miércoles, julio 26, 2017

Lucifer

Lucifer

Estaba sentado en la barra como de costumbre, tomándome un vino como de costumbre y a la hora de siempre si es que pudiera haber algo parecido a un siempre más allá del sentimiento puro, que lo dudo. Pero, sí, allí estaba yo en el mismo lugar de siempre, que no siempre es el mismo, aunque sí, y a la misma hora de siempre tomándome un vino, en la barra y sentado en esa parte de la barra que me permite ver bien prácticamente todo el en derredor.

Estaba yo sentado en la barra donde suelo hacerlo habitualmente, esto es, donde suelo hacerlo siempre, cuando se acercó un tipo que se sentó a mi derecha. No sé, hubo un algo que me dijo que no se había sentado junto a mí casualmente. Se le veía algo inquieto y sin saber dónde mirar. ¿Cómo puede no saberse dónde mirar? me dije a mí mismo, a quién si no. Se situó en paralelo a mí, mirando hacia afuera y en perfil tres cuartos respecto a la barra que quedaba detrás. Así, en principio, los dos debíamos ver lo mismo, otra cosa era lo que pudiéramos mirar. De vez en cuando rectificaba su posición y se giraba hacia mi lado, en principio sin mirarme pero con la clara intención de dejarse ver por mí pues en ese lado apenas había nada que ver, bueno sí, las camareras; detrás de mí se encontraba el lugar donde las camareras recogían las comandas de los clientes; y también una televisión de gran formato retransmitiendo deporte ininterrumpidamente, fuere cual fuere, en ese mismo momento, cricket. Hubo un momento en que me miró de reojo, lo que me hizo girar la cabeza en dirección opuesta y alzar la vista hacia un punto absurdo.

Al momento me llamaron por teléfono; se trataba un amigo que solicitaba conversación acerca de nuestra empresa común, un negocio que estábamos comenzando juntos. Me di la vuelta e hinqué los codos sobre la barra, de forma que pudiera aislarme de la gente lo máximo posible. Estoy seguro de que mi vecino no podía escuchar lo que yo decía debido a mi posición y al ruido de fondo. En cualquier caso nada más colgué ese tipo se dirigió a mí con estas palabras, “hay que ver cómo es la gente”. Yo no sabía qué responder, de hecho no lo hice, había en sus palabras algo siniestro. Hay que ver cómo es la gente, no sé, no le entendí muy bien pero sé que algo quería decirme y que además no se trataba de nada bueno. Lo había dicho mirándome de soslayo y esperando cierta complicidad por mi parte. Yo lo ignoré con un levantamiento de hombros pero no podía evitar sentir la presencia de quien, seguro, se había puesto a mi lado porque quería algo de mí. Que así era.

“Antes me fiaría del camarero –se detuvo unos instantes y continuó- y espero que nadie se ofenda por lo que digo”, dijo en uno de esos momentos en los que la casualidad, provocada por la necesidad de moverse en una banqueta no demasiado cómoda, hizo que nuestras miradas se cruzaran siquiera levemente. No lo pude evitar, ¿nadie?, pensé en voz alta. “Sí, nadie”, contestó con seguridad pero con una sonrisa ladeada.

Yo estaba incómodo por muchas razones pero se trataba de mi vino de siempre en el sitio de siempre y en la banqueta de siempre, así que lo único que tenía que hacer era, simplemente, ignorarlo. Nadie me iba a aguar la fiesta, nadie. Pensé entonces que había escuchado la conversación telefónica con mi amigo y por eso me había dicho aquello, si bien es cierto que no dejaban de rondarme por la cabeza esas frases… Hay que ver cómo es la gente; hay que ver, ¿ver?, ¿ver del verbo ver?, ¿qué gente, mi amigo? ¿de quién se fiaría tan poco hasta preferir fiarse antes del camarero?, ¿de mi amigo o de algo que él había visto y a mí se me había escapado? Me miró sonriente, estiró la mano y me dijo “me llamo Fernando, te he visto otros días por aquí”. Sin embargo a mí no me sonaba de nada, y eso que en ese bar de siempre lo único que hago, además de beber, es observar, diría que con cierto nivel obsesivo.

Aturdido por las dudas no la vi venir hasta que la tuve encima, una rubia de siluetas generosas que se sentó en la banqueta de mi izquierda. Yo estaba en paralelo a ella así que pude verla de reojo con bastante claridad. Llamó al camarero con el brazo y le pidió un Trending Topic. Era la primera vez que oía ese nombre en un bar, así que esperé a ver la reacción del camarero, que no la hubo, más bien le dijo con toda naturalidad “en seguida” mientras le levantaba el pulgar.

“Es sólo una forma de hablar”, me dijo el tal Fernando mientras yo pretendía no perder ojo a las acciones del camarero, necesitaba saber lo que era un Trending Topic, pero hubo un momento en que me perdí, demasiados ingredientes en la coctelera que desconocía. Además Fernando presionando por mi derecha y la rubia con toda su presencia por mi derecha. Demasiado.

El camarero vierte entonces el contenido de la coctelera en una copa pequeña, que la rubia coge con sutileza pero con cierta ansia, acerca sus carnosos labios y realiza una pequeña absorción ruidosa. Con una mirada entre natural y libidionosa, si es que esa combinación pudiera existir, me dice “hay que ver lo bueno que está esto”. Miro al camarero que a dos metros de mí se encuentra secando vasos y me lanza lo que sin duda es una sonrisa cómplice. Hay que ver, ¡de nuevo!  ¿Qué es lo que hay que ver?, me digo a mí mismo, a quién si no. Sé que podría tratarse de una frase hecha, pero no en este caso. Y tampoco creo en las casualidades.

Me encuentro como en una encrucijada, ahora el que no sabe a dónde mirar soy yo. No tengo ganas de darle conversación al tal Fernando y la rubia me tiene mosqueado, hay algo en ella que, no sé, no veo claro. El tal Fernando la mira, pero atravesándome, no hay otra porque me interpongo entre ella y él. Noto que tiene ganas de decir algo. Así él en unos segundos: “tempus fugit, amigo, tempus fugit”. ¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! Un desconocido, con una pinta algo más que discutible ¡estaba sentenciado en latín! Yo ya no me hacía preguntas respecto a lo que pretendía el tal Fernando, que en realidad no me importaba tanto, sólo me hacía preguntas respecto a lo que yo tenía que hacer con todo aquello.

La cosa es que de forma espontánea me sale contestarle: “la verdad es que ciertamente no puedes fiarte de tus percepciones inmediatas y que hay que dejarse llevar por la intuición… y yo, pues prefiero fiarme de la gente”. El tal Fernando me miró durante unos segundos en silencio, ladeó ligeramente la cabeza y me dijo “nada es lo que parece pero todo es lo que ves”. Caramba, me dije a mí mismo para mis adentros, a quién si no, este tipo no es un cualquiera, seguro que con dos frases más se destapa y me intenta vender algo, lo que sea, una colonia, un dolor, una duda o un discurso. Pero antes de que me diera tiempo a reaccionar la rubia se dirige a nosotros sin mirarnos a los ojos y con la copa en la mano dice, “algo de eso hay”. Esto sí que ya era demasiado para mí. Los dos personajes me tenían acorralado y se había establecido entre los tres una conversación de lo más críptica. Sugerente, sin duda, pero inquietante.


Algo de eso hay… se repetía en el interior de mi cabeza acordándome de mi tía Josefina, que también ella repetía esa frase sin cesar, viniera o no viniera a cuento, sin bien ella lo hacía hacia el exterior de la suya, de su cabeza. ¿Ago de eso hay… de qué? ¿De que nada es lo que parece? ¿De que todo es lo que vemos? ¿De que lo que vemos es siempre el todo? ¿De que el tiempo pasa volando? ¿De que por eso hay que aprovechar el momento? ¿Cómo podría aprovechar yo el momento, ese momento? Así me encontraba yo aturdido ante tanta duda cuando la rubia dijo “Fer, creo que esta vez nos hemos equivocado, este tipo no es de los nuestros…”. ¡Hostia!, me dije a mi mismo, a quién si no, ¡estos tipos ya se conocen! Y antes de que pudiera seguir elucubrando posibles reacciones ante tan extraña situación ella remató su sentencia “…no va a hacer nada con nosotros, ya te digo, no es de los nuestros”. “Tienes toda la razón Luciana, por esta vez nos hemos equivocado, la lástima es que tú habías puesto mucho interés en él, lo siento por ti” contesto el tal Fer como si yo no estuviera. Sin mediar más palabra la tal Luciana pidió la cuenta al camarero, éste le devolvió el cambio con una sonrisa pícara mientras le decía “siempre es un placer volverte a ver Luci”. Había pagado su Trending Topic y el vino del tal Fer, que por cierto había desaparecido sin más. Mientras se alejaba, la tal Luci murmuró, “hay que ver cómo están cambiando las cosas… o es que últimamente estamos teniendo mala suerte, no sé, un desastre”. Yo me quedé pensativo, dejé de mirar a mí alrededor porque en esos momentos no existía alrededor alguno, me encontraba realmente desconcertado… Fernando y Luciana, Fer y Luci… o lo que es lo mismo Luci… y Fer.

miércoles, junio 07, 2017

Goytisolo

Cuánto amor ha mostrado siempre Goytisolo por África en general y por el norte de África en particular; cuánto amor mostrado hacia el norte de África en general y hacia Marrakech y Tánger en particular; cuánto. Cuánto amor ha destilado siempre Goytisolo hacia la cultura islámica en general y hacia sus amigos islámicos en particular, todos ellos amigos de buena fe, amigos con buena fe. Cuánto amor ha demostrado tener siempre Goytisolo hacia “un lugar”, el norte de África, ese lugar adonde se trasladó a vivir allá por principios de los ochenta; amor inversamente proporcional al que sentía por cierta parte de España, que no por toda ella, aunque también. De hecho, multiplicando el amor que sentía hacia Marrakech por cualquier número Goytisolo dividía por el mismo número el amor que sentía hacia buena parte de España, que no de toda, pero sí hacia aquella a la que consideraba “retrasada”. Cuánto amaba a todo el norte de África y cuanto rencor sentía hacia buena parte de España el bueno de Goytisolo. Cuánto amaba Goytisolo el norte de África y cuánto amaba su cultura que tanto defendió, aunque fuera a costa de que naciera en él cierto desprecio hacia la parte “ignorante” y por ello “retrasada” del país que le vio nacer. Pero el pobre Goytisolo ha muerto. Al parecer tenía pocas últimas voluntades, pero una de ellas la había dejado clara a sus amigos, esos vecinos, amigos y compadres con los que departía a diario allí en esas fantásticas ciudades en las que vivió  y que tanto amó... en el norte de África. Sí, pocas cosas había dejado tan claras a sus amigos, vecinos y compadres como la de que no quería ser enterrado sino incinerado. Así, ser incinerado era una de sus últimas voluntades, quizá la verdaderamente última. Por eso, sus amigos, vecinos y compadres se han pasado su última voluntad por el arco de triunfo y lo han enterrado. Con el mismo ímpetu que Goytisolo dejó claro que quería ser incinerado sus amigos, vecinos y compadres lo han enterrado debido a las creencias de ese país en el que le sobrevino la muerte y de donde son esos amigos, vecinos y compadres que se han pasado por el forro su última voluntad, quizá debido a las creencias de esas ciudades africanas que tanto amaba Goytisolo. Sí, las creencias. 

sábado, junio 03, 2017

Amor

Venía yo de unos esos eventos en los que corresponde felicitar al protagonista te guste o no su producto exhibido mientras todo el mundo sonríe con una copa en la mano. Y cuando digo todo el mundo me refiero, en este caso, a los asistentes de ese particular evento, que como todos los de su especie, tanto propician a todo el mundo, digo, a sonreír con una copa en la mano. Algarabía y mucha aparente alegría, aunque no sé por qué digo lo de aparente. Venía yo de allí, decía, de la inauguración de una exposición de arte, cuando observé de lejos una extraña forma estática que no se correspondía con una figura humana, diría. Estaba lo suficientemente lejos como para no saber de qué se trataba pero lo suficientemente sobrio para intuir qué es lo que podía ser, pero sin verlo claro.

Debido al horario en el que todo esto sucedía no había mucha gente en la calle, no sé, quizá estuvieran cenando, me dije. O quizá sí la había, la gente, en la calle, pero yo no la veía. O quizá se trataba de una percepción provocada por el contraste, quiero pensar, porque podría jurar que la calle se encontraba realmente vacía; y digo contraste porque, como creo haber dicho, la galería de arte se encontraba repleta de gente que sonreía con una copa en la mano. Posiblemente había yo saludado a demasiada gente con una copa en la mano, sonriendo. A gente que con una copa en la mano sonreía.

Así, no sé si la calle estaba vacía o no, aunque creo que sí, al menos eso sentía volviendo de ese evento a una hora en la que todo el mundo debía estar cenando. Así, repito, fue volviendo de ese risueño evento cuando vi a lo lejos esa extraña silueta que no se parecía a la de un ser humano; aunque a lo mejor no sea apropiado hablar de ser humano para hablar de las dudas que tal impávida forma, humana pero no tanto, me provocaba. Porque ¿qué podía ser si no? Era extraña pero no tanto, repito. Era extraña sí, pero a lo mejor no se trataba tanto debido a su forma, que de alguna forma también, cuanto debido a su inmovilidad, a su absoluta inmovilidad.

Había salido de un evento que podría calificar de barroco, de hiperbólico, podría llegar a decir, por lo apabullante de las sonrisas y los saludos histriónicos, cuando, quizá por todo ello, me topara con esa extraña –así me lo pareció- forma que por lo menos me lo parecía de lejos. Extrañeza que seguramente provenía, con toda seguridad, digo yo, de haber vivido hasta hacía unos pocos minutos una experiencia de esas que podría calificar de barroca, si no de hiperbólica. La cuestión es que la calle estaba vacía, creo, y aquella extraña forma a la que me aproximaba me parecía extraña por dos cosas, por lo lejana que estaba en el espacio, el espacio que mediaba entre esa forma y yo mismo, quién si no, y por lo cercana que se encontraba de mi experiencia reciente, la que se había caracterizado por su exceso, por su aceleración, diría.

Cuando me aproximé lo suficiente se despajaron todas mis dudas, pero la calle seguía vacía y no sólo vacía sino incluso silenciosa, podría llegar a decir. Extremadamente silenciosa. Ya lo había avanzado antes cuando decía que estaba lo suficientemente lejos como para no saber de qué se trataba pero lo suficientemente sobrio para intuir qué es lo que podía ser. Y en efecto, algo de eso había, quiero decir, que aún no sabiendo a qué respondía aquella extraña forma, que al menos a mí me lo había parecido, no resultaba en el fondo difícil asociarlo a algo previsible, aunque vagamente. Al fin y al cabo estaba en una calle y no en un desierto. Así que cuando me aproximé lo suficiente descubrí que no se trataba de un espejismo, como podría haber sucedido si en vez de en una calle hubiera estado en un desierto y que se trataba de algo que el fondo era previsible, que lo era, aún cuando mi estado no me lo hubiera permitido admitir hacía un momento. El estado, claro, provocado por una experiencia acelerada, hiperbólica, la que precisamente confiere sentido a hablar de dudas, desconciertos, extrañezas y espejismos.

A unos metros –del bulto- se despejaron todas mis dudas, decía, y aquello que tan extraño me había parecido hacía un momento no era otra cosa que dos personas abrazadas, absolutamente inmóviles. Me fui acercando a ellos mientras ellos permanecían tan inmóviles como lo habían estado desde que me había yo fijado en ellos sin saber que se trataba de ellos, es decir de una pareja de amantes que se encontraban abrazados, amarrados, inmóviles y con los ojos cerrados. El tiempo se había detenido para ellos, de eso no hay duda. El instante para ellos carecía tiempo y de espacio, podría decirse. No estaban allí porque no estaban ni aquí ni allí, que es una forma de estar en el universo cagándose en la muerte.

Pasé junto a ellos mientras permanecían estáticos, extáticamente inmóviles. Los sobrepasé y me volví para comprobar lo que además de previsible era inevitable, diría. Allí seguían abrazados, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte. Llegué a mi casa, me acosté y me dormí. Y allí seguían ellos abrazados, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte.


Así que a unos metros –del bulto-, decía, se despejaron todas mis dudas, y aquello que tan extraño me había parecido hacía un momento era algo verdaderamente extraño: dos personas abrazadas, absolutamente inmóviles, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte.

jueves, mayo 11, 2017

De la impuntualidad

Esperar no en sí mismo un problema, le dije, lo que me resulta francamente repugnante es esperar a alguien con quien he concertado una cita. Nada hay más despreciable que la impuntualidad, nada más repugnante que esperar a alguien con quien se ha concertado una cita -de común acuerdo- en un lugar concreto a una hora concreta, le dije. Porque esperar es algo normal, de hecho nos pasamos la vida esperando; así, esperar no es el problema. Lo que resulta francamente despreciable es la impuntualidad, como bien sabe Reger, le dije. Como a mí, a Reger le repugnan la impuntualidad. Nada hay más despreciable que quien no se toma en serio las citas, me dijo Reger el otro día. Y es que para mí, como para Reger, la impuntualidad es imperdonable, le dije; la impuntualidad es una absoluta falta de respeto. Si hay algo que no estoy dispuesto a consentir es la impuntualidad. Los impuntuales no son sólo eso, impuntuales, no, la impuntualidad lleva consigo asociadas otras cualidades de calaña parecida pero con repercusiones quizá menos concretas. Los impuntuales son siempre gente a la que les importa muy poco el otro, así pues, egoístas, le dije; los impuntuales no pueden no ser egoístas porque les importa más bien poco el otro, como dejan claro en la misma impuntualidad. No son capaces de darse cuenta que en la espera –en un lugar concreto a una hora concreta- los minutos de espera no suceden en progresión aritmética sino geométrica; no son capaces de darse cuenta que el otro se ha preocupado por ser puntual con todo lo que eso pueda haberle supuesto; no son capaces de imaginar, si quiera de lejos, que el otro puede haber movida cielo y tierra por ser puntual, para ser puntual. Por eso los impuntuales son despreciables, porque además de ser egoístas infligen un mal a aquel con el que han adquirido un compromiso. Los impuntuales son malos, son malas personas, y por eso son despreciables. Sé que hay gente, le dije, que creerá desmesuradas mis opiniones, pero seguramente se tratará de aquellos a los que les importe, y mucho, esperar, que por eso son de los que siempre llegan tarde y creen desmesuradas las opiniones de quienes ven tan despreciable la impuntualidad. Pero después de todo, y precisamente por todo ello, los impuntuales son unos desalmados, unos egoístas, unos canallas, le dije. Siempre habrá quien no le quiera dar tanta importancia a la impuntualidad, pero con toda seguridad se tratará de alguien a quien le importe, y mucho, tener que esperar, que por eso no les importa llegar tarde, siendo impuntuales. Que por eso son impuntuales, es decir, canallas, despreciables. 

lunes, mayo 01, 2017

De niños, adolescentes y adultos

 Ahí están ellos tecleando sus aparatitos con sus veloces y asquerosos deditos. Sentados todos ellos en el banco del parque, concretamente en el situado más cerca de la salida, tecleando sus aparatitos con una compulsión poco propia de seres de su edad. Así, sentados en el banco de forma desordenada pero nada casual, teclean todos ellos sus respectivos aparatitos cogidos con firmeza, con ambas manos diría, y moviendo los dedos a la velocidad de la luz, como si les fuera la vida en ellos, que les va, como puede observarse por la velocidad a la que mueven sus veloces y asquerosos deditos. No se hablan entre sí esos niños que se encuentran en el banco del parque sentados con sus aparatitos, esos aparatitos que miran fijamente como si les fuera la vida en ello, que les va. No hablan, no se hablan, sólo miran hacia sus brillantes aparatitos moviendo sobre ellos sus veloces y asquerosos deditos mientras llega un grupo de adolescentes que decide sentarse en el banco de enfrente. Tras unos instantes de risas los adolescentes toman posición definitiva del banco. Sentados de forma desordenada y sin que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido dar una orden de salida se ponen todos a teclear sus aparatitos con sus dedos asquerosos, dedos que no son ni de niño ni de adulto; dedos que no son como los dedos de esos niños que se encuentran en el banco de enfrente tecleando de forma asquerosamente compulsiva sus aparatitos brillantes; dedos que no son como esos gruesos dedos de adultos que tienen su padres. Resulta francamente repugnante ver a esos niños olvidarse de su infancia mientras se concentran en la luz que despiden sus respectivos cacharros, diría yo. Niños que se han olvidado de sí mismos debido a esos aparatitos que toquetean con sus asquerosos deditos veloces, aparatitos que pronto serán cacharros con bordes descascarillados que irán a parar a la basura después de una vida intensa si es que pudiera hablarse de vida cuando se habla de aparatitos. Resulta francamente repugnante ver a esos adolescentes actuando exactamente igual que los niños que tienen sentados en el banco de enfrente, ese banco que se encuentra junto al Frankfurt que se encuentra a la salida del parque. Adolescentes que se han olvidado de ser adolescentes después de haberse olvidado de haber sido niños mientras toqueteaban unos aparatitos brillantes que manejaban con ambas manos simultáneamente. Repugnante por desolador resulta ver a esos adolescentes toqueteando enfermizamente unos cacharritos mientras se le va la vida en ellos, por ellos a través de ellos, que se les va. Como desolador por repugnante resulta ver a esos niños que hacen lo mismo que esos adolescentes a quienes se les va la vida toqueteando compulsivamente sus cacharritos. No hablan entre ellos, sólo manosean de forma enfermiza por compulsiva esos aparatitos que pronto serán cacharros, diría. Así, mientras no hacen otra cosa, lo que hacen esos adolescentes es mover sus asquerosos dedos a toda velocidad sobre esos aparatitos brillantes que les fascinan. Así, mientras esos adolescentes no hacen otra cosa que mover a toda velocidad sus asquerosos dedos mientras se les va la vida en ello, que se les va, los niños del banco de enfrente no hacen otra cosa que mover sus asquerosos y veloces deditos sobre esos aparatitos brillantes por los que se les va la vida, que se les va. Allí están, junto a la salida del parque, sentados de forma desordenada y nada casual, un puñado de adolescentes que no hacen otra cosa que lo que les apetece, que es precisamente lo mismo que hacen esos niños que se encuentran sentados en el banco de enfrente que se encuentra situado a la salida del parque junto al Frankfurt. Niños que no hacen otra cosa que lo que les apetece: mover sus asquerosos deditos compulsivamente sobre unos aparatitos brillantes sumamente parecidos, si no iguales, a los que poseen sus padres, quienes habitualmente mueven sus dedos veloces, pero no tanto, pero sí más gruesos y por ello más asquerosos, sobre unos aparatitos brillantes, diría, que recargan todas las noches junto a la cama, en la mesita de noche. Así, esos niños que se olvidan de ser niños mientras hacen lo que hacen sus padres -siendo niños que no hacen otra cosa que manosear esos cacharritos como lo hacen sus padres, que recargan esos cacharritos todas las noches junto a su cama-, esos niños, digo,  no hacen otra cosa que lo que hacen sus padres, padres que con sus gruesos y patéticos dedos no hacen otra cosa que manosear sus aparatitos brillantes cogidos firmemente con las dos manos. Moviendo sus gruesos y asquerosos dedos a toda velocidad, que es una velocidad patética, como si les fuera la vida en ello, que les va, mientras se les va la vida en ello, que se les va. Y así Ad libitum.


domingo, abril 02, 2017

La retórica de Eloy

En retórica oratoria pueden distinguirse dos corrientes de filiación (y de actuación) con sus respectivos grados, como ya se advirtiera en el tratado Sobre lo sublime (de pseudo-Longino) que tanto éxito tuvo en el siglo XVIII: por una parte se encontraría la representada por los seguidores de Apolodoro, que sostendría que en el arte de la oratoria se podían fijar principios de valor científico, tales como la persuasión ejercida por medio de la palabra, que debía ser usada de la forma más racional posible, con el apoyo de los hechos y apartándose de toda posible ilusión o sugestión que pudiera propiciar el embelesamiento, la exaltación y el éxtasis. Y por otra estarían los seguidores de Teodoro, que asignarían un papel predominante a la pasión, a la parte afectiva e irracional del alma humana, al sentimiento que irrumpe al margen de toda razón que ya no se conforma con la persuasión y pretende el éxtasis.

Puede que uno de los filósofos vivos más importantes del mundo sea actualmente Antonio Escohotado, un perfecto representante del pensamiento que se forja sobre el uso del verbo y el sustantivo como instancias de conocimiento en su sabia conjunción, evitando en la medida de lo posible toda adjetivación y reduciendo al mínimo la adverbiación. De la misma forma, o por ello mismo, su oratoria sería una perfecta muestra de retórica a la manera de Apolodoro. Sobriedad, elegancia, empirismo y racionalidad llevados a un tipo de argumentación que no hurga en las emociones del espectador, sino que más bien al contrario le insta a esa misma sobriedad y racionalidad.

Respecto a su faceta de orador, que es la que aquí nos ocupa y no otra (que daría para largo), puede decirse lo que puede comprobarse en muchos de los vídeos colgados en la plataforma youtube. Yo he tenido la paciencia de verlos/escucharlos todos, lo que sin duda ha servido, entre otras cosas, para potenciar -en perfecta avenencia con la memoria- mis conocimientos adquiridos en la lectura de sus libros. Los he visto todos aun cuando una de las dos facetas de Escohotado como pensador me interese mucho menos que la otra, porque en efecto son dos las vías de análisis/investigación/pensamiento por las que el filósofo/historiador se ha instalado en la elite del pensamiento mundial. Salvo alguna veleidad científica y asumiendo el reduccionismo que todo resúmen conlleva estas dos vías serían, por una parte el asunto de las drogas y por otra el del comunismo como forma opuesta del liberalismo económico. (En este sentido los que a mí me han parecido más interesantes con diferencia son los que hacen referencia a su obra magna, Los enemigos del comercio: https://youtu.be/bU04v-RBXAw).

En cualquier caso revisitar alguno de esos vídeos (que no son más que conferencias en las que se le ha requerido para hablar de esos dos asuntos sobre los que es un auténtico especialista) resulta sumamente instructivo en la medida en la que eluden la síntesis consuetudinaria para ofrecer al espectador una síntesis creativa, es decir, una síntesis que aun teniendo de referencia el asunto por el que ha sido requerido Escohotado acaba organizando una charla con un cierto nivel de autonomía temática. Escohotado sabe, como buen orador, que la gracia no puede estar en el resumir 14 años de investigación, sino en las distintas formas de contar el asunto, de expresarlo.

Pero por volver al asunto inicial: si podemos afirmar que Antonio Escohotado es, desde luego, un orador inspirado por Apolodoro, podemos también afirmar que su compañera de mesa -en ése otro vídeo sobre el tema de las drogas: https://youtu.be/x5ys77hquMM-, Fernanda de la Figuera, es una oradora inspirada por Teodoro. El primero usando la contención, la mesura y la precisión en el uso de datos, y la segunda usando la exaltación para apelar a las emociones y los afectos.

¿El resultado? Pues dependerá de para quién. Como siempre. A mi juicio Escohotado logra transmitir una credibilidad absoluta con independencia de que se pueda estar o no de acuerdo con lo que en última instancia podrían ser considerados juicios personales (que se encontrarían en otra dimensión de los argumentos más vinculados al empirismo de los hechos, que por otra parte llevan el peso del discurso), pero de lo que nadie puede dudar es de la ingente cantidad de conocimientos que posee, los que precisamente le permiten expresarse con esa serenidad que relega los adjetivos y con los que evita la exaltación.

Fernanda de la Figuera, sin embargo, no hace otra cosa que apelar a los afectos y la emociones. Su discurso es un grito y su argumento la queja y el lamento, e incluso el insulto. De tal forma que su oratoria acaba produciendo, a mi juicio, (y como yo no soy Escohotado y sí gusto de los adjetivos) un discurso vacío, hueco, inconsistente, pueril e incluso burdo y en definitiva zafio, histérico, grosero. Así es como ver este vídeo, que contiene intervenciones de ambos ponentes, puede resultar instructivo para todo aquel que quisiera ver con claridad la diferencia entre los dos tipos de oratoria, la inspirada en la razón y la inspirada en las pasiones.

Pero como decía más arriba estas conclusiones son, sólo (?), el producto de mi juicio particular, que no tiene por qué coincidir con el de otros espectadores. Es más que posible que quien decidiera ver los vídeos aquí comentados -y linkeados- pueda llegar a otro tipo de conclusiones, algo que no me sorprendería demasiado a tenor de la respuesta que en vivo y en directo recibieron dichos ponentes a lo largo de sus intervenciones. La respuesta del público ante las intervenciones de Escohotado fue el silencio casi sepulcral, sin embargo ese mismo público interrumpió a Fernanda con vítores y aplausos en varias ocasiones.

¿Qué puede querer decir esto? Lo que en principio se me ocurre no es más que lo que la evidencia señala: que a los espectadores de esas ponencias les ponía cachondos la exaltación de Fernanda aunque la base de su burdo discurso (más allá de la vehemente defensa de un amigo suyo injustamente condenado por la Justicia) fuera extremadamente… populista. O precisamente por eso, por tratarse de un discurso netamente populista su entidad y su forma no pudo ser más que burda.

De tal forma se manifestaba la catadura intelectual de ese público asistente (público eminentemente joven). Un público que se quedaba aplatanado ante el exhaustivo y explícito Conocimiento que ni poseen ni desean poseer (porque en todo caso no lo necesitan para quejarse) y que sin embargo empatizaba con un discurso fundamentado en los gritos histéricos de una mujer que carecía de argumentos (porque tampoco los necesitaba para seducir a los ya de por sí tendentes a la exaltación debido precisamente a su falta de Conocimiento).

Post Scriptum. Por cierto, es precisamente Escohotado quien en su magna Los enemigos del comercio (3 tomos) hace un preciso análisis del concepto Comunismo y por extensión también del Populismo. Como también lo hace José Luis Pardo en su Estudios del malestar, uno de los mejores ensayos publicado en estos últimos años. No apto, por supuesto, para amantes de la queja y la adrenalina.

jueves, febrero 23, 2017

(In)Justicia y Puta Locura

Enciendo el televisor y me encuentro con una tertulia de periodistas, una de esas tertulias en las que los tertulianos parecen no estar nunca de acuerdo. Que es lo que toca para distraer al televidente inculto y alienado.

Hoy es el turno de Urdangarín y de si la Justicia es igual para todos.Cada tertuliano matiza su pensamiento que difiere del de los otros en alguna minucia, la que justifica su particular presencia en el falso debate. Sin embargo hoy se han puesto todos de acuerdo en una cosa: ninguno duda de que la actuación de la Justicia “ha mitigado totalmente el riesgo de fuga de Urdangarín”.

Y lo dicen, todos, mientras de fondo paracen imágenes de Urdangarín vestidito de pijo y paseando en bicicleta por las calles de Ginebra.

Así, no hay riesgo de que se fugue un tipo que, habiéndonos estafado unos cuantos millones a los españoles y habiendo sido declarado culpable por la Justicia española, pasea alegremente por Suiza… en vez de pasear puteado por la selva amazónica.

sábado, febrero 11, 2017

Premios Goya y la mujer

Un tal Jesús Mota (que no José Mota) decía hoy en El País que el IVA no era un problema relevante para la industria cinematográfica española. Lo explicaba muy bien en la misma página del editorial. Con una reducción del IVA al 10% en vez de al 21% no se solucionaba el problema que la industria dice tener, que no es otro que la falta de espectadores, esto es, la falta de ingreso por taquilla, esto es, la falta de dinero con la que poder financiar otras películas, la falta de músculo en una industria en la que pocos quieren invertir.


De hecho, en los Premios Goya de este año se ha pasado de puntillas sobre el asunto. Quizá porque, como bien se hizo saber en su retrasmisión, éste ha sido un buen año para el cine español: más estrenos, más espectadores, más dinero. La cuestión es que pudiendo haber incidido en el asunto del IVA como objeto de crítica y reivindicación no se ha hecho. Y el gremio sabrá por qué, pero no deja de ser algo desconcertante. Sobre todo si sabemos lo que el gremio disfruta regodeándose en la denuncia y en la reivindicación activista.


¡Y tampoco hay ninguna Guerra contra la que “luchar”! [O sí, pero fuera de España, lo que al parecer la hace irrelevante para los cómicos españoles. "No a la guerra" sólo si está en ella involucrada Españita].


Así, ¿qué hacer en los Premios Goya este año?, ¿qué hacer para no abandonar ese espíritu crítico, reivindicativo y activista que tan cachondos les pone a los del gremio? Pues fácil, buscar un asunto que les permitiera seguir con la queja, la denuncia y la reivindicación; y nada mejor (a falta de otro más coyuntural) que el asunto de la mujer y su discriminación(?). Que ese nunca falla.


Y por ese lado se escoró este año la “necesaria” carga ideológica que al parecer debe contener la anual entrega de premios. 


[Por cierto, desde que escribí el último post ](http://albertoadsuara.blogspot.com.es/2017/01/mujeres-y-arte.html) a ahora se ha publicado en MAKMA otro artículo sobre el asunto (http://www.makma.net/el-arte-de-vender-arte/). Habla la Asociación de Galerías de Arte de la Comunidad Valenciana, compuesta por 18 galerías de las cuales 16 se encuentran dirigidas… ¡por mujeres! ¿Y qué se dice en el reportaje escrito por la infatigable reivindicadora Bel Carrasco? Pues que se necesita más presencia de la mujer en el mundo del arte.


Pero ¿acaso es que su presencia es realmente poca?* Desde luego que, dada la cantidad de mujeres que dirige y representa el sector comercial de ese mundo vinculado a la sensibilidad, podría decirse que NO, que su presencia es incluso abrumadoramente mayoritaria. Sin embargo siguen quejándose de la poca presencia de artistas-mujeres en las galerías de arte (?), exponiendo en galerías de arte.


Seguro que a estas alturas del post ya hay gente que cree tener la respuesta a ese desfase señalado por las mujeres a modo de denuncia. Seguro que hay gente que piensa que todo el mal (que se significa en esa diferencia cuantitativa respecto al hecho expositivo) proviene, cómo no y una vez más, de las estructuras patriarcales tradicionales y machistas que impiden a las féminas estudiar carreras como la de Bellas Artes.


Pero resulta que NO: que tal y como en los dos artículos se deja bien claro (tanto en el publicado en El Mundo y comentado en anterior post como en el recientemente aparecido en MAKMA), ya hace años en los que el porcentaje de mujeres que estudian Bellas Artes supera con creces al de los hombres; ellas mismas lo dicen: un 70% de mujeres respecto a un 30 % de hombres.


¿Entonces, qué es lo que quieren las galeristas cuando en los medios exigen más visibilidad para las de su género?


¿Pero no son ellas las “dueñas” del arte que se exhibe? ¿No son ellas quienes programan su exposiciones y quienes eligen a los artistas?


¿Entonces, qué es lo que quieren esas mujeres -que controlan la faceta expositiva de ese sensible mundo del arte- que según ellas mismas discrimina a las mujeres artistas?


Volviendo a los Goya:


¿Que quiere Ana Belén cuando en los Goya pide -toda seria y circunspecta- más presencia de la mujer en el cine? ¿Que haya más actrices? No lo creo, las hay a montones (con o sin trabajo). ¿Que las actrices se planteen dirigir? Tampoco lo creo. Nadie tiene por que hacer aquello que no le apetece, como bien sabe la propia Ana Belén ¿Que haya más protagonistas femeninas? No creo que sea eso lo que pidiese, ya que con esa reivindicación sólo estaría haciendo alarde de una tremenda incultura (véanse programaciones). ¿Que haya más directoras? Bueno, pero ¿salidas desde qué grupo de mujeres estudiantes (o no) que no muestran interés por la dirección cinematográfica?¿O acaso es que hay grandes directoras discriminadas y humilladas por la industria sólo por el hecho de ser mujeres? ¿Entonces? ¿Y por qué más directoras y no, por ejemplo, más sonidistas? ¿Será que hay más sonidistas hombres que mujeres porque el sonido les interesa más a los hombres que a las mujeres? ¿Qué tiene la dirección que no tenga el sonido para que resulte más glamourosa su reivindicación? ¿Quién quiere ser sonidista? 
¿Por qué entonces se ponen tan cachondos los del gremio cuando Dani Rovira o Ana Belén (y otros) reivindican más presencia de la mujer en el cine si no es porque lo que les pone cachondos es sólo el hecho de reivindicar -lo que sea- con la queja, el lamento y el enfado por en medio?


[Pero volvamos al artículo de MAKMA (sobre mujeres galeristas)].


Para la peridista del artículo “El arte de vender el arte”, la tarea de vender arte es “Una tarea que exige combinar cualidades diversas: espíritu empresarial, visión comercial y, sobre todo, sensibilidad artística para detectar nuevas firmas que reflejen las tendencias de cada momento. Además, sutileza psicológica para lidiar con los creadores y los clientes, con sus respectivas manías y exigencias. Este cúmulo de factores imprime un fuerte carácter vocacional y hace que la venta de una obra de arte pueda considerarse, en cierta manera, también una forma de arte. Un arte para el que parecen mejor dotadas las mujeres como demuestra su creciente presencia en este mundo”.


Así pues, ya lo sabemos: hay cosas para las que están más dotadas las mujeres que los hombres.


Y conviene recordar que:


Después del mandarinato de Juana Mordó en España, el mundo real del arte estuvo desde finales de los setenta muchos años en manos de Juana de Aiizpuru, María Corral, Cármen Jiménez, Helga de Alvear, Soledad Lorenzo, Elba Benítez, Elvira González, Oliva Arauna, las Moriarty, Oliva María, Rosa Martínez, Estrella de Diego, Evelyn Botella, Rosa Olivares, Pilar Parra, Marta Cervera, Elena Ochoa, Ana María Guasch... Ellas lo controlaban TODO, ellas configuraron el panorama que representaba el arte español y foráneo en nuestro territorio. Y diseñaron la estrategia de expansión. Ellas impusieron su criterio, algo contra lo que no hay nada que objetar, digo yo. ¿O sí?

sábado, noviembre 26, 2016

Sobre la Igualdad

Sobre la Igualdad

¿La Igualdad? se pregunta uno. ¿Qué contestar?

La verdad es que resulta complicado responder a una pregunta cuya única respuesta posible admitida socialmente sólo puede ser una, valga la redundancia; a saber: la que utiliza ese mismo concepto desde la afirmación asertiva; la que no admite dudas acerca de su reivindicación; la que no admite disidentes en ese rechazo de la duda que conlleva toda pregunta. No existe la posibilidad de duda si la respuesta sólo puede ser una. Sólo es posible cabecear en positivo ante ella. Para nuestra época la Igualdad es sí o sí, y no existe posibilidad de disidencia; no existe en ningún caso la posibilidad de análisis semántico. “¿Para qué?”, se preguntan los adalides de la Corrección Política, ya la lleven puesta de forma explícita o de forma implícita.  

Así, no hay duda de que tanto la Opinión Pública como la Opinión Publicada, esto es, la emitida socialmente, tienen claro qué hacer con el concepto Igualdad: reivindicarlo ferozmente siempre fuere como fuere, por mucho que la pregunta, así planteada (¿La Igualdad?), pudiera quedarse siempre corta por incompleta. Son cosas de la Corrección Política: no mostrar fisuras en la asertiva estrategia cortando por lo sano desde la misma abstracción del concepto. La Igualdad -así en genérico y en abstracto- es para Ella, la Corrección Política, el fín último, esto es, el primer objetivo. ¡Pero no tanto en cuanto a su posible aplicación a la misma sociedad se refiere!, cosa imposible además de indeseable*, sino en su objetivo real, que no es otro que el de inocular la misma reivindicación feroz de esa Iguadad en nombre del Bien Supremo. En el mercado de las ideas regidas por la Corrección Política (que son prácticamente todas en la medida en que las ideas privadas no acceden a la Opinión Social) no existe la posibilidad de afinar, matizar, limitar el concepto Igualdad porque todas esas acciones serían vistas como enemigas del fin último de la estrategia. ¡Ay de quien se atreva a poner en duda la univocidad del término más allá del círculo privado!

¿Cuál ha sido el resultado después de 40 años de imposición ideológica? Pues el resultado previsto, que no es otro que el buscado por la misma estrategia que conlleva toda política impositiva. Y una estrategia, según el Léxico de Filosofía de Jacqueline Russ,  es el “el conjunto coherente de acciones destinadas a producir un resultado determinado, a eliminar al adversario, etc.; arte y habilidad para dirigir un asunto”.

Desde luego que en el caso que nos ocupa la coherencia es un aspecto definitivo. La psicótica reivindicacón de la Igualdad sólo puede obtener éxito desde un férreo control de la Opinión Pública y Publicada. Y esto es sólo es posible a través del Puro Control, que en este caso (como en otros de parecido fundamento) se ejerce, como digo, en nombre del Bien Supremo… pero siempre desde el Poder Omnívodo, desde ese Poder que sólo sabe expresarse desde el Pensamiento Único; desde ese Poder que no admite disidencias. desde ese Poder más preocupado por “eliminar adversarios” que de solucionar el problema, pues como ya hemos apuntado otras veces, la única forma de luchar contínuamente contra la Desigualdad -desde la Corrección Política- es dejando que ésta no deje de existir.

Pero insistimos ¿cuál ha sido el resultado? Pues ahí está a la vista de todos: que la Diferencia sigue manifestándose en la vida real con una naturalidad pasmosa (ver Nota), tan pasmosa como ajena a los desencajados rostros de todos aquellos que no ven más allá de la ideología impuesta por un Poder nada inocente, entre otras cosas porque toda imposición se ejerce desde la tiranía y el despotismo (e incluso desde algo mucho peor, la perversa incultura y la maléfica ignorancia). Porque la Diferencia cristaliza en la sociedad con absoluta indiferencia hacia los Institutos de Mujer y las Consejerías de Igualdad.

Igualdad es, precisamente, aquello que no puede ser con independencia de sus posibilidades (siempre ambiguas debido a verdadera imposibilidad última), y Diferencia es, precisamente, aquello que por asentarse como única posibilidad de relación social -tanto en el sujeto en general como en el sexuado en particular- habría que aprender a gestionar. Algo que, no haría falta decirlo, nada tiene que ver con la igualdad de derechos (estamos hablando de igualdad de géneros por lo que al comportamiento entre ellos o hacia ellos se refiere).

Además, hablar en nombre del Bien para justificar una estrategia, es decir, asociar de forma arbitraria el concepto Igualdad al concepto de Bien, no deja de ser lo mismo que lo que hacía en antaño el estamento religioso cuando justificaba sus actos inquisitoriales en nombre de Dios. Y más aún si ha sido el propio pensamiento políticamente correcto quien lleva más de 40 años desdibujando las fronteras entre el bien y el mal a través del Pensamiento Académico (tesis, ensayos, ficción literaria, arte…) y desde la nueva Narrativa Audiovisual.

Dicen que todo es un problema de educación. Cierto, pero no estaría de más que desde ella se abrieran nuevas vías para abordar un problema que, como vemos día a día, permanece incólume. En efecto, sólo la educación permitiría señalar como fracasada una estrategia que se regenera a sí misma en función de los consecutivos fracasos. De hecho las noticias que hacen referencia a las funestas consecuencias derivadas de los problemas de género no hacen otra cosa que insistir en el fracaso persistente cada vez que magnifican las cifras que lo demuestran. Quizá entonces, y aceptando que se trata de un problema de educación, pudiera aceptarse otra vía que estuviera fundamentada en análisis menos prejuiciosos. Y tal vez así, diéramos entrada al concepto de Diferencia (tan factual como inevitable) y pudiéramos centrar la educación en el aprendizaje de la gestión de esa Diferencia.

En el Léxico de Filosofía, antes citado, dícese del concepto: Diferencia: Relación de alteridad entre dos cosas que tienen elementos idénticos. La verdad es que resulta difícil encontrar frases tan bellas como la que propone esta definición de Diferencia. Aristóteles dijo algo parecido, “Se llaman diferentes cuantas cosas son otras siendo en cierto modo idénticas”.

*Para saber si cualquier sociedad cree o no en la Igualdad como verdadero fin último no hay más que preguntar a unos padres con hijos en edad adolescente. Aquello padres que tuvieran hijos esforzados desearán con todas sus fuerzas que sus hijos no acaben teniendo la suerte de aquellos otros adolescentes que no hubieran pegado un palo al agua. Y si la suerte es lo que está en juego es porque las Igualdad además de imposible resulta indeseable. Siendo entonces la asunción de la Diferencia aquello a partir de lo cual puede afrontarse, con mayor sensatez, los asuntos relacionados con la Justicia/Injusticia. En cambio, si sólo se habla de Igualdad todo acabará conteniendo, inevitablemente, un sesgo de injusticia. Algo que pone cachondos a los practicantes y defensores de la Corrección Política. De todas formas no nos engañemos; cuando los políticos hablan de Igualdad sólo lo hacen o por votos o por dinero.
Y les funciona a la perfección. De ahí que muestren ese frontal rechazo a todo aquello que cuestione el concepto Igualdad.

Nota. Estaría bien que la gente reflexionara acerca de la ingente cantidad de niñas adolescentes que estos días pasados hicieron eternas colas (durante meses incluso) para poder ver de cerca a su héroe, un mierdecilla como Justin Bieber, un tipo que se lió a mandobles con sus fans una vez acabado el concierto.

martes, octubre 18, 2016

La forma y el concepto



La forma y el concepto

O la angustia, que también podría ser.

Desde un tiempo a esta parte han ido apareciendo unos dibujos en las paredes de las calles de Monteolivete (6 que yo haya contabilizado de momento). ¿Unos dibujos? Sí en la medida en que son formas realizadas teniendo la línea como fundamento. ¿Sólo dibujos? Eso ya no está tan claro porque se encuentran realizados en espacios públicos, en vías transitables por ciudadanos de a pie. ¿Graffitis entonces? Puede, pero tampoco está tan claro, sobre todo habida cuenta de los que “adornan” generalmente las calles de la urbe, que casi en su totalidad no son otra cosa que representaciones narcisistas realizadas por “niños” que se aburren. Algunos de ellos generados por necesidades estetizantes algo grotescas y otros directamente provocados por necesidades reivindicativas psicopáticas (tags).

La zona donde se ubican estos dibujos se encuentra limitada por Ruzafa y el Ensanche, así entre una zona hipster y una zona burguesa. Zona repleta de graffitis cuya única razón de ser es aquello que sirve para justificarlos: las necesidades de los adolescentes por expresar lo que al parecer no les dejan decir los mayores. Digo yo. ¿Y qué expresan con esos graffitis? Respuesta: nada.

Nada al menos que pudiera servir para provocar la reflexión del viandante, que sería en principio eso por lo que nació la necesidad de expresarse en espacios públicos, o bien a través de un estilo muy personal y repetitivo o bien a través de conceptos que jugaban con la ambigüedad con el fin de provocar esa reflexión. Nada que ver con las suciedad de los tags, que es aquello que predomina en el triángulo citado.

A veces aparecen, es verdad, graffitis que sin duda pretenden ser la obra de una artista. Aquí en Ruzafa pasa de vez en cuando pero no dejan de ser, la mayoría de las veces, más que ejercicios de estilo que derivan siempre en cierto manierismo. 



Estos dibujos son otra cosa. Al menos eso a mí me parece. No sé qué me quieren decir, pero tengo la convicción de que algo me quieren comunicar. Nada parece casual en el dibujo formado por dos formas diferenciadas pero claramente interdependientes. Tampoco parece casual la pose del antropomórfico falo que, plantado, se encorva de forma lánguida hacia adelante, como cansado, agotado. ¿Agotado? Sin duda, como demuestra esa otra forma cuyo significado tampoco está del todo clara: no se sabe bien si se trata de una gota de esperma o de un simple “bocadillo”. En cualquier caso, ese falo adulto, encorvado y cansado nos pide ayuda. ¿Se la podremos ofrecer?