viernes, agosto 31, 2012

el abrazo de la muerte


Después de la noticia de la excarcelación de Bolinaga (Superbolinaga, para los amigos) he visto en la televisión a unos cuantos personajes dándose abrazos exultantes de felicidad. Estaban realmente contentos, como muchos habitantes del País Vasco, supongo. No quisiera alargarme demasiado en este pensamiento escrito, así que iré al grano. La contenturria exultante se estos personajes sólo puede ser debida a dos factores: o bien no creen en la existencia de la maldad (o lo que es lo mismo: les importa un carajo lo que la maldad pueda ser), o bien lo que están es contentos porque la excarcelación les sirve a sus intereses políticos. La piedad sólo cabe en aquellos que estando en desacuerdo con el sentido de la ética de un torturador no arrepentido aceptan su excarcelación. A quien se le ilumina la cara con la noticia no sabe en realidad lo que la piedad significa. Si la felicidad manifestada se deriva de los intereses políticos es que, en verdad, les importa un carajo cómo se expresa la maldad. Y menos aún desde quién. Así, las risas, los abrazos y la felicidad sólo pueden ser, en sí mismos, la personificación de la maldad, o como diría Kant, “el estado de corrupción del ser humano”.

Mutatis mutandi. Hoy viene en el periódico una entrevista a toda página de la ex diputada y concejala del PSOE valenciano y actual consejera del Cosell Valencià de Cultura Ana Noguera. El titular (que casi ocupa un cuarto de página reza así: “El desprestigio de la política me quita el sueño”. Es una buena oportunidad, me digo a mí mismo, a quién si no, de saber qué haría un político si el Poder estuviera en sus manos. Después del previsible sonsonete de rigor (esto es un desastre…) la simpática entrevistadora le pregunta “¿Qué pediría en su última cena?”, y yo, antes de leer la contestación, me digo a mí mismo, a quién si no, “eso, eso, veamos cuál es el último deseo de una persona tan desmoralizada ante el desastre que nos consume”. La política Ana Noguera responde, “Los tres sabores que más me gustan: el queso (cualquiera), unas anchoas y el chocolate negro. Todo regado con un buen vino”. Obsérvese la exquisitez: los tres sabores son importantes, pero no suficientes. La última cena es la última cena, tú (que diría un catalán), para qué vamos a andar con remilgos… o con hipocresías. La sorpresa que pudiera haberme causado tal respuesta queda rápidamente anulada por la siguiente pregunta de la periodista, que dice, “¿Y si resultara que Dios es negra y obesa? Y yo, antes de leer la respuesta, me pregunto a mí mismo, a quién si no, “¿Será verdaderamente terrícola esta periodista?”. Pero la política no se arredra y ejerce su papel a la perfección, tan perfectamente, que ya sé que es ella misma la que se quita el sueño. Contesta: “Si así fuera, tendríamos un mundo más justo, más sensible y más eficaz”.

jueves, agosto 30, 2012

Sacrificio y la actualidad (o De la actualidad de Sacrificio)

Cuando Alexander decidió sacrificarse los menores de 26 años no habían nacido. Puede ser una pista para entender estas nuevas generaciones, que además han recibido una educación bastante simpática. Así, son muy escasos los menores de 26 años que sepan qué es una ofrenda y prácticamente ninguno que sepa quién es Alexander. El hecho de que sea un personaje no lo hace menos relevante en lo que respecta a la cuestión de la ejemplaridad. Tarkovski otorgó calidad de sujeto real a un personaje ficticio como pocas veces ha sucedido en el cine. Aun con su  esporádico histrionismo y su desmesura puntual Alexander es, no un sujeto, sino el sujeto que con su sacrificio nos ha salvado de la hecatombe. No es un actor porque es un ex –actor. Eso es exactamente lo que es Alexander en la película Sacrificio, un ex –actor, alguien que habiendo actuado durante casi toda su vida decidió en un momento dado no hacerlo más. Sacrificio es, pues, una película sin actor protagonista: lo que hace Alexander lo hace desde su condición de sujeto libre.
Cuando Alexander se entera de la debacle en la que de repente se encuentra sumida la humanidad toma la inmediata decisión de sacrificarse; la irreversible decisión de ofrendarse para salvar a esa humanidad de una hecatombe monstruosa. Que sea Dios a quien se ofrenda es lo de menos, lo importante reside en el acto en sí. A Alexander no le preocupa analizar la cuestión, no reflexiona acerca de los motivos que han provocado la cruel y previsiblemente devastadora guerra, no se para un instante a determinar responsables o culpables. Sólo quiere evitar el sufrimiento de TODOS. No hay prepotencia mesiánica en su cometido, no se trata de una misión. Se trata, “sólo”, de encontrar la manera de evitar el dolor que a la humanidad le espera por su incompetencia. Alexander no es ningún elegido. Su fe en el sacrificio se encuentra por encima de cualquier sobrenaturalidad. Su fe radica en lo que debe hacer según una especie de intuición irracional; de generosidad inconsciente. No hay posibilidad de pensamiento, sólo de acción. Alexander intuye que ante la magnitud de la tragedia sólo cabe la potencia del acto, un acto que desde luego debe ser individual y ajeno al resto de seres humanos. Su fe es intuitiva y extraordinariamente generosa pues requiere la pérdida de todo aquello que ama. Sabe, en definitiva, que no hay solución sin sacrificio. Y, desde luego, en ningún momento tiene en cuenta lo que el resto de la humanidad haga o no haga.
Post Scriptum. En uno de esos libros nauseabundos con que el academicismo universitario nos ha estado inundando durante más de 30 años hay unos datos derivados de unas encuestas realizadas con el fin de analizar la relación de la juventud con el cine. El estudio se hizo a partir de la selección de películas que llevaron a cabo universitarios de entre 20 y 24 años. Con independencia de los pretendidos fines del libro, siempre al servicio del pensamiento único, los datos que ofrece no dejan de ser extraordinariamente significativos. El fundamental es el que nos proporciona la misma lista de películas seleccionadas por ellos como las preferidas de todos los tiempos: de las 34 películas seleccionadas como las favoritas de los universitarios sólo 5 son anteriores a los años noventa. Cuatro de esas películas elegidas son de los ochenta y la más antigua es de 1978. De estas 5 películas “antiguas” una es Grease, otra E.T. y otra Dirty dancing.

viernes, agosto 17, 2012

He hecho buenas migas con el carpintero que ha formado parte de la cuadrilla que desde Abril lleva reformando mi casa. Es el único que se ha preocupado por mi beneplácito en los acabados; el único que ha mostrado respeto por la propiedad ajena y, sobre todo, el único que NO me ha preguntado si me he leído todos los libros que hay en mi biblioteca. El electricista es un cachondo pero ni no revisabas su trabajo era capaz de dejarte colgando la toma de tierra de todos los puntos de luz. Los demás parecían hacer su trabajo, no sólo a desgana sino obligados por su condición de “esclavos”. Concretamente con el yesaire daba miedo hablar, parecía siempre a punto de soltar la llana y emprenderla a puñetazos con todo aquel que hiciera una sugerencia. sSalpicó de yeso los sitios más insospechados. De los chapadores ni hablar, eran como Zip y Zape en versión ciclada, se comunicaban con gruñidos y, en el mejor de los casos, a través de sus bíceps. Dejaron el suelo como un dripping del Pollock más inspirado. El carpintero, Blas, fue sin embargo afable y sosegado. Por eso hice con él buenas migas y por eso, quizás, me ha invitado hoy a comer a su pueblo, Guadasuar. Concretamente en las instalaciones del Polideportivo Municipal.
Salgo con tiempo para llegar a la hora pactada (son 35 Kms.) y llego sin problemas a lo que parece la puerta principal. No hay ningún coche aparcado en las inmediaciones, el entorno es desértico en todos los sentidos, el sol cae a plomo, y no hay absolutamente nadie al alcance de mi vista. Tan es así que incluso dudo de haber llegado al destino apropiado. Blas me había hablado del restaurante de la piscina del Polideportivo Municipal y por lo que mi vista alcanzaba no había ni piscina ni restaurante, sólo una entrada con puerta de torniquete que nadie vigilaba. Entro y busco alguien en una especie de oficinas situadas junto a un enorme campo de fútbol flanqueado por unas inmaculadas pistas de atletismo. La puerta se encuentra cerrada pero veo a través de las ventanas que el ventilador se encuentra encendido. No hay nadie, por lo que decido meterme por una puerta que se encuentra junto a las inquietantes oficinas cerradas. Salgo por ella nada más descubro que se trata de los vestuarios. Vacíos igualmente, claro. Veo otra puerta enfrente, pero esta vez si hay indicación: “subida a las gradas”. Decido no subir, me dirijo hacia la puerta de salida y es entonces cuando veo un letrero pintado en la pared que subrayado por una flecha dice bar-restaurante. Allá voy.
A unos 50 metros del letrero es el olor quien me dirige bajo el aplastante Lorenzo. Como bien me había avisado Blas se trata de un lugar ambivalente, ya que puedes comer a la carta o alquilar un puesto de fuego para elaborar tu propia paella. No tienes más que llevar el "arreglo" y elaborarla, que de todo lo demás se encarga el mismo restaurante: la leña, la mesa, las tapas, las bebidas y la limpieza de la misma paella. Así, como digo, es el olor a leña de naranjo lo que enseguida me dirige hacia Blas, que se encuentra en plena faena. Lo deja todo preparado y antes de tirar el arroz nos adentramos en el bar para pedirnos unas cervezas. Me presenta a su mujer con la que me deja mientras ejerce de maestro de ceremonias entrando y saliendo en función de la supervisión de la cocción. Yo muestro mi perplejidad ante el hecho de que un polideportivo de esa magnitud y tan perfectamente cuidado se encuentre absolutamente vacío. Su respuesta me deja más perplejo todavía: “pues aún hay otro, pero es privado, es igual de grande que éste pero privado, puedes entrar al restaurante pero no a sus instalaciones a no ser que seas socio”. Así pues, en un pueblo con poco más de 5.000 habitantes tiene dos inmensos polideportivos, con un total de tres piscinas olímpicas (una de ellas cubierta y climatizada), dos campos de fútbol, unas fabulosas pistas de atletismo, además de sus correspondientes pistas de paddle, tenis, squash y servicios varios en ambos recintos. Y un imponente trinquete público, nada más faltaba.
Es la una y media de un 17 de agosto y no deja de sorprenderme que no haya nadie en la piscina. Quizá sea yo un fantasioso pero la verdad es que cuando Blas me dio cita en la piscina del polideportivo me imaginaba comiendo ante un algarabío típico estival: chapoteo de agua, niños enajenados y gritos de comandas gastronómicas. Pero no sólo no hay nadie en la piscina, tampoco hay nadie en el bar-restaurante, sólo nosotros. Y dos camareras muy serias que se quejan de un jefe que por supuesto no se encuentra presente. Me cuentan que esa quietud es habitual desde que han decidido cobrar entrada por hacer uso de la piscina, pero que “tampoco es que antes hubiera mucha más gente”. Sin alterar su gesto me dicen que se trató de la iniciativa de "un alcalde bonachón y campechano" (esos fueron sus adjetivos) que decidió construir el polideportivo como réplica a ese otro club despiadadamente elitista. Y así fue que lo construyó… y colgó la chapa donde con su nombre se hace mención a su gesta. Total para después cobrar todos los servicios.
Han decidido cobrar la entrada a la piscina porque se ha cedido el cuidado de sus instalaciones a una empresa particular habida cuenta de las pérdidas que generaba como “negocio” del Ayuntamiento. Por lo visto el polideportivo cuenta con un presupuesto de 90.000 € de mantenimiento al año y sus beneficios rondaban los 2.000. Hubo varios intentos de aprovechar las infraestructuras con la creación de cursos (de natación para niños, de atletismo, etc), pero la verdad es que después de todo nunca había gente suficiente para que resultaran mínimamente rentables. "Si la cosa no mejora -me dicen-, el año que viene cerrarán el polideportivo".
Nos comemos la paella con el único sonido de fondo que el de unas camareras mosqueadas. A los postres llega el cuñado de Blas, Miquel, que viene a tomar una cerveza después de acabar su jornada laboral. Es marmolista y se conocieron en el bar del mismo polideportivo en unas circunstancias un tanto peculiares. Al parecer estuvieron a punto de pegarse debido a la susceptibilidad etílica de Miquel, incluso salieron a la calle dispuestos a zumbarse, pero no sólo no lo hicieron sino que poco después Blas se estaba casando con su hermana Elena.
Se ponen los tres a hablar de las fiestas patronales que darán comienzo el lunes de la semana próxima. A Miquel se le pone la carne de gallina hablando de ellas. “No hay palabras para describirlas, hay que estar ahí para vivirlas; son muy emocionantes”. Blas corrobora, “son unas fiestas muy particulares, no tienen nada que ver con otras”. “Yo me pido las vacaciones siempre en la última semana completa de Agosto, para hacerlas coincidir con las fiestas”, remata Miquel. “Todo el pueblo participa- dicen al unísono- y la semana entera es un festejo continuado en la calle”. La mujer de Blas, hermana de Miquel, dice que no cambia sus fiestas “por ningún viaje al mejor lugar del mundo”. Después de una breve pero entretenida e instructiva conversación de sobremesa nos levantamos y nos despedimos. Salgo al exterior del recinto y la imagen que encuentro ante mis ojos me devuelve al momento de mi llegada. Sol y chicharras. 

martes, agosto 07, 2012

De la peculiar mediocridad española

Una de mis ocupaciones en internet ha sido siempre la de preocuparme por no recibir correos electrónicos indeseados. Así, recibo muy pocos mails de esos que se reenvía la gente de forma frenética y compulsiva. Por decirlo con precisión: sólo son tres las fuentes que me mandan ese tipo de mails (Fv:rewind) que se envían masivamente. A veces he recibido un mismo mensaje enviado por dos interlocutores distintos, así es la originalidad de los remitentes, cuya comprometida generosidad les induce a darle con fuerza al “reenviar”; esa especie de recorte y pega que les prohibimos a los estudiantes cuando les exigimos que piensen. Ahora he recibido, en un margen de dos días, el mismo mensaje enviado por mis tres incontinentes informadores. Y los tres, ¡como no podía ser de otra forma!, con introducciones del tipo: “no te lo pierdas, estoy absolutamente de acuerdo”, “es increíble la razón que tiene”, “vale la pena leerse, es impresionante”. Se ve que, efectivamente, el mensajito en cuestión ha calado como pocos. A todos mis interlocutores les ha sorprendido que haya sido escrito por Forges, el maestro del humor. ¡Un texto tan serio… y tan comprometido!
El texto en sí, por qué no, tiene su cosa. Viene a decir que en España triunfa la mediocridad y que esa peculiaridad es la que precisamente vuelve la crisis mostrenca. Todo, según él, está gobernado por la mediocridad, en base a la mediocridad y favoreciendo la mediocridad. Y claro, los amantes del reenvío se han sentido entusiasmados con las unas reflexiones de las que al parecer “ya” nadie duda. España, esa palabra que Zapatero evitó pronunciar durante toda su primera legislatura, es un país caracterizado por el desmesurado nivel de mediocridad, una mediocridad que resulta tan horizontal como vertical. España, es cierto, lleva amando y acogiendo la mediocridad desde que descubrió que una “movida” era la mejor alternativa a una dictadura. Y poco después tomándose la Corrección Política más en serio que los propios inventores anglosajones. Lo que le llevó a practicarla con muchísima más vehemencia.
Pero aún estando de acuerdo con las tesis se trata de un texto que me produce cierto rechazo. No sé, me da la sensación de que escribir esto ahora carece de todo mérito. Aún más: me parece casi inmoral que un viñetista humorístico, del que se conoce poco sentido crítico más allá de su implicación con un cierto grupo mediático, se haya visto impelido a publicitar un texto “serio” y “comprometido”. Y dados mis niveles de susceptibilidad respecto a los colectivos y a las multitudes tampoco me ha hecho gracia que gustara a “todo el mundo”. Nadie se ha sentido ofendido.   
¿Dónde estaban esos intelectuales, hoy tan reflexivos e inevitablemente locuaces, cuando se iba implantando esa mediocridad que ahora todo el mundo ve? La mediocridad, es cierto, gobierna nuestro folclórico país, un país en el que sus ciudadanos no renunciarían a sus fiestas patronales así los mataran. La mediocridad comenzó a inocularse en el Sistema Académico al final de los ochenta y ha ido construyendo algunas de las peores Universidades del mundo, con un corporativismo mafioso y un sistema de promoción endogámico monstruoso. La mediocridad fue la “máxima” con la que los políticos decidieron que debían gobernarse los Museos y Centros  Arte, que se reprodujeron como hongos a principio de los noventa; así, los gestores culturales, los técnicos, debían ser culturalmente ineptos so pena de perder sus privilegios gestores. La mediocridad ha sido, precisamente, lo que inducía a los políticos a buscar la mediocridad en sus funcionarios, gestores, técnicos, asesores y chupópteros de toda calaña. La mediocridad es, en definitiva, la causa de este Estado mostrenco, que abonó y apoyó los sentimientos nacionalistas a través de unos plíticos cobardes e hipócritas. La mediocridad es aplicar la censura por el supuesto bien de la humanidad (fundamento de la Corrección Política) que sólo ha sido un bien para la clase política. La mediocridad es una flor de plástico. No regarla es insuficiente para acabar con ella.
¿Dónde estaban los forges cuando los Departamentos Universitarios se conformaban por los más ineptos y trepas de los ex estudiantes? ¿Dónde estaban cuando crecía el número de Museos pero no mejoraba la educación cultural? ¿Dónde estaban cuando en la época de vacas gordas las Autonomías colocaban embajadas en las calles mas caras de todas las ciudades del mundo? ¿Dónde estaban cuando el Presidente del Gobierno repartía Ministerios a personajillos que se intercambiaban carteras como cromos y cuyo único mérito había sido militar en las bases del partido? ¿Dónde? El mismo Forges se queja por la falta de excelencia como criterio de juicio. Pero, curiosamente, no hace sino unas horas que eran calificados de fachas todos aquellos que rechazando la aplicación indiscriminada del relativismo hablaban de una necesidad de volver a los criterios de excelencia. ¡Habría que ver cómo se implanta un sistema que atienda a la excelencia sin eliminar la Corrección Política!

martes, julio 31, 2012

Las mínimas altas y lo sublime

Primera parte: lo húmedo
Quizá una de las ventajas de ser mediterráneo sea la de poder alejarse de sus influjos. Me gusta ser valenciano desde el punto de vista meteorológico. Pero no todo el año; de hecho sólo me gusta ser valenciano durante tres estaciones, aquellas en la que el sol no resulta demasiado molesto. Y me gusta ser valenciano especialmente en la época de gotas frías. Llegado el verano intento huir hacia el norte, si bien es cierto que huyo hacia el norte siempre que puedo y con la misma intención: buscar nubarrones y encontrar lluvia pertinaz. De hecho, debe tratarse de una patología desconocida pero el placer del viaje se me incrementa considerablemente cuando llueve en el destino. El reiterativo sol de Valencia me molesta a veces incluso en invierno. Tener las mínimas más altas de toda la península es agradable en lo que respecta al invierno y soportable en las estaciones intermedias. No así en el maldito verano, donde además se acrecienta la sensación de calor con esa pegajosa y alienígena humedad autóctona, que es de todo menos relativa.
De esta forma me he vuelto adicto a una web que predice con bastante precisión el estado meteorológico de la península. Con lo que, desde un tiempo a esta parte, puedo planificar mis viajes con el fin de encontrar lo que el vulgo llama mal tiempo, que para mí es el IDEAL. Antes tenía que confiar en la suerte y he de reconocer que, quizá debido a las simples probabilidades, he tenido más suerte que desgracia en mis frecuentes viajes al norte. Pero cuando la mala fortuna se me ha incrustado en algún viaje concreto he tenido que soportar la estúpida amabilidad de los nativos norteños, que invariablemente me decían “qué suerte ha tenido Usted, llevamos dos semanas con mal tiempo y hoy ha salido un día estupendo”.
Me encuentro en pleno viaje por Cantabria y algo ha debido fallar en las predicciones que tuve en cuenta hace 15 días. No pude haber elegido otras fechas distintas porque tenía ocupaciones con la que cumplir, pero sí podía asegurarme que en las fechas elegidas iba a tener suerte. Cosa que no ha sucedido. Se trata de una web que raramente falla y cuando lo hace lo hace con pequeñas variaciones de lo previsto. Las predicciones son fiables siempre y cuando no quieras saber de un futuro que supere los 15 días. Pero algo debió fallar, digo, en las que me indujeron a contratar posada en Cantabria. Se trataba esta vez de un viaje corto, así que el error sería más flagrante por carecer de la posible compensación que el norte siempre depara a los apóstatas del sol veraniego.
Ciertas confluencias meteorológicas han determinado que de los tres días previstos dos fueran soleados. Por lo que estéticamente hablando puede decirse que el viaje no ha aportado nada relevante. No hay belleza sin herrumbre y musgo, y sólo hay verdadera herrumbre y verdadero musgo cuando puedes tocar las plomizas nubes con los dedos y cuando se te empaña la vista mirando el suelo. Concedo en que pueda haber belleza en los soleados parajes verdes y frondosos, pero soy inflexible en cuanto a la posibilidad de que pueda darse lo sublime si no es ante lo húmedo. En cualquier caso, el comentario del dueño de la posada no ha tardado en llegar: “nos han traído Ustedes el buen tiempo”. Así, además de desafortunados, culpables.
Segunda parte: lo salado
Gracias a una revisión médica fortuita descubrieron que yo soy un hombre de alta tensión. Y cuando digo alta, digo alta. Llevan cinco años advirtiéndome de los peligros de esta disfunción, los mismos cinco años en los que ningún médico especialista ha logrado bajármela. Al parecer soy un caso especial: no pueden bajarme la tensión ni a hostias. He probado de todo, además de haber probado con varios especialistas. Cada uno me ha dado su receta particular después de haberme dado la receta universal. Todos me han recetado pastillas y las he probado de todos los colores. Pero nada, sigo siendo un hombre de alta tensión. Nueces en ayunas, limón en ayunas, té rojo a todas horas, una cucharada de aceite de oliva en ayunas, mucha agua, nada de grasa saturadas, mucha fruta y verdura -aún sin ganas y por tanto a la fuerza-, un plátano al día, fuera el café y la sal... Ya saben Ustedes. A todo esto había que añadirle al principio un poco de ejercicio. Cuando vieron que con la observancia de todo esto la tensión no me bajaba decidieron indicarme más ejercicio: al principio bastaba con media hora tres veces a la semana pero ahora, y según me dicen los médicos, debo estar medio día subido en una cinta y el otro subido en una elíptica. Yo hace cinco años que cocino sin sal. Ahora sólo debo mentalizarme de que debo vivir como un atleta de élite.
Es mi tercera noche en Cantabria, concretamente en Quijas, un pueblecito situado a 30 Kms. de Santander. El sol lleva dos días machacando mis expectativas estéticas, es decir, mis expectativas vitales. M y yo hemos salido por la zona buscando un lugar que nos diera de comer aceptablemente sin agujerearnos el bolsillo. Y lo hemos encontrado. Se trata de un lugar ciertamente previsible. Es probable que en todos los pueblos españoles haya un bar restaurante del tipo. Mesas exteriores que se transforman en función de las circunstancias y un camarero que toma la comanda mirando sus pertenencias. Rechazamos rápidamente el menú anunciado en cartel y pedimos la carta. No lo podía creer, en el plastificado y rígido listado se encontraba un plato que sólo había existido en mis fantasías después de una memorable conversación mantenida con el dueño de uno de los restaurantes galardonados por estrellas michelín. Dijo el conocido cocinero: “estoy realmente harto del foie gras; ya no sé cómo darlo ni cómo combinarlo y ahora está de moda, todo el mundo me lo pide”. Ante tan enfurruñada afirmación yo le pregunté si bajo su punto de vista había algo que realmente combinara bien con unos filetitos de foie, a lo que él respondió, “sí, de hecho yo lo hago en mi casa cuando el cuerpo me lo pide; se trata de cocinar los filetitos de foie, incorporar dos huevos fritos encima y utilizar el pan como cubierto, sólo el pan y los dedos: sublime”. Pues bien, el plato de Quijas era exactamente ése, pero sobre una cama enorme de jugosas patatas fritas y una salsa de vinagre y miel. Los huevos rebosaban aceite y la brillante superficie del foie se encontraba incrustada por pedruscos de sal. Perfecto. Le hemos pedido al camarero que se llevara los cubiertos y el plato nos ha durado un suspiro.

sábado, julio 14, 2012

Cárceles de invención

Llevo años determinando la Corrección Política como el verdadero MAL de esta nueva era. Pero, ¿qué es exactamente la Corrección Política?
De entre las varias respuestas posibles (qe serían diferentes pero también complementarias), he aquí una respuesta excéntrica:
Si se coge la autovía que va de Valencia a Albacete podrá encontrarse el conductor con un letrero anunciador que dice establecimiento penitenciario. La cuestión es ¿por qué tal denominación? Es decir, ¿por qué allá donde hace años ponía la palabra cárcel pone ahora establecimiento penitenciario?, ¿por qué llamar establecimiento penitenciario a lo que TODO EL MUNDO llama cárcel?, ¿puede entenderse como intrascendente o despreciable este cambio?
Pues sepan Ustedes que no sólo no se trata de algo intrascendente o despreciable sino que se trata del signo que nos muestra la monstruosa realidad de la corrección política. Cuantas más preguntas nos hagamos acerca de este hecho más motivos obtendremos para sospechar de… ¿quién? Y si sabemos hacer extensibles esas preguntas a otras cuestiones que atañen a nuestra experiencia como ciudadanos regidos por un estado abusivamente proteccionista e innecesariamente paternalista, pues más datos obtendremos que muestren la perversión de la corrección política.
Situémonos en aquel momento: saliendo de Valencia y llegando a Picasent nos encontrábamos con letreros señalizadores que nos indicaban oportunamente la desviación para llegar a la cárcel. Pero de un día para otro deciden sustituirlo por otro que diga establecimiento penitenciario. La primera pregunta que habría que hacerse es ¿quién?, ¿quién ha tomado la decisión de sustituir una palabra de uso común por una suerte de cursilería eufemista que NADIE va a usar jamás para referirse al lugar? ¿Quién ha decido que sería mejor el eufemismo léxico que la denominación históricamente aceptada? ¿Quién ha pensado que tan decisión comportaría beneficios a la ciudadanía? ¿En qué beneficios se piensa cuando se sustituye una palabra inocua (en sí misma) pero reconocible por otra sofisticada pero inservible? ¿Qué mecanismos mentales se han dado y en quién como para poder llevar a cabo una acción que nadie reclamaba y que además responde a una situación falsa: falsa porque además de seguir siendo una cárcel todo el mundo sigue llamando cárcel al lugar en cuestión?
Ya dije que se trataba de una respuesta excéntrica, pero no por ello deja de dar pistas. Tengo serias dudas de que el cambio de paradigma consistente en falsear la realidad denominando las cosas desde los intereses políticos sea la forma adecuada de que las cosas mejoren (o simplemente se arreglen). Pero también es posible que, después de todo, haya miles (¿) de personas que crean verdaderamente en la necesidad de un proteccionismo estatal; primero porque crean en que es posible mejorar las cosas con la terminología buenista de los políticos y segundo porque todo proteccionismo les asegura un cierto victimismo atendido. Un victimismo que, como hemos visto, no servirá para solucionar el problema real, sino que más bien consolidará el problema con el único fin de que siga habiendo ciudadanos que acudan al Estado para resolver un problema que además ha sido re-generado por el propio Estado. O sea, llamar establecimiento penitenciario a lo que en realidad es una cárcel genera un problema que se añade a los problemas que el Estado dice querer solucionar.
(Dedicado a Gustavo Jornet)

lunes, julio 09, 2012

Oxímoron


Antes que nada una pregunta: ¿alguien se ha preguntado por qué, dadas las condiciones en las que particularmente se encuentra España, y con una herramienta de comunicación masiva e inmediata como es internet, no se ha producido una revuelta organizada y aplastante que ponga en su sitio a la casta política?

Durante el siglo XX el mundo intelectual disfrutó debatiendo en torno al tema “capital” de la alienación, ese tema, el Tema. Hace aproximadamente 40 años se introdujo en la discusión un matiz que resultó tan decisivo como definitorio de la nueva era. En todos los saraos académicos de aquella época se seguía discutiendo en torno al asunto, por supuesto, pero desde un prisma mucho más indulgente con los apóstatas. Así, ya nadie sabía con precisión si el pueblo estaba humillado por una televisión basura o si la televisión basura era al fin y al cabo producto de una gran demanda. Había dado comienzo la posmodernidad ideológica. Una parte importante de la izquierda que hasta entonces sólo había gustado de Wajda, Schlöndorff, Bergman y Pasolini decidió “integrarse” y elogiar Falcon Crest y Los ricos también lloran, mientras cambiaban su piso por un chalet. Lo que, en cualquier caso, dio lugar a una fracturación en las filas pseudopostestructuralistas de educación marxista que acabó con la hegemonía de los enfurruñaos, esos tipos que calzaban alpargatas en homenaje al proletariado y veían al diablo en el cine americano. Había nacido la izquierda amable…populista, integrada y en apariencia sensata. Todo parecía encaminado a liberar del Dogma a la ideología política.

Pero en realidad no era sino un espejismo; o mejor: una trampa. La verdad es que se estaban gestando las bases de la estrategia más perversa de control que ha conocido el ser humano: la Corrección Política. La forma de control más sibilina y perversa de las posibles por cuanto su estrategia se basa en una suerte de aparente espíritu democrático definitivo; una estrategia impulsada por dos inteligentes tácticas, la de Victimismo y la de la Cultura de la Queja, que parecían dar protagonismo a cualquier ciudadano. Todo ciudadano tenía ya un derecho que enarbolar… y lo enarbolaba… aunque fuera a costa de una pérdida sufrida por el conjunto. Había dado comienzo el progresismo puritano. La preservación de derechos individuales se impuso sobre la sensatez y el control de la sociedad creció exponencialmente.

De hecho, la hecatombe comenzó en el mismo momento en que el ciudadano se conformó con ser atendido en su queja, con independencia de que el problema general no se solucionara nunca. De hecho, es ahí donde radica el éxito de una empresa tan perversa como la Corrección Política. El ciudadano aceptó feliz el paternalismo ofrecido en bandeja porque le liberaba de tener que responsabilizarse, de tener que madurar. Por otra parte la estrategia liberaba también a los partidos políticos de tener que demostrar competencia; sólo debían generar alrededor del problema un plan mediático basado en la promesa (por ejemplo: nunca se ha tratado de analizar profundamente el problema de de la violencia que ciertos hombres ejercen sobre algunas mujeres, sino de crear cientos de Institutos de la Mujer, o incluso un Ministerio). Porque la Corrección Política consiste en perpetuar los problemas que no deben solucionarse so pena de acabar con el triunfo que confieren los votos obtenidos ante las promesas electorales. A partir de ese momento inicial comentado triunfaría el partido político que mejor supiera prometer aquello que no solucionaría nunca. En esto consiste exactamente el ser de la Corrección Política. Habiendo problemas que solucionar los políticos estarán salvados y los ciudadanos condenados. 

Eso sí, todos exigiendo, todos reivindicándose en base a una queja conculcada: los estudiantes en tanto seres agobiados por la demanda de sus autoritarios profesores, los hijos en tanto que seres desfavorecidos ante el Poder desmedido de sus padres, los padres en tanto que personas desamparadas ante la asertividad de sus ladinos infantes, los fumadores en tanto que seres que se autoconsideran engañados, los gordos en tanto que seres con alta peligrosidad mortal inducida, las mujeres en tanto que discriminadas por una sociedad que las maltrata con ferocidad, los descuidados en tanto que ciudadanos que una vez tropezaron con el bordillo de una obra (que se encontraba sin señalizar oportunamente), los infortunados en tanto que seres abusados (desde su nacimiento) por una Injusticia Universal y los nacionalistas en tanto que seres superiores pero incomprendidos por el otro; todos podían quejarse y lo que es mejor: todos eran atendidos en sus quejas. Se prefirió atender al individuo en una perfecta campaña fundamentada en el proteccionismo -que a todos satisfacía en la inmediatez- que a los colectivos. Se prefirió la publicidad mediática (falsa) que el análisis profundo del problema. Es decir, se prefirió el problema a la solución. Tal es la perversidad de la Corrección Política. Una invención de la izquierda que en realidad resultaba propia de la derecha, tan propia que ésta la asumió sin problemas. Los fachas son por definición puritanos, pero un progresista gazmoño…es el principio del fin.

viernes, junio 15, 2012

Del Bosque

No me gusta el fútbol. Algo que nunca me atreví a decir a mi padre, que cuando yo era pequeño me llevaba al campo de fútbol cada 15 días para ver jugar a mi (¿) equipo. Es precisamente el hecho de que fuera “mío” lo que al principio hacía llevadera mi asistencia inapelable, pero con el tiempo esa misma asistencia inapelable fue, sólo, la que truncaba siempre e ineluctablemente mis planes dominicales. Recuerdo que en algún partido llegué a dar cabezazos (me dormía) mientras a mi alrededor todos los hinchas -incluido mi padre- intentaban rematar de cabeza un corner servido por Valdéz. Y sé que nunca me ha gustado el fútbol porque pienso que sólo gustan de verdad aquellos deportes que no requieren partidismos nacionalistas de ningún tipo. Es decir, porque pienso que un deporte gusta de verdad cuando el espectador disfruta de su espectáculo con independencia de que estén implicados participantes de su entorno geográfico. Así, a mí los únicos deportes que me gustan de verdad son el snooker y el rugby, por este orden.  
Ayer jugó España y televisaron el partido. Una variedad de contingencias que no vienen al caso hicieron que viera el partido junto a mi anciana y venerable madre, a la que tampoco le gusta el fútbol, como era de prever. Para no andar por las ramas: nos lo pasamos en grande. Y no tanto por que ganara España, que también, cuanto por la forma de juego de nuestro (¿) equipo (las reminiscencias son las reminiscencias: aunque no nos guste a ninguno el fútbol, tanto mi madre como yo fuimos abducidos por instintos atávicos. Y queríamos vencer al “otro”, pero éste es en realidad otro tema distinto del que aquí me ocupa).
La cuestión es que en la experiencia adquirida durante tantas horas en el campo descubrí algo que hace peculiar a este deporte, y es que no hay hincha que no crea saber más que el mismo entrenador de su propio equipo. Pero yo no soy un hincha, de hecho cuando se trata de deportes que me gustan antepongo el buen juego al triunfo de alguien en concreto (aunque siempre tenga preferencias). En cualquier caso ayer disfrutamos ambos, mi madre de una forma más naif, si se quiere, pero con los mismos argumentos respecto al placer obtenido. Así, nuestro disfrute provenía de esa forma de juego que consistía en jugar al primer toque de forma tan precisa como inusitada hasta que, de forma sorpresiva, se producía un pase largo y cruzado que descomponía la estructura defensiva del contrario. Así sucedió todo el partido: jugando con la pelota como si estuvieran realmente “jugando” y rompiendo, inesperadamente, las líneas defensivas con un sistema que dejaba de parecer un entrenamiento para pasar a ser un ataque militar en toda regla. Pero yo no entiendo de fútbol, entre otras cosas porque no me gusta. De todas formas ayer disfruté porque veía en el juego un plan perfectamente definido y además muy bien ejecutado. ¡Viva Del Bosque!
Del Bosque es un tipo español de la vieja escuela, un ser que me merece una indiscutible admiración. Una persona sensata, serena, juiciosa y con un innegable sentido de la prudencia; un ser entrañable y puramente analógico en la mejor de sus vertientes. Su porte resulta tan poco actual que el Real Madrid prefirió perder la liga a dar mala imagen (la que daba un tipo poco mediático). Su aspecto y sus formas son opuestos al aspecto y las formas que reclaman la sociedad del espectáculo. Actúa como si las cosas fueran inevitables, lo que le convierte en el  Epicuro de las ruedas de prensa. A mí jamás me molestará un fracaso de esta selección entendido a través de la derrota… si nos ofrece buen juego en líneas generales. Me gustan los tipos que además de tener aspecto anacrónico son prudentes y serenos. Y me cansan terriblemente los pijos que visten con camal de piquillo y los chulos que miran con desdén. Me molestan terriblemente los que fundamentan su vida en el llamado triunfo sin saber que el éxito no es sino una forma de retrasar el fracaso. Que llega, siempre llega.
Post Scriptum. En cualquier caso y aun sin querer, mi madre me acabó dando una lección. LHubo una cierta enseñanza que se desprendió de su modo de reaccionar ante la circunstancia capital del deporte en cuestión. Por decirlo de forma directa: mi madre gritaba goool!!! con cierto entusiasmo, desde luego, peo ligeramente retrasada, es decir, con un cierto desfase de tiempo. Y no se debe en absoluto a una cuestión de falta de reflejos, es más, cogería a un nieto suyo en el aire antes de que rozara el suelo con las rodillas. No, se debe a que disfrutaba tanto con el tiki-taka que lo de menos era para ella que entrara la pelota entre los palos. Es decir, gritaba goool!!!! por compromiso.

lunes, mayo 28, 2012

Lo que puede hacer una letra... En la última frase antes del colofón había un "no" donde debía haber un "nos": No sólo nos gobiernan mal sino que además se cagan sobre nuestras cabezas y nos incitan a hacer lo mismo sobre nuestro vecino.

ElHoy


ElHoy
No sé cómo escribirá la Historia este momento que vivimos. No sé cómo lo “verá” cuando nosotros ya no estemos para confrontar su relato. Ni siquiera sé si esto que vivimos de una determinada forma será otra cosa bien distinta. En definitiva, no sé cómo se escribirá el hoy. El hoy que a mí me ahoga.
Así, lo que en alarde de exultante creatividad llamamos crisis puede que no sea más que una simple bisagra entre dos eras esencialmente distintas, la analógica y la sintética. La primera estaba gobernada por las correlaciones (mejores o peores), la segunda por inputs electrónicos (siempre neutros). Hasta anteayer se estaba luchando contra la existencia de todo criterio que pudiera ser universal (cosas del relativismo), ahora sólo se actúa como si no existiera criterio alguno que pudiendo ser universal impidiera ciertos individualismos antiéticos. Es decir, nos ha vencido el relativismo: la inconmensurable pluralidad de los números ha sido desbancada por un maléfico sistema binario en el que todo sucede entre el cero y el uno. Y de ahí que, aunque con otros argumentos (similares), haya quien ha calificado esta crisis de conceptual. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta dónde radica el mal, motivo por el que, todo sea dicho de paso, no avanzan los movimientos de protesta. Por muy ingenuos que seamos nadie es inocente en el supuesto mundo civilizado, el que se encuentra gobernado por una suerte de conceptualización puramente académica. De lo que se deduce otro factor definitorio. Si por una parte se trata, como ya hemos dicho -y como también asegura Charles Morris: Dinero fácil, jugadores y el desplome del crédito- de una crisis conceptual (“intermediación financiera y mercados completos”), algo que la hace inabordable, por otra se trata, como bien apunta la película Inside job, de una crisis provocada por el mundo académico, el que curiosamente se inventó la corrección política con el fin de proteger a los más débiles (hay que joderse). O por decirlo de otra forma, los asesores de los gobiernos serían, en la era sintética, los mismos que ya habrían dado muestras de maldad y/o incompetencia en poderosos entes financieros. O viceversa, ya que el intercambio de asesores es bidireccional, retroactivo y binario. En cualquier caso, los asesores (provenientes en su mayoría de las mejores Universidades) serían todos multimillonarios a pesar de haber configurado un panorama del que casi sólo se beneficiaron ellos. Si a esto le añadimos, al caso español, un atávico y grotesco cainitismo…
La imbricación de finanzas y política es tan innegable como descorazonadora. Su granítica alianza ha sido concebida con el único fin de servir, por encima de cualquier circunstancia, a ellos mismos (banqueros, presidentes de multinacionales, asesores financieros, políticos). Tan poderosa que ha generado una alianza sobre la que deben resbalar la inmensa mayoría de ciudadanos desprotegidos e indefensos. Y llegamos a la tercera de las características peculiares de esta crisis: su espíritu antagónico. En efecto esta crisis ha sido posible sólo en la medida en que ha sido concebida “contra”. Y esto no tiene nada de metafórico. Como ya todo el mundo sabe la crisis comenzó cuando los grandes entes financieros tuvieron la “gran idea” de vender créditos hipotecarios contra los que apostar. O dicho de otra forma: comenzó cuando las finanzas y la política se aliaron CONTRA el ciudadano. No sólo estamos desamparados (ante las malignas multinacionales) y sometidos (por unos gobernantes ineptos), sino que además estamos siendo preparados para sobrevivir a la contra. No sólo no gobiernan mal sino que además se cagan sobre nuestras cabezas y nos incitan a hacer lo mismo sobre nuestro vecino.
Colofón. Ha vuelto a suceder. Las últimas declaraciones del Gobierno respecto al caso Bankia no ofrecen dudas: ha dicho que no quiere mirar al pasado y que por tanto no va a depurar responsabilidades. Contra el ciudadano, ya digo. Y con saña.

jueves, mayo 03, 2012

Un cuento ensayado II (o sobre la igualdad)


Las casualidades hicieron que me las encontrara en una de las cafeterías del centro comercial de las afueras. Allí estaban las cuatro haciendo un pequeño reseso entre compra y compra. Digo casualidades porque, al parecer y según me cuentan, rara vez logran reunirse las cuatro para ir de compras. Lo normal es que puedan coincidir, en el mejor de los casos, tres de ellas. Aunque lo normal es que queden por parejas y que éstas se formen en función de circunstancias muy coyunturales. Hoy ha habido suerte: las cuatro amigas juntas. Son las cuatro mujeres de mis cuatro amigos más cercanos, o mejor, las cuatro mujeres que conforman las parejas con las que habitualmente, aunque sin mucha frecuencia, me relaciono. De las cuatro sólo una de ellas trabaja, Vanesa, que es precisamente la madre de Carlos y Carla (ver post anterior). Las otras tres no lo hacen, fundamentalmente porque pueden permitirse el lujo de no hacerlo. Y porque desde tiempos pretéritos aceptaron no hacerlo, precisamente, por considerar que no iba a ser necesario dados los ingresos de los respectivos. Es decir, no trabajan porque pueden no hacerlo. Y porque a sus respectivos parece no importarles. Así es. Así es incluso hoy, cuando las cosas no son ya como las de antes.
Después de los saludos de rigor, y respondiendo a una extraña necesidad, se producen las típicas bromitas de rigor que pretenden demostrar cierta complicidad de género, esas bromitas que cargan sobre el sexo contrario. Yo las capeo, las ignoro y les pregunto por las compras. Me contestan por orden y acto seguido son ellas las que se interesan por el motivo de mi visita al centro comercial. Les explico que necesito unos 900 tornillos negros de llave allen. Las cuatro ríen al unísono, como si  se hubiera tratado de un chiste y aprovechan para volver a las bromas que buscan complicidad entre ellas; Lola incluso aprovecha para hablar de la incompetencia de Vicente (su marido) en los asuntos de las manualidades domésticas, y Espe retuerce el asunto diciendo que prefiere no hablar de “manualidades domésticas, que después todo se sabe”. Risas. Lo dice con aire circunspecto mirando a sus amigas y con el bolso de Loewe bien aferrado a su regazo. Vanesa, que al parecer no está para tanta frivolidad, da un giro a la conversación y me pregunta directamente por M. Le contesto al respecto y aprovecho para introducir mi preocupación por su hijo Carlos, que sé que está pasando un mal momento que afecta a sus estudios y a sus propios padres. Su padre, Carlos, amigo mío de la infancia, lleva tiempo expresándome su disgusto ante la deriva que su hijo está tomando desde que cumplió 14 años.
Antes de continuar me gustaría hacer dos matizaciones. Primera: cuando hablo de las “típicas bromitas” de complicidad ante el asunto del género (mujeres vs. hombres) ya sé que estoy marcando el tono de mi relato, pero en realidad no se trata más que de ser fiel a los hechos tal y como se sucedieron. No deja de ser una “casualidad” que la realidad se acerque a mis intereses (el de los problemas que genera la corrección política respecto a la guerra de sexos), aunque quizá no se trate tanto de “casualidad”. La verdad es que, efectivamente, me interesen aquellos asuntos que a través de la realidad me afectan en el día a día. No fui yo el que necesitó abrir fuego con unas frases que demuestran lo que demuestran y que por otra parte justifican mi interés por el asunto. Así, las “típicas bromitas de rigor” fueron las que fueron: esas que nacen de una extraña necesidad conculcada por la sociedad política y mediática, la que se dice a sí misma comprometida. Y segunda: la anécdota de lo del bolso de Loewe es estrictamente cierta. No existe ironía narrativa alguna.
Pero sigo. Vanesa parece estar realmente interesada en mi opinión sobre el tema de su hijo Carlos. Yo no sé cómo abordar el tema debido a lo inadecuado que me parece tratar asuntos tan íntimos en público. Dado el desconcierto que sobre el tema manifiesto las demás aprovechan para habar de los problemas con sus hijos. Todas los tienen, de una forma o de otra. Cuando intento introducir un comentario se me acalla con el para ellas irrefutable argumento de que, debido a mi falta de experiencia, no soy el más adecuado para hablar del asunto. Me lo dicen con cariño, pues ya hace años que asumieron que soy oficial y técnicamente el único soltero del grupo, pero me lo dicen. Yo no puedo opinar porque sólo puedo hablar por hablar. Sin embargo las cuatro sí pueden hacerlo, aunque sea para atestiguar sus fracasos.
Las cuatro –y lo afirmo porque las conozco- ha educado a sus hijos con las consignas progresistas de las nuevas generaciones. Así, muy pocas restricciones y bastante libertad. De hecho todos ellos (9 contando los de las 4 parejas) cuentan con libertad relativa en lo que respecta a poder mantener relaciones sexuales en las respectivas estancias familiares. No es que se trate de una práctica habitual, pero dependiendo de ciertas circunstancias especiales los hijos de mis amigos no han tenido problemas a la hora de poder liberar, en casa de sus padres, los ímpetus irrefrenables de su deseo.
Las cuatro parejas, es verdad, viven muy pegados a su tiempo y por eso ellas no desperdician oportunidad para reivindicarse en tanto que mujeres. Hoy no han podido evitar sacar el tema en mi presencia, el de la (des)igualdad, se entiende. Y lo han hecho a partir de un tema del que, como en tantos otros del género, se habla a partir de lo masivamente explicitado y publicitado. Así, en esta ocasión se han puesto reivindicativas a partir del tema del “techo de cristal”, ese argumento que usan las feministas (numerarias o no) para hablar de desigualdad y discriminación en lo que respecta a ciertos trabajos, en unos casos por su vinculación a cuestiones del tipo (de trabajo) y en otros por su vinculación a cuestiones de nivel (de escalafón). Así, según ellas, resulta injusto que no haya más mujeres en determinados trabajos y resulta injusto que no haya mujeres en ciertos escalafones superiores. Es un tema del que se habla mucho y “siempre” desde el mismo punto de vista quejumbroso y victimista. El argumento de Lola parece indiscutible: “no hay derecho que haya muchos más altos directivos que altas directivas, es absolutamente injusto”. Ante afirmación tan contundente le replico que tengo un recorte extraído de las páginas salmón de un periódico en el que se demuestra, a partir de estadísticas, que las mujeres no están igual de interesadas en cubrir ese tipo de puestos, entre otras cosas –digo- porque su sensatez les hace tener una jerarquía de valores mucho más humana. Su contestación no se hace esperar: “no hay derecho que haya muchos más altos directivos que altas directivas, es absolutamente injusto”.
La conversación no toma ningún cariz amargo porque ya nos conocemos todos y desde hace mucho tiempo, pero compruebo fundamentalmente una cosa: da igual el estatus de las personas (que en este caso es dispar a pesar de las apariencias) de ciertas generaciones próximas y pertenecientes a finales de los cincuenta / principios de los sesenta, la cuestión es que todos tienen asimilada la corrección política (la Cultura de la Queja) y por tanto su afán reivindicativo se encuentra omnipresente con perfecta independencia de sus casos particulares. O por decirlo de otra forma: ninguna de las cuatro ha podido mantenerse al margen de lo que la corrección política ha inculcado como discurso necesario. Tampoco se han podido apartar de otro tipo de cosas que al parecer forman parte del espíritu de nuestra época. Algo de lo que me entero en la tercera copa de vino que nos metemos en el cuerpo. Así, y ahora que las mujeres han conseguido liberarse de la presión masculina sintiéndose libres e independientes, me entero de que Lola, por ejemplo, combina sesiones de vitaminas y ácido hialurónico no reticulado para dar luz a su piel y revitalizarla; Espe, a parte del hialurónico no reticulado para los surcos nasogenianos, se aplica bótox dos veces al año en el entrecejo; Amparo, más puesta al día si cabe, se interesa por los factores de crecimiento plaquetario y por eso se pone plasma sanguíneo cada tres meses, porque mejora la síntesis del colágeno; y Vanessa, más humilde, combina el bótox cada seis meses con el silicio y el ácido poliláctico. Menos Lola todas se han puesto labios y menos Vanesa todas se han puesto tetas.

sábado, abril 21, 2012

Un cuento ensayado (o sobre la igualdad)

Tiene sólo 17 años y padece la típica incertidumbre de los chicos de su edad, que en eso no han cambiado mucho las cosas respecto a épocas pretéritas. Se lleva bien con sus padres y relativamente bien con su hermana, que sólo tiene dos años más que él. Estudia en el instituto y no sabe todavía qué es lo que quiere ser de mayor. Bueno, la verdad es que todavía no sabe con exactitud nada de nada. Por cierto, he utilizado la palabra “sólo” para referirme a su edad para recalcar lo que, ahora sí, nos diferencia de épocas anteriores. Carlos (nombre lógicamente falseado) no puede evitar saber que el tiempo ya vivido con sus padres es como mínimo el mismo que le queda de vivir con ellos si su caso sigue el curso de la normalidad. Si tuviera que definir esa familia yo diría que se trata de una familia actual, es decir, una familia que está convencida del cambio de paradigma. Los padres han sido educados por las consignas de la corrección política y por ello han educado a sus hijos con el ejemplo. En fin, que todos y cada uno de los miembros son muy respetuosos con el espacio vital del resto.
Quizá Carlos sea el que de los cuatro esté pasando el peor momento. No sólo vive con la típica incertidumbre de los de su edad, sino que vive el agravio que le produce las frustraciones tremendas que afloran ante su fracaso con las mujeres, a las que desea de forma tan irremediable como abrumadora. ¡Como les sucede a tantos adolescentes varones a cierta comprometida edad, qué le vamos a hacer!, pero la verdad es que no por típica deja de ser desconsoladora esa inactividad sexual que sufren, justo, en el momento de la plenitud sexual. Es más, sólo unos años más allá comenzará su decadencia sexual, que así funciona la sexualidad de los varones. Los chavales, ya se sabe, ven en la televisión a Brad Pitt dándole un beso a Angelina y se les pone dura. Y cuando logran fornicar por primera vez comienza su declive sexual, que así son los tempos que la sexualidad marca en los varones.
Su hermana sólo tiene dos años más que él pero puede decirse que ha vivido, en comparación con Carlos, dos o tres vidas. Ha tenido varios novios y lleva una vida muy independiente gracias, precisamente, a la educación liberal de los padres. Los fines de semana se ausenta de casa sin dar explicaciones y sin que nadie le inquiera acerca de su destino. Carlos no comprende de dónde saca el dinero su hermana para poder llevar esa vida tan independiente y alegre. Sabe de la paga de los padres y las cuentas no le cuadran. Uno de sus novios duplicaba su edad, algo que disturbó a Carlos durante mucho tiempo aunque nunca se atrevió a decir nada. Carlos ha tenido que convivir con alguna que otra depresión de su hermana Carla (nombre lógicamente falseado), la que en su momento le produjo el haberse enamorado justo del hombre que no mostraba interés por ella, o la que en su momento le produjo el haberse enamorado del hombre equivocado. Y mientras, Carlos, con la tienda de campaña puesta, esperando que cualquier mujer viniera a aliviarle el pesar de tanta frustración acumulada, de tanta incomprensible producción de semen. Cualquier mujer.
Lleva razón el Premio Anagrama de 2010 Eloy Fernández Porta cuando dice “Una adolescente de 2012 vive en seis meses más experiencias amorosas, más complejas y más adultas, que las que vivió su madre durante toda su juventud”. Algo que a Carlos no hace falta explicarle y que sólo contribuye a aumentar su confusión, pues sabe que definitivamente no existe igualdad alguna entre él y su hermana; o mejor: sabe que no existe igualdad alguna entre sus amigos y las hermanas de todos sus amigos. Él se embadurna la cara con pomada todas las noches y se agarra fuertemente a su almohada, mientras su hermana se toma un tranquimazín antes de acostarse.
Carlos es perfectamente consciente de las consignas progresistas que ya educaron a sus padres. Es más, las tiene asimiladas con absoluta naturalidad. Por eso no acaba de entender muy bien por qué hay tanta diferencia entre el desconcierto que vive él y el desconcierto que pueda estar viviendo su hermana. El siente un dolor profundo por no poder evacuar sus flujos por la vía del contacto físico a través casi de cualquier mujer, mientras su hermana vive, en todo caso, una cierta aflicción que proviene de poner el deseo en el lugar equivocado. O sea, él usa antiacné y ella toma ansiolíticos. Él obtendrá su plenitud sexual a los 19 años (sin apenas haber practicado sexo) y su hermana la obtendrá a los 35 (cuando probablemente ya haya procreado).
Carlos ya no sabe qué hacer para evitar el desconsuelo que le produce su inactividad sexual. Ha intentado casi de todo para acabar con ella, pero nada, no sabe qué hacer para satisfacer su irrefrenable deseo. Sabedor como es de las consignas de la corrección política ha llegado incluso a probar la táctica de la feminidad, intentando ser más femenino de lo que es habitual en los chicos de su edad, pero el resultado sólo incrementó su pesar: no sólo le siguió persiguiendo el fracaso, sino que además comenzó a ser despreciado por las chicas más sensibles y dulces de las varias pandillas que entonces frecuentó. No tengo ni idea de cómo acabará la cosa, pero es muy probable que este fracaso producido por un irrefrenable deseo no satisfecho le marque de por vida, sobre todo si tenemos en cuenta que después de su primer coito comenzará su declive sexual. Por otra parte sabe que su hermana tendrá muchísimas más posibilidades de liberarse de casa de sus padres que él, pues cabe como posibilidad el que ella se deje llevar (convencer, querer) por un hombre con posibles. Mientras que él deberá demostrar toda su vida aquello de lo que es capaz. Algo que, además, se le exigirá hacer por cojones.