viernes, julio 23, 2010

El sujeto del hoy (o Elogio de la parsimonia)

Si nos atenemos a una lógica pretérita, esto es, periclitada, podría decirse que se corre sólo para adelantar el momento de la llegada (o de la entrega, o de la cita...). Así, antes se corría -se aceleraba el ritmo normal y habitual- sólo para adelantar un momento en el tiempo. Siendo esa aceleración la consecuencia vinculada a una necesidad concreta y coyuntural; una aceleración inevitablemente unida a la Realidad donde el correr sería coyuntural. Pero si nos atenemos al estado actual de las cosas esa lógica es tan obsoleta como la propia necesidad de una lógica. Y ya sin lógica que medie en nada podemos decir que hoy en día se corre sólo por correr, sin necesidad de encontrar unos objetivos concretos que pudieran justificar tales prisas. Hasta anteayer las prisas sólo eran propias de despistados o de descerebrados. Hasta hace bien poco se requería siempre un móvil para correr, por lo que su consecuencia no dejaba de ser una respuesta coherente a la misma causa que habían propiciado las prisas. Esto sucedía, por ejemplo, cuando llegar tarde era un signo de mala educación.

Ahora las cosas no son así. Ahora el correr no es tanto un fin en sí mismo (concreto y coyuntural) como una inevitable forma de vida. Lo veo desde hace años en mis alumnos, que siempre son jóvenes y que lo son permanentemente, pues yo crezco pero ellos siempre tienen la misma edad. Sus prisas, que son vitales, ya no tienen nada que ver con hechos nimios, como lo es, por ejemplo, el llegar puntual, o incluso el entregar un trabajo "a tiempo". De hecho siempre corren pero llegan tarde a todos sitios. No, los jóvenes del hoy viven como marcan las pautas de Internet, la Televisión y la tecnología: a toda hostia. Cuando quieren saber algo no buscan bibliografía y acuden a la Biblioteca o la librería, simplemente se enchufan a la Wikipedia desde su trono (permanentemente conectado a millones de tronos)y solucionan su problema deprisa.

Es decir, corren porque no hay necesidad de no hacerlo. Son rápidos porque no hay necesidad de no serlo. O dicho de otra forma, porque han llegado a una conclusión “revolucionaria” sin haber tenido premisa “revolucionaria” alguna y por tanto creen, en su lógica pero perversa ingenuidad, que “ser libre es, sólo, estar informado”. El verdadero Conocimiento, tan alejado del hecho meramente informativo, es una pérdida de tiempo en una sociedad donde mandan las prisas, la velocidad. Allá donde no hay verdad de ninguna clase o estatus lo rentable ya no deviene jamás del sosiego, la reflexión, el análisis y la prudencia, sino más bien del movimiento continuo, de la ansiedad.

Su máxima: Hay que tener prisa porque no hay necesidad de no tenerla. O porque no tenerla sólo será indicio de un asegurado fracaso. El tiempo necesario para adquirir Conocimiento ha demostrado ser, ya en demasiadas ocasiones, una rémora; esto es, un hándicap. Los movimientos lentos sólo propician la pérdida de tiempo y perder el tiempo es como tener un agujero en el bolsillo. Así, al parecer, uno gana tiempo sólo cuando corre, aunque lo haga en detrimento de unas pérdidas (la del sosiego, la serenidad, la reflexión) que a nadie preocupan, más bien al contrario, porque nadie quiere tener un agujero en el bolsillo, aún a costa de poder ganar en sosiego, en madurez. La velocidad lo es todo pero ya no para llegar antes a un lugar sino para llegar antes a un objetivo indescriptible por mostrenco impuesto por la ansiedad que impone el espíritu de nuestra época.

En un mundo regido por el relativismo furibundo sólo el correr parece tener sentido, pero lo que alcanza el éxtasis del sentido es el no dejar de hacerlo. Hasta el punto en que el máximo sentido del sujeto del hoy se encuentra ya no en el correr sino en el correr por correr. No se trata de llegar antes a una cita, sino de llegar a un Todo inasible e inalcanzable por extraordinariamente fantástico. Siendo el Todo lo más parecido a la NADA. El sujeto del hoy vive la insatisfacción de Aquiles persiguiendo permanentemente aquello a lo que nunca dará alcance. Porque correr por correr lleva parejo una indisociable consecuencia: la de no poder parar, la de no conocer pausa. La de no conocer sosiego. Si alguien iniciado en el mundo de las prisas se parara un día a reflexionar, un solo día, perdería inexorablemente todos los “beneficios” obtenidos en su movimiento continuo. Por eso las prisas son ya un indisociable signo de nuestro tiempo, una marca, un estigma. Los que renuncian a ellas son sujetos anacrónicos: obsoletos. Y por eso el sujeto del hoy nunca consigue nada que le satisfaga, es un sujeto insatisfecho por necesidad. Movimiento continuo a toda hostia para conseguir NADA.

Nota. Recomiendo escuchar el tema Slow blues de Count Basie. Da perfecta cuenta de a qué me refiero cuando hablo de serenidad, parsimonia y satisfacción. Podrá encontrarse en YouTube marcando las palabras clave citadas.

miércoles, julio 21, 2010

La verdad después de todo

Dice la Ministra Aído (El País, 18-07-2011) que los países que están primeros en el ranking de competitividad son los países que están primeros en el ranking de igualdad de género. Y no seré yo quien lo discuta, más bien podría decir que estoy absolutamente de acuerdo con lo que no es más que una evidencia. Así la afirmación de Aído carece, en sí misma, de ideología por mucho que ella crea lo contrario, pues ejerce una comparativa basada en lo cuantitativo. Si acaso se encuentra trufada de “otra” ideología, la que sólo quedaría clarificada ante el análisis de lo que a un político no le interesa, lo cualitativo (ética). Veamos.

El término competitividad sólo puede entenderse bajo el aspecto inflexible de los Números, de ahí que todo quisque tenga claro cuáles son los países primeros en el ranking de competitividad. Los Números vienen determinados de forma exclusiva por el Dinero y no por la calidad de vida (véase Japón). Y el Dinero viene determinado por las Grandes Empresas y por las Multinacionales cuyo poder determina, a su vez, los presupuestos, las actitudes, los programas y las acciones de los principales Partidos Políticos, de los principales Gobiernos. En fin, la competitividad debería ser la pesadilla de todos aquellos que creen profundamente en la Política Social, pues la Ley del más Fuerte crea ante todo sumisión y esclavitud. Y con toda seguridad la competitividad debe ser el sueño de todos aquellos que creen fervientemente en la justicia de los mercados, esa justicia que se encuentra fundamentada en la Ley del más Fuerte.

Y, en efecto, los primeros en el ranking de competitividad son los primeros en el ranking de igualdad de género. Que son los países que, sobre todo de un tiempo a esta parte, prestan Dinero a los países depauperados (“menos competitivos”) y masacrados por unos presidentes corruptos que a su vez se encuentran apoyados protegidos y financiados por los países más competitivos; un Dinero que los países “menos competitivos” sólo podrán devolver con las sangre de unos ciudadanos moribundos y genuflexos. En efecto, los primeros en el ranking de competitividad son los primeros en el ranking de igualdad de género. Que son los países que actúan creyendo en la justicia de los mercados, esa justicia que se encuentra fundamentada en la Ley del más Fuerte. Así es como el Mundo se encuentra inexorablemente dirigido, ahora más que nunca, por los países más competitivos (que lo son, entre otras cosas, por su abuso inmisericorde de los países “menos competitivos”). Y esos países tan competitivos están gobernados en una progresista paridad, que por algo son los más competitivos. Qué malas son a veces las coincidencias. ¿No?

Post Scriptum. En una tertulia televisiva (20-07-2011) la escritora Reyes Monforte quiso contar una anécdota proveniente de su propia experiencia; una anécdota que hilaría con el que era motivo de la discusión que en ese programa mantenía dividida la opinión, el de la prohibición del burka en instancias públicas (y sabemos de la negativa de la Ministra a legislar su prohibición). Por lo visto la escritora coincidió en una cena privada y restringida con la Ministra Aído. En ella los invitados iban siendo atendidos y servidos por camareras ataviadas con su correspondiente uniforme. Considerando que su responsabilidad mesiánica no le permite bajar la guardia, no tardo Aído en manifestar sus quejas sobre algo que como mujer le ofendía. Y así dio cuenta a los compañeros de mesa del desagrado que, como mujer, le producían las cofias de las camareras. Según Reyes Monforte, Aído expresaba su malestar ante lo que para ella no era sino un signo de sometimiento. En el fragor provocado por esa comprometida opinión creó ciertas expectativas en los comensales. La propia Reyes Monforte quedó desconcertada ante el final de su reivindicativo discurso, pues cuando todo hacía presagiar que Aído acabaría proponiendo la supresión del elemento anacrónico y disonante ésta concluyó: “deberían ponerle la cofia también a los camareros”. Éste es, al parecer, el sentir verdadero de quienes dicen poseer ansia de justicia.

lunes, julio 19, 2010

A 9 de Julio de 2011 (la Guerra)

+Ayer la prensa volvía a la carga para decir exactamente lo mismo que ya lleva dicho en otras muchas ocasiones. Mejor: volvió a la carga diciendo lo que en torno al asunto siempre ha dicho. Un extenso reportaje publicado en El Mundo concluía con lo que, a tenor de lo publicado por las estadísticas desde hace ya muchos años, viene siendo COMÚN en la prensa aún a pesar de los matices que cada vez diferencian la noticia devenida del estudio estadístico; ayer: “una de cada cuatro adolescentes tiene posibilidades reales de ser maltratada por un hombre”. Una de cada cuatro, como siempre, pues. (Ver "Lógico odio al hombre en De un espectador cansado, Krausse, pág. 219). Podría decirse que en la noticia el mensaje es perfectamente unívoco y sus objetivos se cumplen ante la falta de verdadera reflexión y análisis. Así, lo que se trasluce de esta noticia, en este “decir lo mismo de siempre” o en este "decir siempre lo mismo", es un mensaje que nadie se atreve a cuestionar: la mujer es (sólo y siempre) una víctima, pues aún cuando 3 de cada 4 mujeres se libren del mal ninguna se librará del hombre, única causa posible del mal. Así pues sabemos, en definitiva y gracias a la prensa y a las encuestas, que una de cada cuatro niñas de ahora sufrirá en el futuro, con toda probabilidad, maltratos en su relación afectiva con un hombre. Sabemos, por tanto, que el hombre acechará y que la mujer será sólo su víctima.

+Ayer una de esas periodistas sin rostro y con cámara al hombro que tan de moda están la televisión entrevistaba a una mujer/paciente en pleno momento de atención “médica”. El programa se dedica a recorrer centros de estética para saber de los motivos que inducen al individuo a acudir a ellos. La paciente es una mujer de entre 45 y 50 años y se encuentra haciéndose una reducción de grasas. La invisible pero locuaz periodista le pregunta acerca de sus motivaciones y la mujer, que se encuentra tumbada y medio somnolienta, gira la cabeza cortésmente para contestar, “lo hago para gustar a mi marido, quiero seguir gustándole a mi marido”. La respuesta parece ofender a la entrevistadora pues como un resorte replica a la entrevistada, “¿así que esto lo haces para gustarle a él, lo haces por él y no por ti misma?”. Ante la contundente ideología manifestada en la réplica la paciente duda, balbucea, no sabe qué decir, se siente acorralada, pasan apenas unos segundos que parecen una eternidad, no sabe si ser Mujer o ser la mujer de su marido, la cámara sigue ahí y ella opta por confirmar su verdad. La mujer se está quitando grasa del cuerpo porque quiere seguir gustándole al hombre que ama.

+El domingo pasado era entrevistada Isabel Allende en el programa televisivo Página 2. Después de explicar la trama de su última novela el simpático presentador le dice algo así como que en el fondo se trata, una vez más, de una novela de amor. A lo que la best seller Allende responde, “por supuesto, en todas mis novelas hay siempre amor porque a la mujer la moviliza el amor, si hay algo que movilice a la mujer es el amor; al hombre lo movilizan otras cosas, la ambición y cosas así, pero lo que moviliza siempre a la mujer es el amor”.

Mutatis mutandi. Todo el mundo conoce la historia de Tiger Woods, uno de los mejores deportistas de todos los tiempos. Poco después de descubrírsele un affaire amoroso extramatrimonial el mundo comenzó a caérsele encima. Comenzaron a salir por todos sitios mujeres que decían y demostraban haber mantenido relaciones sexuales con el deportista. Desde la aparición de la noticia, en menos de una semana ya eran 13 las mujeres que habían contado a los medios de formación de masas sus intimidades con el deportista. La prensa, cómo no, trató a esas mujeres casi como a heroínas que se atrevían a contar una verdad. Y por todos los lados del mundo las mujeres se mostraban satisfechas ante el desenmascaramiento de un traidor. Nada se decía sobre todas esas mujeres que pasado un tiempo “denunciaban”. Nada sobre todas esas mujeres que antes de "denunciar" quisieron (y lo consiguieron) acostarse con un deportista famoso; nada se decía acerca de todas esas mujeres que por deseo propio habían querido mantener relaciones sexuales con un deportista famoso y millonario.

Nada se dijo acerca de todas esas mujeres que en su momento se acostaron con el objeto de su deseo, que era, casualmente (¿), un hombre famoso, millonario, casado y padre de familia, y nada se dijo sobre los motivos que habían inducido a todas esas mujeres a contar después y públicamente sus relaciones íntimas, las relaciones derivadas de su deseo y voluntad. Nada se dijo sobre las motivaciones que pueden llevar a una mujer a acostarse con un famoso millonario casado (al que después podrían denunciar), nada se dijo sobre las motivaciones que pueden llevar a una mujer a contar sus intimidades sexuales con un hombre después de haber mantenido con él unas voluntarias y desinteresadas relaciones sexuales. Nada acerca del deseo (tan extendido, como puede verse en el caso) de tantas mujeres hacia hombres famosos o hacia hombres millonarios. Nada se dijo sobre la, a todas luces monstruosa, necesidad de contar públicamente unas relaciones sexuales íntimas que habían sido el producto del deseo, la voluntad y el ejercicio de la libertad, sobre todo cuando NADA se gana en la narración. Nada se dijo acerca de las mujeres que, sin un porqué sensato, se sumaban al linchamiento público de un hombre público con el que habían mantenido relaciones privadas (por voluntad propia).

Primero comenzaron siendo tres las mujeres que comentaron al mundo sus relaciones íntimas con el tigre, tres que “denunciaron” al tigre. Pero, ¿qué es exactamente lo que “denunciaban”? Nadie nunca nos lo dijo. Después fueron trece. Y cuando superaron la veintena el número pasó a ser lo de menos. La Mujer, una vez más, era la víctima. Pero no la mujer del propio Woods, sino la Mujer. Tal fue el planteamiento del linchamiento. Así, cuando se interpretaban como “denuncias” las narraciones de todas y cada una de las mujeres que iban surgiendo, lo que se iba cavando no era la tumba del pobre tigre sino la de los hombres todos.

Por cierto, de la noticia y su desarrollo sólo supimos una parte, la que precisamente nos fue dada por lo noticiado. Y dejamos de saber todo lo que no “trascendió”, que coincide con ser, además, eso de lo que nunca se hacen eco las estadísticas. Es decir, sólo supimos de las mujeres que “denunciaron” al tigre por ...? y sólo supimos a través de ellas; no de las que no “denunciaron”. ¿O es que el tigre sólo aceptaba tener relaciones sexuales con mujeres solteras?

Da capo. Creer que la Realidad es la que definen los medios es la Única Realidad posible hoy en día. No se trata de creer, como ciertos analistas sicotécnicos del lenguaje, que el acontecimiento no existe sin el señalamiento del mismo lenguaje. Pero tampoco podemos ignorar la retroalimentación que media entre la noticia y la configuración del individuo del hoy. Si el amor se encuentra fuera de los intereses de ese individuo del hoy es debido a lo lejano que se encuentra de sus particulares y zafios intereses, pero también debido al acoso y derribo que sufre desde todos los medios de comunicación que no escapan a una demoledora corrección política.

Si a alguien (una periodista, por ejemplo) le ofende la incontrovertible muestra de amor de un ser (una mujer, por ejemplo) a otro ser (un hombre, por ejemplo) es porque, por fin, ha triunfado el Mal. Si la prensa publica la noticia, cualquier noticia, sólo desde su posibilidad más rentable es porque el Mal se ha instalado (a través de la Opinión Pública) en una sociedad que reclama rentabilidad hasta de sus particulares emociones. Si las mujeres no se sorprenden ante la monstruosidad que emana de una afirmación (sobre los hombres, en este caso) pronunciada por una sensible y amorosa escritora de best sellers (pongamos Isabel Allende) es porque, efectivamente, están en Guerra contra los hombres. La normalidad con la que masivamente se aceptan frases como la de Isabel Allende sólo demuestra que el Horror se ha instalado definitivamente en el imaginario popular.

viernes, julio 16, 2010

España

Nada entre sus manos

Cada año, indefectiblemente, aparecen en los telediarios unas curiosas imágenes que son extraordinariamente similares a las del año precedente. Son imágenes que aparecen hacia el final de todos y cada uno de esos telediarios que han necesitado mostrarlas, una vez al año, a lo largo de tantos años. Así cada año: sobrepasado el tiempo dedicado a los deportes, que suele obtener el 70% de la totalidad del telediario, el presentador pone cara de avestruz y nos insta a ver las imágenes pertenecientes a un concurso anual que se celebra qué importa dónde. Levanta ligeramente un hombro, tuerce tibiamente la cabeza hacia el mismo lado y con una sórdida sonrisa el presentador nos adelanta que se trata de imágenes que no debemos perdernos. Así aparecen ante nuestros ojos unos tipos que, con movimientos realmente compulsivos, rascan el aire a la altura de su ombligo con la mano derecha mientras mueven los dedos de su mano izquierda con el brazo levantado. Hacen, pues, como que tienen una guitarra en sus manos, pero no, no la tienen, y esa parece ser la gracia: se trata de un concurso que consiste en ver quién simula mejor el acto de tocar una guitarra; en ver quién hace mejor el como si. En realidad no hay nada entre sus manos por lo que sus gestos y movimientos sólo son la patética representación de una posible representación. Decía que las imágenes eran extraordinariamente similares todos los años. En efecto, todos los tipos que aparecen en esas imágenes hacen movimientos muy parecidos, todos los años; todos hacen como si y por eso sus movimientos parecen parecidos. Así, unos tipos (subnormales pero sin grandes pretensiones, digo yo) de no se sabe dónde organizan un concurso anual para majaderos qué importa dónde y resulta que aquí no nos conformarnos con darle cobertura en uno de esos cientos de miles de programas dirigidos a analfabetos funcionales sino que decidimos darle el lugar que se merece, el telediario. Siendo lo importante aquí el aquí:

España, “Menudo país de mis huevos” (Leopoldo María Panero)
“España es el inmenso cadáver de Dios” (Leopoldo María Panero)
“España es un país sin dinero pero con estatuas de dioses” (Leopoldo María Panero)
“País de violadores y asesinos llamado España, donde la locura es la única virtud, en el sentido que nos libra de todo lo demás” (Leopoldo María Panero)
“España es un abuelo parlanchín que muere todos los días sin llanto” (Leopoldo María Panero)
“España es un inmenso cenicero, país de amargura y resentimiento” (Leopoldo María Panero)

Por mucha energía y buena voluntad que le ponga Manolo Escobar.
Un día antes de que comenzara el último Debate sobre el estado de la Nación.

miércoles, julio 14, 2010

Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)

Una breve historia de la humanidad (o del ser humano) es lo que nos propone humildemente Félix de Azúa en su libro más preclaro. Un historia que nace de la visión particular (sentida) de otra historia, la de la producción simbólica de los seres humanos habitantes de la Tierra. Una historia que avanza al compás de cierto terror, pues cada paso que damos en el control del mundo a través de las representaciones simbólicas nos va despegando de la tierra. Del terror, pues una vez dejadas claras las diferencias que median entre “lo de dentro” y “lo de afuera” (pág 32 y sucesivas) sólo podemos concluir, después de todo, con que “Ahí fuera ya no queda nada” (pág 112). Es la nada con la que se enfrenta de Azúa en su libro más desconsolador y desesperanzador. La vida es esplendor y nada.

En efecto, para de Azúa todo control provenido de un ejercicio representacional “exitoso” implica por fuerza una pérdida. Cada toma de posesión que acompaña todo éxito representacional nos va despegando de la Tierra. A través de la inevitable tendencia (humana) hacia la abstracción. La historia de la producción simbólica implica una historia de desencantamiento constante. Para un niño troglodita crecido rodeado de pinturas rupestres, un caballo (real) es la copia del original (la pintura cavernaria). A partir de ahí de Azúa va analizando todas esas abstracciones que han ido restando consistencia a eso que llamamos “nuestra vida”. La luz multicolor filtrada por las vidrieras de las construcciones góticas condena toda una forma de vida en la que ya no cabe vivir sin pensamiento. La luz gótica unida a la gramática renacentista hace que los espacios sean “cada vez más controlados, dominados, asfaltados y abstractos e intercambiables”. La pintura doméstica holandesa del XVII fue un “ataque feroz, despiadado contra lo más humilde”. Y aquí lo importante es el “contra”, pues convirtiendo un vaso de vino en un signo perfecto condenado a la eternidad se generaba una nueva abstracción que degradaba nuestra consistencia. Después sólo hubo que establecer un ritmo para el ejercicio de la abstracción. Y esa es la historia de la producción simbólica de la humanidad. Vale la pena leer el libro para que sea el propio de Azúa quien con su particular prosa erudita nos la cuente. Según el autor se comienza haciendo ejercicios de abstracción con los dioses, los signos celestes, la luz y los objetos cotidianos y se acaba haciéndolo con “cosas” tan dispares como las revoluciones, los sucesos, la soledad y el propio arte. Magistral, por cierto, la explicación del arte moderno a través del concepto “estado de ánimo único”, en el que el ánimo no puede ser otra cosa sino una mercancía.

Un libro, eso sí, de lectura necesariamente lenta y pausada pues el autor ha decidido no conceder ni un ápice. Autobiografía sin vida es un libro agónico surgido de la impotencia y el autor ha ido siendo devorado por las palabras surgidas (desde fuera) de su desbordante cultura (interior), la que encubre pero no disimula. En contra de lo que ha dicho algún despistado se trata de un libro difícil; es el libro de quien “sabe que la suya es una tarea imposible, pero que se empeña en ella porque es una tarea ética”. Pero no es difícil, por ejemplo, debido a una “gramática continental”, sino debido a la sustitución de ciertas palabras o ideas (que hubieran podido ser fácilmente reconocibles) por figuras retóricas muy selectas. Con una excéntrica adjetivación que además añade más (sin)sentido si cabe.

De la impiedad. Llegado el final del libro el autor expone, según un discurso estricto que lleva años elaborando, su más triste teoría. La literatura ha quedado separada de la poesía (única forma real de conocimiento) a través de, cómo no, un ejercicio de abstracción. La poesía es algo que queda SÓLO para quienes, como los adolescentes, AÚN no saben hablar, mientras que la literatura ha quedado inevitablemente en manos de Josef K.

Y, en efecto, cuando leo este grito sordo y ensordecedor que resuena de la lectura de este desesperanzado libro Autobiografía sin vida veo, sin mirar, a un hombrecillo que espantado se lleva las palmas de la mano a la cara provocando ondas inaudibles pero coloristas; es decir, veo, sin mirar, un munch. Quizá porque, entre otras cosas, todos mis recuerdos están fundamentados en mi imaginación. Y quizá también porque las imágenes que me han ido adviniendo desde mi nacimiento han forjado mi vida. Y para acabar, un consejo a mis pocos lectores: lo mejor que se puede hacer una vez acabada la lectura del libro es hacer un bucle volviendo a la página 11.

Nota. Quien haya cometido el error de comprar el libro de Félix de Azúa en la FNAC habrá recibido un CD de regalo. Pues bien, mi consejo es que, pase lo que pase, NO lo vea. Resulta sumamente más productivo leer algo sintiendo que uno no acaba de entender muy bien las intenciones del autor que escuchar (viendo), como diríamos en Valencia, la “explicación de la falla”.

jueves, julio 08, 2010

Misantropía (e intenciones de uso)

Vengo de pasar unos cuantos días retirado. De eso se trataba cuando hace unos días salí de mi casa, de mi ciudad: de retirarme. Para hacer prácticamente lo mismo que hago gran parte del día en mi ciudad y en mi casa, pero en un sitio más aislado, más tranquilo. Sin internet, sin prensa, sin televisión… sin cobertura. Hay gente a la que le gusta viajar para conocer nuevos mundos, a mí me gusta hacerlo para vivir en otro sitio con la misma rutina de siempre. Porque lo que más me gusta del mundo es la rutina. Repudio las ansiedades que generan los viajes y me desagradan el bullicio, la fiesta, “la noche”, el ruido y el ajetreo en general. No me gusta viajar (en sentido literal) precisamente por eso, porque todo viaje lleva incluido ruido, desasosigo, ajetreo. Lo que me gusta es estar en otro lugar, estar unos días en otro sitio. El mismo viaje es el precio que hay que pagar para poder estar en otro lugar. Retirado. Para hacer lo mismo de siempre.

Esta vez me ha bastado un lugar cercano a San Sebastián, rodeado de abrumadora vegetación y de, quizás, demasiados animales. Todo, lo suficientemente apacible como para poder hacer lo que apenas es nada, siendo para mí el todo. Esto es, lo suficientemente apacible como para poder hacer prácticamente lo mismo que hago todos los días en mi ciudad, en mi casa. Hay gente a la que le gusta ir a sitios apacibles para hacer senderismo, rafting, montar a caballo, subirse a una bicicleta, conducir quads, o para, simplemente, reconciliarse con la naturaleza. Son gente a la que, generalmente, le gusta, también, el bullicio y la fiesta, la noche y el baile. Y por eso, cuando viajan a un pueblo acarician a un ternero, pero cuando viajan a una gran ciudad compran souvenirs en la tienda del museo. Siempre, eso sí, pertrechados con una cámara omnipresente que registra todo.

El lugar (leku) escogido esta vez ha sido perfecto por lo bien que representaba mi más incorregible contradicción. Se trataba, por una parte, de un lugar muy solitario (en carretera cortada), pero por otra, muy cercano a Donosti (la gran ciudad). Lo que nos permitía, a M y a mí, salir en búsqueda de la alimentación más oportuna dependiendo del momento y de nuestro estado de ánimo. Sin M nada sería lo mismo.

Me gusta ir de vez en cuando a un nuevo lugar, ciertamente un verdadero “no lugar” dadas mis intenciones de uso. Y no para moverme más sino para estar más quieto. Salgo de mi casa y de mi ciudad, no para conocer más cosas, sino para dedicarme más a las mías propias, a las mías de siempre. Pero guarecido. Con M. Para hacer lo mismo de siempre, pero guarecido. Cada vez me siento más alejado del lugar donde he pasado gran parte de mi vida, mi ciudad. Pero no debido a ella sino debido a mi particular percepción de ella. Cada vez encuentro más confortable los no lugares. Que me guarecen. No es el ruido de mi ciudad lo que me irrita, sino el sórdido silencio con el que ella responde al mío; un ruido, el mío, que me iguala a mis odiosos vecinos, los que abandono cada vez que me traslado a un nuevo lugar. Desprecio a mis vecinos (de siempre) porque todos ven el mismo “programa”, el mismo “partido”. Yo viajo, fundamentalmente, para olvidarme de todo lo que les caracteriza y define: sus chanclas pordioseras, sus lecturas catedralicias, sus malditas aficiones deportivas, sus vulgares fantasías, sus veraneos sudorosos, su pasión por las fiestas populares y sus conversaciones pandilleras. Sólo cuando me encuentro alejado de quienes no saben dónde estoy me siento guarecido. Y además siempre me siento alejado de quien no me conoce (aunque también calce chanclas de goma). Quizá por la ilusión de irresponsabilidad que me genera vivir casi sin ser; por la ilusión de libertad, pues. Pero para que eso suceda, repito, debo hacer, en ese otro lugar, prácticamente lo mismo que hago gran parte del día en mi ciudad, en mi casa. Me gusta estar en mi casa, pero mi casa debería estar siempre en otra ciudad, en otro lugar que no fuera “mío”. Como éste de las afueras de San Sebastián, sin internet, sin cobertura. Con M.

domingo, julio 04, 2010

El tiburón de 12 millones de dólares (Don Thompson)

Una parte sustancial de mi biblioteca se encuentra configurada por libros relacionados con la Teoría del Arte, ya atiendan a la Estética, a la Filosofía del Arte, a la Crítica o a la Historia. Si nos atenemos a los que centran su atención directa en la producción del siglo XX puedo decir que de entre todos ellos hay dos que ocupan un lugar destacado en ella por la importancia de la Verdad que de ellos se desprende: De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno (Serge Guilbaut) y Una vida para el arte (Peggy Guggenheim). Ahora se ha venido a sumar un tercero, el que ahora es motivo de este texto: El tiburón de 12 millones de dólares (Don Thompson). Así, ocupan un lugar destacado, más por su significancia Única que por sus valores intelectuales. Por lo que podría distinguir entre libros que me han interesado mucho por el aspecto clarificador que se deriva, no tanto de las reflexiones y argumentaciones cuanto de su propio ser como artefacto transmisor de UNA idea, y libros que me han interesado por su intelectualidad (dispersa, sugestiva, lúcida, confusa, concluyente, ambigua…).

Intentaré explicarme, pero baste adelantar que este último tipo de libros que tanto me interesan están escasamente valorados por quienes se dedican, precisamente, a los menesteres propios de la reflexión, la ordenación y la catalogación (con fundamentos más o menos históricos o críticos). Y son libros que me interesan aun a pesar de encontrarse vinculados a disciplinas (como la Historia y la Crítica) de las que generalmente desconfío habida cuenta de su necesario componente mitificador. Mixtificador, pues estas disciplinas hayan su común fundamento en La leyenda del artista, esa que tan sabiamente describen Ernst Kris y Otto Kurz. O por decirlo aún de otra forma: cuando leo una Historia del Arte del siglo XX hay siempre algo en ella que me hace torcer el gesto y retroceder. Me sucede incluso ante pensadores eruditos que me merecen el máximo respeto por su pensamiento y por sus estrictas dotes historiadoras. Cuando llegan al siglo XX no pueden evitar el tartamudear; seguramente por intentar explicar lo que muchas veces no pueden entender. Eso al menos percibo yo. Y todo porque la Crítica ha tenido que ser inevitablemente el fundamento de su narración vigésimo secular. O mejor, porque la Historia del Arte Moderno no podría ser posible sin aquello que ha inventado el mismo Arte Moderno, la Crítica. Ese constructo burgués que liquidó toda posible tendencia aristocrática encaminada hacía la belleza o la excelencia.

Así, han podido interesarme las reflexiones de autores que sin duda han ido aportando nuevos y a veces insospechados giros a la forma de entender el mundo de las representaciones simbólicas fabricadas por el ser humano. Pero, curiosamente, las reflexiones que me han podido interesar rara vez provenían de la observación y el análisis de esas representaciones que asociamos al Arte Moderno y Contemporáneo. Porque en efecto, dado el giro que en cierto momento se produce en la concepción del “objeto” artístico, hay una clara diferencia entre el pensamiento producido por el arte anterior a las Vanguardias Históricas y el producido a partir de ellas. Gombrich es el perfecto ejemplo de historiador con un pensamiento seriamente estructurado que cae en la trampa puesta por el mismo Arte Moderno, y por eso aún se defiende bien con las primeras Vanguardias Históricas debido al componente metafísico que todavía puede asignárseles, pero se escamotea con eufemismos y perífrases verbales cuando pretende explicar el ulterior desarrollo de éstas. Como Worringer, Wolfflin, Panofsky, Berenson, Huyghe, Francastel, Lukacs e incluso Argan y Hauser.

Lo interesante

Podría decirse que a partir de 1870 (si bien la Idea comenzó 100 años antes), aunque quizá sería más exacto situarse en la época de entreguerras, “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho” y es así que, por ello y a partir de entonces, sólo podrán producirse en torno al “objeto” artístico actos de Fe (lo veíamos en un anterior post cuando mencionaba las distintas interpretaciones que surgían con motivo de un Picasso). Actos de Fe, pues, que expuestos como explicaciones pretendidamente convincentes resultarán más o menos interesantes y significativas (o directamente grotescas), pero que serán frágiles en cualquier caso debido a la inestabilidad derivada de la misma superstición que las ha generado. Y de ahí que, aun habiéndome interesado toda la literatura generada por el propio artefacto artístico moderno y contemporáneo, considere que apenas son 4 las cosas que han podido ensanchar mi espíritu. Quizá algo de las reflexiones generadas por el Surrealismo y alguna otra cosilla más, en donde esas reflexiones suelen superar al propio objeto que las ha generado. Por eso mi sensación es que la casi totalidad de exegetas que en el siglo XX se han dedicado a reflexionar acerca de los “objetos” que representarían el espíritu de ese siglo no han hecho otra cosa que “mover montañas”, frenética y compulsivamente. Algo que, como es sabido, sólo puede hacerse con una alta dosis de ansiedad y con una desproporcionada Fe. Quizá exagero, pero creo que no.

Greenberg, sin ir más lejos, es considerado por muchos como el último gran crítico de arte. Para mí, sin embargo, no deja de ser un tipo interesante que supo sacarle jugo a una circunstancia política. Fue más un encantador de serpientes que un pensador propiamente dicho. Sus textos son compactos, pero de la misma forma que es compacta una pastilla de jabón. Su conjunto es resbaladizo y con el uso se va reduciendo. Ese es, precisamente, el motivo por el que distingo entre textos interesantes a pesar de su aire mixtificador y textos interesantes por su espíritu desmixtificador. Lo que Serge Guilbaut consiguió con su libro fue una demostración; una demostración que desmontaba sin grandes alharacas la metodología hagiográfica que configura todas las Historias del Arte del siglo XX, esas Historias que a la manera de Hegel intentan desesperadamente entender su propio presente (buscando el “objeto” que mejor represente el Espíritu de la Época); una demostración que anulaba en cualquier caso las explicaciones que desde el mismo mundo del arte había legitimado su historia, la Historia; una demostración de que Greemberg era, antes que otra cosa, un listo. Demuestra Guilbaut que el éxito de los pintores expresionistas americanos se debió a una estrategia gubernamental generada desde los problemas producidos por la Guerra Fría. Y en este sentido Greenberg no fue sino un gran comparsa del Gobierno Americano. De lujo, eso sí, pero comparsa al fin y al cabo.

Por otra parte, también encuentro grandes diferencias entre eruditos cualificados para la abstracción en el Pensamiento y eruditos sólo dispuestos a legitimar el objeto impuesto por un “devenir” social que inextricablemente elige siempre, y bien, los objetos que deberán representar el Espíritu de cada Época. En este sentido Habría que insistir en que mi rechazo se produce siempre ante los textos que (desde un inevitable hagiografismo) han analizado y legitimado los productos concretos a través de un acto, el de historiar, que iría configurando y asentando la Historia del Arte en el mismo acto impositivo. Historiadores que actuaban como Críticos, Críticos que actuaban como Historiadores. Hay pues una abismal diferencia entre quienes hablan del producto Arte partiendo de una Idea para acabar en una abstracción, y quienes parten del “objeto” artístico concreto para acabar en una imposición. Los primeros activan el intelecto con independencia de identificación alguna por parte del supuesto lector; los segundos instalan UN pensamiento ÚNICO en función de “simples” opiniones.

Podría decirse todo de otra forma, por volver al párrafo inicial: hay más Verdad en esos tres libros citados aun cuando su valor intelectual fuera más que cuestionable que en muchos libros de Historia del Arte. De ahí que inmediatamente después avisara de que esos libros se encuentran escasamente valorados por quienes se dedican, precisamente, a los menesteres propios de la el análisis, la ordenación y la catalogación (con fundamentación más o menos histórica o crítica). Lógicamente, pues el hecho de aceptarlos les obligaría a una tarea tan y ímproba como necesariamente devastadora. Tendrían que revisar absolutamente el TODO. Comenzando por abandonar todos los prejuicios y teniendo que partir de cero.

La autobiografía de Peggy Guggenheim es también, en este sentido, una demostración; esta vez Peggy nos demuestra cómo el aburrimiento puede llegar a ser, también, sumamente rentable. Su nivel cultural, muy influido por el latir de sus inquietas hormonas, fue conformándose siempre en torno a un tálamo. Y así fue que una mujer instigada por su propio aburrimiento acabó, gracias a su relevante furor uterino, convirtiéndose en benefactora de un montón de mendigos ambiciosos y espabilados. Se trata, en cualquier caso, de uno de los peores libros que he leído en mi vida. Pero no por ello deja de ser sumamente interesante por cuanto da perfecta cuenta de cómo nace realmente una generación de estrellas. Así pues, “lo interesante” como la categoría más ubicua y más representativa de una Época que carece de reales juicios de valor. La diferencia, en cualquier caso, entre lo interesante de, por ejemplo Rosalind Krauss y lo interesante de Peggy Guggenheim, es que la primera, siendo una pensadora aceptable (aunque muy pelma) es mixtificadora en sus conclusiones y la segunda, siendo una pensadora nula y una escritora nefasta es clarificadora aun a pesar incluso de sus infantiles intenciones. Los pintores expresionistas americanos fueron el primer producto artístico devenido de un marketing de escala mundial. Y Peggy fue la contingente colaboracionista de todo un Gobierno Americano.

Como si

En las tres primeras líneas del libro El tiburón de 12 millones dólares ya deja Don Thompson expuesto el problema. A partir de entonces comienza su periplo investigatorio con el fin de averiguar cuáles son las causas del caos actual en el mundo del arte. Dice Thompson en esas tres primeras líneas: “13 de enero de 2005, Nueva York. El primer problema del agente que trataba de vender el tiburón disecado era el precio de venta, 12 millones de dólares”. En seguida el autor se formula la pregunta, “¿Por qué iba a pagar alguien tanto dinero por el tiburón?”. Su respuesta es que la marca sustituye al juicio crítico y en esta venta se habían juntado varias marcas de gran influencia en la configuración del arte: el vendedor, que era uno de los mejores coleccionistas de arte del mundo (Saatchi), el mejor agente del mundo (Gagosian), el artista de moda de los últimos años (Hirst) y dos de los coleccionistas más millonarios del planeta (Serota, Cohen).

Lo que Thompson pretende con su informado libro es, realmente, averiguar por qué el agente tenía que vender el tiburón a 12 millones de dólares, pues no habría habido (primer) problema si lo que se hubiera pretendido en la misión hubiera sido, simplemente, venderlo a una (cualquier) cifra elevada. No, “el primer problema del agente…era su precio de venta”. Inmediatamente se pone a diseccionar, capítulo a capítulo, todos esos factores que convertidos en marcas, van configurando lo que aún, al parecer, seguimos queriendo llamar arte. ¿Por qué 12 millones y no por ejemplo 2?, ¿no resulta fácil pensar que si el problema era ese precio lo lógico hubiera sido eliminar ese problema?, ¿qué hacía necesario que fueran 12?, ¿qué hacía necesario que por ser 12 el asunto adquiriera tintes problemáticos (“El primer problema…”)? La respuesta, aunque desmenuzada, en las 340 páginas de apretada información.

Thompson sabe que el mundo del arte está conformado por aquellos que lo diseñan y controlan: los agentes (millonarios), las Casas de Subastas (millonarias), los coleccionistas (millonarios), algún director de museo y algún artista espabilado (millonario); esto es: está conformado por el dinero (que non olet). Según las pruebas concluyentes del autor todo en el mundo del arte se ordena en función del dinero, nada se deja al albur de cosas tan nimias como la estética, la belleza, la bondad, la justicia o la excelencia. Todas las partes embrolladas tienen claros sus objetivos, que por otra parte no podrían ser otros: los de entender que la cifra es determinante en el factor cualitativo de la obra. No puede haber obra de arte “buena” que no sea extraordinariamente cara. “Los coleccionistas experimentados no invierten demasiado tiempo en preocuparse por el significado. Si la obra es lo bastante cara como para que lleguen a preguntárselo al marchante o al coleccionista, probablemente éstos se limitarán a inventarse una leyenda con todo lujo de detalles”.

Todas las partes involucradas aportan su granito de arena para que el arte no pueda ser más que un gran negocio. Las Casas de Subasta han convertido el negocio de compraventa en un auténtico galimatías de ingeniería financiera. Pero siendo perfectos conocedores de las motivaciones de los millonarios (gente insegura, según Thompson, que carece de tiempo para la adquisición de conocimientos) los textos de venta de sus catálogos son más que significativos. Y siguen exudando el mismo tufo que exudan los textos de todas las Historia del Arte del Siglo XX: el sulfuroso aroma de la mitificación; de la mixtificación. El libro se encuentra plagado de ejemplos que explican el proceso de ascenso del precio de una obra. En la última parte del proceso puede encontrarse, precisamente, el texto para la catalogación de la Subasta. Ante la obra de Jeff Koons titulada New Hoover, Deluxe Shampoo Polisher, el catálogo de Sotheby’s decía, “Trata de las clases sociales y los roles de género, además del consumismo”. La obra, que como sabrá el lector era una pulidora de suelos en una vitrina de cristal, se vendió a 2,16 millones de dólares. Seguramente porque al comprador debió impresionarle la acumulación de significación simbólica, pues a tenor del texto publicitario, la posesión de la pulidora servía para cuestionar la iniquidad de las clases sociales, con lo que, a través de su posesión, podría mejorar la relación con su servicio doméstico. Además con la posesión de la pulidora les daba una lección a los empleados de su empresa, consumistas compulsivos todos ellos, y se congraciaba con todas las mujeres del mundo que se quejaron algún día del despotismo autoritario de su innecesaria masculinidad.

La verdad es que sólo un ciego (o un monstruo) puede seguir ejerciendo, ante estas circunstancias, su función de crítico o historiador del Arte como si nada pasara; como lo sucedido con Warhol, Emin, Koons, Chia, Schnabel,, Hirst, Kawara, Saatchi, Gagosian, Gonzalez-Torres, Cohen y Tremaine en las subastas nocturnas de Christie’s y Sotheby’s no fuera suficiente para tener que rehacer todos los presupuestos con los que se aborda el análisis del Arte Contemporáneo. Los tres libros citados ofrecen una idea mucho más cabal sobre lo que es el arte entendido desde el propio y pertinente concepto de Historia que los mismos libros de Historia del Arte que aún fundamentan sus imposiciones dogmáticas en lo que no pueden ser sino simples opiniones. Opiniones, además y esta vez, ya no fundamentadas en la Crítica (como sucedía hasta hace poco), sino en la más pura ingeniería financiera. Sólo un monstruo podría escribir una Historia del Arte actualizada sin analizar cómo afectan todos esos datos (de estos 3libros) en la propia narración histórica de los hechos. Sólo un inepto (o un monstruo) dejaría de usar, de forma retrospectiva, las conclusiones que de esos datos se desprenden.

viernes, junio 25, 2010

La mujer del hoy

El documental. Lo vi hace una semana pero fue realizado hace ahora nueve años. El tema de este documental, dirigido por la actriz Silvia Munt, es una aproximación biográfica a la figura de Gala, la que fue Musa de Salvador Dalí. Lo que en él se nos muestra es, por ir al grano, una magnificación del personaje protagonista. Así, una vez más, un documental biográfico como excusa para realizar un documental hagiográfico. Como vamos descubriendo a medida que se desarrolla el documental el tema es, efectivamente, Gala, pero el asunto es “Gala, mujer”. Matiz importante que no se deriva tanto de una interpretación personal del documento cuanto de una evidente intención autoral. De hecho, apenas aparece Dalí y cuando lo hace es de modo testimonial. Para el documento, el hecho de que Gala estuviera emparejada con Dalí es un elemento subsidiario, inevitable pero subsidiario. Lo que le importa al documento es, como digo, la mujer que hay en Gala. Y no tanto para concluir con aquel rancio y viejo tópico que decía que detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer cuanto para hablar de lo grande que fue Gala, y no tanto para decir que fue grande al lado del artista cuanto para decir que fue grande a pesar de estar junto a él (en este sentido se llega a sugerir que mucho de lo que hacía Dalí era ideado por Gala).

El documental muestra, con claridad y precisión, lo que siempre se supo de Gala. Así pues, el documental hace coincidir la leyenda con la verdad. Como es sabido, nunca se ocultó la rareza de la relación sentimental y sexual que mantuvo con Dalí, nunca se ocultaron sus compulsivas y continuas relaciones sexuales con jovencitos, nunca se ocultó su espíritu manipulador obsesivo ni su autoritarismo ni su avidez de dólares, y lo que hace el documental es precisamente confirmarlo, pero, ¡y aquí lo desconcertante!, confiriendo a esos aspectos una positividad magnificadora. En efecto: el egoísmo impenitente de Gala, su compulsión sexual casi pederástica (diferencias de 40, 50 y 60 años con sus amantes), su espíritu manipulador y su afición a la vida hedonista y contemplativa (sin trabajar) se trataban como las virtudes de una Gran Mujer, una Gran Mujer que podría representar a la “nueva mujer” del hoy, la “nueva mujer” del hoy que es producto de todos esos avances que, como los conseguidos por mujeres como ella, han ido permitiendo a la mujer del hoy ser lo que hoy es: una mujer parecida a Gala. Así Gala fue, bajo el punto de vista del documental, una mujer pionera respecto a lo que ahora se entiende por la mujer representativa del hoy.

En las charlas que varios amigos (hombres y mujeres) de Silvia Munt mantienen en el documental a modo de actualización refrescante de los hechos que se narran, las mujeres parecen admirar en muchos casos y envidiar en otros algunos de los aspectos más definitorios de esa Gran Mujer que para ellas fue Gala. Así, admiran, precisamente, todo lo que para ellas fueron virtudes: todas las citadas más arriba y que podrían resumirse en “hizo lo que le dio la gana“. Y puestos a no importarnos el propio Dalí como posible factor inductor de la personalidad de Gala (como tampoco le ha importado a Silvia Munt), nada nos induce a pensar que Gala fuera el producto de Dalí. Además eso es precisamente lo que el documental pretende en primera instancia: autonomizar a la mujer Gala.

Para Silvia Munt y toda su cohorte de amigos Gala fue sin duda una Gran Mujer, además de pionera y modelo. En un momento del film Silvia Munt le dice a un amigo en tono triunfalista: “cada vez hay más Galas”.

Durante muchos años se estuvo diciendo a los hombres que estaban equivocados por fundamentar su actitud vital en la promiscuidad (sobre todo cuando contenía tendencias paidofílicas), la obsesión por el dinero, el autoritarismo y el egoísmo. Y por eso se trataba de conculcar en ellos, los hombres, eso que verdaderamente les hacía falta: la capacidad de amar por encima de todas las miserias que se centraban en sus intereses primarios. Tal era lo que yo creía que, no sin razón, pedían las mujeres a los hombres después de reprocharles tanta inhumanidad (machista). Tal era lo que yo creía que las mujeres pedían a los hombres en su lucha por un mundo más justo (menos machista): más amor y menos egoísmo. Me equivocaba. Lo que sí está claro que querían es más igualdad. Y al menos por lo que concierne a la ética por fin la están consiguiendo. Amor, mucho amor.

El vídeo. No sabría decir con exactitud cuántas mujeres se encuentran allí dentro, pero todas se encuentran gobernadas por la misma emoción. Parece que se trata de un bar de copas, pero con la peculiaridad de que la clientela es sólo femenina. Puede que haya unas 200 mujeres y, curiosamente, todas ellas manifiestan una indudable alegría. Todas se encuentran sentadas, organizadas por grupos, habiéndolas de toda forma y condición. Para comunicarse entre ellas se hacen necesarios constantes acercamientos de boca a la oreja debido al alto volumen de la música que inunda la sala. El sonido del vídeo se corresponde con el sonido de esa sala que contiene unas 200 mujeres ebrias de alegría, sonido diegético pues. Un gran travelling nos ayuda a confirmar lo que sólo pudo ser una apresurada conjetura. Y en efecto, en esa especie de bar de copas se encuentran unas 200 mujeres extraordinariamente contentas. Pasados unos minutos sale un tipo fornido y vestido de policía. Ante la atenta mirada de todas esas mujeres el policía comienza a desnudarse al son de la música. Las mujeres ya no sólo parecen estar contentas sino que ahora, además, lo demuestran bailando al ritmo de esa misma música, pero sin levantarse de sus asientos. El policía ya se encuentra en paños menores y se va paseando por entre todas esas mujeres mientras se acaricia los pectorales, los abdominales y la entrepierna. Las mujeres que le circundan comienzan a gritar mientras alzan los brazos como en danza extática. El policía ha dejado de parecer un policía y ha pasado a ser un hombre prácticamente desnudo, algo grotesco, pero desnudo y bien formado. Ya no es él quien se acaricia a sí mismo, ahora son ellas las que lo acarician, unas veces conminadas por el propio striper y otras por la propia iniciativa de esas mujeres que no pueden ya controlar sus impulsos. Llegado un momento del show queda claro que las mujeres están desbaratadas, desatadas, descontroladas. El hombre escoge a una de ellas, seguramente después de haberlas estudiado mientras se despojaba del disfraz, la aparta de sus amigas, le agarra firmemente la cabeza y la empotra en sus genitales aún cubiertos por un liviano y ridículo tanga. Ella se deja hacer mientras mira a sus amigas entre risas y muestras de falso pudor. Las amigas se ríen y la señalan. El hombre tapa su acción con una toalla al tiempo que aprieta el rostro de ella contra su paquete. Ejerce un suave movimiento pélvico que hace enloquecer definitivamente al excitado público. Cuando retira la toalla el estado de excitación también queda reflejado bajo el ridículo calzoncillo. La chica se retira entre gestos que muestran perplejidad satisfactoria. El ex-policía vuelve al ataque acercándose ahora a todas las chicas que va encontrando a su paso. Se baja de vez en cuando el tanguilla para ir mostrando, en pequeñas dosis, su polla erecta y bamboleante (en efecto, creo que no hay lector medianamente inteligente que pudiera perdonarme un eufemismo a estas alturas de la corrida). Él va obligando a todas ellas, una por una, a ir cogiéndole la polla y a ejercer sobre ella unos ligeros movimientos libidinosos. Ellas, todas, reaccionan de forma extremadamente parecida: riéndose a carcajadas y alternando miradas a sus compañeras con miradas a la polla erecta. Y accediendo a la propuesta del desconocido bailongo. Todo es ya pura histeria colectiva. El hombre lo sabe, sabe que todo tiene su momento y que el espectáculo tiene sus tiempos. Ahora sabe que puede meter su polla en la boca de cualquiera de esas mujeres y sabe que no habrá nadie que la rechace. Lo sabe. Por eso va pasando de grupo en grupo y metiéndosela en la boca a todas una por una. A todas. Alguna parece, en efecto, reticente, pero el hombre sabe que también ella acabará por metérsela en la boca. El hombre sabe que las reticentes acaban siempre cediendo, sabe que las 199 mujeres restantes no le perdonarían a esa reticente su negativa. Y sabe que las reticentes sólo son reticentes durante el tiempo que dura la eternidad. Sabe que una vez tienen su polla en la boca la reticencia será historia, sólo historia. Por eso todas acaban chupándole la polla a ese musculoso desconocido. Todas. La carcajada, el grito, el baile y la música (a gran volumen) han sido los elementos suficientes y necesarios para que todas esas mujeres, todas, hayan acabado por meterse en la boca la polla de un desconocido. Éste es el vídeo que me mandaron el otro día a través de un mensaje electrónico. Un mensaje de esos que se envían masivamente y que acaba viendo todo el mundo tarde o temprano. Amor, mucho amor. E igualdad a manta.

La película. Hay cerca de mi casa uno de esos videoclubs magníficos en los que tienen prácticamente de todo. Su dueño es un sabidillo de esos que hace magnos esfuerzos por transmitirte en el mínimo tiempo posible todos sus conocimientos cinematográficos. Si el cliente es mujer entonces esos esfuerzos son ya paranormales. Y aliña sus comentarios con opiniones que no dejan lugar a duda acerca de sus inclinaciones, feministas. Parece ser que, al menos con las mujeres, le funciona bien. Una de las películas que aconseja a todas las mujeres, a todas, es una película en la que la protagonista es una mujer casada con un hombre extraordinario al que engaña con un hombre negro por el que se vuelve loca. La película adquiere su sentido durante el transcurso de una trama que consiste, precisamente, en un engaño del que ella no quiere sentirse culpable. Un engaño que no necesita excusas para producirse. Ella, simplemente, le engaña dejándose llevar por el deseo. Y la relación que mantiene con su amante es lo suficientemente satisfactoria para no querer renunciar a ella. En un momento avanzado de la película su hijo, un niño pequeño, se encuentra en el jardín mientras ella lo observa desde el interior de su casa. El niño está trepando por una barandilla con el incierto e inconsciente (por pueril) fin de saltar al exterior. La madre lo mira sabiendo perfectamente el peligro que está corriendo su hijo, sin embargo no reacciona, algo la mantiene paralizada mientras el niño continúa en su intento. Aunque reacciona tarda unos instantes en hacerlo. Nada tienen de casual los tiempos de reacción por parte de la madre en el enclave del guión y la trama. Es precisamente esa lentitud de reacción aquello por lo que esa mujer queda definida. Algo que al parecer en nada influye, desde la óptica feminista, sobre la caracterización ética del personaje. O mejor, desde la óptica feminista la actitud de ella no resulta reprobable por lo que a la ética se refiere porque antes que nada se encuentra su realización como persona/mujer. Es decir, cuando el dueño del videoclub aconseja la película es porque cree firmemente en el potencial feminista que se trasluce de una mujer a la que no le hacen falta excusas para hacer lo que le da la gana, por supuesto que con independencia de cualquier posible sentido de la ética. El dueño del videoclub NO ve maldad alguna por parte de la protagonista, sino que ve, más bien, a una mujer que ha conseguido reivindicarse a sí misma por encima de cualquier cosa que le suponga un impedimento de la Libertad. Ve a una mujer que, ¡por fin!, actúa sin las ataduras que la sociedad (machista) pretende imponer de forma subliminal a todas las mujeres. Ve a una mujer que se ha liberado, ¡por fin!, del constructo cultural y lingüístico que subyuga, en lo concerniente a los sentimientos y a la sexualidad, de forma pertinaz a todas las mujeres. La película se llama El secreto. Amor, mucho amor.

La noticia. Hará ahora casi un año salió en prensa una noticia en la que se afirmaba que las mujeres habían tomado las riendas de La Camorra italiana. Daban los nombres de las nuevas jefas y en el mismo titular se aseguraba que éstas llegaban a ser más crueles en sus castigos y venganzas que sus precedentes masculinos.

Hace unos días salió este titular en El País: “Dos mujeres dirigen una ETA muy dividida y debilitada”, y cuyo subtítulo rezaba: “La policía sitúa a Iratxe Sórzabal en la cúpula de la banda”. Igualdad, por fin mucha igualdad. Y amor, mucho amor.

El anuncio. La empresa de compra-venta Cash Converters ha publicado este anuncio: “¿Tu novio te ha puesto los cuernos? Véngate vendiendo los regalitos que te hizo”. Amor, mucho amor.

sábado, junio 19, 2010

Expertos en Arte (y espectadores acobardados) V

En una entrevista realizada para un dominical (El País Semanal), el crítico Robert Hughes nos decía acerca de la experiencia de contemplar Arte: “la imagen no sustituye nuestras experiencias reales o las que nos proporciona el arte”. Todo, pues, parece ir por buen camino, si bien es cierto que no está diciendo nada que no sepamos todos. Poco más adelante, y respecto a la fama conseguida por el crítico, la periodista le pregunta: “Creo que su secreto, lo que lo ha hecho famoso, es decir lo que piensa sobre lo que ve”. A lo que Hughes contesta: “No tengo ni idea. Digo lo que pienso, sí, claro”. De lo que se trasluce que, o bien que Hughes se siente incómodo ante la pregunta, o bien que se trata de una pregunta que le pilla por sorpresa. De hecho, después de decir que no tiene ni idea, no sólo contesta con una afirmación, sino que además la hace tajante.

Después de explicar Hughes sus inicios en la crítica, la entrevistadora le sugiere: “Y entonces se puso a explicar si los cuadros que veía le parecían bonitos o feos, maravillosos o repugnantes”. A lo que el crítico que se hizo famoso escribiendo en la revista Time diciendo lo que pensaba responde: “Bueno, en realidad, un crítico nunca debe hacer eso. Lo que debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”. Con lo que, como puede verse, estamos en lo de siempre. Pero observen el significativo desliz: llama lectores, y no espectadores, a quienes necesitan explicaciones.

La afirmación de Hughes (“Bueno, en realidad, un crítico nunca debe hacer eso. Lo que debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”), tanto por lo que hay en ella de implícito por lo que hay de explícito, significa:

Primero, que hay algo que comprender en el Arte; segundo, que hay que comprenderlo a través del discurso verbal; tercero, que hay una forma apropiada de comprenderlo; cuarto, que el experto es la persona idónea para orientar en la comprensión; y quinto, que si alguien no lo comprende de esa forma apropiada (la que le ha sido explicada) vivirá en el Limbo de la ignorancia y/o la insensibilidad. La clave, quizás se encuentre en el tercer punto, puesto que si verdaderamente no hubiera una forma determinada de comprenderlo, no harían falta ni el segundo ni el cuarto. Porque además, las mismas palabras del experto son tan significativas como representativas: su función no es explicarnos el Arte a los espectadores, sino “explicar a los lectores lo que hace que aquello sea arte”. Y sólo podrá algo ser Arte en la explicación del experto.

Así, la Realidad del Arte tiene UNA explicación y la figura del experto es crucial porque es la que confiere sentido a esa Realidad. Pero si aceptamos que el Arte tiene UNA explicación deberemos aceptar que la experiencia de contemplación del Arte no puede ser una experiencia libre. Es decir, la existencia del experto sólo se entiende si aceptamos que hay una sola forma de entender el Arte: la adecuada. O lo que es lo mismo: la existencia del Arte sólo se entiende desde la existencia de los expertos. No sólo porque ellos lo digan (como Hughes), sino porque, de otra forma no tendría sentido tanta información por ellos transmitida, la que después de todo configura la Realidad. Cuando Hughes dice que su función es “explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte” lo que está haciendo no es abrir vías posibles de interpretación, lo que está haciendo es inculcar la idea de Arte sobre un producto que ha generado duda acerca del mismo estatus con el que se nos presenta (el de Arte)*.

Nos decía Hughes que desde luego decía siempre lo que pensaba, y la entrevistadora nos venía a corroborar lo que muchos sabíamos: que la fama del experto se había debido, fundamentalmente, al atrevimiento de pronunciar lo que le parecía. Así, por una parte Hughes afirma que efectivamente siempre dice lo que le parece, pero por otra dice que explicar los cuadros no consiste en decir si le parecían bonitos o feos, maravillosos o repugnantes, ya que “en realidad un crítico nunca debe hacer eso. Lo que sí debe hacer, si es posible, es explicar a los lectores qué es lo que hace que aquello sea arte”

¿En qué consiste, entonces, decir lo que le parecen unos cuadros si no es diciendo lo que le parecen? La respuesta nos la da el propio experto al final de la misma contestación: “Lo importante del trabajo de un crítico de arte es desmenuzar esa acumulación de significados, no el hecho de que yo piense que aquella obra es bonita o fea”. De tal forma, tenemos que aceptar que efectivamente, y definitivamente, dadas las premisas con las que el Arte se nos presenta, la experiencia del espectador no puede ser subjetiva, es decir, no puede ser libre. Y por eso, y para eso, están los expertos: para explicarnos la forma adecuada de enfrentarnos al Arte.

Por una parte, entonces, están los espectadores que demandan explicaciones de por qué algo es Arte y por otra los expertos que son quienes dan las explicaciones del por qué algo lo es. Así, según nuestro experto, la prueba de que algo sea Arte se encuentra en su explicación, por lo que una vez pronunciada por él y entendida por el espectador que la demanda sólo los cerriles seguirán dudando acerca del estatus del “objeto” que ha provocado la duda. Incluso aunque les gustara el objeto que ha suscitado la explicación.

Ante tanta contradicción le cabría pensar al espectador desorientado que por lo menos le queda la Teoría, ese único artefacto posible con el que poder entender las contradicciones del experto. Es por eso, quizás, que Robert Hughes nos inste a no dejarnos intimidar por las presiones de la Institución y por eso nos dice en la misma entrevista: “No hay que dejarse intimidar por la teoría; la teoría tiene su papel, que es orientar la mirada, pero no puede suplantar a la experiencia que produce el arte. El arte es, para mí, sobre todo una experiencia”.*

*Nota 1. Precisamente Hughes es un excelente crítico porque es uno de los pocos que con sus textos sí abre vías interpretativas de las Obras de Arte “diciendo lo que le parece”. Por eso conviene diferenciar en Hughes la labor de crítico, que explica la Obra de Arte produciendo opiniones excelentes, y el conocimiento de aquello que en principio le capacita para producir esas opiniones, la Teoría. En lo primero es excelente, en lo segundo deja tanto de desear como la mayoría de exégetas del Arte Moderno y Contemporáneo. Cuando se le presiona para que justifique sus opiniones sólo balbucea, como puede comprobarse en la entrevista. Y lo hace aun cuando sus opiniones sobre las Obras concretas sean excelentes.
*Nota 2. Respecto a lo de que “El arte es experiencia” ver lo que se decía en un post anterior respecto a la definición de Arte expresada por otro experto (jueves, 11 de Marzo): “El arte es intensidad, y es experiencia, experiencia del mundo. Algo que une a los hombres en lugar de separarlos. Un lugar donde nos encontramos mucha gente de diversa procedencia ante obras que nos interrogan”. (J.M. Bonet, exdirector de varios museos).

domingo, junio 13, 2010

Cautivos del mal

Vivimos los restos. O mejor, somos los restos del acontecer de los últimos 20 años. También, claro, de toda nuestra historia, pero sobre todo de los últimos 20 años. Hemos ido creando desde 1992 (Guerra del Golfo, Primera crisis económica mundial, Inicios de Internet, Fin de la Historia, Muerte del Arte, de la Novela y otros, Movimientos migratorios a gran escala, Recomposición de grupos terroristas internacionales, etc.) las condiciones en las que ahora, por fin, nos movemos como peces en el agua. Peces moribundos en aguas pútridas. Los sujetos de los países civilizados somos, ya, el perfecto producto de una voluntad colectiva. Una voluntad que siendo colectiva no deja de ser, a su vez y valga la paradoja, el producto de irresponsabilidades tan individuales como individualistas. Todos somos, por fin, lo mismo. No ha sido Dios sino nuestro individualismo quien ha conseguido hermanarnos.

Y las soluciones que nos han ido proponiendo para sobrevivir a todo ese caos no han servido para nada. Seguramente porque, como en seguida veremos, ninguna de ellas tenía en cuenta el verdadero carácter actual del alma humana. Todos los “sanadores” han ido fracasando porque desconocían las verdaderas cualidades del actual alma humana. La filosofía New Age y la Autoayuda no han servido más que para precipitarnos en el foso. Por ejemplo, llegaba alguien y usaba todo un formato libro para decirnos: “somos lo que comemos”. Y vendía en una semana más libros de los que Camus vendió en toda su vida. Ante este complejo lema filosófico-gastronómico la gente respondía, masivamente, abriendo la boca en gesto sorpresivo y comiendo legumbres a manta. Pero la insatisfacción permanecía.

Después llegaba otro y usaba otro libro entero para decirnos: “somos lo que leemos”, y la gente se ponía a leer cuentos, también con la boca abierta (esta vez para poder entender mejor por su falta de costumbre). Y mientras, otro que vestía una túnica naranja, insistía en que “somos pura energía” y recomendaba alimentar nuestra subsidiaria estructura física con brócoli y sirope de arce. Da igual que las excéntricas frases fueran dichas, al alimón, por empresas hortofrutícolas, intelectuales orgánicos (orgánicos respecto a sus intenciones avida dolars) y aburridos monjes tibetanos. La cuestión es que llevamos cerca de 20 años usando los libros como supositorios. Y haciéndoles mucho caso a horteras lemas naifs inventados por empresas de marketing que sólo querían medrar. Unos lemas que sólo han dado muestras de ineficacia, pues no han sacado a la gente de su desconcierto y de su infelicidad. Todo el acontecer real de los caóticos hechos, en su digna persistencia, no pensó desaparecer nunca a partir de cosas como el yoga, el tai chi, la meditación, las verduras, la danza del vientre, la música relajante o las castañuelas.

En los restos, todos los posibles lemas han sido sustituidos por una máxima instalada en el sujeto del hoy de forma silenciosa, pero tácita: “sálvese quien pueda”. Una máxima que nadie se atreve a considerar, pero que se encuentra ahí, de forma subliminal, colgada de nuestras orejas: siendo susurrada a todos los individuos de las sociedades civilizadas. Individuos que por seguir a rajatabla esa máxima (la única demostradamente eficaz para los intereses particulares de todos sus seguidores) han ido deshumanizando las relaciones con sus semejantes. Así, es cierto que por fin nos encontremos hermanados todos los seres humanos, pero a la manera de Caín.

En cualquier caso, nadie nos dijo nunca algo tan sencillo y tan monstruoso como que en realidad “somos quienes queremos” y tampoco que lo somos muchas veces incluso en contra de nuestra voluntad. En efecto, una cosa es que, debido a la inercia de nuestros intereses más individuales, seamos lo que no hemos podido dejar de ser y otra que nos sintamos satisfechos de ser quienes somos. Es decir, yo me encuentro definido por mis actos con independencia de que estos sean a veces éticamente reprobables. La frase (“somos quienes queremos”), todo se ha de decir, es políticamente incorrecta en estos tiempos de relativización absoluta (valga la paradoja). Y la relativización hiperbólica es una fuente maldad ya que, precisamente, es por ella por la que no hay forma cabal de distinguir niveles, estadios, categorías, valores, virtudes. Gracias a la instauración del relativismo no hay posibilidad de distinguir con claridad lo bueno de lo malo. De eso se trataba. Y por eso, en esas estamos. Ya lo decía Gombrich, aunque para otros efectos: ¿Qué sentido puede ya tener la palabra Grande ante la publicidad de un producto que ofrece tres tamaños distintos, Grande, Jumbo y Mamut? Y quien dice Grande dice Bello, Bueno, Virtuoso.

Así, y después de todo, sólo “somos quienes queremos (ser)”. No quienes nos gustaría ser, sino quienes acabamos siendo. “Por sus actos los reconoceréis” se nos decía en antaño, y no deja de ser cierto. Somos quienes somos por lo que hacemos y no por lo que podríamos hacer. La película Cautivos del mal da perfecta cuenta de cómo las debilidades humanas nos conforman. O mejor: da perfecta cuenta de cómo los seres “normales” tienen todos un demonio dentro pugnando por salir al exterior en algún momento. Los tres personajes reunidos por el productor Peebbles (Walter Pidgeon) desprecian al odioso Jonathan Shields (Kirk Douglas) porque, según ellos mismos, los utilizó con fines espurios; es decir, lo desprecian porque, según ellos mismos, los utilizó para conseguir su particular objetivo, los utilizó para medrar. Lo que demuestra la película a base de tres historias contadas en flashbacks es que los tres personajes fueron siguiendo a Shields en función de sus propios intereses y que fue precisamente Shields quien les fue proporcionando lo que necesitaban para lograr ese fin, que a la postre no es otro que conseguir sus particulares intereses dentro de sus profesiones respectivas. Se nos presenta a Shields como un ser egoísta y despiadado por oposición a tres seres “normales” que se sienten usados por el malvado, pero poco a poco vamos descubriendo que los tres seres “normales” han ido concediendo ante todo aquello que pudiera acercarles a su objetivo, haciendo lo que fuera menester y creyendo fervientemente en aquello que sólo formaba parte de su fantasía.

Un perfecto engranaje de ocultaciones, falsas verdades, mentiras piadosas, sinceridades maléficas, en donde todos los personajes se mueven sinuosamente en torno a sus primordiales intereses. Lo que les hace actuar de determinada manera a la actriz Georgia Lorrison (Lana Turner), al escritor James Lee Barrow (Dick Powell) y al director Fred Amiel (Barry Sullivan) no son, después de todo, las pautas impuestas por Shields, sino su misma ansia de medrar a costa casi de lo que sea. Ninguno de los tres hubiera llegado a nada sin la “ayuda” de Shields y ninguno de los tres supo renunciar a su “ayuda” por miedo a no recibirla de otra parte. Lo único que diferencia a Shields de sus amigos es la premeditación y por tanto sus actos, que se sitúan en función del uso de una estrategia. Pero por otra parte es también el único que se conoce a sí mismo y así el único que no se engaña a sí mismo. Él es malo y lo sabe, por lo que su maldad contiene siempre un límite; es cautivo del mal. Los otros tres, más “normales”, son los que descubren el mal porque les cautiva y les acoge. Pero nunca son conscientes de ello. Para ellos el mal siempre está afuera, en gente como Shields.

Los personajes de Cautivos del mal son la perfecta representación del sujeto del hoy. Son personas que priman sus particulares intereses por encima de cualquier sentido de la ética que les pueda impedir alcanzar sus objetivos. Son, ya, el perfecto producto de la voluntad colectiva de los países civilizados. Una voluntad que siendo colectiva no deja de ser, a su vez y valga la paradoja, el producto de unas irresponsabilidades tan individuales como individualistas. Todos somos, por fin, lo mismo. No ha sido Dios sino nuestro individualismo quien ha conseguido hermanarnos. Todos somos Caín. No son pues sólo los políticos los que nos pervierten con sus malvados actos. Somos nosotros también quienes les hemos dado a los políticos las pautas de comportamiento. Ellos pueden ser Shields, pero nosotros somos Georgia, James Lee y Fred. En todo caso existe una perfecta retroalimentación entre el cautivo del mal y el cautivado por el mal. Todos son, en cualquier caso, quienes quieren. Todos somos quienes queremos.

Y en efecto; en los tiempos actuales resulta difícil encontrar una máxima más REAL que el “sálvese quien pueda”. Una máxima con la que se nos insta a diario, y a todos, a salvarnos... si podemos. Un lema instigado y propagado, sin alharacas, por quien nos lo susurra al oído, uno a uno, a todos los individuos de las sociedades civilizadas; “quien pueda, que se salve”. No se trata, pues, del arcaico y novelesco “sálvese quien pueda” gritado (por un héroe ebrio de impotencia) a instancias de la desesperación provocada por factores ajenos a nosotros mismos. No, esta vez se trata de un “sálvese quien pueda” susurrado por alguien que al parecer carece de rostro; o mejor: que sólo lo adquiere ante un reflejo especular. Una Medusa que emerge ante la desesperación provocada por nuestra inconsecuencia. Nosotros somos Medusa. Y la máxima nos guía en todas y cada una de nuestras decisiones. Como les guía a Georgia, James Lee y Fred, que tan prontamente juzgan a los demás como tan prontamente se olvidan de juzgarse a sí mismos.

domingo, junio 06, 2010

El ínclito y la maldad del gerundio

Todo tiene un límite. De hecho es aquello que lo sobrepasa lo que nos advierte del exceso, de la desmesura, de la desproporción; es decir, detrás del límite, más allá del límite, es donde se encontraría todo aquello que se sitúa alejado de la virtud. Para entenderlo pondré un ejemplo. En el diccionario la palabra gordo sería definida de la siguiente forma: persona corpulenta.

Pero dadas las condiciones que (más allá de los casos patológicos) conforman la gordura (el sobrepeso), la palabra gordo podría definirse de esta otra forma: persona que estuvo engordando. Un gordo no es, al fin y al cabo, más que una persona que estuvo haciéndose corpulento. En efecto, como es bien sabido, un gordo no surge de la noche a la mañana. Es más, se requiere cierta constancia y algo de paciencia para llegar a tener un aspecto que induzca al calificativo de gordo ante una necesaria descripción física. Un gordo es, pues, una persona que fue ignorando aquello que se encontraba causando la gordura. Día a día, semana a semana, mes a mes. En un proceso del que se es inevitablemente consciente en la medida en que, día a día, se van creando conscientemente (que no voluntariamente) las causas que van induciendo a la gordura.

Desde hace más de dos años la cifra de parados ha ido aumentando a velocidades vertiginosas, día a día, semana a semana, mes a mes. En un proceso que no podía ser ignorado por el principal responsable (y causante) del mismo proceso, cuando no, además, el de su mismo origen. El brutal aumento de parados que se ha ido produciendo, día a día, durante algo más de dos años no es sino la consecuencia de dejar que día a día fuera creciendo el número de parados de forma alarmante. No puede ser otra cosa que la consecuencia de la incompetencia del causante de los hechos; causante en la medida en la que día a día iba ignorando las cifras que le señalaban como la causa del problema. Ignorando en ese día a día lo que en ese mismo día adía iba aumentando. El causante, el único responsable: el ínclito.

Durante su primera legislatura, el ínclito sólo tuvo dos objetivos reales: hacer política social y destruir a la derecha. Sólo esas dos. O sea, durante su primera legislatura sólo tuvo en mente una cosa: las siguientes elecciones. O por decirlo de otra manera más realista, sólo tuvo presente su Gloria. En efecto, y digámoslo de la forma en la que nadie se lleve a engaño: llevamos casi 8 años en manos de alguien cuya metodología de gobierno es la Guerra, pues toda Guerra consiste en la destrucción de un adversario como forma de acceso al poder de la Gloria, a la gloria del Poder. Y es la Guerra, esa Guerra por él instigada, la que le ha llevado a ese estado de catalepsia en la que sólo sabe de lo que sabe: de la Guerra. Lo sacas de la Guerra, esa Guerra en la que lleva 7 años inmerso por su propia voluntad, y sólo sabe balbucear. Le preguntas al ínclito por el paro y te responde “la derecha ser mala (punto) tenemos que encontrar el cadáver de García Lorca (punto)”.

Durante los primeros 4 años la máxima obsesión del ínclito fue, antes que gobernar, destruir a la derecha y por tanto "sólo gobernó" a los de su cuerda ideológica. El ínclito nunca quiso gobernar a quienes no compartían su ideología, le repugna(ba) gobernar a quien es (era) afín del partido que había que destruir. La máxima que le ha guiado durante estos 6 años ha sido la de creer “con convicción” que si moría el perro se acabaría la rabia y es por eso que había que “matar” al adversario y por supuesto a todos aquellos que el adversario representaba; así: la Guerra. Consiguió los aliados pertinentes para que todo fuera desarrollándose bajo esos auspicios. Y muchos le apoyaron en ese afán destructor. Ignorando con saña (despreciando) no tanto a un partido más o menos conservador cuanto a la casi mitad de los españoles que lo votaron. Así, no conformándose con ignorar a esa otra mitad a la que no cree (ni quiere) representar el ínclito necesitó humillarla. Y aun cuando ese esfuerzo le pudiera despistar en sus deberes primordiales, se centró en él mientras olvidaba día a día, semana a semana y mes a mes a todas esas personas que iban sumando a la desesperación.

Para el ínclito el mundo sólo sería habitable cuando desaparecieran de la tierra todos los votantes del partido que había que destruir. Y por eso se emocionó tanto cuando Obama ganó las elecciones, pero no tanto debido a lo que Obama podría hacer por su propio país (o por el mundo) cuanto por lo que él, el ínclito, podría hacer por Obama. Y se imaginó a sí mismo siendo el asesor del que iba a ser su gran amigo, Obama. Se imaginó a sí mismo siendo admirado por el presidente de EEUU. Así es nuestro ínclito. Así es quien nos gobierna con soberbia sonrisa mientras día a día crece el número de pobres en España.

Y no sintiéndose responsable de nada de lo acaecido desoyó todas críticas que desde durante dos años provinieron de sus adversarios (moribundos, eso sí). ¿Cómo iba el ínclito a escuchar los consejos de un ente despreciable (tanto en sentido cualitativo como cuantitativo); de un ente que sólo merecía la extinción? Y aquí es donde el ínclito se topó con su propio destino, como es sabido. El que en sus fantasías mesiánicas debía ser su amiguito del alma lo llamó por teléfono desde EEUU y le dijo, “y ahora vas a dar dos volteretas con tirabuzón, y después te vas a la cama sin ducharte”. Al día siguiente el ínclito dio dos volteretas alambicadas y chapuceras, remató con un tirabuzón tembloroso y dijo “y todo aquel que quiera ducharse después de mis volteretas es que no es un patriota”. Y así es que los cinco millones de parados son, para el ínclito que los ha ido amasando, unos antipatriotas.

Nota. Habrá alguien, seguramente no muy habituado a leer (o demasiado habituado a la TV), que habrá querido ver en el texto una defensa de la derecha. Y habrá alguien, quizá más malicioso, que habrá querido ver en el texto una defensa del Partido Popular. Nada más lejos de la realidad. Ni siquiera es, en esta ocasión, una crítica a la clase política, entre otras cosas porque aunque pudiera ser legítima e incluso pertinente sigo sosteniendo que los “políticos son nosotros”. No, este texto sólo hace referencia, no tanto a un político cuanto al ínclito, alguien con un espíritu mesiánico de magnitudes paranormales; alguien que día a día, semana a semana y mes a mes ha ido revelando su desmedida ambición, su perversa soberbia; alguien cuyo gabinete estaría formado, por decreto inclitiano, sólo por personas sumisas a su ego. En efecto, el ínclito no ha cambiado un ápice, durante estos dos últimos desastrosos años, su actitud política (respecto al problema laboral) aun cuando día a día y semana a semana esa actitud fuera destrozando vidas en progresión aritmética. Hasta que fue obligado, desde “fuera”, a cambiarla. Por eso ante la pregunta ¿pudo la derecha haberlo hecho mejor en lo que respecta a esta crisis laboral que de alguna manera fue engordada por quien tanto la negó? Y es entonces cuando hay que contestar, sin complejos, “por supuesto que sí, pero no tanto debido a la cualificación de sus representantes cuanto porque cualquiera lo hubiera sabido hacer mejor que el ínclito, el inepto, el prepotente, el maléfico”.

martes, junio 01, 2010

Sujetos sujetados por los pelos

Tengo un alumno en el curso de la mañana, llamémoslo David, que podría calificar de aceptable. O sea, se trata de uno de los mejores alumnos del curso de la mañana. Es bastante puntual, viene a clase con frecuencia y parece que me escucha. Es decir, es de los mejores porque está y porque me mira. Si como decía Bekett “ser es ser percibido”, en el curso de la mañana yo existo gracias a los dos o tres que parecen atenderme. Así, siendo sólo aceptable resulta ser de los mejores: tan curioso como significativo. Es delgado, longilíneo, de tez blanquecina y su cabeza se encuentra coronada por una semicresta que se sustenta con fijador. Sus formas de comunicación son algo introvertidas debido a su evidente timidez. Habla bajo y relajado, baja la cabeza cuando lo hace y si sonríe agudiza su timidez girando la cabeza y cambiando el color de su epidermis. En cualquier caso y en contra de lo previsible es de los pocos con quien mantengo conversaciones cuando acaban las clases. Una vez le pregunté acerca de la música que escuchaba a través de esos auriculares que sólo se quitaba ante mis exigencias pedagógicas. Me contestó que probablemente no me gustara, pero que si yo aceptaba me dejaba escuchar para no tener que explicarme algo que no entendería. Accedí. Me puse los auriculares. Antes de continuar debo decir que esto pasó a los dos meses de empezar el curso, allá por Noviembre. Pues bien, me puse los auriculares durante dos o tres minutos. Y aún no me he recuperado. No sabía siquiera que tal cosa pudiera existir, pero mucho menos que eso pudiera tener adeptos. El heavy metal más bruto se quedaría, al lado de esto, en una mezcla de Ray Conniff con James Last.

Lo primero que pensé es que me había puesto uno de los temas extremos de su grabación, pero él enseguida se encargó de desmentirlo y me demostró que absolutamente toda la grabación estaba compuesta por ese ruido agudo, hiriente, abstracto, infernal. Y me lo decía con la modestia y la humildad de uno de los pocos alumnos que contenía esas virtudes. Su amigo y compañero, que se encontraba presente en la conversación, no sólo asentía y confirmaba todo, sino que además apostillaba todas sus respuestas aportando un matiz que debía ser importante, pues sintió que debía repetirlo al menos tres veces. Así, su compañero y colega: “David es una persona feliz”, “(David) es la persona más feliz que conozco”, “(David) es superfeliz”. Apostillas que se debieron, con toda probabilidad, a mis expresadas dudas respecto a las consecuencias que podían derivarse de la escucha reiterada de ese exacerbado ruido.

Ante mi expresa perplejidad y mi manifiesta e impulsiva ansia de conocimiento mis alumnos se fueron creciendo. No tardó David en ponerme un vídeo del grupo en cuestión que intenté ver a través de su teléfono móvil de última generación. Y en efecto, lo que sonoramente era incomprensible visualmente era igual de incomprensible. Así, el conjunto era de una coherencia extrema. Ante las palabras de apoyo moral de su compañero (se conocían ambos desde niños por haber estudiado en el mismo colegio) David aseguró ser una persona sencilla, equilibrada y feliz; y que esa música (¿) le venía muy bien para relajarse. Yo, dados todos mis posibles elementos de juicio, los que se coligen de observarlo de reojo desde hace ahora 9 meses, me lo creo; es sin duda uno de los alumnos más serenos, si no el más, del grupo de la mañana.

El otro día nos pusimos a hablar de cine y como no podía ser de otra forma me sorprendió. Yo, que llevo toda mi vida dedicado al cine y por tanto he procurado siempre estar bien informado, no sabía de qué me hablaba. Me habló de sus gustos en genérico y después pasó a lo concreto. De lo genérico vino a confesarme rápidamente su gusto por lo perverso, cruel y sádico. No había concesiones en sus gustos naturalmente aceptados. Por lo que no había ni un ápice de extrañeza ante tal gusto; era para él absolutamente NORMAL el hecho de tener ese particular gusto. Se había aprendido perfectamente la lección que los adultos le habían inculcado desde pequeño; a saber: que cada uno tiene derecho a ser quien quiere y todo gusto es tan legítimo y natural como cualquier otro. Así, el gusto por el dolor y el sufrimiento de los personajes fílmicos era para él NORMAL. Como no le hacía daño a nadie era para él NORMAL y, claro, legítimo, que pudiera gustar de películas que se fundamentaban en el sadismo extremo. Todas las películas que le gustan cuentan con personajes malvados que infligen dolor y sufrimiento a partir de una crueldad exacerbada; o con juegos macabros que terminan con decapitaciones parsimoniosas. Como yo no me hacía una idea cabal de lo que me contaba me dijo: “la semana que viene te traigo una película, las ves y ya me cuentas”. Y añadió, “se trata de la primera de una saga y es posiblemente la más floja de las 6. Una de ellas está prohibida en EEUU”.

He de reconocer que me asusté ante el hecho de tener que verla porque me siento una persona sensible ante el dolor ajeno ya sea real o ficcional. Aún recuerdo lo mal que lo pasé viendo la primera versión Funny games, por muy inteligente que pudiera parecerme el fin último de las intelectuales pretensiones del Michael Haneke. La verdad es que no encontré el momento de verla hasta dos semanas después. Le había cogido auténtico miedo sin saber nada de ella, sólo que le gustaba a mi alumno, ese alumno sereno, educado y cortés de los martes por la mañana. La tuve que ver partida en tres sesiones y buscando siempre que no coincidiera con el momento previo a irme a la cama. Conclusión: salvaje. De factura, eso sí, muy correcta, pero salvaje. Y según me cuentan es la más floja de las 6 en lo que respecta a la crueldad. No quiero pensar cómo será la prohibida en EEUU.

El martes siguiente le devolví la película procurando ser sincero al tiempo que cortés. Verbalizando mi análisis comprobé que me había gustado más de lo que la visualización me había dado a entender. De hecho, igual que me sucedió con Funny games. Sin embargo, las diferencias entre mi alumno y yo son varias y muy significativas; la primera es que yo no puedo evitar el intelectualizar mi experiencia perceptiva, algo que él no hace; la segunda es que mi bagaje cultural cinematográfico me permite analizar mi gusto en función de un conocimiento (histórico) del medio, mientras él no sabe quién fue Spencer Tracy; tercera que yo no disfruté viendo la película y él sí; y cuarta que yo no tengo ninguna intención de ver las 5 películas restantes de la saga y él las revé siempre que puede.

Aproveché para darle mi opinión en público, de tal forma podría saber algo más acerca de sus argumentos y podríamos ponerlos a prueba ante sus compañeros. La verdadera sorpresa me sobrevino al comprobar que absolutamente todos los alumnos del martes por la mañana habían visto las películas de esa saga. Indagué en el grupo de la tarde: todos las habían visto también. Y todos opinaban acerca de ellas con extrema naturalidad; es decir, opinaban acerca de ellas como si les parecieran unas películas más y no como si les parecieran películas anormales. Aun con las diferencias propias de cada particularidad todos opinaban que la saga era interesante porque contaba con un verdadero suspense poco propio del terror más zafio. Así, todos a favor. No todos llegaban tan lejos como David, pero al parecer nadie se sintió afectado por esas películas.

Según la filosofía antigua el fin último de la vida es la felicidad, fin perfecto y Bien Supremo. Mi alumno vive en un estado de completa satisfacción. A pesar de sus (dudosos y cuestionables) gustos; o precisamente debido a ellos, pues son el producto de la libertad. La felicidad consiste en eso, en ser un estado caracterizado por la dicha y la satisfacción y no un estado caracterizado por la desdicha y la inquietud. A mi alumno, por tanto, la existencia de la crueldad y el sadismo, si bien es cierto que ficcionales, no le crean inquietud alguna, más bien al contrario le ayudan a relajarse. Y al resto de sus compañeros tampoco les inquieta demasiado aquello a lo que están acostumbrados. Porque sólo la costumbre, el hábito, puede ser la causa de la desafección, la indiferencia o la insensibilidad ante algo tan poderoso como es el dolor injustificado o el sufrimiento infligido.

Desde el punto de vista de la sociología las costumbres son el conjunto de prácticas o modos de comportarse que se pueden observar en una sociedad dada. Los representantes más jóvenes de nuestra sociedad son estos: los que gracias al uso que desde pequeños han hecho de Internet ya no se sorprenden ante las imágenes pornográficas más salvajes y más degeneradas, ni ante las imágenes violentas más sádicas y más crueles (y en este caso reales, ya no ficcionales). Otra cosa es que la sensatez de muchos (¿) de ellos les sirva sólo para haber conocido esas imágenes y no para convertirse en adictos a ellas. En cualquier caso, y a las pruebas me remito, ningún joven ha escapado de ver las barbaridades que circulan por Internet. Ninguno. Ya sea para verlas allí mismo o para conocer la forma de acceder a ellas (bajándoselas, pasándoselas).

Hace poco le contaba todo esto a la joven y dulce hija de unos amigos. Se lo contaba, claro, manifestando mi perplejidad y mi inquietud. Cuando me encontraba a mitad de la historia me interrumpió cortésmente y me dijo, “la película de la que hablas no será Saw, ¿verdad?”. Desconcertado le dije “sí, ¿cómo lo sabes?”, a lo que ella respondió, “¿cuál de las 6?”.

Post Scriptum. Hay una secuencia muy emocionante en la película En nombre de la rosa (no he leído el libro); una secuencia que me resulta emocionante debido, precisamente, a la misma emoción que que se desprende del protagonista.

Me emociono ante un estudioso franciscano emocionado de la misma forma que emociona Lo sublime. No hacen falta paisajes poderosos, ni grandes tormentas, ni acantilados, ni magnos incendios forestales para despertar el sentimiento de Lo sublime. O mejor, no son sólo este tipo de experiencias las que pueden conducirnos a Lo sublime. Lo que en un momento dado aparece ante los ojos de Guillermo de Baskerville es uno de los espectáculos más sublimes con los que se puede enfrentar un ser humano: el del CONOCIMIENTO. En efecto, durante sus pesquisas investigatorias, el fraile franciscano se encuentra ante, como él mismo la describe entusiasmado, una de las bibliotecas más grandes de la Historia de la Humanidad. Y se emociona ante el conocimiento que todos esos libros contienen aún sabiendo que todo ese conocimiento allí albergado no es sino un muy minúsculo grano de arena del verdadero Saber. A Guillermo le tiembla el pulso ante todos esos libros, los ojos le brillan y le tiembla la voz. Su entusiasmo es indescriptible e inenarrable. No hay gestos ni palabras que puedan traducir la experiencia de Lo sublime. En el momento en que descubre la biblioteca el fraile se encuentra ya poseído y no puede, por tanto, ser dueño de sus palabras. No puede dar cuenta cabal de su experiencia, por lo que sólo puede balbuear. Se ha topado con Lo sublime.

Bajo mi punto de vista el sentimiento de Guillermo de Baskerville es un sentimiento noble, por lo que su inenarrable experiencia es edificante y ejemplar aún cuando sólo podamos intuirla o imaginarla. El gusto por el Conocimiento, así como la voluntad de acceso a la Bondad, son para mí las únicas predisposiciones vitales que pueden redimir al ser humano de sus miserias.

Mutatis mutandi. Hace poco salió publicada, en las portadas de todos los periódicos, la fotografía que mostraba a un torero en el momento trágico de la cogida. La imagen era espectacular: el hasta le entraba por la garganta y le salía por la boca. En lo que a mí respecta, pura pornografía. Por perfectamente innecesaria. A partir de ese día, y en todos los "youtube" posibles, el vídeo más visto de esos día: un vídeo que recoge las cogidas más espectaculares y sangrientas de los últimos años, todas juntas, una detrás de otra, todas las cogidas más sangrientas. El vídeo más visto. El más visto por todos aquellos que disfrutan viendo, también, accidentes de tráfico en programas específicos de televisión, persecuciones, peleas entre estudiantes, caídas de motociclistas, tanganas deportivas...