miércoles, julio 30, 2008

Casa de juegos

El título de esta película de David Mamet puede resultar desconcertante en la medida en que la propia casa de juegos no juega un papel determinante en el desarrollo de los acontecimientos. Pero resulta perfectamente adecuado por cuanto señala un lugar cuyo significado encuentra un sentido en la trama que liga a los protagonistas. Al carecer de artículo determinado nos encontramos ante una casa de juegos; una casa en la que se juega; una casa, por tanto, en donde alguien gana y alguien pierde. O mejor: una casa en la que, por jugar, cada ganancia exige una pérdida.

La historia de la película parece sencilla de resumir: una siquiatra famosa y absorbida plenamente por su trabajo es seducida por un matón. Tras el previsible romance entre ellos, ambos se ven envueltos en una trama gansteril que les lleva a la necesaria separación que les permitirá sobrevivir. En realidad, todo se ha tratado de una trampa urdida por el matón con el fin de desplumar a la siquiatra. Tal podría ser, es cierto, el resumen del film. Se trataría de un resumen, claro está, que sólo serviría para atraer a los amantes del blokbuster. Aún así se trataría de un mal resumen pues no debería desvelarse jamás lo que es desentrañado casi al final de la película. Así, un resumen correcto se tendría que limitar a lo que realmente sucede en las primeras secuencias del film, por lo que habría poco que decir. Hablar más allá de eso destrozaría una historia basada en la trampa y el engaño, pues el engaño al que es sometida la protagonista es paralelo al que es sometido el espectador (como lo que sucede en Vértigo, por ejemplo). Resumen correcto, pues: una psiquiatra famosa pero sin vida social es seducida por un timador profesional.

Este resumen, que ya no cumpliría con las expectativas del espectador blokbuster (dada su extrema brevedad) sí sería un resumen que serviría perfectamente para describir lo que en realidad es sustancial en la trama: una mujer de cultura y de posición socioeconómica elevada se deja seducir por un malvado que en ningún momento oculta su condición. Se trataría de un resumen en el que preponderaría el tema sobre el asunto sin traicionar por ello la esencia del film. En cualquier caso podría haberse hecho un resumen a la inversa, aquel en el que preponderara el asunto sobre el tema. Entonces habríamos podido decir: una mujer insatisfecha a pesar de su éxito laboral va en busca de sí misma (resumen éste que sólo atraería a un sector reducido de espectadores). Dicho así podría tratarse de una película sobre el viaje iniciático de un personaje que va en busca de su verdadera identidad. En una conversación que se da a los pocos minutos de comenzar el film, la paciente loca le dice a la doctora que “nadie está exento de la experiencia, se puede intentar huir de ella, pero finalmente la experiencia te encuentra”.

De esta forma, la doctora se lanza, en un viaje iniciático, a saber más de ella misma, con o sin consciencia de ello, eso no importa. O mejor, se lanza a la búsqueda de un sentido vital que no le queda explicado en el saber lo que sabe. La insatisfacción, pues, como motor, y su fin último, conocer algo de ella que ella misma desconoce. Va, en definitiva, en busca de una revelación. Su amiga y colega es la que, a modo de catálisis narrativa, introduce a la protagonista hacia esa experiencia. Y la introduce a partir de un requerimiento: la búsqueda del placer. Es en esas dos conversaciones que mantiene con ella a principio de la película cuando la doctora manifiesta dos lapsus: uno confundiendo un significativo pronombre posesivo (mi-su) y otro confundiendo una palabra por su antónima (presiones-placeres).

Y puesto que, como decíamos, un resumen correcto se tendría que limitar a describir lo que realmente sucede en las primeras secuencias del film, nada mejor que ver qué pasa en ellas (ya que aquí no nos interesa la película, sino el personaje femenino). Como en todo gran texto fílmico los personajes quedan descritos no tanto haciendo referencia a los hechos escogidos cuanto a la suma de los escogidos y los omitidos. La doctora, que sabe mucho de la condición humana, parece saber poco de sí misma, y de ese saber poco nosotros obtenemos mucha información. Su asertividad laboral se esfuma ante las relaciones sociales de las que desconoce todo (como veremos en su relación Mike, el matón), y la aparente seguridad le sirve para encubrir la fragilidad que le confiere el miedo a la revelación esperada a través de la experiencia. De ahí que, por decirlo rápidamente y quizá de forma prematura, lo que busque en su experiencia sea un malvado, pues sólo de esta forma esa experiencia le aproximará al terreno insondable de lo real.

El valor simbólico del lugar (casa de juegos) no es ajeno a las intenciones del autor, que lógicamente conoce la trama desde el punto de vista de la creación. El jugar a algo te inscribe como jugador y en todo juego, pero especialmente en el del amor, se cumple la figura del jugador jugado; un jugar con alguien que a su vez juega con el jugador. “Todo juego se presenta como un movimiento de vaivén: la acción del jugador sobre el objeto de juego o sobre el camarada revierte sobre él como una nueva provocación. Así que el jugador es siempre un jugador jugado: no sólo juega con algo sino que ese algo siempre juega con él” (Benavides, 1988).

Todo juego se desarrolla en el intersticio que media entre lo totalmente conocido y lo absolutamente desconocido. En su campo de juego se concilian la inteligibilidad de la realidad y lo insondabilidad de lo real. Se concilia, pues, lo posible con lo que escapa al orden del discurso. El juego es una actividad libre que se encuentra fuera de la tenaza que une la necesidad con la satisfacción. Motivo por el cual la doctora sale mal parada de la experiencia (aunque lo propio sería decir que quien sale mal parado es el timador, pues es él quien verdaderamente paga un precio alto por la experiencia de ella). Porque la satisfacción requerida no proviene de una necesidad. Ha jugado sin aceptar las reglas del juego y no ha sabido perder. Hay que apuntar al respecto y haciendo referencia al leitmotiv del film, que el engaño como táctica no implica traición a las reglas, sino que forma parte de una estrategia, la estrategia que todo jugador debe poseer.

Nadie está obligado a jugar precisamente porque todos estamos obligados a trabajar. Y es precisamente el trabajo lo que ha mantenido a la doctora, curiosamente (es psiquiatra, no lo olvidemos), alejada de la realidad, del juego. Es su obsesión por el trabajo lo que critica y cuestiona su amiga y colega en la segunda secuencia, inmediatamente después de la presentación de la protagonista, a la que conocemos por el éxito de su último libro tras la solicitud de un autógrafo por parte de una admiradora (primera secuencia). Su amiga le critica su obsesión por el trabajo y le aconseja ir a la búsqueda de placeres, o mejor, le aconseja ir a la búsqueda de otros placeres que puedan servirle de escape, pues sin diversificación se puede caer en la obsesión. Hay que decir al respecto que el libro que autografía la doctora a su admiradora en la primera secuencia se titula “Pulsión: obsesión y compulsión en la vida cotidiana”. Una vez más, el jugador jugado, aunque esta vez se trate de un juego de ella consigo misma. Uno de los dos significativos lapsus que comete (al inicio) consiste precisamente, como hemos apuntado, en confundir presiones con placeres. Impagable lapsus para un psicoanalista. Y para Mamet.

Pero no es su colega la que logra activar su deseo (de la experiencia) sino un paciente, el paciente que la conecta con Mike, el matón. Y obsérvese que ya hemos calificado a Mike de tres formas distintas: timador, malvado y matón, algo que resulta sumamente significativo en la relación que se inicia, pues la doctora es avisada desde el principio de la calidad humana de Mike, incluso en palabras del propio Mike: “Soy un timador, un delincuente, no te engañes…”. Matón es la forma en la que ella define al propio Mike en su primer encuentro. Lo de malvado lo dejaremos para el final, pero resulta fácil deducir que un matón y un timador son dos formas de representar la maldad.

Pero, como decíamos, es un paciente el que introduce en ella el germen de la intriga. Le cuenta la historia a la doctora: al parecer Mike le matará si no le devuelve los 25.000 dólares que le debe por deudas de juego. Y la espolea con frases que resultan, curiosamente, más definitivas y determinantes que las que su colega le dice desde la amistad: “usted vive en un sueño”, “hay un mundo real”, le dice el muchacho aterrado por la suerte que le espera si no paga a Mike. Cuando ella intenta ayudar quitando hierro al asunto es cuando el paciente habla de la peligrosidad de Mike y lo describe (lo vemos en las notas de ella) como omniescente y castigador.

Ella decide ir a la busca de Mike. Después de la jornada laboral, esto es, de noche. Tiene que entrar en la casa de juegos que es donde se encuentra. Una vez ha entrado la puerta se cierra sola dejando fuera (de juego) al espectador. Está sola. La escena es perfecta por contenida (poco propio de la mayoría del cine norteamericano). El local está prácticamente vacío y unos tipos juegan al billar sin hacer apenas ruido. Ella pregunta por Mike y como en toda película de gansters el camarero dice no saber nada del tal Mike. Todo, pues, al más puro cine negro, pero austero, poco espectacular. La entrada de Mike en escena es precedida por su propia voz en off con la representativa por chulesca frase: “qué coño pasa”. La doctora se gira y aparece Mike en la oscuridad, vemos su silueta pero no su cara. Debe andar unos pasos hacia ella para que la luz revele su aspecto. Mike nace, pues, de la oscuridad. En una casa de juegos casi muda. Está sola y ha comenzado a jugar.

La breve conversación que mantienen nos muestra a la perfección cuáles son las actitudes de los personajes ante la situación. Ella se ha introducido en un juego apostando fuerte, con seguridad y sin mostrar flaqueza. Pero dejando las cartas boca arriba. Debemos insistir, sin embargo, que en este texto no estamos interesados por la película y por tanto no nos interesa lo que, por acaecer después, nos daría pistas sobre la actitud de él en el momento en el que se conocen. Nos interesa ella. Y él, sólo, en lo que afecta a ella. De otro modo deberíamos analizar la relación entre quien entra a jugar con las cartas boca arriba (ella) y quien juega un doble juego (él), cosa que no hacemos porque ello supondría hablar del engaño (del timo) que ella sufre, algo que para nuestro cometido resulta irrelevante. (Debe saber el lector que no haya visto la película que todo lo acaecido durante la práctica totalidad de la película se encuentra controlado y organizado por el timador. Todo ha sido minuciosamente preparado para timar a la doctora. Pero como digo, ese sería otro tema).

Digo que la pequeña conversación nos sitúa perfectamente a los personajes. Cuando ella se atreve a exigirle que le perdone la vida al pobre (¿) muchacho que la visita como paciente, Mike le dice: “si soy tan malo, ¿por qué no saco una pistola y te acribillo a balazos?”. A lo que ella contesta, “yo te diré por qué: no eres más que un simple matón”. En efecto, tiene Mike toda la razón, si él es tan malo como para matar por una deuda de juego, ¿por qué no la mata a ella? Mike, sin embargo, en vez de violentarse ante el insulto se ablanda y la adula: “¿cómo has sabido que no soy peligroso?”. Aunque no lo sabe, ella ha enseñado el farol con su impostada dureza. Y Mike es un timador profesional. Sabe que ha acudido a la casa de juegos por algo que nada tiene que ver con la supuesta deuda de su paciente. Ha ido, sencillamente, a jugar.

Se dan los primeros signos de seducción. Y por tópicos que resulten las artimañas seductoras de él, la cuestión es que funcionan con ella a pesar de su inteligencia y conocimiento. Conocedor como es Mike de las debilidades humanas la seduce, cómo no, haciendo gala de sus conocimientos acerca de los signos que manifiestan las personas en su comunicación no verbal (la impostación, por ejemplo). La doctora queda seducida, pues, a partir de una habilidad de Mike que le convierte en un hombre INTERESANTE. Una habilidad, además, que mucho tiene que ver con aspectos fundamentales de su trabajo, si bien desde un lado mucho menos científico, pero no por ello menos basado en lo empírico. Mike le enseña a la doctora lo que es una señal (en el argot del timador), que sería eso por lo que un sujeto delataría sus intenciones. Se lo muestra con un ejemplo en el que averigua el pensamiento de ella (descubriendo la mano en la que oculta algo). Para ella él es, ya, alguien por el que sentirse atraída. Nada nuevo, pues, en el concepto clásico de lo que una mujer requiere para ser seducida, por muy liberada y actual que sea la protagonista. Sorpresa, inteligencia, ingenio, dureza y sensibilidad. Con absoluta independencia de que todo ello pueda coincidir con la maldad (absoluta), algo de lo que es avisada en todo momento. Y de lo que ella nada quiere saber: es sorda porque no quiere oír y ciega porque no quiere ver. Pero con absoluta voluntad de que así sea debido a la excitación que le produce lo oscuro. Todo juego, decíamos, se desarrolla en el intersticio que media entre lo totalmente conocido y lo absolutamente desconocido. En su campo de juego se concilian la inteligibilidad de la realidad y lo insondabilidad de lo real

Y aquí es donde se produce la mejor secuencia del film. Mike se encontraba jugando a Póker cuando ha tenido que salir cabreado ante el requerimiento de ella: recordemos, “Qué coño pasa”. Ahora le reclaman desde la mesa de juego y es el momento en que Mike le propone a la doctora que le ayude a desplumar a un tipo que le está limpiando y le dice que si lo consiguen perdonará la deuda al chaval, una deuda que era mucho menor de lo que éste le había dicho. Ahora la doctora entra en el juego, en otro juego, un juego que se bifurca del otro que ya ha comenzado. La tensión que se vive durante la secuencia es intensa y ella parece controlar su cometido haciéndose pasar por la novia de Mike. La excitación de ella es evidente; él le pregunta “¿te lo estás pasando bien?”, y ella contesta “como nunca”. Y la cámara nos muestra un plano que, quizá por poco frecuente, resulta extraordinariamente significativo: los dos de perfil y mirándose sin pestañear durante un largo rato. Delante de ellos, nosotros, los espectadores, detrás, todo el mundo. Y ellos en medio, cara a cara.

Después de una violenta escena con pistolas incluidas se descubre el pastel: ella iba a ser timada por toda la pandilla confabulada. Todo había respondido a una puesta en escena minuciosamente preparada por Mike. Ella les descubre el plan (el juego) por un detalle y de repente toda la tensión se disipa de golpe, la luz se enciende y los personajes de aspecto peligroso se comportan, curiosamente, con extremada y casi dulce naturalidad. Se despiden unos de otros recriminándose sutilmente su incompetencia ante el fracaso de timo supuestamente sencillo. Se quedan los dos solos. Él le dice a ella, “vuelve siempre que quieras un poco de emoción”. Más claro, imposible. Es entonces cuando ella puede hacer dos cosas, o salir disparada de un ambiente turbio que le ha demostrado carencia de escrúpulos o sentirse excitada ante la posibilidad de volver. Pueden pasar dos cosas: o que pueda la sensatez o que pueda la perversa curiosidad.

Acto seguido (y entre medio de dos secuencias pertenecientes a la trama principal) vuelve otra conversación con la paciente loca, que a su vez le cuenta a la doctora su conversación con alguien: “Me dijo que puede convertir a cualquier mujer en una puta en 15 minutos”. “¿Y tú qué contestaste?”, pregunta la doctora. “Que no podía convertir en puta a nadie que no lo fuera ya”, contesta la loca.

Así que la doctora va en busca de Mike, en busca de un reencuentro. Mientras le espera en un bar (oscuro) escribe en su libreta de notas “La necesidad de lugares oscuros para llevar a cabo un negocio turbio…” En efecto, no sabemos qué es lo que se quiere decir a sí misma la doctora con la anotación, pero no deja de ser cierto que la experiencia en la que se está metiendo no puede ser más turbia. Lo que no le impide seguir a delante. Se trata de una nota, de algo que se dice a sí misma y de algo que le interesa recordar. Carece de verbo y por tanto carece de significado. Es una frase abierta a la que le falta una explicación; la explicación que ella no tiene respecto al hecho de estar buscando al timador en un bar oscuro.

Tras el reencuentro dialogan un rato en el bar, él le enseña otros trucos de timador y entonces le pregunta, “¿Quieres ver cómo un malo de verdad ejerce su trabajo?”. Y ella afirma. Ésta es la primera oportunidad que el malvado le brinda con el fin de que ella pueda renunciar a la maldad. Pero ella no lo hace. “El principio fundamental es: no confíes en nadie”, le dice entonces Mike. Y esta es la primera vez que le avisa. Y ella no se da por enterada. La atracción. “¿Quieres hacer el amor conmigo?”, le pregunta él. Y ella se deja llevar. La excitación.

Antes de acudir al hotel para acostarse juntos Mike pregunta a la doctora, “todos sacan algo de cada operación, ¿qué sacas tú de ésta? Ella no responde; no sabe. En su no saber de ella misma está el no saber nada de la vida, nada de nada. En su no saber nada de ella misma está todo el desconocimiento posible. La loca sabe mucho más de la vida que la propia doctora, entre otras cosas porque ha vivido ya su propia experiencia. La doctora no quiere renunciar a la experiencia del deseo que le produce la atracción. En este caso, atracción por lo interesante, por oscuro que pueda serlo. En principio es eso a lo que no quiere renunciar, al deseo. Porque el deseo no es deseo de la experiencia, el deseo es la experiencia misma. No le importa lo que pueda pasar después porque aquello a lo que no quiere renunciar es a sentirse viva.

Ante la excitante inquietud que le provoca la incertidumbre ella le hace una pregunta a Mike, "¿qué crees que quiero?”. Y Mike que ya está cerca de tenerlo todo contesta, “quieres que aparezca alguien y te posea; que te introduzca en algo nuevo; ¿te gustaría?, ¿es lo que quieres? A lo que ella contesta, “sí”. Y obsérvese el sutil juego de las palabras: el le contesta con absoluta seguridad y franqueza, y lo que le viene a decir es que lo importante para ella como mujer no es el poseer sino el ser poseída y además serlo a partir de algo nuevo, de la experiencia ligada a una revelación. Aún así, su caballerosidad (¿sensibilidad?) deja un margen de duda y se lo cuestiona. Por tanto la aséptica y concisa afirmación adquiere un valor exageradamente significativo. Está diciendo sí, no sólo a una relación sino a una relación marcada por la sumisión.

Cuando hablábamos de los posibles resúmenes decíamos que en el más corto de todos ellos se encontraba la esencia del film. En efecto, la doctora es una mujer actual, triunfadora e independiente. Sin embargo, decíamos más adelante, que en el acto de la seducción pasa por ser el elemento seducido (lo llamábamos clásico por llamarlo de alguna forma), algo que confirma el intercambio de frases descrito en el párrafo anterior. Omniescente y castigador son los adjetivos que incitan y excitan a la doctora. Lo oscuro le reclama y lo oscuro le pierde. La doctora se pierde en lo oscuro.

La revelación ansiada se produce ante su perversa curiosidad. Una revelación que ha desvelado algo que debió permanecer oculto. Además de una revelación se ha producido un desvelamiento. Ha emergido lo siniestro: las putas no se hacen. En la casa de juegos alguien gana para que alguien pierda. La doctora se ha perdido. Ha perdido en la jugada y no ha sabido perder. El precio que ha tenido que pagar por acceder al conocimiento sólo ha sido alto para el timador. La loca tenía razón, no se puede convertir en puta a nadie que no lo sea ya. El mal ha sido vencido, pero no por el bien, sino por otro mal más grande. “Algunos dirían que eres interesante”, le dice la doctora después de hacer el amor. Y Mike, mientras se viste y sin mirarle a la cara le contesta, “soy un timador, un delincuente, no te engañes… sé consciente de lo que haces”. Lo interesante.

sábado, julio 26, 2008

Mundo extraño

Primera premisa. El sentido crítico es algo que no todo el mundo posee. Quizá porque, después de todo, no añada nada positivo a todas esas personas que no lo poseen. Es decir, a lo mejor, toda esa gente que vive feliz dentro de “su” mundo es porque nadie les ha podido demostrar que el espíritu crítico sea capaz de aportarles algo beneficioso en su vida. La felicidad, de este modo, se encontraría fuera de todo posible análisis y se situaría en el ámbito del puro pragmatismo. La ignorancia, pues, como fundamento de la felicidad.

Segunda premisa. Si algo caracteriza al mundo del arte es precisamente aquello que lo distingue y diferencia de cualquier otro mundo. El mundo del arte representa, por definición, un mundo en el que sólo cabe aquello que deja de ser una posibilidad para convertirse en una realidad. El arte (objeto artístico) es a lo sagrado lo que las cosas (mundanas) son a lo profano. Es por tanto el arte quien vulgariza todo lo que se encuentra fuera de él. Es el arte quien ha inventado nuestra vulgaridad señalando su producto. El mundo del arte no sería nada si no tuviera a quien demostrar su superioridad.

La historia. Hace poco tuve la oportunidad de conocer al artesano que le hace las esculturas a algunos de los mejores escultores de la actualidad. Mi ya amigo Sven. Nada nuevo, pues, respecto al aserto leonardiano que rezaba que el arte é cosa mentale. En efecto nada hay que discutir, después de sus 500 años de vida (relativa), respecto a la veracidad del aserto; una cosa mental, habría que añadir, que produce objetos muy poco mentales que a su vez producen pingües y palpables beneficios.

Respecto a un artista concreto que me interesaba por sus esculturas y por el que mostré interés me contaba Sven el artesano (que ejecuta las ideas mentales del artista) que todas sus esculturas responden a una matriz numérica que a su vez fue tomada a partir de una de ellas; son pura informática. Las esculturas son el producto de una matriz que puede soportar las pequeñas variantes que permitirán al artista ser el artista y no un simple artesano. Algo que sin duda todos saben en el mundo sabe, pues no queda nadie dentro del mundo del arte que no sepa que el arte è cosa mentale. Y que por eso, lo que hace falta para ser artista es una idea y un machaca. Curiosamente, la idea no tiene que ser necesariamente buena; el machaca sí.

Al bueno de Sven no le preocupa nada ver “sus” piezas vendidas por cantidades desorbitantes de dinero porque sabe que el arte es cosa mental, pero no deja de ser un tipo revoltoso con un cierto espíritu crítico. Y a veces cínico. Haciendo aún referencia al artista por el que yo había mostrado interés me hizo la siguiente pregunta: “¿te has dado cuenta de la relación directa que tienen los yates con sus esculturas?” A lo que yo contesté, “¿qué si me he dado cuenta de qué?” Estaba claro que mi espíritu crítico iba muy por detrás del suyo, pero aún no sabía por qué.

“Sí hombre –me decía en un perfecto inglés/danés/español- cada tamaño de escultura se corresponde perfectamente con el tamaño de un yate tipo. Es fácil de entender: la pequeña con un yate pequeño, la mediana con un yate grande y la grande con un superyate”, Y después de una pequeña pausa y sin dejar de mirarme a los ojos, “¿me entiendes? no hay tamaños casuales, por supuesto, pero tampoco responden a ninguna necesidad interna de la escultura. La clave de las esculturas se encuentra, sólo, en los yates”-

Envalentonado por la admiración que le demostraba ante sus teorías del arte me dijo, “pues aún no te he contado lo bueno”. Y ante mi ansiedad manifiesta por conocer lo bueno dio un trago al vino, lo miró a trasluz levantando la copa y sin mirarme a la cara dijo, “¿sabes lo que hace tu artista antes de exponer en una nueva ciudad?; pues se encarga de averiguar los nombres de las mujeres de los magnates de dicha ciudad y a sus antropomórficas y enormes esculturas las titula en función de sus pesquisas. Sólo pueden pasar dos cosas –me dice torciendo la boca y con una caída de ojos-, o que llegue el magnate y diga ¡qué curioso, esta escultura se llama como mi mujer!, o bien que sea la mujer del magnate la que diga, ¡mira cariño, qué casualidad, esta escultura se llama como yo!”.

Conclusión. No la hay, no puede haberla. (ver post)

Moraleja. "Compra una Agni y tira la vieja".

Mundo extraño.

martes, julio 15, 2008

La política, la mujer y el miedo

En otros momentos de este blog he afirmado que la forma de plantear soluciones desde el Gobierno al tema de los malos tratos (¿domésticos?) era errónea por muchos motivos. Entre uno de ellos se encuentra el más siniestro: se trata de un problema que mueve una ingente cantidad de dinero y produce muchos dividendos electoralistas con su mera existencia. Para confirmar mi tesis no tengo más que remitirme a las pruebas del desastre, el desastre que se manifiesta en las cifras anuales de mujeres asesinadas; desastre en la medida en que era eso lo que trataba de atajar la nueva Ley y toda esa extravagante batería de medidas. Medidas erróneas, pues, como demuestran los resultados, los hechos.

Antes de comenzar haré una somera enumeración de lo que da de sí como negocio el tema del maltrato con independencia del fin último de quien pretende erradicarlo. Viven de él psicólogos, psiquiatras, médicos forenses, abogados con o sin oficio, mediadores, sindicalistas, fiscales, policías, notarios, detectives, políticos, feministas de agrupaciones, grupos de apoyo, casas de acogida, institutos de la mujer, ONGs, empresas de marketing, publicistas, unidades especiales de policía, de la Guardia Civil… Pero como también señalé anteriormente, la ideología no existe cuando es el miedo lo que hace tomar ciertas determinaciones a los políticos. Y las determinaciones políticas tomadas al respecto son siempre tomadas desde el miedo; el miedo a eliminar una infraestructura plagada de intereses económicos y el miedo a perder votantes. El miedo a perder los beneficios que genera el problema. Siniestro, ya digo.

Sin ir más lejos, en la época del PP y con Aznar al mando (2001), la Comisión Mixta Congreso-Senado decidió constituir una comisión interministerial de la que formaran parte los ministerios de Interior, Justicia, Sanidad y Consumo, Educación, Cultura y Deporte y Trabajo y Asuntos Sociales para seguimiento y ejecución del II Plan Integral contra la Violencia Doméstica. Así, siete de los trece miembros del cuarto gabinete de José María Aznar estaban implicados directamente en impedir que un hombre maltratara a una mujer.

En esa misma época, es decir, hace casi 8 años se contabilizaron, según el propio documento del II Plan: 490 cursos de información, 1.271 centros asesores y servicios de información, 262.000 publicaciones de guía de recursos; y existían 70 oficinas de asistencia a las víctimas, 84 casas de acogida, 102 pisos tutelados, 39 centros de emergencia y 35 servicios de acogida. Un año más tarde el número de pisos y casas de acogida había ascendido a 330. Además del Instituto de la Mujer estatal existían 17 Institutos de la Mujer autonómicos donde trabajaban más de tres mil mujeres.

En 2001 la Xunta de Galicia, por ejemplo, incentivó foros sobre la mujer en los medios de comunicación, estableció una comisión para controlar la publicidad sexista, financió el congreso La violencia impide la igualdad, publicó una guía de malos tratos hacía la mujer, diecisiete libros sobre la materia y patrocinó siete campaña de sensibilización, obras de teatro y seminarios de educación en igualdad. Por su parte, la Comunidad Autónoma de Madrid presidida por Esperanza Aguirre financió varios programas contra la violencia de género, impartió cursos a abogados que se encargan de atender a las mujeres en el turno de oficio de los Juzgados, formó a cientos de policías nacionales, guardias civiles y policías locales, colocó carteles interactivos en los institutos de Madrid, realizó campañas contra el juguete sexista, instauró una nueva carrera, el Master en Violencia, creó la red Centinela para Médicos… Y todas estas actividades se realizaron al margen de las financiadas por todos los ayuntamientos de la Comunidad, que tienen sus propios servicios de asistencia social.

La suma total de dinero invertido en las 17 comunidades para cubrir los objetivos propuestos por el II Plan Integral contra la Violencia Doméstica fue de 36 mil millones de pesetas. Si sumamos a ésta las invertidas por el Estado y los ayuntamientos la suma asciende a algo más de cien mil millones de pesetas, 613,5 millones de euros (según el Boletín Oficial de las Cortes Generales, 4 de diciembre de 2002).

El 3 de agosto de 2005 tomó posesión el nuevo Gobierno de la Xunta de Galicia (PSOE y Bloque Nacionalista Gallego) justo unas semanas antes de que hubiera entrado en vigor la Ley de Violencia de Género. En el Boletín Informativo número 41 de la Consejería de Bienestar e Igualdad de la Xunta de Galicia se explicitaba el nuevo programa que contaba con cientos de actividades al respecto, como las concesiones de subvenciones, la edición de revistas y publicaciones con el maltrato, la creación de nuevos servicios de atención jurídica telefónica, la compra de libros feministas para nutrir las bibliotecas públicas, organización de encuentros sobre le tráfico internacional de mujeres, financiación de obras de teatro temáticas… Además el nuevo Gobierno abrió 72 nuevos centros de información a la mujer maltratada que funcionaban 24 horas al día. Por otra parte el último Consejo de Ministros anterior a las vacaciones de 2006 (PSOE) acordó conceder una subvención de doce millones de euros a cada uno de los 17 Institutos de la Mujer para sus actividades en el maltrato. Lo que supone destinar en 2006 una cantidad suplementaria de 33.252 millones sobre los ya presupuestados por el Estado, además de las cifras de las ya existentes en cada Comunidad Autónoma. A la vuelta del verano, esto es, 2 meses después, el Gobierno decidió ampliar la cifra en otros 80 millones de euros más.

¿El resultado de todo esto?: pues que el número de denuncias de malos tratos crece y el número de mujeres asesinadas también. Y aunque parezca mentira nadie, desde el poder, parece preguntarse por qué eso es así después de todo. Todo lo más que hacen es suponer que el maligno sigue infiltrado en el género masculino y por ello continúan con la inmensa campaña de criminalización de género. ¿Por qué?, se preguntará más de uno: pues por lo dicho, por el miedo que atenaza a quienes podrían reconducir la prevención hacia otros derroteros, más prometedores pero bastante distintos a los que generan tantos beneficios empresariales y políticos.

Todo ese despliegue no cuadra demasiado con los datos empíricos y sin embargo acredita el error estratégico de los políticos y los medios: de las 37.000 órdenes de protección solicitadas en 2005 se concedieron 17.000 y el número de asesinadas sobrepasó los setenta. Al respecto dice el juez Navarro Blasco “Para evitar las muertes hubiera bastado con cien órdenes. Sin embargo, como la mayoría de las mujeres que acaban asesinadas por sus parejas no denuncian previamente los hechos en comisaría o en los juzgados, no se sabe a quién proteger, se actúa por impulsos de opinión pública, dando palos de ciego”. Puede resultar duro oír estas palabras pero no dejan de expresar algo que resulta sumamente significativo: que no es el hombre el culpable de esos asesinatos, que los culpables son esos 72 canallas que asesinaron. Por eso dice el juez “Lo que no se puede pretender es que el juez se dedique a aplicar una justicia de tipo preventivo, que siempre se convierte en injusticia flagrante e insoportable para una de los dos partes en el conflicto, la mujer y el hombre”. (Por si alguien ha dudado: de las 56 mujeres asesinadas en 2006, en sólo tres casos hubo denuncia previa ante la policía y los juzgados).

Así, la base por la que los gobiernos, las leyes y la opinión pública actúan se viene abajo, y demuestra que esa base, la brutal criminalización del género (se habla de machismo después de cada muerte), no es más que una imposición formulada desde el miedo. El miedo de quienes teniendo poder para cambiar el estado de las cosas se acobardan ante su ambición (la suya y la de algún grupo radical amenazante). Las campañas educativas dirigidas a los niños dan perfecta cuenta de la manipulación criminalizadora, como ya contábamos en otro post, pues en el discurso educativo sólo los niños son señalados con el estigma de sospechosos, y además por dos motivos: por ser ellos los culpables de una sociedad que por ser machista genera asesinos y por ser ellos, en definitiva, los potenciales asesinos.

Resulta curioso comprobar la cantidad de gente que se las da de progresista y después, debido a ciertos intereses espurios, estaría dispuesta a extender la culpabilidad del hombre incluso en aquellos casos en los que son los hombres los asesinados (en efecto, cada vez que se produce un asesinato de un hombre a manos de una mujer gran parte de la opinión pública culpabiliza al propio hombre). Y todo porque el estigma de sospechoso (e incluso de culpable) en el hombre es la base sobre la que se asienta toda política (y toda “publicidad” mediática) en lo relativo a los géneros.

De hecho la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (LVG) aprobada por el Parlamento español tanto con los votos de socialistas como de populares-, establece, en su art. 1 que «la presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia». Y como comenta Enrique Gimbernat “De acuerdo con este dogma de fe del feminismo, en su versión fundamentalista, de que cualquier vía de hecho, por muy leve que sea, constituye siempre una manifestación de machismo, los arts. 33 sgs. LVG imponen una pena superior a idénticas conductas -lesiones, coacciones y amenazas-, en función de si han sido ejecutadas por una persona perteneciente al sexo masculino o al femenino”.

Hace poco quedaron enfrentados dos artículos que hacían referencia a la supuesta inconstitucionalidad de la nueva Ley. Por una parte, el citado de Enrique Gimbernat en El Mundo ("La Ley de Violencia de Género ante el Tribunal Costitucional") y por otra el de Montserrat Comas en El País ("El Tribunal Constitucional lo ha dejado claro"), uno demostrando la injusticia de la Sippenhaftung -responsabilidad por la estirpe- (del Derecho germánico medieval, según la cual la responsabilidad de quien había cometido un delito se extendería también a su estirpe) y la otra congratulándose con la decisión del Tribunal Constitucional en la que para atajar la desigualdad reinante, que además es al parecer la causa de los malos tatos, lo que hay que generar es una gran desigualdad de los géneros ante la Ley.

sábado, julio 12, 2008

Miedo

I. Ni siquiera el miedo es lo que era. Antes se trataba de algo que te advenía, generalmente a tu pesar, ahora es algo que se te exige. Una sociedad sin miedo es una sociedad libre y nada hay más temido para los gobernantes (que no son necesariamente políticos) que una sociedad libre. Por eso nos imponen el miedo, o mejor, por eso nos imponen la necesidad de padecerlo. Los valientes han sido marginados por anacrónicos. El Sistema vuelve a ser tan coherente como implacable. El miedo nos iguala y ahora estamos en la supuesta defensa de las igualdades. Los héroes no tienen sentido en un mundo en donde todo es relativo, y aun cuando pudieran ser nuestra única esperanza, o precisamente por ello, se les relega.

Que vivamos con miedo es la principal prioridad de todo partido que quiera medrar. Un miedo, claro conculcado de forma disimulada, un miedo encubierto. Un miedo que subyace ante todos los ejercicios de distracción con los que estamos acostumbrados a vivir. Un miedo que subyace a la posible felicidad de quien tenga las claves de su posible posesión. El miedo está ahí, acechando siempre, persistente, conculcado desde las altas instancias para hacernos iguales, porque es el miedo lo que verdaderamente y después de todo, nos iguala. Así, repito, el que no tiene miedo es marginado, pero no tanto desde el ejercicio del Poder, cuanto por el vecino que no quiere verse avergonzado por el valiente.

Tal es la estrategia del Sistema, perfecta: nos conculca el miedo y después nos deja en sus brazos para que seamos nosotros mismos, los ciudadanos, los que marginemos al valiente. Todos los cobardes arropados por el corporativismo igualatorio. Así es como se nos ha abandonado a un mundo perverso en el que la “seguridad” es garantizada, sólo, por el miedo. Quien tenga miedo y lo demuestre será respetado; quien demuestre no tenerlo, será ninguneado cuando no humillado. El valiente es un excéntrico, es decir, un ser situado fuera del centro, y el centro, como veíamos en el post anterior, es algo que se disputan todos los execrables; para dar pábulo al miedo, lo único que, una vez asimilado por el ciudadano, garantizará el éxito de los que quieren medrar. El valiente no puede estar, por definición, ubicado en ningún centro, pues es en el centro y desde el centro donde no existe ni puede existir la lucha. En el centro sólo puede existir el centro, ese lugar que equidista de todo.

II. El miedo conculcado, cuando se convierte en la clave del éxito de todo aquel que quiera medrar, carece de ideología. La ideología no existe en la estrategia del Control. La ideología no tiene cabida en un mundo dirigido por la BMW, la Deutsch Bank y la Coca Cola (y no por Bush, ¡idiota!). El miedo es, simplemente, un arma, el arma por antonomasia del siglo XXI. Avance con retroceso, pues: estamos en una nueva Edad Media. El miedo es el perfecto salvoconducto que garantiza el Control, es decir, el Poder.

El miedo conculcado nace parejo a la Corrección Política, una perfecta y sofisticada forma de censura, la que se fundamenta en la autocensura. El miedo es, pues, conculcado en la medida en que es exigido. Desde que se impusiera la insuficientemente valorada Corrección Política nadie se encuentra a salvo si no tiene miedo. Da igual que se piense en política que en cultura; será el miedo quien rija el destino de todo el quehacer humano. No es un miedo a lo desconocido sino un miedo a conocer. El des-conocimiento nos iguala, aunque sea por la parte de abajo y por la puerta falsa. Y no exime, cierto, pero irresponsabiliza, infantiliza, elimina cargas. Y nos iguala. Y aunque la igualdad que proporciona el miedo sea una igualdad canalla no deja de ser una forma de igualdad, la perfectamente acorde con la Cultura de la Queja. El miedo, es sabido, paraliza e impide el desarrollo del argumento; lógicamente, pues nada más alejado del miedo que la Razón. En la Era del Miedo, los razonamientos carecen de valor, pues lo importante es la igualdad que produce el acobardamiento. Edad Media.

III. Pero insisto, el miedo conculcado, es decir, el miedo asentado en el ciudadano a instancias de una estrategia, es un miedo que se da en todos los ámbitos e incide desde todos los flancos. Nada construye mejor la carrera de un artista, por ejemplo, que el miedo. Todo aspirante a artista sabe mejor qué es lo no debe hacer que lo que debe hacer para triunfar, y eso no es más que la máxima expresión del miedo. Y hablo del artista porque él es el paradigma de la Libertad. Que nadie se lleve a engaño, si hay alguna clave del triunfo para un aspirante a artista, ésta se encuentra en la estrategia, una estrategia en la que debe tenerse muy en cuenta a los profesores, los críticos, los comisarios, las modas, las tendencias, los galeristas, los museos, el mercado en definitiva. Y si uno se equivoca en uno de sus pasos echa al traste todo; así pues, se impone el miedo, el miedo a no equivocarse. Hay que llevarse bien con éste, hay que conseguir hablar con aquél, a éste tengo que decirle esto, a aquél tengo que decirle esto otro, tengo que estar a buenas con ese, sólo conseguiré algo si hablo con aquél, al que además no puedo caerle mal, tengo que cubrirme las espaldas, no puedo decir lo que pienso a esos… Si algo falla en la cadena todo esfuerzo será vacuo. Y sin miedo el fallo está asegurado. Y fíjense ustedes que en ningún momento se hace referencia al producto arte y mucho menos a éste asociado a conceptos como el de calidad, talento, estilo, etc. El miedo es la clave del éxito por encima del propio producto que da nombre a la disciplina. Así, un aspirante artista sin miedo no dejará nunca de ser aspirante. Se verá por el Sistema como prepotente y soberbio, y será marginado sin acritud ninguna.

IV. El del arte era sólo un ejemplo que pretendía demostrar, mediante lo que es entendido por todos como el paradigma de la Libertad, que el miedo está instalado en una sociedad que lo ha recibido con los brazos abiertos. Vivir con miedo es vivir con seguridad, valga la paradoja. Además el miedo es un método de igualamiento, decíamos, perfectamente acorde con la Cultura de la Queja. Así que la Era del Miedo es la era de los victimistas y de ahí el éxito de las minorías y de lo diferente. Son ellos los que marcan las pautas de igualación. Por debajo, claro. En las escuelas, que es por donde empieza a instalarse la cultura del miedo, el nivel lo imponen lo más torpes, los más perezosos, los más atrasados. De ahí en adelante todo quedará marcado por un entendimiento de la igualdad cuyo único fin es empobrecernos… con todo el miedo posible metido dentro del cuerpo. Por tener, hasta tienen miedo ya muchos padres de sufrir denuncias por parte de sus hijos.

El miedo conculcado, cuando se convierte en la clave del éxito de todo aquel que quiera medrar, carece de ideología. La ideología no existe en la estrategia del Control. Viven del miedo (del que provocan y del que tienen) los de derechas y los de izquierdas. Porque el miedo lo padecen también quienes lo conculcan; es la llave maestra que abre posibilidades. Era eso de lo que se trataba, de encontrar una llave que abriera igual una puerta blindada que una puerta falsa. Y el miedo permite ciertas negociaciones que son concesiones cobardes encubiertas.

El miedo no sabe del honor debido a su carácter irracional. Otro de los motivos éste por el que los valientes deben ser erradicados en la Era del Miedo: por el anacronismo que a muchos suscita el tema del honor, ligado al de la dignidad. Ya lo decíamos, en un mundo relativista hay actitudes que han quedado obsoletas y han sido sustituidas por otras que toman su prestigio a través de la pereza y la cobardía. Serían las actitudes buenistas, que encubren una desmesurada ansia de poder. El buenismo sería la consecuencia de la pereza, la cobardía y la ambición. Y si para mi algo define a la clase política actual (que no está compuesta sólo de políticos) es esto. Unido a una ignorancia que cotidianamente se demuestra abisal.

domingo, junio 29, 2008

Demagogia

Con todo el miedo metido en el cuerpo, con todo el miedo metido hasta las gónadas, dice el político de derechas ante los medios que le instan a una definición de su nuevo partido: “centro, diálogo, mujeres y futuro”. Y el político pone cara de haber cumplido una misión.

Centro. El centro es un punto, un punto que no es necesariamente de encuentro. Desde el punto de vista geométrico sería el lugar del cual equidistan todos los de la circunferencia correspondiente. Así, para entender la metáfora, cuando un partido político se autodefine como de centro, y con independencia de que eso sea creíble e incluso posible, lo que hace es ubicarse en un lugar en donde todos equidistan de él en la misma medida, de tal forma que una ideología socialdemócrata (por un decir) sería equiparable a una ideología (es un decir) nacionalista. O lo que es lo mismo, la actitud de un partido de centro equidistaría igual de todos aquellos que se encuentren dentro de la misma línea de la circunferencia. “Siempre y cuando –se apresurarán a decir quienes se autodeclaren de centro- permanezca dentro de la Ley y su actitud se atenga a la constitucionalidad”.

Desde el punto de vista del álgebra abstracta el centro serviría para denotar al conjunto de todos los elementos que conmutan con todos los demás. Así, cuando un partido se autodenominara de centro sabríamos, todos, que se trata de un partido perfectamente cristiano en el que todos, por fin, seríamos hermanos. Hermanos y residentes en un país que podría llamarse de cualquier manera. Disneylandia, por ejemplo.

Diálogo. Los tópicos siempre han funcionado bien ante una mayoría, ante cualquier mayoría. De hecho, los tópicos tienen el mismo predicamento y funcionan exactamente igual en Kenia que en Valladolid. Uno de los más difundidos es el de que hablando se entiende la gente. Algo que se dice, como en tantas y tantas ocasiones, cuando se pretende ignorar el lado animal del ser humano. No hay más que ver un programa de televisión (y es igual que se trate de un debate político que de un programa rosa), para darse cuenta que, fundamentalmente, hablando se desentiende la gente. Cada Uno se desentiende del Otro, claro.

Además, el diálogo tiene buena fama porque suscita idea de movimiento. Algo que resulta esencial para el ciudadano ya anclado en la Nueva Era, la Era de la Informática. Si hay algo que reclama esa nueva sociedad que se mueve por autopistas de información es, precisamente, movimiento. Lo único que confiere credibilidad a la existencia a este nuevo tipo de ciudadano es la idea de movimiento, el movimiento que genera la información obtenida a través de un clic. Y la idea de haberse (in)formado desde una efímera superficie luminiscente. Por otra parte, existe algo en la idea de movimiento continuo que sirve perfectamente a los intereses de esos nuevos ciudadanos amantes de la second life: que reniega de las conclusiones. En efecto, en un mundo donde el movimiento es necesariamente entendido como continuo ya no caben las conclusiones, pues al no existir la pausa no hay posibilidad de pensamiento. Los silogismos se quedan sin la parte que daba sentido al pensar. Las premisas adquieren un valor todopoderoso y reniegan de esa parte del silogismo que ancla el pensamiento en un punto. El punto es una pausa y la pausa un estorbo. Las conclusiones serían, para mis alumnos, por ejemplo, la perfecta representación de la muerte. Ya no hay pues silogismos, pues no hay conclusiones, hay sólo movimiento, es decir, diálogo. Sin entendimiento, se entiende.

Mujeres. Aquí, sin embargo, me pierdo. No tanto por el término en cuestión cuanto por no saber exactamente lo que representa para el político enunciador de las características que deben definir a su partido... de centro. ¿Se trata de potenciar y ayudar a la Mujer en esos términos políticamente correctos que la consideran víctima en sí misma y en general de todos los hombres que conforman una unidad machista? ¿O simplemente se trata de decir que su partido va a predicar con el ejemplo haciendo un uso desproporcionado (¿) de la paridad a la que están obligados por ley?

Fuere cual fuere la interpretación de sus palabras, la cuestión (el problema) tiene fácil solución: el diálogo (supongo que es por eso que han puesto tantos teléfonos de ayuda), el diálogo desde ¿el centro? En otras ocasiones lo hemos apuntado: la única forma de no resolver un problema es creando las pautas que lo vayan haciendo irresoluble. Entre otras cosas porque la persistencia de problemas es lo que crea la ilusión de necesitar a los políticos y porque la existencia del problema puede ser rentabilizada por quien dice querer acabar con él.

Por otra parte el centro fue para la doctrina moral de Aristóteles -en tanto que justo medio-, una posición entre dos opciones de conducta que se consideran viciadas. Así cuando el político nos junta centro, diálogo y mujeres viene a decirnos que serán ellas, las mujeres, las que nos desquitarán del vicio. No sé si serán las mujeres de su partido las que conseguirán una sociedad mejor a través del diálogo o si será su partido dialogador el que conseguirá una sociedad en la que las mujeres vivan en igualdad de condiciones. En cualquier caso, lo que se infiere de sus palabras es claro: la Mujer es un objeto codiciado para todo político que quiera medrar. Y a la mujer no parece importarle nada. Supongo que mientras vaya beneficiándose a corto plazo de lo que se va empeorando al largo.

Futuro. Existe una forma perversa de entender el presente, la de desentenderse de él aduciendo que es irremediablemente incomprensible debido a la falta de perspectiva histórica. Es probable que dicho así pueda parecer chistoso, pero lo de la falta de perspectiva histórica es exactamente la base sobre la que se ha fundado lo que conocemos por Cultura Moderna, la que a su vez se ha fundamentado y justificado a partir del concepto de progreso. (Quien quiera puede acudir a la siempre edificante Historia del Arte y comprobará como todos y cada uno de los movimientos modernos se basaban en la incomprensión que suscitaba y por tanto en su valor de futuro, el que se preveía desde la ignorancia).

Marc Bloch ya apuntó como más productiva que otras esa forma de historiar que trataría de ir entendiendo el pasado desde el presente yendo cada vez más hacia atrás. Es decir: trabajar desde lo más conocido hacia lo menos conocido en una especie de método regresivo. Tiene su lógica, de hecho y como dice Peter Burke “con independencia de dónde se comience una historia, siempre puede argumentarse que debería haber empezado antes”. Por supuesto se trata de algo que imposibilita a los que alegan incapacidad de conocer el presente por falta de perspectiva histórica. Y por eso sólo hablan de futuro.

Conclusiones. No las hay. No puede haberlas.

jueves, junio 26, 2008

El roquefort y los toros

“¡Cómo me gustaría que me gustara el roquefort!”, repetía mi amigo todos los viernes.

Hará de eso unos 22 años pero lo recuerdo por las veces que me regresa como recuerdo. Tres amigos nos reuníamos los viernes para cenar. Vivíamos en Ibiza y habíamos localizado un restaurante en San Antonio donde servían una ensalada por la que valía la pena desplazarse a San Antonio, que como es sabido es una ciudad que estaba acondicionada, sólo, para las vacaciones de los mineros de Yorksire. La ensalada en cuestión estaba compuesta por unos ingredientes cuya combinación hacía las delicias de dos de nosotros, que no del tercero. Una ensalada tibia por uno de sus ingredientes, el beicon, servido en tiras muy finas y crujientes. El resto de los ingredientes: lechuga, pasas, manzana, tostas rebañadas con ajo en los laterales y, claro, queso roquefort. Y cada viernes, y aproximadamente a la misma hora, mi amigo repetía como un autómata “¡Cómo me gustaría que me gustara el roquefort!”, mirándonos con una cara que mezclaba envidia y rabia. Y nosotros, mientras disfrutábamos del único motivo que nos hacía llegar a San Antonio, observábamos de cerca la desgracia que se traslucía del lamento de nuestro amigo. Nos envidiaba por el placer que obteníamos degustando esa combinación de materias y se retorcía en su asiento mientras comía algo que verdaderamente le gustaba. Era tal su obsesión por nuestro manifiesto placer que seguro que no disfrutaba de lo que “verdaderamente” le gustaba y por eso repetía todos los viernes “¡Cómo me gustaría que me gustara el roquefort!”.

Cada vez que veo una de esas imágenes de José Tomás que están dando la vuelta al mundo de forma persistente me digo a mí mismo, a quién si no, ¡cómo me gustaría que me gustaran los toros! Pero nada, se me resiste. Hay veces en que me gustan cosas que no entiendo, pero no es este el caso. No entiendo eso de los toros, pero cuando oigo a algún intelectual al que admiro haciendo su particular panegírico me digo a mí mismo, a quién si no, ¡cómo me gustaría que me gustaran los toros! Menos aún entiendo que lo asocien al concepto de arte, pues la muerte sólo cabe en el arte a modo de alegoría, de símbolo, de metáfora. Todo lo demás es tradición ancestral, esto es, barbarie. Pero cada vez que veo una de esas imágenes de José Tomás, enhiesto, con una cornada de 20 cm. en su pierna y apartando a sus colegas me digo a mí mismo, a quién si no, ¡cómo me gustaría que me gustaran los toros! Pero nada, se me resiste, no soy capaz de ver el valor como una forma de arte. Los movimientos del torero que se juega la vida ante la bestia sí me parecen dignos de la estética, de cierto concepto de la estética. Si bien es cierto que cualquier positividad ante los toros se me evapora cuando compruebo que la verdadera bestia se encuentra encima de un caballo que le clava una estaca a un ser noble (según dicen los amantes de los toros), y en ese otro que le clava arpones en la espalda a un ser noble al que van debilitando para conducirlo a su fin último, y en ese otro que con la cara ensangrentada como signo de su valor le incrusta a un ser noble y debilitado una espada buscando su corazón para que el ser noble debilitado se derrumbe a los pies del valiente. Veo la imagen de José Tomás saludando al tendido con toda la cara ensangrentada y me digo a mí mismo, a quién si no, ¡cómo me gustaría que me gustaran los toros!

lunes, junio 23, 2008

Perversión

En el anterior post hemos visto cómo a Loretta le cambia la vida una experiencia, la de conocer a un hombre que es capaz de levantarla en brazos mientras le dice “te voy a follar hija de puta”. En cualquier caso, lo anormal no se inscribe en el hecho de que una experiencia pueda cambiar la vida de una persona, sino en el hecho de que la experiencia sea provocada por la propia persona actuando a la inversa de lo que se encontraba preestablecido por y desde ella misma. Es decir, el cambio no viene producido por una experiencia ajena a ella e impuesta desde fuera, sino por una experiencia que además de ser provocada por ella resulta contraria a su manera de ser. Sin olvidarnos que esta expresión, “manera de ser”, no hace referencia más que al conjunto de signos y síntomas por los que la personalidad emerge para confrontarnos socialmente a los otros. La personalidad nos distingue de los otros en la medida en la que nos identifica ante los otros.

Loretta cambia de hombre de un día para otro. Y cambia a un hombre que se arrodilla ante ella, por otro hombre que es capaz de levantarla por el aire (y por tanto de separarla de la tierra); el primero cede ante su deseo (y por eso se arrodilla) y el segundo manifiesta enérgicamente el suyo (y por eso la levanta). Tal es el cambio; pasa de elegir ser “madre” de su amante (de Johny) a elegir ser “objeto” de un amante también deseado (Ronny), de elegir el dominio de la situación y una seguridad más o menos incierta (como la que vive su madre) a elegir una especie de sumisión y una cierta inseguridad (de la que nada sabe). Un cambio asentado en el riesgo, pues la claudicación inmediata ante Ronny se fundamenta en la irracionalidad, en aquello que escapa a las leyes sociales y culturales. El mito, una vez más, ha prevalecido sobre lo mundano; se ha impuesto el proteccionismo, la fuerza, la acción, la asertividad y por tanto la incerteza y el riesgo, porque es precisamente todo eso lo que puede acercar a Loretta a un contacto con lo Real, porque es donde Loretta puede encontrar su verdadero goce. De hecho, poco después de consumar el acto se reconocen mutuamente haber estado muertos antes del encuentro carnal.

Mutatis mutandi. Como es sabido, acaba de implantarse un nuevo Ministerio, el de la Igualdad. No sé si lo que pretende es reivindicarla o imponerla, pero en cualquier caso su flamante Ministra se encuentra concediendo entrevistas a los medios con el fin de explicarlo. La penúltima la concedió al El País hace unos días (18 de Junio). Ante la pregunta basada en aquel dislate léxico (“miembros y miembras”) que le hacían los periodistas, “¿Quería un debate sobre el sexismo en el lenguaje o una broma se fue de las manos?” Bibiana Aído contesta, “no voy a añadir nada más sobre esta cuestión”. Con lo queda demostrado el carácter juvenil y prepotente de la Ministra, que manifiesta muy poco respeto hacia el interlocutor, pues presupone que el lector (en este caso de El País) ya sabe todo lo que hay que saber a través de (se supone) comentarios por ella misma vertidos no se sabe dónde. Su negación a contestar es pues, en este caso, un signo de perfecta incompetencia política y un síntoma de incapacidad intelectual. O por decirlo de otra forma: su renuncia de explicación es un tipo de respuesta/explicación que sin duda ha sido aprendida viendo programas del corazón y no leyendo ensayos, por lo que es una respuesta propia y previsible de Isabel Pantoja o de Ana Obregón, pero no de una Ministra.

Si se da por hecho la igualdad no sabría cuál es exactamente su cometido, más allá de exigir su aplicación, lo que demostraría, entre otras cosas, la incompetencia del Ministerio de Trabajo y cuestionaría la eficacia de la Justicia en su totalidad. Y si lo que trata es de imponerla no entiendo muy bien cómo puede imponerse algo que pretende englobar a dos entidades que son consideradas distintas, distintas en la medida en que es eso exactamente lo que al parecer hace necesario hablar de igualdad y crear un Ministerio. La cuestión es que incluso para abordar el problema de la igualdad (¿o debería decir desigualdad?) el Ministerio ha creado dos teléfonos de asistencia dependiendo de si son hombres o mujeres los/las que llaman. Ante la observación de los periodistas al respecto Bibiana responde, “la única forma de avanzar en la igualdad es incorporando a hombres y mujeres. La sociedad ha cambiado mucho y es muy importante que avancemos en el cambio de roles”.

Respecto a la primera de las afirmaciones sólo me queda que expresar mi incomprensión, pues no entiendo por qué, de repente, parece estar dando una receta de cocina. Y respecto a la segunda sólo cabe expresar mi admiración y perplejidad: admiración por la primera parte, la que nos abre los ojos diciéndonos que la sociedad ha cambiado mucho y perplejidad por la segunda, pues una cosa es reconducir un rol y otra es (inter)cambiarlo. Lo que se deduce en cualquier caso de esta respuesta es que la necesidad de corrección política es tan grande que induce a decir tonterías que careciendo de sentido dejen clara la buena voluntad. (Y todo se ha de decir, la gente cada vez más vota a quienes muestran buena voluntad en los medios y menos a quienes persisten en aplicar soluciones desde un enfoque ideológico sea del cariz que sea. Incluso a pesar de que se encuentre mal expresada esa voluntad, como es el caso).

Y por último el motivo que ha dado lugar a este post, el titular de la entrevista, en negrita y con casi un centímetro en la fuente: “Vamos a trabajar sobre una nueva masculinidad”. Con lo que, de nuevo, la única causa del problema, la causa de tanta desgracia, es el hombre; el hombre, pues, como ÚNICO culpable. Presupongo que este sentir se correspondería con aquel tópico que en mi adolescencia ya se difundía por doquier: deberíais los hombres sacar vuestro lado femenino sin avergonzaros de él y olvidaros de ese compromiso adquirido con vuestro género que no se corresponde con una demanda real nuestra. Como si el lado femenino redimiera a quien es sólo malo debido a un lado masculino, criminalizando no tanto al canalla como al género.

Los periodistas, que parecen saber mejor de qué hablan que la propia experta, preguntan, “Cuando se habla de una nueva masculinidad podría alguien entender que se criminaliza lo masculino en bloque”, a lo que Bibiana responde, “Una forma de trabajar contra la violencia de género es trabajar en la igualdad, porque se sustenta en la desigualdad, en una masculinidad que descansa en un sistema patriarcal, así que trabajando por una sociedad más igualitaria combatimos la violencia”. Así, la nueva Ministra vuelve a dar pistas acerca de su peligrosa ignorancia, ya que la mal llamada violencia de género poco tiene que ver con un problema de igualdad. Loretta actúa como actúa, no tanto por vivir en una sociedad patriarcal como por ser mujer. Ronny ha mostrado, ya en la primera secuencia, importantes dosis de agresividad y no sólo no resulta disuasorio para ella sino que se convierte en motor. Y Como sabemos que es una película, no le queremos dar mportancia, sobre todo porque intuimos que por ahí nos encaminamos hacia el final feliz, ese en el que nos imaginamos una perfecta vida ulterior de los personajes. Pero Ronny ha mostrado su lado violento y, por decirlo en palabras de Ronny, Loretta se ha puesto cachonda. De hecho se trata de la escena que enciende a Loretta, y es justo la secuencia anterior en la que se produce el salvaje encuentro sexual por ella buscado.

Como vemos, la conclusión de Bibiana choca tanto o más con el modo de actuar de Loretta que con el modo de actuar de Ronny, que al fin y al cabo se ha mostrado como es desde un principio sin pretender nada de ella; es en ella donde emerge el fuego, un fuego que llega a un Ronny y lo abrasa. Un fuego, en definitva, que no es de Ronny en la medida en la que sólo puede ser de ella. El problema, como tantas veces se ha apuntado en este blog, es que la estrategia de la corrección política es la de hacer irresolubles los problemas que denuncia y que dice intentar erradicar. Por resumir: es falso que realmente lo intente, pues es en la existencia del propio problema donde todo gobierno encuentra su máxima rentabilidad. La eliminación del problema no daría ni un euro a las miles de personas que viven de él y lo que es peor, nodaría ni un voto a quienes lo usan para conseguirlos.

Son muchas las Lorettas que hay repartidas por todo el mundo. No son sino mujeres que buscan la experiencia de lo Real, mujeres que no buscan lados femeninos en los hombres sino más bien ese hombre que pueda descubrirles el goce al que sólo ellas tienen acceso (como sabiamente apunta Jesús González Requena en “El Héroe y la Mujer”, Trama y Fondo 16). Lo que sucede es que, una vez más, los mandamases reconducen las pulsiones de la sociedad conculcando algo que en el fondo infantiliza (y por tanto irresponsabiliza) más a los integrantes de esa sociedad. Desde las altas instancias académicas así como desde las altas instancias políticas, tan bien avenidas ellas, se nos lleva conculcando una desmitificación del Mito sin paliativos. Su indiscriminada ansia de relativismo les induce a desmitificar incluso lo que obtiene su único sentido a través del Mito. Así, a Bibiana le pasa lo que a tantos ciudadanos: que ven signos machistas o patriarcales donde sólo hay signos de una construcción simbólica de la diferencia sexual. Algo que genera un problema que se agrava cuando esos mismos ciudadanos que han renunciado al Mito (por cosiderarlo signo machista) siguen haciendo uso del Rito. Cuando Loretta es escéptica con su futuro y no cree en el amor se sirve del Rito para despistar su apatía, su nihilismo, y por eso exige protocolo y resolución formal. Pero la construcción simbólica de la diferencia sexual es algo a lo que estamos atados los seres humanos, por lo que resulta como mínimo inquietante que se haga un esfuerzo tan grande por negar lo que aflora de forma inevitable, el Mito. Ésta es precisamente la causa por la que los problemas no se resuelven e incluso se agravan: porque mientras se conculca la igualdad (desembarazándose del Mito), sin renunciar a los ritos que mantienen los roles tradicionales, llega Ronny y le dice a una mujer inteligente: “te voy a follar hija de puta” y la mujer inteligente le contesta, “no dejes nada de mi (para cuando me case con tu hermano), deja sólo la piel y los huesos”. La perversión consiste, pues, en exigirle al hombre que sea aquello que es contrario a lo que marca el deseo de quien lo exige.

martes, junio 17, 2008

Hechizo de luna

En todo texto artístico (fílmico, literario, etc.) existe la enunciación de una verdad. O mejor, todo texto fílmico, literario, etc., debe contener la posibilidad de una verdad si lo que quiere es ser artístico. De hecho esa es la diferencia que distingue los textos artísticos de los meramente informativos. No se trata de una simple paradoja; es la paradoja sobre la que se constituye el arte. El encuentro con una verdad es lo que otorga sentido a la experiencia estética, a su existencia. Esa verdad, claro, no tiene porqué tener una existencia previa a la misma experiencia. Es decir, no se trata de confrontarse a las intenciones de un determinado autor (de un YO), ya que todo autor se constituye, sin poder evitarlo, de espaldas a la verdad de su deseo. Una cosa es el Yo enunciador y otra el Sujeto de la enunciación, que es también sujeto del inconsciente, del suyo y del colectivo. Por decirlo de otra forma, las bondades artísticas de una película como Providence, por ejemplo, no se infieren de las intenciones del autor, sino de la lectura que hace el espectador. No es Resnais el atormentado, somos nosotros.

Así la experiencia estética nos confronta con una verdad de magnitud variable; puede ponernos en contacto con una verdad o puede, en según qué ocasiones, confrontarnos con algo que no es privativo del arte: LO REAL. Si lo primero se asienta sobre el concepto de Placer, lo segundo se asienta sobre conceptos más movedizos y displacenteros.

Dicho esto me referiré a la excelente película Hechizo de luna haciendo, sólamente, un pequeño comentario de algunas escenas, evitando demasiados juicios analíticos y dejando que el lector saque sus por otra parte particulares conclusiones. Como es sabido se trata de una de esas películas que parecen no tener cabida ni en la filmografía americana ni en la filmografía del propio autor. Podría decirse, si consideráramos la filmografía del autor y aun aceptando algún acierto en ella, que Hechizo de luna le ha salido al bueno de Norman (Superstar) Jewison por casualidad. Si eso fuera posible.

No vale la pena resumirla pues quien la ha visto, la “conoce” y quien no, debería verla. Vale la pena describir las tres primeras secuencias, las que de forma magistral sitúan al espectador ante una trama que se encuentra viciada por el aspecto social en el que se enmarca, el del patriarcalismo. Un patriarcalismo, claro, en el que las mujeres son amas y señoras de sus hogares, es decir, dueñas de la familia.

En la primera secuencia vemos a Loretta en su trabajo: es contable de una funeraria. Es la contable de alguien (su jefe) que, seguramente con razón, se considera y autodeclara un genio a partir de su última intervención mortuoria. Acaba de terminar un trabajo de amortajamiento que al parecer le ha salido tan bien como de costumbre. Ante la vanidosa afirmación del funerario Loretta le replica que su negocio es un auténtico caos desde el punto de vista administrativo y que él es un desastre en el tema de la gestión. Acto seguido a él se le cae la tostada al suelo y Loretta tiene que ayudarle a hacerse el nudo de la corbata. Por si faltara poco (respecto a la información que vamos obteniendo de ella) aparece el repartidor de coronas mortuorias con su producto y Loretta dice no comprender el excesivo gasto que conlleva la compra de algo que nadie aprovecha. Ante la incomprensión del repartidor por el desprecio de las flores Loretta le insta a no equivocarse, “no te equivoques, que las flores le encantan”.

En la segunda secuencia se encuentran Loretta Castorini y Johny Cammareri en un restaurante donde él ha decidido pedirle la mano a ella. Ante la petición ella le cuenta, con cierta sangre fría evidente, que su viudez se debió a no haber seguido el protocolo reglamentario, así se declara supersticiosa y le exige que se arrodille para pedirle la mano formalmente, como mandan los cánones. Él le contesta que el traje es muy caro y se va a estropear si se arrodilla, a lo que ella replica que ya lo sabe porque fue ella la que le acompañó a elegirlo. Antes se ha producido un pequeño incidente en el restaurante que va a resultar sintomático a lo largo del film: un señor discute con una mujer mucho más joven que él y que termina yéndose del restaurante no sin antes haberle arrojado el plato de pasta en la entrepierna. Ante el espectáculo ofrecido Jonhy le dice a Loretta, “un hombre que no puede controlar a su mujer, es gracioso”.

En la tercera secuencia Loretta se despide de Johny en el aeropuerto, que se va a Roma porque su madre está agonizando, de hecho pospone la boda por ello. Cuando se acerca a la ventana para ver despegar el avión una vieja le avisa de que el avión va a estallar porque le ha echado un maleficio. Por lo que cuenta la misma vieja, su hermana viaja en ese avión y fue ella quien le robó a su marido 40 años antes y se casó con él. Una hermana que además le acaba de confesar que en realidad nunca quiso a su marido y que sólo se lo robó para sentirse más fuerte. Loretta le contesta que no cree en los maleficios a lo que la vieja replica, “yo tampoco”. Casi inmediatamente después de las tres secuencia comentadas Loretta le cuenta sus intenciones de casarse a su madre, ésta le pregunta, “¿le amas?” y Loretta contesta “no”, “eso está bien- continúa la madre- si les amas , lo saben y entonces te vuelven loca”.

Como hemos visto, las tres primeras secuencias de la película dejan claro ya los roles de los personajes aparecidos. Ella es una simple trabajadora y trabaja para un hombre que es el dueño de la empresa además de jefe. Roles previsibles de una sociedad antigua por patriarcal, donde los jefes son ellos y ellas súbditas de sus jefes. Él es un genio (como queda expresado a través de una afirmación que no puede comprobarse pero que no tenemos por qué dejar de creer) pero no sería nadie (como queda claro, también por expresado y visto) sin la discreta colaboración de Loretta. Él es un genio, pero es torpe (casi bobo) y no podría hacer nada sin la ayuda “silenciosa” de Loretta, que se nos muestra generosa en su estatus. Por otra parte el extraordinario guión deja claro su taxativo pragmatismo a través de la escena con el repartidor de flores funerarias. Loretta sería capaz de renunciar a un placer (su gusto por las flores) por cuestiones administrativas, ¿racionales? Es la forma en la que ella ha decidido vivir, anteponiendo lo que “debe ser” a lo que sus pasiones le reclaman. No le importa los conflictos que ello genere, pues como hemos visto el deber de no dilapidar en cosas innecesarias (controlar administrativamente) se impone sobre el del placer que le otorgan la contemplación de las flores. Algo que choca con su defensa supersticiosa del protocolo, ya que las coronas de flores no son otra cosa que puro protocolo. La cuestión es que todos sus actos responden (como comprobaremos más tarde) a su decisión de renunciar a lo que su deseo reclama por miedo a averiguar quién es verdaderamente. Con el miedo (manifestado con asertividad) despista sus deseos.

En la segunda secuencia Loretta controla con auténtica seguridad la pedida de mano del que para nosotros es un nuevo personaje: Johny Cammareri, un hombre 15 años mayor que ella, inseguro, dubitativo, repeinado y algo rancio (no sabe ni elegir sus propios trajes). Ante la propuesta de casamiento Loretta decide que sólo aceptará casarse si Johny se arrodilla ante ella y cumple con el protocolo, con lo que deja claro, a través de la exigencia del gesto sumiso por excelencia, quién es quién en la pareja, o mejor, quién será qué. El incidente de la mesa contigua resulta clarificador en la medida en la que provoca la frase de Jonhy, “un hombre que no puede controlar a su mujer, es gracioso”, justo unos minutos antes de que éste estropee su traje arrodillándose ante una mujer que fríamente le exige unas pautas que comienzan con un gesto sumiso.

La tercera secuencia sirve para introducir un nuevo elemento informativo sobre el asunto de la película, el de la imposibilidad comunicacional y por tanto el de incomprensión que genera esa (in)comunicación. El que resulten difíciles de entender ciertas cosas no significa que carezcan de explicación. La anciana, que tuvo que superar en su momento la experiencia de cómo su hermana le robaba “su hombre” acaba de enterarse de que después de todo nunca le amó. Si bien lo que resulta del todo esclarecedor, por poco comprensible que pueda parecer, es la explicación de la hermana: que lo hizo para sentirse fuerte. Así la fortaleza de la mujer proviene de un triunfo animal, el basado en la ley del más fuerte.

Hasta aquí las tres primeras secuencias. Demos un salto y situémonos en la escena en la que Loretta decide ir a convencer a Ronny para que vaya a la boda. Los previos los conocemos: sabemos que Loretta no ama a Johny pero se quiere casar con él, sabemos que ella sabe que nunca será feliz con él pero sin embargo quiere acelerar la boda. Y sabemos, ya, que realmente va a casa de Ronny porque el fuego del deseo ha entrado en ella; o mejor: ha emergido. La extraordinaria conversación que mantiene con él se desarrolla con la ambigüedad propia de quien está sintiéndose poco a poco abrasada; sus manifiestas ansias conciliadoras no son otra cosa que la exaltación de un deseo reprimido. Aquí es cuando se produce una de las escenas más antológicas del cine americano, una escena con la que se mereció (como así quedo reconocido por la Academia) el Oscar al mejor guión. Ronny la levanta en brazos con decisión (dirigiéndose hacia la cámara) y ella le pregunta “¿qué haces?”, a lo que él contesta “te voy a follar hija de puta”. Ella responde descolgando la cabeza en gesto de aceptación y sumisión. Y confirma: “no dejes nada para cuando se case (Jonhy) conmigo, sólo piel y huesos”. De esta forma tan atípica se resuelve lo que en otra película habría sido resuelto de forma estandard y poco relacionada con una verdad: a través de la determinación (la de Ronny) que necesita de firmeza y de un vocabulario que no lleve a engaños (como el que vive Loretta con Johny), ni necesite eufemismos cursis (que serían disuasorios para Loretta), ni perífrasis innecesarias (cuando el fuego requiere ser extinguido sobra el verbo, tan humano él). No es el amor lo que triunfa, es la animalidad que la anciana sólo conoció a través de su hermana, de la experiencia de su hermana. No sólo se conforma Johny con usar el término follar sino que además lo hace apoyado en el insulto agresivo. Loretta merece un castigo y hasta ahora ella era la única que lo sabía, ahora ha encontrado alguien que en unos segundos lo ha averiguado y ha actuado como debía.

Son muchos más los aspectos interesantes que contiene la película, sobre todo si tenemos en cuenta la perfección con los que están trazados los perfiles de los personajes secundarios. Por no hablar del asunto que en paralelo va discurriendo al de la in-comunicación: el de la muerte. Lo dejaremos para otro momento.

lunes, junio 09, 2008

Medios

1. Estamos a 9 de Junio, la gente sale a la calle con chaqueta desde hace días y eso no es noticia. No genera noticia por extraño que sea, que lo es. En otros años el aire acondicionado de casas y empresas llevaría accionado desde mediados de Mayo y sin embargo la gente duerme con colcha, algo que tampoco parece ser noticia, por raro que sea el hecho. Los pantanos se han abastecido bastante y ya no hace falta trasvase de ríos allá donde se hacía inminente por necesario. No hay bronca pues, por lo que no hay noticia, sólo un breve comentario de cafetería. News is bad news, como es sabido. La Expo de Zaragoza va a dar comienzo con el agua al cuello por lo que nadie querrá hablar de sequía, o por lo menos no alzará la voz para hacerlo, no vaya a ser que se ahogue. Este año, en definitiva, nadie habla del cambio climático. Y mientras, a Al Gore se le escapan los dólares de los bolsillos cuando se sienta en su jet privado para ir a la vuelta de la esquina. ¡Qué asco me dais, medios!

2. El problema del entendimiento en la comunicación es, como siempre, el de la interpretación de los términos. Un ínclito analista político decía hoy en su ínclito periódico que le ética del periodista debía regirse por la veracidad y el pluralismo. Apuntaba además, que esto ya lo dijo hace treinta años y que desde hace esos treinta años él viene defendiendo la veracidad y el pluralismo frente al mito de la objetividad (al parecer este analista se pasó por el forro el Nuevo Periodismo con todo lo que supuso respecto al mito de la objetividad). No sé exactamente que quiere decir con veracidad, sobre todo viniendo de un analista que debe llevar más de treinta años cuestionando toda afirmación que se presente como verdadera, a no ser que sea la suya. O sea renegando de toda afirmación que se presente como verdadera siempre y cuando venga de un contrincante ideológico. Así que no entiendo lo que por veracidad él entiende. Y el entendimiento se resiste. Pero lo que no he alcanzado a entender de ninguna de las maneras y aun cuando he leído el artículo tres veces es lo que me ha querido decir con lo de que el periodista debe ser plural. Y el caso es que lo explica. Pero ya digo, se me escapa. Sobre todo viniendo de alguien cuyos artículos no se mueven ni un ápice de lo que de él se espera. Así, un periodista escribe sobre la labor del periodista y de lo que debe ser esa labor. Y lo que yo entiendo es, sólo, que no le entiendo.

domingo, abril 27, 2008

Miró... habla

Si hay algún responsable desde luego que se trata de Vasari. Él fue quien inventó, por sistematización, la hagiografía artística. La Historia del Arte se inicia en el momento en que los artistas comienzan a tener una biografía. Y Sistematizar el hecho biográfico para hablar de pintura instaura un nuevo concepto en el mirar: el basado en la mitificación. Así es como comienza la necesidad de creer en una cierta superidad moral de los artistas. La obsesión hagiográfica deberá salvar incluso a los artistas más tiranos y déspotas, achacando a ellos un carácter voluptuoso, enérgico y... genial. Por tanto, la Historia del Arte comienza en ese mismo momento en que los términos mitificación y mixtificación tienden a unirse y confundirse. Ya no hay arte -decía Gombrich hace ya muchos años-, sólo hay artistas. Pero como ahora vivimos un momento situado después del fin del arte podría decirse que ya no hay artistas, hay sólo catálogos. Los artistas son, más que nunca, meros comparsas.

Curiosamente, este aspecto de la metodología historiográfica, el de la mixtificación, es un aspecto que no ha ocupado a casi ningún experto. O mejor dicho, sí que ha ocupado a la gran mayoría de los expertos historiadores, pero para insistir en el cliché mitomaniaco, mixtificatorio, nunca para cuestioanarlo (puede comprobarse a diario). A lo mejor porque resulta sumamente difícil admitir que tal o cual artista pudiera ser un merluzo con independencia de la calidad de su producción, sobre todo en un mundo, el del arte, que ya ha construido su imagen, no tanto en función del objeto artístico mismo, como en función de la autenticidad que emana inevitablemente del artista/creador del objeto. En cualquier caso, la cuestión es que los artistas rara vez renuncian a hablar porque casi todos se han creido eso de que su genialidad es total por ser producto de una autenticidad que emana de forma inevitable. Y hablan. Todos. Siempre que pueden.

No tengo nada en contra del Miró artista, es más, Miró me parece un excelente cocinero y un buen escultor (en cualquier caso sé que a nadie le interesa lo que yo pueda pensar de éste o de cualquier otro artista). Pero cuando Miró habla es porque quiere, por lo que nosotros debemos, aunque sólo sea por respeto, escucharle. Y después tenemos el derecho a opinar sobre lo que dice. Su producto artístico podrá ser cosa que requiera de los matices de los expertos, de los hagiógrafos, pero su palabra es cosa de todos, sobre todo porque la usa, según él, para democratizar su arte, para hacerlo llegar a más gente y de forma más clara.

En la misma portada del libro Conversaciones con Miró (Gedisa) aparece ya la entrecomillada afirmación, “Mi pintura no es de ningún modo un diario secreto. Es una fuerza atacante que se exterioriza”. Así pues, ya sabemos, antes de abrir el libro, que su arte es el producto de una fuerza exterior, inevitable, demiúrgica. Estamos ante una fuerza de la naturaleza que se ha servido de un cuerpo humano para hacer llegar a toda la humanidad un mensaje cifrado, que no secreto, con el fin de hacer del mundo un lugar más habitable (es el momento de recordar que su fama precede a la entrevista que nos ocupa). Por lo que ya sabemos, entes de abrir el libro, que su Obra y su Palabra son ya lo mismo. Con frases como ésta es como crea el mundo del Arte las fronteras a su acceso. O estamos con él o estamos contra él, o estamos dentro o estamos fuera y a los de fuera no les es permitido, jamás, hablar de lo que hay dentro. Y cuando lo intentan (y recuérdesde el caso de Muñoz Molina cuando se atrevió a hablar de Joseph Beuys) son rápidamente ninguneados cuando no insultados aludiendo, precisa y paradójicamente, la incapacidad crítica de quien no se encuentra dentro. Así, o se está con Miró o se está en su contra, sin olvidar que estar en su contra es no estar en ningún lugar. El mismo Miró lo sabe, por eso dice respecto a la respuesta que obtuivieron, en sus inicios, los cuadros de su amigo Kandinsky: “lo que hacía (kandinsky) me interesaba y, se lo dije, había sido muy mal recibido en París po los imbéciles que no comprendían nada” (pag 203). Esto es, o se está con Miró o se es imbécil.

El citado libro es de una ejemplaridad clarificadora. Nada hay en él que no pudiera ser previsible hasta la exasperación. El demiurgo se encuentra presente incluso en las afirmaciones más aparentemente humildes. Todo en el libro es un tributo a la inevitabilidad de la genialidad cuando ésta emerge, desde las mismas afirmaciones del artista hasta la descripción del carácter de Miró por parte del entrevistador: en 34 ocasiones el autor hace mención a los gestos con los que Miró acompaña a sus palabras, otorgando a estos el halo divino de lo que podría llamarse una fuerza atacante que se exterioriza. “En Montroy lo que me nutre es la fuerza. La fuerza”, dice Miró al principio de la entrevista. Mientras el entrevistador dice cosas como “hace un gesto con la mano en el aire”, “golpea en la mesa con la mano abierta”, “golpea con los pies”, “traza con un gesto la trayectoria de un ave que se aleja”, etc, etc, hasta 34 veces. La fuerza, ciertamente parece estar en Miró de la misma forma en la que lo estaba con el joven Sky Walker: haciendo referencia a las líneas imaginarias que describen sus cuadros dice respecto a su metodología creadora “impulsado por el azar, pero por una fuerza más poderosa que yo y que no puedo dominar”. Por lo que su conclusión es: “Lo que me interesa no es que quede allí el cuadro, sino su irradiación, su mensaje, lo que hará para transformar un poco el espíritu de las personas. El cuadro en cuanto objeto no me interesa”.

El género de la entrevista es un género literario muy curioso cuando éste se produce ante quienes no tienen la costumbre de pensar por escrito, es decir, cuando se produce ante músicos, cantantes, actores, etc y no ante quienes tienen por costumbre y hábito la propia literatura, como escritores, filósofos, periodistas, etc. Resulta curioso la condescendencia con la que se trata a quienes opinan respaldados por una fama ajena al pensamiento, pero resulta más curioso, si cabe, que se trate de intelectuales de igual forma a los primeros y a los segundos. (A propósito de este tema, no puedo evitar recordar la publicidad electoral que a este respecto usó el PSOE cuando dijo que 5.500 intelectuales habían expresado su apoyo incondicional a Zapatero. ¡5.500 intelectuales! Si contamos que esos son sólo los que se han adherido a la campaña de un partido político y dejamos los que no lo han hecho, sintiéndose sin embargo cercanos a esa ideología, y contamos también los miles de intelectuales pertenecientes a otra ideología, ¿cuántos intelectuales salen? Y mejor aún, ¿dónde cantan?).

En cualquier caso lo que pretende Miró con su intelectualidad, la expresada en forma de entrevista, es lo mismo que pretende con su arte: “ofrecer al espectador un aprendizaje de la libertad” (pág 12). Dice Georges Raillard, el entrevistador, “no dudo de que las reflexiones de Miró durante las horas de conversación contribuirán a hacer que su obra se acerque a sus destinatarios”, y Miró nos dice, “la gente comprenderá cada vez mejor que yo abría la puerta a otro porvenir contra todas las ideas falsas y todos los fanatismos” (pag 199). Difícil, pues, como vemos, disociar su obra de su palabra pues ambas son la exteriorización de lo mismo, la exteriorización de una fuerza atacante. Y ahora, comprometida. Sí, la intelectualidad es pues irrefutable en la medida en la que así es entendida por quienes así la entienden (que viene a ser TODO el mundo del arte). Y así queda expresada en sus respuestas y en sus afirmaciones: para explicar un cuadro a instancias del entrevistador Miró no duda en de-mostrarla y dice “cuando yo pinté esa tela, y otras que se le parecen un poco, mi estado de ánimo estaba modelado por la poesía. Por eso leo poesía y escucho música. En ese momento oía muchos discos. Entonces, pam, pam, pam, pam (sigue el ritmo con un dedo en el aire, esboza un movimiento como si bailara), pam, pam, pam, pam, ¡zas! (y traza un círculo en el aire)”. Y me imagino entonces al entrevistador extasiado ante tan excelsa profundidad de pensamiento, sobre todo debido al círculo trazado en el aire.

Y como en casi cualquier genio, su relación con el dinero es secundaria, según él mismo, claro: “Breton y Eluard tenían un agudo sentido comercial. Yo no tengo ni idea” dice Miró en los primeros compases del libro. Y ante la pregunta “¿le ha molestado que se mezclen la pintura y el dinero?”, contesta tajante, “Me disgustaba mucho... ¡un valor en bolsa!, Eso me desagrada profundamente”. De ahí que ahora estemos en disposición de entender mejor las intenciones que manifestaba más arriba el mismo entrevistador: “no dudo de que las reflexiones de Miró durante las horas de conversación contribuirán a hacer que su obra se acerque a sus destinatarios”. De lo que se trataba, pues, fundamentalmente, era de acercar la obra a sus destinatarios. Aunque no sepamos aún con claridad quienes son ellos, si los espectadores, los lectores o los clientes.

En efecto, el tema del dinero es un tema que, además de recurrente en las reflexiones del mundo del arte, provoca un consenso en la práctica totalidad de los artistas modernos (salvo dos o tres honradas excepciones). Y el consenso consiste en que a todos les repugna el dinero en la medida en la que su principal cometido es insultar a quien lo tiene. El caso de Miró resulta aquí paradigmático. Cuando el bueno de George le insta a solucionar el grave problema de que el arte sea inaccesible por caro, Miró responde que éste se soluciona "haciendo esculturas y grabados". A lo que es replicado por el autor con la única frase compremetedora, “una litografía o un aguafuerte son caros...”. La contraréplica es fascinante en la medida en la que denota su verdadero y profundo desagrado por el dinero como valor de cambio; dice Miró, “El grabado es muy eficaz, muy importante, para la divulgación de las formas. Por ejemplo, sobre esta mesa hay unos veinte. Si se tiran setenta y cinco copias, son mil quinientas: pueden llegar a mil quinientas personas”. Tan claro es su pasión por difundir la obra entre el pueblo menos pudiente que cuando le preguntan “Y cuando termina (un cuadro), ¿siente usted la necesidad de mostrar el resultado a alguien?”, Miró reponde sin titubear, “A muy pocas personas. ¿Para qué?”.

Después de haber escuchado la voz de Miró (“ofrecer al espectador un aprendizaje de la libertad”, “los imbéciles que no comprendían nada”, “la gente comprenderá cada vez mejor que yo abría la puerta a otro porvenir contra todas las ideas falsas y todos los fanatismos”, “lo que me interesa es la irradiación de cuadro, su mensaje, lo que hará para transformar un poco el espíritu de las personas”) transcribo ahora un fragmento completito: “¿Interviene usted para fijar los precios?”, “no, no. Por el contrario, le digo (a su marchand): Amigo, hace falta que pegues fuerte. No lo vendas por cuatro cuartos. Sobre todo, desde el punto de vista moral”. “¿Un punto de vista moral?” (replica el autor), "¡No quiero que cualquier imbécil pueda llevárselo por cuatro cuartos!”. "En sus viejos cuadernos de notas he leído: No me gustan los burgueses, pero es preciso que aprendan a respetar lo que hacen los artistas”. EEso es. Tener respeto” (responde Miró). Ya ven, Modernidad en estado puro.

Pero ya digo, los hagiógrafos leerán este libro y verán lo que yo no he visto, porque su Fe carece de límites y porque nunca tienen presente la segunada ley de Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que reza eso de que cualquier persona puede desarrollar perfectamente una actividad y ser simultaneamente un idiota. Y porque además creen que la fuerza atacante que se exterioriza en Miró es de tal potencia que su palabra se encuentra indisociada de su producción, como si las opiniones pudieran ser juzgadas de la misma forma en la que se juzgan los cuadros, como si la inteligencia no fuera con ellas. Es decir, los hagiógrafos juzgan la inteligencia mostrada a partir del verbo con los mismos parámetros con los que juzgan una pintura. Y el desastre es monumental. Las pinturas no requieren de la inteligencia, pero las opiniones sí. No estamos en la época de Leonardo (cosa mentale). Cuando Miró quiere explicar su relación con Stockhausen es cuando el pintor hace gala de esa intelectualidad tan suya y dice: “Hay relaciones muy claras entre lo que él hace y lo que yo hago. Por ejemplo, ese ¡pam! ¡pam! ¡pam! (puntúa cada pam con un golpe en la mesa). No puedo explicérselo mejor”. Su capacidad intelectual es, efectivamente, artística.

sábado, abril 19, 2008

cromosomas

Fue pura casualidad: poco después de publicar aquí un post analizando la incongruencia de usar el término igualdad para solucionar el problema del machismo y la llamada violencia de género el gobierno sacó de su simpática chistera el nuevo Ministerio, el de la Igualdad. Decía hace unos días que el término igualdad es complejo, por lo que no es en absoluto el más apropiado para ser usado en la educación infantil; y decía que lo que tocaba era ahondar en la diferencia, analizarla, y en función de los datos dirigir la educación hacia una prevención realista. Pues nada, lo que va a seguir imperando es lo de hablar de igualdad para englobar con el término tanto las injusticias sociales (que sí lo requieren) como los otros enormes problemas que sólo tienen que ver con la diferencia. Así, mi pronóstico: la incomunicación entre géneros cada vez será mayor y la Guerra de Sexos acabará como la Guerra de los Rose.

Mutatis Mutandi. Justicia social. Tengo un amigo que se separó recientemente. La separación no se produjo por la interferencia de terceros sino, según palabras de ella, por el hastío que le provocaba la presencia de él. Ella necesitaba, siempre según ella, distanciarse de él para ver si encontraba una forma de realizarse verdaderamente. Ella dice no tener nada en contra de él, pero que necesita no saber nada de él. Por lo que, a partir de una decisión de ella, debían separarse de verdad, es decir, debían separase cumpliendo las condiciones que marca la ley. Lo que traducido al mundo que les toca vivir ahora es:
Él se ha tenido que ir de casa, ella se ha quedado en la casa con los dos niños. Él le pasa la manutención establecida por la ley, por lo que vive en un pequeño apartamento mal acondicionado. Y todas las mañanas, y esto no lo sabe ella, mi amigo llora escondido en una esquina cercana a la entrada del colegio porque es la única forma que tiene de ver a los niños durante los 15 días en los que no se le permite hacerlo.

Addenda. Gergeley Csibra es un Catedrático de Psicología Cognitiva del Birkberck College de la Universidad de Londres y desde 1994 es investiga el desarrollo cognitivo en los dos primeros años de vida. Hace unos días, y con motivo de unas conferencias dadas en nuestro país, decía. “mientras que los niños prestan más atención a los objetos las niñas se muestran más interesadas por las personas. ¿Qué significado puede tener esta observación? No lo sé, es difícil saberlo todavía aunque creemos que con el tiempo llegaremos a conocerlo. Pues lo más probable es que no sea algo casual y que, efectivamente, tenga un significado”. Esto es lo que decía, textualmente un catedrático especializado el desarrollo cognitivo en los dos primeros años de vida después de 13 años de investigación exhaustiva. Con toda la imprecisión que todo buen científico debe mostrar decía algo así como que los niños y las niñas son diferentes desde el principio pero que no sabemos por qué.

domingo, abril 06, 2008

Repulsión

Allí estaban una vez más, allí estaban como en tantas otras ocasiones. No eran los mismos, claro, o sí, no sé, pero allí se encontraban todos esos mocosos sentaditos en el suelo, en semicírculo, de cara a su profesora y delante del cuadro seleccionado para el comentario. Un cuadro que era uno en concreto, pero que pudo ser cualquier otro en concreto, cualquier otro cuadro de ese Museo que cuenta con obras de Arte Moderno y contemporáneo.

Cualquier escuela no tiene más que solicitar el permiso al Museo y la excursión será facilitada por el Ente, que además contabilizará a todos los mocosos como espectadores interesados por su programación. El cuadro, como digo, era uno en concreto pero pudo ser cualquier otro mientras fuera eso, moderno. Que después habrá que jugar y lo moderno da mucho juego al juego. Se trata de una ceremonia que se repite a diario en todos los museos de arte que cuentan con Arte Moderno y Contemporáneo. El profesor explica a los mocosos lo importante que es el arte, lo importante que es el pintor protagonista del comentario y lo importante que son sus cuadros en general y ese en particular; lo importante que son esas pinceladas, lo importante que son los colores y en definitiva lo importante que es ese cuadro pintado por un ser importante para la Historia del Arte y por ello importante para la Humanidad.

La profesora explicaba a los infantes lo importante que era el pintor de ese cuadro en concreto y lo importante que había sido el particular uso del color en el cuadro; lo importante que era el color para transmitir una emoción, la de un pintor importante, y lo importante que era percibir esa emoción como espectador; lo importante que era ese trazo para la composición de ese cuadro tan importante y cómo ese trazo hacía de aquello, ese cuadro en concreto, algo importante. Mientras los mocosos se olvidaban, o no, de sus resecos mocos, la profesora les explicaba lo importante que es el Arte para la Humanidad y lo importantes que son todos eso pintores de la misma época de este pintor importante. La profesora, que lo es por haber aprobado las oposiciones especializadas, les explicaba a los absortos mocosos la importancia de unos papeles pegados al lienzo y lo importante que fue para la Historia del Arte, es decir, para la Historia de la Humanidad, el descubrir que en los lienzos podían pegarse papeles. Y mientras los mocosos parecían encontrarse atónitos ante las explicaciones de su maestra, la maestra misma les explicaba esos mismos mocosos la importancia de que pudiera no haber ningún elemento representativo en el cuadro, la importancia del que un cuadro pudiera ser, desde cierto momento histórico, un conjunto de manchas sin fin representativo alguno. La maestra les explicaba a los mocosos lo importante que es un pintor que supo hacer algo importante y les explicaba también lo contentos que debían sentirse por estar delante de aquel cuadro tan importante, tan importante como lo eran todos esos otros cuadros que les rodeaban. En esa misma sala y en las adyacentes.

Lo importante es que los niños sepan diferenciar las cosas importante de las que no lo son, pienso yo que piensa la profesora, y por eso estaba allí, una vez más, explicando a esos mocosos lo que ya les había explicado a tantos otros mocosos. La profesora, que pudo haber sido otra, explicaba a esos mocosos lo importante que era ese cuadro, ese cuadro en concreto, y lo importante que era darse cuenta de lo importante que era el cuadro de ese pintor importante. Cuando la profesora acabó de dar sus oportunas explicaciones se encaminaron todos ellos a la sala lúdico-pedagójica que todo Museo tiene con el fin de imitar lo que debido a su importancia debe servirnos de ejemplo.

Nota. Resulta, como digo, absolutamente irrelevante el pintor elegido por la profesora para su comentario más extenso. La verdad es que no pude acercarme lo suficiente para ver la cartela, pero por la sala en la que se encontraba yo me atrevería a asegurar que se trataba de un Elmyr de Hory.