sábado, febrero 09, 2013

# españademishuevos


# españademishuevos

Antes que nada dos premisas:
1.Spain is different.
2.Los políticos somos nosotros

Pero, para empezar, ¿qué es Spain? Pues Spain es una especie de país en donde los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial son detentados por un solo partido gobernante en ciclos de 8 años aproximadamente. Un partido que sólo puede ser ¡uno de dos! Porque Spain tiene una Ley de Partidos que permite repartir el Poder sólo entre dos grupos ya inevitablemente mafiosos. Mafiosos, todo ha de decirse, porque los spaniards llevan demasiados años empeñándose en darles el Poder a esos dos grupos en perversa alternancia. Un Poder que no atiende a la separación de Poderes. Unos spaniards que, desde luego, llevan años aceptando esa práctica nefanda y haciendo oídos sordos, entre otras cosas, a los anuales Informes Pisa sobre el nivel de aprendizaje de sus jóvenes educandos. Unos informes que nos señalan como el país (o especie de país) que peor prepara a sus jóvenes estudiantes en toda Europa. Unos estudiantes que, después, formarán parte de las peores universidades de los países civilizados, las españolas. Unas universidades, eso sí, caracterizadas por haber inculcado, durante 30 años, un relativismo cachondo a unos jóvenes excesivamente protegidos por una Cultura de la Queja ejercida de forma paranormal. Un relativismo propugnado desde el buenismo, pero cuyo fin último era i-rresponsabilizar a los spaniards. Algo que se consiguió con el inestimable apoyo de los propios spaniards y de una clase política que sólo pretendía el Poder para o lucrarse o derrotar a su fantasmático enemigo ancestral (el otro). Un Poder que podría ser accesible cada 8 años aproximadamente debido a que los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial estarían detentados, gracias a un empeño general (del que nadie se libra), por “la misma entidad”. “Una entidad” que, subvencionada por TODOS los spaniards, será inevitablemente mafiosa en la medida en que se sabrá inevitable (aunque sea de forma temporal y cíclica) y vulgarmente aceptada. O manda el PSOE de CAÍN o manda el PP de CAÍN. Pero financiados por los spaniards. 

Dudar acerca de la veracidad de la segunda premisa no será posible si; a partir de las aclaraciones dadas, se está de acuerdo con la primera. Así, Spain is different por voluntad expresa de los spaniards y gracias, más que a su ambición, a su soberana incultura.

Y más allá de las premisas, ¿cuáles serían entonces las conclusiones?

Pues muy sencillo, se encontrarían contenidas en la suma de las mismas dos premisas.

martes, enero 15, 2013

De Cine, Intelectuales y Miserables

De Cine, Intelectuales y Miserables
Cine. Desde hace un tiempo, no mucho, la palabra cine no se conforma con remitir a esa forma arquetípica de representación audiovisual. Ahora el cine es… casi cualquier cosa. Lo que antes se llamaba cine experimental podría ser ahora perfectamente cine a secas. La tecnología ha ayudado mucho, en este sentido, a la creación de productos que antes se hubieran quedado en el baúl de las siempre bienvenidas buenas intenciones y de las patéticas buenas ideas. Hay que congratularse con ella, la tecnología, en la medida en que ha hecho posible no sólo la producción, sino la realización y lo que es tan importante, la distribución de cientos de films estupendos que, de otra forma, no habrían podido ni existir.
No vale la pena extenderse demasiado en ello, pero baste decir que, ante tan magna oferta de cine han surgido nuevos canales de distribución y visionado que permiten a quienquiera estar más o menos al día de casi todo. Podría decirse que tanto para el mismo cine, como para la distribución, como para la publicitación de toda esa oferta han surgido canales y medios que han necesitado encontrar mercado en la especialización. Es decir, no siendo homogéneo el producto cinematográfico actual, ha hecho falta adecuar todos los procesos de producción y distribución a los nuevos y minoritarios públicos. Creando, efectivamente, nuevas formas de producción y distribución.
La necesidad de satisfacer a tantos nuevos públicos ha generado también diversidad de ofertas respecto a todos os productos que pudieran tener alcance comercial. Así, por ejemplo, hay revistas de cine de muy variado y distinto cometido. Cometido que se encuentra vinculado a las necesidades del concreto nicho de mercado al que se dirigen en cada caso particular. Hay revistas que se publican casi exclusivamente para promocionar el cine blockbuster y en las que el sentido crítico es casi nulo; otras en las que se mezcla la crítica realizada de forma clásica con la promoción de lo por-venir; otras en las que se combina el análisis concienzudo de los últimos estrenos con el análisis pormenorizado del estado actual de las producciones más alternativas; otras en las que prima el gusto por el cine entre difícil y comprometido (generalmente no americano), pero sin abandonar el sentido común; otras en las que prevalece el compromiso con un ideario a-priorístico un tanto particular; otras que ven el cine desde el punto de vista de “lo académico” (universitario) y de los “estudios culturales” (y publican por tanto artículos de evaluación por pares); y otras, que no son propiamente de cine y que casi sólo lo ven a éste desde el parámetro (o la disciplina) que les interesa -en tanto que sus colaboradores se encuentran abducidos por una única forma de mirar, sin duda muy productiva.
Que cada uno ponga el nombre de la revista que quiera y lo adhiera al grupo que le dé la gana, que seguro que lo hará. Pero vaya por delante que casi todas tienen su lado interesante. O mejor, prácticamente todas tienen un lado lo suficientemente interesante como para ser complementarias de las demás. Quizás la única que bajo mi punto de vista no resulte interesante sea la que se aproxima al cine desde el prisma de los “estudios culturales” (lo académico), siempre obsesionados con mostrar un saber que generalmente se expresa efusivamente a pie de página.
Intelectuales. Ah!, pero, ¿todavía existen? La verdad es que no lo tengo muy claro. Habría que redefinir el término para poder contestar la pregunta sin parecer excesivamente ingenuo. En cualquier caso, lo que sí sigue habiendo son personas mayores que poseen un saber configurado por la lectura, el pensamiento y la escritura; un saber que les permite expresar opiniones cuyo valor será siempre más estimable que el de todas esas opiniones forjadas sobre la intuición más o menos doméstica. ¿Sólo mayores? Sí, sin duda: es por eso que el intelectual se encuentra en extinción; sólo pueden serlo aquellos cuya edad actual no hizo posible que pudieran jugar con consolas en su juventud.
Este tipo de intelectual, ya casi periclitado, tenía sus cosas particulares. En efecto, cuando el relativismo no había aún condonado la posibilidad de su existencia, los intelectuales se definían –con independencia de su extraordinaria individualidad- a partir de unos pocos patrones. Antes de que el relativismo y los videojuegos hicieran inservibles a los intelectuales, estos se encontraban representados casi por un arquetipo. Salvo raras, y sobre todo ocasionales y coyunturales excepciones, los intelectuales estaban, como digo, cortados por el mismo patrón: les gustaba el alcohol (wisky o vodka), las bufandas, la ópera y las novelas difíciles; no les gustaba el cine y odiaban a los Estados Unidos. Curiosamente les gustaba el rock, pero definitivamente odiaban los musicales tanto como el arte figurativo. A veces condescendían con John Ford, pero lo hacían siempre con cautela, y si les gustaba algo era Wajda, Bergman, Godard y Fassbbinder. Pero las películas de Fred Astaire, por ejemplo, serían en cualquiera de los casos paradigmas nefandos del ejercicio del poder con fines alienantes. Stanley Cavell (y su magnífico análisis de la comedia clásica americana) es precisamente la excepción que confirma la existencia de esta regla que es histórica.
Miserables. Aunque lo mejor hubiera sido ponerle el artículo determinado: Los miserables. Porque de eso se trata: de los miserables a los que hace referencia la obra de Víctor Hugo. O mejor, porque de lo que aquí se trata es de de la adaptación cinematográfica, no de la novela, sino del musical de Brodway. Así, como musical que es antes que nada, se trata de una película que previsible y fundamentalmente convocará a su público; esto es, al público que guste de los musicales. La verdad es que, de no ser por el reparto y las nominaciones, es probable que se tratara de una película con una taquilla insuficiente si tenemos en cuenta el presupuesto gastado. Pero con independencia de la taquilla que pueda hacerse en función de una promoción impecable, no deja de ser cierto que se trata de una película en la que los actores se pasan dos horas y media cantando. Algo que no parece muy adecuado para lo que sabemos del público mayoritario de de hoy en día.
La cuestión es que, como casi siempre, ha habido opiniones para todos los gustos. Hay quien queriendo comprobar la genialidad de Victor Hugo ha salido escaldado, y también quien habiendo ido a ver a Hugh Jackman se le cerraban los ojos a los veinte minutos (desarrapado y cantando). Lo que sin embargo ha vuelto a suceder es eso que de forma invariable sucede con los musicales (salvo rarísimas excepciones): que los ignoran todos aquellos que creen tomarse el cine en serio. Así, por lo que respecta a las publicaciones especializadas en cine, puede afirmarse que Los miserables ha sido motivo de atención, solamente, en aquellas que sirven fundamentalmente de vehículos promocionales para la majors. Esto es, de todas las revistas que se dedican al hecho cinematográfico, sólo han prestado atención a Los miserables aquellas en las que el análisis brilla por su ausencia. Las demás han hecho mutis por el foro. O han silbado mirando hacia otro lado.
No creo que a estas alturas del texto cupiera preguntarse por qué. La explicación viene dada en el escueto epígrafe segundo. Si hacemos el esfuerzo por considerar de alguna forma intelectuales los que analizan películas, podríamos afirmar sin miedo al equívoco que los musicales no les hacen ninguna gracia. Tampoco es que históricamente les haya hecho mucha gracia a los intelectuales de antaño el género de la comedia, pero es que quizá les gustara demasiado el vodka.
La cuestión es que Los miserables es una película que sólo ha aparecido en las revistas que tienen como único cometido hacer taquilla. Las demás ni siquiera la nombran, o si lo hacen es para dedicarle un espacio ridículo y unos comentarios consuetudinarios. Para evitar equívocos debo decir que me parece estupenda la reivindicación de autores malayos o noruegos, de hecho esa reivindicación es la que mueve a muchos directores de festivales cinematográficos a programas ciclos más que interesantes. Pero no entiendo por qué resulta tan difícil desligar el producto en sí mismo de una cierta autoría contrastada. Es decir, no entiendo por qué el análisis de cierto producto norteamericano depende tanto de la marca que impone el nombre del autor. Porque, como puede comprobar cualquiera, la película ha sido despachada hablando de “corrección formal y académica de un producto con escasas muestras de verdadera potencia creativa”.
Algo con lo que no estaría yo de acuerdo en absoluto, por supuesto. Para empezar, Los miserables es una película que ante todo ha sabido trascender sus orígenes teatrales aprovechando perfectamente algunos de los recursos propios del cine. Quienes sí gustamos de los musicales en toda su extensión posible sabemos que los recursos para atraer la atención del espectador son distintos en ambas formas de expresión. Y que son las limitaciones de cada medio las que invocan a la creatividad. Así, el cine deberá suplir de alguna forma su carencia de contacto en vivo con el público, y el teatro se tendrá que centrar en la escenografía para enmendar el problema de la larga distancia con el espectador.
El equipo de producción de Los miserables ha optado por una muy curiosa forma de narrar un musical teatral; ha optado por centrarse en lo único en lo que no pueden centrarse los espectadores habituales del patio de butacas. Así, ha sustituido la visión panorámica y escenográfica (espectacular y coreográfica) por la visión del rostro y el sentimiento (intimista). La visión del conjunto ha sido sacrificada en aras de lo particular. Lo que no deja de ser una decisión heterodoxa desde el punto de vista del musical. Y atrevida, pues los amantes del musical (principal objetivo de una película musical) podrían ser los primeros decepcionados. Es cierto que Hooper ha hecho concesiones a la espectacularidad en algunas escenas, pero se trata de concesiones teatrales muy alejadas de pretensiones realistas (las escenografías son sintéticas pero románticas y cumplen con su simple papel de fondo).
Debido a una sabia decisión del equipo de producción en Los miserables apenas hay coreografía más allá de de una narración visual dinámica que ha planificado perfectamente los movimientos de los actores. Algo que ha permitido al director realizar su película con la cámara al hombro y que le ha llevado, como decíamos más arriba a poderse centrar en la palabra, esto es en el rostro. Así, allá donde precisamente no pudo llegar la obra teatral es el punto de partida de la cinematográfica: el rostro. La estupenda adaptación del libreto a la opereta ha sido llevada al cine sin eliminar el sentido teatral, pero incidiendo en eso que es propio del cine: el primerísimo primer plano.
Todos los actores cumplen a la perfección con ese atrevido desafío (para todos, actores, fotógrafo, cámara y director) que supone interpretar largos planos secuencia mostrando "lo (más) real" de un mismo. Y es también ahí, donde además el texto expresa toda su potencia dramatúrgica; un texto donde la palabra (de honor) es “principio” que conlleva el subsiguiente cumplimiento del deber. En definitiva: una obra bella y moral. O bella por moral.

miércoles, enero 09, 2013

La palabra

Comencemos por una pregunta, ¿qué razones tienen los optimistas para serlo?
¿Existen realmente razones que puedan hacernos pensar que vamos a mejor? La verdad es que el futuro es el gran intangible del hoy a pesar de toda la tecnología. De hecho, aunque el pasado también pudiera parecérnoslo, desde luego no lo es en la misma medida. Existen formas retóricas de abrazar el pasado para de alguna forma transportarnos a él (el recuerdo), pero ni una sola para hacerlo con el futuro. Así que, definitivamente, pensar el futuro no parece una actividad muy productiva. Aunque sí pueda serlo el actuar con el fin de configurarlo, sobre todo si tenemos en cuenta que ese llamado intangible nos espera constantemente a la vuelta de la esquina. De hecho, es con nuestros actos del hoy con lo que construimos “el mañana” que declaramos intangible. Quizá se encuentre aquí la clave de todo este meollo de aspecto insalvable: en el sentido ético del tiempo vinculado al individuo. Veamos:
He coincidido hace poco con un curioso tipo al que habré frecuentado unas 5 0 6 veces desde que lo conociera hace ahora un año y medio. Nos encontramos en una celebración que congregaba a varias personas de diversas edades. Tras unos intercambios protocolarios de cortesía nuestra conversación toma rápidamente un inesperado tono de trascendencia que nos lleva a hablar del estado del mundo y del futuro que pudiera esperarnos, ahí es nada. Ante la sorpresa que me produce su optimismo  avasallador, me veo obligado a hacerle algunas preguntas ciertamente comprometedoras con el fin de demostrar su error, pero él, con una sonrisa parsimoniosa me viene a decir, “Alberto, la verdad es que no sé si tienes razón, de hecho tus argumentos parecen sólidos, pero si hay algo que sea verdaderamente sólido en mi vida es esa creencia que a ti tanto te sorprende”.
Ante mi insistencia por desbaratar una tan “bella” teoría recurro a argumentos casi estadísticos, pero él me interrumpe: “no sé si me he sabido explicar; la cosa es realidad muy sencilla: yo he decidido que el futuro depende de mí mismo, es decir, de nosotros mismos, lo que sin duda es algo que facilita mucho las cosas. Si yo todos los días hago un esfuerzo por ser mejor persona es probable que las consecuencias no pueda ignorarlas ningún devenir, pero lo que es seguro que cualquier devenir no alterará una cosa: que mi actitud fue la correcta. Así, y en cualquier caso, sucediera lo que sucediera, yo habría hecho lo que debía”. Yo me encontraba entre atónito y aturullado; no sé, comenzó a sonarme a uno de esos discurso new age al que le ponen música de ballenas.
Pero nada más lejos de todo ello, había plena convicción en sus palabras, que transmitía con una humildad indudable aunque con ese punto de ingenuidad que me hacía sospechar. Pero de nuevo me equivocaba: cuando le digo que todo me parece bien pero que nada de eso sirve realmente para evitar mi escepticismo, así él de nuevo: “es que tu escepticismo es lo de menos respecto al futuro, con él no hacemos nada. No cuenta para nada. Yo por mi parte me comprometí dándome la palabra. De esta forma es mi palabra la que actúa; mis actos son la consecuencia de esa palabra (de honor), esa palabra que actúa como promesa. Yo he adquirido el compromiso de ser mejor persona y he llegado a la conclusión de que eso sólo puede llevarse a cabo con rectitud, empeño y todo el sentido del humor que quepa”.
Después de varias réplicas intelectuales más, yo comenzaba a mostrar signos de fatiga, mientras él se encontraba como una rosa: “Ya te digo Alberto, es muy sencillo, yo lo único que hago es asumir que la queja no es rentable y que para no quejarme he de hacer el esfuerzo cotidiano que me permita ser menos egoísta, y a la vez más generoso y más comprensivo. Y cuando decaigo en algún momento me cambio la pulsera de muñeca. ¿Ves esta pulsera? Pues el objetivo es ese: no tener que cambiarse la pulsera de muñeca. O lo que es lo mismo: el objetivo es tener que cambiársela lo menos posible. Hasta ahora me he visto obligado a cambiarla más de lo que quisiera, pero es que estoy en pleno aprendizaje; seguro que algún día me la cambio de seis en seis meses, y otro día en el que me olvido de ella. A mí me funciona: mi vida ha dado vuelco en lo cualitativo, vivo más relajado. Lo que antes me generaba tensión lo vivo ahora desde la perspectiva que impone mi palabra dada, la palabra que tiene como objeto hacer más habitable mi micromundo. Yque sepas una cosa, cada vez somos más los que llevamos esta pulsera, de ahí mi optimismo”.
Como es sabido, estas celebraciones dan de sí muchos cruces sociales, no todos igual de bienvenidos, por cierto. Así, tuve la oportunidad de hablar con otras personas que allí se encontraban, todas muy pendientes de lo que el futuro les deparaba desde el punto de vista económico, claro. La verdad es que ahora no parece haber otro tema de conversación. Poco antes de que acabara la celebración tuve la oportunidad de hablar a solas con su mujer. Yo, de alguna forma dirigí la conversación hacia el asunto que tanto me había intrigado y ella no tuvo ningún rubor en entrar en él: “uy, no te puedes imaginar el cambio que ha dado José, es otra persona. Bueno, no exactamente otra, sino la misma pero mucho más sosegado, más… bueno. Ya no aflora tensión por ningún lado, todo se lo toma con calma y, no sé qué te habrá contado porque realmente está obsesionado con eso de ser mejor persona, pero la verdad es que sea lo que sea su actitud es desde luego mucho más positiva en todo. Y eso es algo que repercute en la familia al completo”.
Para acabar sólo decir que cuando las conversaciones se hacían más colectivas y todo el mundo daba su opinión (acerca de las crisis o de temas parecidos), él permanecía callado. Y yo diciendo las mismas tonterías de siempre, que eran por cierto extraordinariamente parecidas a las que decían todos.
Addenda. Me acuerdo de un álbum de Asterix y Obelix en el que un romano corre por las cercanías de la aldea gala con el honorable fin de prepararse para los Juegos Olímpicos de entonces. El romano es musculoso y se encuentra en plena forma y por eso corre veloz y atléticamente. Al verlo pasar Asterix y Obelix deciden que tiene algo que preguntarle, por lo que se dirigen hacia él hasta darle alcance en unos instantes. El atleta queda algo contrariado al verse rebasado por un viejo y un gordo, así que coge un rama de árbol y la lanza a modo de jabalina para mostrar su fuerza a la pareja intrusa. Pero Obelix, con la ingenuidad que lo caracteriza, arranca un árbol entero y lo lanza tan lejos que cae en pleno campamento romano. Los galos se marchan y el romano musculado, con las rodillas inclinadas y con la cabeza gacha dice textualmente y mirando al espectador: “soy un mequetrefe”.

lunes, enero 07, 2013

Odio poco ejemplarizante

Durante estas Navidades me hice el firme propósito de no ver nada de las cadenas de televisión al uso. Se trataba de un régimen de adelgazamiento intensivo. Nada de telediarios, nada de tertulias, nada de psicodramas, nada de series, nada. He visto la televisión, por supuesto, pero canales que no ofrecían nada que tuviera que ver con la actualidad. Un placer.
Ayer fui a comer a casa de mi hermano y su recibimiento fue, “¿viste ayer la entrevista?”. ¿Qué entrevista?, repliqué. “La de Hermida, hombre, cuál iba a ser? contestó medio ofendido.
¡Hermida, aún vive ese hombre, me dije!, ¡Dios! No sé por qué pensé que ya no existía; no es que pensara que hubiera muerto, sino que ya no existía, que es mucho más saludable para todos.
No sé por qué, pero tenía para mí que lo habían retirado; no que se hubiera retirado (me lo imagino demasiado vanidoso) sino que lo habían retirado de forma más o menos tácita. Pensé que ya ningún director de ningún canal le permitiría aparecer por sus respectivos estudios por miedo a rebajar estrepitosamente sus shares. Me equivoqué. Mi enconamiento visceral y casi patológico contra ese personaje no se encuentra del todo compartido por la generalidad. La verdad es que nunca lo ha estado. Siempre que se le nombra aparece misteriosamente alguien que habla bien de su profesionalidad: “es un maestro”, “es un gran profesional”, etc. No sé, me siento confuso: ha sido para mí un schok pensar que puedo encontrármelo de nuevo en un zapping descuidado. Y no puede permitir que reaparezcan de nuevo mis antiguas pesadillas. Para mí es el personaje más odioso de la historia de la televisión española, y mira que los hay odiosos.
Por cuestiones de intriga perversa me he puesto manos a la obra para saber de esa entrevista. Lo que me ha obligado a volver sobre la radio y la televisión de actualidad. Con independencia del pensar de los tertulianos lo que me ha llamado la atención es ese karma que aparecía en todas las intervenciones: el karma que seguía hablando de maestría y profesionalidad (!). Puedo llegar a entender que hace tres décadas tuviera algún predicamento entre señoras digamos que inquietas, pero no puedo creer que alguien aún se remita a su profesionalidad para justificar una presencia tan fantasmagórica como mortificante. Y menos aún que alguien crea que esa presencia resulta beneficiosa para cualquier programa. Por decirlo claramente: me resulta demasiado repulsivo como para pensar que ante su aparición no cambien de canal todos los seres sensatos y sensibles. Preferiría ver de nuevo a los Hermanos Calatrava antes que ver a ese señor engreído e inculto escuchándose a sí mismo con la parsimonia propia de un gurú. Eso al menos me dije en un momento de exatación.
Al final me he armado de valor y después de escuchar atentamente algunas tertulias, mi curiosidad ha vencido a mis sentimientos poco ejemplarizantes y me he visto la entrevista.
Aún no sé cómo han podido convencer al Rey para que le hiciera una entrevista a Hermida.

lunes, diciembre 31, 2012

¡Buen Año Nuevo! (lo memorable)

Llámenme antiguo si quieren, no me importa. O llámenme reaccionario, que tampoco me importa. Pero la verdad es que me ha vuelto a pasar lo que cada vez me pasa cuando, cada cierto tiempo, cumplo con el rito de ver seguidas dos películas: Rio Bravo y El Dorado. Me ha vuelto a pasar: que me he emocionado.
Pero ¿qué sería emocionarse?
Pues no, no existe el “depende” como respuesta; no hay "depende". Emocionarse es conmoverse; sentir una sacudida que alcanza el mismo cuerpo. Viendo (“de nuevo”) las dos películas se ha agitado mi ánimo. O sea, me he emocionado.
Dos películas con muy parecida estructura pero con diferencias tan sutiles como significativas. Dos películas rodadas en los estertores de una era que tomaba (en un nivel representacional) como paradigma la nobleza, la justicia y la generosidad. En ambos films hay cuatro individuos que se unen en su afán de derrotar a aquellos que, por poder, pretenden imponer unos intereses ajenos a la Justicia. O por decirlo con la vieja y ahora obsoleta nomenclatura: los dos films tiene como trama principal el que los buenos venzan a los malos.
En Río Bravo (Howard Hawks, 1959) Chance (John Wayne) es el sheriff; su honestidad se encuentra fuera de toda duda y su habilidad con las armas está plenamente domesticada a favor de las causas nobles. Dude, “borrachuzo” (Dean Martin) era un tipo duro pero a partir de un desengaño amoroso se ha abandonado a la bebida y es la burla de todo el pueblo. La ayuda que Chance le presta es la de un “padre que no oscurece su tarea con la compasión”. Stumpy (Walter Brenann) es uno de esos personajes que sólo el cine clásico americano es capaz de proporcionarnos; viejo cascarrabias que parece desvariar pero que conoce el trasfondo de todos los que le rodean con un simple vistazo. Y por último Colorado (Ricky Nelson), cuya lucidez deslumbra a Chance cuando al principio decide no tomar partido en la contienda. Sus razonamientos (su lógica de supervivencia) sólo son superados por la emergencia de una necesidad: la de ayudar a los justos. Memorable la canción que canta Dino "Dude" ante un Chance reconfortado.
En El Dorado (Howard Hawks, 1966), Cole Thorton es un viejo pistolero cuyo sentido de la justicia y su lealtad le inducen a enfrentarse con la banda completa de un terrateniente poderoso y sin escrúpulos. Jean Paul Harrad (es en esta ocasión el sheriff pero su papel es secundario respecto al protagonismo del pistolero Thorton) también era un tipo duro, pero es ahora motivo de escarnio de todo el poblado por su afición incontrolada a la bebida. Como le sucediera a Dude, Harrad se ha abandonado al alcohol debido a un desengaño amoroso. Thorton le ayuda “no poniéndoselo fácil”. Mississippi es el vagabundo que lleva dos años esperando vengar la muerte de su mentor y amigo. Un tipo entrañable. Memorable la secuencia en la que Thorton lleva el hijo muerto a sus padres.
En Río Bravo John Wayne es la Ley, en El Dorado un pistolero, pero sus personajes se definen por lo mismo: la protección del débil ante el poderoso sin escrúpulos. En Río Bravo se muestra torpe con las mujeres y en la segunda no tanto, quizá debido a su condición de pistolero a sueldo, pero en ningún caso a las mujeres les pasa desapercibida la figura que representa, la figura del héroe, y por eso son capaces de “acompañarlo” en su tarea. Hasta donde hiciera falta. Tanto Colorado como Mississipi son los jóvenes que necesita el relato para darle carácter de futuro. Resulta entrañable y emotivo ver hasta qué punto se adhieren a la tarea cuando detectan el sentido de justicia que emana el protagonista. Los borrachuzos muestran el lado más humano del ser humano cuando caen en las trampas de lo mundano, pero se redimen ante la necesidad de llevar a cabo su tarea.
Como puede verse se trata de una simple cuestión de buenos y malos. Y es muy probable que sea eso lo que en el fondo me emociona, y lo que me lleva a repetir el rito de visionar ambos films cada cierto tiempo. Nunca me defraudan. No sólo los disfruto, sino que además me inyectan una vitalidad difícil de describir. Podría decirse que, además, Chance y Thorton son personajes que me sirven en el día a día. Y supongo que no hará falta tenerlos presentes en mi mente para que actúen en mi ser. Pero también los borrachuzos me ayudan y por tanto me sirven… supongo que desde mi inconsciente. La voluntad y la nobleza venciendo a la tentación. Y la prudencia simpática de Colorado, así como las frases de un Mississippi nostálgico pese a su juventud, incrustados igualmente en mi inconsciente. Seguro.
Son películas que empecé a ver en mi adolescencia y que me han seguido en un camino trufado de desviaciones. Podrán ustedes llamarme antiguo pero la verdad es que me ha reconfortado enormemente volver a ellas. Sobre todo después de que, por motivos de mi afición al análisis audiovisual, tuviera que visionar una serie española que en 2008 se convirtió en auténtico éxito entre los adolescentes. Mantuvo un share record de más de 4 millones de espectadores durante todo el año de emisión. El personaje principal, el protagonista, era un asesino y narcotraficante sin escrúpulos. Fue la persona más deseada por las adolescentes durante dos años. La serie se llamó Sin tetas no hay paraíso. Y quieren reponerla. Soy definitivamente un antiguo.
(Hablaré sobre la serie en otro Post)

miércoles, diciembre 19, 2012

Melancolía

Melancolía
Antes que nada, dos premisas (de los tratados a los manifiestos):
+Uno de los objetivos del Renacimiento fue dotar de un discurso filosófico y cientificista a ciertas disciplinas hasta entonces consideras mecánicas. Ciertos artistas idearon los tratados como forma otorgar enjundia a algunas profesiones gremiales infravaloradas. Se convirtieron en seguida en una forma adecuada de transmisión del conocimiento, sobre todo por lo que hacía referencia a la escultura, la pintura y la arquitectura. En ellos se recogía información proveniente de un conjunto variado de disciplinas, como podían ser, la retórica, la filosofía, la matemática, la anatomía, la botánica, etc. Desde que Leon Battista Alberti escribiera el revolucionario Sobre la pintura (De pictura) comenzaron a prodigarse esos tratados que, además de proporcionarnos información acerca del cómo son y cómo se perciben las cosas, servían perfectamente para transmitir el conocimiento a futuros artistas y arquitectos. En la era de los tratados los artistas eran gente que se aproximaba a la creación desde la curiosidad que suscitaba tanto lo desconocido como lo por-conocer. No se trataba tanto de saber cómo representar la realidad, que también, cuanto de conocer la realidad representable; es decir, no se trataba tanto de una cuestión de Arte como de una cuestión de Conocimiento.
+Uno de los objetivos, si no “el Objetivo”, de todos los movimientos modernos fue acabar con el propio Arte; acabar con la idea de eso que hasta entonces había sido caracterizado como Arte. Así, la Modernidad caracterizó a sus artistas por una suerte de necesidad extravagante que consistía en asesinar aquello que tenía que volver a nacer a través de su megalómano genio. Algo que llevaron a cabo, no tanto con la propia obra artística cuanto con su obra verbal a través de lo que se denominaron manifiestos. Los manifiestos no fueron sino obras literarias creadas con el fin de justificar esa extravagante necesidad (propiamente moderna) que consistía en entender el Arte como algo que debe estar muriendo permanentemente… pero salvado en última instancia, claro, por el espíritu moderno de unos creadores con una desproporcionada fe en sí mismos. Leídos ahora, los manifiestos (del surrealismo, del dadaísmo, del suprematismo, del neoplasticismo, del orfismo, etc.) sirven, “sólo” para justificar esa tendencia necrófila de los abajo firmantes; es decir, sirven “sólo” para comprobar la eficacia de esa extendida forma hegeliana de entender la Historia del Arte. Así, en la Modernidad no se trataba tanto de elaborar cosas originales, que también, cuanto de configurar un sentido del Arte ineluctablemente vinculado a la Historia. La Historia sería lo que justificaría esos manifiestos al tiempo que legitimaría el producto nacido -supuestamente- a partir de ellos.
Es en la Ilustración comienza la excéntrica sobrevaloración de lo nuevo. Y después la Modernidad de las Vanguardias fijará lo nuevo como categoría obligatoria. Así, la Modernidad abre una era que se define a sí misma por “oposición a”, o sea, por contraposición. Pero no por contraposición a algo, sino por contraposición a todo[1]. La Modernidad se define a partir de su exigencia de tabula rasa respecto a todo pasado y exige sincronismo con el presente continuo; esto es: “cualquier cosa” siempre y cuando la cosa no tenga nada que ver con el pasado. O mejor aún: “cualquier cosa” siempre y cuando con ella pueda negarse el pasado.
En efecto, la tradición de toda vanguardia dictaba que el principio motor de la verdadera creación debía consistir en barrer la misma tradición; debía consistir en reinventar el concepto Arte en el presente de cada particular momento histórico; debía consistir en hacer tabula rasa respecto al pasado y partir de cero en un viaje hacia el futuro como único garante de compromiso y autenticidad[2].
La Modernidad, con su palabra, esto es, con sus “manifiestos” no sólo se desentendió de todo pasado sino que además se significó a sí misma como futuro. Y exigió posicionarse en la querella[3]: los modernos serían los liberadores salvadores mientras que los ancienes serían los reaccionarios condenadores. Así, el Arte de la Modernidad se legitimó por su condición de confrontación, de lucha vinculada a una promesa: la de un futuro mejor. Mientras los antiguos buscaban ejemplaridad los modernos construían utopías. Si en los primeros primaba el conocimiento en base a múltiples categorías, en los segundos lo nuevo se imponía como única categoría posible.
De esta forma, durante más de 200 años hemos convivido con una idea del Arte fundamentada en el rechazo hacia lo que el mismo concepto significaba. De hecho, los artistas han tenido que vivir durante casi todo ese periodo con la angustiosa creencia de que todo posible éxito social sólo podría entenderse como una especie de fracaso artístico[4]. Porque en efecto, lo nuevo y lo moderno, entendidos como categorías que debían oponerse a lo tradicional y a lo antiguo, ha sido la forma de entender el Arte durante esos 200 años, una forma de entendimiento que sólo podía basarse en el desprecio y el rechazo de lo que hasta entonces iba significando el propio concepto.
Mutatis mutandi. Es de sobra conocido el tema de la película Melancolía (Lars Von Trier). Un planeta llamado Melancolía se dirige hacia la Tierra. No está clara su trayectoria, pero todo apunta que va a colisionar contra la Tierra ocasionando su total destrucción. La película consta de dos partes claramente diferenciadas: la primera de ellas nos muestra la boda de Justine en un entorno aristocrático y bello. La segunda se centra en la inquietud generada por la aproximación del planeta Melancolía.
Justine se encuentra sumida en un estado depresivo que vemos aflorar al ritmo mismo del proceso que conlleva el rito de la boda. En ese proceso “destructivo” que lleva a Justine hasta la misma inmovilidad hay una secuencia que merece atención en la medida en que, siendo enigmática, parece ser poseedora de un gran sentido. Después de una reprimenda de su hermana Claire respecto a su comportamiento en la boda, Justine se queda sola en una habitación rodeada de libros de arte que, abiertos en determinadas páginas, se encuentran colocados a modo de exposición. De repente, y como si se encontrara poseída, Justine se dirige a ellos con el fin de eliminar de su vista las imágenes que muestran esos libros abiertos y sustituirlas por otras imágenes que, suponemos, sí desea ver. La violencia feroz con la que ejecuta este acto resulta sumamente desconcertante por cuanto su comportamiento se dirige, lo sabemos, hacia la “inmovilidad” de la depresión. Además ejecuta este acto con mucha más convicción que aquel otro llevado a cabo con quien no es ni siquiera capaz de ser un personaje secundario.
¿Qué imágenes son esas que han “despertado” a Justine, siquiera momentáneamente, del letargo en el que toda depresión sume? ¿Qué imágenes son esas que ofenden tanto a esa mujer que se encuentra a punto de entrar en estado de shock? ¿Qué imágenes son esas que incitan al rechazo violento de Justine? La respuesta, como ya hemos apuntado, se encuentra en el ámbito del arte. Son imágenes de cuadros, pero no de cualesquiera cuadros, sino de esos que provocan la furia de Justine. Se trata, concretamente, de cuadros suprematistas. Así, libros abiertos y expuestos que muestran unas concretas obras de arte que están ahí no tanto en función de un capricho críptico como en función de su representatividad paradigmática. Serían imágenes/cuadros que representan un paradigma: el del arte moderno. De hecho, si hay algo que representa a la perfección la esencia del arte moderno es, precisamente, esa suerte de movimientos identificados con una abstracción primaria: suprematismo, constructivismo, neoplasticismo, orfismo, etc. En este sentido, la inmovilidad de Justine sería la contrapartida de tanto movimiento superfluo.
La Modernidad está construida sobre manifiestos y los manifiestos, leídos ahora, sirven –de[5]cíamos-, “sólo” para justificar esa tendencia necrófila de los abajo firmantes; es decir, sirven “sólo” para comprobar la eficacia de esa extendida forma hegeliana de entender la Historia del Arte[6]. Por decirlo de otra forma: llegado su momento de la verdad a Justine le parecen patéticas esas imágenes que “sólo” son el producto de una megalomanía pretenciosa y despectiva[7]. Llegado el momento de la verdad, ese momento que siempre termina por llegar, a Justine le parecen indecentes las imágenes que sólo se explican a sí mismas. El momento de la verdad es para Justine ese momento en que el fin se hace presente a través de un nihilismo autodestructivo. Y la autodestrucción individual de la primera parte del film es sólo el anticipo de la destrucción total de la segunda. O mejor, su metáfora. Porque el fin de cada sujeto contiene el fin de la Humanidad. Futuro es, precisamente, lo que no hay en el momento de la verdad. Futuro es lo único que no hay en el fin último.
Ante la amenaza del fin, de su fin (su momento de la verdad) Justine no quiere saber nada de promesas[8]. Promesas como las que nos deparó todo el arte moderno; no quiere saber nada de unas imágenes que representan promesas incumplidas, promesas que además se fundaron en el rechazo y el desprecio de todo pasado; promesas que se sustentaban en una obscena superioridad moral[9]. En la desesperación Justine no quiere imágenes que se expliquen “sólo” a sí mismas, no quiere abstracciones de forma y color, ni líneas ni colores primarios[10], quiere imágenes con las que poder especular, quiere imágenes que le ayuden a entender, quiere imágenes que le anclen a la tierra.
La furia con la que Justine sustituye las imágenes suprematistas se encuentra justificada en una doble decepción: la que las asocia al fracaso de las utopías modernas y la que las vincula a la negación de todo pasado. Doble decepción de la Modernidad en un sujeto, Justine, que vive en sus carnes el descreimiento de una posmodernidad autodestructiva. Por eso a Justine le cuesta cada vez más moverse, y si lo hace lo hace en dirección contraria, de derecha a izquierda, esto es, del presente al pasado.  Allá donde no hay futuro (como en el mundo de Justine) resultan patéticas las manifestaciones que encuentran su sentido sólo en él.


[1] “El arte moderno rechaza, en general, la mayoría de los medios de gustar puestos en práctica por los grandes artistas de épocas anteriores”. (Apollinaire. Los pintores cubistas, 1913).
[2] “1. Repudiamos en la pintura el color como elemento pictórico… 2. Rechazamos en la línea su valor gráfico… 3. Negamos el volumen como forma plástica del espacio…”  (Pevsner y Gabo. Extracto del Manifiesto realista, 1920).
[3] Querelle des Ancienes et des Modernes.
[4] La idea de lo nuevo y la de partir de cero presidía el comportamiento moderno. No era sino una forma de rechazo hacia todo lo anterior. Respecto al artista nacido al amparo de esta ideología dicen Charles Rosen y Henri Zerner en su libro Romanticismo y Realismo: “Aunque los artistas nunca llegaron a perder la esperanza de un éxito postrero, no cabe duda de que muchos de ellos buscaron voluntariamente el fracaso inmediato, o, si no el fracaso, sí el desaliento y el sobresalto continuo”.
[5] Tal afirmación puede resultar excesiva cuando no inaudita, pero la verdad es que los manifiestos de los movimientos modernos son, leídos ahora, de una ingenuidad casi insoportable. Y lo que resulta más significativo: su significancia se encuentra casi exclusivamente vinculada a su valor documental, no a su valor estético. O dicho de otra forma, sirven “sólo” para demostrar que la Historia del Arte no se equivocaba al elegir a los artistas que la debían representar.
[6] Tal afirmación puede resultar excesiva cuando no inaudita, pero la verdad es que los manifiestos de los movimientos modernos son, leídos ahora, de una ingenuidad casi insoportable. Y lo que resulta más significativo: su significancia se encuentra casi exclusivamente vinculada a su valor documental, no a su valor estético. O dicho de otra forma, sirven “sólo” para demostrar que la Historia del Arte no se equivocaba al elegir a los artistas que la debían representar.
[7]  “Existe creación solamente en los cuadros cuyas formas no toman nada de lo que ha sido creado en la naturaleza, sino que son originadas por masas pictóricas, sin repetir y sin modificar las formas primitivas de los objetos de la naturaleza…” (Malevich. Del cubismo al suprematismo, 1915)
[8] Para Justine, que se encuentra viviendo su particular momento de la verdad, no está del todo claro que el arte pueda ser cualquier cosa por mucho que se presente en nombre de Una Gran Idea, ni tampoco que cualquier cosa sirva para justificar una idea de proceso histórico que nos llevará al Saber Absoluto.
[9] El arte moderno se impone y sustenta fundamentalmente por sus cualidades morales. Resulta curioso pensar, en este sentido, que en realidad todo alarde de moralidad debe ser considerado obsceno. 
[10] “La nueva plástica… debe encontrar su expresión en la abstracción de toda forma y color, es decir, en la línea recta y en el color primario netamente definido”. (Piet Mondrian. De Stijl nº 1)

martes, diciembre 11, 2012

Publicación de El lacónico, un hombre de cine

Presentamos el Trailer Book de la ultima obra del autor:

Ya se encuentra a la venta el libro:

El lacónico, un hombre de cine. Un análisis novelado y no feminista del papel de las mujeres en el cine. 

domingo, diciembre 02, 2012

Del desprestigio de la palabra

(Inmunizarse ante los efectos producidos en la emergencia de lo real es una forma de deshumanización. Decadencia).
Decíamos en el anterior post que la realidad tiene grados en cuanto su nivel de aprehensión. No se aprehende la realidad de la misma forma delante de un síntoma que delante de un signo. Ni se impone de la misma forma experimentada en la “cercanía” de un acontecimiento (en el cuerpo a cuerpo) que en la “lejanía” (a través de una representación). Por eso decíamos también que los grados de realidad se encontraban vinculados de alguna forma a la retórica, aunque pudo decirse también que los grados de realidad se experimentan en función de su aproximación a lo real entendido como aquello que en su inefabilidad nos confronta con el inexplicable vacío. Sólo la palabra, es decir, lo netamente humano, puede acudir a nosotros para salvarnos de la emergencia de lo real.
Sin embargo, lo sabemos, la palabra no tiene ya casi poder comunicativo en estos tiempos. No sirve para casi nada. El ejemplo del telediario lo demuestra: del texto de aquella noticia -que era en sí misma impactante sólo debido a las imágenes- ya casi nadie se acuerda. Hoy, último día del mes, una mujer ha mostrado su angustia ante las cámaras de televisión por no poder hacer frente a una deuda de 13.000 euros. Mientras el chino barbilampiño (Gao Pin), ex dueño de todos aquellos fajos de dinero robados, ha sido puesto en libertad por un defecto de forma del que nadie se responsabiliza. Las palabras de la noticia aquella han sido barridas por el tiempo como son barridas todas las palabras pronunciadas en una era, la digital, que sólo atiende a las imágenes, unas imágenes que ya sin sentido -el sentido que otorga la palabra-, sólo pueden ser obscenas. La palabra es la gran perdedora de la era digital. Lo que importan son las imágenes, y cuanto más conectadas con lo real mejor: sólo se busca el espectáculo; espectáculo puro y duro; espectáculo amorfo; espectáculo sin sentido; sin un sentido que pueda humanizar el vacío y el caos de lo real. Alejados de la palabra pues, y por tanto inmersos en el espectáculo deshumanizado de las imágenes no sostenidas, de las imágenes no ancladas.
Son las consecuencias de un pensamiento relativista inculcado con tesón por el mundo académico. Ese pensamiento que les ha venido de perlas a los políticos que no dejan de mentir amparándose en que no hay palabra capaz de decir la verdad. Mientras el espectador queda atrapado por cientos de imágenes potentes en su presentación pero carentes de poder de conciliación. El espectáculo por el espectáculo es el verdadero opio del pueblo. Los poderes fácticos han conseguido conculcar en la sociedad la estúpida idea de que una imagen vale más que mil palabras. Pero no hay pensamiento abstracto allá donde no hay palabra. No puede haberlo, sólo se puede acceder al pensamiento abstracto a través de la palabra. Las imágenes no bastan para desarrollar el pensamiento abstracto que caracteriza al ser humano. Las operaciones concretas son propias de la infancia y las formales del ser adulto, como demuestra el hecho de que lo libros infantiles requieren de imágenes y los libros universitarios no. Un signo de madurez es precisamente el que permite a la persona elaborar unas operaciones, las formales, que son de rango superior a las operaciones concretas, más propias de mentes más precarias.  
Sin embargo sabemos que, cada vez más, prepondera la imagen sobre la palabra. El pensamiento visual, propio del estadio iniciático se ha impuesto sobre el pensamiento razonado, propio de un estadio desarrollado, maduro. El pensamiento visual como única forma de confrontación a la realidad resultaría característico del autismo. En efecto, el pensamiento visual como método primario de procesamiento de información es característico de los niños autistas. Se supone que el proceso lógico de desarrollo del ser humano es aquel que, como decíamos, le conduce de métodos primarios (visuales, concretos) de procesamiento a métodos más complejos (formales, abstractos).

La era digital no quiere saber nada que vaya más allá de la imagen. Pero un mundo sin palabra es un mundo brutal; un mundo donde rige el gruñido, manda la economía y se renuncia a la ética. Por eso ya nadie utiliza aquella vieja expresión que nuestros padres nos obligaban a usar con prudencia y conocimiento. Ya nadie dice “te doy mi palabra” para acreditar su verdad porque la palabra no vale nada allá donde nadie quiere verdades, sólo dinero. Una sociedad sin palabra es una sociedad autista. En un mundo brutal. Decadencia. 

miércoles, noviembre 28, 2012

Defecto de forma: España

Sigue siendo un asunto interesante ese discurso que debate en torno a los conceptos de ficción y realidad. Pero yo empiezo ya a estar cansado de lo interesante. Sobre todo cuando la categoría se impone al juicio. Puede aceptarse que la realidad tiene de constructo (casi) tanto como la ficción, pero sólo dentro de las aulas, que está muy bien que los estudiantes del hoy se enteren de cómo se las traen los periodistas.
Hace unas pocas semanas vimos todos en televisión unas imágenes que contenían un alto grado de realidad. Porque la realidad tiene grados que se encuentran estrechamente vinculados al tema de la retórica. Así, ver en la pantalla a un tipo gordo bien vestido fumando un puro que levanta con una mano ensortijada puede ser síntoma de exuberancia y, si queremos, un signo que “habla” del capital. Pero ver paquetes y paquetes de billetes apretados por gomas elásticas fue una realidad que muchas ficciones no se pueden permitir por falta de presupuesto. Cuando desmantelaron la banda de Gao Pin las televisiones se pasearon con sus cámaras filmando cientos de paquetes que se amontonaban a pelo, sin cajas, sin bolsas. Como ladrillos. Nadie pudo escapar a esa visión delirante. Todos los telediarios mostraron las imágenes como un triunfo de las fuerzas del bien y todas las tertulias mostraron su indignación hacia los malhechores, que siempre son los otros, como todos saben. Las altas responsabilidades políticas añadían a las imágenes unas declaraciones que caldeaban los ánimos de unos espectadores que ya no entienden nada que no se encuentre espectacularizado.  Así, las declaraciones acerca del desmantelamiento contenían, además, promesas sorpresivas en cuanto a los involucrados en la trama. Y por último, lo que convertía la noticia en un filón para los guionistas del Club de la comedia: que el ínclito Nacho Vidal, héroe nacional, se encontraba vinculado a la trama.  
Así pues, expectación máxima ante una noticia que contenía todos los ingredientes que convierten a este país un país de mierda. Una noticia que había combinado la obscenidad irresponsable con el cotilleo. Todos esos miles de billetes amontonados como ladrillos no pueden ser sino la más viva representación de la obscenidad en un momento en el que España duerme debajo de un puente. Una obscenidad que, desgraciadamente, “vale menos” que cualquier obscenidad de pacotilla.
La realidad era una nave industrial repleta de fajos de dinero amontonado ordenadamente y cubriendo varios metros cuadrados de superficie. Y unos cuantos coches deportivos de lujo. Y unas cuantas obras de arte cuyo valor residía en lo que eran capaces de encubrir. Todas las televisiones ofreciéndonos la ¿cruda? realidad: imágenes de cientos de fajos de dinero robados al Estado, esto es, a los españoles, y recuperados por los defensores del ¿bien? Y la ficción, que fue toda la misma noticia en sí. Algo que no da la razón a los que afirman que la realidad es otro tipo de ficción, aunque tampoco se la quita. Los billetes eran una realidad incuestionable (la obscenidad de su visión lo atestiguaba) y la noticia un relato dirigido a una masa alienada.
Nacho Vidal salió a los pocos días en televisión (cómo no) diciendo lo mucho que se había divertido en la cárcel con unos policías disfuncionales y unos interrogatorios siempre a punto de convertirse en orgías. Los tertulianos hablaban ahora de la corrupción que abandonó a cuatro niñas a una suerte de muerte segura (¿). Los políticos se debatían en torno a una España Constitucional ante unas elecciones tufadas por lo que la falsa ideología encubre, que no es otra cosa que dinero, muchísimo dinero. Los telespectadores haciendo zapping y combinando frenéticamente La voz y Gandía shore. Los jueces abandonándose al defecto de forma. Cientos de familias hundidas en la miseria por no poder contar con sólo un fajo de aquellos que salieron en televisión a montañas, todos robados y decomisados. Y Gao Pin sonriendo, saliéndose de rositas.

lunes, octubre 29, 2012

Soy un mequetrefe

(Gamificación y lastre cero)
Uno de los asuntos recurrentes de este blog ha sido, desde sus inicios, el de la educación de los jóvenes. Otro, el de las consecuencias de haber educado a los jóvenes de una cierta manera. No hay nada que hacer: es más cierto que nunca que los nativos digitales son extraordinariamente distintos a los criados entre libros. Y si algo he descubierto en estos últimos meses es lo inútil que resulta introducir en los alumnos nativos cualquier metodología analógica en la adquisición de conocimientos. O mejor, si algo he aprendido últimamente es lo patético que puede resultar cualquier enseñante que quiera inculcar en los estudiantes un aprendizaje que tenga como fundamento la cultura. Para los nativos digitales el conocimiento nada tiene que ver ni con la cultura ni con el razonamiento. Saben que todo ello es una pérdida de tiempo en la medida en la que los despista de la inmediatez. En mundo que ya sólo puede ser veloz no caben los cultos, sólo los listos. Hasta ayer aún creía yo que era posible alternar sus tintineantes paseos por la red con las esforzadas incursiones en la letra impresa. No hay nada que hacer, soy un mequetrefe. A los jóvenes nativos, educados además en una posmodernidad militantemente relativista, no les interesa nada que no puedan rentabilizar de forma inmediata. Entre otras cosas porque han comprobado que aquellos que han realizado un esfuerzo extra haciendo por ejemplo dos (o tres) carreras universitarias simultáneamente son, también, camareros. Si hay algo que aprender nada mejor para un nativo que el Google y la Wikipedia. Todo lo demás son formas de perder el tiempo que sólo sirven para que llegue el listo de turno y les levante la camiseta a los desfasados esforzados.
La principal y más definitoria diferencia entre analógicos y nativos digitales es la del contenido de sus “mochilas”. Si los primeros necesitaban rellenarla para su confrontación con el mundo, los segundos necesitan aligerarla con el fin de que no estorbe. Los digitales son seres caracterizados por acarrear un lastre cero, que es por otra parte el lastre que han considerado como el más rentable de los posibles. Que lo es. Así pues, un lastre limpio de contaminaciones y repleto de ideología sin ideas. O con ideas sostenidas sobre hilos mal enhebrados, pero suficientes. No quieren renunciar a la opinión, su opinión, ¡nada más faltaba!, aún cuando ésta sólo pueda ser el producto de una intuición prepotente. Pero lo bueno del caso es, ciertamente, que su forma de actuar se ha demostrado como la más eficaz en un mundo que ya es irreversiblemente digital. No cabe duda, en este sentido, de que soy un mequetrefe: resulta verdaderamente patético intentar conculcar formas de actuación que se han demostrado poco rentables. Moverse por las redes sociales es infinitamente más eficaz (rentable) que construirse una biblioteca o conocer el pasado. Entre otras cosas porque lo primero es divertido. Y a mí lo que me gusta es disfrutar.
Si hay algo a lo que ya ningún joven quiere renunciar es a la diversión. Y no es que se les haya conculcado un cierto espíritu lúdico de la experiencia, por otra parte tan legítimo como necesario, sino que se les ha exigido la diversión. Se lo han exigido desde pequeñitos: nada de esfuerzos que puedan marcar la frágil infancia. ¡Se debe aprender jugando, para poder pasar el resto del tiempo… jugando! La cosa se estira hasta la adolescencia, en la que cambian el juego “en pequeño” por el juego “a lo grande”: adultescente. Y cuando llegan a la Universidad son ellos los que deciden las asignaturas que quieren estudiar. Un sistema, el de créditos, que permiten a los estudiantes ser independientes del tiránico poder que siempre emana del pensamiento institucional. Aprender como juego, ya que LO IMPORTANTE no es otra cosa que estar “bien conectado” y con un lastre cero que le permita, precisamente, partir de cero ante un posible negocio cuyo futuro depende de haber eliminado las ideas preconcebidas y los prejuicios.
Hace poco salía hicieron un reportaje en televisión que aludía al aprendizaje serio a través del juego. Los mismos militares explicaban cómo se pegaban barrigazos virtuales alrededor de un caserón para poder salvar a un hipotético secuestrado. El terrorista que se estrelló contra las Torres Gemelas había aprendido a volar en aparatos de simulación. Y el chaval que se sentaba detrás de mí en el tren estuvo jugando a fútbol todo el viaje, con el añadido de que narraba el partido como un comentarista radiofónico de lo más profesional. Después llegan a la Universidad y juegan al Wikipedia y al Facebook durante 4 años, y cuando verdaderamente alcanzan el lastre cero, entonces, sólo entonces, tienen posibilidades de entrar en una empresa que los adiestrará con juegos elaborados para los efectos. A esto se le llama gamificación, que no es otra cosa que “el empleo de mecánicas de juego en entornos y aplicaciones no lúdicas” (definición extraída de un reportaje sobre la gamificación que aparecía en las páginas salmón de El País). Así pues, juego en aplicaciones no lúdicas. La hostia, tú.

sábado, octubre 20, 2012

El Foro

Tenía que ir a Madrid con motivo de una cita concertada la semana anterior, concretamente el lunes a las nueve y media en las mismas oficinas del pequeño emporio que él dirige. Decido coger el tren de las siete, que me permite llegar con tiempo sobrado a la cita. La puntualidad es, de entre los parámetros que constituyen las convenciones sociales, uno de los más sagrados para mí. Da igual con quién se quede, la cuestión es llegar siempre “a tiempo” a las citas. En cualquier caso debo puntualizar, porque lo necesito, algo que en realidad debería resultar anecdótico para el lector: con quien estaba yo citado el lunes a las nueve y meda era un tiburón de mandíbula batiente. Sí, batiente (ni en cursiva ni entrecomillado). Y anecdótico porque, después de todo, nada ha tenido que ver el estatuto genético de mi interlocutor con la necesidad de narrar mi experiencia viajera. Pero yo había ido a Madrid porque había quedado con un tiburón.
Como llego a la estación con tiempo sobrado acudo directamente a la cafetería del tren para tomar un café y leer un periódico. Que acabarán siendo dos, los periódicos. Baumgartner se me queda colgando de la masa cerebral (es lunes y ayer se produjo la proeza estratosférica). Acudo hacia mi asiento con una carterita como único equipaje, ahí he concentrado los útiles de aseo personal, mis medicinas y un libro de lectura para la ida. La numeración de mi billete me lleva a compartir el asiento con una de las personas más gordas que he visto en mi vida (si exceptúo los vistos en EEUU). Está plácidamente dormido todo él, así que contorsiono con el fin de poder entrar en mi asiento sin tocarlo. Algo imposible que me hace rozar sus mórbidas excrecencias y además tenerlas presentes todo el viaje. Me acurruco en el pedazo de asiento que me queda y me dispongo a leer el libro sobre Tarkovsky, un libro sin duda menor escrito por un sobrevalorado Michel Chion.
Llegado a Madrid tengo tiempo para otro café. Un camarero le dice a su compañero que él no sale a atender a la terraza mientras su jefe no le ponga ya el uniforme de invierno (es 15 de Octubre). Es cierto que hace frío, estamos a 8 grados y mucha gente va por la calle vestida de invierno. En cualquier caso tengo la posibilidad de comprobar, mientras leo mi tercer periódico, que al camarero en cuestión le gusta hablar por hablar. Aunque hable todo el tiempo en serio.
Llego a las famosas oficinas a la hora señalada. Me atiende una señorita que dice no saber nada de mi cita con el director, que no ha llegado. A través de unos casquitos se comunica con alguien y después me dice: “haga el favor de esperar, que –tiburón- le atenderá en seguida”. Pero de “en seguida” nada. Tres cuartos de hora de pie, esperando. Cuando aparece se disculpa diciendo que como la cita la propuso él desde la calle no se acordó de anotarla. Nos sentamos y cuando le pregunto si ha visto el material que él me pidió le enviara con urgencia (a través de mensajería) una semana antes me contesta que no ha tenido tiempo. En fin. Después de esta breve introducción comenzamos nuestra entrevista. Y poco después la acabamos en 20 minutos. Punto.
Salgo de las oficinas y acudo a la cafetería del Reina (Sofía), donde he quedado con el ínclito (y ubicuo) Fernando Castro Flórez, un crítico de arte que en realidad es, después de todo, algo más. Siendo ese “algo más” una clave tan definitoria como diferencial respecto a sus colegas. Un ser cuya apariencia se encuentra entre un ser adulto y un ser joven. Con una cultura que le brota espontáneamente desde las comisuras labiales Castro padece de una incontinencia verbal indisimulada. Pero a poco que se le conozca se sabrá que su verborragia no es un signo de megalomanía, sino un extravagante mecanismo de defensa, o sea, un signo de inteligencia. En efecto, la única forma de sobrevivir a las inmensas relaciones sociales que le toca vivir dada su profesión es la de no dejar hablar. Así, Castro sólo es incontinente cuando no tiene nada que escuchar. Cuando estamos despidiéndonos en la calle nos cruzamos con Valcárcel Medina, uno de los pocos artistas que yo admiro y que por tanto preferiría no conocer. Como el cruce imprevisto no ha dado tiempo para tanto me place haber hablado con él sólo unos instantes y haber escrutado sus apariencias.
Una vez acabado el tiempo dedicado a las cuestiones “profesionales” me abandono a disfrutar el Madrid que ahora me interesa, que no es otro que el compartido con mi amigo Blas Maza. Ir al Foro era, sobre todo, una magnífica oportunidad de pasar unas horas con alguien al que presientes aunque no veas. Como sabrá el lector de este blog mi misantropía me impide tener demasiadas relaciones sociales, así que podrá entender el hecho de que pueda resultarme emocionante una experiencia poco frecuente que además se encuentra, en este caso, complicada por la distancia. Blas es un tipo cuyo talento ha sido puesto, desgraciadamente, al servicio de su propia supervivencia. Así que la única forma de aprovecharse de él es hablando. Después de comer Blas se retira a sus prescriptivas labores y yo decido pasear para bajar la comida. Salgo a la Gran Vía para encaminarme hacia la librería Ocho y medio. Una vez allí compruebo, de nuevo, que se trata de una de las librerías más mal organizadas que he visto nunca; resulta casi imposible pensar cómo se podría organizar peor. Me entran ganas de decírselo, pero no lo hago por temor a la mirada que seguro me iban a lanzar los dueños ante los primeros compases verbales de mi apreciación. Sin embargo hay allí un informático profesional que al parecer ha sido reclamado por ellos para sanear su gestión informática. Su nivel de expresión verbal es digno de un cuadrúpedo, pero eso no le impide imponer su criterio. A mí me duelen los oídos de escucharle. A los dueños les importa mucho el aspecto virtual de su librería pero no parece importarles nada sus ventas físicas directas. Siglo XXI.
De retorno a casa de mi amigo me cruzo con más indigentes, tullidos, pandilleros, proxenetas y putas de los que me he cruzado en Valencia durante pongamos 5 años. Madriz. Quedo de nuevo con Blas en la plaza Santa Ana, y después de unos finos cerca de Huertas me lleva a tomar una carne guisada con curry rojo que quita el hipo. En el restaurante sólo se encuentran cenando dos discretas parejas, lo que hace aún más memorable la cena tomada sobre una barra de madera serpenteante, sobre todo si tenemos en cuenta que todos los restaurantes circundantes se encuentran repletos de comensales, como mandan los cánones de una crisis de economía sumergida/emergida.
Al día siguiente me levanto pronto para llegar tranquilamente a la estación. Mi equipaje ha aumentado, tal y como viene siendo habitual en mis regresos, pero esta vez debido a un regalo de mi amigo Blas, que me ha dado lo último de Houellebecq. Él sabe perfectamente de mi aversión a la ficción, pero como decía mi tía que en paz descanse, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Yo había leído Partículas elementales y me había aburrido, y eso que muchos siguen diciendo que se trata de su mejor novela. Comienzo, pues, la lectura del libro en la misma estación de Atocha. En la hora y cuarenta minutos que dura el viaje no levanto la cabeza del libro. No hay nada que hacer. Es probable que se necesite paciencia para “introducirse” en la historieta y poder saborearla, pero yo ni la tengo ni la tuve nunca. Todas las novelas que leo son imposiciones que me hago para corroborar mi desprecio a la ficción. Algo que invariablemente sucede independientemente de que pueda gustarme el estilo de la historieta elegida. Después de cien páginas me encuentro cansado de tanta perspicacia en las descripciones; de tanta sutileza en la definición de los personajes; de tanta inteligencia puesta al servicio de de un relato cuyos problemas de los personajes me la traen floja. No hay nada que hacer: leo historietas y se me va la cabeza.  
Addenda. Durante mi estancia en la cafetería del Reina sucedió algo inesperado que me hizo cometer un claro acto de mala educación. Mientras me hablaba Castro de Nietzsche sucedió algo detrás de él que acaparó y monopolizó mi atención, algo que me impedía estar atento a su discurso tal y como mandan los cánones del buen sentido y de la buena educación. Una señora extranjera de mediana edad que iba acompañada de su marido y de otra pareja se abrió el botón del pantalón, se bajo la cremallera de la bragueta, se bajó ligeramente los pantalones y metiendo una mano entre sus bragas extrajo un billete de 50 euros. Lo hizo dando la espalda a la barra, pero de forma indisimulada. Por lo visto alguien le dijo en su país que si venía España lo mejor que podía hacer era guardarse el dinero en el coño.

viernes, octubre 12, 2012

La juventud (más creativa) y el Poder

Se partió de una idea grotesca pero muy propia de aquellos lejanos tiempos ocurridos hace ahora 5 años. Un lustro, pues, ha pasado desde que se llevara a cabo la primera edición de “Cortometrajes por la igualdad”. Un certamen cinematográfico que desde entonces insta a los jóvenes del hoy a comenzar su “carrera” artística poniendo su potencial creatividad, no al servicio de una compulsiva necesidad de expresión (propia de su edad), sino al servicio de los asuntos que ponen cachondos a los poderes fácticos, esto es, al servicio de la lucrativa y rentabilísima corrección política. Y ahí están siempre ellos, los jóvenes, que no fallan, “creando” obras que se centran en el tema propuesto/impuesto por aquellos a quienes los mismos jóvenes insultan en las manifestaciones. Si alguien se había preguntado por qué no estalla España en una revuelta con barricadas aquí tiene la respuesta (respuesta que en este blog ha sido suscitada en innumerables ocasiones): los jóvenes no quieren en realidad renunciar a un Sistema en cuya construcción han colaborado, aunque “sólo” haya sido “comprando” todo aquello que del Sistema les interesaba. Así es como nos encontramos con la paradoja que define los tiempos que corren: llegado el “momento de la verdad” los jóvenes (exultantes de la creatividad que define su estadio) en vez de ser críticos con los poderes fácticos a los que con razón y motivos desprecian, van y se abrazan a los políticos en una causa que para ellos no es, después de todo, más que una excusa para ganar electores, una estratagema para aplacar a los rebeldes, un gesto hipócrita para controlar a los supuestamente peligrosos, una táctica para despistar a los más creativos, una simple forma de quedar bien. No había más que ver los cuatro cortometrajes ganadores para comprobar la sumisión intelectual y artística de los autores respecto a los poderes fácticos. Los cuatro, que despertaron en la presentación calurosos aplausos por parte del público, pusieron todo su énfasis en entender el problema de la igualdad, casualmente (¿), como un asunto con una sola vía de interpretación. Es decir, pusieron todo su énfasis en abordar el problema tal y como lo plantean los poderes fácticos (que son los que pagan) y en ningún caso abordándolo desde cualquier punto de vista que pudiera ser imprevisible por haber podido responder a una visión personal y sensible del asunto. Estos son los nuevos creadores de las sociedades políticamente correctas; estos son los nuevos creadores que dicen estar enfrentados a los corruptos poderes fácticos; estos son los que después de una manifestación hacen cola para recibir una tacita de caldo de aquellos a quienes han despreciado en sus pancartas. ¡Y cómo gozan los políticos cuando a sus pies tienen sus detractores más enérgicos! 
Addenda. No todos los aspirantes a artistas hacen lo que se les reclama desde un Sistema politizado e inflexible, pero casi. La verdad es que de forma más explícita o de forma más implícita casi todos lo hacen. Es el sino de nuestros tiempos: se desprecia el Sistema al que todos quieren pertenecer; o mejor se desprecia al Sistema mientras se está fuera de él. En cualquier caso, otra cosa que define a los jóvenes de hoy, incluso por comparación a los de otras generaciones, es la absoluta corrección fílmico-narrativa de sus productos. Sea por la tecnología (al alcance ya de cualquiera), sea por la preparación (mucho más accesible dadas las facilidades que otorga la tecnología), la cuestión es que las facturas de sus productos son muy correctas. Por lo que la cuestión no se encuentra (de nuevo) en el dominio de la técnica, esa técnica que ahora está al alcance de cualquiera, sino en qué hacer con esos conocimientos técnicos que “ya todo el mundo posee”. En qué hacer al margen de lo previsible. (He de confesar que sólo he visto los cuatro seleccionados pero todo me hace pensar que resulta incompatible la idea de expresar algo revolucionario por personal con la idea de querer ganar un concurso que es puramente político y por tanto políticamente correcto).