miércoles, octubre 28, 2015

Ansia mal enfocada

O el ansia de un Trastorno Delirante

Revisando una revista cultural on-line (Makma, que abro de vez en cuando para ponerme al día) me topo con una reseña sobre la obra de teatro a la que le dediqué el último post. Lo que viene a hacer la periodista, Bel Carrasco, es ordenar los apuntes que debió tomar el día de la presentación de la obra en medios e informarse acerca del autor. De hecho su reseña viene a ser un conjunto de entrecomillados que describen la obra a partir de la propia explicación -dada por los actores de la compañía- y que le sirven para elogiarla. Todo correcto y apropiado, además de fácil de compartir. Todo, digo, menos una frase. Pero no tanto por no estar de acuerdo, sino por estarlo más de la cuenta, si eso fuera posible.

Después de sugerir -en base a los entrecomillados- que una de las bondades de la pieza es la de permanecer perfectamente vigente a pesar de su edad, más de 50 años, dice la periodista “La reducida presencia femenina es quizá el único punto que revela la edad de la pieza que de haber sido escrita hoy contaría con más actrices”.

¿Qué habrá querido decir Bel Carrasco? De entrada que, a pesar de las bondades de la obra que son muchas, y a pesar de encontrarse entre ellas la de permanecer vigente su texto en el momento actual, sí contiene un aspecto que oscurece su llamémosla redondez, algo por lo que podríamos hablar de envejecimiento, término que como bien sabemos resulta destructivo cuando se valoran las obras de otros tiempos, ya sean pictóricas, teatrales, literarias o cinematográficas.

Para la periodista “La reducida presencia femenina es quizá el único punto que revela la edad de la pieza…”. Así pues, en efecto, hay algo en la obra que revela envejecimiento; a saber: que la obra fuera escrita para 6 actores y una actriz. Y para confirmar que esa elección se revela como un aspecto negativo -rancio- de la pieza contamos con la segunda parte de la frase “...que de haber sido escrita hoy contaría con más actrices”.

Nos preguntábamos qué habría querido decir la periodista con esa extraña frase. ¿Lo sabemos ya? ¿Puede que lo que quisiera decirnos estuviera inextricablemente ligado al propio texto, a la trama? Puede, pero no lo creo.

¿O pudiera tener que ver con otros parámetros de medida, más vinculados a la ideología más correctamente politizada? ¿Qué nos contestamos apreciadso lectores? ¿Por qué cree la periodista que de haber sido escrita hoy la obra contaría con más actrices? ¿Por la irrefrenable necesidad del autor de que todo se diera en paridad? ¿Por el miedo del autor a no ser lo suficientemente políticamente correcto? ¿Por cuestiones puramente comerciales?

¿O, repito, por las necesidades intrínsecas de la propia trama?

Recordemos que no hay ningún personaje que se salve de la quema. La obra trata precisamente de eso, de la podredumbre que habita en esos 7 personajes que no saben salir de un círculo vicioso. Por simplificar: todos son representativos de la perversión, la ambición desmedida o el desquiciamiento.

Así que volvamos a la pregunta: ¿Puede que lo que quisiera decirnos la periodista estuviera inextricablemente ligado al propio texto, a la trama? Es decir, ¿Puede que lo que quisiera decirnos la periodista es que puestos a hablar de maldad  y perversión en la época actual no resulta ni propio ni adecuado hacerlo sólo a través de personajes masculinos? Puede, pero no lo creo. En cualquier caso, estoy plenamente de acuerdo que en una obra donde todos los personajes contienen un punto (o muchos) de corrupción, o de desquiciamiento, o de perversión, tiene sentido que haya el mismo número de representantes femeninos que masculinos. O no.

sábado, octubre 24, 2015

Lo que nos perdemos (El invernadero)

Lo que nos perdemos (El invernadero)

En realidad no sabe uno nunca lo que se pierde. Nuestras vidas no dan más que para saber qué es lo que ganamos, que muchas veces no es poco. Pero sí infinitamente inferior a lo que nos perdemos. No se trata, en el fondo, más que una cuestión directamente ligada a las limitaciones del tiempo.

Valencia es un ciudad muy precaria en cuanto a la oferta cultural se refiere y eso me genera malestar. Precisamente por eso, porque los que en ella vivimos nos perdemos tantas cosas…

Hace unos meses fui a Madrid para poder encontrarme (¿casualmente?) con lo que no había que perderse. Tal era ese al menos mi sentir, pues casi nada sabía yo de la obra de teatro que me atrajo -desde la Guía del ocio- por dos motivos fundamentales: el autor era Harold Pinter, su traductor Eduardo Mendoza y su director Mario Gas. El caso es que mi provincianismo me impidió prever una realidad tan distinta de la que ofrece una verdadera ciudad. Y es que Valencia no es Madrid. En definitiva: todo un largo paseo por las frías calles de Madrid para encontrarnos, finalmente, con el “no hay entradas” pegado en los vidrios de la taquilla del teatro. De la ilusión del espectador expectante a la frustración del que siente que algo se ha perdido.

Ayer, unos ocho meses después de mi viaje a Madrid, tuve la oportunidad de ver la obra en Valencia. ¿Cómo podría calificar la experiencia? La primer palabra que viene a mi cabeza es... placer; placentera, pues. ¿Ver El invernadero, entonces? No, más que ver yo más bien hablaría de vivir la experiencia, la experiencia que conjuga la estética con el factor humano del directo. Con un texto que resulta difícil porque prepondera en todo momento el asunto -más abstracto- sobre el tema -más concreto-. Tanto, además, que después de ver la obra compruebo que resultaría incluso complicado hacer una sinopsis a alguien que la pudiera demandar, algo que potencialmente ya elimina el público joven.

Así, El Invernadero se encuentra en las antípodas de esos miles de espectáculos que triunfan en las ciudades donde la oferta cultural resulta tan exigua. Otra cosa es Madrid, repito, donde yo no pude verla por “exceso” de espectadores interesados en ella, y donde la oferta cultural permite tranquilizar las conciencias de quienes pudieran sufrir por ese sentimiento de pérdida.

En las antípodas, digo, porque si por algo se caracterizan la producciones más exitosas (tanto de teatro como de televisión) de la actualidad, que por ello son las más difundidas, es por estar conformadas a partir de fundamentos claramente caracterizados por su simplismo. Un simplismo pueril en donde el asunto, que sería aquello de lo que una obra pretende hablar en última instancia, el deseo, la alienación, la muerte, el amor, el recuerdo, etc., acaba siendo menoscabado por un burdo tratamiento del tema, que sería aquello que podríamos definir fácilmente con una sinopsis. Un asunto menoscabado por una ineficacia artística que curiosamente devendría del exacerbado interés puesto en la supuesta grandeza del mismo asunto.

O por decirlo de otra forma; El invernadero se encuentra en las antípodas de un tipo de producción -actual y exitosa- que se configura con unos previos en donde, o prima el humor de telecomedia, o lo que es peor, la ambición de un compromiso social expresado con una zafiedad infantil. No hay peor combinación posible en un autor que la buena intención y la falta de cultura sobre medio en uso (sea teatral, artístico, televisivo o literario).

En El invernadero casi no hay trama, hay en todo caso un cúmulo de diálogos que engarzan situaciones concomitantes. Situaciones absurdas debido a su extremo realismo, un realismo abstracto si me permiten la figura retórica. Diálogos que conducen a un desenlace que carece de importancia, o que la tiene de forma testimonial, pues es en la especifidad de los propios diálogos donde radican todos los matices de excelencia que pudieran otorgársele a la obra en su totalidad. Un cúmulo de diálogos, pues, que se agrupan en un extraño invernadero para que pueda germinar con normalidad la irracionalidad más humana.

En cualquier caso habría otro motivo para no perderse esta obra, también, cómo no, relacionado con la excelencia: la soberbia interpretación de los actores y especialmente la de Gonzalo de Castro. Sólo por eso valdría la pena venir desde, pongamos Albacete, para verla. Que ya está bien de actores o graciosos y de actores que susurran.

Lo que en Madrid perdí, lo he ganado en Valencia ahora. No sé si ese lapsus de tiempo me ha hecho ver las cosas de otra forma, eso nunca se sabe. De momento me voy al teatro de nuevo; tengo otra obra que ver a las 8 de la tarde.

sábado, octubre 03, 2015

A quien pueda no interesar

A quien pueda no interesar

Son las consecuencias de lo interesante desde el punto de vista categorial: que todo lo vale lo mismo. Así, decir "a quien pueda interesar" es exactamente lo mismo que decir "a quien pueda no interesar". No hay otra. Ya lo decíamos en otro post: todo resulta interesante salvo a un cretino. Además, lo sabemos, este blog está escrito, afortunada o desgraciadamente, para muy pocos lectores. No por voluntad propia, desde luego, pero sí por inevitabilidad. Nada me produce más satisfacción que abrir mi blog y comprobar que nadie comenta mis textos. Otra cosa sería hablar del número de lectores. El caso es que este post está escrito para todos aquellos a quienes pudiera no interesarles nada de lo que en él digo.


1.El otro día me encontré un amigo de confianza. No lo veía desde hace unos 3 o 4 meses, así que nos lo tomamos con calma. Más allá de expresar esa vitalidad que siempre le caracterizó lo cierto es que algo en él le hacía parecer desconcertado. No me hizo falta preguntarle, de hecho no tardó mucho en abordar el asunto. "No entiendo muy bien lo que me está pasando -me dijo extrañado-, ya sabes que no soy persona a la que le guste hablar de temas personales, pero es que lo que me está pasando desde un tiempo a esta parte me tiene confundido...". Y después de estirar brevemente esta introducción dijo, "mira, no sé cómo debo entenderlo, pero de las 5 mujeres con las que estado últimamente 4 de ellas me han pedido que les hiciera daño. O que les pegara directamente".

Como ni mi amigo ni yo nos chupamos el dedo apenas hizo falta matizar su frase. Lo que él me quería transmitir no era que esas mujeres pedían ligeros forzamientos o palmaditas juguetonas en los glúteos. No. Nada que ver. Lo que le pedían era dolor y humillación de verdad. Dolor y humillación, claro, que a ellas resultaban placenteros. Y no voy a entrar en detalles, los que sí me dio mi amigo. "Una en concreto -siguió contando- casada con un buen hombre, tal y como ella misma me hizo saber, me dijo que estaba liada con su jefe que la maltrataba en habitaciones de hotel. Y que estaba obsesionada con ese canalla que sólo la utilizaba para eso". Mi amigo, por tanto, no era el único "extra" con el que se la pegaba a su marido esa mujer tan decidida, pero a mi amigo le dio pereza hacer el esfuerzo que había que hacer para satisfacer la curiosa (?) demanda. Y declinó. Y por eso mi amigo nunca dejará huella real en la mente de esa mujer, como tampoco lo hará su marido. El único que dejará una buena huella en ella será el jefe que le atiza en lujosas habitaciones de hotel.

2.Tengo una amiga que trabaja en una pequeña tienda de ropa de barrio. Me habla de la cantidad de clientas que le cuentan sus infidelidades. Me da pelos y señales de algunas de ellas. Al parecer, según ella apunta, se ha conseguido la verdadera igualdad. No tanto por el derecho a ser infiel, algo a lo que nadie debe aspirar debido a las connotaciones negativas de maldad que contiene el hecho en sí, sino por el "derecho" a contarlo de forma indiscriminada y con orgullo. Todo esto me lo cuenta mi amiga delante de su marido, también amigo.

3.De dos años a esta parte se han separado dos conocidos míos. Los dos han tenido que dejar la casa donde vivían con su familia e irse a vivir a otro lugar. Uno en concreto ha tenido que abandonar el casoplón e irse a vivir a un mini apartamento donde no caben ni sus pertenencias. El otro se ha trasladado momentáneamente a casa de su anciana madre para organizar su existencia. El primero estaba casado con una mujer que no trabajaba, el segundo con una mujer que le era infiel. Curiosamente las mujeres de ambos (que no se conocen porque pertenecen a ámbitos de mi vida diferentes) tienen rasgos físicos similares: labios gruesos, cuello terso, ojos rasgados y un buen escote. En fin, la cuestión es contar lo que nadie cuenta. Pero insisto, la mujer del primero no trabajaba (y ya saben lo que eso significa respecto a los bienes en común). Y la segunda hacía "horas extras".

4. Me lo contó el año pasado una perpleja buena amiga. Un abogado prestigioso (al menos aquí en Valencia) muy amigo suyo se estaba separando. Ante los trámites del reparto de bienes y la discusión acerca de la gestión familiar ella le suelta a bocajarro delante de la abogada: "No te preocupes demasiado por tus hijos porque en realidad no son tuyos. Ninguno. Son los 3 de Javier del que soy amante desde que te conozco".

Como puede verse, se trata de casos vinculadas de alguna forma -más o menos directa- a mi experiencia personal. La pregunta que se hará el lector es ¿Hasta qué punto pueden ser extrapolables o extensibles los casos personales para yo poder tomar partido? Y por tanto, ¿qué me dicen, más allá de ser casos aislados? O mejor, ¿hasta qué punto a mí me importa lo que pueda pasar en el entorno de una sola persona que escribe en un blog sin apenas lectores? Mi respuesta: "¿aislados?".

jueves, octubre 01, 2015

En defensa del maniqueísmo

En defensa del maniqueísmo


En cuestiones de ética fue uno educado de manera elemental: o se era bueno o se era malo. Las tentaciones y las debilidades existían, por supuesto, pero estaban ahí para confirmar que la voluntad y la determinación tenían mucho que decir en cuestiones éticas. Y el cine clásico americano fui muy preciso al respecto: Robert Mitchum podía caer en un abismo de abandono, pero su fin en tanto que protagonista debía regirse por la fortaleza y por la determinación que le permitieran volver a ser ejemplar. De todas formas sólo apuntar que las debilidades de ciertos protagonistas del cine clásico eran simples caídas de fortaleza que, curiosamente, provenían de algún tipo de sufrida traición inesperada.

Las cosas, como bien sabemos, han cambiado mucho. Pasamos primero por una época cinematográfica (1965-1990) en la que a los protagonistas ya no se les requería ser ejemplares sino que debían mostrar una ambigüedad en sus comportamientos que los hicieran "más" humanos. En realidad todo el cine de este periodo se caracterizó por considerar la ética desde una falsa tesitura, pues el bien acababa de alguna manera triunfando sobre el mal. A veces, eso sí, a costa de rebajar el nivel de exigencia (los buenos nunca ya serían héroes). En cualquier caso, la dicotomía persistía y facilitaba una comprensión del mundo en términos antagónicamente sanos: o se era bueno o se era malo con independencia de las debilidades que a veces ya no podían superarse, pero que seguían marcando esos dos territorios claramente definidos. Así, no se llegó muy lejos en ese largo periodo respecto a un posible cambio de paradigma, pero se instalaron las bases que permitieron promover una educación cultural masiva, la de la actualidad, en la que el canalla y el malvado acabarían convirtiéndose en los verdaderos protagonistas. Y lo que resulta más inquietante: en los verdaderos paradigmas. Ahora ya nadie quiere ser como John Wayne, si acaso y en el mejor de los casos, como Dexter. Pero para saber del peor basta leer el artículo Con tetas y sin paraíso publicado en Trama y Fondo:

http://www.tramayfondo.com/articulos.php

lunes, septiembre 28, 2015

Éxito, Suerte, Persona y Amor


I
Decía el gran Escohotado en una conferencia que el éxito en el mundo capitalista dependía de dos factores y que uno de ellos era el de la suerte. Creo yo que esa tesis podría aplicarse (al menos en lo que respecta a este factor y no al otro, que omito porque no viene al caso) a cualquier mundo no imaginario. En fin, que no basta con hacer las cosas bien para tener éxito. De todas formas la suerte no necesariamente es un concepto que deba vincularse al éxito.

La suerte no necesita esfuerzo alguno y por eso se encuentra muy alejada de términos como el de merecimiento o el de justicia. Puede llegarle a un canalla y faltarle a un bendito. La suerte, ya se sabe, se encuentra donde uno menos se la espera y el convivir más o menos cercano a ella depende de... la suerte.  

II
Muy buena parte de la calidad vital de una persona depende de la calidad humana de las personas que le rodean.

En sentido general el concepto Persona hace referencia a un ser humano consciente de sí mismo y de los valores morales, y responsable de sí mismo. Sería ésta una definición (académica) demasiado abstracta, pero ya nos indica la moralidad como una parte sustancial del ser. Kant lo dice a su manera en Metafísica de las costumbres, "Persona es el sujeto cuyas acciones son imputables". Pero la clave nos la ofrece Mounier, uno de los filósofos que más reflexionó sobre el concepto Persona, con una bellísima frase: "La persona es una existencia capaz de desprenderse de sí misma, de desposeerse, de descentrarse con el fin de hacerse disponible para otro".

III
Conocer a personas que se desprenden de sí mismas para hacerse disponibles a otros es una de las experiencias más satisfactorias y emocionantes que pueden sucederle a uno en tanto que persona. Una gran suerte. No hay éxito personal que pueda equipararse al hecho de conocer a una persona que sea capaz de descentrarse con el fin de hacerse disponible a otro. Entre otras cosas porque incita a la reciprocidad inmediata.

La verdadera felicidad se encuentra así más condicionada por la suerte que por el éxito. Tener cerca a personas que se desposeen con el fin de hacerse disponibles a otros es una gran suerte. Quizá la mayor de las posibles. 

sábado, septiembre 26, 2015

Peri´odicos: Suplementos Culturales

Hace aproximadamente 4 años que no compraba un periódico, pero por las circunstancias espaciales en las que el otro día me encontraba decidí comprar dos, no importa cuáles, pero por los suplementos culturales que llevan adjuntos, claro. Así fue que después de 4 años me reencontré con la sensación que produce leer la actualidad cultural: últimos libros publicados, lo último en teatro, cine, música y artículos sobre algo que resulta de interés coyuntural por muy genérico que pudiera parecer.

El reencuentro fue simplemente descorazonador, pero sin dramatizar. Y no tanto por la calidad de lo publicado, que no es el caso, sino por la sensación que me deja el leer acerca de lo que en principio es mostrado desde la perspectiva de "lo interesante" actual. No se trata de decir, como aquél, que "ya nada me apasiona". Al revés, se trata de decir que ya sólo me apasiona lo que no resulta actual. En este sentido, las publicaciones culturales adscritas a la prensa diaria me parecen, todas, guías del ocio. Y no tanto debido a una voluntad como debido a una inevitabilidad. Es decir, todo está bien en estos suplementos que sostengo en mis manos, pero nada hay en ellos que justifique el tiempo que requiere su atención. Otra cosa es que uno se viera recompensado con los textos de algún colaborador valioso. Entonces... entonces tendría uno que valorar hasta qué punto compensa tragarse toda esa otra información culturizante y supuestamente culturizadora.

Lo cierto es que echaba mucho de menos leer los artículos de Stefano Russomanno, ese gran analista musical que semanalmente se ocupa, no tanto de escribir acerca de lo último, como de escribir bellos textos. Porque una cosa son los textos que se escriben para hacer referencia a algo y otra los que, con independencia de lo que pretenden se transforman en pura literatura. La mayoría de la prensa escrita se ha decantado por ofrecer a sus lectores lo primero. Ellos sabrán. Supongo que todo será la consecuencia de un estudio de mercado y por eso los periódicos de ahora son cada vez más anodinos. Ya no quedan escritores de prensa a lo Joaquín Vidal, que eran capaces de trascender sus crónicas a partir de su estilo.

Los informadores de lo cotidiano, es decir, los periódicos han elegido preponderar, definitivamente, el contenido sobre la forma. Y por ello han consolidado un tipo de producto que puede resultar interesante. Sólo eso. Pero por ello sórdido. Se podrá alegar en mi contra que es por eso por lo que se caracteriza precisamente el género periodístico y yo les contestaré: claro, pero es por eso por lo que a mí, ahora,  ya no me interesa la prensa, una prensa hecha a la manera de otros tiempos. Y habrá que pensar a cuántos más, sobre todo si nos atenemos a sus quejas, a las quejas de todos los diarios cuando hacen referencia a las caídas en ventas. Además, lo interesante es la categoría estética del siglo XX, no la del XXI. Quizá, como en todo, convendría reflexionar acerca de seguir haciendo las cosas de cierta manera por inercia, porque es posible que esa reflexión nos deparara sorpresas. Lo que pasa es que ya nadie está para la reflexión. Nadie tiene tiempo.

lunes, septiembre 21, 2015

Cataluña

Es más que probable que de los más de 300 posts que contiene este blog haya en él cerca de 200 que traten el tema de la Corrección Política. Esto se debe a una sola razón: soy de los que cree que la práctica totalidad de los males que nos afectan a las sociedades civilizadas provienen de la implantación y el ejercicio de lo políticamente correcto. O por decirlo de otra forma más maniquea pero no por ello menos precisa: tengo la convicción de que la Corrección Política es el verdadero cáncer de nuestro tiempo.

La Corrección política nació en los Campus Universitarios anglosajones hacia los años sesenta pero no se instaló definitivamente en Occidente hasta principios de los ochenta. Fue un "invento" de la Izquierda más "académica", siempre tan comprometida ella, pero como su eficacia se demostró tan poderosa la derecha se apuntó rápidamente al carro. Así, salvo raras excepciones el mundo occidental lleva configurándose desde hace 40 años bajo unas innegociables formas de poder muy concretas. Las que se sustentan sobre la promoción de problemas que deberán ser irresolubles. Valga la perversa paradoja.
Pero como digo, todo ha sido ya explicado en otros posts: la Corrección Política -en tanto que forma de poder- se ha fundamentado sobre una Cultura de la Queja que al mismo tiempo alentaba. Promoviendo un victimismo siempre vinculado, curiosamente, a cierta proporcionalidad numérica. Lo que comenzó pretendiendo ser una -necesaria- defensa de las minorías oprimidas acabó promoviendo, debido a cuestiones puramente electoralistas, un mundo exasperado repleto de micro-luchas intestinas imposibles de erradicar desde los parámetros de una forma de poder que se sustenta, precisamente, en la promesa perpetua de solucionar el problema. Así es como hemos llegado a convertir la defensa de la mujer en una Guerra de Sexos permanente y la defensa de los negros en una inevitable confrontación constante entre negros y blancos. La paridad y el sistema de cuotas son, en este sentido, paradigmas de una forma de poder que pretende beneficiar a las minorías (supuestamente víctimas por el hecho de serlo) a costa de una confrontación que queda marcada por la injusticia. Y muchas veces hasta por la "ilegalidad", como pone de manifiesto la Ley cuando diferencia los sexos para imponer penas distintas por violencia o maltrato.

El problema que vive Cataluña no deviene tanto de cuestiones políticas como de cuestiones sentimentales... y ¡emocionales! Es claro que los dos grandes partidos de España se han beneficiado de promover en Cataluña una corrupción institucionalizada de la que se desentendían (o que alentaban), pero no es menos cierto que a la avalancha de ciudadanos que se disfrazan en la calle para pedir la independencia les importa una higa cualquier tipo de corrupción, porque lo único que quieren es ser considerados víctimas, víctimas que exigen su liberación en tanto que minoría humillada por lo Hegemónico. Esa es la esquizofrenia que les toca vivir a todos los que pretenden beneficiarse de lo políticamente correcto. Exigir con furia la Igualdad al tiempo que se reivindica con ferocidad paranoica la Diferencia. Esquizofrenia en su máxima expresión. La que provoca la Corrección Política.

Addenda. No hay nada que hacer contra ella. Todo el que no sea políticamente correcto está muerto mediáticamente hablando. No tendrá voz por mucho que se encuentre cargado de razones. Porque la misma Corrección nos ha obligado a rechazar las razones si éstas las dicta lo Hegemónico. Sin embargo la víctima podrá ciscarse públicamente en quien le dé la gana porque es la Corrección quien le habrá enseñado a hacerlo. Todos sabemos que en Cataluña llevan años incumpliéndose muchas leyes y todos sabemos que la situación actual no es más que el producto de un lavado de cerebro que se les viene haciendo a los ciudadanos desde un control exhaustivo de los medios y del sistema educativo. En estas circunstancias parecería tan lógicas como legítimas las denuncias sobre un sistema, el del Gobierno Catalán desde hace 40 años, a todas luces fascistoide. Pues bien, a un ex-ministro se le ocurrió llevar a cabo esta denuncia con la frase "lo que hay que hacer es españolizar Cataluña"... y se le vino el mundo encima, pero no sólo el de las supuestas víctimas sino, sobre todo, el de los refitoleros adalides defensores de la Corrección, los que por ello no tienen ni media torta. Su pensamiento es tan débil que sólo saben de miedos y complejos. Ya digo, no hay nada que hacer: mientras se le exige a ese ex-ministro rectificar sus palabras por las ofensas generadas (?), a los independentistas se les deja que chantajeen, incumplan las leyes y amenacen con desobedecimientos varios, todos al margen de la Ley. 

viernes, septiembre 11, 2015

Lo que verdaderamente pasa con el Arte

El Arte del hoy

En este post se abordará la cuestión desde la simplicidad de los hechos empíricos y en otro posterior se hará desde la farragosidad de la Teoría. Si bien es cierto que ya todo quedó apuntado en mi artículo publicado en Jot down, que aconsejo leer para encontrarle sentido a éste, "El hoy del arte":



La cuestión es que uno hace un esfuerzo denodado por argumentar su tesis -expuesta el “El hoy del Arte”- entre gente del sector (artistas, galeristas, asesores culturales, técnicos culturales, directores de medios culturales, críticos de arte y aficionados al arte en general), pero la respuesta de toda esa gente viene siendo siempre le invariablemente la misma: una mirada entre perdida y airada, y una suerte de asentimiento cuasi forzoso. Por lo que a veces acaba creyendo uno que le dan la razón como a los locos. Si bien es cierto que esa mirada perdida también denota en muchas ocasiones un principio de entendimiento comunicativo, o un amago de entendimiento que mis interlocutores intentan al mismo tiempo disipar por la cuenta que parece traerles. Algo, por otra parte, que no carece de sentido, pues mi teoría consiste básicamente en señalarles la inoperatividad de toda acción que siga contemplando el Arte como se contemplaba hace 10 años, por decir una cifra.  

La cuestión es, en cualquier caso, que toda esa gente que se me dirige para comentarme su situación profesional dentro de ese mundo del Arte lo hace, sólamente, para quejarse. No hay quien renuncie a narrarme con precisión cirujana las tremendas penurias, calamidades y desafueros que sufre diariamente en un mundo, el suyo, el del Arte, que tal y como ellos mismos aseguran no funciona en absoluto. Desde hace aproximadamente 10 años.

Pero vayamos a la historia, la que acaba de sucederme. Hace un par de días me llamó por teléfono una galerista que  no veía hace años manifestando interés en hablar conmigo, así que concertamos una una cita a media tarde de ese mismo día. O sea, ayer. Acudo a la cita y como son muchos los años en que no nos vemos comenzamos poniéndonos al día sobre nuestras actuales circunstancias. Sus palabras no ofrecen dudas ya desde el principio. Como galerista ha tirado la toalla, no tanto porque haya dejado de ejercer cuanto porque ya no espera nada de esa profesión. Su desmedida pasión por el arte la hace continuar aun cuando carezca de beneficios. Sus quejas son definitivamente irrevocables porque se encuentran fundamentadas por unas circunstancias que empíricamente son indiscutibles. Las hace extensibles también a varios colegas de la profesión que ambos conocemos (y lleva razón, como he podido comprobar a lo largo de estos últimos años). Pero hay algo que resulta muy revelador en esa queja masiva: ya ninguno de ellos asocia esa total inoperatividad actual del Arte a la crisis económica. De hecho, lo fácil en un sector como éste hubiera sido recurrir a la crisis para justificar este descalabro (de hecho, se hizo sólo en los aparatosos inicios de la crisis), pero no, insisto, ya nadie recurre al argumento de la crisis para explicar esta inoperatividad total del Arte.

Y así es como me encuentro enfrentado, con bastante frecuencia, a quien admitiendo un fracaso, el suyo particular dentro del integral del sistema, no sabe hacer otra cosa que quejarse. Si acaso puede uno encontrarse con la figura de aquel que lucha con la -absurda- creencia de que las cosas volverán a ser como en antaño (como hace 10 años aprox.). ¡”Reiventándose”! como muchos de ellos dirían. Algo que generalmente acaba traduciéndose en el uso de tácticas algo diferentes de las que en su momento funcionaron, pero con estrategias aferradas a ese mismo paradigma que lleva 10 años (?) mostrándose ¡obsoleto!

Pasada una media hora de conversación trufada de quejas y lamentos sobre el actual momento del Arte, la galerista se decide a abordar el motivo de su interés en hablar conmigo. La cuestión es que en los años de bonanza económica (hasta 2006) surgían, como es bien sabido, coleccionistas allá donde existieran galerías de Arte dispuestas a suministrar artefactos que contuvieran "futuro" y/o que proporcionaran "clase". Y en estas circunstancias, quede claro, no hay estafadores ni víctimas (como muchos quieren ver), lo que hay es una concreta realidad que nace bajo unas determinadas condiciones favorables. La construcción inmobiliaria favoreció el surgimiento de una clase social con un alto poder adquisitivo. Y con muchas ganas de figurar.

Uno de ellos fue un ampuloso y conocido notario de la Comunidad Valenciana, un tipo de esos que se toca los gemelos de la camisa mientras estira el cuello para desahogarse de su corbata de Valentino. Lo compraba casi todo, al menos casi todo aquello cuyo precio pudiera indicarle que no se equivocaba. Se decía de él que era un gran coleccionista, un hombre de cultura. De hecho ese ha sido siempre el objetivo principal de los "importantes" coleccionistas de Arte: el de conseguir ser tildados de grandes coleccionistas, esto es, el de ser señalados como personas cultas. De ahí que -sólo- compraran -en su momento- aquello cuyo precio pudiera indicarles que no se equivocaban. He aquí la clave del funcionamiento del Arte: en los momentos de bonanza económica -que es cuando surgen coleccionistas como hongos- sólo puede ser "bueno" lo que cuesta mucho dinero, esto es, aquello cuya posesión pueda conferir prestigio. Las cosas valen, lo sabemos, lo que uno está dispuesto a pagar por ellas.

Pues bien, sigamos con la trama: según me cuenta la galerista amiga -profesional y honesta como pocas- este notario acaba de vender su chalet situado en una privilegiada primera línea de playa. Pero lo ha hecho, y esto es lo bueno, !con una gran parte de su colección de Arte dentro!, hecho que no ha sido utilizado para incrementar el precio de venta. Una colección de Arte, y esto es igual de bueno, que en contra de toda previsión dictada por la lógica (?) sólo ha conseguido enfurruñar al nuevo propietario, un extranjero que se ha encontrado esa extraña herencia sin comerlo ni beberlo. Es decir, que se la ha encontrado por castigo. Tanto es así que lo primero que ha hecho es ponerse en contacto con la galería de Arte más cercana, la de mi amiga, para pedirle ayuda. ¡Ayuda!, sí, porque bajo ningún concepto quiere quedarse con todos esos cuadros adquiridos en su momento por su antiguo propietario, el gran coleccionista y hombre de cultura. Le pregunto entonces a mi amiga acerca de los cuadros en cuestión, esperando sin duda que el patrimonio estuviera compuesto por esas obras menores que suelen ser el producto de compras comprometidas o precipitadas. Pero no, y esto sigue siendo igual de bueno, se trata de obras mayores de artistas que continúan luchando por mantenerse en ese mercado del Arte del que todo el mundo se queja. No sabe nadie por qué el ínclito notario las ha dejado allí pero la cosa es que quien de repente se ha encontrado con ellas por cojones está enfurruñado. Le ha pedido a mi amiga galerista, en tanto que profesional de la compra-venta de Arte, que por favor le eche una mano y que le ayude a deshacerse de todos esos enormes cuadros diciéndole que si no lo hace los acabará tirando al contenedor. Por eso su propuesta, y esto es lo verdaderamente bueno, ha sido muy clara: "véndelos por lo que te den, lo que sea, y de lo que saquemos a medias y punto. ¿No decís todos que se trata de obras de arte tan buenas? Pues entonces no te resultará difícil venderlas a precios sumamente inferiores a los del actual mercado, ¿no?".

Me disculpo por no poder ayudarla, pero la curiosidad me puede y le pregunto de qué precios estamos hablando. Su contestación hay que situarla, precisamente, en el contexto del actual mercado (?), pues estamos hablando de obras concretas que hace 8 años costaban (y puede que cuesten aún en alguna galería) entre 3.000 y 15.000 euros. El nuevo propietario no ha dudado un ápice en poner precio a esos cachivaches incómodos "200, 300 euros, lo que sea, véndelos por lo que te den".

Post posterior y complementario
http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2015/11/lo-que-verdaderamente-pasa-con-el-arte-2.html

sábado, septiembre 05, 2015

El caballo de Turín (Béla Tarr)

El caballo de Turín (Béla Tarr)

Un caballo viejo y famélico arrastra al paso un carruaje a través de un camino polvoriento y árido. Lo guía un hombre mayor que debe hacerlo luchando con unas adversas condiciones meteorológicas de frío y viento.

Estos son los únicos ingredientes del largo plano secuencia que da comienzo a The Turin Horse. Toda una declaración de intenciones que sitúa al espectador en su justo lugar, que no podrá ser otro que aquel que lo ha predispuesto a aceptar unas concretas formas narrativas. Así, y después de esa larga secuencia, no habrá espectador desprevenido, ni habrá espectador situado en el lugar equivocado.

Viento y frío como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pero, ¿es en realidad posible un fin sin finalidad? ¿O precisamente se trata de la única posibilidad con sentido? ¿Tiene acaso sentido "nuestra" existencia? ¿Qué relación de sentido vincula la existencia con una finalidad? ¿Qué puede tener que ver con todo esto la predestinación, sobre todo si admitimos, ya que la Ciencia lo dice, que nada es eterno?

Pocas películas conducen al espectador con tanta claridad por vericuetos mayéuticos tan productivos y sobre todo emocionantes. Y si para ello deben incumplirse las normas básicas que dicta la "buena" escritura cinematográfica, pues se incumplen. Todo son preguntas sin respuestas en esta película donde parece no pasar nada mientras va pasando de todo. Precisamente porque la táctica consiste, como en el mejor cine de los últimos tiempos, en depositar sobre la mente del espectador la responsabilidad última de la misma creación de la película.

Dos son los personajes que llevan el absoluto peso interpretativo de unas secuencias sin apenas trama y diálogo alguno. Dos personajes de los que nada sabemos (caracterizados sólo por sus gestos), ni falta que hace, porque como digo deberán ser construidos por el espectador en un ejercicio de creación voluntarioso y constante. En este caso un hombre manco y su hija conviviendo en una casa en medio de la ruidosa nada.

No sabemos de qué viven, no sabemos lo que piensan, no sabemos lo que sienten, sólo sabemos lo que vemos que hacen. ¡No lo que hacen!, sino lo que vemos que hacen. Pero, ¿por qué? Ésa es la pregunta que uno se hace de forma implícita durante todo el visionado. ¿Quienes son? ¿Qué son? ¿Cuál es la finalidad de esos personajes? ¿Cuál su sentido dentro de lo que serían sus propias experiencias vitales? No lo sabemos porque nada sabemos de ellos más allá de lo que podamos deducir de sus gestos. Sólo nos es dado conocer a los espectadores la causa que ha impulsado a su director a realizar esta parsimoniosa película de trama indefinida y extremadamente triste.

Esa causa que nos es contada en off  al comienzo mismo de la película justo antes de la esa secuencia inicial mencionada: Cuentan que paseando Nietzsche un día por su ciudad se cruzó con un carruaje parado en medio de la calle debido a la determinante negación del caballo a avanzar. Vió entonces cómo su dueño y guía comenzaba a atizarle fuertemente con una fusta y no pudo soportarlo; se abalanzó sobre el caballo y lo abrazó entre sollozos incontenibles. Volvió a su casa y se mantuvo ensimismado el periodo de tiempo que precedió a su conocida enajenación.

También es ese famélico caballo que da comienzo a la película quien muestra los primeros signos de la debacle universal que a la humanidad le espera. Una debacle que "se ve venir". Es el caballo que se niega a seguir arrastrando el carro el segundo día de los cinco en que se divide la narración del film. Ese caballo famélico y cansado que viene cumpliendo con su misión día tras día desde hace hace tantos y tantos años. Tantos y tantos años en los que un hombre y su hija llevan repitiendo los mismos gestos. Gestos como hábitos. Hábitos automatizados que sólo expresan supervivencia.

El caballo de Turin es, en este sentido, un conjunto de variaciones que se corresponden con el hábito de sobrevivir. No existe la posibilidad de un hábito que pueda ser anecdótico y por tanto prescindible en una vida que se rige por lo esencial. Ni siquiera esa necesidad de sentarse ante la ventana para mirar a un exterior árido e inhóspito deja de ser un hábito necesario, esencial. Como lo es el rito de sentarse a comer sin cubiertos, aunque sean unas simples patatas hervidas. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Como lo es la necesidad de vestirse con todas aquellas capas de ropa que son necesarias para combatir el frío desolador y el viento apocalíptico. Como lo es la necesidad de alimentar el fuego con con una madera cada vez más escasa. Como lo es la necesidad de acopiar agua para la cocina y la higiene. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Todos los días siempre lo mismo y sólo eso.

Hábitos rutinarios que nos son mostrados con la distancia que adopta una mirada que huye de fáciles complicidades y que rechaza cualquier posibilidad empática. Parece claro que Tarr cree firmemente en el porvenir de lo terrible, como bien queda claro en las premonitorias palabras de ese extraño personaje cuya incontinencia verbal contrasta con la apatía nihilista de los dos protagonistas. Tampoco sabemos nada del significado de esa intromisión apabullante e histriónica, pero el discurso de ese tercer personaje no ofrece duda alguna: el mundo es incapaz de sostenerse por más tiempo. Si orden es disposición racional coforme a razón, el caos es indisposición absoluta conforme a la más pura irracionalidad. El camino más "vivo" hacia la nada. Y no se puede polemizar con la nada. En realidad nada se puede hacer con la nada. El caballo lo sabe y por eso a partir del segundo día decide no comer.

Cuando la mujer descubre que ya no tienen agua -porque el pozo se ha quedado seco de un día para otro- el hombre sabe que sólo les queda una opción de supervivencia: huir, "Trae la carretilla", le dice a su hija. Así que por primera vez en la película observamos gestos en los protagonistas que sabemos son nuevos para ellos. Empaquetan sus enseres, los calzan sobre la carretilla, atan por detrás al famélico caballo (que decidió ya que jamás tiraría de ninguna carreta o carretilla) y avanzan con dificultad arrastrando ambos esa carretilla/casa entre el polvo y la hojarasca producida por un persistente viento desolador.

Viento y frío -decíamos- como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pues bien: viento y frío como síntomas del fin del mundo. No habrá alivio en la invención verbal. No hay solución: de la misma forma en la que cargaron la carretilla ahora tienen que descargarla. En esa misma casa en la que no quedaba agua. Marchitos y exangües no pueden reaccionar frente a la fatalidad.

Si todas las películas tienen un fin ésta lo tiene en el doble sentido del término. Si todas tienen un final (Fin) y una finalidad (fin), la finalidad de The Turin horse es contarnos el mismo Fin. El Fin de verdad. "¿Qué es esta oscuridad?" le dice la mujer a su padre. Pero ya no hay nada que hacer, a los candiles no les basta el aceite para cumplir su función, también ellos han decidido no seguir iluminando nada. Para que la nada sea real, para que lo real se quede en NADA. Una película de una tristeza infinita, una película de una belleza sobrecogedora y conmovedora. El Fin, el final. Como decía Cioran "la muerte es demasiado exacta, todas las razones están de su lado". Una de las mejores películas de los últimos tiempos junto con Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan). Pero mis lectores lo saben: no las recomiendo.

martes, agosto 25, 2015

Andrés Trapiello (más que un romancero)

Andrés Trapiello

Acaba uno de leer Troppo vero, un libro de 800 páginas que conforma un fragmento de la famosa novela en marcha de Andrés Trapiello, que no es propiamente un novelista aunque de vez en cuando lo parezca. Andrés Trapiello sería más bien un perverso testigo de su propia existencia. Un personaje protagonista de su propia gran novela, esa super-novela que nos viene regalando por fascículos a los lectores impenitentes desde hace tantos años. Así, cuando uno lee esos fragmentos que conforman la gran novela sabe que Andrés Trapiello es "uno", esto es, el "yo" que no puede evitar que su vida configure el mismo acto de su creación. Después sólo tocará transcribir, y ahí se encuentra el intríngulis. En este caso, literatura en estado puro que se retroalimenta de una irrefrenable inercia. Deseo obsesivo y obsesión por la literatura.

También escribe otras cosas de vez en cuando, por ejemplo historietas con trama, con planteamiento, nudo y desenlace, pero todas carecen de la enjundia que sólo puede tener una novela en marcha, es decir, una novela con tantas tramas como las que puede soportar un enfermo de literatura. Incluso sus ensayos son réplicas menores de la novela en marcha.

Pero no es éste ya el tiempo para historietas ensimismadas. Quien sigue este blog sabe de mi rechazo ante la literatura novelística de la contemporaneidad por cuestiones de anacronismo. El romance tuvo sentido en su momento, cuando no existían ni teléfonos móviles ni internet, pero ahora carecen de él todas esas manifestaciones artísticas ya periclitadas (escribir novelitas, poesía, pintar cuadros...). Y no se trata como muchos creen de solucionarlo con una simple hibridación de géneros; eso se lo dejo a quienes necesitan justificar su snobismo, o su amor por el dinero (fama). Es claro que no existe una realidad objetiva enfrentada a la ficción, al igual que también sabemos que en todo relato hay siempre una parte de realidad objetiva. Hace falta ser muy simple para usar el argumento de la hibridación -en la forma- con fines justificatorios modales. Sobre todo en un momento donde sólo se venden libros en las grandes superficies. Un ensayo es un ensayo y una novela es una novela, que por eso están en secciones distintas y sus ventas son tan dispares. Ahora bien, si lo que quiere uno es ganar dinero lo que tiene que escribir es una novela, ¡y no un ensayo! O un ensayo con forma de novela. Como muy bien sabe Vila Matas que ha ganado pasta por un tubo con sus camuflajes hibridadores.

Por cierto Vila Matas es uno de esos personajes que Andrés Trapiello nombra con una X (a veces los nombra con las iniciales del aludido). Habla de él, como siempre y como hace con todos, escondiéndose, nombrándolo agazapado desde la vuelta de la esquina a 5 años de distancia. Lo que podría interpretarse de diversos modos. Seguro que Trapiello tendrá sus buenos argumentos, pero para mí no es más que un recurso retórico ciertamente agotador. Podrá argüirse que la literatura se encuentra por encima de los cotilleos y podrá rematarse el argumento convocando a la elegancia, pero para mí se trata de un recurso lastrante y frustrante al tiempo que demasiado refitolero. También podrá argüirse que los lectores de Trapiello son lectores avisados y que por ello les resultará fácil descubrir las incógnitas, pero entonces tampoco veo el motivo de tanto jugueteo, y lo que nació como retórica en pro de la literatura acaba como juego floral. De hecho, pocas son las X (o iniciales) que se me han escapado en este y otros libros de la novela en marcha, ya hable de escritores, pintores, historiadores o fotógrafos. Otra cosa sería que Trapiello lo hiciera para sentirse más libre en sus opiniones, pero eso sólo empeoraría las cosas.

Y ya que estoy, aprovecho para sumarme a la perplejidad que a Trapiello le causó -en su momento-* el motivo por el que en Troppo vero necesitó aludir a Vila Matas (con una X o con iniciales, qué más da), que no fue otro que una entrevista publicada en ABC en la que el propio Vila Matas explicaba cómo ganó un famoso premio patrocinado por Herralde. El propio "preferiría no hacerlo" explica que fue el propio Herralde quien le llamó para que se presentara porque estaría bien que fuera él quien lo ganara. Así de simple: se trata de un concurso internacional con un jurado de reconocido prestigio, pero como es uno el que pone el dinero -digo yo que se dice Herralde a sí mismo- doy el premio a quien me pasa por los huevos... incluso sin haber leído el libro... que aún no se ha escrito.

Y yo me pregunto, ¿qué costaba poner Vila Matas en vez de una X? ¿Por evitar un tipo de literatura de rebajada calidad? No. ¿Para hacer de su literatura algo intemporal, esto es, algo con futuro? Nada, no me convence. No entiendo muy bien por qué esconde detrás de X a Miquel Barceló, López Modéjar, Castro Prieto, Ramón Gaya, Arcadi Espada, Bonet, Sánchez Ferlosio, etc., etc. Sé que no es ni por miedo ni por pudor. ¡Ay la gloria, cuánta seguidores convoca! Conclusión personalísima: un magnífico escritor con un pequeño (?) error de cálculo. En cualquier caso, su novela en marcha es un artefacto cuya excelencia radica en la superación del juego anacrónico -que es toda historieta en la actualidad- a través del plus de la monumentalidad. Como es sabido Josep Pla decía que quien leía novelitas a partir de los treinta años era un cretino. Eso era antes. Ahora la cosa es mucho peor. Pero la novela en marcha de Andrés Trapiello, insisto, NO es -sólo- una novela.

*5 años antes de la publicación del libro, pues como sabemos Trapiello publica sus notas unos 5 años después el haberlas tomado. Sin embargo, como tantas cosas de las que se sirve para elaborar su cr´onicas, yo las recuerdo con claridad casi meridiana, como es el caso de la entrevista a ese supuesto Vila Matas al que señala con una de sus X.

lunes, agosto 17, 2015

Soy un mequetrefe

Como expliqué en este blog hace ahora un año exactamente me vi obligado a desprenderme de una buena parte de mi biblioteca, de unos 3.000 ejemplares aproximadamente. No es que fuera una gran biblioteca, pero era la mía, la que fue configurándose poco a poco a lo largo de toda mi vida. Fue un momento triste, como ya apunté en su momento, que aún no termino de superar. Me quedé con el número de ejemplares que me permitía mi nueva casa. Cerca de 5.000, una miseria si la comparas con las verdaderas buenas bibliotecas. O al menos con la que me hubiera gustado tener.

A pesar de todo cada vez que alguien entra en mi casa queda pasmado del culto al libro que en ella se respira. Y siempre hay algún lelo que pregunta si me los he leído todos.

La verdad es que sin mis libros sería menos yo. O sea, un Alberto disminuido. Casi inútil. O por lo menos acobardado. Es cierto, además de ofrecerme compañía los libros me ofrecen seguridad. Y sé que como ángeles custodios velan por mí de forma absolutamente desinteresada. Curan igual la euforia que la melancolía. Su posesión resulta importante pero tanto como su misma presencia. No soy capaz de entender a quienes no abarcan con la vista todos sus libros (aunque sea en diversas estancias), además bien dispuestos en sus correspondientes bateas. Hay libros para leer, libros para ver, libros para consultar, libros para releer y libros para tener. Pero deben estar siempre a mano todos.

Elegir el libro apropiado para un viaje o una estancia es trabajo difícil, pero hay que hacerlo a menudo. Puedo dejar la maleta para el último momento previo al viaje, pero los libros tienen que haber quedado clarificados al menos con un día de antelación. Y aún así uno se ha equivocado tantas veces. Lo ideal es llevarse los seleccionados más dos de reserva si se trata de una estancia, y uno más uno si se trata de un simple viaje.

Tres han sido los seleccionados para esta corta estancia que acaba. Esta vez el error no ha radicado en la elección, que algo de eso también ha habido, sino en el cálculo del tiempo. Me he pulido los tres demasiado rápido. Ante mi desconcierto MJ me habla de su I-Book y de sus ventajas. Como toda aquella persona integrada en asuntos tecnológicos hace un esfuerzo por convertirme. Yo me hago el estrecho pero ella insiste en que lo pruebe arguyendo que no tengo nada que perder. No me cabe otra que aceptar una pequeña demostración porque aquí no hay librerías y necesito seguir leyendo. Con el dispositivo en sus manos me va explicando su funcionamiento y la verdad es que se lee bien en él, es decir, se lee bien en él. Poco más. Uno le explica las desventajas de leer en pantallita (que no son nada comparadas con las desventajas reales) con toda la parsimonia de la que uno es capaz, pero ella no las entiende, entre otras cosas porque hay dos grandes ventajas que le resultan indiscutibles. Tan indiscutibles que no se muestra dispuesta a réplica alguna: su capacidad de almacenamiento y su precio. En efecto, su capacidad de almacenamiento porque tiene 14.000 ejemplares en su haber y su competitivo precio porque esos 14.000 ejemplares le han costado cero euros.

Me acuerdo entonces de aquel soldado romano que en un volúmen de Asterix, concretamente en el de Asterix legionario,se estaba preparando para las Olimpiadas de atletismo. Pasa el atleta-soldado corriendo junto a los dos soberanos protagonistas de todas las historietas, Asterix y Obelix. Por razones que no recuerdo bien estos se ven obligados a decirle algo al atleta romano que acaba de pasar delante de ellos a toda velocidad y no se les ocurre otra cosa que correr hacia él. El soldado queda perplejo ante tal situación, pues ha sido fácilmente adelantado por un viejo y un gordo. Sin embargo el soldado no se arredra y en un gesto entre cabreado y chulesco arranca un arbolito y lo usa de jabalina con el propósito de demostrar su fuerza y habilidad. Entonces Obelix, con esa ingenuidad que tanto le caracteriza, lanza su menhir -de media tonelada- a más distancia que el atleta, y lo hace incluso alcanzando a un romano del poblado vecino. En la viñeta que sigue a los acontecimientos descritos aparece el corpulento atleta romano con las rodillas dobladas y mirando al lector/espectador dice "soy un mequetrefe".

domingo, agosto 16, 2015

Del deseo

Hay frases que se te meten en el cuerpo y no hay forma de desprenderse de ellas. Así son los efectos mágicos propios de la buena literatura, que actúan a modo de inoculación. Quién me iba a decir a mí que esta mañana me iba a encontrar con uno de esos milagros que suceden con la baja frecuencia que los hace soportables. De otra forma, no habría forma de hacer algo que no fuera el pensar ensimismado.

Dice el autor: "Cuanto mayor es el deseo de cabalgar, tanto menos numerosos pueden ser los rasgos que bastan para un caballo". Lo sé, para un lector desprevenido haría falta un determinado contexto que pudiera colaborar en la apreciación, si bien es cierto que sin él me sigue pareciendo una bella frase, o mejor, una buena forma de expresar una idea a partir de una frase. Cuando una frase logra ese efecto de inoculación espontánea es, precisamente, porque trasciende la misma idea que adquiere sentido en su contexto. En este caso la expresa Gombrich en su famoso ensayo cuyo título ya nos ofrece unas pistas, Meditaciones sobre un caballo de juguete.

Ya tenemos, pues, una frase y un título. Una frase que adquiere su pleno sentido en las reflexiones que a Gombrich le provocan un caballo de juguete, o mejor, la imagen de un caballo de juguete. La verdad es que dicho así, y sin reparar aún en contexto alguno, todavía me parece más estupenda la frase: "Cuanto mayor es el deseo de cabalgar, tanto menos numerosos pueden ser los rasgos que bastan para un caballo". Así sería en sentido abstracto: el sentido cuantitativo positivo relacionado con el deseo produce un efecto cuantitativo negativo respecto a alguno de los efectos derivados de ese deseo. O dicho de otra forma, a mayor deseo disminución de rasgos necesarios; cuanto mayor es el deseo de cabalgar menos serán los rasgos que hacen falta para "tener" un caballo. Y pongo "tener" entrecomillado porque es precisamente la imaginación lo que está en juego. Cuando no hay un caballo real.

La frase, digo, es producto de la deducción que hace Gombrich después de la atenta observación de una imagen en la que un niño juega con un palo -entre las piernas- en cuyo extremo hay una pequeña talla que representa la cabeza de un caballo. Ya tenemos, pues, el  contexto. El historiador se pregunta cuál es la imagen mínima que sirve para sustituir a un caballo de verdad, y es cierto que el deseo juega un papel importante a la hora de determinar ese minimalismo de la imagen. Y como decíamos más arriba: a mayor deseo disminución de rasgos necesarios. Un palo con una especie de cabeza de caballo en el extremo sirve para que el niño cabalgue feliz. Y ¿qué sería lo que en última instancia ha permitido esa sustitución tan minimalista pero al fin y al cabo satisfactoria? Pues la imaginación instigada por el deseo. Cuanto mayor es el deseo menores son las condiciones que hacen falta para satisfacerlo... si uno se conforma con el producto de la imaginación, claro.