos aquí comentados -y linkeados- pueda llegar a otro tipo de conclusiones, algo que no me sorprendería demasiado a tenor de la respuesta que en vivo y en directo recibieron dichos ponentes a lo largo de sus intervenciones. La respuesta del público ante las intervenciones de Escohotado fue el silencio casi sepulcral, sin embargo ese mismo público interrumpió a Fernanda con vítores y aplausos en varias ocasiones.

¿Qué puede querer decir esto? Lo que en principio se me ocurre no es más que lo que la evidencia señala: que a los espectadores de esas ponencias les ponía cachondos la exaltación de Fernanda aunque la base de su burdo discurso (más allá de la vehemente defensa de un amigo suyo injustamente condenado por la Justicia) fuera extremadamente… populista. O precisamente por eso, por tratarse de un discurso netamente populista su entidad y su forma no pudo ser más que burda.

De tal forma se manifestaba la catadura intelectual de ese público asistente (público eminentemente joven). Un público que se quedaba aplatanado ante el exhaustivo y explícito Conocimiento que ni poseen ni desean poseer (porque en todo caso no lo necesitan para quejarse) y que sin embargo empatizaba con un discurso fundamentado en los gritos histéricos de una mujer que carecía de argumentos (porque tampoco los necesitaba para seducir a los ya de por sí tendentes a la exaltación debido precisamente a su falta de Conocimiento).

Post Scriptum. Por cierto, es precisamente Escohotado quien en su magna Los enemigos del comercio (3 tomos) hace un preciso análisis del concepto Comunismo y por extensión también del Populismo. Como también lo hace José Luis Pardo en su Estudios del malestar, uno de los mejores ensayos publicado en estos últimos años. No apto, por supuesto, para amantes de la queja y la adrenalina.

jueves, junio 30, 2016

Educación

Con una cadencia prodigiosamente regular el bebé golpea la mesa de alumnio con una potencia inusitada. Plash, plash, plash… Se encuentra en brazos de su abuelo, que lo sujeta sobre sus piernas mientras la abuela se enciende un cigarro que agarra firmemente con sus carnosos labios. Los tres sentados en una mesa contigua a la barra del bar donde me encuentro.

10 minutos más tarde el niño sigue golpeando la mesa con la palma de la mano y con la misma extraordinaria cadencia. Plash, plash, plash, plash...El abuelo está pendiente de él y por eso le propina besos en la coronilla de vez en cuando, pero no se sabe muy bien si el niño entiende ese cariño pues lo ignora en su empeño de destrozarse la mano izquierda. Por la otra parte, su abuela parece sobreentender que el bebé está descubriendo el mundo, en este caso el fabuloso mundo de los sonidos, por eso no sólo ignora el estruendo producido con cadencia de tortura china, sino que expira el humo de su cigarro sin percatarse que el bebé se lo está comiendo a bocajarro.

El cadencioso estruendo resulta sin duda enervante a todos los no consanguíneos que nos encontramos en derredor, pero eso se la trae al pairo al abuelo de camisa de rayas y pelo engominado y por supuesto a la abuela ceñida de torso y con labios carnosos que fuma mirando siempre hacia otro lado. A su vez todos los allí presentes miramos hacia la mesa con ojos algo inquisitivos, pero ellos, los impecables abuelos, viven esa sonoridad con perfecta indulgencia. Diría más: viven esa estruendosa sonoridad innecesaria con la alegría que les permite justificarla en función de un natural supuesto descubrimiento del mundo por parte del bebé. Las manos (suyas), la mesa (las cosas) y el ruido (por él producido). Plash, plash, plash, plash… ya 20 minutos después del su primer plash.

¿Normal? No sé pero lo cierto es que es muy probable que el bebé llegue a su casa con la mano hinchada y dolorida, y nosotros, los clientes contiguos a la mesa de los protagonistas absolutos, lleguemos también a nuestras casas sin hambre y con gana de ingerir medio diazepan.

La pareja que ocupa la mesa de la derecha no puede soportarlo y decide hacer marcha no sin lanzar una hiriente mirada a los abuelos, la que estos ignoran mientras el bebé no ceja en su afán de demostrarles a ellos, y a todos nosotros, que se encuentra descubriendo el mundo, plash, plash, plash, plash, plash… La manita izquierda del bebé ya casi tiene el doble de tamaño que su derecha, pero a los abuelos eso no parece importarles demasiado. Tampoco le importamos un rábano todos los que allí nos encontramos, que sin duda inquietos ya hemos comenzado a bizquear.

En la mesa recién liberada se sientan 4 mujeres de clara edad provecta. A cuál más elegante. En unos minutos se percatan del asunto y comienzan a cuchichear y a girarse indisimuladamente hacia los 3 protagonistas absolutos de un bar repleto en la hora del aperitivo. Plash, plash, plash, plash, plash, plash... Se encuentran claramente alteradas por el turbador sonido potente y repetitivo que se produce junto a ellas pero no pasan de expresarse con cuchicheos. Parecen normales...

Una de ellas sube a su caniche sobre sus piernas de tal forma que deja su cabeza a ras de la mesa de aluminio, saca entonces de su bolso un platito de plástico, vierte sobre él la mitad de su café con leche, lo edulcora con azúcar y lo acerca a los morros del perrito, quien comienza a dar lametazos de forma tan veloz como indiscriminada. La dueña del caniche se vuelve hacia los abuelos con cierto aire insidioso pero sin dejar de acariciar al que sin duda es su can-querido-del-alma. Plash, plash, slurf, slurf, plash, slurf, plash, slurf, slurf…

lunes, septiembre 09, 2013

España. Medir/Mentir

Del medir


Para la mente –decía Comte- la cuestión de medir no era otra cosa que una cuestión de comparación: “una simple comparación inmediata con otra magnitud semejante supuestamente conocida y que se toma como unidad entre todas las de la misma especie”.

¿Qué podemos hacer ante esta afirmación? ¿La atendemos en tanto que producto de una reflexión filosófica o la ignoramos en la medida en que somos hijos de nuestra “correcta” época? Es decir, ¿la contemplamos en tanto que producto del Conocimiento o la ignoramos en tanto que creemos que toda opinión es igualmente válida y legítima, y por tanto toda definición –o afirmación- es una forma de ofensa que atenta contra el derecho individual, tal y como nos ha inculcado el Pensamiento Académico desde hace 40 años? O sea, ¿la contemplamos por sabia o la despreciamos por poder ser tan verdadera como su contraria?

La verdad es que el pueblo español no tiene elección ante esta tesitura: ya desde hace tiempo se les ha negado a los españoles la posibilidad de reflexión seria (sin Humanidades en la educación) mientras iba aprendiendo Conocimiento del medio de modo lúdico y no invasivo. Así, ante el concepto comparación todos los españoles tendrán su particular opinión. Una opinión que todos creerán ¡incuestionable! en tanto que legítima por suya. Una opinión que muy probablemente se encuentre trufada de connotaciones previsibles, esto es, políticamente correctas. Primero desde la vulgaridad que imprime el popular tópico que dice que toda comparación es odiosa -y que ignora que toda comparación es tan inevitable como los prejuicios. Y segundo debido al intrínseco odio autóctono desarrollado en los ciudadanos españoles, que viven en una perpetua comparación nacida del desconocimiento sobre sí mismos. Los catalanes odian a los madrileños, los gerundenses odian a los barceloneses, los sevillanos a los gaditanos, los algecireños a los gaditanos y los de La Línea a los algecireños. Y dentro de los algecireños hay, como en cualquier otro lugar, dos grupos que se odian a muerte, porque tanto los barceloneses como los gaditanos, como los valencianos, etc. que odian al “otro” por ser de fuera, guardan además su porción importante de odio sobre los barceloneses, gaditanos, valencianos, etc. que están dentro pero en otro subconjunto, pues dentro de cada frontera hay dos tipos de ciudadanos autóctonos que se odian a muerte desde antes de la Guerra Civil. Así, un odio “ancestral” autóctono al que se une un cúmulo de odios superpuestos propiciados y estimulados por la corrección política que reivindica la diferencia en nombre del Derecho, que no de la Justicia ni de la Libertad ni de la Igualdad ni de la Solidaridad. Odios aceptados, asumidos y alimentados por el pueblo español a través de las urnas.  

Un odio que además se alimenta de las mentiras e hipocresías que los votantes admiten de sus gobernantes antes de ejercer su posterior derecho de la queja inmadura e irresponsable. Todo el mundo sabe que el PP y el PSOE llevan 40 años aliándose con gente que desprecian sólo para mantener sus chiringuitos. Así, además de Odio, Ineptitud, Hipocresía, Amoralidad y falta de principios. Lo que, lógicamente, conlleva un nivel de incompetencia que sólo ha podido establecerse con la defensa acérrima de la mediocridad. Si hacemos caso al filósofo la comparación exige que la magnitud a comparar sea semejante y aquí en España todos quieren ser exclusivos.

Por tanto, si atendemos a Comte (y no a la corrección política que perpetúa los males contra los que hará ver que lucha para justificar su existencia) ya sabemos cuál es una de las importantes razones por las que España ha sido eliminada de cuajo y a las primeras de cambio por el COI. Una de las razones por la que, entre otras, hemos quedado incluso por detrás de Estambul, país donde aún no se ven con buenos ojos las minifaldas.

Del mentir

Kant dice que “La mayor violación del deber del hombre para consigo mismo, considerado únicamente como ser moral, es lo contrario de la veracidad: la mentira”.

¿Cómo debemos entender el aserto? O mejor, ¿Qué es una mentira en la época de la corrección política?, ¿qué es una mentira en un país donde la incultura y el odio son auténticos patrimonios nacionales? Probablemente nada. En un país que se ha formado a partir de un relativismo mostrenco, generado a medias por una clase política corrupta, unos académicos políticamente correctos y unos lobbies de presión desnortados, cabe cualquier cosa menos la sensatez. Si verdaderamente “ser es ser percibido”, como decía Bekett, España no es, desde luego, lo que los españoles creen ser. Porque, ¿cómo calificar y definir a unos ciudadanos que aceptan a unos gobernantes que no saben abrir la boca sin mentir? ¿Bastaría con calificarlos de pusilánimes o podríamos llegar más lejos? El gobierno de Zapatero nos mintió compulsivamente y el de Rajoy no ha hecho otra cosa desde que tomó el relevo en alternancia implacable. Por no hablar de corrupción. Si como dicen las encuestas la intención de voto aún se encuentra fundamentalmente en esos dos partidos es porque a los ciudadanos españoles les gusta regodearse en las heces. O lo que podría ser peor: porque los españoles son estúpidos, algo que resulta mucho más peligroso que la misma maldad.

Los informes PISA llevan años alertándonos de nuestra mala educación, pero al parecer NADIE tiene ganas de restaurarla. Los políticos se han mostrado incapaces de hacerlo y los ciudadanos viven más tranquilos en una sociedad que no requiere de grandes esfuerzos. De hecho, un país corrupto es un país donde la contingencia ofrece más garantías que el propio esfuerzo. Algo que funciona bien en épocas de vacas gordas, en lugares corrompidos y cuando los ciudadanos se creen ricos porque el banco les presta dinero para tener un buen coche. Y después está el mundo universitario, que como es bien sabido se encuentra perfectamente corrompido por la corrección política, ese invento anglosajón que los españoles han llevado al límite de lo irracional, convirtiendo el pensamiento académico en un bunker donde nadie puede tener ideas propias.

Hoy mismo he escuchado a alguien que achacaba la derrota olímpica a nuestra ingenuidad. Hay que ser estúpido. Decía textualmente, “lo que nos ha pasado es que hemos creído en el juego limpio”. Sus argumentos se fundamentaban en que “nuestro plan” había sido sincero, honesto, comedido en el gasto (ahora, low cost) y preocupado por el medio ambiente, etc. Y que todo nos pasaba por buenos, por fiarnos de la palabra de los brokers (malos), de los especuladores (malos) y, por cambiar de tercio, de los dirigentes serios (pero traidores) de otros países donde los políticos dimiten cuando son pillados robando una golosina o diciendo una mentirijilla.

Así Kant de nuevo: “El mérito es aquella cualidad que reposa en el propio querer del sujeto. Se trata, por tanto de algo completamente diferente de la habilidad para procurarse felicidad”.


Post Scriptum. Perdóneme el lector ser tan vulgar como para decir todo esto a toro pasado, pero como valenciano que soy tuve suficiente con la American’s Cup y con la Fórmula Uno, donde sólo se enriquecieron los que ya lo eran.

martes, mayo 07, 2013

Diálogo y Corrección


Corrección y Dialogo

Más que los reality y los basura lo que inunda nuestros sentidos visuales y sonoros son las tertulias. Es difícil levantarse y acostarse sin estar rodeado de tertulianos. La radio y la televisión están infestadas de listos que se hablan a gritos, o que se humedecen mientras se escuchan a sí mismos. Los tertulianos son super-héroes sin licra y maquillados a pincel; saben de todo y se excitan con su intrépida musculatura lingual. Su tipología es extraordinariamente parecida a la del forofo de fútbol y por eso su discurso es tan simple como el que genera el hincha. Su exaltación se basa, fundamentalmente, en saber cuál debe ser la estrategia de juego cuando su equipo va perdiendo el partido. Es sabido que en el campo de un equipo que pierde hay 80.000 entrenadores cualificados gritando cómo deberían hacerse las cosas. Pero cuando el equipo gana lo importante para el forofo es, sólo, la celebración, la farra.

Los tertulianos son, por otra parte, la perfecta representación mediática del ciudadano, que viendo y escuchando las tertulias se convierte también en un excitado entrenador de fútbol. Y allá donde todo el mundo cree saberlo todo hay un mundo en el que nadie sabe realmente nada. La manifiesta incapacidad de entendimiento que generan las tertulias es un signo de nuestro monstruoso presente. Y eso que los multi-opinadores tienen a su favor un índice de corrupción e incompetencia política descomunal. Las tertulias son estupendas Torres de Babel que nos muestran la verdadera precariedad de uno de los recursos más ensalzados y reclamados por los perniciosos bien-pensantes: el del diálogo. Ya sólo un tonto de baba puede pensar que el diálogo es una forma de comunicación que sin más solventa los problemas. Sobre todo porque, muy probablemente, muchos de los problemas han sido generados, entre otras cosas, por la falta de comunicación propiciada por un simpático y continuado diálogo. El famoso diálogo de sordos. (Algo que vengo apuntando en este blog desde que aquella ínclita periodista pidiera públicamente “diálogo, diálogo y diálogo”… con unos asesinos).

El diálogo sin sentido de la ética y sin verdadera cultura no es más que un gruñido sofisticado. Sobre todo en tiempos de Corrección Política. Y no digo que los tertulianos carezcan de esas condiciones necesarias, sino que resulta poco ético y congruente que practiquen su perversa incontinencia verbal ante un país cada vez más grosero, inculto y vulgar. Nadie parece darse cuenta de que lo que habría que inculcar al ciudadano antes de hablarle de las virtudes del diálogo es de las virtudes de la generosidad. Menos diálogo y más pensamiento. Menos hablar y más estudiar. Menos economía y más humanidades. Menos estética y más ética. Menos corrección y más amor. Y eso se consigue desde la educación de los infantes y desde las Universidades. Si bien es cierto que ya sabemos cuál es el nivel español en estos menesteres de la educación y el aprendizaje. La gran pregunta sería, ¿queda aún algún medio digno en el que expresar opiniones sin caer en la incongruencia? Valdría la pena pensar seriamente en la respuesta. En cualquier caso vaya por delante que ¡sois unos pesados, tertulianos!

Addenda. Hay algo que añade más leña al fuego, y es que los influyentes moderadores que se muestran tan serios y circunspectos en sus respectivas tertulias políticas hagan pequeñas pausas para publicitar, ellos mismos, un viaje a las Bahamas, un detector de radares o ¡incluso! unas píldoras para potenciar la memoria. O que jueguen a ser, además, graciosos en la segunda parte del programa (en radio y programas matinales de televisión). O que opinen de Isabel Pantoja con la misma convicción y seguridad con la que la que opinan de Montoro. ¡Idiotas!