jueves, abril 01, 2010

La felicidad

Me ha sucedido de nuevo: he vuelto a lagrimear viendo una película. Qué le voy a hacer: todo lo que en la realidad me endurece, ante el cine parece ser que me debilita. Es decir, todo lo que en la realidad me deja relativamente impasible, quizá debido a un mecanismo de control y defensa, en el cine me desborda. O por decirlo aún de otra manera: a la realidad me adapto con facilidad sin necesidad de exteriorizar en ella mis afecciones, pero ante el cine me afloran incontroladamente las emociones más elementales. Ahora me han saltado las lágrimas viendo de nuevo Boda real, de Stanley Donen.

Porque eso sí, casi siempre me sucede ante el mismo género cinematográfico: el musical. No sé de dónde me sale esa excentricidad, pero rara vez me sale ante el drama o el melodrama y jamás me sale ante la tragedia. Quizá ante algún wertern, pero fundamentalmente se me activa el lagrimal ante Gene Kelly y Fred Astaire (no ante Max von Sydow). Y ante películas suyas que reveo con medida y dilatada frecuencia. La afición me viene de pequeño y fue conculcada por mi padre, que me enseñó a “ver” música, ya fuera a través de Bing Crosby, de Betty Grable, de Danny Keye, de Carmen Miranda o de Bob Fosse.

Las lágrimas tampoco saltan ante cualquier musical, de hecho, si hago memoria puedo decir que sólo emergen, salvo rara excepción, ante dos de los que fueron mis ídolos de adolescente, Astaire y Kelly. El otro fue, cómo no, Groucho, cuyas películas eran también musicales. Esta vez, como digo, sucedió ante Boda real, una película no tan blandengue e ingenua como cabría espera o como pueda parecer a simple vista; una película que, como la práctica totalidad de películas protagonizadas por estos dos danzarines, transmite una felicidad que rara vez transmiten las comedias más puras, en donde existe una cierta dosis de realismo que enturbia la ensoñación. Porque, en efecto, los musicales llegan tan lejos en su inverosimilitud que se acercan más a Kafka que cualquier drama o que cualquier comedia de enredo.

La sensación de felicidad que me transmiten los musicales no es ni siquiera comunicable. Primero porque la sensación es una noción híbrida (que diría Sartre) que no admite fácil explicación en lo que a la relación del mundo y la conciencia se refiere. Y segundo porque no sé si tiene mucho sentido hablar de sensaciones. De hecho el sentido es, con relación a una palabra, lo que esa palabra nos hace sentir por su significación. Y la palabra sensación carece de significado y obtiene sentido, aquí, en su alianza con ese otro término, el de felicidad. Término éste que en la actualidad se encuentra enfrentado de forma estrictamente antagónica a ese otro término que caracteriza al individuo del fin de la Historia, de la muerte del Arte y de la Novela y de la era del Big Bang, el (de la búsqueda) de placer. Así, sensación de felicidad como algo cuyo sentido se encuentra exclusivamente ligado a mi propia mismidad.

Lo que me hace llorar es la sensación de felicidad que me produce, tan antagónica de la mundana sensación de placer. La sensación de felicidad es una sensación de plenitud que te sumerge en la ensoñación. La sensación de placer es una sensación que emerge para confirmar que la vida es sueño. Por eso la primera es inalcanzable y sólo se “vive” como ensoñación y por eso la segunda es tan corta como descriptible y se vive como una “muerte” . El placer dura sólo el tiempo que somos capaces de soportarlo. En el caso del orgasmo, por ejemplo, 15 segundos. De ahí que, como los franceses, podamos denominar a las sensaciones de placer como “pequeñas muertes”.

Boda real contiene uno de los números musicales más famosos de la historia, esa secuencia en la que Astaire danza en el techo subiendo por las paredes. Sin embargo no es este el momento en el que la debilidad se exteriorizó con mi aludida secreción lacrimal, sino otro mucho menos espectacular pero mucho más característico de las películas de Astaire y Kelly (y no tanto del resto de musicales). Ese momento que es originario de la relación sentimental que se avecina. Esto es, se exteriorizó en el primer número musical que sirve de encuentro entre la pareja protagonista.

En el caso de Boda real, podría decirse que se trata de un número “menor” (tan alejado de lo que caracterizó al estilo Busby Berkeley), pues como hemos dicho se trata de representar ese momento de ensoñación que logra convencernos de la existencia de un estado inalcanzable, el de la misma felicidad. Tanto Astaire como Kelly han protagonizado muchas películas en las que acceden a la mujer de su vida a través de un encuentro musical no premeditado, inesperado. La posibilidad de traspasar esa frontera que media entre la “sucia” realidad y la “bella” ensoñación se produce justo en ese momento en que hombre y mujer abandonan su estado humano (de personas atadas a un deber) y se abandonan a su estado etéreo (de personas desatadas de todo deber). Algo que sucede en la danza, en una danza excéntrica. Ella (Jane Rusell) y él (Astaire) no se conocen de nada, pero de repente danzan en perfecta armonía con independencia de su futuro avatar. Es en ese preciso instante, es justo en ese momento en el que se produce el fenómeno de la felicidad que me es contagiada. Y por eso va y lloro. Algo que se encuentra vinculado, en su relación causa/efecto, con el hecho de haber visto, además, muchos sombreros de copa y muchas novias para siete hermanos. Tempus fugit.

2 comentarios:

Charo Peiró dijo...

Que bonito!

juan diez del corral dijo...

Cuando separas la felicidad del placer y llamas a este último mundano, no vas mal, pero acto seguido te despistas y nos desvías al menos mundano de los placeres. Creo yo que hubiera sido mejor poner ahí una cervecita o una paella mismamente.