lunes, agosto 11, 2014

La Uniformidad y el Poder

O del poder de la Uniformidad

Debido a circunstancias familiares pasé toda mi adolescencia viajando a Barcelona. Bueno, Barcelona y Sitges, ese apéndice sureño que se repartía la alta burguesía con el apéndice norteño de Rosas. Mi hermano y yo disfrutábamos de lo que por aquel entonces se llamaba kilométrico, una especie de cartilla que permitía a los hijos de funcionarios de Renfe viajar gratis. Así que para nosotros coger el tren y plantarnos en Barcelona era como coser y sobre todo cantar, aun a pesar de que el trayecto durara entre 4 horas y media y 6 horas.

Allí siempre nos esperaban dos primos de nuestra edad, autóctonos de Barna, con los que éramos felices hiciéramos lo que hiciéramos. Fue precisamente en aquella época –mediados y finales de los setenta- donde me comenzaron a advenir sentimientos contradictorios respecto a la evolución que yo iba viviendo en la ciudad. No sé muy bien por qué yo de jovencillo tenía un excéntrico gusto por lo retro al que le iba muy bien Barcelona, no sé, quizá debido al modernismo catalán que asociaba a mis intereses por las antigüedades y mis primeras adquisiciones: Los encantes y la Ronda de Sant Antoni.

Los sentimientos contradictorios comenzaron cuando comprendí que todo aquello por lo que Barcelona me gustaba, que no era otra cosa que su propia singularidad, iba a ser en el fondo algo irrelevante para un gobierno ya metido en la vorágine nacionalista. Es decir, comencé a padecer cierta esquizofrenia respecto a mis sentimientos hacia Barcelona cuando comprendí que a mí me importaban más ciertas tradiciones catalanas que al mismísimo gobierno catalán. Así, mientras mis primos sufrían la primera gran inmersión lingüística, el gobierno catalán convertía todas sus granjas* en cafeterías franquiciadas. La estrategia no podía ser más perfecta: mientras una pandilla de políticos exaltados catalanizaban a los niños con el lema Espanya ens roba, esa misma pandilla se hacía rica con el 3% (o con el mucho más %). El signo definitivo que demostraba que a esa pandilla de dirigentes les importaba realmente una mierda su idiosincrasia -pero les encantaba definitivamente el dinero- fue la sustitución del bar Canaletas por un Burger King. Pero sin dejar de promover, eso sí, el baile de la sardana en la Plaza de la Catedral los domingos por la mañana.

A los sucesivos gobiernos catalanes siempre les interesó generar confusión en torno a los conceptos identidad y tradición. Lo que les ayudó a generar fácilmente súbditos. Creaban prosélitos en base a una lengua, un baile muy púdico (cualidad básica para todo baile nacionalista que se precie) y la inoculación de un odio que debía manifestarse hacia españoles y sobre todo charnegos. El odio al otro es una de las tácticas lo que más sensación de grupo genera, la que más une a los prosélitos si además se expresan desde una lengua propia. Incluso mis primos cayeron en la trampa cuando se creyeron todo lo que aquel personaje bajito pero extremadamente soberbio les decía con la cabeza inclinada y los ojos semicerrados.

Un ejemplo que nos muestra los efectos que esa confusión de conceptos conlleva es la re-creación paisajístico/urbanística que el gobierno catalán ha hecho en su comarca de la Cerdanya. Hay que verlo para creerlo. Si no fuera porque los hay a docenas se trataría del ejemplo perfecto para señalar adónde nos conduce un lugar regido por la exaltación del ensimismamiento nacionalista en detrimento del otro, un otro siempre inferior y por ello digno de odio; un lugar, claro, gobernado por una pandilla de listos cuya cantidad de dinero privado ha crecido siempre de forma directamente proporcional a la cantidad de gente que debía no saber nada acerca del significado de los conceptos identidad y tradición. En efecto, la Cerdanya es un buen ejemplo para conocer adónde nos conduce un nacionalismo de carácter independentista (mientras no haya otras olimpiadas que les renueven toda una gran ciudad con dinero español).

Se puede acceder a la comarca por la vieja carretera de Ripoll o puedes hacerlo por el nuevo túnel del Cadí, pero los resultados son los mismos... con una hora de diferencia (y más allá del dinero que genera en las arcas de la Generalitat el peaje del túnel). Ya pases por Das, o por Orús, o por Saga, o por Riu, o por Alp, o por Bor, o por Bolvir, o por Prats, lo que ves es siempre… ¡lo mismo! ¿Cómo lo mismo?, se preguntará más de uno. Pues eso, ¡lo mismo!: las mismas casas sin apenas variaciones agrupadas y organizadas junto a un minúsculo centro histórico remozado para hacer juego con esas casas de reciente construcción. Piedra, pizarra y madera repartidas en una estructura que tendrá en cuenta el perfecto reparto de materiales con el fin de conseguir esa uniformidad. Y según me cuenta un amigo de Manresa, que tuvo que reformar una de las casas antiguas de Riu, “¡hay de aquel que quiera algo diferente!, por ejemplo una casa sin contraventanas de madera. ¡Se queda sin casa!”.

En efecto, mi amigo se explayó hablándome del calvario que tuvo que padecer para cumplir una normativa que se hacía estricta sobre la marcha con el fin de impedir que nadie se saliera de la conservadora estética uniformadora. Esto es, si hay algo imposible en la Cerdanya es tener una casa al gusto propio, tener una casa de diseño particular, en base a una planta personal y un diseño que no sea el de piedra, pizarra y madera. Habrá quien no vea en esto nada especial, o nada criticable, porque en el fondo reclame esa igualdad uniformadora (¿). ¿Tendrá que ver esa igualdad uniformadora con aquel editorial famoso que apareció simultáneamente en todos los periódicos catalanes? ¿Esa uniformidad que impide a “uno” tener la casa que quiere? ¿Esa uniformidad que impide a los catalanes rotular su negocio en la lengua que les venga en gana? ¿Esa uniformidad que no permite a un niño expresarse en español en el patio de un colegio que además no puede elegir la lengua de docencia si quiere seguir recibiendo subvenciones? ¿Esa uniformidad que margina descaradamente a quienes disienten de ese uniforme pensamiento único? 

En mi adolescencia pudo conmigo una sensación que no era inmovilista sino nostálgica, esto es, ingenua. Bastaron unos cuantos meses para curarla. En cambio los poderes fácticos catalanes se guiaron por una estrategia perfectamente diseñada (en la que colaboró todo el estado español) y sumamente eficaz en la medida en que hicieron prevalecer lo sentimental sobre pragmático en gran parte de la ciudadanía. Y además muchas de las franquicias que sustituyeron a las granjas se anunciarían al público con el "pan tomaca y butifarra". 

No importaba tanto que Cataluña se empobreciera y endeudara en su ensimismamiento como que les uniera un sentimiento visceral pero uniformado. El precio que había que pagar por ello sería el de carecer de opinión propia: dejar de ser un individuo para pasar a ser un número, dejar de tener verdadera personalidad para pasar a ser una marca. Algo que no parece importarles a los más reivindicativos y por eso siguen haciendo oídos sordos a lo que hace apenas unas semanas les dijera ese señor bajito que les metió millones de pájaros ruidoso en la cabeza, ese señor que les hablaba con la cabeza inclinada y los ojos semicerrados: “¿qué coño es eso de la UDEF?”

*Las granjas eran especies de bares -sin serlo- que expendían trinaranjus, cacaolat, bikinis y productos de primera necesidad.

jueves, abril 03, 2014

Videojuegos y Corrección Política

Videojuegos y Corrección Política

El 14 de marzo se publicó un artículo el País Semanal con el título “Revolución femenina en los videojuegos” firmado por Montaña Vázquez.

Antes que nada cabría preguntarse ¿Revolución femenina? ¿Qué querrán decir con lo de revolución? Es decir, ¿es que acaso hacía falta una revolución en las mujeres respecto al videojuego? Como no podía ser de otra forma la palabra revolución se usaba con intenciones positivadoras, progresistas*, pero por eso mismo cabía la pregunta ¿qué podrá significar el hecho de que exista una revolución femenina en los videojuegos? Pero sobre todo ¿en qué puede consistir esa revolución?

Las respuestas en el mismo artículo.

La primera: según los datos obtenidos en la investigación de Vázquez “el 37 % de las españolas se han enganchado a los juegos virtuales”.

Conclusión primera, pues: cada vez hay más mujeres que le dan a la maquineta. ¡Bravo!, parece ser.

La segunda: que como dice Raquel Villamil, guionista de Virtual Toys (una de las de las diez mujeres que ha entrevistado Vázquez: cinco expertas y cinco jugadoras), “Para ellas, las historias importan”.

Conclusión segunda: las mujeres (“ellas”) son diferentes a los hombres, siendo esa diferencia algo que inevitablemente se deberá entender de forma positivadora respecto a la mujer. O leído a la inversa, de forma displicente hacia la parte contraria de lo que supone esa diferencia. “Para ellas las historias importan”, o sea, para ellos no, de otra forma la frase sería tan absurda como innecesaria.

Y continúa “Nosotras demandanos juegos diferentes, más sociales. Nos gustan las protagonistas igual de preparadas y fuertes que los hombres, pero más cercanas a nuestro físico, con las que poder identificarnos”.

Conclusión tercera: no sólo les importa el “contenido” sino que además se trata de un contenido en el que a ellas, las mujeres, les gusta ser igual de fuertes que los hombres… pero sin músculos. Esto es igual (de fuertes, de preparadas…) que los hombres. La igualdad (¿).

Pero volvamos al texto que acompaña al titular: “El 37 % de las españolas se han enganchado a los juegos virtuales. Pero imponiendo sus reglas: a las gamers les gustan las historias con contenido. Y las heroínas: más reales (también estéticamente) e inteligentes”. Así pues, definitivamente la diferencia. Que por eso “imponen” sus gustos… y no los de otros.

(Paréntesis: quizá por eso Ada, una de las cinco videojugadoras entrevistadas (“Ada, Amanda, Eva, Serena y Aby creadoras de El Podcast de la BSAA, un site en el que hablan de lo que más les gusta: los videojuegos”), la única a la que se le da voz de todas ellas, dice que sus juegos favoritos son “Mass Efect (de trama épica), pero también Resident Evil (que como todos saben se trata de uno de los primeros juegos catalogados como survival horror).

En cualquier caso, dos son los objetivos del artículo, como no podía ser de otra forma: hablar de igualdad en términos de progresismo, en esta caso dando importancia al creciente número de jugadoras que cada vez más se acerca al de jugadores, y hablar de diferencia, en este caso para incidir en que el juego de “ellas” es más sofisticado que el de ellos, esos simples brutotes. Se habla del éxito que tienen entre las mujeres los juegos que “suponen un entrenamiento para la mente o el cuerpo, como el Brain Training o el Wii Fit”, pero sin ofrecer números comparativos que ayuden a entender esa diferencia de la que se hace gala (pues sigue habiendo más jugadores que jugadoras).

Y por si alguien no había entendido el mensaje de las entrevistadas dice Montaña Vázquez a modo de conclusión: “Atraer con curvas al complejo universo femenino no tiene sentido. Ellas buscan algo más: conectar, desarrollar sus habilidades sociales, su intelecto… además de divertirse por supuesto”.

Así pues, vuelta definitiva a la diferencia: a “ellas” no les atraen las curvas (¿) y por eso buscan “algo más” que el simple divertimento… algo más elevado, por supuesto. Diferencia: superioridad.

(Paréntesis 2: Por cierto, estos son los juegos que en el artículo se citan como más exitosos entre las mujeres: Monkey Island –en donde la protagonista es una ¡pirata!, Beyond: Dos Almas, de donde se especifica que la protagonista gusta porque “lucha hasta el final”, The order, donde la protagonista se describe como una “guerrera del Londres victoriano” y Assassin’s Creed, donde al parecer gusta mucho "la mulata esclava reconvertida en asesina". Así, en efecto y como puede verse, más realistas, más sensatas y más elevadas; y por supuesto gustando de personajes con los que poder identificarse. “Algo más”: Brain Training)

Y para acabar, la frase más previsible, la que no podía faltar. Dice Mar Marcos, profesora de Narrativa Audiovisual en la UCM, “Esta formación hará posible que cada vez haya más mujeres en puestos relevantes de la industria”.

Ahora bien

¿Se puede exigir la igualdad mientras se reivindica la diferencia? ¿Se puede exigir la igualdad mientras se hace gala de los beneficios que produce la diferencia? ¿Se puede, en definitiva, estar machaconamente exigiendo la igualdad al tiempo que ¡en el propio discurso! queda demostrada la inevitable diferencia? ¿El concepto igualdad presupone que ambos sexos debamos tener los mismos gustos, las mismas aficiones, las mismas necesidades, los mismos deseos, etc.? ¿Sí o no? ¿Por qué entonces una de las quejas más expresada por las mujeres consiste en hablar de injusticia cuando en un sector laboral hay más hombres que mujeres? ¿Acaso debería enfadarme yo porque haya en la carrera de Magisterio muchas más alumnas que alumnos? ¿Puedo enfadarme porque haya muchas más peluqueras que peluqueros, y muchos más fontaneros que fontaneras? ¿Con quién debo enfadarme cuando en la escuela universitaria de la que soy profesor (que fue la primera en España donde comenzó a impartirse la carrera de videojuegos) el porcentaje de chicos es aplastantemente superior al de chicas? ¿Bajo qué parámetros podría hablarse de injusticia cuando estas cosas suceden? ¿Acaso es un signo civilizatorio que a ambos sexos les tenga que gustar por igual, digamos que la práctica del parapente? ¿De dónde partiría la necesidad de considerar desproporcionadas y patológicas las situaciones que muestran gustos diversos en función del sexo? ¿Acaso es porque ser jugador de máquinas –o de canicas, o de fútbol, o de bolos- es un privilegio, o un signo civilizatorio de primer orden del que todos deben participar… por igual? ¿Por qué el creciente aumento de videojugadoras se tiene que ver como un signo de progreso? ¿Acaso no podría verse como positiva la poca participación de las mujeres en asuntos como el del –simple- videojuego por oposición a otras aficiones, como podría ser la creación musical? ¿Qué puede significar, entonces, esa obsesiva necesidad de que la mujer sea igual al hombre en todo (para después mostrar la superioridad en la diferencia); de que tengan que gustarle las mismas cosas que a los hombres por estúpidas –o no- que pudieran ser? ¿Qué habremos ganado cuando tengamos la misma cantidad de videojugadoras que de videojugadores? ¿No habíamos siempre considerado estúpidas e inmaduras las despedidas de solteros, con esos hombres ebrios y salidos dando muestras de zafiedad?


*Desde luego que no habría hecho falta leer el artículo para presuponer y asegurar que todo lo que se dijera en términos de “guerra de sexos”, que es al fin y al cabo lo que propone la corrección política en todas las manifestaciones públicas, va a ser ensalzador de la mujer y denigrador del hombre. Es decir, progresista.

viernes, marzo 28, 2014

Progreso y Redes sociales

Progreso y Redes sociales

No sé cómo pude ser tan ingenuo, pero cuando internet se encontraba aún incipiente pensé que podría ser ésta una forma revolucionaria de comunicación que la población usaría para evitar los abusivos atropellos que se cometían en la era analógica. Pensé que las posibilidades informativas que brindaba al usuario destaparían y orillarían las mentiras a las que ciertos poderes fácticos nos tenían acostumbrados por un hábito inmoral (tantas veces justificado desde un paternalismo encanallado), y que las posibilidades comunicativas entre sus usuarios se convertiría en una fuerza indestructible que jamás permitiría que el ciudadano quedara indefenso y desamparado ante, digamos una multinacional insidiosa. Cuando internet se encontraba incipiente me hacía feliz pensar en el futuro que éste nos brindaba porque por fin íbamos a estar todos los ciudadanos y todos los usuarios amparados por nosotros mismos y no por unos falsos poderes, principal e inevitablemente movidos por sus propios intereses económicos y/o electoralistas. Internet nos iba a permitir estar informados acerca de lo que verdaderamente pasaba y además nos iba permitir mantener una unidad entre usuarios que haría imposible cualquier humillación, como la de, pongamos, una empresa de telecomunicaciones; ese tipo de humillación al que éramos sometidos en esa época –con internet aún incipiente- en la que ni teníamos acceso a los datos reales y completos ni éramos capaces de comunicarnos con el fin de hacer compacto e infranqueable un grupo de defensa.

Pero no, en realidad todo fueron fantasías nacidas de mi ingenuidad. Los poderes fácticos que en antaño nos humillaban con sus arbitrarias injerencias (Hiberdrola, Telefónica, etc., etc.) no siguen humillando y vejando de forma absolutamente salvaje y pertinaz. El otro día los telediarios dedicaban 10 segundos de reloj a ofrecer esa noticia que confirmaba la fusión de Vodafone y Ono, eso sí, después de dedicar varios minutos a un incendio en no sé dónde, otros minutos a un concierto de rock histórico, otros a los destrozos de un temporal y otros muchos al cutis de Ronaldo. No sé qué puede significar esa fusión (que como todas nos conduce al fatídico duopolio), lo que sí sé es lo que viene pasando con las multinacionales que poseen el control total de la energía y de las telecomunicaciones -desde que el libre mercado ofreció a cualquier grupo empresarial la posibilidad de competir con los grandes monopolios. Y también sé lo que se pensaba de ese reparto “antimonopolista” cuando comenzó a llevarse a cabo: que se acabaría con la tiranía del único propietario y que por tanto la existencia de otros grupos generaría una competencia que abarataría los servicios y cuidaría del usuario. El final de esta historia plagada de conjeturas ingenuas –ya no sólo personales- lo conocemos: nunca el usuario se ha encontrado tan humillado como ahora, pues si antes las vejaciones eran de alguna forma inevitables, ahora son el producto de un acuerdo tácito y perverso. Que por eso “nunca pasa realmente nada”. Ni siquiera con destrozos urbanos y cabezas abiertas.

Hagan ustedes la prueba e infórmense acerca de la satisfacción de los usuarios respecto a sus compañías telefónicas. Yo lo hago todos los años con mis alumnos y después de 5 años indagando he llegado a la conclusión de que no solo no hay nadie satisfecho sino que absolutamente todos están de alguna forma cabreados con sus respectivas compañías. Y todos alguna vez han ido cambiando de ellas en función de unos misteriosos beneficios que después no lo eran. Algunos de ellos incluso se encuentran en trámite de una denuncia que no se soluciona y prácticamente todos tienen problemas pendientes por resolver. Y con los suministradores de banda ancha otro tanto de lo mismo. España es el segundo país más caro de toda la Unión Europea. Además, y como todo el mundo sabe, mantienen una política de precios que premia a los “nuevos clientes” en detrimento de los más “antiguos”, pudiéndose dar una situación en la que por lo mismo paga más alguien que se acaba de inscribir en la compañía que alguien que lleve 8 años pagando religiosamente. Premiando así la infidelidad.

¿Y qué hace la gente ante este desamparo y esta indefensión de la que curiosamente jamás nos protege el Estado? Pues dos cosas fundamentalmente: pasarse mensajitos vía digital (pásalo) y acudir a las “mani” de turno, que como es sabido se multiplican por cientos de miles. Así es como el ciudadano/usuario de la era digital pretende combatir el mal: mandando soflamas virtuales que alivian su mal de conciencia personal y acudiendo en persona a actos públicos que alivian su mal de conciencia social. Soflamas cuya presencia virtual suponen una trillonésima parte de los estúpidos “je, jes” y los “me gusta” que habitan la nube. Todos, en fin, muy comprometidos en sus ingeniosos 140 caracteres y sus paseos pancarteros y chillones, pero todos disfrutando de los beneficios con los que han sido comprados –en persona- por unos poderes fácticos que saben que nunca pasa nada; que saben que mientras todos esos quejicas tengan su conexión y su dispositivo nunca pasará realmente nada.  

Nota. (Sólo para lectores nuevos; no leer si uno ha seguido con regularidad este blog). ¿Significa esto que los actos virtuales comprometidos y las manifestaciones dicharacheras no sirven para nada? Por supuesto que no; sólo significa que desde mi humilde punto de vista no puede haber solución real al desastre sin renuncias personales y colectivas, renuncias verdaderas, y que por tanto toda posible salvación pasa inevitablemente por el sacrificio. A ver ahora quién está dispuesto a cambiar las cosas verdaderamente.


Post Scriptum. Quien mejor conoce este blog soy yo. Sé que sólo tengo un puñado de seguidores. Sé que durante los casi 7 años que lleva en marcha ha entrado en él la misma cantidad de internautas que los que entra en un blog sobre “maquillaje para el fin de semana” en un solo día. Y sé que mi obsesión por no vincular el blog a las redes sociales es una suerte de suicidio. Lo sé, amigos. Un suicidio feliz basado en la pura misantropía. Por cierto, la ingenuidad es en muchas ocasiones una de las formas con las que mejor se disfraza la estupidez.

miércoles, marzo 12, 2014

Lo que más cachondo pone a un activista es la lucha

Lo que más cachondo pone a un activista es la lucha

Llevo años definiendo la corrección política como una perversa estrategia que consiste en hacer eternos los mismos problemas que denuncia, mientras exige -a través de la opinión pública- un esfuerzo por resolverlos. Eternos: irresolubles. Porque después de todo, lo único que garantizará esa necesaria y rentable lucha que impone la corrección política será la misma existencia de esos problemas. Y en esa perversión maquiavélica se encuentra la causa misma del fracaso continuado y pertinaz de todas las campañas mediáticas y políticas que se llevan a cabo en su nombre. En resumidas cuentas, la perpetuación del problema no viene dada por su imposibilidad de resolución, sino por la ineficacia que ha inoculado el uso de la estrategia elegida: el problema no se erradicará mientras la rentabilidad que ofrezca la lucha sea superior a los beneficios que pudiera proporcionar su verdadera solución.

Son muchas las veces que en este blog se ha señalado que la criminalización del varón no es ni será nunca la estrategia adecuada para erradicar el problema que sufren algunas mujeres. Pero la corrección política ahí está, erre que erre. Dando muestras, ya no tanto de su ineptitud como de su maleficencia. El lapsus de la corresponsal de El País en Bruselas Elena G. Sevillano podría ser un perfecto ejemplo que demostrara como, “en el fondo”, lo que pone cachondos a los activistas no es tanto la resolución del problema como que haya problema para rato y por tanto haya problema suficiente como para seguir luchando...

El lapsus se produjo a partir de una noticia que el 5 de marzo ocupó a todas las cadenas de televisión y a toda la prensa escrita. Por la monstruosidad que la noticia traslucía. Dice Sevillano en la primera frase de su artículo “Las organizaciones feministas europeas se felicitaban ayer porque, al fin, existen datos comparables sobre violencia contra la mujer en todos los países de la UE”. Así pues, contenturria, euforia y por tanto felicitaciones. Los datos eran sobrecogedores ya que, entre otros, se destacaba que (casi) una de cada cuatro mujeres europeas había sufrido violencia física (¿). ¿Por qué entonces se “felicitaban” las organizaciones feministas? Nada en las encuestas daba para felicitarse. Ni siquiera el hecho de tenerlas, pues nada hacía suponer que los resultados de una macroencuesta (como así la denominan los autores) fueran esencialmente distintos de los datos proporcionados por encuestas previas menores o más localizadas.

¿Entonces? Pues porque antes que nada y por encima de todo los datos estadísticos seguían encontrando motivos para la lucha, que es al fin y al cabo lo que más rentable les resulta a quienes utilizan esa lucha desde la ideología construida a partir de los mismos parámetros de la corrección; es decir, desde la ideología fundamentada en la criminalización del varón. Pero ¿quiénes son esos “quienes”? Pues todos los políticos y derivados (de ministerios, diputaciones, concejalías, ayuntamientos, fundaciones…), todos los medios de comunicación al completo, todas las universidades con su burocracia desactivadora de pensamiento, todos los profesores de enseñanza media que quieran mantener su puesto de trabajo y, cómo no, todos los grupos de presión más subvencionados.

En cualquier caso, lo que prueba la estadística una vez más es que la estrategia llevada a cabo hasta el momento (cerca de 40 años de corrección política) se ha demostrado perfecta y pertinazmente ineficaz. Y por eso mismo esas “felicitaciones” no pueden ser más que el producto de un lapsus, un lapsus tan sintomático como significativo.

Quizá valga la pena analizar el artículo para saber algo más acerca de esa felicidad que ha proporcionado la obtención de “datos comparables”. El titular dice en letra grande y en negrita, “El 22% de las europeas ha sufrido violencia machista y la mayoría calla”. ¿Qué podría entenderse de este elocuente titular? No resulta demasiado fácil saberlo, desde luego, pues si la mayoría calla ese 22% se convierte en un dato perfectamente prescindible. Por arbitrario o por inconsistente. De otra parte no se trata de una cifra cualquiera, sobre todo si tenemos en cuenta que “la mayoría calla”: ¡se trata de una casi cuarta parte -22%- de las mujeres las que en países civilizados han sufrido violencia machista! Un 22%... ¡de entre las que hablan!

¿Civilizados? Por supuesto, con sus pequeños matices y sus diferencias idiosincrásicas es importante situar esa violencia en un genérico que podemos calificar de civilizado. Sobre todo a tenor de esos mismos resultados, que sitúan un mayor índice de violencia en los más civilizados de todos, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Holanda, Francia y Reino Unido, los seis primeros. Así pues: civilizados.

Pero vayamos ahora al subtítulo: “En los países más igualitarios salen a relucir más agresiones contra mujeres”. Y es aquí donde se demuestran con meridiana claridad dos cosas sumamente reveladoras: primero que la estrategia seguida en la erradicación del problema ha sido (y es) absolutamente ineficaz, pues es en los países “más igualitarios” donde más uso se hace de la corrección política. Pero ¿cuál sería después de todo ese problema? Y aquí nos topamos con la segunda de las cosas reveladoras, porque ¿cuál es verdaderamente el problema, la violencia del varón ejercida sobre la mujer en base a una consciente superioridad conferida por el sexo? No lo creo pues estamos hablando con determinación de los “países más igualitarios”.

¿No podría ser que la igualdad no fuera al fin y al cabo la vara adecuada con la que medir una diferencia real? Porque, en efecto, si hay algo que desde este blog se ha venido señalando con insistencia (precisamente con el fin de encontrar verdaderas claves que ayuden a acabar con esos brotes de violencia ejercida contra algunas mujeres en países civilizados) es que lo real emerge entre personas de sexo opuesto precisamente para mostrar la diferencia. O dicho de otra forma: ante la inevitable emergencia de lo real –que en toda pareja acaba por suceder, sobre todo cuando busca descendencia- no cabe hablar de igualdad sino de diferencia y por tanto lo que necesitamos los seres humanos no es una conversión, sino un aprendizaje que nos enseñe a gestionar esa diferencia. De hecho, es tal el error practicado con saña desde la corrección política que, efectivamente, es “en los países más igualitarios (donde) salen a relucir más agresiones contra mujeres”.

El caso es que como se puede ver, la satisfacción que proporciona la lucha en sí misma es tan enorme que los máximos defensores de ella no son capaces de entender lo que queda claro en el mismo titular; a saber: que el igualitarismo, la estrategia fundamentada en él, es la verdadera causa del desastre. Porque, no lo olvidemos, lo que aquí está en cuestión es fundamentalmente un problema derivado de la gestión sentimental y sexual. Las estadísticas en cuestión no tratan de los derechos de la mujer por lo que al trabajo, salarios, dedicación etc. se refiere, ni a posibles discriminaciones sufridas en el lenguaje, los deportes, etc., ni a humillaciones infligidas por la publicidad, los medios, etc., sino a la violencia que el varón ejerce sobre la mujer física o psicológicamente. Pero directamente. Así, el igualitarismo sería la causa del desastre en la medida en la que, además, se lleva a cabo a partir de dos tácticas que se superponen y complementan: la criminalización del varón y la exaltación de la superioridad de la mujer (aún hay quien piensa que si el mundo estuviera gobernado por mujeres todo iría mejor).

La conclusión genérica que traslucen las encuestas la expresa la misma portavoz del Parlamento Europeo, Blanca Tapia, “las mujeres no están seguras ni en casa ni en el trabajo”. O de la propia Sevillano en base a las palabras dictadas por la Agencia de los Derechos Fundamentales (FRA), “Una de cada tres mujeres europeas ha experimentado violencia física y/o sexual”. Y éste es otro dato: “Un 43 % relató algún tipo de violencia psicológica por parte de su pareja actual o una anterior (humillaciones en público, prohibición de salir de casa, amenazas físicas)”. ¡Casi la mitad de las mujeres! Y por eso el artículo acaba con las previsibles palabras de la parlamentaria búlgara Antonya Parvanova, “Se puede hacer mucho más… Después de los primeros siete años es demasiado tarde para hablar de igualdad de géneros y educar a los jóvenes en ella”. Y ya estamos de nuevo hablando de igualdad. Yo, respecto a esto redirijo al lector a uno de mis últimos posts, cuando señalaba lo que por boca de las mismas mujeres de hoy en día sale cuando se les insta a describir al hombre que les gusta. Son ellas y no las estadísticas las que textualmente dicen gustar de los “malotes”. De hecho son los “malotes” los que más éxito tienen con las mujeres.

Addenda. Hay otro asunto digno de relevancia en las conclusiones extraídas de las encuestas. Todos los españoles sabemos a la perfección lo que es y significa una campaña pro-feminista en nuestro país, pues hemos contado hasta con un Ministerio de Igualdad. Y sabemos por tanto cómo se las juegan las Instituciones cuando entienden el término Igualdad como una excusa para criminalizar al varón. Pues bien, hete aquí que, curiosamente, ante esas encuestas hechas a las mujeres que han conformado las propias estadísticas España ha salido en el cuarto país por la cola en lo que respecta a la “Violencia contra las mujeres”. Es decir, de entre 24 países y a tenor de lo que las mismas mujeres han contestado, España está de las muy últimas. ¿Qué podría entenderse de ese dato? Parece fácil, ¿no?: que España es de los países donde, a pesar de todo, menos violencia contra las mujeres se ejerce. ¿Qué más podría extraerse de ese dato? Pues que quizá haya sido desproporcionada esa necesidad de las Instituciones por demonizar a los españoles, a los varones concretamente. Esa necesidad que practicada desde la Institución (partidos, medios, universidades) tantos réditos políticos otorga.

Pero como todos sabemos no es posible dejar así las cosas. La corrección política no lo permitiría jamás. Desde luego que no, como puede comprobar todo aquel que haya seguido el tema y se haya interesado por la interpretación de los datos. Todo hacía deducir que las estadísticas sirven al menos para ser creídas –por eso se encargan y realizan. De hecho es por eso que se “felicitaban” las organizaciones feministas, por poseerlas. Pero claro, como cualquier estadística lo que hacía ésta era representar los resultados de forma gráfica en función de los números. Algo que en el fondo no gusta nada a las organizaciones activistas, pues inevitablemente se encuentran con un gráfico en el que sus expectativas se frustran, aunque sea por uno de sus lados. En efecto, por una parte –a la izquierda según el gráfico publicado por la UE- se encontraban los países en los que se ejerce mayor violencia contra las mujeres, pero por la otra se situaban los países en los que esa violencia descendía notoriamente. Entre ellos, como ya hemos apuntado, España.

Pues bien, como decimos, más allá de los resultados genéricos lo que no ha gustado nada a las organizaciones feministas que han interpretado estas estadísticas es, lógicamente, que el problema no fuera igual de importante en todos los países, no ha gustado que hubiera tantas diferencias –de violencia ejercida sobre mujeres- entre unos países y otros. Puede parecer una barbaridad, pero así ha sido. La cuestión responde a una cierta lógica, perversa si se quiere, pero lógica. Como no hay organización feminista que quiera ver restringida su necesidad pública o que quiera desparecer, por lo que al parecer no hay organización feminista local que le resulte agradable ver su país en la derecha de la tabla. De hecho, la explicación que se ha dado a ese desajuste “imprevisto” se encuentra teñida de una perversión estremecedora. Como no han soportado que en ciertos países no hubiera esa “previsible” violencia que sí se da en otros lo que han hecho es una significativa interpretación de las estadísticas. Y han decidido que allá donde la tabla estadística no expresa demasiada violencia lo que pasa es que las mujeres mienten y que lo hacen por falta de cultura democrática. Así, en Suecia, Finlandia, Francia, Dinamarca y Holanda hay mucha violencia contra mujeres porque eso dice la tabla, pero en España, Portugal, Polonia y Austria también hay mucha violencia contra las mujeres a pesar de lo que diga la tabla, porque debido a su falta de cultura democrática las mujeres han mentido (?). Por desmemoria o inhibición, pero mentido. Y porque NO puede haber país que no tenga su tasa de violencia bien alta. Y menos si no es igualitario. Y punto: hay que justificar todo ese gasto que parte de la UE y se ramifica hasta las concejalías de de las pequeñas ciudades y pueblos.

Dice Sami Nevala (de la FRA), “Cuanto más igualitario es un país, más se habla de los incidentes violentos contra las mujeres. A las mujeres les resulta más fácil hablar de ello”. Éste es el fantástico doble juego de Nevala: por una parte están los más violentos, los de la izquierda de la tabla, que resulta que son los países más igualitarios, y por la otra los menos violentos, que en el fondo y según ella no es que sean menos violentos, sino que simplemente no reconocen esa violencia por una inhibición producida por la falta de igualitarismo. Con lo cual: malo el igualitarismo –que da cifras altas claras- y malo el no igualitarismo –que encubre cifras altas en sus cifras bajas. En cualquier caso y en resumidas cuentas, no hay país de la UE que no se encuentre plagado de hombres malos. Ésta es la lectura de los “datos comparables” por los que se “felicitaban” las organizaciones feministas.

Pero aún hay más, y pido al lector que lea con atención este último párrafo porque la clave se manifiesta de forma sutil. Se trata de otro desliz muy probablemente proporcionado por el deseo inconsciente de una activista muy comprometida con las mujeres europeas y con un alto cargo en la Unión Europea. Karima Zahi, coordinadora del Lobby Europeo de Mujeres dice, “No se trata de que haya menos violencia en un país que en otro. De hecho, es probable que en los lugares donde las mujeres no están familiarizadas con este tipo de encuestas, donde no hablen de esta cuestión, se reporten menos casos”. Así pues, no dice que no se trata de que haya más violencia en un país que en otro porque con esta frase estaría de alguna forma restando importancia a una totalidad que se encontraría más o menos normalizada. Y como hemos visto a las activistas más subvencionadas les gusta que el problema sea total y enorme, y por eso comienza la frase al revés, expresando que la violencia no sólo está donde dicen las encuestas sino en la totalidad: “No se trata de que haya menos violencia en un país que en otro”.

domingo, marzo 02, 2014

Putos libritos

Debido a las circunstancias, en mis últimos acercamientos al Foro no tuve la necesidad alguna de usar el Metro. Así que hacía tiempo que no bajaba al subsuelo de Madrid. Pero siendo esta vez otras las circunstancias comencé por comprar un bono de 10 viajes nada más salir del AVE. Algo que no me resultó fácil pues uno de los grandes cambios que se ha introducido en la gestión del Metro ha consistido en eliminar las cabinas expendedoras humanizadas y sustituirlas por unas máquinas impávidas pero exigentes. Tuve que requerir de la ayuda de un madrileño que en lenguaje cheli me dejó claro que “no es tan di-fí-cil, que sólo hay que saber distinguir las cosas impor-tan-tes… de las cosas que no son tan impor-tantes”.  

A partir de entonces comenzó el verdadero espectáculo. No pude imaginarlo ni en mis sueños más fantasiosos. No fui capaz de preverlo aun cuando los signos nos llevan hablando permanentemente durante los mismos dos años en los que no había usado el metro madrileño. Signos que en realidad se encuentran por doquier (no sólo en Madrid y en el Metro) y que por tanto están a la vista de cualquiera. De todas formas, ya digo que a pesar de todo ello yo no fui capaz de imaginar la espectacular imagen con la que me iba a encontrar.

El espectáculo estaba ahí y se ofrecía a unos cuantos ojos, no muchos. Porque en efecto, se trataba de un espectáculo curioso y restringido a unos pocos en la medida en la que sólo sería capaz de verlo aquel que fuera eso, espectador… ¡pero no actor! Es cierto que hasta hace unos días (los que conforman no más de dos años) los usuarios del Metro no podían evitar un cierto aspecto alienado en sus gestos y actitudes, pero les habitaba de alguna forma una dignidad infundida por la necesidad, una necesidad aceptada de forma circunspecta. Ahora ya no. Ahora la mayoría de los usuarios del Metro, una mayoría que por supuesto se corresponde con una mayoría que habita la superficie, no se ha conformado con estar relativamente alienada, o alienada con cierta dignidad, sino que ha necesitado ser humillada. Y por eso esa mayoría de usuarios deambula absorta con su dispositivo tecnológico entre las manos.

Cualquier usuario del Metro que fuera capaz de dar un paso atrás dentro de un vagón podría convertirse en espectador de un espectáculo para mí desolador: decenas de personas absortas ante un pequeño dispositivo rectangular que les tiene humillados. Allí están a diario, miles de personas que en su paso por espacios públicos se encuentran subyugados a un dispositivo que les exige distracción y entretenimiento. Con el dispositivo entre las manos se entretienen, se distraen, como los niños. Todos ellos están ahí, en el subterráneo, firmemente aferrados a sus teléfonos sin apartar un solo segunda la mirada de ellos. ¡Vayan solos o acompañados!

Lo que no tendría mayor importancia si no fuera porque son las mismas compañías de telecomunicaciones las que mejor y más eficazmente han conseguido nuestra desintegración. En perfecta connivencia con el Estado las compañías de telecomunicaciones han pasado años abusando del ciudadano dejándolo indefenso y desamparado ante un Estado que miraba hacia otro lado mientras se hacía con parte del botín. Y han conseguido, con un proceso minuciosa y sabiamente desarrollado, que el sujeto del hoy sea un ser sin mirada; un ser sumamente comunicado desde su ensimismamiento mostrenco.

En perfecta armonía con el mismo espectáculo se encontró el colofón, un colofón por tanto que no hizo sino corroborar la desintegración del ser en tanto que ser social, en tanto ser que mira hacia fuera para generar la existencia del otro. Si verdaderamente “ser es ser percibido” (Beckett dixit), lo que nos ofrece ese ensimismamiento es la nada. No hicieron falta más que tres paradas en dirección al CENTRO para que el espectáculo descrito ofreciera su colofón, ese momento álgido que todo espectáculo que se precie requiere. Si no lo veo no lo creo: ¡la estación más transitada de Madrid ya no se llama Sol (siguiendo la pauta de los nombramientos de las paradas en función de la calle o plaza a la que a través de ella se accede)! No, ¡ya no se llama Sol, se llama Vodafone Sol! ¡Como también así se llama la línea entera a la que esta parada pertenece! Y ya saben lo que entre otras cosas esto significa: “Próxima parada: Vodafone Sol” y los andenes decorados con esa nueva e inexplicable denominación, y todos los millones de planos y planitos repartidos por la inmensa ciudad. ¡Vodafone Sol! Y mientras, todos tecleando el dispositivo velozmente con sus repulsivos deditos gordos.


Salgo del andén de la parada Vodafone Sol y me dirijo a la línea amarilla para hacer mi necesario trasbordo hacia Plaza España. El vagón se encuentra repleto y hasta me cuesta entrar. Me cojo como puedo a una barra y quedo situado junto a dos estudiantes que discuten acerca de las exigencias de su profesor. Él dice que el profesor ha pedido que la bibliografía requerida para el trabajo no contenga referencias extraídas de internet, y ella asegura, de forma categórica, que el profesor dijo todo lo contrario, que las referencias bibliográficas podían ser tomadas de la red. Se produce entonces un tira y afloja en la que ninguna de las partes cede. Él lo hace desde la tranquilidad de quien parece no tener dudas respecto a lo que el profesor dijo y ella desde la excitación de quien quiere imponer sus intereses. De hecho, después de un pequeño silencio ella se arranca y dice torciendo el gesto: “no, si éste será de los que les gustan los putos libritos”. Y ya hemos cambiado de tema. O no.

miércoles, febrero 12, 2014

Normalidad y Premios Goya

Ha habido fantásticos pensadores que han hecho mucho daño con la excelente originalidad de sus reflexiones. Pero no tanto ellos mismos como quienes después se han apoderado de esas reflexiones para hacer de ellas un uso tan vulgar como nocivo. Así, esos pensadores han perjudicado al pensamiento “profesional” ulterior al generado por ellos mismos a través de unos seguidores que con derecho pero sin gracia formalizaban una escolástica degenerada, establecida, como no podía ser de otra forma, desde el pervertido academicismo universitario, tan propenso al medre a través de la endogamia y la demagogia. Ya en otro momento de este blog lo apuntábamos a partir de otro caso, el de Barthes, interesante pensador cuyas reflexiones fueron usadas por el mundo del arte para justificar ineptitudes antiestéticas... pero muy sufridas, pobrecillos artistas.

Ahora le toca a Foucault, uno de los pensadores que han resultado ser más nocivos para el pensamiento profesional normalizado. No sé si a su pesar o con su beneplácito. Porque fue precisamente Foucault quien, paradójicamente, más cuestionó las ideas preconcebidas acerca del concepto de normalidad. De hecho son sus tesis y teorías las que han moldeado perfectamente los fundamentos de la corrección política. Los apologetas de Foucault llevan años viviendo de las rentas que genera toda intención buenista expresada desde la cultura de la queja. Cultura ésta, la de la queja, que se caracteriza por su pertinaz y obsesiva oposición a lo hetero-normativo.

Así las cosas, es desde hace ya muchos años que a nadie le es permitido usar el término normal como adjetivo. La corrección política se habrá encargado de instalar las bases que impidan a nadie asignar dicho adjetivo a una persona so pena de ser crucificado por la Opinión Pública. Para la corrección política lo normal ya no será nunca algo que pueda servir de referencia en los juicios de valor (la norma, la regla), no será ya nunca ese carácter medio con respecto al cual se medirá una desviación (entendiendo por desviación lo alejado de la norma, lo anormal como excepcional, no como patología). Pero, lo sabemos, la corrección política ha llegado todo lo lejos como le han permitido los medios de comunicación en sabia connivencia con los intereses políticos. Y no se ha conformado con las teorías que cuestionan el entendimiento del concepto normalidad sino que se han empeñado en atacar y destruir todo aquello que siempre representó la normalidad misma.

Mal que nos pese, según mi criterio, ya que ello ha dado lugar a un desfase en el conocimiento pragmático que nos impide situarnos en un lugar sensato, ese lugar desde donde no hay patologías pero sí excepcionalidad. Admitamos de todas formas que la realidad es un constructo configurado por nosotros (nuestro lenguaje, etc.) y no algo devenido de una naturaleza inevitable. Pues bien, los constructos elaborados por el modo de ver dominante no pueden ser otra cosa que el reverso de los constructos que pretenden imponer las minorías. Sobre todo cuando las minorías ponen su énfasis en destruir lo heteronormativo (el hombre y la heterosexualidad).
   
De esta forma mi pronunciamiento sólo será posible desde la anormalidad que cree en la norma, pues mi reivindicación consiste en poder volver a usar el término normalidad como forma de expresar una necesidad posible, algo poco propio de los tiempos actuales, en el que la anormalidad (las minorías) se impone sin creer en norma alguna. Así pues reivindico la normalidad no tanto como modelo cuanto como estado posible que, por tanto y a su vez, puede ser reivindicado. Y por tanto reivindico la posibilidad de usar la forma adjetivada del término. Y es en este sentido que la entrega de los Premios Goya me pareció, una vez más (así como los Premios Max de teatro, también televisados el año pasado), un acto grotesco debido a su forzada por exigida anormalidad descreída, esa anormalidad que descree de la existencia de normas porque siempre son presupuestas como humillantes. O por decirlo de otra forma, me pareció todo exageradamente sobreactuado... falso. Y por tanto eché de menos un poquito de normalidad, quizá expresada en forma de serenidad, sosiego y circunspección.

Pero no, todo en los Goya parece que ha de ser histriónico, sobreactuado, artificioso. No sé si para ser comercial (¿) o porque en realidad no saben hacerlo de otra forma. Todo en los Goya parece un juego de niños que parecen no haber crecido. Entiendo perfectamente que se trata de una fiesta y que el carácter lúdico va implícito en ella. ¿Pero debe eso implicar que todos los participantes tengan que ser graciosos o estar alterados? ¿Acaso no hay después de todo un espacio para la normalidad? Al parecer no, desde un presentador impostado que debe feminizar sus gestos para ser gracioso (¿) hasta unos actores que al recoger el premio deben histrionizar sus actuaciones ¿Sería posible una entrega sin un presentador presuntamente gracioso? Plantéese de verdad el lector la pregunta.

Ya digo, eché de menos una cierta normalidad, si acaso ocasional y puntual. Pero nada, un presentador marcando el paquete con un guión de teleserie chusca; un gran actor de sobra conocido por su desparpajo que recoge su premio con frases afectadas, lloronas y balbuceantes; una gran actriz (por edad y por talento) que simula una conmoción en el recibimiento del premio, que hace como que llora y como que se va a desmayar pero ni le salta una sola lágrima ni se cae; un productor que grita su discurso por una euforia incontrolada; otra actriz (más joven y primeriza) que entrecorta su voz de forma impostada con respiración acelerada -simulando ataque de nervios- hasta que ella misma dice “lo voy a superar”, y de repente se pone a hablar con tranquilidad; hasta un homenajeado anciano que no pudo evitar hacer de su recogida un acto afectado y superficial. 

En la gala se condensa, en efecto, todo lo que el sector más progresista de intelectuales ha criticado siempre del imperio del mal, es decir, de los norteamericanos. Por no hablar de ese sentimiento de superioridad moral que se esfuerzan siempre por mostrar y que les exige politizar el Premio, sólo y siempre, cuando gobierna un partido conservador. Recordemos que mientras España se caía a pedazos no se les ocurrió otra cosa que ponerse el dedo índice por encima de la ceja. Eso sí, entre je-jés y autobombo de club de comedia.

Nota. Quede claro que me parece un auténtico despropósito el IVA asignado a la cultura. Resulta intolerable que pague menos IVA un productor de porno que una compañía teatral. Quizá si una gala de entrega de premios fuera seria –lo cual no significa exenta de sentido el humor- sería posible y creíble cualquier reivindicación. Quizá si el discurso que reivindicara una sensata utilización del dinero público fuera más ecuánime y menos cainita y menos chabacano y menos partidista… Quizá si quienes reivindican la sensatez en la Administración -del color que fuere- admitieran que la normalidad no sólo es posible sino además recomendable y ejemplar…


Quizá todo fuera posible si la normalidad  –que no excluye inteligencia, lucidez y gracia, pero tampoco puntualmente humor, extravagancia y locura- se impusiera por encima de una superioridad moral autoconsciente que sólo se sabe expresar con sobreactuación barata… 

Y quede claro también que mucho cine español me parece extraordinario. La cuestión es que, una vez más, se ha puesto de manifiesto la veracidad de las "leyes fundamentales de la estupidez humana" de Cipolla, concretamente la segunda, en la que se asegura que alguien puede ejercer su actividad con perfección y sensibilidad sin dejar por ello de ser al mismo tiempo un imbécil. 

martes, enero 21, 2014

Y aún dicen que el pescado es caro

A.-Entre risas obligadas, que no forzadas, se desarrollaba ayer el programa que diariamente congrega, delante de los televisores, a varios millones de personas confirmando los más altos índices audiencia. Todos los días hay que reírse a la misma hora. Si uno quiere, claro. Es el programa favorito de mis sobrinos, que tienen 13 años. Pero también les gusta mucho a todos mis alumnos, de 24 años. Y a muchos de sus padres, de 52 años. Pero es el favorito de mis sobrinos, de 13 años. Y lo ven millones de personas.

Ayer, como todos los días, la entrevista al famoso de turno que nada casualmente tiene algo que promocionar. En este caso, el fin de la emisión de una de las series televisivas más exitosas de la temporada. Hay que promocionar los estrenos, pero también los finales, da lo mismo siempre y cuando se haga con ese tono buenrrollista donde los famosos se sinceran entre bromas. “Je, je”.

Con motivo de las ambigüedades que manifiesta la invitada en lo que a las relaciones sentimentales/sexuales de su personaje en la serie se refiere, el presentador distingue dos personajes masculinos, el galán y el canalla. Al parecer el personaje femenino protagonista se debate entre esos dos tipos, así la pregunta no se hace de esperar: “¿y tú con qué besos te quedas, con los del galán o con los del canalla?” La respuesta es clara y rotunda “con los del canalla por supuesto”.

B.-Se tratará para muchos de un simple programa, que a lo mejor lo es. Pero desde luego no para mí. Lleva demasiados años en antena como para no dar importancia a su longevidad. El programa se llama Hombres y Mujeres y viceversa y en él se congregan jóvenes de ambos sexos con el fin de encontrar las afinidades suficientes entre ellos que les permitan las ulteriores relaciones sexuales. Que se dan. Citas, saunas, yakuzis, discotecas, hoteles… morreos, magreos, tangas, sudor, músculos… y después al plató a comentar las incidencias. Ellos marcando bíceps y pectoral con camisetillas de algodón high cost y ellas con minifaldas que enseñan el ombligo.

Las diferencias entre sexos no sólo es algo que queda en evidencia constante sino que es potenciado en la medida en la que resulta tan inevitable como rentable. O mejor: si admitimos que no existe posibilidad alguna de emitir por televisión un programa políticamente incorrecto, hay que admitir que la exaltación (inconsciente) de la diferencia tiene como causa una que resulta insalvable; a saber: lo real de la diferencia.

Más allá de particularidades y anécdotas varias que se traslucen a lo largo de tanto ligoteo y de tantos programas la pregunta podría ser, ¿existe en las chicas alguna actitud que pudiéramos señalar como una constante en lo que  a la elección de los chicos se refiere? ¿Existe en esa elección femenina algún chico que pudiéramos denominar tipo –por recurrente y generalizado- más allá de las diferencias que conlleva toda particularidad?

Aunque quizá primero deberíamos hacernos otra pregunta, ¿son estos chicos y chicas representativos de la juventud hasta el punto de poder tomarlos, con las correspondientes cautelas y prevenciones, como modelos? A lo que yo contestaría sin dudar: SÍ. 

Esto es, los jóvenes del programa son, en efecto, representativos de un término que englobaría la generalidad en la medida que son los prototipos que despiertan el deseo del (in)consciente colectivo. Es decir, puede afirmarse que los chicos y chicas del programa son aproximadamente representativos de esa generalidad que llamamos juventud en la medida que su deseo emerge ante las mismas premisas (las que se reproducen en músicos, deportistas, actores, etc.)

De hecho hay una prueba que demuestra que, en efecto, sí hay una actitud que pudiéramos señalar como una constante en lo que a la elección de los chicos se refiere. Una prueba que es ciertamente irrefutable en la medida en que es proporcionada constantemente por las mismas protagonistas. Cada vez que pueden afirman, de una manera o de otra, que los chicos que les gustan son, ciertamente, “los malotes”.

Y aún dicen que el pescado es caro.


O lo que es lo mismo: dadas las exigencias de las mujeres… aún pasa poco

Nota. He comprobado que el post anterior no me salió del todo bien ya que es mucha la gente gente que no entendió la metáfora y por tanto no "reconoció" el personaje. Zalamero era, cómo no, José Luis Rodríguez.

martes, diciembre 31, 2013

Zalamero

Durante año y medio se ha estado diciendo de él que ha sido el mejor ex-marido de toda la Organización. Que la ausencia de declaraciones, así como su distanciamiento y su prudencia ante el Entorno, lo habían convertido en un ex-marido modélico.

Pero en este país los modelos tienen los días contados. En realidad aquí nadie quiere modelos, nadie quiere personajes ejemplares, sería como admitir que alguien puede ser mejor que otro, algo que iría en contra de la igualdad, de la uniformidad. Y en estas circunstancias quien indefectiblemente gana la partida es siempre el ruido. Llevamos más de 30 años entrenándonos en dar pábulo exclusivamente al que más ruido hace. Porque el ruido es, además de rentable, el principal recurso que tiene los mediocres para seguir haciendo ruido. El que tan rentable resulta.

Así que ni corto ni perezoso decidió cortar su silencio, no sólo con la publicación de un libro acerca de sus vivencias, sino con su masiva presencia en los medios de comunicación con más audiencia.

Durante año y medio se ha estado diciendo de él que ha sido el mejor ex-marido de toda la Organización, pero la verdad es que su silencio nunca sirvió para solucionar ninguno de los problemas en los que dejó sumida a toda su familia. Su mujer no ha podido recuperarse aún de todos los daños por él infligidos. Su estado de salud sigue siendo muy delicado, los ansiolíticos siguen siendo necesarios para superar el día a día y sus visitas a consulta han tenido eliminarse con el fin de poder seguir atendiendo semidignamente a los hijos.

Lo cierto es que, como es bien sabido, su gestión no pudo ser más nefasta. La situación en la que dejó a su familia después de haberla maltratado pertinazmente durante 7 años no puede ser peor. 7 años en los que los malos tratos infligidos a su familia no eran apenas comentados por la Organización que presidía, esa organización cargada de buenas intenciones que tanto reivindicaba la labor de su jefe, la labor de su líder.

La cuestión es que ni corto ni perezoso un buen día decidió cortar su silencio. Publicó un libro acerca de sus vivencias y estuvo un par de meses haciendo bolos para publicitarlo. Con la familia hecha unos zorros, el ex-marido anduvo de tertulia en tertulia haciendo gala de su gran talante, ese talante que no le impidió maltratar a su mujer en el reciente pasado con constantes vejaciones ahora por todos conocidas. Es sabido que del año y medio transcurrido desde su separación la mujer ha estado entubada 8 meses y que su peso corporal llegó a preocupar seriamente al equipo médico. Como también es sabido que todo ello no es más que el epílogo de 7 años de actuaciones que consumaban el mal, ese mal por todos reconocido a posteriori.

Fue precisamente su talante el que al parecer le obligaba a admitir en las entrevistas que no siempre hizo bien las cosas y que cometió algunos pequeños errores. Quiso mantener el prestigioso título que le otorgaban, el de el mejor ex-marido de la Organización y se le ocurrió tirar de ese supuesto talante que, todo se ha de decir, destrozó a su familia. Así, después de haber vejado y maltratado a su mujer durante 7 en los que no dejó de humillarla, Zalamero aparecía en todos los medios diciendo "Es cierto, no hay por qué negarlo, que cuando uno adquiere tantas responsabilidades es susceptible de cometer errores. Yo los cometí, no tengo reparos en reconocerlo, creo que es de justicia hacerlo. No siempre me comporté bien con mi mujer; recuerdo que un día no le ayudé a pasar la fregona en el cuarto de invitados y otro, y es aquí donde mi conciencia más me castiga, en el que no fui capaz de ayudarle a freír unos huevos cuando vinieron a comer unos amigos de mis hijas".

domingo, noviembre 10, 2013

Cine y Corrección

Cine y Corrección
Frente a lo que les sucede a otras formas de expresión artística el cine vive un buen momento. En contra de lo que le sucede al Arte que es, tal y como venimos señalando desde hace ya varios años y valga la paradoja, la forma de expresión artística más alicaída y precaria de la contemporaneidad. Una contemporaneidad, para entendernos, en la que leer novelas se ha convertido en el acto infantil más culto de los posibles. Pero el cine no sólo no está acabado sino que está demostrando ser la forma de expresión artística más adecuada a nuestros tiempos. Desde que la caída de Lehmann Brothers introdujera a la humanidad en un agujero negro de proporciones aún desconocidas, el cine decidió reinventarse imponiendo el talento y el ingenio sobre el anquilosamiento rancio de las industrias cinematográficas más conservadoras. El relativo fácil acceso a la tecnología ha sido, todo se ha de decir, un factor importante ante el resurgimiento de esta forma artística

A la moda

Pero no todo iban a ser flores. Porque si hay algo de lo que ni el cine se ha podido librar es de creer que se encuentra al servicio del espíritu de su tiempo. Aun con toda la variedad de la que puede hacer gala esta forma de expresión artística en una actualidad realmente variopinta, la verdad es después de todo que el cine no ha podido evitar caer demasiadas veces en eso que cuestiona la misma imaginación libre de la potencialidad creativa; a saber: en elaborar productos que tienen de trasfondo los mismos principios básicos. O la misma carga ideológica entendida como elemento motor. Generando así un elevado número de películas que podrían englobarse dentro de lo que podríamos denominar una moda. Y es una lástima porque ir a la moda es una forma de producir artefactos que suelen ser exactamente lo contrario de lo que debe esperarse de un verdadero acto creativo. Sobre todo si descubrimos que esos principios básicos que asociamos a una moda responden a prejuicios establecidos por la corrección política.

Algo que resulta paradójico, pero no por ello incomprensible. Paradójico en la medida en que es el cine “alternativo”, que es casi el único que nos interesa (indie, independiente, low cost, minoritario por asiático o por indio o por chileno, etc.: el que difícilmente encuentra acogida en las salas comerciales), el que debería evitar los prejuicios zafios del pensamiento único. Pero de alguna forma comprensible, ya digo, en la medida en que precisamente son los sectores supuestamente más (pseudo)intelectualizados los que más divulgan ese pensamiento único generado desde lo políticamente correcto. Así es como nos encontramos con que muchas de las películas que más difusión encuentran en los medios especializados y en los festivales atienden a una manera de ver el mundo digamos que feminista. Y si no puramente feminista, sí al menos contaminada por la necesidad de asumir un cambio de paradigma respecto a la cuestión de la igualdad (de géneros), que no tanto de la diferencia. O mejor: un cine que entiende el feminismo de la misma manera peculiar que lo entienden los medios, los políticos, los académicos y claro, los artistas: no tanto atendiendo a la diversidad de lo femenino como atendiendo a la uniformidad de lo masculino. Y de ahí que en el cine contemporáneo los varones sean seres cuando menos “incapaces”, cuando no unos capullos, cuando no unos asesinos, cuando no directamente innecesarios, como iremos viendo.

Falsas apariencias

Es como si empezara a dar sus frutos todo el trabajo legendario de Laura Mulvey y Teresa de Laurentis, entre otras. Frutos que recogen tanto el cine blockbuster como el cine minoritario, cada uno a su manera. Y no se trata ni mucho menos de desmerecer ese cine tan a la moda sino de analizar la ideología que finalmente se desprende de las apariencias.
Pero crear en función de la moda en un mundo globalizado puede conllevar algún tipo de despropósito añadido, más allá del que supone el ya señalado hecho de la uniformidad, pues ni todos los países tienen la misma idiosincrasia ni viven las mismas circunstancias sociales. No es lo mismo hablar de la mujer en ciertos países que hacerlo en otros si lo que se pretende con ello es denunciar un estado de injusticia respecto a las libertades. Las mujeres de los países civilizados contraen matrimonio con quienes quieren y eligen su propio destino. Además de tener sus propias despedidas de solteras y de ser, aún, mayoritariamente poseedoras de las custodia de sus hijos ante la separación. Y si nos atenemos a las estadísticas incluso son más infieles que los hombres*.

Pero la moda cuando se impone es implacable y da igual que se imponga a modo de pantalón de piquillo que a modo de novela histórica. En Corea, por ejemplo, la situación de la mujer –y del hombre- es claramente distinta a la de España, por lo que puede resultar extraño hablar del asunto de la mujer no emancipada con las mismas “formas” en un sitio y en otro. Sin embargo la moda es la moda y aunque la situación de muchos países es inmensamente distinta en lo que al trato de la mujer se refiere, la verdad es que no hay cinematografía que renuncie a seguir los mismos patrones ideológicos globalizados. De esta forma nos encontramos ante una gran cantidad de producciones que recurren al asunto –ya sea tomado como principal o colateral- de la (des)igualdad para tratarlo de forma políticamente correcta, esto es, para tratarlo de forma absolutamente previsible. Como si siempre fuera igual y como si fuera igual en todos los lugares. Y dará igual que sea más o menos pertinente abordar tal “denuncia” (lo que en unos países puede ser producto de la pura necesidad en otros sólo es el simple producto de la corrección política), porque lo único que demuestra una moda ideológica es su incapacidad de escapar a la corrección política. Una moda generada, de hecho, por la misma corrección política.

Corrección e incultura

Echemos un vistazo a los dos últimos números de la siempre interesante Caiman Cuadernos de Cine. En portada la película Caníbal, en donde un hombre no se conforma con asesinar mujeres, sino que además se las come; en el interior 12 páginas dedicadas a La vida de Adèle (ganadora además del último Festival de Cannes), película dedicada a dos mujeres que se bastan y sobran para amarse con sexo explícito; y en separata un suplemento de 35 páginas dedicadas a Hong Sangsoo. Algún desprevenido podría decir, “¿y bien?”. Pues antes de contestar sigo, no sin antes afirmar que en absoluto es la calidad de las películas lo que aquí se cuestiona.

Así, en ese mismo número aparece la crítica de La herida de Fernando Franco, película que trata la vida de una mujer con problemas importantes de trastorno de la personalidad (Síndrome Bordeline). El reseñista no duda en asociar esos desórdenes psicológicos de la protagonista a la película No tengas miedo (Montxo Armendáriz), película donde la protagonista es una niña que sufre abusos sexuales. La ligazón no es nada ingenua, pues lo que hace el crítico es vincular la locura de esa mujer de La Herida a la única causa por la que, desde la corrección política, una mujer puede padecer desórdenes: el hombre. No hay posibilidad de que una mujer pueda padecer desórdenes psíquicos si no es porque el hombre los ha favorecido. Para el pensamiento único ni siquiera los males que padece la protagonista de La Herida (película autónoma con su propia estructura interna) pueden tener otra causa que el hombre, y si ese hombre no se encuentra en la propia película pues se busca en otra y si no se encuentra en otra se les asigna al varón en tanto que concepto genérico. Da igual en qué país se viva y lo civilizado que esté, la cuestión es criminalizar el varón por cualquier vía posible –y en el mundo entero-, ya sea política, mediática o, como en este caso, artística.  

Otras películas toman las páginas importantes dedicadas a los últimos estrenos. Todas las mujeres (Mariano Barroso) donde el perfil del protagonista es directamente calificado por el crítico de “inmaduro, ególatra y machista”. Película que narra las relaciones de un hombre con todas las mujeres que le rodean. El acerado crítico avisa que con esta película el director “vuelve a establecer un diálogo con la (des)igualdad de las mujeres” y “pone un acertado énfasis en la absurdidad de un protagonista que parece vivir anclado en una suerte de dualidad hegemónica victimista del rol masculino patriarcal”. Para rematar el director dice en una entrevista, “¿Y qué hombre, sobre todo español, no tiene una parte así?”. “Hay que joderse”, podría decirme yo como respuesta a la pregunta de una entrevista que nadie me hace.

Dos páginas más adelante y respecto a su última película dice Álex de la Iglesia en una entrevista, “los hombres somos muy tontos y no entendemos a las mujeres”. Y la siguiente página está dedicada a Gloria, una película chilena que trata, de una “mujer separa y con hijos ya adultos, que lucha por mantener la vitalidad”, “el retrato agridulce de una heroína cotidiana”. El hombre protagonista es definido, como no podía ser de otra forma, como un ser incapaz: “incapaz de ser partícipe de la vida de ella”. En la página siguiente la crítica de Dos mujeres (Paul Feig), película que “se centra en lo femenino”. La sección cuaderno de actualidad se dedica al rodaje de La señora Brackets, la niñera, el nieto bastardo y Emma Suárez, donde su director Sergio Candel dice que su principal motivación es “indagar en la transformación del cuerpo femenino”. Habría que ver en estas dos últimas cuál es el papel del hombre.

En el último número de Caiman dos películas ocupan portada y páginas relevantes. Dos películas sobre dos mujeres: Blue Jasmine (Woody Allen) y Camille Claudel (Bruno Dumont). Respecto a Jasmine se dice en las primeras páginas, “la idealización de las apariencias no le deja ver las infidelidades y los negocios turbios de su marido”. Y respecto a Camille Claudel se dice, “en este universo encontramos a una mujer prisionera de la sombra de su amante”. Algo que tiene claro su protagonista, Juliette Binoche, “creo que la locura de Camille tiene que ver con el hecho de que fuera precisamente Rodin, la persona que ella más amaba, quien le impidiese desarrollar su arte, quien hizo que desapareciera del mundo para ser encerrada”. Y unas páginas más adelante encontramos la crítica de La por (El miedo) y la entrevista a su director Jordi Cadena (quien ya hiciera Elisa K). “La por, el nuevo largometraje de Jordi Cadena –dice el crítico de turno- no solo es una película sobre los hombres que pegan a las mujeres y sojuzgan a sus familias” y para acabar afirma “una máquina infernal que recorre la familia y la escuela, y que crea una presencia omnipresente aun cuando no se la pueda ver: el Padre, esa instancia todopoderosa que traspasa el mundo de los afectos para incidir en la cuestión de la economía y el poder”.

Pero volviendo al número anterior de Caimán, ¿qué se desprende de conjunto de las películas de Hong Sangsoo, uno de los directores más aclamados del mundo en la actualidad?, ¿qué es lo que se desprende para que la afrancesada revista le dedique un suplemento de 35 páginas? Para quienes conocen la obra de este curioso director no haría falta explicación alguna, entre otras cosas porque su cine es sin duda interesante, pero para quienes no lo conocen sólo decir que sus películas se caracterizan por lo que en ellas sucede. Y lo que sucede es, tantas veces, que los varones, por lo que sea, se muestran incapaces de estar a la altura de las mujeres y por ello no dejan de ser mostrados como estereotipos del típico machista. Algo que al parecer pone muy cachondos a los cultos críticos cinematográficos europeos que no distinguen Corea de Madrid, o de Nepal o de San Francisco. Las mujeres de Sangsoo pueden estar desconcertadas o mostrarse dubitativas, pero los hombres serán casi invariablemente (y a pesar de todas las variaciones marca del autor) ególatras, sexistas y algo bobos.

Los críticos occidentales y anglosajones más civilizados, siempre imbuidos por el inevitable complejo de culpabilidad perenne, parecen disfrutar con estos asuntos tan políticamente correctos, se den de la forma en que se den y con independencia de la circunstancia concreta. Pero la peculiaridad que caracteriza a la inmensa mayoría de los que van a la moda es precisamente la de no darse cuenta de ello. No hay joven tatuado que no se crea original debido a la forma de su tatuaje, olvidando en su creencia que lo verdaderamente original es no llevar ninguno. Es perfectamente legítimo gustar del cine de Sangsoo (o el de Tran Anh Hung), pero fundamentalmente por su estilo y sus formas de narración serial en torno a las variaciones. También si se quiere por su contenido, por supuesto, pero sólo si ese contenido se analiza y exalta en su justa medida. Y en su contexto. El machismo que sufren las mujeres de Corea (o las de Vietnam) nada tiene que ver con lo que puedan experimentar aquí unas mujeres que han nacido con el eslogan feminista clavado a sus orejas. Es de sobra sabido por anunciado que desde hace más de 25 años hay más universitarias que universitarios. Y quien es profesor sabe perfectamente que en las chicas no hay ni un atisbo de despiste más allá del que se quiera permitir cada una en el uso de su propia libertad. Por ejemplo eligiendo el hombre equivocado, algo por otra parte demasiado frecuente en la adolescencia y la juventud; los malotes, que dicen ellas (tema sobre el que nadie quiere reflexionar cuando se le llena la boca de eslóganes anti-machistas)

Así, y por decir algo que suene… digamos que actual: “El Padre, el hombre, el marido, el amante y el pretendiente: violento, asesino, incapaz, egoísta y tonto. Y la mujer, el futuro”
Pero ya lo avisaba: las apariencias son una cosa y la realidad otra. Una cosa es dar la razón a Laura Mulvey y otra bien distinta creer que el compromiso con la mujer pasa por exaltarla criminalizando al varón.


*Dice Cármen Garijo a propósito del éxito de ventas de 50 Sombras de Grey (Glamour, septiembre de 2012) ”En el Reino Unido la última cifra de ventas de juguetes sexuales para mujeres es de 4 millones de unidades, y se prevé que en la siguiente década se multiplique esta cifra por cien; un 49 % de las mujeres ha sido alguna vez infiel en su vida, frente a un 46 % de los hombres”.

domingo, octubre 13, 2013

Sería gracioso si no fuera por lo patético

Respecto a las decisiones que todo individuo toma en tanto que usuario (“comprador”) de un posible producto cultural hay algo que por lógico suele ser habitual. En términos coloquiales podría ser traducido como “de qué va”. Cuando alguien toma la decisión de comprar un libro o de ir al cine hay una necesaria labor de escrutinio que atiende fundamentalmente al conocimiento aproximado sobre el asunto y el tema. Aún en el caso de que el deseo pudiera suscitarlo la autoría del artefacto cultural (un determinado escritor o un director concreto)  podría decirse que son despreciables los que abordan la “compra” de un artefacto cultural sin haber querido saber previamente “de qué va la cosa”. Así, tendría serios problemas de venta una cartelera de cine que sólo diera información acerca del título y de la ficha artística de las películas. Puede por tanto afirmarse que todo evento cultural que requiera necesariamente de público necesitará explicarse para su búsqueda de espectadores. Más allá de la ficha artística los espectadores de cine necesitan saber de qué va la película para poder entra en la sala, y los lectores de libros tirarán de contraportada o del boca a boca para tomar su cara decisión, pero desde luego se me hace difícil concebir lectores que lean a golpe ciego de tirón librero.  

Sirva pues este post para señalar las abismales diferencias que siguen existiendo, pese a quien pese, entre las formas de explicarse de los diversos medios de expresión artística por lo que a su captación de público expectante se refiere. Por mucho que el Sistema del Arte diga querer acoger en su seno todas las disciplinas creativas cada vez que se le tacha de elitista, la verdad es que después no puede evitar el hacer un titánico esfuerzo por distinguirse y separarse de aquello que considera más bien “popularachero” y facilón.  Así es como en los suplementos culturales siguen existiendo compartimentos estanco para hablar de cine, de teatro, de literatura… y de arte. De la misma forma que existen revistas especializadas para cada medio y ninguna que los abarque a todos en nombre de algo que los aúne. Al arte le gustan sus maneras, que no se parecen ni por asomo a las del cine o la literatura. El arte no gusta de presentarse con algo que no sea clara y específicamente arte. Una Feria de Arte es una Feria de Arte y punto.

Por otra parte cabe decir que así como el cine es plenamente consciente de los cambios que se están produciendo en su seno, ya sea tanto en lo que respecta a la financiación como a la producción, a la distribución y al mismo visionado, el arte sigue anclado en unas formas de expresión y exhibición propias de una pasado claramente periclitado. Unas formas rancias que sólo dan cuenta de un desfase del que nadie parece ser consciente. Quien se pasee por Madrid y necesite una guía del ocio con el fin de programar su tiempo cultural puede encontrarse con estos textos pertenecientes a sendas a exposiciones que se exhiben en Centro de Arte Reina Sofía. (Y no hará falta decir que los textos de estas publicidades explicativas los proporcionan siempre los propios interesados). Así, ante nuestra pregunta “¿de qué va tal o cual exposición?” con el fin de poderla visitar, la guía del ocio o el panfleto especializado nos responde:

Ciudadano paranormal. “Gabriel Acevedo Velarde presenta sus trabajos más recientes sobre el espacio intermedio entre institución y subjetividad individual, en una serie de alegorías sobre el binomio masa y poder”.

Las fieras. “María Ladova utiliza en esta ocasión fotografía, escultura y lenguaje para ofrecer una colección de inquietantes instalaciones sobre la acción interrumpida y los límites difusos”.

Poética(s) de lo inacabado. “Investigación artística en torno al proyecto inacabado de la cineasta Maya Deren en Haití para dar un nuevo significado a estas obras inacabadas”.

One true Art – 16 respuestas a la pregunta qué es el arte.” Experimento artístico performativo que invita a reconsiderar la noción del arte desde lo metafísico a lo económico o lo político”.


Como puede verse el arte no ceja en su empeño de seguir siendo eso que, por pereza o por inercia o por intereses, no quiere dejar de ser. Aun cuando ésta pudiera considerase la tarea más inútil del mundo debido a la misma obsolescencia de la institución. El arte, en definitiva, no ceja en su empeño de seguir siendo lo que ya no puede ser. ¡Acción interrumpida y límites difusos!... ¡alegorías sobre el binomio masa y poder!... ¡reconsideración de la noción del arte! ¡Plomos, que sois unos plomos! Y unos rancios desfasados. 

lunes, septiembre 09, 2013

España. Medir/Mentir

Del medir


Para la mente –decía Comte- la cuestión de medir no era otra cosa que una cuestión de comparación: “una simple comparación inmediata con otra magnitud semejante supuestamente conocida y que se toma como unidad entre todas las de la misma especie”.

¿Qué podemos hacer ante esta afirmación? ¿La atendemos en tanto que producto de una reflexión filosófica o la ignoramos en la medida en que somos hijos de nuestra “correcta” época? Es decir, ¿la contemplamos en tanto que producto del Conocimiento o la ignoramos en tanto que creemos que toda opinión es igualmente válida y legítima, y por tanto toda definición –o afirmación- es una forma de ofensa que atenta contra el derecho individual, tal y como nos ha inculcado el Pensamiento Académico desde hace 40 años? O sea, ¿la contemplamos por sabia o la despreciamos por poder ser tan verdadera como su contraria?

La verdad es que el pueblo español no tiene elección ante esta tesitura: ya desde hace tiempo se les ha negado a los españoles la posibilidad de reflexión seria (sin Humanidades en la educación) mientras iba aprendiendo Conocimiento del medio de modo lúdico y no invasivo. Así, ante el concepto comparación todos los españoles tendrán su particular opinión. Una opinión que todos creerán ¡incuestionable! en tanto que legítima por suya. Una opinión que muy probablemente se encuentre trufada de connotaciones previsibles, esto es, políticamente correctas. Primero desde la vulgaridad que imprime el popular tópico que dice que toda comparación es odiosa -y que ignora que toda comparación es tan inevitable como los prejuicios. Y segundo debido al intrínseco odio autóctono desarrollado en los ciudadanos españoles, que viven en una perpetua comparación nacida del desconocimiento sobre sí mismos. Los catalanes odian a los madrileños, los gerundenses odian a los barceloneses, los sevillanos a los gaditanos, los algecireños a los gaditanos y los de La Línea a los algecireños. Y dentro de los algecireños hay, como en cualquier otro lugar, dos grupos que se odian a muerte, porque tanto los barceloneses como los gaditanos, como los valencianos, etc. que odian al “otro” por ser de fuera, guardan además su porción importante de odio sobre los barceloneses, gaditanos, valencianos, etc. que están dentro pero en otro subconjunto, pues dentro de cada frontera hay dos tipos de ciudadanos autóctonos que se odian a muerte desde antes de la Guerra Civil. Así, un odio “ancestral” autóctono al que se une un cúmulo de odios superpuestos propiciados y estimulados por la corrección política que reivindica la diferencia en nombre del Derecho, que no de la Justicia ni de la Libertad ni de la Igualdad ni de la Solidaridad. Odios aceptados, asumidos y alimentados por el pueblo español a través de las urnas.  

Un odio que además se alimenta de las mentiras e hipocresías que los votantes admiten de sus gobernantes antes de ejercer su posterior derecho de la queja inmadura e irresponsable. Todo el mundo sabe que el PP y el PSOE llevan 40 años aliándose con gente que desprecian sólo para mantener sus chiringuitos. Así, además de Odio, Ineptitud, Hipocresía, Amoralidad y falta de principios. Lo que, lógicamente, conlleva un nivel de incompetencia que sólo ha podido establecerse con la defensa acérrima de la mediocridad. Si hacemos caso al filósofo la comparación exige que la magnitud a comparar sea semejante y aquí en España todos quieren ser exclusivos.

Por tanto, si atendemos a Comte (y no a la corrección política que perpetúa los males contra los que hará ver que lucha para justificar su existencia) ya sabemos cuál es una de las importantes razones por las que España ha sido eliminada de cuajo y a las primeras de cambio por el COI. Una de las razones por la que, entre otras, hemos quedado incluso por detrás de Estambul, país donde aún no se ven con buenos ojos las minifaldas.

Del mentir

Kant dice que “La mayor violación del deber del hombre para consigo mismo, considerado únicamente como ser moral, es lo contrario de la veracidad: la mentira”.

¿Cómo debemos entender el aserto? O mejor, ¿Qué es una mentira en la época de la corrección política?, ¿qué es una mentira en un país donde la incultura y el odio son auténticos patrimonios nacionales? Probablemente nada. En un país que se ha formado a partir de un relativismo mostrenco, generado a medias por una clase política corrupta, unos académicos políticamente correctos y unos lobbies de presión desnortados, cabe cualquier cosa menos la sensatez. Si verdaderamente “ser es ser percibido”, como decía Bekett, España no es, desde luego, lo que los españoles creen ser. Porque, ¿cómo calificar y definir a unos ciudadanos que aceptan a unos gobernantes que no saben abrir la boca sin mentir? ¿Bastaría con calificarlos de pusilánimes o podríamos llegar más lejos? El gobierno de Zapatero nos mintió compulsivamente y el de Rajoy no ha hecho otra cosa desde que tomó el relevo en alternancia implacable. Por no hablar de corrupción. Si como dicen las encuestas la intención de voto aún se encuentra fundamentalmente en esos dos partidos es porque a los ciudadanos españoles les gusta regodearse en las heces. O lo que podría ser peor: porque los españoles son estúpidos, algo que resulta mucho más peligroso que la misma maldad.

Los informes PISA llevan años alertándonos de nuestra mala educación, pero al parecer NADIE tiene ganas de restaurarla. Los políticos se han mostrado incapaces de hacerlo y los ciudadanos viven más tranquilos en una sociedad que no requiere de grandes esfuerzos. De hecho, un país corrupto es un país donde la contingencia ofrece más garantías que el propio esfuerzo. Algo que funciona bien en épocas de vacas gordas, en lugares corrompidos y cuando los ciudadanos se creen ricos porque el banco les presta dinero para tener un buen coche. Y después está el mundo universitario, que como es bien sabido se encuentra perfectamente corrompido por la corrección política, ese invento anglosajón que los españoles han llevado al límite de lo irracional, convirtiendo el pensamiento académico en un bunker donde nadie puede tener ideas propias.

Hoy mismo he escuchado a alguien que achacaba la derrota olímpica a nuestra ingenuidad. Hay que ser estúpido. Decía textualmente, “lo que nos ha pasado es que hemos creído en el juego limpio”. Sus argumentos se fundamentaban en que “nuestro plan” había sido sincero, honesto, comedido en el gasto (ahora, low cost) y preocupado por el medio ambiente, etc. Y que todo nos pasaba por buenos, por fiarnos de la palabra de los brokers (malos), de los especuladores (malos) y, por cambiar de tercio, de los dirigentes serios (pero traidores) de otros países donde los políticos dimiten cuando son pillados robando una golosina o diciendo una mentirijilla.

Así Kant de nuevo: “El mérito es aquella cualidad que reposa en el propio querer del sujeto. Se trata, por tanto de algo completamente diferente de la habilidad para procurarse felicidad”.


Post Scriptum. Perdóneme el lector ser tan vulgar como para decir todo esto a toro pasado, pero como valenciano que soy tuve suficiente con la American’s Cup y con la Fórmula Uno, donde sólo se enriquecieron los que ya lo eran.

jueves, agosto 22, 2013

Imágenes sintéticas

Enlace con mi último artículo publicado en Jot Down sobre las imágenes sintéticas. Forma parte del libro "De otro(s) mundo(s). Una aproximación al paisaje sintético" que se publicará en la editorial Sendemá en Octubre.