domingo, enero 09, 2011

Música

Hay gente con la mente muy abierta respecto a la Música. Es más, he podido comprobar a lo largo de mi vida que es mucha la gente que gusta de la Música así, en genérico, y que por lo tanto escucha con el mismo o similar placer música de muy diverso género. A mí, sin embargo, siempre me pasó algo distinto, más bien lo contrario: me gustó como a todos (al parecer), pero muy poco de ella. Ya de adolescente me incliné por una música que apenas podía compartir con nadie. Y además, salvo alguna rara excepción con la música clásica, prácticamente sólo me gustaba esa, la que me gustaba. Mi problema de entonces, que sigue siendo parecido al de ahora, es que cada vez que me preguntaban acerca de mis gustos musicales no sabía qué responder. Comprobaba, igual que ahora sigo comprobando, que no había respuesta que pudiera zanjar fácilmente la cuestión.

De hecho, cuando en alguna ocasión me veía sin ganas de responder in-extenso, siempre e invariablemente se hacía mi interlocutor una idea equivocada del asunto. Sigue pasándome lo mismo y, si bien es cierto que la respuesta detallada no sería la misma de antaño, el fondo de la cuestión permanece inalterable. Por ejemplificar: si ante la pregunta adolescente “¿qué música te gusta?” yo contestaba “el Jazz”, indefectiblemente el interlocutor se hacía una idea equivocada del asunto. Y no tanto por una posible incompetencia del mismo cuanto por la indefinición de lo que tal adscripción podía englobar, o incluso significar. De hecho, de la misma forma en la que decía que el Jazz era la música que me gustaba pude decir, sin que hubiera habido un ápice de falsedad en la afirmación, que el Jazz era una de las formas musicales que más odiaba. Tal era (es) el valor polisémico de la palabra Jazz. Sin ir más lejos, uno de los compañeros colegio de entonces, que continúa siendo amigo, tenía una idea del Jazz absolutamente contrapuesta a la mía. Él (como otros amigos ulteriores al colegio) escuchaba Jazz Contemporáneo y se retrotraía unos cuantos años para entenderlo. Así, el entendimiento de lo contemporáneo pasaba por entender retroactivamente el Bebop. Yo, sin embargo, sólo gustaba de los orígenes de la música negra y como mucho llegaba a algunas de las Big Bands previas a la constitución del Bebop, ese estilo atiborrado de excesos que por aquel entonces no soportaba en ninguna medida. Me costaba entender los desafueros incomprensiblemente veloces y arrítmicos de Coltrane, Young y Parker. Y sin embargo me complacía el sonido roto y quejumbroso de Ben Webster, o el sonido intelectual (sí) de los cuartetos de Benny Goodman.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y mis gustos han ido y venido por vericuetos a veces imprevisibles. Se han ampliado mis preferencias, si bien es cierto que no me consideraría jamás un ecléctico. Cuando ahora alguien me pregunta por mis gustos musicales ya sí sé qué responder: “me gusta Duke Ellington”. Esa es la respuesta más precisa que puedo dar. Es verdad que escucho ahora mucha más música que antaño, y es incluso probable que escuche ahora menos al Duke que antes, pero no es menos cierto que cuando escucho al Duke quedo impregnado por la esencia que la palabra música contiene. Para mí no hay nada que represente mejor el concepto de Música del siglo XX que el conjunto de sus miles de composiciones musicales, las que además tocaba en vivo aquí y allí sin descanso.

Mucha gente sigue asociando su figura al Cotton Club y entienden su música desde la perspectiva de las Big Bands, lo cual no deja de ser una simplificación recurrente que denota cierta ignorancia. Duke Ellington fue mucho más que eso; es más; casi fue lo contrario de eso. Una vez escuchado el Duke seriamente casi todas las Big Bands suenan a verbena. Ya en los primeros treinta se despertó en él un interés por llevar su música a territorios desconocidos por el mundo sincopado del Jazz. Por aquel entonces conoció a un músico que resultó absolutamente definitivo en la conformación del sonido ellingtoniano: Billy Strayhorn, un ser intovertido 20 cms. más bajo y diez años más joven que el Duke. De ahí surgieron los primeros dos trabajos orquestales serios de la banda, Jump for Joy (1941) y Black, Brown and Beige (1943). Después de estos nunca dejó de plantearse obras que trascendieran lo que una nomenclatura de género musical constreñía. De hecho conviene recalcar en que el trabajo realizado en los cuarenta no fue sino la vía por la se abrió paso para conseguir verdaderos frutos 15 años más tarde, cuando se hubieron perfeccionado los estudios de grabación. Esas primeras obras fueron brillantes aproximaciones que tuvieron su peso e influencia en su momento y que sirvieron al Duke como plataforma para sus investigaciones ulteriores, menos “históricas” pero más contundentes y perfeccionadas. Por eso me resulta tan extraño como incomprensible que muchos historiadores de la música (incluido Alex Ross, que le dedica varias páginas en su imponente obra) sigan aún ninguneando el trabajo que el Duke realizó en sus últimos años.

No hay más que ver ciertos vídeos que sobre él se realizaron para comprender qué le impulsaba a ser músico. El Duke era, ante todo, plenamente feliz escuchando en directo todos los arreglos que había anotado la noche anterior en la suite del hotel de turno. Disfrutaba tocando el piano y disfrutaba dirigiendo a sus músicos, unos músicos que sólo alcanzaban su máxima cota de excelencia cuando tocaban en la formación ellingtoniana. Algunos se formaron con el Duke y se despegaron de él para llevar su carrera de forma más libre (Barney Bigard, Ben Webster). Algunos de ellos intentaron brillar con luz propia, pero siempre acababan volviendo a la banda para mostrar lo mejor de ellos (Jimmy Hamilton, Johny Hodges). Y otros le fueron estrictamente fieles durante toda su vida (Rusell Procope, Harry Carney, Paul Gosalves).

El sonido peculiar de Ellington lo proporcionaban sin duda los vientos, sobre todo la heterodoxa mezcla de caracteres en la sección de saxos. Un barítono, uno o dos tenores, dos altos y dos clarinetes. Harry Carney con el saxo barítono le otorgaba la profundidad melancólica que dejó el vació de Ben Webster. Rusell Procope, que combinaba el saxo alto con el clarinete, aportaba a la banda un sonido de fondo que resultaba imprescindible en el clímax del final de muchas piezas. Jimmy Hamilton ponía el sonido Orleans que nos recordaba constantemente los orígenes del Jazz. Pero si algo caracterizó el sonido por el que Ellington merece un puesto en el Olympo fue la excéntrica mezcla de dos saxos tan extremadamente antagónicos, Paul Gonsalves y Jonhy Hodges. El primero me hubiera resultado insoportable fuera de la banda, pero se hacía necesaria su presencia en ella para aportar la disonancia que compensaba tanta armonía. Parecía un autista cuando hacía sus solos; apretaba sus labios, cerraba los ojos y se retorcía con su instrumento formando una unidad con él. Rara vez conseguía contener su virtuosismo digital y sus solos acababan siempre variando la melodía y hasta el tempo de la pieza. Algo que el Duke usaba en beneficio de todos, porque si algo tuvo claro siempre el Duke es que debía escribir las partituras en función de sus particulares músicos, a los que conocía perfectamente y a los que se adaptaba en función de sus posibilidades y de sus limitaciones. Y por otra parte estaba Jonhy Hodges el más grande saxo alto de todos los tiempos, con su inconfundible sonido metafísico que aplanaba la base de toda melodía sobreponiéndose al tema central y dotándole de una fuerza celestial. Fue lo opuesto del bueno de Gonsalves (tan bebopiano él), que compensaba su introversión con apasionadas contorsiones. Hodges, sin embargo, no sólo permanecía inalterable en el punto álgido de su solo, sino que además mantenía los ojos abiertos como si fuera él quien te estaba escuchando, como si la cosa no fuera con él.

Duke Ellington grabó innumerables discos, muchos de ellos contenían selecciones de distintos temas que combinaba según su estado de ánimo. Muchas de sus grabaciones más famosas las hizo en directo y ahí también resultó ser poco previsible. Es cierto que hacía alguna pequeña concesión con esos temas que siempre acababan por demandarle (Caravan, Satin Doll, C-Jam Blues, Perdido, Black and Tan Fantasy…) pero él siempre iba más lejos de lo previsible y ofrecía al público mezclas y combinaciones que eran fruto de su inevitable necesidad de creación.
Lo mejor de su creación se encuentra en las piezas largas creadas a base de pequeños fragmentos. Casi todas ellas compuestas y grabadas a lo largo de la década de los sesenta: Far East Suite, New Orleans Suite, Tongo Brava Suite, The Degas Suite, The Girl’s Suite, The Perfume Suite, The Queen’s Suite, The Goutelas Suite, The Uwis Suite. Y no podemos olvidar su memorable partitura para la película de Preminger Anatomía de un asesinato. Y su extraordinaria interpretación de la banda sonora de Mary Poppins. Y su disco A drum is a woman, obra que nos narra con orquestación y de forma sui generis los inicios del Jazz, que fue por otra parte el resultado de un proyecto frustrado que compartió con Orson Welles.

Oigamos Clementine de The Girl’s Suite: Surge el clarinete (Procope) con un vibrato en el registro bajo que deja escapar sabiamente algún agudo. Sonido compacto y resonante de un clarinete abrumador. Las trompetas de fondo y con sordina acompañan a golpes este inicio que indica una apertura, una apertura con ritmo alegre pero contenido. El clarinete deja paso a un evidente diálogo mantenido entre la sección de saxos al completo y un piano sutil que parece dar la razón a los vientos con cortesía y dulzura. Diálogo entre quien dice cosas sensatas y quien las corrobora con delicadeza (Duke) a golpe sutil de teclado. De repente surge una afirmación por encima del diálogo; se trata del saxo alto (Hodges) que entra en escena con un discurso afirmativo, pero con un indudable alarde de felicidad y sentido del humor. El saxo impone su opinión con un fraseo convincente por su sencillez y una galantería sólo propia de los sabios a los que gusta escuchar. Es entonces cuando vuelve a hacer acto de presencia el clarinete que nos introdujo en esta conversación mantenida en el muelle, al claro de una luna que en el mar se refleja perfectamente entre los mástiles de los veleros. Entra el clarinete para hacer de contrapunto al saxo y se superponen en un clímax en el que ambos brindan por la felicidad que efectivamente estalla en la audición. Los instrumentos sonríen entre bemoles y sostenidos hasta que se despiden. Llegado este punto, he de reconocer, es cuando me caen lágrimas como granadas.

Casi al final de sus días Ellington se hizo una entrevista a sí mismo en la que ante una pregunta protocolaria decía, “Jazz es tan sólo una palabra que en realidad no significa nada”. Al final de la autoentrevista el Duke ponía entre paréntesis, “(Si un entrevistador hace preguntas tontas es solo porque piensa que el entrevistado es tonto)”. El Duke, Duke Ellington. La Música.

viernes, enero 07, 2011

Misantropía

Me gustaría tener vocación de ermitaño, pero como no la tengo me conformo con poseer un lugar retirado del mundanal ruido. Allí voy siempre que puedo a desintoxicarme del exceso de rostros que sufro en mi habitual lugar de residencia; rostros que me agreden con su circunspecta presencia; rostros irreverentes a su pesar. Rostros innecesarios. Allí voy siempre que puedo a concentrar todo lo que mi fuerza centrífuga se encarga de alejarme en el hábito. Sólo puedo obtener la concentración necesaria allá donde los rostros sean evanescentes; o figurados. O minúsculos como una cerilla. O insignificantes como un miasma. Para no disiparme sólo me hace falta una celda de trabajo y unas buenas vistas. Algo que encuentro siempre que acudo a “mi cabaña”, sita entre Cabo de San Antonio y Cabo de la Nao. Allí voy siempre que puedo, tanto a concentrar lo disperso cuanto a separarme del mundanal ruido. Y no es la común unión a la naturaleza lo que me llama, sino la necesidad de emboscadura, que diría Junger. La necesidad de recogerme para así encontrar la distancia oportuna. No es por tanto un sitio para la creación, aunque ésta pueda darse, sino un lugar para la oxigenación y la meditación. Por lo que resulta importante la ausencia “del otro”. Amar a M., leer, pensar y comer paellas son los objetivos; y no pasear, producir o tomar güisquis.

Lo llamo “cabaña” irónicamente y en honor al lecorbuseriano término cabanon, porque mi casa de la costa nada tiene nada que ver con una cabaña. Así, no es el tipo de espacio habitable lo que me emparenta con Le Corbusier, tan distinto el suyo del mío, sino más bien lo que de él se pretende; lo que de él se espera. Digo yo, por especular acerca de lo que pudiera pretender el arquitecto. De hecho su cabaña se encontraba hábilmente situada en plena costa, entre Menton y Montecarlo. Si bien, y por otra parte, no tengo constancia de que además de concentración (para consigo) buscara distanciamiento (para con el otro), sobre todo si tenemos en cuenta que su cabaña carecía de cocina porque se encontraba ubicada en el jardín del restaurante Etoile de Mer, en Cap-Martin, donde el maestro comía todos los días. Algo que la leyenda se encarga de omitir o disimular para otorgar más potencia al mito, el mito de quien se “encabañiza”. Es más, bien pensado, la cabaña de Le Corbusier ratifica mi sospecha de que el arquitecto era un listillo. Y dadas las características estéticas (y funcionales) de sus obras y proyectos legados, un misántropo.

Addenda. Los hagiógrafos de Le Corbusier siguen relacionando sus proyectos con la búsqueda de la belleza (¿). Y entienden su modulor como una explicación convincente (¿)… porque resulta interesante respecto a sus intenciones (buenas). Y hablan de sus “pilotis” y de sus “máquinas para habitar” levitando por encima de la Unité d’habitation (Marsella), que fue apodada por los propios vecinos como “la casa del chiflado”. Curiosa es por tanto la coincidencia: el origen de cabanon (en el siglo XVIII) era la maison de fada, una especie de caseta exigua donde se encerraba a los locos peligrosos.

domingo, diciembre 26, 2010

Calidad Vs. Representatividad

Por cuestiones que no vienen a cuento he visto, en el mismo día, dos películas españolas realizadas por las mismas fechas: Deprisa deprisa de Carlos Saura (1981) y Los autonómicos de Mariano Ozores (1982). Por ir al grano: de entre las dos me quedo con esa que tan bien (¿) representa aquella época de transición, Los autonómicos. O por decirlo de otra forma, me quedo con Los autonómicos, entre otras cosas, por los motivos que se adujeron para defender la otra, Deprisa deprisa: por representar la “transición que media entre la represión fascista y la democracia” (consúltense hemerotecas).

No se trata de comparar dos formas de entendimiento cinematográfico tan antagónicas, pues ante toda posible comparativa saldría siempre beneficiado Carlos Saura. Y menos aún se trata de minusvalorar la obra de uno de los directores que mejores productos cinematográficos nos dejó en épocas menos libres. De lo que se trata, pues, es de dilucidar cuál de las dos películas representa mejor, no tanto una época concreta como al país en que se circunscribe su producción; un país que al parecer no puede más que repetir tenazmente los errores que imposibilitan su verdadero desarrollo. Es en este sentido que Deprisa deprisa “sólo” relata una historia que se adscribe a unas concretas coordenadas espacio/temporales y, sin embargo, Los autonómicos relata, aunque a partir de la parodia, nuestra particular hecatombe.

Deprisa deprisa no deja de ser una correcta descripción del particular momento de un país en vías de desarrollo; un país que lucha por recuperar el tiempo perdido. La localización de los exteriores elegidos le sirve a Saura como metáfora de un desarrollo que ignora y relega cualquier periferia (periferia que es aquí protagonista). Pero es en este sentido en donde la película se vuelve, en contra de las apariencias, más universal, esto es, menos representativa de lo particular. Así es como, por ejemplo y salvando las distancias, es reconocible como “nuestra” la idiosincrasia periférica de un Ken Loach (Lloviendo piedras o la de n Mike Leigh (Secretos y mentiras), por citar sólo dos ejemplos. Sé que resulta difícil de aceptar, pero hay quien sólo bajo presión y ante el posibilismo se crece artísticamente. El mejor cine de Saura es, paradójicamente, el anterior a la democracia: Mi prima angélica, Mamá cumple 100 años, Elisa vida mía y sobre todo La caza.

De esta forma, la curiosa demanda de Aniceto (Juanito Navarro), alcalde del pequeño municipio de Regajo de la Sierra, es menos grotesca de cuanto pudiera parecer, y mucho más representativa de un carácter que se ha demostrado tan particular como consustancial en nuestro territorio. Tal es la trama de la película: Aniceto quiere convertir a su pequeño municipio en Comunidad Autónoma y hará lo que haga falta para conseguirlo (sobornos, chantajes). Una trama, como puede verse, que resulta perfectamente representativa no tanto de su momento histórico, que también, cuanto de un carácter que subyace en la clase dirigente española más allá de un concreto momento histórico. O por decirlo acorde a los términos que aquí nos importan: cuando yo veo Deprisa deprisa mi memoria me retrotae con precisión al Moratalaz de mi infancia, un Moratalaz sórdido que produce un recuerdo cargante por exacto, es decir, cargante por “antiestético”. Sin embargo cuando veo Los autonómicos mi memoria desaparece ante la descripción de unos hechos que pierden su sentido histórico para conducirme, a través de la sátira, al genuino y persistente esperpento español.

Ciertamente todo producto es (fue) consecuencia de su propio presente, pero no es menos cierto que el devenir juega con varias posibles combinaciones de los elementos que conforman el verdadero éxito ulterior; es decir, un éxito en el presente continuo no garantiza posteridad alguna. Cientos de películas con gran éxito en taquilla han acabado en la indigencia debido al implacable juicio emitido por el paso del tiempo. Hay quien cree que se debe sólo al cambio de gusto de las sociedades, pero a mi modo de ver se trata de algo más fácil de explicar: mucho de lo que en cada presente continuo ha parecido representativo de su época no ha sido más que el producto de una imposición estética conculcada por una pandilla de intelectuales progres con mucha falsa fe en el futuro.

Indudablemente es mejor director de cine Carlos Saura que Antonio Ozores, e indudablemente es mejor película Deprisa deprisa (a pesar de los pesares) que Los autonómicos, pero vistas estas dos películas en la actualidad cabe creer que el paso del tiempo ha clarificado las cosas en cuanto a la representatividad de ambas; una es representativa de un momento tan puntual como discutible, la otra es representativa de nuestra particular hecatombe. Ya lo decía más arriba: de lo que se trata, pues, es de dilucidar cuál de las dos películas representa mejor, no tanto una época concreta como al país en que se circunscribe su producción; un país que al parecer no puede más que repetir tenazmente los errores que imposibilitan su verdadero desarrollo. Los autonómicos, al igual que Deprisa deprisa, representan bien la “transición que media entre la represión fascista y la democracia” pero la primera nos muestra, además, de qué estamos hechos los españoles.

domingo, diciembre 19, 2010

¿Lapsus?

Acaba el año y el número de mujeres asesinadas por sus correspondientes parejas (actuales o pasadas) se parece salvajemente a los números obtenidos en años precedentes. Los expertos en la materia se expresan al respecto en los medios de comunicación, fundamentalmente en la televisión y la prensa, haciéndose eco del asunto a su estilo; esto es: imponiendo una mirada sobre los hechos que, con pertinacia, se va demostrando ineficaz a lo largo de todos estos años de seguimiento estadístico. En cualquier caso los expertos insisten con su “mirada” en sus tesis y en lo que ellos llaman políticas de prevención. Que no son otras que las que nos invaden e imponen sin ofrecer la posibilidad de alternativa alguna, ya no sólo con respecto a las soluciones sino al mismo entendimiento de los hechos.

Ayer en El País, con el titular “Diciembre negro para la mujer”, se nos cantaba la insoportable cifra de víctimas a día de hoy. Toda una página dedicada a (sobre)entender como machistas los asesinatos de las 70 mujeres: “nuevo asesinato machista”, “violencia machista”, “70 asesinadas por los machistas”. Son frases de los expertos, que no son otros que aquellos que hablan desde donde sólo ellos pueden hacerlo, desde la tribuna, que por eso son expertos. Lugar privilegiado desde donde nadie, al parecer, puede salirse del guión de la corrección. Un guión ya escrito que exige un previo innegociable: la criminalización del varón.

“Entre las causas del repunte (de asesinatos) está el debate neomachista de la victimización de las mujeres, junto a la polémica de las denuncias falsas”, dice Miguel Lorente, delegado del Gobierno para la Violencia de Género. E inmediatamente después, pero sin atribuir por entrecomillado, se nos dice “También observa un posible efecto imitación o paso a la acción”. La primera frase del experto resulta tan sintomática como significativa y sólo da cuenta del lógico desconcierto que sufren quienes no aciertan a conocer algo tan elemental (ante un problema) como es el conocimiento de los hechos. Llevamos mucho tiempo en el que al periodismo se le ha olvidado algo tan elemental como es la necesidad previa de fijar los hechos. Así, sus análisis sólo pueden estar viciados por lo que ellos creen que debe ser dicho. Ahora, bajo los auspicios de la Corrección Política asentada sobre la Cultura de la Queja.

De entrada podría decirse que ante un problema todo debate debería considerarse siempre bueno o fructífero en la búsqueda de soluciones. Por lo que no puede achacarse a un debate la perpetuación del problema, a no ser que no se sepa de lo que se habla. O a no ser que, después de todo, el debate no sea sino el producto de una fantasía paranoica. Por otra parte, habla de debate neomachista, lo que resulta difícil de entender, pues no puede haber debate allá donde dos partes piensan lo mismo (pues el debate neomachista sólo puede darse entre neomachistas). Además, para el experto no es machista, sino neomachista, es decir, que vuelve a ser machista (¿). Así, un debate entre (¿miles de?) hombres que “vuelven” a pensar de forma machista es pues la causa por la que unos cuantos degenerados no han podido evitar las consecuencias de encontrarse ante la radical necesidad de asesinar, no a cualquier mujer, sino a su (ex) pareja. El debate, pues, como causa de asesinato!!!! Como también lo es la polémica de las denuncias falsas. No el problema en sí de las denuncias falsas, sino la polémica. La polémica (promovida y desarrollada por miles de hombres “malos”) como causa de los asesinatos producidos por unos cuantos degenerados!!!!

Y por si había dudas de lo que dice el experto respecto al debate llega una de las domadoras de expertos para abundar en lo mismo. “Lorente, al igual que la Ministra de Sanidad Política Social e Igualdad, Leire Pajín, asegura que la polémica sobre las denuncias falsas está haciendo un “flaco favor” a las víctimas de esta lacra. “Ese debate alimenta la violencia y provoca que quien ya está en una situación así sea más violento”, considera”. Y continúa “Igualdad también estudia el factor “imitación o paso a la acción” como uno de los factores a considerar en estos crímenes”.

Así que no sólo es el debate el culpable del repunte, también lo es la necesidad de imitación. No es, pues, la desesperación lo que lleva a un enfermo valenciano a matar a su mujer, sino el saber que un andaluz lo hizo antes. No hay, por tanto, posibilidad alguna de que los asesinos estén desinformados; son asesinos entre otras cosas porque están informados. De hecho, para los expertos es la información que reciben los hombres lo que como hombres les incita a matar. No es que estén desesperados, es sólo que además de machistas (¿) están informados sobre otros asesinos y quieren imitarlos. Por tanto, para evitar el “repunte” de asesinatos sólo habría que acabar con los debates (que en realidad no existen) y evitar dar la información (esa que se la trae al pairo a los que por desesperación se verán impelidos a asesinar) de los asesinatos.

Para acabar, claro, Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio de la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial, dice “… eso no hace más reforzarnos en que hace falta más trabajo en ese ámbito preventivo y educativo”. Y ya sabemos lo que quiere decir preventivo y educativo para los expertos (ver penúltimo post).

Addenda: No es la primera vez que veo presentar a los expertos sobre el tema con la expresión para en sustitución del contra: “Miguel Lorente, delegado del Gobierno para la Violencia de Género”. ¿Se tratará de un lapsus o se trata de una simple verdad?

Post Scriptum: Sobre el debate y la imitación. Pasaron anteayer por televisión un documental que se llamaba Chicas de discoteca y trataba de mostrar la relación que mantienen las menores de edad con los locales denominados discotecas. La entrevistadora preguntaba a las adolescentes cómo hacían para beber tanto si no tenían dinero. Las niñas no dudaron ni un momento: “eso está chupado, siempre encontramos algún pringado que nos invita” dijo una de ellas, “sí, es fácil dar con un pagafantas”, dijo otra. La entrevistadora les pregunta entonces, “y que hacéis una vez os ha invitado?”. “Que vamos hacer, darle puerta (hace el gesto); mandarlo a tomar por culo”.

domingo, diciembre 12, 2010

Las sillas de Ionesco

1-España y el absurdo. Por lo que sé, sólo 8 personas en diez meses pudieron vivir en sus propias carnes, de modo individual, una experiencia que resulta difícil de imaginar. La de encontrarse a solas en todo un aeropuerto. Podría ser interesante conocer la experiencia de esos 8 afortunados viajeros que pasaron por el aeropuerto de Huesca en el transcurso de 10 meses. Gracias a ellos sabríamos, por fin, si los no lugares descritos por el plomo de Marc Augè pueden ser también superlugares que cuestan una fortuna para que los no viajeros no hagan un pipí mientras no esperan la llamada de la puerta de embarque. Pero, aunque no anuncie vuelos para los que no hay viajeros, el aeropuerto de Huesca (o el de Lérida) se encuentra atiborrado de sillas en las que nadie se sienta. Sillas ergonómicas.

2-El Mundo y las lágrimas de cocodrilo. Resulta difícil de imaginar que una silla vacía sea el centro de atención, no sólo de todo el auditorio repleto de cientos de personalidades, sino de todos los millones de televidentes emocionados ante la ausencia del último Nobel de la Paz. Una silla vacía, pues, que representa lo que con la ausencia niega. Perfumes, colonias y joyas a manta para celebrar un símbolo que queda negado en su misma representación. Un símbolo que los países civilizados traicionan a diario con sus abrazos diplomáticos. Así, una silla vacía para una no presencia del “único” verdadero representante de la Paz. Y mientras después de la ceremonia los compungidos asistentes comen cigalas en el Ritz, Xiabo se pudre en la cárcel por creer en lo que no puede creer una silla vacía (colocada entre cientos de sillas ocupadas y perfumadas).

domingo, noviembre 28, 2010

¿Mayéutica?

Hemos tenido que sobrevivir a tres días de bombardeo mediático. Por el día del Contra la violencia de género. Niños adiestrados, actores sobrevenidos de elocuencia, presentadores ebrios de buena voluntad y televidentes asaltados por las calles declaran todos lo mismo ante la cámara. Los periódicos se hacen eco del asunto a su manera: en las portadas de varios de ellos la fotografía de unas mujeres sacando tarjeta roja. Las mismas mujeres que también han salido en todos los telediarios de todas las cadenas televisivas.

La pregunta, por cierto nada gratuita, sería, ¿a quién le sacan la tarjeta roja las mujeres?, ¿a quién va dirigida esa tarjeta?: ¿a los posibles futuros maltratadores?, ¿a los que se están pensando si maltratar o no a sus mujeres?, ¿a todos los hombres? ¿o sólo a los que ya han consumado el maltrato? ¿Qué sentido puede tener el sacar tarjeta roja a quien ya ha demostrado que “no entiende de fútbol” y por eso le importan muy poco las tarjetas? Si por lo tanto no es a ellos a quienes se les saca la tarjeta roja, pues estos ya estaban expulsados, ¿a quién le están sacando la tarjeta roja esas mujeres que tanto énfasis ponen en su acción sancionadora?

Se trata de la escenificación de un sentir en el Día Contra la Violencia de Género. Pero, ¿es de género de lo que habla esa violencia? No hace mucho una lesbiana le pegó una paliza a la mujer con quien estaba casada y el Sr. Juez giraba la cabeza cual niña del exorcista en el momento de la sentencia. No sabía exactamente cómo denominar el delito y se inclinó por declararlo como Violencia Doméstica (delito menor). Por lo que le llovieron piedras de parte de la mujer agredida que exigía ser víctima de la Violencia de Género (delito mayor). Pero, ¿es el género algo que claramente se asocia a uno de los dos sexos para distinguirlo del otro? El caso demuestra que no. ¿Es el género, en todo caso, lo que puede distinguir en una sentencia la gravedad del delito? ¿No era el género un simple constructo cultural, elaborado por la despótica sociedad patriarcal y machista? Por cierto, ¿puede llamarse machista a una violencia cometida, las más de las veces, por energúmenos que ejercen esa violencia sin creer en la superioridad de un género sobre el otro? O dicho de otra manera, ¿puede llamarse Violencia Machista a la ejercida por motivos que nada tienen que ver con el machismo, sino con los celos, el egoísmo, la debilidad mental o una patología mental? ¿Qué es pues una mujer ante la Ley? ¿Qué es lo que posee para que esa posesión le haga distinta del hombre ante la Ley? ¿Somos tan distintos los hombres y las mujeres como para que la Ley tenga que distinguir entre sexos a la hora de juzgar? Al parecer y según las mujeres SÍ. Por no ser iguales a los hombres.

Así, ¿a quién le sacan la tarjeta roja las mujeres? ¿A los hombres? ¿A los hombres sólo? ¿A todos o a los que por “no entender de fútbol” no entienden de tarjetas? Es decir, ¿a todos, que son legión, o a los canallas, que son unos cuantos? ¿Pero no son todos los demás (los que no saben de violencia), precisamente, los que no necesitan amonestación y menos aún expulsión? Entonces, ¿a quién van dirigidas todas esas tarjetas rojas?

En estos tres días de bombardeo mediático no ha habido reportaje que no hiciera hincapié en una necesaria prevención que debía estar destinada a los hombres, a los hombres y a su educación. Por tanto, también a los niños, que también eran protagonistas de la campaña. Eran las niñas quienes, adiestradas por sus satisfechos educadores, expresaban en el Telediario un “NO” rotundo dirigido a las posibles actitudes del potencial delincuente, su compañero de pupitre. Y del carácter indefinido de los conceptos posible y potencial se pasará, como atestigua el discurso oficial, a la criminalización del género masculino, a la criminalización (especulativa) de los niños (posibles y potenciales canallas) y de todos los hombres (posibles y potenciales canallas). El discurso oficial preventivo.

Ayer mismo venía en El País esta declaración de la responsable de la Sección Mujer de la Unidad Central del equipo Mujer-Menor de la Guardia Civil. “La misma mujer que ha venido llorando al cuartel, asustada y llena de moratones, trata de convencernos después de que su pareja es muy buena persona, que la quiere mucho y que, por tanto, quiere retirar la denuncia. Le dices: “Señora, eso lo dirá es fiscal”. Y entonces se enfurecen y arremeten contra nosotros. Nos llaman de todo. Las buscas y no cogen el teléfono. Vas a su casa y no te abren. Se desdicen ante el juez, niegan lo evidente… Es frustrante […] Lo defienden (al verdugo) con verdadera pasión. Eso no ocurre en ningún comportamiento criminal” (Ana Muñoz, capitana de la Guardia Civil).

La pregunta ahora sería, ¿a quiénes les hizo falta esa educación que habría evitado llegar a tales infames circunstancias: a los hombres “enfermos” o a las “dulces” e “indefensas” mujeres? O mejor, ¿la educación de quiénes habrían podido prevenir mejor (o disminuido las probabilidades de) los hechos narrados por la experta? ¿Qué sentido tiene entonces mirar sólo a los ojos de los niños varones cuando con la excusa de la prevención se pretende educar a los niños de ambos sexos? A ellos se les dice, “no maltrates”, a ellas se les dice, “no te dejes maltratar”. ¿La igualdad?

Post Scriptum. Tengo dos sobrinos mellizos de los que ya he hablado en algún post. Tienen ahora 11 años y son niño y niña. Pues bien, si en algún momento me planteara prevenirlos contra un posible futuro de sufrimiento en estas lides del “amor”, antes me inclinaría por hacer énfasis en la educación de ella que la de él. La explicación es muy sencilla y contiene dos fundamentos: el primero se corresponde con una simple cuestión numérica. Los hombres maltratadores son una pequeñísima porción respecto a los hombres que no lo son y además mi sobrino no vive las condiciones familiares que se consideran propicias para conformar a uno de ellos. Lo cual no quiere decir que excluya la posibilidad, sólo quiere decir que me atengo a las probabilidades y en este sentido es más probable que mi sobrina se enamore de un chulo o de un adinerado que mi sobrino se convierta en un canalla violento. Mucho más probable. La segunda se corresponde con las cuestiones electivas. Mi sobrino no tendrá elección respecto al camino a seguir: deberá ser un hombre de provecho, lo que significa que tendrá que trabajar sí o sí para poder formar una familia (descarto otras posibilidades no vinculadas a su futuro sentimental). En cambio mi sobrina tendrá que superar la tentación de “querer” encontrar un hombre que le evite tener que trabajar. Es algo de lo que nada quieren oír las feministas, pero la verdad es que siguen siendo muchas más las mujeres que deciden depender de un hombre (en su enlace o compromiso) que hombres que deciden depender de una mujer. Un posible tercer fundamento tendría que ver con el hecho, también extendido y también poco analizado, de que los adolescentes y los jóvenes que más fornican son siempre los más chulos. Con lo que eso supone respecto a la atracción sexual de ellas, las adolescentes.

domingo, noviembre 21, 2010

En off

Hace unos días hablaba yo en este blog sobre las diferencias que median entre lo dicho en privado y lo dicho en público. Sólo se trató de un apunte usado para hablar de otro tema, así que no pude expresar la importancia que bajo mi punto de vista tiene en nuestra sociedad esta esquizofrenia mostrenca.

Y no sólo sucede en política, sino que sucede con todo y en todo. Nadie dice en público lo que dice en privado. Así, muchos de los que se jactan de su sinceridad lo hacen porque en realidad no tienen un público; tienen amigos, pero no público. Las mujeres comprometidas públicamente con su causa (feminista) te dicen en privado sinceridades que contravienen todo su discurso público. Los expertos en arte hablan en plural mayestático a “su” público de las bondades del arte, pero después hablan de su desfachatez cuando se encuentran entre amiguetes. Los gitanos comprensivos que salen en televisión exigiendo integración se reúnen por la noche para echar unos cantes y decir, “nosotros semos asín, que se mueran los payos, chico”. Los políticos dicen por los pasillos del Congreso lo que no se atreven a decir en el Hemiciclo. Y quienes en público aseguran que todos somos iguales sólo hablan en privado de lo que a ellos les hace diferentes.

Sólo emerge la verdad en el fuera de campo. Entonces, sólo entonces, surge la verdad y el mundo se torna creíble, humano. No bueno, sino humano. Sólo ante los descuidos de alguien descubrimos el lado humano de los dos trampantojos mequetrefes (Zapatero y Rajoy). Descuidos humanos, por cierto. En efecto, de forma invariable, cada cierto tiempo emerge un político cuya voz se escapa fuera de campo. Son las traiciones de la voz en off. El otro lado, el lado público, es sin embargo el lado oscuro, el que sólo sabe de pensamientos únicos, de hipocresía: de corrección, de maldad. Así, la única verdad posible se encuentra, desgraciadamente, siempre en off. El señorito Rajoy dice que el desfile de las Fuerzas Armadas es un coñazo y el sibilino Zapatero que hay que violentar al ciudadano para sacarle más rédito político. Es el lado humano (privado) de ambos el que se ha manifestado, sí, pero no olvidemos que nos gobiernan desde el otro lado, el lado oscuro (público).

Desgraciadamente no hay verdad posible en el discurso público y lo humano sólo cabe fuera de campo, esto es, en lo privado. De ahí la poca credibilidad de todo discurso público y de ahí la desafección hacia el mismo. Y de ahí la miseria social que nos rodea. Ya nada puede creerse del discurso público, que es falso por efecto y por defecto. Quedan ya muy pocas cosas de las que hablar en público que no generen un déjà vu asfixiante por desesperanzador (quizá sea este el motivo por el que los gemidos se han impuesto en las campañas electorales catalanas, los gemidos equivalentes al caca, pedo, culo pis de los niños). Por otra parte, el sujeto del hoy sólo quiere medrar y se sirve de algo que precisamente los políticos le han puesto en bandeja: la corrección política, que consisteverdadero cáncer de nuestro tiempo gobernado por un Pensamiento Acomplejado. La hipocresía y la ambición no son, pues, cuestiones que definen al político del hoy sino que son un signo de nuestro tiempo, un tiempo en el que el sujeto vive con miedo y amor; miedo al otro y amor al dinero. En fin y por volver al asunto, somos humanos sólo cuando hablamos delante de una cerveza; esto es, fuera de campo. Una pena.

viernes, noviembre 19, 2010

(Sin) Pudor

Fui casi obligado por ciertas circunstancias. No es que se tratara de un incordio, pero casi: de no haber sido por la insistencia de la pareja no habría acudido a la conmemoración. Son amigos de toda la vida, celebraban sus bodas de plata y para ellos era importante que fundamentalmente acudieran los mismos que coincidimos en los fastos de sus nupcias. El lugar elegido para el evento, es cierto, ya merecía el esfuerzo: un hotel rural solitario que había sido alquilado en su totalidad. Y digo casi obligado porque padezco un fuerte rechazo a los actos sociales en general y a los de las celebraciones en particular. Me acuerdo que tres días antes del viaje me pasó lo de siempre. Lo que siempre me pasa cuando algo o alguien me saca de la rutina. Todo lo que supone abandonar mis hábitos me sumerge en un estado melancólico presidido por una fuerte sensación de pereza. O por decirlo de otra forma: tres días antes de salir hacia ese retirado y aislado hotel ya sentía yo las irrefrenables ganas de inventarme una excusa que pudiera justificar mi ausencia. Pero debía ir y fui.

Como los viernes son días que en los que acostumbro a no hacer nada de lo que sí hago durante los otros cuatro días laborables me pude permitir el lujo de salir a mitad mañana en dirección al hotel. Paré a comer en un llamémoslo bar de carretera que resultó estar bastante alejado de la desviación que se anunciaba en la autovía. Dudo en la denominación del local porque aún no tengo claro que fuera sólo un bar, dada la altura de la barra, su forma, su longitud y su revestimiento. En efecto, la barra formaba una inexplicable forma de doble “u”, era más alta de lo habitual y estaba tapizada en piel en estilo capitoné. Mesas, sin embargo, habría media docena, todas desocupadas. Una vez me dispuse a comer el bistec con patatas comprobé que, efectivamente, se trataba de un bar restaurante, si bien no dejé de pensar en todo momento que el local era, por lo menos, algo más que un bar restaurante. Lo que corroboré cuando pagué por un menú de los años 70 casi el doble de lo que vale un menú posmoderno en el centro de Valencia. En cualquier caso, durante mi estancia se ocuparon dos mesas más. Habría que ver este local a mitad tarde, me dije. O habría que ver lo que hubiera pasado si en vez de un bistec de entrada hubiera pedido un Nokando.

Fui el primero en llegar al hotel. Me recibió un hombre barbudo que hablaba siempre mirando al suelo. Me acompañó a la habitación y me explicó el funcionamiento de la ducha con un tono de voz somnoliento. Cuando salió de mi habitáculo levantó la cabeza con los ojos cerrados y me dijo, “le recomiendo que si puede, y antes de que lleguen sus amigos, de una vuelta por los alrededores, que son una maravilla; no debería perdérselos”. Intenté ser amable con él pero no me dio tiempo, se giró dejándome con las “gracias” colgadas de la boca. Deshice mi maletín y me dispuse a leer el libro que en esos días me ocupaba: Sobre el pudor. Pasadas un par de horas decidí hacer caso al enigmático barbudo y salí a dar un paseo por los alrededores. Estaba anocheciendo, no se vislumbraba signo de civilización alguno y el silencio era casi ensordecedor. La vegetación del lugar era abundante y carecía de sendas. Todo abrupto y salvaje.

Me acerqué a un pequeño bosquecillo que ya de lejos me llamó la atención por parecerse a esos pequeños bosquecillos que aparecen en los fondos de Botticelli. Salté unos pequeños arbustos con el fin de acortar distancias y escuché entonces el sonido de lo que debía ser un riachuelo. Me dirigí hacia él y cuando hube traspasado lo que parecía un linde derruido apareció ante mí una pequeña casa de piedra que tenía la puerta abierta. Me aproximé temeroso porque carezco de espíritu aventurero. Había oscurecido bastante y dentro de la casa no había luz. Era pequeña, cuadrada y con un tejado a dos aguas, y su exterior se encontraba en condiciones muy saludables. Me acerqué a la puerta en silencio y ¡cuál fue mi sorpresa!: sentada frente a mí y junto a una mesa de madera había una bella mujer vestida con una bata larga. ¡Está ahí sentada como esperándome!, me dije. “Adelante, pasa, te estaba esperando”, susurró en tono dulce y tranquilizador. El corazón me dio un vuelco.

Estuve paralizado unos segundos hasta que se volvió a dirigir a mí, “pasa, no tengas miedo”. Pero yo tenía miedo, mucho miedo, y no podía disimularlo. Ella se levantó pausadamente y me dijo “¿quieres algo de beber, una taza de té, una cerveza?”. ¿Una cerveza?, me dije, ¿cómo que una cerveza? Cuando quise reaccionar ya estaba ella insistiendo, “pasa que te estaba esperando”. Su presencia tenía algo de irreal, por qué no decirlo, pero había algo en ella que transmitía sosiego y paz. Se acercó a mí, me cogió suavemente del brazo y me acompañó a la mesa en donde había dos sillas. Me hizo sentar y cogiéndome la mano me dijo, “siempre hay un momento para lo imprevisible”. Y en efecto, ese debía de ser uno de esos momentos. Yo aún no había dicho nada por miedo, por miedo a lo que estaba siendo imprevisible. Entonces balbuceé, “¿quién eres?”. “Soy un ángel”, respondió con una enigmática pero bondadosa sonrisa. ¡Está sonriendo como lo haría un ángel!, me dije, y un escalofrío recorrió toda mi espalda. ¡Un ángel y ofreciéndome una cerveza!

Intenté relajarme pero ni por esas era capaz yo de articular con palabras mis inciertos pensamientos. Fue entonces cuando cogiendo mi mano con ambas manos y mirándome tiernamente a los ojos me dijo, “toda acción tiene un tiempo, se corresponde con un tiempo, y la medida de las acciones se encuentra anclada en la posibilidad del autocontrol”. Yo, claro, no entendía nada de lo que me decía, pero la intriga era más fuerte que el miedo. Además, alguien con esas facciones tan dulces no debía ser muy peligrosa, me dije mientras reflexionaba acerca del posible sentido de la frase. No quería entrar con mal pie en la conversación; es decir no quería parecer maleducado, pero no pude evitarlo y por eso le dije, “no entiendo”. Ella, lejos de mostrar incomprensión ante mi incomprensión sonrió y añadió: “la determinación es la única forma de controlar los tiempos de nuestras indeterminadas pero reiteradas acciones; deberías sugerirte a ti mismo la posibilidad de provocar un cambio en tus acciones vinculadas al tiempo presente. Ser en el tiempo, sí, pero ser en tiempo real; ser con convicción”.

Ahora fui yo el que puso mi mano derecha encima de la suyas, que abrazaban mi mano izquierda. “Perdona, pero es posible que te estés equivocando de persona, yo estoy aquí de casualidad y he…”, comencé diciendo. Pero ella me cortó en seco y dijo, “es cierto que las cosas no siempre son lo que parecen, pero la cuestión es que estás aquí para que yo te guíe, para que yo pueda indicarte el camino que debes seguir y por eso te digo de nuevo, que hay acciones que deben formar parte del pasado de la misma forma que hay presentes que no conformarán nunca ningún futuro posible”. “¿De nuevo?”, me dije. ¿Y ahora qué hago?, pensé mientras soltaba sus manos. “Las cosas no siempre son lo que parecen”. ¿Qué querrá decir con ese tópico: que sí son lo que parecen porque nunca son lo que parecen?, me preguntaba yo apresuradamente con el fin de poder entender algo.

“De verdad, estoy aquí por casualidad…” balbuceé, pero ella, de nuevo (?), no me dejó acabar. “¡Por casualidad!, ¿pero es que no eres capaz de darte cuenta…?”, replicó. Y ahora fui yo la que la interrumpí, ya en un tono serio, “No sé de qué me tengo que dar cuenta, pero tampoco sé qué pinto yo aquí, ni sé lo que pretendes de mí”. “Casualidad… casualidad… casualidad”, repetía ella en tono burlesco y despectivo. Y después de dejar pasar un instante continuó, ya sin sonrisa, “¿en realidad piensas que el hotel elegido por tu amigo ha sido casual, y el bar restaurante de dudosa reputación, y el hombre barbudo enseñándote la ducha… e incluso la forma de esta casa… o yo misma?, ¿acaso tú no eres Alberto Adsuara, el fotógrafo?”. “Pues más o menos”, contesté. “De más o menos nada; o eres o no eres, no te pongas entendidillo a estas alturas”. “Sí, soy yo”, dije con un levantamiento de hombres y aún a pesar de no tener muy clara mi respuesta. “Pues entonces la cuestión es que debes dejar la fotografía; este es el verdadero motivo por el que tú y yo estamos aquí, para que yo te guíe con mis palabras. Y la cuestión, repito, es que debes ya tratar de evitar los signos patéticos y para eso debes de abandonar la fotografía”, concluyó de forma tajante.

Se produjo entonces un insignificante tira y afloja en el que yo sólo pretendía entender lo que me quería decir con esa especie de consejo-orden. Quise decirle que llevaba muchos años haciendo fotografías y todo eso, pero ella zanjó mi discurso de forma categórica, “¡he dicho que te dejes la fotografía, hostia!, ¡y se acabó! Y sin dramatizar”. Así, di un paso atrás y la miré perplejo; ella sonrió con media boca mientras me señalaba la puerta. Salí de aquel refugio y me dirigí al hotel en donde me esperaban todos los invitados.

Un ángel me había indicado el camino, mi camino. Sin dramatizar.

Post Scriptum. Espero que esta narración basada en hechos reales sirva para explicar mi al parecer incomprensible (para los demás) abandono definitivo de la fotografía. La celebración fue un coñazo y el viaje de vuelta lo hice de tirón. Aún recuerdo el olor acre del bar restaurante, mezcla de ambientador y grasa.

domingo, noviembre 14, 2010

Don Juan, Doña Inés y el arte

[De vuelta de ver la exposición del artista Weiwei en la Tate Modern]

Una vez más no es en mi caso el arte el motivo de mi reacción. El arte está “ahí” para quien quiera y para quien de alguna manera quiera y pueda servirse de él. La discusión no se encuentra en la validez o invalidez del propio arte, como nos quieren hacer creer los medios que anuncian la controversia y la polémica (formas de venta), sino en el verbo que lo acompaña. O si se quiere en el mismo mundo del arte, que no es otra cosa que todo lo que envuelve al arte si exceptuemos el arte. No es por tanto mi idea elaborar juicios respecto a la pertinencia de tal o cual representación artística. Por muy sospechosa que, por naturaleza, pueda ser.

Como ya he tratado de demostrar en otras ocasiones (tanto aquí en este blog como fuera de él) el arte no es más que un producto mercantil elaborado, en última instancia, por un indefinido pero sospecho entramado político-burocrático. LA libertad del artista creador no es más que un vestigio romántico que se desvanece ante el verdadero Mercado de la misma forma en la que la pureza de Doña Inés se desvanece en brazos de un empresario llamado Don Juan. Mercantil, pues, en la medida en que los beneficios producidos (no necesariamente crematísticos) por el arte del hoy (ofrecido ya sólo desde la Institución) sólo inciden de forma extremadamente tangencial en los espectadores a los que supuestamente va dirigido. O por decirlo de otra forma: el arte del hoy, ahora más que nunca, es sólo el producto de una estrategia empresarial que mezcla Estado y Gran Capital (en diversas proporciones dependiendo del continente), por lo que el arte del hoy sólo puede ser sospechoso, con independencia de las emociones estéticas que suscite en la individualidades. No criticable en la medida en la que nace como producto de la libertad, pero sí sospechoso en la medida en la que cuando se muestra responde siempre a intereses empresariales (de alto nivel). Los artistas del hoy son todos unas doñas ineses; unas novicias que suspiran por el abrazo de un musculoso y cínico protector.

Da capo. Vengo de ver la última pieza del artista Weiwei: cien millones de pipas de porcelana diseminadas por el suelo de la Sala de Turbinas de la Tate Modern. La gracia consiste, pues, en que son cien millones y en que son de porcelana. O por decirlo a la manera estratégico-mediática: mil metros cuadrados ocupados por cien millones de pipas de porcelana producidas a mil km. de Pekín, por 1.600 personas que han trabado en la fabricación más de dos años. Pesan 120 toneladas y ocupan 10 cm. de grosor. ¿Vale?

Una vez dentro me dediqué a lo único que podía: a mi experiencia estética. ¡150 millones de réplicas de pipas a unos cuantos palmos de mis narices! ¡Qué barbaridad!, me iba diciendo a mí mismo, a quién si no. La gracia debe encontrarse en la cantidad, como en los Guiness, me dije, o quizás en el hecho de que estén todas pintadas a mano una a una por 1.600 alienados chinitos. O sea, como en el Guiness. La experiencia de ver tantas réplicas de pipas resulta, en cualquier caso, desconcertante, debido precisamente a las dudas que genera tal empresa. Como en los Guiness.
Mi experiencia reclamaba una explicación a tal propuesta artística. Y yo no soy dado a exigir demasiado en la percepción de una obra de arte, si no lo entiendo de primeras sólo espero que de alguna forma me conmueva sin necesidad de concepto. Pero más allá de que esto suceda o no (algo irrelevante en sí mismo para los demás) trato de entender los motivos por los que una obra de arte de esta magnitud se encuentra en una de las catedrales del arte contemporáneo. La Tate Modern es un súmun del Arte Contemporáneo, así que una de las obligadas reflexiones que plantea toda exposición allí ubicada es la de su pertinencia y necesidad. O por decirlo de otra manera: uno no puede salir de allí sin saber por lo menos qué hay detrás de algo tan trivial como es el amontonamiento de algo tan intrascendente; en definitiva: uno no puede salir de allí no sabiendo qué hay detrás de las apariencias. A no ser que la experiencia le haya conmovido sin concepto, cosa que a mí no me ocurrió.

Por eso me hice tantas preguntas durante el proceso de mi experiencia estética, preguntas vinculadas a los posibles objetivos del histriónico artista. ¿Será que quiere hablarme de algún problema derivado de la política China?, me dije. No creo, me contesté, si bien mirado sería posible que las pipas formaran parte de una posible denuncia contra el régimen chino vinculada a la precariedad de la comida de millones de Chinos, me repliqué e mi mismo, a quién si no. Pero no, no creo que se trate de algo tan burdo, sentencié; sería demasiado burdo, me insistí. Poco después me pregunteé a mí mismo, a quién si no, ¿no será esta una obra que nada tenga de compromiso social y que por tanto deba verse desde el prisma de la misma experiencia estética y de sus categorías propiamente estéticas, lo bello, lo sublime, lo gracioso, lo grotesco…? Puede, me contesté, pero entonces mi opinión valdría tanto como la de cualquier otro (experto). Así, puede, me contesté, pero entonces lo que no entendería sería la intención de la Tate Modern en tanto que Catedral del Arte Contemporáneo, en tanto que conformadora del Zeitgeist. De otra forma no habría diferencias sustanciales entre un Museo y un Parque Temático dedicado a la mazorca o al aceite de oliva.

En realidad no podía carecer de explicación; la misión de las catedrales del Arte es precisamente imponer lo que por tener UNA explicación se acaba imponiendo. Como ya he tratado de demostrar en otras ocasiones (tanto aquí en este blog como fuera de él) el arte no es más que un producto mercantil elaborado, en última instancia, por un indefinido pero sospecho entramado político-burocrático; y responde siempre a intereses empresariales (de alto nivel). Por eso, llego a Valencia después de mi fugaz viaje y en el primer suplemento cultural que cae en mis manos me encuentro ya con la explicación a mis ingenuas demandas.

Dice la crítica del El Cultural del El mundo: “Si bien a nivel visual la obra es literalmente “gris”, a nivel conceptual es extraordinaria”. La cosa promete, me digo a mí mismo a quién si no, y sigo leyendo “Tiene capas y capas de significados”, continúa. “Capas y capas”, me digo, qué intrigante, veamos: “Es una denuncia de las penurias, la carestía de alimentos a las que ese enfrentó durante la etapa más dura del régimen de Mao el pueblo chino… El proyecto es también una demostración de la esquizofrénica situación del buen arte actual, suspendido en el abismo que separa el frívolo mercado –la inauguración coincidió con la semana de la feria Frieze- de las potenciales del arte como agente de transformación social: el encargo ha dado trabajo a muchas personas en situación económica muy comprometida…”

La única pregunta que me queda por hacer una vez resuelto el enigma es, ¿Cuántas Tate Modern caben en un campo de fútbol?

viernes, noviembre 12, 2010

Libros y democracia (o viva la madre que me parió)

Hay hechos que históricamente no adquieren la importancia que se merece hasta que alguien les asigna su merecido protagonismo. Esto que sigue podría ser un texto autobiográfico si no fuera porque no lo es; se trata, simplemente, de poder asignar un mérito a través de lo único que me permite hacerlo: mi experiencia personal. De asignar un mérito a quien se lo merece, haciéndolo, como no podía ser de otra forma, a través de quien de él puede dar fe: yo.

Antes de comenzar mis estudios universitarios mi madre ya reconoció tener un problema conmigo. Los libros que yo había adquirido durante mi adolescencia no cabían en mi habitación y tenían que ocupar otras estancias de nuestra discreta casa. Y la cosa no había hecho más que empezar. Todos mis reyes, mis cumpleaños, mis navidades, mis celebraciones, mis santos etc. se saldaban con libros. Y mi madre siempre estaba dispuesta a gastarse conmigo el poco dinero que tenía si el fin lo merecía. Eran siempre libros de arte y había de todo, de todo lo que en aquella época podía encontrarse; desde un libro de dibujos de Tièpolo encontrado en una librería de saldo a libros monográficos sobre Sunyer o Grau-Garriga. No me era nada fácil encontrar libros de arte porque, primero había pocos en aquella época, segundo se vendían en escasísimas librerías y tercero eran muy caros. Otro problema añadido es que yo era demasiado joven para hojear libros de arte y algunas librerías me lo ponían difícil (no existían las grandes superficies). No les gustaba que los libros caros fueran manoseados por adolescentes barbilampiños y yo nunca tuve la asertividad suficiente para exigir un mejor trato.

Una de mis librerías favoritas se encontraba en un oscuro y poco transitado pasaje comercial de mi ciudad. Como era bastante pequeña tenían la extraña costumbre, a la hora del cierre, de alfombrar el suelo con las últimas novedades de libros vinculados a la imagen, ya fuera de arte o de diseño. Así, la mejor hora para acudir a esa librería antipática era la que se situaba fuera de su horario comercial. Iba allí por la noche, pegaba mi nariz a la luna y me tiraba un buen rato escrutando las portadas e imaginando lo que podían dar de sí sus páginas interiores. Como después era mi madre quien compraba los libros para regalármelos por mi cumpleaños nunca dejó el dueño de tratarme antipáticamente cada vez que entraba a ver un libro. Así él, “¿qué quieres?” Así yo, “hola, buenos días, me gustaría ver un libro que ayer vi expuesto en el suelo cuando la librería se encontraba cerrada”. Así él, “grrrr”. Y después pegaba su barbilla a mi hombro mientras yo hojeaba el libro.

Ya digo, me hice mayor y comencé estudios universitarios (donde aprendí más o menos lo mismo que lo que aprendí haciendo el servicio militar). Mi gran sorpresa de entonces no fue tanto comprobar que prácticamente nadie tenía libros de arte cuanto comprobar que no les hacían ninguna falta. Y no fue tanto comprobar que mis compañeros comenzaban una carrera de la que nada sabían cuanto comprobar, 3 años más tarde, que estos seguían sin necesidad de comprar libros sobre aquella especialidad de estudios que se encontraban cursando. “Son muy caros”, decían invariablemente. Y en eso llevaban razón.

Yo renuncié a muchas cosas por la tenencia de libros, pero lo que ellos me proporcionaban era tan enorme que toda privación era motivo de júbilo. Compraba todo lo que podía y me interesaba casi todo, no necesariamente vinculado al arte de forma estrecha. Libros sobre acuarelistas ingleses, sobre la Hudson River School, sobre el vedutismo veneciano, sobre arte erótico, sobre la talla de madera, sobre Hans Baldung Grien, sobre pinturas de estaciones ferroviarias, sobre Charles Demuth, sobre la historia del mueble, sobre xilografías japonesas, etc. Todos, absolutamente todos, en inglés o francés, cosa que a mí, si he de ser sincero, me la traía al pairo. En aquella época yo sólo quería mirar para aprender, la letra vino después, que como es bien sabido sólo con sangre pudo entrar.

Poco a poco fui especializando mis gustos y por lo tanto acrecentando mis exigencias. Había dos librerías en Madrid, Tórculo y Gaudí (a Barcelona iba a comprar los discos de Jazz), y allí que iba yo ansioso ante la posibilidad de poder encontrar lo que buscaba. Los de Gaudí también me resultaron siempre antipáticos. Me acuerdo que estuve a punto de comprarles un libro sobre el Grand Tour y ellos mismos me quitaron las ganas con su aire despectivo. Recuerdo también que en Tórculo compré uno sobre Egon Schiele, un pintor austriaco que por aquel entonces no conocían aquí en España ni los "angulos" más puestos en Historia. Además tenía en jaque a todos mis amigos viajantes, a los que siempre les daba una lista de los autores que debían buscarme si tenían tiempo para buscarlos en una librería que estaba cerca de la estación de Charing Cross, Londres. Así, por ejemplo, pude ir recopilando información bibliográfica sobre los pintores de la Nueva Objetividad alemana del periodo de entreguerras, libros que jamás habría podido conseguir en España salvo alguna rara excepción. Y así sucesivamente hasta ahora, que aún padezco del mal de esa filia que es patológica. Hace 7 años tuve que comprarme una casa de pueblo para poder dormir en horizontal, pero esa es otra historia.

Pues bien, y volviendo al inicio: sólo alguien que ha vivido esa situación descrita sabe que la verdadera democratización del arte no la han consumado los pretenciosos artistas, ni los empalagosos museos, ni por supuesto los aburridos críticos. La verdadera democratización del arte la ha llevado a cabo TASCHEN.

martes, noviembre 09, 2010

A favor del maniqueísmo

Llevo años escuchando a la intelectualidad imperante que las cosas no son tan sencillas como pretende toda concepción dicotómica. Siempre lo dicen para preservar la bienintencionada libertad de expresión, esa libertad que no pueden ejercer quienes defienden una ética basada por principios antagónicos y eternos que luchan entre sí. Si hay algo mal visto por la rampante corrección política es cualquier concepción dualista. Y a los dirigentes políticos les ha venido de maravilla esa posición intelectual que desde hace muchos años lleva defendiendo la infinita posible gama tonal de grises frente a la tiranía del blanco y el negro. ¡Qué monos son los intelectuales del hoy!: seres ebrios de buena voluntad que desprecian la intolerancia y que viven permanentemente preocupados por su “bello” discurso público. ¿Pero quiénes son los intelectuales del hoy (de los últimos 20 años)?, se preguntará más de uno: pues los jefes de departamento de todas las universidades del hoy. Y quien dice los jefes de departamento dice los becarios que les hacen las fotocopias. Y quien dice los becarios dice los catedráticos que intercambian muestras de cariño con otros catedráticos.

La cuestión es pare ellos rechazar todo rasgo de pensamiento que comience por establecer una concepción dicotómica del elemento de análisis. Y de ahí que el victimismo ordenado desde la Cultura de la Queja se haya impuesto, como forma de poder, de igual forma en cuestiones sexuales que en cuestiones políticas. Todo se resuelve acudiendo a principios relativizadores, negando por lo tanto el papel esencial que supone el proceso dialéctico. Los intelectuales del hoy tiemblan ante la verdadera opinión: la opinión no contemporarizadora, la opinión que no se corresponde con el Pensamiento Débil, la opinión que se expresa de forma atávica, la opinión expresada desde la inoportunidad, la opinión sin débito, la opinión libre. Por eso llevan tantos años diciendo que las cosas no son blancas o negras, sino que albergan todas las posibilidades de la gama tonal de los grises. ¡Cuánta bondad emanan los que, desde la negritud, demandan públicamente más grises a su alrededor!

El primer Ministro inglés se ha reunido con los altos mandatarios chinos y sólo le ha faltado repartir besos de tornillo a todos ellos. Se lo ha pasado en grande departiendo parabienes y sonrisas a diestro y siniestro. Sus allegados, también políticos, pero de segundo rango, han manifestado públicamente que Cameron no ha expresado su sentir verdadero ante el líder chino porque no quería ofenderlos (a los mandatarios) ni crear un clima poco propicio. Para los negocios, se entiende. ¡Qué bella y enternecedora imagen!: ¡El bueno de Cameron, atusándole el flequillo al alto mandatario chino! Y como es sabido, cuando Cameron se encontraba en la oposición se le llenaba la boca de términos como “derechos humanos” para hablar del mal que los mandatarios chinos infligían a sus súbditos. Quienes lo conocen dicen que Cameron se cisca en los mandatarios chinos cuando se encuentra en privado. ¡Cuánto valor hace falta para eso! Pero no, las cosas no son tan fáciles –debe pensar Cameron-, si los dictadores tienen amigos con los que se reúnen y comparten risas es porque al fin y al cabo no deben ser tan malos; además mucha gente vive mejor gracias a ellos, y son muchos los chinos que ya no sólo comen arroz…

¿Y qué tendrá que ver el carácter deportivo (canallesco como todo el mundo sabe) de Evo Morales con el carácter mostrado a sus amigos (más o menos diplomáticos) cuando con ellos queda a tomar un Daikiri? Nada; en este caso todos quieren al simpático de Evo, que además es arrolladoramente generoso y divertido. Así, abrazar a Evo Morales en un hospital, cenar cigalas con Castro en The Paradise o hacer footing con Chavez es lo NORMAL para un político que vive en un mundo que desprecia el bien y el mal por considerarlos simples entelequias.

lunes, noviembre 01, 2010

Misantropía (ensayo)

Movimiento continuo

Los jóvenes de las nuevas generaciones nadan mientras pretenden guardar la ropa. Son individuos criados en un limbo informático rodeado, eso sí, de vías de escape.

La imagen que pretendo ofrecer de las generaciones pertenecientes a la nueva era (los nacidos desde 1985 en adelante) debe ser más precisa: se trataría de imaginar a todos sus integrantes circulando por una carretera infinita que contuviera múltiples vías de escape, vías como esas que se anuncian en las pendientes con elevado porcentaje de desnivel, vías que no llevan a ningún sitio; o mejor: vías que te devuelven pertinazmente al mismo sitio, la ramificada carretera que contiene múltiples vías de escape. La carretera sería, en este sentido, el soporte que propiciaría el movimiento continuo y las vías de escape no dejarían de ser formas de evasión circunstancial. El movimiento continuo es la inevitable marca del sujeto del hoy y las vías de escape, que parecen bifurcaciones reales, son sólo falsas representaciones de puntos muertos.

Placer sin deseo

El rumbo sobre la carretera es aleatorio debido a la indiferencia y al escepticismo de los circulantes. El placer se encuentra en el mismo circular (casi siempre muy rápido) y no en deseo alguno que vaya más allá del presente anclado en un punto móvil. Es más, en realidad no puede haber deseo alguno allá donde el placer tenga que hacer acto de presencia continuo. No puede haber deseo allá donde el placer esté instalado a perpetuidad. De ahí la necesidad de esas vías de escape, que no son sino sofisticadas sustituciones del antaño deseado sosiego. Esta vez sin sosiego y en virtual, en falso. Las generaciones de la nueva era lo miran todo con gran angular, jamás con teleobjetivo. Viven en una carretera que parece infinita (demiúrgica) pero que después de todo está construida por las empresas de telecomunicaciones y diseñada por un tal Moebius.

Pulsión escópica y reality show

Lo ven todo pero sin ver nada. Desprecian el cine en blanco y negro en particular y el anterior a 1995 en general (la Historia). Se disfrazan en la noche de Halloween sin saber quién es Don Luis Mejías (el Mito). A pesar de su juventud conocen varios países, pero son incapaces de encontrar palabras que definan conceptos con cierto sentido verbal enriquecedor (el Intelecto). Están bien preparados para la vida social, pero sus carencias en lo que se refiere a la expresión verbal limitará los desarrollos humanísticos -que no empresariales-. Porque el triunfo para ellos sólo puede ser económico (deportivo), o sexual (económico). Tienen la misma edad mental que tendrán 20 años después porque la base de su “educación sentimental” se fundamenta en la corrección política; responden así a la tentación de la inocencia. Están obsesionados con divertirse porque no han aprendido a disfrutar. Les enloquece el reflexivo divertirse porque el disfrute requiere de tiempo, paciencia, soledad y “puntos muertos”, asuntos para ellos desconocidos. Se comunican a través de las redes sociales, compran por internet, ven cine en su ordenador, cuando quieren saber algo se conectan a la Wikipedia y si quieren saber cómo es algo lo buscan en google (imágenes). Viven, en definitiva, hilvanados a una pantalla. Siendo la Fe que le profesan a esa pantalla infinitamente superior a cualquier otra Fe conocida. La pantalla es su carretera y el conjunto de sus actos cotidianos las vías de escape. Por eso hacen tanto el tonto.

Post Scriptum. Hace unos días una pareja de enamorados volvió contenta de las Maldivas. Acababan de contraer matrimonio a través de unos oficios que se celebraron en el idioma divehi, en un lujoso complejo hotelero de las Maldivas. Se habían casado con un discurso del que no habían entendido nada y a pesar de todo (o por eso mismo) eran felices. La pareja de enamorados había viajado muy lejos con el fin de celebrar una ceremonia exótica en un idioma del que nada sabía. Se casaron, pues, y lo filmaron, que por eso estaban recién casados cuando volvieron; con la prueba de la hazaña, el vídeo. Y muy contentos. No esperaban lo que youtube les deparaba.

No se ha explicado bien el origen de la difusión del vídeo de la particular boda (si bien poco importa), pero el caso es que la ceremonia fue colgada en youtube a los pocos días de haberse realizado. Y la gran sorpresa, para escarnio de los contrayentes, se produjo ante la subtitulación que adjuntó al video algún desocupado y desinteresado navegador. En efecto, los oficiadores de la ceremonia habían hecho de su capa un sayo y habían elaborado un discurso insultante. Frases como “Ustedes son unos cerdos. Los hijos que nazcan de esta unión serán cerdos bastardos porque este matrimonio no es válido”, etc., eran habituales durante toda la ceremonia. Y todo mientras en off se escuchaban especulaciones acerca de si la mujer llevaba o no sujetador. En divehi, claro. Y ellos con cara de papanatas. Ay, las vías de escape. ¡Excéntricos de pacotilla! ¡Tontos!