domingo, diciembre 30, 2007

Megalomanía y construcción social

La Historia de la Arquiectura la conforma lo noticiable, lo sabemos porque miles de edificios, salvo algún tipo de catástrofe, no existen para ella. Al menos esa es en principio la primera condición que se le exige a todo edificio que pretenda pasar a la Historia, la de ser noticiable, la de responder a unos intereses que se sobreponen a los del más o menos simple ciudadano. Por otra parte sabemos que las intenciones de los creadores no sirven para justificar ningún edificio público, pero que las acabamos conociendo cuando el edificio en cuestión pretende ser parte de la Historia de la Arquitectura; es decir, cuando el edificio es noticiado por noticiable. Y puesto que las conocemos podemos juzgarlas.

Rafael Moneo, en una entrevista que concedió a la revista Diseño Interior nº 10 (1991) decía respecto al proyecto Kursaal de San Sebastián que le acababan de adjudicar: “Veo este proyecto como un enfrentamiento directo al paisaje hecho en el momento en el que uno entiende que el modo de construir en ese accidente geográfico no es extendiendo la ciudad, de forma que ésta tome posesión del accidente, sino respetando su condición de tal y haciendo que la forma arquitectónica sea capaz de no cambiar demasiado la condición geográfica del lugar”. Esto es, y traduzco en vista de lo visto (de la memoria y del nombre del proyecto: Rocas Varadas): que puesto que no es necesario extender la ciudad hasta la orilla del Urumea, lo mejor es extender la escollera hacia la ciudad. Por eso y ante la pregunta que a continuación le formulaba el periodista (“Entonces, en Europa no es posible trabajar sin tener en cuenta la constante presencia del contexto”) Moneo se veía obligado a aclarar: “Quizá vaya a dar una respuesta académica, pero no hay que olvidar que muchas veces las pretensiones contextuales vienen de una voluntad de interpretación del texto. Se habla del contexto como de algo que se produce complementariamente al texto, pero hay un momento en que texto y contexto no tienen mucho sentido sin el otro”. Con lo que, efectivamente, quedaba aclarado, no tanto el problema como la forma de no tenerlo. A base de ininteligibilidad académica, por supuesto.

Casi ocho años más tarde y con el proyecto ya prácticamente terminado Moneo “aclaraba” de nuevo la cuestión en la gira publicitaria del Kursaal que ofrecía en varias comunidades. Respecto a una comparación de su edificación con el Guggenheim decía: “el de Bilbao habla de dinámica de futuro y el nuestro habla de respeto a la Naturaleza y el medio... con el vidrio que vive con el agua” (“Rafael Moneo identifica el Kursaal con un nuevo eje urbano de San Sebastián”, El País, 20-11-98).
En cualquier caso, dos prismas casi cúbicos, posiblemente bellos en sí mismos, pueden parecerle también bellos a un experto si estos son levantados a orillas del Urumea: “El Kursaal es una obra excepcional, la mejor de Moneo desde el Museo de Arte Romano de Mérida, y lo es porque ha corrido en ella riesgos emocionantes... es su proyecto más juvenil, más lírico y más ingrávido” (Luis Fernández-Galiano. El País, 9-5-98). Se puede estar de acuerdo con él en lo de juvenil y en lo de los riesgos emocionantes, aunque no tanto en que esos sean motivos suficientes para que una arquitectura pueda ser excepcional. Con lo de lírico no sé qué nos quiere decir, pero con lo que no se puede estar en absoluto de acuerdo es con lo de ingrávido, sobre todo habida cuenta del motivo que suscitó dicho artículo: el derrumbe de una de las partes del edificio en construcción, concretamente el de una escalera. Fernández-Galiano se sintió defensor de causas nobles en un momento en el que coincidió (en el tiempo y en su artículo) el derrumbe citado con el accidente que provocó una escultura de Chillida que quiso vengarse de su autor intentando matar a un transeunte. Pero es precisamente por esto por lo que resulta a todas luces imposible definir el proyecto como ingrávido. A todo este revuelo el perfeccionista de Moneo contestó en un documental hecho para televisión de la siguiente manera: “Me resta energía analizar las causas del derrumbe”. Dejemos, pues, tranquilo al Maestro.

Ese mismo experto, pocos días antes de la gran inauguración (que algunos medios ya comparaban en importacia y significado al edificio del Guggenheim) decía para presentar el proyecto en el mismo periódico con un reportaje a tres páginas: “Dios no juega a los dados, pero Rafael Moneo sí”. Y después, con la elegante prosa que le caracteriza, desplegaba toda la retórica de la que es capaz para completar la frase citada, que es con la que comenzaba su texto y cuyo contenido puede intuirse en base a la misma. Por otra parte, el mismo Moneo, después de que su proyecto concebido para albergar las dependencias municipales en Sevilla fuera paralizado, declaraba: “No entro en las razones que puedan esgrimirse sobre otras prioridades, pero no dudo de lo conveniente que era para Sevilla”. Humildad.
Las razón que el arquitecto no cita es precisamente la que el partido político en el poder adució para la paralización de las obras: la de que la reurbanización de algunas precarias barriadas sevillanas urgía más que la obra de Moneo. Y aunque el asunto parece tener mar de fondo (era un proyecto del partido de la oposición, antes en el Gobierno) no es ese el tema que aquí se pretende analizar. El tema en cuestión es el de la megalomanía de los arquitectos. En este caso, el arquitecto no sólo no duda de lo que le interesa y conviene al ciudadano sevillano sino que se permite, aun con eso, no entrar en las razones por las que hay ciudadanos que viven de forma precaria. Es decir, que aun pudiendo ser cierta la razón por la que se han paralizado las obras, para el arquitecto es mejor no contemplarla ("no entro en las razones... pero no dudo..."). Lo primero es lo primero y lo primero es lo suyo.

jueves, diciembre 27, 2007

Yo dona

Es precisamente la Corrección Política la causante de que los problemas no se solucionen. Claro: ese es, al fin y al cabo, su principal y más siniestro cometido. La queja es lo rentable, y la única forma de garantizarla es evitando las soluciones a los problemas que la originan. La cultura de la queja es, de esta forma, el antídoto creado por un sistema que previamente ha inoculado el virus que lo necesita.

Cada sábado compro tres periódicos. Con ellos tres me vienen dados tres sendos magazines, pero con couche: Yo dona con uno, Mujer hoy con otro y una revista del corazón con el tercero. Ante ello me pregunto, ¿será que los periódicos son para ellos y los magazines para ellas? A lo que rápidamente me contesto. “que va, eso es imposible, ¿no?”. ¿Entonces?, ¿será que las mujeres necesitan más que un simple periódico? Yo, por si acaso, los leo y a veces hasta los guardo.

Sólo quiero analizar el magazine Yo dona, que me parece el más contemporáneo de los tres. Y digo más contemporáneo porque es el más políticamente correcto. Hay quien se quejaría antes de los otros dos porque hablan de viscerillas cardíacas y cosas así, pero en realidad son tan infantiles y primitivos que resultan despreciables. No, el verdaderamente contemporáneo es el verdaderamente inquietante por cuanto representa la Corrección en estado puro. Es Yo dona el magazine que representa todo aquello que “somos” en la actualidad. Es una revista para mujeres, todo va dirigido a ellas, sólo a ellas. Y no cuesta dinero (no como el ELLE, o el Vogue, o el Cosmopolitan, o el Única, o el Marie Claire, o el de Ana Rosa, o el Amiga...), va gratis con el periódico, que a saber quién lo compra.

Su nivel intelectual es, sin duda, el previsible: puede ser leído igual por una madre que por su adolescente hija. Además no hace falta que estén ebrias. No hay brecha por edad, pues, sólo hace falta sentirse mujer para formar parte del target del Yo dona, una revista hecha por 30 mujeres y siete hombres. El editorial de el último número del año da cuenta de eso por los que sus colaboradores están tan orgullosos y contentos. Y explica que haya un público femenino para el ínclito, ya que de otra forma no sería una publicación dirigida sólo a mujeres.

Comienza así el último y por ello más importante editorial del año escrito por la propia directora: “Poco entiendo de vinos, a pesar de que acabo de estar con un hombre que lo hace (el vino) y que lo hace muy bien. Yo le admiro. Roberto Verino, que como dice mi madre es el amigo de muchas españolas que, aunque no le conozcan, les ha salvado la vida en su faceta armario, además de gran diseñador es gran creador de vino. La otra noche probé uno de sus ricos Terra do Gargalo y me sentí vestida por aquel caldo que nada tiene que envidiar a otros con nombre mayor. Y decía que poco entiendo de vinos, pero que este es un buen año de cosecha para YO DONA, que no es un vino, aunque es mimada como si de la uva más sensible se tratara. Y da gusto cuando el cuidado da sus frutos, que en estos 12 meses han sido muchos”. Me permitirán la indiscreción, pero con la trascripción he mojado el teclado. Pero aún no sé si por el contenido o por la forma.

Continua el editorial, con ese estilo grácil y desenfadado, agradeciendo al público el posicionamiento de Yo dona en el mercado editorial (405.000 lectoras, nos dice). Algo que todavía no acabo de entender, pues el magazine se regala, con lo que no se sabe ni el público que lo lee ni mucho menos el público que lo demanda. Después agradece a los que se han publicitado en la revista (este año 1.270 páginas han sido de publicidad, se nos dice). Agradecimiento éste, que sí parece más comprensible. Quizá demasiado.

Después de más agradecimientos (entre otros, al premio FEDEPE, Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias) pone el punto final, deja un renglón en blanco y nos lanza una PD que dice “71 Mujeres (según el Instituto Nacional de la Mujer) y un hombre han muerto en lo que va de año a manos de sus parejas o exparejas. Quien sufra maltrato puede llamar al teléfono gratuito 016”.

Mi opinión respecto a este cambio de paradigma entre texto y posdata es que la Corrección Política es tan rentable que hay que hacerla aflorar aun cuando el escritor mediático no tenga ganas de hacerlo. O sea, que es tan rentable que es irresistible. Algo que nada tiene que ver con el hecho de admitir que hay un problema y que necesita solución. Como decía más arriba la Corrección Política no es, a la postre, más que una encubierta forma de maleficiencia. No hay más que remitirse a las pruebas del horror que se sucede a diario para comprobar el alcance de la ineficaz repetición de las mismas buenas intenciones. Los motivos que dan lugar a las vehementes opiniones se suceden con la frecuencia que imprime la más abyecta y pertinaz de las realidades, la que a su vez da pie a expresar un sinfín de buenas intenciones.

martes, diciembre 25, 2007

De la Corrección Política

En otra ocasión dije, “lo políticamente correcto es aquello de lo que indefectiblemente todo el mundo se desentiende”. Es decir, es aquello de lo que nadie cree participar y de lo que, al menos en público, todos quieren renunciar, precisamente, por lo que en última instancia es: una exquisita forma de censura, la que induce a la autocensura a todo aquel que quiera medrar. Por eso no debe extrañarnos que, después de todo, no haya otra cosa que corrección política en la práctica totalidad de lo publicado. Ni que, por eso mismo, el desaguisado sea terrible: la Opinión Pública (la que representa mediáticamente al pueblo) no coincide con la opinión ciudadana. O por decirlo de otra forma: la opinión real de la sociedad no coincide para nada con la única Opinión Real, la que conforman los medios de masas. Extraña pero comprensible paradoja devenida del uso de dos conceptos manipulados por la retórica hasta la extenuación: opinión y real.

Por eso, en su momento añadí: “Desengañémonos: la hiperasentada corrección política de los medios de comunicación y de los sistemas académicos no es una práctica, ni progre ni reaccionaria [...] es una práctica que se funda en las buenas intenciones, algo tan ambiguo –y tan magnífico- que sirve de igual forma para justificar lo reaccionario y lo progre. E incluso cosas peores. Práctica, pues, en la que la Opinión Pública siempre expresa (opina) lo que debe, con independencia de lo que la sociedad piense.

El pensamiento es, pues, único, en la medida en que no se permite que pueda ser de otra forma. Por lo tanto, la maleficiencia de ese pensamiento único se expone, tanto en lo que se expresa como en lo que no se permite expresar. Cuando por unas circunstancias o por otras (por unos intereses o por otros) ese sistema de funcionamiento basado en la corrección se fractura a partir de una fisura, lo que fundamentalmente queda en evidencia son las pruebas que demuestran la existencia del pensamiento único, un pensamiento que es único aun incluso a pesar de las disonancias que ha provocado la fracturación de un sistema rápidamente reconstruido”.

domingo, diciembre 23, 2007

Nihilismo y felcidad (quiero decir, nihilismo y dinero)

Sólo tres de mis alumnos sacaron papel y boli cuando anuncié que iba a pasarles una bibliografía muy recomendable para el curso. Ante la verbalización de mi perplejidad, y con la tranquilidad que confería la seguridad en sí mismo, uno de ellos se dirigió, no tanto a mí como a sus aplicados compañeros, diciendo: “pero si todo eso está en internet”.

De la pequeña anécdota se deducen dos cosas, dos cosas que para los alumnos se transforman en ley: la primera es que para ellos efectivamente todo lo que puedan querer saber se encuentra en la red, y la segunda que, por eso mismo, no hace falta tomarse molestias, ni grandes ni pequeñas. Las molestias que suponen, por ejemplo, sacar un papel y un boli y escribir los títulos y los nombres de los autores (como demostraron cuantos me escucharon sin mover ni una ceja). Dejemos para otro día la primera ley y centrémonos en la segunda, que trata del modo de aprendizaje.

Sus actitudes responden a sus propias premisas, ya que si todo está en las autopistas de la información, el hecho de comenzar a buscar algo concreto puede parecer dirigista, excluyente, sectario y empobrecedor, y por ello podría viciar el verdadero acceso al conocimiento. Como les han enseñado desde la más sutil corrección política tan presente en toda la educación primaria. Así su metodología sería otra, y por eso casi todos escucharon la bibliografía como quien escucha una canción de Bisbal, balanceándose inquietos en sus sillas y dejándose llevar por la música y no por la letra. Una metodología más democrática: primero pinchan en google palabras claves (las más básicas) y después se navega por ellas sin un rumbo predeterminado y previsible. Lo leen todo en pantalla, no toman notas y si tienen que imprimirse algo pues lo hacen, aunque sea con todo el dolor del corazón y aunque nunca lo lean, después, más de media vez. ¿Qué por que? Pues por eso, primero porque están convencidos de que navegar por internet y picotear información es una auténtica forma de conocimiento y segundo y fundamental porque resulta más divertido.

Si hay algo que no le resulta nada divertido a la muchachada actual es la metodología del ensayo/error, y de ahí que sus investigaciones académicas (por llamarlas de alguna forma) se parezcan tanto a las páginas amarillas o la lista de la compra de un geriátrico. Si comparáramos el sistema de aprendizaje digital con el analógico podríamos decir que aquello que para los chicos de hoy es el acceso al Conocimiento era para los chicos del antes una forma de empezar, una simple primera fase. Estudiar a través de links es el verdadero sustitutivo del estudiar a través de los libros. Los libros les pesan, les huelen, les cuestan, les ocupan y les hacen perder el tiempo, y lo que quieren ellos es divertirse para matar el aburrimiento que llevan a flor de piel. El aburrimiento que les adviene cuando se intuyen NADA.

Nota. Esto se encuentra misteriosamente unido a un alza de publicaciones de libros (más de 70.000 el año pasado) y a una blockbusterización de la prensa (con muchas más páginas basura que en la vida y con suplementos que parecen TBOs).

miércoles, diciembre 19, 2007

Yo acuso


No hace mucho, uno de esos políticos con ínfulas intelectuales decía en una entrevista que deberíamos dejarnos de tanta creencia y empezar a hablar de convicciones. Su propuesta, dicha así, fuera de contexto, podría parecer sensata. Sobre todo a quienes pudieran asociarla a una defensa del laicismo. Y en ese sentido, efectivamente, lo hubiera sido. Pero el personaje era político y lo único que pretendía con su propuesta era parecer sensato, bueno y progresista. Parecerlo, no serlo. Y no serlo por no poder: la tontería es incompatible con la sensatez. Mejor: es su enemigo más peligroso. Yo creo, por tanto, que el citado político es tonto y que siendo tonto no puede ser sensato.
Asociar creencia a religión y convicción a laicidad es, sin duda un truco; un truco que convencerá, sólo, a quienes estén convencidos de que toda forma de creencia es superstición. En este sentido yo creo que quienes defienden tanto las convicciones profundas están equivocados, y además lo están por definición. Lo que pretende este político que se esfuerza por parecer sensato es que interpretemos como religiosa una simple creencia; lo que hace es ver una religión allá donde puede haber una simple dosis de humildad. Así, yo creo que está equivocado; él está convencido de que lo estoy yo. Por creer, claro.
El político que pretende parecer sensato no se da cuenta de que asociar creencia a magia y superstición, y convicción a razón y verdad, es de un anacronismo rancio. En estos momentos de relativismo cachondo, relativismo instigado y promovido por los defensores de las convicciones (Vs. las creencias), es una perfecta majadería pretender parecer sensato a través de convicciones profundas. Yo nunca podría fiarme de quien me dijera que está plena y profundamente convencido de que el problema vasco se soluciona con el diálogo. Sin embargo, me haría concebir ciertas ilusiones que alguien me dijera que cree conocer la solución. Lo siento, si hay algo que asocio al fascismo es la profunda convicción. Kant decía que la creencia es una cosa intermedia entre opinar y saber. Y añadía “La creencia es un suceso de nuestro entendimiento, y puede basarse en fundamentos objetivos, pero requiere también causas subjetivas en el psiquismo del que formula el juicio". Pues eso.

Pues eso, el verdadero problema es que los políticos pierdan el juicio. No hay que atribuir a uno o a otro el desprestigio que sufren ahora los políticos. Se lo han ganado todos a pulso. Para ellos todo lo que sea contravenencia es accidente. No hay que cebarse con Zapatero porque se equivocara a la hora de llamar accidente a un atentado. Para ellos, para todos ellos, toda contravenencia es accidente. Son unos insensatos. Todos.

sábado, diciembre 01, 2007

Sorolla en la Fundación Bancaixa, 2ª parte

Menos mal que me colaron por la puerta falsa. Aun existiendo un estricto control horario de grupos concertados, la cantidad de gente que se agolpaba en la puerta principal me habría hecho desistir con toda seguridad. Gente revoloteando en los derredores de la Fundación: espectadores a la espera, guardias de seguridad, personajes con pinganillo dando y recibiendo información del estado de las cosas, guías culturales, azafatas, despistados que no habían concertado cita, controladores de detección de armas y explosivos... y muchos vendedores de lotería.

Dentro las cosas no mejoraban: grupos de gente guiados por todas partes. Un guía para cada cuadro, un cuadro para cada grupo. Rotación de grupos. Nada de individuos, todo en colectivo, todo guiado, todo con guión. 14 enormes cuadros bajo el título Visiones de España traídos desde Nueva York para ser exhibidos por primera vez en España. 14 enormes cuadros que intentan reflejar la España de la época. 14 enormes cuadros que fueron encargados por un millonario americano amante de España. Me acerco a los guías y compruebo que dicen lo que no pueden dejar de decir y con los adjetivos adecuados por oportunos. Dicen, también, lo que se espera que digan. Algo así como “Viva Sorolla y viva España”.

La prensa que se ha hecho cargo de la noticia también ha circulado por esa misma línea; elogios hipebólicos y agradecimiento infinito a los rescatadores de estas “obras maestras”. Revisionismo enaltecido por todos, pues. Siete páginas en El País son perfectamente representativas de esta recuperación revisionista. Los elogios se muestran tanto de forma explícita como de forma implícita: “El conjunto es un trabajo de primer orden y varios de los paneles son auténticas obras maestras del arte vigésimo secular”. Y no parece haber vuelta atrás por parte de nadie, “viva Sorolla y viva España”. En cualquier caso, lo más sorprendente del evento se encuentra en el fin último de la empresa, que no es tanto reivindicar a Sorolla cuanto reivindicar éstas las llamadas obras maestras de su vida. O por decirlo de otra forma, la reivindicación del artista se produce, no tanto en función de su inmensa producción lúdica-festiva-lumínica cuanto por lo que emana del conjunto de los pretenciosos y ambiciosos murales exhibidos.

Y efectivamente, no debe confundirse el naturalismo pictórico con el tradicionalismo académico, pero por eso mismo es aquí donde mi opinión se vuelve agresiva. Porque son estos de aquí, precisamente, cuadros mucho más cercanos a Alisal, Carbonero y Gisbert que a los producidos por la primera gran vanguardia histórica. Sobre todo si sabemos que los citados pintores produjeron sus obras maestras más o menos en pleno estallido del Impresionismo. Pintar uno de estos murales (que ahora exhibe la Fundación) en los años veinte resulta infinitamente más rancio que pintar unos simples bañistas en los años ochenta del XIX. La temática no debe confundirnos, pues el tradicionalismo académico puede consistir en ordenar y el componer “objetos” de forma naturalista. Así, lo que está haciendo Sorolla con estos murales es, en todo caso, tradicionalismo naturalista: un aburrimiento.

Los guías, eso sí, se traicionaban a sí mismo constantemente cuando intentaban hacer ver a sus espectadores la calidad artística de muchos fragmentos. Se traicionaban a sí mismos, claro, sin darse cuenta. Todos los cuadros expuestos cuentan con extraordinarios fragmentos que dan cuenta de la genialidad del artista, un artista con don. Pero ese afán por reconocer al mejor Sorolla en los fragmentos nunca debió permitir (a estos sus juzgadores de ahora) que se confundieran los términos: una cosa es la técnica (visualizada en fragmentos) y otra lo que uno es capaz de hacer con ella (en la totalidad de una obra). Un cuadro de estas dimensiones y con estos fines debe ser juzgado, antes que nada, por su composición naturalista. Y Sorolla parece en estos murales un aprendiz.

Sorolla acertaba plenamente con la técnica, su técnica, cuando sus cuadros eran de temática intrascendente y LIBRE, pero no acertó en absoluto cuando quiso reconstruir (componer) “objetos” dispuestos con fines predeterminados. Todo resulta forzado y sin gracia, no en todos pero si en la totalidad. Porque los cuadros, y sobre todo si son enormes, ambiciosos y naturalistas, deberían contar con la composición como prioridad absoluta. Y contar, además y en el caso de Sorolla, pintor de la luz, con la gracia de su estilo, contar con aquello por lo que Sorolla es el mejor. Los cuadros, pues, en este sentido adolecen de esa misma impostura que caracteriza a los pintores académicos

Otra de las pruebas que confirman mi teoría de que los “elogiadores” (periodistas, guías y expertos en general) se traicionan a sí mismos cuando se exaltan es que todos ellos coinciden en señalar como el mejor de los cuadros aquel que representa a Huelva. Que es, curiosamente, el que más podría pasar por uno de sus maravillosos cuadros menos pretenciosos y tan denostados por tantos durante tantos años; el que más se parece al Sorolla lúdico y denostado; el que más recuerda al Sorolla Sorolla.

viernes, noviembre 30, 2007

Sorolla en LA FUNDACIÓN Bancaixa, 1ª parte

Premisa I. No resulta fácil hablar de arte cuando se dan cita dos o más personas. Rara vez se produce la comunicación. Por ejemplo, para poder avanzar en una conversación sobre un tema concreto de arte (una exposición, por ejemplo) habría que ponerse de acuerdo sobre qué es el arte y qué es lo que de él se espera. Si no hay acuerdo previo: desastre. No todo el mundo lo entiende de la misma manera ni busca en él lo mismo. Alguien puede acercarse al arte buscando placer estético y otro puede acercarse buscando la expresión de una emoción, o incluso la expresión de un concepto nada emocionante. Ante una misma obra un espectador podrá sentirse inquietado y por tanto gratificado debido a lo que del arte espera, mientras que otro podrá sentirse ofendido en la medida en que no se ajuste a sus estrictos parámetros basados en la belleza. Nos importará muy poco saber que el arte comenzó a desligarse de la estética desde su mismo advenimiento y nos importará menos saber que el formalismo es sólo una (de entre casi cientos) de las formas posibles de acercamiento al arte a través del juicio. La cuestión es que no resulta fácil hablar de arte entre dos o más personas. Sobre todo, y paradójicamente, si el arte en cuestión pertenece a un pasado, pues en él se junta la opinión en presente de lo que se encuentra justificado por su valor histórico. Una opinión que puede vincularse, o no, a ese pasado. Un arte (el juzgado) que pudo no ser (o sí) representativo de la época en la que se realizó. Muy complicado.

Premisa II. Voy a empezar esta premisa por lo que debía ser el final de la misma. Para evitar dudas. Allá voy: siempre he dicho, quizá a modo de boutade, que si verdaderamente existiera un paraíso y por tanto fuera ahí donde nos tuviéramos que reencontrar todas las buenas personas después de haber criado malvas, ese paraíso debería ser como un cuadro de Sorolla y por tanto digo, “me gustaría morirme en cuadro de Sorolla”. Ya sé que esto le sonará muy raro a mucha gente (incluso a muchos de los que creen conocerme), pero es estrictamente cierto que los cuadros de Sorolla son para mí paraísos absolutos. Llevo años frecuentando todas las pocas exposiciones que de él se hacen y comprándome todos los libros sobre su figura. Cuando miro atentamente algunos de sus cuadros muevo la cabeza de un lado para otro de un modo casi preocupante. Más o menos.

Pocos pintores tienen el don del talento pictórico. El mundo de las vanguardias, por otra parte, se pasó cien años intentando democratizar este talento (que sólo unos pocos poseían) con los resultados que todos conocemos. Se trataba de que la autenticidad del sujeto se impusiera sobre algo tan poco democrático como lo es la posesión de un don. Los pintores vanguardistas no tenían que ser juzgados por pintar mejor o peor, sino por sus dosis de originalidad, por su innovación, por su radicalidad, por su irreverencia, por su compromiso social, en fin, por su autenticidad. Así pues, lo primero era, para los modernos, anatemizar a los artistas que tuvieran facilidad para pintar. Como le sucedía a Sorolla. Si además lo que pintaban no se ajustaba a los parámetros de una Historia entendida de forma lineal (y evolutivo-progresiva), entones, sólo entonces... al desguace. “¿Luecitas y playitas habiendo tantas cosas que tomarse en serio, por ejemplo, epatar a la burguesía?”, que diría un moderno ceñudo y estirado.

Sorolla fue, en este aspecto y debido a ese don, ninguneado por la elite intelectual de su momento. Era, cómo decirlo, demasiado frívolo para esa generación tan sombría y con tan poco sentido del humor. Desde entonces y de manera obstinada Sorolla ha ido siendo relegado al cajón de los “innecesarios”, esto es, al cajón de los que entienden la forma, la luz, la técnica, la composición, etc como conceptos inextricablemente unidos al concepto arte.

Recuerdo que en una ocasión fui a ver una exposición de Sorolla con mi madre. Ella nunca ha olvidado aquel día, que por cierto me recuerda frecuentemente. Y todo porque le hice ver una pincelada roja intensa sobre la nariz de un bebé. Le dije que para poner aquel pegote intenso y rojo en la nariz de un bebé había que estar loco o ser un genio. Un genio de los pinceles, claro, de la pintura, que no del arte. “El arte, mamá, -le dije a mi contrariada madre- es otra cosa (distinta de esto) que ahora no merece ser protagonista de nuestra visita cultural. Nada tiene que ver Sorolla con Duchamp –continué-, motivo por el cual tenemos que conformarnos con hablar de belleza, de técnica, de luz, de maestría... de pintura, no de Arte”. Ella me contestó, “¿quién es ése otro que dices?”.

En cualquier caso, es absolutamente cierto que si uno descontextualizaba el rostro del niño de la luz ambiental, ese niño se convertía en un auténtico monstruo amorfo y hasta agresivo. Y es absolutamente cierto que ni uno solo de los sorollistas que le intentaron imitar se atrevió a tanto siquiera una vez en sus vidas. (Por cierto, no sé qué le ha hecho más dado a Sorolla, si el descrédito promovido por los intelectuales de su momento o los sorollistas que le sucedieron).

De la misma forma que Velázquez es (como aseguraba Dalí) el pintor que mejor ha pintado el aire, Sorolla es que mejor ha pintado la luz. Una luz menos mediterránea de cuanto se cree. Es el que mejor ha pintado la luz en sí misma, la luz incidente, que no la reflejada. El cursi de Renoir, por ejemplo, sólo pintaba la reflejada y no siempre con igual tino. Y sus gorditas eran un horror.

Menos mal que no todos los burgueses adinerados de la época eran adeptos a la Gran Historia y por tanto compraban arte a partir de su gusto personal educado y refinado, y no a partir de algún marchante ambicioso y cuentista. Son los que se acercaban al arte, no tanto por su valor histórico (posible) cuanto por su valor formal, el que se adentraba en la insondable cuestión del gusto personal, que no el del Presente Histórico. Gracias a ellos Sorolla pudo, además de pintar, pintar mucho, porque esa facilidad que tenía para pintar la encauzaba hacia la producción continua y compulsiva. Era fecundo además de genial.

Por circunstancias que no vienen al caso debo decir que yo trabajé año y medio en lo que fue el Centro Cultural de Bancaja y que ahora es Fundación. Cada vez que podía me escapaba a ver, en soledad, el cuadro Triste herencia, que tenían colgado en una sala sólo transitada por personal del centro. Triste herencia, sobrecogedor cuadro, impresionismo postexpresionista (si cabe la tontería). De todas formas, y aun cuando este cuadro me parece genial, cuando digo que quiero morir en un cuadro de Sorolla me refiero, claro, a cualquiera de esos cuadros en los que el tema es perfectamente intrascendente. Sólo a ellos, y cuanto más intrascendente, mejor. Un niño asomando la cabeza por encima del agua me basta para incontrolar mi cabeza.

martes, noviembre 13, 2007

Nihilismo y felicidad

Hace muchos años tuve un amigo que a menudo aseguraba que el verdadero acceso al conocimiento se logra frecuentando y cultivando dos prácticas: la lectura de los clásicos y el género epistolar. Entendía el género epistolar como una forma de exponer lo pensado que va más allá del lenguaje oral. Y es absolutamente cierto que la única forma de acceder a un pensamiento verdadero (profundo) deviene de haber ordenado por escrito lo que sólo eran simples chascarrillos más o menos agudos. De esta forma el conocimiento, la sabiduría, sólo tiene que ver con la inteligencia de forma tangencial. La capacidad intelectiva de desarrolla en los individuos que la desarrollan. La inteligencia (mayor o menor) es sólo un parámetro que incide en toda actividad. Así, una persona puede ser muy inteligente y, al mismo tiempo, una nulidad desde el punto de vista intelectual. Otra cosa sería hablar de felicidad. Hay tontos sumamente felices. Y sabios tristes.
Aunque, si nos atenemos a la realidad más actual, sólo cabe hablar de felicidad, ya que es la búsqueda de felicidad inmediata lo que hace que los jóvenes no lean a los clásicos (ni a los clásicos ni a los modernos) y que su género epistolar quede reducido a “anoxe sali fue xaxi me encntre con javi y le conte la peli je je je x”. Todo en ellos gira en torno a la búsqueda de la felicidad, sobre todo para nunca tener que ir después en búsqueda del tiempo perdido. Los jóvenes del ahora viven una suerte de descreimiento nihilista. Y en cierto modo son consecuentes: son ya muchos años los que se les lleva inculcando que no hay verdad más verdadera que otra y que todas lo son por igual. Podrán no saber qué es el relativismo pero lo practican con desesperación.
Hace poco comentaba (en post reciente de este blog) que las cabras les hacían más caso a sus pastores que a mí mis alumnos. No pretendía hacer una gracia con la afirmación, sobre todo debido a su dosis de veracidad. A mis alumnos nadie les tose porque desde la más tierna infancia les han enseñado a reivindicarse constantemente. A reivindicarse sin fin alguno, sin fin concreto alguno. No siempre hacen lo que quieren, pero no hacen nada que no quieran. Todo nivel de exigencia hacia ellos se ha ido rebajando hasta dejarlo a la altura de sus requerimientos. Los alumnos aprenden, sólo, lo que quieren. Aunque en última instancia no sepan qué es lo que quieren.
Ese descreimiento nihilista, ese vacío de esperanza que provoca la poca fe en la justicia social, les induce al rechazo de todo esfuerzo. El esfuerzo es sólo un parámetro posible, o mejor, un miniparámetro, un parámetro casi despreciable por nimio. Nada garantiza el esfuerzo. Los clásicos están muertos, más muertos que nunca, y escribir sólo es una forma de poder comprender. Algo que tampoco garantiza nada. Así, la justa distancia que se abría entre el aprender y el comprender (en todo aprendizaje tradicional) se ha estirado ahora hasta el absurdo. No quieren aprender porque el comprender no garantiza siquiera la diversión.

domingo, octubre 28, 2007

Alguien... al parecer

Hace unos meses recomendé el blog de Félix de Azúa. Lllegué incluso a aconsejar, a quien no dispusiera de mucho tiempo libre, que no perdiera el tiempo con el mío y se dedicara al de de Azúa. Se trataba de un acto sincero.

El blog de de Azúa es, con independencia de los textos del filósofo, un punto de encuentro entre personajes, todos ficticios. Como mandan los cánones de la red. Por mucho que algunos firmen sus textos con sus nombres, la verdad es que todos los “colaboradores” del blog son puros personajes, personajes de un guión. Los hay buenos y los hay malos, los hay mejor interpretados y los hay que apenas saben vocalizar. Los hay eruditos y los hay grotescos. Homo ludens, en definitiva. Y en estado puro.

En cualquier caso lo que sucede con el blog de de Azúa merecería un estudio sociológico. Son miles de personas las que lo leen y cientos las que se dedican a chatear en él. Nadie sabe si los nombres que parecen reales (Ortega, Lucía, Manuel, Javier...) son nicks encubridores de agazapados asesinos en serie o de vengativos críticos literarios. Podría decirse que nadie es nadie, aunque sepamos que detrás de ese nadie hay siempre un alguien, un alguien que se esconde detrás de un nombre, ese nombre que ha sido necesario para que ese alguien se manifestara, para que ese alguien existiera.

Mi amigo Juan Díez del Corral ya ha escrito, y bien, diciendo lo que piensa de esta infantil práctica posmoderna de jugar con las identidades. Y siempre ha sido contestado por alguien que le leía la cartilla argumentando eso de que somos un conjunto de posibles y que en notros anida una heterogeneidad inevitable. En fin, todo ese rollo que sin dejar de ser cierto sólo sirve, las más de las veces, para favorecer y facilitar el autoengaño. Como dice Pere Saborit en Vidas adosadas (Anagrama) “...cabe referirse a la impostura (y nunca mejor dicho) de todos aquellos teóricos y escritores que no cesan de proclamar la variedad de los seres que los habitarían, pero que, curiosamente, nunca tienen dudas acerca de, por ejemplo, quién ha de cobrar los derechos de autor”.

Dejo para otro momento expresar lo que pienso de ese monstruo creado por de Azúa y me centraré sólo en lo acaecido recientemente con el personaje de Albert Pla. Al parecer, y sólo al parecer, alguien ha suplantado a Pla haciéndose pasar por él. Y la cuestión parece, sólo parece, haber molestado a Pla, que además se ha mosqueado, al parecer, con el mismo Félix de Azúa, que al parecer se ha desentendido de algo que definitivamente no va con él. Caso, pues, como puede verse, perfectamente representativo de la estética posmoderna que tanto gusta a los ilusionistas. A nadie le importa jugar hasta que a alguien le rompen en el morro la baraja. Entonces ese alguien defiende, al parecer, su verdadera identidad, tan distinta a la del suplantador. No parece ser el caso de Albert Pla, que al parecer sí era él antes y no ahora. Pero en cualquier caso eso es exactamente lo que pasa con tanto jueguecito, y lo dice el refrán: “quien con niños se acuesta cagao se levanta”.

Y como Pla no sabe cómo salir de ésta ha amenzado, al parecer, con escribir textos en nombre de de Azúa pidiendo la independencia de Cataluña. ¡Cuánta ingenuidad!, ¡cuánta ignorancia! Al parecer Pla piensa que se puede imitar y suplantar a de Azúa sin hacer un extraordinario ridículo. Comprendo su enfado, lo que no alcanzo a comprender es qué quiere. Sobre todo si tenemos en cuenta que el supuesto suplantador es, para muchos y al parecer, mejor que el propio Pla. Yo, todo se ha de decir, lo admiro mucho como músico y como personaje me parece uno de los mejores que tenemos en nuestro territorio. Siempre después de personajes como Panero o Josep Lluis, por supuesto. Me gusta mucho El lado más bestia de la vida, pero eso nada tiene que ver con que me tenga que gustar leer sus tonterías mal escritas.

Historia de un idiota contada por él mismo

Su cabellera larga, roja y rasta atrajo mi atención. Su rostro lánguido y blanquecino más.

La abordé en mitad de la calle, le dije que me gustaría hacerle unas fotos y añadí que preferiría hacerlo con la naturaleza de fondo. Mostrando cierta ilusión y sin desconfianza ninguna me contestó que le parecía bien y me puso en antecedentes: algo acerca de unas cabras. Debido a la pobreza de su español (era alemana) no la entendí demasiado bien, así que le pedí el teléfono y quedamos en que la llamaría cuando pudiera.

Lo hice unos días después del encuentro y quedé para ayer por la mañana, sábado soleado para más señas. Una casa en las afueras.

Recónditas afueras de difícil y complicado acceso, como pude comprobar mientras me perdía dos veces antes de llegar a la, llamémosla ya, su morada. Me recibieron primero dos gallinas, unos patitos y un número indeterminado de perros ladradores. Después apareció ella, con su andar bailarín y su media sonrisa rafaelesca. Me saludó, y me invitó a acompañarla cruzando un terreno sembrado de comida y de mierda de animal. Intuí que no valía la pena esquivarlo y camine por encima de todo ello como si nada pasara. Igual que hacía ella, pero yo apretando los dientes y ella con estupenda naturalidad.

Me presentó a su chico, una especie de ser que apareció tras las cabras, tras el rebaño. Encantador y seductor. Pelo largo y apretado dentro de un gorro multicolor. Una perfecta barba de ermitaño y unos ojos tan azules y tan sinceros que podías verle el cogote a través de ellos. Me dijeron que habían preparado una comida campestre aprovechando que tenían que sacar las cabras a pastar. Me gustó la idea y me apunté rápidamente. Quizá demasiado rápido.

Mientras se preparaban para los efectos y hacían el atillo de la vitualla me invitaron a un té. En ese momento comprendí que por mucho que yo quisiera disimularlo me encontraba a un abismo de ellos. Comprendí que todo lo que pudiéramos hacer juntos sería para disfrutarlo esa sola vez. Ya digo, nos separaba un abismo: cuando les advertí que justo a su lado había una araña marrón colgada de su tela estuvieron a punto de presentármela. Por lo visto, hacía varios días que procuraban sentarse en la mesa de tal forma que aquella no se incomodara. Poco después comprobé que tenían otra araña justo al lado del cabezal de la cama. Bueno, de eso... lo que fuera eso donde dormitaban. Un abismo.

Salimos en manada: 49 cabras, los dos perros pastores y nosotros tres. En menos de 20 minutos comprendí el error que había cometido por no haber calculado la importancia que tiene un pastoreo. Sobre todo si es de cabras. “A lo hecho, pecho”, me dije. “Y a disimular, tontaina”, me seguí diciendo. Lo cual, claro, iba siendo cada vez más difícil pues el terreno se iba complicando a medida que nos alejábamos de la morada y su letrina. Lo que, a su vez, incrementaba mi sensación de desconcierto. Y digo desconcierto por decir algo.

Debo decir que yo no me considero un patoso, pero al lado de ellos parecía, en serio, un auténtico inútil. Llevaban lo que para mí era un ritmo endiablado. O al menos eso me parecía a mí cada vez que había algo que trepar. Me faltaban manos y piernas para poder subir. Y cosas a las que agarrarme. Y ellos, sin embargo, lo juro, subían sólo con sus piernas. Ella tuvo de darme una mano al menos dos veces. Trepaban mientras daban órdenes a sus cabras con sonidos irrepetibles. Y les hacían más caso que a mí mis alumnos.

Justo al lado de lo que ellos llamaban la acequia había un extraño agujero vertical que al parecer comunicaba con una especie de charca pequeña y semioculta. Me dijeron que el agua era fantástica y refrescante. Yo me acerqué y pensé que si bajaba por ese agujero muy probablemente haría el ridículo a la hora de salir de él, así que decliné la invitación. La perplejidad se apoderó absolutamente de mí cuando vi entrar al pastor en el insondable agujero: lo hizo sin perder la verticalidad en ningún momento. Minutos antes había imaginado cómo habría entrado yo allí y todo lo que se me ocurría requería de varias manos y agarres. Él, sin embargo, entró en ese agujero como si fuera Jesucristo. Pero un Jesucristo cachondo.

Cuando las cosas parecían que no podían empeorar las cosas empeoraron. Para comer nos sentamos debajo de un árbol. El único que al parecer se percató de que el suelo estaba plagado de cardos y pinchos fui yo, naturalmente. Tuve que sacar un libro de mi pequeña mochila y ponérmelo debajo del culo. Nunca he agradecido tanto la presencia de un libro en mi vida. Y Pepe, que así se llamaba la cabra más vieja y por tanto más valiente, me daba golpes en la nuca mientras intentaba comerme una ensalada de lechuga y tomate con las manos. “Se me han olvidado las servilletas”, dijo ella, y los dos rieron. Yo también (aunque no supiera por qué), pero sin dejar de mirar a Pepe de reojo.

En fin, pocas veces en mi vida he conocido a alguien que tan claramente haga aquello para lo que ha nacido, en este caso el pastoreo, algo, por cierto, que se hace exactamente igual que hace millones de años. Yo, con embargo, aún no tengo claro a qué dedicarme cuando sea mayor.

sábado, octubre 27, 2007

Teodoro y Apolodoro

Hay cosas que nunca cambian. O mejor, hay estrategias que nunca fallan.

Recuerdo que cuando era estudiante había un tipo de alumno al que admiraba. Se trataba del alumno que demostraba ser conocedor de las estrategias de persuasión más efectivas, algo que nada tenía que ver con sus capacidades intelectivas. Dicho de forma directa: admiraba al alumno cuya estrategia consistía en mostrar interés por los estudios, sólo, al final del curso. Lo contrario, dicho sea de paso, de lo que hacía (y hace) la aplastante mayoría de los estudiantes.

Así, por una parte se encontraban los alumnos que comenzaban acudiendo con asiduidad a las clases desde el principio del curso, pero que cuando llegaba la primavera, que es cuando el curso siempre aprieta, entonces, sólo entonces, quizá debido al cansancio acumulado, o a las hormonas, o al calorcito entrante, sólo entonces, digo, se disipaban, se despistaban, remoloneaban, dejaban de asistir a las clases y por ello acababan cazando mariposas en ese final de curso. Y por otra parte se encontraban los que habían tenido el valor de no asistir a las clases durante ¡todo el primer trimestre y parte del segundo!, alumnos que durante 4 meses casi nadie echaba de menos en las aulas, pero que llegada la mitad del curso se ponían a degüello con los estudios hasta hacer olvidar, totalmente, sus primeras y dilatadas ausencias. Y aprobaban siempre. Entre otras cosas porque el calor no afectaba a sus hormonas, hormonas domesticadas durante los primeros cuatro meses de curso.

Se trata de una estrategia perfecta, pero de difícil ejecución. Hace falta asertividad y mucha confianza en uno mismo. Y tesón, y una cierta cara dura que es sabedora de las debilidades humanas. Una estrategia, en definitiva, más ligada al conocimiento de las pasiones humanas que a la confianza en la razón. En efecto, quienes sólo se centraban en el final del curso sabían, quizá de forma inconsciente (o no), que lo que queda en la mente del “otro” (el profesor) siempre es lo último que se dice y hace. Con absoluta independencia de lo que se haya dicho o hecho tiempo atrás. Y por supuesto de lo que no se haya dicho ni hecho. No necesariamente les iba mal a quienes cumplían con el deber diario, pero en cualquier caso sufrían quizá más de la cuenta. Y el desgaste siempre se paga.

Admiraba, pues, a los que confiaban más en la ilusión y la sugestión que en la razón. La razón sirve, sí, pero sólo sirve a su presente continuo. Y esos alumnos lo sabían. Sabían que una nueva novia te hace olvidar a la anterior y que cuando se grita “ha muerto el rey” se grita también “viva el rey”. Sabían que el pasado perfecto no existe cuando sólo existe el presente. Lo sabían, los muy granujas, y vivían como dioses casi todo el año.

Sabían que la razón del ayer no es de nadie hoy, porque es el hoy lo único que cuenta y por tanto lo único que vale. Admiraba, pues, a los que eran, sin saberlo (o sabiéndolo,) seguidores secretos de Teodoro, porque su estrategia se basaba en el conocimiento de las pasiones humanas. Y ese conocimiento les hacía medrar con cierta (o mucha) facilidad en todos los campos. Y los admiraba, sobre todo, porque yo era, sin saberlo, seguidor de Apolodoro, ese filósofo que confiaba en una retórica basada en la razón, en el argumento y en la ciencia. Y no en el embelesamiento, la exaltación y el éxtasis. Y así me iba. Y así me va. Desgastado.

Conclusión en forma de duda: ¿Pisará Zapatero, en breve, un pañuelo palestino delante de algún medio de formación de masas?

Pdta de la carta a mi sobrina

Hola querida Daniela: acabo de ver un anuncio en televisión. Es un anuncio dirigido a mujeres. Sólo a ellas. En él se le dice a las mujeres que cuando vean un signo de violencia en sus parejas llamen inmediatamente a un número de teléfono que aparece en pantalla. No hagas ni caso, Daniela, es una mamarrachada que con un ojo hinchado te veas hablando con un(a) desconocid(o/a) pidiendo justicia y comprensión. Lo que tienes que hacer, si eso algún día te sucediera, es mandar a tomar por saco a tu pareja. Directamente e inmediatamente. Y sin mediar palabra con nadie. Y déjate de tonterías telefónicas y de explicaciones inútiles. Te quiero.