lunes, octubre 17, 2011

Elecciones I

Hay quienes aún creen que los ricos son el principal problema del mundo. Pero los ricos, como sabe todo aquel que ha conocido a alguno, no son la caricatura que de ellos hacen el cine y la televisión. Yo, que sí he conocido a algunos, puedo asegurar que muchos tienen con el dinero un problema que señala una contradicción casi incomprensible pero real; esa contradicción que habitaba por ejemplo en Esteve Jobs y que se manifestaba en su forma austera de vivir. O por decirlo de otra forma, yo he conocido a ricos que evitaban tomarse café en la calle porque conocían perfectamente lo que en la calle costaba ese café. Y no estaban dispuestos a que su fortuna se les fuera en nimiedades cotidianas y desproporcionadamente caras.

Por tanto, si hubiera que buscar culpables al desaguisado económico que vive España no habría que buscarlos en aquellos que gestionan su propio capital como les da la gana, sino, más bien, en quienes gestionan el capital público. El problema, pues, no es el capital, como creen los beatos de la sostenibilidad voluntarista, sino el estar gobernados por unos políticos que no tienen la más remota idea de lo que vale un café en la calle. No saben lo que cuesta un café, pero al mismo tiempo son inflexibles a la hora de determinar lo que debe pagar un autónomo. Su desconocimiento de lo que le pasa al ciudadano de la calle es atroz, mostrenco, insoportable.

Ahora, sin ir más lejos, corren como locos para intentar cerrar apresuradamente una herida que es propiamente española. Y lo hacen así, a toda prisa, porque creen que ese cierre les traerá beneficios; porque al desconocer lo que le pasa al ciudadano de la calle no se les ocurre otra cosa que tomarlo por tonto; porque creen que ese ciudadano tonto -y ahora hambriento- brincará de alegría cuando se anuncie el final de ETA. Y piensan así porque, en el fondo, de verdad, el ciudadano de la calle les importa una higa. En serio. No saben nada de él porque les importa una auténtica mierda.

Parecería mentira si no fuera por lo cierto que es, pero respecto al problema del terrorismo en España los políticos demuestran tener la misma ignorancia (¿) que respecto al precio del café. Una ignorancia que o bien es sintomática de pereza o bien lo es de maldad. ¿Acaso los políticos que pretende el fin de la banda armada a costa de lo que sea no han pulsado nunca la calle? ¿Acaso no saben nada de lo que sucede en los barrios de vecinos, en las ikastolas, en los ayuntamientos, en las universidades vascas? ¿Acaso no han leído a Juaristi, a Aramburu, a González Sainz? ¿Acaso no han escuchado nunca a Savater, a Azúa, a Arteta? ¿Acaso no saben que es el miedo quien gobierna realmente en Euskadi? ¿Acaso no saben que el silencio es la humillante forma de vida que le queda a quien no tiene otra cosa sino miedo? ¿Acaso la declaración de intenciones de unos canallas puede ser suficiente para abanderar el éxito? Y aun cuando fueran ciertas las intenciones de su declaración, ¿bastaría con ello para considerar verdadero ese éxito?

Para contestar a estas y otras preguntas me remito las palabras de Aurelio Arteta. Son palabras que nacen de la reflexión profunda y no de lo que sería su exacto opuesto, la corrección política. Quizá por eso los políticos tengan oídos sordos para ellas, porque si algo define al político español del hoy es su absoluta hipocresía (respecto de lo dicho en público) en perfecta connivencia con su desprecio al ciudadano de la calle. De ahí que yo considere, de forma innegociable, su ignorancia como un signo de maldad. Sólo son algo creíbles los políticos que nada pueden conseguir realmente en las siguientes elecciones, pero dejarían de serlo cuando las oportunidades reales emergieran. Los que tienen seria posibilidades de ganarlas son todos unos necios ineptos, aunque sólo sea porque no saben lo que vale un café en la calle. No podemos permitirnos una clase política que no sabe cruzar una calle sin coche oficial. Y que habla siempre por boca de ganso.

Así Arteta:

“Lo que más temo del fin de ETA, cuando venga, es que triunfe la simplona y cómoda creencia de que sin atentados ya todo es admisible. Es decir, que lo único malo de todo este horror han sido los medios terroristas, pero no los fines nacionalistas. Que no se quiera entender que la renuncia a esos medios infames no vuelve por eso aceptables a sus presupuestos… […] Además de condenar el asesinato, habrá entonces que atreverse a juzgar la causa pública por la que se asesinó, porque no puede reemprenderse la convivencia sobre la misma creencia que la ha echado a perder”.

¿Cómo dice Sr. Arteta?
Pues que “Lo que más temo del fin de ETA, cuando venga, es que triunfe la simplona y cómoda creencia de que sin atentados ya todo es admisible. Es decir, que lo único malo de todo este horror han sido los medios terroristas, pero no los fines nacionalistas.

“Puedo esperar que, más pronto que tarde, ETA desaparezca, pero eso que a muchos les puede satisfacer a mí no me parece suficiente. Yo querría esperar que los asesinos y sus cómplices fueran capaces de reconocer su daño y pidieran perdón; que el mundo nacionalista sacara sus lecciones de tanto mal cometido y renunciara a sus falsos dogmas y pretensiones. Y, por eso mismo, que rectificasen sus políticas lingüísticas, educativas, culturales, etcétera. Me temo que lo contrario es lo más probable. Así las cosas, tal vez se logre algún día la paz, pero no será una paz justa. No vale restablecer la convivencia sin renegar de las premisas que han causado tantas víctimas?”.

¿Cómo dice Sr. Arteta?
Eso, que “así las cosas, tal vez se logre algún día la paz, pero no será una paz justa. No vale restablecer la convivencia sin renegar de las premisas que han causado tantas víctimas?

1 comentario:

Poussino Berlingieri dijo...

Lo mismo que ocurrió (el silencio por paz)en el comienzo de la democracia, y aun se está pagando, precisamente en la persistencia de los nacionalismos.

No creo que sea miedo, tanto como un efecto retroactivo de conciencia de un colectivo que siempre se ha manifestado impertérrito ante otras maneras de vivir social y culturalmente, ante un comunitarismo europeísta y españolista económicamente hablando.

Pero la pregunta que yo haría sería ésta: ¿el "gen cultural" determina tanto como para seguir pensando que dentro de un territorio se debe organizar un determinado modo de pensar, actuar, reflexionar, vivir... o es el gen histórico, o el económico?

Es el problema ético de siempre: hasta dónde actuar para que al vecino no le afecte ...