lunes, diciembre 28, 2009

Belén Estéban

La fisiognomía es una pseudociencia que pasó a la historia. Quizá demasiado pronto: me apena que la fisiognomía se encuentre tan desprestigiada simplemente por el hecho de no haber podido sobrepasar el estatuto de “pseudo”. En fin, yo, que soy francamente asocial, disfruto con los prejuicios que me proporcionan los análisis de los rostros que me rodean.

Desde la etimología puede decirse que la función de la fisiognomía es juzgar la naturaleza. De esta forma la fisiognomía del rostro sería esa disciplina periclitada que juzga el carácter o la personalidad de un individuo a través del rostro. En cualquier caso habría mucho que decir respecto a la correlación de la ciencia con la estadística. Para mí, desde luego que no existe fundamentación empírica al respecto, pero no puedo evitar el dejarme llevar por la impronta, que no se fundamenta tanto en las propias facciones como en los ligeros movimientos que ejecutan los pequeños músculos de la cara que circundan a nariz, boca y ojos.

Como yo me planteo el concepto desde el punto de vista etimológico se me orilla el problema del posible estatuto científico; yo sólo quiero juzgar, o mejor, prejuzgar la naturaleza. Si la fisiognomía sirvió a la policía del siglo XIX en sus investigaciones criminalísticas, ¿por qué no puede servirme a mí para formarme un prejuicio; un prejuicio que desemboque en un posible conocimiento? Siempre que he tenido oportunidad he visto a Belén Estéban en la pantalla, y siempre me he quedado embobado. Nunca me ha defraudado. No sé exactamente cómo podría denominarse tal perversión, pero no me importa tenerla si sé que al fin y al cabo puedo controlarla. O no, que no sé. Bueno, al menos no me importa cómo puede llamarse tal perversión. El caso es que cuando se anuncia una aparición de ella en pantalla ahí estoy yo. Para intentar saber; para intentar conocer las causas por las que Belén es tan querida y requerida. Para mirarla, prejuzgar e intentar saber.

Las caídas de ojos de Belén son antológicas. Nadie tuerce la cabeza como ella. Su mueca de asco (no siempre ejerciendo de asco) haría las delicias del famoso Bertillon (el investigador criminalista). El dominio de sus cejas desconcertaría al mismísimo Della Porta. Los casi imperceptibles movimientos de los músculos circundantes al labio inferior son de un creativo exultante. El dominio de su acartonado labio superior sólo puede ser posible después de mucho tesón y de mucha práctica. La flexibilidad de sus párpados superiores es casi inhumana. Y la pasividad de los inferiores es sólo una trampa para despistar. En fin, si Lavater levantara la cabeza la convertiría en la nueva musa de la Ciencia. Y si la levantara Jesucristo, Belén sería su Magdalena, para que diera la cara por Él. Después está su voz, tan acorde a todos esos gestos expresivos; su modulación, tan perfectamente acoplada a su (no) mirada; su timbre, tan coherente a las formas de su(s) nariz(ces). Y luego, su discurso, tan… tan…, cómo decirlo, tan adecuado a la suma de todo lo descrito, tan adecuado a su supuesto cerebro, que lo hay, aunque no sepamos en qué medida. ¿Cómo voy a pensar, por tanto, que su cerebro nada tiene que ver con todo su rostro y con sus formas fonéticas? Imposible. Para mí, el rostro no es el espejo del alma; es el complemento del cerebro. El cerebro necesita de un determinado rostro para expresarse así como el rostro va conformando los misterios del cerebro.

Como bien sabe el lector más informado Belén Estéban se acaba de operar la cara. En su primera aparición Belén nos ha intentado tranquilizar a todos sus seguidores con la exclusiva (bien cobrada): “me he operado la cara, no el cerebro”. La frase, ahora sí, le ha salido del alma (que es su bolsillo), que no del cerebro, que anda mareado y confuso ante el cambio. Según mi teoría, la vinculación entre cerebro y rostro es tan inevitable que sólo puede pasar una cosa, que su rostro vuelva a ser, poco a poco, el mismo de antes. Para evitarlo pudo haberse operado también el cerebro, pero Belén nunca lo creyó necesario porque nunca dudó de él. Dos o tres minutos más en el quirófano habrían bastado para retocar su anoréxico cerebro, pero su gran personalidad y su elevada autoestima sólo le hacían dudar de de su rostro. Yo, en cualquier caso, ya no sé qué pensar de Belén en este impás circunstancial, pues lo que a mí me gusta es juzgar la naturaleza y yo ya no veo naturaleza alguna en su expresión, sino un anuncio. Un anuncio de muerte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Le puso la máscara al cerebro, pero ni aun así.

(Poussino)