lunes, junio 27, 2011
¡Malditos!
Hace ahora 17 años vi por televisión las imágenes que más me han impactado en todo mi vida. Las vi en un telediario mientras comía y retornan a mi memoria con una frecuencia pertinaz y nada previsible. Fueron imágenes desgarradoras que se volcaron a los espectadores con la típica aquiescencia informativa de muchos noticiarios y se les otorgó, en aquel momento, la misma importancia que se les otorgaba a los fallecimientos de motociclista que colisionan con una medianera. Fue en parte por eso por lo que el impacto producido en mí fue mayor. Las imágenes extremadamente violentas venían comentadas, cómo decirlo, como con la naturalidad propia de quien viene a mostrar y corroborar lo que se espera del día a día en un mundo ya habituado al desastre. Sin aspavientos, pues, con una mezcla de sorpresa y conformismo. Y sobre todo, como si la cosa no fuera tan grave como lo que las imágenes parecían indicar. Y sobre todo, como si no fuera con ellos, es decir, con nosotros.
Sucedió, como digo, en 1994 y me refiero a esas imágenes en las que aparecían un grupo numeroso de hutus persiguiendo a machetazos a un puñado de tutsis. Los primeros eran negros de Ruanda, armaban unos machetes tremendos y sus rostros mostraban un grado de ira indescriptible, los segundos eran negros de Ruanda y corrían con la cara desencajada mientras recibían unos machetazos que les iban abriendo las carnes en varias partes de su cuerpo. Los negros tutsis intentaban escapar de esa muerte salvaje pero no lo conseguían. Las cámaras de televisión se encargaron de mostrárnoslo con toda la claridad y crudeza posibles: en la despiadada carrera persecutoria los hutus siempre llegaban a los tutsis y los masacraban abriéndoles las carnes de los brazos, de la espalda, de la cabeza, de las piernas y del abdomen. Y eso lo vimos porque las cámaras estaban allí, pero lo que no fueron capaces de mostrarnos fue lo que no vimos, el otro lado de la luna: las cientos de miles de violaciones cometidas contra las mujeres tutsis.
He de añadir que mi conmoción no se produjo tanto debido a las imágenes, que desde luego también, cuanto por el carácter rutinario con el que fue siendo dada la noticia de lo sucedido en Ruanda durante varias semanas. Nadie de la Comunidad Europea alzó la voz demasiado fuerte. La ONU se rascaba la coronilla y los progres, esos mismos pogres que después se manifestarían en tromba por la guerra en Irak, estaban en las Maldivas con un mojito entre las manos y debajo de una sombrilla. O acariciando una foca.
Titular de hoy (25 de Junio de 2011) en El País: “La justicia de la ONU condena a la primera mujer por genocidio”. Una vez más la Historia se repite y comprobamos con estupefacción cómo la ceguera de un presente continuo no es más que el producto de una mirada aviesa y pervertida, valga la paradoja (como sucedió con la invasión nazi. Vista aviesa, vista gorda: ceguera). Internacional y políticamente nadie pareció conmoverse demasiado ante un problema demasiado ajeno y complicado. Ahora, Pauline Nyramasuhuko, de 65 años, de la etnia hutu y antigua ministra ruandesa de Familia, “es la primera mujer condenada a cadena perpetua por genocidio. El Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Tanzania, la señaló ayer como responsable de haber organizado el secuestro y la violación de mujeres y niñas tutsis”. ¡AYER!
Dice además, y esto es lo significativo: el gobierno hutu “dejó en 1994, según la ONU, unos 800.000 muertos. Hasta 500.000 mujeres fueron violadas y acabaron infectadas con el virus de del sida. Para conservar su influencia en África y el acceso a las materias primas, la comunidad internacional no reaccionó a tiempo. Tampoco usó al principio el término genocidio, que le hubiera obligado a intervenir”. ¡AL PRINCIPIO!
¿Dónde están ahora esos malditos progres que veranearon todo el 1994 en las Maldivas? ¿Dónde están ahora esos malditos progres que enarbolan una pancarta que dice “¡Abajo el capital!” mientras a diario mueren decenas de civiles en Afganistán y en Libia? Ya digo: si alguien me llamara hijo de puta (o reaccionario) desde la ventanilla de un coche (o desde detrás de una masa parecida a la que persigue a Rosa Díez o a Albert Rivera) yo me sentiría contrariado pero no ofendido. Lo siento, pero no puedo con quienes creen fervientemente en su superioridad moral.
miércoles, junio 15, 2011
Del rito desmitologizado: “¡No hay banda!”
Es decir, nos encontramos en un momento que conjuga de forma ingeniosa el relativismo más pragmático con el buenismo resultante de la implantación que de una Cultura de la Queja sumamente rentable para los poderes fácticos. Y no se trata de afirmar desde el catastrofismo reaccionario sino de describir los signos de un presente (que ya dura 30 años) que representa la realidad con la que contamos. Así, lo dicho en el primer párrafo no será otra cosa que la mera descripción de un estado de las cosas que no sería cuestionable en la medida en la que sería confirmado por quienes habiendo sido los artífices de dicho estado se sienten apoyados por quienes no fueron oponiendo objeción alguna al nuevo “orden”. O dicho de otra forma: nos encontramos ante un estado de las cosas que no deja de ser el producto de una imposición vertical y de una connivencia horizontal. La Corrección Política se ha demostrado como la más perversa forma de Poder, pues ha atado de pies y manos a todo aquel que quiera medrar, sea liberal o sea progresista en cualquiera de su grados. Nadie con aspiraciones reales de desarrollo “profesional” se libra de la obligación de ser políticamente correcto. Nadie se libra: nadie será libre.
Pero, ¿con qué se correspondería exactamente el término buenismo? Una buena respuesta sería que buenismo no es más que una actitud que se identifica con el famoso aserto que representa el comienzo de ese presente que ya dura 30 años; a saber: “todos somos artistas” (Beuys dixit). Así, buenismo sería, en arte, una actitud que infringiera sobre el espectador NO experto la mayor de las humillaciones posibles. Sobre todo si tenemos en cuenta que se produce, justo y exactamente, en ese momento histórico en el que toda afirmación es la imposición derivada de un relativismo mesiánico. La afirmación “todos somos artistas” sólo puede esgrimirse desde la demiúrgia. Algo que, por otra parte, sólo puede agrandar la distancia que separa a los iniciados de los profanos (a lo sagrado de lo profano). Nada hay peor que decirle a un pobre que es rico. Sobre todo cuando es un rico quien se lo dice y cuando el pobre quiere comer y no puede. Nada hay peor que suspender a un alumno al que se le ha conculcado que nada es Verdad y que todo Saber es coyuntural.
Por tanto, el problema no deviene tanto de la esencia de un determinado estado de las cosas, el que se deriva de vivir un mundo conformado por un relativismo buenista, cuanto de vivir en un mundo en el que el sujeto se da constantemente de bruces con lo real debido, precisamente, a la experiencia atroz de habitar en una paradoja insalvable que constantemente demuestra que ni todo es tan relativo como se dice ni nadie es tan bueno como dice ser. Una paradoja (maligna) de la que todos serían culpables habida cuenta de que ha brá sido aceptada por puro egoísmo (indiviualismo atroz). No es el buenismo (Corrección Política) lo que le ata de pies y manos al sujeto del hoy, sino la imposibilidad de renunciar a él una vez lo ha aceptado el mismo sujeto que se sujeta a lo social a través de un Estado hipócritamente paternalista.
Addenda. “¡No hay banda!”, decía un personaje de Moholland Drive (David Lynch) para demostrarnos que detrás de una cantante que nos conmueve no hay realmente nada. La mujer que canta y que con su canción logra emocionar a las protagonistas se desmaya a mitad canción y sin embargo la música y la voz continúan. Detrás de la cantante se encontraba, pues, lo que sostenía el simulacro, un simulacro del que ella era partícipe. Sólo un play back que no hacía otra cosa que sustituir a una Realidad desprestigiada por su obsolescencia anunciada. Pero ¡No hay banda! no significa que no haya realmente NADA, sino simplemente que es la banda lo que falta. Y faltando la banda falta la esencia que verdaderamente podría otorgar un sentido a la emocionante experiencia del directo y por tanto que ese sentido pudiera considerarse causa noble de un sentimiento profundo, el que a ellas les une. Lo que queda sin la banda es, precisamente, nada, porque nada es lo que sustenta, ya, la emoción provocada al principio, cuando la razón se encontraba unida a la lógica y a la emoción; porque nada es lo que queda cuando se descubre la mentira, la NO Verdad. No era la mujer quien cantaba con ese sentimiento que provocaba la emoción de las protagonistas.
Las mujeres se emocionan viendo y escuchando la sentida actuación de la cantante. Sienten profundamente que su experiencia las une y por eso lloran de emoción, abrazadas. Pero, de repente, la cantante se desmaya y la voz y la música continúan. ¿Qué hacer?, ¿cómo responder ante la extraña nada que les queda?, ¿cómo reaccionar con la emoción sentida a través de una mentira? Esa es la cuestión: qué hacer. ¿Puede sostenerse el sentimiento profundo? O mejor, ¿puede ser profundo el sentimiento una vez descubierta la falsedad de lo que lo ha provocado? O yendo más lejos aún, ¿puede haber ya distinción entre causas nobles y causas subsidiarias cuando hablamos de sentimientos? ¿Son las subsidiarias menos legítimas? Suponiendo que no se trate de una cuestión de legitimidad, ¿podrían denominarse y entenderse como emociones de segundo grado aquellas que provinieran de cierta virtualidad (simulacro)? ¿Acaso no existe un componente frustrante en despertar de un sueño en el que estábamos viviendo una experiencia Ideal?
Si la cantante se desmaya carece de sentido seguir viendo y escuchando… nada, pues era la asociación de Realidad y Verdad lo que provocaba el sentimiento profundo. Nada hay que sentir. Porque, en verdad, es nada lo que queda si el efecto –en ellas producido- YA NO se corresponde con una causa coherente; nada es lo que puede sustentar ya el sentimiento profundo –por ellas expresado-, pues fue provocado por un simulacro. No es la carencia de causa, es la carencia de coherencia entre causa y efecto lo que confunde, lo que desconcierta. Y recordemos ¡No hay banda!, como enérgica interjección, como con el cierto enfado necesario que constata aquello que todo el mundo debería saber: que “¡No hay banda!” les dice a los espectadores el maestro de ceremonias con un tono de advertencia, pero también amonestador. Así, la interjección imperativa se convierte en una riña a los incautos (que confunden la realidad con el sueño) y a los prepotentes (que aseguran que la realidad es sólo un constructo lingüístico).
En efecto: a los incautos les dice que no hay banda, que la realidad les engaña con uno de sus múltiples trucos, el simulacro, ese truco que consiste en renegar del concepto de verdad con el fin de igualar toda experiencia. Y el maestro de ceremonias lleva razón, pues la confusión que produce la indiferenciación de realidades (verdadera/virtual) es la que lleva a la protagonista al desastre. Y a los prepotentes les dice que no hay banda, esto es, que lo que NO hay es, sólo, una banda. Y el maestro de ceremonias lleva razón porque el hecho de no haber banda no impide a la realidad real imponerse (siempre). La realidad podrá ser un constructo lingüístico, pero si no mides bien las distancias puedes abrirte la cabeza con un saliente. En realidad no hay más ciego que el que no quiere ver, viene a decir el maestro de ceremonias. Así, nada, en cursiva.
¿Qué hacer, entonces? De hecho, la emergencia de lo real –imprevisible- cortorcircuita el estado emocional de las protagonistas y aboca a una de ellas al suicidio. Decía más arriba ¿podrían denominarse y entenderse como emociones de segundo grado aquellas que provinieran de cierta virtualidad (simulacro)? ¿Acaso no existe un componente frustrante en despertar de un sueño en el que estábamos viviendo una experiencia Ideal? ¿No es la frustración un estado inconveniente?
(Este texto se corresponde con el capítulo 8 de un libro –inédito- que se llama Aprendizaje del desapego. 18 razones para abandonar la práctica artística. Un libro que se encuentra en busca de editor)
domingo, junio 12, 2011
Decadencia
Los signos no son, en definitiva, más que microhechos traslúcidos. Un militar en combate no sabe nada de la enjundia histórica de su momento y sin embargo puede ser perfecto intérprete -conocedor- de los signos que acabarán definiendo ese momento histórico. O por decirlo de otra manera: son muchas las lecturas que pueden hacerse de los signos o de un hecho (y si no muchas, sí algunas), pero de lo que no hay duda (¿o sí?) es de que habrá respecto a dichos signos y hechos interpretaciones mejores y peores, mejores en la medida en que serán más precisas, más cotejables, más lúcidas, más verificables. Así, lo que verdaderamente resulta difícil no es tanto interpretar los signos como hacerlo acertadamente.
Cuando ante un acontecimiento emergen este tipo de interpretaciones lúcidas todas las demás quedan perfectamente desvaídas y a veces obsoletas. La diferencia no tendría por qué medirse a partir de una gran tesis central; la diferencia podría encontrarse en una simple cuestión de matices. Para excusar su incompetencia hermenéutica muchos exegetas profesionales (o no) se escudan en la necesidad de una perspectiva histórica que remite a la imposibilidad de juzgar el acontecimiento reciente. ¡Pamplinas!, vivir el momento es vivir el momento histórico por mucho que éste carezca de denominación. Narrar con lucidez y precisión la experiencia de actuar como un jacobino en una época convulsa no impide al jacobino saber nada acerca de La Revolución Francesa.
Escuchemos ahora con atención este texto que se expresa acerca de la vida urbana: “[…], esta organización colosal de la vida moderna, este funcionamiento perfecto e indestructible de sus servicios, esta continuidad inalterable de su actividad que desafía todas las amenazas exteriores y da seguridad y confianza al ciudadano, es totalmente ajena e independiente de las funciones superiores del Estado y aun de la vida misma de éste. El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen un minuto ni los periódicos dejen de publicar una sola edición”.
Bien podría este texto ser el producto del análisis de unos signos cercanos y evidentes; bien podría ser un pensamiento deducido a partir unos hechos concretos y próximos. Porque, en cualquier caso, los signos no son sino hechos en miniatura. Bien podría, por tanto, ser este texto un aviso para navegantes contemporáneos. Que NO lo es: se trata de un fragmento de La agonía de Francia en la que Chaves Nogales describe magistralmente cómo se rinde una gran ciudad. En 1940 y a base de interpretaciones, precisas, lúcidas, verificables. Las tesis del periodista es, en contra de creencia común, que la causa del desmoronamiento francés, no se encontraba tanto en una debilitación de la democrcia como en una suerte de decadencia; y no tanto una decadencia intelectual como una decadencia espiritual que se daba, además, no tanto en el gobierno y los poderes fácticos como en el mismo ciudadano de a pie.
No todo el mundo tiene la misma capacidad para interpretar los acontecimientos. Ni todo el mundo tiene la misma capacidad para “leer”, en la cotempraneidad, los signos que presagian un estadio (que será histórico) que aún carece de denominación.
Y a Spengler se le sigue considerando un agorero.
jueves, junio 09, 2011
¡Indignaos!
Ha caído en mis manos el folleto de la V edición de Cortometrajes por la Igualdad. Las bases de la convocatoria contienen 13 puntos. El primero y más importante de ellos reza: “Podrán participar todas aquellas personas que lo deseen y en sus obras se trate cualquiera de las temáticas sociales relacionadas con la discriminación de la mujer y su lucha por la igualdad: coeducación, violencia de género, acoso o abuso sexual, roles históricos, participación de la mujer en la vida social, conciliación con la vida laboral, políticas de igualdad, techo de cristal, invisibilidad, discriminación laboral o salarial, etc.”
Como puede observarse desde el principio se encuentra dirigido a… personas; ni a ciborgs, ni a replicantes, ni a ningún tipo de engendro, sino a personas. Y además a todas aquellas que, además de serlo, contengan el deseo de ser participantes, participantes de un concurso de cortometrajes. Así: dirigido a personas que deseen reconocimiento a través del ejercicio creativo, artístico. Y ¿cómo podríamos denominar a esas personas? La respuesta en la misma primera base: “no podrán presentarse más de 2 obras por autora/or”. Ya sabemos, por tanto, cómo se denominan las personas creativas: autoras/es.
Lo comprobamos en la segunda de las bases, que comienza así: “Será de libre elección, se admitirán todos los géneros creativos audiovisuales en los que la/el autora/or haya decidido expresarse”. En fin, personas todas. Como puede confirmar la cuarta base que termina explicando lo que debe contener el sobre entregado: “En el sobre en el que se envíe constará el título Cortometrajes por la Igualdad y en el remite los datos del autor/a/es”. Y cuando ya todo parecía haber llegado al límite llega la penúltima de las bases que termina diciendo: “La presentación y/o posible selección del cortometraje para su edición posterior implica ya la cesión de estos derechos por parte del/la/os autor/a/es.
La corrección política es el verdadero cáncer que ha creado ese mostrenco estado de las cosas que, al margen de lo enunciado, con razón denuncian los “militantes” del 15 M, pero se encuentra tan bien instalada que desde lo social nadie puede escapar a ella. Ni el sector más institucionalizado ni el más progresista. Así pues, están ambos sectores atados de pies y manos por el verdadero causante de nuestra degradación. Es decir, no hay solución posible respecto a los asuntos que de alguna forma se encuentren contaminados por una fuerza fundamentada en la hipocresía. Nadie que quiera medrar puede permitirse el lujo de ser incorrecto, ni siquiera los indignados. Yo no me siento con la fuerza de defender ciertas causas nobles porque no creo ni en mi beatitud ni la presupuesta nobleza. Y por eso soy un desalmado.
Zeitgeist (o el discurso inevitable)
Es en el “tal” donde se encuentra la clave de una respuesta que, siendo exacta, no puede sino ser perfectamente representativa del discurso ACTUAL. Uno de mis alumnos fue narrándome (durante la primera semana) el transcurso de los acontecimientos que se iban produciendo en la Plaza del Ayuntamiento. Nunca lo había visto tan excitado. Al parecer le subía mucho la adrenalina un hecho que se producía todos los días: le daban un megáfono a todo aquel que tuviera algo que decir. En la conversación deduje que no era exactamente excitación lo que le producía ese hecho, esa “actividad”, sino más bien, emoción. Azuzó mi curiosidad. Fui.
Y no se trata de afirmar que carecieran de razones los activistas, sino de confirmar que lo que no tenían era discurso. Más allá, claro, de la enumeración absolutamente naïf, de las causas de un malestar. La gente cogía el megáfono y hablaba. ¡Pues claro, como no podía ser de otra forma! Las palabras son el hogar del ser humano. Pero no se puede hablar con propiedad sin un discurso elaborado. O mejor, sin posibilidad de discurso todo lo hablado no es más que pura filfa. Cháchara. Sin embargo, lo que les había congregado era, precisamente, la necesidad del decir; la necesidad de comunicar. Pero, ¿es posible comunicar algo –político- eficazmente sin que haya, detrás de todo ello, la posibilidad de un discurso estructurado? Pienso en mi alumno –que lo conozco hace 4 años- y me contesto: no. ¿Y cuál sería la causa de que mi alumno (y por extensión la mayoría de acampados) carezca de la posibilidad de discurso? Respuesta categórica: la falta de lectura.
Nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística, por lo que sólo profundizando en el lenguaje puede el sujeto abandonar la inmadurez de lo superficial. La palabra “inteligir” procede de “intus legere”, leer dentro de las cosas. Algo que se corresponde, exactamente, con lo contrario de lo que hacen las nuevas generaciones, las generaciones nacidas con internet. Están perfectamente informadas y saben lo que quieren con mayor precisión de lo que lo sabían los rebeldes de otras épocas. Lo que no tienen es, en efecto, discurso. Porque no pueden, porque les ha podido siempre “lo inmediato”, esa categoría que sólo puede asociarse a lo circunstancial, lo efímero, lo pasajero: lo hilvanado. En dos horas pueden obtener la información que hace años costaba adquirir semanas, pero estiras del hilillo y toda esa información se queda en nada sin no existe una posibilidad de discurso, un discurso que sólo podría provenir del poso generado por la lectura.
En efecto, no era excitación lo que a mi alumno le producían los hechos, sino emoción. Internet ha acabado con el intelecto para dejar paso, sólo, a la sensibilidad. Mi alumno, y por extensión la mayoría de los jóvenes rebeldes, son unos sentimentales. Miedo.
domingo, junio 05, 2011
Arte y Pensamiento (Azúa y Pardo)
He de decir, para dejar las cosas claras, que la estética y el arte son materias extraordinariamente difíciles de tratar. Tanto es así que, de hecho, muchos de los filósofos más prestigiosos de ámbito mundial parecen adolescentes cuando se ponen a hablar de arte. No creo que se trate de dar nombres, pero podría decirse que, por ejemplo, tenemos aquí en España maravillosos filósofos (pensadores, mejor) capacitados para hablar de casi cualquier cosa, pensadores que siempre han demostrado poseer grandes conocimientos y mucha sensatez. Sin embargo, cuando les ha tocado hablar de arte han escrito sus textos más arenosos, los más prescindibles. Pensadores expertos en ética y educación, en filosofía de la ciencia, en epicureísmo, en los derechos de los animales, en la historia de la música se han estrellado contra un vidrio traslúcido cuando han querido hablar de esos artefactos que denominamos arte.
Por eso resultan tan bienvenidas dos novedades editoriales: la ya citada de Pardo y la reedición revisada del Diccionario de las artes de Félix de Azúa. Dos libros que podrían por sí mismos eliminar otra buena porción de metros lineales de mi biblioteca. Porque, insisto, son muy pocos los libros sobre arte que verdaderamente puedan aportar verdadero pensamiento a un mundo (el del arte) que, curiosamente, se encuentra dirigido por unos cuantos ricachones snobs y una pandilla de intelectuales sabihondos. Bueno, y por unos cuantos consejeros de cultura calvos y grasientos. Porque, como digo, quienes dirigen los museos, quienes hacen lo propio con la enseñanza del arte y quienes viven de señalar con el verbo; esto es, quienes gobiernan la idea del arte son, en su aplastante mayoría, especímenes evolucionados de un ser posmodernamente rastrero: el becario. La Institución (del arte) sobrevive gracias a su estructura funcionarial, la que sólo exige estrategias y burocracia. Y por eso no hay apenas verdaderos pensadores. Y sí muchas comadrejas bien relacionadas.
En este sentido Pardo resulta más comedido a la hora convertir sus conocimientos en opiniones y Azúa le gana la partida por cuanto consigue convertir sus opiniones en argumentos incuestionables. El valor que le falta al primero -quizá debido a que su pensamiento no lo necesita- es lo que ha hecho del último Azúa el pensador más interesante de los últimos tiempos en lo que respecta a su confrontación con algo que sólo puede ser pensado (desde hace ya mucho tiempo, por cierto) desde su acabamiento. Por tanto, no opiniones sobre los artefactos (de hecho los textos de Pardo que hacen referencia a artefactos artísticos concretos se salvan sólo por su elevada capacidad filosófica), que son precisamente las que no nos hacen falta, sino opiniones que sólo pueden devenir de haber asimilado verdaderamente el acabamiento. Y desde el acabamiento ser original en la lectura que se pueda hacer de la Historia del Arte. Algo que al parecer no están dispuestos a hacer quienes han decidido ganarse la vida en base a mostrar una fe (que a lo mejor ni siquiera poseen) mortecina y agónica, la que les hace parlotear de forma tan torticera como innecesaria. En cualquier caso, ya sólo el primer capítulo del libro de Pardo vale por varios miles de esos libros que se encuentran habitualmente en los anaqueles de la sección de arte de cualquier librería del mundo.
domingo, mayo 15, 2011
About me (o I have got you under my skin)
Podría decirse que acudí por compromiso, pero el caso es que afortunadamente acudí. Y en mi vida hay un antes y un después de ese día en el que acudí por compromiso a ver la actuación musical de un amigo. La cita del evento estaba anunciada para media noche, por lo que tuve que hacer tiempo entre la cena y el comienzo de la actuación. Bebiendo.
Llegué a 5 minutos del horario señalado como inicio del espectáculo musical pensando que iba a tener problemas para posicionarme en un lugar preferente. Lo que, todo se ha de decir, no hizo sino resaltar mi supina ignorancia respecto a este tipo de espectáculos, pues en realidad fui el primero en sentarme en una sala inexplicablemente vacía. ¡Pobre Benja! -me dije-, va a actuar sin apenas público. Pero como digo, no se trató más que de un espejismo momentáneo respecto a ese universo que combina fantasmalmente la noche, la música y el alcohol. La hora estipulada como inicio no es más que un formalismo necesario que nadie se toma en serio. Así que, en cualquier caso, tuve que esperar; tuve que hacer tiempo. Bebiendo.
Pasados unos 40 minutos del horario señalado como inicio del espectáculo el local se encontraba atiborrado de gente variopinta. Se apagaron las luces y un tipo con el pelo apelmazado de brillantes ricitos presentó a mi amigo Benja como uno de los mejores trompetistas de toda la Comunidad Valenciana. Algo, por cierto, que no sé aún si se debió a una opinión sincera o al hecho de haber tenido que matar el tiempo -desde la cena- de la misma forma en la que yo lo había hecho.
Ya había visto actuar a Benja en otras ocasiones y he de decir, con toda sinceridad, que nunca me ha decepcionado su forma de abordar ese complicado instrumento. Siempre he considerado la trompeta como un instrumento subsidiario, ¡qué le vamos a hacer! Y es cierto que casi todos los trompetistas famosos han requerido, quizá para hacerse más digeribles, del acompañamiento de otros instrumentos más populares. Para mí se habría tratado, al fin y al cabo, de la única forma real de poder conocer a esos músicos. De otra forma se me habría hecho difícil. Sólo en una ocasión recuerdo haber disfrutado con un extraño trío (de trompeta, contrabajo y batería) comandado por Art Farmer. Pero se debió a los factores personales que acompañaron la experiencia de la música en directo y éste parece otro tema. Por otra parte, tampoco los trompetistas más famosos han sido nunca santos de mi devoción. Algunas cosas de Miles, otras de Gilliespie y poco más. Pero siempre, porque se encontraban acolchados por cierta polifonía que parecía necesaria.
Comenzó la actuación (que he de decir, no era de Jazz, sino de un tipo de música híbrida) y el público pareció conectar con él de forma inmediata. En antaño fui a muchos conciertos en directo y he de reconocer que pocas veces se da esa comunión tan evidente entre los actuantes y los espectadores. Su repertorio fue sencillamente perfecto: adecuado a la expectación de cada momento. Un público que sin duda sabía de música, pues no sólo aplaudía largo al final de los temas sino que también jaleaba al inicio de todos ellos. Todo fue bien durante la primera parte del concierto. Salió de nuevo el enterteinmain engominado, hizo su gracieta y nos convocó en 15 minutos.
Benja se acercó a mi mesa y se sentó junto a mí durante todo su descanso. La verdad es que hacía ya un tiempo que no nos veíamos. Después del típico saludo de cortesía en el que se suele mostrar interés por el estado actual del otro nos enfrascamos en la misma conversación de siempre: la que tiene como asunto obsesivo la propia música. Cuando la conversación se puso interesante tuvimos que abandonarla a instancias del histriónico presentador. Mi amigo Benja subió al escenario y entonces sucedió lo que a todas luces era imprevisible; sucedió lo que después de todo se ha convertido en el factor más decisivo de toda mi vida; el que desde hace unos meses ha cambiado radicalmente mi forma de vida. En efecto, hay un antes y un después a partir de aquel definitivo momento.
Ya desde el escenario mi amigo comenzó un discurso que me tuvo a mí de protagonista. Yo me sentía un poco avergonzado mientras él recordaba todas aquellas veces en las que le había hecho partícipe de mis deseos de cantar en público. Y es absolutamente cierto que siendo jóvenes, pero sobre todo estando ebrios, tonteamos haciendo algunos duetos. Pero de eso hacía tanto tiempo… El caso es que, incompresiblemente, me lanzó la propuesta de subir con él a cantar un tema. Hubiera deseado que me engullera aquel silloncito sobre el que estaba sentado. Decliné, pero consiguió que el público comenzara a jalearme con palmas. Sólo había un factor a mi favor: estaba, cómo decirlo, bebido. Pensé que si salía mal podíamos acabar en un número cómico, pero por otra parte confiaba en el saber hacer de mi amigo y, sobre todo, en el hecho de saber que él nunca se hubiera embarcado en un asunto condenado a perjudicarle.
Desde joven me había siempre atraído la figura del crooner. De hecho fantaseé muchas veces con la posibilidad de dedicarme a ello, pero nunca tuve ni siquiera el valor de probar. La cuestión es que subí, le susurré el tema que pensaba cantar, él habló con sus músicos y dio la entrada. Yo miré desde arriba con el fin de saber cuál era verdaderamente “mi” público. Se trató de un acto instintivo que me ayudó a elegir mis posteriores gestos y miradas. Solté el micrófono, lo levanté estirando el dedo meñique y con medio giro del tronco incliné la cabeza y dije I’ve got you under my skin… A partir de ahí todo fue sobre ruedas; había sufrido una transformación encima del escenario y los músicos fueron acoplándose como pudieron a aquella improvisación alegre.
Fue para mí una experiencia extraordinaria porque por fin pude comunicarme con gente sin necesidad de que el discurso fuera mío. Sólo tenía que interpretar entonando. Algo que me pareció fantástico y liberador. Tenía que interpretar un sentimiento falso en la medida en que no respondía a mi verdad, pero el hecho de que fuera falso no le quitaba ni una pizca de sinceridad a mis palabras y a mis gestos. Cada vez que decía I’ve got you under my skin miraba a una mujer distinta y se lo decía con un gesto diferente. Me sentí un verdadero crooner cuando todas las mujeres señaladas me siguieron el rollo devolviendo gestos de conformidad cómplice. Finalicé el tema y el público demandó otro. A mi amigo se le veía contento porque el número había salido bien, así que me instó a interpretar otra pieza. Dicho y hecho: Fly me to the moon.
Después de esa noche en aquel garito de Castellón ya nada ha vuelto a ser lo mismo para mí. Aunque algo tarde llevo por fin una forma de vida que m satisface plenamente. Una forma de vida que se basa en recibir una respuesta directa e inmediata y no mediada. Así que, aunque algo mayor, he conseguido conciliar con la realidad un deseo reprimido y me he convertido en un aceptable crooner. Hago muchos bolos, que por cierto no están muy bien pagados pero que me satisfacen sobremanera y llenan mi vida plenamente. La música por fin forma parte de mi vida. Sin necesidad de crear nada, sólo tengo que recrear algo que ya existe. Y como buen amante del standard baso todo mi potencial en las mujeres. Es más, es a ellas y prácticamente sólo a ellas a quienes me dirijo en las actuaciones. Entre otras cosas porque es a ellas a quienes les debo todo.
En unos meses, y después de aprender mucho a marchas forzadas, he llegado a tener un buen club de fans de mujeres que me siguen a todos los lugares que pueden. Es todo maravillosamente superficial y se trata, en definitiva, de un trabajo que me permite tener mucho tiempo libre, tiempo que utilizo fundamentalmente para ponerme moreno mientras leo novelas de Lafuente Estefanía. No da para vivir lo que se dice con lujos, pero sí para pagarme algún que otro capricho, como el solitario engarzado en oro blanco que me compré la semana pasada. Perfecto. Y todo por decir las cosas con música. Y con el meñique levantado.
miércoles, abril 27, 2011
Lo bello, Lo sublime y Lo amarillo
Y, en efecto, nada tiene que ver lo que yo veo, que es objetivamente descriptible, con lo que yo percibo, que es vagamente expresable y difícilmente comunicable. Si quisiera que mi interlocutor se hiciera una idea cabal de lo que aparece ante mis ojos no tendría más que elaborar una descripción lo más objetiva posible. Si yo quisiera que mi interlocutor supiera de la realidad de mi percepción tendría que mentirle. Es decir, tendría que inventarme una descripción que no fuera estrictamente naturalista. Si calificara el paisaje de bello todo el mundo creería entenderme, pero en realidad no sabría nada acerca de mi percepción. Si lo calificara de sublime estaría siendo mucho más certero respecto a mi percepción y sin embargo pocos me entenderían. Sobre todo si tenemos en cuenta que el paisaje descrito nada tiene que ver con los parámetros que históricamente definen al paisaje que provoca la percepción de lo sublime. Más bien al contrario.
Lo sublime en el paisaje siempre se ha asociado a la mezcla de placer y terror, a la incertidumbre, al miedo, a lo inquietante, a lo inconmensurable, a lo desmesurado, a lo agónico, en definitiva. Y por eso ha estado siempre asociado a los acantilados, los maremotos, los desiertos, las altas cumbres, los volcanes. En cambio siempre se ha asociado la belleza a la serenidad, las proporciones y al equilibrio propios del paisaje, del paisaje bucólico. Se trata de una idea que viene de lejos. Kant la apuntó y Burke la remató. Desde entonces, la Naturaleza desaparece para dar paso al paisaje, es decir, al Arte. No hay posibilidad de percibir la naturaleza si no es a través de unos “ojos culturales”.
Dos siglos configurados humanísticamente a través del Arte (y la Técnica) han constituido nuestra manera de ver. Mi visión es por tanto cultural en la medida en que soy incapaz de ver la naturaleza; sólo puedo ver “cuadros”. Sin embargo la confusión producida por la terminología complica la comunicación. Sobre todo en la era del Fin del Arte, donde los posibles futuros se han convertido en posibles pasados. Ahora, hay tantas definiciones de belleza como individuos. Desde que la idea de futuro ha dejado de interesar es el pasado lo que cobra importancia. El pasado, claro, entendido desde la perspectiva relativista. Así, los futuros posibles han pasado su testigo a los posibles pasados. Bello es lo que cada sujeto cree que es bello.
Siendo cierto que la percepción de la naturaleza ya no puede ser “natural”, puedo afirmar que para mí lo sublime no se encuentra tanto en lo inconmensurable cuanto en aquello que nos hace sentir la pequeñez y la insensatez del ser humano. Así pues, con absoluta independencia de la grandiosidad y magnificencia de lo observado. En este sentido la observación de un hormiguero puede conectarme con lo sublime de forma más directa que los acantilados de Zumaia de los que tan cerca me encuentro. Incluso tiene más sentido que lo haga, pues ya nada vinculado al Arte tiene capacidad para generar tales sentimientos, habida cuenta del estado cadavérico en el que se encuentra. El Arte ya sólo tiene una función puramente funcionarial. El Infinito y la Nada ya no pueden citarse en una Obra de Arte.
Si sublime fuera trascender la mediocridad, si sublime fuera liberarse de la corrupción de la vida política y soportar el dolor de la propia existencia incluyéndola en la armonía del cosmos; si eso fuera lo sublime yo diría que mi percepción de la campiña me vincula a la experiencia de lo sublime. Y es que el Arte nada tiene que ver ya con la Experiencia, con la Vida. Sublime es, en efecto, un paisaje de John Martin (un sublime de juguete, claro) y no un paisaje de Poussin. Sin embargo, y para ser conscientes de las distancias que separan al Arte de la Vida, puedo afirmar que para mí es bello un paisaje que pudiera calificarse de martiniano y sublime un paisaje que pudiera calificarse de poussiniano.
De todas formas ¡qué más da lo que pueda o no responder mejor a la realidad si después de todo la gente (que es al fin y al cabo quien configura esa realidad) cree que lo sublime se da en los deportes de riesgo y además confunde voluntariamente lo bello con lo pintoresco! Hace unos días nuestra Tita Cervera declaraba que ella se había sacrificado por el Arte porque era una amante de la belleza. Y es muy probable que la inmensa mayoría de la gente que la escuchó se emocionara ante tal concentración de sentimiento noble. Gente, claro, que ignora, aún, que desde hace 200 años el Arte nada tiene que ver con la belleza. Y mucho con la mercancía.
viernes, abril 15, 2011
Oídos sordos
Hace unos días publiqué aquí un post que analizaba las formas con las que la Opinión Pública-da (mayoritariamente femenina) pretendía alcanzar la Igualdad. Ahora, la reciente vicepresidenta de la Academia de Cinematografía Española Judith Colell decía ayer a propósito del estado actual de las cosas: “Hoy sólo hay apenas un 9% de mujeres directoras, productoras o en puestos de responsabilidad. Es injusto y absurdo. Tenemos que hacer algo para llegar a cifras más razonables”. Dos ideas fundamentales se desprenden del aserto reivindicativo: la primera es evidente: señalar como injusto el estado de las cosas. La segunda se expresa más sutilmente y consiste en asociar el concepto justicia a los aspectos numéricos: 9 Vs. 92. La justicia llegará, según esta afirmación, cuando las dos cifras se equiparen. Y sólo habrá justicia, no tanto cuando se den las mismas oportunidades a las personas con independencia del sexo cuanto que se consiga equipar las cifras. Pero, ¿qué es por tanto una cifra injusta, absurda? ¿Por qué se califica de injusta una cifra sólo por el hecho de ser dispar? ¿Es que acaso lo dispar injusto y absurdo?
Ese mismo post mencionado hacía referencia a un programa de Informe Semanal en el que se analizaba el papel de la mujer en el arte (la exposición Heroínas). Todo el programa, como era de prever, se había confeccionado a modo de panfleto. Todo… menos un momento del mismo. Un momento desconcertante que nacía de un desajuste propiciado por el típico aguafiestas inconsciente. En medio de la vorágine activista del panfleto emergía, de repente e imprevisiblemente, un momento que mostraba una disonancia evidente respecto al claro objetivo del programa. Recordemos que el programa trataba, a partir de dos exposiciones de arte, el tema de la desigualdad en los sexos, la que después de sufrir la mujer durante siglos sigue al parecer sufriendo ahora. Una desigualdad, la actual, que hay que combatir de cualquier forma. Y a cualquier precio.
Pero como digo, había un momento en el documental que resultaba sumamente desconcertante, tanto que prácticamente sólo ofrecía una posible respuesta perceptiva para quienes pudieran comulgar con su tesis. La respuesta que consistiría en ignorar ese momento y anularlo. Porque en caso de no hacerlo sería todo el resto del documental lo que habría que anular. Me explico: después de que varias mujeres mostraran su activismo más reivindicativo con soflamas de todo tipo aparecía Juana de Aizpuru diciendo: “Yo jamás me he sentido discriminada; eso que ya voy para 41 años que abrí la galería. Y desde el principio tampoco. Y en España somos más galeristas mujeres que hombres. Ha habido un momento en que prácticamente todo el arte contemporáneo español estaba en manos de mujeres, desde la directora del reina Sofía, críticas, artistas. No, no hay nada que en este momento impida a una mujer bien preparada ser artista, ser crítica, ser directora de museos, llegar a los más altas puestos por el hecho de ser mujer”.
Pues bien, si después de todo no ninguneáramos a Juana y la creyéramos, ¿qué podríamos hacer con todo el resto del documental? Así, si creemos a Juana porque además la situación que describe es empíricamente demostrable, ¿qué hacemos con TODO ese documental que a través del arte se nos habla de la injusticia ACTUAL que sufre la mujer? ¿En el arte? Y si no hay tal injusticia en el mundo del arte después de todo, ¿por qué usar TAMBIÉN el arte para generar agresividad a través de una (inapropiada) queja y un (perverso) victimismo? Quizá la clave se encuentre en la misma declaración de Juana cuando habla de “mujer bien preparada”. Dejo a los lectores que piensen en otras claves. Que las hay.
En todo caso mis dudas persisten: siendo estrictamente cierto lo que Juana dice respecto al mundo del arte, ¿a cuento de qué puede venir un programa que comienza por señalar unas cifras que se interpretan como discriminatorias e impuestas por… quién? Por lo tanto repito: ¿qué es una cifra injusta, absurda? ¿Por qué se califica de injusta una cifra sólo por el hecho de ser dispar? ¿Es, después de todo, injusto y absurdo el arte porque se encuentra controlado mayoritariamente por mujeres? O dicho de otra forma, ¿pueden los hombres decir que el (el mundo del) arte es injusto por el hecho de que se encuentre fundamentalmente gobernado por mujeres? Presupongamos que, efectivamente, esos hombres que desean el control consideren injusto el mundo del arte regido por mujeres. ¿Determinaría eso una injusticia real?
Post Scriptum.
A. Según un estudio encargado por la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) el 75,4 % de los lectores de revistas culturales en España son hombres. Y el estudio entiende por revistas culturales aquellas que se fundamentan en el texto y no en las imágenes, las noticias, etc. No sé si es o no una cifra justa pero he estado investigando por mi cuenta y he comprobado que los equipos de redacción de esas otras revistas “no culturales” (revistas de moda, decoración, glamour, ocio…) está conformados por una proporción casi invariable: un 70-80 % de mujeres y un 20-30 % de hombres. ¿A quién podría parecerle injusto y absurdo que las revistas de decoración estén controladas por mujeres?
B. Como todo el mundo sabe España no tiene prácticamente ninguna incidencia en el mundo del arte. Más allá de ciertas figuras emblemáticas del pasado y alguna excepción del presente España carece de relevancia en el mercado del arte y casi nadie contempla a sus artistas en comisariados importantes. O por decirlo de otra forma, España representa un 0,6 % del mercado del arte mundial, como aseguraban estadísticas recientes. Una miaja. Se decía en EXIT express, dirigida por Rosa Olivares, Pero en cualquier caso se trata de una afirmación que podría haber hecho cualquiera que hubiera tenido la oportunidad de viajar. Como, por ejemplo, la hiperactiva Elena Ochoa que no hace mucho aterrizó en Madrid después de trabajar varios años en Londres y haber viajado por todo el mundo. La periodista Paula Achiaga le hacía la siguiente pregunta, “¿Cómo se percibe desde fuera el arte español?”. Elena Ochoa respondía, “Inexistente”, y después se extendía en la respuesta para demostrar que nadie fuera nos contempla. Y es absolutamente cierto lo que Juana de Aizpuru decía respecto al dominio y control del arte español a manos de mujeres.
C. Justo al día siguiente del Informe semanal comentado pasaron por televisión otro programa documental (Comando actualidad). El presentador entraba en una reunión de 4 altos dirigentes de una empresa, tres hombres y una mujer, y se dirigía hacia ella acometiendo el asunto de la discriminación por sexo en cuestiones de dirección empresarial. La alta ejecutiva respondía sin inmutarse, “quizá debería tenerse en cuenta que la verdad es que, por lo que sea, no son muchas las mujeres las que, después de todo, desean acceder a puestos como este. Yo estoy aquí porque además de desearlo he hecho méritos para conseguirlo”. En efecto, la pregunta supuestamente solidaria (¿) había sido impertinente y maleducada (con la mujer) en la medida en que no había tenido en cuenta los méritos por los que alguien accede a un alto puesto directivo. Y había sido impertinente y maleducada (con los tres hombres) en la medida que no había considerado los méritos por los que allí se encontraban.
domingo, abril 03, 2011
Copia certificada (entre café y café)
Una pareja que acaba de conocerse entra a una cafetería, se toman dos cafés y cuando salen a la calle resulta que llevan media vida casados. Éste y no otro (¿) es el tema de la última y celebrada película de Kiarostami. Una película en donde la posible ficción se mezcla con la posible realidad. Nada ni nadie en ella escapan del desconcierto, ni los personajes ni los espectadores. Un desconcierto que proviene de filmar el presente como posibilidad de un futuro que ya ha existido.
En Copia certificada no hay concesión alguna al sentimentalismo ramplón del cine habitual. Se ha eliminado del conjunto de secuencias todo aquello que pudiera facilitar una interpretación facilona. Ninguna pista al espectador respecto a ese giro inesperado producido en la narración.
El espectador queda anonadado ante el problema de una pareja que ha sucumbido a lo anodino. La verosimilitud se impone a través de un realismo ilógico, incomprensible. Kiarostami sabe que el final determina hacia atrás todos los actos anteriores aun cuando, después y a pesar de nuestra voluntad, no alcancemos a entenderlos. El presente es incomprensible en la medida en que el pasado es confuso. Y el futuro no es sino una proyección.
No se trata de saber; no se trata de saber qué pasa, no se trata de saber por qué, más bien al contrario. “Desde el momento en que sabemos ya no nos abastecemos de nada más. Mientras permanecemos en la ignorancia las apariencias prosperan…” decía Cioran a propósito de los peligros de la sensatez. Y en efecto, las apariencias, que en la película son eje y sustento de la trama, no son nada y lo son todo. Todo es juzgado a través de las apariencias porque no existe posibilidad alguna de traspasarlas. No existe posibilidad alguna de saber más de lo que saben (y transmiten) de sí mismos los propios protagonistas. Es la anécdota entendida como pista lo que se impone a un espectador confuso que ata cabos sin poder llegar a una conclusión incontestable. La profundidad es una entelequia frente a la verdad anecdótica, la verdad del presente, la única verdad posible. Así, el “no saber” de Copia certificada exige atención, voluntad de pensamiento por parte del espectador. Voluntad de pensamiento abstracto.
Copia certificada es una extraordinaria película construida a base de fragmentos anecdóticos y aparentemente inconexos que contienen en sí mismos la esencia de un complejo asunto. Nada es gratuito en una trama alineal perfectamente cerrada en su abstracción. Ni siquiera el pintoresquismo de unos en apariencia ingenuos escenarios, ni la aparición sucinta de un hijo que se evade de la realidad (lúdicamente) no siendo ajeno a ella. Ni el intelectualismo del personaje masculino, que se encuentra plenamente hundido en la pura y triste neutralidad (cafard que diría el mismo Cioran). Ni la enigmática pareja de la fuente, que representa perfectamente el ideal (a través de las apariencias), ni la locuaz camarera que se queda a medias entre la resignación y la esperanza. Nada es gratuito porque, precisamente, NO se trata de un cuento, sino de un pensamiento. Más pronto se trata de la suma desordenada de fragmentos de vida que, con independencia del tiempo en el que fueron (o serán) vividos, terminan por pensarse siempre en tiempo presente.
(Café) Muy probablemente sea Copia certificada una de esas películas que se encuentran en la encrucijada de un cambio de paradigma cinematográfico. No hay en ella nada verdaderamente novedoso, pero el momento de su producción coincide con una necesidad de encontrar nuevas formas narrativas. Así, podría decirse que Copia certificada no hace otra cosa que discernir conflictos donde no los hay pues nada hay de realidad en una historia que queda cortada abruptamente por una incomprensible ruptura secuencial. Por otra parte, Kiarostami ha caído, después de todo, en la más previsible de las trampas. La de dotar a los dos personajes protagonistas de los roles más estereotipados posibles. De esta forma, y como si verdaderamente el tiempo no hubiera hecho mella en el sujeto contemporáneo, los personajes no dejan de ser lo que toda sociedad moderna (re)niega. Estereotipos. Ni la atrevida ruptura narrativa salva a los personajes de ser lo que “ya fueron” los personajes de las películas de Bergman y Antonioni, seres que se atormentan por vivir roles injustamente impuestos. No hemos avanzado nada en este sentido. La mujer vive su incomprensión ante el rol del macho disperso y el hombre vive angustiado por desconocer su verdadero papel en la vida familiar. Una camarera suelta un entrometido e increíble speech que parece sacado de una teleserie de mediodía y una pareja de turistas pretende situarse fuera de un nihilismo burgués que después de todo resulta ser consustancial a la vida misma (turismo pintoresco). En este sentido, tan previsibles y aburridas son las quejas de ella en todas sus demandas como los gritos de él en todas sus justificaciones.
(Café) Rememoro el visionado de Copia certificada y me digo a mí mismo, a quién si no, que Kiarostami ha dirigido una película sencilla en la que el cuidado de todas y cada una de las secuencias imprime a la totalidad una belleza propia del arte, que no del espectáculo. Todo en ella tiene su razón de ser y por eso todo en ella es bello. Desde la falsa conferencia del inicio a la falsa fuente pasando por las falsas golondrinas. Todo en ella encaja respecto a una trama que deambula entre una especie de romanticismo inevitablemente nihilista y un intelectualismo sórdido que sólo puede beber del fracaso. Nada es anecdótico en esta pequeña obra maestra que se construye a sí misma a base de situaciones puramente anecdóticas y superficiales. Porque la belleza de esta película no se encuentra en un factor que la vincula a lo verdadero, sino en un factor que deviene de una indagación sobre lo anodino.
domingo, marzo 27, 2011
El origen de la tragedia
Al parecer, toda oportunidad es buena para realizar proyectos que encuentren rápida aceptación, tanto mediática como popular. Toda oportunidad es buena para realizar proyectos que tengan asegurado el éxito social, esto es, económico. Informe Semanal ha realizado un reportaje a propósito de la exposición Heroínas ubicada en el Museo Thyssen y en la Sala de la Alhajas de Caja Madrid. El reportaje es, como era de prever, un panegírico sobre la mujer, tanto la que se referencia en el arte escogido y expuesto como la que en la actualidad vive en una revolución constante e inacabada (además de valiente, comprometida, meritoria, necesaria…). Éxito asegurado, pues, tanto en la acogida de la exposición como en la recepción del reportaje televisivo. Las mujeres representadas en la exposición son, como dice la locutora, “mujeres que nos incitan a mirarlas para entender lo que representan”. Pero, ¿cómo quedaría representada una mujer contemporánea occidental? Veamos.
El final del reportaje televisivo es representativo, no tanto de todo el propio reportaje, que también, cuanto del sentir expresado desde hace años por la Opinión Pública. Se trata de las imágenes del vídeo de una de las artistas expositoras, un vídeo en el que aparece una mujer destrozando literalmente coches con un mazo. A propósito del vídeo y para concluir el reportaje dice la locutora respecto a esas imágenes, “la danza casi enajenada de la muchacha del vídeo realizado por la artista Pipilotti Rist es toda una provocación. Habrá quien sólo vea en ella a una mujer enloquecida, pero esta chica que golpea feliz con el thyrso de las ménades antiguas podría ser la mejor imagen de la liberación que muchas mujeres de occidente esperan”. Así pues, la violencia como símbolo tan último como necesario. La violencia como la “mejor” imagen; la violencia como única solución. Una suerte de “Haz lo que debas” (Spike Lee) o de “Sin perdón” (Eastwood) entendido como incitación a la única solución posible: la lucha. Ya sabemos, por tanto, cómo quedaría representada una mujer contemporánea occidental: haciendo lo que “las mujeres de occidente esperan”. Que por eso la muchacha (ménade) del mazo (thyrso) es "feliz" en el uso de la violencia.
Y es con esto con lo que nos toca vivir: con la destrucción En este caso con la destrucción de lo que ha ido confiriendo sentido a la vida a partir de los pares, de las dicotomías, de las tesis/antítesis: la dialéctica. La lucha, pues, entendida (por las mismas violentas que la proponen) como un simple medio para conseguir un fin tan legítimo como necesario, la destrucción de todo lo que apunte a la diferencia. Por eso, lo que promueve la Opinión Pública es, como hemos escuchado en el reportaje, la “regeneración” de las ménades, de las mujeres violentas. Ménades que empuñan thyrsos con los que destrozar indiscriminadamente. Ménades que pretenden acabar con los discriminatorios (¿) pares complementarios que afirman las diferencias. Lucha, en definitiva, contra el hombre. (Y espero que no se confunda la violencia que unos cuantos hombres infligen sobre unas cuantas mujeres -en los países desarrollados, occidentales- con esa otra violencia que la mujer inflige sobre el hombre a diario desde la Opinión Pública desde todos los medios de comunicación).
Así, para la Opinión Pública, nada de activos/pasivos, nada de serenidad/irracionalidad, nada de racionalidad/instinto; nada: todos activos, todos en la orgía y además todos haciendo lo mismo con independencia del sexo: dando, “penetrando”. Nadie pasivo, nadie recibiendo. En eso consiste la lucha, como hemos visto en el vídeo de la exposición, pero sobre todo en el discurso del reportaje: en que todos den. Así, por ejemplo y por irnos al terreno de la Tragedia, las ménades se imponen sobre cualquier posibilidad dialéctica nacida de pares complementarios (lo apolíneo y lo dionisíaco). Todos, pues, en la orgía y con el mazo en la mano. El fin último de esta demoledora propuesta pretendidamente desmitificadora era acabar con la confrontación (atestiguada por la mitología) entre sexos por creer que era sexista y perniciosa; acabar con la confrontación para poder imponer la igualdad.
Pero la verdad es que, después de todo, la aniquilación de la confrontación atemperada (apaciguada en tanto que culturizada por el mito) se ha transformado en una confrontación psicopática. De esta forma, la confrontación que se ha impuesto -para moldear sujetos sexuados pero indiferenciados respecto a su sexo- no ha hecho otra cosa que introducir una nueva violencia, la que ya no se encuentra, lógicamente, justificada por ningún mito constructivo. Y el reportaje de Informe Semanal, aun en su aparente aire comedido, es una perfecta muestra de toda esa violencia latente (¿) que se oculta tras la reivindicada desmitificación, una desmitificación puesta en marcha desde el revanchismo (E. Lynch). Por tanto, se quería eliminar la confrontación, por ser asociada al Mal (patriarcalismo, machismo) y lo que se ha conseguido es amplificarla. Eliminando de la confrontación inevitable (y por eso antaño mitificada) todo vestigio de sentido. Éste y no otro es el origen de la verdadera tragedia. La por venir.
martes, marzo 15, 2011
Schlegel (Fiedrich, por supuesto) y la felicidad
Lucinde son las confesiones de un inexperto, según el propio Schlegel en la misma novela. Lucinde es una exaltación de la confusión como modo de vida, una exaltación de la incomprensibilidad. Lucinde es una apología a la libertad que a su vez se libera de las convenciones narrativas y se emancipa del sentimentalismo burgués. Lucinde es una oda al amor… verdadero, que no es otro que el que acaba con las malditas encrucijadas vitales que impiden la felicidad; al amor verdadero: al amor con sexo (mal que le pesara a Schiller, que odiaba a Schlegel). Lucinde es, como el propio autor dice a mitad de la narración, “una novela fantástica” que sólo podrá “entender por completo “Una” persona, la propia Lucinde, el verdadero amor de Schlegel. “A todas las demás [mujeres] espero atraerlas y repelerlas alternativamente…”. He aquí una declaración de intenciones. Más bravucona que real, puesto que la novela es, como no podía ser de otra forma, una novela de difícil lectura debido a las contradicciones, parábasis y anacolutos que voluntariamente encierran una trama fragmentaria y discontinua.
La novela es una novela de amor, o mejor, es una novela que ensalza el amor a través de la experiencia del protagonista que no es otro que el propio autor: “Cree –le dice a Lucinde el autor/personaje- que no sólo escribo para ti, sino para los contemporáneos. Créeme, lo que importa es simplemente la objetividad de mi amor”. Y, en efecto, toda la novela es una oda a su amor por ella, Lucinde, una mujer que, como todas, es “principio del mundo” y “centro de originalidad”. Y “que lo sabe ya todo aún antes de que el rayo del amor se haya encendido en su tierno seno y haya transformado el capullo cerrado en el completo cáliz floral del placer”.
Así pues, nos encontramos ante una novela que pretenderá, a través del elogio a Lucinde, sondear las inescrutables diferencias que separan/juntan a dos personas de distinto sexo, las diferencias que convocarán al amor desde la complementariedad. Debido al estilo fragmentario, así como al carácter de ciertas opiniones vertidas, sí podría considerarse una novela absolutamente moderna. Si bien es también cierto que tal modernidad chocaría de bruces con la actual y miserable concepción que se tiene de la diferencia (en los sexos), anatemizada en pro de lo que intenta pertinazmente imponerse, la igualdad. Lucinde es una apología al amor, una apología al amor afirmado como posibilidad real, no ideal.
Y es aquí donde emerge la genialidad de este escritor enigmático y desconcertante que mezcla sabiamente modernidad y antigüedad a partir de un entendimiento combinatorio de dos categorías estéticas, lo interesante y lo bello, en donde coinciden lo subjetivo y lo objetivo. Dice Schlegel al inicio de su novela, “¿Cómo se puede escribir lo que apenas está permitido decir, lo que sólo se debería sentir?”. En efecto, lo que viene a decir el autor en la novela pertenece al ámbito de lo privado, pero resulta necesario ser dicho en la medida en que al final de las cuentas se trata de un gesto de generosidad y agradecimiento (hacia una mujer, Lucinde). Por otra parte, y haciendo una lectura anacrónica de la frase, lo que escribe Schlegel apenas está permitido decirse… ¡en la actualidad! Con independencia de que lo dicho se corresponda, o no, con una realidad atemporal.
Lo dice Schlegel en los primeros compases de la novela: “Como amante y escritor educado quiero intentar dar forma a la cruda casualidad y transformarla en objetivo. Pero para sí y para esta obra, para mi amor por ella y para su formación en sí, ningún objetivo es más apropiado que el destruir ya al principio lo que llamamos orden, alejarse ampliamente de él, apropiarse el derecho de una encantadora confusión […] esta carta única en su género tendría una insoportable unidad y monotonía y ya no podría conseguir lo que quiere y debe: imitar y completar el más hermoso caos de elevadas armonías y placeres interesantes”. Con estas premisas Schlegel no pone en situación acerca de la pretendida (por encantadora) confusión romántica.
Para el filósofo la mujer sería admirable: “todo lo que amáis lo amáis por completo, como al amante y al hijo”, “para el alma femenina el amor es un sentimiento indivisible, para el hombre puede ser sólo un cambio y una mezcla de pasión, de amistad y de sensualidad”. Tal es para el filósofo la diferencia, una diferencia que se sustenta sobre la visión que inevitablemente se expresa desde la masculinidad; una diferencia cuyo análisis es fundamento de la historia. Pero refiriéndose a lo que Diderot llama el sentimiento de la carne dice Schlegel que “muchos virtuosos de la masculinidad terminan su carrera sin haber tenido ni idea de él. Un libertino puede saber cómo desatar un cinturón con algo de gusto. Pero sólo el amor enseña únicamente algo al joven aquel alto sentido artístico de la voluptuosidad por el cual la fuerza masculina es formada para la belleza”. Y continúa “[el sentimiento de la carne] el hombre sin duda lo necesita por naturaleza, pero no lo presiente”. ¿Qué puede significar respecto a ambos sexos las respectivas carencias que enuncia implícita y explícitamente la frase? ¿Sería posible entonces hablar realmente de diferencia? ¿Hasta qué punto la diferencia podría ser cuestionada por qué sexo y en función de qué intereses?
La cuestión es que, después de todo, “Un hombre que no pueda llenar y satisfacer por entero el deseo interior de su amante no sabe en absoluto ser lo que es y debe ser”. Lo que ya había dejado claro Schlegel en la segunda página de la novela cuando dice: “nos abrazamos con tanto desenfreno como religión. Te pedí que te entregaras completamente al furor y te supliqué que fueras insaciable. Sin embargo, con fría reflexividad estaba yo a la escucha del más ligero rasgo de alegría para que no se me escapara ninguno ni quedara ningún hueco en la armonía. No sólo gozaba, sino que también sentía y gozaba el goce”. En efecto, cada sexo busca la felicidad en función de lo que el mismo sexo “le exige”, y encuentra la felicidad en “lugares diferentes”. Mientras la mujer goza, el hombre, para gozar, se ve obligado a mantener una “fría” reflexividad que se encuentre “a la escucha”. ¿Qué puede significar respecto a ambos sexos las diferencias señaladas? Y no es que la mujer no goce el goce, sino que el hombre NO puede abandonarse al goce sin fría reflexividad si no quiere arruinar el goce de ambos.
Porque en definitiva la novela rinde culto a la felicidad, que es aquello cuya búsqueda da sentido a nuestra vida. En el capítulo llamado "Una reflexión" (ese capítulo que tanto obsesionó a Paul de Man) Schlegel afirma que la “la vida del hombre culto y reflexivo es un eterno formar y meditar sobre el hermoso acertijo de su destino. Siempre está determinándolo de nuevo, pues precisamente ése es todo su destino: determinar y ser determinado. Sólo en esa búsqueda misma encuentra el espíritu del hombre el misterio que busca”. ¿Qué otro misterio puede buscar el hombre en reflexión si no es aquel que a través del conocimiento le ayude a encontrar la felicidad, una felicidad que será siempre y en cualquier caso tan frágil como la vida misma?
Pero Schlegel va después más lejos y afirma después de haber reflexionado: ¿Pero qué es lo determinante o determinado mismo? En la masculinidad es lo innombrado. ¿Y qué es lo innombrado en la feminidad?... Lo indeterminado”. Así, mientras la masculinidad se asienta en una elipsis indeterminada, la feminidad se asienta en una determinante elipsis. “Lo indeterminado es más rico en misterios, pero lo determinado tiene más fuerza mágica. La belleza de lo indeterminado es perecedera como la vida de las flores y como la eterna juventud de los sentimientos mortales; la energía de lo determinado es pasajera como la auténtica tormenta y el auténtico entusiasmo”.
Puede que los pensamientos novelados de Schlegel no tuvieran mucho predicamento en una sociedad, la actual, caracterizada por el perfecto uso que hace de la autocensura, pero el caso es que se trata de pensamientos novelados por un filósofo enamorado de la vida, del amor y del conocimiento, pero también de la destrucción, la confusión y el caos. El amor es lo que según la novela nos redime de la obligada incertidumbre y de la infinitud de contradicciones; el amor entendido como síntoma de felicidad. Por eso añade a lo anterior: “¿Quién puede medir y quién puede comparar qué infinito valor tiene tanto lo uno como lo otro cuando ambos están vinculados en la determinación real, que está destinada a completar todos los huecos y a ser mediadora entre el individuo masculino y femenino y la humanidad infinita? Lo determinado y lo indeterminado y toda la plenitud de sus relaciones determinadas e indeterminadas es lo uno y el todo, es lo más extraño y sin embargo lo más sencillo, lo más sencillo y sin embargo lo más alto”.