sábado, septiembre 03, 2011

Soy un maldito reaccionario

¡Dicen de los prejuicios! Yo los tengo, si es que lo son. Y a veces me gusta ponerlos a prueba, lo sean o no. Casi siempre se reivindican, pero también a veces se escapan por la misma puerta por la que entraron, con independencia de que lo hubieran o no sido. De todas formas a cualquier cosa se le llama prejuicio hoy en día. Hay quien cree que no gustar de algo (o despreciarlo) es siempre el signo de un prejuicio. Como si no gustar de algo tuviera que ser necesariamente el producto de una información mal asimilada. Como si no gustar de la coliflor, por ejemplo, fuera necesariamente producto de alguna incoherencia, como si fuera necesaria la coherencia; o mejor: como si fuera posible la coherencia. Como si fuera necesario gustar de la coliflor para acabar con todos los prejuicios del mundo. Y quien dice la coliflor dice Erc Rohmer.

Pero, ¿qué es un prejuicio? ¿Qué necesita un juicio como “no me gustan el cordero”, o uno como “no me gustan los cuadros de Rothko”, para dejar de ser un simple juicio y poder convertirse en prejuicio? ¿Es el hecho de no poder acceder a sus causas, de no saber expresarlas? En absoluto: no me gusta el cordero y punto. ¿Es por tanto conocer las causas lo que nos libraría del prejuicio? En absoluto: sé por qué no me gusta Rothko y sin embargo mi gusto persiste en disgustar de él. ¿Son prejuicios, entonces? No. Pero no me importaría que lo fueran. O mejor, no me importaría que a las afirmaciones que representan la expresión de mi gusto se les llamara prejuicios. Pero a condición de que hicieran referencia a todas mis afirmaciones. Y a las de todos.

Pues bien: seguro que es una cuestión de temperamento pero nunca me ha gustado el pensamiento aforístico ni la frase ingeniosa; nunca me han gustado las síntesis de expresiones que aún carecen de desarrollo. Odio la gente que dice, por ejemplo, la historia es la secreción del universo y después no sabe qué más decir al respecto. Es decir, odio a los iluminados que se expresan en corto, en poético. Quizá, pienso yo, porque quienes así se expresan lo fundamenta todo en su desproporcionada egolatría. No hay pensamiento sin desarrollo y a mí me interesa más el desarrollo que la idea misma. Es en el desarrollo del argumento, en el razonamiento, donde yo encuentro el placer intelectual. Entiendo la metáfora en el razonamiento, pero me suele desagradar en el aforismo y en la frase ingeniosa. Y aveces hasta en la poesía. Me cuesta mucho gustar de lo breve, pero lo desprecio si además es pretencioso. Yo sería de los que diría que lo bueno si breve dos veces breve. En definitiva, me produce rechazo el narcisismo de las creaciones que se aprietan (o incluso se estilizan o depuran) para mostrar el ego del creador. Respecto a la expresión literaria la columna de opinión sería lo mínimo a lo que yo podría otorgar dignidad. Lo demás, juegos florales: espectáculo en feria de vanidades.

Todo vine a cuenta de mi primera experiencia en una red social. Ayer quedé con mi amigo Salva para que me introdujera en “las formas” de la red que a él le gustaba. Así, toda una tarde conociendo el Twitter, del que nada sabía. Yo me confronté a esta forma de comunicación, claro, con los prejuicios de quien la despreciaba sin conocerla de verdad. ¿Hay que hacer puenting para poder tener una idea cabal de lo que supone hacer puenting? Pues no sé si cabal, pero yo tenía una idea de lo que podía ser twittear. Nunca he sido de los que ha visto al maligno en la historia de la tecnología, pero después de ver lo que es el Twitter me estoy convirtiendo en apóstata de mí mismo y comienzo a creer que verdaderamente sí está Satanás detrás de los actuales inventos tecnológicos.

Twitter es la expresión en corto por antonomasia. Todos tienen que ser ingeniosos para poder ser eficaces. Arrobas y links por todas partes. Veloces: reactivos. Comunicación retórica con abreviaciones adolescentes. Síntesis enloquecida que, en el mejor de los casos, remite al análisis a través del hipervínculo. Quien se va al hipervínculo se sale de la partida, se le pasa el turno, pierde reactividad y está fuera de juego. La eficacia se encuentra en la inmediatez y, efectivamente, la inmediatez es la fundamental regla del juego. Condensación de caracteres: fluidez comunicativa. Mi prejuicio consistía en rechazar este tipo de forma de comunicación. Mi juicio consiste en rechazar este tipo de forma de comunicación. No por no ser de otra forma, sino por ser de la forma en la que es. No por considerar que sólo en el análisis se encuentran las verdades (inciertas) sino por considerar que las síntesis reactivas son la manifestación del perfecto infantilismo. E incluso, paradójicamente, del perfecto inmovilismo.

¿Deja por ello de parecerme interesante el Twitter? En absoluto, al revés, soy en eso tan posmoderno que la categoría de lo interesante es la categoría que rige mi ser. De hecho, el grupo de “amigos” en red con los que se comunica mi amigo Salva me parece de lo más interesante. Y sus interlocuciones curiosas. Y por supuesto respetables. Pero no por ello dejo de pensar que se trata de una forma de comunicación de la que verdaderamente se nutren, sólo, los poderosos. Los demás son comparsas, desocupados, analfabetos, buenas personas, listos, estudiantes… Se trata de algo personal: de la misma forma en la que me interesa conocer la existencia del medio no me interesa mi participación en él. Así, un juicio que podría responder a ambas posiciones podría ser: Twitter me parece una porquería. La existencia del medio y su éxito me dice mucho de la actual condición humana; mi participación en el medio me parecería una absoluta pérdida de tiempo. Por cierto, también me dice mi amigo Salva que mis posts son demasiado largos y yo sin embargo creo que son demasiado cortos.


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