viernes, septiembre 16, 2016

Richard Rorty III

Tercera parte
Es claro que Rorty tiene muchas veces razón en lo que dice, a veces debido a su indudable talento, pero otras debido al hecho de expresar su pensamiento más profundo con perogrulladas. Y no tanto por expresar lo que todo el mundo sabe cuanto por expresar lo que toda persona de “buena voluntad” parece que quiere escuchar. Sería lo que bien traído ahora podríamos llamar un filósofo populista, con su propuesta pragmática de la antifilosofía… De hecho uno de sus intereses más conspicuos es el de hacer prevalecer las afirmaciones que se expresan en nombre de la opinión sobre aquellas que lo hacen en nombre del conocimiento.

Tengo para mí que este afán por defender “lo llano” Vs. “lo profundo” no es más que el producto de un resentimiento no superado. Así, gran parte de las ideas que el pensador expresa de forma simple serían, para mí, el producto de una vendeta contra todo el campus universitario anglófono que en su momento estudiantil le hizo pasar por la piedra. Es cierto que el mismo Rorty parte de los insultos de los filósofos analíticos para después darles la vuelta, pero eso es precisamente lo que empequeñece su discurso; hubiera podido aprovechar esa debilidad que siempre contiene el insulto para elevarse y contestar con una elegancia desproporcionada, la que por otra parte podríamos exigirle a todo ideólogo populista.

No puede entonces conformarse con darle la vuelta al aserto. Ciertamente uno podría estar a favor de las opiniones -en tanto que formas de desarrollar el intelecto y por oposición a esa otra forma que sería la del conocimiento profundo- si previamente alguien se encarga de afirmar que el conocimiento profundo es, tal y como apuntó Platón, una creencia cierta y justificada. Pero la cosa es que, excepto algunos analíticos recalcitrantes y obsoletos, ya nadie cree que el conocimiento pueda sólo entenderse de una sola forma. Y la verdad es que las opiniones no pueden ser más que pura cháchara al lado de un Saber que busca aproximarse a la verdad, por muy conscientes que seamos de lo ilusorio de tal pretensión.

De hecho es el propio Rorty quien, cuando se descuida y pierde de vista su estrategia mediática, dice que “entender algo mejor significa tener algo más que decir acerca de ello; ser capaz de engarzar las diversas cosas que se habían dicho previamente de una forma nueva y comprensible”. No puedo estar más de acuerdo con él, pero no veo que los adverbios “más” y “mejor” sean propios de un relativista convencido, más bien al contrario los veo incoherentes. De la diferencia de grado que suponen los adverbios comparativos se colige que esa distinción que opone el estar en lo cierto con el generar lecturas nuevas y más imaginativas responde a una pose, la que él filósofo se ha marcado, precisamente, en base a su estrategia de filósofo profesional. Porque si resulta imposible estar en lo cierto resulta imposible estar más o menos cerca de lo cierto.

También a grandes rasgos estaría de acuerdo con Rorty en lo que respecta al hecho de tener que entenderlo todo como un relato que construímos más con la imaginación que con la ciencia, pero para eso me quedo con el trabajo de Jesús González Requena y su Teoría del Texto. No está mal eso de que en el fondo todo pueda ser relato, pero me seduce más la idea de que todo sea texto y que no cabe otra cosa que hacer que lecturas oportunas de todos los textos, y además de la forma más materialista posible. Creo que es la mejor forma de poder ir conociéndonos. 

jueves, septiembre 15, 2016

Richard Rorty y la Filosofía II

Segunda parte
...
Y aunque Rorty se considera un pragmatista todo su pensamiento se fundamenta en sustituir la “relación entre sujeto y objeto” por “teorías contextualistas relacionales”, y en reivindicar una suerte de “nominalismo”, asumiendo que “ninguna descripción de un objeto es más fiel a la naturaleza de ese objeto que otra”.

¡Hay que ver cómo les gusta a los nominalistas regocijarse en la incapacidad del sujeto por acercarse a una verdad que pudiera ser más verdadera que otra!, incluso aun cuando pudiera aceptarse con naturalidad la existencia de una naturaleza específica del objeto, la que los sujetos somos incapaces de conocer. Según el mismo Rorty.

Lo decíamos más arriba, lo que caracteriza principalmente a quienes reivindican los relativismos derivados de cierta idea del mundo (nominalista, pragmatista…) es el buenismo que siempre e inevitablemente emana de ellos -en tanto que sujetos que afirman, y además categóricamente- ante un interlocutor que sin duda será alguien en concreto (su lector, su alumno, su espectador). Esto es, precisamente, lo que al pensador relativista le impide ser consciente de la cantidad de perogrulladas que trufan su discurso, las que siempre profiere con aire tan dogmático como autocomplaciente. El goce del relativista no provendría tanto de poder decir “si seguís mi discurso podríamos eliminar, por ejemplo, los problemas de xenofobia”, que también, cuanto del goce que le supone creerse el verdadero instigador de la única forma de bondad posible.

En sus intentos de descalificar a los filósofos analíticos Rorty dice “Consideran importante ceñirse a la metáfora de ‘estar en lo cierto’ porque les parece una debilidad moral reemplazarla por el ideal de ‘volver a describir las cosas de una forma más imaginativa’”; o bien hablando como un pragmatista puro: “el progreso moral no es cuestión de una obediencia mayor a criterios previos sino más bien de redescribir la situación a la situación a la que se aplican criterios”. ¿Ven ustedes? éstas son las cosas que ponen cachondos a los relativistas porque saben, entre otras cosas, que se han ganado el afecto de millones de personas cuya cultura proviene únicamente de la lectura de azucarillos o de sus ingenuas ansias de igualitarismo, etc. Que existan criterios previos es tan inevitable como tener prejuicios. Sin criterios previos no se puede ni generalizar.

El problema comienza cuando para gustar tanto a "su" público recurren al truco más zafio de toda dialéctica: ante la necesaria dicotomía que el mismo pensador propone para inducir al lector a decidirse por la “buena”, que claro está es la suya, siempre describen la posición contraria de la forma más maniquea y ridícula posible. ¿Lógico? Puede que para un político sí, pero no para un pensador no.

¿Pero es que acaso no lleva razón Rorty? Pues sí y no simultáneamente, pero nunca jamás sólo “sí”, sobre todo si nos atenemos a la propia filosofía del pensador, que no admite vías únicas. “Estar en lo cierto” no tiene por qué ser incompatible con “volver a describir las cosas de una forma más imaginativa”, sobre todo, insisto, si aceptamos que la filosofía es, tal y como reivindica ferozmente Rorty, “su tiempo captado en el pensamiento”. Por otra parte, ¿acaso sería posible una obediencia mayor a un criterio en constante y permanente estado de redescripción? Pues no, es una locura más bien propia de un buenismo juvenil ignorante, pero no de un pensador profesional.

Resulta casi descorazonador escuchar frases como la que sigue: “La verdad es atemporal y eterna,sólo que nunca se sabe muy bien cuándo se está en posesión de ella. La veracidad, en cambio, es temporal, contingente y frágil, como la libertad”. Parece el aserto de un estudiante animado a ligar con su compañera de clase. Casi estamos a punto de oír que no es lo mismo libertad que libertinaje. En cualquier caso afirmar que la verdad es atemporal es darle crédito de existencia… a pesar de nuestra demostrada incompetencia a la hora de detectarla.

Pero como digo Rorty no ceja en su empeño de reivindicar el nominalismo: “un nominalista coherente no puede tolerar una organización jerárquica del reino de la mente pensante que se corresponda con una jerarquía ontológica”. Claro, la pregunta nos abrasa, ¿coherencia? ¿No es la coherencia lo único a lo que no puede acceder un relativista convencido? Nada puede ser coherente en un mundo en el que no existen “naturalezas intrínsecas” y sólo hay “descripciones identificativas”, pues como bien sabemos la misma contingencia es incompatible con toda posibilidad de coherencia. Y nadie puede ser coherente si renuncia “al proceso de jerarquización” para reemplazarlo (como también harán Gadamer y Habermas) “por la idea de una conversación libre de dominación…”. Y ya hemos topado con la iglesia, mal que le pueda pesar a Rorty. !"Conversación libre de dominación"!

Post Scriptum. Últimamente se me aparece mucho por televisión una mujer que mirándome fijamente a los ojos me dice "Un estornudo y una pérdida de orina. ¿Te suena?". Pues qué quieren que les diga: la verdad, no me suena.

miércoles, septiembre 14, 2016

Richard Rorty y la Filosofía

O Filosofía y Futuro, primera parte

¿Qué papel tendrá la Filosofía en el futuro?

Veamos si analizando a uno de los pocos filósofos manifiestamente preocupados por el asunto logramos extraer alguna conclusión.  

Rorty es un filósofo educado en esa extraña variante de la filosofía eminentemente anglófona: la filosofía analítica. Pero que nadie se lleve a engaños, Rorty rápidamente encontró motivos para apostatar del cientificismo obcecado que le enseñaron en Princeton y se dedicó a reivindicar, de forma más o menos perseverante, esa otra filosofía a la que tanto gusta la literatura comparada: la filosofía continental.

Para Rorty, por decirlo sin rodeos, la profundidad del entendimiento de algo no nos aleja de la apariencia -de ese algo- y mucho menos nos acerca a la realidad -de ese algo. Por eso, como heredero de Gadamer que se siente, Rorty prefiere las metáforas de la amplitud a las metáforas de la profundidad. O por decirlo en otros términos: para Rorty el mayor o menor entendimiento de algo no no radica en la distinción clásica entre apariencia y realidad porque eso nos conduciría irremediablemente -una vez más- a un sistema filosófico metafísico o pseudometafísico. A Rorty no le gustan los sistemas filosóficos que él mismo define como abarcadores en el sentido que pretenden encontrar respuestas inmutables, o en todo caso, respuestas que puedan ser cada vez más verdaderas. Para Rorty esto es inadmisible.

Así, por una parte se enfrenta a los filósofos de “su sangre”, tan científicos ellos, aun cuando acepte que más allá del lenguaje no hay nada. La física cuántica le interesa mucho menos que Milton, por decir algo, pero tampoco le interesa demasiado Platón, por producir una teoría pretendidamente abarcadora. Por otra parte Rorty gusta del axioma hegeliano cuando no se cansa de repetir que la filosofía no puede ser más que “su tiempo captado en el pensamiento”. Y por tanto “el sentimiento de la obligación moral depende menos de la comprensión que del condicionamiento”. Ya ven, de nuevo la preferencia por lo inestable -que es inevitable- antes que la del supuesto conocimiento. Lo inevitable es para Rorty la pura contingencia.

Todo lo que aspire a verdad alguna es despreciado por el filósofo. Tal es su rechazo por lo que entendemos como conocimiento que llega a afirmar que “en el centro de la filosofía hay un esfuerzo por encontrar un orden entre las cosas que ya nos son familiares, mientras que la literatura intenta romper con lo familiar y darnos algo sorprendente y nuevo”. Y después asocia el término conocido a la filosofía y el de desconocido a la literatura, que sin duda ve como superior. Y de ahí que haya acabado siendo profesor de literatura comparada… en el viejo continente. E insiste: “la filosofía es conservadora y sobria, mientras que la poesía es radical y exploradora”.

Resulta curioso comprobar el grado de autosatisfacción que contienen los pensadores que se autodenominan relativistas. Cuando lo que hace un relativista es, siempre e ineluctablemente, y casi diría que exclusivamente, expresar perogrulladas. Así, expresar cosas que son ciertas pero que sabe cualquiera. En cualquier caso lo suficientemente ciertas como para pensar que, después de todo, sí existen ciertas certezas, ciertos contenidos verdaderos, o más verdaderos que otros, cierta sensatez...

sábado, agosto 27, 2016

De un espectador cansado

De un espectador cansado

Perdónenme pero acabo de presenciar algo en la calle que me ha afectado tremendamente. No lo podía creer pero estaba sucediendo delante de mis ojos y mis oídos.

Y esta vez no lo pienso contar, me siento bastante cansado de contar cosas que a nadie interesan. No se trata de una queja, nada más faltaba, pero la cosa es que no tengo ningunas ganas de contárselo a ustedes, no sólo a los pocos lectores que me siguen, sino a todos los demás. Son diez años escribiendo textos que combinan el análisis, el pensamiento y las  experiencias vitales propias. Y lo único que puedo decir es que cada vez tengo menos lectores. Lo cual no deja de ser una contingencia que siempre fue previsible aun cuando en el fondo existiera un deseo impronunciable fundamentado en la necesaria autoestima.

Me ha parecido tan atroz lo que acabo de presenciar que me ha dado fuerza para decir todo lo que quiero decir. Y lo que quiero decir es que me tienen ustedes harto, y no me refiero a los pocos de ustedes que me siguen, aunque también, sino a todos los demás.

Lo sucedido se encuentra relacionado, cómo no, con los efectos de la corrección política, precisamente el asunto por el que hace 10 años me decidí a abrir un blog y a escribir, fundamentalmente, para encontrar argumentos que me permitieran seguir siendo libre en mis opiniones. En cualquier caso la única explicación que puede darse a esa pérdida de lectores producida con perseverante cadencia sólo puede encontrarse, cómo no, en mi incompetencia. O a la poca capacidad de decir cosas interesantes, que viene a ser lo mismo. No hay otra.

Así que perdóneme pero pueden ir ustedes a tomar por culo. Y no me refiero sólo a los pocos que me leen, sino fundamentalmente a todos los demás. Especialmente a los que, además, fuman.

Eso sí, seguiré escribiendo a pesar de ustedes, los que no me leen. Porque si ustedes los que no me leen me leyeran dejaría de escribir inmediatamente.

jueves, agosto 25, 2016

Me encanta

Llego a las rocas a las siete y media de la mañana como todos los días. Unas oscuras nubes ocultan el sol que suele salir por el horizonte enfrente de mí. El mar está movido y tiene un color gris plomizo que lo hace parecer amenazador, algo nada propio de la estación estival.

He desplegado mi silla, como todos los días, y me he dispuesto a la lectura, pero esta vez sin quitarme la camisa debido a la ligera brisa de un amancer sin sol. Extraño día.

Antes de la hora en la que normalmente llegan a las rocas los primeros veraneantes que llegan todos los días una hora después que yo, llega una pareja de  desconocidos que actúa de una manera que al parecer tienen ritualizada. Otean en silencio un rato buscando el lugar más apropiado para instalarse, cuando lo encuentran abren las dos sillas pegables y sólo él se sienta con el pertinente libro, mientras ella se acerca a la orilla de rocas donde rompen las olas y se sienta sobre una piedra más o menos plana.

Adquiere una clara posición contemplativa enfrentada al horizonte sentada en el suelo y abrazando sus piernas. Pasa un buen tiempo y ella permanece inmutable. Desde mi posición me recuerda mucho a la mujer que mira la playa en esa fotografía tan significativa de la película Barton Fink. Fotografía en la que vemos a la mujer desde atrás. A la media hora suelta las piernas y sujeta su cuerpo apoyando los brazos por detrás de su cuerpo. La veo a ella mientras veo detrás de ella el mar desenfocado, un mar movido. Gris, precioso. Cuando enfoco al mar es a ella la que veo desenfocada. Su marido sigue leyendo, cosa que yo también sigo haciendo, algo despistado, eso sí, por ese otoñal matrimonio tan temparanero.

A las ocho y media, como todos los días, llegan juntos un hombre de 70 años con su madre de 96 y la vecina de estos, de una edad aproximada. Me saludan y ocupan el lugar que ocupan todos los días. Y no se hacen de esperar otras dos mujeres de clara edad provecta, que como todos los días se acercan a las rocas sobre las 9 horas; una de 98 años y su cuidadora, que no sé con exactitud qué edad tiene (cada año cambia de cuidadora esta mujer que roza el centenario). Los tres primeros avisan a estas dos últimas que el mar está tan movido y que resulta complicado el baño.

Y es cierto, debido al al tipo de orilla resulta difícil bañarse en este margen aun cuando se haya instalado, como todos los años, una escalera dispuesta para los efectos en la misma orilla. Las rocas cercanas a la escalera están muy erosionadas y su tacto resulta muy áspero, por eso nadie se acerca al agua sin sus pertinentes sandalias de goma. Por otra parte, las rocas que se encuentran dentro del agua misma conforman pequeños arrecifes no muy fáciles de sortear con aguas movidas. De ahí que en días como hoy sea muy poco habitual que la gente baje a las rocas; no hay sol y el agua hace casi impracticable el baño.

Pero a la mujer de 98 y a su cuidadora les es igual, las han prevenido las primeras en llegar pero a ellas les es igual; dicen que no hay más que observar el flujo de las ondas para saber cuando hay que salir del agua, porque el problema, claro está, no está en la entrada al mar sino en la salida, que es cuando una ola puede estamparte contra esas rocas porosas abigarradas de puntiagudos salientes.

Se meten en el agua sin pensarlo demasiado mientras los otros 3 miran un tanto atónitos. La cuidadora es muy escandalosa y se empeña en dejar clara su valentía mientras que la nonagenaria parece disfrutar en silencio de un baño no muy apacible. Viéndolas se anima la vecina y decide meterse también. El baño dura poco pero cuando salen expresan su placer en tun tono elevado de voz, el que sin duda les confiere la euforia de la hazaña.

Se acerca una italiana que pasa todos los años 15 días en estos lares, las ancianas le cuentan la experiencia y le explican claramente cómo hacer para poder bañarse. La italiana no se arredra, se pone las gafas y se tira al agua mientras las ancianas le dan indicaciones. Mientras tanto la mujer contemplativa sigue sin perder de vista el horizonte haciendo caso omiso a estos incidentes. El marido sigue leyendo impertérritro a pesar de los gritos de las ancianas y los más fuertes todavía de la italiana que habla un español germánico. Yo, sin embargo, he desistido, no puedo concentrame en la lectura de un texto centrado en las diferencias entre la filosofía analítica y la continental.

Llegan entonces dos hombres que conozco de la piscina pero nunca había visto en las rocas a estas horas. Uno debe tener entorno a los 50 años y el otro, su padre, habrá pasado de los 80. Ante el alboroto deciden bañarse también. El más aciano, encorvado sobre su propia barriga se lanza como a una piscina, su hijo lo hace con más cautela y pendiente de su padre. Cuando salen del agua todos manifiestan su satisfacción con el inevitable “qué buena está el agua”. Yo en cambio sólo puedo mirarla desde lejos, la providencia nunca me regaló el arrojo necesario para acometer empresas que estuvieran relacionadas con las fuerzas de la naturaleza. O dicho de otra forma: soy un sieso. En cualquier caso yo estoy disfrutando tanto como ellos.

Al momento aparece la que es mujer y nuera del hombre y su padre respectivamente. Supongo que será porque está embarazada pero ni siquiera se atreve a acercarse a la orilla, no tanto por la orilla en sí como por el espectáculo que sin duda le intranquiliza: 3 nonagenarias, 2 heptagenarios, una sexagenaria, un cincuentón y una italiana gritona cogidos firmemente a una cuerda que permite comunicar la escalera con las rocas, mientras las olas les hace tambalear a todos. Así que mira desde lejos dando pequeños y discretos pasitos hacia atrás.

Salen todos y mientras se secan siguen comentando la jugada. La mujer contemplativa sigue obsesionada con el horizonte, ni siquiera ha girado la cabeza para ver el horizonte desde una posición que no fuera frontal. Y su marido no levanta la cabeza del libro. Me encanta.

lunes, agosto 22, 2016

Libertad II

O la cobardía de Eloy

Con Freud aprendimos a distinguir entre miedo real, entendido como reacción natural hacia un peligro real y miedo neurótico que se expresa a partir de temores más o menos infundados.

Entendemos tal diferenciación porque hacemos un esfuerzo empático hacia la taxonomía de Freud. Quizá mejor hubiera sido decir que con Freud supimos de la diferencia, aunque ello no nos enseñara a saber distinguir con demasiada claridad entre un miedo y otro, sobre todo cuando el miedo emerge y es a uno al que le afecta.

Miedo real, pues, cuando el peligro es real y miedo neurótico cuando no es real, o lo que es lo mismo, cuando es imaginado. En cualquier caso sabemos, por otra parte, que la imaginación es una de las formas más eficaces de conocer el mundo. Y una de las más productivas.

Así, el problema no se encuentra entre lo real o lo imaginario porque lo imaginado es, para quien imagina, real, tan real como lo real mismo. Que por eso tiene miedo. Y por eso mismo no es infundado. Es falso pero no infundado. Las persecuciones que sufre el paranoico no pueden ser para él más reales, por mucho que para su vecino sean infundadas. Otra cosa sería dilucidar hasta qué punto el falso miedo es una creación (in)consciente del propio sujeto.

Y pongo (in) entre paréntesis porque es ahí donde se encuentra la clave del asunto, ya que hemos empezado por Freud. Si el miedo proviene de eso que sólo se encuentra en lo más recóndito de nuestra mente, entonces además de real ese miedo es fundado y “comprensible”. Podríamos decir que también admisible, valga la excentricidad.

Otra cosa bien distinta es que eso que llamamos miedo neurótico no tenga como causa algo desconocido que se encuentra en el interior de nuestra mente sino algo que nos ha inoculado un sistema de convivencia supuestamente civilizado. Entonces, sólo entonces, el miedo es perfecta y absolutamente despreciable. Ya no sé si se podrá calificar de neurótico pero sí sé que se puede hacerlo de cobarde; miedo cobarde.

Y el miedo cobarde ante un miedo real, que recordemos era el causado por un peligro real, es tan comprensible como justificable, en la medida en que responde ante la integridad de nuestras vidas (naufragar el alta mar por ejemplo). Pero el miedo que impide a una persona decir lo que piensa o incluso le lleva a decir lo que no piensa, sólo debido a unas pautas de vida inculcadas por un sistema paternalista/administrativo que sólo quiere súbditos obedientes y dóciles, es un miedo rastrero, cobarde.

Lo decía en un post reciente, hay pocas personas realmente libres y todo debido a que de forma consciente -o no- han preferido el miedo antes que la libertad. Y son precisamente estos individuos acobardados por el miedo -miedo a la libertad entre otros- los que después resultan más proclives a quejarse de todo. Hay que joderse.

Con demasiada facilidad la Corrección Política ha hecho del sujeto civilizado un ser cobarde y rastrero que sólo actúa generando estrategias con las que enfrentarse a un mundo del que, después, dice no gustar. Así es el cobarde de el hoy, un ser que sólo dice lo que debe y que no da un paso sin que forme parte de una estrategia embadurnada de hipocresía. Y el sujeto posmoderno de la era tecnológica es un ser al que le han inoculado la proclividad a la cobardía. Muy pocos se libran de ella porque en realidad son muy pocos los que realmente quieren ser libres. Lo decíamos, ser libre no sólo resulta dificultoso porque no concibe estrategias amorales, sino porque además exige sacrificios. Los sacrificios que por otra parte acaban transmutándose en goce con el tiempo. De la misma forma que tanta estrategia -exenta de principios- acaba transmutándose en decrepitud y miseria

Post Scriptum. Sólo surge un problema ante este panfleto: que después de todo y aún a pesar de que los efectos de la Correccción Política son mesurables y evidentes muy pocos son los que se aceptarían como cobardes. Y sin embargo hay más cobardes que botellines, todos ellos con sus múltiples estrategias a cuestas generadas para engañarse a sí mismos. La “culpa” la tienen, entre otros, las definiciones y las simplificaciones en general. Muy poca gente se creerá al margen de la definición que plantea Montesquieu: la libertad “es poder hacer aquello que nuestro corazón y nuestra mente  plantean como deber en cada momento”. Pero la definición de la cosa no es la cosa misma y la cuestión es que la cosa no es tan fácil como dan a entender las simplificaciones. No es lo mismo leer la definición de Montesquieu en un azucarillo que en un ensayo de mil páginas. Y tampoco es lo mismo creer que uno se refleja en esa definición que hacerlo de verdad. Muchos podrán creerse incautos, débiles o incluso pusilánimes, pero pocos se calificarían as sí mismos de despreciables por albergar una cobardía electiva y voluntaria.

Post Scriptum II. Urge la implantación de la filosofía en los estudios que aproximen el pensamiento, el análisis y la ética a los estudiantes. La libertad produce vértigo, y el vértigo de la libertad conduce a la angustia, como bien sabía Kierkegaard. Pues bien, es aprender a gestionar esa angustia lo que en principio nos convierte en adultos responsables y nos ofrece las armas para luchar contra el miedo.

Pero la gente, en general, prefiere vivir con miedo. De ahí que haya cuajado tan perfectamente en las sociedades civilizadas la forma de control más severa posible después de las dictaduras; la Corrección Política, que sin otorgar consciencia de ello genera seres amorales capaces de adapatarse a eso que desprecian a base de contínuas microestrategias basadas en la hipocresía y la mentira. Porque ese es el peligro real de esta froma de control: que nadie se cree abducido por ella aún cuando la practique con tanta insistencia como complacencia.

Y lo único que libra al individuo civilizado de la Corrección Política y por ende de esa extraña querencia al miedo que a su vez es restrictiva de la libertad es el conocimiento, el amor al conocimiento. Y al conocimiento se accede, tal y como dice Escohotado, “buscando algo desconocido o buscando lo desconocido de algo”, que viene a ser lo contrario de aceptar los lugares comunes por comodidad y holgazanería. Que la cobardía ya llegará.

martes, agosto 16, 2016

Sexo y Adolescencia

Adolescencia y Sexo

Decir que las diferencias entre sexos son el producto de un constructo sociocultural sería una perogrullada, pues llevamos varios miles de años movilizándonos en tanto que seres humanos y por tanto somos inevitablemente lo que hemos ido forjando en sociabilidad. Ahora bien, decir que la diferencia entre sexos sólo se debe a la insistencia de ese constructo sociocultural sólo puede ser una idiotez, una idiotez devenida de la ignorancia, a su vez derivada de la vagueza intelectual. Muy poca gente tiene opinión sobre le asunto de las partículas elementales porque es consciente de su ignorancia respecto a la física cuántica pero todo dios cree saberlo todo acerca de lo que para ellos no es más que una simple condición. Confundiendo de esta forma el derecho a opinar -legítimo- con el valor de la opinión -domésticamente intuitivo.

En cualquier caso ambas afirmaciones han tenido que coincidir en la mayor para llegar a discrepar en las conclusiones; ambas han tenido que aceptar la existencia de tales diferencias. Cosa que niegan rotundamente quienes desde los lugares comunes de la Corrección se desgañitan reclamando y exigiendo la igualdad de los sexos, la igualdad entre hombres y mujeres. Así pues, hay que comenzar por aceptar lo que en principio niega la Opinión Pública: así, no hay igualdad en la medida en que las diferencias son permanentemente constatables. (Insisto por enésima vez: aquí sólo se habla de diferencias de sexos respecto a seres sociales que cuentan con su cuerpo y su deseo para gestionar sus sentimientos más o menos vinculados a la reproducción)

Pero ¿son las diferencias producto de una adaptación biológica o son sólo resultado de un proyecto cultural machista? ¿Por qué las mujeres “siempre” tienen más frío? ¿Por qué son siempre ellas las que se quejan del aire acondicionado del vagón del tren o del restaurante o de la habitación o de la oficina? ¿Por qué ellas pueden dormir a pierna suelta en verano mientras los hombres buscan el fresco para pegar un ojo? ¿Por qué ellas califican de agradable brisa lo que para ellos no es sino un soplo de aire infernal que no alivia ni a las chicharras?

Aunque la pregunta sería más bien ¿es esa diferencia una diferencia suficiente? ¿Que nos dice tal diferencia? Desde luego que no somos iguales y que la diferencia que nos distingue debe tener su explicación. ¿Es por pequeña tal diferencia menos diferencia? ¿Acaso el desajuste de comportamientos que provoca en una pareja las diferentes sensaciones térmicas no es suficiente para hablar de diferencias en alto grado? ¿Obligar a una pareja que se ama a dormir en estancias separadas no es suficiente para aceptar el gran alcance de la diferencia? Yo diría que sí. Como también afirmaría que esa diferencia de grado se da en los sexos ante multitud de situaciones.

Y quien habla de frío habla de dolor, ¿no es cierto que las mujeres soportan el dolor mejor que los hombres? ¿O ahora que hablamos en positivo sí somos capaces de aceptar la existencia de diferencias? ¿No tendría esa diferencia una explicación NO cultural? Calificar esas diferencias de “menores” no sería más que otro grave error devenido de la indulgencia. No hay diferencia, por pequeña que sea, que no otorgue un matiz diferencial a los sexos respecto a ella. Y hay una que es tan definitoria como definitiva: un hombre y una mujer no pueden ser iguales mientras sea la mujer quien engendre y dé a luz a los hijos. Tal es la magnitud de esa diferencia que todas las demás se quedarían en anecdóticas a la hora de demostrar la imposibilidad de igualdad.    

¿Acaso también son todas esas diferencias el producto de un proyecto machista?

He tenido la suerte de convivir unos días con mis sobrinos de 16 años, mellizos de ambos sexos, y de observarlos en su pandilla. La conclusión es que el comportamiento de ellas es absolutamente diferente al de ellos y viceversa. Absoluta y radicalmente diferente. Pero ¿son verdaderamente esas diferencias producto del constructo sociocultural, es decir, impuestas por el desarrollo de una sociedad ancestral y persistentemente machista? Aunque la pregunta debería ser ¿son esas diferencias acogidas en buen grado por ellos, por los adolescentes? Mi respuesta no puede ser sino paradójica y sólo controvertida para los holgazanes; la daré en forma de hipótesis: si decidiéramos eliminar esas diferencias por las cuales se habla de sociedad machista las primeras que se negarían a aceptar el cambio serían ellas, las chicas, que son las que al fin y al cabo van por delante. Porque mientras ellas van de princesas (o de lo contrario) a ellos sólo les cabe jugar a la pelota y matarse a pajas.

Si decidiéramos imponer a los adolescentes esa supuesta igualdad -en nombre del derecho- que quieren imponer los lobbies y por ende toda la sociedad alienada por ellos -que es prácticamente toda-, lo único que obtendríamos es una negativa radical por parte de ¡ellas, las chicas, las supuestas víctimas!, esas mismas que después calificarán a la sociedad de sexista y machista instigadas y apoyadas por una ideología que criminaliza al varón de todo sin pestañear.

Son ellas las primeras y únicas que no aceptarían cambio alguno por mucho que eso supusiera la supuesta igualdad, reivindicando así vivir su rol tal y como lo viven actualmente. Y así sería aún a pesar de que ellas, las adolescentes, hubieran sido educadas desde niñas con todos esos miles de slogans feministas que sin duda abdujeron sus tiernas y manipulables mentes. El caso es que son ellas las que reclamarían quedarse igual que están (en una sociedad que sigue siendo calificada de machista), y no tanto por conformismo cuanto por pura vocación. Son ellas las que dejarían las cosas como están a pesar del lavado de cerebro al que invariablemente han sido sometidas. Observen si no a una pandilla de adolescentes.

Da capo. Decir que las diferencias entre sexos son el producto de un constructo sociocultural sería una perogrullada, pues llevamos varios miles de años movilizándonos en tanto que seres humanos y por tanto somos inevitablemente lo que hemos ido forjando en sociabilidad. Ahora bien, decir que la diferencia entre sexos sólo se debe a la insistencia de ese constructo sociocultural sólo puede ser una idiotez. “Varios miles de años” no dejan de ser una porquería de años a lado de los millones en que fuimos bestias... 

viernes, agosto 12, 2016

Libertad

Supongo que no hay una sola forma de resistirse a la inevitable opresión de los poderes fácticos, pero la única que resulta absoluta e impepinablemente eficaz a esos propósitos es la libertad de acto y verbo del individuo, una libertad muy alejada, por ejemplo, del paradigma del indignado. Tanto la que propugna como la que vive en sus carnes.

Es cierto que como paradigma funciona muy bien en el ideario buenista y simplón de las masas, pero en principio un indignado no es más que un pitufo gruñón, es decir, un insignificante enano malcarado. Fruncir el ceño no indica un acto de libertad, más bien al contrario indica un estado de ánimo dado a regocijarse en la queja.

Ser libre no es tan fácil como la gente se cree y por supuesto no está al alcance de cualquiera. Requiere valor, pero sobre todo requiere de una incorruptible voz interior que emerge aun a pesar de los perjuicios que suele generar. No es una cuestión de vulgar sinceridad, siempre sobrevalorada. La sinceridad no determina ningún grado de libertad; en todo caso y en ciertas ocasiones sí sin embargo un cierto grado de insensibilidad e irresponsabilidad.

En principio: Actuar libremente es actuar sin miedo, algo que sólo se pueden permitir esos pocos que o no tienen nada que perder o les importa un bledo perderlo si su voz interior les exige una ética incorruptible. Los primeros corren el riesgo de acceder a una libertad insolidaria y poco compasiva. Sólo los segundos merecen lo que la libertad de sus actos y de su verbo les puedan ofrecer, ya sea bueno o malo. Un cierto ostracismo es la forma con que la libertad suele premiar a sus representantes más genuinos, todo se ha de decir.

Yo he conocido muy pocas personas realmente libres. Seguramente porque el mundo en el que me he movido toda la vida ha sido el del Arte, configurado generalmente por patanes que se creen libres por poner una mancha roja donde pudo ser verde. 

domingo, agosto 07, 2016

La juventud de Eloy

Por una parte se encontraría el Conocimiento y por otra el Sujeto.

El Conocimiento sería, pues, eso que NO todo Sujeto desea poseer.

¿Y qué desea poseer ese Sujeto que carece de interés por el Conocimiento? No lo sé, ni me importa, supongo que tiempo para jugar (CandyCrash), bailar, chatear, hacer senderismo, running, ultramaratones. Que en su derecho están, digo yo, sobre todo si son jóvenes, o no.

En verdad sólo me ocupan los que, en principio, desean obtener algún tipo de Conocimiento en sentido abstracto, no especializado. Pero ¿quienes son, si es que se caracterizan por alguna particularidad que los hace reconocibles? ¿Y qué entienden por Conocimiento?

La cuestión es que al Conocimiento sólo se accede a través del ansia. Y aquí no valen distinciones entre analógicos y digitales. Sólo es posible el Conocimiento poseyendo un ansia previa y dedicando después un ulterior esfuerzo. Lo demás es pura palabrería bienintencionada.

¿Y cómo podría definirse el ansia de conocimiento en la juventud de esta era digital? Seguramente como peculiar, entre otras cosas debido a la inmanencia a la que son arrastrados por un ritmo de vida que rechaza radicalmente la parsimonia, el adaggio. Única forma posible, al menos desde el punto de vista analógico, de acercarse a cualquier posibilidad real de Conocimiento.

¿Generalizar? Por supuesto, pues los jóvenes son quienes son y hacen lo que hacen, y no quienes podrían haber sido, o quienes les gustaría ser, o quienes nos gustaría que fueran. Entonces, insisto, ¿quienes son esos jóvenes que supuestamente desean obtener Conocimiento? ¿Qué tipo de Conocimiento? Y sobre todo ¿en qué forma desean obtenerlo? ¿De qué forma esperan acceder a él?

De una forma o de otra yo estoy en contacto con ellos todos los días desde hace años, así que me veo capacitado para ensayar una respuesta, no tanto en base a opiniones deducidas de mi experiencia docente, cuanto en base a mi propia experiencia vital personal, que tampoco puede dejar de ser la que es.

  1. Hace unos pocos meses (ya lo conté aquí en otro post) fui invitado a dar una conferencia sobre el tema de mi último libro, titulado De otros mundos. Una aproximación al paisaje sintético, en la Universidad de Bellas Artes de Murcia. A pesar de los esfuerzos del programador -del ciclo de ponencias- sólo consiguió reunir a unas 30 personas en el salón de actos. La sensación era ciertamente desoladora si tenemos en cuenta al menos dos circunstancias: que el tema era en principio un tema directamente vinculado a los jóvenes y a sus estudios, que son a quienes hace referencia el libro cuando habla de creación digital; y que además la ponencia se daba en “sus” instalaciones tan cercanas a los estudiantes de 3 cursos y masters varios. Avergonzado por la ausencia de público quien ha contratado mi presencia me dice “Aún has tenido suerte, con Valcárcel Medina (Premio Nacional de Arte) fueron 9 los asistentes y con Borja Villel (Director del Reina Sofía), una de las personas más inflyentes en el mundo del arte contemporáneo, no llegaron a una quincena”.
  2. Y ya que estoy: el libro De otros mundos ha sido escrito a partir de una exhaustiva investigación que pretende aproximarse a un mundo, el de la creación digital figurativa, sobre el que aún nadie ha reflexionado seriamente (creación de personajes y sobre todo entornos digitales figurativos). Y lo he hecho por encontrarme en la, posiblemente, mejor escuela universitaria de videojuegos que hay en el estado español. Así, en una escuela en la que las imágenes sintéticas (digitales) forman parte intrínseca y primordial de su formación más especializada. Pues bien, y por no extenderme, puedo decir sin faltar a la verdad que absolutamente NADIE ha leído el libro. Nadie. Y hay cerca de 300 alumnos y 60 profesores que de forma directa se encuentran vinculados a la creación artística en general y más concretamente a la creación artística relacionada con las imágenes sintéticas figurativas en muchos casos particulares. Pues nadie.
  3. Todos los años espero, como quien espera el maná, la llegada del estupendo ciclo de conferencias que organizada el periodista Salva Torres en Valencia. Y todo debido a la presencia del para mí mejor pensador vivo actual, Jesús González Requena, uno de los pocos pensadores españoles, si no el único, con un personal corpus teórico perfectamente sistematizado que constantemente queda corroborado desde su apabullante fecundidad. Presenciar una conferencia de Requena acaba convirtiéndose siempre en una experiencia extática para quienes como yo no se conforman con las ideas ingeniosas y buscan, precisamente, aproximación al Conocimiento real. Ya son varios años acudiendo aquí en Valencia a las ponencias en las que interviene González Requena. Pues bien y por ir al grano, la media de asistentes a sus charlas podría cifrarse en la veintena, de los que habría que descontar la docena que van obligados por una profesora que se lo exige a sus alumnos. Así, entre 6 y 10 espectadores tirando por lo alto.
  4. Este año debo haber ido al teatro pongamos que unas 20 veces, 15 de las cuales ha sido en salas alternativas donde por lo general se hace un teatro más digno que las salas “major”. Salvo raras excepciones, se trata de compañías semiprofesionales que suelen representar buenos textos y que me han otorgado muy buenos momentos (de goce y conocimiento). Pues bien, hay veces en las que he sentido verdadera vergüenza debido a la escuálida asistencia que han convocado algunas de esas obras. Recuerdo una en concreto en la que el número de actores (de una compañía venida para los efectos desde Mallorca) era aproximadamente el de los espectadores: 6 actores para 9 espectadores. Y yo me preguntaba cada vez ¿dónde están quienes no se encuentran? ¿Quiénes son? ¿Dónde están, por ejemplo, los estudiantes de Arte Dramático de las 3 escuelas que a ello se dedican en Valencia (dos privadas y una pública)? ¿Dónde están los estudiantes de interpretación que se encuentran ahora cursando el primer curso… y los de segundo… y los de tercero… y los de los másters? ¿Dónde los licenciados de hace un año, de dos años, de tres? ¿Dónde los que quieren estudiar Arte Dramático? ¿Dónde los que lo estudiaron hace 5, 6 o 7 años? Yo conozco a muchos de esos estudiantes y jamás me he cruzado con ninguno en ninguna ocasión. Y no debemos olvidar que Valencia cuenta con más de un millon y medio de ciudadanos.
  5. Cinema Jove es el Festival de Cine de Valencia por antonomasia y por derecho propio. Este año se esforzó por complementar complementó la programación con una sección que estuviera más cerca de los nuevos intereses de los jóvenes, una sección dedicada a las webseries, esas series realizadas para ser deglutidas por internet, que a su vez es eso a lo que los jóvenes se encuentran adheridos varias horas al día. Para indagar acerca de esos intereses y de las dificultades que llevaba intrínsecas esta nueva y juvenil forma de expresión audiovisual se programaron dos mesas redondas, en una de las cuales yo participaba. ¿Número de asistentes? Respuesta: 8. Es decir, en toda la Comunidad Valenciana hay en principio sólo 8 personas a las que les interesa reflexionar acerca de los intereses y gustos de un sector de la población, la juventud, respecto a un formato narrativo audiovisual incipiente e inventado por ellos mismos. Y digo en principio porque 6 de esos 8 asistentes eran amigos de los ponentes. Así, 2. UN Festival con 20 años de existencia programa una mesa redonda para abordar un asunto que atiende a intereses puramente juveniles -pero de forma “profesional” y buscando un análisis que pueda ayudar a solventar los problemas que todos los creadores admiten tener- y es capaz de convocar a ¡2 personas!

Sin embargo, lo veo en los telediarios, el éxito de Arenal Sound (Festival de Música en la playa) es apabullante incluso a pesar de los inonvenientes surgidos este año. Y éste es sólo uno de los numerosos festivales de música estivales.

Antes hacía referencia a la poca o nula necesidad que sienten los estudiantes por leer un concreto libro que, esta vez, se encontraba estrechamente vinculado al producto que les tendría absorvidos durante al menos 4 años de sus vidas. Podría parecer que el tono de lamento viniera por tratarse de un libro escrito por mí. Nada más lejos. Pero no dejaba de ser un libro que parecía haber sido escrito para esa gente y no otra. Y la cuestión fue que un libro que indagaba y reflexionaba entorno a los fundamentos de la creación de un producto al que los estudiantes pensaban dedicar su vida no obtuvo ni un solo lector.

Por decirlo a las bravas, y a ver si nos dejamos de dar rodeos y de marear la perdiz: los jóvenes de el hoy no leen nada; o mejor, leen algo si el protagonista de la historieta tiene los pies peludos o porta una varita mágica, pero NADA sobre, por ejemplo, los fundamentos de aquello a lo que van a dedicar su vida entera (por no decir NADA sobre asuntos que les conciernen pero desde un punto de vista más filosófico). Me resulta impensble que mis alumnos pudieran leer libros sobre los fundamentos de su futura profesión, tal y como hicimos todos los que estudiamos años ha. Impensable por imposible que dedicaran su maravilloso tiempo ¿libre? a leer lo que todos leímos a las 18 años: Munari, Dorlfles, Arnheim, Panofsky, Dondis, Zunzunegui, Francastel...

Es cierto, de todas formas, que no debemos esperar de los jóvenes lo que no a todos los jóvenes tiene por qué interesar. Así, la cuestión no es criticar a ese porcentaje de gente al que jamás interesó el Conocimiento, sino de sorprendernos ante ese cada vez más exiguo porcentaje de jóvenes al que sí les interesó en otros tiempos. Porque incluso los jóvenes más avispados y competentes de el hoy son NO lectores empedernidos. Y quien dice no lectores dice en negativo todo lo que afecta a una cultura sensible; así: no espectadores de teatro, no espectadores de cine clásico o alternativo, no amantes de la Historia, en definitiva, del Conocimiento más abstracto y conceptual que se adquiere de múltiples y variadas formas, todas ellas imbricadas. Sí, ese Conocimiento que según muchos no sirve para nada, que por algo han quitado la filosofía de los nuevos planes de estudios. Así, mientras los magnates y los políticos engordan sus estómagos y sus arcas dejándonos indefensos ante las compañías de telecomunicaciones, por ejemplo, los demás, los ciudadanos de a pie, nos iremos haciendo cada vez más ciegos, o más gilipollas, por ir aceptando, con absoluta indulgencia, o incluso diría que en perfecta connivencia con ellos, todas esas dádivas -envenenadas- que nos hacen parecer más libres. ¿Que por qué? Pues debido a la indefensión y el desamparo en los que sume a un sujeto su propia ignorancia. Podemos ir con chanclas y bañador a las clases universitarias pero carecemos de argumentos y por tanto de Fuerza.


Nota. En cualquier caso, y por hacer honor a la verdad, debo decir que he regalado mi libro De otros mundos a bastante gente y la conclusión es que no lo ha leído nadie, al menos nadie me ha hecho jamás un comentario al respecto. Y ya no estamos hablando de jóvenes. Bueno miento; uno sí me hizo saber que lo había leído y me hizo algún comentario al respecto, Félix de Azúa. Ningún otro.

jueves, agosto 04, 2016

La vulgaridad de Eloy

Cuando uno dice que el mundo es cada vez más vulgar lo que hace es afirmar lo que, de seguro y después de todo, quiere escuchar “todo el mundo”, pues nada hay más popular y por tanto menos clasista en sus fundamentos que un mundo igualado, aunque sea por debajo. Pocas afirmaciones podrían, entonces, suscitar más entusiasmo y complicidad que ésta: el mundo es cada vez más vulgar.

Al fin y al cabo ése y no otro ha sido siempre el objetivo de las masas (y no uso el término de forma despectiva sino descriptiva): desalienarse, liberarse de los corsés que toda norma impone desde una supuesta unilateralidad restrictiva y discriminatoria. Así pues, en contra de las normas (restrictivas) y sin límites (discriminatorios y cuartadores). “Al fin libres” piensa “todo el mundo” cuando cree hacer lo que le da la gana allá donde antes había una norma más o menos implícita que le subyugaba y alienaba. Normas impuestas, claro, desde un poder tan abstracto como maléfico.

Y el mundo es, en efecto, cada vez más vulgar porque se encuentra configurado de acuerdo con los gustos e intereses de una inmensa mayoría; esto es, de “todo el mundo”. Afirmación que, insisto, sólo puede llenar de regocijo a “todo el mundo”, pues es “todo el mundo” quien ha reivindicado poder ir en bañador y chanclas al teatro o a la universidad, por ejemplo.

El que aún existan algunos resistentes a la vulgaridad -en extinción sin duda- ya sólo le sirve al vulgo/masa para acrecentar y reivindicar su vulgaridad. Esa en la que se regocija debido al componente vengativo que posee. “¿Qué es eso de que me tengan que decir cómo tengo que vestir para ir a clase?” se dicen los jóvenes a sí mismos, a quién si no. Porque en la vulgaridad también siempre hay algo de autocomplacencia. De hecho esos seres exquisitos a los que aún les preocupan las formas no son sino tipos ridículos para la gente vulgar. Y por eso se encuentran cada vez más desclasados en una sociedad sin clases, valga la paradoja. Una sociedad en donde cualquiera puede hacer turismo enológico y en donde cualquiera coje el avión 6 veces al año. Y cuando digo que no hay clases es, precisamente, porque la vulgaridad las ha eliminado haciéndose cargo de todos.

La cuestión podría ser ¿no será acaso esa vulgaridad más que una simple moda?, ¿no será en el fondo más que la manifestación de la última gran moda? Si aceptamos que una moda se sirve del mimetismo para imponer sus preceptos entre gente predispuesta a aceptarlos podemos especular acerca de esta posibilidad, pues antes de la existencia de Facebook y Twiter nadie usaba dibujitos predeterminados -emoticones- para expresar sus emociones compulsivamente y a tiempo real.

La clave se encuentra, de todas formas, en el detalle “gente predispuesta a aceptarlos” porque, ¿qué sería de una moda que no fuera masiva, que no se hiciera cargo de la expresión “todo el mundo”? Nada, de hecho usaríamos el concepto moda con la boca pequeña. Y es que para que una moda sea importante, epocal, lo que hace falta antes que nada es mucha gente predispuesta a aceptar sus premisas con todo lo que ello implica a nivel social, estético e ideológico.

¿Y qué puede haber más vulgar que gestionar la comunicación con impulsos primarios? “Fulanita ha cambiado su foto de perfil” anuncia Facebook. Y ante la original noticia le aparecen a la usuaria y en pocos minutos 70 respuestas simplificadas y 5 algo más complejas. Las simplificadas -con dibujitos- se reparten entre los “me gusta”, los “me encanta” y los “me sorprende”; y las complejas, por escritas, se mueven entre el “waaapa” y el “lo que daría por ser el gatito”. Después todos rien: “je je je”.

El problema surge cuando la vulgaridad puede definirse como una perfecta simbiosis de incultura y aburrimiento. Como bien explica Chuck Klostermans: “Como internet está obsesionada con su versión del capitalismo no monetario, recompensa el volumen de respuestas muy por encima del mérito que pueda tener aquello ante lo que la gente está respondiendo”.

Esta época de sociabilidad virtual no es, para uno, una época para hacer amigos, más bien al contrario, pero eso se encuentra en las antípodas de lo que está de moda. De moda está, además de los amigables “me gusta”, el ciscarse en la cumbre de la pirámide social; atacando a los políticos, empresarios, directores, gestores etc., pero eso, como ya ha quedado demostrado en estos últimos años, no sirve para nada, si acaso para que todo permanezca igual en el mejor de los casos, o que nos haga más ciegos en el peor de ellos.

No, la cosa no está en apuntar arriba, sino en apuntar a las bases, que es desde donde se “soporta” el peso que la misma base ha ido depositando encima de ella. La vulgaridad no se mide auscultando a un político sino auscultando al votante, sobre todo cuando el votado se ha demostrado reiteradamente incompetente y corrupto. Es cierto que apuntar a las bases implica estigmatizar a gente inocente, sana y trabajadora, pero se trata de la única forma de afrontar la insidiosa vulgaridad con alguna posibilidad de éxito.

“Todo el mundo” es todo el mundo porque los amantes de las formas conforman una escuálida minoría que además se encuentra en extinción. Ahora no hay confrontación entre pobres y ricos porque todos forman parte del mismo vulgar equipo, con sus “me gusta”, sus “je je” y sus chanclas. Ahora la confrontación se encuentra entre los amantes de las formas y los que se regocijan en su método desalienante.

El último éxito de Nintendo lo conoce todo el mundo, primero porque todo el mundo tiene un amigo cazador de Pokémons y segundo porque la noticia de su éxito ha salido en todos los telediarios de todo el mundo. Ya ven: siempre “todo el mundo”. Pues bien ante una de esas noticias dadas en los telediarios entrevistaron a una mujer que se encontraba con su familia haciendo turismo rural en Cabárceno, extraordinario parque natural de Cantabria. El inicio de su respuesta, aun siendo el perfecto reflejo del problema que aquí señalo me hace albergar una cierta esperanza. En tono de queja y lamento dice respecto a la actitud que su hijo lleva teniendo en el viaje “mi hijo no ve animales, ni paisaje, ni nada, sólo ve Pokémons…”. Así, la cosa promete, la mujer parece sorprendida ante la actitud de un hijo que ante la bella naturaleza no es ni capaz de verla. Pero la frase continúa, “ (sólo ve Pokémons)...tanto es así que me han entrado ganas…”. Yo hago mis conjeturas en esa fracción de segundo y me digo a mí mismo, a quién si no, vale, por fin alguien va decir algo sensato. Pero no, la mujer prosigue, “tanto es así que me han entrado ganas de iniciarme a mí también”.

No hay nada que hacer, ni siquiera se ha sorprendido el director del telediario ante tan insensata declaración.

domingo, julio 24, 2016

Praga II

A.A las 10 en punto de la mañana me encuentro en el punto de encuentro tal y como quedé ayer con una simpática chica, Rosa, valenciana para más señas, que me asaltó en medio de la vorágine de la Plaza Vieja para ofrecerme los servicios de su “empresa”. Estoy allí con un grupo de españoles que han decidido contratar a un guía para que les muestre los lugares de interés de la ciudad. Mi intención nunca fue la de hacer el recorrido, sino otra, ya que ayer no supe dar con quien me pudiera indicar dónde se encuentran las librerías de la ciudad especializadas en arte, y Rosa me dijo que si alguien había adecuado para solventar mi problema ese era el guía de las diez de la mañana, un artista -y licenciado en Bellas Artes- que vive en Praga hace 8 meses.

Ante mi pregunta balbucea y duda; intenta concentrarse en búsqueda de una respuesta, pero no la encuentra. Definitivamente no sabe dónde hay librerías especializadas en arte. Yo, por mi parte elucubro una finta verbal para poder despegarme del grupo sin parecer descortés. Así, me excuso y me despido.

El grupo parte hacia el río con su guía y yo me quedo clavado en uno de los laterales de la Plaza Vieja, que ya está abarrotada desde primera hora de la mañana. Miro alrededor haciendo una panorámica desde mi propio eje, el de quién si no, y siento que languidezco, que me apago; la cantidad de gente me abruma y reconozco mi error: nunca debí visitar Praga en verano. Tengo delante la escultura mastodóntica y negra que preside la plaza, me rozan varios segways que deambulan ofreciendo sus servicios; a un lado otro grupo de españoles con otro guía, al otro uno de italianos con su respectivo, y poco más allá media docena de grupos de no sé qué procedencia.

En estas circunstancias y en ese estado se me ocurre levantar la cabeza justo en el edificio que tengo a mis espaldas y allí está el discreto cartel pegado a su fachada Evolution: film exhibition David Croneneberg. Me acerco, indago y pregunto. En efecto, al parecer en el Edificio de la Campana de Piedra hay una exposición sobre el cine de Cronenberg, uno de los pocos directores que más allá de los resultados resultan sumamente interesantes por cuanto hacen, sólo, lo que no pueden evitar hacer. Y lo hacen, claro, de la única manera que saben, la suya, la personal, la que no entiende de estudios de mercado.

Se entra a través de una extraña estructura dispuesta para los efectos y ubicada en el mismo hall del edificio. Algo que desde luego introduce al espectador en la exposición de una forma apropiadamente antinatural. A la salida de ese cilindro de terciopelo negro que asemeja un útero me atiende una colaboradora de la exposición que amablemente intenta explicarme quién es Cronenberg y cómo está organizada la muestra. Su aspecto tiene ese punto grotesco que comienza a convertir mi experiencia en fascinate. Viste algo desastrada, sonríe extemporáneamente y su deshilachado flequillo le tapa innecesariamente los ojos.

La exposición es un recorrido por todas y cada una de sus películas, con explicaciones, dibujos, documentos, fotografías, objetos, esculturas y vídeos. Comienzo poco a poco, saboreando todo el material que sale a mi encuentro. No hay nadie en el interior de la laberíntica exposición. Dadas las condiciones de este edificio la muestra se encuentra estructurada por pequeñas salas, de tal forma que el recorrido lineal te acompaña en un itinerario acorde a la cronología de sus películas. Me cruzo con una pareja que ha entrado unos minutos después que yó, una rubia alta y un negro algo más bajito que ella. Compartimos esa primera instancia en silencio sepulcral. Se dan dos silenciosos besos.

La estructura de los espacios, así como la disposición del material y la música de fondo me sirve para incrementar de alguna manera una experiencia perceptiva de gran nivel. Algo que sucede, entre otras cosas, con la inestimable ayuda de un público inexistente.

Las primeras salas me resultan emocionantes porque me retrotraen al pasado de forma precisa; el material expuesto reactiva mi memoria y me hace recordar esas sensaciones tan intensas que de adolescente tuve viendo las películas Vinieron de dentro de y Scanners. Aquellas babosas sanguinolentas y fálicas que tanto me impresionaron. Después vinieron Rabia, Cromosoma 3 y sobre todo La zona muerta y Videodrome, que ya me pillaron más crecidito.

Paseando por esas habitaciones repletas de documentos cinematográficos siento una excitación serena que se expande produciendo un placer difícilmente describible. Llego a la sala que contiene Crash e Inseparables, dos morbosas películas que sin duda dejaron huella en mi forma de atender y entender ciertos conceptos relacionados con el placer, la mujer y el goce.

Bueno el material de las películas La mosca y El almuerzo desnudo, que nunca contaron con el beneplácito de una crítica siempre dispuesta a confundirse ante productos aparentemente -o supuestamente- comerciales. Esa misma crítica que puntúa de forma más generosa a sus películas menos personales pero no por ello despreciables, Una historia de violencia y Promesas del Este. Y accedo por último a Cosmopolis una de las mejores de su filmografía.

En un cine improvisado que se encuentra en la segunda planta del recorrido están proyectando Scanners. Entro apartando una tela de terciopelo negra y me siento. Debemos ser 5 personas. Veo unos diez minutos de película y me salgo. Diez minutos intensos que me hacen reflexionar sobre el hecho del tiempo y la duración; me acuerdo de las digresiones de Bergson y las relaciono, arbitrariamente, con el hecho de estar en una Praga que parece un gran parque temático repleto zombies. Puto verano.
 
Al final de la muestra hay, en una sala grande y oscura, tres campanas negras colgadas del techo que dejan sus bordes a unos 80 centímetros del suelo. No resulta fácil comprender pero bastan unos minutos: hay que agacharse e introducirse en ellas para ver sus cortometrajes de forma más o menos aislada. Paso por las tres. Me cuesta salir de ellas, quizá porque sé lo que me espera al final del recorrido: volver a la ciudad “Dragón Khan”. Las campanas actúan, de nuevo, a modo de útero materno, esa obsesión de Cronenberg con la que tanto me identifico

No sé si es una exposición pensada para Praga o no lo es, no me he informado, pero supongo que no. En cualquier caso me ha proporcionado una experiencia extraordinaria. Cronenberg es un buen aliado de Kafka. Cuando salgo de la última sala descubro que el palacete tiene una librería, así que me introduzco en ella y descubro que se trata de una buena librería especializada en arte. Compro. Y me acuerdo del guía turístico, artista y licenciado en bellas Artes

B.Buena mañana. Decido ir al Museo de Arte Moderno de Praga, que se encuentra bastante alejado del centro más turístico. Sé más o menos dónde se encuentra porque me guía un plano de juguete (sin nombres de calles), pero voy preguntando para asegurarme. La respuesta de todos aquellos que amablemente intentan orientarme es la misma, todos me indican el número de tranvía que debo coger.

Pero eso es exactamente lo contrario de lo que he decidido saliendo del hotel: salirme del centro y llegar andando al periférico Museo. Ello me obliga a callejear por lugares poco o nada turísticos pero con un puro sabor idiosincrásico. Las calles están casi tan vacías como las estancias de Edificio de la Campana de Piedra. Estupendo.

El trayecto me hace ser plenamente consciente de mi contingencia. Son cosas de estar solo (siquiera momentánea y puntualmente) en una ciudad extranjera con un idioma imposible. Todas las percepciones actúan sobre una sensibilidad a flor de piel, de tal forma que acaban siendo intensas aun a pesar de su aparente trivialidad.

Ya llegando al Museo veo venir no tanto a una persona cuanto a un personaje. Viene por la misma acera en la que me encuentro y voy a cruzarme con él más pronto que tarde. Se trata de un tipo alto con barba pelirroja y viste exactamente igual que el repetitivo personaje de los cuadros de Magritte. Es más, podría decirse que se trata de “él mismo”.
La temperatura ambiente no es la propicia para ese atuendo pero yo juraría que se trata del suyo habitual. El cruce con él me supone un impacto que supera a lo meramente visual. Todo parece en su sitio… menos yo. Otra cosa sería que me hubiera cruzado a ese personaje en el centro turístico. Entonces ese tipo me habría parecido simplemente un capullo.

Paso por una calle desértica en la que se escucha de fondo la canción Blame it on the boogie, de los Jackson Five. Sumamente emocionante. Mágico, diría. Ni Smetana, ni el Moldava, ni pollas en vinagre; una preciosa calle des´ertica y los Jackson Five con su boogie. ¡Dios!

Daría para otro post hablar del destartalado Museo y de su estupenda librería ubicada en un lugar perfectamente absurdo. Compro y me acuerdo del guía turístico, artista y licenciado en bellas Artes.

Por cierto, en el Museo he visto una exposición del que dicen es uno de los mejores artistas contemporáneos, Aj Wej-Wej. A mí me ha dado la risa.

miércoles, julio 20, 2016

Praga I

De vuelta de Praga, ¿qué decir?

De momento lo mismo que se podría decir de una buena cantidad de ciudades contemporáneas, ya sean orientales u occidentales: que en toda ciudad supuestamente importante cohabitan simultáneamente dos ciudades, la ciudad “Dragón Khan”* y la ciudad “Giorgio de Chirico”. Son antagónicas pero cohabitan. No insitu, pero cohabitan en la medida en que se encuentran ambas dentro del mismo perímetro en el que se circunscribe lo que desde el Ayuntamiento se considera la ciudad. Juntas, pues, pero separadas por un enorme y claramente invisible muro concéntrico que se encuentra siempre a una distancia x del epicentro.

Antes de proseguir debo decir que uno no conoce los sitios cuando lo desea sino cuando lo hace. Yo siempre quise conocer Praga pero sólo las circunstancias actuales han propiciado un viaje que debí hacer cuando no pude hacerlo. Por eso quizá lo más oportuno fuera volver atrás y reiniciar el texto con otra pregunta antes de continuar con mi ambigua digresión.

¿Qué Praga es la que tenía que haber visto?

Así pues, no tanto qué decir de Praga, sino más bien ¿qué no poder decir de ella a tenor de lo que invariablemente se me dijo antes de partir? Porque si de algo no había duda es de la invariabilidad de la opinión de todos cuantos ya la habían visitado, que me la expresaban con un entusiasmo desaforado. Invariable, ya digo: “maravillosa”, “bellísima”, “increíble”, “preciosa”, “extraordinaria”, etc., y los más jóvenes “espectacular”, “guapísima”, “genial” y “brutal”.

Así, ¿de qué Praga debo hablar, de la que he vivido o de la que debí ver? No resulta fácil optar por el único enfoque que no parece insensato, créanme, porque hablar desde uno -y no desde el común (predeterminado)- me genera cada vez más, respecto a una sociedad perfectamente consensuada, un muro tan enorme y tan invisible como el anteriormente aludido. No resulta fácil, pues, pero no queda más remedio. Otra cosa sería analizar cómo se traducen todas esas particulares percepciones en el personal estado de ánimo que uno vive en el viaje día a día.

Pero sí, dos ciudades cohabitan en toda ciudad contemporánea, llámese como se llame: la ciudad “Dragón Khan” es la ciudad de las hordas humanas y de la venta de imanes para neveras y la otra, la ciudad “Giorgio di Chirico”. En la primera no sólo no hay tregua, sino que tampoco hay espacio. Ni tiempo, lo que resulta mucho más inquietante que lo anterior. Las hordas circulan como habitualmente lo han hecho durante la historia, avasallando. Tiene uno que esquivarlas con dificultosos juegos de cintura para los que no todo el mundo está preparado, y no es broma, vi caer a una anciana que quedó estampada contra el suelo haciendo un cristo tan perfectamente estático como extático. No tuvo tiempo de esquivar a 3 jóvenes orientales que quisieron hacerse un selfie delante de una tienda de donuts sin haber reparado en su presencia. El peligro de estas hordas se acrecienta sin duda cuando conjuga varios grupos de diversa procedencia, pues cada uno de ellos se debe al paraguas que inflexiblemente los guía, pero sin dejar de atender al móvil con el que pretenden fotografiarlo todo. Peligrosas, pues, en la medida en la que se desplazan sin ver.

En resumen: la Praga “Dragón Khan” resulta imposible, pero no tanto porque la tapen los turistas, que sin duda lo hacen, cuanto porque dejó de existir desde el momento en que se convirtió en un juguete, como tantas otras ciudades (París, Roma, Florencia, Venecia, Barcelona, etc., y todas la que están de camino). De hecho nadie vive en la Praga “Dragón Khan”. Fíjense si la visitan próximamente, miren hacia arriba cuando paseen si la multitud les deja. Entonces verán que se trata sólo un escenario sintético, un escenario que representa perfectamente las fantasías de lo que los viajantes profesionales esperan encontrarse. No hay apenas luces encendidas en esos enormes edificios que tan perfectamente decoran todo el centro.

Pero sí, dos ciudades cohabitan simultáneamente en toda ciudad contemporánea, llámese como se llame: si por una parte se encuentra la ciudad “Dragón Khan”, que es la ciudad juguete, por otra se encuentra la ciudad “Giorgio di Chirico”, que es la ciudad metafísica. Lógicamente se encuentra ubicada, aunque dentro del perímetro estipulado por el correspondiente Ayuntamiento, en las partes más alejadas del epicentro.

Pasear por la ciudad metafísica de una ciudad es exactamente eso: pasear. Algo que no puede ocurrir cuando esquivas a miles de personas que desplazándose zómbicamente sólo se paran para comprarse una camiseta o para posar delante ante una omnipresente cámara fotográfica. Sin embargo, apenas se cruza uno con nadie en la ciudad metafísica de una ciudad y desde luego muy rara vez con turistas, por lo que uno se encuentra mucho más cercano a su propia consciencia. Lo que, como sabemos y ha quedado claro, es algo que no desean los viajantes profesionales, que son esas personas a las constantemente les gusta dejar claro sus aficiones: “me encanta viajar”, o en el peor de los casos, “lo que más me gusta es viajar”, algo que dicen cada vez que pueden venga o no a cuento.

Son zonas, las de la ciudad metafísica de una ciudad, que los turistas rehúsan con especial decisión porque no sólo les aleja del epicentro que mentalmente tanto tranquiliza, sino porque les aleja también de su objetivo primordial, que no es otro que el de constatar lo que ya sabían; en este caso que Praga es una ciudad maravillosa, bellísima, preciosa, extraordinaria, divina, espectacular y brutal.

Pero pasear por la ciudad metafísica de una ciudad es pasear por lugares sin apenas tiendas, sin apenas cafeterías y sin apenas gente, rodeado de olores verdaderamente idiosincrásicos y de un silencio atronador, valga la expresión, que te conduce a una suerte de trance extático conectado a tu consciencia. En fin, es pasear en unas condiciones que sin duda acrecientan la experiencia perceptiva que sólo podrá ser densa por ausencia de “ruido”. O por decirlo de otra forma: en contra de lo que pudiera parecer, la percepción sensorial se incrementa proporcionalmente a la disminución del “ruido”.

Pero ¿quién quiere después de todo una experiencia perceptiva densa? Y esa sí sería la verdadera pregunta, la pregunta que convierte en innecesaria o inútil mi disertación, la pregunta que convierte este texto en el producto de un excéntrico. Porque la verdad verdadera es que una ingente mayoría de gente gusta de las ciudades “Dragon Khan” y del cine blockbuster y una minoría cada vez más escuálida de las ciudades “Giorgio di Chirico” y del cine de Bilge Ceilan o Kiarostami, por poner un par de ejemplos.  

Y no hay motivos para pensar que tanta gente pueda estar equivocada.

Aunque, y ésta sí sería ahora una buena pregunta de cierre: ¿qué resulta en realidad más kafkiano, desplazarse por la Praga “Dragón Khan” o pasear por la Praga “Giorgio di Chirico”?

Sin duda alguna que desplazarte por la Praga “Dragón Khan”. Lo que no sé es eso qué quiere decir. No sé a quién da la razón, si a las personas que en su viaje creen haber conocido Praga o a las que saben que eso no es forma de conocer una ciudad.

En cualquier caso Praga no es lo que dicen que es sino lo que se deja ver. No es lo que es teniéndola que imaginar sino lo que vemos cuando la miramos y vivimos en directo. Y lo que vemos es absoluta e indiscutiblemente kafkiano.
 
*El Dragón Khan es la atracción (montaña rusa) que durante muchos años funcionó como símbolo del parque de atracciones más importante de nuestro país.