Primera parte
Escepticismo y mentira
En Léxico de Filosofía (Jacqueline Russ) se nos dice que Escepticismo es la "doctrina según la cual el espíritu humano no puede alcanzar la verdad con total seguridad; sería pues necesario suspender todo juicio y practicar la duda".
De esta forma, hay quien podría deducir, a partir de esta definición y de una observación objetiva de la realidad, que el mundo es, todo él, escéptico, pues se asienta sobre esa extendida máxima, intelectual donde las haya, que reza "¡porque tú lo digas!", que a su vez tiene como complemento estilístico esa otra muletilla perfectamente consecuente con el pensamiento altamente desarrollado, "eso lo dirás tú". Así, esa suerte de escepticismo emerge, curiosamente, para poder poner en duda la verdad del otro, que no será posible en tanto que Verdad, pero sin renunciar a la propia razón. Esa es la enseñanza exacta que el pensamiento académico lleva inoculando en la sociedad desde hace cerca de 40 años. Y cuando digo "el mundo" me refiero al conjunto de sujetos que lo habitan desde el supuesto civilizado. En cualquier caso, no hay más que ver cualquier tertulia en televisión para conocer el nivel de la retórica de ese sujeto del hoy. Una retórica asentada en las consecuencias devenidas de un relativismo cachondo: irresponsable.
Pero, ¿realmente puede alguien ser escéptico si no es capaz de suspender un juicio debido a algo tan sencillo como que es incapaz de tenerlo? O dicho de otra manera ¿se puede suspender un juicio que nunca ha tenido lugar? La condición necesaria para poder poner en cuarentena un juicio es haberlo previamente elaborado; haber tenido la capacidad de elaborarlo; no se puede poner en cuarentena el simple boceto de un juicio, resultaría tan pueril como patético. Así que mucho me temo que la seda sólo le sirve a la mona para cambiar su apariencia, que es sólo una parte anecdótica de la Verdad de su Ser.
Por tanto, ¿es o no verdad que el mundo es escéptico, tal y como al parecer se deducía de una observación objetiva? Pues no, el mundo altamente tecnologizado e interconectado es, paradójicamente, exageradamente creyente. Y por eso él mismo resume los diez mandamientos de lo digital en los dos fundamentales: te amarás a tí por encima de todas las cosas y al dinero como a ti mismo. Es decir, el mundo es perfectamente fundamentalista aun cuando sus creencias se asienten en la reivindicación de un relativismo feroz. Es esta paradoja la que han sabido captar las elites del poder (económico, político y académico) y lo que les ha facilitado la imposición de ese perverso sistema universal de adocenamiento y humillación que es la Corrección Política, verdadera causa en última instancia de los males que aquejan al sujeto del hoy. Que se ha vendido al bienestar individualista por un plato de lentejas. O que ha comprado su derecho a la queja a costa de perder su verdadera libertad.
Uno puede suspender un juicio y practicar la duda si y sólo si es capaz de elaborar juicios que por su entidad pueden ponerse en cuarentena. Un juicio no es una ocurrencia, de hecho lo que diferencia una cosa de la otra es precisamente su dimensión. Para que la definición del libro Léxico de Filosofía tenga sentido debemos aceptar que la dimensión de un juicio es una dimensión vinculada al pensamiento, esto es, a la cultura, la reflexión y el análisis. Pero el sujeto del hoy, pragmático como nunca en la historia de la humanidad, es un sujeto que prioriza la información sobre el conocimiento, con lo que que sus enunciados tienden más a la ocurrencia que al juicio. Suspender una ocurrencia para ponerla en duda podría ser, si así ocurriera, la forma exacta de describir las habituales formas de actuación del sujeto del hoy, un sujeto que DEBE alejarse del conocimiento para medrar. Un sujeto, por tanto, que resulta patético cuando a sus ocurrencias les asigna las cualidades de los juicios. Otra cosa sería que la coherencia llevara, a quienes creen que todas las afirmaciones valen lo mismo, a aceptar que eso sólo sería posible a costa de no llevar nunca razón. Algo que precisamente no sucede a quienes no le han dedicado tiempo a obtener la capacidad de juicio, que por ello no tienen palabra. Sólo quienes respeten la palabra, en tanto que pieza angular de un discurso que en ella se sujeta, podrán suspender un juicio, y su duda no podrá ser otra cosa que el producto de la sabiduría.
Prueba de todo ello es la facilidad con la que se ha asumido la mentira en las sociedades supuestamente civilizadas, o mejor, la tranquilidad con la que se ha admitido como inevitable la existencia de la mentira en un mundo donde todas las afirmaciones valen lo mismo. Hasta anteayer el descubrimiento de un engaño o una mentira podía acabar, por ejemplo, con la destitución inmediata (e incluso la dimisión voluntaria) de una alta instancia de la política. Eran otros tiempos. Aún recuerdo como "hace unos días" un ministro alemán dimitió cuando se descubrió que su tesis doctoral no era del todo suya. Y un Ministro de Interior español cuando se le fugó un delincuente.
Es el hecho de que todos los opinadores tengan razón al mismo tiempo lo que precisamente les da pábulo para calificar de mentiras las afirmaciones de sus contrincantes. No son escépticos, lo que hacen es aprovechar las enseñanzas inoculadas por ese pensamiento político y académico que siempre habla de igualdad. La primera fase de su estrategia consistió en hacer creer que todas las opiniones, en tanto que propuestas personales, valen lo mismo, pues otra cosa habría parecido discriminatoria; la segunda, la vemos, es llamar mentiroso al contrincante. Extraña consecuencia que sobre el sujeto del hoy impone la asimilación de la corrección política, que le permite poner en duda la existencia de Verdades pero sin por ello abandonar la posibilidad de llevar razón en sus opiniones. Ni siquiera aunque ello le conduzca al insulto de su contrincante. Lo vemos todos los días en televisión y cada vez que se retransmiten las interioridades del Congreso de Diputados. Hace unos pocos años habría sido impensable admitir la mentira en alguien que detentara un cierto poder público, sin embargo ahora vivimos sabiendo que todos los capitostes mienten... según sus contrincantes. O sea, todos mienten. Y lo hacen, entre otras cosas, en la medida en que reivindican en público lo que son incapaces de sostener en privado, por ejemplo que "todas las opiniones son respetables". Éste es el verdadero motivo por el que en nuestra época triunfan los mediocres, cuando no los directamente canallas; allá donde la palabra no vale nada la virtud no podrá entenderse más que como una pérdida de tiempo
domingo, septiembre 28, 2014
domingo, agosto 31, 2014
De felaciones oníricas
De felaciones oníricas
Una buena película puede definirse por su final. No
es posible una gran película si su final no aporta algún matiz a todo el
desarrollo del film. Tanto es así que uno de los trucos mejor usados por
directores o guionistas espabilados es el de inventar un buen final (con un giro sorprendente, que se dice) para una
película mediocre. En cualquier caso una película nunca es sólo su final. A
pesar de que sean muchos los “expertos” que caen en esa trampa a la hora de
valorar una película que nunca podrá ser sólo una trama con ingenioso
desenlace. En las buenas películas el final no puede ser otra cosa que el
inicio incierto de otra trama.
Y como este post
no pretende ser una crítica cinematográfica sino un simple comentario, lo que
me gustaría es reflexionar sobre el final de una película, El sabor de la sandía. Así, no me interesaría tanto la curiosa
película como su final, tan enigmático como significativo, valga la paradoja.
Un final que no es tanto un desenlace como la expresión de una idea. Una idea
que toma cuerpo en mi mente con absoluta independencia del desarrollo de la
trama, difusa por otra parte. Un final que aun pudiendo ser analizado como el desenlace
de su propia trama, admitiría indudablemente una interpretación dislocada de
ella. Algo nada descabellado por otra parte dado el carácter eminentemente
surrealista de la película.
El final de El
sabor de la sandía es un plano que, como muchos de los planos de la
película, se caracteriza por su inusual larga duración. Porque, en efecto, se
trata de una película muy alejada de esos blockbusters americanos que necesitan
quintuplicar los planos de una secuencia consuetudinaria para que el espectador
al que va dirigido -teenager en su aplastante mayoría- no se aburra, pobrecito.
Así, los planos duran el tiempo que los hace inusuales y además sin movimiento
de cámara.
El final: en un primer plano aparece el perfil del
rostro de una mujer que tiene toda la polla de un hombre metida en su boca;
sabemos que el hombre acaba de correrse en ella; al cabo de unos instantes le resbalan
dos lágrimas por la mejilla. Y si bien es cierto que no hace falta conocer la
totalidad de la trama para poder confrontarnos con ese plano no es menos cierto
que sí resulta oportuno saber qué es lo que ha sucedido inmediatamente antes.
De todas formas podríamos resumir antes vagamente la
trama: ella es una mujer joven que vive sola y que padece un evidente spleen: el
propietario de la polla es un actor porno que tampoco parece feliz en un
trabajo que ejecuta sin convicción y de forma mecánica. Ambos deambulan por la
ciudad en busca del bien más preciado de una China con problemas de
abastecimiento privado de agua. Aunque viven en el mismo edificio se conocen
casi al final de la película sin saberse vecinos y sufren un extraño
enamoramiento.
Escena previa al plano final: el actor porno está
rodando una escena en la que por motivos desconocidos tiene que mantener
relaciones sexuales con una actriz inerte, no se sabe si está drogada o
borracha pero el caso es que se encuentra desmayada y totalmente flácida (la
actriz que hace el personaje de actriz porno es la misma en toda la película). Los
rodajes porno, tal y como se ha ido mostrando en secuencias anteriores, son
rodajes precarios realizados entre dos operadores desapasionados que esta vez tienen
que sujetar a la actriz –e ir cambiándola de posición- mientras el actor hace
esfuerzos denodados por hacer su faena. En esas aparece la protagonista que observa
la situación a través de una ventana con rejas pero sin cristal. Se queda anonadada
ante el espectáculo pues ante ella se encuentra el chico que acaba de conocer y
del que se ha enamorado, y además rodando un film porno con una protagonista
que es manipulada como una marioneta por dos operadores de cámara groseros y chapuceros.
Pero poco a poco lo que ha empezado siendo perplejidad va tornándose en
excitación. De hecho sus gemidos sustituyen a los de una actriz absolutamente ausente.
Él se percata y continúa con su extenuante labor, pero ahora ya pendiente de
ella, cuya excitación aumenta ante esa mirada mutua. Cuando ella se acerca a la
ventana él salta de la escena se encarama al quicio y le introduce toda la
polla en la boca.
Repitamos ahora la escena final: en un primer plano aparece el perfil del rostro de una mujer que tiene toda
la polla de un hombre metida en su boca; sabemos que el hombre acaba de
correrse en ella; al cabo de unos instantes le resbalan dos lágrimas por la
mejilla.
Y a partir de este plano emerge lo que más arriba he
llamado una idea por llamarlo de alguna forma. Una idea que contiene todas las
diatribas que la corrección política lleva inoculando en la sociedad para incrementar
la rentable guerra de sexos.
Así, esta es la escena final de la historia de dos personajes
que se han conocido después de dar muestras, durante toda la película, de vivir
su anodina vida con absoluta independencia. La felación del último plano no es,
desde luego, una felación normal, es una felación absolutamente imprevisible,
además de grotesca. No sé, parece que toda la extraña película estaba
preparándonos para ese final. O mejor, que ese final, esa imagen, es lo que
confiere sentido a una película ininteligible. Así, un final como comienzo de
otra incierta historia, la que esta vez podría ser la historia misma de El sabor de la sandía.
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lunes, agosto 11, 2014
La Uniformidad y el Poder
O del poder de la Uniformidad
Debido a circunstancias familiares pasé toda mi
adolescencia viajando a Barcelona. Bueno, Barcelona y Sitges, ese apéndice
sureño que se repartía la alta burguesía con el apéndice norteño de Rosas. Mi
hermano y yo disfrutábamos de lo que por aquel entonces se llamaba kilométrico,
una especie de cartilla que permitía a los hijos de funcionarios de Renfe
viajar gratis. Así que para nosotros coger el tren y plantarnos en Barcelona
era como coser y sobre todo cantar, aun a pesar de que el trayecto durara entre
4 horas y media y 6 horas.
Allí siempre nos esperaban dos primos de nuestra edad,
autóctonos de Barna, con los que éramos felices hiciéramos lo que hiciéramos.
Fue precisamente en aquella época –mediados y finales de los setenta- donde me
comenzaron a advenir sentimientos contradictorios respecto a la evolución que
yo iba viviendo en la ciudad. No sé muy bien por qué yo de jovencillo tenía un excéntrico
gusto por lo retro al que le iba muy bien Barcelona, no sé, quizá debido al
modernismo catalán que asociaba a mis intereses por las antigüedades y mis
primeras adquisiciones: Los encantes y la Ronda de Sant Antoni.
Los sentimientos contradictorios comenzaron cuando
comprendí que todo aquello por lo que Barcelona me gustaba, que no era otra
cosa que su propia singularidad, iba a ser en el fondo algo irrelevante para un
gobierno ya metido en la vorágine nacionalista. Es decir, comencé a padecer
cierta esquizofrenia respecto a mis sentimientos hacia Barcelona cuando
comprendí que a mí me importaban más ciertas tradiciones catalanas que al
mismísimo gobierno catalán. Así, mientras mis primos sufrían la primera gran
inmersión lingüística, el gobierno catalán convertía todas sus granjas* en cafeterías franquiciadas. La estrategia no podía ser más perfecta: mientras una
pandilla de políticos exaltados catalanizaban a los niños con el lema Espanya ens roba, esa misma pandilla se
hacía rica con el 3% (o con el mucho más %). El signo definitivo que demostraba
que a esa pandilla de dirigentes les importaba realmente una mierda su
idiosincrasia -pero les encantaba definitivamente el dinero- fue la sustitución
del bar Canaletas por un Burger King. Pero sin dejar de promover, eso sí, el
baile de la sardana en la Plaza de la Catedral los domingos por la mañana.
A los sucesivos gobiernos catalanes siempre les
interesó generar confusión en torno a los conceptos identidad y tradición. Lo
que les ayudó a generar fácilmente súbditos. Creaban prosélitos en base a una
lengua, un baile muy púdico (cualidad básica para todo baile nacionalista que
se precie) y la inoculación de un odio que debía manifestarse hacia españoles
y sobre todo charnegos. El odio al otro
es una de las tácticas lo que más sensación de grupo genera, la que más une a
los prosélitos si además se expresan desde una lengua propia. Incluso mis
primos cayeron en la trampa cuando se creyeron todo lo que aquel personaje
bajito pero extremadamente soberbio les decía con la cabeza inclinada y los
ojos semicerrados.
Un ejemplo que nos muestra los efectos que esa
confusión de conceptos conlleva es la re-creación paisajístico/urbanística que
el gobierno catalán ha hecho en su comarca de la Cerdanya. Hay que verlo para
creerlo. Si no fuera porque los hay a docenas se trataría del ejemplo perfecto
para señalar adónde nos conduce un lugar regido por la exaltación del
ensimismamiento nacionalista en detrimento del otro, un otro siempre
inferior y por ello digno de odio; un lugar, claro, gobernado por una pandilla
de listos cuya cantidad de dinero privado ha crecido siempre de forma
directamente proporcional a la cantidad de gente que debía no saber nada acerca
del significado de los conceptos identidad y tradición. En efecto, la Cerdanya
es un buen ejemplo para conocer adónde nos conduce un nacionalismo de carácter
independentista (mientras no haya otras olimpiadas que les renueven toda una
gran ciudad con dinero español).
Se puede acceder a la comarca por la vieja carretera
de Ripoll o puedes hacerlo por el nuevo túnel del Cadí, pero los resultados son
los mismos... con una hora de diferencia (y más allá del dinero que genera en las arcas de la Generalitat el
peaje del túnel). Ya pases por Das, o por
Orús, o por Saga, o por Riu, o por Alp, o por Bor, o por Bolvir, o por Prats,
lo que ves es siempre… ¡lo mismo! ¿Cómo lo mismo?, se preguntará más de uno.
Pues eso, ¡lo mismo!: las mismas casas sin apenas variaciones agrupadas y
organizadas junto a un minúsculo centro histórico remozado para hacer juego con
esas casas de reciente construcción. Piedra, pizarra y madera repartidas en una
estructura que tendrá en cuenta el perfecto reparto de materiales con el fin de
conseguir esa uniformidad. Y según me cuenta un amigo de Manresa, que tuvo que
reformar una de las casas antiguas de Riu, “¡hay de aquel que quiera algo
diferente!, por ejemplo una casa sin contraventanas de madera. ¡Se queda sin
casa!”.
En efecto, mi amigo se explayó hablándome del
calvario que tuvo que padecer para cumplir una normativa que se hacía estricta
sobre la marcha con el fin de impedir que nadie se saliera de la conservadora
estética uniformadora. Esto es, si hay algo imposible en la Cerdanya es tener
una casa al gusto propio, tener una casa de diseño particular, en base a una
planta personal y un diseño que no sea el de piedra, pizarra y madera. Habrá
quien no vea en esto nada especial, o nada criticable, porque en el fondo
reclame esa igualdad uniformadora (¿). ¿Tendrá que ver esa igualdad uniformadora con
aquel editorial famoso que apareció simultáneamente en todos los periódicos catalanes? ¿Esa
uniformidad que impide a “uno” tener la casa que quiere? ¿Esa uniformidad que
impide a los catalanes rotular su negocio en la lengua que les venga en gana?
¿Esa uniformidad que no permite a un niño expresarse en español en el patio de
un colegio que además no puede elegir la lengua de docencia si quiere seguir
recibiendo subvenciones? ¿Esa uniformidad que margina descaradamente a quienes
disienten de ese uniforme pensamiento único?
En mi adolescencia pudo conmigo una sensación que no
era inmovilista sino nostálgica, esto es, ingenua. Bastaron unos cuantos meses
para curarla. En cambio los poderes fácticos catalanes se guiaron por una estrategia perfectamente diseñada (en la que colaboró todo el
estado español) y sumamente eficaz en la medida en que hicieron prevalecer lo
sentimental sobre pragmático en gran parte de la ciudadanía. Y además muchas de las franquicias que sustituyeron a las granjas se anunciarían al público con el "pan tomaca y butifarra".
No importaba tanto que Cataluña se empobreciera y
endeudara en su ensimismamiento como que les uniera un sentimiento visceral pero
uniformado. El precio que había que pagar por ello sería el de carecer de
opinión propia: dejar de ser un individuo para pasar a ser un número, dejar de tener verdadera personalidad para pasar a ser una marca. Algo que
no parece importarles a los más reivindicativos y por eso siguen haciendo oídos sordos a lo que hace apenas unas semanas les dijera ese señor bajito que les metió
millones de pájaros ruidoso en la cabeza, ese señor que les hablaba con la
cabeza inclinada y los ojos semicerrados: “¿qué coño es eso de la UDEF?”
*Las granjas eran especies de bares -sin serlo- que
expendían trinaranjus, cacaolat, bikinis y productos de primera necesidad.
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jueves, abril 03, 2014
Videojuegos y Corrección Política
Videojuegos y Corrección Política
El 14 de marzo se publicó un artículo el País Semanal con el título “Revolución
femenina en los videojuegos” firmado por Montaña Vázquez.
Antes que nada cabría preguntarse ¿Revolución femenina? ¿Qué
querrán decir con lo de revolución? Es decir, ¿es que acaso hacía falta una revolución
en las mujeres respecto al videojuego? Como no podía ser de otra forma la
palabra revolución se usaba con intenciones positivadoras, progresistas*, pero
por eso mismo cabía la pregunta ¿qué podrá significar el hecho de que exista
una revolución femenina en los videojuegos? Pero sobre todo ¿en qué puede
consistir esa revolución?
Las respuestas en el mismo artículo.
La primera: según los datos obtenidos en la investigación de
Vázquez “el 37 % de las españolas se han enganchado a los juegos virtuales”.
Conclusión primera, pues: cada vez hay más mujeres que le
dan a la maquineta. ¡Bravo!, parece ser.
La segunda: que como dice Raquel Villamil, guionista de Virtual Toys (una de las de las diez
mujeres que ha entrevistado Vázquez: cinco expertas y cinco jugadoras), “Para ellas,
las historias importan”.
Conclusión segunda: las mujeres (“ellas”) son diferentes a
los hombres, siendo esa diferencia algo que inevitablemente se deberá entender
de forma positivadora respecto a la mujer. O leído a la inversa, de forma
displicente hacia la parte contraria de lo que supone esa diferencia. “Para
ellas las historias importan”, o sea, para ellos no, de otra forma la frase
sería tan absurda como innecesaria.
Y continúa “Nosotras demandanos juegos diferentes, más sociales.
Nos gustan las protagonistas igual de preparadas y fuertes que los hombres,
pero más cercanas a nuestro físico, con las que poder identificarnos”.
Conclusión tercera: no sólo les importa el “contenido” sino
que además se trata de un contenido en el que a ellas, las mujeres, les gusta
ser igual de fuertes que los hombres… pero sin músculos. Esto es igual (de
fuertes, de preparadas…) que los hombres. La igualdad (¿).
Pero volvamos al texto que acompaña al titular: “El 37 % de las
españolas se han enganchado a los juegos virtuales. Pero imponiendo sus reglas:
a las gamers les gustan las historias
con contenido. Y las heroínas: más reales (también estéticamente) e
inteligentes”. Así pues, definitivamente la diferencia. Que por eso “imponen”
sus gustos… y no los de otros.
(Paréntesis: quizá por eso Ada, una de las cinco
videojugadoras entrevistadas (“Ada, Amanda, Eva, Serena y Aby creadoras de El
Podcast de la BSAA, un site en el que
hablan de lo que más les gusta: los videojuegos”), la única a la que se le da
voz de todas ellas, dice que sus juegos favoritos son “Mass Efect (de trama épica), pero también Resident Evil (que como todos saben se trata de uno de los primeros
juegos catalogados como survival horror).
En cualquier caso, dos son los objetivos del artículo, como
no podía ser de otra forma: hablar de igualdad en términos de progresismo, en
esta caso dando importancia al creciente número de jugadoras que cada vez más
se acerca al de jugadores, y hablar de diferencia, en este caso para incidir en
que el juego de “ellas” es más sofisticado que el de ellos, esos simples brutotes.
Se habla del éxito que tienen entre las mujeres los juegos que “suponen un
entrenamiento para la mente o el cuerpo, como el Brain Training o el Wii Fit”,
pero sin ofrecer números comparativos que ayuden a entender esa diferencia de
la que se hace gala (pues sigue habiendo más jugadores que jugadoras).
Y por si alguien no había entendido el mensaje de las
entrevistadas dice Montaña Vázquez a modo de conclusión: “Atraer con curvas al
complejo universo femenino no tiene sentido. Ellas buscan algo más: conectar,
desarrollar sus habilidades sociales, su intelecto… además de divertirse por
supuesto”.
Así pues, vuelta definitiva a la diferencia: a “ellas” no
les atraen las curvas (¿) y por eso buscan “algo más” que el simple
divertimento… algo más elevado, por supuesto. Diferencia: superioridad.
(Paréntesis 2: Por cierto, estos son los juegos que en el
artículo se citan como más exitosos entre las mujeres: Monkey
Island –en donde la protagonista es una ¡pirata!, Beyond: Dos Almas, de donde se especifica que la protagonista gusta porque “lucha hasta el final”, The order,
donde la protagonista se describe como una “guerrera del Londres victoriano” y Assassin’s Creed, donde al parecer gusta
mucho "la mulata esclava reconvertida en asesina". Así, en efecto y como puede
verse, más realistas, más sensatas y más elevadas; y por supuesto gustando de personajes con los que poder identificarse. “Algo más”: Brain Training)
Y para acabar, la frase más previsible, la que no podía
faltar. Dice Mar Marcos, profesora de Narrativa Audiovisual en la UCM, “Esta
formación hará posible que cada vez haya más mujeres en puestos relevantes de
la industria”.
Ahora bien
¿Se puede exigir la igualdad mientras se reivindica la
diferencia? ¿Se puede exigir la igualdad mientras se hace gala de los
beneficios que produce la diferencia? ¿Se puede, en definitiva, estar machaconamente
exigiendo la igualdad al tiempo que ¡en el propio discurso! queda demostrada la
inevitable diferencia? ¿El concepto igualdad
presupone que ambos sexos debamos tener los mismos gustos, las mismas
aficiones, las mismas necesidades, los mismos deseos, etc.? ¿Sí o no? ¿Por qué
entonces una de las quejas más expresada por las mujeres consiste en hablar de
injusticia cuando en un sector laboral hay más hombres que mujeres? ¿Acaso debería
enfadarme yo porque haya en la carrera de Magisterio muchas más alumnas que
alumnos? ¿Puedo enfadarme porque haya muchas más peluqueras que peluqueros, y
muchos más fontaneros que fontaneras? ¿Con quién debo enfadarme cuando en la escuela
universitaria de la que soy profesor (que fue la primera en España donde comenzó
a impartirse la carrera de videojuegos) el porcentaje de chicos es
aplastantemente superior al de chicas? ¿Bajo qué parámetros podría hablarse de
injusticia cuando estas cosas suceden? ¿Acaso es un signo civilizatorio que a
ambos sexos les tenga que gustar por igual, digamos que la práctica del
parapente? ¿De dónde partiría la necesidad de considerar desproporcionadas y patológicas
las situaciones que muestran gustos diversos en función del sexo? ¿Acaso es
porque ser jugador de máquinas –o de canicas, o de fútbol, o de bolos- es un
privilegio, o un signo civilizatorio de primer orden del que todos deben
participar… por igual? ¿Por qué el creciente aumento de videojugadoras se tiene
que ver como un signo de progreso? ¿Acaso no podría verse como positiva la poca
participación de las mujeres en asuntos como el del –simple- videojuego por
oposición a otras aficiones, como podría ser la creación musical? ¿Qué puede
significar, entonces, esa obsesiva necesidad de que la mujer sea igual al
hombre en todo (para después mostrar la superioridad en la diferencia); de que tengan
que gustarle las mismas cosas que a los hombres por estúpidas –o no- que
pudieran ser? ¿Qué habremos ganado cuando tengamos la misma cantidad de
videojugadoras que de videojugadores? ¿No habíamos siempre considerado
estúpidas e inmaduras las despedidas de solteros, con esos hombres ebrios y
salidos dando muestras de zafiedad?
*Desde luego que no habría hecho falta leer el artículo para
presuponer y asegurar que todo lo que se dijera en términos de “guerra de sexos”,
que es al fin y al cabo lo que propone la corrección política en todas las
manifestaciones públicas, va a ser ensalzador de la mujer y denigrador del
hombre. Es decir, progresista.
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viernes, marzo 28, 2014
Progreso y Redes sociales
Progreso y Redes sociales
No sé cómo pude ser tan ingenuo, pero cuando internet se
encontraba aún incipiente pensé que podría ser ésta una forma revolucionaria de
comunicación que la población usaría para evitar los abusivos atropellos que se
cometían en la era analógica. Pensé que las posibilidades informativas que
brindaba al usuario destaparían y orillarían las mentiras a las que ciertos poderes
fácticos nos tenían acostumbrados por un hábito inmoral (tantas veces
justificado desde un paternalismo encanallado), y que las posibilidades
comunicativas entre sus usuarios se convertiría en una fuerza indestructible
que jamás permitiría que el ciudadano quedara indefenso y desamparado ante,
digamos una multinacional insidiosa. Cuando internet se encontraba incipiente
me hacía feliz pensar en el futuro que éste nos brindaba porque por fin íbamos
a estar todos los ciudadanos y todos los usuarios amparados por nosotros mismos
y no por unos falsos poderes, principal e inevitablemente movidos por sus
propios intereses económicos y/o electoralistas. Internet nos iba a permitir
estar informados acerca de lo que verdaderamente pasaba y además nos iba
permitir mantener una unidad entre usuarios que haría imposible cualquier
humillación, como la de, pongamos, una empresa de telecomunicaciones; ese tipo
de humillación al que éramos sometidos en esa época –con internet aún
incipiente- en la que ni teníamos acceso a los datos reales y completos ni
éramos capaces de comunicarnos con el fin de hacer compacto e infranqueable un
grupo de defensa.
Pero no, en realidad todo fueron fantasías nacidas de mi
ingenuidad. Los poderes fácticos que en antaño nos humillaban con sus
arbitrarias injerencias (Hiberdrola, Telefónica, etc., etc.) no siguen
humillando y vejando de forma absolutamente salvaje y pertinaz. El otro día los
telediarios dedicaban 10 segundos de reloj a ofrecer esa noticia que confirmaba
la fusión de Vodafone y Ono, eso sí, después de dedicar varios minutos a un
incendio en no sé dónde, otros minutos a un concierto de rock histórico, otros
a los destrozos de un temporal y otros muchos al cutis de Ronaldo. No sé qué
puede significar esa fusión (que como todas nos conduce al fatídico duopolio),
lo que sí sé es lo que viene pasando con las multinacionales que poseen el
control total de la energía y de las telecomunicaciones -desde que el libre
mercado ofreció a cualquier grupo empresarial la posibilidad de competir con
los grandes monopolios. Y también sé lo que se pensaba de ese reparto “antimonopolista”
cuando comenzó a llevarse a cabo: que se acabaría con la tiranía del único
propietario y que por tanto la existencia de otros grupos generaría una
competencia que abarataría los servicios y cuidaría del usuario. El final de
esta historia plagada de conjeturas ingenuas –ya no sólo personales- lo
conocemos: nunca el usuario se ha encontrado tan humillado como ahora, pues si
antes las vejaciones eran de alguna forma inevitables, ahora son el producto de
un acuerdo tácito y perverso. Que por eso “nunca pasa realmente nada”. Ni siquiera con destrozos urbanos y cabezas abiertas.
Hagan ustedes la prueba e infórmense acerca de la
satisfacción de los usuarios respecto a sus compañías telefónicas. Yo lo hago
todos los años con mis alumnos y después de 5 años indagando he llegado a la
conclusión de que no solo no hay nadie satisfecho sino que absolutamente todos
están de alguna forma cabreados con sus respectivas compañías. Y todos alguna
vez han ido cambiando de ellas en función de unos misteriosos beneficios que después
no lo eran. Algunos de ellos incluso se encuentran en trámite de una denuncia
que no se soluciona y prácticamente todos tienen problemas pendientes por
resolver. Y con los suministradores de banda ancha otro tanto de lo mismo.
España es el segundo país más caro de toda la Unión Europea. Además, y como
todo el mundo sabe, mantienen una política de precios que premia a los “nuevos
clientes” en detrimento de los más “antiguos”, pudiéndose dar una situación en
la que por lo mismo paga más alguien que se acaba de inscribir en la compañía
que alguien que lleve 8 años pagando religiosamente. Premiando así la
infidelidad.
¿Y qué hace la gente ante este desamparo y esta indefensión
de la que curiosamente jamás nos protege el Estado? Pues dos cosas
fundamentalmente: pasarse mensajitos vía digital (pásalo) y acudir a las “mani” de turno, que como es sabido se
multiplican por cientos de miles. Así es como el ciudadano/usuario de la era
digital pretende combatir el mal: mandando soflamas virtuales que alivian su
mal de conciencia personal y acudiendo en persona a actos públicos que alivian
su mal de conciencia social. Soflamas cuya presencia virtual suponen una trillonésima
parte de los estúpidos “je, jes” y los “me gusta” que habitan la nube. Todos,
en fin, muy comprometidos en sus ingeniosos 140 caracteres y sus paseos
pancarteros y chillones, pero todos disfrutando de los beneficios con los que
han sido comprados –en persona- por unos poderes fácticos que saben que nunca
pasa nada; que saben que mientras todos esos quejicas tengan su conexión y su
dispositivo nunca pasará realmente nada.
Nota. (Sólo para lectores
nuevos; no leer si uno ha seguido con regularidad este blog). ¿Significa esto
que los actos virtuales comprometidos y las manifestaciones dicharacheras no
sirven para nada? Por supuesto que no; sólo significa que desde mi humilde
punto de vista no puede haber solución real al desastre sin renuncias
personales y colectivas, renuncias verdaderas, y que por tanto toda posible
salvación pasa inevitablemente por el sacrificio. A ver ahora quién está dispuesto a
cambiar las cosas verdaderamente.
Post Scriptum.
Quien mejor conoce este blog soy yo.
Sé que sólo tengo un puñado de seguidores. Sé que durante los casi 7 años que
lleva en marcha ha entrado en él la misma cantidad de internautas que los que
entra en un blog sobre “maquillaje
para el fin de semana” en un solo día. Y sé que mi obsesión por no vincular el blog a las redes sociales es una suerte
de suicidio. Lo sé, amigos. Un suicidio feliz basado en la pura misantropía.
Por cierto, la ingenuidad es en muchas ocasiones una de las formas con las que
mejor se disfraza la estupidez.
miércoles, marzo 12, 2014
Lo que más cachondo pone a un activista es la lucha
Lo que más cachondo pone a un activista es la lucha
Llevo años definiendo la corrección política como una
perversa estrategia que consiste en hacer eternos los mismos problemas que
denuncia, mientras exige -a través de la opinión pública- un esfuerzo por
resolverlos. Eternos: irresolubles. Porque después de todo, lo único que
garantizará esa necesaria y rentable lucha que impone la corrección política será
la misma existencia de esos problemas. Y en esa perversión maquiavélica se
encuentra la causa misma del fracaso continuado y pertinaz de todas las campañas
mediáticas y políticas que se llevan a cabo en su nombre. En resumidas cuentas,
la perpetuación del problema no viene dada por su imposibilidad de resolución, sino
por la ineficacia que ha inoculado el uso de la estrategia elegida: el problema
no se erradicará mientras la rentabilidad que ofrezca la lucha sea superior a
los beneficios que pudiera proporcionar su verdadera solución.
Son muchas las veces que en este blog se ha señalado que la criminalización del varón no es ni será
nunca la estrategia adecuada para erradicar el problema que sufren algunas
mujeres. Pero la corrección política ahí está, erre que erre. Dando muestras,
ya no tanto de su ineptitud como de su maleficencia. El lapsus de la
corresponsal de El País en Bruselas
Elena G. Sevillano podría ser un perfecto ejemplo que demostrara como, “en el
fondo”, lo que pone cachondos a los activistas no es tanto la resolución del
problema como que haya problema para rato y por tanto haya problema suficiente
como para seguir luchando...
El lapsus se produjo a partir de una noticia que el 5 de
marzo ocupó a todas las cadenas de televisión y a toda la prensa escrita. Por
la monstruosidad que la noticia traslucía. Dice Sevillano en la primera frase
de su artículo “Las organizaciones feministas europeas se felicitaban ayer
porque, al fin, existen datos comparables sobre violencia contra la mujer en
todos los países de la UE”. Así pues, contenturria, euforia y por tanto
felicitaciones. Los datos eran sobrecogedores ya que, entre otros, se destacaba
que (casi) una de cada cuatro mujeres europeas había sufrido violencia física
(¿). ¿Por qué entonces se “felicitaban” las organizaciones feministas? Nada en
las encuestas daba para felicitarse. Ni siquiera el hecho de tenerlas, pues
nada hacía suponer que los resultados de una macroencuesta (como así la
denominan los autores) fueran esencialmente distintos de los datos
proporcionados por encuestas previas menores o más localizadas.
¿Entonces? Pues porque antes que nada y por encima de todo los
datos estadísticos seguían encontrando motivos para la lucha, que es al fin y
al cabo lo que más rentable les resulta a quienes utilizan esa lucha desde la
ideología construida a partir de los mismos parámetros de la corrección; es
decir, desde la ideología fundamentada en la criminalización del varón. Pero
¿quiénes son esos “quienes”? Pues todos los políticos y derivados (de ministerios,
diputaciones, concejalías, ayuntamientos, fundaciones…), todos los medios de
comunicación al completo, todas las universidades con su burocracia
desactivadora de pensamiento, todos los profesores de enseñanza media que
quieran mantener su puesto de trabajo y, cómo no, todos los grupos de presión
más subvencionados.
En cualquier caso, lo que prueba la estadística una vez más
es que la estrategia llevada a cabo hasta el momento (cerca de 40 años de
corrección política) se ha demostrado perfecta y pertinazmente ineficaz. Y por
eso mismo esas “felicitaciones” no pueden ser más que el producto de un lapsus,
un lapsus tan sintomático como significativo.
Quizá valga la pena analizar el artículo para saber algo más
acerca de esa felicidad que ha proporcionado la obtención de “datos
comparables”. El titular dice en letra grande y en negrita, “El 22% de las
europeas ha sufrido violencia machista y la mayoría calla”. ¿Qué podría
entenderse de este elocuente titular?
No resulta demasiado fácil saberlo, desde luego, pues si la mayoría calla ese
22% se convierte en un dato perfectamente prescindible. Por arbitrario o por
inconsistente. De otra parte no se trata de una cifra cualquiera, sobre todo si
tenemos en cuenta que “la mayoría calla”: ¡se trata de una casi cuarta parte
-22%- de las mujeres las que en países civilizados han sufrido violencia
machista! Un 22%... ¡de entre las que hablan!
¿Civilizados? Por supuesto, con sus pequeños matices y sus
diferencias idiosincrásicas es importante situar esa violencia en un genérico
que podemos calificar de civilizado. Sobre todo a tenor de esos mismos
resultados, que sitúan un mayor índice de violencia en los más civilizados de todos, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Holanda,
Francia y Reino Unido, los seis primeros. Así pues: civilizados.
Pero vayamos ahora al subtítulo: “En los países más
igualitarios salen a relucir más agresiones contra mujeres”. Y es aquí donde se
demuestran con meridiana claridad dos cosas sumamente reveladoras: primero que
la estrategia seguida en la erradicación del problema ha sido (y es)
absolutamente ineficaz, pues es en los países “más igualitarios” donde más uso
se hace de la corrección política. Pero ¿cuál sería después de todo ese
problema? Y aquí nos topamos con la segunda de las cosas reveladoras, porque
¿cuál es verdaderamente el problema, la violencia del varón ejercida sobre la
mujer en base a una consciente superioridad conferida por el sexo? No lo creo
pues estamos hablando con determinación de los “países más igualitarios”.
¿No podría ser que la igualdad
no fuera al fin y al cabo la vara adecuada con la que medir una diferencia real?
Porque, en efecto, si hay algo que desde este blog se ha venido señalando con insistencia (precisamente con el
fin de encontrar verdaderas claves que ayuden a acabar con esos brotes de
violencia ejercida contra algunas mujeres en países civilizados) es que lo real emerge entre personas de sexo
opuesto precisamente para mostrar la diferencia. O dicho de otra forma: ante la
inevitable emergencia de lo real –que
en toda pareja acaba por suceder, sobre todo cuando busca descendencia- no cabe
hablar de igualdad sino de diferencia y por tanto lo que necesitamos los seres
humanos no es una conversión, sino un aprendizaje que nos enseñe a gestionar
esa diferencia. De hecho, es tal el error practicado con saña desde la
corrección política que, efectivamente, es “en los países más igualitarios
(donde) salen a relucir más agresiones contra mujeres”.
El caso es que como se puede ver, la satisfacción que
proporciona la lucha en sí misma es tan enorme que los máximos defensores de
ella no son capaces de entender lo que queda claro en el mismo titular; a
saber: que el igualitarismo, la estrategia fundamentada en él, es la verdadera causa
del desastre. Porque, no lo olvidemos, lo que aquí está en cuestión es
fundamentalmente un problema derivado de la gestión sentimental y sexual. Las
estadísticas en cuestión no tratan de los derechos de la mujer por lo que al
trabajo, salarios, dedicación etc. se refiere, ni a posibles discriminaciones
sufridas en el lenguaje, los deportes, etc., ni a humillaciones infligidas por
la publicidad, los medios, etc., sino a la violencia que el varón ejerce sobre
la mujer física o psicológicamente. Pero directamente. Así, el igualitarismo sería
la causa del desastre en la medida en la que, además, se lleva a cabo a partir
de dos tácticas que se superponen y complementan: la criminalización del varón
y la exaltación de la superioridad de la mujer (aún hay quien piensa que si el
mundo estuviera gobernado por mujeres todo iría mejor).
La conclusión genérica que traslucen las encuestas la
expresa la misma portavoz del Parlamento Europeo, Blanca Tapia, “las mujeres no
están seguras ni en casa ni en el trabajo”. O de la propia Sevillano en base a
las palabras dictadas por la Agencia de los Derechos Fundamentales (FRA), “Una
de cada tres mujeres europeas ha experimentado violencia física y/o sexual”. Y éste
es otro dato: “Un 43 % relató algún tipo de violencia psicológica por parte de
su pareja actual o una anterior (humillaciones en público, prohibición de salir
de casa, amenazas físicas)”. ¡Casi la mitad de las mujeres! Y por eso el
artículo acaba con las previsibles palabras de la parlamentaria búlgara Antonya
Parvanova, “Se puede hacer mucho más… Después de los primeros siete años es
demasiado tarde para hablar de igualdad de géneros y educar a los jóvenes en
ella”. Y ya estamos de nuevo hablando de igualdad. Yo, respecto a esto redirijo
al lector a uno de mis últimos posts,
cuando señalaba lo que por boca de las mismas mujeres de hoy en día sale cuando
se les insta a describir al hombre que les gusta. Son ellas y no las
estadísticas las que textualmente dicen gustar de los “malotes”. De hecho son
los “malotes” los que más éxito tienen con las mujeres.
Addenda. Hay otro
asunto digno de relevancia en las conclusiones extraídas de las encuestas.
Todos los españoles sabemos a la perfección lo que es y significa una campaña
pro-feminista en nuestro país, pues hemos contado hasta con un Ministerio de
Igualdad. Y sabemos por tanto cómo se las juegan las Instituciones cuando
entienden el término Igualdad como una excusa para criminalizar al varón. Pues
bien, hete aquí que, curiosamente, ante esas encuestas hechas a las mujeres que
han conformado las propias estadísticas España ha salido en el cuarto país por
la cola en lo que respecta a la “Violencia contra las mujeres”. Es decir, de
entre 24 países y a tenor de lo que las mismas mujeres han contestado, España
está de las muy últimas. ¿Qué podría entenderse de ese dato? Parece fácil,
¿no?: que España es de los países donde, a pesar de todo, menos violencia
contra las mujeres se ejerce. ¿Qué más podría extraerse de ese dato? Pues que
quizá haya sido desproporcionada esa necesidad de las Instituciones por
demonizar a los españoles, a los varones concretamente. Esa necesidad que
practicada desde la Institución (partidos, medios, universidades) tantos
réditos políticos otorga.
Pero como todos sabemos no es posible dejar así las cosas. La
corrección política no lo permitiría jamás. Desde luego que no, como puede
comprobar todo aquel que haya seguido el tema y se haya interesado por la
interpretación de los datos. Todo hacía deducir que las estadísticas sirven al
menos para ser creídas –por eso se encargan y realizan. De hecho es por eso que
se “felicitaban” las organizaciones feministas, por poseerlas. Pero claro, como
cualquier estadística lo que hacía ésta era representar los resultados de forma
gráfica en función de los números. Algo que en el fondo no gusta nada a las
organizaciones activistas, pues inevitablemente se encuentran con un gráfico en
el que sus expectativas se frustran, aunque sea por uno de sus lados. En efecto, por una parte –a la izquierda
según el gráfico publicado por la UE- se encontraban los países en los que se
ejerce mayor violencia contra las mujeres, pero por la otra se situaban los
países en los que esa violencia descendía notoriamente. Entre ellos, como ya
hemos apuntado, España.
Pues bien, como decimos, más allá de los resultados
genéricos lo que no ha gustado nada a las organizaciones feministas que han
interpretado estas estadísticas es, lógicamente, que el problema no fuera igual
de importante en todos los países, no ha gustado que hubiera tantas diferencias
–de violencia ejercida sobre mujeres- entre unos países y otros. Puede parecer
una barbaridad, pero así ha sido. La cuestión responde a una cierta lógica, perversa
si se quiere, pero lógica. Como no hay organización feminista que quiera ver
restringida su necesidad pública o que quiera desparecer, por lo que al parecer no
hay organización feminista local que le resulte agradable ver su país en la
derecha de la tabla. De hecho, la explicación que se ha dado a ese desajuste
“imprevisto” se encuentra teñida de una perversión estremecedora. Como no han
soportado que en ciertos países no hubiera esa “previsible” violencia que sí se
da en otros lo que han hecho es una significativa interpretación de las
estadísticas. Y han decidido que allá donde la tabla estadística no expresa
demasiada violencia lo que pasa es que las mujeres mienten y que lo hacen por
falta de cultura democrática. Así, en Suecia, Finlandia, Francia, Dinamarca y
Holanda hay mucha violencia contra mujeres porque eso dice la tabla, pero en
España, Portugal, Polonia y Austria también hay mucha violencia contra las
mujeres a pesar de lo que diga la tabla, porque debido a su falta de cultura
democrática las mujeres han mentido (?). Por desmemoria o inhibición, pero mentido.
Y porque NO puede haber país que no tenga su tasa de violencia bien alta. Y
menos si no es igualitario. Y punto: hay que justificar todo ese gasto que parte de la
UE y se ramifica hasta las concejalías de de las pequeñas ciudades y pueblos.
Dice Sami Nevala (de la FRA), “Cuanto más igualitario es un
país, más se habla de los incidentes violentos contra las mujeres. A las
mujeres les resulta más fácil hablar de ello”. Éste es el fantástico doble
juego de Nevala: por una parte están los más violentos, los de la izquierda de
la tabla, que resulta que son los países más igualitarios, y por la otra los
menos violentos, que en el fondo y según ella no es que sean menos violentos,
sino que simplemente no reconocen esa violencia por una inhibición producida
por la falta de igualitarismo. Con lo cual: malo el igualitarismo –que da cifras
altas claras- y malo el no igualitarismo –que encubre cifras altas en sus
cifras bajas. En cualquier caso y en resumidas cuentas, no hay país de la UE
que no se encuentre plagado de hombres malos. Ésta es la lectura de los “datos
comparables” por los que se “felicitaban” las organizaciones feministas.
Pero aún hay más, y pido al lector que lea con atención este último párrafo porque la clave se manifiesta de forma sutil. Se trata de otro desliz muy probablemente proporcionado por el deseo inconsciente de una activista muy comprometida con las mujeres europeas y con un alto cargo en la Unión Europea. Karima Zahi, coordinadora del Lobby Europeo de Mujeres dice, “No se trata de que haya menos violencia en un país que en otro. De hecho, es probable que en los lugares donde las mujeres no están familiarizadas con este tipo de encuestas, donde no hablen de esta cuestión, se reporten menos casos”. Así pues, no dice que no se trata de que haya más violencia en un país que en otro porque con esta frase estaría de alguna forma restando importancia a una totalidad que se encontraría más o menos normalizada. Y como hemos visto a las activistas más subvencionadas les gusta que el problema sea total y enorme, y por eso comienza la frase al revés, expresando que la violencia no sólo está donde dicen las encuestas sino en la totalidad: “No se trata de que haya menos violencia en un país que en otro”.
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domingo, marzo 02, 2014
Putos libritos
Debido a las circunstancias, en mis últimos acercamientos al
Foro no tuve la necesidad alguna de usar el Metro. Así que hacía tiempo que no
bajaba al subsuelo de Madrid. Pero siendo esta vez otras las circunstancias comencé
por comprar un bono de 10 viajes nada más salir del AVE. Algo que no me resultó
fácil pues uno de los grandes cambios que se ha introducido en la gestión del Metro
ha consistido en eliminar las cabinas expendedoras humanizadas y sustituirlas
por unas máquinas impávidas pero exigentes. Tuve que requerir de la ayuda de un
madrileño que en lenguaje cheli me dejó claro que “no es tan di-fí-cil, que
sólo hay que saber distinguir las cosas impor-tan-tes… de las cosas que no son
tan impor-tantes”.
A partir de entonces comenzó el verdadero espectáculo. No
pude imaginarlo ni en mis sueños más fantasiosos. No fui capaz de preverlo aun
cuando los signos nos llevan hablando permanentemente durante los mismos dos
años en los que no había usado el metro madrileño. Signos que en realidad se encuentran
por doquier (no sólo en Madrid y en el Metro) y que por tanto están a la vista
de cualquiera. De todas formas, ya digo que a pesar de todo ello yo no fui
capaz de imaginar la espectacular imagen con la que me iba a encontrar.
El espectáculo estaba ahí y se ofrecía a unos cuantos ojos, no
muchos. Porque en efecto, se trataba de un espectáculo curioso y restringido a unos
pocos en la medida en la que sólo sería capaz de verlo aquel que fuera eso,
espectador… ¡pero no actor! Es cierto que hasta hace unos días (los que conforman no más de
dos años) los usuarios del Metro no podían evitar un cierto aspecto
alienado en sus gestos y actitudes, pero les habitaba de alguna forma una dignidad
infundida por la necesidad, una necesidad aceptada de forma circunspecta. Ahora ya no. Ahora la mayoría de los usuarios del Metro,
una mayoría que por supuesto se corresponde con una mayoría que habita la
superficie, no se ha conformado con estar relativamente alienada, o alienada
con cierta dignidad, sino que ha necesitado ser humillada. Y por eso esa
mayoría de usuarios deambula absorta con su dispositivo tecnológico entre las
manos.
Cualquier usuario del Metro que fuera capaz de dar un paso
atrás dentro de un vagón podría convertirse en espectador de un espectáculo para
mí desolador: decenas de personas absortas ante un pequeño dispositivo rectangular
que les tiene humillados. Allí están a diario, miles de personas que en su paso
por espacios públicos se encuentran subyugados a un dispositivo que les exige
distracción y entretenimiento. Con el dispositivo entre las manos se entretienen,
se distraen, como los niños. Todos ellos están ahí, en el subterráneo, firmemente
aferrados a sus teléfonos sin apartar un solo segunda la mirada de ellos.
¡Vayan solos o acompañados!
Lo que no tendría mayor importancia si no fuera porque son
las mismas compañías de telecomunicaciones las que mejor y más eficazmente han
conseguido nuestra desintegración. En perfecta connivencia con el Estado las
compañías de telecomunicaciones han pasado años abusando del ciudadano
dejándolo indefenso y desamparado ante un Estado que miraba hacia otro lado mientras
se hacía con parte del botín. Y han conseguido, con un proceso minuciosa y sabiamente
desarrollado, que el sujeto del hoy sea un ser sin mirada; un ser sumamente
comunicado desde su ensimismamiento mostrenco.
En perfecta armonía con el mismo espectáculo se encontró el
colofón, un colofón por tanto que no hizo sino corroborar la desintegración del
ser en tanto que ser social, en tanto ser que mira hacia fuera para generar la
existencia del otro. Si verdaderamente “ser es ser percibido” (Beckett dixit), lo que nos ofrece ese
ensimismamiento es la nada. No hicieron falta más que tres paradas en dirección
al CENTRO para que el espectáculo descrito ofreciera su colofón, ese momento
álgido que todo espectáculo que se precie requiere. Si no lo veo no lo creo:
¡la estación más transitada de Madrid ya no se llama Sol (siguiendo la pauta de los nombramientos de las paradas en
función de la calle o plaza a la que a través de ella se accede)! No, ¡ya no se
llama Sol, se llama Vodafone Sol! ¡Como también así se llama la línea entera a
la que esta parada pertenece! Y ya saben lo que entre otras cosas esto
significa: “Próxima parada: Vodafone Sol” y los andenes decorados con esa nueva
e inexplicable denominación, y todos los millones de planos y planitos
repartidos por la inmensa ciudad. ¡Vodafone Sol! Y mientras, todos tecleando el
dispositivo velozmente con sus repulsivos deditos gordos.
Salgo del andén de la parada Vodafone Sol y me dirijo a la
línea amarilla para hacer mi necesario trasbordo hacia Plaza España. El vagón
se encuentra repleto y hasta me cuesta entrar. Me cojo como puedo a una barra y
quedo situado junto a dos estudiantes que discuten acerca de las exigencias de
su profesor. Él dice que el profesor ha pedido que la bibliografía requerida para
el trabajo no contenga referencias extraídas de internet, y ella asegura, de
forma categórica, que el profesor dijo todo lo contrario, que las referencias
bibliográficas podían ser tomadas de la red. Se produce entonces un tira y
afloja en la que ninguna de las partes cede. Él lo hace desde la tranquilidad
de quien parece no tener dudas respecto a lo que el profesor dijo y ella desde
la excitación de quien quiere imponer sus intereses. De hecho, después de un
pequeño silencio ella se arranca y dice torciendo el gesto: “no, si éste será de
los que les gustan los putos libritos”. Y ya hemos cambiado de tema. O no.
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miércoles, febrero 12, 2014
Normalidad y Premios Goya
Ha habido fantásticos pensadores que han hecho mucho daño con
la excelente originalidad de sus reflexiones. Pero no tanto ellos mismos como
quienes después se han apoderado de esas reflexiones para hacer de ellas un uso
tan vulgar como nocivo. Así, esos pensadores han perjudicado al pensamiento
“profesional” ulterior al generado por ellos mismos a través de unos seguidores
que con derecho pero sin gracia formalizaban una escolástica degenerada, establecida,
como no podía ser de otra forma, desde el pervertido academicismo
universitario, tan propenso al medre a través de la endogamia y la demagogia. Ya
en otro momento de este blog lo
apuntábamos a partir de otro caso, el de Barthes, interesante pensador cuyas
reflexiones fueron usadas por el mundo del arte para justificar ineptitudes
antiestéticas... pero muy sufridas, pobrecillos artistas.
Ahora le toca a Foucault, uno de los pensadores que han
resultado ser más nocivos para el pensamiento profesional normalizado. No sé si
a su pesar o con su beneplácito. Porque fue precisamente Foucault quien,
paradójicamente, más cuestionó las ideas preconcebidas acerca del concepto de normalidad. De hecho son sus tesis y
teorías las que han moldeado perfectamente los fundamentos de la corrección
política. Los apologetas de Foucault llevan años viviendo de las rentas que
genera toda intención buenista expresada desde la cultura de la queja. Cultura
ésta, la de la queja, que se caracteriza por su pertinaz y obsesiva oposición a
lo hetero-normativo.
Así las cosas, es desde hace ya muchos años que a nadie le
es permitido usar el término normal
como adjetivo. La corrección política se habrá encargado de instalar las bases
que impidan a nadie asignar dicho adjetivo a una persona so pena de ser
crucificado por la Opinión Pública. Para la corrección política lo normal ya no será nunca algo que
pueda servir de referencia en los juicios de valor (la norma, la regla), no
será ya nunca ese carácter medio con respecto al cual se medirá una desviación
(entendiendo por desviación lo alejado de la norma, lo anormal como
excepcional, no como patología). Pero, lo sabemos, la corrección política ha
llegado todo lo lejos como le han permitido los medios de comunicación en sabia
connivencia con los intereses políticos. Y no se ha conformado con las teorías
que cuestionan el entendimiento del concepto normalidad sino que se han empeñado en atacar y destruir todo
aquello que siempre representó la normalidad misma.
Mal que nos pese, según mi criterio, ya que ello ha dado lugar a
un desfase en el conocimiento pragmático que nos impide situarnos en un lugar
sensato, ese lugar desde donde no hay patologías pero sí excepcionalidad.
Admitamos de todas formas que la realidad es un constructo configurado por
nosotros (nuestro lenguaje, etc.) y no algo devenido de una naturaleza inevitable.
Pues bien, los constructos elaborados por el modo de ver dominante no pueden
ser otra cosa que el reverso de los constructos que pretenden imponer las
minorías. Sobre todo cuando las minorías ponen su énfasis en destruir lo
heteronormativo (el hombre y la heterosexualidad).
De esta forma mi pronunciamiento sólo será posible desde la
anormalidad que cree en la norma, pues mi reivindicación consiste en poder
volver a usar el término normalidad
como forma de expresar una necesidad posible, algo poco propio de los tiempos
actuales, en el que la anormalidad (las minorías) se impone sin creer en norma
alguna. Así pues reivindico la normalidad no tanto como modelo cuanto como
estado posible que, por tanto y a su vez, puede ser reivindicado. Y por tanto
reivindico la posibilidad de usar la forma adjetivada del término. Y es en este
sentido que la entrega de los Premios Goya me pareció, una vez más (así como
los Premios Max de teatro, también televisados el año pasado), un acto grotesco
debido a su forzada por exigida anormalidad descreída, esa anormalidad que
descree de la existencia de normas porque siempre son presupuestas como humillantes. O
por decirlo de otra forma, me pareció todo exageradamente sobreactuado... falso. Y por
tanto eché de menos un poquito de normalidad, quizá expresada en forma de
serenidad, sosiego y circunspección.
Pero no, todo en los Goya parece que ha de ser histriónico,
sobreactuado, artificioso. No sé si para ser comercial (¿) o porque en realidad
no saben hacerlo de otra forma. Todo en los Goya parece un juego de niños que
parecen no haber crecido. Entiendo perfectamente que se trata de una fiesta y
que el carácter lúdico va implícito en ella. ¿Pero debe eso implicar que todos
los participantes tengan que ser graciosos o estar alterados? ¿Acaso no hay
después de todo un espacio para la normalidad? Al parecer no, desde un
presentador impostado que debe feminizar
sus gestos para ser gracioso (¿) hasta unos actores que al recoger el premio
deben histrionizar sus actuaciones ¿Sería posible una entrega sin un
presentador presuntamente gracioso? Plantéese de verdad el lector la pregunta.
Ya digo, eché de menos una cierta normalidad, si acaso
ocasional y puntual. Pero nada, un presentador marcando el paquete con un guión
de teleserie chusca; un gran actor de sobra conocido por su desparpajo que recoge su premio
con frases afectadas, lloronas y balbuceantes; una gran actriz (por edad y por
talento) que simula una conmoción en el recibimiento del premio, que hace como
que llora y como que se va a desmayar pero ni le salta una sola lágrima ni se
cae; un productor que grita su discurso por una euforia incontrolada; otra
actriz (más joven y primeriza) que entrecorta su voz de forma impostada con
respiración acelerada -simulando ataque de nervios- hasta que ella misma dice
“lo voy a superar”, y de repente se pone a hablar con tranquilidad; hasta un homenajeado anciano que no pudo evitar hacer de su recogida un acto afectado y superficial.
En la gala
se condensa, en efecto, todo lo que el sector más progresista de intelectuales ha
criticado siempre del imperio del mal, es decir, de los norteamericanos. Por no
hablar de ese sentimiento de superioridad moral que se esfuerzan siempre por
mostrar y que les exige politizar el Premio, sólo y siempre, cuando gobierna un
partido conservador. Recordemos que mientras España se caía a pedazos no se les ocurrió otra
cosa que ponerse el dedo índice por encima de la ceja. Eso sí, entre je-jés y autobombo de club de comedia.
Nota. Quede claro que me parece un auténtico despropósito el
IVA asignado a la cultura. Resulta intolerable que pague menos IVA un productor
de porno que una compañía teatral. Quizá si una gala de entrega de premios
fuera seria –lo cual no significa exenta de sentido el humor- sería posible y
creíble cualquier reivindicación. Quizá si el discurso que reivindicara una
sensata utilización del dinero público fuera más ecuánime y menos cainita y
menos chabacano y menos partidista… Quizá si quienes reivindican la sensatez en
la Administración -del color que fuere- admitieran que la normalidad no sólo es posible sino además
recomendable y ejemplar…
Quizá todo fuera posible si la normalidad –que no excluye inteligencia, lucidez y
gracia, pero tampoco puntualmente humor, extravagancia y locura- se impusiera
por encima de una superioridad moral autoconsciente que sólo se sabe expresar
con sobreactuación barata…
Y quede claro también que mucho cine español me parece extraordinario. La cuestión es que, una vez más, se ha puesto de manifiesto la veracidad de las "leyes fundamentales de la estupidez humana" de Cipolla, concretamente la segunda, en la que se asegura que alguien puede ejercer su actividad con perfección y sensibilidad sin dejar por ello de ser al mismo tiempo un imbécil.
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martes, enero 21, 2014
Y aún dicen que el pescado es caro
A.-Entre risas obligadas, que no forzadas, se desarrollaba ayer
el programa que diariamente congrega, delante de los televisores, a varios
millones de personas confirmando los más altos índices audiencia. Todos los
días hay que reírse a la misma hora. Si uno quiere, claro. Es el programa
favorito de mis sobrinos, que tienen 13 años. Pero también les gusta mucho a
todos mis alumnos, de 24 años. Y a muchos de sus padres, de 52 años. Pero es el
favorito de mis sobrinos, de 13 años. Y lo ven millones de personas.
Ayer, como todos los días, la entrevista al famoso de turno
que nada casualmente tiene algo que promocionar. En este caso, el fin de la
emisión de una de las series televisivas más exitosas de la temporada. Hay que
promocionar los estrenos, pero también los finales, da lo mismo siempre y
cuando se haga con ese tono buenrrollista donde los famosos se sinceran entre
bromas. “Je, je”.
Con motivo de las ambigüedades que manifiesta la invitada en
lo que a las relaciones sentimentales/sexuales de su personaje en la serie se
refiere, el presentador distingue dos personajes masculinos, el galán y el
canalla. Al parecer el personaje femenino protagonista se debate entre esos dos
tipos, así la pregunta no se hace de esperar: “¿y tú con qué besos te quedas,
con los del galán o con los del canalla?” La respuesta es clara y rotunda “con
los del canalla por supuesto”.
B.-Se tratará para muchos de un simple programa, que a lo
mejor lo es. Pero desde luego no para mí. Lleva demasiados años en antena como
para no dar importancia a su longevidad. El programa se llama Hombres y Mujeres y viceversa y en él se
congregan jóvenes de ambos sexos con el fin de encontrar las afinidades
suficientes entre ellos que les permitan las ulteriores relaciones sexuales.
Que se dan. Citas, saunas, yakuzis, discotecas, hoteles… morreos, magreos, tangas,
sudor, músculos… y después al plató a comentar las incidencias. Ellos marcando bíceps
y pectoral con camisetillas de algodón high
cost y ellas con minifaldas que enseñan el ombligo.
Las diferencias entre sexos no sólo es algo que queda en
evidencia constante sino que es potenciado en la medida en la que resulta tan
inevitable como rentable. O mejor: si admitimos que no existe posibilidad
alguna de emitir por televisión un programa políticamente incorrecto, hay que
admitir que la exaltación (inconsciente) de la diferencia tiene como causa una
que resulta insalvable; a saber: lo real de la diferencia.
Más allá de particularidades y anécdotas varias que se
traslucen a lo largo de tanto ligoteo y de tantos programas la pregunta podría
ser, ¿existe en las chicas alguna actitud que pudiéramos señalar como una
constante en lo que a la elección de los
chicos se refiere? ¿Existe en esa elección femenina algún chico que pudiéramos
denominar tipo –por recurrente y
generalizado- más allá de las diferencias que conlleva toda particularidad?
Aunque quizá primero deberíamos hacernos otra pregunta, ¿son
estos chicos y chicas representativos de la juventud hasta el punto de poder
tomarlos, con las correspondientes cautelas y prevenciones, como modelos? A lo
que yo contestaría sin dudar: SÍ.
Esto es, los jóvenes del programa son, en
efecto, representativos de un término que englobaría la generalidad en la medida
que son los prototipos que despiertan el deseo del (in)consciente colectivo. Es
decir, puede afirmarse que los chicos y chicas del programa son aproximadamente
representativos de esa generalidad que llamamos juventud en la medida que su
deseo emerge ante las mismas premisas
(las que se reproducen en músicos, deportistas, actores, etc.)
De hecho hay una prueba que demuestra que, en efecto, sí hay
una actitud que pudiéramos señalar como una constante en lo que a la elección
de los chicos se refiere. Una prueba que es ciertamente irrefutable en la
medida en que es proporcionada constantemente por las mismas protagonistas.
Cada vez que pueden afirman, de una manera o de otra, que los chicos que les
gustan son, ciertamente, “los malotes”.
Y aún dicen que el pescado es caro.
O lo que es lo mismo: dadas las exigencias de las mujeres…
aún pasa poco
Nota. He comprobado que el post anterior no me salió del todo bien ya que es mucha la gente gente que no entendió la metáfora y por tanto no "reconoció" el personaje. Zalamero era, cómo no, José Luis Rodríguez.
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martes, diciembre 31, 2013
Zalamero
Durante año y medio se ha estado diciendo de él que ha sido el mejor ex-marido de toda la Organización. Que la ausencia de declaraciones, así como su distanciamiento y su prudencia ante el Entorno, lo habían convertido en un ex-marido modélico.
Pero en este país los modelos tienen los días contados. En realidad aquí nadie quiere modelos, nadie quiere personajes ejemplares, sería como admitir que alguien puede ser mejor que otro, algo que iría en contra de la igualdad, de la uniformidad. Y en estas circunstancias quien indefectiblemente gana la partida es siempre el ruido. Llevamos más de 30 años entrenándonos en dar pábulo exclusivamente al que más ruido hace. Porque el ruido es, además de rentable, el principal recurso que tiene los mediocres para seguir haciendo ruido. El que tan rentable resulta.
Así que ni corto ni perezoso decidió cortar su silencio, no sólo con la publicación de un libro acerca de sus vivencias, sino con su masiva presencia en los medios de comunicación con más audiencia.
Durante año y medio se ha estado diciendo de él que ha sido el mejor ex-marido de toda la Organización, pero la verdad es que su silencio nunca sirvió para solucionar ninguno de los problemas en los que dejó sumida a toda su familia. Su mujer no ha podido recuperarse aún de todos los daños por él infligidos. Su estado de salud sigue siendo muy delicado, los ansiolíticos siguen siendo necesarios para superar el día a día y sus visitas a consulta han tenido eliminarse con el fin de poder seguir atendiendo semidignamente a los hijos.
Lo cierto es que, como es bien sabido, su gestión no pudo ser más nefasta. La situación en la que dejó a su familia después de haberla maltratado pertinazmente durante 7 años no puede ser peor. 7 años en los que los malos tratos infligidos a su familia no eran apenas comentados por la Organización que presidía, esa organización cargada de buenas intenciones que tanto reivindicaba la labor de su jefe, la labor de su líder.
La cuestión es que ni corto ni perezoso un buen día decidió cortar su silencio. Publicó un libro acerca de sus vivencias y estuvo un par de meses haciendo bolos para publicitarlo. Con la familia hecha unos zorros, el ex-marido anduvo de tertulia en tertulia haciendo gala de su gran talante, ese talante que no le impidió maltratar a su mujer en el reciente pasado con constantes vejaciones ahora por todos conocidas. Es sabido que del año y medio transcurrido desde su separación la mujer ha estado entubada 8 meses y que su peso corporal llegó a preocupar seriamente al equipo médico. Como también es sabido que todo ello no es más que el epílogo de 7 años de actuaciones que consumaban el mal, ese mal por todos reconocido a posteriori.
Fue precisamente su talante el que al parecer le obligaba a admitir en las entrevistas que no siempre hizo bien las cosas y que cometió algunos pequeños errores. Quiso mantener el prestigioso título que le otorgaban, el de el mejor ex-marido de la Organización y se le ocurrió tirar de ese supuesto talante que, todo se ha de decir, destrozó a su familia. Así, después de haber vejado y maltratado a su mujer durante 7 en los que no dejó de humillarla, Zalamero aparecía en todos los medios diciendo "Es cierto, no hay por qué negarlo, que cuando uno adquiere tantas responsabilidades es susceptible de cometer errores. Yo los cometí, no tengo reparos en reconocerlo, creo que es de justicia hacerlo. No siempre me comporté bien con mi mujer; recuerdo que un día no le ayudé a pasar la fregona en el cuarto de invitados y otro, y es aquí donde mi conciencia más me castiga, en el que no fui capaz de ayudarle a freír unos huevos cuando vinieron a comer unos amigos de mis hijas".
Pero en este país los modelos tienen los días contados. En realidad aquí nadie quiere modelos, nadie quiere personajes ejemplares, sería como admitir que alguien puede ser mejor que otro, algo que iría en contra de la igualdad, de la uniformidad. Y en estas circunstancias quien indefectiblemente gana la partida es siempre el ruido. Llevamos más de 30 años entrenándonos en dar pábulo exclusivamente al que más ruido hace. Porque el ruido es, además de rentable, el principal recurso que tiene los mediocres para seguir haciendo ruido. El que tan rentable resulta.
Así que ni corto ni perezoso decidió cortar su silencio, no sólo con la publicación de un libro acerca de sus vivencias, sino con su masiva presencia en los medios de comunicación con más audiencia.
Durante año y medio se ha estado diciendo de él que ha sido el mejor ex-marido de toda la Organización, pero la verdad es que su silencio nunca sirvió para solucionar ninguno de los problemas en los que dejó sumida a toda su familia. Su mujer no ha podido recuperarse aún de todos los daños por él infligidos. Su estado de salud sigue siendo muy delicado, los ansiolíticos siguen siendo necesarios para superar el día a día y sus visitas a consulta han tenido eliminarse con el fin de poder seguir atendiendo semidignamente a los hijos.
Lo cierto es que, como es bien sabido, su gestión no pudo ser más nefasta. La situación en la que dejó a su familia después de haberla maltratado pertinazmente durante 7 años no puede ser peor. 7 años en los que los malos tratos infligidos a su familia no eran apenas comentados por la Organización que presidía, esa organización cargada de buenas intenciones que tanto reivindicaba la labor de su jefe, la labor de su líder.
La cuestión es que ni corto ni perezoso un buen día decidió cortar su silencio. Publicó un libro acerca de sus vivencias y estuvo un par de meses haciendo bolos para publicitarlo. Con la familia hecha unos zorros, el ex-marido anduvo de tertulia en tertulia haciendo gala de su gran talante, ese talante que no le impidió maltratar a su mujer en el reciente pasado con constantes vejaciones ahora por todos conocidas. Es sabido que del año y medio transcurrido desde su separación la mujer ha estado entubada 8 meses y que su peso corporal llegó a preocupar seriamente al equipo médico. Como también es sabido que todo ello no es más que el epílogo de 7 años de actuaciones que consumaban el mal, ese mal por todos reconocido a posteriori.
Fue precisamente su talante el que al parecer le obligaba a admitir en las entrevistas que no siempre hizo bien las cosas y que cometió algunos pequeños errores. Quiso mantener el prestigioso título que le otorgaban, el de el mejor ex-marido de la Organización y se le ocurrió tirar de ese supuesto talante que, todo se ha de decir, destrozó a su familia. Así, después de haber vejado y maltratado a su mujer durante 7 en los que no dejó de humillarla, Zalamero aparecía en todos los medios diciendo "Es cierto, no hay por qué negarlo, que cuando uno adquiere tantas responsabilidades es susceptible de cometer errores. Yo los cometí, no tengo reparos en reconocerlo, creo que es de justicia hacerlo. No siempre me comporté bien con mi mujer; recuerdo que un día no le ayudé a pasar la fregona en el cuarto de invitados y otro, y es aquí donde mi conciencia más me castiga, en el que no fui capaz de ayudarle a freír unos huevos cuando vinieron a comer unos amigos de mis hijas".
domingo, noviembre 10, 2013
Cine y Corrección
Cine y
Corrección
Frente a
lo que les sucede a otras formas de expresión artística el cine vive un buen
momento. En contra de lo que le sucede al Arte que es, tal y como venimos
señalando desde hace ya varios años y valga la paradoja, la forma de expresión
artística más alicaída y precaria de la contemporaneidad. Una contemporaneidad,
para entendernos, en la que leer novelas se ha convertido en el acto infantil
más culto de los posibles. Pero el cine no sólo no está acabado sino que está demostrando
ser la forma de expresión artística más adecuada a nuestros tiempos. Desde que
la caída de Lehmann Brothers introdujera a la humanidad en un agujero negro de
proporciones aún desconocidas, el cine decidió reinventarse imponiendo el
talento y el ingenio sobre el anquilosamiento rancio de las industrias
cinematográficas más conservadoras. El relativo fácil acceso a la tecnología ha
sido, todo se ha de decir, un factor importante ante el resurgimiento de esta
forma artística
A la moda
Pero no
todo iban a ser flores. Porque si hay algo de lo que ni el cine se ha podido
librar es de creer que se encuentra al servicio del espíritu de su tiempo. Aun
con toda la variedad de la que puede hacer gala esta forma de expresión
artística en una actualidad realmente variopinta, la verdad es después de todo
que el cine no ha podido evitar caer demasiadas veces en eso que cuestiona la
misma imaginación libre de la potencialidad creativa; a saber: en elaborar
productos que tienen de trasfondo los mismos principios básicos. O la misma
carga ideológica entendida como elemento motor. Generando así un elevado número
de películas que podrían englobarse dentro de lo que podríamos denominar una moda. Y es una lástima porque ir a la moda es una forma de producir artefactos que suelen ser exactamente
lo contrario de lo que debe esperarse de un verdadero acto creativo. Sobre todo
si descubrimos que esos principios básicos que asociamos a una moda responden a
prejuicios establecidos por la corrección política.
Algo que
resulta paradójico, pero no por ello incomprensible. Paradójico en la medida en
que es el cine “alternativo”, que es casi el único que nos interesa (indie, independiente, low cost, minoritario por asiático o por
indio o por chileno, etc.: el que difícilmente encuentra acogida en las salas
comerciales), el que debería evitar los prejuicios zafios del pensamiento
único. Pero de alguna forma comprensible, ya digo, en la medida en que
precisamente son los sectores supuestamente más (pseudo)intelectualizados los
que más divulgan ese pensamiento único generado desde lo políticamente correcto.
Así es como nos encontramos con que muchas de las películas que más difusión
encuentran en los medios especializados y en los festivales atienden a una
manera de ver el mundo digamos que feminista. Y si no puramente feminista, sí
al menos contaminada por la necesidad de asumir un cambio de paradigma respecto
a la cuestión de la igualdad (de géneros), que no tanto de la diferencia. O mejor:
un cine que entiende el feminismo de la misma manera peculiar que lo entienden
los medios, los políticos, los académicos y claro, los artistas: no tanto
atendiendo a la diversidad de lo femenino como atendiendo a la uniformidad de
lo masculino. Y de ahí que en el cine contemporáneo los varones sean seres cuando
menos “incapaces”, cuando no unos capullos, cuando no unos asesinos, cuando no directamente
innecesarios, como iremos viendo.
Falsas
apariencias
Es como
si empezara a dar sus frutos todo el trabajo legendario de Laura Mulvey y
Teresa de Laurentis, entre otras. Frutos que recogen tanto el cine blockbuster como el cine minoritario,
cada uno a su manera. Y no se trata ni mucho menos de desmerecer ese cine tan a
la moda sino de analizar la ideología que finalmente se desprende de las
apariencias.
Pero
crear en función de la moda en un mundo globalizado puede conllevar algún tipo
de despropósito añadido, más allá del que supone el ya señalado hecho de la
uniformidad, pues ni todos los países tienen la misma idiosincrasia ni viven las
mismas circunstancias sociales. No es lo mismo hablar de la mujer en ciertos
países que hacerlo en otros si lo que se pretende con ello es denunciar un
estado de injusticia respecto a las libertades. Las mujeres de los países
civilizados contraen matrimonio con quienes quieren y eligen su propio destino.
Además de tener sus propias despedidas de solteras y de ser, aún, mayoritariamente
poseedoras de las custodia de sus hijos ante la separación. Y si nos atenemos a
las estadísticas incluso son más infieles que los hombres*.
Pero la
moda cuando se impone es implacable y da igual que se imponga a modo de
pantalón de piquillo que a modo de novela histórica. En Corea, por ejemplo, la
situación de la mujer –y del hombre- es claramente distinta a la de España, por
lo que puede resultar extraño hablar del asunto de la mujer no emancipada con
las mismas “formas” en un sitio y en otro. Sin embargo la moda es la moda y
aunque la situación de muchos países es inmensamente distinta en lo que al
trato de la mujer se refiere, la verdad es que no hay cinematografía que renuncie
a seguir los mismos patrones ideológicos globalizados. De esta forma nos
encontramos ante una gran cantidad de producciones que recurren al asunto –ya
sea tomado como principal o colateral- de la (des)igualdad para tratarlo de
forma políticamente correcta, esto es, para tratarlo de forma absolutamente
previsible. Como si siempre fuera igual y como si fuera igual en todos los
lugares. Y dará igual que sea más o menos pertinente abordar tal “denuncia” (lo
que en unos países puede ser producto de la pura necesidad en otros sólo es el
simple producto de la corrección política), porque lo único que demuestra una
moda ideológica es su incapacidad de escapar a la corrección política. Una moda
generada, de hecho, por la misma corrección política.
Corrección
e incultura
Echemos
un vistazo a los dos últimos números de la siempre interesante Caiman Cuadernos de Cine. En portada la
película Caníbal, en donde un hombre no se conforma con asesinar mujeres, sino
que además se las come; en el interior 12 páginas dedicadas a La vida de Adèle (ganadora además del
último Festival de Cannes), película dedicada a dos mujeres que se bastan y
sobran para amarse con sexo explícito; y en separata un suplemento de 35
páginas dedicadas a Hong Sangsoo. Algún desprevenido podría decir, “¿y bien?”.
Pues antes de contestar sigo, no sin antes afirmar que en absoluto es la
calidad de las películas lo que aquí se cuestiona.
Así, en ese
mismo número aparece la crítica de La
herida de Fernando Franco, película que trata la vida de una mujer con
problemas importantes de trastorno de la personalidad (Síndrome Bordeline). El
reseñista no duda en asociar esos desórdenes psicológicos de la protagonista a
la película No tengas miedo (Montxo
Armendáriz), película donde la protagonista es una niña que sufre abusos
sexuales. La ligazón no es nada ingenua, pues lo que hace el crítico es vincular
la locura de esa mujer de La Herida a la única causa por la que,
desde la corrección política, una mujer puede padecer desórdenes: el hombre. No
hay posibilidad de que una mujer pueda padecer desórdenes psíquicos si no es
porque el hombre los ha favorecido. Para el pensamiento único ni siquiera los
males que padece la protagonista de La
Herida (película autónoma con su propia estructura interna) pueden tener
otra causa que el hombre, y si ese hombre no se encuentra en la propia película
pues se busca en otra y si no se encuentra en otra se les asigna al varón en
tanto que concepto genérico. Da igual en qué país se viva y lo civilizado que
esté, la cuestión es criminalizar el varón por cualquier vía posible –y en el
mundo entero-, ya sea política, mediática o, como en este caso, artística.
Otras
películas toman las páginas importantes dedicadas a los últimos estrenos. Todas las mujeres (Mariano Barroso)
donde el perfil del protagonista es directamente calificado por el crítico de
“inmaduro, ególatra y machista”. Película que narra las relaciones de un hombre
con todas las mujeres que le rodean. El acerado crítico avisa que con esta
película el director “vuelve a establecer un diálogo con la (des)igualdad de
las mujeres” y “pone un acertado énfasis en la absurdidad de un protagonista
que parece vivir anclado en una suerte de dualidad hegemónica victimista del
rol masculino patriarcal”. Para rematar el director dice en una entrevista, “¿Y
qué hombre, sobre todo español, no tiene una parte así?”. “Hay que joderse”, podría
decirme yo como respuesta a la pregunta de una entrevista que nadie me hace.
Dos
páginas más adelante y respecto a su última película dice Álex de la Iglesia en
una entrevista, “los hombres somos muy tontos y no entendemos a las mujeres”. Y
la siguiente página está dedicada a Gloria,
una película chilena que trata, de una “mujer separa y con hijos ya adultos,
que lucha por mantener la vitalidad”, “el retrato agridulce de una heroína
cotidiana”. El hombre protagonista es definido, como no podía ser de otra
forma, como un ser incapaz: “incapaz de ser partícipe de la vida de ella”. En
la página siguiente la crítica de Dos
mujeres (Paul Feig), película que “se centra en lo femenino”. La sección
cuaderno de actualidad se dedica al rodaje de La señora Brackets, la niñera, el nieto bastardo y Emma Suárez,
donde su director Sergio Candel dice que su principal motivación es “indagar en
la transformación del cuerpo femenino”. Habría que ver en estas dos últimas
cuál es el papel del hombre.
En el
último número de Caiman dos películas
ocupan portada y páginas relevantes. Dos películas sobre dos mujeres: Blue Jasmine
(Woody Allen) y Camille Claudel (Bruno
Dumont). Respecto a Jasmine se dice en las primeras páginas, “la idealización
de las apariencias no le deja ver las infidelidades y los negocios turbios de
su marido”. Y respecto a Camille Claudel se dice, “en este universo encontramos
a una mujer prisionera de la sombra de su amante”. Algo que tiene claro su
protagonista, Juliette Binoche, “creo que la locura de Camille tiene que ver
con el hecho de que fuera precisamente Rodin, la persona que ella más amaba,
quien le impidiese desarrollar su arte, quien hizo que desapareciera del mundo
para ser encerrada”. Y unas páginas más adelante encontramos la crítica de La por (El miedo) y la entrevista a su director Jordi Cadena (quien ya
hiciera Elisa K). “La por, el nuevo
largometraje de Jordi Cadena –dice el crítico de turno- no solo es una película
sobre los hombres que pegan a las mujeres y sojuzgan a sus familias” y para
acabar afirma “una máquina infernal que recorre la familia y la escuela, y que
crea una presencia omnipresente aun cuando no se la pueda ver: el Padre, esa
instancia todopoderosa que traspasa el mundo de los afectos para incidir en la
cuestión de la economía y el poder”.
Pero volviendo
al número anterior de Caimán, ¿qué se
desprende de conjunto de las películas de Hong Sangsoo, uno de los directores
más aclamados del mundo en la actualidad?, ¿qué es lo que se desprende para que
la afrancesada revista le dedique un suplemento de 35 páginas? Para quienes
conocen la obra de este curioso director no haría falta explicación alguna, entre
otras cosas porque su cine es sin duda interesante, pero para quienes no lo
conocen sólo decir que sus películas se caracterizan por lo que en ellas
sucede. Y lo que sucede es, tantas veces, que los varones, por lo que sea, se
muestran incapaces de estar a la altura de las mujeres y por ello no dejan de
ser mostrados como estereotipos del típico machista. Algo que al parecer pone
muy cachondos a los cultos críticos cinematográficos europeos que no distinguen
Corea de Madrid, o de Nepal o de San Francisco. Las mujeres de Sangsoo pueden estar desconcertadas o
mostrarse dubitativas, pero los hombres serán casi invariablemente (y a pesar
de todas las variaciones marca del autor) ególatras, sexistas y algo bobos.
Los
críticos occidentales y anglosajones más civilizados, siempre imbuidos por el
inevitable complejo de culpabilidad perenne, parecen disfrutar con estos
asuntos tan políticamente correctos, se den de la forma en que se den y con
independencia de la circunstancia concreta. Pero la peculiaridad que caracteriza
a la inmensa mayoría de los que van a la moda es precisamente la de no darse
cuenta de ello. No hay joven tatuado que no se crea original debido a la forma
de su tatuaje, olvidando en su creencia que lo verdaderamente original es no
llevar ninguno. Es perfectamente legítimo gustar del cine de Sangsoo (o el de Tran
Anh Hung), pero fundamentalmente por su estilo y sus formas de narración serial
en torno a las variaciones. También si se quiere por su contenido, por
supuesto, pero sólo si ese contenido se analiza y exalta en su justa medida. Y
en su contexto. El machismo que sufren las mujeres de Corea (o las de Vietnam) nada
tiene que ver con lo que puedan experimentar aquí unas mujeres que han nacido
con el eslogan feminista clavado a sus orejas. Es de sobra sabido por anunciado
que desde hace más de 25 años hay más universitarias que universitarios. Y
quien es profesor sabe perfectamente que en las chicas no hay ni un atisbo de
despiste más allá del que se quiera permitir cada una en el uso de su propia
libertad. Por ejemplo eligiendo el hombre equivocado, algo por otra parte
demasiado frecuente en la adolescencia y la juventud; los malotes, que dicen ellas (tema sobre el que nadie quiere
reflexionar cuando se le llena la boca de eslóganes anti-machistas)
Así, y
por decir algo que suene… digamos que actual: “El Padre, el hombre, el marido, el amante y el pretendiente:
violento, asesino, incapaz, egoísta y tonto. Y la mujer, el futuro”
Pero ya
lo avisaba: las apariencias son una cosa y la realidad otra. Una cosa es dar la
razón a Laura Mulvey y otra bien distinta creer que el compromiso con la mujer
pasa por exaltarla criminalizando al varón.
*Dice
Cármen Garijo a propósito del éxito de ventas de 50 Sombras de Grey (Glamour,
septiembre de 2012) ”En el Reino Unido la última cifra de ventas de juguetes
sexuales para mujeres es de 4 millones de unidades, y se prevé que en la
siguiente década se multiplique esta cifra por cien; un 49 % de las mujeres ha
sido alguna vez infiel en su vida, frente a un 46 % de los hombres”.
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