martes, marzo 12, 2013

La masculinidad según la Opinión Publicada


El tirano monopolio ideológico de la Corrección Política ha impedido, durante más de 30 años, la posibilidad de disentir del previsible Pensamiento Único. En el asunto hombre/mujer prácticamente nadie ha podido hacerlo de ese único pensamiento permitido. Por lo que todo lo publicado en materia de mujer/hombre se encuentra, desde entonces, innegable e inevitablemente gobernado por el pensamiento políticamente correcto, o sea por el feminismo. O por decirlo de forma directa: de entre los miles de títulos publicados sobre el asunto (escritos casi siempre por mujeres salvo excepciones muy curiosas) resulta imposible encontrar alguno que no sea, de una forma o de otra, un ataque contra el varón heterosexual de raza blanca. Da igual de lo que se hable en ellos, de sexo, de amor, de familia, de literatura, de cine, de trabajo, de deporte, de gramática, de medios, de publicidad, de enseñanza, de televisión, de identidad, etc., la cuestión es que en todos ellos la figura del hombre aparecerá como la culpable del mal al que se hace referencia en cada caso concreto.

No hará falta más que un solo libro para mostrar las características de todos esos miles de libros publicados durante más de 30 años. Porque ése es precisamente el fundamento del Pensamiento Único impuesto por la Corrección Política: que todos los libros que traten el asunto deban decir lo mismo, so pena de no ser. Y si por una rendija se colara casualmente un pensamiento disidente, sería el mismo Sistema, inflado de Corrección Política[1], quien se encargaría de desvanecerlo.

Así pues, un solo libro: Máscaras masculinas de Enrique Gil Calvo, profesor de sociología y además experto en el asunto. Pudo haber sido cualquier otro de entre los miles que se sirven del asunto para criminalizar al varón, pero se ha escogido éste debido a que, como buen académico que es, el autor ha hecho el trabajo por mí. Sus afirmaciones, o proposiciones, o como quiera que queramos llamar a sus asertos, son el resultado de una investigación que se hace cargo, antes que nada, de la ideología propugnada por los famosos Gender Studies característicos de la Corrección Política. Dice el propio autor en el segundo capítulo:

“Puesto que este libro se ocupa de cuestiones relacionadas con la identidad masculina, taxonómicamente habría que clasificarlo como perteneciente al género académico de la sociología del género (gender studies), si se me tolera el redundante juego de palabras. Y dentro de este campo, al subgénero identificable como estudios masculinos. Lo cual aconsejaría juzgarlo de acuerdo con las estrictas convenciones que caracterizan a tales géneros académicos, entre los que destaca un implícito pacto con el feminismo militante que ha venido dominando estos campos”.

Como puede verse, se trata de un libro idóneo para nuestro cometido por muchas razones. Además de confirmar lo por mí dicho más arriba. Incluso lo enfatiza cuando se permite el lujo de aconsejar la forma en la que su texto debe ser juzgado, que no es otra que aquella que acepte las mismas convenciones que caracterizan ese pensamiento dominante al que hace referencia, que a su vez se ha construido, como él dice, a base de estrictas convenciones: Pensamiento Único.

Gil Calvo dice que la “mascarada masculina” es el “proceso biográfico de hacerse hombre adulto”, porque piensa que “hacerse hombre consiste en enmascararse, pues la masculinidad es siempre una máscara”. La máscara, pues, como impostura; impostura, claro, de la que ningún hombre se libra: “la masculinidad es siempre una máscara”.

Y no hay que esperar mucho -en la sexta páginas del primer capítulo- para que Gil Calvo haga la afirmación más previsible de todo el pensamiento gobernado por la Corrección Política, esa afirmación sobre la que se sustenta, no sólo la tesis de estas 360 páginas, sino las tesis de los miles de libros publicados en nombre del feminismo y auspiciados por la Corrección Política:

“La masculinidad es una construcción social, en la medida en que los hombres no nacen tales sino que se hacen. Para llegar a ser un hombre, en el sentido masculino del término (no en el genital, que es cuestión de genética y hormonal), hay que aprender a serlo […] Semejante construcción personal de la masculinidad está regulada por códigos culturales impuestos por la interacción con los demás”.

Resulta al menos divertido constatar que el pene no es más que un apéndice extraño que en nada condiciona la ulterior habitual masculinidad del macho, pues la masculinidad es “siempre” y “sólo” el producto de un constructo social, cultural y seguro que lingüístico. Así, que el cerebro de un hombre y una mujer sean distintos y manifiesten grandes diferencias en cuanto a sus formas de abordar incluso las mismas tares, nada tiene que ver con la genética, sino con la sociedad, que modela a los hombres de modo maléficamente machista debido a que son los hombres quienes a su vez modelan a la sociedad. Según Gil Calvo, el hecho de poseer un pene en nada le sirve a un macho para conformar su masculinidad, pues ésta sólo adviene a través de lo que le inculcan. Y las diferencias de su cerebro tampoco provienen de un rol derivado de su diferencia genética, sino de un apresurado aprendizaje maléfico conculcado por una sociedad encanallada (por los hombres, claro).

Con estos previos, por otra parte típicos del pensamiento “académico”, resulta fácil adivinar cuáles serán las conclusiones, que siempre contendrán un tono insultante (o recriminatorio, o criminalizador) contra el varón y una exaltación de la hembra. De hecho Gil Calvo hace una clasificación tripartita (como él mismo la llama) de los hombres, o mejor, de los roles de los hombres. Algo que se explicita en el mismo título del libro: Máscaras masculinas. Héroes, patriarcas y monstruos (Anagrama).

Parecería que hay una posibilidad de salvación, ¿no?; que no todo está perdido. Porque, sabiendo que los monstruos nos condenan y que los patriarcas han sido precisamente la diana de todo el pensamiento políticamente correcto, cabría pensar que al menos nos quedan los héroes. Pero no se haga ilusiones el lector, pues rápidamente Gil Calvo nos define al héroe como otra posible forma de monstruosidad: “Por eso me atrevo a proponer la conveniencia de clasificar a los villanos junto con los héroes para formar el revés de una misma máscara común” y “…buenos y malos, héroes y villanos: las dos caras positiva y negativa de la máscara heroica”. Esto es lo que la Opinión Publicada piensa del varón y de su imposibilidad social de positivación.

Es tan fuerte el odio que se concentra en el Pensamiento Único (hacia los que ese Pensamiento ha querido considerar los absolutos culpables de todo, los hombres) que hasta los más eruditos y prolíficos sociólogos del régimen (de la Corrección Política) confunden la masculinidad con el machismo. Lo cual no carece de lógica, al menos de su lógica, pues para ese Pensamiento Único que es el Pensamiento Feminista, ambos son lo mismo: constructos sociales y culturales. Dice Gil Calvo:

“La ideología del masculinismo (el síndrome de la supremacía masculina) se ha visto significativamente cuestionada. Hoy apenas quedan varones que afirmen sentirse superiores a las mujeres”.

La verdad es que resulta difícil encontrar una frase que traicione tanto las buenas (¿) intenciones y muestre tan claramente un odio que, ante todo, se ha demostrado rentable durante más de 30 años. Lo que llama síndrome de la supremacía masculina es lo que, precisamente, hemos denominado siempre machismo. No masculinismo. El uso del concepto masculinismo por parte del autor se demostraría, de esta forma, como una aviesa forma de asociar el concepto masculino -que en principio nada tendría de negativo-, con las connotaciones negativas que él mismo arbitrariamente le designa. Pero la masculinidad nada tiene que ver con la creencia en la supremacía masculina, por lo que la reivindicación de la masculinidad sería tan legítima como la reivindicación de la feminidad. De hecho, tal es el sentido del término machismo: el de ser crítico con algo que es ajeno a la masculinidad y por tanto al posible masculinismo. Así es como toda esa Opinión Publicada trata al hombre: negándole toda positivación posible.

Por otra parte no se entendería muy bien tanto odio si verdaderamente fuera cierto que “hoy apenas quedan varones que afirmen sentirse superiores a las mujeres”. Pero, ¡ay!, se ha demostrado tan sumamente rentable la explotación del odio…  



[1] El principal éxito de la Corrección Política fue involucrar a todo el mundo en el “juego”, por lo que resulta prácticamente imposible que alguien se salga de ella en la medida en la que inocula el miedo e induce al victimismo. El miedo es el fundamento de la autocensura y el victimismo aquello de lo que todo el mundo querrá sacar provecho.

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