domingo, julio 24, 2016

Praga II

A.A las 10 en punto de la mañana me encuentro en el punto de encuentro tal y como quedé ayer con una simpática chica, Rosa, valenciana para más señas, que me asaltó en medio de la vorágine de la Plaza Vieja para ofrecerme los servicios de su “empresa”. Estoy allí con un grupo de españoles que han decidido contratar a un guía para que les muestre los lugares de interés de la ciudad. Mi intención nunca fue la de hacer el recorrido, sino otra, ya que ayer no supe dar con quien me pudiera indicar dónde se encuentran las librerías de la ciudad especializadas en arte, y Rosa me dijo que si alguien había adecuado para solventar mi problema ese era el guía de las diez de la mañana, un artista -y licenciado en Bellas Artes- que vive en Praga hace 8 meses.

Ante mi pregunta balbucea y duda; intenta concentrarse en búsqueda de una respuesta, pero no la encuentra. Definitivamente no sabe dónde hay librerías especializadas en arte. Yo, por mi parte elucubro una finta verbal para poder despegarme del grupo sin parecer descortés. Así, me excuso y me despido.

El grupo parte hacia el río con su guía y yo me quedo clavado en uno de los laterales de la Plaza Vieja, que ya está abarrotada desde primera hora de la mañana. Miro alrededor haciendo una panorámica desde mi propio eje, el de quién si no, y siento que languidezco, que me apago; la cantidad de gente me abruma y reconozco mi error: nunca debí visitar Praga en verano. Tengo delante la escultura mastodóntica y negra que preside la plaza, me rozan varios segways que deambulan ofreciendo sus servicios; a un lado otro grupo de españoles con otro guía, al otro uno de italianos con su respectivo, y poco más allá media docena de grupos de no sé qué procedencia.

En estas circunstancias y en ese estado se me ocurre levantar la cabeza justo en el edificio que tengo a mis espaldas y allí está el discreto cartel pegado a su fachada Evolution: film exhibition David Croneneberg. Me acerco, indago y pregunto. En efecto, al parecer en el Edificio de la Campana de Piedra hay una exposición sobre el cine de Cronenberg, uno de los pocos directores que más allá de los resultados resultan sumamente interesantes por cuanto hacen, sólo, lo que no pueden evitar hacer. Y lo hacen, claro, de la única manera que saben, la suya, la personal, la que no entiende de estudios de mercado.

Se entra a través de una extraña estructura dispuesta para los efectos y ubicada en el mismo hall del edificio. Algo que desde luego introduce al espectador en la exposición de una forma apropiadamente antinatural. A la salida de ese cilindro de terciopelo negro que asemeja un útero me atiende una colaboradora de la exposición que amablemente intenta explicarme quién es Cronenberg y cómo está organizada la muestra. Su aspecto tiene ese punto grotesco que comienza a convertir mi experiencia en fascinate. Viste algo desastrada, sonríe extemporáneamente y su deshilachado flequillo le tapa innecesariamente los ojos.

La exposición es un recorrido por todas y cada una de sus películas, con explicaciones, dibujos, documentos, fotografías, objetos, esculturas y vídeos. Comienzo poco a poco, saboreando todo el material que sale a mi encuentro. No hay nadie en el interior de la laberíntica exposición. Dadas las condiciones de este edificio la muestra se encuentra estructurada por pequeñas salas, de tal forma que el recorrido lineal te acompaña en un itinerario acorde a la cronología de sus películas. Me cruzo con una pareja que ha entrado unos minutos después que yó, una rubia alta y un negro algo más bajito que ella. Compartimos esa primera instancia en silencio sepulcral. Se dan dos silenciosos besos.

La estructura de los espacios, así como la disposición del material y la música de fondo me sirve para incrementar de alguna manera una experiencia perceptiva de gran nivel. Algo que sucede, entre otras cosas, con la inestimable ayuda de un público inexistente.

Las primeras salas me resultan emocionantes porque me retrotraen al pasado de forma precisa; el material expuesto reactiva mi memoria y me hace recordar esas sensaciones tan intensas que de adolescente tuve viendo las películas Vinieron de dentro de y Scanners. Aquellas babosas sanguinolentas y fálicas que tanto me impresionaron. Después vinieron Rabia, Cromosoma 3 y sobre todo La zona muerta y Videodrome, que ya me pillaron más crecidito.

Paseando por esas habitaciones repletas de documentos cinematográficos siento una excitación serena que se expande produciendo un placer difícilmente describible. Llego a la sala que contiene Crash e Inseparables, dos morbosas películas que sin duda dejaron huella en mi forma de atender y entender ciertos conceptos relacionados con el placer, la mujer y el goce.

Bueno el material de las películas La mosca y El almuerzo desnudo, que nunca contaron con el beneplácito de una crítica siempre dispuesta a confundirse ante productos aparentemente -o supuestamente- comerciales. Esa misma crítica que puntúa de forma más generosa a sus películas menos personales pero no por ello despreciables, Una historia de violencia y Promesas del Este. Y accedo por último a Cosmopolis una de las mejores de su filmografía.

En un cine improvisado que se encuentra en la segunda planta del recorrido están proyectando Scanners. Entro apartando una tela de terciopelo negra y me siento. Debemos ser 5 personas. Veo unos diez minutos de película y me salgo. Diez minutos intensos que me hacen reflexionar sobre el hecho del tiempo y la duración; me acuerdo de las digresiones de Bergson y las relaciono, arbitrariamente, con el hecho de estar en una Praga que parece un gran parque temático repleto zombies. Puto verano.
 
Al final de la muestra hay, en una sala grande y oscura, tres campanas negras colgadas del techo que dejan sus bordes a unos 80 centímetros del suelo. No resulta fácil comprender pero bastan unos minutos: hay que agacharse e introducirse en ellas para ver sus cortometrajes de forma más o menos aislada. Paso por las tres. Me cuesta salir de ellas, quizá porque sé lo que me espera al final del recorrido: volver a la ciudad “Dragón Khan”. Las campanas actúan, de nuevo, a modo de útero materno, esa obsesión de Cronenberg con la que tanto me identifico

No sé si es una exposición pensada para Praga o no lo es, no me he informado, pero supongo que no. En cualquier caso me ha proporcionado una experiencia extraordinaria. Cronenberg es un buen aliado de Kafka. Cuando salgo de la última sala descubro que el palacete tiene una librería, así que me introduzco en ella y descubro que se trata de una buena librería especializada en arte. Compro. Y me acuerdo del guía turístico, artista y licenciado en bellas Artes

B.Buena mañana. Decido ir al Museo de Arte Moderno de Praga, que se encuentra bastante alejado del centro más turístico. Sé más o menos dónde se encuentra porque me guía un plano de juguete (sin nombres de calles), pero voy preguntando para asegurarme. La respuesta de todos aquellos que amablemente intentan orientarme es la misma, todos me indican el número de tranvía que debo coger.

Pero eso es exactamente lo contrario de lo que he decidido saliendo del hotel: salirme del centro y llegar andando al periférico Museo. Ello me obliga a callejear por lugares poco o nada turísticos pero con un puro sabor idiosincrásico. Las calles están casi tan vacías como las estancias de Edificio de la Campana de Piedra. Estupendo.

El trayecto me hace ser plenamente consciente de mi contingencia. Son cosas de estar solo (siquiera momentánea y puntualmente) en una ciudad extranjera con un idioma imposible. Todas las percepciones actúan sobre una sensibilidad a flor de piel, de tal forma que acaban siendo intensas aun a pesar de su aparente trivialidad.

Ya llegando al Museo veo venir no tanto a una persona cuanto a un personaje. Viene por la misma acera en la que me encuentro y voy a cruzarme con él más pronto que tarde. Se trata de un tipo alto con barba pelirroja y viste exactamente igual que el repetitivo personaje de los cuadros de Magritte. Es más, podría decirse que se trata de “él mismo”.
La temperatura ambiente no es la propicia para ese atuendo pero yo juraría que se trata del suyo habitual. El cruce con él me supone un impacto que supera a lo meramente visual. Todo parece en su sitio… menos yo. Otra cosa sería que me hubiera cruzado a ese personaje en el centro turístico. Entonces ese tipo me habría parecido simplemente un capullo.

Paso por una calle desértica en la que se escucha de fondo la canción Blame it on the boogie, de los Jackson Five. Sumamente emocionante. Mágico, diría. Ni Smetana, ni el Moldava, ni pollas en vinagre; una preciosa calle des´ertica y los Jackson Five con su boogie. ¡Dios!

Daría para otro post hablar del destartalado Museo y de su estupenda librería ubicada en un lugar perfectamente absurdo. Compro y me acuerdo del guía turístico, artista y licenciado en bellas Artes.

Por cierto, en el Museo he visto una exposición del que dicen es uno de los mejores artistas contemporáneos, Aj Wej-Wej. A  me ha dado la risa.

miércoles, julio 20, 2016

Praga I

De vuelta de Praga, ¿qué decir?

De momento lo mismo que se podría decir de una buena cantidad de ciudades contemporáneas, ya sean orientales u occidentales: que en toda ciudad supuestamente importante cohabitan simultáneamente dos ciudades, la ciudad “Dragón Khan”* y la ciudad “Giorgio de Chirico”. Son antagónicas pero cohabitan. No insitu, pero cohabitan en la medida en que se encuentran ambas dentro del mismo perímetro en el que se circunscribe lo que desde el Ayuntamiento se considera la ciudad. Juntas, pues, pero separadas por un enorme y claramente invisible muro concéntrico que se encuentra siempre a una distancia x del epicentro.

Antes de proseguir debo decir que uno no conoce los sitios cuando lo desea sino cuando lo hace. Yo siempre quise conocer Praga pero sólo las circunstancias actuales han propiciado un viaje que debí hacer cuando no pude hacerlo. Por eso quizá lo más oportuno fuera volver atrás y reiniciar el texto con otra pregunta antes de continuar con mi ambigua digresión.

¿Qué Praga es la que tenía que haber visto?

Así pues, no tanto qué decir de Praga, sino más bien ¿qué no poder decir de ella a tenor de lo que invariablemente se me dijo antes de partir? Porque si de algo no había duda es de la invariabilidad de la opinión de todos cuantos ya la habían visitado, que me la expresaban con un entusiasmo desaforado. Invariable, ya digo: “maravillosa”, “bellísima”, “increíble”, “preciosa”, “extraordinaria”, etc., y los más jóvenes “espectacular”, “guapísima”, “genial” y “brutal”.

Así, ¿de qué Praga debo hablar, de la que he vivido o de la que debí ver? No resulta fácil optar por el único enfoque que no parece insensato, créanme, porque hablar desde uno -y no desde el común (predeterminado)- me genera cada vez más, respecto a una sociedad perfectamente consensuada, un muro tan enorme y tan invisible como el anteriormente aludido. No resulta fácil, pues, pero no queda más remedio. Otra cosa sería analizar cómo se traducen todas esas particulares percepciones en el personal estado de ánimo que uno vive en el viaje día a día.

Pero sí, dos ciudades cohabitan en toda ciudad contemporánea, llámese como se llame: la ciudad “Dragón Khan” es la ciudad de las hordas humanas y de la venta de imanes para neveras y la otra, la ciudad “Giorgio di Chirico”. En la primera no sólo no hay tregua, sino que tampoco hay espacio. Ni tiempo, lo que resulta mucho más inquietante que lo anterior. Las hordas circulan como habitualmente lo han hecho durante la historia, avasallando. Tiene uno que esquivarlas con dificultosos juegos de cintura para los que no todo el mundo está preparado, y no es broma, vi caer a una anciana que quedó estampada contra el suelo haciendo un cristo tan perfectamente estático como extático. No tuvo tiempo de esquivar a 3 jóvenes orientales que quisieron hacerse un selfie delante de una tienda de donuts sin haber reparado en su presencia. El peligro de estas hordas se acrecienta sin duda cuando conjuga varios grupos de diversa procedencia, pues cada uno de ellos se debe al paraguas que inflexiblemente los guía, pero sin dejar de atender al móvil con el que pretenden fotografiarlo todo. Peligrosas, pues, en la medida en la que se desplazan sin ver.

En resumen: la Praga “Dragón Khan” resulta imposible, pero no tanto porque la tapen los turistas, que sin duda lo hacen, cuanto porque dejó de existir desde el momento en que se convirtió en un juguete, como tantas otras ciudades (París, Roma, Florencia, Venecia, Barcelona, etc., y todas la que están de camino). De hecho nadie vive en la Praga “Dragón Khan”. Fíjense si la visitan próximamente, miren hacia arriba cuando paseen si la multitud les deja. Entonces verán que se trata sólo un escenario sintético, un escenario que representa perfectamente las fantasías de lo que los viajantes profesionales esperan encontrarse. No hay apenas luces encendidas en esos enormes edificios que tan perfectamente decoran todo el centro.

Pero sí, dos ciudades cohabitan simultáneamente en toda ciudad contemporánea, llámese como se llame: si por una parte se encuentra la ciudad “Dragón Khan”, que es la ciudad juguete, por otra se encuentra la ciudad “Giorgio di Chirico”, que es la ciudad metafísica. Lógicamente se encuentra ubicada, aunque dentro del perímetro estipulado por el correspondiente Ayuntamiento, en las partes más alejadas del epicentro.

Pasear por la ciudad metafísica de una ciudad es exactamente eso: pasear. Algo que no puede ocurrir cuando esquivas a miles de personas que desplazándose zómbicamente sólo se paran para comprarse una camiseta o para posar delante ante una omnipresente cámara fotográfica. Sin embargo, apenas se cruza uno con nadie en la ciudad metafísica de una ciudad y desde luego muy rara vez con turistas, por lo que uno se encuentra mucho más cercano a su propia consciencia. Lo que, como sabemos y ha quedado claro, es algo que no desean los viajantes profesionales, que son esas personas a las constantemente les gusta dejar claro sus aficiones: “me encanta viajar”, o en el peor de los casos, “lo que más me gusta es viajar”, algo que dicen cada vez que pueden venga o no a cuento.

Son zonas, las de la ciudad metafísica de una ciudad, que los turistas rehúsan con especial decisión porque no sólo les aleja del epicentro que mentalmente tanto tranquiliza, sino porque les aleja también de su objetivo primordial, que no es otro que el de constatar lo que ya sabían; en este caso que Praga es una ciudad maravillosa, bellísima, preciosa, extraordinaria, divina, espectacular y brutal.

Pero pasear por la ciudad metafísica de una ciudad es pasear por lugares sin apenas tiendas, sin apenas cafeterías y sin apenas gente, rodeado de olores verdaderamente idiosincrásicos y de un silencio atronador, valga la expresión, que te conduce a una suerte de trance extático conectado a tu consciencia. En fin, es pasear en unas condiciones que sin duda acrecientan la experiencia perceptiva que sólo podrá ser densa por ausencia de “ruido”. O por decirlo de otra forma: en contra de lo que pudiera parecer, la percepción sensorial se incrementa proporcionalmente a la disminución del “ruido”.

Pero ¿quién quiere después de todo una experiencia perceptiva densa? Y esa sí sería la verdadera pregunta, la pregunta que convierte en innecesaria o inútil mi disertación, la pregunta que convierte este texto en el producto de un excéntrico. Porque la verdad verdadera es que una ingente mayoría de gente gusta de las ciudades “Dragon Khan” y del cine blockbuster y una minoría cada vez más escuálida de las ciudades “Giorgio di Chirico” y del cine de Bilge Ceilan o Kiarostami, por poner un par de ejemplos.  

Y no hay motivos para pensar que tanta gente pueda estar equivocada.

Aunque, y ésta sí sería ahora una buena pregunta de cierre: ¿qué resulta en realidad más kafkiano, desplazarse por la Praga “Dragón Khan” o pasear por la Praga “Giorgio di Chirico”?

Sin duda alguna que desplazarte por la Praga “Dragón Khan”. Lo que no sé es eso qué quiere decir. No sé a quién da la razón, si a las personas que en su viaje creen haber conocido Praga o a las que saben que eso no es forma de conocer una ciudad.

En cualquier caso Praga no es lo que dicen que es sino lo que se deja ver. No es lo que es teniéndola que imaginar sino lo que vemos cuando la miramos y vivimos en directo. Y lo que vemos es absoluta e indiscutiblemente kafkiano.
 
*El Dragón Khan es la atracción (montaña rusa) que durante muchos años funcionó como símbolo del parque de atracciones más importante de nuestro país. 

jueves, junio 30, 2016

Educación

Con una cadencia prodigiosamente regular el bebé golpea la mesa de alumnio con una potencia inusitada. Plash, plash, plash… Se encuentra en brazos de su abuelo, que lo sujeta sobre sus piernas mientras la abuela se enciende un cigarro que agarra firmemente con sus carnosos labios. Los tres sentados en una mesa contigua a la barra del bar donde me encuentro.

10 minutos más tarde el niño sigue golpeando la mesa con la palma de la mano y con la misma extraordinaria cadencia. Plash, plash, plash, plash...El abuelo está pendiente de él y por eso le propina besos en la coronilla de vez en cuando, pero no se sabe muy bien si el niño entiende ese cariño pues lo ignora en su empeño de destrozarse la mano izquierda. Por la otra parte, su abuela parece sobreentender que el bebé está descubriendo el mundo, en este caso el fabuloso mundo de los sonidos, por eso no sólo ignora el estruendo producido con cadencia de tortura china, sino que expira el humo de su cigarro sin percatarse que el bebé se lo está comiendo a bocajarro.

El cadencioso estruendo resulta sin duda enervante a todos los no consanguíneos que nos encontramos en derredor, pero eso se la trae al pairo al abuelo de camisa de rayas y pelo engominado y por supuesto a la abuela ceñida de torso y con labios carnosos que fuma mirando siempre hacia otro lado. A su vez todos los allí presentes miramos hacia la mesa con ojos algo inquisitivos, pero ellos, los impecables abuelos, viven esa sonoridad con perfecta indulgencia. Diría más: viven esa estruendosa sonoridad innecesaria con la alegría que les permite justificarla en función de un natural supuesto descubrimiento del mundo por parte del bebé. Las manos (suyas), la mesa (las cosas) y el ruido (por él producido). Plash, plash, plash, plash… ya 20 minutos después del su primer plash.

¿Normal? No sé pero lo cierto es que es muy probable que el bebé llegue a su casa con la mano hinchada y dolorida, y nosotros, los clientes contiguos a la mesa de los protagonistas absolutos, lleguemos también a nuestras casas sin hambre y con gana de ingerir medio diazepan.

La pareja que ocupa la mesa de la derecha no puede soportarlo y decide hacer marcha no sin lanzar una hiriente mirada a los abuelos, la que estos ignoran mientras el bebé no ceja en su afán de demostrarles a ellos, y a todos nosotros, que se encuentra descubriendo el mundo, plash, plash, plash, plash, plash… La manita izquierda del bebé ya casi tiene el doble de tamaño que su derecha, pero a los abuelos eso no parece importarles demasiado. Tampoco le importamos un rábano todos los que allí nos encontramos, que sin duda inquietos ya hemos comenzado a bizquear.

En la mesa recién liberada se sientan 4 mujeres de clara edad provecta. A cuál más elegante. En unos minutos se percatan del asunto y comienzan a cuchichear y a girarse indisimuladamente hacia los 3 protagonistas absolutos de un bar repleto en la hora del aperitivo. Plash, plash, plash, plash, plash, plash... Se encuentran claramente alteradas por el turbador sonido potente y repetitivo que se produce junto a ellas pero no pasan de expresarse con cuchicheos. Parecen normales...

Una de ellas sube a su caniche sobre sus piernas de tal forma que deja su cabeza a ras de la mesa de aluminio, saca entonces de su bolso un platito de plástico, vierte sobre él la mitad de su café con leche, lo edulcora con azúcar y lo acerca a los morros del perrito, quien comienza a dar lametazos de forma tan veloz como indiscriminada. La dueña del caniche se vuelve hacia los abuelos con cierto aire insidioso pero sin dejar de acariciar al que sin duda es su can-querido-del-alma. Plash, plash, slurf, slurf, plash, slurf, plash, slurf, slurf…

lunes, junio 20, 2016

Niños predestinados

Niños predestinados a no dejar de ser niños

Queriéndose ingenioso y gustándose a sí mismo Serrat ha declarado en una reciente entrevista: “He llegado a viejo sin haber sido adulto”.

Dicen que hace falta una cierta distancia para ver las cosas con claridad. Del todo incierto. La clarividencia se tiene o no se tiene, otra cosa es que se tenga siempre y para todo. Yo ya pude ver en su momento, en el de su pleno éxito y apogeo, que Serrat estaba crudo.

En su momento tuve que enfrentarme a demasiada gente cuando me atrevía a decir que Serrat era un letrista ingenioso, un cantante mediocre y un poeta pésimo. Eran épocas en las que la ideología se camuflaba de supuesta expresión artística y en donde las banderas eran buenas sólo si las portaban gente con sandalias. Yo nunca tuve oído musical para las letras, valga la paradoja, y por eso prefería Black and Blue o Potato Head Blues a Bandoler, del otro catalán cansino. ¡Y eso que Serrat -todo se ha de decir- era de los mejores, si no el mejor, de todos los cantautores setenteros!

En cualquier caso, no sé por qué la gente sobrevaloran tanto la infancia y la adolescencia, esos estadios del ser en los que aún se está crudo y por lógica matemática se carece de cultura, de mesura, de contención, de responsabilidad, y en definitiva… de madurez, eso que al parecer se ha saltado orgullosamente Serrat.

Pero, en efecto, a la gente, así en general, le gusta hablar de ese niño que nunca muere y que aún lleva dentro como si se tratara de una virtud. Y así nos va. Miren si no la campaña política que nos están infligiendo políticos, periodistas, tertulianos y moscas de bar. Jugando todo el día con encuestas que dicen rechazar pero que les exigen diatribas interminables. Todas sin duda discursivamente mal expresadas y repletas de latiguillos modales propios, cómo no, de adolescentes crudos.

Seguro que muchos de esos aparentes adultos son padres que acuden al colegio de sus hijos para exigir un poquito más de comprensión hacia ellos. Para que no maduren, para que les cueste ser adultos. Como ellos.

Entonces, sólo entonces, los 4 candidatos que aspiran gobernar España deciden ponerse en manos de una periodista recauchutada y hábilmente engafada para dejarse entrevistar por mocosos de entre 5 y 12 años en uno de los espectáculos más patéticos que pueda darse ante nuestros ojos ya habituados a la basura.

Y mientras, en otro canal, una periodista muy progre (?) habla del interesante y mono culito de uno de los aspirantes a gobernar España. Y las feministas calladas como putas.

martes, junio 14, 2016

Fútbol



No hay duda de que las mujeres odian el fútbol. Lo sé porque a mí no me gusta; o mejor, lo sé porque muchas veces me he servido de ese saber con fines impronunciables y me ha funcionado siempre.

Otra cosa sería analizar los porqués de ese odio. En ningún caso me serviría de explicación el argumento que incidiese sobre la dejación de responsabilidades por parte del aficionado. Sería como despreciar la honorable costumbre que tienen algunas personas por visitar la peluquería con una frecuencia tan inusitada como a veces inverosímil. O la de despreciar a quien gustara de las series televisivas, o del mismo tenis.

¿Qué le pasa pues al fútbol? ¿Por qué convoca tanto odio por parte del género femenino? Sería digno de estudio serio.

A mí, ya digo, no me gusta nada el fútbol, pero en mi rechazo no hay rechazo extensivo al género al que se le asocia. Aunque pueda éste no gustarme por otros motivos. Nada hay en mi rechazo de rencor ni de resentimiento ni de celos. No me gusta el fútbol como no me gustan las verduras pero no tengo nada en contra de aquellos a quienes sí les gustan, ni de aquellos que prácticamente sólo se nutren de ellas. No me gusta el fútbol porque me aburre, pero no me importa que las calles se queden vacías cuando se juega un partido importante (?). Porque ahí estaré yo tomándome una horchata. Más bien al contrario, me gusta que la gente tenga aficiones distintas de las mías.

Entiendo, pues, a quienes no gustan del fútbol, pero sólo si debe a la propia especificidad del deporte o a su excesiva presencia en los telediarios, y no tanto a quienes lo desprecian por otras razones.

Pero hagamos la pregunta al revés ¿cuáles podrían ser las razones que llevaran a una mujer a gustar del fútbol?

¿El amor? ¿La política?

Veamos esta foto de abajo y preguntémonos por qué estas mujeres muestran tanta pasión por el fútbol. Que por algo será.


Se trata de las Ministras Fátima Báñez y Ana Pastor

domingo, junio 12, 2016

Salirse de uno

Salirse de uno


Una semana consta de tan sólo 7 días. Por eso la vida sucede tan deprisa. En verdad resulta difícil visualizarla mentalmente sin su estructura bipolar, dialéctica. Son 5 contra dos. Quizá no para todo el mundo pero sí para la gran mayoría. En principio: 5 días de castigo divino y dos días de supuesta compensación. Aunque, como siempre, la “norma” existe para que ciertos excéntricos la perviertan de forma más o menos voluntaria. No es mi caso.
En este sentido uno se considera un auténtico concéntrico, un vulgar ortodoxo. Los fines de semana para mí serían, por seguir con la terminología que les confirió sentido, una bendición. Pero no tanto por considerar un castigo los 5 días laborales cuanto por lo que esos otros dos días me ofrecen: recogimiento. ¡Eso!, eso es exactamente lo que confiere esplendor al par de días que adquieren sentido en su confrontación a los otros cinco, el hecho de que me sirvan de desapego. Vivir desapegado de mi casa y mis cosas, vivir sin comida en la casa, con demasiado frío en invierno y demasiado calor en verano, sin libros, sin internet y sin apenas música.


Cuando se acerca el mediodía de los viernes me invade una picazón que no cesa hasta que la ciudad me escupe fuera de ella. Cruzar los 20 kms. de arrozales al atardecer es el perfecto prólogo de una experiencia que, no por mucho que se repita, deja de parecerme onírica. Porque, en efecto, si hay alguna forma de describir las sensaciones por mí experimentadas todos los fines de semana es la que los vincula a lo surreal. La llegada inexorable de los lunes no impide que uno sienta y perciba el recientemente acabado fin de semana como una experiencia lejana en el tiempo, borrosa y al mismo tiempo esplendorosa. Extraña: perfecta.


No sé si existe algún término que pudiera entenderse como opuesto al de adrenalina, esa hormona que en la actualidad tanta gente adora, con su ansiada aceleración cardíaca y su pertinente contracción de los vasos sanguíneos. Recogerme en mi cabaña sería como una forma de salirme de mí para estar más dentro de mí, tal es la paradoja. Y sus efectos podrían describirse como exactamente los contrarios al denominado subidón. Más bien se trataría, como digo, casi de lo contrario: un sosegado spleen que me aclara la vista y me sensibiliza el olfato. Lo veo todo como con un gran angular y mis movimientos en vez de realizarlos a 25 fotogramas por segundo los realizo a unos 40 o 45.


Nada en mi cabeza se cuece allí (aquí) de la misma manera que en mi habitat doméstico-laboral. O por decirlo a la inversa: todo lo que se cuece en mi casa, en mi hábitat laboral y en mis relaciones sociales es casi vulgar al lado de lo que se cuece delante de un horizonte líquido o de unos aromas que no pueden dejar de ser exóticos por mucho que los huela regularmente.

Alguien hace poco me preguntaba cuáles eran mis aficiones. Ante tan original pregunta me aturullé y contesté “salirme de mí”. Claro, no he vuelto a ver esa persona. En todo caso, debo decir que ella me hab´ia confesado las suyas poco antes: bailar y viajar.

sábado, junio 04, 2016

DE la publicidad y de la maldad

De la publicidad y de la maldad

Antes de empezar hagamos tres aclaraciones:

  1. El deporte de competición es ese espectáculo que mueve y moviliza a millones de personas debido, precisamente, al hecho de que exige a su espectador tener que tomar partido por una de las partes en juego. Ya sean deportes practicados de forma individual ya lo sea en equipo. Así, lo que moviliza a tantos millones de personas es el ánimo de victoria/vencimiento con todo lo que conlleva de obligada presión del “tuyo” sobre el contrario, tesón, fuerza, persistencia, garra, decisión, rabia, potencia y por supuesto alto nivel de lucha. Cero flaqueza, cero debilidad y cero compasión. Tanto en un atleta como en un jugador de fútbol. Nadal y Ronaldo.
  2. Todo deporte de competición necesita de unas reglas de obligado cumplimiento; normas/reglas que sirven, precisamente, para poder determinar con claridad quién es mejor que otro en un determinado momento. Reglas que todo jugador acepta en su necesario cumplimiento. Y aceptarlas conlleva exigirlas. De otra forma podría darse el caso de ser vencido por un tramposo. Exigirlas, pues, como única forma aceptable de legitimar una imposición. Porque todo vencimiento es una imposición y en todo vencimiento hay un derrotado. Así es el deporte de competición.
  3. No sé muy bien por qué pero la cuestión es que la nueva sociedad devenida de lo digital y la tecnología es una sociedad obsesionada, más que nunca, con lo competitivo (ver TV con sus concursos y realities) por lo que respecta a lo social, y abducida por la vigorexia por lo que respecta a lo individual (en la que la gente suele competir consigo misma, con retos personales, altos niveles de exigencia, esfuerzos desproporcionados…).

Cambio de tercio.
Podríamos considerar inepto e incompetente a quien elaborara una campaña publicitaria ineficaz para los propósitos de su cliente. Y yendo un poco más lejos podríamos llamar estúpido a quien elaborara una campaña publicitaria que además de ineficaz fuera contraproducente. Porque todo cliente -que contrata a una agencia publicitaria- es un pagador cuyos objetivos buscan rentabilidad en alguno de sus modos.

Pero,¿cómo podríamos calificar a quien hiciera -y pagara- una campaña cuyos intereses estuvieran vinculados no tanto a los objetivos que en ella dicen pretender cuanto a los beneficios que le reportan el hecho de hacer la misma campaña?

¿En función de qué podemos calificar una campaña publicitaria? Y sobre todo ¿respecto a qué intenciones, a las explícitas o a las implícitas?

Dejemos las preguntas momentáneamente suspendidas y acerquémonos a la última campaña publicitaria que al parecer pretende acabar con el maltrato que algunas mujeres sufren a manos de algunos hombres. La campaña la paga La Fundación Mutua Madrileña y ha sido creada con motivo del Open de Tenis de Madrid.

Respecto a la prensa escrita: a toda página impar del periódico aparece un famoso jugador de tenis con su brazo extendido hacia delante con el puño cerrado y el pulgar señalando hacia abajo. El texto/mensaje es una frase que se divide en dos partes, la primera se encuentra arriba del jugador, la segunda debajo. Arriba puede leerse

“porque te gusta imponer las reglas”

y abajo,

“a mí no me gustas tú”.

Respecto a los vídeos: varios jugadores de ambos sexos salen en la misma posición citada y antes de repetir el “A mí no me gustas tú”, dicen con el mismo gesto
“¿Te gusta sacar tu rabia en cada golpe?”,
“¿Te gusta sentir que eres más fuerte”? y
“¿Te gusta presionar hasta que falla?

Pero, ¿cómo saber de la eficacia de una campaña publicitaria? En este sentido y antes de continuar habría que decir, sobre todo a tenor de las estadísticas que tanto justifican la existencia de este tipo de campañas (las que pretendes acabar con el maltrato que algunas mujeres sufren a manos de algunos hombres): que todas las realizadas durante al menos los últimos 20 años han resultado enormemente ineficaces. Como bien se encargan de corroborar los medios de formación de masas cada vez que se produce un incidente mortal y nos alarman sobre el continuado o creciente índice de violencia.

Pero sigamos, ¿cómo saber de la eficacia de esta campaña? ¿De esta perversa campaña? ¿Cómo medir su eficacia?: ¿midiendo cuantitativamente el número de maltratadores que gracias a la campaña deja de existir?, ¿o midiendo los beneficios empresariales que supone a la Mutua una campaña que le ofrece una buena (comprometida) imagen?

Esta ambigüedad respecto a la medición de resultados es, precisamente, el motivo por el que se repiten ad-nauseam y, por supuesto, el motivo por el que resultan perfectamente inocuas. Porque lo que busca la empresa anunciante es, antes que otra cosa y por encima de cualquiera, el de ofrecer una buena imagen. Sólamente y nada más. Absolutamente nada más.

Ambigüedad que nos sitúa en un punto muerto que lo deja todo en manos de unas supuestas buenas intenciones. Punto muerto porque al final de las cuentas sería su palabra contra la nuestra. Ellos dirán que su objetivo es hacer que disminuya el números de maltratadores y nosotros no nos lo creeremos. En cualquier caso saber (?) de las buenas (?) intenciones del anunciante nunca es suficiente para valorar una campaña que sólo nos vende eso, intenciones buenas.

Pero ¿sabemos de verdad si son buenas las intenciones? Ya hemos dicho que es su palabra contra la nuestra. De todas formas, si juzgamos las intenciones a tenor de lo que universalmente se desprende de su manifestación más abstracta podríamos decir que sí, porque lo que dice pretender es la disminución de un mal, en este caso el del maltrato que algunas mujeres sufren a manos de algunos hombres Pero eso sólo se daría a partir del concepto intencional genérico, sin entrar en la consideración de los aspectos más particulares de la propia campaña.

La cuestión entonces es, cómo no, la propia campaña. ¿Que contestarían realmente los deportistas -tanto los elegidos para la campaña como cualesquiera otros- antes las preguntas?: “¿Te gusta sacar tu rabia en cada golpe?”, “¿Te gusta sentir que eres más fuerte”? y “¿Te gusta presionar hasta que falla? Indiscutiblemente “Sí” a todas. En situaciones normales jamás menospreciarían todas esas actitudes, más bien al contrario. ¿A santo de qué, entonces, desacreditar a quien (a ti -“tú”- que que te gusta sacar la rabia en cada golpe y sentir que eres más fuerte)  hace exactamente lo que ellos reivindican?

¿Qué es lo que falla en esta estúpida campaña? Pues muy fácil: lo que hace de ella un simple paripé, un trámite burocrático/estratégico, una gran mentira en la que sólo se regocijan los anunciantes y las mentes perversas y rencorosas. No había necesidad alguna de acudir al deporte de competición para hablar del maltrato que algunas mujeres sufren a manos de algunos hombres, pero el evento es el evento (dinero), el deporte es el deporte (bien considerado) y los famosos son los famosos (influyentes). Aunque hagan el gilipollas en un anuncio en donde se insultan a sí mismos además de insultar la inteligencia del lector/espectador. Porque ¿qué nos ha hecho suponer que la “rabia del golpe” es la de un puñetazo de un hombre a una mujer? Yo se lo diré: NADA. Monos aún si "sacar la rabia en cada golpe" es la actitud de los héroes en el deporte de competición. ¿Y que hay de intrínsecamente malo en “sentirse -o saberse- más fuerte” que otro? Yo se lo diré también: NADA. Sobre todo cuando lo que se inculca al aspirante a héroe es fortaleza mental. ¿Y qué tiene que ver el maltrato, así en genérico, con el “presionar hasta que falla”. Yo se lo dire´de nuevo: NADA.

¿Entonces, qué tipo de campaña es ésta? Ya lo dije: una campaña perversa. La campaña de alguien que quiere beneficiarse de un tema problemático sin hacer relamente nada para remediar el problema. Problema del que en última instancia (y en primera) se beneficia.

Y es en este sentido que podemos afirmar que la campaña, yendo más allá de esa inocuidad de la que todos somos conocedores, lo que destila es maldad. La que devendría de la ambición inmoral.

Así, para terminar volvemos a la primera pregunta, ¿cómo podríamos calificar a quien hiciera -y pagara- una campaña cuyos intereses estuvieran vinculados no tanto a los objetivos que en ella dicen pretender cuanto a los beneficios que le reportan el hecho de hacer la misma campaña?

¿Quizá... de hijos de la gran puta?

Nota. Si alguien quisiera ver imágenes sobre la campaña que acuda a Internet y a Youtube y busque con las palabras adecuadas.

viernes, junio 03, 2016

Ficción pura

Diálogo de ciegos: Pura ficción

Fedro. No conozco ningún rico que gaste su dinero pudiendo gastar el de otro.
Alcibiades. Y yo conozco muchas putas que no saben que lo son
Fedro. ¿Y cómo es eso posible?
Alcibiades. Porque nadie se encarga de demostrárselo
Fedro. Pues no sé qué decirte
Alcibiades. Ni yo qué pensar
Fedro. Pero ¿crees en Dios?
Alcibiades. Creo en los detalles
Fedro (Mirando al cielo). Mi barba tiene 3 pelos, 3 pelos tiene mi barba; si no tuviera 3 pelos ya no sería mi barba…
Alcibiades. Exacto, eso es lo que quería decirte

sábado, mayo 21, 2016

De tontos

Dándole vueltas al asunto de la bondad he llegado a conclusiones políticamente muy incorrectas. Qué le vamos a hacer: uno no ha nacido, al parecer, para tener amigos innecesarios. Y es que, ciertamente, hay más tontos que botellines. Siendo los tontos sucedáneos sofisticados de los malvados. Los tontos pues, como malvados no cercanos a la simpleza, como suele creerse, sino directamente cercanos a la maldad. Un tonto es antes un malvado que un ingenuo. Sobre todo si no se sabe tonto, que es lo habitual.

El caso es que ser feliz cuesta muy poco si, como dicen los sabios, son pocas las cosas que uno necesita. Y como esto no es una clase de autoayuda, que nadie me exija decir lo que por obvio debe resultar igual de innecesario que susurrar lindezas previsibles en los excitados oídos de los practicantes de la Corrección. Ser feliz cuesta muy poco si además de necesitar poco uno se libra de tener tontos a su alrededor. Y cuidadito que los tontos se disfrazan de cualquier cosa para despistar. Hay veces que incluso se disfrazan de malos, ya digo, lo cual no deja de ser una perversión paradójica.

De entre las subespecies de los tontos hay una que es especialmente peligrosa: la de los tontos ambiciosos. Son, claro, gente que además de no saber de su condición primera, la de ser tontos, tampoco intuyen nada respecto a su condición segunda, la de ser ambiciosos. Con lo que el tonto se convierte en un arma de destrucción masiva. La maldad personificada.

Pero no hay que descuidarse ante los que muchos denominan, a veces para poder justificarlos, como locos. Esos que muchos llaman locos (con el único fin de paliar algo las consecuencias que suelen producir sus acciones) no son más que malvados ambiciosos cuya obsesión no sería otra que la de nadar y guardar la ropa simultáneamente. Un tonto ambicioso jamás es un loco, es un malvado. Los malvados no siempre son tontos, pero los tontos siempre son maléficos lo sepan ellos o no.

Cuando en alguna ocasión he dudado respecto a una persona si era  mala o estaba loca la respuesta que me ha dado el tiempo ha sido inflexiblemente la misma: las personas malas están locas, pero la locura jamás entendida como atenuante, sino como parte de una maléfica y premeditada estrategia.  

Ahora bien, hay un tonto que se lleva la palma de los tontos: el que se fía de un tonto o el que se deja embaucar por ellos.

lunes, mayo 09, 2016

De la bondad (Virgin Mountain)

De la bondad (Virgin Mountain)

¿Cuánta bondad cabe en una persona?

Pero antes, ¿qué es ser una buena persona? Sí, esa sería la verdadera primera pregunta. Porque siempre habrá un allegado del gánster que asegure que su jefe, o su hermano o su padrino, o sea, el gánster, es una buena persona. ¿Qué no era Vito Corleone para su mujer y todos sus beneficiados sino una buena persona? Y por no ponernos dramáticos ni cuentistas: seguro que los altos ejecutivos de Vodafone/Ono y Moviestar/Telefónica son buenas personas para muchos de sus allegados. Aún cuando todos sepamos que nada hay tan maléfico como engañar y maltratar al que previamente se ha dejado indefenso y desamparado. Como lo está todo usuario de una telefonía móvil.

Seguro que muchos allegados de Carlos Slim lo describirían como una buena persona, quizá por ser campechano, o por llevar relojes de plástico. ¿Podemos decir, entonces, que buena persona es ese que saluda al panadero todos los días con una sonrisa y recoge la mierda de su perro con una bolsita de plástico?

¿Cuándo podemos decir de una persona que es buena? No, desde luego, cuando sólo podemos decir de esa persona que parece feliz. Por muy saludable y recomendable que pudiera ser una actitud social positiva. Como la que por cierto se conoce de esos asesinos cuando son descubiertos por la policía. Así sus desconcertados vecinos de escalera después de la detención: “era una persona muy normal e incluso atento, siempre tenía una palabra amable cuando subíamos en el ascensor”.

Pero sí, sí se puede saber cuándo una persona es buena: simplemente cuando esa persona se esfuerza en realizar el bien al otro. Así de fácil resulta saber de la calidad humana de una persona. Sobre todo cuando quien ejerce ese bien sobre el otro no repara en gastos propios, ya físicos, económicos, emocionales, sociales o neuronales.

Es desde este punto de vista que podemos decir que Fúsi, el protagonista de la película Virgin Mountain (Dagur Kári), es una buena persona. O mejor, una persona que exuda bondad, una persona buena. Y sólo por ver a un personaje de estas características en el cine contemporáneo ya merece la pena ver esta película. Un cine, este contemporáneo, que se regodea en la ambigüedad moral de unos protagonistas con quienes gustan de identificarse los espectadores.

Virgin Mountain es, pues, una película protagonizada por un personaje, Fúsi, en el que cabe toda la bondad posible. Su anodina vida responde a la inadapatación social que sufre debido a una personalidad que se ha forjado en ese mismo fracaso social; un bucle que aflora por lo laboral, lo familiar y lo sentimental. Con la inestimable ayuda, claro, de un aspecto físico que se encuentra en las antípodas del actual modelo vigoréxico.

Pero nada detiene a Fúsi si lo que quiere es repartir generosamente lo que su tremendo y desgarbado cuerpo le pide: amor. Y si algo impide a los demás estar a su altura moral es, precisamente, esa mirada limpia que sólo la verdadera bondad puede poseer. Por eso Fúsi no podrá ser feliz nunca, porque su bondad se enfrentará, siempre, a eso que a los demás impide estar a su altura.

¿Y de qué le sirve a Fúsi ser tan buena persona? De poco. ¿O no? ¿Acaba bien la película Virgin Mountain (Corazón gigante)? ¿Puede acabar bien una película que señala una sonrojante imposibilidad material? ¿Es posible la felicidad sin egoísmo?  

http://albertoadsuaradecine.blogspot.com.es/2016/05/de-la-bondad-virgin-mountain.html

domingo, abril 24, 2016

Lo pequeño y lo grande

(El gran arco y Parsifal)

Los excesos están para momentos ocasionales y muy puntuales. Pueden ser apasionantes y enriquecedores, pero ya en el mismo concepto nos viene implícita una cierta carga de negatividad. Uno no puede vivir en permanente estado de euforia.

En tanto que categoría estética lo excesivo se encontraría en las antípodas de lo que generalmente uno espera de toda expresión artística. Puede que se encuentre conectado a la edad de uno, pero el caso es que a uno cada vez le gustan más los textos artísticos -cine, teatro, literatura- sobrios y austeros; aquellos en los que, precisamente, emerge la profundidad a partir de una depuración que se serviría antes de la retórica que de la escenografía.

Cierto es que no son incompatibles las categorías contrapuestas pero creo que lo excesivo puede asociarse más a un gesto y un gusto juvenil y lo austero a una cierta maduración. Lo he comentado en más de una ocasión: un joven puede recoger cachivaches por la calle porque tiene todo el futuro por delante para ver qué hace con ellos, pero nada hay más patético que un viejo con el Síndrome de Diógenes.

Ayer estuve viendo una emocionante obra de teatro, una pequeña obra de teatro; una obra que era pequeña, no tanto por su dimensión como por sus circunstancias: dos actores, una mesa, dos sillas y un gran biombo en un pequeño teatro de esos que ha sido pintado por los propios propietarios. En fin: una de esas obras mínimas que ves en pequeños teatros que apenas congregan a 40 personas por sesión.

Obras que, cuando como ésta funcionan, me reconcilian con una humanidad que ya en sí misma me resulta cada vez más excesiva. Tampoco es que haya nada novedoso en las formas, de hecho los propios autores reconocen haberse inspirado en el teatro del absurdo, y más concretamente en Beket y Ionesco.

Eso fue ayer, hoy he visto un documental sobre Calixto Bieito, ese director teatral que triunfa en el mundo entero y que todo el mundo conoce por sus espectaculares y controvertidos montajes. Mis sensaciones ante su trabajo son paradójicas. Quizá sólo porque no he tenido la oportunidad de ver nada suyo en directo. Y como los documentales, ya se sabe, son hagiográficos, pues eso, que no me pasan desapercibidas todas las entrevistas en las que los invitados califican de inolvidables sus experiencias ante las obras dirigidas por el maestro.

Ver una obra dirigida por Bieito es como montarse en el Dragón Khan durante 3 horas. Algo que al parecer entusiasma a tanta gente en todo el mundo. Su puestas en escena son inmensas, grandilocuentes, provocadoras y claro está espectaculares, todo eso que al parecer entusiasma a tanta gente por todo el mundo. Enormes proyecciones sobre todo tipo de superficies, andamios gigantescos y móviles, estrucuras mecanizadas y, en fin, todo tipo de esos ingenios apabullantes que al parecer gustan tanto a tanta gente en todo el mundo.

Ver una obra de Bieito es, con toda probabilidad, poder ver a una monja peinada con una cresta skin, o poder ver a unos coros que se masturban detrás de Tristán e Isolda, o poder ver una proyección de porno duro detrás de un Parsifal vestido como un ángel del infierno.

Y no se trata tanto de cuestionar la actualización de las obras clásicas como de sospechar de la grandiosidad paroxística que al parecer resulta necesaria en estos tiempos frenéticos y asincopados. Respecto a lo primero me consideraría resultadista, si bien es cierto que posiblemente preferiría, en un 90 % de las veces, obras que ajustan su estética al mismo pasado en el que suceden los hechos. Al fin y al cabo pienso que los buenos textos se sostienen a sí mismos sin necesidad de grandes alardes formales porque son universales y atemporales.

La cuestión no sería, pues, dudar acerca de esa necesidad de actualizar las obras para, según cuentan los empresarios que las producen, atraer a un nuevo público. No, la cuestión sería saber cuáles son los motivos reales de ese entusiasmo sobre lo espectacular que se explica, según cuentan los propios espectadores, acudiendo a la emoción de la experiencia. La pregunta sería ¿experiencia respecto a qué?, ¿a la misma obra o a los elementos que la hacen digerible, entretenida?

¿Haría falta el concreto texto de Parsifal, e incluso su música, para provocar una emoción tan parecida a la que se experimentaba viendo a La fura dels bous? Es decir, ¿es la sabia adecuación de texto y escenografía lo que tanto emociona a los agradecidos espectadores de las obras dirigidas por Bieito? ¿Acaso los espectadores que acuden a ver Parsifal (por decir algo) entienden todos el alemán cantado de un texto basado en los difíciles poemas de Wolfram Von Eschenbach?

Yo por mi parte no rechazaría jamás ver una obra dirigida por Calixto Bieito si se me diera la oportunidad porque creo que, en efecto, sería acceder a la posibilidad de tener una experiencia privilegiada. Además, pocas veces he visto un documental hagiográfico sobre un creador en el que el creador me cayera tan bien. Cosa rara. Un tipo magnífico este Bieito.

Pero la cuestión de fondo es otra. La cuestión es si toda esa espectacularidad que tanto gusta en todo el mundo aporta algo a unas obras que se sustentarían en sí mismas sin necesidad de ella. Más allá, claro, de aportar eso que al parecer gusta a todo el mundo: leña visual. La pregunta sería pues ¿qué puede implicar esa necesidad de añadir leña a eso que funciona perfectamente con las ascuas?

Lo cierto es que no me gustaría ver un Willy Loman de La muerte de un viajante (Arthur Miller) interpretado por una prostituta decrépita. Otra cosa es que la viera y pudiera considerarla interesante, o por distinta o por controvertida o por perspicaz o por original. Pero ya se sabe; la categoría de lo interesante se inventó cuando se impuso un relativismo que consideraba desafortunado decir que las cosas se podían hacer mejor o peor, bien o mal. Y ya se sabe también, todo es interesante salvo para un idiota.

La cosa es que ayer vi una pequeña obra de teatro realizada con cuatro chavos en un teatro donde las paredes se desconchan. Y logró emocionarme además de entretenerme. Por 10 euros. Me gustaría creer que el montaje de la obra sería el mismo aún cuando el presupuesto de la compañía se multiplicara por diez debido a las razones que fueran. Y me gustaría pensar que de aquí a unos años Bieito iba a renunciar categóricamente al estilo que le ha otorgado la fama para concentrarse en un estilo sobrio y austero. Aunque para eso hiciera falta espectadores sin gran poder adquisitivo. Y teatros cuyo principal objetivo no fuera la rentabilidad. Un imposible.