Nada entre sus manos
Cada año, indefectiblemente, aparecen en los telediarios unas curiosas imágenes que son extraordinariamente similares a las del año precedente. Son imágenes que aparecen hacia el final de todos y cada uno de esos telediarios que han necesitado mostrarlas, una vez al año, a lo largo de tantos años. Así cada año: sobrepasado el tiempo dedicado a los deportes, que suele obtener el 70% de la totalidad del telediario, el presentador pone cara de avestruz y nos insta a ver las imágenes pertenecientes a un concurso anual que se celebra qué importa dónde. Levanta ligeramente un hombro, tuerce tibiamente la cabeza hacia el mismo lado y con una sórdida sonrisa el presentador nos adelanta que se trata de imágenes que no debemos perdernos. Así aparecen ante nuestros ojos unos tipos que, con movimientos realmente compulsivos, rascan el aire a la altura de su ombligo con la mano derecha mientras mueven los dedos de su mano izquierda con el brazo levantado. Hacen, pues, como que tienen una guitarra en sus manos, pero no, no la tienen, y esa parece ser la gracia: se trata de un concurso que consiste en ver quién simula mejor el acto de tocar una guitarra; en ver quién hace mejor el como si. En realidad no hay nada entre sus manos por lo que sus gestos y movimientos sólo son la patética representación de una posible representación. Decía que las imágenes eran extraordinariamente similares todos los años. En efecto, todos los tipos que aparecen en esas imágenes hacen movimientos muy parecidos, todos los años; todos hacen como si y por eso sus movimientos parecen parecidos. Así, unos tipos (subnormales pero sin grandes pretensiones, digo yo) de no se sabe dónde organizan un concurso anual para majaderos qué importa dónde y resulta que aquí no nos conformarnos con darle cobertura en uno de esos cientos de miles de programas dirigidos a analfabetos funcionales sino que decidimos darle el lugar que se merece, el telediario. Siendo lo importante aquí el aquí:
España, “Menudo país de mis huevos” (Leopoldo María Panero)
“España es el inmenso cadáver de Dios” (Leopoldo María Panero)
“España es un país sin dinero pero con estatuas de dioses” (Leopoldo María Panero)
“País de violadores y asesinos llamado España, donde la locura es la única virtud, en el sentido que nos libra de todo lo demás” (Leopoldo María Panero)
“España es un abuelo parlanchín que muere todos los días sin llanto” (Leopoldo María Panero)
“España es un inmenso cenicero, país de amargura y resentimiento” (Leopoldo María Panero)
Por mucha energía y buena voluntad que le ponga Manolo Escobar.
Un día antes de que comenzara el último Debate sobre el estado de la Nación.
viernes, julio 16, 2010
miércoles, julio 14, 2010
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Una breve historia de la humanidad (o del ser humano) es lo que nos propone humildemente Félix de Azúa en su libro más preclaro. Un historia que nace de la visión particular (sentida) de otra historia, la de la producción simbólica de los seres humanos habitantes de la Tierra. Una historia que avanza al compás de cierto terror, pues cada paso que damos en el control del mundo a través de las representaciones simbólicas nos va despegando de la tierra. Del terror, pues una vez dejadas claras las diferencias que median entre “lo de dentro” y “lo de afuera” (pág 32 y sucesivas) sólo podemos concluir, después de todo, con que “Ahí fuera ya no queda nada” (pág 112). Es la nada con la que se enfrenta de Azúa en su libro más desconsolador y desesperanzador. La vida es esplendor y nada.
En efecto, para de Azúa todo control provenido de un ejercicio representacional “exitoso” implica por fuerza una pérdida. Cada toma de posesión que acompaña todo éxito representacional nos va despegando de la Tierra. A través de la inevitable tendencia (humana) hacia la abstracción. La historia de la producción simbólica implica una historia de desencantamiento constante. Para un niño troglodita crecido rodeado de pinturas rupestres, un caballo (real) es la copia del original (la pintura cavernaria). A partir de ahí de Azúa va analizando todas esas abstracciones que han ido restando consistencia a eso que llamamos “nuestra vida”. La luz multicolor filtrada por las vidrieras de las construcciones góticas condena toda una forma de vida en la que ya no cabe vivir sin pensamiento. La luz gótica unida a la gramática renacentista hace que los espacios sean “cada vez más controlados, dominados, asfaltados y abstractos e intercambiables”. La pintura doméstica holandesa del XVII fue un “ataque feroz, despiadado contra lo más humilde”. Y aquí lo importante es el “contra”, pues convirtiendo un vaso de vino en un signo perfecto condenado a la eternidad se generaba una nueva abstracción que degradaba nuestra consistencia. Después sólo hubo que establecer un ritmo para el ejercicio de la abstracción. Y esa es la historia de la producción simbólica de la humanidad. Vale la pena leer el libro para que sea el propio de Azúa quien con su particular prosa erudita nos la cuente. Según el autor se comienza haciendo ejercicios de abstracción con los dioses, los signos celestes, la luz y los objetos cotidianos y se acaba haciéndolo con “cosas” tan dispares como las revoluciones, los sucesos, la soledad y el propio arte. Magistral, por cierto, la explicación del arte moderno a través del concepto “estado de ánimo único”, en el que el ánimo no puede ser otra cosa sino una mercancía.
Un libro, eso sí, de lectura necesariamente lenta y pausada pues el autor ha decidido no conceder ni un ápice. Autobiografía sin vida es un libro agónico surgido de la impotencia y el autor ha ido siendo devorado por las palabras surgidas (desde fuera) de su desbordante cultura (interior), la que encubre pero no disimula. En contra de lo que ha dicho algún despistado se trata de un libro difícil; es el libro de quien “sabe que la suya es una tarea imposible, pero que se empeña en ella porque es una tarea ética”. Pero no es difícil, por ejemplo, debido a una “gramática continental”, sino debido a la sustitución de ciertas palabras o ideas (que hubieran podido ser fácilmente reconocibles) por figuras retóricas muy selectas. Con una excéntrica adjetivación que además añade más (sin)sentido si cabe.
De la impiedad. Llegado el final del libro el autor expone, según un discurso estricto que lleva años elaborando, su más triste teoría. La literatura ha quedado separada de la poesía (única forma real de conocimiento) a través de, cómo no, un ejercicio de abstracción. La poesía es algo que queda SÓLO para quienes, como los adolescentes, AÚN no saben hablar, mientras que la literatura ha quedado inevitablemente en manos de Josef K.
Y, en efecto, cuando leo este grito sordo y ensordecedor que resuena de la lectura de este desesperanzado libro Autobiografía sin vida veo, sin mirar, a un hombrecillo que espantado se lleva las palmas de la mano a la cara provocando ondas inaudibles pero coloristas; es decir, veo, sin mirar, un munch. Quizá porque, entre otras cosas, todos mis recuerdos están fundamentados en mi imaginación. Y quizá también porque las imágenes que me han ido adviniendo desde mi nacimiento han forjado mi vida. Y para acabar, un consejo a mis pocos lectores: lo mejor que se puede hacer una vez acabada la lectura del libro es hacer un bucle volviendo a la página 11.
Nota. Quien haya cometido el error de comprar el libro de Félix de Azúa en la FNAC habrá recibido un CD de regalo. Pues bien, mi consejo es que, pase lo que pase, NO lo vea. Resulta sumamente más productivo leer algo sintiendo que uno no acaba de entender muy bien las intenciones del autor que escuchar (viendo), como diríamos en Valencia, la “explicación de la falla”.
En efecto, para de Azúa todo control provenido de un ejercicio representacional “exitoso” implica por fuerza una pérdida. Cada toma de posesión que acompaña todo éxito representacional nos va despegando de la Tierra. A través de la inevitable tendencia (humana) hacia la abstracción. La historia de la producción simbólica implica una historia de desencantamiento constante. Para un niño troglodita crecido rodeado de pinturas rupestres, un caballo (real) es la copia del original (la pintura cavernaria). A partir de ahí de Azúa va analizando todas esas abstracciones que han ido restando consistencia a eso que llamamos “nuestra vida”. La luz multicolor filtrada por las vidrieras de las construcciones góticas condena toda una forma de vida en la que ya no cabe vivir sin pensamiento. La luz gótica unida a la gramática renacentista hace que los espacios sean “cada vez más controlados, dominados, asfaltados y abstractos e intercambiables”. La pintura doméstica holandesa del XVII fue un “ataque feroz, despiadado contra lo más humilde”. Y aquí lo importante es el “contra”, pues convirtiendo un vaso de vino en un signo perfecto condenado a la eternidad se generaba una nueva abstracción que degradaba nuestra consistencia. Después sólo hubo que establecer un ritmo para el ejercicio de la abstracción. Y esa es la historia de la producción simbólica de la humanidad. Vale la pena leer el libro para que sea el propio de Azúa quien con su particular prosa erudita nos la cuente. Según el autor se comienza haciendo ejercicios de abstracción con los dioses, los signos celestes, la luz y los objetos cotidianos y se acaba haciéndolo con “cosas” tan dispares como las revoluciones, los sucesos, la soledad y el propio arte. Magistral, por cierto, la explicación del arte moderno a través del concepto “estado de ánimo único”, en el que el ánimo no puede ser otra cosa sino una mercancía.
Un libro, eso sí, de lectura necesariamente lenta y pausada pues el autor ha decidido no conceder ni un ápice. Autobiografía sin vida es un libro agónico surgido de la impotencia y el autor ha ido siendo devorado por las palabras surgidas (desde fuera) de su desbordante cultura (interior), la que encubre pero no disimula. En contra de lo que ha dicho algún despistado se trata de un libro difícil; es el libro de quien “sabe que la suya es una tarea imposible, pero que se empeña en ella porque es una tarea ética”. Pero no es difícil, por ejemplo, debido a una “gramática continental”, sino debido a la sustitución de ciertas palabras o ideas (que hubieran podido ser fácilmente reconocibles) por figuras retóricas muy selectas. Con una excéntrica adjetivación que además añade más (sin)sentido si cabe.
De la impiedad. Llegado el final del libro el autor expone, según un discurso estricto que lleva años elaborando, su más triste teoría. La literatura ha quedado separada de la poesía (única forma real de conocimiento) a través de, cómo no, un ejercicio de abstracción. La poesía es algo que queda SÓLO para quienes, como los adolescentes, AÚN no saben hablar, mientras que la literatura ha quedado inevitablemente en manos de Josef K.
Y, en efecto, cuando leo este grito sordo y ensordecedor que resuena de la lectura de este desesperanzado libro Autobiografía sin vida veo, sin mirar, a un hombrecillo que espantado se lleva las palmas de la mano a la cara provocando ondas inaudibles pero coloristas; es decir, veo, sin mirar, un munch. Quizá porque, entre otras cosas, todos mis recuerdos están fundamentados en mi imaginación. Y quizá también porque las imágenes que me han ido adviniendo desde mi nacimiento han forjado mi vida. Y para acabar, un consejo a mis pocos lectores: lo mejor que se puede hacer una vez acabada la lectura del libro es hacer un bucle volviendo a la página 11.
Nota. Quien haya cometido el error de comprar el libro de Félix de Azúa en la FNAC habrá recibido un CD de regalo. Pues bien, mi consejo es que, pase lo que pase, NO lo vea. Resulta sumamente más productivo leer algo sintiendo que uno no acaba de entender muy bien las intenciones del autor que escuchar (viendo), como diríamos en Valencia, la “explicación de la falla”.
jueves, julio 08, 2010
Misantropía (e intenciones de uso)
Vengo de pasar unos cuantos días retirado. De eso se trataba cuando hace unos días salí de mi casa, de mi ciudad: de retirarme. Para hacer prácticamente lo mismo que hago gran parte del día en mi ciudad y en mi casa, pero en un sitio más aislado, más tranquilo. Sin internet, sin prensa, sin televisión… sin cobertura. Hay gente a la que le gusta viajar para conocer nuevos mundos, a mí me gusta hacerlo para vivir en otro sitio con la misma rutina de siempre. Porque lo que más me gusta del mundo es la rutina. Repudio las ansiedades que generan los viajes y me desagradan el bullicio, la fiesta, “la noche”, el ruido y el ajetreo en general. No me gusta viajar (en sentido literal) precisamente por eso, porque todo viaje lleva incluido ruido, desasosigo, ajetreo. Lo que me gusta es estar en otro lugar, estar unos días en otro sitio. El mismo viaje es el precio que hay que pagar para poder estar en otro lugar. Retirado. Para hacer lo mismo de siempre.
Esta vez me ha bastado un lugar cercano a San Sebastián, rodeado de abrumadora vegetación y de, quizás, demasiados animales. Todo, lo suficientemente apacible como para poder hacer lo que apenas es nada, siendo para mí el todo. Esto es, lo suficientemente apacible como para poder hacer prácticamente lo mismo que hago todos los días en mi ciudad, en mi casa. Hay gente a la que le gusta ir a sitios apacibles para hacer senderismo, rafting, montar a caballo, subirse a una bicicleta, conducir quads, o para, simplemente, reconciliarse con la naturaleza. Son gente a la que, generalmente, le gusta, también, el bullicio y la fiesta, la noche y el baile. Y por eso, cuando viajan a un pueblo acarician a un ternero, pero cuando viajan a una gran ciudad compran souvenirs en la tienda del museo. Siempre, eso sí, pertrechados con una cámara omnipresente que registra todo.
El lugar (leku) escogido esta vez ha sido perfecto por lo bien que representaba mi más incorregible contradicción. Se trataba, por una parte, de un lugar muy solitario (en carretera cortada), pero por otra, muy cercano a Donosti (la gran ciudad). Lo que nos permitía, a M y a mí, salir en búsqueda de la alimentación más oportuna dependiendo del momento y de nuestro estado de ánimo. Sin M nada sería lo mismo.
Me gusta ir de vez en cuando a un nuevo lugar, ciertamente un verdadero “no lugar” dadas mis intenciones de uso. Y no para moverme más sino para estar más quieto. Salgo de mi casa y de mi ciudad, no para conocer más cosas, sino para dedicarme más a las mías propias, a las mías de siempre. Pero guarecido. Con M. Para hacer lo mismo de siempre, pero guarecido. Cada vez me siento más alejado del lugar donde he pasado gran parte de mi vida, mi ciudad. Pero no debido a ella sino debido a mi particular percepción de ella. Cada vez encuentro más confortable los no lugares. Que me guarecen. No es el ruido de mi ciudad lo que me irrita, sino el sórdido silencio con el que ella responde al mío; un ruido, el mío, que me iguala a mis odiosos vecinos, los que abandono cada vez que me traslado a un nuevo lugar. Desprecio a mis vecinos (de siempre) porque todos ven el mismo “programa”, el mismo “partido”. Yo viajo, fundamentalmente, para olvidarme de todo lo que les caracteriza y define: sus chanclas pordioseras, sus lecturas catedralicias, sus malditas aficiones deportivas, sus vulgares fantasías, sus veraneos sudorosos, su pasión por las fiestas populares y sus conversaciones pandilleras. Sólo cuando me encuentro alejado de quienes no saben dónde estoy me siento guarecido. Y además siempre me siento alejado de quien no me conoce (aunque también calce chanclas de goma). Quizá por la ilusión de irresponsabilidad que me genera vivir casi sin ser; por la ilusión de libertad, pues. Pero para que eso suceda, repito, debo hacer, en ese otro lugar, prácticamente lo mismo que hago gran parte del día en mi ciudad, en mi casa. Me gusta estar en mi casa, pero mi casa debería estar siempre en otra ciudad, en otro lugar que no fuera “mío”. Como éste de las afueras de San Sebastián, sin internet, sin cobertura. Con M.
Esta vez me ha bastado un lugar cercano a San Sebastián, rodeado de abrumadora vegetación y de, quizás, demasiados animales. Todo, lo suficientemente apacible como para poder hacer lo que apenas es nada, siendo para mí el todo. Esto es, lo suficientemente apacible como para poder hacer prácticamente lo mismo que hago todos los días en mi ciudad, en mi casa. Hay gente a la que le gusta ir a sitios apacibles para hacer senderismo, rafting, montar a caballo, subirse a una bicicleta, conducir quads, o para, simplemente, reconciliarse con la naturaleza. Son gente a la que, generalmente, le gusta, también, el bullicio y la fiesta, la noche y el baile. Y por eso, cuando viajan a un pueblo acarician a un ternero, pero cuando viajan a una gran ciudad compran souvenirs en la tienda del museo. Siempre, eso sí, pertrechados con una cámara omnipresente que registra todo.
El lugar (leku) escogido esta vez ha sido perfecto por lo bien que representaba mi más incorregible contradicción. Se trataba, por una parte, de un lugar muy solitario (en carretera cortada), pero por otra, muy cercano a Donosti (la gran ciudad). Lo que nos permitía, a M y a mí, salir en búsqueda de la alimentación más oportuna dependiendo del momento y de nuestro estado de ánimo. Sin M nada sería lo mismo.
Me gusta ir de vez en cuando a un nuevo lugar, ciertamente un verdadero “no lugar” dadas mis intenciones de uso. Y no para moverme más sino para estar más quieto. Salgo de mi casa y de mi ciudad, no para conocer más cosas, sino para dedicarme más a las mías propias, a las mías de siempre. Pero guarecido. Con M. Para hacer lo mismo de siempre, pero guarecido. Cada vez me siento más alejado del lugar donde he pasado gran parte de mi vida, mi ciudad. Pero no debido a ella sino debido a mi particular percepción de ella. Cada vez encuentro más confortable los no lugares. Que me guarecen. No es el ruido de mi ciudad lo que me irrita, sino el sórdido silencio con el que ella responde al mío; un ruido, el mío, que me iguala a mis odiosos vecinos, los que abandono cada vez que me traslado a un nuevo lugar. Desprecio a mis vecinos (de siempre) porque todos ven el mismo “programa”, el mismo “partido”. Yo viajo, fundamentalmente, para olvidarme de todo lo que les caracteriza y define: sus chanclas pordioseras, sus lecturas catedralicias, sus malditas aficiones deportivas, sus vulgares fantasías, sus veraneos sudorosos, su pasión por las fiestas populares y sus conversaciones pandilleras. Sólo cuando me encuentro alejado de quienes no saben dónde estoy me siento guarecido. Y además siempre me siento alejado de quien no me conoce (aunque también calce chanclas de goma). Quizá por la ilusión de irresponsabilidad que me genera vivir casi sin ser; por la ilusión de libertad, pues. Pero para que eso suceda, repito, debo hacer, en ese otro lugar, prácticamente lo mismo que hago gran parte del día en mi ciudad, en mi casa. Me gusta estar en mi casa, pero mi casa debería estar siempre en otra ciudad, en otro lugar que no fuera “mío”. Como éste de las afueras de San Sebastián, sin internet, sin cobertura. Con M.
domingo, julio 04, 2010
El tiburón de 12 millones de dólares (Don Thompson)
Una parte sustancial de mi biblioteca se encuentra configurada por libros relacionados con la Teoría del Arte, ya atiendan a la Estética, a la Filosofía del Arte, a la Crítica o a la Historia. Si nos atenemos a los que centran su atención directa en la producción del siglo XX puedo decir que de entre todos ellos hay dos que ocupan un lugar destacado en ella por la importancia de la Verdad que de ellos se desprende: De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno (Serge Guilbaut) y Una vida para el arte (Peggy Guggenheim). Ahora se ha venido a sumar un tercero, el que ahora es motivo de este texto: El tiburón de 12 millones de dólares (Don Thompson). Así, ocupan un lugar destacado, más por su significancia Única que por sus valores intelectuales. Por lo que podría distinguir entre libros que me han interesado mucho por el aspecto clarificador que se deriva, no tanto de las reflexiones y argumentaciones cuanto de su propio ser como artefacto transmisor de UNA idea, y libros que me han interesado por su intelectualidad (dispersa, sugestiva, lúcida, confusa, concluyente, ambigua…).
Intentaré explicarme, pero baste adelantar que este último tipo de libros que tanto me interesan están escasamente valorados por quienes se dedican, precisamente, a los menesteres propios de la reflexión, la ordenación y la catalogación (con fundamentos más o menos históricos o críticos). Y son libros que me interesan aun a pesar de encontrarse vinculados a disciplinas (como la Historia y la Crítica) de las que generalmente desconfío habida cuenta de su necesario componente mitificador. Mixtificador, pues estas disciplinas hayan su común fundamento en La leyenda del artista, esa que tan sabiamente describen Ernst Kris y Otto Kurz. O por decirlo aún de otra forma: cuando leo una Historia del Arte del siglo XX hay siempre algo en ella que me hace torcer el gesto y retroceder. Me sucede incluso ante pensadores eruditos que me merecen el máximo respeto por su pensamiento y por sus estrictas dotes historiadoras. Cuando llegan al siglo XX no pueden evitar el tartamudear; seguramente por intentar explicar lo que muchas veces no pueden entender. Eso al menos percibo yo. Y todo porque la Crítica ha tenido que ser inevitablemente el fundamento de su narración vigésimo secular. O mejor, porque la Historia del Arte Moderno no podría ser posible sin aquello que ha inventado el mismo Arte Moderno, la Crítica. Ese constructo burgués que liquidó toda posible tendencia aristocrática encaminada hacía la belleza o la excelencia.
Así, han podido interesarme las reflexiones de autores que sin duda han ido aportando nuevos y a veces insospechados giros a la forma de entender el mundo de las representaciones simbólicas fabricadas por el ser humano. Pero, curiosamente, las reflexiones que me han podido interesar rara vez provenían de la observación y el análisis de esas representaciones que asociamos al Arte Moderno y Contemporáneo. Porque en efecto, dado el giro que en cierto momento se produce en la concepción del “objeto” artístico, hay una clara diferencia entre el pensamiento producido por el arte anterior a las Vanguardias Históricas y el producido a partir de ellas. Gombrich es el perfecto ejemplo de historiador con un pensamiento seriamente estructurado que cae en la trampa puesta por el mismo Arte Moderno, y por eso aún se defiende bien con las primeras Vanguardias Históricas debido al componente metafísico que todavía puede asignárseles, pero se escamotea con eufemismos y perífrases verbales cuando pretende explicar el ulterior desarrollo de éstas. Como Worringer, Wolfflin, Panofsky, Berenson, Huyghe, Francastel, Lukacs e incluso Argan y Hauser.
Lo interesante
Podría decirse que a partir de 1870 (si bien la Idea comenzó 100 años antes), aunque quizá sería más exacto situarse en la época de entreguerras, “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho” y es así que, por ello y a partir de entonces, sólo podrán producirse en torno al “objeto” artístico actos de Fe (lo veíamos en un anterior post cuando mencionaba las distintas interpretaciones que surgían con motivo de un Picasso). Actos de Fe, pues, que expuestos como explicaciones pretendidamente convincentes resultarán más o menos interesantes y significativas (o directamente grotescas), pero que serán frágiles en cualquier caso debido a la inestabilidad derivada de la misma superstición que las ha generado. Y de ahí que, aun habiéndome interesado toda la literatura generada por el propio artefacto artístico moderno y contemporáneo, considere que apenas son 4 las cosas que han podido ensanchar mi espíritu. Quizá algo de las reflexiones generadas por el Surrealismo y alguna otra cosilla más, en donde esas reflexiones suelen superar al propio objeto que las ha generado. Por eso mi sensación es que la casi totalidad de exegetas que en el siglo XX se han dedicado a reflexionar acerca de los “objetos” que representarían el espíritu de ese siglo no han hecho otra cosa que “mover montañas”, frenética y compulsivamente. Algo que, como es sabido, sólo puede hacerse con una alta dosis de ansiedad y con una desproporcionada Fe. Quizá exagero, pero creo que no.
Greenberg, sin ir más lejos, es considerado por muchos como el último gran crítico de arte. Para mí, sin embargo, no deja de ser un tipo interesante que supo sacarle jugo a una circunstancia política. Fue más un encantador de serpientes que un pensador propiamente dicho. Sus textos son compactos, pero de la misma forma que es compacta una pastilla de jabón. Su conjunto es resbaladizo y con el uso se va reduciendo. Ese es, precisamente, el motivo por el que distingo entre textos interesantes a pesar de su aire mixtificador y textos interesantes por su espíritu desmixtificador. Lo que Serge Guilbaut consiguió con su libro fue una demostración; una demostración que desmontaba sin grandes alharacas la metodología hagiográfica que configura todas las Historias del Arte del siglo XX, esas Historias que a la manera de Hegel intentan desesperadamente entender su propio presente (buscando el “objeto” que mejor represente el Espíritu de la Época); una demostración que anulaba en cualquier caso las explicaciones que desde el mismo mundo del arte había legitimado su historia, la Historia; una demostración de que Greemberg era, antes que otra cosa, un listo. Demuestra Guilbaut que el éxito de los pintores expresionistas americanos se debió a una estrategia gubernamental generada desde los problemas producidos por la Guerra Fría. Y en este sentido Greenberg no fue sino un gran comparsa del Gobierno Americano. De lujo, eso sí, pero comparsa al fin y al cabo.
Por otra parte, también encuentro grandes diferencias entre eruditos cualificados para la abstracción en el Pensamiento y eruditos sólo dispuestos a legitimar el objeto impuesto por un “devenir” social que inextricablemente elige siempre, y bien, los objetos que deberán representar el Espíritu de cada Época. En este sentido Habría que insistir en que mi rechazo se produce siempre ante los textos que (desde un inevitable hagiografismo) han analizado y legitimado los productos concretos a través de un acto, el de historiar, que iría configurando y asentando la Historia del Arte en el mismo acto impositivo. Historiadores que actuaban como Críticos, Críticos que actuaban como Historiadores. Hay pues una abismal diferencia entre quienes hablan del producto Arte partiendo de una Idea para acabar en una abstracción, y quienes parten del “objeto” artístico concreto para acabar en una imposición. Los primeros activan el intelecto con independencia de identificación alguna por parte del supuesto lector; los segundos instalan UN pensamiento ÚNICO en función de “simples” opiniones.
Podría decirse todo de otra forma, por volver al párrafo inicial: hay más Verdad en esos tres libros citados aun cuando su valor intelectual fuera más que cuestionable que en muchos libros de Historia del Arte. De ahí que inmediatamente después avisara de que esos libros se encuentran escasamente valorados por quienes se dedican, precisamente, a los menesteres propios de la el análisis, la ordenación y la catalogación (con fundamentación más o menos histórica o crítica). Lógicamente, pues el hecho de aceptarlos les obligaría a una tarea tan y ímproba como necesariamente devastadora. Tendrían que revisar absolutamente el TODO. Comenzando por abandonar todos los prejuicios y teniendo que partir de cero.
La autobiografía de Peggy Guggenheim es también, en este sentido, una demostración; esta vez Peggy nos demuestra cómo el aburrimiento puede llegar a ser, también, sumamente rentable. Su nivel cultural, muy influido por el latir de sus inquietas hormonas, fue conformándose siempre en torno a un tálamo. Y así fue que una mujer instigada por su propio aburrimiento acabó, gracias a su relevante furor uterino, convirtiéndose en benefactora de un montón de mendigos ambiciosos y espabilados. Se trata, en cualquier caso, de uno de los peores libros que he leído en mi vida. Pero no por ello deja de ser sumamente interesante por cuanto da perfecta cuenta de cómo nace realmente una generación de estrellas. Así pues, “lo interesante” como la categoría más ubicua y más representativa de una Época que carece de reales juicios de valor. La diferencia, en cualquier caso, entre lo interesante de, por ejemplo Rosalind Krauss y lo interesante de Peggy Guggenheim, es que la primera, siendo una pensadora aceptable (aunque muy pelma) es mixtificadora en sus conclusiones y la segunda, siendo una pensadora nula y una escritora nefasta es clarificadora aun a pesar incluso de sus infantiles intenciones. Los pintores expresionistas americanos fueron el primer producto artístico devenido de un marketing de escala mundial. Y Peggy fue la contingente colaboracionista de todo un Gobierno Americano.
Como si
En las tres primeras líneas del libro El tiburón de 12 millones dólares ya deja Don Thompson expuesto el problema. A partir de entonces comienza su periplo investigatorio con el fin de averiguar cuáles son las causas del caos actual en el mundo del arte. Dice Thompson en esas tres primeras líneas: “13 de enero de 2005, Nueva York. El primer problema del agente que trataba de vender el tiburón disecado era el precio de venta, 12 millones de dólares”. En seguida el autor se formula la pregunta, “¿Por qué iba a pagar alguien tanto dinero por el tiburón?”. Su respuesta es que la marca sustituye al juicio crítico y en esta venta se habían juntado varias marcas de gran influencia en la configuración del arte: el vendedor, que era uno de los mejores coleccionistas de arte del mundo (Saatchi), el mejor agente del mundo (Gagosian), el artista de moda de los últimos años (Hirst) y dos de los coleccionistas más millonarios del planeta (Serota, Cohen).
Lo que Thompson pretende con su informado libro es, realmente, averiguar por qué el agente tenía que vender el tiburón a 12 millones de dólares, pues no habría habido (primer) problema si lo que se hubiera pretendido en la misión hubiera sido, simplemente, venderlo a una (cualquier) cifra elevada. No, “el primer problema del agente…era su precio de venta”. Inmediatamente se pone a diseccionar, capítulo a capítulo, todos esos factores que convertidos en marcas, van configurando lo que aún, al parecer, seguimos queriendo llamar arte. ¿Por qué 12 millones y no por ejemplo 2?, ¿no resulta fácil pensar que si el problema era ese precio lo lógico hubiera sido eliminar ese problema?, ¿qué hacía necesario que fueran 12?, ¿qué hacía necesario que por ser 12 el asunto adquiriera tintes problemáticos (“El primer problema…”)? La respuesta, aunque desmenuzada, en las 340 páginas de apretada información.
Thompson sabe que el mundo del arte está conformado por aquellos que lo diseñan y controlan: los agentes (millonarios), las Casas de Subastas (millonarias), los coleccionistas (millonarios), algún director de museo y algún artista espabilado (millonario); esto es: está conformado por el dinero (que non olet). Según las pruebas concluyentes del autor todo en el mundo del arte se ordena en función del dinero, nada se deja al albur de cosas tan nimias como la estética, la belleza, la bondad, la justicia o la excelencia. Todas las partes embrolladas tienen claros sus objetivos, que por otra parte no podrían ser otros: los de entender que la cifra es determinante en el factor cualitativo de la obra. No puede haber obra de arte “buena” que no sea extraordinariamente cara. “Los coleccionistas experimentados no invierten demasiado tiempo en preocuparse por el significado. Si la obra es lo bastante cara como para que lleguen a preguntárselo al marchante o al coleccionista, probablemente éstos se limitarán a inventarse una leyenda con todo lujo de detalles”.
Todas las partes involucradas aportan su granito de arena para que el arte no pueda ser más que un gran negocio. Las Casas de Subasta han convertido el negocio de compraventa en un auténtico galimatías de ingeniería financiera. Pero siendo perfectos conocedores de las motivaciones de los millonarios (gente insegura, según Thompson, que carece de tiempo para la adquisición de conocimientos) los textos de venta de sus catálogos son más que significativos. Y siguen exudando el mismo tufo que exudan los textos de todas las Historia del Arte del Siglo XX: el sulfuroso aroma de la mitificación; de la mixtificación. El libro se encuentra plagado de ejemplos que explican el proceso de ascenso del precio de una obra. En la última parte del proceso puede encontrarse, precisamente, el texto para la catalogación de la Subasta. Ante la obra de Jeff Koons titulada New Hoover, Deluxe Shampoo Polisher, el catálogo de Sotheby’s decía, “Trata de las clases sociales y los roles de género, además del consumismo”. La obra, que como sabrá el lector era una pulidora de suelos en una vitrina de cristal, se vendió a 2,16 millones de dólares. Seguramente porque al comprador debió impresionarle la acumulación de significación simbólica, pues a tenor del texto publicitario, la posesión de la pulidora servía para cuestionar la iniquidad de las clases sociales, con lo que, a través de su posesión, podría mejorar la relación con su servicio doméstico. Además con la posesión de la pulidora les daba una lección a los empleados de su empresa, consumistas compulsivos todos ellos, y se congraciaba con todas las mujeres del mundo que se quejaron algún día del despotismo autoritario de su innecesaria masculinidad.
La verdad es que sólo un ciego (o un monstruo) puede seguir ejerciendo, ante estas circunstancias, su función de crítico o historiador del Arte como si nada pasara; como lo sucedido con Warhol, Emin, Koons, Chia, Schnabel,, Hirst, Kawara, Saatchi, Gagosian, Gonzalez-Torres, Cohen y Tremaine en las subastas nocturnas de Christie’s y Sotheby’s no fuera suficiente para tener que rehacer todos los presupuestos con los que se aborda el análisis del Arte Contemporáneo. Los tres libros citados ofrecen una idea mucho más cabal sobre lo que es el arte entendido desde el propio y pertinente concepto de Historia que los mismos libros de Historia del Arte que aún fundamentan sus imposiciones dogmáticas en lo que no pueden ser sino simples opiniones. Opiniones, además y esta vez, ya no fundamentadas en la Crítica (como sucedía hasta hace poco), sino en la más pura ingeniería financiera. Sólo un monstruo podría escribir una Historia del Arte actualizada sin analizar cómo afectan todos esos datos (de estos 3libros) en la propia narración histórica de los hechos. Sólo un inepto (o un monstruo) dejaría de usar, de forma retrospectiva, las conclusiones que de esos datos se desprenden.
Intentaré explicarme, pero baste adelantar que este último tipo de libros que tanto me interesan están escasamente valorados por quienes se dedican, precisamente, a los menesteres propios de la reflexión, la ordenación y la catalogación (con fundamentos más o menos históricos o críticos). Y son libros que me interesan aun a pesar de encontrarse vinculados a disciplinas (como la Historia y la Crítica) de las que generalmente desconfío habida cuenta de su necesario componente mitificador. Mixtificador, pues estas disciplinas hayan su común fundamento en La leyenda del artista, esa que tan sabiamente describen Ernst Kris y Otto Kurz. O por decirlo aún de otra forma: cuando leo una Historia del Arte del siglo XX hay siempre algo en ella que me hace torcer el gesto y retroceder. Me sucede incluso ante pensadores eruditos que me merecen el máximo respeto por su pensamiento y por sus estrictas dotes historiadoras. Cuando llegan al siglo XX no pueden evitar el tartamudear; seguramente por intentar explicar lo que muchas veces no pueden entender. Eso al menos percibo yo. Y todo porque la Crítica ha tenido que ser inevitablemente el fundamento de su narración vigésimo secular. O mejor, porque la Historia del Arte Moderno no podría ser posible sin aquello que ha inventado el mismo Arte Moderno, la Crítica. Ese constructo burgués que liquidó toda posible tendencia aristocrática encaminada hacía la belleza o la excelencia.
Así, han podido interesarme las reflexiones de autores que sin duda han ido aportando nuevos y a veces insospechados giros a la forma de entender el mundo de las representaciones simbólicas fabricadas por el ser humano. Pero, curiosamente, las reflexiones que me han podido interesar rara vez provenían de la observación y el análisis de esas representaciones que asociamos al Arte Moderno y Contemporáneo. Porque en efecto, dado el giro que en cierto momento se produce en la concepción del “objeto” artístico, hay una clara diferencia entre el pensamiento producido por el arte anterior a las Vanguardias Históricas y el producido a partir de ellas. Gombrich es el perfecto ejemplo de historiador con un pensamiento seriamente estructurado que cae en la trampa puesta por el mismo Arte Moderno, y por eso aún se defiende bien con las primeras Vanguardias Históricas debido al componente metafísico que todavía puede asignárseles, pero se escamotea con eufemismos y perífrases verbales cuando pretende explicar el ulterior desarrollo de éstas. Como Worringer, Wolfflin, Panofsky, Berenson, Huyghe, Francastel, Lukacs e incluso Argan y Hauser.
Lo interesante
Podría decirse que a partir de 1870 (si bien la Idea comenzó 100 años antes), aunque quizá sería más exacto situarse en la época de entreguerras, “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho” y es así que, por ello y a partir de entonces, sólo podrán producirse en torno al “objeto” artístico actos de Fe (lo veíamos en un anterior post cuando mencionaba las distintas interpretaciones que surgían con motivo de un Picasso). Actos de Fe, pues, que expuestos como explicaciones pretendidamente convincentes resultarán más o menos interesantes y significativas (o directamente grotescas), pero que serán frágiles en cualquier caso debido a la inestabilidad derivada de la misma superstición que las ha generado. Y de ahí que, aun habiéndome interesado toda la literatura generada por el propio artefacto artístico moderno y contemporáneo, considere que apenas son 4 las cosas que han podido ensanchar mi espíritu. Quizá algo de las reflexiones generadas por el Surrealismo y alguna otra cosilla más, en donde esas reflexiones suelen superar al propio objeto que las ha generado. Por eso mi sensación es que la casi totalidad de exegetas que en el siglo XX se han dedicado a reflexionar acerca de los “objetos” que representarían el espíritu de ese siglo no han hecho otra cosa que “mover montañas”, frenética y compulsivamente. Algo que, como es sabido, sólo puede hacerse con una alta dosis de ansiedad y con una desproporcionada Fe. Quizá exagero, pero creo que no.
Greenberg, sin ir más lejos, es considerado por muchos como el último gran crítico de arte. Para mí, sin embargo, no deja de ser un tipo interesante que supo sacarle jugo a una circunstancia política. Fue más un encantador de serpientes que un pensador propiamente dicho. Sus textos son compactos, pero de la misma forma que es compacta una pastilla de jabón. Su conjunto es resbaladizo y con el uso se va reduciendo. Ese es, precisamente, el motivo por el que distingo entre textos interesantes a pesar de su aire mixtificador y textos interesantes por su espíritu desmixtificador. Lo que Serge Guilbaut consiguió con su libro fue una demostración; una demostración que desmontaba sin grandes alharacas la metodología hagiográfica que configura todas las Historias del Arte del siglo XX, esas Historias que a la manera de Hegel intentan desesperadamente entender su propio presente (buscando el “objeto” que mejor represente el Espíritu de la Época); una demostración que anulaba en cualquier caso las explicaciones que desde el mismo mundo del arte había legitimado su historia, la Historia; una demostración de que Greemberg era, antes que otra cosa, un listo. Demuestra Guilbaut que el éxito de los pintores expresionistas americanos se debió a una estrategia gubernamental generada desde los problemas producidos por la Guerra Fría. Y en este sentido Greenberg no fue sino un gran comparsa del Gobierno Americano. De lujo, eso sí, pero comparsa al fin y al cabo.
Por otra parte, también encuentro grandes diferencias entre eruditos cualificados para la abstracción en el Pensamiento y eruditos sólo dispuestos a legitimar el objeto impuesto por un “devenir” social que inextricablemente elige siempre, y bien, los objetos que deberán representar el Espíritu de cada Época. En este sentido Habría que insistir en que mi rechazo se produce siempre ante los textos que (desde un inevitable hagiografismo) han analizado y legitimado los productos concretos a través de un acto, el de historiar, que iría configurando y asentando la Historia del Arte en el mismo acto impositivo. Historiadores que actuaban como Críticos, Críticos que actuaban como Historiadores. Hay pues una abismal diferencia entre quienes hablan del producto Arte partiendo de una Idea para acabar en una abstracción, y quienes parten del “objeto” artístico concreto para acabar en una imposición. Los primeros activan el intelecto con independencia de identificación alguna por parte del supuesto lector; los segundos instalan UN pensamiento ÚNICO en función de “simples” opiniones.
Podría decirse todo de otra forma, por volver al párrafo inicial: hay más Verdad en esos tres libros citados aun cuando su valor intelectual fuera más que cuestionable que en muchos libros de Historia del Arte. De ahí que inmediatamente después avisara de que esos libros se encuentran escasamente valorados por quienes se dedican, precisamente, a los menesteres propios de la el análisis, la ordenación y la catalogación (con fundamentación más o menos histórica o crítica). Lógicamente, pues el hecho de aceptarlos les obligaría a una tarea tan y ímproba como necesariamente devastadora. Tendrían que revisar absolutamente el TODO. Comenzando por abandonar todos los prejuicios y teniendo que partir de cero.
La autobiografía de Peggy Guggenheim es también, en este sentido, una demostración; esta vez Peggy nos demuestra cómo el aburrimiento puede llegar a ser, también, sumamente rentable. Su nivel cultural, muy influido por el latir de sus inquietas hormonas, fue conformándose siempre en torno a un tálamo. Y así fue que una mujer instigada por su propio aburrimiento acabó, gracias a su relevante furor uterino, convirtiéndose en benefactora de un montón de mendigos ambiciosos y espabilados. Se trata, en cualquier caso, de uno de los peores libros que he leído en mi vida. Pero no por ello deja de ser sumamente interesante por cuanto da perfecta cuenta de cómo nace realmente una generación de estrellas. Así pues, “lo interesante” como la categoría más ubicua y más representativa de una Época que carece de reales juicios de valor. La diferencia, en cualquier caso, entre lo interesante de, por ejemplo Rosalind Krauss y lo interesante de Peggy Guggenheim, es que la primera, siendo una pensadora aceptable (aunque muy pelma) es mixtificadora en sus conclusiones y la segunda, siendo una pensadora nula y una escritora nefasta es clarificadora aun a pesar incluso de sus infantiles intenciones. Los pintores expresionistas americanos fueron el primer producto artístico devenido de un marketing de escala mundial. Y Peggy fue la contingente colaboracionista de todo un Gobierno Americano.
Como si
En las tres primeras líneas del libro El tiburón de 12 millones dólares ya deja Don Thompson expuesto el problema. A partir de entonces comienza su periplo investigatorio con el fin de averiguar cuáles son las causas del caos actual en el mundo del arte. Dice Thompson en esas tres primeras líneas: “13 de enero de 2005, Nueva York. El primer problema del agente que trataba de vender el tiburón disecado era el precio de venta, 12 millones de dólares”. En seguida el autor se formula la pregunta, “¿Por qué iba a pagar alguien tanto dinero por el tiburón?”. Su respuesta es que la marca sustituye al juicio crítico y en esta venta se habían juntado varias marcas de gran influencia en la configuración del arte: el vendedor, que era uno de los mejores coleccionistas de arte del mundo (Saatchi), el mejor agente del mundo (Gagosian), el artista de moda de los últimos años (Hirst) y dos de los coleccionistas más millonarios del planeta (Serota, Cohen).
Lo que Thompson pretende con su informado libro es, realmente, averiguar por qué el agente tenía que vender el tiburón a 12 millones de dólares, pues no habría habido (primer) problema si lo que se hubiera pretendido en la misión hubiera sido, simplemente, venderlo a una (cualquier) cifra elevada. No, “el primer problema del agente…era su precio de venta”. Inmediatamente se pone a diseccionar, capítulo a capítulo, todos esos factores que convertidos en marcas, van configurando lo que aún, al parecer, seguimos queriendo llamar arte. ¿Por qué 12 millones y no por ejemplo 2?, ¿no resulta fácil pensar que si el problema era ese precio lo lógico hubiera sido eliminar ese problema?, ¿qué hacía necesario que fueran 12?, ¿qué hacía necesario que por ser 12 el asunto adquiriera tintes problemáticos (“El primer problema…”)? La respuesta, aunque desmenuzada, en las 340 páginas de apretada información.
Thompson sabe que el mundo del arte está conformado por aquellos que lo diseñan y controlan: los agentes (millonarios), las Casas de Subastas (millonarias), los coleccionistas (millonarios), algún director de museo y algún artista espabilado (millonario); esto es: está conformado por el dinero (que non olet). Según las pruebas concluyentes del autor todo en el mundo del arte se ordena en función del dinero, nada se deja al albur de cosas tan nimias como la estética, la belleza, la bondad, la justicia o la excelencia. Todas las partes embrolladas tienen claros sus objetivos, que por otra parte no podrían ser otros: los de entender que la cifra es determinante en el factor cualitativo de la obra. No puede haber obra de arte “buena” que no sea extraordinariamente cara. “Los coleccionistas experimentados no invierten demasiado tiempo en preocuparse por el significado. Si la obra es lo bastante cara como para que lleguen a preguntárselo al marchante o al coleccionista, probablemente éstos se limitarán a inventarse una leyenda con todo lujo de detalles”.
Todas las partes involucradas aportan su granito de arena para que el arte no pueda ser más que un gran negocio. Las Casas de Subasta han convertido el negocio de compraventa en un auténtico galimatías de ingeniería financiera. Pero siendo perfectos conocedores de las motivaciones de los millonarios (gente insegura, según Thompson, que carece de tiempo para la adquisición de conocimientos) los textos de venta de sus catálogos son más que significativos. Y siguen exudando el mismo tufo que exudan los textos de todas las Historia del Arte del Siglo XX: el sulfuroso aroma de la mitificación; de la mixtificación. El libro se encuentra plagado de ejemplos que explican el proceso de ascenso del precio de una obra. En la última parte del proceso puede encontrarse, precisamente, el texto para la catalogación de la Subasta. Ante la obra de Jeff Koons titulada New Hoover, Deluxe Shampoo Polisher, el catálogo de Sotheby’s decía, “Trata de las clases sociales y los roles de género, además del consumismo”. La obra, que como sabrá el lector era una pulidora de suelos en una vitrina de cristal, se vendió a 2,16 millones de dólares. Seguramente porque al comprador debió impresionarle la acumulación de significación simbólica, pues a tenor del texto publicitario, la posesión de la pulidora servía para cuestionar la iniquidad de las clases sociales, con lo que, a través de su posesión, podría mejorar la relación con su servicio doméstico. Además con la posesión de la pulidora les daba una lección a los empleados de su empresa, consumistas compulsivos todos ellos, y se congraciaba con todas las mujeres del mundo que se quejaron algún día del despotismo autoritario de su innecesaria masculinidad.
La verdad es que sólo un ciego (o un monstruo) puede seguir ejerciendo, ante estas circunstancias, su función de crítico o historiador del Arte como si nada pasara; como lo sucedido con Warhol, Emin, Koons, Chia, Schnabel,, Hirst, Kawara, Saatchi, Gagosian, Gonzalez-Torres, Cohen y Tremaine en las subastas nocturnas de Christie’s y Sotheby’s no fuera suficiente para tener que rehacer todos los presupuestos con los que se aborda el análisis del Arte Contemporáneo. Los tres libros citados ofrecen una idea mucho más cabal sobre lo que es el arte entendido desde el propio y pertinente concepto de Historia que los mismos libros de Historia del Arte que aún fundamentan sus imposiciones dogmáticas en lo que no pueden ser sino simples opiniones. Opiniones, además y esta vez, ya no fundamentadas en la Crítica (como sucedía hasta hace poco), sino en la más pura ingeniería financiera. Sólo un monstruo podría escribir una Historia del Arte actualizada sin analizar cómo afectan todos esos datos (de estos 3libros) en la propia narración histórica de los hechos. Sólo un inepto (o un monstruo) dejaría de usar, de forma retrospectiva, las conclusiones que de esos datos se desprenden.
viernes, junio 25, 2010
La mujer del hoy
El documental. Lo vi hace una semana pero fue realizado hace ahora nueve años. El tema de este documental, dirigido por la actriz Silvia Munt, es una aproximación biográfica a la figura de Gala, la que fue Musa de Salvador Dalí. Lo que en él se nos muestra es, por ir al grano, una magnificación del personaje protagonista. Así, una vez más, un documental biográfico como excusa para realizar un documental hagiográfico. Como vamos descubriendo a medida que se desarrolla el documental el tema es, efectivamente, Gala, pero el asunto es “Gala, mujer”. Matiz importante que no se deriva tanto de una interpretación personal del documento cuanto de una evidente intención autoral. De hecho, apenas aparece Dalí y cuando lo hace es de modo testimonial. Para el documento, el hecho de que Gala estuviera emparejada con Dalí es un elemento subsidiario, inevitable pero subsidiario. Lo que le importa al documento es, como digo, la mujer que hay en Gala. Y no tanto para concluir con aquel rancio y viejo tópico que decía que detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer cuanto para hablar de lo grande que fue Gala, y no tanto para decir que fue grande al lado del artista cuanto para decir que fue grande a pesar de estar junto a él (en este sentido se llega a sugerir que mucho de lo que hacía Dalí era ideado por Gala).
El documental muestra, con claridad y precisión, lo que siempre se supo de Gala. Así pues, el documental hace coincidir la leyenda con la verdad. Como es sabido, nunca se ocultó la rareza de la relación sentimental y sexual que mantuvo con Dalí, nunca se ocultaron sus compulsivas y continuas relaciones sexuales con jovencitos, nunca se ocultó su espíritu manipulador obsesivo ni su autoritarismo ni su avidez de dólares, y lo que hace el documental es precisamente confirmarlo, pero, ¡y aquí lo desconcertante!, confiriendo a esos aspectos una positividad magnificadora. En efecto: el egoísmo impenitente de Gala, su compulsión sexual casi pederástica (diferencias de 40, 50 y 60 años con sus amantes), su espíritu manipulador y su afición a la vida hedonista y contemplativa (sin trabajar) se trataban como las virtudes de una Gran Mujer, una Gran Mujer que podría representar a la “nueva mujer” del hoy, la “nueva mujer” del hoy que es producto de todos esos avances que, como los conseguidos por mujeres como ella, han ido permitiendo a la mujer del hoy ser lo que hoy es: una mujer parecida a Gala. Así Gala fue, bajo el punto de vista del documental, una mujer pionera respecto a lo que ahora se entiende por la mujer representativa del hoy.
En las charlas que varios amigos (hombres y mujeres) de Silvia Munt mantienen en el documental a modo de actualización refrescante de los hechos que se narran, las mujeres parecen admirar en muchos casos y envidiar en otros algunos de los aspectos más definitorios de esa Gran Mujer que para ellas fue Gala. Así, admiran, precisamente, todo lo que para ellas fueron virtudes: todas las citadas más arriba y que podrían resumirse en “hizo lo que le dio la gana“. Y puestos a no importarnos el propio Dalí como posible factor inductor de la personalidad de Gala (como tampoco le ha importado a Silvia Munt), nada nos induce a pensar que Gala fuera el producto de Dalí. Además eso es precisamente lo que el documental pretende en primera instancia: autonomizar a la mujer Gala.
Para Silvia Munt y toda su cohorte de amigos Gala fue sin duda una Gran Mujer, además de pionera y modelo. En un momento del film Silvia Munt le dice a un amigo en tono triunfalista: “cada vez hay más Galas”.
Durante muchos años se estuvo diciendo a los hombres que estaban equivocados por fundamentar su actitud vital en la promiscuidad (sobre todo cuando contenía tendencias paidofílicas), la obsesión por el dinero, el autoritarismo y el egoísmo. Y por eso se trataba de conculcar en ellos, los hombres, eso que verdaderamente les hacía falta: la capacidad de amar por encima de todas las miserias que se centraban en sus intereses primarios. Tal era lo que yo creía que, no sin razón, pedían las mujeres a los hombres después de reprocharles tanta inhumanidad (machista). Tal era lo que yo creía que las mujeres pedían a los hombres en su lucha por un mundo más justo (menos machista): más amor y menos egoísmo. Me equivocaba. Lo que sí está claro que querían es más igualdad. Y al menos por lo que concierne a la ética por fin la están consiguiendo. Amor, mucho amor.
El vídeo. No sabría decir con exactitud cuántas mujeres se encuentran allí dentro, pero todas se encuentran gobernadas por la misma emoción. Parece que se trata de un bar de copas, pero con la peculiaridad de que la clientela es sólo femenina. Puede que haya unas 200 mujeres y, curiosamente, todas ellas manifiestan una indudable alegría. Todas se encuentran sentadas, organizadas por grupos, habiéndolas de toda forma y condición. Para comunicarse entre ellas se hacen necesarios constantes acercamientos de boca a la oreja debido al alto volumen de la música que inunda la sala. El sonido del vídeo se corresponde con el sonido de esa sala que contiene unas 200 mujeres ebrias de alegría, sonido diegético pues. Un gran travelling nos ayuda a confirmar lo que sólo pudo ser una apresurada conjetura. Y en efecto, en esa especie de bar de copas se encuentran unas 200 mujeres extraordinariamente contentas. Pasados unos minutos sale un tipo fornido y vestido de policía. Ante la atenta mirada de todas esas mujeres el policía comienza a desnudarse al son de la música. Las mujeres ya no sólo parecen estar contentas sino que ahora, además, lo demuestran bailando al ritmo de esa misma música, pero sin levantarse de sus asientos. El policía ya se encuentra en paños menores y se va paseando por entre todas esas mujeres mientras se acaricia los pectorales, los abdominales y la entrepierna. Las mujeres que le circundan comienzan a gritar mientras alzan los brazos como en danza extática. El policía ha dejado de parecer un policía y ha pasado a ser un hombre prácticamente desnudo, algo grotesco, pero desnudo y bien formado. Ya no es él quien se acaricia a sí mismo, ahora son ellas las que lo acarician, unas veces conminadas por el propio striper y otras por la propia iniciativa de esas mujeres que no pueden ya controlar sus impulsos. Llegado un momento del show queda claro que las mujeres están desbaratadas, desatadas, descontroladas. El hombre escoge a una de ellas, seguramente después de haberlas estudiado mientras se despojaba del disfraz, la aparta de sus amigas, le agarra firmemente la cabeza y la empotra en sus genitales aún cubiertos por un liviano y ridículo tanga. Ella se deja hacer mientras mira a sus amigas entre risas y muestras de falso pudor. Las amigas se ríen y la señalan. El hombre tapa su acción con una toalla al tiempo que aprieta el rostro de ella contra su paquete. Ejerce un suave movimiento pélvico que hace enloquecer definitivamente al excitado público. Cuando retira la toalla el estado de excitación también queda reflejado bajo el ridículo calzoncillo. La chica se retira entre gestos que muestran perplejidad satisfactoria. El ex-policía vuelve al ataque acercándose ahora a todas las chicas que va encontrando a su paso. Se baja de vez en cuando el tanguilla para ir mostrando, en pequeñas dosis, su polla erecta y bamboleante (en efecto, creo que no hay lector medianamente inteligente que pudiera perdonarme un eufemismo a estas alturas de la corrida). Él va obligando a todas ellas, una por una, a ir cogiéndole la polla y a ejercer sobre ella unos ligeros movimientos libidinosos. Ellas, todas, reaccionan de forma extremadamente parecida: riéndose a carcajadas y alternando miradas a sus compañeras con miradas a la polla erecta. Y accediendo a la propuesta del desconocido bailongo. Todo es ya pura histeria colectiva. El hombre lo sabe, sabe que todo tiene su momento y que el espectáculo tiene sus tiempos. Ahora sabe que puede meter su polla en la boca de cualquiera de esas mujeres y sabe que no habrá nadie que la rechace. Lo sabe. Por eso va pasando de grupo en grupo y metiéndosela en la boca a todas una por una. A todas. Alguna parece, en efecto, reticente, pero el hombre sabe que también ella acabará por metérsela en la boca. El hombre sabe que las reticentes acaban siempre cediendo, sabe que las 199 mujeres restantes no le perdonarían a esa reticente su negativa. Y sabe que las reticentes sólo son reticentes durante el tiempo que dura la eternidad. Sabe que una vez tienen su polla en la boca la reticencia será historia, sólo historia. Por eso todas acaban chupándole la polla a ese musculoso desconocido. Todas. La carcajada, el grito, el baile y la música (a gran volumen) han sido los elementos suficientes y necesarios para que todas esas mujeres, todas, hayan acabado por meterse en la boca la polla de un desconocido. Éste es el vídeo que me mandaron el otro día a través de un mensaje electrónico. Un mensaje de esos que se envían masivamente y que acaba viendo todo el mundo tarde o temprano. Amor, mucho amor. E igualdad a manta.
La película. Hay cerca de mi casa uno de esos videoclubs magníficos en los que tienen prácticamente de todo. Su dueño es un sabidillo de esos que hace magnos esfuerzos por transmitirte en el mínimo tiempo posible todos sus conocimientos cinematográficos. Si el cliente es mujer entonces esos esfuerzos son ya paranormales. Y aliña sus comentarios con opiniones que no dejan lugar a duda acerca de sus inclinaciones, feministas. Parece ser que, al menos con las mujeres, le funciona bien. Una de las películas que aconseja a todas las mujeres, a todas, es una película en la que la protagonista es una mujer casada con un hombre extraordinario al que engaña con un hombre negro por el que se vuelve loca. La película adquiere su sentido durante el transcurso de una trama que consiste, precisamente, en un engaño del que ella no quiere sentirse culpable. Un engaño que no necesita excusas para producirse. Ella, simplemente, le engaña dejándose llevar por el deseo. Y la relación que mantiene con su amante es lo suficientemente satisfactoria para no querer renunciar a ella. En un momento avanzado de la película su hijo, un niño pequeño, se encuentra en el jardín mientras ella lo observa desde el interior de su casa. El niño está trepando por una barandilla con el incierto e inconsciente (por pueril) fin de saltar al exterior. La madre lo mira sabiendo perfectamente el peligro que está corriendo su hijo, sin embargo no reacciona, algo la mantiene paralizada mientras el niño continúa en su intento. Aunque reacciona tarda unos instantes en hacerlo. Nada tienen de casual los tiempos de reacción por parte de la madre en el enclave del guión y la trama. Es precisamente esa lentitud de reacción aquello por lo que esa mujer queda definida. Algo que al parecer en nada influye, desde la óptica feminista, sobre la caracterización ética del personaje. O mejor, desde la óptica feminista la actitud de ella no resulta reprobable por lo que a la ética se refiere porque antes que nada se encuentra su realización como persona/mujer. Es decir, cuando el dueño del videoclub aconseja la película es porque cree firmemente en el potencial feminista que se trasluce de una mujer a la que no le hacen falta excusas para hacer lo que le da la gana, por supuesto que con independencia de cualquier posible sentido de la ética. El dueño del videoclub NO ve maldad alguna por parte de la protagonista, sino que ve, más bien, a una mujer que ha conseguido reivindicarse a sí misma por encima de cualquier cosa que le suponga un impedimento de la Libertad. Ve a una mujer que, ¡por fin!, actúa sin las ataduras que la sociedad (machista) pretende imponer de forma subliminal a todas las mujeres. Ve a una mujer que se ha liberado, ¡por fin!, del constructo cultural y lingüístico que subyuga, en lo concerniente a los sentimientos y a la sexualidad, de forma pertinaz a todas las mujeres. La película se llama El secreto. Amor, mucho amor.
La noticia. Hará ahora casi un año salió en prensa una noticia en la que se afirmaba que las mujeres habían tomado las riendas de La Camorra italiana. Daban los nombres de las nuevas jefas y en el mismo titular se aseguraba que éstas llegaban a ser más crueles en sus castigos y venganzas que sus precedentes masculinos.
Hace unos días salió este titular en El País: “Dos mujeres dirigen una ETA muy dividida y debilitada”, y cuyo subtítulo rezaba: “La policía sitúa a Iratxe Sórzabal en la cúpula de la banda”. Igualdad, por fin mucha igualdad. Y amor, mucho amor.
El anuncio. La empresa de compra-venta Cash Converters ha publicado este anuncio: “¿Tu novio te ha puesto los cuernos? Véngate vendiendo los regalitos que te hizo”. Amor, mucho amor.
El documental muestra, con claridad y precisión, lo que siempre se supo de Gala. Así pues, el documental hace coincidir la leyenda con la verdad. Como es sabido, nunca se ocultó la rareza de la relación sentimental y sexual que mantuvo con Dalí, nunca se ocultaron sus compulsivas y continuas relaciones sexuales con jovencitos, nunca se ocultó su espíritu manipulador obsesivo ni su autoritarismo ni su avidez de dólares, y lo que hace el documental es precisamente confirmarlo, pero, ¡y aquí lo desconcertante!, confiriendo a esos aspectos una positividad magnificadora. En efecto: el egoísmo impenitente de Gala, su compulsión sexual casi pederástica (diferencias de 40, 50 y 60 años con sus amantes), su espíritu manipulador y su afición a la vida hedonista y contemplativa (sin trabajar) se trataban como las virtudes de una Gran Mujer, una Gran Mujer que podría representar a la “nueva mujer” del hoy, la “nueva mujer” del hoy que es producto de todos esos avances que, como los conseguidos por mujeres como ella, han ido permitiendo a la mujer del hoy ser lo que hoy es: una mujer parecida a Gala. Así Gala fue, bajo el punto de vista del documental, una mujer pionera respecto a lo que ahora se entiende por la mujer representativa del hoy.
En las charlas que varios amigos (hombres y mujeres) de Silvia Munt mantienen en el documental a modo de actualización refrescante de los hechos que se narran, las mujeres parecen admirar en muchos casos y envidiar en otros algunos de los aspectos más definitorios de esa Gran Mujer que para ellas fue Gala. Así, admiran, precisamente, todo lo que para ellas fueron virtudes: todas las citadas más arriba y que podrían resumirse en “hizo lo que le dio la gana“. Y puestos a no importarnos el propio Dalí como posible factor inductor de la personalidad de Gala (como tampoco le ha importado a Silvia Munt), nada nos induce a pensar que Gala fuera el producto de Dalí. Además eso es precisamente lo que el documental pretende en primera instancia: autonomizar a la mujer Gala.
Para Silvia Munt y toda su cohorte de amigos Gala fue sin duda una Gran Mujer, además de pionera y modelo. En un momento del film Silvia Munt le dice a un amigo en tono triunfalista: “cada vez hay más Galas”.
Durante muchos años se estuvo diciendo a los hombres que estaban equivocados por fundamentar su actitud vital en la promiscuidad (sobre todo cuando contenía tendencias paidofílicas), la obsesión por el dinero, el autoritarismo y el egoísmo. Y por eso se trataba de conculcar en ellos, los hombres, eso que verdaderamente les hacía falta: la capacidad de amar por encima de todas las miserias que se centraban en sus intereses primarios. Tal era lo que yo creía que, no sin razón, pedían las mujeres a los hombres después de reprocharles tanta inhumanidad (machista). Tal era lo que yo creía que las mujeres pedían a los hombres en su lucha por un mundo más justo (menos machista): más amor y menos egoísmo. Me equivocaba. Lo que sí está claro que querían es más igualdad. Y al menos por lo que concierne a la ética por fin la están consiguiendo. Amor, mucho amor.
El vídeo. No sabría decir con exactitud cuántas mujeres se encuentran allí dentro, pero todas se encuentran gobernadas por la misma emoción. Parece que se trata de un bar de copas, pero con la peculiaridad de que la clientela es sólo femenina. Puede que haya unas 200 mujeres y, curiosamente, todas ellas manifiestan una indudable alegría. Todas se encuentran sentadas, organizadas por grupos, habiéndolas de toda forma y condición. Para comunicarse entre ellas se hacen necesarios constantes acercamientos de boca a la oreja debido al alto volumen de la música que inunda la sala. El sonido del vídeo se corresponde con el sonido de esa sala que contiene unas 200 mujeres ebrias de alegría, sonido diegético pues. Un gran travelling nos ayuda a confirmar lo que sólo pudo ser una apresurada conjetura. Y en efecto, en esa especie de bar de copas se encuentran unas 200 mujeres extraordinariamente contentas. Pasados unos minutos sale un tipo fornido y vestido de policía. Ante la atenta mirada de todas esas mujeres el policía comienza a desnudarse al son de la música. Las mujeres ya no sólo parecen estar contentas sino que ahora, además, lo demuestran bailando al ritmo de esa misma música, pero sin levantarse de sus asientos. El policía ya se encuentra en paños menores y se va paseando por entre todas esas mujeres mientras se acaricia los pectorales, los abdominales y la entrepierna. Las mujeres que le circundan comienzan a gritar mientras alzan los brazos como en danza extática. El policía ha dejado de parecer un policía y ha pasado a ser un hombre prácticamente desnudo, algo grotesco, pero desnudo y bien formado. Ya no es él quien se acaricia a sí mismo, ahora son ellas las que lo acarician, unas veces conminadas por el propio striper y otras por la propia iniciativa de esas mujeres que no pueden ya controlar sus impulsos. Llegado un momento del show queda claro que las mujeres están desbaratadas, desatadas, descontroladas. El hombre escoge a una de ellas, seguramente después de haberlas estudiado mientras se despojaba del disfraz, la aparta de sus amigas, le agarra firmemente la cabeza y la empotra en sus genitales aún cubiertos por un liviano y ridículo tanga. Ella se deja hacer mientras mira a sus amigas entre risas y muestras de falso pudor. Las amigas se ríen y la señalan. El hombre tapa su acción con una toalla al tiempo que aprieta el rostro de ella contra su paquete. Ejerce un suave movimiento pélvico que hace enloquecer definitivamente al excitado público. Cuando retira la toalla el estado de excitación también queda reflejado bajo el ridículo calzoncillo. La chica se retira entre gestos que muestran perplejidad satisfactoria. El ex-policía vuelve al ataque acercándose ahora a todas las chicas que va encontrando a su paso. Se baja de vez en cuando el tanguilla para ir mostrando, en pequeñas dosis, su polla erecta y bamboleante (en efecto, creo que no hay lector medianamente inteligente que pudiera perdonarme un eufemismo a estas alturas de la corrida). Él va obligando a todas ellas, una por una, a ir cogiéndole la polla y a ejercer sobre ella unos ligeros movimientos libidinosos. Ellas, todas, reaccionan de forma extremadamente parecida: riéndose a carcajadas y alternando miradas a sus compañeras con miradas a la polla erecta. Y accediendo a la propuesta del desconocido bailongo. Todo es ya pura histeria colectiva. El hombre lo sabe, sabe que todo tiene su momento y que el espectáculo tiene sus tiempos. Ahora sabe que puede meter su polla en la boca de cualquiera de esas mujeres y sabe que no habrá nadie que la rechace. Lo sabe. Por eso va pasando de grupo en grupo y metiéndosela en la boca a todas una por una. A todas. Alguna parece, en efecto, reticente, pero el hombre sabe que también ella acabará por metérsela en la boca. El hombre sabe que las reticentes acaban siempre cediendo, sabe que las 199 mujeres restantes no le perdonarían a esa reticente su negativa. Y sabe que las reticentes sólo son reticentes durante el tiempo que dura la eternidad. Sabe que una vez tienen su polla en la boca la reticencia será historia, sólo historia. Por eso todas acaban chupándole la polla a ese musculoso desconocido. Todas. La carcajada, el grito, el baile y la música (a gran volumen) han sido los elementos suficientes y necesarios para que todas esas mujeres, todas, hayan acabado por meterse en la boca la polla de un desconocido. Éste es el vídeo que me mandaron el otro día a través de un mensaje electrónico. Un mensaje de esos que se envían masivamente y que acaba viendo todo el mundo tarde o temprano. Amor, mucho amor. E igualdad a manta.
La película. Hay cerca de mi casa uno de esos videoclubs magníficos en los que tienen prácticamente de todo. Su dueño es un sabidillo de esos que hace magnos esfuerzos por transmitirte en el mínimo tiempo posible todos sus conocimientos cinematográficos. Si el cliente es mujer entonces esos esfuerzos son ya paranormales. Y aliña sus comentarios con opiniones que no dejan lugar a duda acerca de sus inclinaciones, feministas. Parece ser que, al menos con las mujeres, le funciona bien. Una de las películas que aconseja a todas las mujeres, a todas, es una película en la que la protagonista es una mujer casada con un hombre extraordinario al que engaña con un hombre negro por el que se vuelve loca. La película adquiere su sentido durante el transcurso de una trama que consiste, precisamente, en un engaño del que ella no quiere sentirse culpable. Un engaño que no necesita excusas para producirse. Ella, simplemente, le engaña dejándose llevar por el deseo. Y la relación que mantiene con su amante es lo suficientemente satisfactoria para no querer renunciar a ella. En un momento avanzado de la película su hijo, un niño pequeño, se encuentra en el jardín mientras ella lo observa desde el interior de su casa. El niño está trepando por una barandilla con el incierto e inconsciente (por pueril) fin de saltar al exterior. La madre lo mira sabiendo perfectamente el peligro que está corriendo su hijo, sin embargo no reacciona, algo la mantiene paralizada mientras el niño continúa en su intento. Aunque reacciona tarda unos instantes en hacerlo. Nada tienen de casual los tiempos de reacción por parte de la madre en el enclave del guión y la trama. Es precisamente esa lentitud de reacción aquello por lo que esa mujer queda definida. Algo que al parecer en nada influye, desde la óptica feminista, sobre la caracterización ética del personaje. O mejor, desde la óptica feminista la actitud de ella no resulta reprobable por lo que a la ética se refiere porque antes que nada se encuentra su realización como persona/mujer. Es decir, cuando el dueño del videoclub aconseja la película es porque cree firmemente en el potencial feminista que se trasluce de una mujer a la que no le hacen falta excusas para hacer lo que le da la gana, por supuesto que con independencia de cualquier posible sentido de la ética. El dueño del videoclub NO ve maldad alguna por parte de la protagonista, sino que ve, más bien, a una mujer que ha conseguido reivindicarse a sí misma por encima de cualquier cosa que le suponga un impedimento de la Libertad. Ve a una mujer que, ¡por fin!, actúa sin las ataduras que la sociedad (machista) pretende imponer de forma subliminal a todas las mujeres. Ve a una mujer que se ha liberado, ¡por fin!, del constructo cultural y lingüístico que subyuga, en lo concerniente a los sentimientos y a la sexualidad, de forma pertinaz a todas las mujeres. La película se llama El secreto. Amor, mucho amor.
La noticia. Hará ahora casi un año salió en prensa una noticia en la que se afirmaba que las mujeres habían tomado las riendas de La Camorra italiana. Daban los nombres de las nuevas jefas y en el mismo titular se aseguraba que éstas llegaban a ser más crueles en sus castigos y venganzas que sus precedentes masculinos.
Hace unos días salió este titular en El País: “Dos mujeres dirigen una ETA muy dividida y debilitada”, y cuyo subtítulo rezaba: “La policía sitúa a Iratxe Sórzabal en la cúpula de la banda”. Igualdad, por fin mucha igualdad. Y amor, mucho amor.
El anuncio. La empresa de compra-venta Cash Converters ha publicado este anuncio: “¿Tu novio te ha puesto los cuernos? Véngate vendiendo los regalitos que te hizo”. Amor, mucho amor.
sábado, junio 19, 2010
Expertos en Arte (y espectadores acobardados) V
En una entrevista realizada para un dominical (El País Semanal), el crítico Robert Hughes nos decía acerca de la experiencia de contemplar Arte: “la imagen no sustituye nuestras experiencias reales o las que nos proporciona el arte”. Todo, pues, parece ir por buen camino, si bien es cierto que no está diciendo nada que no sepamos todos. Poco más adelante, y respecto a la fama conseguida por el crítico, la periodista le pregunta: “Creo que su secreto, lo que lo ha hecho famoso, es decir lo que piensa sobre lo que ve”. A lo que Hughes contesta: “No tengo ni idea. Digo lo que pienso, sí, claro”. De lo que se trasluce que, o bien que Hughes se siente incómodo ante la pregunta, o bien que se trata de una pregunta que le pilla por sorpresa. De hecho, después de decir que no tiene ni idea, no sólo contesta con una afirmación, sino que además la hace tajante.
Después de explicar Hughes sus inicios en la crítica, la entrevistadora le sugiere: “Y entonces se puso a explicar si los cuadros que veía le parecían bonitos o feos, maravillosos o repugnantes”. A lo que el crítico que se hizo famoso escribiendo en la revista Time diciendo lo que pensaba responde: “Bueno, en realidad, un crítico nunca debe hacer eso. Lo que debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”. Con lo que, como puede verse, estamos en lo de siempre. Pero observen el significativo desliz: llama lectores, y no espectadores, a quienes necesitan explicaciones.
La afirmación de Hughes (“Bueno, en realidad, un crítico nunca debe hacer eso. Lo que debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”), tanto por lo que hay en ella de implícito por lo que hay de explícito, significa:
Primero, que hay algo que comprender en el Arte; segundo, que hay que comprenderlo a través del discurso verbal; tercero, que hay una forma apropiada de comprenderlo; cuarto, que el experto es la persona idónea para orientar en la comprensión; y quinto, que si alguien no lo comprende de esa forma apropiada (la que le ha sido explicada) vivirá en el Limbo de la ignorancia y/o la insensibilidad. La clave, quizás se encuentre en el tercer punto, puesto que si verdaderamente no hubiera una forma determinada de comprenderlo, no harían falta ni el segundo ni el cuarto. Porque además, las mismas palabras del experto son tan significativas como representativas: su función no es explicarnos el Arte a los espectadores, sino “explicar a los lectores lo que hace que aquello sea arte”. Y sólo podrá algo ser Arte en la explicación del experto.
Así, la Realidad del Arte tiene UNA explicación y la figura del experto es crucial porque es la que confiere sentido a esa Realidad. Pero si aceptamos que el Arte tiene UNA explicación deberemos aceptar que la experiencia de contemplación del Arte no puede ser una experiencia libre. Es decir, la existencia del experto sólo se entiende si aceptamos que hay una sola forma de entender el Arte: la adecuada. O lo que es lo mismo: la existencia del Arte sólo se entiende desde la existencia de los expertos. No sólo porque ellos lo digan (como Hughes), sino porque, de otra forma no tendría sentido tanta información por ellos transmitida, la que después de todo configura la Realidad. Cuando Hughes dice que su función es “explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte” lo que está haciendo no es abrir vías posibles de interpretación, lo que está haciendo es inculcar la idea de Arte sobre un producto que ha generado duda acerca del mismo estatus con el que se nos presenta (el de Arte)*.
Nos decía Hughes que desde luego decía siempre lo que pensaba, y la entrevistadora nos venía a corroborar lo que muchos sabíamos: que la fama del experto se había debido, fundamentalmente, al atrevimiento de pronunciar lo que le parecía. Así, por una parte Hughes afirma que efectivamente siempre dice lo que le parece, pero por otra dice que explicar los cuadros no consiste en decir si le parecían bonitos o feos, maravillosos o repugnantes, ya que “en realidad un crítico nunca debe hacer eso. Lo que sí debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”
¿En qué consiste, entonces, decir lo que le parecen unos cuadros si no es diciendo lo que le parecen? La respuesta nos la da el propio experto al final de la misma contestación: “Lo importante del trabajo de un crítico de arte es desmenuzar esa acumulación de significados, no el hecho de que yo piense que aquella obra es bonita o fea”. De tal forma, tenemos que aceptar que efectivamente, y definitivamente, dadas las premisas con las que el Arte se nos presenta, la experiencia del espectador no puede ser subjetiva, es decir, no puede ser libre. Y por eso, y para eso, están los expertos: para explicarnos la forma adecuada de enfrentarnos al Arte.
Por una parte, entonces, están los espectadores que demandan explicaciones de por qué algo es Arte y por otra los expertos que son quienes dan las explicaciones del por qué algo lo es. Así, según nuestro experto, la prueba de que algo sea Arte se encuentra en su explicación, por lo que una vez pronunciada por él y entendida por el espectador que la demanda sólo los cerriles seguirán dudando acerca del estatus del “objeto” que ha provocado la duda. Incluso aunque les gustara el objeto que ha suscitado la explicación.
Ante tanta contradicción le cabría pensar al espectador desorientado que por lo menos le queda la Teoría, ese único artefacto posible con el que poder entender las contradicciones del experto. Es por eso, quizás, que Robert Hughes nos inste a no dejarnos intimidar por las presiones de la Institución y por eso nos dice en la misma entrevista: “No hay que dejarse intimidar por la teoría; la teoría tiene su papel, que es orientar la mirada, pero no puede suplantar a la experiencia que produce el arte. El arte es, para mí, sobre todo una experiencia”.*
*Nota 1. Precisamente Hughes es un excelente crítico porque es uno de los pocos que con sus textos sí abre vías interpretativas de las Obras de Arte “diciendo lo que le parece”. Por eso conviene diferenciar en Hughes la labor de crítico, que explica la Obra de Arte produciendo opiniones excelentes, y el conocimiento de aquello que en principio le capacita para producir esas opiniones, la Teoría. En lo primero es excelente, en lo segundo deja tanto de desear como la mayoría de exégetas del Arte Moderno y Contemporáneo. Cuando se le presiona para que justifique sus opiniones sólo balbucea, como puede comprobarse en la entrevista. Y lo hace aun cuando sus opiniones sobre las Obras concretas sean excelentes.
*Nota 2. Respecto a lo de que “El arte es experiencia” ver lo que se decía en un post anterior respecto a la definición de Arte expresada por otro experto (jueves, 11 de Marzo): “El arte es intensidad, y es experiencia, experiencia del mundo. Algo que une a los hombres en lugar de separarlos. Un lugar donde nos encontramos mucha gente de diversa procedencia ante obras que nos interrogan”. (J.M. Bonet, exdirector de varios museos).
Después de explicar Hughes sus inicios en la crítica, la entrevistadora le sugiere: “Y entonces se puso a explicar si los cuadros que veía le parecían bonitos o feos, maravillosos o repugnantes”. A lo que el crítico que se hizo famoso escribiendo en la revista Time diciendo lo que pensaba responde: “Bueno, en realidad, un crítico nunca debe hacer eso. Lo que debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”. Con lo que, como puede verse, estamos en lo de siempre. Pero observen el significativo desliz: llama lectores, y no espectadores, a quienes necesitan explicaciones.
La afirmación de Hughes (“Bueno, en realidad, un crítico nunca debe hacer eso. Lo que debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”), tanto por lo que hay en ella de implícito por lo que hay de explícito, significa:
Primero, que hay algo que comprender en el Arte; segundo, que hay que comprenderlo a través del discurso verbal; tercero, que hay una forma apropiada de comprenderlo; cuarto, que el experto es la persona idónea para orientar en la comprensión; y quinto, que si alguien no lo comprende de esa forma apropiada (la que le ha sido explicada) vivirá en el Limbo de la ignorancia y/o la insensibilidad. La clave, quizás se encuentre en el tercer punto, puesto que si verdaderamente no hubiera una forma determinada de comprenderlo, no harían falta ni el segundo ni el cuarto. Porque además, las mismas palabras del experto son tan significativas como representativas: su función no es explicarnos el Arte a los espectadores, sino “explicar a los lectores lo que hace que aquello sea arte”. Y sólo podrá algo ser Arte en la explicación del experto.
Así, la Realidad del Arte tiene UNA explicación y la figura del experto es crucial porque es la que confiere sentido a esa Realidad. Pero si aceptamos que el Arte tiene UNA explicación deberemos aceptar que la experiencia de contemplación del Arte no puede ser una experiencia libre. Es decir, la existencia del experto sólo se entiende si aceptamos que hay una sola forma de entender el Arte: la adecuada. O lo que es lo mismo: la existencia del Arte sólo se entiende desde la existencia de los expertos. No sólo porque ellos lo digan (como Hughes), sino porque, de otra forma no tendría sentido tanta información por ellos transmitida, la que después de todo configura la Realidad. Cuando Hughes dice que su función es “explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte” lo que está haciendo no es abrir vías posibles de interpretación, lo que está haciendo es inculcar la idea de Arte sobre un producto que ha generado duda acerca del mismo estatus con el que se nos presenta (el de Arte)*.
Nos decía Hughes que desde luego decía siempre lo que pensaba, y la entrevistadora nos venía a corroborar lo que muchos sabíamos: que la fama del experto se había debido, fundamentalmente, al atrevimiento de pronunciar lo que le parecía. Así, por una parte Hughes afirma que efectivamente siempre dice lo que le parece, pero por otra dice que explicar los cuadros no consiste en decir si le parecían bonitos o feos, maravillosos o repugnantes, ya que “en realidad un crítico nunca debe hacer eso. Lo que sí debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”
¿En qué consiste, entonces, decir lo que le parecen unos cuadros si no es diciendo lo que le parecen? La respuesta nos la da el propio experto al final de la misma contestación: “Lo importante del trabajo de un crítico de arte es desmenuzar esa acumulación de significados, no el hecho de que yo piense que aquella obra es bonita o fea”. De tal forma, tenemos que aceptar que efectivamente, y definitivamente, dadas las premisas con las que el Arte se nos presenta, la experiencia del espectador no puede ser subjetiva, es decir, no puede ser libre. Y por eso, y para eso, están los expertos: para explicarnos la forma adecuada de enfrentarnos al Arte.
Por una parte, entonces, están los espectadores que demandan explicaciones de por qué algo es Arte y por otra los expertos que son quienes dan las explicaciones del por qué algo lo es. Así, según nuestro experto, la prueba de que algo sea Arte se encuentra en su explicación, por lo que una vez pronunciada por él y entendida por el espectador que la demanda sólo los cerriles seguirán dudando acerca del estatus del “objeto” que ha provocado la duda. Incluso aunque les gustara el objeto que ha suscitado la explicación.
Ante tanta contradicción le cabría pensar al espectador desorientado que por lo menos le queda la Teoría, ese único artefacto posible con el que poder entender las contradicciones del experto. Es por eso, quizás, que Robert Hughes nos inste a no dejarnos intimidar por las presiones de la Institución y por eso nos dice en la misma entrevista: “No hay que dejarse intimidar por la teoría; la teoría tiene su papel, que es orientar la mirada, pero no puede suplantar a la experiencia que produce el arte. El arte es, para mí, sobre todo una experiencia”.*
*Nota 1. Precisamente Hughes es un excelente crítico porque es uno de los pocos que con sus textos sí abre vías interpretativas de las Obras de Arte “diciendo lo que le parece”. Por eso conviene diferenciar en Hughes la labor de crítico, que explica la Obra de Arte produciendo opiniones excelentes, y el conocimiento de aquello que en principio le capacita para producir esas opiniones, la Teoría. En lo primero es excelente, en lo segundo deja tanto de desear como la mayoría de exégetas del Arte Moderno y Contemporáneo. Cuando se le presiona para que justifique sus opiniones sólo balbucea, como puede comprobarse en la entrevista. Y lo hace aun cuando sus opiniones sobre las Obras concretas sean excelentes.
*Nota 2. Respecto a lo de que “El arte es experiencia” ver lo que se decía en un post anterior respecto a la definición de Arte expresada por otro experto (jueves, 11 de Marzo): “El arte es intensidad, y es experiencia, experiencia del mundo. Algo que une a los hombres en lugar de separarlos. Un lugar donde nos encontramos mucha gente de diversa procedencia ante obras que nos interrogan”. (J.M. Bonet, exdirector de varios museos).
domingo, junio 13, 2010
Cautivos del mal
Vivimos los restos. O mejor, somos los restos del acontecer de los últimos 20 años. También, claro, de toda nuestra historia, pero sobre todo de los últimos 20 años. Hemos ido creando desde 1992 (Guerra del Golfo, Primera crisis económica mundial, Inicios de Internet, Fin de la Historia, Muerte del Arte, de la Novela y otros, Movimientos migratorios a gran escala, Recomposición de grupos terroristas internacionales, etc.) las condiciones en las que ahora, por fin, nos movemos como peces en el agua. Peces moribundos en aguas pútridas. Los sujetos de los países civilizados somos, ya, el perfecto producto de una voluntad colectiva. Una voluntad que siendo colectiva no deja de ser, a su vez y valga la paradoja, el producto de irresponsabilidades tan individuales como individualistas. Todos somos, por fin, lo mismo. No ha sido Dios sino nuestro individualismo quien ha conseguido hermanarnos.
Y las soluciones que nos han ido proponiendo para sobrevivir a todo ese caos no han servido para nada. Seguramente porque, como en seguida veremos, ninguna de ellas tenía en cuenta el verdadero carácter actual del alma humana. Todos los “sanadores” han ido fracasando porque desconocían las verdaderas cualidades del actual alma humana. La filosofía New Age y la Autoayuda no han servido más que para precipitarnos en el foso. Por ejemplo, llegaba alguien y usaba todo un formato libro para decirnos: “somos lo que comemos”. Y vendía en una semana más libros de los que Camus vendió en toda su vida. Ante este complejo lema filosófico-gastronómico la gente respondía, masivamente, abriendo la boca en gesto sorpresivo y comiendo legumbres a manta. Pero la insatisfacción permanecía.
Después llegaba otro y usaba otro libro entero para decirnos: “somos lo que leemos”, y la gente se ponía a leer cuentos, también con la boca abierta (esta vez para poder entender mejor por su falta de costumbre). Y mientras, otro que vestía una túnica naranja, insistía en que “somos pura energía” y recomendaba alimentar nuestra subsidiaria estructura física con brócoli y sirope de arce. Da igual que las excéntricas frases fueran dichas, al alimón, por empresas hortofrutícolas, intelectuales orgánicos (orgánicos respecto a sus intenciones avida dolars) y aburridos monjes tibetanos. La cuestión es que llevamos cerca de 20 años usando los libros como supositorios. Y haciéndoles mucho caso a horteras lemas naifs inventados por empresas de marketing que sólo querían medrar. Unos lemas que sólo han dado muestras de ineficacia, pues no han sacado a la gente de su desconcierto y de su infelicidad. Todo el acontecer real de los caóticos hechos, en su digna persistencia, no pensó desaparecer nunca a partir de cosas como el yoga, el tai chi, la meditación, las verduras, la danza del vientre, la música relajante o las castañuelas.
En los restos, todos los posibles lemas han sido sustituidos por una máxima instalada en el sujeto del hoy de forma silenciosa, pero tácita: “sálvese quien pueda”. Una máxima que nadie se atreve a considerar, pero que se encuentra ahí, de forma subliminal, colgada de nuestras orejas: siendo susurrada a todos los individuos de las sociedades civilizadas. Individuos que por seguir a rajatabla esa máxima (la única demostradamente eficaz para los intereses particulares de todos sus seguidores) han ido deshumanizando las relaciones con sus semejantes. Así, es cierto que por fin nos encontremos hermanados todos los seres humanos, pero a la manera de Caín.
En cualquier caso, nadie nos dijo nunca algo tan sencillo y tan monstruoso como que en realidad “somos quienes queremos” y tampoco que lo somos muchas veces incluso en contra de nuestra voluntad. En efecto, una cosa es que, debido a la inercia de nuestros intereses más individuales, seamos lo que no hemos podido dejar de ser y otra que nos sintamos satisfechos de ser quienes somos. Es decir, yo me encuentro definido por mis actos con independencia de que estos sean a veces éticamente reprobables. La frase (“somos quienes queremos”), todo se ha de decir, es políticamente incorrecta en estos tiempos de relativización absoluta (valga la paradoja). Y la relativización hiperbólica es una fuente maldad ya que, precisamente, es por ella por la que no hay forma cabal de distinguir niveles, estadios, categorías, valores, virtudes. Gracias a la instauración del relativismo no hay posibilidad de distinguir con claridad lo bueno de lo malo. De eso se trataba. Y por eso, en esas estamos. Ya lo decía Gombrich, aunque para otros efectos: ¿Qué sentido puede ya tener la palabra Grande ante la publicidad de un producto que ofrece tres tamaños distintos, Grande, Jumbo y Mamut? Y quien dice Grande dice Bello, Bueno, Virtuoso.
Así, y después de todo, sólo “somos quienes queremos (ser)”. No quienes nos gustaría ser, sino quienes acabamos siendo. “Por sus actos los reconoceréis” se nos decía en antaño, y no deja de ser cierto. Somos quienes somos por lo que hacemos y no por lo que podríamos hacer. La película Cautivos del mal da perfecta cuenta de cómo las debilidades humanas nos conforman. O mejor: da perfecta cuenta de cómo los seres “normales” tienen todos un demonio dentro pugnando por salir al exterior en algún momento. Los tres personajes reunidos por el productor Peebbles (Walter Pidgeon) desprecian al odioso Jonathan Shields (Kirk Douglas) porque, según ellos mismos, los utilizó con fines espurios; es decir, lo desprecian porque, según ellos mismos, los utilizó para conseguir su particular objetivo, los utilizó para medrar. Lo que demuestra la película a base de tres historias contadas en flashbacks es que los tres personajes fueron siguiendo a Shields en función de sus propios intereses y que fue precisamente Shields quien les fue proporcionando lo que necesitaban para lograr ese fin, que a la postre no es otro que conseguir sus particulares intereses dentro de sus profesiones respectivas. Se nos presenta a Shields como un ser egoísta y despiadado por oposición a tres seres “normales” que se sienten usados por el malvado, pero poco a poco vamos descubriendo que los tres seres “normales” han ido concediendo ante todo aquello que pudiera acercarles a su objetivo, haciendo lo que fuera menester y creyendo fervientemente en aquello que sólo formaba parte de su fantasía.
Un perfecto engranaje de ocultaciones, falsas verdades, mentiras piadosas, sinceridades maléficas, en donde todos los personajes se mueven sinuosamente en torno a sus primordiales intereses. Lo que les hace actuar de determinada manera a la actriz Georgia Lorrison (Lana Turner), al escritor James Lee Barrow (Dick Powell) y al director Fred Amiel (Barry Sullivan) no son, después de todo, las pautas impuestas por Shields, sino su misma ansia de medrar a costa casi de lo que sea. Ninguno de los tres hubiera llegado a nada sin la “ayuda” de Shields y ninguno de los tres supo renunciar a su “ayuda” por miedo a no recibirla de otra parte. Lo único que diferencia a Shields de sus amigos es la premeditación y por tanto sus actos, que se sitúan en función del uso de una estrategia. Pero por otra parte es también el único que se conoce a sí mismo y así el único que no se engaña a sí mismo. Él es malo y lo sabe, por lo que su maldad contiene siempre un límite; es cautivo del mal. Los otros tres, más “normales”, son los que descubren el mal porque les cautiva y les acoge. Pero nunca son conscientes de ello. Para ellos el mal siempre está afuera, en gente como Shields.
Los personajes de Cautivos del mal son la perfecta representación del sujeto del hoy. Son personas que priman sus particulares intereses por encima de cualquier sentido de la ética que les pueda impedir alcanzar sus objetivos. Son, ya, el perfecto producto de la voluntad colectiva de los países civilizados. Una voluntad que siendo colectiva no deja de ser, a su vez y valga la paradoja, el producto de unas irresponsabilidades tan individuales como individualistas. Todos somos, por fin, lo mismo. No ha sido Dios sino nuestro individualismo quien ha conseguido hermanarnos. Todos somos Caín. No son pues sólo los políticos los que nos pervierten con sus malvados actos. Somos nosotros también quienes les hemos dado a los políticos las pautas de comportamiento. Ellos pueden ser Shields, pero nosotros somos Georgia, James Lee y Fred. En todo caso existe una perfecta retroalimentación entre el cautivo del mal y el cautivado por el mal. Todos son, en cualquier caso, quienes quieren. Todos somos quienes queremos.
Y en efecto; en los tiempos actuales resulta difícil encontrar una máxima más REAL que el “sálvese quien pueda”. Una máxima con la que se nos insta a diario, y a todos, a salvarnos... si podemos. Un lema instigado y propagado, sin alharacas, por quien nos lo susurra al oído, uno a uno, a todos los individuos de las sociedades civilizadas; “quien pueda, que se salve”. No se trata, pues, del arcaico y novelesco “sálvese quien pueda” gritado (por un héroe ebrio de impotencia) a instancias de la desesperación provocada por factores ajenos a nosotros mismos. No, esta vez se trata de un “sálvese quien pueda” susurrado por alguien que al parecer carece de rostro; o mejor: que sólo lo adquiere ante un reflejo especular. Una Medusa que emerge ante la desesperación provocada por nuestra inconsecuencia. Nosotros somos Medusa. Y la máxima nos guía en todas y cada una de nuestras decisiones. Como les guía a Georgia, James Lee y Fred, que tan prontamente juzgan a los demás como tan prontamente se olvidan de juzgarse a sí mismos.
Y las soluciones que nos han ido proponiendo para sobrevivir a todo ese caos no han servido para nada. Seguramente porque, como en seguida veremos, ninguna de ellas tenía en cuenta el verdadero carácter actual del alma humana. Todos los “sanadores” han ido fracasando porque desconocían las verdaderas cualidades del actual alma humana. La filosofía New Age y la Autoayuda no han servido más que para precipitarnos en el foso. Por ejemplo, llegaba alguien y usaba todo un formato libro para decirnos: “somos lo que comemos”. Y vendía en una semana más libros de los que Camus vendió en toda su vida. Ante este complejo lema filosófico-gastronómico la gente respondía, masivamente, abriendo la boca en gesto sorpresivo y comiendo legumbres a manta. Pero la insatisfacción permanecía.
Después llegaba otro y usaba otro libro entero para decirnos: “somos lo que leemos”, y la gente se ponía a leer cuentos, también con la boca abierta (esta vez para poder entender mejor por su falta de costumbre). Y mientras, otro que vestía una túnica naranja, insistía en que “somos pura energía” y recomendaba alimentar nuestra subsidiaria estructura física con brócoli y sirope de arce. Da igual que las excéntricas frases fueran dichas, al alimón, por empresas hortofrutícolas, intelectuales orgánicos (orgánicos respecto a sus intenciones avida dolars) y aburridos monjes tibetanos. La cuestión es que llevamos cerca de 20 años usando los libros como supositorios. Y haciéndoles mucho caso a horteras lemas naifs inventados por empresas de marketing que sólo querían medrar. Unos lemas que sólo han dado muestras de ineficacia, pues no han sacado a la gente de su desconcierto y de su infelicidad. Todo el acontecer real de los caóticos hechos, en su digna persistencia, no pensó desaparecer nunca a partir de cosas como el yoga, el tai chi, la meditación, las verduras, la danza del vientre, la música relajante o las castañuelas.
En los restos, todos los posibles lemas han sido sustituidos por una máxima instalada en el sujeto del hoy de forma silenciosa, pero tácita: “sálvese quien pueda”. Una máxima que nadie se atreve a considerar, pero que se encuentra ahí, de forma subliminal, colgada de nuestras orejas: siendo susurrada a todos los individuos de las sociedades civilizadas. Individuos que por seguir a rajatabla esa máxima (la única demostradamente eficaz para los intereses particulares de todos sus seguidores) han ido deshumanizando las relaciones con sus semejantes. Así, es cierto que por fin nos encontremos hermanados todos los seres humanos, pero a la manera de Caín.
En cualquier caso, nadie nos dijo nunca algo tan sencillo y tan monstruoso como que en realidad “somos quienes queremos” y tampoco que lo somos muchas veces incluso en contra de nuestra voluntad. En efecto, una cosa es que, debido a la inercia de nuestros intereses más individuales, seamos lo que no hemos podido dejar de ser y otra que nos sintamos satisfechos de ser quienes somos. Es decir, yo me encuentro definido por mis actos con independencia de que estos sean a veces éticamente reprobables. La frase (“somos quienes queremos”), todo se ha de decir, es políticamente incorrecta en estos tiempos de relativización absoluta (valga la paradoja). Y la relativización hiperbólica es una fuente maldad ya que, precisamente, es por ella por la que no hay forma cabal de distinguir niveles, estadios, categorías, valores, virtudes. Gracias a la instauración del relativismo no hay posibilidad de distinguir con claridad lo bueno de lo malo. De eso se trataba. Y por eso, en esas estamos. Ya lo decía Gombrich, aunque para otros efectos: ¿Qué sentido puede ya tener la palabra Grande ante la publicidad de un producto que ofrece tres tamaños distintos, Grande, Jumbo y Mamut? Y quien dice Grande dice Bello, Bueno, Virtuoso.
Así, y después de todo, sólo “somos quienes queremos (ser)”. No quienes nos gustaría ser, sino quienes acabamos siendo. “Por sus actos los reconoceréis” se nos decía en antaño, y no deja de ser cierto. Somos quienes somos por lo que hacemos y no por lo que podríamos hacer. La película Cautivos del mal da perfecta cuenta de cómo las debilidades humanas nos conforman. O mejor: da perfecta cuenta de cómo los seres “normales” tienen todos un demonio dentro pugnando por salir al exterior en algún momento. Los tres personajes reunidos por el productor Peebbles (Walter Pidgeon) desprecian al odioso Jonathan Shields (Kirk Douglas) porque, según ellos mismos, los utilizó con fines espurios; es decir, lo desprecian porque, según ellos mismos, los utilizó para conseguir su particular objetivo, los utilizó para medrar. Lo que demuestra la película a base de tres historias contadas en flashbacks es que los tres personajes fueron siguiendo a Shields en función de sus propios intereses y que fue precisamente Shields quien les fue proporcionando lo que necesitaban para lograr ese fin, que a la postre no es otro que conseguir sus particulares intereses dentro de sus profesiones respectivas. Se nos presenta a Shields como un ser egoísta y despiadado por oposición a tres seres “normales” que se sienten usados por el malvado, pero poco a poco vamos descubriendo que los tres seres “normales” han ido concediendo ante todo aquello que pudiera acercarles a su objetivo, haciendo lo que fuera menester y creyendo fervientemente en aquello que sólo formaba parte de su fantasía.
Un perfecto engranaje de ocultaciones, falsas verdades, mentiras piadosas, sinceridades maléficas, en donde todos los personajes se mueven sinuosamente en torno a sus primordiales intereses. Lo que les hace actuar de determinada manera a la actriz Georgia Lorrison (Lana Turner), al escritor James Lee Barrow (Dick Powell) y al director Fred Amiel (Barry Sullivan) no son, después de todo, las pautas impuestas por Shields, sino su misma ansia de medrar a costa casi de lo que sea. Ninguno de los tres hubiera llegado a nada sin la “ayuda” de Shields y ninguno de los tres supo renunciar a su “ayuda” por miedo a no recibirla de otra parte. Lo único que diferencia a Shields de sus amigos es la premeditación y por tanto sus actos, que se sitúan en función del uso de una estrategia. Pero por otra parte es también el único que se conoce a sí mismo y así el único que no se engaña a sí mismo. Él es malo y lo sabe, por lo que su maldad contiene siempre un límite; es cautivo del mal. Los otros tres, más “normales”, son los que descubren el mal porque les cautiva y les acoge. Pero nunca son conscientes de ello. Para ellos el mal siempre está afuera, en gente como Shields.
Los personajes de Cautivos del mal son la perfecta representación del sujeto del hoy. Son personas que priman sus particulares intereses por encima de cualquier sentido de la ética que les pueda impedir alcanzar sus objetivos. Son, ya, el perfecto producto de la voluntad colectiva de los países civilizados. Una voluntad que siendo colectiva no deja de ser, a su vez y valga la paradoja, el producto de unas irresponsabilidades tan individuales como individualistas. Todos somos, por fin, lo mismo. No ha sido Dios sino nuestro individualismo quien ha conseguido hermanarnos. Todos somos Caín. No son pues sólo los políticos los que nos pervierten con sus malvados actos. Somos nosotros también quienes les hemos dado a los políticos las pautas de comportamiento. Ellos pueden ser Shields, pero nosotros somos Georgia, James Lee y Fred. En todo caso existe una perfecta retroalimentación entre el cautivo del mal y el cautivado por el mal. Todos son, en cualquier caso, quienes quieren. Todos somos quienes queremos.
Y en efecto; en los tiempos actuales resulta difícil encontrar una máxima más REAL que el “sálvese quien pueda”. Una máxima con la que se nos insta a diario, y a todos, a salvarnos... si podemos. Un lema instigado y propagado, sin alharacas, por quien nos lo susurra al oído, uno a uno, a todos los individuos de las sociedades civilizadas; “quien pueda, que se salve”. No se trata, pues, del arcaico y novelesco “sálvese quien pueda” gritado (por un héroe ebrio de impotencia) a instancias de la desesperación provocada por factores ajenos a nosotros mismos. No, esta vez se trata de un “sálvese quien pueda” susurrado por alguien que al parecer carece de rostro; o mejor: que sólo lo adquiere ante un reflejo especular. Una Medusa que emerge ante la desesperación provocada por nuestra inconsecuencia. Nosotros somos Medusa. Y la máxima nos guía en todas y cada una de nuestras decisiones. Como les guía a Georgia, James Lee y Fred, que tan prontamente juzgan a los demás como tan prontamente se olvidan de juzgarse a sí mismos.
domingo, junio 06, 2010
El ínclito y la maldad del gerundio
Todo tiene un límite. De hecho es aquello que lo sobrepasa lo que nos advierte del exceso, de la desmesura, de la desproporción; es decir, detrás del límite, más allá del límite, es donde se encontraría todo aquello que se sitúa alejado de la virtud. Para entenderlo pondré un ejemplo. En el diccionario la palabra gordo sería definida de la siguiente forma: persona corpulenta.
Pero dadas las condiciones que (más allá de los casos patológicos) conforman la gordura (el sobrepeso), la palabra gordo podría definirse de esta otra forma: persona que estuvo engordando. Un gordo no es, al fin y al cabo, más que una persona que estuvo haciéndose corpulento. En efecto, como es bien sabido, un gordo no surge de la noche a la mañana. Es más, se requiere cierta constancia y algo de paciencia para llegar a tener un aspecto que induzca al calificativo de gordo ante una necesaria descripción física. Un gordo es, pues, una persona que fue ignorando aquello que se encontraba causando la gordura. Día a día, semana a semana, mes a mes. En un proceso del que se es inevitablemente consciente en la medida en que, día a día, se van creando conscientemente (que no voluntariamente) las causas que van induciendo a la gordura.
Desde hace más de dos años la cifra de parados ha ido aumentando a velocidades vertiginosas, día a día, semana a semana, mes a mes. En un proceso que no podía ser ignorado por el principal responsable (y causante) del mismo proceso, cuando no, además, el de su mismo origen. El brutal aumento de parados que se ha ido produciendo, día a día, durante algo más de dos años no es sino la consecuencia de dejar que día a día fuera creciendo el número de parados de forma alarmante. No puede ser otra cosa que la consecuencia de la incompetencia del causante de los hechos; causante en la medida en la que día a día iba ignorando las cifras que le señalaban como la causa del problema. Ignorando en ese día a día lo que en ese mismo día adía iba aumentando. El causante, el único responsable: el ínclito.
Durante su primera legislatura, el ínclito sólo tuvo dos objetivos reales: hacer política social y destruir a la derecha. Sólo esas dos. O sea, durante su primera legislatura sólo tuvo en mente una cosa: las siguientes elecciones. O por decirlo de otra manera más realista, sólo tuvo presente su Gloria. En efecto, y digámoslo de la forma en la que nadie se lleve a engaño: llevamos casi 8 años en manos de alguien cuya metodología de gobierno es la Guerra, pues toda Guerra consiste en la destrucción de un adversario como forma de acceso al poder de la Gloria, a la gloria del Poder. Y es la Guerra, esa Guerra por él instigada, la que le ha llevado a ese estado de catalepsia en la que sólo sabe de lo que sabe: de la Guerra. Lo sacas de la Guerra, esa Guerra en la que lleva 7 años inmerso por su propia voluntad, y sólo sabe balbucear. Le preguntas al ínclito por el paro y te responde “la derecha ser mala (punto) tenemos que encontrar el cadáver de García Lorca (punto)”.
Durante los primeros 4 años la máxima obsesión del ínclito fue, antes que gobernar, destruir a la derecha y por tanto "sólo gobernó" a los de su cuerda ideológica. El ínclito nunca quiso gobernar a quienes no compartían su ideología, le repugna(ba) gobernar a quien es (era) afín del partido que había que destruir. La máxima que le ha guiado durante estos 6 años ha sido la de creer “con convicción” que si moría el perro se acabaría la rabia y es por eso que había que “matar” al adversario y por supuesto a todos aquellos que el adversario representaba; así: la Guerra. Consiguió los aliados pertinentes para que todo fuera desarrollándose bajo esos auspicios. Y muchos le apoyaron en ese afán destructor. Ignorando con saña (despreciando) no tanto a un partido más o menos conservador cuanto a la casi mitad de los españoles que lo votaron. Así, no conformándose con ignorar a esa otra mitad a la que no cree (ni quiere) representar el ínclito necesitó humillarla. Y aun cuando ese esfuerzo le pudiera despistar en sus deberes primordiales, se centró en él mientras olvidaba día a día, semana a semana y mes a mes a todas esas personas que iban sumando a la desesperación.
Para el ínclito el mundo sólo sería habitable cuando desaparecieran de la tierra todos los votantes del partido que había que destruir. Y por eso se emocionó tanto cuando Obama ganó las elecciones, pero no tanto debido a lo que Obama podría hacer por su propio país (o por el mundo) cuanto por lo que él, el ínclito, podría hacer por Obama. Y se imaginó a sí mismo siendo el asesor del que iba a ser su gran amigo, Obama. Se imaginó a sí mismo siendo admirado por el presidente de EEUU. Así es nuestro ínclito. Así es quien nos gobierna con soberbia sonrisa mientras día a día crece el número de pobres en España.
Y no sintiéndose responsable de nada de lo acaecido desoyó todas críticas que desde durante dos años provinieron de sus adversarios (moribundos, eso sí). ¿Cómo iba el ínclito a escuchar los consejos de un ente despreciable (tanto en sentido cualitativo como cuantitativo); de un ente que sólo merecía la extinción? Y aquí es donde el ínclito se topó con su propio destino, como es sabido. El que en sus fantasías mesiánicas debía ser su amiguito del alma lo llamó por teléfono desde EEUU y le dijo, “y ahora vas a dar dos volteretas con tirabuzón, y después te vas a la cama sin ducharte”. Al día siguiente el ínclito dio dos volteretas alambicadas y chapuceras, remató con un tirabuzón tembloroso y dijo “y todo aquel que quiera ducharse después de mis volteretas es que no es un patriota”. Y así es que los cinco millones de parados son, para el ínclito que los ha ido amasando, unos antipatriotas.
Nota. Habrá alguien, seguramente no muy habituado a leer (o demasiado habituado a la TV), que habrá querido ver en el texto una defensa de la derecha. Y habrá alguien, quizá más malicioso, que habrá querido ver en el texto una defensa del Partido Popular. Nada más lejos de la realidad. Ni siquiera es, en esta ocasión, una crítica a la clase política, entre otras cosas porque aunque pudiera ser legítima e incluso pertinente sigo sosteniendo que los “políticos son nosotros”. No, este texto sólo hace referencia, no tanto a un político cuanto al ínclito, alguien con un espíritu mesiánico de magnitudes paranormales; alguien que día a día, semana a semana y mes a mes ha ido revelando su desmedida ambición, su perversa soberbia; alguien cuyo gabinete estaría formado, por decreto inclitiano, sólo por personas sumisas a su ego. En efecto, el ínclito no ha cambiado un ápice, durante estos dos últimos desastrosos años, su actitud política (respecto al problema laboral) aun cuando día a día y semana a semana esa actitud fuera destrozando vidas en progresión aritmética. Hasta que fue obligado, desde “fuera”, a cambiarla. Por eso ante la pregunta ¿pudo la derecha haberlo hecho mejor en lo que respecta a esta crisis laboral que de alguna manera fue engordada por quien tanto la negó? Y es entonces cuando hay que contestar, sin complejos, “por supuesto que sí, pero no tanto debido a la cualificación de sus representantes cuanto porque cualquiera lo hubiera sabido hacer mejor que el ínclito, el inepto, el prepotente, el maléfico”.
Pero dadas las condiciones que (más allá de los casos patológicos) conforman la gordura (el sobrepeso), la palabra gordo podría definirse de esta otra forma: persona que estuvo engordando. Un gordo no es, al fin y al cabo, más que una persona que estuvo haciéndose corpulento. En efecto, como es bien sabido, un gordo no surge de la noche a la mañana. Es más, se requiere cierta constancia y algo de paciencia para llegar a tener un aspecto que induzca al calificativo de gordo ante una necesaria descripción física. Un gordo es, pues, una persona que fue ignorando aquello que se encontraba causando la gordura. Día a día, semana a semana, mes a mes. En un proceso del que se es inevitablemente consciente en la medida en que, día a día, se van creando conscientemente (que no voluntariamente) las causas que van induciendo a la gordura.
Desde hace más de dos años la cifra de parados ha ido aumentando a velocidades vertiginosas, día a día, semana a semana, mes a mes. En un proceso que no podía ser ignorado por el principal responsable (y causante) del mismo proceso, cuando no, además, el de su mismo origen. El brutal aumento de parados que se ha ido produciendo, día a día, durante algo más de dos años no es sino la consecuencia de dejar que día a día fuera creciendo el número de parados de forma alarmante. No puede ser otra cosa que la consecuencia de la incompetencia del causante de los hechos; causante en la medida en la que día a día iba ignorando las cifras que le señalaban como la causa del problema. Ignorando en ese día a día lo que en ese mismo día adía iba aumentando. El causante, el único responsable: el ínclito.
Durante su primera legislatura, el ínclito sólo tuvo dos objetivos reales: hacer política social y destruir a la derecha. Sólo esas dos. O sea, durante su primera legislatura sólo tuvo en mente una cosa: las siguientes elecciones. O por decirlo de otra manera más realista, sólo tuvo presente su Gloria. En efecto, y digámoslo de la forma en la que nadie se lleve a engaño: llevamos casi 8 años en manos de alguien cuya metodología de gobierno es la Guerra, pues toda Guerra consiste en la destrucción de un adversario como forma de acceso al poder de la Gloria, a la gloria del Poder. Y es la Guerra, esa Guerra por él instigada, la que le ha llevado a ese estado de catalepsia en la que sólo sabe de lo que sabe: de la Guerra. Lo sacas de la Guerra, esa Guerra en la que lleva 7 años inmerso por su propia voluntad, y sólo sabe balbucear. Le preguntas al ínclito por el paro y te responde “la derecha ser mala (punto) tenemos que encontrar el cadáver de García Lorca (punto)”.
Durante los primeros 4 años la máxima obsesión del ínclito fue, antes que gobernar, destruir a la derecha y por tanto "sólo gobernó" a los de su cuerda ideológica. El ínclito nunca quiso gobernar a quienes no compartían su ideología, le repugna(ba) gobernar a quien es (era) afín del partido que había que destruir. La máxima que le ha guiado durante estos 6 años ha sido la de creer “con convicción” que si moría el perro se acabaría la rabia y es por eso que había que “matar” al adversario y por supuesto a todos aquellos que el adversario representaba; así: la Guerra. Consiguió los aliados pertinentes para que todo fuera desarrollándose bajo esos auspicios. Y muchos le apoyaron en ese afán destructor. Ignorando con saña (despreciando) no tanto a un partido más o menos conservador cuanto a la casi mitad de los españoles que lo votaron. Así, no conformándose con ignorar a esa otra mitad a la que no cree (ni quiere) representar el ínclito necesitó humillarla. Y aun cuando ese esfuerzo le pudiera despistar en sus deberes primordiales, se centró en él mientras olvidaba día a día, semana a semana y mes a mes a todas esas personas que iban sumando a la desesperación.
Para el ínclito el mundo sólo sería habitable cuando desaparecieran de la tierra todos los votantes del partido que había que destruir. Y por eso se emocionó tanto cuando Obama ganó las elecciones, pero no tanto debido a lo que Obama podría hacer por su propio país (o por el mundo) cuanto por lo que él, el ínclito, podría hacer por Obama. Y se imaginó a sí mismo siendo el asesor del que iba a ser su gran amigo, Obama. Se imaginó a sí mismo siendo admirado por el presidente de EEUU. Así es nuestro ínclito. Así es quien nos gobierna con soberbia sonrisa mientras día a día crece el número de pobres en España.
Y no sintiéndose responsable de nada de lo acaecido desoyó todas críticas que desde durante dos años provinieron de sus adversarios (moribundos, eso sí). ¿Cómo iba el ínclito a escuchar los consejos de un ente despreciable (tanto en sentido cualitativo como cuantitativo); de un ente que sólo merecía la extinción? Y aquí es donde el ínclito se topó con su propio destino, como es sabido. El que en sus fantasías mesiánicas debía ser su amiguito del alma lo llamó por teléfono desde EEUU y le dijo, “y ahora vas a dar dos volteretas con tirabuzón, y después te vas a la cama sin ducharte”. Al día siguiente el ínclito dio dos volteretas alambicadas y chapuceras, remató con un tirabuzón tembloroso y dijo “y todo aquel que quiera ducharse después de mis volteretas es que no es un patriota”. Y así es que los cinco millones de parados son, para el ínclito que los ha ido amasando, unos antipatriotas.
Nota. Habrá alguien, seguramente no muy habituado a leer (o demasiado habituado a la TV), que habrá querido ver en el texto una defensa de la derecha. Y habrá alguien, quizá más malicioso, que habrá querido ver en el texto una defensa del Partido Popular. Nada más lejos de la realidad. Ni siquiera es, en esta ocasión, una crítica a la clase política, entre otras cosas porque aunque pudiera ser legítima e incluso pertinente sigo sosteniendo que los “políticos son nosotros”. No, este texto sólo hace referencia, no tanto a un político cuanto al ínclito, alguien con un espíritu mesiánico de magnitudes paranormales; alguien que día a día, semana a semana y mes a mes ha ido revelando su desmedida ambición, su perversa soberbia; alguien cuyo gabinete estaría formado, por decreto inclitiano, sólo por personas sumisas a su ego. En efecto, el ínclito no ha cambiado un ápice, durante estos dos últimos desastrosos años, su actitud política (respecto al problema laboral) aun cuando día a día y semana a semana esa actitud fuera destrozando vidas en progresión aritmética. Hasta que fue obligado, desde “fuera”, a cambiarla. Por eso ante la pregunta ¿pudo la derecha haberlo hecho mejor en lo que respecta a esta crisis laboral que de alguna manera fue engordada por quien tanto la negó? Y es entonces cuando hay que contestar, sin complejos, “por supuesto que sí, pero no tanto debido a la cualificación de sus representantes cuanto porque cualquiera lo hubiera sabido hacer mejor que el ínclito, el inepto, el prepotente, el maléfico”.
martes, junio 01, 2010
Sujetos sujetados por los pelos
Tengo un alumno en el curso de la mañana, llamémoslo David, que podría calificar de aceptable. O sea, se trata de uno de los mejores alumnos del curso de la mañana. Es bastante puntual, viene a clase con frecuencia y parece que me escucha. Es decir, es de los mejores porque está y porque me mira. Si como decía Bekett “ser es ser percibido”, en el curso de la mañana yo existo gracias a los dos o tres que parecen atenderme. Así, siendo sólo aceptable resulta ser de los mejores: tan curioso como significativo. Es delgado, longilíneo, de tez blanquecina y su cabeza se encuentra coronada por una semicresta que se sustenta con fijador. Sus formas de comunicación son algo introvertidas debido a su evidente timidez. Habla bajo y relajado, baja la cabeza cuando lo hace y si sonríe agudiza su timidez girando la cabeza y cambiando el color de su epidermis. En cualquier caso y en contra de lo previsible es de los pocos con quien mantengo conversaciones cuando acaban las clases. Una vez le pregunté acerca de la música que escuchaba a través de esos auriculares que sólo se quitaba ante mis exigencias pedagógicas. Me contestó que probablemente no me gustara, pero que si yo aceptaba me dejaba escuchar para no tener que explicarme algo que no entendería. Accedí. Me puse los auriculares. Antes de continuar debo decir que esto pasó a los dos meses de empezar el curso, allá por Noviembre. Pues bien, me puse los auriculares durante dos o tres minutos. Y aún no me he recuperado. No sabía siquiera que tal cosa pudiera existir, pero mucho menos que eso pudiera tener adeptos. El heavy metal más bruto se quedaría, al lado de esto, en una mezcla de Ray Conniff con James Last.
Lo primero que pensé es que me había puesto uno de los temas extremos de su grabación, pero él enseguida se encargó de desmentirlo y me demostró que absolutamente toda la grabación estaba compuesta por ese ruido agudo, hiriente, abstracto, infernal. Y me lo decía con la modestia y la humildad de uno de los pocos alumnos que contenía esas virtudes. Su amigo y compañero, que se encontraba presente en la conversación, no sólo asentía y confirmaba todo, sino que además apostillaba todas sus respuestas aportando un matiz que debía ser importante, pues sintió que debía repetirlo al menos tres veces. Así, su compañero y colega: “David es una persona feliz”, “(David) es la persona más feliz que conozco”, “(David) es superfeliz”. Apostillas que se debieron, con toda probabilidad, a mis expresadas dudas respecto a las consecuencias que podían derivarse de la escucha reiterada de ese exacerbado ruido.
Ante mi expresa perplejidad y mi manifiesta e impulsiva ansia de conocimiento mis alumnos se fueron creciendo. No tardó David en ponerme un vídeo del grupo en cuestión que intenté ver a través de su teléfono móvil de última generación. Y en efecto, lo que sonoramente era incomprensible visualmente era igual de incomprensible. Así, el conjunto era de una coherencia extrema. Ante las palabras de apoyo moral de su compañero (se conocían ambos desde niños por haber estudiado en el mismo colegio) David aseguró ser una persona sencilla, equilibrada y feliz; y que esa música (¿) le venía muy bien para relajarse. Yo, dados todos mis posibles elementos de juicio, los que se coligen de observarlo de reojo desde hace ahora 9 meses, me lo creo; es sin duda uno de los alumnos más serenos, si no el más, del grupo de la mañana.
El otro día nos pusimos a hablar de cine y como no podía ser de otra forma me sorprendió. Yo, que llevo toda mi vida dedicado al cine y por tanto he procurado siempre estar bien informado, no sabía de qué me hablaba. Me habló de sus gustos en genérico y después pasó a lo concreto. De lo genérico vino a confesarme rápidamente su gusto por lo perverso, cruel y sádico. No había concesiones en sus gustos naturalmente aceptados. Por lo que no había ni un ápice de extrañeza ante tal gusto; era para él absolutamente NORMAL el hecho de tener ese particular gusto. Se había aprendido perfectamente la lección que los adultos le habían inculcado desde pequeño; a saber: que cada uno tiene derecho a ser quien quiere y todo gusto es tan legítimo y natural como cualquier otro. Así, el gusto por el dolor y el sufrimiento de los personajes fílmicos era para él NORMAL. Como no le hacía daño a nadie era para él NORMAL y, claro, legítimo, que pudiera gustar de películas que se fundamentaban en el sadismo extremo. Todas las películas que le gustan cuentan con personajes malvados que infligen dolor y sufrimiento a partir de una crueldad exacerbada; o con juegos macabros que terminan con decapitaciones parsimoniosas. Como yo no me hacía una idea cabal de lo que me contaba me dijo: “la semana que viene te traigo una película, las ves y ya me cuentas”. Y añadió, “se trata de la primera de una saga y es posiblemente la más floja de las 6. Una de ellas está prohibida en EEUU”.
He de reconocer que me asusté ante el hecho de tener que verla porque me siento una persona sensible ante el dolor ajeno ya sea real o ficcional. Aún recuerdo lo mal que lo pasé viendo la primera versión Funny games, por muy inteligente que pudiera parecerme el fin último de las intelectuales pretensiones del Michael Haneke. La verdad es que no encontré el momento de verla hasta dos semanas después. Le había cogido auténtico miedo sin saber nada de ella, sólo que le gustaba a mi alumno, ese alumno sereno, educado y cortés de los martes por la mañana. La tuve que ver partida en tres sesiones y buscando siempre que no coincidiera con el momento previo a irme a la cama. Conclusión: salvaje. De factura, eso sí, muy correcta, pero salvaje. Y según me cuentan es la más floja de las 6 en lo que respecta a la crueldad. No quiero pensar cómo será la prohibida en EEUU.
El martes siguiente le devolví la película procurando ser sincero al tiempo que cortés. Verbalizando mi análisis comprobé que me había gustado más de lo que la visualización me había dado a entender. De hecho, igual que me sucedió con Funny games. Sin embargo, las diferencias entre mi alumno y yo son varias y muy significativas; la primera es que yo no puedo evitar el intelectualizar mi experiencia perceptiva, algo que él no hace; la segunda es que mi bagaje cultural cinematográfico me permite analizar mi gusto en función de un conocimiento (histórico) del medio, mientras él no sabe quién fue Spencer Tracy; tercera que yo no disfruté viendo la película y él sí; y cuarta que yo no tengo ninguna intención de ver las 5 películas restantes de la saga y él las revé siempre que puede.
Aproveché para darle mi opinión en público, de tal forma podría saber algo más acerca de sus argumentos y podríamos ponerlos a prueba ante sus compañeros. La verdadera sorpresa me sobrevino al comprobar que absolutamente todos los alumnos del martes por la mañana habían visto las películas de esa saga. Indagué en el grupo de la tarde: todos las habían visto también. Y todos opinaban acerca de ellas con extrema naturalidad; es decir, opinaban acerca de ellas como si les parecieran unas películas más y no como si les parecieran películas anormales. Aun con las diferencias propias de cada particularidad todos opinaban que la saga era interesante porque contaba con un verdadero suspense poco propio del terror más zafio. Así, todos a favor. No todos llegaban tan lejos como David, pero al parecer nadie se sintió afectado por esas películas.
Según la filosofía antigua el fin último de la vida es la felicidad, fin perfecto y Bien Supremo. Mi alumno vive en un estado de completa satisfacción. A pesar de sus (dudosos y cuestionables) gustos; o precisamente debido a ellos, pues son el producto de la libertad. La felicidad consiste en eso, en ser un estado caracterizado por la dicha y la satisfacción y no un estado caracterizado por la desdicha y la inquietud. A mi alumno, por tanto, la existencia de la crueldad y el sadismo, si bien es cierto que ficcionales, no le crean inquietud alguna, más bien al contrario le ayudan a relajarse. Y al resto de sus compañeros tampoco les inquieta demasiado aquello a lo que están acostumbrados. Porque sólo la costumbre, el hábito, puede ser la causa de la desafección, la indiferencia o la insensibilidad ante algo tan poderoso como es el dolor injustificado o el sufrimiento infligido.
Desde el punto de vista de la sociología las costumbres son el conjunto de prácticas o modos de comportarse que se pueden observar en una sociedad dada. Los representantes más jóvenes de nuestra sociedad son estos: los que gracias al uso que desde pequeños han hecho de Internet ya no se sorprenden ante las imágenes pornográficas más salvajes y más degeneradas, ni ante las imágenes violentas más sádicas y más crueles (y en este caso reales, ya no ficcionales). Otra cosa es que la sensatez de muchos (¿) de ellos les sirva sólo para haber conocido esas imágenes y no para convertirse en adictos a ellas. En cualquier caso, y a las pruebas me remito, ningún joven ha escapado de ver las barbaridades que circulan por Internet. Ninguno. Ya sea para verlas allí mismo o para conocer la forma de acceder a ellas (bajándoselas, pasándoselas).
Hace poco le contaba todo esto a la joven y dulce hija de unos amigos. Se lo contaba, claro, manifestando mi perplejidad y mi inquietud. Cuando me encontraba a mitad de la historia me interrumpió cortésmente y me dijo, “la película de la que hablas no será Saw, ¿verdad?”. Desconcertado le dije “sí, ¿cómo lo sabes?”, a lo que ella respondió, “¿cuál de las 6?”.
Post Scriptum. Hay una secuencia muy emocionante en la película En nombre de la rosa (no he leído el libro); una secuencia que me resulta emocionante debido, precisamente, a la misma emoción que que se desprende del protagonista.
Me emociono ante un estudioso franciscano emocionado de la misma forma que emociona Lo sublime. No hacen falta paisajes poderosos, ni grandes tormentas, ni acantilados, ni magnos incendios forestales para despertar el sentimiento de Lo sublime. O mejor, no son sólo este tipo de experiencias las que pueden conducirnos a Lo sublime. Lo que en un momento dado aparece ante los ojos de Guillermo de Baskerville es uno de los espectáculos más sublimes con los que se puede enfrentar un ser humano: el del CONOCIMIENTO. En efecto, durante sus pesquisas investigatorias, el fraile franciscano se encuentra ante, como él mismo la describe entusiasmado, una de las bibliotecas más grandes de la Historia de la Humanidad. Y se emociona ante el conocimiento que todos esos libros contienen aún sabiendo que todo ese conocimiento allí albergado no es sino un muy minúsculo grano de arena del verdadero Saber. A Guillermo le tiembla el pulso ante todos esos libros, los ojos le brillan y le tiembla la voz. Su entusiasmo es indescriptible e inenarrable. No hay gestos ni palabras que puedan traducir la experiencia de Lo sublime. En el momento en que descubre la biblioteca el fraile se encuentra ya poseído y no puede, por tanto, ser dueño de sus palabras. No puede dar cuenta cabal de su experiencia, por lo que sólo puede balbuear. Se ha topado con Lo sublime.
Bajo mi punto de vista el sentimiento de Guillermo de Baskerville es un sentimiento noble, por lo que su inenarrable experiencia es edificante y ejemplar aún cuando sólo podamos intuirla o imaginarla. El gusto por el Conocimiento, así como la voluntad de acceso a la Bondad, son para mí las únicas predisposiciones vitales que pueden redimir al ser humano de sus miserias.
Mutatis mutandi. Hace poco salió publicada, en las portadas de todos los periódicos, la fotografía que mostraba a un torero en el momento trágico de la cogida. La imagen era espectacular: el hasta le entraba por la garganta y le salía por la boca. En lo que a mí respecta, pura pornografía. Por perfectamente innecesaria. A partir de ese día, y en todos los "youtube" posibles, el vídeo más visto de esos día: un vídeo que recoge las cogidas más espectaculares y sangrientas de los últimos años, todas juntas, una detrás de otra, todas las cogidas más sangrientas. El vídeo más visto. El más visto por todos aquellos que disfrutan viendo, también, accidentes de tráfico en programas específicos de televisión, persecuciones, peleas entre estudiantes, caídas de motociclistas, tanganas deportivas...
Lo primero que pensé es que me había puesto uno de los temas extremos de su grabación, pero él enseguida se encargó de desmentirlo y me demostró que absolutamente toda la grabación estaba compuesta por ese ruido agudo, hiriente, abstracto, infernal. Y me lo decía con la modestia y la humildad de uno de los pocos alumnos que contenía esas virtudes. Su amigo y compañero, que se encontraba presente en la conversación, no sólo asentía y confirmaba todo, sino que además apostillaba todas sus respuestas aportando un matiz que debía ser importante, pues sintió que debía repetirlo al menos tres veces. Así, su compañero y colega: “David es una persona feliz”, “(David) es la persona más feliz que conozco”, “(David) es superfeliz”. Apostillas que se debieron, con toda probabilidad, a mis expresadas dudas respecto a las consecuencias que podían derivarse de la escucha reiterada de ese exacerbado ruido.
Ante mi expresa perplejidad y mi manifiesta e impulsiva ansia de conocimiento mis alumnos se fueron creciendo. No tardó David en ponerme un vídeo del grupo en cuestión que intenté ver a través de su teléfono móvil de última generación. Y en efecto, lo que sonoramente era incomprensible visualmente era igual de incomprensible. Así, el conjunto era de una coherencia extrema. Ante las palabras de apoyo moral de su compañero (se conocían ambos desde niños por haber estudiado en el mismo colegio) David aseguró ser una persona sencilla, equilibrada y feliz; y que esa música (¿) le venía muy bien para relajarse. Yo, dados todos mis posibles elementos de juicio, los que se coligen de observarlo de reojo desde hace ahora 9 meses, me lo creo; es sin duda uno de los alumnos más serenos, si no el más, del grupo de la mañana.
El otro día nos pusimos a hablar de cine y como no podía ser de otra forma me sorprendió. Yo, que llevo toda mi vida dedicado al cine y por tanto he procurado siempre estar bien informado, no sabía de qué me hablaba. Me habló de sus gustos en genérico y después pasó a lo concreto. De lo genérico vino a confesarme rápidamente su gusto por lo perverso, cruel y sádico. No había concesiones en sus gustos naturalmente aceptados. Por lo que no había ni un ápice de extrañeza ante tal gusto; era para él absolutamente NORMAL el hecho de tener ese particular gusto. Se había aprendido perfectamente la lección que los adultos le habían inculcado desde pequeño; a saber: que cada uno tiene derecho a ser quien quiere y todo gusto es tan legítimo y natural como cualquier otro. Así, el gusto por el dolor y el sufrimiento de los personajes fílmicos era para él NORMAL. Como no le hacía daño a nadie era para él NORMAL y, claro, legítimo, que pudiera gustar de películas que se fundamentaban en el sadismo extremo. Todas las películas que le gustan cuentan con personajes malvados que infligen dolor y sufrimiento a partir de una crueldad exacerbada; o con juegos macabros que terminan con decapitaciones parsimoniosas. Como yo no me hacía una idea cabal de lo que me contaba me dijo: “la semana que viene te traigo una película, las ves y ya me cuentas”. Y añadió, “se trata de la primera de una saga y es posiblemente la más floja de las 6. Una de ellas está prohibida en EEUU”.
He de reconocer que me asusté ante el hecho de tener que verla porque me siento una persona sensible ante el dolor ajeno ya sea real o ficcional. Aún recuerdo lo mal que lo pasé viendo la primera versión Funny games, por muy inteligente que pudiera parecerme el fin último de las intelectuales pretensiones del Michael Haneke. La verdad es que no encontré el momento de verla hasta dos semanas después. Le había cogido auténtico miedo sin saber nada de ella, sólo que le gustaba a mi alumno, ese alumno sereno, educado y cortés de los martes por la mañana. La tuve que ver partida en tres sesiones y buscando siempre que no coincidiera con el momento previo a irme a la cama. Conclusión: salvaje. De factura, eso sí, muy correcta, pero salvaje. Y según me cuentan es la más floja de las 6 en lo que respecta a la crueldad. No quiero pensar cómo será la prohibida en EEUU.
El martes siguiente le devolví la película procurando ser sincero al tiempo que cortés. Verbalizando mi análisis comprobé que me había gustado más de lo que la visualización me había dado a entender. De hecho, igual que me sucedió con Funny games. Sin embargo, las diferencias entre mi alumno y yo son varias y muy significativas; la primera es que yo no puedo evitar el intelectualizar mi experiencia perceptiva, algo que él no hace; la segunda es que mi bagaje cultural cinematográfico me permite analizar mi gusto en función de un conocimiento (histórico) del medio, mientras él no sabe quién fue Spencer Tracy; tercera que yo no disfruté viendo la película y él sí; y cuarta que yo no tengo ninguna intención de ver las 5 películas restantes de la saga y él las revé siempre que puede.
Aproveché para darle mi opinión en público, de tal forma podría saber algo más acerca de sus argumentos y podríamos ponerlos a prueba ante sus compañeros. La verdadera sorpresa me sobrevino al comprobar que absolutamente todos los alumnos del martes por la mañana habían visto las películas de esa saga. Indagué en el grupo de la tarde: todos las habían visto también. Y todos opinaban acerca de ellas con extrema naturalidad; es decir, opinaban acerca de ellas como si les parecieran unas películas más y no como si les parecieran películas anormales. Aun con las diferencias propias de cada particularidad todos opinaban que la saga era interesante porque contaba con un verdadero suspense poco propio del terror más zafio. Así, todos a favor. No todos llegaban tan lejos como David, pero al parecer nadie se sintió afectado por esas películas.
Según la filosofía antigua el fin último de la vida es la felicidad, fin perfecto y Bien Supremo. Mi alumno vive en un estado de completa satisfacción. A pesar de sus (dudosos y cuestionables) gustos; o precisamente debido a ellos, pues son el producto de la libertad. La felicidad consiste en eso, en ser un estado caracterizado por la dicha y la satisfacción y no un estado caracterizado por la desdicha y la inquietud. A mi alumno, por tanto, la existencia de la crueldad y el sadismo, si bien es cierto que ficcionales, no le crean inquietud alguna, más bien al contrario le ayudan a relajarse. Y al resto de sus compañeros tampoco les inquieta demasiado aquello a lo que están acostumbrados. Porque sólo la costumbre, el hábito, puede ser la causa de la desafección, la indiferencia o la insensibilidad ante algo tan poderoso como es el dolor injustificado o el sufrimiento infligido.
Desde el punto de vista de la sociología las costumbres son el conjunto de prácticas o modos de comportarse que se pueden observar en una sociedad dada. Los representantes más jóvenes de nuestra sociedad son estos: los que gracias al uso que desde pequeños han hecho de Internet ya no se sorprenden ante las imágenes pornográficas más salvajes y más degeneradas, ni ante las imágenes violentas más sádicas y más crueles (y en este caso reales, ya no ficcionales). Otra cosa es que la sensatez de muchos (¿) de ellos les sirva sólo para haber conocido esas imágenes y no para convertirse en adictos a ellas. En cualquier caso, y a las pruebas me remito, ningún joven ha escapado de ver las barbaridades que circulan por Internet. Ninguno. Ya sea para verlas allí mismo o para conocer la forma de acceder a ellas (bajándoselas, pasándoselas).
Hace poco le contaba todo esto a la joven y dulce hija de unos amigos. Se lo contaba, claro, manifestando mi perplejidad y mi inquietud. Cuando me encontraba a mitad de la historia me interrumpió cortésmente y me dijo, “la película de la que hablas no será Saw, ¿verdad?”. Desconcertado le dije “sí, ¿cómo lo sabes?”, a lo que ella respondió, “¿cuál de las 6?”.
Post Scriptum. Hay una secuencia muy emocionante en la película En nombre de la rosa (no he leído el libro); una secuencia que me resulta emocionante debido, precisamente, a la misma emoción que que se desprende del protagonista.
Me emociono ante un estudioso franciscano emocionado de la misma forma que emociona Lo sublime. No hacen falta paisajes poderosos, ni grandes tormentas, ni acantilados, ni magnos incendios forestales para despertar el sentimiento de Lo sublime. O mejor, no son sólo este tipo de experiencias las que pueden conducirnos a Lo sublime. Lo que en un momento dado aparece ante los ojos de Guillermo de Baskerville es uno de los espectáculos más sublimes con los que se puede enfrentar un ser humano: el del CONOCIMIENTO. En efecto, durante sus pesquisas investigatorias, el fraile franciscano se encuentra ante, como él mismo la describe entusiasmado, una de las bibliotecas más grandes de la Historia de la Humanidad. Y se emociona ante el conocimiento que todos esos libros contienen aún sabiendo que todo ese conocimiento allí albergado no es sino un muy minúsculo grano de arena del verdadero Saber. A Guillermo le tiembla el pulso ante todos esos libros, los ojos le brillan y le tiembla la voz. Su entusiasmo es indescriptible e inenarrable. No hay gestos ni palabras que puedan traducir la experiencia de Lo sublime. En el momento en que descubre la biblioteca el fraile se encuentra ya poseído y no puede, por tanto, ser dueño de sus palabras. No puede dar cuenta cabal de su experiencia, por lo que sólo puede balbuear. Se ha topado con Lo sublime.
Bajo mi punto de vista el sentimiento de Guillermo de Baskerville es un sentimiento noble, por lo que su inenarrable experiencia es edificante y ejemplar aún cuando sólo podamos intuirla o imaginarla. El gusto por el Conocimiento, así como la voluntad de acceso a la Bondad, son para mí las únicas predisposiciones vitales que pueden redimir al ser humano de sus miserias.
Mutatis mutandi. Hace poco salió publicada, en las portadas de todos los periódicos, la fotografía que mostraba a un torero en el momento trágico de la cogida. La imagen era espectacular: el hasta le entraba por la garganta y le salía por la boca. En lo que a mí respecta, pura pornografía. Por perfectamente innecesaria. A partir de ese día, y en todos los "youtube" posibles, el vídeo más visto de esos día: un vídeo que recoge las cogidas más espectaculares y sangrientas de los últimos años, todas juntas, una detrás de otra, todas las cogidas más sangrientas. El vídeo más visto. El más visto por todos aquellos que disfrutan viendo, también, accidentes de tráfico en programas específicos de televisión, persecuciones, peleas entre estudiantes, caídas de motociclistas, tanganas deportivas...
domingo, mayo 30, 2010
De por qué el Arte poco tiene que ver con la literatura, el teatro o el cine.
Escribir no es difícil. Ni siquiera es difícil escribir mal. Escribir, de hecho, lo hace cualquiera que sepa escribir. Lo verdaderamente difícil es escribir bien, algo, por cierto, que nada tiene que ver con el hecho de publicar.
Escribir bien no tiene por qué ser duro, pero es inevitablemente difícil. En eso convienen todos los que a escribir se dedican. No se trata de tener una gran idea sino de desarrollarla de forma eficaz; no se trata de estructurar una idea más o menos compleja sino de saber estructurar (o desestructurar) cada una de las posibles partes de un todo en función de una nueva y desconocida armonía; no se trata de tener una gran idea estructural basada en otra gran idea temática, sino de dar forma adecuada a todo lo que no forma parte de esa gran idea, a todo lo que se encuentra casi ajeno a una gran idea. No se trata, en definitiva, de tener una gran idea, sino de saber hacer algo grande con independencia de la idea y no digamos de las intenciones.
Por ejemplo: el querer hablar de la alienación de los seres humanos podría ser una buena idea para afrontar una posible obra. En la vieja y simplificada nomenclatura estética esto se correspondería con lo que se llama asunto. La alienación sería, de esta forma, aquello de lo que quiere fundamentalmente hablar el autor. Otra cosa sería el modo en el que el autor decidiera desarrollar tal asunto. Podría ser, por ejemplo, a partir de la historia de un funcionario que por un error o por pura incongruencia se ve enfrentado a la justicia. Esto sería (grosso modo) el tema.
En ningún caso el asunto y el tema nos dice nada sobre aquello por lo que sabemos que escribir bien es difícil. Es decir, no nos dice nada de aquello por lo que podemos saber si un texto es bueno o malo. Puedo congraciarme con quien quiera hablar de la alienación (o la injusticia, o los viajes iniciáticos), incluso puedo hacerlo aun cuando lo hiciera de forma poco afortunada, pero lo que no puedo es admitir cualquier producto obtenido a partir de unas intenciones por el simple hecho de ser conocedor de las mismas, sobre todo si lo que tengo es que juzgarlo estéticamente.
Es por ello que el asunto apenas tiene importancia en una novela más allá de que pueda servir para justificar su mera existencia. Lo del tema sería otro cantar, pero tampoco definitivo a la hora de juzgar en términos cualitativos, estéticos. Con independencia del asunto un tema puede ser perfectamente burdo si no es tratado de la forma en la que el mismo tema podría resultar excelente. El hecho de crear una trama en función de un personaje que decide emprender un viaje en barco hacia lo ignoto puede ser tan zafio como el de crear una trama en función de un personaje que pretenda recuperar el tiempo perdido. Lo difícil, pues, sería todo lo que no es reducible al asunto y al tema; todo lo que se desarrolla en paralelo a la idea y no sobre ella; todo lo que sobrepasa algo tan elemental como lo es una buena idea; todo lo que entiende la idea sólo como lo que únicamente fue: inevitable. Incluso con independencia de que fuera buena.
En cine y en teatro pasa exactamente lo mismo. En cine nunca han sido suficientes las buenas ideas para conseguir una buena película. Para conseguir una buena película hace falta saberla realizar de la forma por la que reconoceríamos la bondad de la misma. Si alguien quisiera filmar algo tan sencillo e intrascendente como un atraco, podría hacerlo de forma que el atraco pareciera una tontería o podría hacerlo para que fuera perfecto. Y en teatro, hasta para algo tan supuestamente fácil como es describir el absurdo hace falta maestría, un maestría por la que reconocemos la dificultad de escribir buen teatro, sea o no del absurdo. En fin, nada que no sepa cualquiera.
Decía antes que la novela (o la literatura en general), o el cine o el teatro, requieren, en su creación, de ciertos saberes que además se encuentran al servicio de sus propios condicionamientos: en la literatura, por el significado de las palabras y por el adecuado uso de la gramática (por citar sólo dos); en el cine, por el adecuado sentido narrativo secuencial, por la puesta en escena y por la dirección de actores; en teatro, por el adecuado uso del espacio en su relación con el tiempo, por la contigüidad con el espectador y por la interpretación. Todo, además, contemplando la adecuación de las formas al contenido en cada condicionante concreto.
Así, si el teatro, la novela, y el cine se parecen en algo es desde luego en aquello que los aleja del Arte. Si nos atenemos a la famosa afirmación asociada al Arte, “todo vale”, puede decirse que SÓLO en Arte cualquier cosa puede valer porque SÓLO el Arte puede despreciar con rotundidad la posibilidad de excelencia en el tratamiento del tema y justificar cualquier cosa a partir del asunto. Sólo el Arte puede permitirse el lujo de vivir sólo de la Idea. El Arte, sin Dios no es nadie.
Escribir bien no tiene por qué ser duro, pero es inevitablemente difícil. En eso convienen todos los que a escribir se dedican. No se trata de tener una gran idea sino de desarrollarla de forma eficaz; no se trata de estructurar una idea más o menos compleja sino de saber estructurar (o desestructurar) cada una de las posibles partes de un todo en función de una nueva y desconocida armonía; no se trata de tener una gran idea estructural basada en otra gran idea temática, sino de dar forma adecuada a todo lo que no forma parte de esa gran idea, a todo lo que se encuentra casi ajeno a una gran idea. No se trata, en definitiva, de tener una gran idea, sino de saber hacer algo grande con independencia de la idea y no digamos de las intenciones.
Por ejemplo: el querer hablar de la alienación de los seres humanos podría ser una buena idea para afrontar una posible obra. En la vieja y simplificada nomenclatura estética esto se correspondería con lo que se llama asunto. La alienación sería, de esta forma, aquello de lo que quiere fundamentalmente hablar el autor. Otra cosa sería el modo en el que el autor decidiera desarrollar tal asunto. Podría ser, por ejemplo, a partir de la historia de un funcionario que por un error o por pura incongruencia se ve enfrentado a la justicia. Esto sería (grosso modo) el tema.
En ningún caso el asunto y el tema nos dice nada sobre aquello por lo que sabemos que escribir bien es difícil. Es decir, no nos dice nada de aquello por lo que podemos saber si un texto es bueno o malo. Puedo congraciarme con quien quiera hablar de la alienación (o la injusticia, o los viajes iniciáticos), incluso puedo hacerlo aun cuando lo hiciera de forma poco afortunada, pero lo que no puedo es admitir cualquier producto obtenido a partir de unas intenciones por el simple hecho de ser conocedor de las mismas, sobre todo si lo que tengo es que juzgarlo estéticamente.
Es por ello que el asunto apenas tiene importancia en una novela más allá de que pueda servir para justificar su mera existencia. Lo del tema sería otro cantar, pero tampoco definitivo a la hora de juzgar en términos cualitativos, estéticos. Con independencia del asunto un tema puede ser perfectamente burdo si no es tratado de la forma en la que el mismo tema podría resultar excelente. El hecho de crear una trama en función de un personaje que decide emprender un viaje en barco hacia lo ignoto puede ser tan zafio como el de crear una trama en función de un personaje que pretenda recuperar el tiempo perdido. Lo difícil, pues, sería todo lo que no es reducible al asunto y al tema; todo lo que se desarrolla en paralelo a la idea y no sobre ella; todo lo que sobrepasa algo tan elemental como lo es una buena idea; todo lo que entiende la idea sólo como lo que únicamente fue: inevitable. Incluso con independencia de que fuera buena.
En cine y en teatro pasa exactamente lo mismo. En cine nunca han sido suficientes las buenas ideas para conseguir una buena película. Para conseguir una buena película hace falta saberla realizar de la forma por la que reconoceríamos la bondad de la misma. Si alguien quisiera filmar algo tan sencillo e intrascendente como un atraco, podría hacerlo de forma que el atraco pareciera una tontería o podría hacerlo para que fuera perfecto. Y en teatro, hasta para algo tan supuestamente fácil como es describir el absurdo hace falta maestría, un maestría por la que reconocemos la dificultad de escribir buen teatro, sea o no del absurdo. En fin, nada que no sepa cualquiera.
Decía antes que la novela (o la literatura en general), o el cine o el teatro, requieren, en su creación, de ciertos saberes que además se encuentran al servicio de sus propios condicionamientos: en la literatura, por el significado de las palabras y por el adecuado uso de la gramática (por citar sólo dos); en el cine, por el adecuado sentido narrativo secuencial, por la puesta en escena y por la dirección de actores; en teatro, por el adecuado uso del espacio en su relación con el tiempo, por la contigüidad con el espectador y por la interpretación. Todo, además, contemplando la adecuación de las formas al contenido en cada condicionante concreto.
Así, si el teatro, la novela, y el cine se parecen en algo es desde luego en aquello que los aleja del Arte. Si nos atenemos a la famosa afirmación asociada al Arte, “todo vale”, puede decirse que SÓLO en Arte cualquier cosa puede valer porque SÓLO el Arte puede despreciar con rotundidad la posibilidad de excelencia en el tratamiento del tema y justificar cualquier cosa a partir del asunto. Sólo el Arte puede permitirse el lujo de vivir sólo de la Idea. El Arte, sin Dios no es nadie.
martes, mayo 25, 2010
De la mierda, con perdón
¿Cómo se juzga una ciudad? ¿En función de qué debe juzgarse una ciudad? No lo sé, supongo que en función de lo que a uno le aporte en tanto ciudadano. La ciudad es el hogar del ciudadano. La ciudad no es una fachada, o mejor, no sólo es una fachada; es una fachada con interiores. Y en la relación del interior con la fachada se encuentra la clave del juicio, el poder del argumento, del juicio. Por ir al grano, Valencia es una ciudad de mierda porque carece de interiores. Muy confortable, pero de mierda.
En pocas ciudades de España se puede vivir tan bien con respecto a cosas que te hacen la vida agradable; hace buen tiempo y no hay problemas de tráfico. Confortable, pues, porque tiene las mínimas más altas y porque puedes ir en mangas de camisa. Confortable, pues, en lo que respecta a la epidermis, esa epidermis en la que se corre la Fórmula Uno y en la que se desliza la Copa América. Porque Valencia es una ciudad fachada, una ciudad dirigida por los políticos que los valencianos nos merecemos. Algo, todo se ha de decir, que resulta tan real como demasiado extensible fuera del micromundo de la provincia en cuestión.
Pero lo que desde luego distingue a Valencia de otras ciudades es su capacidad de engaño. No sé cuántos años pasé yo recibiendo elogios por parte de todos los que no vivían en Valencia; elogios por otra parte que no disimulaban una cierta envidia hacia lo que creían que era Valencia. No sé cómo lo hace, pero Valencia, más allá de sus instancias políticas, es una ciudad que posee una imagen envidiable. No sé cuántos años llevo yo escuchando elogios que no disimulan una sana envidia hacia el extraordinario nivel que posee la cultura valenciana. No sé cuántos años comprobando que nadie sabe cuál, y cuán, es el desprecio real que manifiesta Valencia por la verdadera cultura; no sé cuantos años comprobando que, quienes no viven en Valencia, confunden la realidad con la representación mediática de esa realidad. Valencia fue una de las primeras provincias que comprendió que la realidad la construyen los llamados impactos mediáticos. Hubo un tiempo hace unos cuantos años, eso sí, que gracias a ciertos personajes serios, estuvimos a punto de ser verdaderamente una capital cultural, pero todo se desvaneció gracias a la emergencia del verdadero carácter valenciano: el fallero, el buñolero, el peinetero. Por eso tenemos a los políticos que nos merecemos; por eso es en Valencia donde mejor se ratifica esa máxima onírica que reza: “los políticos somos nosotros”. Ya sólo los cínicos creen que no merecen a los políticos que los representan. La democracia es eso, una cuestión regida por parámetros cuantitativos.
Pondré un pequeño ejemplo que pudiendo parecer nimio o anecdótico sirve para dar cuenta exacta de cuál es, no tanto el estado de la cultura ofrecida por las instancias políticas (que este estado ya sí lo conoce más gente en la actualidad) cuanto el verdadero estado cultural del valenciano, del ciudadano que habita Valencia (estado que, más allá de todo posible Gobierno, permanece incólume e inalterable). Sucedió hace unos pocos años y sucedió, precisamente, debido a esa aura fantástica que Valencia proyectaba allende sus fronteras. Atraídos por lo que esa imagen mediática proyectaba se instalaron tres empresas vinculadas al negocio fotográfico. Tal era la imagen cultural que circulaba que esas tres grandes empresas no se preocuparon por hacer lo que toda gran empresa debe hacer, un análisis de mercado. No lo hicieron porque, precisamente, se creyeron lo que Valencia proyectaba a través de sus creativos y medidos impactos mediáticos. Tres empresas que llegaron, claro, para cubrir un sector de mercado que presuponían rentable: un laboratorio fotográfico, un distribuidor de material fotográfico y una escuela de fotografía.
Las tres empresas llegaron a Valencia por los mismos motivos por los que me envidiaban todos mis interlocutores foráneos: porque se creían eso de que Valencia tenía una impresionante movida cultural que, además, se caracterizaba por darle una importancia extraordinaria a la fotografía. El chasco provino de lo que verdaderamente oculta la fachada valenciana: la nada. O mejor: detrás de la fachada sólo se encuentran los andamios que la sujetan. Valencia es como uno de esos antiguos pueblos de Almería en la que sólo hay un Saloon y un burdel. Todo lo demás es andamiaje. En Valencia sólo tiene cabida lo frívolo, la cultura no es más que un buñuelo, un vacío rodeado de dulce. Y con muchas bandas de música.
Yo conocía a los tres empresarios que tuvieron que huir de Valencia con el rabo entre las piernas. No daban crédito a lo que les sucedía. Si me hubieran preguntado antes les hubiera advertido de que no vinieran, pero nunca me hubieran creído. Aquí en Valencia no hay ni un mínimo interés por la Cultura si ésta cuesta o dinero o esfuerzo. El laboratorio cerró porque al parecer no había fotógrafos que quisieran positivar. O porque no había fotógrafos, sin más. El distribuidor cerró porque no había fotógrafos que quisieran comprar trípodes, o porque no había fotógrafos, sin más. Y la escuela cerró porque no había nadie que quisiera ser fotógrafo. Yo, por aquel entonces era anualmente contratado por una escuela de fotografía de Alcalá de Henares que tenía entre 70 y 90 alumnos por temporada. Y también daba un curso anual de fotografía en Algeciras, en donde tenían que restringir la cantidad de alumnos por clase para poder garantizar la calidad de la enseñanza. En ambos lugares decían envidiarme por vivir en Valencia. Valencia, esa ciudad de mierda. En Madrid y en Barcelona esos empresarios comían en La Broche y en El Bulli.
Ciertamente no hubo nunca en Valencia conciencia alguna de cultura. Una típica broma en el sector cultural es preguntarse entre avisados cuántos coleccionistas de arte hay en Valencia. La respuesta cómplice es siempre: “no recuerdo exactamente; no sé si uno o ninguno”. Y cada ciudad se mide por aquello que permite cuantificar su estatus y por el poder de influencia que ejerce allende sus fronteras. Y en este sentido Valencia es, en contra de toda la previsibilidad que confiere el hecho de ser la tercera provincia española en importancia, una ciudad con influencia cero. Es cierto que desde hace ya un tiempo ya nadie dice envidiarme, pero la realidad es aún peor de lo que se cree.
El IVAM lo dirige una política que usa su propio pelo de peineta y su programa incluye, claro, peluqueros, artistas valencianos (innegociables por su valencianía) y exposiciones derivadas de compromisos varios adquiridos en sus múltiples viajes pagados por los valencianos amantes de la cultura dominical (en chándal). La Sala del Palau de la Música la dirige una mujer cuya máxima preocupación es no envejecer y su programa, claro, depende de los pocos jugadores de golf que hay en Valencia. La directora de la Sala de la Diputación impuesta por el partido es una niña muy mona que delega todo lo que hace falta para mantener su puesto, por lo que su programa no es suyo y no es de nadie. Y mientras, la alcaldesa da brincos en las mascletás y llora en la Ofrenda de Flores. Y cada vez hay más calles con falla. Y el Papa en su PapaMóvil saludando a todas las cámaras de televisión apostadas en todas esas calles que no tienen habitualmente problemas de tráfico. Porque Valencia es una ciudad confortable. Pero de mierda.
Pos Scriptum. España es un país de mierda, como ha demostrado hoy el Senado (25 de Mayo de 2010, tírese de hemeroteca y videoteca, con 5 millones de parados). Un gobierno de mierda con una oposición de mierda. Y los políticos, recordémoslo, somos nosotros. Nosotros pero con dinero en vitalicio. El dinero nuestro dinero.
En pocas ciudades de España se puede vivir tan bien con respecto a cosas que te hacen la vida agradable; hace buen tiempo y no hay problemas de tráfico. Confortable, pues, porque tiene las mínimas más altas y porque puedes ir en mangas de camisa. Confortable, pues, en lo que respecta a la epidermis, esa epidermis en la que se corre la Fórmula Uno y en la que se desliza la Copa América. Porque Valencia es una ciudad fachada, una ciudad dirigida por los políticos que los valencianos nos merecemos. Algo, todo se ha de decir, que resulta tan real como demasiado extensible fuera del micromundo de la provincia en cuestión.
Pero lo que desde luego distingue a Valencia de otras ciudades es su capacidad de engaño. No sé cuántos años pasé yo recibiendo elogios por parte de todos los que no vivían en Valencia; elogios por otra parte que no disimulaban una cierta envidia hacia lo que creían que era Valencia. No sé cómo lo hace, pero Valencia, más allá de sus instancias políticas, es una ciudad que posee una imagen envidiable. No sé cuántos años llevo yo escuchando elogios que no disimulan una sana envidia hacia el extraordinario nivel que posee la cultura valenciana. No sé cuántos años comprobando que nadie sabe cuál, y cuán, es el desprecio real que manifiesta Valencia por la verdadera cultura; no sé cuantos años comprobando que, quienes no viven en Valencia, confunden la realidad con la representación mediática de esa realidad. Valencia fue una de las primeras provincias que comprendió que la realidad la construyen los llamados impactos mediáticos. Hubo un tiempo hace unos cuantos años, eso sí, que gracias a ciertos personajes serios, estuvimos a punto de ser verdaderamente una capital cultural, pero todo se desvaneció gracias a la emergencia del verdadero carácter valenciano: el fallero, el buñolero, el peinetero. Por eso tenemos a los políticos que nos merecemos; por eso es en Valencia donde mejor se ratifica esa máxima onírica que reza: “los políticos somos nosotros”. Ya sólo los cínicos creen que no merecen a los políticos que los representan. La democracia es eso, una cuestión regida por parámetros cuantitativos.
Pondré un pequeño ejemplo que pudiendo parecer nimio o anecdótico sirve para dar cuenta exacta de cuál es, no tanto el estado de la cultura ofrecida por las instancias políticas (que este estado ya sí lo conoce más gente en la actualidad) cuanto el verdadero estado cultural del valenciano, del ciudadano que habita Valencia (estado que, más allá de todo posible Gobierno, permanece incólume e inalterable). Sucedió hace unos pocos años y sucedió, precisamente, debido a esa aura fantástica que Valencia proyectaba allende sus fronteras. Atraídos por lo que esa imagen mediática proyectaba se instalaron tres empresas vinculadas al negocio fotográfico. Tal era la imagen cultural que circulaba que esas tres grandes empresas no se preocuparon por hacer lo que toda gran empresa debe hacer, un análisis de mercado. No lo hicieron porque, precisamente, se creyeron lo que Valencia proyectaba a través de sus creativos y medidos impactos mediáticos. Tres empresas que llegaron, claro, para cubrir un sector de mercado que presuponían rentable: un laboratorio fotográfico, un distribuidor de material fotográfico y una escuela de fotografía.
Las tres empresas llegaron a Valencia por los mismos motivos por los que me envidiaban todos mis interlocutores foráneos: porque se creían eso de que Valencia tenía una impresionante movida cultural que, además, se caracterizaba por darle una importancia extraordinaria a la fotografía. El chasco provino de lo que verdaderamente oculta la fachada valenciana: la nada. O mejor: detrás de la fachada sólo se encuentran los andamios que la sujetan. Valencia es como uno de esos antiguos pueblos de Almería en la que sólo hay un Saloon y un burdel. Todo lo demás es andamiaje. En Valencia sólo tiene cabida lo frívolo, la cultura no es más que un buñuelo, un vacío rodeado de dulce. Y con muchas bandas de música.
Yo conocía a los tres empresarios que tuvieron que huir de Valencia con el rabo entre las piernas. No daban crédito a lo que les sucedía. Si me hubieran preguntado antes les hubiera advertido de que no vinieran, pero nunca me hubieran creído. Aquí en Valencia no hay ni un mínimo interés por la Cultura si ésta cuesta o dinero o esfuerzo. El laboratorio cerró porque al parecer no había fotógrafos que quisieran positivar. O porque no había fotógrafos, sin más. El distribuidor cerró porque no había fotógrafos que quisieran comprar trípodes, o porque no había fotógrafos, sin más. Y la escuela cerró porque no había nadie que quisiera ser fotógrafo. Yo, por aquel entonces era anualmente contratado por una escuela de fotografía de Alcalá de Henares que tenía entre 70 y 90 alumnos por temporada. Y también daba un curso anual de fotografía en Algeciras, en donde tenían que restringir la cantidad de alumnos por clase para poder garantizar la calidad de la enseñanza. En ambos lugares decían envidiarme por vivir en Valencia. Valencia, esa ciudad de mierda. En Madrid y en Barcelona esos empresarios comían en La Broche y en El Bulli.
Ciertamente no hubo nunca en Valencia conciencia alguna de cultura. Una típica broma en el sector cultural es preguntarse entre avisados cuántos coleccionistas de arte hay en Valencia. La respuesta cómplice es siempre: “no recuerdo exactamente; no sé si uno o ninguno”. Y cada ciudad se mide por aquello que permite cuantificar su estatus y por el poder de influencia que ejerce allende sus fronteras. Y en este sentido Valencia es, en contra de toda la previsibilidad que confiere el hecho de ser la tercera provincia española en importancia, una ciudad con influencia cero. Es cierto que desde hace ya un tiempo ya nadie dice envidiarme, pero la realidad es aún peor de lo que se cree.
El IVAM lo dirige una política que usa su propio pelo de peineta y su programa incluye, claro, peluqueros, artistas valencianos (innegociables por su valencianía) y exposiciones derivadas de compromisos varios adquiridos en sus múltiples viajes pagados por los valencianos amantes de la cultura dominical (en chándal). La Sala del Palau de la Música la dirige una mujer cuya máxima preocupación es no envejecer y su programa, claro, depende de los pocos jugadores de golf que hay en Valencia. La directora de la Sala de la Diputación impuesta por el partido es una niña muy mona que delega todo lo que hace falta para mantener su puesto, por lo que su programa no es suyo y no es de nadie. Y mientras, la alcaldesa da brincos en las mascletás y llora en la Ofrenda de Flores. Y cada vez hay más calles con falla. Y el Papa en su PapaMóvil saludando a todas las cámaras de televisión apostadas en todas esas calles que no tienen habitualmente problemas de tráfico. Porque Valencia es una ciudad confortable. Pero de mierda.
Pos Scriptum. España es un país de mierda, como ha demostrado hoy el Senado (25 de Mayo de 2010, tírese de hemeroteca y videoteca, con 5 millones de parados). Un gobierno de mierda con una oposición de mierda. Y los políticos, recordémoslo, somos nosotros. Nosotros pero con dinero en vitalicio. El dinero nuestro dinero.
jueves, mayo 20, 2010
La belleza de la emoción
Cada vez que veo una obra suya alcanzo un nivel de emoción que rara vez he alcanzado en la experiencia estética de confrontación con el arte. Cada vez que veo una nueva obra suya me reivindico en la afirmación de que Bill Viola es el mejor artista de los últimos 50 años. Afirmación que hago, claro, desde la inevitable particularidad de mi ser. Así pues, nada de plurales mayestáticos respecto a lo que es una experiencia propia. Y mientras el arte camina hacia su incierto destino yo gozo soberanamente con alguna de las cosas que en nombre del arte se me presentan. Y mientras desprecio casi todo lo que en nombre del arte se me presenta mi conciencia se ensancha ante las piezas bidimensionales de un artista, Bill Viola.
El caso es que se produce una coincidencia en todas aquellas obras de arte que me producen un extraordinario placer emocional: que son autónomas respecto a una posible explicación (que las pudiera justificar). O por decirlo de otra manera: las obras de Bill Viola hacen que los exegetas me parezcan unos vulgares curanderos.
Porque, digámoslo: una cosa es la obra de arte, otra la voluntad del autor y otra la interpretación del espectador (sea o no experto). Algo, al parecer, que aún no han sido capaces de comprender muchos analistas eruditos y bien informados. Permanece en ellos la arcaica forma de entender el objeto de la Historia del Arte que se fundamenta en la Leyenda del Artista. Y creen, con cierta ingenuidad ignorante, que el artista es responsable del significado de su obra. Desconociendo, también, la Segunda Ley de la Estupidez Humana (Cipolla), que reza que alguien puede ser un excelente artesano (o actor, o cantante) con independencia de que al mismo tiempo pueda ser un perfecto merluzo (o inculto, o cínico, o imbécil). Los expertos en arte son, en definitiva y en su aplastante mayoría, hagiógrafos.
¡Qué difícil me resulta expresar la emoción que me aflora ante El quinteto de los atónitos! Me enfrento ante una composición clásica de cuatro hombres y una mujer situados frontalmente al espectador. Debe decirse antes que nada que si no se está advertido podría pensarse que se trata de una fotografía retroiluminada, por lo que existen bastantes probabilidades de que, si no se está informado, se pase delante de ella creyendo haber visto lo que parece pero no es. En cualquier caso las obras de Viola no se ven, se visualizan; no admiten travellings ni acercamientos por parte del espectador. Requieren ser visualizadas desde un punto fijo, inmóvil. Son ellas, las imágenes, las que se mueven. Aunque a velocidades extraordinariamente lentas los “modelos” se mueven sin que percibamos el propio movimiento: la secuencia se ha filmado con película extra-rápida, a 400 fotogramas por segundo; así, un minuto de grabación equivale a 40 minutos de proyección. Por lo que las obras requieren atención, atención parsimoniosa; requieren expectación sosegada. Tiempo. Eso que todo el mundo dice no tener.
La diferencia entre la expectación ante una obra fija y otra secuencial es que para la primera el tiempo es un parámetro anecdótico, sin embargo en la segunda no hay percepción cabal sin él. Las imágenes en movimiento implican la necesaria presencia de un observador, no sólo para testificar la tecnificación del tiempo, sino para producir ese tiempo técnico necesariamente fenomenológico. El espectador de cuadros (o fotografías) hace del espectador una presencia latente, mientras que las imágenes en movimiento tecnificadas requieren una presencia real.
Los cinco personajes del Quinteto de los atónitos se mueven en función de unas determinadas emociones. La rabia, el dolor, la pena, el amor, la compasión, el odio, la curiosidad son algunas de las emociones que los personajes muestran frontalmente al espectador que sigue el hilo secuencial de una trama inexplicable. Cada personaje refleja una emoción con independencia de las emociones de sus compañeros, de forma que el resultado es ambiguo por necesidad. Se trata de combinar dos conceptos: confluencia y alternancia (de emociones) para generar el caos de la sensación perceptiva, caos, por otra parte, que inevitablemente me lleva a la emoción, a una emoción indefinida, intemporal: profunda. Inexplicable.
Puro realismo de sensaciones, fenomenológico, a través del cual accedo a esa emoción profunda. Al igual que en todas sus piezas pertenecientes a Las pasiones (sobre todo Observance), los personajes me muestran su lado íntimo más allá de toda posible interpretación. Su intimidad explosiona ante el desconocimiento real de la causa que provoca sus sentimientos. Sentimientos profundos. No hay nunca un porqué. Así, la expresión del sentimiento se me transfiere de forma pura. Emocionando. O por decirlo de otra manera: no hay personajes en la obra de Viola, ni siquiera actos interpretativos; hay sólo emoción directa, la que me adviene de la contemplación de aquello que es inexplicable. Y la cámara hiperlenta ha sido la forma (técnica) perfecta para conseguir lo que ni una fotografía ni una película de cine pudo conseguir antes. Conjunción perfecta, pues, de contenido, forma y técnica. ¿El resultado? (conmigo, se sobreentiende): SOBRECOGIMIENTO.
Post Scriptum. Decía más arriba que ante ciertas obras de arte (¿las verdaderas?) los expertos parecen curanderos. Pues bien, pude también decir que ante ciertas obras de arte los expertos hacen lo único que pueden: hablar de fuera adentro. Es decir, creyendo que las obras tienen un significado y que ese significado viene asignado por el autor. Y sin poder, además, asignarle al autor la cualidad de la estupidez. Y si algo me sorprende del Bill Viola sujeto, que no del artista, es su simplicidad, la tontería de sus infantiles planteamientos, su espíritu pseudomístico, sus explicaciones pseudofilosóficas y pretenciosas. En fin, me sorprende la nimiedad de todo aquello que rodea a su extraordinarias obras; de todo aquello que no es su obra, que por otra parte es, curiosamente, lo que sirve a los expertos para tener algo que decir en plural mayestático. O por decirlo de otra forma: Bill Viola es tonto y las explicaciones a su obra son tan burdas como efectivas. Sus obras, sin embargo, me resultan sumamente emocionantes.
El caso es que se produce una coincidencia en todas aquellas obras de arte que me producen un extraordinario placer emocional: que son autónomas respecto a una posible explicación (que las pudiera justificar). O por decirlo de otra manera: las obras de Bill Viola hacen que los exegetas me parezcan unos vulgares curanderos.
Porque, digámoslo: una cosa es la obra de arte, otra la voluntad del autor y otra la interpretación del espectador (sea o no experto). Algo, al parecer, que aún no han sido capaces de comprender muchos analistas eruditos y bien informados. Permanece en ellos la arcaica forma de entender el objeto de la Historia del Arte que se fundamenta en la Leyenda del Artista. Y creen, con cierta ingenuidad ignorante, que el artista es responsable del significado de su obra. Desconociendo, también, la Segunda Ley de la Estupidez Humana (Cipolla), que reza que alguien puede ser un excelente artesano (o actor, o cantante) con independencia de que al mismo tiempo pueda ser un perfecto merluzo (o inculto, o cínico, o imbécil). Los expertos en arte son, en definitiva y en su aplastante mayoría, hagiógrafos.
¡Qué difícil me resulta expresar la emoción que me aflora ante El quinteto de los atónitos! Me enfrento ante una composición clásica de cuatro hombres y una mujer situados frontalmente al espectador. Debe decirse antes que nada que si no se está advertido podría pensarse que se trata de una fotografía retroiluminada, por lo que existen bastantes probabilidades de que, si no se está informado, se pase delante de ella creyendo haber visto lo que parece pero no es. En cualquier caso las obras de Viola no se ven, se visualizan; no admiten travellings ni acercamientos por parte del espectador. Requieren ser visualizadas desde un punto fijo, inmóvil. Son ellas, las imágenes, las que se mueven. Aunque a velocidades extraordinariamente lentas los “modelos” se mueven sin que percibamos el propio movimiento: la secuencia se ha filmado con película extra-rápida, a 400 fotogramas por segundo; así, un minuto de grabación equivale a 40 minutos de proyección. Por lo que las obras requieren atención, atención parsimoniosa; requieren expectación sosegada. Tiempo. Eso que todo el mundo dice no tener.
La diferencia entre la expectación ante una obra fija y otra secuencial es que para la primera el tiempo es un parámetro anecdótico, sin embargo en la segunda no hay percepción cabal sin él. Las imágenes en movimiento implican la necesaria presencia de un observador, no sólo para testificar la tecnificación del tiempo, sino para producir ese tiempo técnico necesariamente fenomenológico. El espectador de cuadros (o fotografías) hace del espectador una presencia latente, mientras que las imágenes en movimiento tecnificadas requieren una presencia real.
Los cinco personajes del Quinteto de los atónitos se mueven en función de unas determinadas emociones. La rabia, el dolor, la pena, el amor, la compasión, el odio, la curiosidad son algunas de las emociones que los personajes muestran frontalmente al espectador que sigue el hilo secuencial de una trama inexplicable. Cada personaje refleja una emoción con independencia de las emociones de sus compañeros, de forma que el resultado es ambiguo por necesidad. Se trata de combinar dos conceptos: confluencia y alternancia (de emociones) para generar el caos de la sensación perceptiva, caos, por otra parte, que inevitablemente me lleva a la emoción, a una emoción indefinida, intemporal: profunda. Inexplicable.
Puro realismo de sensaciones, fenomenológico, a través del cual accedo a esa emoción profunda. Al igual que en todas sus piezas pertenecientes a Las pasiones (sobre todo Observance), los personajes me muestran su lado íntimo más allá de toda posible interpretación. Su intimidad explosiona ante el desconocimiento real de la causa que provoca sus sentimientos. Sentimientos profundos. No hay nunca un porqué. Así, la expresión del sentimiento se me transfiere de forma pura. Emocionando. O por decirlo de otra manera: no hay personajes en la obra de Viola, ni siquiera actos interpretativos; hay sólo emoción directa, la que me adviene de la contemplación de aquello que es inexplicable. Y la cámara hiperlenta ha sido la forma (técnica) perfecta para conseguir lo que ni una fotografía ni una película de cine pudo conseguir antes. Conjunción perfecta, pues, de contenido, forma y técnica. ¿El resultado? (conmigo, se sobreentiende): SOBRECOGIMIENTO.
Post Scriptum. Decía más arriba que ante ciertas obras de arte (¿las verdaderas?) los expertos parecen curanderos. Pues bien, pude también decir que ante ciertas obras de arte los expertos hacen lo único que pueden: hablar de fuera adentro. Es decir, creyendo que las obras tienen un significado y que ese significado viene asignado por el autor. Y sin poder, además, asignarle al autor la cualidad de la estupidez. Y si algo me sorprende del Bill Viola sujeto, que no del artista, es su simplicidad, la tontería de sus infantiles planteamientos, su espíritu pseudomístico, sus explicaciones pseudofilosóficas y pretenciosas. En fin, me sorprende la nimiedad de todo aquello que rodea a su extraordinarias obras; de todo aquello que no es su obra, que por otra parte es, curiosamente, lo que sirve a los expertos para tener algo que decir en plural mayestático. O por decirlo de otra forma: Bill Viola es tonto y las explicaciones a su obra son tan burdas como efectivas. Sus obras, sin embargo, me resultan sumamente emocionantes.
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