jueves, diciembre 31, 2009

España

Llega el final del que fue nuevo año y la televisión exacerba lo que antes se condensaba en un programa de Informe Semanal. Ahora llega el final de año y todas las cadenas de televisión se pasan el día, qué digo el día, los días, haciendo resúmenes de lo que el año ha dado de sí. No hay programa que se resista a hacer un resumen de lo que el año ha dado de sí. Todas las cadenas recordándonos, a través de todos sus programas, todo lo que el año ha dado de sí. Recordándonoslo a toda hora. Todos los presentadores de todos los programas nos recuerdan, con una sonrisa realmente indecente, todos esos acontecimientos ocurridos durante el transcurso del año que valen la pena recordar. Todos nos anuncian primero, con una sonrisa estúpida, lo que van a hacer: recordarnos todo lo que el año transcurrido ha dado de sí. Y después nos lo recuerdan. Centrándose, naturalmente, en los deportes. Todos los programas de televisión han reservado, durante varios días, un espacio para recordarnos a los espectadores todo lo que vale la pena recordar del año transcurrido. Dando una importancia especial a los deportes. Y sobre todo a los éxitos del deporte español. Todos los días nos recuerdan lo que ya el día anterior nos recordaron, que no es otra cosa que lo que vale la pena recordar de lo acaecido en este año que acaba. Todos los días, pues, nos recuerdan, entre otras cosas, las hazañas del deporte nacional. Todos los programas hacen sus particulares resúmenes de lo que creen que se necesita recordar, que es, precisamente, lo que en su momento más tiempo acaparó en todos los medios de comunicación. Nos recuerdan, por tanto, lo que no dejaron nunca que olvidáramos porque, al parecer, vale la pena recordar: aquel accidente, aquella riada, la muerte de aquel personaje, la historia de aquella violación y, cómo no, los triunfos de todos los deportistas españoles, tanto los individuales como los grupales, tanto de los que juegan en equipos nacionales como de los que lo hacen en equipos extranjeros, tanto de los que están muy fuertes como de los que son muy rápidos. Todos los días, todas las cadenas de televisión, nos recuerdan, a toda hora, lo que vale la pena recordar del año que acaba. Y lo hacen, como no podía ser de otra forma, a través de un presentador que con una sonrisa de gilipollas nos insta a recordar todo lo sucedido en ese año que aún no hemos podido olvidar. Es la semana de los resúmenes, es la semana infecta de los resúmenes; es la semana de los resúmenes infectos, resúmenes que parodian en grado sumo la táctica de todos los programas de televisión durante todo el año. Sobre todo la de los telediarios, que son el máximo exponente de la seriedad y el rigor. ¿Que no? Desde hace un tiempo, los programas de televisión, y en especial los telediarios, no son sino apologías del resumen: comienzan siempre con un resumen de aquello de lo que van a hablar, un resumen de las noticias del día, pasan a la publicidad, retoman las noticias tal y como las dieron en el resumen, dicen poco más y dan paso de nuevo a la publicidad, pero no sin antes hacer un pequeño resumen de lo que falta por mostrar, sobre todo lo de los deportes, regresan, ya, con los deportes, que ya ocuparon la mitad del resumen general, ocupan la mitad del informativo y dan paso a la publicidad para que el hombre del tiempo llegue y haga un resumen de lo que ha dado de sí la climatología.

lunes, diciembre 28, 2009

Belén Estéban

La fisiognomía es una pseudociencia que pasó a la historia. Quizá demasiado pronto: me apena que la fisiognomía se encuentre tan desprestigiada simplemente por el hecho de no haber podido sobrepasar el estatuto de “pseudo”. En fin, yo, que soy francamente asocial, disfruto con los prejuicios que me proporcionan los análisis de los rostros que me rodean.

Desde la etimología puede decirse que la función de la fisiognomía es juzgar la naturaleza. De esta forma la fisiognomía del rostro sería esa disciplina periclitada que juzga el carácter o la personalidad de un individuo a través del rostro. En cualquier caso habría mucho que decir respecto a la correlación de la ciencia con la estadística. Para mí, desde luego que no existe fundamentación empírica al respecto, pero no puedo evitar el dejarme llevar por la impronta, que no se fundamenta tanto en las propias facciones como en los ligeros movimientos que ejecutan los pequeños músculos de la cara que circundan a nariz, boca y ojos.

Como yo me planteo el concepto desde el punto de vista etimológico se me orilla el problema del posible estatuto científico; yo sólo quiero juzgar, o mejor, prejuzgar la naturaleza. Si la fisiognomía sirvió a la policía del siglo XIX en sus investigaciones criminalísticas, ¿por qué no puede servirme a mí para formarme un prejuicio; un prejuicio que desemboque en un posible conocimiento? Siempre que he tenido oportunidad he visto a Belén Estéban en la pantalla, y siempre me he quedado embobado. Nunca me ha defraudado. No sé exactamente cómo podría denominarse tal perversión, pero no me importa tenerla si sé que al fin y al cabo puedo controlarla. O no, que no sé. Bueno, al menos no me importa cómo puede llamarse tal perversión. El caso es que cuando se anuncia una aparición de ella en pantalla ahí estoy yo. Para intentar saber; para intentar conocer las causas por las que Belén es tan querida y requerida. Para mirarla, prejuzgar e intentar saber.

Las caídas de ojos de Belén son antológicas. Nadie tuerce la cabeza como ella. Su mueca de asco (no siempre ejerciendo de asco) haría las delicias del famoso Bertillon (el investigador criminalista). El dominio de sus cejas desconcertaría al mismísimo Della Porta. Los casi imperceptibles movimientos de los músculos circundantes al labio inferior son de un creativo exultante. El dominio de su acartonado labio superior sólo puede ser posible después de mucho tesón y de mucha práctica. La flexibilidad de sus párpados superiores es casi inhumana. Y la pasividad de los inferiores es sólo una trampa para despistar. En fin, si Lavater levantara la cabeza la convertiría en la nueva musa de la Ciencia. Y si la levantara Jesucristo, Belén sería su Magdalena, para que diera la cara por Él. Después está su voz, tan acorde a todos esos gestos expresivos; su modulación, tan perfectamente acoplada a su (no) mirada; su timbre, tan coherente a las formas de su(s) nariz(ces). Y luego, su discurso, tan… tan…, cómo decirlo, tan adecuado a la suma de todo lo descrito, tan adecuado a su supuesto cerebro, que lo hay, aunque no sepamos en qué medida. ¿Cómo voy a pensar, por tanto, que su cerebro nada tiene que ver con todo su rostro y con sus formas fonéticas? Imposible. Para mí, el rostro no es el espejo del alma; es el complemento del cerebro. El cerebro necesita de un determinado rostro para expresarse así como el rostro va conformando los misterios del cerebro.

Como bien sabe el lector más informado Belén Estéban se acaba de operar la cara. En su primera aparición Belén nos ha intentado tranquilizar a todos sus seguidores con la exclusiva (bien cobrada): “me he operado la cara, no el cerebro”. La frase, ahora sí, le ha salido del alma (que es su bolsillo), que no del cerebro, que anda mareado y confuso ante el cambio. Según mi teoría, la vinculación entre cerebro y rostro es tan inevitable que sólo puede pasar una cosa, que su rostro vuelva a ser, poco a poco, el mismo de antes. Para evitarlo pudo haberse operado también el cerebro, pero Belén nunca lo creyó necesario porque nunca dudó de él. Dos o tres minutos más en el quirófano habrían bastado para retocar su anoréxico cerebro, pero su gran personalidad y su elevada autoestima sólo le hacían dudar de de su rostro. Yo, en cualquier caso, ya no sé qué pensar de Belén en este impás circunstancial, pues lo que a mí me gusta es juzgar la naturaleza y yo ya no veo naturaleza alguna en su expresión, sino un anuncio. Un anuncio de muerte.

viernes, diciembre 25, 2009

Grupos de presión

Los llamados grupos de presión son, en principio, conjuntos de personas que se agrupan para luchar a favor de algo o de alguien. Dicen tener objetivos concretos vinculados a un compromiso y la lucha es su marca de identidad. Y es la lucha debido, precisamente, al sentimiento victimista que prevalece en todo presionador enfurruñado; debido a su sentimiento de confrontación ante lo hegemónico. Por tanto, rectifico: los grupos de presión son conjuntos de personas que se agrupan para luchar en contra de algo o de alguien, porque la lucha es su marca de identidad; su única forma de entender los medios respecto al fin.

Así, podría afirmarse que aquello que los presionadores profesionales se encuentran en primera instancia es con subidones de adrenalina. Con independencia de lo que pretendan. Los subidones que por ejemplo proporciona todo enfrentamiento organizado contra lo hegemónico. Los subidones que proporcionan la lucha contra el poder (por el poder) y el resentimiento, la ira o la venganza disfrazados de reivindicación. Los actos bondadosos no producen subidones de ninguna clase; no hay adrenalina en el acto solidario. Es la lucha lo que realmente les pone cachondos a los presionadores profesionales. Por lo que cabría dudar de si los subidones salen a su encuentro (con independencia de sus fines) o de si verdaderamente son su fin primero. (No tengo duda de que el fin primero de un nacionalista, vasco por ejemplo, es el subidón de adrenalina que le proporciona formar parte de un colectivo con el que comparte ese subidón).

Los grupos de presión están conformados por conjuntos relativamente pequeños de personas que sin embargo poseen una fuerza descomunal*. Son el resultado, una vez más, de la más sofisticada forma de censura, la Corrección Política, tan protectora ella, no tanto de los necesitados como de los quejicas. Gracias a la Corrección Política, la Cultura de la Queja ha conferido un poder brutal a los llorones resabiados. Las minorías victimistas se aprovechan del estúpido sentimiento de culpa de gran parte de los componentes del grupo hegemónico.

Y aunque todos los grupos de presión son políticos no todos se dedican a la política estrictamente hablando. En cualquier caso, los grupos de presión sueñan todos con poder imponerse al “otro” (su inventado enemigo en la mayoría de los casos) al que odian. No defienden unos intereses concretos, sólo pretenden consumar la revancha. No es la independencia lo que pretenden los nacionalistas radicales, sino la anulación (o la aniquilación) del “otro”. Porque en la Era del Miedo lo que se impone es el Odio y en la Era del Miedo las mayorías están muy mal vistas ya que, por hegemónicas, son consideradas tiranas y despóticas. El complejo de culpa debilita tanto…

La diferencia entre unos grupos de presión y otros radica en su capacidad de incidencia sobre el debilitado Estado. Por ejemplo, en política, un puñado de radicales del norte que apenas tienen representatividad en el Estado Español, tiene sin embargo sobre él una incidencia formidable. Y eso, repito, careciendo su voz de eco en la inmensa mayoría del pueblo que lo rechaza: es sabido que los medios en su conjunto no apoyan a esos radicales del norte y sin embargo estos han ya conseguido que incluso comunidades sin intereses nacionalistas reales tengan un estatuto preparado para odiar al “otro” (la Valenciana y la Andaluza). Y han conseguido también que los dos grandes partidos nacionales se rijan por el mismo miedo y la misma ansiedad. Los grupos de presión nacionalistas carecen de objetivos reales más allá de considerar un objetivo la misma queja, la misma demanda, el mismo odio, la misma avaricia, la misma paranoia, el mismo sentimiento revanchista, vengativo. Por lo que nunca podrá satisfacérseles con absolutamente nada. Su bulimia es atroz a la vez que sistemáticamente incurable. Los nacionalistas se nutren del miedo que imponen a un grupo que es inmensamente más grande que él. No deja de ser curioso, además de significativo que sea en los terrenos más nacionalistas donde más representatividad tienen las consignas de los Estudios Culturales y de toda la Cultura de la Queja.

*Nota. En el post precedente hacía referencia a la controversia surgida a partir de un artículo de Enrique Lynch. Tal fue (supuestamente) la polémica que suscitó que hubo de echar mano de la Defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, que a su vez publicó un artículo para hacerse eco de esas voces que se habían sentido ofendidas por Lynch y por el editor que permitió su publicación. Éstas fueron sus palabras para justificar su presencia en la Tribuna y su necesidad de expresarse en el periódico: “El artículo de Enrique Lynch Revanchismo de género, publicado el pasado martes ha roto, sin embargo, cualquier precedente en la expresión de malestar. Su contenido ha causado tal conmoción que ya en la mañana del viernes esta Defensora había recibido más de 60 quejas y múltiples llamadas desde todos los rincones de España. Y, al cierre de este artículo, continúo recibiéndolas”.

Así pues, el artículo de la Defensora se hizo NECESARIO porque el citado artículo de Lynch había “causado tal conmoción que ya en la mañana del viernes esta Defensora había recibido más de 60 quejas y múltiples llamadas desde todos los rincones de España”. 60 personas de entre cincuenta millones de personas. Grupos de presión.

martes, diciembre 22, 2009

Feminismo y ética (II). La significación de un lapsus

Para iniciar la lectura de este texto debería conocerse la polémica que surgió a partir de un artículo que Enrique Lynch publicó en El País. El filósofo venía a expresar en él que mucho de lo que se propone como feminismo no es más que un conjunto de actitudes que muestran, antes que otra cosa, un espíritu revanchista. Como era de prever, se lo están comiendo por los pies. Y dadas las reacciones ante la publicación, muy probablemente el editor del periódico se plantee la posibilidad de no reincidir en este tipo de manifestaciones en el futuro. Sobre todo si confirma que hacer uso de la libertad de expresión le genera más problemas que beneficios. Y así es como empieza siempre la autoimposición de la más estricta y encubierta censura del hoy: la Corrección Política. Y es así como la Corrección Política va ganando aún más terreno, si cabe.

Hay que reconocer que no resulta fácil ser imprevisible en lo que a opinión se refiere. De hecho apenas hay nada en prensa que lo sea. No se trataría tanto de situarse en un bando o en otro respecto a una u otra ideología. Eso no tiene ningún mérito por mucho que se expresen opiniones aparentemente atrevidas. De lo que se trata es de opinar libremente sobre aquello que está inmisericordemente controlado por los grupos de presión. Ahí es donde hace falta demostrar valor. De hecho, una vez entran estos grupos en acción (cuando surge la polémica) el problema deja de ser lo dicho (la misma opinión) y se centra en el hecho de si debió decirse; en el hecho de si se debió evitar que se dijera, que se publicara. Y entonces, y sólo entonces, es cuando con la Iglesia topamos, amigo Sancho. Con el artículo en cuestión ha pasado exactamente eso: la opinión de Lynch puede resultar controvertida en sí misma, pero la cólera que ha suscitado ha devenido tanto del propio texto como de la permisividad del editor en su publicación.

Tengo para mí que además de haberse metido en arenas movedizas Lynch ha incurrido en un típico error metodológico cuando se tratan estos temas: haber entrado a bocajarro. Un error o un acierto, según se mire, porque después de todo no se necesita más, para un artículo de opinión, que decir lo que se piensa sin necesidad de andar con circunloquios justificativos. Por lo que podría considerarse un acierto si lo medimos por su capacidad de incidencia. En todo caso, más que un error o un acierto podría ser entendido como un acto de valentía, es decir, un acto de inconsciencia. De hecho, no hay más que echar una ojeada a mi anterior post para saber que, o bien yo soy un analítico impenitente o bien soy un cobarde. O ambas cosas. Me pasa por creer que si hubiera abordado el tema sin tanto prólogo habría fracasado ante los más obcecados, que son precisamente aquellos a los que fundamentalmente me dirijo. Imagine el lector que hubiera dicho algo así como que “ciertas manifestaciones populares resultan representativas del verdadero sentir del genérico de las mujeres (feministas por derecho y deber y no necesariamente numerarias) y delatan sus verdaderas y aviesas intenciones”. Y que por ello considerara rápidamente que “el humor zafio de esas mujeres que como feministas actúan no puede ser más que la evidencia o la prueba de que lo que quieren no se encuentra en reivindicación alguna, sino en cosas como el odio, la venganza, la ambición…”. Imagíneselo el lector.

Respecto a las reacciones suscitadas por el artículo de Lynch, aquí el título de las tres respuestas con más visitas en Internet: “Imbéciles sin fronteras: Enrique Lynch”, “el machista resentido o el linchador resentido: Enrique Lynch” y “Según Enrique Lynch el feminismo provoca violencia de género”. El revuelo, como no, puso en marcha enseguida a la Defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva, con la entradilla: “Lectoras y asociaciones de mujeres recriminan a EL PAÍS haber publicado un artículo que culpa a las mujeres de la violencia machista”. Así pues, si alguien quisiera guiarse por lo publicado en Internet para saber de la noticia se encontraría abrumado por las entradas de quienes discrepan del artículo y de quienes por discrepar lo rechazan categóricamente.

Respecto al artículo en sí, la cuestión radicaría en si lo que Lynch dijo promueve y alienta la violación de los derechos humanos, tal y como afirman las ofendidas. Dice Pilar López Díez, doctora en Ciencias de la Información y (según ella) experta en Comunicación y género: “Creemos que, de la misma forma, quienes dirigen los medios deben ser exquisitamente exigentes y rigurosos en la selección de los artículos a publicar, especialmente aquellos que transmiten opiniones que pueden promover y alentar, en individuos peligrosos, la violación de derechos humanos de las mujeres tan fundamentales como el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad y a no ser sometidas a tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Lo que no deja de resultar curioso, pues lo que Lynch considera es, precisamente, que una cierta manera de entender el feminismo puede promover violencia contra la mujer. Y la doctora añade en otro momento: “Los argumentos, aunque fáciles e intelectualmente muy limitados, no dejan de ser peligrosos respecto al grave problema del que hablamos porque da una pátina intelectual a las posiciones más groseras del más burdo machismo”. Para no agobiar al lector con más citas, sólo decir que la conclusión que más claramente puede extraerse de las entradas más activistas de Internet es que nunca debió publicarse el artículo. Por tanto, como era de prever, el problema se extendía más allá de la opinión y abarcaba la consideración de la oportunidad de su publicación. O sea, la censura.

He aquí algunos matices que pudieran servir para situar mejor la polémica. Y para ello quizá sea necesario acudir al leitmotiv del artículo de Lynch, que no es otro que el eslogan publicitario que reza: "De todos los hombres que haya en mi vida ninguno será más que yo" (cuyo comentario dejo para otra ocasión). Lema-slogan que TODO EL MUNDO “CONOCÍA” YA (incluso antes de su creación y difusión), pues bajo mi punto de vista, se trata de un slogan que todas las mujeres tienen asimilado implícitamente a través de todas las conculcaciones explícitas de otros cientos de slogans similares.

Lo que Lynch dice al respecto es que los tiempos verbales de la redacción muestran el carácter revanchista, carácter que según el filósofo se habría evitado con los tiempos en pasado ("De todos los hombres que hubo en mi vida ninguno fue más que yo"). Afirma además que con el slogan “el Ministerio de la Igualdad, aconseja (a las mujeres) imponerse a sus futuros hombres” y que, por todo ello “parece jalear la guerra de sexos, como desde hace décadas hace el feminismo mal encarado, según la pauta de lo que Nietzsche llamaba "moral de la víctima". Y después afirma (y éste sería el verdadero fin último de la opinión de Lynch, aunque todas las feministas lo hayan ignorado en sus críticas) que “la relación entre hombres y mujeres- que es de una enorme complejidad, sino que subsidiariamente no ha hecho sino aumentar de forma alarmante la tasa anual de actos de violencia machista al lanzar a las mujeres al choque con machos ignorantes y brutales, hombres que -nunca olvidemos esto- han sido gestados, amamantados, criados y formados por mujeres”.

Hasta aquí los hechos. No va a ser éste un buen momento para analizar los argumentos de Lynch. Como tampoco lo va a ser para discutir acerca de la oportunidad de su publicación, que para mí es incuestionable. Lo que sí me parece interesante resaltar son los argumentos, no tanto de quienes desacuerdan con el artículo cuanto de quienes se han mostrado claramente en contra de su publicación. A lo mejor, en el análisis extraemos alguna conclusión interesante. Para ello vamos a acudir al artículo que pocos días después se publicó en la misma sección de El País y que firmaba, nada más y nada menos, que la Defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, ya citada, y que venía a solidarizarse con todas las voces que consideraron un error la publicación del artículo. El texto de la Defensora está estructurado a base de fragmentos escogidos de todos esos lectores que se han quejado de los (“no”) argumentos de Lynch. Debemos por tanto suponer que de entre la (supuesta) avalancha de protestas recibidas, ha escogido los mejores razonamientos, ya que el fin último de Milagros es, en efecto, cuestionar la oportunidad de la publicación del artículo de Lynch.

El lapsus. Por lo tanto, de todos los textos recibidos, la Defensora ha elegido los que consideró más pertinentes, oportunos y representativos de un (supuesto) amplio sector (que supuestamente se manifestaba en la queja). Así, recorto y pego un fragmento de su artículo sin recorte alguno:

“Resulta difícil resumir en un artículo como éste el contenido de un centenar de cartas con diferentes argumentos, pero este párrafo de Gemma Fernández expresa bien el sentir de la mayoría: "¿Temen los hombres a las mujeres sin miedo? Vivimos en una sociedad en la que EL PAÍS y el resto de medios gozan de libertad de expresión. De la misma manera que su diario no sirve de plataforma de difusión de las ideas contenidas en los artículos que publican en Gara militantes de la izquierda abertzale, por ejemplo, me disgusta ver que se ofrece como trampolín de las ideas retrógradas y confundidas de Lynch. Sólo el título ya deja sentir una incomprensión de la realidad y un punto de partida funesto, equivocado, manipulado". "¿Hubieran publicado ustedes un artículo de Josu Ternera a favor de la violencia de ETA? No lo creo", insiste Antonia Moreno, profesora de Lengua y Literatura en Asturias. Parecidos argumentos desgranan la escritora Alicia Miyares, la profesora de la Universidad Complutense Almudena Hernando o Ángeles Álvarez en nombre de diversas organizaciones feministas: ¿publicarían un artículo de un neofascista que dijera que los judíos fueron culpables de su persecución; de un racista que justificara la superioridad de los blancos por la conducta de los negros, o de un miembro de Al Qaeda que justificara el terrorismo islamista?, insisten”.

No sé si después de esto haría falta comentario alguno. Aunque en el fondo creo que sí hace falta comentario, pues el artículo se publicó en El País y nadie dijo NADA. Así, la comparación que se usa en la queja es la figura retórica del argumento a la contra: lo que un hombre pueda decir es equivalente a lo que pueda decir un abertzale, un etarra, un neofascista, un racista o un terrorista. Ruego a los lectores que relean el fragmento de la Defensora. Es decir, el argumento de la queja no se centra en el propio texto de Lynch, sino en la naturaleza (en este caso, el género) del escritor. ¿No es eso lo que se ha hecho en la queja: comparar lo que pudiera haber dicho un terrorista o un racista con lo que pudo decir (y dijo) un hombre, con independencia de que su opinión fuera discutible? Lynch NO es a priori, en ningún caso, ni un racista ni un etarra ni un terrorista; es un hombre que se expresa con independencia de que su opinión pudiera ser discutible. Ahí tenemos el verdadero problema: la criminalización del género. Nadie puede opinar sobre el tema si no es para decir lo que previsiblemente debe ser dicho. Pero mucho menos si quien lo dice es un hombre.

Nota. Dejo al lector la capacidad de discernir acera de lo que la experta en Comunicación y Género, Pilar, llama individuos (hombres) peligrosos cuando se refiere a (supongo que) algunos lectores de El País. Esos individuos que por leer artículos como éste podrían violentar “los derechos humanos de las mujeres”. Individuos que podrían ser muy malos, no tanto por su maldad intrínseca cuanto por haber sido influidos a través las opiniones vertidas en un periódico que además de leer todos los días les sirve como referencia en sus actos.

jueves, diciembre 17, 2009

Ética y feminismo (I)

1.- Lo bueno. “Bueno es lo que sabemos con certeza que nos es útil”, dice Espinoza. Así, dos partes en el mismo aserto, la que reivindica un conocimiento previo (acerca del término bueno: “sabemos con certeza”) y la que propiamente define el término bueno ofreciéndole un significado (bueno es “lo que nos es útil”). La primera, “sabemos con certeza”, presupone a su vez dos premisas: que todos sabemos lo mismo y que por ello la parte segunda del aserto es incuestionable: que bueno es lo que nos es útil. O mejor: como todos lo sabemos, bueno es lo que (sabemos con certeza) que nos es útil.

La definición de Espinoza es, pues, utópica. Porque presupone que todos sabemos y además con certeza; es decir: porque presupone la sensatez en todas las personas. Y como sabemos (ya) gracias al último Nobel de la Paz, la maldad existe. En un arranque de buena voluntad Espinoza cree (¿) que toda la humanidad es sensata, o sea, cree que todos y cada uno de los individuos tienen la facultad para juzgar correctamente en circunstancias cotidianas y prácticas de la vida. Y yo, sin embargo, creo que (todos) sabemos que no es así. Si la maldad existe es porque no todos somos sensatos. Bueno no es, pues, lo que nos es útil, o al menos no puede ser sólo eso.

El problema podría quedar aparentemente solucionado si cambiamos el adjetivo por el sustantivo. La Verdad poco tiene que ver a veces con lo verdadero, como la Belleza poco tiene que ver con lo bello. Los predicados son perversiones lúdicas del lenguaje. Bondad sería el carácter de quien se esfuerza en realizar el bien al otro, en ser bueno con los demás, en evitarles sufrimientos. Y con esta definición sí estaría plenamente de acuerdo.

A una sociedad descreída pero consumista como la nuestra le interesa creer en definiciones como la de Espinoza. De hecho, lo que se lleva inculcando a los niños y adolescentes desde hace años es un individualismo feroz. El nihilismo de la juventud de hoy en día (tan comentado en este blog y denominado nihilismo cachondo) no es más que el producto de una máxima, la que reza que bueno es lo que es bueno (útil) para cada uno. Otra cosa es que sepamos o no en qué consiste ese nihilismo, que desde luego se manifiesta tanto en la pasividad ante el ordenador como en la rabia ante el cambio climático.

En realidad pudo decirse que “si algo es útil sólo cuando lo es para alguien, sólo será verdaderamente útil si además de procurarle un provecho, nadie sale perjudicado ante tanta utilidad”, por lo que bueno es lo que procura provecho y aproxima a la felicidad, pero sin detrimento del "otro".

Puede decirse que, en términos genéricos, un problema es la dificultad que uno tiene ante sí mismo; la dificultad que tengo ante mí mismo. Por tanto si le hago frente y me distingo del problema puedo cercarlo y afrontarlo. Otra cosa sería que el problema fuera yo mismo, con toda mi totalidad y todo mi ser. Entonces y sólo entonces el problema sería real. Y podría dar lugar a un individuo poco sensato que NO supiera distinguir la verdad de la mentira o la bondad de la maldad. Un individuo peligroso por poco sensato. O malvado por insensato. Si la maldad existe, existe la bondad, por lo que si alguien hace algo sólo porque le es útil ese alguien no se encuentra necesariamente vinculado a la bondad (aunque posiblemente sí a lo bueno). Es más, ese alguien puede estar haciendo algo sumamente útil para un colectivo mientras causa tremendos e irreversibles perjuicios en otro. Porque el problema se encontrará, muy probablemente, no tanto fuera de él como en él mismo. De hecho, si éste tuviera que definir el término bueno lo haría de forma muy aproximada a Espinoza, pero si tuviera que definir el concepto bondad se le caería de la boca.

La bondad sería, de esta forma, lo que se emparenta con la benevolencia, el bien, la virtud, la verdad y lo que se opone a la maldad, la mentira y otros términos unidos por proximidad, como la crueldad, la venganza, el odio. Y bueno, con independencia de utilidades, no sería lo que es bueno para uno, sino lo que también es bueno para aquellos sobre los que actúa (directa o indirectamente).

2.- El pasado. Yo no soy responsable de lo que hizo mi abuelo, ni de lo que hizo mi padre. Puedo sentirme afectado por ello, pero no responsable. Y mucho menos culpable. El pasado de mis antepasados no puede ser, por tanto, mi norma sobre la ética y la justicia. El pasado debe ser un referente para la sociedad, pero no una norma. Que para eso estamos los seres civilizados. El individuo del presente continuo no es responsable de lo que hicieron sus antepasados, aunque sí debe ser sabedor de lo que hicieron para no incurrir en sus defectos y poder ahondar en sus virtudes. El pasado es “sólo” la dimensión del tiempo transcurrido. Y la Historia ya no es “la presentación del Espíritu en su esfuerzo por adquirir el saber de lo que él es en sí […]. La historia es la manifestación del proceso divino absoluto del Espíritu” (Hegel). Ya no. Desde que ha triunfado el espíritu necrofílico de la posmodernidad (muerte del Arte, de Dios, de los Grandes Relatos, de la Novela, de la Historia…) la Historia no es Una sino un número indeterminado de historias.

Por otra parte, la Historia sería para la humanidad lo que la memoria para el individuo. Bergson hace distinción entre dos tipos de memoria, la memoria-hábito (conjunto de automatismos) y la memoria verdadera, vinculada al recuerdo en cuanto tal. Y el recuerdo no es más que aquello que viene a la mente por estar relacionado con un momento del pasado. Cada cual, pues, tiene su particular historia basada en los recuerdos que le advienen espontanea o voluntariamente. Y cada cual tiene una percepción de la Historia Universal con independencia de que se sienta o no atañido por ella. Por lo que cada cual atiende a ese cúmulo de historias considerándolas, antes que nada, cosas del pasado, con independencia de que actúe o no en función de sus conocimientos sobre ese pasado.

De esta forma, sólo el sujeto del presente continuo podrá ser el único responsable de todas las actitudes que lo definen en el mismo presente continuo. O por decirlo de otra forma, yo puedo sentirme afectado por ciertas acciones infames que otros infligieron a parte de la humanidad en el pasado (en la medida en la que esas acciones de otros han configurado partes negativas de mí), pero no por ello tendré que sentirme responsable de esas acciones. Y menos aún culpable. En ningún caso considero a los sacerdotes contemporáneos culpables de los crímenes producidos por la Inquisición, por mucho que no sea de mi agrado el estamento eclesiástico. E incluso considerando, en todo caso, que hay motivos más que suficientes para encontrarse enemistado con gran parte del Clero actual. O mejor, aún cuando yo fuera un decidido conservador, nadie podría hacerme sentir responsable de los crímenes que mi abuelo cometió en nombre de los nacionales.

El pasado es una referencia obligada que debe servir para mejorar el presente, pero más allá de nuestro pasado inmediato (¿), los sujetos de ese presente no somos responsables de los males con los que se fue configurando el mundo tiempo atrás (males que conocemos a través de la Historia) El presente es lo opuesto al pasado y al futuro; es lo que existe en el momento en que se habla. Y la educación del presente, podrá estar influida (tanto para lo positivo como para lo negativo) por tiempos pasados, pero en cualquier caso no somos responsables de esos tiempos pasados.

Yo no soy responsable de lo que hizo mi abuelo, como tampoco soy responsable, como fotógrafo, de los actos infames que pudieran cometer lo fotógrafos que decidieran cometer actos infames. Ni de las canalladas que cometen algunos profesores, segmento del que formo parte; ni del asesinato que mi hermana ha cometido.

3.- Humor. El sentido del humor es algo que no todo el mundo posee. Es más, al sentido del humor le pasa lo que al sentido común: que casi todos creen tenerlo. Y más ahora, cuando Internet ha conseguido que todos tengan un sentido del humor fotocopiado: las mismas gracias, los mismos tics, las mismas muletillas, los mismos chistes, la misma actitud, los mismos temas. Qué increíblemente aburrido resulta lo gracioso del hoy.

El problema surge cuando se exige complacencia y ¡sentido del humor! respecto al (tipo de) humor que al parecer demanda el espíritu de nuestra época; o cuando ese sentido del humor se convierte en una obligación social. Entonces el sentido del humor es desesperante, porque depende de lo que debe resultar gracioso por Ley. Y en esas estamos.

La Gracia es una cualidad relacionada con lo agradable o con el encanto. La Estética así lo atestigua a través de su categoría, lo gracioso, cualidad que se manifiesta a través de formas o movimientos agradables que expresan el encanto de las cosas. Hay pocos seres verdaderamente graciosos en su expresión. Ni siquiera los cómicos son muchas veces graciosos. Porque una cosa es lo cómico y otra lo gracioso. Una cosa es que podamos decir que alguien es cómico que decir que es gracioso. Una cosa es divertirse y otra disfrutar. Lo gracioso presupone la sutileza y la inteligencia, lo cómico sólo evidencia rotundidad.

En cualquier caso, el sentido del humor es ajeno al hecho de lo que uno es, pero no a cómo percibe la realidad. Es decir, uno puede carecer de virtudes cómicas y tener sin embargo un gran sentido del humor. El sentido del humor es una respuesta no una propuesta. Y no hay sentido del humor allá donde la respuesta es obligadamente uniforme respecto a una única propuesta.

4.- Cuatro. 1.Tenemos que aceptar que las cosas no son siempre como nos gustaría. Tal vez nunca. Lo cierto es que el mal existe porque nosotros existimos. Y la voluntad ética de los actos no siempre congenia con la ética de sus consecuencias. O por decirlo en términos actuales: el buenismo no siempre genera consecuencias buenas o útiles. De este modo alguien puede estar haciendo algo sumamente útil para un colectivo mientras causa tremendos e irreversibles perjuicios en otro. Lo que podría dar lugar a un individuo poco sensato que NO supiera distinguir la verdad de la mentira o la bondad de la maldad. Un individuo peligroso por poco sensato. Por no contemplar directamente la posibilidad de la maldad; la de hacer el mal (siendo cruel o vengativo) a conciencia debido, por ejemplo, a un simple resentimiento. Cosa que sucederá, con toda probabilidad, cuando el problema se encuentre no tanto fuera de él como en él mismo. 2.Yo no puedo responsabilizar a la etnia gitana del asesinato de mi hermano, siempre y cuando la propia etnia no lo justifique y reivindique. Nadie puede vivir odiando a alguien (persona o colectivo) por las maldades que cometieron sus antepasados. Se puede, eso sí, enfrentarse a los descendientes de esos antepasados si estos justificasen el mal realizado en nombre del clan, la tribu, la etnia o la estirpe. 3.Lo gracioso no puede fundamentarse en el odio como no puede fundamentarse en los desfavorecidos. Un sentido del humor que se basa en la violencia, la soberbia, la prepotencia o el odio y cuyo único fin es la venganza (por ejemplo) es un sentido del humor que huele a azufre. Si algo da cuenta de cómo es una sociedad es su sentido del humor. Así, analizando la respuesta mayoritaria que se da ante lo que se propone como gracioso, sabremos cómo es una sociedad. Y qué es lo que pretende.

5.- La Guerra. Texto extraído de un mensaje mandado masivamente por Internet. Uno de los cientos de mensajes graciosos con los que, a diario, se intenta luchar contra la discriminación de las mujeres.

1. Cuál es la diferencia entre disolución y solución? Disolución: Meter a un hombre en una bañera con ácido. Solución: Meterlos a todos.
2. Qué diferencia hay entre un vibrador y un hombre? Que el hombre tiene tarjeta de crédito.
3. Qué hace el hombre después de hacer el amor? Molesta.
4. Por qué Dios primero creó al hombre y después a la mujer? Porque los experimentos primero se hacen con ratas y después con personas.
5. En qué se parecen los hombres a los caracoles? En que son babosos, tienen cuernos y se creen los dueños de la casa.
6. Por qué los chistes de mujeres siempre ocupan 2 líneas? Para que los entiendan los hombres.
7. En qué se parecen los dinosaurios a los hombres inteligentes? En que los 2 se extinguieron.
8. Cómo elegirías a los 3 hombres más tontos del mundo? Al azar.
9. Por qué son mejores las pilas que los hombres? Porque al menos tienen un lado positivo.
10. En qué se parece un hombre a una telenovela? Justo cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes, el episodio se acaba.
11. Qué tienen en común los aniversarios de boda, el punto G y un inodoro? Los hombres no aciertan con ninguno.
CONCLUSIÓN: El 99% de los hombres les da una mala reputación al resto.
CHISTE FINAL: Dios llama a Adán y le dice: tengo una noticia buena y una mala. 'La buena primero', contesta Adán. Dios responde: 'te voy a hacer 2regalos, un cerebro y un pene'. 'Fantástico, y la mala?''No tienes suficiente sangre para hacer funcionar los 2 al mismo tiempo'.

Decididamente no tengo sentido del humor. Algo que descubrí siendo adolescente, cuando comprobé que no me hacían gracia nunca las bromas pesadas ni los chistes fáciles.

miércoles, diciembre 09, 2009

Periodismo degenerado

Definitivamente tenemos a los políticos que nos merecemos. Y lo que resulta igual de significativo y preocupante: tenemos también a los periodistas que nos merecemos. No sé dónde habrán aprendido la profesión la mayoría de ellos, lo que sí sé es cómo la practican: con el culo apretado. No me canso de repetirlo, lo que caracteriza a los políticos, a los periodistas y a los profesores universitarios es el miedo con el que ejercen su profesión. O dicho de otra forma, lo que les caracteriza es la forma con la que ejercen una profesión que se encuentra regida por el miedo. Un miedo que induce a la miseria. Un miedo que conduce a la miseria. Miedo o pusilanimidad, que tanto monta.

Llevamos muchos años educando a las nuevas generaciones a partir de un relativismo mostrenco. Y antes de continuar debo aclarar que los verdaderos problemas que cuenta una crítica al relativismo se encuentran en aquello en lo que coincide con la misma derecha política y con el pensamiento popular más reaccionario. El relativismo, es cierto, es la verdadera cuartada política que ha usado la Izquierda para imponer el mal de nuestra época, la Corrección Política. Pero, por otra parte, no es menos cierto que el relativismo es también la diana de las críticas de todos aquellos cuyo único fin es conseguir el poder para imponer su ideología de Derecha. Así, repito, el gran problema de la crítica al relativismo se encuentra en los compañeros de viaje.

Dicho esto, tendría que matizarse el término en cuestión. Y para ello habría que empezar por distinguir tres tipos de relativismo en función de su referente: el relativismo cognoscitivo (que atañe a la verdad), el relativismo ético o moral (que atañe al bien) y el relativismo estético (que atañe a la belleza). Respecto a este último poco hay que decir más allá de considerarlo pionero en lo que respecta a su imposición: lo que le sucede ahora al concepto de verdad, controlado por la Corrección Política, le sucedió a la belleza hace 250 años, cuando el concepto fue controlado por los nuevos ricos. Y respecto al relativismo ético sólo decir que, como veremos, depende en gran medida de relativismo cognoscitivo.

Uno de los fundamentos de todo relativismo es, valga la paradoja, el de esquivar o ignorar muchos principios lógicos. Porque de eso mismo se trataba exactamente: de eliminar el prejuicio de la lógica. Y es de esta forma que el relativismo desprecia, por ejemplo, el principio lógico que reza que si existen dos teorías contradictorias entre sí no pueden ser ambas verdaderas. Entre otras cosas porque piensa que no hay teoría que pueda considerarse verdadera. Para el relativismo cognoscitivo la verdad es una construcción social, como lo son los propios hechos, los acontecimientos. En efecto, los posmodernos, sobrevenidos de estructuralismo, dudan de la realidad porque dudan de la existencia de los hechos. Para ellos los hechos son sólo en función del lenguaje, de la convención; el resultado de un constructo. Así, la noticia no es la consecuencia del hecho, sino que es la noticia la que conforma el hecho. Con este escepticismo epistemológico extremo nos gobiernan los políticos, no enseñan los catedráticos y nos muestran la realidad los periodistas.

Hace unos días sucedió un hecho, hecho del que supimos a través del periodismo. Un hombre había violado vaginal y analmente a una niña de tres años, además de infligirle dolor a través de golpes y quemaduras. Su usaron expresiones como “desgarro anal y vaginal” en casi todos los titulares. Los hechos, como siempre, fueron incontrovertibles, sin embargo el periodismo barato (que viene a ser la práctica mayoría) dejó de hacer lo que el verdadero periodismo reclama por encima de cualquier otra cosa: fijar el hecho. Y se dedicó a crear la noticia, esto es, a re-crear la realidad. Habrá quien se conforme con denunciar estos abusos del periodismo cotidiano, pero bajo mi punto de vista lo importante sería conocer las causas de esta rampante degeneración. En este sentido, y después de mi prólogo, no deberíamos extrañarnos que los periodistas re-creen la realidad, pues se les ha conculcado desde los medios, desde las universidades y desde los gobernantes que la realidad sólo existe en función de la re-creación. Así y sólo así pueden hacer lo que mejor se les está enseñando a los jóvenes de hoy en día: des-responsabilizarse de sus opiniones. Porque no existiendo los hechos puede considerarse que todo es opinión y por tanto pueden des-responsabilizarse de ella, cosas de la libertad de expresión tal y como la entiende una mayoría. Y aunque no se des-responsabilizaran daría lo mismo, pues el relativismo ha conculcado la idea de que todas las opiniones valen lo mismo. Y cuando todo vale lo mismo, ya se sabe, nada vale nada.

Repetimos: Hace unos días sucedió un hecho, hecho del que supimos a través del periodismo. Un hombre había violado vaginal y analmente a una niña de tres años, además de infligirle tortura a través de golpes y quemaduras. Su usaron expresiones como “desgarro anal y vaginal” en casi todos los titulares. Los hechos, como siempre, fueron incontrovertibles, sin embargo han tenido que pasar uno días para que nos enteremos de que los hechos fueron, efectivamente, incontrovertibles: una niña murió. Y las causas de la muerte de la niña nada tenían que ver con la violencia del hombre acusado. El hecho que se produjo no fue, pues, la violencia de género, como se vino a asegurar desde casi todos los medios, sino la muerte de una niña de tres años. El hecho incontrovertible no fue lo que se recreó en forma de noticia, como nos quisieron hacer creer los del culo apretado (ya fueran políticos, profesores universitarios, periodistas, feministas o ciudadanos sin adscripción). Una noticia que ha generado otro hecho también incontrovertible: el hombre falsa e injustamente acusado ha adelgazado 10 kilos y se encuentra en tratamiento psiquiátrico con el fin de salvar su vida de una peligrosa depresión.

Puede también decirse que lo que falló no es sólo la noticia, sino el sistema de valores que proporciona un determinado entendimiento de la profesión periodística. La des-responsabilización es un acto eminentemente infantil y el infantilismo es el signo más representativo de la actual sociedad. La inmadurez no es más que un estado que consiste en combinar una renuncia con una reivindicación; la renuncia al esfuerzo que supone el acceso al conocimiento y la reivindicación del juego como forma de vida.

Toda re-creación es un juego y nada gusta más a los posmodernos y a los ignorantes (cada grupo por causas distintas) que el juego que deviene de descreer de los hechos. Por lo que contamos ahora con una sociedad supuestamente adulta que es, antes que otra cosa, infantil, ludópata. Enferma. Y todo sin olvidarnos de que quien filtró la noticia sabía que la sociedad está ávida de explicaciones rápidas. Las noticias se consumen con la misma avidez y voracidad que un Big Mac. Y por tanto hay que generar noticias incluso allá donde no se produzcan hechos; hay que dar explicaciones rápidas incluso allá donde aún donde no se haya fijado el hecho. La cuestión es lo que queda de todo esto y lo que queda (tanto para los que han seguido el desarrollo de los acontecimientos, pero sobre todo para los que sólo oyeron la noticia en su momento) es, “nuevo caso de violencia de género” y “desgarro anal y vaginal a una niña de tres años”. El relativismo ético (que crea la noticia amorfa) es, pues, una consecuencia del relativismo cognoscitivo (que cree que la realidad es un constructo).

lunes, diciembre 07, 2009

Autómata

No en todo momento, supongo, pero creo que soy un autómata. Podría hacer extensiva esta duda respecto al resto de los seres humanos, pero no me atrevo. Es decir, podría afirmar que los seres humanos somos autómatas la mayor parte de nuestras vidas, pero no me atrevo siquiera a sugerirlo por miedo a que la gente me malinterprete. Por eso digo que yo, a veces, quizá demasiadas, creo que soy un autómata. Hago lo que por inercia tengo que hacer y lo hago como quien lo hace por inercia. Nada que ver con la posibilidad de estar predestinado, ni con la cuestión del libre albedrío. Es más, el automatismo, al menos tal y como aquí lo entiendo, reivindica al sujeto como ser real y niega que su existencia dependa de algún complicado constructo lingüístico.

No, mi automatismo es más bien de índole interpretativo. Siento que represento, quizá en demasiadas ocasiones, un papel. De hecho, cuando me alejo de mi mismo para observarme, me disgusto. Y me soporto con dificultad. Prefiero por tanto alejarme de mí mismo lo menos posibles aun cuando sé que se trata de un ejercicio sano y necesario. La cuestión es tener consciencia de que, como al alimón decían Samuel Becket y Buster Keaton, ser es ser percibido. Algo que, en caso de que fuera cierto, no deberíamos pasar por alto a la ligera. De hecho, el tan extendido miedo “al otro” tan propio de las civilizaciones religiosas o decadentes no es más que la representación del máximo exponente del miedo: el miedo a uno mismo. El problema de los fundamentalistas y de los buenistas es que jamás toman distancia para verse a sí mismos. Los primeros por su necesidad de coquetear con la maldad y los segundos por sus incondicionales adhesiones a la estupidez. A propósito, no está de más recordar que el verdadero peligro se encuentra, tal y como avisaba el economista Cipolla (Las leyes fundamentales de la estupidez humana), en los segundos. Contra los primeros cabe la fuerza moral, contra los segundos no hay quien pueda. Nada hay más peligroso que un autómata estúpido.

Resulta difícil discernir entre el automatismo obvio y el encubierto, pero en cualquier caso se encuentran ambos presentes en el sujeto de forma simultánea o alternada. Cuando creemos no representar un papel lo que hacemos es, sencillamente, representar otro. Y sin desdoblarse, o sea, sin necesidad de dejar de ser uno mismo. Porque, como digo, no es una cuestión del ser sino de representación del ser.

Hace unos cuantos años trabajé, ¡necesidades mandan!, como una especie de guía cultural de la Fundación Bancaja. Cada exposición, lógicamente, conllevaba la elaboración de un discurso que debía repetir ad-nauseam a montones de grupos de gente. El discurso era siempre el mismo salvando esas pequeñas diferencias que se improvisaban en función del matiz de un recuerdo. Pero esa diferencia nunca era significativa respecto al conjunto del discurso.

En este sentido yo era un autómata. Un actor al que la gente observaba y escuchaba. Ante este tipo de situaciones tan propias de la dramaturgia, lo normal es pensar que los espectadores son entes individuales que se comportan y responden de forma individual. Nada debería hacernos pensar que la percepción de cada oyente particular pudiera encontrarse misteriosamente conectada a todos los demás oyentes hasta el punto de hacer coincidir sus percepciones. O por decirlo de otra forma, nadie tiene derecho a dudar de la particularidad de cada individuo respecto a su sentido de la percepción; nadie tiene derecho a dudar del particular sentido de la percepción de cada individuo. Así, si ser es ser percibido, cada uno me percibía dentro de sus propios y particulares parámetros de percepción. Así, cada uno me percibía “a su manera”. No tengo, repito, derecho a pensar otra cosa. No tengo derecho a pensar, por ejemplo, que todos me percibían de la misma manera.

La cuestión es que gracias a esa experiencia repetitiva comprobé que las cosas no son ni tan fáciles ni tan sencillas. Yo, como digo, repetía el mismo discurso a todos los grupos, sin embargo puedo asegurar que yo no era percibido, después de todo, por la suma de individuos, como la lógica indica, sino por el conjunto. No era percibido por la suma de las individualidades de todos y cada uno de los sujetos, sino, más bien, por el conjunto compacto. Era, en definitiva, percibido colectivamente. Yo repetía el mismo discurso todos los días y sin saber por qué la respuesta era siempre e indefectiblemente una respuesta de conjunto; una respuesta que variaba con cada grupo, pero que no dejaba de ser una respuesta cohesionada. Por decirlo de otra forma: mi mismo discurso no siempre funcionaba de igual manera; o mejor, mi mismo discurso funcionaba de manera muy distinta en según qué grupos. No había forma de que fuera de otra forma. Y mi desasosiego era real porque no conocía los motivos. Había días en los que la respuesta del conjunto era evidentemente interactiva y otros días en las que me parecía estar hablando a un muro de hormigón.

Ante tanta cuita, las casualidades de aquella época me hicieron coincidir en el mismo restaurante, y además mesa con mesa, con dos integrantes del grupo Tricicle y con un tercer personaje del que nada sabía. Coincidimos en uno de los restaurantes donde hacen las mejores paellas valencianas del mundo. Y no se trata de una percepción sólo mía, habida cuenta de la ampliación de local que los dueños se han visto obligados a hacer en función de la desmesurada demanda. Los de Tricicle confesaban a su amigo la perplejidad que experimentaban ante un hecho que para ellos carecía de explicación: nunca sabían cómo iba a reaccionar el público en sus representaciones. La reacción, decían, es siempre imprevisible y no responde a parámetros que puedan ser calculables o que puedan tener una explicación. “Haces lo mismo todos los días -decía uno de ellos-, pero ya desde el principio notas cuándo la sesión va a funcionar y cuándo no. Haces lo mismo siempre, pero ya desde el primer minuto percibes si va a ser de esos días en los que la gente parece predispuesta a la risa o por el contrario va a ser de esos días en los que nada va a funcionar hagas lo que hagas. Es un misterio para el que aún no hemos encontrado explicación”.

¿Será cierto, entonces, que dependemos de los otros, no tanto para poder ser cuanto para poder ser de una determinada manera? ¿Es ser de una determinada manera lo que nos hace ser? ¿Es verdad que sólo podemos ser de la determinada manera con la que nos perciben los otros? La cuestión es que si aceptamos que resulta difícil la comunicación debido al hecho que sólo somos nosotros mismos cuando somos percibidos y además somos percibidos de una determinada manera con independencia de nuestra voluntad, sólo cabe admitir que además de autómata soy idiota en mi esfuerzo de querer comunicar una idea concreta.

domingo, diciembre 06, 2009

De una experiencia estética (Las lágrimas de Eros)

Nada hay más inevitable que los prejuicios. De hecho, como ya aseguraba Platón, “nuestro conocimiento depende de una reminiscencia”.

Lo que yo particularmente colijo de la inevitabilidad de la existencia de los prejuicios es, precisamente, la nula necesidad de tener que confirmarlos cuando se es consciente de ellos. Habrá, en todo caso, quienes deduzcan de esa inevitabilidad todo lo contrario, es decir, la necesidad de tenerlos que confirmar. Mezclando, así, el prejuicio con el deseo. Lo que les sucede a quienes, por ejemplo, ven la última película del director de cine que tanto odian esperando que no les guste.

Cuando fui a ver la exposición Las lágrimas de Eros lo hice esperando la decepción. Y, posiblemente, fue por ello que pude disfrutarla. Y la disfruté aún a pesar de corroborar todos esos defectos por los que previsiblemente no debía gustarme. O mejor dicho, la disfruté por gustar de las consecuencias de esos, en principio defectos.

Me explico. Podría decirse que la exposición era presumiblemente conservadora. Pues bien, puedo asegurar después de verla que, efectivamente, es sumamente conservadora. Pero los motivos por los que no ha sido más transgresora no me han importado ante el conjunto orgánico de la selección. Es cierto que pudo incluirse algún elemento que sirviera de contrapunto a tanta armonía, serenidad y equilibrio, pero he de reconocer que el conjunto se habría resentido y habría dado lugar a otro tipo de propuesta. Seguramente más parecida a todas esas propuestas posmodernas que pretendiendo abarcar el todo acaban proyectando una gran nada. Así pues, conservadora, pero coherente.

El otro factor que previsiblemente debía ser disuasorio no sólo no lo fue, sino que acabo siendo la clave del disfrute estético. Porque, en principio, ¿qué interés podía tener ver obra de Amaury-Duval, Elihu Vedder, Blondel, Wellens de Cock, Furini, Regnault, Rixens, Lefebvre o Lévy-Dhurmer? Pues, a priori, posiblemente muy poco. Si bien pensado, ¿no pudo ser ese exactamente el motivo de interés de esta muestra? Sin duda, como así ha resultado ser después. Y no tanto por cuestionar el canon cuanto por complementar el conocimiento estético. De hecho, es este tipo de obras de artistas menores las que se suelen de alguna forma ignorar cuando teniendo poco tiempo en la visita a un Museo se acaba uno dedicando a aprovechar el tiempo con las obras maestras.

En cualquier caso se trata de dos cosas distintas: no es lo mismo situarse ante la obra de unos artistas cuya calidad puede asociarse a la serie B que situarse ante unos artistas que simplemente fueron anulados por ese sentido revolucionario que ha reivindicado siempre la Historia del Arte. Es decir, no es lo mismo situarse ante pinturas hechas antes del nacimiento de la Historia del Arte (siglo XVIII), cuando el criterio estético se fundamentaba en la maestría y la excelencia, que hacerlo ante pinturas juzgadas por un criterio mucho más etéreo, más inefable (a partir del XVIII), esto es, mucho más divertido.

En este sentido, he de reconocer que me ha atrapado la obra de Jan Wellens de Cock aún cuando se trata de un artista evidentemente menor respecto a los que representan “mejor” su momento histórico. Y digo reconocer porque presumiblemente los artistas de serie B suelen tener un interés, digamos que subsidiario, complementario. Su cuadro Las tentaciones de San Antonio (1520), sin embargo, tiene algo de subyugante al tiempo que algo de turbador, quizá como los Brueghel más oníricos pero sin su aspecto rústico. El horror sufrido por el San Antonio de Wellens de Cock queda acentuado por el tremendo verismo que comporta la estilización manierista de los cuerpos de las mujeres. Valga la paradoja. En efecto, las mujeres de estas tentaciones, aún encontrándose deformadas por el manierismo nórdico, resultan más reales que las más esquemáticas de su predecesor El Bosco y añaden además morbo a la representación, un morbo que seguro no pasó desapercibido a El Greco más asceta y místico. Al lado de este cuadro se encuentra el de de Cèzanne, que me sume en el más profundo sopor. Con esas pinceladitas cortas y pretenciosas. Demasiado moderno para mi estado de ánimo. Cuando un moderno quiere practicar un simbolismo pictórico lo que hace es, generalmente, el ridículo.

La Historia del arte, siempre tan atenta a los inventos y a las ocurrencias, se despreocupó bastante de todos esos pintores que no podían desprenderse tan fácilmente de la tradición. Y encumbró a otros que no sabían lo que era una veladura. No siempre se equivocó a la hora de hacer su canónica selección, pero desde luego no siempre acertó (al menos a partir del siglo XX). Tan claro es que la tradición no puede ser un obstáculo, como que la transgresión tampoco debe serlo. En cualquier caso, los pintores de la escuela de Barbizón, así como sus sucesores los impresionistas, fueron los niños mimados del XIX desde el punto de vista retrospectivo. Y así, todos los artistas que no se atuvieron a la tabula rasa fueron ninguneados y rechazados por blandos, académicos y rancios.

En este sentido, resulta curioso en extremo que sean los académicos los que mejor han quedado representados en esta exposición, quizá porque fueron ellos los que conservaban ese nexo con la tradición a través del simbolismo. Los modernos, como digo, estaban más pendientes de inventar(se) y de molestar, por lo que la tradición era para ellos un lastre. Por lo tanto, además de ser los mejor representados, los pintores más académicos son también los que mejor representan las ideas que la exposición pretende transmitir. Con independencia de que ciertas piezas más modernas pudieran ser interesantes en sí mismas. Pero eso ya lo sabíamos: si por algo se caracteriza el arte moderno es por su ensimismamiento y por sus posibilidades.

O por decirlo de otra forma: los pintores menores eran aquí, por unas cosas o por otras, Courbet, Rubens, Corot, Warhol, Dalí, Munch, Abramovic (¡pesada, Marina, que eres una pesada!). Así que resulta interesante acudir a ver la exposición Las lágrimas de Eros porque en ella suceden las cosas a la inversa de lo preestablecido. Es decir, en los Museos acabas siempre por comprobar y confirmar las diferencias que median entre un artista de primera categoría y un artista menor. Rara vez falla este prejuicio; rara vez se desmiente (al menos, insisto, en lo que respecta a la producción anterior al XIX). En esta exposición la emoción se encuentra, sin embargo, en esas piezas que en los grandes Museos suelen pasar más desapercibidas, por ser consideradas anacrónicas respecto a su momento. Por ejemplo, en el cuadro de Gustav Dore (¡el ilustrador!), o en el de Amaury-Duval, o en de Lefebvre. Cuadros todos de artistas que fueron ninguneados por sentimientos revolucionarios y que representaban, en cualquier caso y verdaderamente, un academicismo no siempre bien entendido por encontrarse contrapuesto al supuesto progreso. De todas formas no deja de ser curioso que para hablar de erotismo tengamos que acudir a los blandos, académicos y rancios. Y no a los revolucionarios.

Otra cosa sería entrar de lleno en el Arte Contemporáneo representado. Ya habrá tiempo y maneras.

Nota. Respecto al post anterior, recomiendo el mismo vídeo que se encuentra en la página oficial (WEB) de la exposición. En él Guillermo Solana dice que el morbo que ha despertado la exposición lo entiende pero que, en cualquier caso, ésta se encuentra en los límites del decoro y la contención clásica. Y después hace una defensa a ultranza de lo sutilmente sugerido (haciendo referencia al pasado) frente a lo burdamente exhibido (haciendo referencia a lo contemporáneo). Por tanto, el hecho de que la muestra pueda considerarse conservadora sólo tiene que ver con la elección de la obra contemporánea, nada con la anterior a ella. Es sólo desde la contemporaneidad que pudo mostrarse la dureza de la misma carnalidad (y no se hizo).