domingo, enero 10, 2016

Belén Esteban

No voy a entrar en detalles porque sería perdernos por vericuetos irrelevantes. Además las casualidades tienen eso, que aparecen y desconciertan durante unos minutos, pero sólo los justos para que, después y pasado cierto tiempo, podamos comprobar que no había tanto de casual en esas casualidades.

Ayer por la tarde conocí personalmente a Belén Esteban y pasé algo más de un par de horas con ella. Me encontraba en Madrid con un amigo que trabaja de guionista para una productora que colabora con varios canales de televisión. Por una de esas (no) casualidades coincidimos ambos en la entrada del mismo restaurante. Ella iba acompañada con dos amigos, Gema y Gustavo, que también salen en televisión.

Fue ella, Belén, la que de inmediato sugirió a nuestro común amigo que nos sentáramos en la misma mesa. Y fue así que nos dispusieron en la mesa que a ella le suelen tener reservada, una mesa situada en la parte más discreta del restaurante. Yo me senté, como suelo hacer por cortesía cuando voy en grupo, cara a la pared. Y Belén se apresuró a sentarse junto a mí, pero no sin apuntarme a la oreja con su inigualable caída de ojos, “no veas si me coloco de frente a las mesas; es una locura; y por aquí pasan todos lo que se mean; la verdad es que podían haber puesto los váters en otro sitio”.

He de decir por ser sincero que ya me gustó esa entradilla. No sé, quizá por el desparpajo con el que se me dirigió, o quizá porque después de todo fue ella la que se empeñó en que compartiéramos mesa.

Los inicios de la comida, es cierto, empezaron un pelín tensos y la conversación un tanto dispar, pero sólo hasta que Belén le dio la gana. Así, en un momento en el que todos los comensales estábamos hablando de cosas tan variopintas como intrascendentes, ella tomó aire (textualmente) y en un tono más alto que el de todos nosotros dijo “¿Sabes lo que te digo?, Que me gustan tus gafas”. Lo dijo torciendo levemente la cabeza hacia abajo y mientras masticaba una aceituna.

No lo parecía pero se estaba refiriendo a mí y a mis gafas. Todos se habían dado cuenta menos yo, así que tardé en reaccionar. La mesa se quedó en silencio esperando mi respuesta, que la di: “me van muy bien, no puedo vivir sin ellas, incluso el cine y el teatro lo veo con ellas y si me las quito un momento lo veo todo mortecino; para las distancias largas necesito la dominante amarilla”. Belén interrumpió “hay que joderse, con la dominante, ¡por eso las lleva en la frente! Eres un crack”.

Fuimos tomando la palabra todos sin protagonismo de ningún tipo, pero no deja de ser cierto que era Belén la de la última palabra. En una par de ocasiones las circunstancias permitieron dos conversaciones paralelas en la mesa, así que tuve la posibilidad de mantener un par de charlas algo más personales con Belén.  

La primera salió, como era de prever, de su interés por saber a qué me dedicaba. He de decir que cuando me hacen esa pregunta lo paso mal porque no sé que decir, no sé qué debo decir, y cada vez digo una cosa. Aquí vi oportuno hablar de mi faceta de fotógrafo, algo que pareció hacerle gracia. Me preguntó por el tipo de fotografías que hacía y yo le dije que por mucho que le explicara no se haría una idea ni aproximada de la realidad. “Pero hombre -me dijo-, no será tan dificil: o haces paisajes, o haces personas, o no sé; ¿no serás de esos que hace cosas raras?”.

Yo intenté cambiar suavemente la conversación porque me di cuenta que no tenía salida, aunque ella insistía “¿pero vendes?”. Le conté la verdad y entonces ella me dijo “¿Quieres que te diga una cosa? Yo no entiendo nada de fotografía pero me gusta mucho. En mi teléfono tengo almacenadas cerca de 7.000 fotografías, casi todas de Andreíta, y si algo he aprendido todos estos años es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra. Si te dedicas a la fotografía no puedes almacenar 7.000 fotografías; lo que tienes que hacer es venderlas. Y sólo las venderás si haces lo que la gente quiere. No seas tonto”.

La verdad es que me encantó porque en su tono había una mezcla de ingenuidad y soberbia que la hacían precisamente eso, encantadora. Se notaba en ella un cierto mecanismo defensivo, pero que aún así y con todo, su expresión contenía un cierto punto de ternura. Se apuntaba a todas las conversaciones y en todas ellas terminaba por apostillar frases que no tenían nada que envidiar a los aforismos de Nietzsche o los pecios de Ferlosio, pero pasados por el filtro del club de la comedia.

Cuando en uno de esos momentos en los que nos quedamos solos en la conversación le pregunté por la relación que mantenía con sus compañeros de trabajo, ella me contestó “perdona Alberto, pero es que de las cosas personales no hablo en la intimidad, ¿sabes? Y no te lo tomes a mal”. Yo inmediatamente le quité hierro al asunto y distendí la conversación llevándola por otros derroteros menos “íntimos”. Pero tuve que ir al lavabo, donde me entró un ataque de risa del que aún estoy recuperándome 24 horas después. Estuve al menos 5 minutos metido dentro de un excusado, de pie y llorando de risa; no sé qué me pasó, pero el caso es que sufrí un ataque de incontinencia lacrimal. Salí con los ojos vidriosos y ocupé mi lugar en la mesa. Belén me dijo, “oye eso de las gafas me ha molado, pero a tus ojos no les van bien”.

Otro día quizá cuente lo que dijo cuando hablamos de política.

1 comentario:

Gustavo Jornet dijo...

Buena entrada. Como siempre, por otra parte.