martes, mayo 07, 2013

Diálogo y Corrección


Corrección y Dialogo

Más que los reality y los basura lo que inunda nuestros sentidos visuales y sonoros son las tertulias. Es difícil levantarse y acostarse sin estar rodeado de tertulianos. La radio y la televisión están infestadas de listos que se hablan a gritos, o que se humedecen mientras se escuchan a sí mismos. Los tertulianos son super-héroes sin licra y maquillados a pincel; saben de todo y se excitan con su intrépida musculatura lingual. Su tipología es extraordinariamente parecida a la del forofo de fútbol y por eso su discurso es tan simple como el que genera el hincha. Su exaltación se basa, fundamentalmente, en saber cuál debe ser la estrategia de juego cuando su equipo va perdiendo el partido. Es sabido que en el campo de un equipo que pierde hay 80.000 entrenadores cualificados gritando cómo deberían hacerse las cosas. Pero cuando el equipo gana lo importante para el forofo es, sólo, la celebración, la farra.

Los tertulianos son, por otra parte, la perfecta representación mediática del ciudadano, que viendo y escuchando las tertulias se convierte también en un excitado entrenador de fútbol. Y allá donde todo el mundo cree saberlo todo hay un mundo en el que nadie sabe realmente nada. La manifiesta incapacidad de entendimiento que generan las tertulias es un signo de nuestro monstruoso presente. Y eso que los multi-opinadores tienen a su favor un índice de corrupción e incompetencia política descomunal. Las tertulias son estupendas Torres de Babel que nos muestran la verdadera precariedad de uno de los recursos más ensalzados y reclamados por los perniciosos bien-pensantes: el del diálogo. Ya sólo un tonto de baba puede pensar que el diálogo es una forma de comunicación que sin más solventa los problemas. Sobre todo porque, muy probablemente, muchos de los problemas han sido generados, entre otras cosas, por la falta de comunicación propiciada por un simpático y continuado diálogo. El famoso diálogo de sordos. (Algo que vengo apuntando en este blog desde que aquella ínclita periodista pidiera públicamente “diálogo, diálogo y diálogo”… con unos asesinos).

El diálogo sin sentido de la ética y sin verdadera cultura no es más que un gruñido sofisticado. Sobre todo en tiempos de Corrección Política. Y no digo que los tertulianos carezcan de esas condiciones necesarias, sino que resulta poco ético y congruente que practiquen su perversa incontinencia verbal ante un país cada vez más grosero, inculto y vulgar. Nadie parece darse cuenta de que lo que habría que inculcar al ciudadano antes de hablarle de las virtudes del diálogo es de las virtudes de la generosidad. Menos diálogo y más pensamiento. Menos hablar y más estudiar. Menos economía y más humanidades. Menos estética y más ética. Menos corrección y más amor. Y eso se consigue desde la educación de los infantes y desde las Universidades. Si bien es cierto que ya sabemos cuál es el nivel español en estos menesteres de la educación y el aprendizaje. La gran pregunta sería, ¿queda aún algún medio digno en el que expresar opiniones sin caer en la incongruencia? Valdría la pena pensar seriamente en la respuesta. En cualquier caso vaya por delante que ¡sois unos pesados, tertulianos!

Addenda. Hay algo que añade más leña al fuego, y es que los influyentes moderadores que se muestran tan serios y circunspectos en sus respectivas tertulias políticas hagan pequeñas pausas para publicitar, ellos mismos, un viaje a las Bahamas, un detector de radares o ¡incluso! unas píldoras para potenciar la memoria. O que jueguen a ser, además, graciosos en la segunda parte del programa (en radio y programas matinales de televisión). O que opinen de Isabel Pantoja con la misma convicción y seguridad con la que la que opinan de Montoro. ¡Idiotas!

lunes, abril 29, 2013

Like someone in love


Like someone in love

1.Siempre se trata de algo personal

Suele ser habitual que en lo cotidiano se hable, más allá del tema de las preferencias, de la cuestión de los favoritos. Así, cuando dos o más interlocutores hablan de literatura o de arte o de cine, siempre surge la cuestión que demanda por los favoritos. Hay, por otra parte, una innegable afición a las listas, esas listas a las que no quieren renunciar ni siquiera los expertos cuando un medio de comunicación les pregunta acerca de las mejores novelas de último año.

Las listas no son más que la necesidad de jerarquizar lo sentimientos a través de una opinión. Y toda opinión es tan perentoria como coyuntural. Entre otras cosas porque las opiniones, como las listas, dependen, y mucho, ya no sólo de la edad que poseemos (directamente relacionada con la experiencia acumulada) sino de algo mucho más evanescente, nuestro estado de ánimo en curso. Así, mi primer director de cine favorito fue Fellini, algo que muy probablemente tuvo que ver con el momento histórico de sus más importantes películas y con el mío personal, mi adolescencia. Después fue Monte Hellman, supongo que como rechazo hacia las majors que se nos imponían en la cartelera cuando yo vivía mi juventud a finales de los setenta. A partir de ahí sólo cabría decir que mis favoritos han ido variando en función de misteriosas causas: Escorsese, Antonioni, Lindsey Anderson, Tarkovsky, Tran Anh Hung, etc. Y hablo de favoritos en cuanto a la totalidad de la obra, ya que otra cosa sería hablar de películas aisladas; me pueden gustar mucho La hora del lobo, El silencio, El séptimo sello y otras, y sin embargo detestar Fresas salvajes, La carcoma y muchas otras del mismo Bergman. Rohmer nunca ha sido santo de mi devoción, sin embargo adoro La inglesa y el duque, quizá debido a su rareza en la filmografía del francés (que por otra parte ha escrito uno de los libros sobre música más bellos que yo haya podido leer). Coppola es desconcertante debido a una irregularidad que le sitúa entre límites. Woody Allen tiene sólo 4 películas. Von trier es un genio pero resulta demasiado denso y desasosegante. Etc, etc.

Así, la lista que podría hacer hoy de mis directores favoritos podría ser levemente distinta a la que podría hacer el año que viene. Y otro tanto pasaría respecto a las películas favoritas. En cualquier caso si ahora se me preguntara cuál es mi director (vivo) favorito contestaría sin dudar: Kiarostami.

2.La película

Quienes amamos la obra de Kiarostami podemos distinguir un punto de inflexión cuando hace 3 años realizó Copia certificada. Sabemos que si hay algún director de cine en el mundo que no se sienta constreñido por su propio estilo ese es Kiarostami, vivo ejemplo de la práctica de la libertad creativa. Así que ese punto de inflexión sólo podría entenderse desde el punto de vista geográfico, es decir, desde el punto de vista que sitúa sus producciones fuera de su país Irán. Por lo demás Kiarostami es tan previsible en su genialidad como imprevisible en la elección de sus historias.

Y es aquí donde las diferencias generadas por ese punto de inflexión resultan desconcertantes. Copia certificada (a la que dediqué un post en este blog) ya nos dejaba a sus seguidores fuera de juego. Y no tanto debido a ese impresionante giro que se producía en el guión a mitad película cuanto al hecho de que los personajes nos fueran mucho más cercanos de lo que nos son los iraníes (en este caso, actor ingés, actriz francesa y localización italiana). Algo que trastocaba radicalmente las previsiones estéticas que teníamos en tanto que espectadores fieles de Kiarostami. O por decirlo claramente, resulta comprensible que Kiarostami gustara, entre otras cosas, porque su mirada, que es puro pensamiento, se atuviera a las circunstancias de su pueblo y a su historia reciente. Así que Copia certificada fue todo un atrevimiento y toda una apuesta. Y en esas circunstancias triunfó el creativo e inteligente uso de la libertad. Algo que ha vuelto a suceder en su último film, Like someone in love.

Como todas sus películas, esta producción japonesa realizada íntegramente en Japón y con actores japoneses, es una película cuya trama sucede sin prisas. Podría incluso decirse que se trata de una película sin apenas trama. La eficacia narrativa de Kiarostami consiste en el uso personal de los tempos que hace de los planos y los contraplanos, un uso que al espectador le sirve para indagar en las mentes de los protagonistas. Una indagación que se expande a cuestiones ajenas a una historia desvaída, como decíamos. Porque en las películas de Kiarostami, la trama está en la forma; la forma es la trama. Una forma que es puro pensamiento visual. No se trata ni de la de lentitud ni de la parsimonia típica de ciertos directores comprometidos y cansinos, sino de entender la narración a partir de un continuado uso metafórico de los tempos y de entender de forma filosófica la ubicación de la cámara.

En cualquier caso, y después de todo lo dicho, me atrevería a decir que en estas dos películas falta algo; algo que sería difícil señalar en tanto que carencia. No sé cuáles son los sentimientos personales de Kiarostami hacia su pueblo, pero cuando sus narraciones se han salido de él ha hecho un cine que ha necesitado refugiarse en ambiciones más pretenciosas, saliéndose por tanto y a su vez del mero fluir que caracterizaba sus geniales films iraníes. Así, bajo mi punto de vista, Copia certificada adolecía de un cierto exceso de intelectualidad críptica y Like someone in love de un cierto forzado lirismo. De todas formas, cualquier película de Kiarostami ofrecerá una experiencia estética de disfrute inigualable. Algo que probablemente se deba al inteligente y creativo uso que hace de la libertad en un mundo, el cinematográfico, donde ya casi nadie es libre.

martes, abril 09, 2013

El futuro y el Gozo Intelectual


El futuro del Gozo Intelectual
No hace mucho se armó la gorda cuando fueron filtradas a los medios las patéticas respuestas que varios aspirantes a profesores habían dado en sus exámenes de acceso. Fueron tres días de noticias, chanzas y escarnios. Tres días. Después, todo ha vuelto a la normalidad, una normalidad hispánica.

Los que venimos señalando la progresiva y profunda regresión que opera en los educandos desde hace 30 años solemos ser calificados de tremendistas y agoreros. Pero las citadas filtraciones demuestran que, efectivamente, tenemos aquí en España uno de los peores sistemas educativos del mundo civilizado, como bien atestiguan todos los Informes PISA elaborados desde hace años. El sistema eliminó progresivamente las humanidades para sustituirlas por cosas como Conocimiento del medio, pero después de unos años de pereza intelectual (propiciada por un sistema que premiaba a los canallas y a los mediocres) los aspirantes a profesores, y tal vez los mismos profesores, no sólo no saben ordenar frases en un argumento escrito, sino que además creen que el Miño pasa por Sevilla.

El bienintencionado ensayista Jorge Wagensber habla de Gozo Intelectual como aquello que sirve para empujar el proceso general de la adquisición de conocimientos. Yo estaría plenamente de acuerdo con la denominación y también con el significado que le asigna. Y añadiría además que se trata de uno de los gozos más satisfactorios que un sujeto puede experimentar. Pero ¿así piensan también las nuevas generaciones que se han ido forjando en los últimos años? ¿Disfrutan del gozo intelectual?

Para contestar con cierta propiedad habría primero que aclarar qué entendemos por conocimiento, porque si de algo no hay duda es que todos los jóvenes que estudian lo hacen porque; uno, quieren obtener los conocimientos propios de la materia por ellos elegida y dos, mientras estudian creen estar obteniéndolos. Pero ¿de qué conocimientos?, porque lo que tampoco queda claro es quién elige los conocimientos que hay que impartir a esos educandos, pues como sabemos los que nos dedicamos a la enseñanza, es estrictamente cierto que cada vez más son los propios alumnos quienes exigen/imponen unas determinadas materias arreglo a sus intereses. Además de tener grandes facilidades para configurar su carrera en base a esos mismos intereses personales (los famosos créditos).

Es cierto que para una mente de reminiscencias analógicas el conocimiento es una cosa bien distinta al de una mente con tintes digitales. Y lo que queda claro en los jóvenes estudiantes del hoy es que su demanda se centra en los conocimientos técnicos y pragmáticos. Es decir en los conocimientos desligados de la teoría. No quieren saber nada de la teoría.

Por eso, cuando Wagensberg habla de gozo intelectual lo hace desde unos parámetros metodológicos difíciles de aceptar por un joven educando del hoy. Para Wagensberg es de suma importancia la Teoría en lo que respecta a las posteriores deducciones extraídas de la práctica. Es decir, para el científico ensayista sólo un buen fundamento previo es capaz de dar vida a la ulterior experimentación y por consiguiente a la posterior reflexión. Y es precisamente el conocimiento de ese fundamento previo, el de la teoría, el que rechazan los nuevos educandos. Se trata para ellos de una carga que les impide ir a la velocidad que marcan las nuevas tecnologías, que por otra parte son las perfectas representantes del saber pragmático. O por decirlo de otra forma, hasta hace poco a los jóvenes los libros se les caían de las manos, ahora ni siquiera estiran la mano para alcanzarlos. Todo es, si acaso, lectura en pantalla, lectura apresurada, fragmentada, dislocada y arrítmica. Ansiedad y Wikipedia en un frenesí de recorta y pega.

Un conocimiento por tanto eficaz en la consecución de unos objetivos tan ilusos como ilusorios, posiblemente eficaces en la obtención de dinero, pero que no conlleva a reflexión alguna. ¿Puede haber gozo intelectual en ese conocimiento que, en definitiva, se obtiene en un bis a bis virtual de objetivos inmediatos y pragmáticos? O dicho de otra forma, ¿puede haber conocimiento sin teoría y por tanto sin reflexión? ¿Puede darse el gozo intelectual ante este tipo de conocimiento?

En la era digital, es cierto, la pereza derivada del descreimiento es la pauta de todo aprendizaje (¿), pero no tanto debido a una suerte de escepticismo nihilista cuanto debido a una cuestión de marketing y de rentabilidad. La reflexión conceptual para los jóvenes descreídos es sólo una forma de perder el tiempo que en realidad quieren dedicar a los videojuegos o a las redes sociales. La verdadera democratización del pensamiento se ha producido cuando el estar se ha impuesto sobre el ser. Si no se está en las redes sociales no se es. Sin ellas apenas queda ser. ¿Quién se va a preocupar por el gozo intelectual (su ser) si su prioridad vital es estar?

viernes, abril 05, 2013

La verdad sobre Bambi


La verdad sobre Bambi

“Hay que meter tensión”, dijo (en off) el amante del pueblo llano al jesuitón que susurraba a los “caballos”. Dos seres cortados por el mismo patrón. Al primero le gustaban las nubes y al segundo los aizkolaris.

Pues ¡Toma tensión! Ahí tenéis lo que queríais. Diagnóstico: hundimiento del país por tensión desmesurada.

Post Scriptum. Con absoluta independencia de los resultados que pudieran obtenerse en base a dos formas distintas de gobernar, la cuestión es que hay dos clases de políticos en cuanto al uso que de los medios hacen respecto a determinados fines: los que creen en la serenidad del equilibrio (el argumento, que a veces incluso puede ser erróneo) como medio para alcanzar la bonanza (el fin en sí mismo) y los que defienden la tensión (el ruido, siempre desestabilizador) para alcanzar… para alcanzar… ¿para alcanzar qué? O por decirlo de otra forma: defender el ruido como forma de reconciliación de las partes no puede ser más que una forma de bajeza humana, pues deja patente tanto el fin último como el interés primero. 

jueves, marzo 28, 2013

Holy Motors


Holy Motors

Lo cierto es que la película Holy Motors cuenta con todos los ingredientes para gustar a los intelectuales, y quizá por eso es situada por ellos como la mejor película del año y una de las mejores de la última década. Afirmación que sólo se hace cargo de una realidad cotejable; en efecto, a los intelectuales les ha gustado mucho Holy Motors. De hecho, es quizás por eso por lo que todas las críticas que se han producido en los medios especializados se parecen tanto entre sí. Y no crean ustedes que los críticos de cine serios se ponen tan fácilmente de acuerdo. Son pocas las películas que logran tanta unanimidad y con los mismos argumentos. Pero cuando eso sucede se debe, casi con toda seguridad, no tanto a la emergencia del lado cinéfilo que todo crítico lleva dentro cuanto a la emergencia de su lado intelectual.

No se trata de defender extemporáneamente el grado cero del “texto”, simplemente me asaltan las dudas: ¿hubiera sido posible abordar la crítica de Holy Motors sin que el autor cobrara tanta importancia? O dicho de otra manera: ¿acaso no era posible ser eficaz en la crítica orillando un poco más al creador?

Quizá, después de todo y dadas las circunstancias, haya sido imposible obviar algunas de esas circunstancias para abordar la crítica: en verdad resulta difícil ignorar los 13 años de inactividad del que aún (¿) se denomina y considera enfant terrible del cine francés. A pesar de que tenga ya más de 50 años. Pero más allá del cansino y cursi apelativo, también ha sido recurrente en todas las críticas el repaso de los encuentros y desencuentros padecidos en el pasado por el autor en base a su relación con el éxito. Ya no cursi, pero igual de cansino.

En cualquier caso todos “saben” de lo que hablan cuando hablan de Holy Motors, pero ¡también cuando hablan de Leos Carax!: todos los críticos aluden a la reciente y traumática muerte de la mujer de Leos Carax, todos saben que el mismo Carax es el personaje del hotel que rompe la pared, todos saben que la niña que aparece detrás de la ventana es su hija, todos reconocen al Señor Mierda porque –al parecer- han visto el capítulo que filmó para Tokio, todos saben del guiño cinéfilo que supone la elección de la actriz que representa a la conductora de la limousine, todos saben de la significancia de la aparición de los viejos almacenes Samaritane, y todos saben que cuando Lavant hace de padre (en una película en donde representa 11 papeles distintos) lo hace disfrazado de Carax. Todo eso y más es lo que saben cuando van a ver la película y eso es de lo que no han podido dejar de hablar cuando después han tenido que opinar.

Es cierto que resulta verdaderamente difícil salirse de todo ese magma de “datos” que sirven para recalentar la opinión. Pero no estaría mal hacer un esfuerzo por librarse de ellos, aunque sólo sea porque sabemos que no resulta necesario. Y aunque después de todo no podamos realmente librarnos de ellos.

La opinión de quien esto suscribe podría resumirse de la siguiente manera: Holy Motors parte de una gran idea, tiene un extraordinario comienzo, su guión está bien estructurado y desarrollado (salvo en alguna secuencia), y la interpretación es impecable. Y a pesar de todo ello creo que se trata de una película que ni alcanza las cotas que pretendía ni alcanza la excelencia que se le atribuye. ¿Qué habría pasado entonces? ¿Cómo podría explicarse esa decepción de la experiencia estética? Una respuesta que no por sencilla deja de ser suficiente es que la película carece de alma. O si se quiere de gracia, que sería lo mismo. Lo que no quiere decir que carezca de interés. Se trata sin duda de una buena película a la que, bajo mi punto de vista, le falla lo esencial del gran cine.

Holy Motors es desde luego una película difícil en la medida en la que las cosas que en ella suceden no son demasiado comprensibles con independencia de su posible significado. O dicho de otra forma: es una película difícil en la medida en que las cosas que en ella suceden carecen de sentido, o al menos de su sentido más previsible o complaciente. Y éste es sin duda el factor más interesante de la película; y también lo que a través del tratamiento concreto de la estructura narrativa la convierte en una buena película. Pero no tratándose de una película que pueda medir sus fuerzas con un blockbuster, las debe medir en cualquier caso con algo. Y ese algo es lo que podríamos denominar eficacia fílmica.  Que vendría a ser la capacidad sensible de conectar adecuadamente la idea con su propia materialización. Y en este sentido Holy Motors promete más de lo que ofrece debido a que su director no ha sido capaz más que de hacer una buena película cuando contaba con uno de los mejores materiales de los posibles.

¿Por qué resulta de alguna forma fallida? Pues precisamente por no haber sabido adecuar el fantástico contenido a una forma sensible superior. O por decirlo de forma rápida: porque las claves de una película onírica –fantástica- no pueden ser claves intelectuales y porque a Carax le ha faltado genialidad. Parece como si todas las escenas y secuencias tuvieran la explicación concreta que se encuentra en posesión del director que las animó; como si todo, en definitiva, tuviera la explicación que el director se hubiera trabajado en la elaboración del guión. Y quizá por ello esa extenuante necesidad de la crítica por recurrir al autor para encontrar/ofrecer explicaciones.

Se habla de película abierta, pero en realidad se trata de una película sumamente cerrada en la medida en que su autor conoce perfectamente sus intenciones (y con independencia de que después el espectador sea capaz de ver más allá de lo ofertado por el yo/autor). Ciertamente la experiencia estética del espectador se encuentra al margen de esas intenciones, pero por eso mismo resulta interesante medir sus logros al margen de la autoría, y en este sentido la película se muestra débil si eliminamos esa figura que ha basado la eficacia del film en su omnipresencia.

Mi experiencia estética no ha podido liberarse de la figura de un autor que sabía lo que hacía, y eso la ha debilitado en la medida en que nada dejaba realmente abierto. Todo lo contrario de lo que sucede en los films de David Lynch, que muchas veces se iban construyendo a base de escenas que ni el mismo Lynch entendía (como él mismo está cansado de explicar). Ese no entender que nada tiene que ver con el no saber. Cuando Lynch genera una narración ininteligible por onírica sabe que algo pasa aunque no sea capaz de entenderlo. Y en ese no entender lo que sucede –tan alejado del saber que todo tiene una explicación concreta- es donde Lynch se ha mostrado como el genio indiscutible que es. Este es el punto de vista que en cada secuencia me evidencia la falta de gracia de Carax en tanto que director y guionista. Hay una evidente falta de adecuación al género que no ha sabido suplir con genialidad alguna. Sí lo ha hecho con eficacia narrativa y con conocimiento del medio, pero sin genialidad.

Como bien sabemos, muchas veces la grandeza de una película se encuentra en aquello que escapa a las intenciones del autor, y de ahí que la crítica haya jugado siempre un papel tan importante. El hecho de que todas las críticas hayan hecho interpretaciones tan parecidas y previsibles no dice precisamente mucho de la película en cuanto al valor por el que se la ensalza, el de la multiplicidad de lecturas posibles. Las que sin duda ofrece cualquier película onírica, pero las que también pueden ser bloqueadas por un exceso de intelectualidad. En definitiva: Holy Motors, una buena película.

Coda. Bajo mi punto de vista, la secuencia del Señor Mierda es sin duda un lastre para el visionado del resto de la película que ya no te abandona hasta el final. Una secuencia absolutamente prescindible si nos atenemos –sólo- a la forma en la que ha sido abordada. La referencia de La Bella y la Bestia no resulta suficiente. Ni las referencias ni los guiños son nunca suficientes, como tampoco los es la búsqueda de complicidades pandilleras.

miércoles, marzo 20, 2013

Ideología


Quien sigue este blog sabe de mi pertinaz encono contra la Corrección Política, esa perversa forma de censura que tiene por único cometido perpetuar los problemas que dice querer erradicar. Pienso que se trata del verdadero cáncer de esta nueva era tecnificada hasta las gónadas, sobre todo en España, donde las consecuencias de la Cultura de la Queja y del Victimismo por ella propiciado, han corroído su médula espinal.

Creo que se equivocan quienes se empeñan en achacar a la crisis ética, económica y política un exceso de ideología. Yo sostendría que la ideología no es en sí misma la causa del derrumbe que estamos viviendo. Pienso, por ejemplo, que ni siquiera los gestores –políticos y culturales- más políticamente correctos se mueven por la ideología que emana de la misma Corrección Política que practican sin piedad. La censura que ejerce la casi práctica totalidad de esos gestores (técnicos) NO es la consecuencia de una férrea ideología militante, sino más bien, el producto del miedo que se derivaría del incumplimiento de la normativa impuesta por la perversa Corrección Política. Además de por ambición, una ambición que precisamente crece de forma inversamente proporcional a la falta de ideología.

Por ir al grano: creo que el problema reside, más bien, en que ya NO hay verdadera ideología; en que no puede haber ideología allá donde la Corrección Política se incrusta de forma inevitable. La consecuencia de aplicar a TODO una constante censura (de la que todo el mundo se desentiende) y de aplicarla además sin verdadera convicción (pero sin piedad), ha sido el verdadero motivo por el que ha resultado tan fácil corromper a los gestores. No pudiendo conseguir nada por el lado de una mayoría relativa los gestores prefirieron al barco sin honra que la honra sin barco.

Así, han sido las minorías quejicas propiciadas por la Cultura de la Queja (tan políticamente correcta ella) las que se han aprovechado de esa ambición que es, fundamentalmente, el producto de la falta real de ideología. O por decirlo con un ejemplo de entre los muchos posibles: desde que comenzara la democracia en España, ha sido un puñado de votantes ¡quienes de alguna forma han gobernado España!, unos cientos de miles de personas los que han ido gobernando a 50 millones; algo que llegó a su éxtasis con el Tripartito, donde Carod Rovira sentó las premisas de la España del Hoy. 

La desafección hacia la política deviene, precisamente, de que la mayoría de los votantes están asqueados con las políticas de “sus” dos partidos mayoritarios. Que se venden a cualquier minoría para conseguir el Poder, aunque ello traicione totalmente la ideología por la que sus votantes se lo otorgaron. Pero como también he dicho más de una vez, el éxito de la Corrección Política consiste en que ha involucrado a todos los ciudadanos en su ejercicio, y no solo a los que detentan poder.
Y no hay más que remitirse a las pruebas: las que obtenemos en todas las elecciones. Y si no, esperen a las próximas y verán. 

martes, marzo 12, 2013

La masculinidad según la Opinión Publicada


El tirano monopolio ideológico de la Corrección Política ha impedido, durante más de 30 años, la posibilidad de disentir del previsible Pensamiento Único. En el asunto hombre/mujer prácticamente nadie ha podido hacerlo de ese único pensamiento permitido. Por lo que todo lo publicado en materia de mujer/hombre se encuentra, desde entonces, innegable e inevitablemente gobernado por el pensamiento políticamente correcto, o sea por el feminismo. O por decirlo de forma directa: de entre los miles de títulos publicados sobre el asunto (escritos casi siempre por mujeres salvo excepciones muy curiosas) resulta imposible encontrar alguno que no sea, de una forma o de otra, un ataque contra el varón heterosexual de raza blanca. Da igual de lo que se hable en ellos, de sexo, de amor, de familia, de literatura, de cine, de trabajo, de deporte, de gramática, de medios, de publicidad, de enseñanza, de televisión, de identidad, etc., la cuestión es que en todos ellos la figura del hombre aparecerá como la culpable del mal al que se hace referencia en cada caso concreto.

No hará falta más que un solo libro para mostrar las características de todos esos miles de libros publicados durante más de 30 años. Porque ése es precisamente el fundamento del Pensamiento Único impuesto por la Corrección Política: que todos los libros que traten el asunto deban decir lo mismo, so pena de no ser. Y si por una rendija se colara casualmente un pensamiento disidente, sería el mismo Sistema, inflado de Corrección Política[1], quien se encargaría de desvanecerlo.

Así pues, un solo libro: Máscaras masculinas de Enrique Gil Calvo, profesor de sociología y además experto en el asunto. Pudo haber sido cualquier otro de entre los miles que se sirven del asunto para criminalizar al varón, pero se ha escogido éste debido a que, como buen académico que es, el autor ha hecho el trabajo por mí. Sus afirmaciones, o proposiciones, o como quiera que queramos llamar a sus asertos, son el resultado de una investigación que se hace cargo, antes que nada, de la ideología propugnada por los famosos Gender Studies característicos de la Corrección Política. Dice el propio autor en el segundo capítulo:

“Puesto que este libro se ocupa de cuestiones relacionadas con la identidad masculina, taxonómicamente habría que clasificarlo como perteneciente al género académico de la sociología del género (gender studies), si se me tolera el redundante juego de palabras. Y dentro de este campo, al subgénero identificable como estudios masculinos. Lo cual aconsejaría juzgarlo de acuerdo con las estrictas convenciones que caracterizan a tales géneros académicos, entre los que destaca un implícito pacto con el feminismo militante que ha venido dominando estos campos”.

Como puede verse, se trata de un libro idóneo para nuestro cometido por muchas razones. Además de confirmar lo por mí dicho más arriba. Incluso lo enfatiza cuando se permite el lujo de aconsejar la forma en la que su texto debe ser juzgado, que no es otra que aquella que acepte las mismas convenciones que caracterizan ese pensamiento dominante al que hace referencia, que a su vez se ha construido, como él dice, a base de estrictas convenciones: Pensamiento Único.

Gil Calvo dice que la “mascarada masculina” es el “proceso biográfico de hacerse hombre adulto”, porque piensa que “hacerse hombre consiste en enmascararse, pues la masculinidad es siempre una máscara”. La máscara, pues, como impostura; impostura, claro, de la que ningún hombre se libra: “la masculinidad es siempre una máscara”.

Y no hay que esperar mucho -en la sexta páginas del primer capítulo- para que Gil Calvo haga la afirmación más previsible de todo el pensamiento gobernado por la Corrección Política, esa afirmación sobre la que se sustenta, no sólo la tesis de estas 360 páginas, sino las tesis de los miles de libros publicados en nombre del feminismo y auspiciados por la Corrección Política:

“La masculinidad es una construcción social, en la medida en que los hombres no nacen tales sino que se hacen. Para llegar a ser un hombre, en el sentido masculino del término (no en el genital, que es cuestión de genética y hormonal), hay que aprender a serlo […] Semejante construcción personal de la masculinidad está regulada por códigos culturales impuestos por la interacción con los demás”.

Resulta al menos divertido constatar que el pene no es más que un apéndice extraño que en nada condiciona la ulterior habitual masculinidad del macho, pues la masculinidad es “siempre” y “sólo” el producto de un constructo social, cultural y seguro que lingüístico. Así, que el cerebro de un hombre y una mujer sean distintos y manifiesten grandes diferencias en cuanto a sus formas de abordar incluso las mismas tares, nada tiene que ver con la genética, sino con la sociedad, que modela a los hombres de modo maléficamente machista debido a que son los hombres quienes a su vez modelan a la sociedad. Según Gil Calvo, el hecho de poseer un pene en nada le sirve a un macho para conformar su masculinidad, pues ésta sólo adviene a través de lo que le inculcan. Y las diferencias de su cerebro tampoco provienen de un rol derivado de su diferencia genética, sino de un apresurado aprendizaje maléfico conculcado por una sociedad encanallada (por los hombres, claro).

Con estos previos, por otra parte típicos del pensamiento “académico”, resulta fácil adivinar cuáles serán las conclusiones, que siempre contendrán un tono insultante (o recriminatorio, o criminalizador) contra el varón y una exaltación de la hembra. De hecho Gil Calvo hace una clasificación tripartita (como él mismo la llama) de los hombres, o mejor, de los roles de los hombres. Algo que se explicita en el mismo título del libro: Máscaras masculinas. Héroes, patriarcas y monstruos (Anagrama).

Parecería que hay una posibilidad de salvación, ¿no?; que no todo está perdido. Porque, sabiendo que los monstruos nos condenan y que los patriarcas han sido precisamente la diana de todo el pensamiento políticamente correcto, cabría pensar que al menos nos quedan los héroes. Pero no se haga ilusiones el lector, pues rápidamente Gil Calvo nos define al héroe como otra posible forma de monstruosidad: “Por eso me atrevo a proponer la conveniencia de clasificar a los villanos junto con los héroes para formar el revés de una misma máscara común” y “…buenos y malos, héroes y villanos: las dos caras positiva y negativa de la máscara heroica”. Esto es lo que la Opinión Publicada piensa del varón y de su imposibilidad social de positivación.

Es tan fuerte el odio que se concentra en el Pensamiento Único (hacia los que ese Pensamiento ha querido considerar los absolutos culpables de todo, los hombres) que hasta los más eruditos y prolíficos sociólogos del régimen (de la Corrección Política) confunden la masculinidad con el machismo. Lo cual no carece de lógica, al menos de su lógica, pues para ese Pensamiento Único que es el Pensamiento Feminista, ambos son lo mismo: constructos sociales y culturales. Dice Gil Calvo:

“La ideología del masculinismo (el síndrome de la supremacía masculina) se ha visto significativamente cuestionada. Hoy apenas quedan varones que afirmen sentirse superiores a las mujeres”.

La verdad es que resulta difícil encontrar una frase que traicione tanto las buenas (¿) intenciones y muestre tan claramente un odio que, ante todo, se ha demostrado rentable durante más de 30 años. Lo que llama síndrome de la supremacía masculina es lo que, precisamente, hemos denominado siempre machismo. No masculinismo. El uso del concepto masculinismo por parte del autor se demostraría, de esta forma, como una aviesa forma de asociar el concepto masculino -que en principio nada tendría de negativo-, con las connotaciones negativas que él mismo arbitrariamente le designa. Pero la masculinidad nada tiene que ver con la creencia en la supremacía masculina, por lo que la reivindicación de la masculinidad sería tan legítima como la reivindicación de la feminidad. De hecho, tal es el sentido del término machismo: el de ser crítico con algo que es ajeno a la masculinidad y por tanto al posible masculinismo. Así es como toda esa Opinión Publicada trata al hombre: negándole toda positivación posible.

Por otra parte no se entendería muy bien tanto odio si verdaderamente fuera cierto que “hoy apenas quedan varones que afirmen sentirse superiores a las mujeres”. Pero, ¡ay!, se ha demostrado tan sumamente rentable la explotación del odio…  



[1] El principal éxito de la Corrección Política fue involucrar a todo el mundo en el “juego”, por lo que resulta prácticamente imposible que alguien se salga de ella en la medida en la que inocula el miedo e induce al victimismo. El miedo es el fundamento de la autocensura y el victimismo aquello de lo que todo el mundo querrá sacar provecho.

sábado, marzo 09, 2013

#50SombrasDeGrey


#50SombrasdeGrey
O
#CartaAbiertaaToniCantó

Además de los más de 60 millones de ejemplares vendidos 50 sombras de Grey ha sido traducido a 55 idiomas, tiene más de 200.000 seguidores en Twitter, hay cientos de miles de comentarios en foros de variada índole y la revista Time ha declarado que E.L. James ha sido una de las 100 personas más influyentes de 2012.

A poco que uno se pasee por Internet podrá descubrir quién es Grey a través de los adjetivos que en su descripción se usan: joven, millonario, encantador, inteligente, romántico, exquisito, culto, sofisticado…

Así, resulta relativamente previsible que cualquier mujer se pudiera enamorar de él, como efectivamente le sucede a la joven e ingenua (¿) Anastasia. ¿Qué motivos podría haber, entonces, para que una mujer no se enamorara de un hombre como Grey? Difícil.

Veamos cómo se resume la trama en un artículo (de investigación) escrito a tres manos para el Magazine de El Mundo: Azucena S. Mancebo, María Tapia y María D. Sempere:

“Anastasia es sometida, azotada, atada y humillada por Christian. Llora de dolor y decepción. Y aún así se enamora de su amo”.

Ya lo sabemos, entonces: sí habría algún que otro motivo para que una mujer no se enamorara de un hombre como Christian a pesar de su dinero y su encanto. ¿Cuál? Por ejemplo el que haría a una persona huir del dolor físico. ¿Algún otro? Pues el que haría a una persona negarse a ser humillada. ¿Alguno más? El que proviniera de una decepción causada a partir de unas expectativas constantemente frustradas. ¿Sirve todos esos pequeños inconvenientes a Anastasia para disuadirle de su enamoramiento? No, porque es precisamente por ello por lo que se enamora. De hecho su enamoramiento se debe a que para ella ¡no son inconvenientes, sino todo lo contrario!
Pero ¿cuáles podrían ser realmente las causas por las que Anastasia se enamora de quien tanto dolor le inflige?

Al parecer hay bastantes (¿) si nos atenemos al deseo que en tantas millones de lectoras ha suscitado el personaje (según las autoras del artículo, “Quiero un Grey en mi vida” es una frase recurrente en internet). Pero hay en concreto uno que resaltan las autoras del artículo, supongo que en base a las conclusiones elaboradas a partir de un trabajo de investigación. Dicen:

“Sexo, erotismo, sumisión… Pero, además, la novela narra la historia de una mujer que trata de redimir a un hombre descarriado”.

A lo que añade la sexóloga Miren Larrazábal, una de las profesionales consultadas para la elaboración del artículo:

“Ella representa el instinto maternal y de cuidado de la mujer”.

Así, ella aguanta todo ese dolor y toda esa decepción, no tanto por amor, que puede, cuanto por su interés en salvar al hombre de su perdición. Pero en caso de que se tratara de amor se trataría, como apunta la profesional del sexo, de amor maternal. Que cuando se trata de hablar de mujeres, y no de hombres, sí existe el instinto. Es decir, cuando se trata de justificar la actitud de una mujer, que no la de un hombre, sí aparece el argumento de lo genético. 

En cualquier caso, por si a pesar de todo aún hubiera dudas acerca de las causas reales por las que una mujer puede enamorarse de un hombre pro-activo, prepotente, viril y asertivo, acude a nosotros otra profesional convocada por las escritoras del artículo. Dice la psicóloga Montserrat Montaño:

“A una mujer le resulta atractivo un hombre con dinero y éxito profesional, porque esa riqueza hace que muchos problemas de convivencia y del día a día desaparezcan”.

Así, vamos sabiendo cada vez un poco más. Al menos sabemos que la generalización es legítima: “A una mujer le resulta atractivo…” Pero también por lo que esa generalización concreta significa: lo que le resulta atractivo a una mujer es, además de otras cosas y sin saber de prioridades, que el hombre con posibilidades tenga posibles. Por tanto, pro-activo para abordarla, prepotente para humillarla, masculino para poseer el control, y además millonario para disipar problemillas ajenos a lo verdaderamente importante, como lo sería el hecho de no sufrir carencias (o de no sufrir esos típicos problemillas que causan las carencias, que a su vez causan tanto malestar en la relación de pareja). Por mucho que ese esquivamiento del problema -que se consigue a través de la elección del hombre millonario- se convierta, paralela y fortuitamente (¿), en acceso fácil a cenas de lujo, joyas y caprichos en general.

Pero, ¿una mujer que tiene en cuenta el dinero y el éxito del hombre en la elección de pareja, porque eso le evita los problemas del día a día, no es después de todo una mujer incapacitada para exigir inteligencia, ternura, romanticismo, cultura y comprensión? Conviene recordar los calificativos con los que se describe a Grey. ¿No es acaso verdad que de entre todas esas facultades que intentan describirlo hay una que no es propiamente positiva desde el punto de vista emocional, ético y relacional? ¿No es acaso verdad que el ser inteligente, culto, encantador y romántico se encuentra en otro orden de cosas que el ser millonario?

En cualquier caso, ¿no era por la independencia por lo que había que luchar? ¿No era por la independencia por lo que tantas mujeres han luchado en nombre de la libertad? ¿No era la liberación de la mujer lo que se pretendía con la lucha? ¿No consistía en eso la liberación: en la necesidad y la obligación de considerar la in-dependencia de la mujer en nombre de la libertad? ¿Qué podría significar, entonces, el que a una mujer le resulte atractivo un hombre con dinero y éxito si además se debe a que ese hombre con dinero sirve para disipar los problemas del día a día -y también para vivir mejor con independencia de la misma relación? ¿Es, en definitiva, compatible el grito que exige la independencia del género con (un entendimiento de) la mujer que antepone, de forma “natural” sus intereses a la misma libertad? ¿No es cierto que si los intereses se encuentran desconectados de la libertad resulta imposible hablar de igualdad?

Así, sin dejar de utilizar los mismos argumentos esgrimidos tranquilamente por las investigadoras, los que aceptan que “a una mujer le resulta atractivo…”, me pregunto: ¿puede esa mujer, que por naturaleza antepone o prioriza el dinero sobre otras facultades (romanticismo, comprensión…), exigir después igualdad? O por decirlo de forma vulgar: ¿habría sido igual de posible la “romántica” y “envidiable” relación sado-masoquista si ella hubiera tenido que pagar la mitad (o el total) de las cenas exquisitas y lujosas, o los viajes, o su ropa cara; o todos esos presentes y atenciones que le son regalados? ¿Se habría dejado igualmente humillar, vejar y denigrar por un tipo que careciera del glamour que proporciona la riqueza? O mejor aún, ¿habría sido posible el éxito de Grey si éste tuviera que comprar sus pantalones en los chinos y sólo pudiera pagar las cenas en la taberna de la esquina de un barrio poligonero?

Veamos lo que la sexóloga Montserrat Montaño dice de los personajes para así poder distinguir lo que les pasa a una mujer y un hombre concretos de lo que le pasa a la mujer y el hombre en general; poder desligar, si fuera posible, lo que les pasa a Anastasia y Grey de lo que les pasa a la mujer y el hombre en general, pero desde los conocimientos obtenidos a partir de la Opinión Publicada; a saber: que a la mujer le resultan atractivos los hombres con posibles y que el hombre necesita ser pro-activo, sujeto activo. De hecho, desde la óptica que proporciona la Opinión Publicada, lo que NO sabemos es que a la mujer puedan gustarle los hombres dominantes. Sí sabemos, en cambio, que le gustan inteligentes, encantadores, con sentido del humor y con posibles, pero nadie nos dice que puedan gustarle, ya no los sádicos, sino los simplemente dominantes. Nadie. Más bien al contrario. Y sabemos también, gracias a la misma Opinión Publicada, que los hombres son dominantes por defecto, y que son, por ello, machistas.

“Anastasia es una joven adaptada, con buenas relaciones familiares, sociales, capacidad de trabajo, de estudio… Únicamente mostraría cierta inseguridad personal relacionada con ciertos complejos físicos”. Sin embargo, “(Grey) Presenta multitud de problemáticas psicológicas […] A nivel emocional es inmaduro…”, dice Montaño.

¿Por qué entonces Anastasia, una persona normal, es decir, no condicionada por traumas de ningún tipo, se enamora de Grey, que no oculta sus intereses? ¿Por qué se enamora de él si tantos problemas “presenta”?

Quizá una respuesta acertada nos la dé la propia psicóloga Montaño, si bien lo hace sin ser consciente de lo que sus palabras puedan significar, pues la Opinión Publicada sólo puede atenerse a la Corrección Política. Dice la psicóloga:

“El protagonista cumple con muchas de las cualidades que las mujeres buscan de forma ideal en un hombre. Lo que probablemente no se tiene en cuenta es lo sumamente costoso a nivel emocional que sería mantener una relación real con alguien con tantos problemas psicológicos como el personaje”.

Ya tenemos dos datos de suma importancia: primero: Grey, que “cumple con muchas de las cualidades que las mujeres buscan de forma ideal en un hombre”, tiene muchos “problemas psicológicos”. Pero eso es algo que ¡ya sabíamos!, pues es ¡ESO precisamente lo que atrae a Anastasia! y es además el motivo por el que emergen las preguntas y las dudas. Y segundo: Anastasia acepta el coste emocional que supone preferir lo real a la fantasía.

Respecto al primer punto no haría falta añadir demasiado, más allá de lo que ya se ha apuntado. Sólo incorporar una pequeña puntualización que hace referencia a cómo se definen los géneros masculino y femenino desde la Opinión Publicada. Podríamos resumirlo con una frase ciertamente burda, pero efectiva en el cumplimiento de representar a la Opinión Publicada: Ella, la mujer, es siempre normal y él, el hombre, es siempre el enfermo. Y da lo mismo que hablemos de Anastasia y Grey que de las mujeres y los hombres en general. No habría más que abrir cualquier periódico de cualquier día, o ver un telediario al azar, o analizar las tesis doctorales de las enseñanzas de humanidades en los últimos 30 años, etc. La criminalización del varón se encuentra a la orden del día. Y si, como hemos visto, se trata de aceptar las diferencias, se hará siempre e ineluctablemente para hablar de una incuestionable superioridad de la mujer respecto a casi todo. 

En resumidas cuentas, para la Opinión Publicada: “hombre ser malo, mujer ser víctima”. Anastasia, que enfoca su felicidad desde la sumisión, la humillación y la vejación, sería, para las profesionales del sexo y la psicología, una mujer normal, sana: “adaptada, con buenas relaciones familiares, sociales, capacidad de trabajo, de estudio…”, mientras que Grey es, sólo, un hombre que “Presenta multitud de problemáticas psicológicas” y que “A nivel emocional es inmaduro…”. Tal podría ser, haciendo un ejercicio de analogismo, la caracterización por géneros que aparece en toda la Opinión Publicada. Aunque después, en la vida real, en la vida habitada por lo real, haya millones de mujeres cuyo agónico grito sea el de “Quiero un Grey en mi vida”.

Respecto al segundo: Cuando Montaño habla de “lo sumamente costoso” lo que hace es señalar como legítima la fantasía, pero al tiempo que señala como estúpida la posibilidad de intentar hacerla realidad. Probablemente tenga toda la razón del mundo en cuanto a lo de “costoso”, de hecho es una forma de decir que las fantasías sólo son fantasías y que las mujeres deben aprender a distinguirlas claramente de la realidad. Pero, ¿no es cierto que, con independencia del tipo de relación elegida, toda relación exige unos costes?, ¿no es cierto, después de todo, que el “coste a nivel emocional” es el coste que toda persona debe pagar por SU compromiso, en la aceptación de su compromiso? Así, es cierto que sería sumamente costoso mantener esa relación, pero porque cualquier relación seria lo sería; pero sobre todo sería fundamentalmente costoso para quienes vivieran inmersos en la ideología propugnada por la Corrección Politica, esa ideología que todo lo fundamente en la igualdad.

Cuando sabemos, y no precisamente gracias a la Opinión Publicada, sino a partir del análisis de la realidad, que la gestión de una relación sentimental (y sexual) sólo da frutos positivos cuando las partes aceptan sus roles. El coste emocional es precisamente una de las consecuencias de todo compromiso y será alto o bajo dependiendo de del nivel de aceptación de los roles por parte de ambos. Así, el coste emocional sólo será grande de verdad cuando se actúe, ya no sin saber que en efecto se trata de una cuestión de roles (activo/pasivo, sujeto/objeto), sino sobre todo cuando se piense que no debe existir coste alguno. Que ahí radica el mal que nos ha inoculado el pensamiento posmoderno políticamente correcto: hacernos creer que nada en una relación de pareja debe implicar coste alguno, y que por tanto todo coste emocional es siempre innecesario. Éste es pues el mensaje de los “nuevos” tiempos posmodernos; un mensaje cuya máxima consiste en hacer creer que el amor no tiene por qué implicar coste alguno. Tal es el despropósito.

Otra cosa sería la valoración que podríamos hacer del coste en función de la satisfacción obtenida en la relación de pareja. Y para eso los tiempos posmodernos también tienen respuesta: si en una pareja el coste emocional se encuentra por encima de la satisfacción obtenida se deberá, sin duda, a la incompetencia o la maldad del hombre. Un hombre que será incompetente o malo debido a lo que le caracteriza como hombre: su masculinidad, su virilidad.

La masculinidad y la virilidad, sin embargo, que demuestra tener Grey; la masculinidad y virilidad que tanto hace “gozar” a Anastasia; la masculinidad y virilidad que queda patente, no tanto en las relaciones sadomasoquistas cuanto en lo que metafóricamente denotan: lo masculino como parte activa y lo femenino como parte pasiva; la masculinidad y virilidad que tanto parecen añorar las lectoras de la novela; las masculinidad y virilidad que podría manifestarse sin necesidad de ritualizar el dolor físico; la masculinidad y virilidad, pues, como reclamo que se simboliza desde el límite (el sadomasoquismo), pero donde el límite es realmente lo único prescindible: la masculinidad y virilidad como reclamo (“Quiero un Grey en mi vida”) de una mujer que traspasa la fantasía (el sadomasoquismo) en una desesperada búsqueda de lo real (un hombre de verdad); la masculinidad y virilidad repudiadas por el feminismo, pero que en definitiva tanto parecen atraer a las mujeres de un mundo configurado por sus propias demandas. [Recordemos que desde la misma revolución sexual lo que se le exige al hombre es menos masculinidad y más feminidad].

Nota. Este texto, que sólo es un fragmento de uno de mucha mayor extensión, va dedicado a quienes me piden que mis posts sean más cortos y más adecuados al medio.

sábado, febrero 09, 2013

# españademishuevos


# españademishuevos

Antes que nada dos premisas:
1.Spain is different.
2.Los políticos somos nosotros

Pero, para empezar, ¿qué es Spain? Pues Spain es una especie de país en donde los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial son detentados por un solo partido gobernante en ciclos de 8 años aproximadamente. Un partido que sólo puede ser ¡uno de dos! Porque Spain tiene una Ley de Partidos que permite repartir el Poder sólo entre dos grupos ya inevitablemente mafiosos. Mafiosos, todo ha de decirse, porque los spaniards llevan demasiados años empeñándose en darles el Poder a esos dos grupos en perversa alternancia. Un Poder que no atiende a la separación de Poderes. Unos spaniards que, desde luego, llevan años aceptando esa práctica nefanda y haciendo oídos sordos, entre otras cosas, a los anuales Informes Pisa sobre el nivel de aprendizaje de sus jóvenes educandos. Unos informes que nos señalan como el país (o especie de país) que peor prepara a sus jóvenes estudiantes en toda Europa. Unos estudiantes que, después, formarán parte de las peores universidades de los países civilizados, las españolas. Unas universidades, eso sí, caracterizadas por haber inculcado, durante 30 años, un relativismo cachondo a unos jóvenes excesivamente protegidos por una Cultura de la Queja ejercida de forma paranormal. Un relativismo propugnado desde el buenismo, pero cuyo fin último era i-rresponsabilizar a los spaniards. Algo que se consiguió con el inestimable apoyo de los propios spaniards y de una clase política que sólo pretendía el Poder para o lucrarse o derrotar a su fantasmático enemigo ancestral (el otro). Un Poder que podría ser accesible cada 8 años aproximadamente debido a que los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial estarían detentados, gracias a un empeño general (del que nadie se libra), por “la misma entidad”. “Una entidad” que, subvencionada por TODOS los spaniards, será inevitablemente mafiosa en la medida en que se sabrá inevitable (aunque sea de forma temporal y cíclica) y vulgarmente aceptada. O manda el PSOE de CAÍN o manda el PP de CAÍN. Pero financiados por los spaniards. 

Dudar acerca de la veracidad de la segunda premisa no será posible si; a partir de las aclaraciones dadas, se está de acuerdo con la primera. Así, Spain is different por voluntad expresa de los spaniards y gracias, más que a su ambición, a su soberana incultura.

Y más allá de las premisas, ¿cuáles serían entonces las conclusiones?

Pues muy sencillo, se encontrarían contenidas en la suma de las mismas dos premisas.

martes, enero 15, 2013

De Cine, Intelectuales y Miserables

De Cine, Intelectuales y Miserables
Cine. Desde hace un tiempo, no mucho, la palabra cine no se conforma con remitir a esa forma arquetípica de representación audiovisual. Ahora el cine es… casi cualquier cosa. Lo que antes se llamaba cine experimental podría ser ahora perfectamente cine a secas. La tecnología ha ayudado mucho, en este sentido, a la creación de productos que antes se hubieran quedado en el baúl de las siempre bienvenidas buenas intenciones y de las patéticas buenas ideas. Hay que congratularse con ella, la tecnología, en la medida en que ha hecho posible no sólo la producción, sino la realización y lo que es tan importante, la distribución de cientos de films estupendos que, de otra forma, no habrían podido ni existir.
No vale la pena extenderse demasiado en ello, pero baste decir que, ante tan magna oferta de cine han surgido nuevos canales de distribución y visionado que permiten a quienquiera estar más o menos al día de casi todo. Podría decirse que tanto para el mismo cine, como para la distribución, como para la publicitación de toda esa oferta han surgido canales y medios que han necesitado encontrar mercado en la especialización. Es decir, no siendo homogéneo el producto cinematográfico actual, ha hecho falta adecuar todos los procesos de producción y distribución a los nuevos y minoritarios públicos. Creando, efectivamente, nuevas formas de producción y distribución.
La necesidad de satisfacer a tantos nuevos públicos ha generado también diversidad de ofertas respecto a todos os productos que pudieran tener alcance comercial. Así, por ejemplo, hay revistas de cine de muy variado y distinto cometido. Cometido que se encuentra vinculado a las necesidades del concreto nicho de mercado al que se dirigen en cada caso particular. Hay revistas que se publican casi exclusivamente para promocionar el cine blockbuster y en las que el sentido crítico es casi nulo; otras en las que se mezcla la crítica realizada de forma clásica con la promoción de lo por-venir; otras en las que se combina el análisis concienzudo de los últimos estrenos con el análisis pormenorizado del estado actual de las producciones más alternativas; otras en las que prima el gusto por el cine entre difícil y comprometido (generalmente no americano), pero sin abandonar el sentido común; otras en las que prevalece el compromiso con un ideario a-priorístico un tanto particular; otras que ven el cine desde el punto de vista de “lo académico” (universitario) y de los “estudios culturales” (y publican por tanto artículos de evaluación por pares); y otras, que no son propiamente de cine y que casi sólo lo ven a éste desde el parámetro (o la disciplina) que les interesa -en tanto que sus colaboradores se encuentran abducidos por una única forma de mirar, sin duda muy productiva.
Que cada uno ponga el nombre de la revista que quiera y lo adhiera al grupo que le dé la gana, que seguro que lo hará. Pero vaya por delante que casi todas tienen su lado interesante. O mejor, prácticamente todas tienen un lado lo suficientemente interesante como para ser complementarias de las demás. Quizás la única que bajo mi punto de vista no resulte interesante sea la que se aproxima al cine desde el prisma de los “estudios culturales” (lo académico), siempre obsesionados con mostrar un saber que generalmente se expresa efusivamente a pie de página.
Intelectuales. Ah!, pero, ¿todavía existen? La verdad es que no lo tengo muy claro. Habría que redefinir el término para poder contestar la pregunta sin parecer excesivamente ingenuo. En cualquier caso, lo que sí sigue habiendo son personas mayores que poseen un saber configurado por la lectura, el pensamiento y la escritura; un saber que les permite expresar opiniones cuyo valor será siempre más estimable que el de todas esas opiniones forjadas sobre la intuición más o menos doméstica. ¿Sólo mayores? Sí, sin duda: es por eso que el intelectual se encuentra en extinción; sólo pueden serlo aquellos cuya edad actual no hizo posible que pudieran jugar con consolas en su juventud.
Este tipo de intelectual, ya casi periclitado, tenía sus cosas particulares. En efecto, cuando el relativismo no había aún condonado la posibilidad de su existencia, los intelectuales se definían –con independencia de su extraordinaria individualidad- a partir de unos pocos patrones. Antes de que el relativismo y los videojuegos hicieran inservibles a los intelectuales, estos se encontraban representados casi por un arquetipo. Salvo raras, y sobre todo ocasionales y coyunturales excepciones, los intelectuales estaban, como digo, cortados por el mismo patrón: les gustaba el alcohol (wisky o vodka), las bufandas, la ópera y las novelas difíciles; no les gustaba el cine y odiaban a los Estados Unidos. Curiosamente les gustaba el rock, pero definitivamente odiaban los musicales tanto como el arte figurativo. A veces condescendían con John Ford, pero lo hacían siempre con cautela, y si les gustaba algo era Wajda, Bergman, Godard y Fassbbinder. Pero las películas de Fred Astaire, por ejemplo, serían en cualquiera de los casos paradigmas nefandos del ejercicio del poder con fines alienantes. Stanley Cavell (y su magnífico análisis de la comedia clásica americana) es precisamente la excepción que confirma la existencia de esta regla que es histórica.
Miserables. Aunque lo mejor hubiera sido ponerle el artículo determinado: Los miserables. Porque de eso se trata: de los miserables a los que hace referencia la obra de Víctor Hugo. O mejor, porque de lo que aquí se trata es de de la adaptación cinematográfica, no de la novela, sino del musical de Brodway. Así, como musical que es antes que nada, se trata de una película que previsible y fundamentalmente convocará a su público; esto es, al público que guste de los musicales. La verdad es que, de no ser por el reparto y las nominaciones, es probable que se tratara de una película con una taquilla insuficiente si tenemos en cuenta el presupuesto gastado. Pero con independencia de la taquilla que pueda hacerse en función de una promoción impecable, no deja de ser cierto que se trata de una película en la que los actores se pasan dos horas y media cantando. Algo que no parece muy adecuado para lo que sabemos del público mayoritario de de hoy en día.
La cuestión es que, como casi siempre, ha habido opiniones para todos los gustos. Hay quien queriendo comprobar la genialidad de Victor Hugo ha salido escaldado, y también quien habiendo ido a ver a Hugh Jackman se le cerraban los ojos a los veinte minutos (desarrapado y cantando). Lo que sin embargo ha vuelto a suceder es eso que de forma invariable sucede con los musicales (salvo rarísimas excepciones): que los ignoran todos aquellos que creen tomarse el cine en serio. Así, por lo que respecta a las publicaciones especializadas en cine, puede afirmarse que Los miserables ha sido motivo de atención, solamente, en aquellas que sirven fundamentalmente de vehículos promocionales para la majors. Esto es, de todas las revistas que se dedican al hecho cinematográfico, sólo han prestado atención a Los miserables aquellas en las que el análisis brilla por su ausencia. Las demás han hecho mutis por el foro. O han silbado mirando hacia otro lado.
No creo que a estas alturas del texto cupiera preguntarse por qué. La explicación viene dada en el escueto epígrafe segundo. Si hacemos el esfuerzo por considerar de alguna forma intelectuales los que analizan películas, podríamos afirmar sin miedo al equívoco que los musicales no les hacen ninguna gracia. Tampoco es que históricamente les haya hecho mucha gracia a los intelectuales de antaño el género de la comedia, pero es que quizá les gustara demasiado el vodka.
La cuestión es que Los miserables es una película que sólo ha aparecido en las revistas que tienen como único cometido hacer taquilla. Las demás ni siquiera la nombran, o si lo hacen es para dedicarle un espacio ridículo y unos comentarios consuetudinarios. Para evitar equívocos debo decir que me parece estupenda la reivindicación de autores malayos o noruegos, de hecho esa reivindicación es la que mueve a muchos directores de festivales cinematográficos a programas ciclos más que interesantes. Pero no entiendo por qué resulta tan difícil desligar el producto en sí mismo de una cierta autoría contrastada. Es decir, no entiendo por qué el análisis de cierto producto norteamericano depende tanto de la marca que impone el nombre del autor. Porque, como puede comprobar cualquiera, la película ha sido despachada hablando de “corrección formal y académica de un producto con escasas muestras de verdadera potencia creativa”.
Algo con lo que no estaría yo de acuerdo en absoluto, por supuesto. Para empezar, Los miserables es una película que ante todo ha sabido trascender sus orígenes teatrales aprovechando perfectamente algunos de los recursos propios del cine. Quienes sí gustamos de los musicales en toda su extensión posible sabemos que los recursos para atraer la atención del espectador son distintos en ambas formas de expresión. Y que son las limitaciones de cada medio las que invocan a la creatividad. Así, el cine deberá suplir de alguna forma su carencia de contacto en vivo con el público, y el teatro se tendrá que centrar en la escenografía para enmendar el problema de la larga distancia con el espectador.
El equipo de producción de Los miserables ha optado por una muy curiosa forma de narrar un musical teatral; ha optado por centrarse en lo único en lo que no pueden centrarse los espectadores habituales del patio de butacas. Así, ha sustituido la visión panorámica y escenográfica (espectacular y coreográfica) por la visión del rostro y el sentimiento (intimista). La visión del conjunto ha sido sacrificada en aras de lo particular. Lo que no deja de ser una decisión heterodoxa desde el punto de vista del musical. Y atrevida, pues los amantes del musical (principal objetivo de una película musical) podrían ser los primeros decepcionados. Es cierto que Hooper ha hecho concesiones a la espectacularidad en algunas escenas, pero se trata de concesiones teatrales muy alejadas de pretensiones realistas (las escenografías son sintéticas pero románticas y cumplen con su simple papel de fondo).
Debido a una sabia decisión del equipo de producción en Los miserables apenas hay coreografía más allá de de una narración visual dinámica que ha planificado perfectamente los movimientos de los actores. Algo que ha permitido al director realizar su película con la cámara al hombro y que le ha llevado, como decíamos más arriba a poderse centrar en la palabra, esto es en el rostro. Así, allá donde precisamente no pudo llegar la obra teatral es el punto de partida de la cinematográfica: el rostro. La estupenda adaptación del libreto a la opereta ha sido llevada al cine sin eliminar el sentido teatral, pero incidiendo en eso que es propio del cine: el primerísimo primer plano.
Todos los actores cumplen a la perfección con ese atrevido desafío (para todos, actores, fotógrafo, cámara y director) que supone interpretar largos planos secuencia mostrando "lo (más) real" de un mismo. Y es también ahí, donde además el texto expresa toda su potencia dramatúrgica; un texto donde la palabra (de honor) es “principio” que conlleva el subsiguiente cumplimiento del deber. En definitiva: una obra bella y moral. O bella por moral.

miércoles, enero 09, 2013

La palabra

Comencemos por una pregunta, ¿qué razones tienen los optimistas para serlo?
¿Existen realmente razones que puedan hacernos pensar que vamos a mejor? La verdad es que el futuro es el gran intangible del hoy a pesar de toda la tecnología. De hecho, aunque el pasado también pudiera parecérnoslo, desde luego no lo es en la misma medida. Existen formas retóricas de abrazar el pasado para de alguna forma transportarnos a él (el recuerdo), pero ni una sola para hacerlo con el futuro. Así que, definitivamente, pensar el futuro no parece una actividad muy productiva. Aunque sí pueda serlo el actuar con el fin de configurarlo, sobre todo si tenemos en cuenta que ese llamado intangible nos espera constantemente a la vuelta de la esquina. De hecho, es con nuestros actos del hoy con lo que construimos “el mañana” que declaramos intangible. Quizá se encuentre aquí la clave de todo este meollo de aspecto insalvable: en el sentido ético del tiempo vinculado al individuo. Veamos:
He coincidido hace poco con un curioso tipo al que habré frecuentado unas 5 0 6 veces desde que lo conociera hace ahora un año y medio. Nos encontramos en una celebración que congregaba a varias personas de diversas edades. Tras unos intercambios protocolarios de cortesía nuestra conversación toma rápidamente un inesperado tono de trascendencia que nos lleva a hablar del estado del mundo y del futuro que pudiera esperarnos, ahí es nada. Ante la sorpresa que me produce su optimismo  avasallador, me veo obligado a hacerle algunas preguntas ciertamente comprometedoras con el fin de demostrar su error, pero él, con una sonrisa parsimoniosa me viene a decir, “Alberto, la verdad es que no sé si tienes razón, de hecho tus argumentos parecen sólidos, pero si hay algo que sea verdaderamente sólido en mi vida es esa creencia que a ti tanto te sorprende”.
Ante mi insistencia por desbaratar una tan “bella” teoría recurro a argumentos casi estadísticos, pero él me interrumpe: “no sé si me he sabido explicar; la cosa es realidad muy sencilla: yo he decidido que el futuro depende de mí mismo, es decir, de nosotros mismos, lo que sin duda es algo que facilita mucho las cosas. Si yo todos los días hago un esfuerzo por ser mejor persona es probable que las consecuencias no pueda ignorarlas ningún devenir, pero lo que es seguro que cualquier devenir no alterará una cosa: que mi actitud fue la correcta. Así, y en cualquier caso, sucediera lo que sucediera, yo habría hecho lo que debía”. Yo me encontraba entre atónito y aturullado; no sé, comenzó a sonarme a uno de esos discurso new age al que le ponen música de ballenas.
Pero nada más lejos de todo ello, había plena convicción en sus palabras, que transmitía con una humildad indudable aunque con ese punto de ingenuidad que me hacía sospechar. Pero de nuevo me equivocaba: cuando le digo que todo me parece bien pero que nada de eso sirve realmente para evitar mi escepticismo, así él de nuevo: “es que tu escepticismo es lo de menos respecto al futuro, con él no hacemos nada. No cuenta para nada. Yo por mi parte me comprometí dándome la palabra. De esta forma es mi palabra la que actúa; mis actos son la consecuencia de esa palabra (de honor), esa palabra que actúa como promesa. Yo he adquirido el compromiso de ser mejor persona y he llegado a la conclusión de que eso sólo puede llevarse a cabo con rectitud, empeño y todo el sentido del humor que quepa”.
Después de varias réplicas intelectuales más, yo comenzaba a mostrar signos de fatiga, mientras él se encontraba como una rosa: “Ya te digo Alberto, es muy sencillo, yo lo único que hago es asumir que la queja no es rentable y que para no quejarme he de hacer el esfuerzo cotidiano que me permita ser menos egoísta, y a la vez más generoso y más comprensivo. Y cuando decaigo en algún momento me cambio la pulsera de muñeca. ¿Ves esta pulsera? Pues el objetivo es ese: no tener que cambiarse la pulsera de muñeca. O lo que es lo mismo: el objetivo es tener que cambiársela lo menos posible. Hasta ahora me he visto obligado a cambiarla más de lo que quisiera, pero es que estoy en pleno aprendizaje; seguro que algún día me la cambio de seis en seis meses, y otro día en el que me olvido de ella. A mí me funciona: mi vida ha dado vuelco en lo cualitativo, vivo más relajado. Lo que antes me generaba tensión lo vivo ahora desde la perspectiva que impone mi palabra dada, la palabra que tiene como objeto hacer más habitable mi micromundo. Yque sepas una cosa, cada vez somos más los que llevamos esta pulsera, de ahí mi optimismo”.
Como es sabido, estas celebraciones dan de sí muchos cruces sociales, no todos igual de bienvenidos, por cierto. Así, tuve la oportunidad de hablar con otras personas que allí se encontraban, todas muy pendientes de lo que el futuro les deparaba desde el punto de vista económico, claro. La verdad es que ahora no parece haber otro tema de conversación. Poco antes de que acabara la celebración tuve la oportunidad de hablar a solas con su mujer. Yo, de alguna forma dirigí la conversación hacia el asunto que tanto me había intrigado y ella no tuvo ningún rubor en entrar en él: “uy, no te puedes imaginar el cambio que ha dado José, es otra persona. Bueno, no exactamente otra, sino la misma pero mucho más sosegado, más… bueno. Ya no aflora tensión por ningún lado, todo se lo toma con calma y, no sé qué te habrá contado porque realmente está obsesionado con eso de ser mejor persona, pero la verdad es que sea lo que sea su actitud es desde luego mucho más positiva en todo. Y eso es algo que repercute en la familia al completo”.
Para acabar sólo decir que cuando las conversaciones se hacían más colectivas y todo el mundo daba su opinión (acerca de las crisis o de temas parecidos), él permanecía callado. Y yo diciendo las mismas tonterías de siempre, que eran por cierto extraordinariamente parecidas a las que decían todos.
Addenda. Me acuerdo de un álbum de Asterix y Obelix en el que un romano corre por las cercanías de la aldea gala con el honorable fin de prepararse para los Juegos Olímpicos de entonces. El romano es musculoso y se encuentra en plena forma y por eso corre veloz y atléticamente. Al verlo pasar Asterix y Obelix deciden que tiene algo que preguntarle, por lo que se dirigen hacia él hasta darle alcance en unos instantes. El atleta queda algo contrariado al verse rebasado por un viejo y un gordo, así que coge un rama de árbol y la lanza a modo de jabalina para mostrar su fuerza a la pareja intrusa. Pero Obelix, con la ingenuidad que lo caracteriza, arranca un árbol entero y lo lanza tan lejos que cae en pleno campamento romano. Los galos se marchan y el romano musculado, con las rodillas inclinadas y con la cabeza gacha dice textualmente y mirando al espectador: “soy un mequetrefe”.