viernes, noviembre 19, 2010

(Sin) Pudor

Fui casi obligado por ciertas circunstancias. No es que se tratara de un incordio, pero casi: de no haber sido por la insistencia de la pareja no habría acudido a la conmemoración. Son amigos de toda la vida, celebraban sus bodas de plata y para ellos era importante que fundamentalmente acudieran los mismos que coincidimos en los fastos de sus nupcias. El lugar elegido para el evento, es cierto, ya merecía el esfuerzo: un hotel rural solitario que había sido alquilado en su totalidad. Y digo casi obligado porque padezco un fuerte rechazo a los actos sociales en general y a los de las celebraciones en particular. Me acuerdo que tres días antes del viaje me pasó lo de siempre. Lo que siempre me pasa cuando algo o alguien me saca de la rutina. Todo lo que supone abandonar mis hábitos me sumerge en un estado melancólico presidido por una fuerte sensación de pereza. O por decirlo de otra forma: tres días antes de salir hacia ese retirado y aislado hotel ya sentía yo las irrefrenables ganas de inventarme una excusa que pudiera justificar mi ausencia. Pero debía ir y fui.

Como los viernes son días que en los que acostumbro a no hacer nada de lo que sí hago durante los otros cuatro días laborables me pude permitir el lujo de salir a mitad mañana en dirección al hotel. Paré a comer en un llamémoslo bar de carretera que resultó estar bastante alejado de la desviación que se anunciaba en la autovía. Dudo en la denominación del local porque aún no tengo claro que fuera sólo un bar, dada la altura de la barra, su forma, su longitud y su revestimiento. En efecto, la barra formaba una inexplicable forma de doble “u”, era más alta de lo habitual y estaba tapizada en piel en estilo capitoné. Mesas, sin embargo, habría media docena, todas desocupadas. Una vez me dispuse a comer el bistec con patatas comprobé que, efectivamente, se trataba de un bar restaurante, si bien no dejé de pensar en todo momento que el local era, por lo menos, algo más que un bar restaurante. Lo que corroboré cuando pagué por un menú de los años 70 casi el doble de lo que vale un menú posmoderno en el centro de Valencia. En cualquier caso, durante mi estancia se ocuparon dos mesas más. Habría que ver este local a mitad tarde, me dije. O habría que ver lo que hubiera pasado si en vez de un bistec de entrada hubiera pedido un Nokando.

Fui el primero en llegar al hotel. Me recibió un hombre barbudo que hablaba siempre mirando al suelo. Me acompañó a la habitación y me explicó el funcionamiento de la ducha con un tono de voz somnoliento. Cuando salió de mi habitáculo levantó la cabeza con los ojos cerrados y me dijo, “le recomiendo que si puede, y antes de que lleguen sus amigos, de una vuelta por los alrededores, que son una maravilla; no debería perdérselos”. Intenté ser amable con él pero no me dio tiempo, se giró dejándome con las “gracias” colgadas de la boca. Deshice mi maletín y me dispuse a leer el libro que en esos días me ocupaba: Sobre el pudor. Pasadas un par de horas decidí hacer caso al enigmático barbudo y salí a dar un paseo por los alrededores. Estaba anocheciendo, no se vislumbraba signo de civilización alguno y el silencio era casi ensordecedor. La vegetación del lugar era abundante y carecía de sendas. Todo abrupto y salvaje.

Me acerqué a un pequeño bosquecillo que ya de lejos me llamó la atención por parecerse a esos pequeños bosquecillos que aparecen en los fondos de Botticelli. Salté unos pequeños arbustos con el fin de acortar distancias y escuché entonces el sonido de lo que debía ser un riachuelo. Me dirigí hacia él y cuando hube traspasado lo que parecía un linde derruido apareció ante mí una pequeña casa de piedra que tenía la puerta abierta. Me aproximé temeroso porque carezco de espíritu aventurero. Había oscurecido bastante y dentro de la casa no había luz. Era pequeña, cuadrada y con un tejado a dos aguas, y su exterior se encontraba en condiciones muy saludables. Me acerqué a la puerta en silencio y ¡cuál fue mi sorpresa!: sentada frente a mí y junto a una mesa de madera había una bella mujer vestida con una bata larga. ¡Está ahí sentada como esperándome!, me dije. “Adelante, pasa, te estaba esperando”, susurró en tono dulce y tranquilizador. El corazón me dio un vuelco.

Estuve paralizado unos segundos hasta que se volvió a dirigir a mí, “pasa, no tengas miedo”. Pero yo tenía miedo, mucho miedo, y no podía disimularlo. Ella se levantó pausadamente y me dijo “¿quieres algo de beber, una taza de té, una cerveza?”. ¿Una cerveza?, me dije, ¿cómo que una cerveza? Cuando quise reaccionar ya estaba ella insistiendo, “pasa que te estaba esperando”. Su presencia tenía algo de irreal, por qué no decirlo, pero había algo en ella que transmitía sosiego y paz. Se acercó a mí, me cogió suavemente del brazo y me acompañó a la mesa en donde había dos sillas. Me hizo sentar y cogiéndome la mano me dijo, “siempre hay un momento para lo imprevisible”. Y en efecto, ese debía de ser uno de esos momentos. Yo aún no había dicho nada por miedo, por miedo a lo que estaba siendo imprevisible. Entonces balbuceé, “¿quién eres?”. “Soy un ángel”, respondió con una enigmática pero bondadosa sonrisa. ¡Está sonriendo como lo haría un ángel!, me dije, y un escalofrío recorrió toda mi espalda. ¡Un ángel y ofreciéndome una cerveza!

Intenté relajarme pero ni por esas era capaz yo de articular con palabras mis inciertos pensamientos. Fue entonces cuando cogiendo mi mano con ambas manos y mirándome tiernamente a los ojos me dijo, “toda acción tiene un tiempo, se corresponde con un tiempo, y la medida de las acciones se encuentra anclada en la posibilidad del autocontrol”. Yo, claro, no entendía nada de lo que me decía, pero la intriga era más fuerte que el miedo. Además, alguien con esas facciones tan dulces no debía ser muy peligrosa, me dije mientras reflexionaba acerca del posible sentido de la frase. No quería entrar con mal pie en la conversación; es decir no quería parecer maleducado, pero no pude evitarlo y por eso le dije, “no entiendo”. Ella, lejos de mostrar incomprensión ante mi incomprensión sonrió y añadió: “la determinación es la única forma de controlar los tiempos de nuestras indeterminadas pero reiteradas acciones; deberías sugerirte a ti mismo la posibilidad de provocar un cambio en tus acciones vinculadas al tiempo presente. Ser en el tiempo, sí, pero ser en tiempo real; ser con convicción”.

Ahora fui yo el que puso mi mano derecha encima de la suyas, que abrazaban mi mano izquierda. “Perdona, pero es posible que te estés equivocando de persona, yo estoy aquí de casualidad y he…”, comencé diciendo. Pero ella me cortó en seco y dijo, “es cierto que las cosas no siempre son lo que parecen, pero la cuestión es que estás aquí para que yo te guíe, para que yo pueda indicarte el camino que debes seguir y por eso te digo de nuevo, que hay acciones que deben formar parte del pasado de la misma forma que hay presentes que no conformarán nunca ningún futuro posible”. “¿De nuevo?”, me dije. ¿Y ahora qué hago?, pensé mientras soltaba sus manos. “Las cosas no siempre son lo que parecen”. ¿Qué querrá decir con ese tópico: que sí son lo que parecen porque nunca son lo que parecen?, me preguntaba yo apresuradamente con el fin de poder entender algo.

“De verdad, estoy aquí por casualidad…” balbuceé, pero ella, de nuevo (?), no me dejó acabar. “¡Por casualidad!, ¿pero es que no eres capaz de darte cuenta…?”, replicó. Y ahora fui yo la que la interrumpí, ya en un tono serio, “No sé de qué me tengo que dar cuenta, pero tampoco sé qué pinto yo aquí, ni sé lo que pretendes de mí”. “Casualidad… casualidad… casualidad”, repetía ella en tono burlesco y despectivo. Y después de dejar pasar un instante continuó, ya sin sonrisa, “¿en realidad piensas que el hotel elegido por tu amigo ha sido casual, y el bar restaurante de dudosa reputación, y el hombre barbudo enseñándote la ducha… e incluso la forma de esta casa… o yo misma?, ¿acaso tú no eres Alberto Adsuara, el fotógrafo?”. “Pues más o menos”, contesté. “De más o menos nada; o eres o no eres, no te pongas entendidillo a estas alturas”. “Sí, soy yo”, dije con un levantamiento de hombres y aún a pesar de no tener muy clara mi respuesta. “Pues entonces la cuestión es que debes dejar la fotografía; este es el verdadero motivo por el que tú y yo estamos aquí, para que yo te guíe con mis palabras. Y la cuestión, repito, es que debes ya tratar de evitar los signos patéticos y para eso debes de abandonar la fotografía”, concluyó de forma tajante.

Se produjo entonces un insignificante tira y afloja en el que yo sólo pretendía entender lo que me quería decir con esa especie de consejo-orden. Quise decirle que llevaba muchos años haciendo fotografías y todo eso, pero ella zanjó mi discurso de forma categórica, “¡he dicho que te dejes la fotografía, hostia!, ¡y se acabó! Y sin dramatizar”. Así, di un paso atrás y la miré perplejo; ella sonrió con media boca mientras me señalaba la puerta. Salí de aquel refugio y me dirigí al hotel en donde me esperaban todos los invitados.

Un ángel me había indicado el camino, mi camino. Sin dramatizar.

Post Scriptum. Espero que esta narración basada en hechos reales sirva para explicar mi al parecer incomprensible (para los demás) abandono definitivo de la fotografía. La celebración fue un coñazo y el viaje de vuelta lo hice de tirón. Aún recuerdo el olor acre del bar restaurante, mezcla de ambientador y grasa.

2 comentarios:

Eric G. C. dijo...

¿Realmente abandonas la fotografía?

Marco dijo...

¿Dejas de producirlas o de poseerlas?