sábado, septiembre 03, 2011

Soy un maldito reaccionario

¡Dicen de los prejuicios! Yo los tengo, si es que lo son. Y a veces me gusta ponerlos a prueba, lo sean o no. Casi siempre se reivindican, pero también a veces se escapan por la misma puerta por la que entraron, con independencia de que lo hubieran o no sido. De todas formas a cualquier cosa se le llama prejuicio hoy en día. Hay quien cree que no gustar de algo (o despreciarlo) es siempre el signo de un prejuicio. Como si no gustar de algo tuviera que ser necesariamente el producto de una información mal asimilada. Como si no gustar de la coliflor, por ejemplo, fuera necesariamente producto de alguna incoherencia, como si fuera necesaria la coherencia; o mejor: como si fuera posible la coherencia. Como si fuera necesario gustar de la coliflor para acabar con todos los prejuicios del mundo. Y quien dice la coliflor dice Erc Rohmer.

Pero, ¿qué es un prejuicio? ¿Qué necesita un juicio como “no me gustan el cordero”, o uno como “no me gustan los cuadros de Rothko”, para dejar de ser un simple juicio y poder convertirse en prejuicio? ¿Es el hecho de no poder acceder a sus causas, de no saber expresarlas? En absoluto: no me gusta el cordero y punto. ¿Es por tanto conocer las causas lo que nos libraría del prejuicio? En absoluto: sé por qué no me gusta Rothko y sin embargo mi gusto persiste en disgustar de él. ¿Son prejuicios, entonces? No. Pero no me importaría que lo fueran. O mejor, no me importaría que a las afirmaciones que representan la expresión de mi gusto se les llamara prejuicios. Pero a condición de que hicieran referencia a todas mis afirmaciones. Y a las de todos.

Pues bien: seguro que es una cuestión de temperamento pero nunca me ha gustado el pensamiento aforístico ni la frase ingeniosa; nunca me han gustado las síntesis de expresiones que aún carecen de desarrollo. Odio la gente que dice, por ejemplo, la historia es la secreción del universo y después no sabe qué más decir al respecto. Es decir, odio a los iluminados que se expresan en corto, en poético. Quizá, pienso yo, porque quienes así se expresan lo fundamenta todo en su desproporcionada egolatría. No hay pensamiento sin desarrollo y a mí me interesa más el desarrollo que la idea misma. Es en el desarrollo del argumento, en el razonamiento, donde yo encuentro el placer intelectual. Entiendo la metáfora en el razonamiento, pero me suele desagradar en el aforismo y en la frase ingeniosa. Y aveces hasta en la poesía. Me cuesta mucho gustar de lo breve, pero lo desprecio si además es pretencioso. Yo sería de los que diría que lo bueno si breve dos veces breve. En definitiva, me produce rechazo el narcisismo de las creaciones que se aprietan (o incluso se estilizan o depuran) para mostrar el ego del creador. Respecto a la expresión literaria la columna de opinión sería lo mínimo a lo que yo podría otorgar dignidad. Lo demás, juegos florales: espectáculo en feria de vanidades.

Todo vine a cuenta de mi primera experiencia en una red social. Ayer quedé con mi amigo Salva para que me introdujera en “las formas” de la red que a él le gustaba. Así, toda una tarde conociendo el Twitter, del que nada sabía. Yo me confronté a esta forma de comunicación, claro, con los prejuicios de quien la despreciaba sin conocerla de verdad. ¿Hay que hacer puenting para poder tener una idea cabal de lo que supone hacer puenting? Pues no sé si cabal, pero yo tenía una idea de lo que podía ser twittear. Nunca he sido de los que ha visto al maligno en la historia de la tecnología, pero después de ver lo que es el Twitter me estoy convirtiendo en apóstata de mí mismo y comienzo a creer que verdaderamente sí está Satanás detrás de los actuales inventos tecnológicos.

Twitter es la expresión en corto por antonomasia. Todos tienen que ser ingeniosos para poder ser eficaces. Arrobas y links por todas partes. Veloces: reactivos. Comunicación retórica con abreviaciones adolescentes. Síntesis enloquecida que, en el mejor de los casos, remite al análisis a través del hipervínculo. Quien se va al hipervínculo se sale de la partida, se le pasa el turno, pierde reactividad y está fuera de juego. La eficacia se encuentra en la inmediatez y, efectivamente, la inmediatez es la fundamental regla del juego. Condensación de caracteres: fluidez comunicativa. Mi prejuicio consistía en rechazar este tipo de forma de comunicación. Mi juicio consiste en rechazar este tipo de forma de comunicación. No por no ser de otra forma, sino por ser de la forma en la que es. No por considerar que sólo en el análisis se encuentran las verdades (inciertas) sino por considerar que las síntesis reactivas son la manifestación del perfecto infantilismo. E incluso, paradójicamente, del perfecto inmovilismo.

¿Deja por ello de parecerme interesante el Twitter? En absoluto, al revés, soy en eso tan posmoderno que la categoría de lo interesante es la categoría que rige mi ser. De hecho, el grupo de “amigos” en red con los que se comunica mi amigo Salva me parece de lo más interesante. Y sus interlocuciones curiosas. Y por supuesto respetables. Pero no por ello dejo de pensar que se trata de una forma de comunicación de la que verdaderamente se nutren, sólo, los poderosos. Los demás son comparsas, desocupados, analfabetos, buenas personas, listos, estudiantes… Se trata de algo personal: de la misma forma en la que me interesa conocer la existencia del medio no me interesa mi participación en él. Así, un juicio que podría responder a ambas posiciones podría ser: Twitter me parece una porquería. La existencia del medio y su éxito me dice mucho de la actual condición humana; mi participación en el medio me parecería una absoluta pérdida de tiempo. Por cierto, también me dice mi amigo Salva que mis posts son demasiado largos y yo sin embargo creo que son demasiado cortos.


lunes, agosto 22, 2011

España...

Sigo sin recordar el tema que me ocupa tantas horas al día (ver antepenúltimo post), pero sigo rodeado de los mismos libros y de unos pocos más. Mi mesa es un skyline de panorama cambiante. Todos ellos se refieren de manera más o menos directa a cuestiones estéticas. La mayoría son nuevos, pero otros fueron ya subrayados hace tiempo. Se trata de un tema que, como ya he contado en otras ocasiones, ocupa una buena parte de mi biblioteca. Y de mi cabeza magnetizada.

En el primer párrafo del libro de Jean-Marie Schaeffer Adiós a la estética leo lo siguiente: “A pesar de las apariencias, el título de este ensayo no debe leerse como una declaración personal. Simplemente traduce, admito que de manera algo adornada, mi diagnóstico respecto a la renovación de la reflexión estética a la que habríamos asistido en Francia durante el último decenio. […] los debates han encontrado –al menos de momento- un eco público más allá de la esfera de la filosofía profesional…”.

Podría no dársele la importancia que verdaderamente tiene. Y quizá no suela dársele debido a una significativa costumbre aquí adquirida. Pero, bien miradas, las cosas cambian (como casi siempre). Por eso me escandalizan frases tan aparentemente inocuas como “…la renovación de la reflexión estética a la que habríamos asistido en Francia durante el último decenio.”

¿Renovación?, ¿reflexión estética?, ¿último decenio?, y la más importante ¿dónde se ha dado esa reflexión que ha provocado una renovación tan importante en la estética? Respuesta: en Francia. O dicho de otra forma: en España NO, por supuesto. ¿Qué ha pasado pues en España respecto a esa importante renovación estética en el pensamiento; dónde se ha producido el "debate"? Respuesta a la primera: estéticamente hablando NADA. Respuesta a la segunda: ¿qué debate?

Así que, en efecto, sólo nos queda leer lo que dicen, entre otros, los franceses. ¿Qué ha pasado entonces en España respecto a un pensamiento estético que pudiera codearse con el pensamiento allende nuestras fronteras, ya sea con el continental ya sea con el analítico? Respuesta: ¿España, pensamiento qué? En su libro Schaeffer cita a algunos autores con los que discute o con los que acuerda. ¿Alguno español? Respuesta: usted mismo.

Cambio de libro, ahora es Antropología de la imagen de Hans Belting, que tiene 17 páginas de relación bibliográfica. ¿Cuántos autores españoles le han servido al bueno de Hans para elaborar su interesante tesis antropológica? En efecto: ninguno. Cojo ahora Teoría de la imagen de W.J.T. Mitchell, a quien podría considerarse el teórico más influyente del panorama actual, ¿algo quizá de España, una propina aunque sea? Respuesta: NO, NADA y se trata, posiblemente de alguien que se ha leído casi todo. Cojo ahora tres de golpe, Paisajes sublimes de Remo Bodei (con 23 págs. de citas y notas bibliográficas), Lo grotesto de Wolfang Kayser (con 25 págs. de referencias bibliográficas usadas para realizar su estudio) y Lo fantástico de Remo Cesarini (con 14 págs. dedicadas a la bibliografía). Total: 79 páginas repletas de referencias bibliográficas escritas en letra pequeña. Pregunta, ¿algún español? Respuesta suavizada: hmmm... NO.

Por último acudo a un libro que podría sacarme de la obnubilación que sufro, pues se trata de un libro que analiza, como su mismo título indica, La querella del arte contemporáneo, así en general. En él, en efecto, se analizan las variadas posiciones que ciertos pensadores han ido tomando en referencia a las formas de entender el arte y la estética hacia finales del XX. Los nombres importantes que salen a relucir son, evidentemente, no españoles. He acudido a mi biblioteca para consultar las bibliografías de todos esos autores, unos más antiguos y otro más actuales (Clement Greenberg, Nelson Goodman, Yves Michaud y Rene Clair, entre otros muchos). Pero también salen en el libro nombres menos importantes, pero igualmente traducidos al español; los consulto. ¿Y qué?, ¿algo?, se preguntará más de uno. Respuesta: NO SOMOS NADIE, queridos. Como NADIE somos en el mismo arte contemporáneo, cuyo mercado español representa un miserable 0’6% del mercado mundial.

En todo caso ¿a quién cabría achacar este desaguisado que demuestra el cero absoluto? Respuesta: ¿Qué tipo de conocimiento es impartido en las Universidades de este país? ¿Qué tipo de conocimiento adquieren los alumnos? ¿Quién les otorga los “cum laude” a los alumnos cuando se les considera legítimos investigadores? ¿Qué clase de tesis se les exige? ¿O se trata después de todo de una cuestión de editoriales? ¿No será que las editoriales no publican las únicas cosas que valdrían la pena debido precisamente a que en ellas existe investigación y tesis, esto es, riesgo? Respuesta: España de mis huevos.

viernes, agosto 12, 2011

Histeria, esquizofrenia y blackberrys

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. No hay cadena que no cuente con su particular programa de reportaje callejero, y no hay reportaje que evite el estilo que al parecer demanda el público del presente: un periodista sin rostro que con una cámara al hombro se dirige a los personajes que persigue y filma. Y todos encantados de ser filmados.

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. Miles de jóvenes enloquecidos en lo que podríamos denominar vida nocturna. Todos los jóvenes están deseando que lleguen los fines de semana o las mismas vacaciones para enloquecer rodeados de sudor, alcohol, drogas y mucho sexo. Todos los días en cualquier cadena podemos comprobar la cantidad de jóvenes que disfrutan la noche disipándose a base de música ensordecedora y arrítmica y a base de pastillas y alcohol. Pones la televisión y ahí está uno con la corbata atada a la frente y gritando “Marcha a tooooope” con cientos de personas detrás de él yendo a la suya, que es la de todos. Cambias de canal y ahí está el otro enseñando el cubata a la cámara y gritando “mola mogollón, esto es la hostia”, mientras su amigo le coge por el hombro y le saca la lengua a la cámara. Y cambias de canal y ahí está ella, enseñando las bragas y expresando con claridad su sentir, “yeh, yehhhhhhhh”. Cambias de canal y aparece un chico formal que desde su puesto de trabajo comenta su ritmo de vida. Nos enteramos que detrás de esa formalidad se encuentra su pasión, la “marcha” de los fines de semana. La cámara le sigue durante el fin de semana, pero sólo puede mostrar lo que puede verse, que es sólo la punta del iceberg. Desenfreno. EL chaval ha perdido su humanidad desde el viernes por la noche y ahora parece un cavernícola; grita groserías, bebe dirigiéndose a sus padres con un saludo cínico y se sube a bailar encima de un coche que tiene al lado. Una de las chicas que le acompaña no tiene reparos en soltar un par de intimidades en absoluto estado ebrio. Cambias de canal y aparecen una docena de chicas con las tetas operadas bailando en el trampolín de una piscina y cambias de canal y te encuentras las confesiones de una pandilla de chavales que han ido a veranear a Benidorm y se encuentran en un club en el que trabajan dos mujeres (madre e hija) que tienen un espectáculo que consiste en meterse cosas por el coño. Cambias de canal y aparece un reportaje de una fiesta gay que se celebra cerca de Barcelona y dura una semana. Música continua, alcohol, espectáculos y una piscina en la que caben 5.000 personas chapuzando. Diran, son cosa de la televisión, que ya se sabe. Y yo diré, sí.

TODOS esos jóvenes no parecen necesitar gran cosa. Sólo quieren divertirse. Y por eso TODOS aparecen eufóricos ante las cámaras. TODOS están muy contentos y, sobre todo, TODOS tiene su blackberry en el bolsillo, aunque las cámaras sean incapaces de captarlo. TODOS, ya sea del 54 % de los jóvenes que trabaja o ya sea del 46 % que está en el paro. TODOS. De lo único que no hay duda es que TODOS esos miles de jóvenes que salen de marcha nocturna tienen su blackberry en el bolsillo. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.

Los vimos en todas las cadenas de televisión hace unos meses; en la periferia de París incendiando coches, ahora los vemos en varios lugares de Inglaterra incendiando casas y saqueando negocios, según ellos porque les falta para comer. Pero TODOS con el móvil en el bolsillo, incluso los menores de edad. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.

lunes, agosto 08, 2011

Libros

La razón por la que estoy publicando pocos posts no se encuentra ni mucho menos en las vacaciones. Más bien diría que precisamente por estar de vacaciones estoy dedicándole TODO el tiempo a la lectura y la escritura. Y quien me conoce sabrá que cuando hablo de lectura hablo de ensayos, no de ficción. Por no mentir, y por circunstancias ajenas a mi voluntad -en serio-, he leído una novelita simpática que me ha entretenido dos días. Dos. Pero me he recuperado rápido, he superado el trance y vuelvo a estar en lo único que vale la pena en estos tiempos de verbena psicótica y ensalivada: el pensamiento.

Y cuando digo TODO es TODO. Porque no tengo hijos, ni plantas ni ridículos gatitos.

Desde hace dos meses me encuentro escribiendo sobre un tema del que ahora no logro acordarme pero que me ocupa cerca de 10 horas al día. No me atrevo a preguntarme de qué me sirve el escribir porque si lo hiciera dejaría de hacerlo, precisamente porque no tiene mucho sentido cuando, por una cuestión de moda (más que de bancos), andamos inmersos en unos tiempos de verbena psicótica y ensalivada. Con tangas, abdominales, cocaína y televisión.

El caso es que, debido al texto que me encuentro escribiendo, estoy ahora rodeado de libros. Sólo en mi mesa de trabajo hay exactamente 14. Y excepto los tres que pertenecen a la misma colección podría decirse que son todos muy distintos entre sí. Parece mentira la cantidad de posibilidades que existen a la hora de diseñar un libro (al igual que las gafas, a las que dediqué dos años en lo que respecta al diseño). Los formatos, las tapas, las portadas, las tipografías, los papeles, las cajas del texto. Con los libros pasa lo que con cualquier otra cosa. Si todos los diseñadores de sofás tuvieran buen gusto sólo habría un tipo de sofá. Porque lo que no puedo creer es que el libro de Akal que tengo ahora entre mis manos pueda gustar a alguien. Ni el de Amorrortu, ni el de Barataria, y cada uno por motivos distintos. Se trata de libros que adolecen de algún mal que los hace impracticables. Sí, impracticables.

El de Amorrortu tiene un formato pequeño y su encuadernación te exige acrobacias manuales. Podría esta editorial aprender de otro libro que también se encuentra en mi mesa, un libro de una editorial con experiencia en libros pequeños, de bolsillo o no: Alianza. Cómodo y barato debido a las pocas pretensiones que ostenta. Los tres que pertenecen a la misma editorial, La balsa de la Medusa, son perfectos por lo que respecta a la adecuación del contenido y la forma, así como a la caja de los textos, el color del papel y el tamaño de la letra, pero fallan en el diseño de las portadas. El de la editorial Comunicación social es un libro que se encuentra, cómo no, acorde con el tipo de libros de V.V.A.A.: feo, con portada circense, letra demasiado pequeña y notas escritas en un tamaño no apto para gente astigmática y despistada. El de Arola Editores adolece de lo mismo, pero en más blanco, o sea, en peor; y con fotos de los autores en páginas impares y grises, un horror. El de Paidós es correcto como un señorito de ciudad; con la tapa demasiado acharolada. El de Barataria es como un bocadilo de mortadela y por eso el texto no cabe en la página. El de Akal contiene dos de los defectos que combinados hacen de la lectura un sacrificio casi innecesario: el papel blanco y satinado con una tinta negra que parece no haber secado. La lectura en estas circunstancias resulta tan incómoda que conviene investigar por toda la casa para averiguar cuál es el lugar en el que la incidencia de la luz no exige tener que estar moviendo el cuello todo el rato como una gallina. El de Katz es sobrio, como a mí me gustan los libros, sin foto en la portada, buen formato, buen papel y con la justa importancia dada a las ilustraciones (en pequeño y en mono-tono). Y por último el de Siruela, libro que sólo puede (y debe) leerse con monóculo, una maravilla de artefacto.







miércoles, agosto 03, 2011

Censura

La corrección política ha vuelto a dar muestras de su tremendo poder mostrenco. Y después del revuelo organizado, como es habitual, nada de nada. Es precisamente por eso, porque nunca pasa nada, por lo que la censura actúa siempre a sus anchas. Ya lo comenté en el primer post de la nueva época de este blog, la censura es una forma propia de las sociedades corroídas por la corrección política. Y por ello mismo les resulta imposible escapar de ella a quienes se han servido de ella para medrar.La corrección política no es más que un mecanismo perverso que consiste en ofrecer individualismo para después exigir solidaridad. En este sentido actúa como la mafia, dar primero y no exigir nada a cambio… hasta el momento de la verdad.

En cualquier caso, el término corrección política ha sufrido una suerte de inflación que ha permitido rebajar su maléfico poder (lo cual forma parte de su estrategia de expansión). Todo el mundo habla de corrección política confiriéndole el significado variopinto que le interesa y lo que resulta más curioso, desentendiéndose siempre de su implicación ante él. Sobre todo, y fundamentalmente, el sistema académico universitario, lugar en donde se cultiva con esmero el germen de la más pura corrección política. La CP se encuentra tan perfectamente inoculada desde ese Pensamiento Único producido desde la Universidad que resulta muy difícil escapar de ella una vez se ha aceptado la posibilidad de medrar en su Sistema. La Universidad española sólo quiere prosélitos, esto es, becarios sumisos que mantengan la endogamia que genera la perfecta Cosa Nostra.

Y después están los medios de comunicación, que hábilmente denuncian los casos de censura más elocuentes y espectaculares pero que después la ejercen con una precisión de cirujano. Y más la ejercen cuanto más hacen alarde de la defensa de las libertades. De expresión, claro. Porque la CP es aquello que permite medrar con tranquilidad y seguridad a quienes la ejercen. En verdad, puede alguien avanzar en el ejercicio de cualquier actividad cultural sin necesidad de recurrir a ella pero el esfuerzo que debe hacer es 5 veces mayor que quien sí la ejerce. Algo que sucede, precisamente, por lo que comentaba en el post anterior. Resulta sumamente complicado y cansino no hablar “en previsible”. Y no hacerlo obliga a un esfuerzo que se dirige a superar las barreras que desde el principio te impone aquel que te pide explicaciones acerca de la impropiedad de lo apuntado desde la verdadera libertad.

En el primer post de la nueva época de este blog apuntaba que el poder de la CP se encontraba en el miedo, el miedo que sufría todo aquel que dependiendo de ella (en su profesión) comenzaba por autocensurarse. No se trataba de pensar que la buena de Tita Cervera pusiera trabas a la selección de obras de arte que hiciera el prudente Guillermo Solana –para la exposición Las lágrimas de Eros-, sino más bien de pensar en las imágenes que éste tuvo que apartar de su mente para que el proyecto fuera viendo la luz verde. Así, el Pensamiento del ahora es Único en la medida en la que es social, con absoluta independencia de los individuos. Éste es sin duda el gran acierto de la estrategia de expansión de la CP, que logra que el individuo viva con normalidad una esquizofrenia aguda si ésta le va permitiendo medrar. En su casa piensa un acosa, en público expresa la contraria. La CP basa su poder en el individualismo atroz conculcado –con éxito- desde su propuesta relativista que presupone la muerte de la Historia, del Arte, de Dios y de los Grandes Relatos, y en el miedo que produce perder lo conseguido debido a la aceptación de su norma implícita (no explícita), la que consiste en serle fiel... en el momento de la verdad, que no es otro que el momento público, el social, el emomento en que uno debe mostrarse como un ser solidario (?).

Por eso resulta inexplicable que la censura haya vuelto a hacer acto de presencia por una tontería como lo de la foto del Festival de Mérida, pero lo que verdaderamente resulta repulsivo es que los medios se hagan cruces al respecto cuando ellos son, junto con el Sistema Académico, los máximos inoculadores de la Corrección Política. Los censores de la foto en cuestión no han hecho sino dar muestras de una rabia tan desproporcionada como ingenua (y muy estúpida), pero lo que han hecho los medios no es sino demostrar lo que más arriba apuntaba: que lo único que les preocupa a quienes ejercen el poder mediático es desentenderse de cualquier implicación respecto a la verdadera carencia de libertad de expresión. Y por eso les vienen tan bien casos como éste, ya que con su denuncia consiguen ocultar su persistente dedicación diaria a ejercer la corrección política.

Coda. Debido a la inmediatez con la que se generan algunos de estos textos se me escapan errores de concordancia, etc., que espero me disculpen los lectores. Prefiero disculparme a corregirlos.

jueves, julio 28, 2011

Fucking pintxo

La verdad es que estoy cansado. Estoy cansado incluso del estar cansado. Estoy cansado de escuchar las mismas frases ingeniosas de club de la comedia y estoy cansado de quienes sólo hablan “en previsible”. Estoy cansado de ir contracorriente aun a mi pesar, cansado de ir a contrapelo sin ganas, de ir al revés sin voluntad, de andar contranatura a desgana, cual personaje de Huysmans pero sin el deseo de ser personaje.

Me sucede irremediablemente cada vez que anuncio que me voy al País Vasco. No hay NADIE que no me diga con cara de panolis excitado “qué suerte, por lo menos comerás estupendamente”*. Y yo, que soy misántropo pero no imbécil les digo invariablemente “Pues claro, eso es lo que te pierdes tú quedándote aquí”, pero para mis adentros me digo a mí mismo, a quién si no, “otro idiota”. Cansado, ya digo, de que la cultura se configure en torno a supervivientes televisivos de códigos da vincis literarios y sobre todo en torno a la autoayuda anti-aging. Cansado de escuchar lo que no admite siquiera un comentario que no parezca prepotente. Porque si alguien no habla “en previsible” es hombre muerto en las sociedades corroídas por la corrección política. Así, si alguien te dice que en el País Vasco se come de puta madre, vale la pena darle la razón. Aunque resulte cansino. Porque mucho más cansino resulta tener que demostrar la veracidad de lo que no es dicho “en previsible”.

Llevo varios años yendo al menos tres veces al año por San Sebastián y puedo hablar con propiedad. Sobre todo si dejamos claro que comer bien en un “lugar” sólo puede significar comer bien en casi cualquier sitio de ese ”lugar” y no comer bien en algún lugar en el que además te vapulean los bolsillos a hostias caramelizadas. Salvando estos sitios exquisitos llenos de reducciones y esferificaciones resulta complicado comer bien si se anda por San Sebastián. Y lo intento cada vez que voy, preguntando (sin cesar) a la gente de allí por algún restaurante en donde comer bien, algo que ya conforma una grosería de la que los ciudadanos de San Sebastián no se percatan. Podrían decirme con el mentón levantado “perdone buen hombre, pero aquí se come bien en cualquier sitio” y girar la cabeza con gesto de indignación. Pero no, la amabilidad del donostiarra así como su irredento chauvinismo les hace darme siempre una explicación cortés y detallada aun cuando la respuesta sea invariable. TODOS me dirigen al centro histórico. Yo les doy las gracias, pero para mis adentros me digo a mí mismo, a quién si no, “¡estoy cansado de comer a mano alzada, hostia-puta!

Y es la pura verdad, los pintxos de allí son extraordinarios pero yo lo que NO quiero es pelearme en una barra con dos docenas de personas hambrientas que pelean por llegar a los palillos con gambas y a las rebanadas con txaka. NO quiero sufrir la ansiedad de no saber qué pintxo me va a gustar más, No quiero comer sin ganas por el hecho de probar más pintxos, No quiero dejar de probar los que me hubieran gustado más, NO quiero comer en 15 minutos y no sabe qué hacer después, en el momento del relax postoperatorio. Y ¡No quiero comer de pie, joder! Ya sé, ya sé que hay también algún restaurante en ese centro en donde se come bastante bien, pero ninguno es mejor que muchos de los restaurantes que hay desde pongamos el Borne hasta Pau Clarís, por poner un ejemplo catalán. Hay más restaurantes aceptables en ese barrio catalán que en todo Donosti. Pero si en vez de en el centro caes por la zona de tiendas “nobles” que hay detrás de la Concha entonces la cosa es para echarse a llorar. Desde el centro al Buen Pastor y desde el Buen Pastor hacia Zurriola por no haber no hay ni cafeterías. En una sola calle de Madrid puedes encontrar más cafeterías de las que hay en dos barrios enteros de Donosti.

Llegando más lejos puedo decir que cuando voy a San Sebastián yo habito en Oiartzun una población que se encuentra antes de llegar a Irún. Lo digo porque podría alguien decirme que en la Gran Ciudad es donde peor se come y que la tradición gastronómica donostiarra se encuentra o en las peñas (que son suyas) o en las “afueras” (que también son suyas). Después de muchos años indagando por Oiartzun, Errentería, Irun, Hondarribia, etc puedo asegurar que se come bien sólo allá donde se come bien. Esto es, como en cualquier sitio. Y si se me apuraran podría llegar a decir que incluso un poquito peor dado el uso antiguo que hacen aún de algunas materias primas. En Requena (población vecina de Valencia) tienen un estupendo embutido y a nadie se le ocurriría decir que se come estupendamente en Requena. Decir paella valenciana es no decir nada si no sabes dónde te la tienes que comer. Por eso nadie dice que se come bien en Valencia, y sin embargo se puede comer bien y variado en Valencia sin tantas complicaciones como en San Sebastián. ¡Menudo coñazo es tener que comer por Donosti! Son cosas que sólo se pueden decir quien, como yo, tiene 74 años y está cansado, cansado del estar cansado. De todas formas estoy muy cansado de Valencia, pero más cansado aún estoy de escuchar los halagos que sobre la ciudad escupen todos los ignorantes que no la conocen.

*Digo estupendamente porque soy muy fino y no me gustan las groserías en literatura.

jueves, julio 07, 2011

Realidad Basura

Hace unos días se decía en El Mundo a propósito de la artista española seleccionada en la última Bienal de Venecia:

“Dora García, representante española en el pabellón de los Giardini, ha resquebrajado la atmósfera conservadora de la bienal con un proyecto de riesgo que ha suscitado un enorme interés entre la comunidad artística. Y lo ha hecho desde algo tan aparentemente sencillo como mantenerse fiel a los presupuestos que le han convertido en la artista española más importante de su generación. Lo inadecuado es un proyecto complejo pero rico en matriz conceptual, un trabajo en el que Dora García concentra todas sus inquietudes y que s expande en el tiempo, desoyendo los férreos dictados del espacio expositivo. Quien visita el pabellón encuentra una serie de elementos que no constituyen obras en sí mismas sino que configuran un apoyo, un atrezzo para las diferentes situaciones que se suceden a lo largo de las veintitantas semanas que dura la bienal. Mucho se concentra en torno a la narración y a la relación entre realidad y representación. Pero tiene que ver, sobre todo, con la voluntad de derribar toda convención formal, toda complacencia, todo lugar común”.

La Realidad, después de todo

“Dora García, representante española en el pabellón de los Giardini, ha resquebrajado la atmósfera conservadora de la bienal…”

Realidad. Quien se haya paseado por los Giardini habrá podido comprobar dos cosas, que la atmósfera veneciana sigue siendo húmeda y que después de todo no hay nadie capaz de resquebrajar tanta humedad. Ni siquiera una española. En cualquier caso no por ello deja de ser, Dora García, la artista que representa a ese país, España, que es ninguneado por el mercado mundial del arte de forma repetitiva y contundente.

“…con un proyecto de riesgo que ha suscitado un enorme interés entre la comunidad artística”

Realidad. El riesgo que han corrido el comisario y la artista con esta obra es un riesgo parecido al que por ejemplo sufre un alpinista paseando por el centro de cualquier ciudad. Y el interés que puede suscitar ese riesgo de cartón piedra sólo puede afectar, en efecto, a los sabihondos. Unos sabihondos internacionales que generalmente ignoran a los artistas españoles debido, precisamente, a que España “no pinta nada” en el mundo del arte.

“… Y lo ha hecho desde algo tan aparentemente sencillo como mantenerse fiel a los presupuestos que le han convertido en la artista española más importante de su generación”

Realidad. Parece ser que en el mundo actual es difícil mantenerse fiel a unos principios, pero la artista ha conseguido suscitar interés en los sabihondos debido, no tanto a unos principios éticos (que pudieran responder a una “buena causa”) cuanto a los principios que le han servido fundamentalmente para lograr el éxito. Algo que al parecer resulta difícil. O resulta difícil en apariencia. (¿) Y más en España donde se hace un arte (¿) que es ignorado por todos sabihondos internacionales con poder en el mundo del arte.

“Lo inadecuado es un proyecto complejo pero rico en matriz conceptual, un trabajo en el que Dora García concentra todas sus inquietudes y que se expande en el tiempo, desoyendo los férreos dictados del espacio expositivo”

Realidad. Se trata éste de un proyecto en el que la artista (Dora García) representa nada menos que a España, al arte español, y por eso ha puesto en él algo aparentemente sencillo, pero encomiable: todas sus inquietudes. ¿No es maravilloso? Unas inquietudes, al parecer y por lo que intuyo, muy parecidas a las que pone mi sobrinita en la representación anual del teatro del cole. El resultado: un big bang comunicativo que se debe no tanto a haberse amoldado al espacio expositivo como a haberle contradicho en línea directa.

“Quien visita el pabellón encuentra una serie de elementos que no constituyen obras en sí mismas sino que configuran un apoyo, un atrezzo para las diferentes situaciones que se suceden a lo largo de las veintitantas semanas que dura la bienal”

Realidad. Quien visite el pabellón encontrará lo que a buen seguro no entenderá. A no ser, claro, que decida desayunar todas las mañanas en el propio pabellón y beberse por las tardes unas cuantas cervezas con una mano mientras con la otra lee a Barthes. Veintitantas semanas desayunando en el pabellón me parecen excesivas, así que lo mejor será dedicarse sólo a las cervezas. Y a conseguir esquivar los canales de vuelta al hotel. Lo de Barthes era sólo optativo. Puede en cualquier caso ser sustituido por Focault. O por Lafuente Estefanía.

“Mucho se concentra en torno a la narración y a la relación entre realidad y representación. Pero tiene que ver, sobre todo, con la voluntad de derribar toda convención formal, toda complacencia, todo lugar común”.

Realidad. La (buena) voluntad de derribar convenciones formales era lo propio de los años sesenta. De hecho se derribaron algunas, si bien es cierto que estaban todas que caían con sólo rozarlas con las yemas de los dedos. En el 2011 toda exhibición del producto artístico es PURA complacencia, pura convención, puro espectáculo, puro divertimento. Para exquisitos, es decir, para sabihondos. Los sabihondos que generalmente ignoran al arte español; el que por otra parte carece de representación en el mercado mundial del arte.

lunes, junio 27, 2011

¡Malditos!

El insulto es una afrenta que deviene de la necesidad de humillar al otro, de ofenderlo, de rebajarlo. Contiene dos variables que condicionan su eficacia respecto a las intenciones: las circunstancias (el contexto) y la importancia que el destinatario le da al ente proferidor. Motivo por el cual puede concluirse con que el insulto sólo acaba ofendiendo a quien se deja. Podríamos decir que hay dos grandes tipos de insultos, los que pretende ser directamente ofensivos y los que son más constatativos; no es lo mismo decirle a alguien “eres un mierda” que decirle “eres un canalla”. Por ejemplo, si en referencia a cierta actitud social yo me dirigiera a un colectivo para pronunciar la expresión “malditos canallas”, sólo serían posibles dos respuestas: la de que quienes minimizaran su sensación de ofensa debido a la posible reivindicación de la actitud que ha generado el insulto y la de quienes se sintieran ofendidos debido al calificativo “malditos”. Es claro que ante el primer tipo de personas no se habrían dado los resultados que exige todo insulto desde quien lo profiere. A mi particularmente, si alguien me llamara hijo de puta desde la ventanilla de un coche yo me sentiría contrariado pero no ofendido.

Hace ahora 17 años vi por televisión las imágenes que más me han impactado en todo mi vida. Las vi en un telediario mientras comía y retornan a mi memoria con una frecuencia pertinaz y nada previsible. Fueron imágenes desgarradoras que se volcaron a los espectadores con la típica aquiescencia informativa de muchos noticiarios y se les otorgó, en aquel momento, la misma importancia que se les otorgaba a los fallecimientos de motociclista que colisionan con una medianera. Fue en parte por eso por lo que el impacto producido en mí fue mayor. Las imágenes extremadamente violentas venían comentadas, cómo decirlo, como con la naturalidad propia de quien viene a mostrar y corroborar lo que se espera del día a día en un mundo ya habituado al desastre. Sin aspavientos, pues, con una mezcla de sorpresa y conformismo. Y sobre todo, como si la cosa no fuera tan grave como lo que las imágenes parecían indicar. Y sobre todo, como si no fuera con ellos, es decir, con nosotros.

Sucedió, como digo, en 1994 y me refiero a esas imágenes en las que aparecían un grupo numeroso de hutus persiguiendo a machetazos a un puñado de tutsis. Los primeros eran negros de Ruanda, armaban unos machetes tremendos y sus rostros mostraban un grado de ira indescriptible, los segundos eran negros de Ruanda y corrían con la cara desencajada mientras recibían unos machetazos que les iban abriendo las carnes en varias partes de su cuerpo. Los negros tutsis intentaban escapar de esa muerte salvaje pero no lo conseguían. Las cámaras de televisión se encargaron de mostrárnoslo con toda la claridad y crudeza posibles: en la despiadada carrera persecutoria los hutus siempre llegaban a los tutsis y los masacraban abriéndoles las carnes de los brazos, de la espalda, de la cabeza, de las piernas y del abdomen. Y eso lo vimos porque las cámaras estaban allí, pero lo que no fueron capaces de mostrarnos fue lo que no vimos, el otro lado de la luna: las cientos de miles de violaciones cometidas contra las mujeres tutsis.

He de añadir que mi conmoción no se produjo tanto debido a las imágenes, que desde luego también, cuanto por el carácter rutinario con el que fue siendo dada la noticia de lo sucedido en Ruanda durante varias semanas. Nadie de la Comunidad Europea alzó la voz demasiado fuerte. La ONU se rascaba la coronilla y los progres, esos mismos pogres que después se manifestarían en tromba por la guerra en Irak, estaban en las Maldivas con un mojito entre las manos y debajo de una sombrilla. O acariciando una foca.

Titular de hoy (25 de Junio de 2011) en El País: “La justicia de la ONU condena a la primera mujer por genocidio”. Una vez más la Historia se repite y comprobamos con estupefacción cómo la ceguera de un presente continuo no es más que el producto de una mirada aviesa y pervertida, valga la paradoja (como sucedió con la invasión nazi. Vista aviesa, vista gorda: ceguera). Internacional y políticamente nadie pareció conmoverse demasiado ante un problema demasiado ajeno y complicado. Ahora, Pauline Nyramasuhuko, de 65 años, de la etnia hutu y antigua ministra ruandesa de Familia, “es la primera mujer condenada a cadena perpetua por genocidio. El Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Tanzania, la señaló ayer como responsable de haber organizado el secuestro y la violación de mujeres y niñas tutsis”. ¡AYER!

Dice además, y esto es lo significativo: el gobierno hutu “dejó en 1994, según la ONU, unos 800.000 muertos. Hasta 500.000 mujeres fueron violadas y acabaron infectadas con el virus de del sida. Para conservar su influencia en África y el acceso a las materias primas, la comunidad internacional no reaccionó a tiempo. Tampoco usó al principio el término genocidio, que le hubiera obligado a intervenir”. ¡AL PRINCIPIO!

¿Dónde están ahora esos malditos progres que veranearon todo el 1994 en las Maldivas? ¿Dónde están ahora esos malditos progres que enarbolan una pancarta que dice “¡Abajo el capital!” mientras a diario mueren decenas de civiles en Afganistán y en Libia? Ya digo: si alguien me llamara hijo de puta (o reaccionario) desde la ventanilla de un coche (o desde detrás de una masa parecida a la que persigue a Rosa Díez o a Albert Rivera) yo me sentiría contrariado pero no ofendido. Lo siento, pero no puedo con quienes creen fervientemente en su superioridad moral.

miércoles, junio 15, 2011

Del rito desmitologizado: “¡No hay banda!”

Podría distinguirse entre el Saber que se nos transmite a través de los libros y el que se transmite a través de los centros docentes universitarios. Distinción que vendría dada por el nivel de implicación, asumido o no, respecto a la Corrección Política. Por decirlo en términos que no por provocativos dejan de ser realistas: el Pensamiento transferido a través de la Universidad es un Pensamiento Débil en la medida en que se encuentra coaccionado y cohibido por la Corrección Política. La Cultura de la Queja se ha introducido en el pensamiento universitario para conculcar la defensa de un Saber frágil que se fundamenta en el desprecio por la Verdad. Se impone y conculca, de esta manera, a veces de forma explícita a veces de forma subrepticia, una carencia de verdades que nos trasladan a la imposibilidad del Saber. No hay, pues, un Saber; hay sólo contingencia y coyunturalidad. Para gran parte de ese pensamiento académico la misma realidad no deja de ser un constructo lingüístico y los acontecimientos (los hechos) no dejan de ser sino el producto de lo noticiado (en telediarios y periódicos). Para el Pensamiento Académico (subvencionado) no hay Saber, no hay Verdad, no hay Amor y no hay Realidad. Y todo ha llegado, precisamente, en el momento en el que el Arte ha dejado de ser lo que durante cientos de años hemos entendido como Arte (y éste será el asunto de otro capítulo).

Es decir, nos encontramos en un momento que conjuga de forma ingeniosa el relativismo más pragmático con el buenismo resultante de la implantación que de una Cultura de la Queja sumamente rentable para los poderes fácticos. Y no se trata de afirmar desde el catastrofismo reaccionario sino de describir los signos de un presente (que ya dura 30 años) que representa la realidad con la que contamos. Así, lo dicho en el primer párrafo no será otra cosa que la mera descripción de un estado de las cosas que no sería cuestionable en la medida en la que sería confirmado por quienes habiendo sido los artífices de dicho estado se sienten apoyados por quienes no fueron oponiendo objeción alguna al nuevo “orden”. O dicho de otra forma: nos encontramos ante un estado de las cosas que no deja de ser el producto de una imposición vertical y de una connivencia horizontal. La Corrección Política se ha demostrado como la más perversa forma de Poder, pues ha atado de pies y manos a todo aquel que quiera medrar, sea liberal o sea progresista en cualquiera de su grados. Nadie con aspiraciones reales de desarrollo “profesional” se libra de la obligación de ser políticamente correcto. Nadie se libra: nadie será libre.

Pero, ¿con qué se correspondería exactamente el término buenismo? Una buena respuesta sería que buenismo no es más que una actitud que se identifica con el famoso aserto que representa el comienzo de ese presente que ya dura 30 años; a saber: “todos somos artistas” (Beuys dixit). Así, buenismo sería, en arte, una actitud que infringiera sobre el espectador NO experto la mayor de las humillaciones posibles. Sobre todo si tenemos en cuenta que se produce, justo y exactamente, en ese momento histórico en el que toda afirmación es la imposición derivada de un relativismo mesiánico. La afirmación “todos somos artistas” sólo puede esgrimirse desde la demiúrgia. Algo que, por otra parte, sólo puede agrandar la distancia que separa a los iniciados de los profanos (a lo sagrado de lo profano). Nada hay peor que decirle a un pobre que es rico. Sobre todo cuando es un rico quien se lo dice y cuando el pobre quiere comer y no puede. Nada hay peor que suspender a un alumno al que se le ha conculcado que nada es Verdad y que todo Saber es coyuntural.

Por tanto, el problema no deviene tanto de la esencia de un determinado estado de las cosas, el que se deriva de vivir un mundo conformado por un relativismo buenista, cuanto de vivir en un mundo en el que el sujeto se da constantemente de bruces con lo real debido, precisamente, a la experiencia atroz de habitar en una paradoja insalvable que constantemente demuestra que ni todo es tan relativo como se dice ni nadie es tan bueno como dice ser. Una paradoja (maligna) de la que todos serían culpables habida cuenta de que ha brá sido aceptada por puro egoísmo (indiviualismo atroz). No es el buenismo (Corrección Política) lo que le ata de pies y manos al sujeto del hoy, sino la imposibilidad de renunciar a él una vez lo ha aceptado el mismo sujeto que se sujeta a lo social a través de un Estado hipócritamente paternalista.

Addenda. “¡No hay banda!”, decía un personaje de Moholland Drive (David Lynch) para demostrarnos que detrás de una cantante que nos conmueve no hay realmente nada. La mujer que canta y que con su canción logra emocionar a las protagonistas se desmaya a mitad canción y sin embargo la música y la voz continúan. Detrás de la cantante se encontraba, pues, lo que sostenía el simulacro, un simulacro del que ella era partícipe. Sólo un play back que no hacía otra cosa que sustituir a una Realidad desprestigiada por su obsolescencia anunciada. Pero ¡No hay banda! no significa que no haya realmente NADA, sino simplemente que es la banda lo que falta. Y faltando la banda falta la esencia que verdaderamente podría otorgar un sentido a la emocionante experiencia del directo y por tanto que ese sentido pudiera considerarse causa noble de un sentimiento profundo, el que a ellas les une. Lo que queda sin la banda es, precisamente, nada, porque nada es lo que sustenta, ya, la emoción provocada al principio, cuando la razón se encontraba unida a la lógica y a la emoción; porque nada es lo que queda cuando se descubre la mentira, la NO Verdad. No era la mujer quien cantaba con ese sentimiento que provocaba la emoción de las protagonistas.

Las mujeres se emocionan viendo y escuchando la sentida actuación de la cantante. Sienten profundamente que su experiencia las une y por eso lloran de emoción, abrazadas. Pero, de repente, la cantante se desmaya y la voz y la música continúan. ¿Qué hacer?, ¿cómo responder ante la extraña nada que les queda?, ¿cómo reaccionar con la emoción sentida a través de una mentira? Esa es la cuestión: qué hacer. ¿Puede sostenerse el sentimiento profundo? O mejor, ¿puede ser profundo el sentimiento una vez descubierta la falsedad de lo que lo ha provocado? O yendo más lejos aún, ¿puede haber ya distinción entre causas nobles y causas subsidiarias cuando hablamos de sentimientos? ¿Son las subsidiarias menos legítimas? Suponiendo que no se trate de una cuestión de legitimidad, ¿podrían denominarse y entenderse como emociones de segundo grado aquellas que provinieran de cierta virtualidad (simulacro)? ¿Acaso no existe un componente frustrante en despertar de un sueño en el que estábamos viviendo una experiencia Ideal?

Si la cantante se desmaya carece de sentido seguir viendo y escuchando… nada, pues era la asociación de Realidad y Verdad lo que provocaba el sentimiento profundo. Nada hay que sentir. Porque, en verdad, es nada lo que queda si el efecto –en ellas producido- YA NO se corresponde con una causa coherente; nada es lo que puede sustentar ya el sentimiento profundo –por ellas expresado-, pues fue provocado por un simulacro. No es la carencia de causa, es la carencia de coherencia entre causa y efecto lo que confunde, lo que desconcierta. Y recordemos ¡No hay banda!, como enérgica interjección, como con el cierto enfado necesario que constata aquello que todo el mundo debería saber: que “¡No hay banda!” les dice a los espectadores el maestro de ceremonias con un tono de advertencia, pero también amonestador. Así, la interjección imperativa se convierte en una riña a los incautos (que confunden la realidad con el sueño) y a los prepotentes (que aseguran que la realidad es sólo un constructo lingüístico).

En efecto: a los incautos les dice que no hay banda, que la realidad les engaña con uno de sus múltiples trucos, el simulacro, ese truco que consiste en renegar del concepto de verdad con el fin de igualar toda experiencia. Y el maestro de ceremonias lleva razón, pues la confusión que produce la indiferenciación de realidades (verdadera/virtual) es la que lleva a la protagonista al desastre. Y a los prepotentes les dice que no hay banda, esto es, que lo que NO hay es, sólo, una banda. Y el maestro de ceremonias lleva razón porque el hecho de no haber banda no impide a la realidad real imponerse (siempre). La realidad podrá ser un constructo lingüístico, pero si no mides bien las distancias puedes abrirte la cabeza con un saliente. En realidad no hay más ciego que el que no quiere ver, viene a decir el maestro de ceremonias. Así, nada, en cursiva.

¿Qué hacer, entonces? De hecho, la emergencia de lo real –imprevisible- cortorcircuita el estado emocional de las protagonistas y aboca a una de ellas al suicidio. Decía más arriba ¿podrían denominarse y entenderse como emociones de segundo grado aquellas que provinieran de cierta virtualidad (simulacro)? ¿Acaso no existe un componente frustrante en despertar de un sueño en el que estábamos viviendo una experiencia Ideal? ¿No es la frustración un estado inconveniente?

(Este texto se corresponde con el capítulo 8 de un libro –inédito- que se llama Aprendizaje del desapego. 18 razones para abandonar la práctica artística. Un libro que se encuentra en busca de editor)

domingo, junio 12, 2011

Decadencia

Si en general no es nada fácil interpretar los hechos acaecidos -consumados- aun cuando sean recientes, imagínese el lector lo difícil que resulta interpretar meros signos… que aún no han conformado ningún Hecho… al que se pueda siquiera nombrar debido al carácter esencialmente especulativo de toda conjetura. ¿Cómo interpretar entonces los signos actuales de un Hecho aún indefinible? ¿De qué signos se trata; respecto a qué hecho? Se preguntará más de uno. En efecto, y ahí se entiende la elección del adjetivo difícil, que es usado no tanto para negar la posibilidad de interpretación cuanto para otorgar un mérito a quienes sean capaces de ella.

Los signos no son, en definitiva, más que microhechos traslúcidos. Un militar en combate no sabe nada de la enjundia histórica de su momento y sin embargo puede ser perfecto intérprete -conocedor- de los signos que acabarán definiendo ese momento histórico. O por decirlo de otra manera: son muchas las lecturas que pueden hacerse de los signos o de un hecho (y si no muchas, sí algunas), pero de lo que no hay duda (¿o sí?) es de que habrá respecto a dichos signos y hechos interpretaciones mejores y peores, mejores en la medida en que serán más precisas, más cotejables, más lúcidas, más verificables. Así, lo que verdaderamente resulta difícil no es tanto interpretar los signos como hacerlo acertadamente.

Cuando ante un acontecimiento emergen este tipo de interpretaciones lúcidas todas las demás quedan perfectamente desvaídas y a veces obsoletas. La diferencia no tendría por qué medirse a partir de una gran tesis central; la diferencia podría encontrarse en una simple cuestión de matices. Para excusar su incompetencia hermenéutica muchos exegetas profesionales (o no) se escudan en la necesidad de una perspectiva histórica que remite a la imposibilidad de juzgar el acontecimiento reciente. ¡Pamplinas!, vivir el momento es vivir el momento histórico por mucho que éste carezca de denominación. Narrar con lucidez y precisión la experiencia de actuar como un jacobino en una época convulsa no impide al jacobino saber nada acerca de La Revolución Francesa.

Escuchemos ahora con atención este texto que se expresa acerca de la vida urbana: “[…], esta organización colosal de la vida moderna, este funcionamiento perfecto e indestructible de sus servicios, esta continuidad inalterable de su actividad que desafía todas las amenazas exteriores y da seguridad y confianza al ciudadano, es totalmente ajena e independiente de las funciones superiores del Estado y aun de la vida misma de éste. El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen un minuto ni los periódicos dejen de publicar una sola edición”.

Bien podría este texto ser el producto del análisis de unos signos cercanos y evidentes; bien podría ser un pensamiento deducido a partir unos hechos concretos y próximos. Porque, en cualquier caso, los signos no son sino hechos en miniatura. Bien podría, por tanto, ser este texto un aviso para navegantes contemporáneos. Que NO lo es: se trata de un fragmento de La agonía de Francia en la que Chaves Nogales describe magistralmente cómo se rinde una gran ciudad. En 1940 y a base de interpretaciones, precisas, lúcidas, verificables. Las tesis del periodista es, en contra de creencia común, que la causa del desmoronamiento francés, no se encontraba tanto en una debilitación de la democrcia como en una suerte de decadencia; y no tanto una decadencia intelectual como una decadencia espiritual que se daba, además, no tanto en el gobierno y los poderes fácticos como en el mismo ciudadano de a pie.

No todo el mundo tiene la misma capacidad para interpretar los acontecimientos. Ni todo el mundo tiene la misma capacidad para “leer”, en la cotempraneidad, los signos que presagian un estadio (que será histórico) que aún carece de denominación.
Y a Spengler se le sigue considerando un agorero.

jueves, junio 09, 2011

¡Indignaos!

La corrección política es una cuestión de gesto, de actitud. Su ejercicio se encuentra vinculado a lo social y es en lo social donde alcanza la plenitud que le confiere su fuerza. Una fuerza, por cierto, que controlan de igual forma, y valga la paradoja, el poder institucionalizado y las propuestas disidentes y alternativas. La corrección política se ha instalado en el organismo social inoculando el germen de su propia incompetencia. En todos los segmentos sociales que quieran o necesiten medrar. O por decirlo de otra forma y con un ejemplo, no será la corrección política la que libre a algunas mujeres ser agredidas por algunos hombres malos. Es más, probablemente sea la corrección política la que no pueda evitar el agravamiento de ciertos problemas que dice querer eliminar, cualesquiera que fueren.

Ha caído en mis manos el folleto de la V edición de Cortometrajes por la Igualdad. Las bases de la convocatoria contienen 13 puntos. El primero y más importante de ellos reza: “Podrán participar todas aquellas personas que lo deseen y en sus obras se trate cualquiera de las temáticas sociales relacionadas con la discriminación de la mujer y su lucha por la igualdad: coeducación, violencia de género, acoso o abuso sexual, roles históricos, participación de la mujer en la vida social, conciliación con la vida laboral, políticas de igualdad, techo de cristal, invisibilidad, discriminación laboral o salarial, etc.”

Como puede observarse desde el principio se encuentra dirigido a… personas; ni a ciborgs, ni a replicantes, ni a ningún tipo de engendro, sino a personas. Y además a todas aquellas que, además de serlo, contengan el deseo de ser participantes, participantes de un concurso de cortometrajes. Así: dirigido a personas que deseen reconocimiento a través del ejercicio creativo, artístico. Y ¿cómo podríamos denominar a esas personas? La respuesta en la misma primera base: “no podrán presentarse más de 2 obras por autora/or”. Ya sabemos, por tanto, cómo se denominan las personas creativas: autoras/es.

Lo comprobamos en la segunda de las bases, que comienza así: “Será de libre elección, se admitirán todos los géneros creativos audiovisuales en los que la/el autora/or haya decidido expresarse”. En fin, personas todas. Como puede confirmar la cuarta base que termina explicando lo que debe contener el sobre entregado: “En el sobre en el que se envíe constará el título Cortometrajes por la Igualdad y en el remite los datos del autor/a/es”. Y cuando ya todo parecía haber llegado al límite llega la penúltima de las bases que termina diciendo: “La presentación y/o posible selección del cortometraje para su edición posterior implica ya la cesión de estos derechos por parte del/la/os autor/a/es.

La corrección política es el verdadero cáncer que ha creado ese mostrenco estado de las cosas que, al margen de lo enunciado, con razón denuncian los “militantes” del 15 M, pero se encuentra tan bien instalada que desde lo social nadie puede escapar a ella. Ni el sector más institucionalizado ni el más progresista. Así pues, están ambos sectores atados de pies y manos por el verdadero causante de nuestra degradación. Es decir, no hay solución posible respecto a los asuntos que de alguna forma se encuentren contaminados por una fuerza fundamentada en la hipocresía. Nadie que quiera medrar puede permitirse el lujo de ser incorrecto, ni siquiera los indignados. Yo no me siento con la fuerza de defender ciertas causas nobles porque no creo ni en mi beatitud ni la presupuesta nobleza. Y por eso soy un desalmado.

Zeitgeist (o el discurso inevitable)

No se trata tanto de saber decirlo, que también, sino, más bien, de tener algo que decir. O viceversa. Por eso me temo que el movimiento de protesta y reivindicación nacido el 15 M -por motivos más que justificados- está abocado al éter. Y serán los pocos que tenían un discurso mínimamente estructurado quienes abandonarán primero los vientos y las piquetas. No les cabrá otra posibilidad habida cuenta de la calidad del discurso de la inmensa mayoría de los acampados. Aún recuerdo los informativos de los primeros días de manifestación; la cámara buscando opinión en directo; preguntando de carrerilla y sin cortes a todo el que pasaba por delante de la cámara. De los que hablaron durante la primera semana alguno hubo que me bajó las pulsaciones con su respuesta. Pero la mayoría contestaba en comanche, y hubo uno que con un alto poder sintético supo representar a una mayoría que tenía verdaderos motivos para luchar; dijo, “yo vengo (a la Puerta del Sol) por la lucha y tal”.

Es en el “tal” donde se encuentra la clave de una respuesta que, siendo exacta, no puede sino ser perfectamente representativa del discurso ACTUAL. Uno de mis alumnos fue narrándome (durante la primera semana) el transcurso de los acontecimientos que se iban produciendo en la Plaza del Ayuntamiento. Nunca lo había visto tan excitado. Al parecer le subía mucho la adrenalina un hecho que se producía todos los días: le daban un megáfono a todo aquel que tuviera algo que decir. En la conversación deduje que no era exactamente excitación lo que le producía ese hecho, esa “actividad”, sino más bien, emoción. Azuzó mi curiosidad. Fui.

Y no se trata de afirmar que carecieran de razones los activistas, sino de confirmar que lo que no tenían era discurso. Más allá, claro, de la enumeración absolutamente naïf, de las causas de un malestar. La gente cogía el megáfono y hablaba. ¡Pues claro, como no podía ser de otra forma! Las palabras son el hogar del ser humano. Pero no se puede hablar con propiedad sin un discurso elaborado. O mejor, sin posibilidad de discurso todo lo hablado no es más que pura filfa. Cháchara. Sin embargo, lo que les había congregado era, precisamente, la necesidad del decir; la necesidad de comunicar. Pero, ¿es posible comunicar algo –político- eficazmente sin que haya, detrás de todo ello, la posibilidad de un discurso estructurado? Pienso en mi alumno –que lo conozco hace 4 años- y me contesto: no. ¿Y cuál sería la causa de que mi alumno (y por extensión la mayoría de acampados) carezca de la posibilidad de discurso? Respuesta categórica: la falta de lectura.

Nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística, por lo que sólo profundizando en el lenguaje puede el sujeto abandonar la inmadurez de lo superficial. La palabra “inteligir” procede de “intus legere”, leer dentro de las cosas. Algo que se corresponde, exactamente, con lo contrario de lo que hacen las nuevas generaciones, las generaciones nacidas con internet. Están perfectamente informadas y saben lo que quieren con mayor precisión de lo que lo sabían los rebeldes de otras épocas. Lo que no tienen es, en efecto, discurso. Porque no pueden, porque les ha podido siempre “lo inmediato”, esa categoría que sólo puede asociarse a lo circunstancial, lo efímero, lo pasajero: lo hilvanado. En dos horas pueden obtener la información que hace años costaba adquirir semanas, pero estiras del hilillo y toda esa información se queda en nada sin no existe una posibilidad de discurso, un discurso que sólo podría provenir del poso generado por la lectura.

En efecto, no era excitación lo que a mi alumno le producían los hechos, sino emoción. Internet ha acabado con el intelecto para dejar paso, sólo, a la sensibilidad. Mi alumno, y por extensión la mayoría de los jóvenes rebeldes, son unos sentimentales. Miedo.