jueves, agosto 17, 2017

Es que me muero de risa con el mundillo del Arte

Es que me muero de risa con el mundillo del Arte

Al parecer hay alguien que ha decidido “comprobar si en la era digital aún es posible crear historias fraudulentas”; se trata del subtitular de una noticia que ocupa media página (con 2 fotografías) en la sección de cultura. Ante lo que yo me pregunto en estos mismos términos, ¿cómo que si es posible… en la era digital… ¡aún!… crear historias fraudulentas? ¿Cómo que “aún”? ¿En la era digital? ¿En la era que definitivamente ha convertido en ingenua, cuando no en estúpida, toda posibilidad de creer en la existencia de Verdad alguna? ¿Precisamente en esta era, la era que por carecer de Verdad, entre otras cosas, se encuentra promiscuamente disponible al engaño y al fraude?

Así que me digo a mí mismo, a quién si no, sólo un idiota dudaría acerca de la capacidad de la red -en tanto que medio de comunicación masivo, universal e incontrolado- de generar mentiras. Incluso las más grandes, diría. Es más, sólo un idiota creería en la inocencia de la red, me sigo diciendo, sólo un idiota pondría en duda la perfecta capacidad de mentir de la red, la capacidad de generar engaños. Y no tanto de mentir como de “inventar”, de “crear” contenidos que nada tienen que ver con Verdad alguna, continúo diciéndome, porque ha sido precisamente la red la que ha convertido a todo Dios en la más genuina representación del escéptico con ansias de creer en algo, en la más pura representación del no-Dios más gnóstico. El ser digital es lo que tiene, me digo, que es (tiene que ser) escéptico por necesidad, pero siempre dispuesto a abandonar su –mal llamada- zona de confort para generarse “ilusiones”. O mejor, que es (tiene que ser) escéptico porque sabe perfectamente que la red está ahí, entre otras cosas para engañarle (con la invención de historias, muertes falsas de famosos, suplantaciones de identidad, definiciones falsas, recreaciones mentirosas, noticias imposibles, imágenes que mienten sobre lo que dicen ser ...). Así, sólo un idiota podría sentir la necesidad de demostrarnos que la red puede engañarnos, sólo un idiota haría un esfuerzo por demostrar lo que todo el mundo sabe (aunque lo sepa sólo por pura supervivencia).

La lectura completa del titular y el subtitular nos saca de dudas (y a partir de ahora cambiaré el nombre propio del protagonista de la noticia por el de Perico, pues no es mi intención escribir ad-hominen): “El fotógrafo Perico contó con la complicidad del IVAM para inventarse un artista valenciano, con la intención de comprobar si en la era digital aún es posible crear historias fraudulentas”.

Así, ya tenemos más datos: un fotógrafo, Perico, ha decidido comprobar si es aún (¿) posible en la era digital crear historias fraudulentas y para ello ha decidido elaborar un plan que debía contar, misteriosamente (pues nada hace que tengamos que vincular una intención en principio netamente sociológica al asunto del Arte), con la colaboración de la máxima representación de una Institución, en este caso la del Arte, un Museo de Arte Contemporáneo. Y por otra parte (o antes que nada) está el titular, ya en un tipo más grande, que reza “La falsa historia del fotógrafo Ximo Berenguer”. Así, entre una cosa y la otra tenemos el resumen de la noticia: un fotógrafo, Perico, se ha inventado a otro fotógrafo, Ximo, para poder demostrar que, muy probablemente, aún es posible crear historias fraudulentas en la era digital. ¡Qué grande este Perico! Y además no lo ha hecho a solas, sino que lo ha hecho con la complicidad y connivencia de un gran Museo. Definitivamente este Perico no tiene nada de idiota, por mucho que sólo un idiota pueda dudar acerca de la capacidad de la red de crear historias fraudulentas. Qué risa con la paradoja.

Pero en realidad hay que leer la noticia para entender de verdad de qué va la cosa. Sólo así uno puede enterarse de que el fotógrafo no es un fotógrafo cualquiera sino un Premio Nacional de Fotografía; de que fue él mismo quien desveló el engaño que había creado, lógicamente para un público súper-enrrollado y muy poco exigente con la adquisición de conocimientos (¿ontológicos?); de que lo desveló, ¡o casualidad!, el mismo día de la presentación de su producto artístico, el que demostraba que sí, que aún se pueden crear historias fraudulentas; un producto que no sólo estaba/estaría a la venta sino que en parte ya había sido adquirido por el IVAM… y por otras instancias vinculadas al mundillo/mercadillo del Arte.

Pero hay más: conforme se va leyendo la noticia y se van descubriendo nuevos datos sin duda más graciosa se torna. Al menos para quien conociendo las estrategias del mundillo, no deja, a pesar de todo, de sorprenderse cuando las ve funcionar tan bien entre… los propios del mundillo, sobre todo a estas alturas de una más que cuestionable  existencia del Arte. Aunque no tanto para aquellos que nunca dudaron sobre las capacidades maléficas de la red, que nada tienen que aprender (respecto a unas dudas que no comparten con Perico porque no las tienen) y sobre todo nada que comprar. Así, se nos cuenta cómo el fotógrafo Perico fue generando la estrategia contaminando primero la red y buscando cómplices después. Y es en este punto -y hago un pequeño paréntesis- donde ya decido que definitivamente Perico es cualquier cosa menos un idiota… por muy idiota que pudiera ser todo aquel que dudara acerca de la posible capacidad de la red de crear historias fraudulentas. Qué risa.

Así, se nos cuenta, sigo, cómo a Perico no le bastó la colaboración y la complicidad del director del IVAM y que contó, también, con el Consejo Asesor y el Consejo Rector del museo (todos del mundillo), con un famoso comisario de arte (del mundillo), con un galerista espabilado (del mundillo y mercadillo), con una galería de arte prestigiosa (del mundillo y mercadillo), con la Facultad de Bellas Artes (del mundillo) y con la Facultad de Historia del Arte (del mundillo). En fin, con todos aquellos que con independencia de los resultados respecto a su proyecto, (que no era otro que el de resolver una duda: la de si aún… en la era digital… etc.), formaban parte de la gran familia, esto es, del mundillo y mercadillo. Y no contó con aquellos que nunca hubieran dudado acerca de la imposibilidad de dudar acerca de la por todos conocida posibilidad de fraude que habita la red.


Así es el Arte del hoy, o mejor, así son los artistas del hoy: personajes que se inventan unas dudas siempre profundas y “comprometidas”, las hacen extensibles a la humanidad a través de su filantropía creativa, se las resuelven entre ellos a su manera (generando productos y teorías), se las cuentan a sí mismos (mercadeando) y se la chupan en grupo. Es que me muero…

domingo, julio 30, 2017

Hegel y el progreso

O Hegel y el progresismo


Para la común y más extendida forma de historiar el Arte y la Cultura los periodos históricos no son sino esos lapsos de tiempo en los que un determinado Espíritu se ha manifestado de una concreta forma aun con todas sus pequeñas variables y excepciones. Esto es, se ha manifestado de forma colectiva, en las formas supraindividuales de las naciones o de los periodos. De tal forma que es el espíritu de Hegel el espíritu más reencarnado del mundo… y por tanto de la Historia Universal. Así es como cierto entendimiento de la Cultura y de las Civilizaciones ha logrado imponerse durante más de 200 años: considerando que cada época se manifiesta de una determinada manera evidente… a través del producto que resulta más representativo. Nadie (¿) ha podido evitar el influjo poderoso de Hegel ni aun toda la obsesiva determinación por distanciarse de él, como le pasó al bueno de Burkhardt, el padre de la Historia Cultural, que no pudo apartarse de Hegel ni un minuto. Todas las críticas, las apostillas, las correcciones, las refutaciones, los remedos, las aportaciones de filósofos historiadores y antropólogos a las tesis de Hegel no han servido, al fin a la postre, más que para perfeccionar la necesidad de entender las épocas a partir de las entidades supraindividuales. Y de entender la Historia como despliegue de la mente divina que cobra sentido en la inevitable autorrealización del Espíritu. Es Hegel quien nos presenta el desarrollo de las artes como un proceso lógico que acompaña y regula el desarrollo del Espíritu y él, por tanto, quien implanta un Sistema que no ha podido ser orillado por todo el pensamiento que durante más de 200 años se ha ido considerando a sí mismo progresista. En efecto, así fue como durante esos más de 200 años “TODOS” los expertos en Arte y en Historia se abandonaron a esta religión del Progreso con fines de Autorrealización del Espíritu y configuraron esa Historia del Arte que es UNA y sólo UNA. Y quien conserve alguna duda respecto a esa unicidad tan radical que intente hacer un listado de artistas ordenados cronológicamente de los siglos XIX y XX, por ejemplo. A ver si le sale un lista distinta de la que todos conocemos.

Así, la “voluntad artística” de Riegl y el matiz al respecto de Worringer, la dualidad de conceptos de Wölfflin, el psicologismo historicista de Burchardt, el método iconológico de Warburg, el enfoque personalista de Morelli, el idealista de Croce, el biocéntrico de Huyghe, el psicoanalítico de Kris, el sociológico de Francastel, los revisionismos de conservadores como Rene Clair, y sobre todo las variaciones marxistas de Hauser, Plejanov, Lukacs, Antal y Argan, no son más que pequeñas variaciones que confirman que la Historia es UNA y que el Arte, gracias a esa Historia ha superado sus pueriles jugueteos con la Belleza para pasar a ser la “expresión y realización del Espíritu”.  

La semiótica, el estructuralismo, la fenomenología, el existencialismo, el postestructuralismo, la hermenéutica, la lingüística, el psicoanálisis, etc., no consiguieron ser otra cosa (en su aproximación al mundo del Arte) que disciplinas excéntricas del saber puestas al servicio esa Historia que sólo puede ser UNA. Rosalind Krauss, por ejemplo, hizo un esfuerzo colosal por revisar el arte desde el punto de vista del psicoanálisis y lo que le salió es una interpretación excéntrica de los artistas que conforman… esa Historia del Arte que es UNA. Barthes, por su parte, se empeñó en hablar del grado cero del autor pero  a poco que se descuidaba recurría a Avedon y Stieglitz para explicar la fotografía. Aportaciones interesantes, pues, para la Historiografía que no varían un ápice la Historia UNA.

Por eso vale la pena insistir: si alguien quisiera comprobar hasta qué punto la Historia del Arte es UNA no tendría más que citar cronológicamente los nombres de los artistas que conforman una historia lineal del Arte. El resultado no podría que ser otro que el configurado por esa única historia elaborada desde ese pensamiento que se piensa a sí mismo como progresista. (Otra cosa sería hablar de lo que pasa una vez la Historia del Arte ha quedado cerrada, esto es, muerta y por ello es sólo una cuestión de pasado).

De hecho Hegel nos presenta el desarrollo de las artes como un proceso lógico que acompaña y regula el desarrollo del Espíritu. En su Sistema, Todo Arte –así como Toda Cultura- existe por derecho propio. Todo lo producido (en pasado, da igual si se trata de un cuadro o una guerra) representa una etapa hacia la realización del Espíritu, con lo que todo fenómeno histórico queda legitimado desde su misma existencia. No existiendo, además, la posibilidad de que la Historia hubiera podido equivocarse. El progreso, por tanto, como proceso de una evolución del Espíritu (divino) que se piensa a sí mismo en un proceso de ascenso que conducen a la plena autoconsciencia.

Así es como Hegel pudo engatusar no ya tanto a tantos expertos en Arte y configuradores de esa Historia del Arte que es UNA, sino, también, a todos aquellos que se pudieran ver reflejados en esa tesis justificativa de los acontecimientos –pasados- en tanto que producto de las determinaciones de esos personajes que el propio Hegel llamó “individuos histórico mundiales”.

Porque en efecto, si algo de Hegel ha llegado más lejos que su influencia en expertos del Arte y su Historia, ha sido sin duda la Filosofía de la Historia, que desarrolló con esa concepción de los hechos/acontecimientos entendidos como procesos inevitables del progreso. De ahí su admiración por los soberanos, esos seres que tomaban las riendas de la Historia para conseguir que el Espíritu se desplegara firme –y adecuadamente- hacia su plena autoconsciencia. Los soberanos, que no son otros que los verdaderos filósofos/poetas de la Historia (de esa Historia que es Filosofía de la Historia como todo Arte es Filosofía del Arte), los inoculadores de la Razón (astuta) en la Historia, en fin, los “individuos histórico mundiales”, en definitiva los líderes mundiales que de alguna forma dirigen el decurso de la Historia con sus siempre sabias decisiones y determinaciones, ya sean esos soberanos Generales, Jefes de Estado o Iluminados.

Sabemos lo que Hegel pensaba de Napoleón de la misma forma que sabemos lo que de Hegel pensaban Marx, Stalin, Lenin, así como, y salvando las distancias, los influyentes pensadores de la Teoría Crítica, o los de la Escuela de Francfurt, todos followers de Hegel, si bien con distintas intenciones en la aplicación de los mismos principios sistémicos. En cualquier caso se trataba de entender el proceso como un ascenso de categorías lógicas que desde lo dialéctico (como forma de superación de las contradicciones) conducen al despliegue del Espíritu, a su plena autoconsciencia.

El contenido fundamental de la empresa hegeliana, totalizadora y sintética, es la Idea, que siendo sustancia misma de lo que es, se despliega a través de la dialéctica, que a su vez no es otra cosa que la superación de las contradicciones. Y esto es, valga la pena el anticipo, lo que siempre puso cachondos a los pensadores que se pensaban a sí mismos progresistas, y sobre todo a quienes tocados por la Razón Divina (“individuos histórico mundiales”) decidieran imponer la superación de las contradicciones de un único modo.  Así, someter la Historia a la luz de la Razón y a la impronta de la Idea (proyecto propuesto por Hegel cuyo éxito ha ido configurando la Historia Universal de la Humanidad) no era otra cosa que poder decir respecto a la invención de las armas de fuego: “la humanidad las precisaba y, de repente, helas ahí, al alcance de sus manos”, para poder asignar a la Guerra un plano abstracto, esto es, elevado, para poderla considerar un instrumento del Espíritu.

O por decirlo de otra forma, gracias a la superación de contradicciones, y a través del ejercicio dialéctico, para Hegel todo lo negado no es relegación sino integración; no hay pues aniquilamiento de lo negado sino incorporación al Todo. Y para aclararlo recurre a ese capullo que se convierte en flor; el capullo es negado por la flor pero no aniquilándolo, sino conservándolo. La superación de contradicciones, por tanto, como acción de suprimir y negar conservando, sin aniquilar: lo negado es integrado en una síntesis que unifica los momentos antitéticos. De esta forma lo negativo cobra un papel importante en su Sistema en tanto que destruye, mantiene y también conserva. Así que ya sabemos cuál es el momento exacto por el que Hegel ha puesto tan cachondos siempre a los pensadores que se han creído a sí mismos progresistas: ese en el que aceptamos que la construcción de sentido mediante la acción política (siempre guiada por las astucias de la Razón) tienen inevitablemente un coste. Tal y como puede serlo, por ejemplo, el de la Guerra. Un coste que mida como se mida siempre será el inevitable en la consecución del objetivo, que no puede ser otro que el que el Espíritu se realice.

Así que ahora ya estamos en condiciones de entender mejor esa afirmación que hacíamos más arriba, la de entender el progreso como un ascenso de categorías lógicas que desde lo dialéctico conducen al despliegue del Espíritu, a su plena autoconsciencia, para poder justificar a los soberanos en la toma de decisiones tales como la de provocar una guerra. La Guerra no deja de ser para Hegel una simple síntesis que unifica los momentos antitéticos; un ejercicio de integración relativa que tiene unos costes siempre inferiores a los beneficios que proporciona encaminarse adecuadamente hacia el despliegue del Espíritu. Los soberanos, es decir los “individuos histórico mundiales” no tenían que conocer la Historia sólo tenían que orientarla, como dice José Luis Pardo en su excelente Estudios del malestar. Y la Historia nunca se equivoca, que por algo está confeccionada por individuos –seguro que histórico mundiales- que ineluctablemente han acertado en sus decisiones valorando adecuadamente los costes.

O dicho aún de otra manera; entender el progreso como un proceso en ascenso de categorías lógicas que desde lo dialéctico –y su consecuente superación de contradicciones- conducen al despliegue del Espíritu, a su plena autoconsciencia, no es sino una forma peculiar de poder decir, entre otras cosas, “viva la Guerra en su inevitabilidad”. Algo que vino muy bien a todos aquellos que se creían progresistas, ya digo, hablando de derecho pero despreciando la libertad. Fe ciega, por tanto (la de quienes se creen progresistas), en los soberanos, los verdaderos poetas/filósofos de la Historia. O lo que es lo mismo, fe ciega en ese soberano que representa al Estado, “esa instancia social que ha alcanzado la plena consciencia de sí misma” en palabras del mismo Hegel.

Es una forma peculiar de ver la Vida (la Historia Universal en tanto que autorrealización del Espíritu) ésta de asignarle pleno valor (en su doble acepción) a las decisivas determinaciones de esos soberanos que –gracias a las astucias de la Razón- nunca se equivocaban en sus declaraciones de Guerra. Una peculiar forma de ver la Vida ésta, la de considerar que la Guerra es un instrumento del Espíritu; tan peculiar como la de todos esos followers de Hegel a los que les pone tan cachondos esa justificación de la invención de las armas y la pólvora basada en el proceso dialéctico; una forma peculiar de ver la Vida ésta, la de atribuirle a la Guerra lo que no se le quiere atribuir a la búsqueda de condiciones para la Paz. ¿Acaso no resulta tan peculiar como coherente que las tesis de Hegel pongan cachondos a quienes se creen progresistas? A Hegel le ponía cachondo Napoleón y a sus followers les pone cachondos ese Hegel al que le poneía cachondo Napoleon. Todo cuadra. A Hegel le ponía más cachondo Napoleon que los comerciantes anónimos de la misma forma que a los followers de Hegel les pone más cachondos Hegel que los comerciantes anónimos, sobre todo si estos acababan siendo empresarios. Entre otras cosas porque los followers de Hegel han realizado con las tesis de Hegel una pirueta retórica cogiendo de ellas la parte (que les interesa) sin dejar de asignar a esa parte el valor del todo. Pero también porque el pensamiento progresista de los followers de Hegel (que no solo son historiadores al estilo Hobsbawn o Hauser, ni pensadores al estilo Marcuse o Adorno, sino soberanos amparados por la legitimidad de (alg)ún Estado) prefiere creer en lo épico/sagrado antes que en lo puramente profano. Resulta más épica una Guerra que un cúmulo de libre-comerciantes generando ciertas posibles condiciones de Paz. Hegel creía más en la pólvora que en los gremios de artesanos y sus comerciantes. Y los actuales followers de Hegel, que tan progresistas se creen defendiendo la redistribución de bienes, se pirran por esos soberanos que defienden los intereses de “su” pueblo con independencia de los costes que pudiera tener que soportar ese “su” pueblo.

Si uno mira atentamente el Guernica de Picasso sabe por qué su reproducción colgaba en las paredes de todos aquellos que se consideraban progresistas en los años 50, 60 y 70: no tanto por su rechazo a aquella guerra concreta como por la fascinación que provocaban unas imágenes indudablemente cruentas, es decir, no tanto por representar Guernica cuanto por representar la Guerra, que les fascinaba (si no, no hay otra forma de entender el hecho de tener presentes esas imágenes cruentas constantemente en tu propio hogar). Lo que no podían permitir aquellos que se consideraban progresistas –y por ello colgaban el cartel del Guernica en sus casas- es que no hubieran ganado los buenos, solamente eso.


En Los ángeles que llevamos dentro el psicólogo evolucionista Steven Pinker sostiene, por el contrario, que el comercio “elimina el incentivo del adversario a atacar, ya que se beneficia de intercambios pacíficos de igual modo […] Una vez la gente entre en relaciones de intercambio voluntarias se ve incentivada a tomar las perspectivas del otro para hacer el mejor negocio, lo que a su vez puede llevarlos a una consideración respetuosa del interés del otro”. Y añade poco más adelante: “Las élites intelectuales y culturales siempre se han sentido superiores a la gente de negocios y no se les ocurre atribuirles a los comerciantes algo tan noble como la paz”. Donde pone “élites intelectuales y culturales” podemos poner aquellos que se consideran progresistas, dando lo mismo que con ello se haga referencia a soberanos, historiadores, filósofos o concejales de cultura. Porque todos ellos creen en el plan de la Historia, o mejor, que la Historia tiene UN plan, que no es otro que aquel que le permita desarrollarse hasta la consecución de la realización del Espíritu. Algo que sólo será posible si se hace, lógicamente, desde el intervencionismo, con el Estado como máxima expresión de la voluntad divina. Así, si algo queda realmente aniquilado en este esquema es la libertad como concepto, pues el plan implica obediencia al patrón supuestamente encarnado en el Estado (a través del soberano, que puede ser un General, un Jefe de Estado o un Iluminado). 

miércoles, julio 26, 2017

Lucifer

Lucifer

Estaba sentado en la barra como de costumbre, tomándome un vino como de costumbre y a la hora de siempre si es que pudiera haber algo parecido a un siempre más allá del sentimiento puro, que lo dudo. Pero, sí, allí estaba yo en el mismo lugar de siempre, que no siempre es el mismo, aunque sí, y a la misma hora de siempre tomándome un vino, en la barra y sentado en esa parte de la barra que me permite ver bien prácticamente todo el en derredor.

Estaba yo sentado en la barra donde suelo hacerlo habitualmente, esto es, donde suelo hacerlo siempre, cuando se acercó un tipo que se sentó a mi derecha. No sé, hubo un algo que me dijo que no se había sentado junto a mí casualmente. Se le veía algo inquieto y sin saber dónde mirar. ¿Cómo puede no saberse dónde mirar? me dije a mí mismo, a quién si no. Se situó en paralelo a mí, mirando hacia afuera y en perfil tres cuartos respecto a la barra que quedaba detrás. Así, en principio, los dos debíamos ver lo mismo, otra cosa era lo que pudiéramos mirar. De vez en cuando rectificaba su posición y se giraba hacia mi lado, en principio sin mirarme pero con la clara intención de dejarse ver por mí pues en ese lado apenas había nada que ver, bueno sí, las camareras; detrás de mí se encontraba el lugar donde las camareras recogían las comandas de los clientes; y también una televisión de gran formato retransmitiendo deporte ininterrumpidamente, fuere cual fuere, en ese mismo momento, cricket. Hubo un momento en que me miró de reojo, lo que me hizo girar la cabeza en dirección opuesta y alzar la vista hacia un punto absurdo.

Al momento me llamaron por teléfono; se trataba un amigo que solicitaba conversación acerca de nuestra empresa común, un negocio que estábamos comenzando juntos. Me di la vuelta e hinqué los codos sobre la barra, de forma que pudiera aislarme de la gente lo máximo posible. Estoy seguro de que mi vecino no podía escuchar lo que yo decía debido a mi posición y al ruido de fondo. En cualquier caso nada más colgué ese tipo se dirigió a mí con estas palabras, “hay que ver cómo es la gente”. Yo no sabía qué responder, de hecho no lo hice, había en sus palabras algo siniestro. Hay que ver cómo es la gente, no sé, no le entendí muy bien pero sé que algo quería decirme y que además no se trataba de nada bueno. Lo había dicho mirándome de soslayo y esperando cierta complicidad por mi parte. Yo lo ignoré con un levantamiento de hombros pero no podía evitar sentir la presencia de quien, seguro, se había puesto a mi lado porque quería algo de mí. Que así era.

“Antes me fiaría del camarero –se detuvo unos instantes y continuó- y espero que nadie se ofenda por lo que digo”, dijo en uno de esos momentos en los que la casualidad, provocada por la necesidad de moverse en una banqueta no demasiado cómoda, hizo que nuestras miradas se cruzaran siquiera levemente. No lo pude evitar, ¿nadie?, pensé en voz alta. “Sí, nadie”, contestó con seguridad pero con una sonrisa ladeada.

Yo estaba incómodo por muchas razones pero se trataba de mi vino de siempre en el sitio de siempre y en la banqueta de siempre, así que lo único que tenía que hacer era, simplemente, ignorarlo. Nadie me iba a aguar la fiesta, nadie. Pensé entonces que había escuchado la conversación telefónica con mi amigo y por eso me había dicho aquello, si bien es cierto que no dejaban de rondarme por la cabeza esas frases… Hay que ver cómo es la gente; hay que ver, ¿ver?, ¿ver del verbo ver?, ¿qué gente, mi amigo? ¿de quién se fiaría tan poco hasta preferir fiarse antes del camarero?, ¿de mi amigo o de algo que él había visto y a mí se me había escapado? Me miró sonriente, estiró la mano y me dijo “me llamo Fernando, te he visto otros días por aquí”. Sin embargo a mí no me sonaba de nada, y eso que en ese bar de siempre lo único que hago, además de beber, es observar, diría que con cierto nivel obsesivo.

Aturdido por las dudas no la vi venir hasta que la tuve encima, una rubia de siluetas generosas que se sentó en la banqueta de mi izquierda. Yo estaba en paralelo a ella así que pude verla de reojo con bastante claridad. Llamó al camarero con el brazo y le pidió un Trending Topic. Era la primera vez que oía ese nombre en un bar, así que esperé a ver la reacción del camarero, que no la hubo, más bien le dijo con toda naturalidad “en seguida” mientras le levantaba el pulgar.

“Es sólo una forma de hablar”, me dijo el tal Fernando mientras yo pretendía no perder ojo a las acciones del camarero, necesitaba saber lo que era un Trending Topic, pero hubo un momento en que me perdí, demasiados ingredientes en la coctelera que desconocía. Además Fernando presionando por mi derecha y la rubia con toda su presencia por mi derecha. Demasiado.

El camarero vierte entonces el contenido de la coctelera en una copa pequeña, que la rubia coge con sutileza pero con cierta ansia, acerca sus carnosos labios y realiza una pequeña absorción ruidosa. Con una mirada entre natural y libidionosa, si es que esa combinación pudiera existir, me dice “hay que ver lo bueno que está esto”. Miro al camarero que a dos metros de mí se encuentra secando vasos y me lanza lo que sin duda es una sonrisa cómplice. Hay que ver, ¡de nuevo!  ¿Qué es lo que hay que ver?, me digo a mí mismo, a quién si no. Sé que podría tratarse de una frase hecha, pero no en este caso. Y tampoco creo en las casualidades.

Me encuentro como en una encrucijada, ahora el que no sabe a dónde mirar soy yo. No tengo ganas de darle conversación al tal Fernando y la rubia me tiene mosqueado, hay algo en ella que, no sé, no veo claro. El tal Fernando la mira, pero atravesándome, no hay otra porque me interpongo entre ella y él. Noto que tiene ganas de decir algo. Así él en unos segundos: “tempus fugit, amigo, tempus fugit”. ¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! Un desconocido, con una pinta algo más que discutible ¡estaba sentenciado en latín! Yo ya no me hacía preguntas respecto a lo que pretendía el tal Fernando, que en realidad no me importaba tanto, sólo me hacía preguntas respecto a lo que yo tenía que hacer con todo aquello.

La cosa es que de forma espontánea me sale contestarle: “la verdad es que ciertamente no puedes fiarte de tus percepciones inmediatas y que hay que dejarse llevar por la intuición… y yo, pues prefiero fiarme de la gente”. El tal Fernando me miró durante unos segundos en silencio, ladeó ligeramente la cabeza y me dijo “nada es lo que parece pero todo es lo que ves”. Caramba, me dije a mí mismo para mis adentros, a quién si no, este tipo no es un cualquiera, seguro que con dos frases más se destapa y me intenta vender algo, lo que sea, una colonia, un dolor, una duda o un discurso. Pero antes de que me diera tiempo a reaccionar la rubia se dirige a nosotros sin mirarnos a los ojos y con la copa en la mano dice, “algo de eso hay”. Esto sí que ya era demasiado para mí. Los dos personajes me tenían acorralado y se había establecido entre los tres una conversación de lo más críptica. Sugerente, sin duda, pero inquietante.


Algo de eso hay… se repetía en el interior de mi cabeza acordándome de mi tía Josefina, que también ella repetía esa frase sin cesar, viniera o no viniera a cuento, sin bien ella lo hacía hacia el exterior de la suya, de su cabeza. ¿Ago de eso hay… de qué? ¿De que nada es lo que parece? ¿De que todo es lo que vemos? ¿De que lo que vemos es siempre el todo? ¿De que el tiempo pasa volando? ¿De que por eso hay que aprovechar el momento? ¿Cómo podría aprovechar yo el momento, ese momento? Así me encontraba yo aturdido ante tanta duda cuando la rubia dijo “Fer, creo que esta vez nos hemos equivocado, este tipo no es de los nuestros…”. ¡Hostia!, me dije a mi mismo, a quién si no, ¡estos tipos ya se conocen! Y antes de que pudiera seguir elucubrando posibles reacciones ante tan extraña situación ella remató su sentencia “…no va a hacer nada con nosotros, ya te digo, no es de los nuestros”. “Tienes toda la razón Luciana, por esta vez nos hemos equivocado, la lástima es que tú habías puesto mucho interés en él, lo siento por ti” contesto el tal Fer como si yo no estuviera. Sin mediar más palabra la tal Luciana pidió la cuenta al camarero, éste le devolvió el cambio con una sonrisa pícara mientras le decía “siempre es un placer volverte a ver Luci”. Había pagado su Trending Topic y el vino del tal Fer, que por cierto había desaparecido sin más. Mientras se alejaba, la tal Luci murmuró, “hay que ver cómo están cambiando las cosas… o es que últimamente estamos teniendo mala suerte, no sé, un desastre”. Yo me quedé pensativo, dejé de mirar a mí alrededor porque en esos momentos no existía alrededor alguno, me encontraba realmente desconcertado… Fernando y Luciana, Fer y Luci… o lo que es lo mismo Luci… y Fer.

sábado, junio 24, 2017

Carta abierta a los padres de niños

Carta abierta a los padres de niños

En efecto esto es una misiva, no un panfleto, y lo es dirigida exclusivamente a ustedes, padres de esos seres que, precisamente por edad (y por definición) se encuentran conformando; padres de seres crudos, pues, seres que se encuentran conformando mientras se hacen, valga la redundancia, porque eso es precisamente lo que es un niño, un ser por hacer que se va haciendo. De ahí que siempre le hayamos dado la importancia que se merece a todo aquello que le sucede a un niño; a todo aquello, lo sabemos, que por sucederle en estado crudo condicionará su ser de forma determinante, para lo bueno y para lo malo. No por otro motivo, lo sabemos también, los (buenos) padres son aquellos a los que le preocupa soberanamente las experiencias que pueden tener sus hijos cuando son niños, esto es, cuando son seres crudos a los que les afectará toda experiencia, para bien o para mal. Y por ello unos buenos padres son, entre otras pocas cosas, los que preservan a sus hijos de experiencias nocivas, es decir, de experiencias nada propias ni adecuadas para unos seres a los que podrían afectarle de forma fatal y muchas veces de forma irreversible (y no hace falta remitirnos al psicoanálisis para admitir la verdad de esta afirmación). Por otra parte, yo sólo puedo hablarles a ustedes (y utilizo esta fórmula anticuada de trato con toda la intención) en nombre propio y sólo puedo hablarles desde mi condición, no hay otra. Y como no hay otra sólo puedo ser sincero. Sincero y claro aunque siempre haya tenido dudas acerca de la eficacia de entender lo primero como un principio inmutable y recomendable y lo segundo como una cualidad personal. Pero este es el momento, el kairos, que diría un griego de hace 2600 años, el momento oportuno.

Así, y después de esta necesaria introducción iré al grano; ya me encuentro en condiciones de decirles lo que les quería decir, que no es otra cosa que lo que ha motivado esta misiva. Iré por tanto al grano: son todos ustedes unos canallas, o lo que sería lo mismo, unos hijos de puta. Todos (¿). También podría haber usado otro adjetivo, pero habría sido con toda seguridad menos efectivo. Así, podría haberles llamado malvados. Pero ¿a quien puede importarle hoy en día que se le llame malvado?

O mejor: todos aquellos padres que cierran los ojos ante la tenencia y uso de un teléfono móvil con datos por parte de su hijo/niño son unos hijos de puta. Ahora sí, aunque no creo que haya diferido mucho esta afirmación de la más genérica pronunciada más arriba.

Hoy me han vuelto a pasar, un “amigo” me ha mandado por teléfono vía mensaje y a “modo de gracia”, quede claro, un pequeño vídeo de contenido sexual que me ha dado nauseas; un vídeo que ha afectado mi estado de ánimo de forma considerable. Un vídeo que se encuentra en el limbo de la red y al que todo el mundo tiene acceso. De hecho, un vídeo que por estar en la red "móvil" es de más acceso público; un vídeo que por ser público está a la vista de todos; un vídeo que por estar a la vista de todos no está a la vista de quien voluntariamente pueda decidir verlo, sino de aquel al que “le llega”, que le llega tarde o temprano, tenga la edad que tenga. Un video que precisamente “llega” a más gente debido a la perversa afición de tantos a compartir su alienada promiscuidad. Hoy he tenido que pedir a mi “amigo” que no me vuelva a mandar jamás un vídeo, sea de la calaña que sea.

Pero antes de continuar una aclaración: quienes siguen mi blog (nacido en 2006) y mis textos en general saben de lo inaudito que resulta el uso del insulto en ellos. Pero es que dadas las circunstancias ya no podía ser de otra forma. De hecho pienso que no hay otra forma posible de decir lo que pienso respecto a este tema. Por lo que no puedo pedir disculpas, no me veo ni con ganas ni con fuerzas. Y quizá otra aclaración: quien esto dice y suscribe (lo de que los padres con hijos/niños son unos hijos de puta) soy yo, una persona caracterizada por su manifiesta liberalidad (y como esto es una misiva más o menos afectuosa y no un panfleto me permito instar al lector a analizar mi curriculum para comprobarlo) y absoluto defensor de la libertad en su sentido más racional e ilustrado.

Así que sigo. Todo aquel padre que haga la vista gorda a la tenencia de un teléfono móvil por parte de su hijo/niño porque le resulte más fácil no hacer gorda esa vista es un hijo de puta. Porque el teléfono móvil con datos es un portador potencial, esto es, factual, de atrocidades como la que hoy mismo he visto hasta que me han entrado las arcadas. Un vídeo tan cruel como innecesario que se ha repetido en mi mente durante demasiados momentos a lo largo del día de hoy. Yo lo he abierto porque no sabía lo que iba a ver y porque me lo mandaba un “amigo”. Un vídeo monstruoso sí, pero no casualmente monstruoso, porque lo que le confiere la “gracia” que lo hace compartible es, precisamente, su anormalidad, su monstruosidad. Así, el vídeo no es monstruoso por mostrar sexualidad, no ni mucho menos. No es la sexualidad que nos muestra ese vídeo lo que lo convierte en monstruoso, sino el tipo de sexualidad brutal que en él aparece.

Todos aquellos padres que se hagan los despistados ante la tenencia de un teléfono móvil por parte de su hijo/niño buscando excusas para justificar esa tenencia no es más que un hijo de puta, porque ha puesto en manos de ese su hijo/niño, es decir ante sus ojos, la posibilidad de ver toda la barbarie humana, todo lo peor del ser humano, haciéndolo además cuando su hijo/niño está crudo, cuando su ser se encuentra conformando, cuando no tiene capacidad de discriminación ni de discernimiento, cuando, como bien sabemos, es susceptible de ser afectado por ver aquello para lo que su mente no está preparada, una afección que podrá determinar, en el mejor de los casos, un trauma del que posiblemente nunca sea consciente. Y quien de ustedes crea que exagero… que se vaya a la mierda. Porque no existe ninguna casualidad en el hecho de que los vídeos elegidos para circular masivamente por la red representen la cara más sádica y perversa de algo tan natural como puede ser la misma sexualidad. Esos millones de vídeos cruentos, crueles y obscenos que circulan con perfecta naturalidad al alcance de cualquiera son, precisamente, la cara opuesta de la naturalidad. Y por ello son los elegidos para hacer “la gracia” que deba compartirse. Porque son esos y no otros los que han de verse si el niño quiere estar al día, algo por cierto que resulta clave en la relación de la viralización y la sociabilidad.

En cualquier caso tampoco incidiría yo ya demasiado en esos vídeos obscenos que nos llegan sin querer, porque desde cualquier móvil se puede acceder a todo tipo de manifestaciones sexuales (o expresiones obscenas de la violencia) que tengo para mí resultan absolutamente inapropiadas, cuando no indiscutiblemente perniciosas, para las mentes de esos seres que se están conformando. Y no me quiero alargar porque sé que no hay peor ciego que el que no quiere ver.


Así y para acabar: todos aquellos padres que dicen preocuparse por las compañías de sus hijos, todos aquellos padres que se dicen preocupados por ese bullying que puedan estar sufriendo sus hijos, todos aquellos padres que se preocupan por los horarios de llegada de sus hijos a casita, y sobre todo, todos aquellos padres que critican la (potencial) violencia machista de tantos hombres, todos aquellos padres, digo, que dicen querer a sus hijos/niños dándoles abrazos y buena educación pero que les ponen en sus manos esa arma nuclear que es un teléfono móvil conectado a todas las imágenes posibles del mundo son unos hijos de puta.

miércoles, junio 07, 2017

Goytisolo

Cuánto amor ha mostrado siempre Goytisolo por África en general y por el norte de África en particular; cuánto amor mostrado hacia el norte de África en general y hacia Marrakech y Tánger en particular; cuánto. Cuánto amor ha destilado siempre Goytisolo hacia la cultura islámica en general y hacia sus amigos islámicos en particular, todos ellos amigos de buena fe, amigos con buena fe. Cuánto amor ha demostrado tener siempre Goytisolo hacia “un lugar”, el norte de África, ese lugar adonde se trasladó a vivir allá por principios de los ochenta; amor inversamente proporcional al que sentía por cierta parte de España, que no por toda ella, aunque también. De hecho, multiplicando el amor que sentía hacia Marrakech por cualquier número Goytisolo dividía por el mismo número el amor que sentía hacia buena parte de España, que no de toda, pero sí hacia aquella a la que consideraba “retrasada”. Cuánto amaba a todo el norte de África y cuanto rencor sentía hacia buena parte de España el bueno de Goytisolo. Cuánto amaba Goytisolo el norte de África y cuánto amaba su cultura que tanto defendió, aunque fuera a costa de que naciera en él cierto desprecio hacia la parte “ignorante” y por ello “retrasada” del país que le vio nacer. Pero el pobre Goytisolo ha muerto. Al parecer tenía pocas últimas voluntades, pero una de ellas la había dejado clara a sus amigos, esos vecinos, amigos y compadres con los que departía a diario allí en esas fantásticas ciudades en las que vivió  y que tanto amó... en el norte de África. Sí, pocas cosas había dejado tan claras a sus amigos, vecinos y compadres como la de que no quería ser enterrado sino incinerado. Así, ser incinerado era una de sus últimas voluntades, quizá la verdaderamente última. Por eso, sus amigos, vecinos y compadres se han pasado su última voluntad por el arco de triunfo y lo han enterrado. Con el mismo ímpetu que Goytisolo dejó claro que quería ser incinerado sus amigos, vecinos y compadres lo han enterrado debido a las creencias de ese país en el que le sobrevino la muerte y de donde son esos amigos, vecinos y compadres que se han pasado por el forro su última voluntad, quizá debido a las creencias de esas ciudades africanas que tanto amaba Goytisolo. Sí, las creencias. 

sábado, junio 03, 2017

Amor

Venía yo de unos esos eventos en los que corresponde felicitar al protagonista te guste o no su producto exhibido mientras todo el mundo sonríe con una copa en la mano. Y cuando digo todo el mundo me refiero, en este caso, a los asistentes de ese particular evento, que como todos los de su especie, tanto propician a todo el mundo, digo, a sonreír con una copa en la mano. Algarabía y mucha aparente alegría, aunque no sé por qué digo lo de aparente. Venía yo de allí, decía, de la inauguración de una exposición de arte, cuando observé de lejos una extraña forma estática que no se correspondía con una figura humana, diría. Estaba lo suficientemente lejos como para no saber de qué se trataba pero lo suficientemente sobrio para intuir qué es lo que podía ser, pero sin verlo claro.

Debido al horario en el que todo esto sucedía no había mucha gente en la calle, no sé, quizá estuvieran cenando, me dije. O quizá sí la había, la gente, en la calle, pero yo no la veía. O quizá se trataba de una percepción provocada por el contraste, quiero pensar, porque podría jurar que la calle se encontraba realmente vacía; y digo contraste porque, como creo haber dicho, la galería de arte se encontraba repleta de gente que sonreía con una copa en la mano. Posiblemente había yo saludado a demasiada gente con una copa en la mano, sonriendo. A gente que con una copa en la mano sonreía.

Así, no sé si la calle estaba vacía o no, aunque creo que sí, al menos eso sentía volviendo de ese evento a una hora en la que todo el mundo debía estar cenando. Así, repito, fue volviendo de ese risueño evento cuando vi a lo lejos esa extraña silueta que no se parecía a la de un ser humano; aunque a lo mejor no sea apropiado hablar de ser humano para hablar de las dudas que tal impávida forma, humana pero no tanto, me provocaba. Porque ¿qué podía ser si no? Era extraña pero no tanto, repito. Era extraña sí, pero a lo mejor no se trataba tanto debido a su forma, que de alguna forma también, cuanto debido a su inmovilidad, a su absoluta inmovilidad.

Había salido de un evento que podría calificar de barroco, de hiperbólico, podría llegar a decir, por lo apabullante de las sonrisas y los saludos histriónicos, cuando, quizá por todo ello, me topara con esa extraña –así me lo pareció- forma que por lo menos me lo parecía de lejos. Extrañeza que seguramente provenía, con toda seguridad, digo yo, de haber vivido hasta hacía unos pocos minutos una experiencia de esas que podría calificar de barroca, si no de hiperbólica. La cuestión es que la calle estaba vacía, creo, y aquella extraña forma a la que me aproximaba me parecía extraña por dos cosas, por lo lejana que estaba en el espacio, el espacio que mediaba entre esa forma y yo mismo, quién si no, y por lo cercana que se encontraba de mi experiencia reciente, la que se había caracterizado por su exceso, por su aceleración, diría.

Cuando me aproximé lo suficiente se despajaron todas mis dudas, pero la calle seguía vacía y no sólo vacía sino incluso silenciosa, podría llegar a decir. Extremadamente silenciosa. Ya lo había avanzado antes cuando decía que estaba lo suficientemente lejos como para no saber de qué se trataba pero lo suficientemente sobrio para intuir qué es lo que podía ser. Y en efecto, algo de eso había, quiero decir, que aún no sabiendo a qué respondía aquella extraña forma, que al menos a mí me lo había parecido, no resultaba en el fondo difícil asociarlo a algo previsible, aunque vagamente. Al fin y al cabo estaba en una calle y no en un desierto. Así que cuando me aproximé lo suficiente descubrí que no se trataba de un espejismo, como podría haber sucedido si en vez de en una calle hubiera estado en un desierto y que se trataba de algo que el fondo era previsible, que lo era, aún cuando mi estado no me lo hubiera permitido admitir hacía un momento. El estado, claro, provocado por una experiencia acelerada, hiperbólica, la que precisamente confiere sentido a hablar de dudas, desconciertos, extrañezas y espejismos.

A unos metros –del bulto- se despejaron todas mis dudas, decía, y aquello que tan extraño me había parecido hacía un momento no era otra cosa que dos personas abrazadas, absolutamente inmóviles. Me fui acercando a ellos mientras ellos permanecían tan inmóviles como lo habían estado desde que me había yo fijado en ellos sin saber que se trataba de ellos, es decir de una pareja de amantes que se encontraban abrazados, amarrados, inmóviles y con los ojos cerrados. El tiempo se había detenido para ellos, de eso no hay duda. El instante para ellos carecía tiempo y de espacio, podría decirse. No estaban allí porque no estaban ni aquí ni allí, que es una forma de estar en el universo cagándose en la muerte.

Pasé junto a ellos mientras permanecían estáticos, extáticamente inmóviles. Los sobrepasé y me volví para comprobar lo que además de previsible era inevitable, diría. Allí seguían abrazados, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte. Llegué a mi casa, me acosté y me dormí. Y allí seguían ellos abrazados, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte.


Así que a unos metros –del bulto-, decía, se despejaron todas mis dudas, y aquello que tan extraño me había parecido hacía un momento era algo verdaderamente extraño: dos personas abrazadas, absolutamente inmóviles, con los ojos cerrados y cagándose en la muerte.

domingo, mayo 21, 2017

Diálogo de ciegos: indignación

Fedro. No vale la pena

Alcibíades. En efecto, Fedro, no la vale

Fedro. En realidad son ya pocas las cosas las que valen la pena

Alcibíades. Estoy de acuerdo, casi todas son, si lo miras bien, poco relevantes y no influyen de una manera drástica en nuestras vidas

Fedro. Poco relevantes, exacto, intrascendentes… ¡pero son tantas que a veces…!

Alcibíades. Cuidado Fedro, que tú mismo has dicho que no vale la pena…

Fedro. Ya, ya, pero cuando hablo contigo me sale ese tono, quizá porque nuestros diálogos se producen siempre en esta cápsula; no sé, sólo es una cuestión de tono

Alcibíades. A mí también me pasa, no lo puedo evitar, pero ya tenemos bastante con las nuevas generaciones, que además de ese tono tienen el mismo cansino discurso de la queja; nosotros tenemos que ser de otra forma, o por lo menos estamos obligados a hacer el esfuerzo de intentarlo

Fedro. Cierto Al, no podemos fruncir el ceño constantemente aun cuando no nos falten motivos… pero estoy ya muy cansado de ellos; están siempre igual y todo lo enfocan desde el victimismo

Alcibíades. Lo entiendo Fedro, nada hay más plasta ahora que un indignado

Fedro. Sobre todo si además es prácticamente solo eso. ¿O acaso crees que es posible la indignación creativa?

Alcibíades. Puede que sea posible, aunque yo creo que existe cierta incompatibilidad, creo que la indignación es un estado “fácil” que se regodea en la queja porque ser víctima te exime de muchas responsabilidades; en cualquier caso, la indignación de ahora no es ni creativa ni propositiva en absoluto. Los mismos que se indignan viven a toda castaña, con sus teléfonos de altas prestaciones, sus redes sociales y sus “me gusta”, que no son otra cosa que el reverso de su falsa indignación. No se puede gustar de tantas cosas si verdaderamente hay motivos para que la indignación evite, por ejemplo, el uso de tantos emoticones

Fedro. ¿Falsa entonces?

Alcibíades. ¿Me tomas el pelo?

Fedro. Bueno, lo digo porque una cosa es que sea pueril y poco productiva, y otra que sea falsa. No creo yo que haya que dar tanta importancia a cosas anecdóticas

Alcibíades. Anecdóticas, ¿Cómo qué?

Fedro. Como el uso de emoticones

Alcibíades. Pues yo creo que resulta más preocupante eso que tú llamas anecdótico que el hecho de que ellos, los indignados “profesionales”, no tengan propuestas de esas que tú llamas creativas. Al fin y al cabo no son políticos profesionales. Pero el uso de compulsivo y reiterado de iconitos predeterminados me parece francamente desolador

Fedro. Pues no sé qué decirte Al, creo que posiblemente exageras una vez más

Alcibíades. ¿Posiblemente?

Fedro. Sí, el uso de predeterminados no es nada nuevo. Y además diría que el lenguaje en sí mismo es otra forma predeterminada y no es más que otro tipo de convención

Alcibíades. A veces me sorprende tu ingenuidad Fedro; sé que responde a un optimismo tuyo innato que yo no puedo compartir; claro que el lenguaje es fruto de una convención pero es infinitamente más complejo que un conjunto de símbolos para perezosos y para gente que precisamente reniega de la creatividad conformándose con lo que le propone la multinacional de turno. El uso constante y reiterado de iconitos para comunicarse denota una estulticia atroz que raya la idiocia

Fedro. Quizá no estés comprendiendo la naturaleza de sus comunicaciones, ni la estés entendiendo desde sus parámetros vitales, tan distintos a los nuestros. A lo mejor cierta condescendencia no estaría de más

Alcibíades. No lo creo. Usan los emoticones para ser más rápidos, más veloces; la comunicación se produce constantemente y a toda velocidad; la velocidad y la aceleración es lo único que les pone cachondos. Lo que les hace sentirse vivos es esa comunicación permanente y además producida a velocidad de vértigo. El lenguaje requiere tiempo y me atrevería a decir que cierto sosiego, y la gente no tiene de lo primero y huye de lo segundo

Fedro. Parece que no estas dispuesto a dar tu brazo a torcer, y yo lo único que buscaba era argumentos para justificar lo que hacen mis hijos

Alcibíades. Peor hubiera sido buscar argumentos para justificar lo que tú haces. Es cierto que no vale la pena indignarse si no hay una propuesta creativa detrás de los argumentos de queja. Tú sabrás qué es lo que quieres hacer con tus hijos, pero creo que solo hay una forma de enfrentarse con ellos: a través de los límites, de la imposición de límites

Fedro. Eso lo sé, querido Al, lo he sabido siempre, pero… son mis hijos y… no sé… Creo que a veces empatizas poco con ciertos...

Alcibíades. Y yo sólo sé que la indignación no es ni creativa ni productiva y que por eso no vale la pena. Sólo creo en la acción individual y en las decisiones individuales radicales

Fedro. Y ahí volvemos a diferir; no creo en las radicalidades


Alcibíades. Yo tampoco si se hace gala de ellas y menos aún si no se hace uso de ellas de forma estrictamente personal 

lunes, mayo 15, 2017

Diálogo de ciegos: la cultura

Alcibíades. ¿Qué piensas de los lemas Fedro?

Fedro. ¿Qué lemas?

Alcibíades. Ya sabes, los populares, los que nos imponen desde las instancias mediáticas

Fedro. Pues en principio que no pueden ser otra cosa que el reflejo del tipo de sociedad que representa el espíritu de nuestra época, pero ¿por qué lo preguntas?, ¿acaso hay alguno que te disturba?

Alcibíades. En realidad todos, querido Fedro, todos, lo que pasa es que hay uno en concreto, quizá por reciente, que me parece reseñable por lo… perverso, aunque esta vez se trata más bien de un lema que lleva asociada una consigna; el lema sería “tú puedes” y la consigna esa que pretende influir en la sociedad hablando de “la cultura del esfuerzo”

Fedro. Caramba Al, lo primero que se me ocurre decirte es que, en efecto, todo suena a muy actual; de hecho te escucho pronunciar esas palabras y me sitúas en la más pura cotidianidad, creo que incluso podría tratarse del lema actual por antonomasia, lo que sucede es que no sé si todos lo entendemos igual; o mejor, lo que no sé es qué pretenden exactamente quienes nos instan a la confianza en nosotros mismos con ese lema…, “tú puedes”, porque por otra parte lo que nos imponen desde las altas instancias mediáticas e institucionales es la gamificación, que podía ser entendida como lo contrario a la “cultura del esfuerzo”

Alcibíades. De nuevo llevas razón amigo Fedro, no había caído en esa pequeña contradicción

Fedro. De pequeña nada

Alcibíades. Cierto, bueno pues entonces reconduzcamos la conversación: ¿cómo crees que cuadra ese lema que implica esfuerzo con esa moda de querer hacerlo todo jugable?

Fedro. Mal, querido Al, muy mal, entre otras cosas porque lo que realmente desea el individuo del hoy es, como digo, entretenerse si no directamente divertirse, por tanto lo que se impone es la gamificación y no la cultura del esfuerzo; así que el “tú puedes” sólo puede asociarse al levantamiento de pesas o al ejercicio aeróbico. No sé si con eso te aclaro las cosas o ratifico tus prejuicios

Alcibíades. Los refuerzas, desde luego, pero no por eso deja de indignarme lo de “la cultu…

Fedro. (Interrumpiendo) Desengáñate Al, esa consigna sólo se usa y sólo adquiere pleno sentido cuando es aplicada al esfuerzo físico y al deporte; solamente. De hecho el esfuerzo como concepto aplicado al aprendizaje está, en la práctica, anatemizado. El desarrollo de la mente ya no importa a nadie. Cuando se habla de esfuerzo sólo se hace referencia a ese que se hace con el cuerpo, ya sabes, el esfuerzo que se requiere para superar eso que está tan de moda en los individuos del hoy: los retos personales…

Alcibíades. Ya, entonces lo que no entiendo es lo que pinta en todo ello la palabra cultura: los retos son personales y el trasfondo es el puro individualismo

Fedro. Bueno, si lo piensas bien el deporte no deja de ser cultura

Alcibíades. Pues yo ahí ya disentiría de tu afirmación porque pienso que la antigüedad nada tiene que ver con nuestro presente; tú estás en tu derecho de idealizar el esfuerzo físico –supongo que en base a otras épocas, creo, los griegos…- pero pienso que asociarlo de forma exclusiva al  deporte es un error sin paliativos. Además a mí no me parece nada satisfactorio el esfuerzo físico. Por lo que a mí respecta el esfuerzo físico que yo me veo en la obligación de hacer por prescripción facultativa no parece que tenga que ver nada con la cultura, y absolutamente nada con el placer

Fedro. Cultura es todo, querido Al, todo, te guste o no. Tu caso personal es irrelevante cuando haces ejercicio en un espacio público. Tú podrás dudar de un grupo grande -aunque abstracto- de gente que magnifica el deporte y el esfuerzo físico, pero tú no dejas de ser cultura cuando te mezclas con ellos en el mismo espacio vital. Es más, no sólo formas parte de esa cultura –la que se manifiesta con todos esos deportistas y senderistas que compartís espacio practicando al unísono si bien por motivos distintos-, sino que la configuras

Alcibíades. Pues entonces te lo diré de otra forma: de veras pienso que el deporte hace tiempo que ya nada tiene que ver con la cultura más allá de poder considerar cultura a todo, es decir a cualquier cosa; yo usaría el concepto de forma más restrictiva, de otra forma no sé cómo llamaría a eso que podemos vincular al conocimiento y la sabiduría; en cualquier caso para mí el único reto posible es no morirme sin haber hecho lo posible por entender algo –de la vida; la adquisición de conocimiento como verdadera fuente de placer. Sin embargo, y al mismo tiempo, considero ciertamente patético al individuo que centra sus tus objetivos vitales en retos como el se correr un maratón o hacer puenting. Y menosprecio a quienes se pasan la vida jugando. Creo que estamos casi en la obligación de disfrutar de todo lo que podamos pero también pienso que no es necesario divertirse para poder hacerlo

Fedro. Pero tienen su derecho…

Alcibíades. No lo dudo, de igual forma tengo yo derecho a menospreciarlos. Aunque no los desprecie. Lo que no tengo tan claro es que querer divertirse eternamente sea una forma madura de confrontación con la vida; más bien pensaría que se trata de una actitud pueril por irresponsable

Fedro. Si quieres que te diga la verdad yo pienso igual que tú. Nosotros nos pasamos la vida instruyéndonos y aunque eso no garantice nada en cuanto a la ética se refiere, lo cierto es que estamos más preparados par el análisis, la síntesis y el razonamiento

Alcibíades. Cierto es que no garantiza nada, de eso ya hablamos el otro día, pero al menos te ayuda a conocerte a ti mismo y eso es un primer gran paso

Fedro. Aunque siempre habrá alguien que te diga que no está de acuerdo


Alcibíades. Pero sólo me importará si me lo dice alguien a quien no menosprecio

jueves, mayo 11, 2017

De la impuntualidad

Esperar no en sí mismo un problema, le dije, lo que me resulta francamente repugnante es esperar a alguien con quien he concertado una cita. Nada hay más despreciable que la impuntualidad, nada más repugnante que esperar a alguien con quien se ha concertado una cita -de común acuerdo- en un lugar concreto a una hora concreta, le dije. Porque esperar es algo normal, de hecho nos pasamos la vida esperando; así, esperar no es el problema. Lo que resulta francamente despreciable es la impuntualidad, como bien sabe Reger, le dije. Como a mí, a Reger le repugnan la impuntualidad. Nada hay más despreciable que quien no se toma en serio las citas, me dijo Reger el otro día. Y es que para mí, como para Reger, la impuntualidad es imperdonable, le dije; la impuntualidad es una absoluta falta de respeto. Si hay algo que no estoy dispuesto a consentir es la impuntualidad. Los impuntuales no son sólo eso, impuntuales, no, la impuntualidad lleva consigo asociadas otras cualidades de calaña parecida pero con repercusiones quizá menos concretas. Los impuntuales son siempre gente a la que les importa muy poco el otro, así pues, egoístas, le dije; los impuntuales no pueden no ser egoístas porque les importa más bien poco el otro, como dejan claro en la misma impuntualidad. No son capaces de darse cuenta que en la espera –en un lugar concreto a una hora concreta- los minutos de espera no suceden en progresión aritmética sino geométrica; no son capaces de darse cuenta que el otro se ha preocupado por ser puntual con todo lo que eso pueda haberle supuesto; no son capaces de imaginar, si quiera de lejos, que el otro puede haber movida cielo y tierra por ser puntual, para ser puntual. Por eso los impuntuales son despreciables, porque además de ser egoístas infligen un mal a aquel con el que han adquirido un compromiso. Los impuntuales son malos, son malas personas, y por eso son despreciables. Sé que hay gente, le dije, que creerá desmesuradas mis opiniones, pero seguramente se tratará de aquellos a los que les importe, y mucho, esperar, que por eso son de los que siempre llegan tarde y creen desmesuradas las opiniones de quienes ven tan despreciable la impuntualidad. Pero después de todo, y precisamente por todo ello, los impuntuales son unos desalmados, unos egoístas, unos canallas, le dije. Siempre habrá quien no le quiera dar tanta importancia a la impuntualidad, pero con toda seguridad se tratará de alguien a quien le importe, y mucho, tener que esperar, que por eso no les importa llegar tarde, siendo impuntuales. Que por eso son impuntuales, es decir, canallas, despreciables. 

lunes, mayo 01, 2017

De niños, adolescentes y adultos

 Ahí están ellos tecleando sus aparatitos con sus veloces y asquerosos deditos. Sentados todos ellos en el banco del parque, concretamente en el situado más cerca de la salida, tecleando sus aparatitos con una compulsión poco propia de seres de su edad. Así, sentados en el banco de forma desordenada pero nada casual, teclean todos ellos sus respectivos aparatitos cogidos con firmeza, con ambas manos diría, y moviendo los dedos a la velocidad de la luz, como si les fuera la vida en ellos, que les va, como puede observarse por la velocidad a la que mueven sus veloces y asquerosos deditos. No se hablan entre sí esos niños que se encuentran en el banco del parque sentados con sus aparatitos, esos aparatitos que miran fijamente como si les fuera la vida en ello, que les va. No hablan, no se hablan, sólo miran hacia sus brillantes aparatitos moviendo sobre ellos sus veloces y asquerosos deditos mientras llega un grupo de adolescentes que decide sentarse en el banco de enfrente. Tras unos instantes de risas los adolescentes toman posición definitiva del banco. Sentados de forma desordenada y sin que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido dar una orden de salida se ponen todos a teclear sus aparatitos con sus dedos asquerosos, dedos que no son ni de niño ni de adulto; dedos que no son como los dedos de esos niños que se encuentran en el banco de enfrente tecleando de forma asquerosamente compulsiva sus aparatitos brillantes; dedos que no son como esos gruesos dedos de adultos que tienen su padres. Resulta francamente repugnante ver a esos niños olvidarse de su infancia mientras se concentran en la luz que despiden sus respectivos cacharros, diría yo. Niños que se han olvidado de sí mismos debido a esos aparatitos que toquetean con sus asquerosos deditos veloces, aparatitos que pronto serán cacharros con bordes descascarillados que irán a parar a la basura después de una vida intensa si es que pudiera hablarse de vida cuando se habla de aparatitos. Resulta francamente repugnante ver a esos adolescentes actuando exactamente igual que los niños que tienen sentados en el banco de enfrente, ese banco que se encuentra junto al Frankfurt que se encuentra a la salida del parque. Adolescentes que se han olvidado de ser adolescentes después de haberse olvidado de haber sido niños mientras toqueteaban unos aparatitos brillantes que manejaban con ambas manos simultáneamente. Repugnante por desolador resulta ver a esos adolescentes toqueteando enfermizamente unos cacharritos mientras se le va la vida en ellos, por ellos a través de ellos, que se les va. Como desolador por repugnante resulta ver a esos niños que hacen lo mismo que esos adolescentes a quienes se les va la vida toqueteando compulsivamente sus cacharritos. No hablan entre ellos, sólo manosean de forma enfermiza por compulsiva esos aparatitos que pronto serán cacharros, diría. Así, mientras no hacen otra cosa, lo que hacen esos adolescentes es mover sus asquerosos dedos a toda velocidad sobre esos aparatitos brillantes que les fascinan. Así, mientras esos adolescentes no hacen otra cosa que mover a toda velocidad sus asquerosos dedos mientras se les va la vida en ello, que se les va, los niños del banco de enfrente no hacen otra cosa que mover sus asquerosos y veloces deditos sobre esos aparatitos brillantes por los que se les va la vida, que se les va. Allí están, junto a la salida del parque, sentados de forma desordenada y nada casual, un puñado de adolescentes que no hacen otra cosa que lo que les apetece, que es precisamente lo mismo que hacen esos niños que se encuentran sentados en el banco de enfrente que se encuentra situado a la salida del parque junto al Frankfurt. Niños que no hacen otra cosa que lo que les apetece: mover sus asquerosos deditos compulsivamente sobre unos aparatitos brillantes sumamente parecidos, si no iguales, a los que poseen sus padres, quienes habitualmente mueven sus dedos veloces, pero no tanto, pero sí más gruesos y por ello más asquerosos, sobre unos aparatitos brillantes, diría, que recargan todas las noches junto a la cama, en la mesita de noche. Así, esos niños que se olvidan de ser niños mientras hacen lo que hacen sus padres -siendo niños que no hacen otra cosa que manosear esos cacharritos como lo hacen sus padres, que recargan esos cacharritos todas las noches junto a su cama-, esos niños, digo,  no hacen otra cosa que lo que hacen sus padres, padres que con sus gruesos y patéticos dedos no hacen otra cosa que manosear sus aparatitos brillantes cogidos firmemente con las dos manos. Moviendo sus gruesos y asquerosos dedos a toda velocidad, que es una velocidad patética, como si les fuera la vida en ello, que les va, mientras se les va la vida en ello, que se les va. Y así Ad libitum.


sábado, abril 29, 2017

Diálogo de ciegos: la maldad

Diálogo de ciegos: la maldad

Fedro. ¿Eres del todo sincero cuando asocias la estulticia a la ignorancia o se trata de una exageración retórica?
Alcibíades. Absolutamente, ¿acaso he bromeado yo alguna vez en asuntos como éste?

Fedro. Ya, pero no sé… dados los tintes de la conversación…
Alcibíades. Perdona amigo Fedro pero que la conversación fuera distendida debido a que no estuviéramos tú y yo solos no significa que dejara de ser serio todo lo que en ella se decía. Y lo digo tanto por lo que yo pude decir como lo que pudiste decir tú o lo que pudo decir Cacícles o Ariadna o su hermana. No creo que nadie dijera nada que no pensara de verdad.

Fedro. Bueno, pues ahora que estamos solos he de decirte que me pareció fuera de tono tu afirmación; creo que resulta exagerado si no injusto, que hablaras de la estulticia como efecto de la ignorancia
Alcibíades. No es eso lo que dije exactamente

Fedro. Exacto, tú no hablaste sólo de estulticia sino que llegaste más lejos y usaste el concepto de maldad
Alcibíades. Lo que yo dije es que la ignorancia tarde o temprano acaba recurriendo a la maldad en ese sujeto que necesita posicionarse… vamos, que recurre a ella para amortiguar el horror verdadero que hay en ese “vacío” que llamamos ignorancia.

Fedro. ¿Y no crees que eso es injusto? Nosotros no podemos juzgar a los individuos por sus conocimientos, estaríamos cayendo de alguna forma en la defensa de un tipo de eugenicismo y eso no es propio de ti querido Al. La vida es rica precisamente gracias a la diversidad
Alcibíades. Quizá lleves razón en lo que de pueda considerarse injusto, pero no por eso dejo de creer en mi argumento, el que por otra parte no pretende ningún tipo de limpieza social, sólo señala un problema asociándolo a una causa, y le pone nombre a esa causa

Fedro. ¿Argumento, problema? Pero si tú eres precisamente un defensor de la “diferencia”, así que resulta menos comprensible ese desprecio hacia una mayoría, esa que consideras ignorante
Alcibiádes. Y por ello, mala

Fedro. Eso es lo que trato de discutir, me parece que vas demasiado lejos
Alcibíades. Lo que me preocupa, quede claro, es sólo esa parte de ignorantes que lo son por elección –y diría que por vocación-, y no esos que lo son sin posible remedio

Fedro. Pues eso ya lo pudiste dejar claro el otro día en el debate
Alcibíades. No estoy de acuerdo, no hubiera cambiado en nada ninguna posición de nadie

Fedro. Puede, pero no habrías dado esa imagen tan reaccionaria, sobre todo porque siempre has sido tú, como digo, quien ha observado la “igualdad” como un imposible y la “desigualdad” como lo único posible
Alcibíades. Es claro que la ignorancia existe sólo porque existe el saber y viceversa; sabemos ambos que un concepto no es posible sin su antónimo; es más, sabemos ambos que en la dialéctica es donde se encuentra la razón de ser de las cosas, pero eso no me impide elaborar ciertos argumentos llamémoslos actuales, sincrónicos. No creo que en la actualidad debamos pensar en los mismos términos que cuando no existía Internet. Pero por volver al asunto: Incluso la misma “igualdad” adquiere su sentido pleno y último ante la existencia del concepto “diferencia”

Fedro. Puede, precisamente por eso yo puedo afirmar, y no me faltará razón, que no todos tienen que ser sabios para poder alejarse de la maldad. Sería una barbaridad pensar que todos los ignorantes son malvados
Alcibíades. Malvados no, pero sí malos, al menos de alguna forma en algún momento

Fedro. ¡Como los sabios, no te fastidia! A mí me parece una barbaridad lo que dices
Alcibíades. Pues te lo voy a intentar decir de otra manera: los sabios que hacen el mal no son malos sino malvados y por ceñir el asunto: la ignorancia es una condición tan terrible que exige al sujeto que la posee un mecanismo de defensa, un mecanismo de defensa que no atenderá a la ética si en ello le va el no poder defenderse

Fedro. ¿Y?
Alcibíades. Pues que es esa exigencia la que hace de ese sujeto un ser malo. Y un ser malo, no lo olvides, es según definición “sólo” quien causa un mal. La diferencia con el ser malvado se situaría en que este último sería quien hace deliberadamente el mal

Fedro. Vale, pero insisto: eso que llamas “mecanismo de defensa” no es otra cosa que un mecanismo de defensa legítimo del débil
Alcibíades. Débil muchas veces porque quiere. Muchas… yo diría que casi todas. Y yo, tal y como afirmé el otro día, digo que quien le ofrece un teléfono móvil a un hijo de 11 o 12 años es un ser malo y su maldad deviene en última instancia de su ignorancia supina<<<<<<, o dicho de otra forma, su maldad es evitable

Fedro. ¿No crees entonces que existan otros parámetros que podrían amortiguar la sentencia? No sé, la coyuntura misma del presente continuo… La tecnología es imparable
Alcibíades. Decididamente no. Ese vacío cargado de horror que conlleva la ignorancia sólo conduce a que, más tarde o más temprano, emerja la maldad. Ofrecer una conexión ilimitada con el mundo a los 11 años a través de un dispositivo que llevan encima todo el día es darle a ese niño un arma nuclear. La tecnología es como cualquier otra cosa, un concepto neutro que adquiere sentido(s) a partir, primero de lo que entendemos por ello, y segundo del uso que le damos a partir de ese entendimiento. ¿Ves como todo es en última instancia una cuestión de conocimiento? Quien no lo posee no tiene herramientas para…

Fedro. ¿No serás tú…?
Alcibíades. Noooo, más bien al contrario; todo depende del uso, nunca del artefacto. Y por otra parte sólo me queda abundar en lo que el otro día me tenía enfrentado a todos los contertulios: un niño no es más que un niño, un ser crudo, un ser haciéndose si quieres, un ser extraordinariamente frágil, como por cierto lo es en igual medida -solo que de otra forma-, un adolescente

Fedro. Pues anda que los adultos…
Alcibíades. (Cortanto) ¡Ese es el problema! Que los adultos, no siendo niños, son malos cuando se afanan por permanecer ignorantes; un adulto permanentemente enganchado a su dispositivo es un ser ridículo además de un irresponsable; un niño de 11 años permanentemente conectado al mundo es un ser crudo recibiendo “información” que muchos adultos no serían capaces de asimilar, o que incluso les podría afectar seriamente aún suponiéndoles ciertas dosis de conocimiento; porque la afección es algo que –existiendo al margen del conocimiento y la razón- entra por el ser y lo configura ¿O acaso no somos los adultos el producto de todo lo que nos afectó cuando éramos niños lo recordemos o no? Pues muy sencillo: una conexión permanente al mundo de un ser –sobre todo si se trata de un niño, de un ser haciéndose- multiplica por millones sus posibilidades de ser afectado, negativamente, se entiende. Tampoco sólo se trata de lo que pueda hacerse con el artefacto sino de lo que se deja de hacer cuando se vive permanentemente conectado a él

Fedro. Creo que magnificas el asunto del conocimiento
Alcibiádes. Esa es la clave, amigo Fedro, y llevas toda la razón. Sé que resulta peligroso magnificarlo porque no es "la" solución, pero dadas las circunstancias creo que se trata de la mejor solución a este problema –entre otros- aún cuando en realidad diste mucho de ser perfecta. De todas formas, y por volver al tema que causó tanta polémica en nuestro debate, creo que quien permite a un niño estar permanentemente “conectado”-colgado- al mundo es una mala persona

Fedro. No estoy muy de acuerdo contigo
Alcibíades. Muy gracioso lo del “muy”

Fedro. En cualquier caso no estoy muy de acuerdo contigo

domingo, abril 02, 2017

La retórica de Eloy

En retórica oratoria pueden distinguirse dos corrientes de filiación (y de actuación) con sus respectivos grados, como ya se advirtiera en el tratado Sobre lo sublime (de pseudo-Longino) que tanto éxito tuvo en el siglo XVIII: por una parte se encontraría la representada por los seguidores de Apolodoro, que sostendría que en el arte de la oratoria se podían fijar principios de valor científico, tales como la persuasión ejercida por medio de la palabra, que debía ser usada de la forma más racional posible, con el apoyo de los hechos y apartándose de toda posible ilusión o sugestión que pudiera propiciar el embelesamiento, la exaltación y el éxtasis. Y por otra estarían los seguidores de Teodoro, que asignarían un papel predominante a la pasión, a la parte afectiva e irracional del alma humana, al sentimiento que irrumpe al margen de toda razón que ya no se conforma con la persuasión y pretende el éxtasis.

Puede que uno de los filósofos vivos más importantes del mundo sea actualmente Antonio Escohotado, un perfecto representante del pensamiento que se forja sobre el uso del verbo y el sustantivo como instancias de conocimiento en su sabia conjunción, evitando en la medida de lo posible toda adjetivación y reduciendo al mínimo la adverbiación. De la misma forma, o por ello mismo, su oratoria sería una perfecta muestra de retórica a la manera de Apolodoro. Sobriedad, elegancia, empirismo y racionalidad llevados a un tipo de argumentación que no hurga en las emociones del espectador, sino que más bien al contrario le insta a esa misma sobriedad y racionalidad.

Respecto a su faceta de orador, que es la que aquí nos ocupa y no otra (que daría para largo), puede decirse lo que puede comprobarse en muchos de los vídeos colgados en la plataforma youtube. Yo he tenido la paciencia de verlos/escucharlos todos, lo que sin duda ha servido, entre otras cosas, para potenciar -en perfecta avenencia con la memoria- mis conocimientos adquiridos en la lectura de sus libros. Los he visto todos aun cuando una de las dos facetas de Escohotado como pensador me interese mucho menos que la otra, porque en efecto son dos las vías de análisis/investigación/pensamiento por las que el filósofo/historiador se ha instalado en la elite del pensamiento mundial. Salvo alguna veleidad científica y asumiendo el reduccionismo que todo resúmen conlleva estas dos vías serían, por una parte el asunto de las drogas y por otra el del comunismo como forma opuesta del liberalismo económico. (En este sentido los que a mí me han parecido más interesantes con diferencia son los que hacen referencia a su obra magna, Los enemigos del comercio: https://youtu.be/bU04v-RBXAw).

En cualquier caso revisitar alguno de esos vídeos (que no son más que conferencias en las que se le ha requerido para hablar de esos dos asuntos sobre los que es un auténtico especialista) resulta sumamente instructivo en la medida en la que eluden la síntesis consuetudinaria para ofrecer al espectador una síntesis creativa, es decir, una síntesis que aun teniendo de referencia el asunto por el que ha sido requerido Escohotado acaba organizando una charla con un cierto nivel de autonomía temática. Escohotado sabe, como buen orador, que la gracia no puede estar en el resumir 14 años de investigación, sino en las distintas formas de contar el asunto, de expresarlo.

Pero por volver al asunto inicial: si podemos afirmar que Antonio Escohotado es, desde luego, un orador inspirado por Apolodoro, podemos también afirmar que su compañera de mesa -en ése otro vídeo sobre el tema de las drogas: https://youtu.be/x5ys77hquMM-, Fernanda de la Figuera, es una oradora inspirada por Teodoro. El primero usando la contención, la mesura y la precisión en el uso de datos, y la segunda usando la exaltación para apelar a las emociones y los afectos.

¿El resultado? Pues dependerá de para quién. Como siempre. A mi juicio Escohotado logra transmitir una credibilidad absoluta con independencia de que se pueda estar o no de acuerdo con lo que en última instancia podrían ser considerados juicios personales (que se encontrarían en otra dimensión de los argumentos más vinculados al empirismo de los hechos, que por otra parte llevan el peso del discurso), pero de lo que nadie puede dudar es de la ingente cantidad de conocimientos que posee, los que precisamente le permiten expresarse con esa serenidad que relega los adjetivos y con los que evita la exaltación.

Fernanda de la Figuera, sin embargo, no hace otra cosa que apelar a los afectos y la emociones. Su discurso es un grito y su argumento la queja y el lamento, e incluso el insulto. De tal forma que su oratoria acaba produciendo, a mi juicio, (y como yo no soy Escohotado y sí gusto de los adjetivos) un discurso vacío, hueco, inconsistente, pueril e incluso burdo y en definitiva zafio, histérico, grosero. Así es como ver este vídeo, que contiene intervenciones de ambos ponentes, puede resultar instructivo para todo aquel que quisiera ver con claridad la diferencia entre los dos tipos de oratoria, la inspirada en la razón y la inspirada en las pasiones.

Pero como decía más arriba estas conclusiones son, sólo (?), el producto de mi juicio particular, que no tiene por qué coincidir con el de otros espectadores. Es más que posible que quien decidiera ver los vídeos aquí comentados -y linkeados- pueda llegar a otro tipo de conclusiones, algo que no me sorprendería demasiado a tenor de la respuesta que en vivo y en directo recibieron dichos ponentes a lo largo de sus intervenciones. La respuesta del público ante las intervenciones de Escohotado fue el silencio casi sepulcral, sin embargo ese mismo público interrumpió a Fernanda con vítores y aplausos en varias ocasiones.

¿Qué puede querer decir esto? Lo que en principio se me ocurre no es más que lo que la videncia señala: que a los espectadores de esas ponencias les ponía cachondos la exaltación de Fernanda aunque la base de su burdo discurso (más allá de la vehemente defensa de un amigo suyo injustamente condenado por la Justicia) fuera extremadamente… populista. O precisamente por eso, por tratarse de un discurso netamente populista su entidad y su forma no pudo ser más que burda.

De tal forma se manifestaba la catadura intelectual de ese público asistente (público eminentemente joven). Un público que se quedaba aplatanado ante el exhaustivo y explícito Conocimiento que ni poseen ni desean poseer (porque en todo caso no lo necesitan para quejarse) y que sin embargo empatizaba con un discurso fundamentado en los gritos histéricos de una mujer que carecía de argumentos (porque tampoco los necesitaba para seducir a los ya de por sí tendentes a la exaltación debido precisamente a su falta de Conocimiento).

Post Scriptum. Por cierto, es precisamente Escohotado quien en su magna Los enemigos del comercio (3 tomos) hace un preciso análisis del concepto Comunismo y por extensión también del Populismo. Como también lo hace José Luis Pardo en su Estudios del malestar, uno de los mejores ensayos publicado en estos últimos años. No apto, por supuesto, para amantes de la queja y la adrenalina.