lunes, mayo 28, 2012

ElHoy


ElHoy
No sé cómo escribirá la Historia este momento que vivimos. No sé cómo lo “verá” cuando nosotros ya no estemos para confrontar su relato. Ni siquiera sé si esto que vivimos de una determinada forma será otra cosa bien distinta. En definitiva, no sé cómo se escribirá el hoy. El hoy que a mí me ahoga.
Así, lo que en alarde de exultante creatividad llamamos crisis puede que no sea más que una simple bisagra entre dos eras esencialmente distintas, la analógica y la sintética. La primera estaba gobernada por las correlaciones (mejores o peores), la segunda por inputs electrónicos (siempre neutros). Hasta anteayer se estaba luchando contra la existencia de todo criterio que pudiera ser universal (cosas del relativismo), ahora sólo se actúa como si no existiera criterio alguno que pudiendo ser universal impidiera ciertos individualismos antiéticos. Es decir, nos ha vencido el relativismo: la inconmensurable pluralidad de los números ha sido desbancada por un maléfico sistema binario en el que todo sucede entre el cero y el uno. Y de ahí que, aunque con otros argumentos (similares), haya quien ha calificado esta crisis de conceptual. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta dónde radica el mal, motivo por el que, todo sea dicho de paso, no avanzan los movimientos de protesta. Por muy ingenuos que seamos nadie es inocente en el supuesto mundo civilizado, el que se encuentra gobernado por una suerte de conceptualización puramente académica. De lo que se deduce otro factor definitorio. Si por una parte se trata, como ya hemos dicho -y como también asegura Charles Morris: Dinero fácil, jugadores y el desplome del crédito- de una crisis conceptual (“intermediación financiera y mercados completos”), algo que la hace inabordable, por otra se trata, como bien apunta la película Inside job, de una crisis provocada por el mundo académico, el que curiosamente se inventó la corrección política con el fin de proteger a los más débiles (hay que joderse). O por decirlo de otra forma, los asesores de los gobiernos serían, en la era sintética, los mismos que ya habrían dado muestras de maldad y/o incompetencia en poderosos entes financieros. O viceversa, ya que el intercambio de asesores es bidireccional, retroactivo y binario. En cualquier caso, los asesores (provenientes en su mayoría de las mejores Universidades) serían todos multimillonarios a pesar de haber configurado un panorama del que casi sólo se beneficiaron ellos. Si a esto le añadimos, al caso español, un atávico y grotesco cainitismo…
La imbricación de finanzas y política es tan innegable como descorazonadora. Su granítica alianza ha sido concebida con el único fin de servir, por encima de cualquier circunstancia, a ellos mismos (banqueros, presidentes de multinacionales, asesores financieros, políticos). Tan poderosa que ha generado una alianza sobre la que deben resbalar la inmensa mayoría de ciudadanos desprotegidos e indefensos. Y llegamos a la tercera de las características peculiares de esta crisis: su espíritu antagónico. En efecto esta crisis ha sido posible sólo en la medida en que ha sido concebida “contra”. Y esto no tiene nada de metafórico. Como ya todo el mundo sabe la crisis comenzó cuando los grandes entes financieros tuvieron la “gran idea” de vender créditos hipotecarios contra los que apostar. O dicho de otra forma: comenzó cuando las finanzas y la política se aliaron CONTRA el ciudadano. No sólo estamos desamparados (ante las malignas multinacionales) y sometidos (por unos gobernantes ineptos), sino que además estamos siendo preparados para sobrevivir a la contra. No sólo no gobiernan mal sino que además se cagan sobre nuestras cabezas y nos incitan a hacer lo mismo sobre nuestro vecino.
Colofón. Ha vuelto a suceder. Las últimas declaraciones del Gobierno respecto al caso Bankia no ofrecen dudas: ha dicho que no quiere mirar al pasado y que por tanto no va a depurar responsabilidades. Contra el ciudadano, ya digo. Y con saña.

jueves, mayo 03, 2012

Un cuento ensayado II (o sobre la igualdad)


Las casualidades hicieron que me las encontrara en una de las cafeterías del centro comercial de las afueras. Allí estaban las cuatro haciendo un pequeño reseso entre compra y compra. Digo casualidades porque, al parecer y según me cuentan, rara vez logran reunirse las cuatro para ir de compras. Lo normal es que puedan coincidir, en el mejor de los casos, tres de ellas. Aunque lo normal es que queden por parejas y que éstas se formen en función de circunstancias muy coyunturales. Hoy ha habido suerte: las cuatro amigas juntas. Son las cuatro mujeres de mis cuatro amigos más cercanos, o mejor, las cuatro mujeres que conforman las parejas con las que habitualmente, aunque sin mucha frecuencia, me relaciono. De las cuatro sólo una de ellas trabaja, Vanesa, que es precisamente la madre de Carlos y Carla (ver post anterior). Las otras tres no lo hacen, fundamentalmente porque pueden permitirse el lujo de no hacerlo. Y porque desde tiempos pretéritos aceptaron no hacerlo, precisamente, por considerar que no iba a ser necesario dados los ingresos de los respectivos. Es decir, no trabajan porque pueden no hacerlo. Y porque a sus respectivos parece no importarles. Así es. Así es incluso hoy, cuando las cosas no son ya como las de antes.
Después de los saludos de rigor, y respondiendo a una extraña necesidad, se producen las típicas bromitas de rigor que pretenden demostrar cierta complicidad de género, esas bromitas que cargan sobre el sexo contrario. Yo las capeo, las ignoro y les pregunto por las compras. Me contestan por orden y acto seguido son ellas las que se interesan por el motivo de mi visita al centro comercial. Les explico que necesito unos 900 tornillos negros de llave allen. Las cuatro ríen al unísono, como si  se hubiera tratado de un chiste y aprovechan para volver a las bromas que buscan complicidad entre ellas; Lola incluso aprovecha para hablar de la incompetencia de Vicente (su marido) en los asuntos de las manualidades domésticas, y Espe retuerce el asunto diciendo que prefiere no hablar de “manualidades domésticas, que después todo se sabe”. Risas. Lo dice con aire circunspecto mirando a sus amigas y con el bolso de Loewe bien aferrado a su regazo. Vanesa, que al parecer no está para tanta frivolidad, da un giro a la conversación y me pregunta directamente por M. Le contesto al respecto y aprovecho para introducir mi preocupación por su hijo Carlos, que sé que está pasando un mal momento que afecta a sus estudios y a sus propios padres. Su padre, Carlos, amigo mío de la infancia, lleva tiempo expresándome su disgusto ante la deriva que su hijo está tomando desde que cumplió 14 años.
Antes de continuar me gustaría hacer dos matizaciones. Primera: cuando hablo de las “típicas bromitas” de complicidad ante el asunto del género (mujeres vs. hombres) ya sé que estoy marcando el tono de mi relato, pero en realidad no se trata más que de ser fiel a los hechos tal y como se sucedieron. No deja de ser una “casualidad” que la realidad se acerque a mis intereses (el de los problemas que genera la corrección política respecto a la guerra de sexos), aunque quizá no se trate tanto de “casualidad”. La verdad es que, efectivamente, me interesen aquellos asuntos que a través de la realidad me afectan en el día a día. No fui yo el que necesitó abrir fuego con unas frases que demuestran lo que demuestran y que por otra parte justifican mi interés por el asunto. Así, las “típicas bromitas de rigor” fueron las que fueron: esas que nacen de una extraña necesidad conculcada por la sociedad política y mediática, la que se dice a sí misma comprometida. Y segunda: la anécdota de lo del bolso de Loewe es estrictamente cierta. No existe ironía narrativa alguna.
Pero sigo. Vanesa parece estar realmente interesada en mi opinión sobre el tema de su hijo Carlos. Yo no sé cómo abordar el tema debido a lo inadecuado que me parece tratar asuntos tan íntimos en público. Dado el desconcierto que sobre el tema manifiesto las demás aprovechan para habar de los problemas con sus hijos. Todas los tienen, de una forma o de otra. Cuando intento introducir un comentario se me acalla con el para ellas irrefutable argumento de que, debido a mi falta de experiencia, no soy el más adecuado para hablar del asunto. Me lo dicen con cariño, pues ya hace años que asumieron que soy oficial y técnicamente el único soltero del grupo, pero me lo dicen. Yo no puedo opinar porque sólo puedo hablar por hablar. Sin embargo las cuatro sí pueden hacerlo, aunque sea para atestiguar sus fracasos.
Las cuatro –y lo afirmo porque las conozco- ha educado a sus hijos con las consignas progresistas de las nuevas generaciones. Así, muy pocas restricciones y bastante libertad. De hecho todos ellos (9 contando los de las 4 parejas) cuentan con libertad relativa en lo que respecta a poder mantener relaciones sexuales en las respectivas estancias familiares. No es que se trate de una práctica habitual, pero dependiendo de ciertas circunstancias especiales los hijos de mis amigos no han tenido problemas a la hora de poder liberar, en casa de sus padres, los ímpetus irrefrenables de su deseo.
Las cuatro parejas, es verdad, viven muy pegados a su tiempo y por eso ellas no desperdician oportunidad para reivindicarse en tanto que mujeres. Hoy no han podido evitar sacar el tema en mi presencia, el de la (des)igualdad, se entiende. Y lo han hecho a partir de un tema del que, como en tantos otros del género, se habla a partir de lo masivamente explicitado y publicitado. Así, en esta ocasión se han puesto reivindicativas a partir del tema del “techo de cristal”, ese argumento que usan las feministas (numerarias o no) para hablar de desigualdad y discriminación en lo que respecta a ciertos trabajos, en unos casos por su vinculación a cuestiones del tipo (de trabajo) y en otros por su vinculación a cuestiones de nivel (de escalafón). Así, según ellas, resulta injusto que no haya más mujeres en determinados trabajos y resulta injusto que no haya mujeres en ciertos escalafones superiores. Es un tema del que se habla mucho y “siempre” desde el mismo punto de vista quejumbroso y victimista. El argumento de Lola parece indiscutible: “no hay derecho que haya muchos más altos directivos que altas directivas, es absolutamente injusto”. Ante afirmación tan contundente le replico que tengo un recorte extraído de las páginas salmón de un periódico en el que se demuestra, a partir de estadísticas, que las mujeres no están igual de interesadas en cubrir ese tipo de puestos, entre otras cosas –digo- porque su sensatez les hace tener una jerarquía de valores mucho más humana. Su contestación no se hace esperar: “no hay derecho que haya muchos más altos directivos que altas directivas, es absolutamente injusto”.
La conversación no toma ningún cariz amargo porque ya nos conocemos todos y desde hace mucho tiempo, pero compruebo fundamentalmente una cosa: da igual el estatus de las personas (que en este caso es dispar a pesar de las apariencias) de ciertas generaciones próximas y pertenecientes a finales de los cincuenta / principios de los sesenta, la cuestión es que todos tienen asimilada la corrección política (la Cultura de la Queja) y por tanto su afán reivindicativo se encuentra omnipresente con perfecta independencia de sus casos particulares. O por decirlo de otra forma: ninguna de las cuatro ha podido mantenerse al margen de lo que la corrección política ha inculcado como discurso necesario. Tampoco se han podido apartar de otro tipo de cosas que al parecer forman parte del espíritu de nuestra época. Algo de lo que me entero en la tercera copa de vino que nos metemos en el cuerpo. Así, y ahora que las mujeres han conseguido liberarse de la presión masculina sintiéndose libres e independientes, me entero de que Lola, por ejemplo, combina sesiones de vitaminas y ácido hialurónico no reticulado para dar luz a su piel y revitalizarla; Espe, a parte del hialurónico no reticulado para los surcos nasogenianos, se aplica bótox dos veces al año en el entrecejo; Amparo, más puesta al día si cabe, se interesa por los factores de crecimiento plaquetario y por eso se pone plasma sanguíneo cada tres meses, porque mejora la síntesis del colágeno; y Vanessa, más humilde, combina el bótox cada seis meses con el silicio y el ácido poliláctico. Menos Lola todas se han puesto labios y menos Vanesa todas se han puesto tetas.

sábado, abril 21, 2012

Un cuento ensayado (o sobre la igualdad)

Tiene sólo 17 años y padece la típica incertidumbre de los chicos de su edad, que en eso no han cambiado mucho las cosas respecto a épocas pretéritas. Se lleva bien con sus padres y relativamente bien con su hermana, que sólo tiene dos años más que él. Estudia en el instituto y no sabe todavía qué es lo que quiere ser de mayor. Bueno, la verdad es que todavía no sabe con exactitud nada de nada. Por cierto, he utilizado la palabra “sólo” para referirme a su edad para recalcar lo que, ahora sí, nos diferencia de épocas anteriores. Carlos (nombre lógicamente falseado) no puede evitar saber que el tiempo ya vivido con sus padres es como mínimo el mismo que le queda de vivir con ellos si su caso sigue el curso de la normalidad. Si tuviera que definir esa familia yo diría que se trata de una familia actual, es decir, una familia que está convencida del cambio de paradigma. Los padres han sido educados por las consignas de la corrección política y por ello han educado a sus hijos con el ejemplo. En fin, que todos y cada uno de los miembros son muy respetuosos con el espacio vital del resto.
Quizá Carlos sea el que de los cuatro esté pasando el peor momento. No sólo vive con la típica incertidumbre de los de su edad, sino que vive el agravio que le produce las frustraciones tremendas que afloran ante su fracaso con las mujeres, a las que desea de forma tan irremediable como abrumadora. ¡Como les sucede a tantos adolescentes varones a cierta comprometida edad, qué le vamos a hacer!, pero la verdad es que no por típica deja de ser desconsoladora esa inactividad sexual que sufren, justo, en el momento de la plenitud sexual. Es más, sólo unos años más allá comenzará su decadencia sexual, que así funciona la sexualidad de los varones. Los chavales, ya se sabe, ven en la televisión a Brad Pitt dándole un beso a Angelina y se les pone dura. Y cuando logran fornicar por primera vez comienza su declive sexual, que así son los tempos que la sexualidad marca en los varones.
Su hermana sólo tiene dos años más que él pero puede decirse que ha vivido, en comparación con Carlos, dos o tres vidas. Ha tenido varios novios y lleva una vida muy independiente gracias, precisamente, a la educación liberal de los padres. Los fines de semana se ausenta de casa sin dar explicaciones y sin que nadie le inquiera acerca de su destino. Carlos no comprende de dónde saca el dinero su hermana para poder llevar esa vida tan independiente y alegre. Sabe de la paga de los padres y las cuentas no le cuadran. Uno de sus novios duplicaba su edad, algo que disturbó a Carlos durante mucho tiempo aunque nunca se atrevió a decir nada. Carlos ha tenido que convivir con alguna que otra depresión de su hermana Carla (nombre lógicamente falseado), la que en su momento le produjo el haberse enamorado justo del hombre que no mostraba interés por ella, o la que en su momento le produjo el haberse enamorado del hombre equivocado. Y mientras, Carlos, con la tienda de campaña puesta, esperando que cualquier mujer viniera a aliviarle el pesar de tanta frustración acumulada, de tanta incomprensible producción de semen. Cualquier mujer.
Lleva razón el Premio Anagrama de 2010 Eloy Fernández Porta cuando dice “Una adolescente de 2012 vive en seis meses más experiencias amorosas, más complejas y más adultas, que las que vivió su madre durante toda su juventud”. Algo que a Carlos no hace falta explicarle y que sólo contribuye a aumentar su confusión, pues sabe que definitivamente no existe igualdad alguna entre él y su hermana; o mejor: sabe que no existe igualdad alguna entre sus amigos y las hermanas de todos sus amigos. Él se embadurna la cara con pomada todas las noches y se agarra fuertemente a su almohada, mientras su hermana se toma un tranquimazín antes de acostarse.
Carlos es perfectamente consciente de las consignas progresistas que ya educaron a sus padres. Es más, las tiene asimiladas con absoluta naturalidad. Por eso no acaba de entender muy bien por qué hay tanta diferencia entre el desconcierto que vive él y el desconcierto que pueda estar viviendo su hermana. El siente un dolor profundo por no poder evacuar sus flujos por la vía del contacto físico a través casi de cualquier mujer, mientras su hermana vive, en todo caso, una cierta aflicción que proviene de poner el deseo en el lugar equivocado. O sea, él usa antiacné y ella toma ansiolíticos. Él obtendrá su plenitud sexual a los 19 años (sin apenas haber practicado sexo) y su hermana la obtendrá a los 35 (cuando probablemente ya haya procreado).
Carlos ya no sabe qué hacer para evitar el desconsuelo que le produce su inactividad sexual. Ha intentado casi de todo para acabar con ella, pero nada, no sabe qué hacer para satisfacer su irrefrenable deseo. Sabedor como es de las consignas de la corrección política ha llegado incluso a probar la táctica de la feminidad, intentando ser más femenino de lo que es habitual en los chicos de su edad, pero el resultado sólo incrementó su pesar: no sólo le siguió persiguiendo el fracaso, sino que además comenzó a ser despreciado por las chicas más sensibles y dulces de las varias pandillas que entonces frecuentó. No tengo ni idea de cómo acabará la cosa, pero es muy probable que este fracaso producido por un irrefrenable deseo no satisfecho le marque de por vida, sobre todo si tenemos en cuenta que después de su primer coito comenzará su declive sexual. Por otra parte sabe que su hermana tendrá muchísimas más posibilidades de liberarse de casa de sus padres que él, pues cabe como posibilidad el que ella se deje llevar (convencer, querer) por un hombre con posibles. Mientras que él deberá demostrar toda su vida aquello de lo que es capaz. Algo que, además, se le exigirá hacer por cojones.

miércoles, abril 18, 2012

Contraseña y contabilidad

(Que en realidad es un post scriptum)

1.Siento de veras asignar responsabilidades a los jóvenes ante lo que acaece, y siento de veras exigirles un activismo con tintes sacrificiales. “Es lo que hay”, que dirían ellos. Pero la verdad es que no pueden exigir cambios radicales en el Sistema sin renunciar a los beneficios que graciosamente fueron por ellos aceptados sin (querer) reparar en que era el propio Sistema quien le proporcionaba los beneficios a los que ahora no quieren renunciar. Nada hay más fácil que aceptar dádivas y caricias, y nada hay más fácil que ignorar lo que las dádivas y las caricias llevan implícitas en un mundo capitalista que tan bien sirve a los personales intereses INMEDIATOS de todos aquellos que después se hacen los despistados. Así, es cierto aunque sólo de alguna manera, los jóvenes son responsables de lo que les acaece.

2. A aquellos que tengan una mañana libre les recomiendo que acudan a una tienda de telefonía móvil céntrica. Les recomiendo que cojan número de expendeduría y que se queden en la tienda todo el tiempo que sean capaces de aguantar. Deberán ignorar su turno (si es que hiciera falta) e intentar quedarse un buen rato. Una hora bastaría para hacerse una idea cabal. Verá entonces pasar ante su ojos personas variopintas en toda la extensión de la palabra y podrá distinguir a los que van a adquirir una línea y los que van a formalizar una queja. Podrá observar, ante el primer caso de cliente, la falsa ingenuidad de quien debe conservar algún tipo de esperanza y podrá comprobar, también, la profesionalidad de unos jóvenes dependientes que deben, ante todo, poner aspecto de new deal. Y podrá observar, si es capaz de aguantarlo, todo el cúmulo de quejas desesperadas de clientes que llegarán allí con el único fin de solventar la indefensión que les ha conducido al desamparo; un desamparo que ahoga su vitalidad y su cuenta corriente. Y podrá observar, también, la poca profesionalidad de unos dependientes que no sabrán qué hacer ante argumentos incontestables y cotejados. Con cara de póker.

3.Abro en el ordenador mis conexiones a internet. Busco en conexiones inalámbricas. Hay doce “lugares” en mi entorno. Los doce con su particular e infranqueable contraseña. Todos, pues, pagando su “vía de conexión”. Nadie, pues, compartiendo su “vía de conexión”. Todos pagando su individualidad. Todos pagando su individualismo. Nadie, por tanto, compartiendo gastos. Nadie, por tanto, buscando “vías sostenibles”. Nadie, por tanto, luchando verdaderamente contra el Sistema, que sólo es un ente maligno cuando es entendido desde la abstracción. También para los antisistema los criterios de juicio son los criterios de la contabilidad. También los antisistema son sistemistas. También los antisitema actúan con criterios económicos “globales”. También los antisitema juzgan con criterios contables. No con criterios incontables. Es la marca del individualismo y es el precio que hay que pagar por estar cómodamente comunicado a tiempo real paseando por la calle. Mientras los sucesivos gobiernos españoles permitan el latrocionio no habrá nada que hacer. Mientras permitamos que nuestros sucesivos gobiernos amparen el latrocinio España seguirá hacia su autodestrucción total. Hay que comenzar a utilizar criterios incontables.

sábado, marzo 31, 2012

Indignados+teléfonos móviles=?

Para empezar cuatro afirmaciones irrefutables a modo de premisas, que al final ya vendrá la conclusión:

1.Las compañías de telecomunicaciones son la auténtica personificación del mal
2.Cuando se muera se lo comerán los gusanos
3.Todos sus amigos dicen de él que es una buena persona
4.Por cierto…

Respecto a la primera: Cuando hablo de personificación sé muy bien de lo que hablo. Y no tanto por hablar desde la particularidad, sino por entender que el mal que infligen no es un mal indirecto y mucho menos abstracto; se trata de un mal radicalmente directo e indiscriminado. El Mal. Como TODOS saben no hay compañía de telecomunicaciones que no haya mostrado un auténtico desprecio por el usuario, por todos los usuarios. Es más, el mal que puedan infligir los políticos (tan denostados de un tiempo a esta parte, y con razón) a los ciudadanos es un mal menor al lado del verdadero mal, el que nos infligen quienes controlan la comunicación en el mundo. Lo apuntaba en otro post cuando transcribía las conversaciones mantenidas con mis alumnos: ni uno solo podía hablar bien de ninguna de las compañías y más de uno había con contenciosos en marcha. Ésta y no otra es, por cierto, la razón por la que entiendo el activismo como única posibilidad de confrontación respecto a las humillaciones sufridas por los ciudadanos. Puestos a carecer de recursos intelectuales (y en este sentido ¡hay que joderse!), hay que volcarse en “la acción”. Y “la acción” no es quemar contenedores, sino ¡teléfonos móviles! Creo que podría decirse de otra forma siguiendo los resultados de las Elecciones Andaluzas: mientras los ciudadanos andaluces mostraban su lado cainita (que no es otro que aquel al que se les induce y del que al parecer no quieren escapar) las compañías telefónicas se lucraban de forma tan desproporcionada como monstruosa. Nada más y nada menos que 350.000 euros era (ES) la cantidad que la Junta de Andalucía pagaba (PAGA) al mes en facturas de telefonía móvil oficial. Con 38.000 terminales con gastos a cuenta de la Junta. En fin, que no hay NADIE, NADIE; que no haya sufrido en sus carnes las humillaciones que con asertividad nos infligen las compañías de telecomunicaciones. Nos han cobrado verdaderas fortunas cuando las vacas gordas; nos han dificultado hasta la extenuación las bajas solicitadas; nos han hecho perder tiempos infinitos e irrecuperables colgados del teléfono hablando con máquinas ineptas; nos han atendido cientos de sudamericanos desconcertados y mal pagados que decían no poder hacer nada; nos han cobrado facturas fantasmas por las que nadie respondía; -conseguida la baja- nos ha llamado una especie de directiva muy circunspecta hablando, ahora sí, en perfecto español, para regalarnos algo a cambio de continuar; nos han cobrado suplementos extraños de los que nadie se responsabilizaba; nos han mandado mensajes que no habíamos solicitado; y a veces hasta nos los han cobrado; nos han cobrado más a los que llevábamos años de fidelidad a nuestra respectiva compañía que a los nuevos clientes, etc. No nos gobiernan los políticos, nos gobiernan las compañías de telecomunicaciones.

Respecto a la segunda: Es cierto, cuando se muera se lo comerán los gusanos. Y si no, se lo comerá el gran amigo de Prometeo. En cualquier caso será devorado. Como cualquier otro, pero él también. Aunque ahora sea el hombre más rico del mundo, de la Tierra. El supermagnate de las telecomunicaciones. Cuando Carlos Slim muera… habrá desaparecido totalmente. Se habrá quedado sin casas, sin coches, sin empresas y sin relojes de plástico; se habrá quedado sin NADA.

Respecto a la tercera: De todos es sabido que el poder tiene eso: que atrae y gusta. Los muy poderosos siempre tienen satélites a su alrededor dispuestos a alabar y elogiar la persona por encima del cargo (de político o de supermagnate). Lo saben Ustedes mejor que nadie: ante las lógicas dudas que emergen del ejercicio del Poder siempre hay alguien allegado al poderoso dispuesto a cantar alabanzas. Alabanzas que con toda seguridad serán el producto de la sinceridad. El poder tiene eso: que atrae y gusta. Estoy absolutamente seguro que quien tiene la confianza de, pongamos Chaves (o Ahmadineyad, o Slim, que son poderosos, que ostentan poder), y por ello cena con él (cualquiera de ellos) a la luz de las velas de vez en cuando, es absolutamente sincero en sus cantos gregorianos. No debería sorprendernos, por tanto, que los calificativos sobre su amigo fueran eufóricos. No debemos olvidar que tanto los dictadores como los padrinos tienen siempre al lado gente que cree, no sólo en la humanidad del personaje, sino en su misma bondad. Siempre ha sido así, es así y así será. Por eso, una de las estrategias de todos los poderosos posmodernos ha sido obtener la máxima cantidad de gente posible que pueda responder como si de un amigo se tratara (“viva el twitter”). La obsesión de los poderosos posmodernos es que haya mucha gente que los alabe y elogie como personas, no como seres poderosos e influyentes. Muchos son tan hábiles que hasta lo consiguen. El caso de Carlos Slim es ejemplar. Muchas de las noticias que sobre él aparecen hacen referencia implícita a su “bondad”. En El País, sin ir más lejos, apareció esta noticia: “Quienes tienen la fortuna de conocerlo se empeñan en decir que es un tipo corriente, campechano, que a veces usa reloj de plástico, detesta la ostentación que representan los aviones privados y las mansiones de lujo y sigue usando una libreta para apuntar con pulcritud de tendero los ingresos y los gastos. Que disfruta con cosas tan mundanas como el béisbol -es forofo de los Yankees de Nueva York- y las reuniones familiares”. Puede que todo eso sea cierto y por ello es absolutamente creíble que sus amigos digan de él que es una gran persona. Y porque además dona unos cuantos millones de dólares a programas de apoyo a la niñez.

Respecto a la cuarta. Por cierto, y aunque lo diga simplemente a modo de anécdota: yo conozco a un forofo, no de los Yankees sino del Valencia Club de Fútbol que es un violento maltratador de mujeres; y también a un enamorado de su familia que es un sádico con las putas que paga la empresa los días de "reunión"; y a un asesino en serie que suele vestir un Casio.
Por cierto, uno de los mejores amigos de Carlos Slim es Felipe González.

Conclusión. Muchos jóvenes están indignados ante la corrupción. Con toda la razón del mundo. Están cansados de los tejemanejes de los políticos, de sus componendas, de las comisiones, de las connivencias, de las prebendas, de las prevaricaciones, de los “regalitos”, de los sobornos, de los tráficos de influencias. Esto es, están hartos de que TODO TENGA UN PRECIO. Y con razón. Por eso, lo que a mí me indigna (no voy a ser menos) es que haya tantos jóvenes indignados que no quieran darse cuenta que la maldad se expresa a través de quienes ¡les han comprado, y además por un simple plato de lentejas! No deja de ser tan curioso como significativo que se indignen con quienes quieren comprarles, ¡pero no con quienes ya les han comprado!

Como vengo diciendo de un tiempo a esta parte, la solución no se encuentra en el pancarteo ni en la mani, sino en una suerte de activismo que incluya esfuerzo y renuncias. Los políticos son seres de Walt Dysney al lado de los supermagnates de las telecomunicaciones, pero a los jóvenes indignados no les interesa darse cuenta de ello. Entre otras cosas porque se han dejado comprar por ellos. La única solución con reales posibilidades de éxito sería quemar masivamente los móviles en la Plaza Mayor, pero ¡ay!, resulta que todos ellos tiene que soportar su particular contrato de permanencia, el que firmaron para que se les “regalara” el dispositivo de última generación. Ni siquiera, pues, por un plato de lentejas, sino por un puto dispositivo.
Indignados+teléfonos móviles=¡qué risa marialuisa!

lunes, marzo 26, 2012

El arte de ser o no ser Chillida

(O el interés por lo interesante)

No siempre las cosas suceden como a uno le gustaría. Ni siquiera las cosas suceden casualmente. Pero el caso es que suceden aún cuando pudieron ser inimaginables.

Yo estaba dispuesto a ver una cosa cuando al parecer me encontré con otra. Llegué a casa aproximadamente quince minutos antes de que comenzara el documental por el que precisamente había llegado a casa 15 minutos antes del horario en el que estaba previsto diera comienzo. Así que encendí la televisión y esperé a que comenzara ese documental, un documental sobre Chillida. Me encontraba realmente interesado.

Sin embargo, curiosamente y en contra de lo previsible, a la hora prevista comenzó otro documental al parecer bien distinto. Un documental por el que yo jamás habría llegado a mi casa quince minutos antes de que éste diera comienzo. Nunca habría mostrado interés en ese documental y por tanto nunca habría tenido interés en llegar a mi casa para ver ese documental. Nunca habría visto ese documental de no ser porque no me lo esperaba. Así, vi ese documental que no me esperaba simplemente porque me lo encontré esperando otro. Pude haber desistido a su inicio, dado que al parecer nada tenía que ver con lo que me esperaba, pero el caso es que acabé viendo ese documental que trataba de esos campos de cultivo que, de la noche a la mañana, aparecen misteriosamente remodelados formando enormes figuras que sólo pueden ser plenamente captadas visualmente desde vistas aéreas.

Lo denominaban fenómeno extraño, y como todos los fenómenos así denominados, se trata de un fenómeno para el que al parecer no hay explicación racional. La cuestión es, como decía la voz en off, que de la noche a la mañana un campo de cultivo, pongamos de trigo, aparecería “dibujado” con enormes y misteriosas figuras; pero no atendiendo a los ciclos del cultivo, ni debido a los efectos de algún factor meteorológico, sino debido a algún tipo de misterio. El Misterio.

Las figuras, decía el locutor, eran demasiado grandes para haber sido ejecutadas en una sola noche. Además eran demasiado perfectas y no se conocían medios humanos que pudieran servir para los efectos, continuaba diciendo el locutor. Todo era un misterio para el narrador de este documental que mostraba el extraño caso de los campos de cultivo como un fenómeno sin explicación; un fenómeno extraño, paranormal. Durante los primeros 40 minutos el documental no hizo otra cosa que hablar de misterio. Se barajaron durante esos 40 minutos varias hipótesis, todas ellas rápidamente descalificadas por inservibles.

Pero entonces, sólo entonces, justo cuando faltaban 10 minutos para que el documental se acabara, el locutor va y da un giro al asunto y se pone a explicar cómo se llegó a pensar en la posibilidad, eso sí, remota, de que después de todo fueran simples seres humanos los que en una irrefrenable travesura hubieran ejecutado las misteriosas formas. Es decir, después de 50 minutos convenciendo al espectador del misterio de lo inexplicable el locutor va y explica cómo se decidieron ubicar unas cámaras infrarrojas ocultas. El video tomado con cámaras provistas de película de alta sensibilidad mostraba a dos personas realizando nuevas figuras en el campo filmado. Es decir demostraba, a 5 minutos de concluir el documental, que dos personas ataviadas con herramientas más bien rústicas habían sido los autores de las misteriosas figuras. Fin del documental de 50 minutos.

Es decir, que aunque me hubiera parecido estar viendo otro documental lo que verdaderamente vi fue el documental sobre Chillida.

viernes, marzo 23, 2012

Que ¿por qué?

Quizá tenga una explicación ese sibilino y perverso miedo al éxito.

Nos encontramos en un gran anfiteatro desde el que vemos la función estupendamente, pero además, y precisamente por encontrarnos todos “reunidos” en el mismo “espacio”, estamos perfectamente observados por quien detrás de bambalinas nos vigila, atendiendo a todos y cada uno de nuestros movimientos. De hecho, la función (obra representada) es siempre el producto de las conclusiones extraídas del análisis de nuestros gestos, los de los espectadores. Tal es su nivel di vigilancia y análisis que las funciones terminan siempre por ser modelos de lo que se espera de los espectadores. Pero nosotros, los espectadores, parecemos encantados con la función. Es más, parece gustarnos tanto la función -que nos entretiene- que no estamos dispuestos a que surjan aguafiestas. Y por eso nos convertimos en vigilantes de nuestros compañeros de anfiteatro. Algo que hacemos, sólo, porque nos libra de mosquearnos con quienes nos vigilan, que es más engorroso y sobre todo más comprometedor. Mientras la función continúa.

Debord maridado con Focault: el espectáculo aliado con la vigilancia. La perversión en estado puro. La risa entremezclada con el miedo. El Club de la comedia visto desde la cárcel.

jueves, marzo 22, 2012

Homo ludens… y distraído

Valencia acaba de salir de sus fiestas patronales, la Gran Fiesta. Se calcula que ha tenido más de un millón de visitantes ebrios de entretenimiento. Así son las fiestas patronales de todas las ciudades, de todos los municipios por pequeños que parezcan: una magnificación del entretenimiento. Cada municipio a su manera y en su proporción. Da igual el carácter que originariamente tuvieran las fiestas patronales, la cuestión es que ahora son siempre la excusa para salirse del propio cuerpo y vivir ajeno a uno mismo y a su circunstancia. Toda fiesta es, ahora, un carnaval. Digámoslo sin ambages: dos millones de personas paseando por Valencia en fallas y divirtiéndose son un exponente; un exponente de la verdadera Realidad; una muestra y una explicación de la peculiaridad de la crisis española. La que nos sitúa en la cola de la cola europea.

Mutatis mutandi. Tan solo hace 20 días –es decir cinco días antes del comienzo de sus fiestas patronales- Valencia era la pura representación de la insatisfacción juvenil. Valencia era un hervidero de manifestaciones que se sucedían con la voluptuosidad y la frecuencia que exigen ciertas circunstancias insoportables. La insatisfacción de los jóvenes valencianos se hacía evidente, precisamente, ante la necesidad de que sus muestras de malestar fueran frecuentes.

Por circunstancias que no vienen al caso me adherí a una de esas multitudinarias y reiterativas manifestaciones que casi a diario se producían hace ahora 20 días. Por supuesto que no pude evitar fijarme en los manifestantes (y no necesariamente en su calzado; ver post anterior). Mi conclusión no fue muy esperanzadora respecto a los logros que con ella se pretendían. Con independencia de sus intenciones, siempre nobles, yo no veía en ellos ninguna posibilidad real de éxito; el éxito que espera obtener todo manifestante cuando necesita expresar pública y pertinazmente sus quejas ante el Poder que le humilla. Observando sus actos y escuchando sus consignas yo veía a unos sujetos que no querían realmente obtener ningún éxito, quizá por no saber en qué consiste verdaderamente el éxito. Cosas del relativismo del que tan bien se nutren cuando les interesa, dicho sea de paso. O de la ignorancia. O quizá por tenerle pánico al éxito, después de todo. Porque, es cierto, existen ciertas personas con “aparentemente reales” ganas de tener éxito que son, en el fondo, unos amantes encubiertos del fracaso, de ese fracaso que “necesitan”. Y quien dice personas dice colectivos. Me acuerdo, sin ir más lejos, del extraordinario diálogo que mantienen George C. Scott y Paul Newman en El buscavidas. En ese diálogo queda perfectamente explicada la posibilidad que en un sujeto coexistan las potencialidades reales del éxito (debido a la posesión de una excelencia y un poder real en potencia) y por otro la extraña y perversa atracción hacia el fracaso. Todo, claro, con un “aparentemente real” deseo de éxito. Veamos: la conversación tiene lugar después de que el Gordo de Minnesota desplumara a Eddie Felson (Newman) en una partida de billar de 48 horas en la que Felson comenzó ganando.

Bert Gordon: […]Lo que tú no necesitas es un pretexto para perder. […] No hay un mejor jugador de billar que tú si juegas como la otra noche. Tienes talento.
Eddie Felson: Pues si tengo talento, ¿qué me hizo perder?
Bert Gordon: Tu carácter
Eddie Felson: ¡Qué tontería!
Bert Gordon: Sabes que digo la verdad, todos tenemos talento ¿Crees que el Gordo de Minnesota tiene fama de ser el mejor por su talento? El Gordo de Minnesota tiene más temperamento en un dedo que tú en todo tu cuerpo. ¿Puedo hacerte una observación personal?
Eddie Felson: ¿Más de las que me ha hecho?
Bert Gordon: Eddy, has nacido para perder.
Eddie Felson: ¿Qué he nacido para perder?
Bert Gordon: Por primera vez en 10 años vi al Gordo de Minnesota hundido, acorralado… pero le dejaste escapar. Tenías el mejor pretexto del mundo para perder. No importa perder con una buena excusa, pero ganar… resulta a veces como una carga, pesa mucho, Perder es un fardo del que puedes deshacerte con una excusa; lo único que tienes que hacer es compadecerte a ti mismo. Es uno de los mejores deportes, sentir compasión de uno mismo, es un deporte que gusta a todos, especialmente a los fracasados.

En cualquier caso la cuestión es que fijando mi atención en los manifestantes yo sabía que llegadas las fiestas patronales todos ellos se iban a abandonar a su propia carne e iban a olvidarse del gravísimo problema que, además de acuciarles, les inducía a manifestarse con frecuencia lógicamente desaforada. Sabía, por tanto, que se iban a integrar perfectamente en la fiesta: que iban a tirar petardos por la calle, que iban a visitar las fallas de la sección especial, que iban a tomar buñuelos con el típico blusón valenciano, que iban a acudir puntualmente a la mascletà diaria, que iban a tomar el chocolate del consabido resopón de madrugada, que iban a bailar Paquito el Chocolatero; en definiva, sabía que iban a olvidarse de la presión monstruosa que verdaderamente nos inflige este deplorable e incompetente Estado Español. Mucha gente los disculpa por considerarlos sólo víctimas. Mi teoría es que, como Paul Newman en esa primera instancia en la que le inculpan de ser responsable de su propio fracaso, nadie de la manifestación aceptaría que su inconsciente le estaba traicionando justo allá donde precisamente se situaba su primer objetivo.

Como en todas las manifestaciones, gritaban consignas sobre aquello que no querían, pero sin saber qué es aquello a lo que deberían renunciar si quisieran de verdad hacer efectivas ciertas aboliciones. Porque si algo ha quedado claro en los últimos tiempos es que los jóvenes no quieren renunciar a todos aquellos beneficios que les ha proporcionado un Sistema que en el fondo les ha condenado. En este sentido, sólo serán eficaces las respuestas novedosas y no las respuestas que se caractericen por ser iguales a las de otros tiempos ya periclitados; los presupuestos de la era digital nada tienen que ver con los presupuestos de la era analógica. Ahora ya no sirve pasearse en grupo por la calle con pancartas y cantando consignas, ni siquiera sirve de nada quemar contenedores. Hoy sólo servirá a los jóvenes producir acciones que les exculpen de complicidad y connivencia con el mal, y eso sólo será posible haciendo renuncias, grandes y costosas renuncias (lo siento). Si en vez de protestar a la (ya) vieja usanza hicieran por ejemplo una hoguera con sus teléfonos móviles en la Plaza Mayor otro gallo cantaría. Con sólo dos millones de jóvenes que quemaran en público los teléfonos móviles (que pagan sus padres) bastaría para abrir una vía de esperanza. No hay que gritar, sólo hay que acometer actos que necesariamente incluyan una esforzada pero significativa renuncia. Actos, entonces, que dejarían KAO a quienes verdaderamente siguen infligiéndonos humillaciones mientras de ello se benefician.

Pero el sujeto del hoy es un sujeto distraído en la doble acepción del término (sabemos que cuando se ha producido un robo se habla muchas veces de distracción: “se han distraído 5 kilos de marihuana en…”) Así, el sujeto del hoy vive despistado además de distraído de sí mismo en la práctica del entretenimiento. Y después quiere arreglarlo todo con pancartas. La verdad es que la Cultura de la Queja ha hecho estragos.

Post Scriptum. Han sido éstas las fiestas más exitosas de la historia de Valencia. Más gente que nunca y más gasto que nunca. Viendo Valencia en fallas este año nada habría hecho pensar en la crisis. El exceso ha sido total y se ha tomado la calle como nunca. Jamás había yo visto tantas carpas, tanteas calles cortadas, tantos puestos ambulantes de comida, tantos mercaditos de artesanía organizados, tanto bullicio, tanto movimiento, tanta grasa en el ambiente. Tal ha sido el éxito que los comerciantes han pedido a la Administración que en el futuro las fiestas duren un mes en vez de una semana (Titular de portada de periódico). Me temo que con independencia de decisiones políticas muchos se mostrarán de acuerdo ante la petición de los comerciantes. Los estudiantes (¿jóvenes?) los primeros. Esta semana, sin ir más lejos, han aparecido por mi clase la mitad de los alumnos. La resaca, supongo. Es cierto que durante la semana previa a las fiestas ya hubo alumnos que faltaron con la excusa de la semana partida. Y en estas dos siguientes semanas faltarán de nuevo porque están encima las fiestas de Pascua, que también empiezan en una semana partida. Una especie de gran puente, supongo. Después vendrá la primavera, que la sangre altera y después los exámenes (y el calor, la playa, los bañadores) que les impedirán acudir con normalidad a las clases. Mientras tanto es probable que se manifiesten las veces que haga falta entre recorte y recorte. En fin: NADA. Y después 3 a 4 meses de vacaciones. Y twitter a manta.

domingo, marzo 11, 2012

Poderes

Las cosas suceden con independencia del nivel de escepticismo que pueda contener la humanidad entera.

Jamás pensé que pudiera sucederme a mí, pero una realidad ajena a mis deseos y a mi voluntad se impuso; o mejor dicho, se me impuso. Seré claro y directo: no sé muy bien por qué pero la cuestión es que de un día para otro he adquirido, digamos que ciertos poderes. Y lo digo yo que siempre me consideré un escéptico radical. En efecto, como si de una venganza se tratara la cuestión es que mi ya pretérito alto grado de escepticismo se ha visto pisoteado por la cruda realidad, en este caso la realidad experimentada en mis propias carnes. Y debió ser de alguna forma previsible, pues como apuntaba el infalible Hegel en su Fenomenología, no se puede ser siempre escéptico en todo y a toda hora.

Así, y por ir al grano: de un día para otro he adquirido ciertos poderes; o por decirlo de forma más concreta: desde hace unas semanas me he convertido en vidente. Me arroba decirlo así, pero la afirmación se corresponde con una verdad tan categórica que tengo claro que se trata de la forma más honesta de decirlo. Soy vidente; es decir, tengo la facultad paranormal de ver el futuro. Al principio no fue más que una sensación de preclaridad, pero con el tiempo fui viendo que se trataba de algo más. De hecho intenté no contarlo a nadie, pero al final emergía de tal forma mi videncia que no pude evitar hacer uso de ella en mi entorno.

No sé cuál es la causa de todo esto, pero la verdad es que soy capaz de prever ciertas “cosas” que todavía se encuentran por acaecer. Soy capaz de ver más allá, eso es todo. Tal es la capacidad que ya recibo peticiones de amigos de amigos que pretenden una cita conmigo. Bueno, para ser sincero, debo decir que se trata, más bien, de amigas de amigos, ya que las peticiones de citas vienen del lado femenino de forma abrumadora (sólo dos hombres me han solicitado cita). La cuestión es que me ha pillado todo por sorpresa, así que, aunque sólo sea por lo novedoso del asunto y sobre todo por lo increíble del mismo, he cedido a la tentación de confirmar mis poderes. Y he accedido a verme con ellas habiendo primero aclarado mi anti-profesionalidad. Lo curioso del asunto es que cuando, quizá por pudor, me he visto obligado a dudar de mí mismo debido a mi pasado escéptico, el interés ha siempre aumentado.

Mi metodología es, lógicamente (¿) intuitiva, pero la hay. Es extraña y heterodoxa pero no por ello deja de ser metodología. Todavía no se la he contado a nadie, pero me atrevo a contarla aquí porque he comprobado, a lo largo de los 4 años que llevo escribiendo este blog, que la gente de mi entorno (entre ellos mis propios amigos) no me lee. Que yo sepa sólo me lee uno, “Chiqui” Peiró (con el que me he cruzado 3 o 4 veces en la vida), y sé que me lee porque me lo cuenta su hermano, que es verdaderamente mi amigo y no me lee. Así pues, puedo contarlo sin que ello me cree un perjuicio de over-booking. Allá va: para “conocer” el futuro de la persona que sale a mi encuentro sólo tengo que fijarme en su calzado. Sí, en su calzado. Resulta sorprendente, pero no por ello menos cierto: basta una simple mirada de soslayo al calzado de alguien para entrever las grandes líneas maestras de su futuro. Veo el calzado de alguien y “veo” su futuro. Veo calzados y me advienen unas imágenes que, al menos en principio, no tienen una conexión clara con el lenguaje verbal. Así, creo que con independencia del poder que sin duda poseo, hace falta cierta cualificación para traducir al lenguaje lo que no son más que inconexas imágenes oníricas. Quizá ese sea el verdadero poder: el de saber traducir lo que todo el mundo “ve” sin verlo.

Hasta ahora no he fallado con ninguno de los que me han solicitado audiencia para mi videncia. Pero no se vaya a creer el lector que esta facultad la poseo sólo con los allegados. ¡En absoluto! La poseo respecto a todos los seres humanos con los que me cruzo, estén donde estén; es decir, estemos donde estemos. De ahí que pueda conocer, no ya sólo el futuro de ciertas personas, sino también, y por extensión, el de ciudades y el de países. Es decir, si me dedico a pasear por Valencia, mi ciudad, soy capaz, a poco que me lo tome en serio, de saber qué destino le espera a esta ciudad. Si el paseo lo extendiera por varias ciudades españolas podría conocer el futuro que le espera a España. Y así sucesivamente. ¡Y sólo con observar el calzado de la gente! El margen de error que pudiera darse en mis predicciones se debería, sólo, al hecho de no haber paseado lo suficiente, pero ya se sabe: hoy en día no existe la clase media. Lo que facilita las cosas enormemente.

Coda. Como le sucede a todo converso yo también he sido alcanzado por un estigma. El proceso en el que fui descubriendo mis poderes se desarrolló paralelamente a una transformación peculiar de mi voz. Así, hubo un signo exterior que iba ratificando la transformación. Mi tono de voz, mi modulación, la entonación y la cadencia de las frases estaba cambiando de forma ostensible. O por decirlo para que Ustedes me entiendan: he acabado hablando como James Stewart, como el James Stewart español, se entiende. Ya no sé hablar como antes, ahora ya sólo puedo hablar como Scottie. ¡Qué bello es vivir!

miércoles, marzo 07, 2012

La radio

La enchufas a la hora del despierte, una hora que debe ser temprana y aproximadamente “exacta”, o en punto o a y media. Te encuentras así con el editorial de turno; de turno y oficio. Serio y circunspecto. Siempre. Narrado con señales evidentes de quien se muestra perplejo, perplejo ante la barbarie que describe, la de la corrupción y la maldad. De quien se muestra perplejo y se dice desamparado ante el putrefacto estado de las cosas. Voz gruesa en precisión actoral semi-improvisada. Matinal strasberguiano y diario de periodistas locutores que se expresan de “dentro a fuera”. En todas las emisoras. Una extraña musiquilla sube y baja el volumen durante el editorial de turno para acentuar el carácter paranormal de lo descrito. Extraña musiquilla de acompañamiento en todas los monólogos de todas las emisoras. Poco más allá de ese contundente inicio se da paso a la publicidad; así, e inmediatamente después de un discurso que te ha llevado hasta el cajón de los cubiertos en la cocina con el ánimo perfectamente turbado, una voz simpática y risueña te insta a comprar una loción para que te crezca el cabello, y después que te recomienda unas píldoras fantásticas para ir de vientre, y después otra que te aconseja poner una alarma de seguridad en nuestras frágiles viviendas. Se te dan teléfonos de restaurantes, y de clínicas de estética, y de concesionarios de automóviles. Y se te olvida por unos instantes el discurso que casi te lleva a cometer una locura. Pero entonces regresa a antena el locutor/master y retoma el asunto del día, que siempre es un asunto que ha tocado la fibra al mismo locutor y que le obliga a mostrar su indignación, su indignación de locutor con convicciones. Y por ello se muestra siempre perplejo y desamparado. Casi siempre con razones. Así, cuando aparentemente la publicidad ha acabado, entra de nuevo en antena el master/monologuista para hablar con una de sus colaboradoras acerca de las maravillas de, pongamos el Corte Inglés, que tiene durante esta semana precios especiales en la sección de ropa interior. Surgen indefectiblemente bromas al respecto. De monologuista, claro. Inmediatamente se retoma la circunspección, se resume lo dicho en el editorial y con un pequeño cambio de tono, se introduce la voz de la firma invitada, la de uno de los comentaristas habituales. Se trata de un opinador que lee su texto escrito. El opinador lee su texto con aire de catedrático de poesía decimonónico. “Soy un sabio y esta es mi docta y mesurada opinión” vienen a decir, entre líneas, todos los comentaristas que leen en la radio sus casi siempre acertados diagnósticos buenistas. Acabada la lectura se produce siempre un pequeño intercambio de halagos entre el locutor contrariado y el erudito y enfurruñado colaborador. Se aprovecha para ironizar sobre algo y el locutor lo despide levantando curiosamente el tono de voz. Por cierto, hay siempre algo en ese innecesario y bien distribuido levantamiento de voz que resulta repelente en la medida en la que es usado para que la publicidad sea efectiva (un oyente en contacto permanente con el drama no sería nunca presa de la publicidad que sustenta la misma emisora, por eso los locutores juegan tanto con las entonaciones impostadas). De hecho de la sobriedad absoluta se ha pasado a cierto tono ligero con un simple cambio de entonación. Ahora la publicidad vuelve, pero esta vez sin haber sido prevenida, anunciada. A bocajarro pues: clínica canina para tu mascota y otro revitalizante con nombre propio. Lapsus largo de publicidad en el cambio de hora y llegan los deportes: 10 minutos hablando de la rodilla de un delantero centro que no se sabe si jugará o no el próximo partido. La sensación de tragedia en la que nos había metido el editorial se ha difuminado un poco hablando de espinilleras y camisetas húmedas. Acaba la sección deportiva con otra subida de tono y con un poco de música espectacular. Regresa el monologuista/master y comienza de nuevo su discurso. Y cuando digo de nuevo quiero decir de nuevo, pues es el mismo que ha pronunciado una hora antes. Exacto. Tan exacto que vuelves al cajón de la cocina y esta vez llegas a asir con seguridad el cuchillo jamonero, ahora con voluntad más decidida. La intensidad del discurso, de todos los discursos de todos los masters/locutores/monologuistas de todas las cadenas de radio se caracterizan por lo mismo: por la sobriedad, la circunspección de un tono que resulta acorde con el hundimiento del estado actual de las cosas, el que describen con precisión critico/cirujana. Es el hundimiento que describen el que precisamente les hace ponerse graves, apocalípticos, agoreros. Con razón. Y es también el que te ha llevado al cuchillo jamonero. Porque desde un tiempo a esta parte no hay otra posibilidad que discursos/editoriales/monólogos demoledores, desoladores. De hecho el monólogo es el mismo en esta segunda franja horaria pero más intenso, más elaborado, más directo. Porque el estado actual de las cosas no sólo es peor que el de ayer, sino que es mejor que el de mañana. Llega la hora de presentar a los tertulianos (las 8:30 aprox.), esos tipos que saben lo mismo de fondos reservados que de virutas de jamón de bellota. Son presentados y acto seguido se da paso a la publicidad. Antes de que vuelvan a abrir la boca entra en antena un invitado que tiene a bien responder las preguntas del monologuista contrariado por el estado actual de las cosas. Turno de preguntas de los tertulianos para el invitado. Una por cabeza. Y paso a la publicidad. Todos parecen tener mucho que decir, pero los turnos, ya se sabe, no dan para mucho. Sólo manda quien paga. El invitado es despedido y se quedan los tertulianos para acometer 2 0 3 intervenciones más entre paso a la publicidad y paso a la publicidad.

Entonces sucede: en el momento álgido de ese dramatismo que todos los monologuistas de todas las emisoras conculcan a diario a los oyentes emerge el definitivo y sorprendente cambio de tono; aproximadamente después de tres horas de descripciones macabras y formulaciones agoreras que no carecen de fundamento los locutores/monologuistas de todas las importantes cadenas de radio cambian definitivamente el tono de voz y comienzan, a las 10 de la mañana, las secciones más divertidas, dicharacheras y disparatadas. Así, o abren los teléfonos para que los oyentes cuenten anécdotas sucedidas en los ascensores o se ponen a hablar de los deslices lésbicos de Isabel Pantoja. A partir de ahí todo de disuelve: lo que era una descripción precisa de la monstruosidad que vivimos -y nos espera- ha dado lugar a risas necesarias, laxitud amarilleante, humor histérico, anecdotario excéntrico y desenfado juvenil. Y tú, que hacía unos minutos habías cogido un cuchillo jamonero con la intención de cercenar tu yugular (conminado por ese mostrenco estado de las cosas perfectamente descrito por los mismos monologuistas comprometidos) te encuentras con que de repente todo da la risa.

Addenda. Llevo varios meses preguntándome por qué fallan realmente las revueltas estudiantiles y las verdaderas rebeliones de un pueblo absolutamente humillado por sus corruptos dirigentes. Quizá la respuesta tenga algo que ver con “la forma de vida” de las emisoras de radio.

viernes, marzo 02, 2012

Serenidad, sosiego y amor

La serenata es una forma musical curiosa que alcanzó su pleno apogeo en el siglo XVIII. Su peculiaridad consistió, en sus orígenes, en que la creación de esa música debía tener en cuenta el específico momento de la audición para el que estaba destinada. Debía ser escuchada al atardecer, cuando el sol se esconde para dejar paso al misterio de la luna. Las serenatas no eran, en principio, piezas musicales escritas para teatros o auditorios sino para jardines con templete. La otra característica de la serenata sí tenía que ver con una naturaleza concreta de forma musical: debía poderse relacionar con la serenidad, con la calma, con el reposo; en definitiva, debía ser emocionalmente acorde con el momento feliz del día.

No sé si todo esto lo tuvo en cuenta Glenn Miller cuando escribió su pieza Moonlight Serenade pero desde luego el resultado no defrauda ninguna de las expectativas que pudiera generar el título. Se trata de una de las melodías más hermosas y serenas que se han compuesto en nombre de la música interpretada por bandas. El único reproche que puede hacérsele al sonido Glenn Miller es el de la influencia que ejerció sobre tantas otras bandas que sólo consiguieron torpes pero comerciales imitaciones. Moonlight Serenade es la perfecta representación de la melodía que atempera cualquier estado de ánimo. Escucharla al anochecer y en penumbra es siempre una experiencia emocionante que te reconcilia con la humanidad.

En un mundo regido por la velocidad y los gritos resulta necesario encontrar experiencias que sirvan para alimentar el espíritu en circunstancias de escasa luz. O dicho de otra manera: en un mundo regido por la inmediatez resulta reconfortante encontrar aún experiencias que alimenten el espíritu sin necesidad de que intervenga la voluntad. Escuchar Moonlight Serenade al anochecer y en penumbra es una especie de experiencia mística que yo siento muy vinculada al sentimiento del amor. Porque es el amor lo que definitivamente puede reconciliar al individuo con la humanidad. Todo lo demás es acrobacia y decrepitud. No tengo jardín ni templete, pero basta que sienta avecinarse de soslayo la sempiterna melancolía para que yo apague las luces, ponga Moonlight Serenade y elocubre con la posibilidad de morir abrazado a mi amor. Soy un cursi, pero no lo quiero evitar.

Addenda. Ayer hizo 108 años que nació Glenn Miller, cuya peor fortuna consistió en que Hollywood quisiera homenajearle con una película, la peor que interpretó James Stewart en toda su vida.

martes, febrero 28, 2012

No habrá nada que hacer mientras reine la maldad (pásalo)

Por eso habrá que repetirse.

Así, mientras no sean los “chavales” quienes paguen las facturas del consumo de sus iPhones no habrá nada que hacer; mientras no sea el irrefrenable deseo de independencia y la angustiosa necesidad de plancharse su propia ropa lo que mueva a los “chavales” a manifestarse (y no la falta de calefacción en el instituto) no habrá nada que hacer; mientras crean que la libertad de expresión consiste en decir cualquier cosa y de cualquier manera no habrá nada que hacer; mientras no se planteen fustigar hasta la extenuación a las empresas de telecomunicaciones, por ejemplo, no habrá nada que hacer; mientras sigan conformándose con frases ingeniosas (twitter/muro) y se queden por tanto con lo fácil y dinámico antes que con lo costoso y lo esforzado no habrá nada que hacer; mientras los “chavales” dirijan sus quejas hacia un determinado partido político y no hacia nuestro corrupto y putrefacto sistema bipartidista –anegado de intereses espurios- no habrá nada que hacer.

Y ¿por qué, en el fondo, prefieren comunicarse a través de simples fraseos ingeniosos antes que a través de pensamientos colegidos de razonamientos más o menos sistemáticos o al menos elaborados? Porque les encanta y les excita el “a tiempo real”. O sea, porque en el fondo –y en la superficie- les encanta y excita la irrealidad, valga la paradoja. La irrealidad construida por el vertiginoso “tiempo real”. Cosas de la era digital, que se caracteriza por la incomunicación que produce la indigestión de comunicados. Es precisamente la bulimia comunicacional la que ha configurado una realidad anoréxica, en contra de lo que tiende a creerse. Se trata de la perversión que mantiene más viva que nunca la llama de la maldad. ¿Qué no?

Hay motivos más que suficientes para que los “chavales” se manifiesten hasta la extenuación; motivos de sobra para levantar barricadas, motivos innumerables para intentar cortar de un tajo un sistema que diariamente se demuestra tan ineficaz como humillante. Sin embargo, más allá de indignarse puntualmente por “cuatro” cosas indignantes pero nimias, la verdad es que después nunca se produce la verdadera rebelión. Pero, ¿cuál sería en última instancia la causa que impide la revuelta verdadera? Mi personal respuesta es ésta: porque la maldad se ha instalado definitivamente. Y la maldad se manifiesta, las más de las veces, sibilinamente. Como bien se demuestra en No habrá paz para los malvados (Urbizu). La maldad es lo único que nos queda en este mundo, un mundo que se ha configurado, y esto lo digo yo, fractalmente; esto es: configurando lo pequeño (el individuo, el grupo, la tribu) con las mismas formas con las que se ha configurado lo grande (los gobiernos, las multinacionales). Algo que, es cierto, fue propuesto por lo grande, pero con la aceptación y la connivencia interesada de lo pequeño. Cosas de la Corrección Política. En las instancias que rigen el mundo sólo queda la maldad.

En la película se ve como el bien intenta hacer su camino por los cauces legales del policía (bueno) y la jueza (buena y justa), pero es la maldad –el poli corrupto y degenerado- la que acaba por atajar el inevitable fin al que estamos tarde o temprano abocados, el generado por la maldad en estado puro. La jueza ama a su hija y ama las vías nobles que ofrece la Institución, pero si no fuera por el despreciable Santos Trinidad el desastre habría sido aún mayor. Maldad sobre maldad mientras los buenos, o confunden la Ley con la Justicia (o la Justicia con la Libertad) o juegan al corro de la patata con sus hijos en los días festivos. Es la propia maldad la que ataja el mal, y lo hace por casualidad, claro. Y no hay otra. O sí: la de que la maldad sobre maldad acabe produciendo la maldad arrasadora, the big one. Esta vez ha habido suerte. Gracias a Santos el Santo.

Así, amar la irrealidad sólo puede ser un singo de maldad. Desde luego que los “chavales” no son culpables de aquello que han heredado, pero no dejan de formar parte de un estupendo y sofisticado fractal que en el fondo les proporciona lo que, como puede comprobarse, les abandona al inmovilismo. Un fractal que les proporciona un móvil y un coche antes de haber demostrado un interés real por plancharse su propia ropa. Y que nadie me salga con la típica defensa del chaval que quiere pero no puede, porque nada tiene que ver el no poder, con el irrefrenable deseo de no querer pagar la factura de un móvil, el deseo que justificaría una manifestación tan inevitable como inmisericorde. Un deseo que no demuestran tener. Sería precisamente ese deseo irrefrenable el que les haría encontrar argumentos para una revuelta real, esa en la que las porras harían cosquillas. ¡Porque, por haberlos, hay argumentos para parar un barco! ¡Tantos y de tanto peso que resultaría patético que alguien se manifestara por carecer de calefacción en el instituto!, ¡o incluso por las posibles consecuencias de una reforma fiscal! Sé que resulta paradójico, tan paradójico como increíble, pero la verdad es que mientras la comunicación padezca de bulimia no podrá ser efectiva. Y no habrá nada que hacer.

Addenda. Hace unos días apareció en el mercado editorial un libro llamado Aprenda de la mafia. Ya es un éxito. Ha sido escrito por un ex mafioso, Ferrante, que durante su estancia en la cárcel estudió el mundo de las finanzas y la economía (llegó a leer 16 horas al día durante varios años) para llegar a la conclusión de que las “formas” de la mafia son ideales para hacer negocios y para conducir las empresas. Así es como el tal Ferrante, ex mafioso del famoso y cruel Clan de los Gambinos, demuestra que las empresas que utilizan las “formas” de la mafia son más productivas y rentables. No seré yo quien lo ponga en duda (no vaya a ser que me despierte junto a una cabeza de caballo en la cama). En cualquier caso, no habría más que ver otra película, esta vez la extraordinaria Inside job (Ferguson), para comprobar cuánta razón lleva el ex delincuente "reformado". En ella se confirma que los personajes que provocaron el derrumbe de la economía mundial no sólo permanecen impunes, sino que además aún tienen, a pesar de todo, un peso enorme en el devenir de la humanidad. Se trata de los principales asesores de Obama y cobran sueldos millonarios, claro. Aquí en España los sueldos millonarios los cobran, de modo vitalicio, los que destrozaron el sistema financiero a través de la gestión de las Cajas. Y Tedy Bautista, ex director de una SGAE definitivamente sospechosa, cobrará de por vida 23.000 € al mes. También están los cientos de sueldos vitalicios de políticos demostradamente incompetentes… y los de cientos de liberados sindicales… y las financiaciones turbias de los partidos políticos., y el misterioso incremento patrimonial de tantos políticos biendicientes ¡La calefacción!