martes, diciembre 22, 2009

Feminismo y ética (II). La significación de un lapsus

Para iniciar la lectura de este texto debería conocerse la polémica que surgió a partir de un artículo que Enrique Lynch publicó en El País. El filósofo venía a expresar en él que mucho de lo que se propone como feminismo no es más que un conjunto de actitudes que muestran, antes que otra cosa, un espíritu revanchista. Como era de prever, se lo están comiendo por los pies. Y dadas las reacciones ante la publicación, muy probablemente el editor del periódico se plantee la posibilidad de no reincidir en este tipo de manifestaciones en el futuro. Sobre todo si confirma que hacer uso de la libertad de expresión le genera más problemas que beneficios. Y así es como empieza siempre la autoimposición de la más estricta y encubierta censura del hoy: la Corrección Política. Y es así como la Corrección Política va ganando aún más terreno, si cabe.

Hay que reconocer que no resulta fácil ser imprevisible en lo que a opinión se refiere. De hecho apenas hay nada en prensa que lo sea. No se trataría tanto de situarse en un bando o en otro respecto a una u otra ideología. Eso no tiene ningún mérito por mucho que se expresen opiniones aparentemente atrevidas. De lo que se trata es de opinar libremente sobre aquello que está inmisericordemente controlado por los grupos de presión. Ahí es donde hace falta demostrar valor. De hecho, una vez entran estos grupos en acción (cuando surge la polémica) el problema deja de ser lo dicho (la misma opinión) y se centra en el hecho de si debió decirse; en el hecho de si se debió evitar que se dijera, que se publicara. Y entonces, y sólo entonces, es cuando con la Iglesia topamos, amigo Sancho. Con el artículo en cuestión ha pasado exactamente eso: la opinión de Lynch puede resultar controvertida en sí misma, pero la cólera que ha suscitado ha devenido tanto del propio texto como de la permisividad del editor en su publicación.

Tengo para mí que además de haberse metido en arenas movedizas Lynch ha incurrido en un típico error metodológico cuando se tratan estos temas: haber entrado a bocajarro. Un error o un acierto, según se mire, porque después de todo no se necesita más, para un artículo de opinión, que decir lo que se piensa sin necesidad de andar con circunloquios justificativos. Por lo que podría considerarse un acierto si lo medimos por su capacidad de incidencia. En todo caso, más que un error o un acierto podría ser entendido como un acto de valentía, es decir, un acto de inconsciencia. De hecho, no hay más que echar una ojeada a mi anterior post para saber que, o bien yo soy un analítico impenitente o bien soy un cobarde. O ambas cosas. Me pasa por creer que si hubiera abordado el tema sin tanto prólogo habría fracasado ante los más obcecados, que son precisamente aquellos a los que fundamentalmente me dirijo. Imagine el lector que hubiera dicho algo así como que “ciertas manifestaciones populares resultan representativas del verdadero sentir del genérico de las mujeres (feministas por derecho y deber y no necesariamente numerarias) y delatan sus verdaderas y aviesas intenciones”. Y que por ello considerara rápidamente que “el humor zafio de esas mujeres que como feministas actúan no puede ser más que la evidencia o la prueba de que lo que quieren no se encuentra en reivindicación alguna, sino en cosas como el odio, la venganza, la ambición…”. Imagíneselo el lector.

Respecto a las reacciones suscitadas por el artículo de Lynch, aquí el título de las tres respuestas con más visitas en Internet: “Imbéciles sin fronteras: Enrique Lynch”, “el machista resentido o el linchador resentido: Enrique Lynch” y “Según Enrique Lynch el feminismo provoca violencia de género”. El revuelo, como no, puso en marcha enseguida a la Defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva, con la entradilla: “Lectoras y asociaciones de mujeres recriminan a EL PAÍS haber publicado un artículo que culpa a las mujeres de la violencia machista”. Así pues, si alguien quisiera guiarse por lo publicado en Internet para saber de la noticia se encontraría abrumado por las entradas de quienes discrepan del artículo y de quienes por discrepar lo rechazan categóricamente.

Respecto al artículo en sí, la cuestión radicaría en si lo que Lynch dijo promueve y alienta la violación de los derechos humanos, tal y como afirman las ofendidas. Dice Pilar López Díez, doctora en Ciencias de la Información y (según ella) experta en Comunicación y género: “Creemos que, de la misma forma, quienes dirigen los medios deben ser exquisitamente exigentes y rigurosos en la selección de los artículos a publicar, especialmente aquellos que transmiten opiniones que pueden promover y alentar, en individuos peligrosos, la violación de derechos humanos de las mujeres tan fundamentales como el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad y a no ser sometidas a tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Lo que no deja de resultar curioso, pues lo que Lynch considera es, precisamente, que una cierta manera de entender el feminismo puede promover violencia contra la mujer. Y la doctora añade en otro momento: “Los argumentos, aunque fáciles e intelectualmente muy limitados, no dejan de ser peligrosos respecto al grave problema del que hablamos porque da una pátina intelectual a las posiciones más groseras del más burdo machismo”. Para no agobiar al lector con más citas, sólo decir que la conclusión que más claramente puede extraerse de las entradas más activistas de Internet es que nunca debió publicarse el artículo. Por tanto, como era de prever, el problema se extendía más allá de la opinión y abarcaba la consideración de la oportunidad de su publicación. O sea, la censura.

He aquí algunos matices que pudieran servir para situar mejor la polémica. Y para ello quizá sea necesario acudir al leitmotiv del artículo de Lynch, que no es otro que el eslogan publicitario que reza: "De todos los hombres que haya en mi vida ninguno será más que yo" (cuyo comentario dejo para otra ocasión). Lema-slogan que TODO EL MUNDO “CONOCÍA” YA (incluso antes de su creación y difusión), pues bajo mi punto de vista, se trata de un slogan que todas las mujeres tienen asimilado implícitamente a través de todas las conculcaciones explícitas de otros cientos de slogans similares.

Lo que Lynch dice al respecto es que los tiempos verbales de la redacción muestran el carácter revanchista, carácter que según el filósofo se habría evitado con los tiempos en pasado ("De todos los hombres que hubo en mi vida ninguno fue más que yo"). Afirma además que con el slogan “el Ministerio de la Igualdad, aconseja (a las mujeres) imponerse a sus futuros hombres” y que, por todo ello “parece jalear la guerra de sexos, como desde hace décadas hace el feminismo mal encarado, según la pauta de lo que Nietzsche llamaba "moral de la víctima". Y después afirma (y éste sería el verdadero fin último de la opinión de Lynch, aunque todas las feministas lo hayan ignorado en sus críticas) que “la relación entre hombres y mujeres- que es de una enorme complejidad, sino que subsidiariamente no ha hecho sino aumentar de forma alarmante la tasa anual de actos de violencia machista al lanzar a las mujeres al choque con machos ignorantes y brutales, hombres que -nunca olvidemos esto- han sido gestados, amamantados, criados y formados por mujeres”.

Hasta aquí los hechos. No va a ser éste un buen momento para analizar los argumentos de Lynch. Como tampoco lo va a ser para discutir acerca de la oportunidad de su publicación, que para mí es incuestionable. Lo que sí me parece interesante resaltar son los argumentos, no tanto de quienes desacuerdan con el artículo cuanto de quienes se han mostrado claramente en contra de su publicación. A lo mejor, en el análisis extraemos alguna conclusión interesante. Para ello vamos a acudir al artículo que pocos días después se publicó en la misma sección de El País y que firmaba, nada más y nada menos, que la Defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, ya citada, y que venía a solidarizarse con todas las voces que consideraron un error la publicación del artículo. El texto de la Defensora está estructurado a base de fragmentos escogidos de todos esos lectores que se han quejado de los (“no”) argumentos de Lynch. Debemos por tanto suponer que de entre la (supuesta) avalancha de protestas recibidas, ha escogido los mejores razonamientos, ya que el fin último de Milagros es, en efecto, cuestionar la oportunidad de la publicación del artículo de Lynch.

El lapsus. Por lo tanto, de todos los textos recibidos, la Defensora ha elegido los que consideró más pertinentes, oportunos y representativos de un (supuesto) amplio sector (que supuestamente se manifestaba en la queja). Así, recorto y pego un fragmento de su artículo sin recorte alguno:

“Resulta difícil resumir en un artículo como éste el contenido de un centenar de cartas con diferentes argumentos, pero este párrafo de Gemma Fernández expresa bien el sentir de la mayoría: "¿Temen los hombres a las mujeres sin miedo? Vivimos en una sociedad en la que EL PAÍS y el resto de medios gozan de libertad de expresión. De la misma manera que su diario no sirve de plataforma de difusión de las ideas contenidas en los artículos que publican en Gara militantes de la izquierda abertzale, por ejemplo, me disgusta ver que se ofrece como trampolín de las ideas retrógradas y confundidas de Lynch. Sólo el título ya deja sentir una incomprensión de la realidad y un punto de partida funesto, equivocado, manipulado". "¿Hubieran publicado ustedes un artículo de Josu Ternera a favor de la violencia de ETA? No lo creo", insiste Antonia Moreno, profesora de Lengua y Literatura en Asturias. Parecidos argumentos desgranan la escritora Alicia Miyares, la profesora de la Universidad Complutense Almudena Hernando o Ángeles Álvarez en nombre de diversas organizaciones feministas: ¿publicarían un artículo de un neofascista que dijera que los judíos fueron culpables de su persecución; de un racista que justificara la superioridad de los blancos por la conducta de los negros, o de un miembro de Al Qaeda que justificara el terrorismo islamista?, insisten”.

No sé si después de esto haría falta comentario alguno. Aunque en el fondo creo que sí hace falta comentario, pues el artículo se publicó en El País y nadie dijo NADA. Así, la comparación que se usa en la queja es la figura retórica del argumento a la contra: lo que un hombre pueda decir es equivalente a lo que pueda decir un abertzale, un etarra, un neofascista, un racista o un terrorista. Ruego a los lectores que relean el fragmento de la Defensora. Es decir, el argumento de la queja no se centra en el propio texto de Lynch, sino en la naturaleza (en este caso, el género) del escritor. ¿No es eso lo que se ha hecho en la queja: comparar lo que pudiera haber dicho un terrorista o un racista con lo que pudo decir (y dijo) un hombre, con independencia de que su opinión fuera discutible? Lynch NO es a priori, en ningún caso, ni un racista ni un etarra ni un terrorista; es un hombre que se expresa con independencia de que su opinión pudiera ser discutible. Ahí tenemos el verdadero problema: la criminalización del género. Nadie puede opinar sobre el tema si no es para decir lo que previsiblemente debe ser dicho. Pero mucho menos si quien lo dice es un hombre.

Nota. Dejo al lector la capacidad de discernir acera de lo que la experta en Comunicación y Género, Pilar, llama individuos (hombres) peligrosos cuando se refiere a (supongo que) algunos lectores de El País. Esos individuos que por leer artículos como éste podrían violentar “los derechos humanos de las mujeres”. Individuos que podrían ser muy malos, no tanto por su maldad intrínseca cuanto por haber sido influidos a través las opiniones vertidas en un periódico que además de leer todos los días les sirve como referencia en sus actos.

jueves, diciembre 17, 2009

Ética y feminismo (I)

1.- Lo bueno. “Bueno es lo que sabemos con certeza que nos es útil”, dice Espinoza. Así, dos partes en el mismo aserto, la que reivindica un conocimiento previo (acerca del término bueno: “sabemos con certeza”) y la que propiamente define el término bueno ofreciéndole un significado (bueno es “lo que nos es útil”). La primera, “sabemos con certeza”, presupone a su vez dos premisas: que todos sabemos lo mismo y que por ello la parte segunda del aserto es incuestionable: que bueno es lo que nos es útil. O mejor: como todos lo sabemos, bueno es lo que (sabemos con certeza) que nos es útil.

La definición de Espinoza es, pues, utópica. Porque presupone que todos sabemos y además con certeza; es decir: porque presupone la sensatez en todas las personas. Y como sabemos (ya) gracias al último Nobel de la Paz, la maldad existe. En un arranque de buena voluntad Espinoza cree (¿) que toda la humanidad es sensata, o sea, cree que todos y cada uno de los individuos tienen la facultad para juzgar correctamente en circunstancias cotidianas y prácticas de la vida. Y yo, sin embargo, creo que (todos) sabemos que no es así. Si la maldad existe es porque no todos somos sensatos. Bueno no es, pues, lo que nos es útil, o al menos no puede ser sólo eso.

El problema podría quedar aparentemente solucionado si cambiamos el adjetivo por el sustantivo. La Verdad poco tiene que ver a veces con lo verdadero, como la Belleza poco tiene que ver con lo bello. Los predicados son perversiones lúdicas del lenguaje. Bondad sería el carácter de quien se esfuerza en realizar el bien al otro, en ser bueno con los demás, en evitarles sufrimientos. Y con esta definición sí estaría plenamente de acuerdo.

A una sociedad descreída pero consumista como la nuestra le interesa creer en definiciones como la de Espinoza. De hecho, lo que se lleva inculcando a los niños y adolescentes desde hace años es un individualismo feroz. El nihilismo de la juventud de hoy en día (tan comentado en este blog y denominado nihilismo cachondo) no es más que el producto de una máxima, la que reza que bueno es lo que es bueno (útil) para cada uno. Otra cosa es que sepamos o no en qué consiste ese nihilismo, que desde luego se manifiesta tanto en la pasividad ante el ordenador como en la rabia ante el cambio climático.

En realidad pudo decirse que “si algo es útil sólo cuando lo es para alguien, sólo será verdaderamente útil si además de procurarle un provecho, nadie sale perjudicado ante tanta utilidad”, por lo que bueno es lo que procura provecho y aproxima a la felicidad, pero sin detrimento del "otro".

Puede decirse que, en términos genéricos, un problema es la dificultad que uno tiene ante sí mismo; la dificultad que tengo ante mí mismo. Por tanto si le hago frente y me distingo del problema puedo cercarlo y afrontarlo. Otra cosa sería que el problema fuera yo mismo, con toda mi totalidad y todo mi ser. Entonces y sólo entonces el problema sería real. Y podría dar lugar a un individuo poco sensato que NO supiera distinguir la verdad de la mentira o la bondad de la maldad. Un individuo peligroso por poco sensato. O malvado por insensato. Si la maldad existe, existe la bondad, por lo que si alguien hace algo sólo porque le es útil ese alguien no se encuentra necesariamente vinculado a la bondad (aunque posiblemente sí a lo bueno). Es más, ese alguien puede estar haciendo algo sumamente útil para un colectivo mientras causa tremendos e irreversibles perjuicios en otro. Porque el problema se encontrará, muy probablemente, no tanto fuera de él como en él mismo. De hecho, si éste tuviera que definir el término bueno lo haría de forma muy aproximada a Espinoza, pero si tuviera que definir el concepto bondad se le caería de la boca.

La bondad sería, de esta forma, lo que se emparenta con la benevolencia, el bien, la virtud, la verdad y lo que se opone a la maldad, la mentira y otros términos unidos por proximidad, como la crueldad, la venganza, el odio. Y bueno, con independencia de utilidades, no sería lo que es bueno para uno, sino lo que también es bueno para aquellos sobre los que actúa (directa o indirectamente).

2.- El pasado. Yo no soy responsable de lo que hizo mi abuelo, ni de lo que hizo mi padre. Puedo sentirme afectado por ello, pero no responsable. Y mucho menos culpable. El pasado de mis antepasados no puede ser, por tanto, mi norma sobre la ética y la justicia. El pasado debe ser un referente para la sociedad, pero no una norma. Que para eso estamos los seres civilizados. El individuo del presente continuo no es responsable de lo que hicieron sus antepasados, aunque sí debe ser sabedor de lo que hicieron para no incurrir en sus defectos y poder ahondar en sus virtudes. El pasado es “sólo” la dimensión del tiempo transcurrido. Y la Historia ya no es “la presentación del Espíritu en su esfuerzo por adquirir el saber de lo que él es en sí […]. La historia es la manifestación del proceso divino absoluto del Espíritu” (Hegel). Ya no. Desde que ha triunfado el espíritu necrofílico de la posmodernidad (muerte del Arte, de Dios, de los Grandes Relatos, de la Novela, de la Historia…) la Historia no es Una sino un número indeterminado de historias.

Por otra parte, la Historia sería para la humanidad lo que la memoria para el individuo. Bergson hace distinción entre dos tipos de memoria, la memoria-hábito (conjunto de automatismos) y la memoria verdadera, vinculada al recuerdo en cuanto tal. Y el recuerdo no es más que aquello que viene a la mente por estar relacionado con un momento del pasado. Cada cual, pues, tiene su particular historia basada en los recuerdos que le advienen espontanea o voluntariamente. Y cada cual tiene una percepción de la Historia Universal con independencia de que se sienta o no atañido por ella. Por lo que cada cual atiende a ese cúmulo de historias considerándolas, antes que nada, cosas del pasado, con independencia de que actúe o no en función de sus conocimientos sobre ese pasado.

De esta forma, sólo el sujeto del presente continuo podrá ser el único responsable de todas las actitudes que lo definen en el mismo presente continuo. O por decirlo de otra forma, yo puedo sentirme afectado por ciertas acciones infames que otros infligieron a parte de la humanidad en el pasado (en la medida en la que esas acciones de otros han configurado partes negativas de mí), pero no por ello tendré que sentirme responsable de esas acciones. Y menos aún culpable. En ningún caso considero a los sacerdotes contemporáneos culpables de los crímenes producidos por la Inquisición, por mucho que no sea de mi agrado el estamento eclesiástico. E incluso considerando, en todo caso, que hay motivos más que suficientes para encontrarse enemistado con gran parte del Clero actual. O mejor, aún cuando yo fuera un decidido conservador, nadie podría hacerme sentir responsable de los crímenes que mi abuelo cometió en nombre de los nacionales.

El pasado es una referencia obligada que debe servir para mejorar el presente, pero más allá de nuestro pasado inmediato (¿), los sujetos de ese presente no somos responsables de los males con los que se fue configurando el mundo tiempo atrás (males que conocemos a través de la Historia) El presente es lo opuesto al pasado y al futuro; es lo que existe en el momento en que se habla. Y la educación del presente, podrá estar influida (tanto para lo positivo como para lo negativo) por tiempos pasados, pero en cualquier caso no somos responsables de esos tiempos pasados.

Yo no soy responsable de lo que hizo mi abuelo, como tampoco soy responsable, como fotógrafo, de los actos infames que pudieran cometer lo fotógrafos que decidieran cometer actos infames. Ni de las canalladas que cometen algunos profesores, segmento del que formo parte; ni del asesinato que mi hermana ha cometido.

3.- Humor. El sentido del humor es algo que no todo el mundo posee. Es más, al sentido del humor le pasa lo que al sentido común: que casi todos creen tenerlo. Y más ahora, cuando Internet ha conseguido que todos tengan un sentido del humor fotocopiado: las mismas gracias, los mismos tics, las mismas muletillas, los mismos chistes, la misma actitud, los mismos temas. Qué increíblemente aburrido resulta lo gracioso del hoy.

El problema surge cuando se exige complacencia y ¡sentido del humor! respecto al (tipo de) humor que al parecer demanda el espíritu de nuestra época; o cuando ese sentido del humor se convierte en una obligación social. Entonces el sentido del humor es desesperante, porque depende de lo que debe resultar gracioso por Ley. Y en esas estamos.

La Gracia es una cualidad relacionada con lo agradable o con el encanto. La Estética así lo atestigua a través de su categoría, lo gracioso, cualidad que se manifiesta a través de formas o movimientos agradables que expresan el encanto de las cosas. Hay pocos seres verdaderamente graciosos en su expresión. Ni siquiera los cómicos son muchas veces graciosos. Porque una cosa es lo cómico y otra lo gracioso. Una cosa es que podamos decir que alguien es cómico que decir que es gracioso. Una cosa es divertirse y otra disfrutar. Lo gracioso presupone la sutileza y la inteligencia, lo cómico sólo evidencia rotundidad.

En cualquier caso, el sentido del humor es ajeno al hecho de lo que uno es, pero no a cómo percibe la realidad. Es decir, uno puede carecer de virtudes cómicas y tener sin embargo un gran sentido del humor. El sentido del humor es una respuesta no una propuesta. Y no hay sentido del humor allá donde la respuesta es obligadamente uniforme respecto a una única propuesta.

4.- Cuatro. 1.Tenemos que aceptar que las cosas no son siempre como nos gustaría. Tal vez nunca. Lo cierto es que el mal existe porque nosotros existimos. Y la voluntad ética de los actos no siempre congenia con la ética de sus consecuencias. O por decirlo en términos actuales: el buenismo no siempre genera consecuencias buenas o útiles. De este modo alguien puede estar haciendo algo sumamente útil para un colectivo mientras causa tremendos e irreversibles perjuicios en otro. Lo que podría dar lugar a un individuo poco sensato que NO supiera distinguir la verdad de la mentira o la bondad de la maldad. Un individuo peligroso por poco sensato. Por no contemplar directamente la posibilidad de la maldad; la de hacer el mal (siendo cruel o vengativo) a conciencia debido, por ejemplo, a un simple resentimiento. Cosa que sucederá, con toda probabilidad, cuando el problema se encuentre no tanto fuera de él como en él mismo. 2.Yo no puedo responsabilizar a la etnia gitana del asesinato de mi hermano, siempre y cuando la propia etnia no lo justifique y reivindique. Nadie puede vivir odiando a alguien (persona o colectivo) por las maldades que cometieron sus antepasados. Se puede, eso sí, enfrentarse a los descendientes de esos antepasados si estos justificasen el mal realizado en nombre del clan, la tribu, la etnia o la estirpe. 3.Lo gracioso no puede fundamentarse en el odio como no puede fundamentarse en los desfavorecidos. Un sentido del humor que se basa en la violencia, la soberbia, la prepotencia o el odio y cuyo único fin es la venganza (por ejemplo) es un sentido del humor que huele a azufre. Si algo da cuenta de cómo es una sociedad es su sentido del humor. Así, analizando la respuesta mayoritaria que se da ante lo que se propone como gracioso, sabremos cómo es una sociedad. Y qué es lo que pretende.

5.- La Guerra. Texto extraído de un mensaje mandado masivamente por Internet. Uno de los cientos de mensajes graciosos con los que, a diario, se intenta luchar contra la discriminación de las mujeres.

1. Cuál es la diferencia entre disolución y solución? Disolución: Meter a un hombre en una bañera con ácido. Solución: Meterlos a todos.
2. Qué diferencia hay entre un vibrador y un hombre? Que el hombre tiene tarjeta de crédito.
3. Qué hace el hombre después de hacer el amor? Molesta.
4. Por qué Dios primero creó al hombre y después a la mujer? Porque los experimentos primero se hacen con ratas y después con personas.
5. En qué se parecen los hombres a los caracoles? En que son babosos, tienen cuernos y se creen los dueños de la casa.
6. Por qué los chistes de mujeres siempre ocupan 2 líneas? Para que los entiendan los hombres.
7. En qué se parecen los dinosaurios a los hombres inteligentes? En que los 2 se extinguieron.
8. Cómo elegirías a los 3 hombres más tontos del mundo? Al azar.
9. Por qué son mejores las pilas que los hombres? Porque al menos tienen un lado positivo.
10. En qué se parece un hombre a una telenovela? Justo cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes, el episodio se acaba.
11. Qué tienen en común los aniversarios de boda, el punto G y un inodoro? Los hombres no aciertan con ninguno.
CONCLUSIÓN: El 99% de los hombres les da una mala reputación al resto.
CHISTE FINAL: Dios llama a Adán y le dice: tengo una noticia buena y una mala. 'La buena primero', contesta Adán. Dios responde: 'te voy a hacer 2regalos, un cerebro y un pene'. 'Fantástico, y la mala?''No tienes suficiente sangre para hacer funcionar los 2 al mismo tiempo'.

Decididamente no tengo sentido del humor. Algo que descubrí siendo adolescente, cuando comprobé que no me hacían gracia nunca las bromas pesadas ni los chistes fáciles.

miércoles, diciembre 09, 2009

Periodismo degenerado

Definitivamente tenemos a los políticos que nos merecemos. Y lo que resulta igual de significativo y preocupante: tenemos también a los periodistas que nos merecemos. No sé dónde habrán aprendido la profesión la mayoría de ellos, lo que sí sé es cómo la practican: con el culo apretado. No me canso de repetirlo, lo que caracteriza a los políticos, a los periodistas y a los profesores universitarios es el miedo con el que ejercen su profesión. O dicho de otra forma, lo que les caracteriza es la forma con la que ejercen una profesión que se encuentra regida por el miedo. Un miedo que induce a la miseria. Un miedo que conduce a la miseria. Miedo o pusilanimidad, que tanto monta.

Llevamos muchos años educando a las nuevas generaciones a partir de un relativismo mostrenco. Y antes de continuar debo aclarar que los verdaderos problemas que cuenta una crítica al relativismo se encuentran en aquello en lo que coincide con la misma derecha política y con el pensamiento popular más reaccionario. El relativismo, es cierto, es la verdadera cuartada política que ha usado la Izquierda para imponer el mal de nuestra época, la Corrección Política. Pero, por otra parte, no es menos cierto que el relativismo es también la diana de las críticas de todos aquellos cuyo único fin es conseguir el poder para imponer su ideología de Derecha. Así, repito, el gran problema de la crítica al relativismo se encuentra en los compañeros de viaje.

Dicho esto, tendría que matizarse el término en cuestión. Y para ello habría que empezar por distinguir tres tipos de relativismo en función de su referente: el relativismo cognoscitivo (que atañe a la verdad), el relativismo ético o moral (que atañe al bien) y el relativismo estético (que atañe a la belleza). Respecto a este último poco hay que decir más allá de considerarlo pionero en lo que respecta a su imposición: lo que le sucede ahora al concepto de verdad, controlado por la Corrección Política, le sucedió a la belleza hace 250 años, cuando el concepto fue controlado por los nuevos ricos. Y respecto al relativismo ético sólo decir que, como veremos, depende en gran medida de relativismo cognoscitivo.

Uno de los fundamentos de todo relativismo es, valga la paradoja, el de esquivar o ignorar muchos principios lógicos. Porque de eso mismo se trataba exactamente: de eliminar el prejuicio de la lógica. Y es de esta forma que el relativismo desprecia, por ejemplo, el principio lógico que reza que si existen dos teorías contradictorias entre sí no pueden ser ambas verdaderas. Entre otras cosas porque piensa que no hay teoría que pueda considerarse verdadera. Para el relativismo cognoscitivo la verdad es una construcción social, como lo son los propios hechos, los acontecimientos. En efecto, los posmodernos, sobrevenidos de estructuralismo, dudan de la realidad porque dudan de la existencia de los hechos. Para ellos los hechos son sólo en función del lenguaje, de la convención; el resultado de un constructo. Así, la noticia no es la consecuencia del hecho, sino que es la noticia la que conforma el hecho. Con este escepticismo epistemológico extremo nos gobiernan los políticos, no enseñan los catedráticos y nos muestran la realidad los periodistas.

Hace unos días sucedió un hecho, hecho del que supimos a través del periodismo. Un hombre había violado vaginal y analmente a una niña de tres años, además de infligirle dolor a través de golpes y quemaduras. Su usaron expresiones como “desgarro anal y vaginal” en casi todos los titulares. Los hechos, como siempre, fueron incontrovertibles, sin embargo el periodismo barato (que viene a ser la práctica mayoría) dejó de hacer lo que el verdadero periodismo reclama por encima de cualquier otra cosa: fijar el hecho. Y se dedicó a crear la noticia, esto es, a re-crear la realidad. Habrá quien se conforme con denunciar estos abusos del periodismo cotidiano, pero bajo mi punto de vista lo importante sería conocer las causas de esta rampante degeneración. En este sentido, y después de mi prólogo, no deberíamos extrañarnos que los periodistas re-creen la realidad, pues se les ha conculcado desde los medios, desde las universidades y desde los gobernantes que la realidad sólo existe en función de la re-creación. Así y sólo así pueden hacer lo que mejor se les está enseñando a los jóvenes de hoy en día: des-responsabilizarse de sus opiniones. Porque no existiendo los hechos puede considerarse que todo es opinión y por tanto pueden des-responsabilizarse de ella, cosas de la libertad de expresión tal y como la entiende una mayoría. Y aunque no se des-responsabilizaran daría lo mismo, pues el relativismo ha conculcado la idea de que todas las opiniones valen lo mismo. Y cuando todo vale lo mismo, ya se sabe, nada vale nada.

Repetimos: Hace unos días sucedió un hecho, hecho del que supimos a través del periodismo. Un hombre había violado vaginal y analmente a una niña de tres años, además de infligirle tortura a través de golpes y quemaduras. Su usaron expresiones como “desgarro anal y vaginal” en casi todos los titulares. Los hechos, como siempre, fueron incontrovertibles, sin embargo han tenido que pasar uno días para que nos enteremos de que los hechos fueron, efectivamente, incontrovertibles: una niña murió. Y las causas de la muerte de la niña nada tenían que ver con la violencia del hombre acusado. El hecho que se produjo no fue, pues, la violencia de género, como se vino a asegurar desde casi todos los medios, sino la muerte de una niña de tres años. El hecho incontrovertible no fue lo que se recreó en forma de noticia, como nos quisieron hacer creer los del culo apretado (ya fueran políticos, profesores universitarios, periodistas, feministas o ciudadanos sin adscripción). Una noticia que ha generado otro hecho también incontrovertible: el hombre falsa e injustamente acusado ha adelgazado 10 kilos y se encuentra en tratamiento psiquiátrico con el fin de salvar su vida de una peligrosa depresión.

Puede también decirse que lo que falló no es sólo la noticia, sino el sistema de valores que proporciona un determinado entendimiento de la profesión periodística. La des-responsabilización es un acto eminentemente infantil y el infantilismo es el signo más representativo de la actual sociedad. La inmadurez no es más que un estado que consiste en combinar una renuncia con una reivindicación; la renuncia al esfuerzo que supone el acceso al conocimiento y la reivindicación del juego como forma de vida.

Toda re-creación es un juego y nada gusta más a los posmodernos y a los ignorantes (cada grupo por causas distintas) que el juego que deviene de descreer de los hechos. Por lo que contamos ahora con una sociedad supuestamente adulta que es, antes que otra cosa, infantil, ludópata. Enferma. Y todo sin olvidarnos de que quien filtró la noticia sabía que la sociedad está ávida de explicaciones rápidas. Las noticias se consumen con la misma avidez y voracidad que un Big Mac. Y por tanto hay que generar noticias incluso allá donde no se produzcan hechos; hay que dar explicaciones rápidas incluso allá donde aún donde no se haya fijado el hecho. La cuestión es lo que queda de todo esto y lo que queda (tanto para los que han seguido el desarrollo de los acontecimientos, pero sobre todo para los que sólo oyeron la noticia en su momento) es, “nuevo caso de violencia de género” y “desgarro anal y vaginal a una niña de tres años”. El relativismo ético (que crea la noticia amorfa) es, pues, una consecuencia del relativismo cognoscitivo (que cree que la realidad es un constructo).

lunes, diciembre 07, 2009

Autómata

No en todo momento, supongo, pero creo que soy un autómata. Podría hacer extensiva esta duda respecto al resto de los seres humanos, pero no me atrevo. Es decir, podría afirmar que los seres humanos somos autómatas la mayor parte de nuestras vidas, pero no me atrevo siquiera a sugerirlo por miedo a que la gente me malinterprete. Por eso digo que yo, a veces, quizá demasiadas, creo que soy un autómata. Hago lo que por inercia tengo que hacer y lo hago como quien lo hace por inercia. Nada que ver con la posibilidad de estar predestinado, ni con la cuestión del libre albedrío. Es más, el automatismo, al menos tal y como aquí lo entiendo, reivindica al sujeto como ser real y niega que su existencia dependa de algún complicado constructo lingüístico.

No, mi automatismo es más bien de índole interpretativo. Siento que represento, quizá en demasiadas ocasiones, un papel. De hecho, cuando me alejo de mi mismo para observarme, me disgusto. Y me soporto con dificultad. Prefiero por tanto alejarme de mí mismo lo menos posibles aun cuando sé que se trata de un ejercicio sano y necesario. La cuestión es tener consciencia de que, como al alimón decían Samuel Becket y Buster Keaton, ser es ser percibido. Algo que, en caso de que fuera cierto, no deberíamos pasar por alto a la ligera. De hecho, el tan extendido miedo “al otro” tan propio de las civilizaciones religiosas o decadentes no es más que la representación del máximo exponente del miedo: el miedo a uno mismo. El problema de los fundamentalistas y de los buenistas es que jamás toman distancia para verse a sí mismos. Los primeros por su necesidad de coquetear con la maldad y los segundos por sus incondicionales adhesiones a la estupidez. A propósito, no está de más recordar que el verdadero peligro se encuentra, tal y como avisaba el economista Cipolla (Las leyes fundamentales de la estupidez humana), en los segundos. Contra los primeros cabe la fuerza moral, contra los segundos no hay quien pueda. Nada hay más peligroso que un autómata estúpido.

Resulta difícil discernir entre el automatismo obvio y el encubierto, pero en cualquier caso se encuentran ambos presentes en el sujeto de forma simultánea o alternada. Cuando creemos no representar un papel lo que hacemos es, sencillamente, representar otro. Y sin desdoblarse, o sea, sin necesidad de dejar de ser uno mismo. Porque, como digo, no es una cuestión del ser sino de representación del ser.

Hace unos cuantos años trabajé, ¡necesidades mandan!, como una especie de guía cultural de la Fundación Bancaja. Cada exposición, lógicamente, conllevaba la elaboración de un discurso que debía repetir ad-nauseam a montones de grupos de gente. El discurso era siempre el mismo salvando esas pequeñas diferencias que se improvisaban en función del matiz de un recuerdo. Pero esa diferencia nunca era significativa respecto al conjunto del discurso.

En este sentido yo era un autómata. Un actor al que la gente observaba y escuchaba. Ante este tipo de situaciones tan propias de la dramaturgia, lo normal es pensar que los espectadores son entes individuales que se comportan y responden de forma individual. Nada debería hacernos pensar que la percepción de cada oyente particular pudiera encontrarse misteriosamente conectada a todos los demás oyentes hasta el punto de hacer coincidir sus percepciones. O por decirlo de otra forma, nadie tiene derecho a dudar de la particularidad de cada individuo respecto a su sentido de la percepción; nadie tiene derecho a dudar del particular sentido de la percepción de cada individuo. Así, si ser es ser percibido, cada uno me percibía dentro de sus propios y particulares parámetros de percepción. Así, cada uno me percibía “a su manera”. No tengo, repito, derecho a pensar otra cosa. No tengo derecho a pensar, por ejemplo, que todos me percibían de la misma manera.

La cuestión es que gracias a esa experiencia repetitiva comprobé que las cosas no son ni tan fáciles ni tan sencillas. Yo, como digo, repetía el mismo discurso a todos los grupos, sin embargo puedo asegurar que yo no era percibido, después de todo, por la suma de individuos, como la lógica indica, sino por el conjunto. No era percibido por la suma de las individualidades de todos y cada uno de los sujetos, sino, más bien, por el conjunto compacto. Era, en definitiva, percibido colectivamente. Yo repetía el mismo discurso todos los días y sin saber por qué la respuesta era siempre e indefectiblemente una respuesta de conjunto; una respuesta que variaba con cada grupo, pero que no dejaba de ser una respuesta cohesionada. Por decirlo de otra forma: mi mismo discurso no siempre funcionaba de igual manera; o mejor, mi mismo discurso funcionaba de manera muy distinta en según qué grupos. No había forma de que fuera de otra forma. Y mi desasosiego era real porque no conocía los motivos. Había días en los que la respuesta del conjunto era evidentemente interactiva y otros días en las que me parecía estar hablando a un muro de hormigón.

Ante tanta cuita, las casualidades de aquella época me hicieron coincidir en el mismo restaurante, y además mesa con mesa, con dos integrantes del grupo Tricicle y con un tercer personaje del que nada sabía. Coincidimos en uno de los restaurantes donde hacen las mejores paellas valencianas del mundo. Y no se trata de una percepción sólo mía, habida cuenta de la ampliación de local que los dueños se han visto obligados a hacer en función de la desmesurada demanda. Los de Tricicle confesaban a su amigo la perplejidad que experimentaban ante un hecho que para ellos carecía de explicación: nunca sabían cómo iba a reaccionar el público en sus representaciones. La reacción, decían, es siempre imprevisible y no responde a parámetros que puedan ser calculables o que puedan tener una explicación. “Haces lo mismo todos los días -decía uno de ellos-, pero ya desde el principio notas cuándo la sesión va a funcionar y cuándo no. Haces lo mismo siempre, pero ya desde el primer minuto percibes si va a ser de esos días en los que la gente parece predispuesta a la risa o por el contrario va a ser de esos días en los que nada va a funcionar hagas lo que hagas. Es un misterio para el que aún no hemos encontrado explicación”.

¿Será cierto, entonces, que dependemos de los otros, no tanto para poder ser cuanto para poder ser de una determinada manera? ¿Es ser de una determinada manera lo que nos hace ser? ¿Es verdad que sólo podemos ser de la determinada manera con la que nos perciben los otros? La cuestión es que si aceptamos que resulta difícil la comunicación debido al hecho que sólo somos nosotros mismos cuando somos percibidos y además somos percibidos de una determinada manera con independencia de nuestra voluntad, sólo cabe admitir que además de autómata soy idiota en mi esfuerzo de querer comunicar una idea concreta.

domingo, diciembre 06, 2009

De una experiencia estética (Las lágrimas de Eros)

Nada hay más inevitable que los prejuicios. De hecho, como ya aseguraba Platón, “nuestro conocimiento depende de una reminiscencia”.

Lo que yo particularmente colijo de la inevitabilidad de la existencia de los prejuicios es, precisamente, la nula necesidad de tener que confirmarlos cuando se es consciente de ellos. Habrá, en todo caso, quienes deduzcan de esa inevitabilidad todo lo contrario, es decir, la necesidad de tenerlos que confirmar. Mezclando, así, el prejuicio con el deseo. Lo que les sucede a quienes, por ejemplo, ven la última película del director de cine que tanto odian esperando que no les guste.

Cuando fui a ver la exposición Las lágrimas de Eros lo hice esperando la decepción. Y, posiblemente, fue por ello que pude disfrutarla. Y la disfruté aún a pesar de corroborar todos esos defectos por los que previsiblemente no debía gustarme. O mejor dicho, la disfruté por gustar de las consecuencias de esos, en principio defectos.

Me explico. Podría decirse que la exposición era presumiblemente conservadora. Pues bien, puedo asegurar después de verla que, efectivamente, es sumamente conservadora. Pero los motivos por los que no ha sido más transgresora no me han importado ante el conjunto orgánico de la selección. Es cierto que pudo incluirse algún elemento que sirviera de contrapunto a tanta armonía, serenidad y equilibrio, pero he de reconocer que el conjunto se habría resentido y habría dado lugar a otro tipo de propuesta. Seguramente más parecida a todas esas propuestas posmodernas que pretendiendo abarcar el todo acaban proyectando una gran nada. Así pues, conservadora, pero coherente.

El otro factor que previsiblemente debía ser disuasorio no sólo no lo fue, sino que acabo siendo la clave del disfrute estético. Porque, en principio, ¿qué interés podía tener ver obra de Amaury-Duval, Elihu Vedder, Blondel, Wellens de Cock, Furini, Regnault, Rixens, Lefebvre o Lévy-Dhurmer? Pues, a priori, posiblemente muy poco. Si bien pensado, ¿no pudo ser ese exactamente el motivo de interés de esta muestra? Sin duda, como así ha resultado ser después. Y no tanto por cuestionar el canon cuanto por complementar el conocimiento estético. De hecho, es este tipo de obras de artistas menores las que se suelen de alguna forma ignorar cuando teniendo poco tiempo en la visita a un Museo se acaba uno dedicando a aprovechar el tiempo con las obras maestras.

En cualquier caso se trata de dos cosas distintas: no es lo mismo situarse ante la obra de unos artistas cuya calidad puede asociarse a la serie B que situarse ante unos artistas que simplemente fueron anulados por ese sentido revolucionario que ha reivindicado siempre la Historia del Arte. Es decir, no es lo mismo situarse ante pinturas hechas antes del nacimiento de la Historia del Arte (siglo XVIII), cuando el criterio estético se fundamentaba en la maestría y la excelencia, que hacerlo ante pinturas juzgadas por un criterio mucho más etéreo, más inefable (a partir del XVIII), esto es, mucho más divertido.

En este sentido, he de reconocer que me ha atrapado la obra de Jan Wellens de Cock aún cuando se trata de un artista evidentemente menor respecto a los que representan “mejor” su momento histórico. Y digo reconocer porque presumiblemente los artistas de serie B suelen tener un interés, digamos que subsidiario, complementario. Su cuadro Las tentaciones de San Antonio (1520), sin embargo, tiene algo de subyugante al tiempo que algo de turbador, quizá como los Brueghel más oníricos pero sin su aspecto rústico. El horror sufrido por el San Antonio de Wellens de Cock queda acentuado por el tremendo verismo que comporta la estilización manierista de los cuerpos de las mujeres. Valga la paradoja. En efecto, las mujeres de estas tentaciones, aún encontrándose deformadas por el manierismo nórdico, resultan más reales que las más esquemáticas de su predecesor El Bosco y añaden además morbo a la representación, un morbo que seguro no pasó desapercibido a El Greco más asceta y místico. Al lado de este cuadro se encuentra el de de Cèzanne, que me sume en el más profundo sopor. Con esas pinceladitas cortas y pretenciosas. Demasiado moderno para mi estado de ánimo. Cuando un moderno quiere practicar un simbolismo pictórico lo que hace es, generalmente, el ridículo.

La Historia del arte, siempre tan atenta a los inventos y a las ocurrencias, se despreocupó bastante de todos esos pintores que no podían desprenderse tan fácilmente de la tradición. Y encumbró a otros que no sabían lo que era una veladura. No siempre se equivocó a la hora de hacer su canónica selección, pero desde luego no siempre acertó (al menos a partir del siglo XX). Tan claro es que la tradición no puede ser un obstáculo, como que la transgresión tampoco debe serlo. En cualquier caso, los pintores de la escuela de Barbizón, así como sus sucesores los impresionistas, fueron los niños mimados del XIX desde el punto de vista retrospectivo. Y así, todos los artistas que no se atuvieron a la tabula rasa fueron ninguneados y rechazados por blandos, académicos y rancios.

En este sentido, resulta curioso en extremo que sean los académicos los que mejor han quedado representados en esta exposición, quizá porque fueron ellos los que conservaban ese nexo con la tradición a través del simbolismo. Los modernos, como digo, estaban más pendientes de inventar(se) y de molestar, por lo que la tradición era para ellos un lastre. Por lo tanto, además de ser los mejor representados, los pintores más académicos son también los que mejor representan las ideas que la exposición pretende transmitir. Con independencia de que ciertas piezas más modernas pudieran ser interesantes en sí mismas. Pero eso ya lo sabíamos: si por algo se caracteriza el arte moderno es por su ensimismamiento y por sus posibilidades.

O por decirlo de otra forma: los pintores menores eran aquí, por unas cosas o por otras, Courbet, Rubens, Corot, Warhol, Dalí, Munch, Abramovic (¡pesada, Marina, que eres una pesada!). Así que resulta interesante acudir a ver la exposición Las lágrimas de Eros porque en ella suceden las cosas a la inversa de lo preestablecido. Es decir, en los Museos acabas siempre por comprobar y confirmar las diferencias que median entre un artista de primera categoría y un artista menor. Rara vez falla este prejuicio; rara vez se desmiente (al menos, insisto, en lo que respecta a la producción anterior al XIX). En esta exposición la emoción se encuentra, sin embargo, en esas piezas que en los grandes Museos suelen pasar más desapercibidas, por ser consideradas anacrónicas respecto a su momento. Por ejemplo, en el cuadro de Gustav Dore (¡el ilustrador!), o en el de Amaury-Duval, o en de Lefebvre. Cuadros todos de artistas que fueron ninguneados por sentimientos revolucionarios y que representaban, en cualquier caso y verdaderamente, un academicismo no siempre bien entendido por encontrarse contrapuesto al supuesto progreso. De todas formas no deja de ser curioso que para hablar de erotismo tengamos que acudir a los blandos, académicos y rancios. Y no a los revolucionarios.

Otra cosa sería entrar de lleno en el Arte Contemporáneo representado. Ya habrá tiempo y maneras.

Nota. Respecto al post anterior, recomiendo el mismo vídeo que se encuentra en la página oficial (WEB) de la exposición. En él Guillermo Solana dice que el morbo que ha despertado la exposición lo entiende pero que, en cualquier caso, ésta se encuentra en los límites del decoro y la contención clásica. Y después hace una defensa a ultranza de lo sutilmente sugerido (haciendo referencia al pasado) frente a lo burdamente exhibido (haciendo referencia a lo contemporáneo). Por tanto, el hecho de que la muestra pueda considerarse conservadora sólo tiene que ver con la elección de la obra contemporánea, nada con la anterior a ella. Es sólo desde la contemporaneidad que pudo mostrarse la dureza de la misma carnalidad (y no se hizo).

domingo, noviembre 29, 2009

Arte y miedo. Sexualidad y Vargas Llosa

Resulta ciertamente sorprendente encontrarse, en estos tiempos pacatos, con una exposición como la dedicada a sexualidad en el arte, Las lágrimas de eros (Museo Thyssen). Sorprendente, claro, por poco previsible. Tanto es así, que ha incluso generado algún comentario que demostraba, antes que nada, la confusión que provoca lo sorprendente por imprevisible. Tal es el caso de las opiniones vertidas en El país por el maestro Vargas Llosa.

Pero la sorpresa del escritor, para mayor sorpresa nuestra, no provenía del hecho de haberse encontrado ante una exposición poco previsible en estos tiempos gazmoños. El escritor venía a mostrarse sorprendido ante el hecho de que esa vinculación del arte al concepto de Eros no tuviera el mismo predicamento en la actualidad como lo tuvo en épocas pretéritas. Se ve que la exposición le gustó, pero se le quedó corta respecto a sus posibilidades contemporáneas. Sus conclusiones consistían en creer que esa falta de predicamento actual por el tema se debía a la superación de los tabúes asociados al tema de la sexualidad. Su tesis era algo así como que los jóvenes, al haberse liberado de los tabúes sexuales, ya no necesitaban recurrir al análisis y representación de la sexualidad a través del arte. Lo decía todo en tono de lamento; le apenaba que el tema de la sexualidad no fuera de más interés para los artistas y por tanto le apenaba no poder cruzarse con más obras de arte actuales que dieran cuenta de la preocupación por dichos temas.

Lo que desde luego no parece conocer Vargas Llosa es el verdadero motivo de aquello que le induce a queja y lamento; no parece conocer las verdaderas causas de esa supuesta carencia contemporánea del arte respecto al concepto de Eros. Así, desconoce algo que no por elemental deja de ser absolutamente significativo: esta exposición que al parecer tanto le ha fascinado no ha sido más que lo que ha podido ser dadas las circunstancias. La perogrullada, como tantas otras, tiene un trasfondo canalla. Por decirlo de otra forma: esta exposición se ha montado midiendo al milímetro, tanto lo que debía como lo que no debía ser mostrado. Y de ahí que el escritor haya cometido un error de bulto: creer que aquello que no ve, no existe. Sin ni siquiera caer en la cuenta de que en estas circunstancias “ver” es sólo “ver lo mostrado”.

Cierto es que todas las exposiciones temáticas de hoy en día, pero con mayor motivo las que rozan un tema delicado, eliminan de inmediato en su gestación todo atisbo de incorrección política. De tal forma que esta exposición, insistimos en la perogrullada, ha sido posible porque ha sido configurada de la única forma en que podía: ateniéndose a las más estrictas condiciones y normas que exige toda corrección política. Afirmación ésta que ya explicaría, en alguna medida, la poca presencia de obra contemporánea. O que explicaría la elección del tipo de obra que debería representar la contemporaneidad. O que explicaría la existencia de esa guía didáctica realizada para los niños. Porque la premisa con la que se ha seleccionado la obra contemporánea ha sido, evidentemente, su valor continuista con la tradición, y más concretamente con la tradición simbólica.

En cualquier caso debe saberse que no hay actualmente ninguna entidad expositiva (ni pública ni privada) que quiera poner en peligro su estabilidad sólo por el placer estético que pudiera proporcionar una exposición determinada. Valga la incoherencia puesta al servicio del miedo y/o de la ambición. Así, no hay entidad expositiva (ni pública ni privada) que exponga nada que pudiera causarle problemas… políticos. Motivo por el cual se exhibe tan poca obra de arte vinculada al género del desnudo en particular y al asunto de la sexualidad en general.

El problema es que todo esto sólo lo saben, al parecer y desgraciadamente, quienes por miedo nada tienen que objetar públicamente respecto a la censura de la corrección política. Por lo que prácticamente nadie sabe del verdadero alcance de la situación real; del verdadero alcance de la censura real de nuestra actualidad. Por lo que prácticamente nadie sabe que hoy, lo que mueve las montañas no es la voluntad, sino el miedo. Y que las mueve, sólo, para dejarlas donde estaban. Así, Vargas Llosa parece no saber que esa carencia que echa en falta se debe, básicamente, al miedo de los exhibidores a las consecuencias de obrar de forma políticamente incorrecta. No se trata de criticar la selección de Guillermo Solana sino de sugerir que esta exposición es exclusivamente el producto de lo que quiso ser; una exposición cuyo “peligro” debía situarse por debajo del 3- R (tres con reparos), expresión ésta que sólo entenderán quienes algo saben de la censura no encubierta de otras épocas. Por decirlo de otra forma: Las lágrimas de Eros es una exposición con definitivo aire clásico. Tanto es así que a los niños les resulta menos excitante (en sentido sexual) ver esta exposición que cenar en el Burger King.

Lo inquietante, pues, no se encuentra en el hecho de que el público de esta exposición no sepa nada de la brutal censura encubierta de nuestro presente, sino de que no sepa nada de ella un intelectual de la talla de Vargas Llosa. Por otra parte se trata de una censura (la encubierta) difícil de eliminar, pues la izquierda es la inventora de la corrección política y la derecha se mueve a sus anchas con toda prohibición basada en las buenas costumbres. Así, difícil de eliminar por difícil de demostrar. Que por eso es encubierta.

domingo, noviembre 15, 2009

publicación

Los textos de este blog han sido recogidos en el libro De un espectador cansado, Ed. Krausse, que será presentado el día 24 de Noviembre de 2009, un año después de que yo mismo lo clausurara con un montón de medias verdades.
Me siento agradecido a quienes leían este blog con mayor o menor asiduidad, pero les debo agradecimiento especial a quienes han hecho posible la publicación: a Marusela Granell por ser la movedora de montañas, a Enrique y Diana por ser los cultos entusiastas y a Félix de Azúa por su humanidad.
El evento se realizará en la Casa del libro y contará con la presencia del escritor Luis Sánchez y con la presencia del editor Enrique Bader.
Inmediatamente después de la publicación comenzará una nueva etapa del blog, que se llamará De un espectador cansado.
¡Larga vida a Krausse!

jueves, enero 08, 2009

SIN TÍTULO

Para quien sea de interés: en breve serán publicados en papel los textos de este blog.
En la editorial KRAUSSE.

viernes, agosto 29, 2008

Hacerle la paja a un muerto

Despedida y cierre
Soy un aficionado de la escritura; esto es, soy lo contrario de un profesional, lo opuesto. No sé cuál sería exactamente el matiz que establece la diferencia entre uno y otro, pero lo que sí sé es dónde quedo yo. Un aficionado que es, además, mediocre. Y que nadie vea en esta afirmación algún signo de cinismo o de autocompasión. En fin, soy, respecto a la escritura, casi innecesario, por ser condescendiente conmigo mismo. Porque en verdad, y como ya digo, no soy escritor.

Desde hace un tiempo (el tiempo justo en que he podido dedicar un tiempo a analizar la cuestión) he podido comprobar que no sirvo para esto de escribir. De verdad. Hace dos años que se creó este blog por la insistencia y con la ayuda de mi buen amigo Juanito. El resultado habla por sí solo y las cifras las hemos aprendido a leer estadísticamente, tal y como nos han enseñado los americanos. Los americanos nos han enseñado a ser pragmáticos. Si contabilizo la gente que ha entrado alguna vez en el blog y ha visualizado el perfil y después contabilizo las entradas generales sólo puedo deducir que mis textos no interesan. O por decirlo de otra forma: sólo 6 0 7 personas leen con asiduidad mi blog después de que entraran a conocerlo más de mil.

Dos años han pasado desde que se creó este blog y mi conclusión es que hay demasiados blogs mejores que el mío. La competencia, una vez más, ha puesto las cosas en su sitio. Ya digo, desde que he tenido un poco de tiempo para analizar la cuestión, he comprobado que hay una ingente cantidad de blogs estupendos que además, y lógicamente, tienen una cantidad exorbitante de entradas (posts) que son leídas con auténtica devoción. Por comprobar, hasta he comprobado que hay blogs que tienen diariamente las mismas entradas que he tenido yo en dos años. Y son, claro, excelentes. Y muchos. De desconocidos pero excelentes. He entrado en muchos de ellos y me han parecido, casi todos, sobrecogedores por extraordinarios. No recuerdo demasiado de ellos, pero sé que me han parecido sobrecogedores.

No merece la pena seguir en esta aventura. Y por eso recomiendo a los pocos lectores que tengo que lean esos otros blogs que sí son sobrecogedores por extraordinarios. No será necesario decir cuáles son, pues todo el mundo interesado en la buena literatura los conoce, lógicamente, y de ahí que todos ellos tengan esa ingente y abrumadora cantidad de visitas.

Esta decisión ha sido tomada aquí, en Miami. En un viaje de negocios. Sí, de negocios. Y la he tomado en medio de lo que aquí se denomina un vaporón. Es decir ante una temperatura de 40 grados y con un nivel de humedad que deshace cualquier síntoma de dureza. El calor desmedido me provoca lucidez porque me vincula a lo ineludible y me muestra lo accesorio. Estoy licuado. Así que a partir de ahora voy a dedicarme a los negocios. Sólamente. Gracias al calor americano soy ahora un expectador.

sábado, agosto 16, 2008

Soy un cobarde

Ya lo advertí en otro post. Así que ahora me reafirmo.

No hace mucho Coetzee decía que no creía tanto en la verdad científica como en la literaria. O mejor, decía que llegado el caso podía ser más eficaz, en la comprensión del mundo, la verdad literaria que la verdad científica. Su aserto debemos entenderlo como una licencia… literaria: poética. Esto es, como una verdad. En cualquier caso, ha de apuntarse que la verdad nada tiene que ver con la objetividad de algo sino con el lenguaje. La verdad nada tiene que ver con el objeto, sino con el sujeto. Yo no sé si exactamente soy un cobarde pero yo digo que lo soy. A lo mejor mis actos me desmienten, pero a lo mejor no. Las licencias poéticas en las que tanto cree Coetzee, son para mí sólo licencias poéticas, maravillosas cuando son maravillosas, vulgares cuando son vulgares y necesarias precisamente porque sabemos de la imposibilidad de la verdad científica (objetiva). Creemos en la verdad poética, pues, porque no tenemos otro remedio. En cualquier caso, yo tengo mis reparos ante la magnificación de la verdad poética: me siento verdaderamente molesto, por ejemplo, cuando después de estudiar los problemas de la Historia (como disciplina que analiza y ordena el pasado); digo, me siento verdaderamente molesto cuando después de comprobar los problemas que encierra entender los términos Historia o historiar viene el poeta y me dice “la Historia es una secreción del universo”. Pero éste sería otro tema.

Al periodismo actual le viene al dedillo la confusión entre ambas formas de verdad. Los descriptores de la realidad se pretenden objetivos (y creen serlo) sin darse cuenta de que la realidad la fundan ellos con la noticia. Y la noticia, sobre todo en esta sociedad descreída y políticamente correcta, sólo puede ser expresada a través de la poesía mediocre. Y desde luego sin objetividad posible. El fin último que pretendía la imposición de la corrección política era exactamente ese: que ni siquiera ante la noticia nadie se sintiera ofendido, por eso el hecho, el acontecimiento, debía ser narrado (y descrito) a base de verdades poéticas mediocres, es decir, verdades melifluas, dependientes, contemporizadoras, inestables.

Por ejemplo, hace unos días se dio en todos los medios de formación de masas la noticia de que se había producido “otro asesinato por violencia machista”. Una mujer rusa de 26 años había sido asesinada por su compañero sentimental, al que ya habían localizado y metido en la cárcel. Hemos analizado en otras ocasiones el tema de la denominación (la asociación del término machismo al de crimen), así que no me pronunciaré al respecto de tamaña barbaridad. Lo verdaderamente definitorio de la noticia es lo de “otro”. Porque aquello de que News is bad news es, ya, absolutamente falso. Las noticias ya no tienen que ser malas para ser, sólo tienen que ser oportunas y punzantes. No adecuadas, ni apropiadas, sino oportunas. Y nada más oportuno que las afirmaciones, como esas que, a base de licencias poéticas, repiten y repiten una suerte de estribillo. “Otro” y “otro” y “otro” y “otro”… Beckett en dilatado y en vulgar. Pero produciendo muchos más beneficios económicos.

La noticia debe incitar, según sus inconscientes distribuidores, al compromiso social, pero lo que hacen con tanta licencia poética (burda) esos distribuidores de noticias (esos conformadores de la Realidad) es incitar al odio. Que es de lo más rentable. El periodismo actual se nutre de la perversa forma de comunicación que ha creado la corrección política. Tanto es así que tuvieron que pasar dos días para que en una coletilla de una pequeña columna de un solo periódico y sin titular significativo se dijera que habían dejado en libertad al (que fue) presunto asesino de la rusa, porque se había demostrado mediante autopsia que el acusado nada tenía que ver con la muerte de su compañera. Al parecer lo único que hizo para ser juzgado por policía y medios y ser introducido en la cárcel fue avisar de la muerte inesperada de su novia. Nadie en la televisión recondujo la noticia dada dos días antes. Nada de exclamaciones grandilocuentes en todos los telediarios. Nada, pues no hay noticia. Los grupos de presión callados como putas. El inculpado exculpado después de pasar dos días en la cárcel con el pesar añadido de la muerte de un ser querido, la muerte por la que se le acusa de asesino. Ni un solo titular, ni una sola exclamación de perdón. No sé si a pesar de todo se habrá contabilizado como caso de violencia género. Pero como la noticia estuvo ahí, escupida por todos los medios, no me extrañaría nada que así fuera.

El problema de la verdad poética pues, no se encuentra en que sea poética (ya que no puede ser de otra forma), sino en que sea de baja estofa. y en que deba ser punzante. Es decir, el problema se localiza en que no sepamos distinguir entre verdades poéticas dignas (por su relación con la belleza o la bondad, por su relación con la consistencia o la justicia) y verdades poéticas vulgares (si toda verdad es poética por definición lo único que resulta imperdonable es que sea vulgar, innecesaria). Pero entonces nos encontramos con otro problema, porque es la misma corrección política la que se encargó de disipar las ofensivas y antidemocráticas diferencias entre lo culto y lo popular, entre lo bello y el kitsch, etc., entre la misma verdad y la mentira, entre lo bueno y lo malo. El periodismo de baja estofa es pues el producto de la carencia de ética en la información.

Aun recuerdo yo aquellos primeros pasos de la corrección política que a mí me tocó vivir en la Universidad a principios de los ochenta. Los profesores posmarxistas que habían militado en el FRAP reivindicaban con ahínco la importancia superlativa de la Cultura Popular. Nos inculcaban, y lo recuerdo con precisión, fanatismo por las series Falcon Crest y Los ricos también lloran, porque decían que la verdad poética se encuentra siempre cerca del pueblo. Y nos inducían a la culpabilidad en caso de tender hacia lo apocalíptico (que siempre ocultaba connotaciones elitistas). Si hay diferencia entre la cultura elitista y la cultura popular –decían- es que la segunda es más democrática y por tanto más verdadera. De este modo quienes rechazaban toda verdad absoluta exigía la verdad verdadera. Así es como lo vulgar (no dicho de forma peyorativa en principio) se hizo con el poder que anulaba la posibilidad de acceso a algo superior por noble (como lo es la Verdad, o la Bondad o la Belleza. Sólo lo popular tenía crédito. Todo lo que no fuera popular era ofensivo.

Hace un par de años tuvo lugar un incidente del que todas las televisiones se hicieron eco aproximadamente 8 veces al día durante una semana. Un salvaje mucho más cobarde que yo le propinaba, en el vagón de un metro, una serie de agresiones físicas a una atónita y acobardada chiquilla sudamericana. Los medios de formación de masas acribillaron a ese otro viajero que torcía la mirada con el fin de no intervenir. Por miedo. Miles de periodistas sugirieron cobardía y por la calle recibió durante una temporada insultos y amenazas por gente que no se consideraba cobarde. Pues bien, ese otro viajero impertérrito ante las agresiones era yo. Yo soy cobarde porque yo fui aquel cobarde. Y no me alegro de ser así.

Hoy viene una nueva noticia a página casi completa. El caso resulta curioso y supongo que todos los lectores lo conocerán. Un hombre defiende a una mujer por verla maltratada públicamente. El defensor de la chica es atacado por el maltratador y debido a la paliza que recibe se encuentra en estado de coma y cercano a la muerte. Ante la demanda de explicaciones por parte de la policía la mujer niega que hubiera el maltrato por el que alguien (que fue agredido) salió en su defensa. O sea, tenemos un hombre a punto de morir, otro hombre que es quien ha propinado la paliza al primero y una mujer que ha sido defendida, al parecer, sin ninguna causa y por ningún motivo. El periódico dice a través de su periodista “La mujer se negó a denunciar a Puerta (el agresor) por motivos personales y porque considera que es un hombre enfermo que necesita ayuda y tratamiento”, “Las fuentes consultadas añadieron que Sandra no es politoxicómana, y que sólo ha sido una mujer con mala suerte que eligió a una pareja con problemas”.

Así pues, mientras un ¿valiente? se está muriendo, la mujer es tratada como alguien a quien hubiera que exculpar. No es politoxicómana, nos dicen. Como si hiciera falta exculparla ¿de qué? ¿Qué nos importa a nosotros si Sandra es o no politoxicómana? Y mientras un ¿valiente? se muere por defender a una ¿indefensa? mujer, las “fuentes consultadas” nos dicen que Sandra “sólo ha sido una mujer con mala suerte que eligió una pareja con problemas”. Mientras un ¿valiente? se muere por haberla defendido, ella exculpa a quien evidentemente ha sido el artífice de la paliza propinada al que se muere por haberla defendido y que muy probablemente sea quien a ella maltrataba. Definitivamente soy un cobarde. Y hoy me alegro de no haber estado allí (en el lugar de los irrefutables hechos) para que me dieran la ocasión de exorcizar mi culpa y poder considerarme un valiente.

Post Scriptum. Este texto fue escrito ayer a falta de alguna corrección, con la noticia comentada recién aparecida. Ahora estoy con el periódico de hoy en las manos y con la continuación de la noticia. Me viene bien esta continuación porque me libra, a pesar de todo, del malestar que me crea el no estar seguro de algunas de mis afirmaciones. La noticia de hoy (16-8-08) dice que la susodicha mujer “denunció hace tres años a un ex novio”, según “confirmaron fuentes policiales”. “Presentó diversas denuncias contra él... y tuvo que refugiarse en un piso particular, con la ayuda de una asociación de mujeres maltratadas, en Granada”. Hace tres años de esto. También aparecen unas escuetas declaraciones de ella sobre el agresor de ahora (al que no quiere denunciar y al que exculpa mientras su defensor se muere): “es una bellísima persona”, dice. ¡Qué cobarde soy!

martes, agosto 12, 2008

Dark Watwer

Amor

Podría decirse que en Dark Water nos encontramos, de partida, ante una mujer recién separada que intenta obtener la custodia de su hija de 5 años. Tal podía ser el resumen para una carátula, como de hecho lo es aproximadamente: “Una mujer que intenta mantener la custodia de su hija de cinco años se traslada con ella a un modesto y lúgubre apartamento… (el resto del resumen es tan absurdo como casi todos los de las carátulas: uso de términos como “extraños fenómenos”, “terrible historia”, “maléfico poder”, etc., pervierten la verdadera esencia de la película). Pero también pudo decirse, dada la introducción en la que se incluye el hecho significativo de su condición, que nos encontramos ante una madre que lucha por obtener la custodia de su hija de 5 años. Así pues: nos encontramos, realmente, ante una madre. Y hay que apuntar que, en líneas generales, pero sobre todo en esta película, decir mujer no es lo mismo que decir madre. Por lo que, dado el asunto de la película, se trataría de una redundancia admisible por significativa.

“Puedo superarlo todo si tú estás a mi lado”, le dice Yoshimi a su hija cuando intuye la dureza de lo que se le avecina ante la nueva circunstancia derivada de su separación. Amor de madre.

Sexo Vs. Género

Los géneros tradicionales ya no sirven para describir una realidad que escapa a la sencilla catalogación. En vez de dos géneros hay una cantidad variable de géneros cuyo número se ajusta perfectamente a la cantidad de individuos existentes. De eso se trataba: el “cada persona es un mundo” se ha hecho realidad desde que la corrección política ha glorificado la diferencia. La clave se encontraba en que nadie se sintiera marginada/o ni ofendida/o ante una clasificación.

Decir mujer, pues, es decir poco si lo comparamos con decir madre, pues de entre todas las parejas posibles que podrían formarse combinando elementos de dos en dos (algo de lo que tanto saben los queer), quien tiene la posibilidad de parir, de alumbrar, de organizar un nueva vida desde sus entrañas, es sólo, la mujer. Así que es la mujer quien tiene la extraordinaria capacidad de ser madre en su embarazo… y de alumbrar. Y, sobre todo, el extraordinario privilegio de ser sólo ella la capaz de serlo… y de hacerlo. Decir mujer es hablar de posibilidad, pues, pero decir madre es hablar de realidad respecto al alumbramiento. Puede haber, por tanto, muchos géneros posibles ante un número limitadísimo de sexos. Lo que adquiere suma importancia si tenemos en cuenta que, con independencia de toda disquisición ideológica y sociológica, sabemos que la mujer se convierte en un perfecto genérico cuando de lo que hablamos es de engendrar. Decir mujer es decir muchas, decir madre es decir una. Esto es; nadie duda acerca de que una madre pueda ser más o menos madre. Se puede dudar acerca de si una madre es peor o mejor, pero no de que lo sea más o menos. Todas las madres son madres. Sin embargo, hablar de mujer es, según la corrección política, algo como mínimo vago y como poco tendencioso.

Mujer separada. Madre con hija

Así, en Dark Water nos encontramos ante una mujer que, en su condición de madre, lucha por conseguir la custodia de su hija de 5 años. Y enfrente de ellas otro personaje, un hombre, el exmarido del que la mujer se ha separado, alguien que nos es mostrado sin reparos como un ser desagradable. Un personaje que apenas tiene presencia en el film (unos minutos), pero que nos sirve a los espectadores para tomar partido por la protagonista aun cuando no puedan disiparse las dudas que el padre manifiesta respecto a la capacidad real de la madre para ejercer su papel (él remite a los abogados los problemas emocionales y psicológicos que en su momento la llevaron al tratamiento médico).

La posibilidad actual (real o no) del sujeto de poder elegir entre un número variable de géneros NO ha servido para que una mujer o un hombre (o lo que sea) sean más felices que antes. Es decir, del poder elegir entre más posibilidades no se ha colegido el poder elegir mejor. La gente sigue encontrando motivos y causas que impiden la felicidad sentimental. Tampoco la libertad sexual promovida por la corrección política a través de grupos de presión ha enseñado a una madre y un padre separados a sobrellevar las penurias de su separación traumática. Les han enseñado a separarse, pero no a saber hacerlo. Por lo que nos encontramos ante una madre que lucha por obtener la custodia de su hija después de su separación con un hombre al que odia. El litigio por la custodia es precisamente el motivo por el que ambos se hablan, sólo, a través de abogados. Puede decirse de otra forma más contundente: el personaje de madre que nos muestra Nakata resulta de fácil identificación para la mujer contemporánea por lo que respecta a su vivencia; el hecho traumático que se deriva de una separación mal avenida y por tanto dolorosa. Además recae sobre ella el estigma de un pasado con el que muchas mujeres contemporáneas podrían identificarse: el de haber experimentado una crisis que ha conducido al tratamiento médico.

La desolación

La infelicidad de ella se agrava ante la necesidad de obtener recursos económicos que le permitan la manutención de la hija. Por lo que recapitulamos: una madre con problemas económicos y posiblemente emocionales lucha por conseguir la custodia de su hija. No tiene, pues, ni trabajo ni dinero ni hogar ni casa. (De lo que se deduce -y más tarde lo comprobamos- que antes de la separación ambas vivían de las rentas del marido).

Todo esto es importante reseñarlo en la medida en que la historia es exageradamente sencilla y sabemos que todo lo que necesita una película de trama sencilla para ser buena es unos personajes complejos. Y es importante en la medida en que eso (lo descrito) es lo que transmite Dark Water antes de que hayan pasado unos cuantos minutos de metraje. Todo eso se vislumbra, desde el primer plano secuencia en el que se nos muestra la tristeza (premonitoria) a través de la mirada de una niña, hasta la secuencia en la que Yoshimi -la madre- adquiere en régimen de alquiler una casa destartalada, precaria y ubicada en la periferia de la ciudad. Nakata nos muestra perfectamente la tristeza y la desolación que sufren los individuos contemporáneos de esta sociedad hipercivilizada.

El pasado que retorna

Debido a su litigio con el exmarido sabemos del pasado turbio de Yoshimi (turbio como el agua es turbia). Sabemos, porque así lo hacen constar los abogados a instancias del exmarido, que el estado emocional de actual de Yoshimi podría seguir afectado desde aquella crisis en la que tuvo que ser atendida médicamente. Se duda, pues, de su capacidad de ser madre. Ella, sin embargo, no niega aquella crisis pero asegura ser cosa del pasado. Sabemos, también, el origen de la crisis: Yoshimi era correctora literaria de novelas horribles, sádicas y crueles, y el contacto permanente y reiterado con tanta barbarie le provocó su desequilibrio emocional. Algo que no resulta casual en la medida en que incide sobre alguno de los problemas sociales del sujeto contemporáneo. A saber: la necesidad de consumir el drama en forma de sangre, venganza, sadismo y crueldad (El gore, Tarantinos varios, El Manga…); la necesidad de codearse con el mal, en definitiva; un mal, si se quiere, de segundo orden, pues es representativo. Como si la convivencia con ese mal quedara disuelta a través del relato ficcional.

Y por otra parte retorna el pasado de Yoshimi como hija, si bien lo hace a través de un pequeño apunte secuencial en el que la vemos esperar a su madre en el colegio, una madre que no llega. La escena retorna cuando Yoshimi, en su obsesiva búsqueda de trabajo, hace esperar a su hija en circunstancias parecidas. Si bien queda claro que la diferencia entre ambas madres es evidente: Yoshimi no quiere infligir a su hija la tristeza que ella padeció ante esos abandonos. Y por otra parte, se encuentra la niña desaparecida (el fantasma), que fue vista por última vez cuando salía del colegio a donde no acudió su madre para recogerla. Si bien este tercer abandono es el verdaderamente trágico, pues provoca la desaparición de la niña (el fantasma). Así tres abandonos: uno, el eventual producto del despiste (Yoshimi con su hija), otro, el reiterado y egoísta (Yoshimi con su madre), y otro, el definitivo y malvado (la madre de la niña desaparecida con la niña desaparecida).

Lo fantasmal

Hasta ahora no ha habido más que un análisis del personaje central. Vayamos ahora a la relación directa de éste con la trama. Como en toda película adscrita al género del terror, la trama se construye a base de señales inconclusas que simplemente dan pistas acerca de la misma imposibilidad de una trama normal (verosímil). Las señales son, de este modo, meros indicadores premonitorios de un desenlace. En la irracionalidad de la trama subyace la a-normalidad respecto a todo posible realismo. En este sentido Japón lleva mucha delantera respecto al cine de terror fantasmal. Quizá debido a su idiosincrasia Japón es líder en propuestas delirantes acerca del fantasma.

Yoshimi recibe señales por parte de una niña desaparecida a partir del abandono sufrido por su madre. Señales, pues, fantasmales. Las señales las reciben ambas, madre e hija, pero sólo la madre es capaz de percibirlas, valga la paradoja, desde un punto de vista racional, esto es, adulto. La niña juega con la señales, la madre las sufre (hasta cierto momento adentrado del film). El conflicto surge, pues, cuando ante la irracionalidad del planteamiento que le adviene a Yoshimi se sobrepone la realidad de lo percibido. Ante las señales la madre intuye un peligro. Peligro que intuye como madre, pues en la protección a su hija interfiere otra protección que se le exige desde lo irracional. Es una madre lo que exige el fantasma (una niña) a Yoshimi, una madre que libere del penar producido por el abandono de una mala madre. Y que lo supla con amor

Lo real: agua turbia (Dark Water)

Si hay algo verdaderamente sobrecogedor en esta película más allá de las escenas terroríficas es la simple descripción visual del edificio donde viven ambas. Un edificio que representa con exactitud el estado anímico de quien lo experimenta. Quizá por ello nunca se ven vecinos deambular por los lúgubres pasillos encharcados. Algo parecido a lo que sucediera en Barton Fink (Cohen), donde el hotel, como aquí las viviendas, son lugares que pueden vivirse con independencia de la realidad que los asiste. Lo emocional, pues, se impone sobre la realidad. La soledad no es estar solo, es sentirse solo, valga el tópico.

El edificio es, además, el contenedor de todas las señales que reciben las dos indefensas y solitarias mujeres. Pronto en él todos los síntomas se van convirtiendo en signos. Tal es, precisamente, lo que diferencia una visión de una experiencia. La experiencia con lo real: una gotera que no cesa y además se agranda, unos pelos en el agua saliendo del grifo, el piso de arriba anegado de agua, el bolsito de la niña que se niega a desaparecer; todos ellos signos de la experiencia de Yoshimi con lo real. Así, donde todo puede tener una explicación racional (que es dada por un extraordinario personaje secundario), Yoshimi vive su trágica experiencia.

Yoshimi ata cabos y comienza a saber de lo que sucede. Y a intuir un destino turbio por mucho que haga por evitarlo. Sabe que el abandono sufrido por la niña (del que sabe a través del profesor) no conlleva la desaparición (que se anuncia), sino la muerte (que ella intuye). Sólo la muerte produce fantasmas reales. Así es como sólo la madre es capaz de saber del fantasma, pues es la única que sabe de la muerte de la niña. Y por saber del fantasma es sabedora también del penar del fantasma.
Un fantasma que le exige amor, el amor que no recibió de su madre. Allá donde todos ven indicios de normalidad Yoshimi ve señales destructivas. Allá donde todos viven la realidad Yoshimi vive lo real.
Allá donde todos ven signos de paranoia en Yoshimi lo que hay es una experiencia inenarrable.

Amor absoluto

La escena crucial de la película es una de las escenas más emocionantes del cine de los últimos tiempos. Decíamos antes que Yoshimi intuye un peligro como madre, pues en la protección a su hija interfiere otra protección que se le exige desde lo irracional. Es una madre lo que exige el fantasma (que es una niña) a Yoshimi; una madre que libere del penar producido por el abandono de una mala madre. Y decíamos también: y lo supla con amor. Pues bien, aquí se encuentra condensado el meollo del asunto: el fantasma ha demostrado su poder destructivo y está dispuesta a lo que sea con el fin de lograr su único objetivo. Hasta casi el final de la película no sabe el espectador que el objetivo del fantasma es uno sólamente: obtener el amor de madre, de una madre. Obtener el amor que sólo puede dar una madre.

Yoshimi se encuentra en el ascensor abrazando, y por tanto protegiendo, a su hija del fantasma que se le acerca. De repente, y sin secuencia explicativa, se intercambian los personajes: es la hija la que a lo lejos la requiere y es la niña fantasma la que la abraza de forma inmisericorde. La tensión se acrecienta ante los gritos de la niña requiriendo a su madre (mami) confundidos con los de la madre pidiendo a su hija que no se acerque.

Yoshimi intenta liberarse del maléfico abrazo del fantasma pero la fuerza de éste es brutal y está decidido a conseguir lo que quiere aunque sea por la fuerza. En el clímax del abrazo se produce el entendimiento de Yoshimi. Le cambia la expresión de la cara: del terror pasa a la comprensión y de la comprensión a la ternura. La fuerza hiriente de la niña se torna también en caricia. El fantasma, todo se ha de decir, es todo lo repugnante que puede ser una niña que lleva seis meses descomponiéndose en un depósito de agua. Así, el abrazo adquiere un valor añadido, pues en la aceptación de Yoshimi se convoca al verdadero amor de madre. Su hija llora desconsolada ante la escena y ella la mira sabedora de que la está perdiendo. El fantasma es ajeno a la escena; en todo momento se encuentra de espaldas a la escena, ya que lo único que pretende es el amor de Yoshimi, el amor que le libere del penar. Y al mismo tiempo que Yoshimi ofrece su amor de madre al fantasma sacrifica el amor a su hija para protegerla. El abrazo al fantasma es un abrazo de amor infinito.

sábado, agosto 02, 2008

Desaguisado

Hay quien me ha criticado, y no sin razón, que en el post titulado Mundo extraño abriera muchos temas sin cerrar adecuadamente ninguno. Seguro que así es, a veces soy un desastre, por lo que voy a intentar remediar el desaguisado. Decía en dicho post: “no queda nadie dentro del mundo del arte que no sepa que el arte è cosa mentale. Y que por eso, lo que hace falta para ser artista es una idea”. Casi siempre, sólo eso, digo ahora. De hecho, esto es algo que sucede desde hace demasiados años para que alguien aún pueda sorprenderse ante la perogrullesca afirmación. Como en otras ocasiones he apuntado, no se trataba de que las líneas de Modrian estuvieran bien pintadas, sino de que transmitieran toda esa espiritualidad mística que obsesionaba al artista. No se trataba de que la espiral de Smithson estuviera mejor o peor realizada, ni siquiera se trataba de que fuera él quien manejara el tractor y la pala, sino de que su obra comunicara aquello que el artista pretendía transmitir. Yo he visto a Chillida dirigir a sus obreros en los altos hornos para elaborar una pieza de hierro fundido y la escena me ha parecido desconcertante y cercana a lo sublime, sensaciones ambas que, según dicen los propios artistas y expertos en arte, son consustanciales a la observación del arte, del buen arte. Y eso sin gustarme Chillida. Todo muy extraño.

En el periódico de hoy (El País, 2-8-08) viene una reseña sobre una exposición que aborda el novedoso e inquietante tema de la relación del arte con las instituciones. Más concretamente, y al decir del crítico que suscribe la reseña, con las instituciones y su mala conciencia. Así, por una parte está el arte, que una vez más se siente comprometido con su Época (sic) y por ello necesita ser crítico con el sistema que le sustenta, y por otra están las instituciones, en plural, de las que sabemos que se llevan mal consigo mismas. Para ello el comisario ha convocado a tres artistas de los llamados conceptuales; uno es, según el reseñista, “una auténtica institución (obsérvese el lapsus), casi una leyenda en el mundo del arte antiinstucional”, el otro “se ha distinguido por sus preocupaciones por la relación entre el arte y la realidad social y política”, y el otro “es un ejemplo eminente de eso que se llama artivista”. Del primero de ellos dice el crítico “siempre ha estado del lado de un arte al margen del mercado. Obviamente, esto es bueno –como idea-, pero no es negocio”.

¡No es negocio!... pero es ¡obviamente bueno! Debo confesar que he tenido que releer varias veces la aparentemente sencilla frase. Y sigo frotándome los ojos después de todo. Una vez sabemos que la teoría esencialista del arte se corresponde a la perfección con la teoría institucional del arte (y esto lo llevan a la práctica incluso quienes no lo creen) resulta gracioso que, primero, alguien pretenda estar haciendo un arte al margen del mercado, sobre todo si como artista es asimilado desde la institución; segundo, además de gracioso resulta patético que alguien crea estar consiguiéndolo, sobre todo si como artista es asimilado desde la institución; tercero, resulta inútil calificar tal pretensión como de buena, pues el experto debe saber que sólo pueden estar al margen del mercado quienes no son artistas (lo pretendan o no) y que por tanto lo único que es obvio es que sólo el negocio dictamina la bondad de lo que se legitima. Como bien sabe nuestro artista antiinstucional. Pero lo mejor es lo situado entre guiones: es bueno ¡–como idea-¡, es decir, es bueno el arte del artista, no por hacer lo que es bueno (estar al margen del mercado) sino por tratarse de una buena idea. ¿Ven como todo el mundo sabe que el arte é cosa mentale, tal y como decía en Mundo extraño? Y es bueno, ¡pero no es negocio!, ¿ven como no todo el mundo sabe que la teoría esencialista coincide punto por punto con la institucional?

Nota. Haskell demostró que el gusto cambia con las épocas, pero aun con su impecable demostración la Historia del Arte se parece, cada vez más, a sí misma. Tanto si hablamos de los artistas de un periodo o de otro; tanto si hablamos de un periodo en el producto se justifica en la maestría y la excelencia, como si hablamos de un periodo en el que el producto no importa tanto como la autenticidad de quien lo justifica; tanto si hablamos de Velázquez, que es cotejablemente el mejor de su época (y del que pocos particulares poseen obra), como si hablamos de Beuys, cuya excelencia artística sólo es demostrable en función de los magnates que poseen obra suya en colección particular.