miércoles, octubre 26, 2011

Elecciones II (o panfleto sobre los fractales)

Hemos estado gobernados por unos mendas que han estado años comiendo en estrellas michelín y cruzando la calle en Audi. Pero lo que resulta verdaderamente grave es que lo hicieran mientras demostraban su atroz incompetencia. Estamos siendo gobernados por unos mendas que no sólo muestran a diario su atroz incompetencia sino que, además, se permiten el lujo de mentirnos cada vez que abren la boca. Por alguna ¿extraña? razón los políticos españoles han considerado que pueden mentir a diario. Y todo porque, como decía en el penúltimo post, les importamos una higa. Habrá quien vea en esta afirmación una simple y descarada bravuconada pero en realidad es exactamente ahí donde radica el quid de la cuestión, no lo suficientemente señalado. Sólo bastó con que todos los políticos cayeran en la trampa mortal del relativismo hace ya unos cuantos años. Ese relativismo que implantó la Cultura de la Queja y que confirió al ciudadano un falso protagonismo que lo mantuvo entretenido. Así, mientras los ciudadanos disfrutaban de un proteccionismo que les des-responsabilizaba de todo se fue creando un sistema estrictamente individualista. O por decirlo en otros términos: se fue construyendo un mundo al que le sobraban los Grandes Relatos. A los gobernantes les vino muy bien porque usaron la desmitificación como símbolo de pureza y los ciudadanos la acogieron con alegría porque vieron en ella la posibilidad de obtener rédito de la des-responsabilización que se les ponía en bandeja (la des-responsabilización que les llevó a aceptar créditos para comprar cosas que no necesitaban). En España se acrecentó el problema debido a dos factores endógenos: un extraño cainitismo autóctono y una demostrada ineptitud de la clase política respecto a la gestión de ese cainitismo. En España la política se ha ido reduciendo en estos últimos años al ya conocido, y no por ello menos patético, “y tú más”. Y así fue como a la clase política española dejó de importarle el ciudadano de la calle, que por otra parte y a su vez dejó a esa clase política campar a sus anchas mientras hubiera pan y circo. La incompetencia (mezcla de pereza y dejación) se alió con la corrupción simpática (mezcla de maldad y pusilanimidad) y los ciudadanos hicieron la vista gorda hasta que no habiendo cesado el espectáculo (oé, oé, oé, oé y “yo por mi hija mato”) faltó el pan. Pero la suerte estaba echada y los políticos ya campaban a sus anchas ignorando al ciudadano y ensanchando sus bolsillos. Y así fue como el ciudadano llegó incluso a convertirse incluso en un estorbo para quien, a partir de entonces, sólo actuaría para labrar su propio futuro.

Todos los que a la política se dedican desde hace unos años saben, antes que nada, lo que a través de ella se puede conseguir. Por eso aman tanto las componendas; las que saben que se buscan y encuentran igual en el palco del Bernabéu que en un club de golf que en una cumbre que en una contrata; las que se negocian (con el proveedor o el promotor etc.) en un descampado o en un garaje o en una gasolinera. Pero dentro del Audi, un Audi con ventanillas ahumadas. Aman las componendas y se recrean en una frase que cumplen a rajatabla y a costa de lo que sea: “ande yo caliente ríase la gente”. Han conseguido convencerse de que deben mentirnos a diario para preservar un bien supremo; así, nos mienten porque han llegado a convencerse de que es un deber.

Pero más allá de que pudiera existir algún político no corrupto en España lo que caracteriza a los políticos españoles, a todos, es que no saben absolutamente nada del ciudadano, no saben nada de la calle. Y eso, como decía en ese penúltimo post, sólo puede ser un signo de maldad. No saben lo que vale un café en la calle porque son malas personas. No saben nada del ciudadano que tiene que coger el metro a las 6 de la mañana porque son malas personas. Sólo viven pendientes de sus bolsillos porque son malas personas. Y los políticos que no (sólo) viven pendientes de sus bolsillos pero no saben nada de quien se levanta a las 6 de la mañana para coger el metro son malas personas. Y nosotros, los ciudadanos, responsables de nuestras elecciones afectivas.

Sin ir más lejos en el pueblo donde habito, desde las anteriores Municipales y después de dos legislaturas gobernadas por el PP (uno de los partidos mayoritarios), gobierna el PSOE (uno de los dos partidos mayoritarios). Después de su salida del poder el PP ha decidido hacer pública una lista en la que aparecen los sueldos (abusivos, claro) del actual alcalde socialista, así como el de todos sus ayudantes y asesores. Viene de lejos el asunto: el PSOE hizo lo mismo cuando gobernó el otro. Por fin, todos juntos y en perfecta armonía, pronunciando el sofisticado grito de guerra “y tú más”. Pero lo que resulta más curioso en todo este embrollo “teledirigido” es que ¡ninguno de los aludidos demuestra que el espontáneo chivato esté mintiendo! Así, no deja de ser cierto que los políticos que nos gobiernan, TODOS, tanto los que gobiernan en micro como los que lo hacen en macro (en la España cainita), ganan una pasta gansa, nos mienten con desfachatez a diario y sólo dicen la verdad cuando destapan las vergüenzas de sus oponentes. Así, no deja de ser cierto que los políticos que nos gobiernan, tanto los que gobiernan en micro como los que lo hacen en macro, son gente sin escrúpulos. Gente votada por… NOSOTROS y que mantenemos NOSOTROS. Siento ser poco creativo en el final de este panfleto pero no se me ocurre otra solución que mandarlos a la mierda en las urnas, con un voto nulo. A todos.

sábado, octubre 22, 2011

Cautivos del mal (o ¿estamos locos o qué)

Voy a hacerlo corto. Llevo pegado a la televisión desde ayer; he visto todos los programas televisivos matinales que me ha sido posible. La conclusión es que, excepto las asociaciones de víctimas, Rosa Díez (a la que por cierto se ningunea con descaro) y las llamadas cadenas televisivas de ultraderecha, no ha habido nadie que no se haya mostrado feliz y contento ante el anuncio de la banda armada. Mi sorpresa ante esa sonrisa unánime de periodistas y políticos es monumental. Y no tanto porque pueda ser más o menos escéptico respecto al comunicado, sino porque nadie ha parecido reparar en que el comunicado ha sido llevado a cabo por ¡ENCAPUCHADOS! Sólo, y con mucha tibieza, ha habido algún periodista que ha dado alguna importancia a un hecho que, bajo mi punto de vista, es tan crucial como significativo. Si la banda dice que YA SE HA ACABADO LA VIOLENCIA ¿por qué nos lo dicen con capucha? En definitiva: ha bastado que unos tipejos encapuchados digan (a 30 días de unas elecciones) lo que ya dijeron en otras ocasiones (salvando unas diferencias de matiz derivadas del uso de la corrección política), para que la gente los volviera a creer. Y, repito, no se trata tanto de que nos creamos o no su discurso, cuanto que ese discurso se encuentra dicho, de nuevo y una vez más, por unos ¡ENCAPUCHADOS! Imagine el lector que un pederasta asegurara en televisión haber abandonado su perversión con una revista de pornografía infantil en las manos. Imagine el lector, ahora, que los televisivos etarras, y al más puro estilo cinematográfico, se hubieran quitado la capucha después de leer el comunicado. ¿No habría sido distinto? ¿No habría sido esa una posibilidad que habría hecho palidecer de vergüenza la que nos han ofrecido? Y quien dice ENCAPUCHADOS dice con el trabuco entre las piernas, bien amarrado. Viva Rosa Díez. (Escrito a las 16 h. del 21 de octubre). (Y volver al post anterior)

lunes, octubre 17, 2011

Elecciones I

Hay quienes aún creen que los ricos son el principal problema del mundo. Pero los ricos, como sabe todo aquel que ha conocido a alguno, no son la caricatura que de ellos hacen el cine y la televisión. Yo, que sí he conocido a algunos, puedo asegurar que muchos tienen con el dinero un problema que señala una contradicción casi incomprensible pero real; esa contradicción que habitaba por ejemplo en Esteve Jobs y que se manifestaba en su forma austera de vivir. O por decirlo de otra forma, yo he conocido a ricos que evitaban tomarse café en la calle porque conocían perfectamente lo que en la calle costaba ese café. Y no estaban dispuestos a que su fortuna se les fuera en nimiedades cotidianas y desproporcionadamente caras.

Por tanto, si hubiera que buscar culpables al desaguisado económico que vive España no habría que buscarlos en aquellos que gestionan su propio capital como les da la gana, sino, más bien, en quienes gestionan el capital público. El problema, pues, no es el capital, como creen los beatos de la sostenibilidad voluntarista, sino el estar gobernados por unos políticos que no tienen la más remota idea de lo que vale un café en la calle. No saben lo que cuesta un café, pero al mismo tiempo son inflexibles a la hora de determinar lo que debe pagar un autónomo. Su desconocimiento de lo que le pasa al ciudadano de la calle es atroz, mostrenco, insoportable.

Ahora, sin ir más lejos, corren como locos para intentar cerrar apresuradamente una herida que es propiamente española. Y lo hacen así, a toda prisa, porque creen que ese cierre les traerá beneficios; porque al desconocer lo que le pasa al ciudadano de la calle no se les ocurre otra cosa que tomarlo por tonto; porque creen que ese ciudadano tonto -y ahora hambriento- brincará de alegría cuando se anuncie el final de ETA. Y piensan así porque, en el fondo, de verdad, el ciudadano de la calle les importa una higa. En serio. No saben nada de él porque les importa una auténtica mierda.

Parecería mentira si no fuera por lo cierto que es, pero respecto al problema del terrorismo en España los políticos demuestran tener la misma ignorancia (¿) que respecto al precio del café. Una ignorancia que o bien es sintomática de pereza o bien lo es de maldad. ¿Acaso los políticos que pretende el fin de la banda armada a costa de lo que sea no han pulsado nunca la calle? ¿Acaso no saben nada de lo que sucede en los barrios de vecinos, en las ikastolas, en los ayuntamientos, en las universidades vascas? ¿Acaso no han leído a Juaristi, a Aramburu, a González Sainz? ¿Acaso no han escuchado nunca a Savater, a Azúa, a Arteta? ¿Acaso no saben que es el miedo quien gobierna realmente en Euskadi? ¿Acaso no saben que el silencio es la humillante forma de vida que le queda a quien no tiene otra cosa sino miedo? ¿Acaso la declaración de intenciones de unos canallas puede ser suficiente para abanderar el éxito? Y aun cuando fueran ciertas las intenciones de su declaración, ¿bastaría con ello para considerar verdadero ese éxito?

Para contestar a estas y otras preguntas me remito las palabras de Aurelio Arteta. Son palabras que nacen de la reflexión profunda y no de lo que sería su exacto opuesto, la corrección política. Quizá por eso los políticos tengan oídos sordos para ellas, porque si algo define al político español del hoy es su absoluta hipocresía (respecto de lo dicho en público) en perfecta connivencia con su desprecio al ciudadano de la calle. De ahí que yo considere, de forma innegociable, su ignorancia como un signo de maldad. Sólo son algo creíbles los políticos que nada pueden conseguir realmente en las siguientes elecciones, pero dejarían de serlo cuando las oportunidades reales emergieran. Los que tienen seria posibilidades de ganarlas son todos unos necios ineptos, aunque sólo sea porque no saben lo que vale un café en la calle. No podemos permitirnos una clase política que no sabe cruzar una calle sin coche oficial. Y que habla siempre por boca de ganso.

Así Arteta:

“Lo que más temo del fin de ETA, cuando venga, es que triunfe la simplona y cómoda creencia de que sin atentados ya todo es admisible. Es decir, que lo único malo de todo este horror han sido los medios terroristas, pero no los fines nacionalistas. Que no se quiera entender que la renuncia a esos medios infames no vuelve por eso aceptables a sus presupuestos… […] Además de condenar el asesinato, habrá entonces que atreverse a juzgar la causa pública por la que se asesinó, porque no puede reemprenderse la convivencia sobre la misma creencia que la ha echado a perder”.

¿Cómo dice Sr. Arteta?
Pues que “Lo que más temo del fin de ETA, cuando venga, es que triunfe la simplona y cómoda creencia de que sin atentados ya todo es admisible. Es decir, que lo único malo de todo este horror han sido los medios terroristas, pero no los fines nacionalistas.

“Puedo esperar que, más pronto que tarde, ETA desaparezca, pero eso que a muchos les puede satisfacer a mí no me parece suficiente. Yo querría esperar que los asesinos y sus cómplices fueran capaces de reconocer su daño y pidieran perdón; que el mundo nacionalista sacara sus lecciones de tanto mal cometido y renunciara a sus falsos dogmas y pretensiones. Y, por eso mismo, que rectificasen sus políticas lingüísticas, educativas, culturales, etcétera. Me temo que lo contrario es lo más probable. Así las cosas, tal vez se logre algún día la paz, pero no será una paz justa. No vale restablecer la convivencia sin renegar de las premisas que han causado tantas víctimas?”.

¿Cómo dice Sr. Arteta?
Eso, que “así las cosas, tal vez se logre algún día la paz, pero no será una paz justa. No vale restablecer la convivencia sin renegar de las premisas que han causado tantas víctimas?

lunes, octubre 10, 2011

La gestión del arte (como espectáculo)

Hace unos días El Cultural de El Mundo publicaba un extenso y bien informado artículo que firmaba Elena Vozmediano. Se llamaba “Museos bajo control. ¿Puede funcionar un centro de arte sin director?” Había tanta información y mostrada de forma tan exhaustiva que apenas le quedaba espacio a la periodista para dar su opinión, sólo al final lo hacía. Es más, en casos como este en los que se impone el suma y sigue descriptivo, la opinión siempre queda más o menos reflejada en la misma adenda. La descripción del panorama que nos queda en España respecto a los centros de arte y museos es absolutamente desoladora. De eso trata el artículo; de ver qué es lo queda de un centro expositivo cuando el dinero de las arcas públicas no llega ni para sanidad; de ver qué queda y quién lo gestiona.

En este sentido, el texto apuesta por la enumeración de los centros de arte que están “descontrolados” y por mostrarnos acto seguido su lógica inoperatividad y su incompetencia; el desaguisado. Las tesis que mueven a la periodista en forma de desacuerdo son dos y las dos son para ella la causa de este desaguisado. Por una parte cree que los gestores de los museos deberían ser expertos (en arte, se entiende) y no políticos, y por otra que, en el modelo de financiación mixta (administración + capital privado) no deberían tener peso los responsables políticos de Cultura que forman parte del patronato. Así, para Vozmediano, los magnates que conforman el patronato son un mal menor al lado de lo que suponen los políticos en la necesaria toma de decisiones. Vozmediano quiere, en cualquier caso, más expertos en los patronatos y menos políticos y empresarios. Esto, como digo, ha sido dicho hace unos días, concretamente el 23 del mes pasado. Lo que en definitiva quiere la buena de Elena es que haya más expertos en la toma de decisiones de los centros de arte; lo que quiere es más autonomía en esa toma de decisiones y en la programación de los centros. Admite a los empresarios en la conformación de los patronatos, pero siempre y cuando no estén controlados por responsables políticos.

Mutatis Mutandi. Hace ahora 9 años escribí un libro (que nunca fue publicado) que fue el resultado de una investigación acerca de la figura del experto en el arte. Estos son algunos párrafos del mismo:

[…] Así, y pasado ese primer momento de desconcierto que llega después de un cambio de paradigma, las Consejerías de Cultura fueron afianzándose como puntales desde donde todas las iniciativas partían. Y mientras las Consejerías de Cultura comprobaban lo fácil, barato y rentable que les salía comprar a los artistas más comprometidos (comprometidos con su tiempo), las más importantes galerías privadas se vieron obligadas a buscar nuevos clientes. Con el tiempo, y en un proceso digno de ser estudiado en monográfico, los mejores clientes de las pocas galerías que subsistieron acabaron siendo, precisamente, las Instituciones políticas así como las mejores macroempresas y multinacionales (que tan bien se llevan con los dirigentes políticos).

[…] Se trata, pues, de vender y de vender lo más posible; de ahí que las mejores Galerías de Arte sean aquellas que más venden. Y que tengan los mejores clientes, tanto privados como institucionales. Porque las mejores Galerías de Arte son las que más prestigio y presencia tienen en el mercado internacional, es decir, las que más venden. Las mejores Galerías son las que más venden a los mismos Museos (públicos) y a los coleccionistas privados que compran para sus colecciones privadas, colecciones que se hacen, fundamentalmente, para estar a buenas con la Institución, Institución con la que convendrán interesantes apaños fiscales. Los patronatos de los museos tendrán de esta forma un fuerte e inevitable componente político por cuanto los presupuestos de compra parten del dinero de la Administración, y los coleccionstas privados tendrán un fuerte componente institucional debido al intercambio de favores comentado (desgravaciones, blanqueos, donaciones...). Por otra parte, muchos de los magnates que compran a las mejores galerías de arte forman parte del patronato que debe gestionar la compra de autores que se encuentran en su colección privada. […]

[…] Carece totalmente de sentido pretender que los dirigentes que gestionan el Arte Contemporáneo sean independientes, puesto que el Arte Contemporáneo existe debido, sólo, a quienes lo compran. Porque quienes lo compran son, ni más ni menos, que los dueños del Arte. Así, pensar que el verdadero entendido es el experto que aconseja y no el coleccionista que compra es uno de los insultos más graves que puede recibir quien verdaderamente insufla vida a la penosa existencia del Arte actual; y el coleccionista que compra ama profundamente, como hemos indicado, al político que le permite medrar. Pensar que el futuro del Arte debe estar fuera del alcance de las manos de sus propios dueños es una de las ingenuidades más grandes que puede pensar quien no sabe qué es el Arte. Pensar que los dueños del Arte no tienen derecho a velar por sus intereses cuando han sido ellos los que han respondido a la llamada de los expertos y de los desamparados artistas es una de las ingratitudes más insultantes que pueden recibir los que apoyaron la causa... invirtiendo. Sólo mientras haya compradores habrá Arte Contemporáneo. Y quien dice compradores dice gente que ponga dinero para promover ese Arte. Les guste o no a esos románticos gacetilleros que quieren imponer una determinada forma de gestión cultural sin haberse mojado siquiera los tobillos.

[…] La cuestión de fondo es que todo Museo tiene unas responsabilidades, por lo que es importante la figura del gestor de Museo. De ahí que ante cualquier crisis desatada se acabe cuestionando la figura del gestor. Sobre todo cuando la gestión es llevada a cabo por gente de negocios en vez de por expertos. Como si el Arte no fuera un negocio; como si el Arte no dejara de existir si no fuera, antes que otra cosa, puro negocio; negocio para los artistas, negocio para los galeristas, negocio para los comisarios; negocio para los coleccionistas (ya sean traficantes de armas o de droga, ya sean banqueros, ya sean petroleros, etc.); negocio para las agencias de publicidad, negocio para la Administración; negocio para el Estado.

[…] La pregunta ahora podría ser: ¿cómo puede exigirse independencia en la toma de decisiones cuando la imposibilidad de esa independencia ha sido provocada por parte de quien ahora la exige? O dicho de forma más directa, ¿cómo se le puede pedir al Estado o a Coca-Cola que no intervengan en las decisiones del Museo si ese Museo es lo que es gracias al Estado y a Coca-Cola?

Da capo. Y aún hay quien cree que el arte y los artistas se encuentran en la brecha de un sentir (y un actuar) progresista, cuando en realidad el mundo del Arte se trata del “lugar” donde se encuentra concentrado uno de los índices más altos de conservadurismo.

jueves, octubre 06, 2011

Lugares que no son nada (e inmersión lingüística)

Hace calor, así que decido ir a la estación y esperar tranquilamente a que salga el tren. Cualquier cosa es mejor que pasear por las calles con este calor pegajoso. Al taxi le cuesta encontrar un hueco para estacionar mientras el contador no cesa de moverse, sin ruido, a lo digital. Entro en el recinto y no siento ningún especial cambio de temperatura. Me extraño y me digo a mí mismo que debe deberse al excesivo calor de la intemperie, así que acelero el paso con el fin de encontrar la zona libre de influencias externas. No llega. Deambulo buscando un poco de fresco: empresa inútil. Bueno… parece que aquí en esta esquina… corre un… No, ha sido mi ansiedad la que me ha despistado. La estación está, efectivamente, recalentada. Como no voy cargado con bultos decido insistir en la búsqueda de un respiro. Debe haber algún sitio fresco en algún lugar de esta inmensa estación repleta de gente que se encuentra a la espera de su tren, me digo a mí mismo, a quién si no.

Giro por un lado, salgo por el otro, me desvío unos metro por aquí, rectifico mis pasos hacia allá, rodeo la cafetería que está abierta en el mismo interior de la estación, me introduzco unos metros en ella… pero nada; nada de nada: un infierno en toda regla. Y la estación a reventar de gente que espera la salida de su tren. Los guiris tumbados en los bancos, las señoras abanicándose, los playeros con su sombrilla al hombro, los precavidos erguidos ante los paneles indicativos, las madres apaciguando la inquietud de los niños y los adolescentes en el suelo. Nadie (yo incluido, cosas de las apariencias) parece sufrir las inclemencias de un calor que es muy parecido al del exterior pero que es en realidad más insano, más recalcitrado. Más humillante, en definitiva. Y para rematar, cada dos minutos alguien habla a través de una megafonía que obliga a todos los viajeros a permanecer atento a las pantallas indicadoras. ¿Pero es que nadie se percata de lo extremo de esta anormal situación?, me pregunto a mí mismo que deambulo como si nada pasara. Quizá, me digo a mí mismo, sea yo el único que siente (y no manifiesta) este agobio asfixiante de entre estos miles de viajeros. Si bien pensado no sé nada de lo que piensan las aposentadas señoras que se abanican incansablemente, nada de lo que piensan los sonrosados guiris somnolientos, nada de lo que piensan los inmortales adolescentes que al menos tienen el culo frío. Sólo sé que me resulta extremadamente inaudita esta insalubridad. Sólo sé que miro al rededor y no sé.

Anuncian el andén de mi tren a media hora de la partida. Hacia allí que voy, todo sea por cambiar de aires, me digo a mí mismo. Hay que hacer una cola de cerca de 50 metros. Vale, me sigo diciendo, todo sea por cambiar de aires; tengo que salir de este enorme espacio insano. Hago pues una cola en la que hay mucha gente con bolsas colgadas del cuello y transportando unas maletas “jumbo” que arrastran dificultosamente. Nadie se queja. Pasamos por un control y se nos redirige hacia abajo, hacia los andenes. Bajamos en fila india. Mansos y con las maletas “jumbo” golpeando todos y cada uno de los escalones. Se trata de un descenso al verdadero infierno. La temperatura debe haber subido al menos 10 grados más. El calor es ya casi de sauna. Pero nadie se queja, como mucho se abanican. Un sótano inmundo.

Una vez llegado abajo pienso que pagaría casi lo que me pidieran por volver a la superficie, al pringoso calor del purgatorio. Pero es imposible, el trayecto es irreversible. El tren no se encuentra aún situado en la vía y una azafata nos indica hacia dónde debemos dirigirnos para aproximarnos al vagón que nos corresponderá. Y para desde allí seguir esperando, a más de 45 grados. Nos reparte por un andén estrecho que se encuentra ocupado casi en su totalidad por la misma escalera de escalones de hormigón. Así, el andén se reduce a poco más de un metro por el lateral, ese andén por el que debemos ir pasando decenas de viajeros con el fin de llegar al punto donde nos ha enviado la amable azafata. Hay ya gente esperando en ese tramo, por lo que hay que pasar rozando el abismo de la vía, y muchos lo tienen que hacer con sus maletas “jumbo”. El aire se encuentra intoxicado por los gases que desprenden las máquinas de docenas de trenes que pasan por los andenes vecinos y el ruido que producen es ensordecedor. Nos espera a todos media interminable hora en el infierno.

En un hermoso texto (publicado en Revista de Occidente) Julio Baquero Cruz elabora una pequeña y curiosa taxonomía de la topología vital y llega a la conclusión de que “hay lugares que lo son todo, lugares que son algo y lugares que no son nada”. En los primeros puede alcanzarse la plenitud sin esfuerzo alguno porque es el propio lugar quien la alcanza a través de nosotros; los segundos no son –según Baquero- completamente inhóspitos y por ello toca hacer un esfuerzo para estar a gusto en ellos; en los terceros, es decir, en los lugares que no son nada, estamos abandonados a nuestros propios recursos y la plenitud es una quimera. Quien la ha llevado la entiende: aunque parezca mentira la estación Sants de Barcelona es un perfecto lugar que no es nada. Seguramente, me digo a mí mismo, debe deberse a que a nadie parece importarle. Y también, digo yo, a unos políticos que se encuentran inmersos en su propia gramática; en su propia sopa de letras.

Post Scriptum. Me he tomado la molestia de preguntar a algún conocido de Barcelona por el estado de las cosas en lo que respecta a la estación de ferrocarriles de su ciudad. Más que nada por si el relato de mi experiencia no hubiera sido, después de todo, más que el producto de una visión excesivamente subjetiva o coyuntural. Sólo decir que su respuesta verbal ha dejado mi narración en un cuento de hadas.

lunes, septiembre 19, 2011

Olor a muerte

Podría empezar este post diciendo que me he pasado toda la noche soñando con mi padre. Hablaba con él como si aún existiera. La conversación era agria y su actitud respondía a la que fue su actitud en vida. Una conversación que no tenía visos de llegar a ningún sitio. Su mirada decía lo contrario de lo que expresaban sus palabras. Una mirada triste que me desasosegaba hasta el punto de que mi cuerpo ha necesitado despertarse dos veces. De hecho, cada vez que me he despertado me he levantado con la esperanza de perder el sueño y de poder intercambiarlo por otro menos destructivo. Pero nada, mi padre venía a mí una y otra vez con esa mirada mezcla de solicitud y tristeza, la tristeza con la que me miró en su último suspiro. Cuando esto escribo ya no hay recuerdo de detalle alguno de la ensoñación, pero aún siento la presencia angustiante de su mirada amarilla.

Pude haber comenzado este post diciendo que, como siempre, me he levantado a las seis de la mañana para ir a desayunar al bar donde lo hago todos los días. Un bar pintoresco al que jamás entraría de encontrármelo en una ciudad desconocida; un bar situado en una zona donde no hay otro; un bar en el que el aún hay una letrina en vez de un banco; un bar en donde no aparecemos más de 5 personas entre las seis y media y las nueve, hora en la que lo abandono; un bar, en donde, hasta hace poco, había un individuo que siempre se encontraba apostado en la misma esquina y sobre la misma banqueta. Hasta hace poco: hasta que, de repente, se murió el individuo. Así, de un día para otro. Como lo hizo mi padre.

Hubiera comenzado como hubiera comenzado este post, el caso que estaba yo hoy en el bar de buena mañana, como todos los días. Con un libro y un lápiz, como siempre. Leyendo esta vez acerca de la diferencia entre ilusión e ilusionismo. En la mesa del fondo, lejos de la entrada por la que entra el panadero todos los días a las siete y media. Con el café descafeinado que el médico me permite tomar. Allí estaba yo esta mañana, como todas las mañanas del mundo. Y como aún no es invierno, junto a la ventana. Pues bien, ha bastado un “descuido” para que, por esa ventana que me refresca a diario el cogote, entrara el olor de la colonia que usaba mi padre. Ha entrado justo en el momento en el que intentaba comprender la diferencia entre lo que es universal y lo que es una práctica cultural. El olor que ha entrado con violencia ha inundado el bar anulando a todas las tortillas y a todo el embutido. Tal era su potencia. Ha entrado a saco y se ha incrustado en mi cuerpo.

lunes, septiembre 12, 2011

Rojo casi absoluto

Estamos en el umbral que separa la inmovilidad del movimiento. Un temblor sutil, ligero, imperceptible con un poder tremendo sobre los pliegues que titubean hacia el origen del mundo (imagen). Pliegues rojos que conducen a un abismo involuntario pero cargado de deseo. Un umbral en penumbra; o un umbral cuya luz se pierde en el infinito que es origen. Entre la inmovilidad y el movimiento, la luz oscura. Movimiento browniano de un rojo dolorosamente feliz. Imagen fotográfica que ha captado el instante decisivo: una pausa no inmóvil donde habita el rojo inevitable.

Porque cuando uno mira, no puede dejar de mirar con lo ya visto. Aunque no todo lo visto haya tenido que ser necesariamente mirado. También se mira con la imaginación que emerge de las palabras. Así: imágenes de la imaginación que emergen en la contemplación estética y se contrastan con las imágenes físicas de unas telas rojas que titubean entra la luz y la oscuridad. Yo miro las fotografías de Marusela Granell a través de los versos de Leopardi: “Mas sentado y mirando, infinitos//espacios más allá de él, y sobrehumanos// silencios, y quietud profundísima// en el pensamiento me finjo, en que casi// se espanta el corazón”.

Las telas rojas de Marusela son de un rojo casi absoluto; un rojo a través del cual “casi se espanta el corazón”. Rojos envolventes que invitan al conocimiento imposible. Imposible en la medida en la que sólo muestran el trayecto del retorno. “Silencios y quietud profundísima” que dan forma a lo informe y señalan el umbral donde “casi se espanta el corazón” (imagen). “Sentado y mirando” veo los espacios infinitos que nos aguardan detrás de los rojos casi absolutos que confluyen en las escalera invertida del deseo (imagen). “Espacios infinitos” que se encuentran más allá de mí; espacios “sobrehumanos” que conducen allá donde la imaginación no alcanza; espacios que por ser infinitos generan una suspensión que casi "espanta el corazón". Casi.

Estas imágenes rojas de tamaño real creadas por Marusela Granell son imágenes cargadas de tiempo suspendido. Su sentido se encuentra por tanto en una detención del tiempo en que la pausa no es exactamente inmóvil porque se encuentra cargada de energía. Es el extrañamiento de esa zozobra la que produce el sentido. La zozobra de esa pausa que se encuentra en el principio de un movimiento no comenzado: el temblor del rojo casi absoluto. Un temblor inquieto de “quietud profundísima” (imagen).

Nota. Este texto ha sido escrito para la revista Métode y hace referencia a las enormes fotografías de Marusela Granell que pueden verse en: www.ciclorama-espacio.es

sábado, septiembre 03, 2011

Soy un maldito reaccionario

¡Dicen de los prejuicios! Yo los tengo, si es que lo son. Y a veces me gusta ponerlos a prueba, lo sean o no. Casi siempre se reivindican, pero también a veces se escapan por la misma puerta por la que entraron, con independencia de que lo hubieran o no sido. De todas formas a cualquier cosa se le llama prejuicio hoy en día. Hay quien cree que no gustar de algo (o despreciarlo) es siempre el signo de un prejuicio. Como si no gustar de algo tuviera que ser necesariamente el producto de una información mal asimilada. Como si no gustar de la coliflor, por ejemplo, fuera necesariamente producto de alguna incoherencia, como si fuera necesaria la coherencia; o mejor: como si fuera posible la coherencia. Como si fuera necesario gustar de la coliflor para acabar con todos los prejuicios del mundo. Y quien dice la coliflor dice Erc Rohmer.

Pero, ¿qué es un prejuicio? ¿Qué necesita un juicio como “no me gustan el cordero”, o uno como “no me gustan los cuadros de Rothko”, para dejar de ser un simple juicio y poder convertirse en prejuicio? ¿Es el hecho de no poder acceder a sus causas, de no saber expresarlas? En absoluto: no me gusta el cordero y punto. ¿Es por tanto conocer las causas lo que nos libraría del prejuicio? En absoluto: sé por qué no me gusta Rothko y sin embargo mi gusto persiste en disgustar de él. ¿Son prejuicios, entonces? No. Pero no me importaría que lo fueran. O mejor, no me importaría que a las afirmaciones que representan la expresión de mi gusto se les llamara prejuicios. Pero a condición de que hicieran referencia a todas mis afirmaciones. Y a las de todos.

Pues bien: seguro que es una cuestión de temperamento pero nunca me ha gustado el pensamiento aforístico ni la frase ingeniosa; nunca me han gustado las síntesis de expresiones que aún carecen de desarrollo. Odio la gente que dice, por ejemplo, la historia es la secreción del universo y después no sabe qué más decir al respecto. Es decir, odio a los iluminados que se expresan en corto, en poético. Quizá, pienso yo, porque quienes así se expresan lo fundamenta todo en su desproporcionada egolatría. No hay pensamiento sin desarrollo y a mí me interesa más el desarrollo que la idea misma. Es en el desarrollo del argumento, en el razonamiento, donde yo encuentro el placer intelectual. Entiendo la metáfora en el razonamiento, pero me suele desagradar en el aforismo y en la frase ingeniosa. Y aveces hasta en la poesía. Me cuesta mucho gustar de lo breve, pero lo desprecio si además es pretencioso. Yo sería de los que diría que lo bueno si breve dos veces breve. En definitiva, me produce rechazo el narcisismo de las creaciones que se aprietan (o incluso se estilizan o depuran) para mostrar el ego del creador. Respecto a la expresión literaria la columna de opinión sería lo mínimo a lo que yo podría otorgar dignidad. Lo demás, juegos florales: espectáculo en feria de vanidades.

Todo vine a cuenta de mi primera experiencia en una red social. Ayer quedé con mi amigo Salva para que me introdujera en “las formas” de la red que a él le gustaba. Así, toda una tarde conociendo el Twitter, del que nada sabía. Yo me confronté a esta forma de comunicación, claro, con los prejuicios de quien la despreciaba sin conocerla de verdad. ¿Hay que hacer puenting para poder tener una idea cabal de lo que supone hacer puenting? Pues no sé si cabal, pero yo tenía una idea de lo que podía ser twittear. Nunca he sido de los que ha visto al maligno en la historia de la tecnología, pero después de ver lo que es el Twitter me estoy convirtiendo en apóstata de mí mismo y comienzo a creer que verdaderamente sí está Satanás detrás de los actuales inventos tecnológicos.

Twitter es la expresión en corto por antonomasia. Todos tienen que ser ingeniosos para poder ser eficaces. Arrobas y links por todas partes. Veloces: reactivos. Comunicación retórica con abreviaciones adolescentes. Síntesis enloquecida que, en el mejor de los casos, remite al análisis a través del hipervínculo. Quien se va al hipervínculo se sale de la partida, se le pasa el turno, pierde reactividad y está fuera de juego. La eficacia se encuentra en la inmediatez y, efectivamente, la inmediatez es la fundamental regla del juego. Condensación de caracteres: fluidez comunicativa. Mi prejuicio consistía en rechazar este tipo de forma de comunicación. Mi juicio consiste en rechazar este tipo de forma de comunicación. No por no ser de otra forma, sino por ser de la forma en la que es. No por considerar que sólo en el análisis se encuentran las verdades (inciertas) sino por considerar que las síntesis reactivas son la manifestación del perfecto infantilismo. E incluso, paradójicamente, del perfecto inmovilismo.

¿Deja por ello de parecerme interesante el Twitter? En absoluto, al revés, soy en eso tan posmoderno que la categoría de lo interesante es la categoría que rige mi ser. De hecho, el grupo de “amigos” en red con los que se comunica mi amigo Salva me parece de lo más interesante. Y sus interlocuciones curiosas. Y por supuesto respetables. Pero no por ello dejo de pensar que se trata de una forma de comunicación de la que verdaderamente se nutren, sólo, los poderosos. Los demás son comparsas, desocupados, analfabetos, buenas personas, listos, estudiantes… Se trata de algo personal: de la misma forma en la que me interesa conocer la existencia del medio no me interesa mi participación en él. Así, un juicio que podría responder a ambas posiciones podría ser: Twitter me parece una porquería. La existencia del medio y su éxito me dice mucho de la actual condición humana; mi participación en el medio me parecería una absoluta pérdida de tiempo. Por cierto, también me dice mi amigo Salva que mis posts son demasiado largos y yo sin embargo creo que son demasiado cortos.


lunes, agosto 22, 2011

España...

Sigo sin recordar el tema que me ocupa tantas horas al día (ver antepenúltimo post), pero sigo rodeado de los mismos libros y de unos pocos más. Mi mesa es un skyline de panorama cambiante. Todos ellos se refieren de manera más o menos directa a cuestiones estéticas. La mayoría son nuevos, pero otros fueron ya subrayados hace tiempo. Se trata de un tema que, como ya he contado en otras ocasiones, ocupa una buena parte de mi biblioteca. Y de mi cabeza magnetizada.

En el primer párrafo del libro de Jean-Marie Schaeffer Adiós a la estética leo lo siguiente: “A pesar de las apariencias, el título de este ensayo no debe leerse como una declaración personal. Simplemente traduce, admito que de manera algo adornada, mi diagnóstico respecto a la renovación de la reflexión estética a la que habríamos asistido en Francia durante el último decenio. […] los debates han encontrado –al menos de momento- un eco público más allá de la esfera de la filosofía profesional…”.

Podría no dársele la importancia que verdaderamente tiene. Y quizá no suela dársele debido a una significativa costumbre aquí adquirida. Pero, bien miradas, las cosas cambian (como casi siempre). Por eso me escandalizan frases tan aparentemente inocuas como “…la renovación de la reflexión estética a la que habríamos asistido en Francia durante el último decenio.”

¿Renovación?, ¿reflexión estética?, ¿último decenio?, y la más importante ¿dónde se ha dado esa reflexión que ha provocado una renovación tan importante en la estética? Respuesta: en Francia. O dicho de otra forma: en España NO, por supuesto. ¿Qué ha pasado pues en España respecto a esa importante renovación estética en el pensamiento; dónde se ha producido el "debate"? Respuesta a la primera: estéticamente hablando NADA. Respuesta a la segunda: ¿qué debate?

Así que, en efecto, sólo nos queda leer lo que dicen, entre otros, los franceses. ¿Qué ha pasado entonces en España respecto a un pensamiento estético que pudiera codearse con el pensamiento allende nuestras fronteras, ya sea con el continental ya sea con el analítico? Respuesta: ¿España, pensamiento qué? En su libro Schaeffer cita a algunos autores con los que discute o con los que acuerda. ¿Alguno español? Respuesta: usted mismo.

Cambio de libro, ahora es Antropología de la imagen de Hans Belting, que tiene 17 páginas de relación bibliográfica. ¿Cuántos autores españoles le han servido al bueno de Hans para elaborar su interesante tesis antropológica? En efecto: ninguno. Cojo ahora Teoría de la imagen de W.J.T. Mitchell, a quien podría considerarse el teórico más influyente del panorama actual, ¿algo quizá de España, una propina aunque sea? Respuesta: NO, NADA y se trata, posiblemente de alguien que se ha leído casi todo. Cojo ahora tres de golpe, Paisajes sublimes de Remo Bodei (con 23 págs. de citas y notas bibliográficas), Lo grotesto de Wolfang Kayser (con 25 págs. de referencias bibliográficas usadas para realizar su estudio) y Lo fantástico de Remo Cesarini (con 14 págs. dedicadas a la bibliografía). Total: 79 páginas repletas de referencias bibliográficas escritas en letra pequeña. Pregunta, ¿algún español? Respuesta suavizada: hmmm... NO.

Por último acudo a un libro que podría sacarme de la obnubilación que sufro, pues se trata de un libro que analiza, como su mismo título indica, La querella del arte contemporáneo, así en general. En él, en efecto, se analizan las variadas posiciones que ciertos pensadores han ido tomando en referencia a las formas de entender el arte y la estética hacia finales del XX. Los nombres importantes que salen a relucir son, evidentemente, no españoles. He acudido a mi biblioteca para consultar las bibliografías de todos esos autores, unos más antiguos y otro más actuales (Clement Greenberg, Nelson Goodman, Yves Michaud y Rene Clair, entre otros muchos). Pero también salen en el libro nombres menos importantes, pero igualmente traducidos al español; los consulto. ¿Y qué?, ¿algo?, se preguntará más de uno. Respuesta: NO SOMOS NADIE, queridos. Como NADIE somos en el mismo arte contemporáneo, cuyo mercado español representa un miserable 0’6% del mercado mundial.

En todo caso ¿a quién cabría achacar este desaguisado que demuestra el cero absoluto? Respuesta: ¿Qué tipo de conocimiento es impartido en las Universidades de este país? ¿Qué tipo de conocimiento adquieren los alumnos? ¿Quién les otorga los “cum laude” a los alumnos cuando se les considera legítimos investigadores? ¿Qué clase de tesis se les exige? ¿O se trata después de todo de una cuestión de editoriales? ¿No será que las editoriales no publican las únicas cosas que valdrían la pena debido precisamente a que en ellas existe investigación y tesis, esto es, riesgo? Respuesta: España de mis huevos.

viernes, agosto 12, 2011

Histeria, esquizofrenia y blackberrys

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. No hay cadena que no cuente con su particular programa de reportaje callejero, y no hay reportaje que evite el estilo que al parecer demanda el público del presente: un periodista sin rostro que con una cámara al hombro se dirige a los personajes que persigue y filma. Y todos encantados de ser filmados.

Lo podemos ver a diario y en TODAS las cadenas de televisión. Miles de jóvenes enloquecidos en lo que podríamos denominar vida nocturna. Todos los jóvenes están deseando que lleguen los fines de semana o las mismas vacaciones para enloquecer rodeados de sudor, alcohol, drogas y mucho sexo. Todos los días en cualquier cadena podemos comprobar la cantidad de jóvenes que disfrutan la noche disipándose a base de música ensordecedora y arrítmica y a base de pastillas y alcohol. Pones la televisión y ahí está uno con la corbata atada a la frente y gritando “Marcha a tooooope” con cientos de personas detrás de él yendo a la suya, que es la de todos. Cambias de canal y ahí está el otro enseñando el cubata a la cámara y gritando “mola mogollón, esto es la hostia”, mientras su amigo le coge por el hombro y le saca la lengua a la cámara. Y cambias de canal y ahí está ella, enseñando las bragas y expresando con claridad su sentir, “yeh, yehhhhhhhh”. Cambias de canal y aparece un chico formal que desde su puesto de trabajo comenta su ritmo de vida. Nos enteramos que detrás de esa formalidad se encuentra su pasión, la “marcha” de los fines de semana. La cámara le sigue durante el fin de semana, pero sólo puede mostrar lo que puede verse, que es sólo la punta del iceberg. Desenfreno. EL chaval ha perdido su humanidad desde el viernes por la noche y ahora parece un cavernícola; grita groserías, bebe dirigiéndose a sus padres con un saludo cínico y se sube a bailar encima de un coche que tiene al lado. Una de las chicas que le acompaña no tiene reparos en soltar un par de intimidades en absoluto estado ebrio. Cambias de canal y aparecen una docena de chicas con las tetas operadas bailando en el trampolín de una piscina y cambias de canal y te encuentras las confesiones de una pandilla de chavales que han ido a veranear a Benidorm y se encuentran en un club en el que trabajan dos mujeres (madre e hija) que tienen un espectáculo que consiste en meterse cosas por el coño. Cambias de canal y aparece un reportaje de una fiesta gay que se celebra cerca de Barcelona y dura una semana. Música continua, alcohol, espectáculos y una piscina en la que caben 5.000 personas chapuzando. Diran, son cosa de la televisión, que ya se sabe. Y yo diré, sí.

TODOS esos jóvenes no parecen necesitar gran cosa. Sólo quieren divertirse. Y por eso TODOS aparecen eufóricos ante las cámaras. TODOS están muy contentos y, sobre todo, TODOS tiene su blackberry en el bolsillo, aunque las cámaras sean incapaces de captarlo. TODOS, ya sea del 54 % de los jóvenes que trabaja o ya sea del 46 % que está en el paro. TODOS. De lo único que no hay duda es que TODOS esos miles de jóvenes que salen de marcha nocturna tienen su blackberry en el bolsillo. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.

Los vimos en todas las cadenas de televisión hace unos meses; en la periferia de París incendiando coches, ahora los vemos en varios lugares de Inglaterra incendiando casas y saqueando negocios, según ellos porque les falta para comer. Pero TODOS con el móvil en el bolsillo, incluso los menores de edad. “Es es lo que hay”, que dirían ellos.

lunes, agosto 08, 2011

Libros

La razón por la que estoy publicando pocos posts no se encuentra ni mucho menos en las vacaciones. Más bien diría que precisamente por estar de vacaciones estoy dedicándole TODO el tiempo a la lectura y la escritura. Y quien me conoce sabrá que cuando hablo de lectura hablo de ensayos, no de ficción. Por no mentir, y por circunstancias ajenas a mi voluntad -en serio-, he leído una novelita simpática que me ha entretenido dos días. Dos. Pero me he recuperado rápido, he superado el trance y vuelvo a estar en lo único que vale la pena en estos tiempos de verbena psicótica y ensalivada: el pensamiento.

Y cuando digo TODO es TODO. Porque no tengo hijos, ni plantas ni ridículos gatitos.

Desde hace dos meses me encuentro escribiendo sobre un tema del que ahora no logro acordarme pero que me ocupa cerca de 10 horas al día. No me atrevo a preguntarme de qué me sirve el escribir porque si lo hiciera dejaría de hacerlo, precisamente porque no tiene mucho sentido cuando, por una cuestión de moda (más que de bancos), andamos inmersos en unos tiempos de verbena psicótica y ensalivada. Con tangas, abdominales, cocaína y televisión.

El caso es que, debido al texto que me encuentro escribiendo, estoy ahora rodeado de libros. Sólo en mi mesa de trabajo hay exactamente 14. Y excepto los tres que pertenecen a la misma colección podría decirse que son todos muy distintos entre sí. Parece mentira la cantidad de posibilidades que existen a la hora de diseñar un libro (al igual que las gafas, a las que dediqué dos años en lo que respecta al diseño). Los formatos, las tapas, las portadas, las tipografías, los papeles, las cajas del texto. Con los libros pasa lo que con cualquier otra cosa. Si todos los diseñadores de sofás tuvieran buen gusto sólo habría un tipo de sofá. Porque lo que no puedo creer es que el libro de Akal que tengo ahora entre mis manos pueda gustar a alguien. Ni el de Amorrortu, ni el de Barataria, y cada uno por motivos distintos. Se trata de libros que adolecen de algún mal que los hace impracticables. Sí, impracticables.

El de Amorrortu tiene un formato pequeño y su encuadernación te exige acrobacias manuales. Podría esta editorial aprender de otro libro que también se encuentra en mi mesa, un libro de una editorial con experiencia en libros pequeños, de bolsillo o no: Alianza. Cómodo y barato debido a las pocas pretensiones que ostenta. Los tres que pertenecen a la misma editorial, La balsa de la Medusa, son perfectos por lo que respecta a la adecuación del contenido y la forma, así como a la caja de los textos, el color del papel y el tamaño de la letra, pero fallan en el diseño de las portadas. El de la editorial Comunicación social es un libro que se encuentra, cómo no, acorde con el tipo de libros de V.V.A.A.: feo, con portada circense, letra demasiado pequeña y notas escritas en un tamaño no apto para gente astigmática y despistada. El de Arola Editores adolece de lo mismo, pero en más blanco, o sea, en peor; y con fotos de los autores en páginas impares y grises, un horror. El de Paidós es correcto como un señorito de ciudad; con la tapa demasiado acharolada. El de Barataria es como un bocadilo de mortadela y por eso el texto no cabe en la página. El de Akal contiene dos de los defectos que combinados hacen de la lectura un sacrificio casi innecesario: el papel blanco y satinado con una tinta negra que parece no haber secado. La lectura en estas circunstancias resulta tan incómoda que conviene investigar por toda la casa para averiguar cuál es el lugar en el que la incidencia de la luz no exige tener que estar moviendo el cuello todo el rato como una gallina. El de Katz es sobrio, como a mí me gustan los libros, sin foto en la portada, buen formato, buen papel y con la justa importancia dada a las ilustraciones (en pequeño y en mono-tono). Y por último el de Siruela, libro que sólo puede (y debe) leerse con monóculo, una maravilla de artefacto.







miércoles, agosto 03, 2011

Censura

La corrección política ha vuelto a dar muestras de su tremendo poder mostrenco. Y después del revuelo organizado, como es habitual, nada de nada. Es precisamente por eso, porque nunca pasa nada, por lo que la censura actúa siempre a sus anchas. Ya lo comenté en el primer post de la nueva época de este blog, la censura es una forma propia de las sociedades corroídas por la corrección política. Y por ello mismo les resulta imposible escapar de ella a quienes se han servido de ella para medrar.La corrección política no es más que un mecanismo perverso que consiste en ofrecer individualismo para después exigir solidaridad. En este sentido actúa como la mafia, dar primero y no exigir nada a cambio… hasta el momento de la verdad.

En cualquier caso, el término corrección política ha sufrido una suerte de inflación que ha permitido rebajar su maléfico poder (lo cual forma parte de su estrategia de expansión). Todo el mundo habla de corrección política confiriéndole el significado variopinto que le interesa y lo que resulta más curioso, desentendiéndose siempre de su implicación ante él. Sobre todo, y fundamentalmente, el sistema académico universitario, lugar en donde se cultiva con esmero el germen de la más pura corrección política. La CP se encuentra tan perfectamente inoculada desde ese Pensamiento Único producido desde la Universidad que resulta muy difícil escapar de ella una vez se ha aceptado la posibilidad de medrar en su Sistema. La Universidad española sólo quiere prosélitos, esto es, becarios sumisos que mantengan la endogamia que genera la perfecta Cosa Nostra.

Y después están los medios de comunicación, que hábilmente denuncian los casos de censura más elocuentes y espectaculares pero que después la ejercen con una precisión de cirujano. Y más la ejercen cuanto más hacen alarde de la defensa de las libertades. De expresión, claro. Porque la CP es aquello que permite medrar con tranquilidad y seguridad a quienes la ejercen. En verdad, puede alguien avanzar en el ejercicio de cualquier actividad cultural sin necesidad de recurrir a ella pero el esfuerzo que debe hacer es 5 veces mayor que quien sí la ejerce. Algo que sucede, precisamente, por lo que comentaba en el post anterior. Resulta sumamente complicado y cansino no hablar “en previsible”. Y no hacerlo obliga a un esfuerzo que se dirige a superar las barreras que desde el principio te impone aquel que te pide explicaciones acerca de la impropiedad de lo apuntado desde la verdadera libertad.

En el primer post de la nueva época de este blog apuntaba que el poder de la CP se encontraba en el miedo, el miedo que sufría todo aquel que dependiendo de ella (en su profesión) comenzaba por autocensurarse. No se trataba de pensar que la buena de Tita Cervera pusiera trabas a la selección de obras de arte que hiciera el prudente Guillermo Solana –para la exposición Las lágrimas de Eros-, sino más bien de pensar en las imágenes que éste tuvo que apartar de su mente para que el proyecto fuera viendo la luz verde. Así, el Pensamiento del ahora es Único en la medida en la que es social, con absoluta independencia de los individuos. Éste es sin duda el gran acierto de la estrategia de expansión de la CP, que logra que el individuo viva con normalidad una esquizofrenia aguda si ésta le va permitiendo medrar. En su casa piensa un acosa, en público expresa la contraria. La CP basa su poder en el individualismo atroz conculcado –con éxito- desde su propuesta relativista que presupone la muerte de la Historia, del Arte, de Dios y de los Grandes Relatos, y en el miedo que produce perder lo conseguido debido a la aceptación de su norma implícita (no explícita), la que consiste en serle fiel... en el momento de la verdad, que no es otro que el momento público, el social, el emomento en que uno debe mostrarse como un ser solidario (?).

Por eso resulta inexplicable que la censura haya vuelto a hacer acto de presencia por una tontería como lo de la foto del Festival de Mérida, pero lo que verdaderamente resulta repulsivo es que los medios se hagan cruces al respecto cuando ellos son, junto con el Sistema Académico, los máximos inoculadores de la Corrección Política. Los censores de la foto en cuestión no han hecho sino dar muestras de una rabia tan desproporcionada como ingenua (y muy estúpida), pero lo que han hecho los medios no es sino demostrar lo que más arriba apuntaba: que lo único que les preocupa a quienes ejercen el poder mediático es desentenderse de cualquier implicación respecto a la verdadera carencia de libertad de expresión. Y por eso les vienen tan bien casos como éste, ya que con su denuncia consiguen ocultar su persistente dedicación diaria a ejercer la corrección política.

Coda. Debido a la inmediatez con la que se generan algunos de estos textos se me escapan errores de concordancia, etc., que espero me disculpen los lectores. Prefiero disculparme a corregirlos.